La emperatriz y la escritora

Julia Noel Goldman
(Xena's Little Bitch)



Descargos: Los personajes no son míos, sólo me encanta escribir sobre ellos. Y me encanta escribir sobre dos de ellos en concreto y en especial presentarlos haciendo el amor, como hago aquí. Advierto también de que parte de esta historia ocurre durante el episodio Colisión de destinos y por tanto incluye bastante diálogo que no es mío.
Descripción: La escritora griega Gabrielle vive una experiencia sumamente inusual cuando está en Roma, en este final alternativo, introspectivo y erótico de Colisión de destinos.
Gracias: Al Bardic Circle. Y siempre a Xena y Gabrielle.
¿Os ha gustado? MiladyCo@aol.com

Título original: The Empress and the Playwright. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2005


Premio Xippy Premio Swollen Bud


Llegar por fin a Roma tras mi caótico y turbulento viaje es un alivio. Estar simplemente sola, en una habitación, sentada en una silla: hasta eso parece motivo de celebración, de modo que he abierto una botella de vino y bebo mientras escribo. El vino, como la ciudad, como el palacio... bueno, todo ello hace que Atenas parezca Potedaia. La habitación en la que me alojo es grande y opulenta desde cualquier punto de vista. Un bar completo, un elegante tocador cubierto de perfumes y cosméticos de lugares tan lejanos como Chin. En mi cama podría dormir cómodamente una familia de cinco, y tiene un dosel de terciopelo azul oscuro y está atestada de almohadas. Podría escribir una obra sólo sobre la cama. Unos espejos inmensos cuelgan de las grises paredes de piedra, y casi me dan ganas de echarme a reír de lo agradable que es estar aquí. Hay una parte de mí que disfruta de esto más de lo que debería, más de lo que disfruto de verdad. Pocos de nosotros no nos regoderaríamos en el lujo de la fama si tuviéramos la suerte de poder gozar de él durante un tiempo. Sé que esto no durará para siempre. No hace mucho que mis obras se han hecho conocidas, y lo más probable es que esta situación no se prolongue más allá de unos años. No soy tan ingenua. Sé que gran parte de lo que tiene éxito es pura moda, no sustancia. Por otro lado, el romanticismo nunca se pasa de moda y el romanticismo es mi especialidad. Me han dicho en más de una ocasión que mis palabras expresan las fogosas pasiones del corazón con gran elocuencia, pero claro, yo qué voy a saber, ¿verdad? El amor sólo es un sueño para mí, una fantasía, algo que anhelo como ninguna otra cosa. Saboreo la dulzura del amor, huelo su aroma, como la tierra fresca llena de flores silvestres, y sin embargo... el amor está fuera de mi alcance. Como cuando no se tiene nada en la mano. Vuelves la palma hacia arriba, miras y ahí lo tienes: nada. Nada donde debería haber amor.

Deshago el equipaje. Con ponerme sensiblera no voy a lograr nada salvo poemas excesivamente dramáticos, y no puedo correr el riesgo de escribir cosas así. Soy Gabrielle, la infame escritora y poetisa de Grecia, y estoy en Roma a petición del emperador en persona. Dicen tantas cosas contradictorias sobre César que estoy deseando ver a este hombre por mí misma. Sobre su emperatriz se dice menos. Sólo que es muy feroz en el combate y muy bella de aspecto. Me pregunto cómo será su relación. Dentro de nada estaré más cerca de averiguarlo de lo que voy a estar en mi vida. Esta noche se va a representar mi última obra aquí en Roma. Me pregunto qué pensarán los romanos de mi historia de amor y muerte y vida renacida. A veces hasta yo me sorprendo de las cosas que se inventa mi mente. Estas historias románticas me vienen sin más y dejo que se desboquen por toda la página. Palabras, imágenes y sentimientos. Por alguna razón, me parecía bien que mi obra se representara. Podría haber sido una simple poetisa, pero hay algo importante en oír las palabras pronunciadas, en ver las escenas representadas. Como si así fuesen más reales para el público y de esa forma mi mensaje de amor pudiera crear resonancias en su interior.

Me quito la ropa del viaje y extiendo sobre la cama el vestido que me voy a poner esta noche. Veo mi cuerpo desnudo en un espejo y me detengo para mirarme. Tan liso, todavía tan relativamente joven. Me diré a mí misma todas las veces que tenga que hacerlo que he tomado las decisiones adecuadas: no debía casarme con Pérdicas, no debía quedarme para ayudar con la granja. Sólo porque tenga este cuerpo tan bonito, liso y joven sin un marido con quien compartirlo ni un amante que me lleve al éxtasis todas las noches con sus manos poderosas y tiernas... No quiere decir que ahí fuera no haya alguien para mí. Alquien que ha estado esperando, igual que yo.

El pelo se me ha alisado un poco por el viaje, de modo que me lo peino ligeramente y me lo rizo alrededor del dedo mientras disfruto de otra copa de vino. Envuelvo mi desnudez en una sábana de seda y salgo al balcón. El sol se acaba de poner y tengo una vista preciosa, la mitad de Roma bajo mi ventana. Me encuentro de nuevo atrapada por las luces de todos los hogares, preguntándome si detrás de una de esas ventanas está la persona destinada a mí. Hay otros balcones a lo largo de esta sección del palacio y todos ellos están vacíos ahora. Contemplo la nada. ¿Para qué son los sueños si no para soñar?

El teatro es tremendo, tan cavernoso y masculino de estilo. Detrás del escenario no hay pared, sino una vista del cielo nocturno y Roma detrás. Está oscuro y la emoción es palpable, cientos de personas que escuchan mis palabras. Me encanta ver cómo se representan mis obras. Algunas personas susurran y señalan: "Ésa es la autora". Los oigo, pero la mayoría no sabe que soy yo. Me puedo esconder en la oscuridad y experimentarlo todo. Esta noche el público parece disfrutar: se ríen y suspiran en todos los puntos adecuados. Me alegra mucho decir que está bien traducido, en más de un sentido. ¿Quién de nosotros no anhela esa clase de amor, o, si tiene la suerte de tenerlo, no se alegra de verlo representado en el escenario? El amor es el idioma universal, dicen. El amor es el camino. La ovación es atronadora y me hacen subir al escenario. Contemplar el gentío a oscuras es desconcertante, los aplausos resultan aún más fuertes desde aquí. Siento un hormigueo de emoción por todo el cuerpo, un momento increíble de unión con mi público, con los actores, con mi propio yo. Soy alguien, he conseguido algo con mi vida, tengo un propósito. Recuerdo mis modales y saludo al palco real. Cuando el gentío se vuelve como un solo hombre para inclinarse ante el emperador, descubro que mis ojos no se apartan de ella.

La emperatriz Xena, supongo que es, y desde luego que es bella, pero no es sólo su belleza lo que hace que el corazón me palpite de tal manera en el pecho, aunque mi cuerpo casi se tambalea de deseo mientras la miro a los ojos. Toda Roma observa cómo me sonrojo al ver la emoción desnuda de su rostro. Ahí hay deseo, sin duda, pero algo más. El cosquilleo que siento entre las piernas no cesa cuando meneo la cabeza para intentar despejármela, para despejar cualquier cosa. Quiero hablar con ella, tocar su cara. Es tan bella e intensa que me pongo tímida y tengo que apartar la mirada de ella. Los aplausos son sinceros e interminables. Por mí, recuerdo de repente, y por El ángel caído.

No logro pensar en nada salvo en cómo me he sentido sólo por mirarla hasta que la veo de nuevo en la fiesta. La observo mientras circula y tengo el corazón como si fuera cinco veces más grande de lo normal. Es estimulante estar en la misma habitación que la emperatriz. Es muy alta y delgada, con una musculatura evidente que se mueve por debajo de su carne lisa y femenina. Lleva el pelo negro recogido en alto con pequeños tirabuzones que le caen alrededor de la cara. Jamás imaginé que me podría sentir así al mirar a una mujer. Si soy sincera conmigo misma, debo reconocer que hasta esta noche no ha habido nada que me haya hecho sentirme así. No tardo en darme cuenta de que tal vez es ella la persona destinada a mí. ¡No estaría mal como ironía que mi alma gemela esté casada con el propio Julio César! Hablando de deseos inalcanzables. Si es cierto, casi desearía no saberlo. Pero sólo casi, porque... bueno, es amor.

Se va abriendo camino por la sala hacia mí. Cada pareja a la que saluda, cada mejilla que besa es un desvío más de su viaje hacia mí. La sala es grande y el techo es alto. Las conversaciones flotan en torno a mis oídos, los criados circulan con bandejas de plata llenas de cosas de picar y copas de vino. Ya casi está aquí y no tengo preparado nada ingenioso que decir.

—Gabrielle —dice una voz tan cálida que no puede pertenecer a nadie más que a ella—. Déjame ser la enésima persona que te da la bienvenida a Roma.

—Gracias, emperatriz —digo, encontrando de algún modo las palabras cuando sus ojos azules se clavan en los míos—. Aunque una bienvenida tuya destacaría fácilmente por encima de un millón más.

—No digas tonterías —dice, riendo. Su risa es afectuosa.

—Digo la verdad —digo, ruborizándome. Hay algo un poco triste en sus ojos. Me imagino que su pelo es increíble cuando lo lleva suelto.

—La capacidad para decir la verdad es un gran don, Gabrielle —dice—. Es maravilloso que lo compartas con tu público como lo haces.

—Eres muy amable por decir eso —contesto, asombrada de que mi voz suene tan normal.

—Sólo digo la verdad —dice, y la comisura de su boca se curva en una sonrisa—. ¿Desde cuándo eres escritora?

—Desde que tengo uso de memoria —digo—. Cuando era niña, escribía escenas y obligaba a mi hermana a representarlas conmigo.

—Una auténtica función por encargo —bromea, con esa sonrisa tan cálida.

No puedo evitar echarme a reír. Qué gusto da reír, sonreír cuando ella sonríe. Hace que me sienta conectada a ella.

—Tu obra me ha resultado muy conmovedora —dice la emperatriz, seria de repente.

—Me alegro mucho —digo.

—¿En qué te inspiras?

—Es como si las palabras vinieran de otra parte. Yo sólo las anoto —digo, sintiéndome gloriosa sólo porque estoy hablando con ella—. Pero tú, emperatriz, toda Roma habla de ti. El país prospera. El pueblo te adora. Dicen que el ejército te seguiría por las puertas del Hades.

—Bueno, todo tiene su precio, Gabrielle.

¿Me imagino que mira a César?

—Sí —digo—. A veces me pregunto si no conocer el amor es el precio que pago yo por mi éxito.

La emperatriz me mira como si le hubiera leído la mente. Todavía no doy crédito a lo que he dicho. El amor es una locura: yo estaba en lo cierto.

—En el tercer acto, haces que el héroe se arroje por el acantilado sin miedo a morir, todo por ella. ¿De verdad crees que existe esa clase de amor? —Me mira tan seria, como si mi respuesta significara todo para ella.

—Es lo que soñamos todos, ¿no? —pregunto—. Alguien que mire tan profundamente dentro de nuestra alma que encuentre algo por lo que merezca la pena morir.

De repente, César está a su lado. Me dice algo condescendiente sobre la obra, a lo que yo asiento como respuesta: me imagino que cree que es una reverencia. Le dice a ella algo sobre que el ejército los necesita al día siguiente temprano. Ella me mira con una expresión de cortesía tal que casi podría pensar que todo lo demás ha sido una fantasía mía.

—Gracias, Gabrielle, por honrar a Roma con tu obra. Buenas noches.

Posa la mano en el brazo de César y éste la acompaña mientras salen de la fiesta. En contra de mi voluntad, mis ojos la siguen. Nunca en mi vida me he quedado mirando el trasero de una mujer, pero descubro que no puedo controlarme. Es más que elegante, y en cuanto se va de la sala, siento que una tristeza se apodera de mi corazón. Aunque normalmente disfrutaría de una fiesta maravillosa como ésta hasta el final, de repente tengo necesidad de estar sola y me voy sin llamar la atención.

Enciendo todas las velas de mi habitación: la oscuridad me hace desear estar rodeada de luz. ¿Qué me pasa? Me siento ante mi tocador con una copa de vino, mirándome en el espejo mientras me quitó las horquillas del peinado. Nunca he parecido tan griega como esta noche, pero después de hablar con la emperatriz me siento como una desconocida dentro de mi propia piel. Mis propios ojos parecen distintos en el espejo. Me quito los pendientes y los dejo sobre el tocador al lado del cepillo.

Su forma de hablar del amor: no creo que ame al emperador. Todavía busca la verdad, el sentido. ¿Qué es el amor, qué es la vida, por qué? Como si yo tuviera las respuestas. Lo único que tengo son palabras.

Esta noche he bebido mucho, pero eso me está dando una curiosa especie de claridad. Me quito el vestido y lo dejo con cuidado encima del respaldo de una silla. De repente, siento la necesidad de salir al balcón, de modo que me envuelvo en una sábana y salgo a mi trozo privado de noche. Roma está especialmente bonita en la oscuridad. Me doy cuenta de que no estoy sola y mis ojos se posan en un balcón que está justo enfrente, al otro lado del patio. Los levanto y me encuentro mirando directamente al alma de la emperatriz. Aunque está vestida, el resto de ella está desnudo ante mí y lo veo todo. Su anhelo, su melancolía, su naturaleza apasionada. ¿De verdad me puede estar mirando a de esa forma? Me sonrojo y aparto los ojos, sintiéndome de repente acalorada y confusa. Pero tengo que mirarla de nuevo. Lleva el pelo en una larga trenza y su deseo cruza flotando el patio como el humo de un buen incienso exótico.

Nunca hasta ahora he sentido esta timidez. Sigo sosteniéndole la mirada y el corazón me late a toda velocidad. La saludo inclinando la cabeza e intento sonreír. No soporto más la intensidad de su mirada y me retiro a mi habitación, donde me quedo nada más entrar, apoyada en la pared para sostenerme. Soy objeto del deseo de la emperatriz, cualquier necio podría darse cuenta. De repente caigo en la cuenta de que César lo ha visto: por eso se marcharon de la fiesta tan deprisa. ¡Oh, dioses! Toda mi vida he soñado con demostrar que el amor a primera vista existe de verdad y ahora que lo he experimentado, me doy cuenta del miedo que lleva incluido. Sabía que el miedo acompaña al amor, pero jamás soñé que me llegarían a temblar las piernas de esta forma.

Bebo el vino y pienso en la boca de la emperatriz, en la forma en que sus labios se abrían al mirarme a los ojos. ¿Ha visto tanto de mi alma como yo de la suya? Y si lo ha hecho, ¿qué ha visto? Al cabo de unos minutos el vino me da valor para salir de nuevo al balcón y se me para el corazón en seco ante lo que veo: la emperatriz en brazos del emperador. Me da la espalda y los ojos de César se encuentran con los míos. Me desprecia, lo noto como una bofetada en la cara. Le aguanto la mirada, no puedo echarme atrás. Es como si hubiera ocurrido algo, como si la estuviera consolando. Y entonces lo percibo, la panza malévola del amor: los celos. Que le corresponde a él consolarla, no a mí. Que tal vez esta noche estarán juntos y ella exclamará su nombre y él exclamará el de ella. "Xena". Una palabra con la que de repente ansío llenar mi boca. Me ciño más la sábana a mi alrededor y vuelvo a salir del balcón: no puedo seguir viéndola en sus brazos.

—Xena —susurro en una habitación vacía. ¿Y si esta noche no dice su nombre, sino el mío? ¿Qué haría César? Casi la oigo: "Gabrielle", dice, con la voz ronca de pasión. Me tumbo sobre las sábanas de seda azul de mi cama y cierro los ojos, imaginando que está conmigo—. Xena —susurro de nuevo dejando que la sábana se suelte de mi cuerpo. De repente tengo la piel caliente con el fresco aire nocturno y deslizo mis manos por mi estómago hasta mis pechos. Imagino que mis manos son las suyas, grandes, de dedos largos y fuertes. La forma en que me toco el cuerpo me resulta distinta esta noche. Mi mano derecha se desliza entre mis piernas y la sensación deliciosa de mi humedad vuelve a arrancarme su nombre de la garganta. Nunca me he imaginado a una mujer tocándome, y mi reacción me dice que probablemente debería haberlo hecho. Imagino que me besa y que su largo pelo oscuro cae alrededor de mi cabeza, tapando el mundo. Mi forma de tocarme me da tanto gusto que suspiro y gimo de satisfacción. Mis manos son las suyas, entre mis piernas, en mi pecho, y hacemos el amor de una forma tan real que casi siento su peso encima de mí. Susurro su nombre de nuevo y ella dice el mío como respuesta al tiempo que me separa los muslos y se coloca entre ellos. Me hace el amor con ardor, inclinándose para besarme, y sus manos están en todas partes. Nunca he experimentado una cosa igual, es como fuego, como magia, como amor. Gimo su nombre cuando me corro, con un orgasmo tan fuerte, tan profundo, que cuando abro los ojos me llevo una sorpresa auténtica al ver que estoy sola. Me quedo aquí tumbada, casi sin aliento, contemplando el dosel de mi cama.

Al quedarme dormida pienso que seguramente debería haber aceptado la invitación para visitar la colonia de escritoras de Safo. Mis sueños son una locura. La emperatriz y yo, a caballo, cabalgando velozmente, perseguidas por rayos. Me despierto sintiéndome nerviosa. ¿De qué iba todo eso? Pensando en las fantasías que he tenido con ella anoche, es casi como si hubiera ocurrido de verdad, y me siento más cerca de ella. ¿La volveré a ver durante mi estancia? Me pongo un vestido morado y me recojo el pelo: me encanta cómo me queda con estos tirabuzones. Hace que me sienta casi guapa.

De repente hay un estrépito en mi puerta y entran cinco guardias, junto con el hombre con el que estaba hablando César en la fiesta. Me agarran y me arrastran con ellos.

—Esperad, ¿qué ocurre? —pregunto, y nadie responde. Me arrastran por los pasillos y confieso que tengo miedo. De repente caigo en la cuenta de lo vulnerable que soy en esta situación—. ¡Tiene que haber un error! ¡No he cometido ningún crimen contra César!

A los guardias les da igual, ellos sólo cumplen órdenes. Menos de veinticuatro horas después de llegar a Roma, me encuentro en una celda de la cárcel de palacio. La situación es muy mala. Los guardias me quitan el vestido y me lanzan un andrajo gris cuando se marchan, como si para ellos fuera terrible dejarme la dignidad de conservar mi ropa. Rompo el andrajo en dos pedazos y creo un atuendo improvisado. Golpeo la puerta de la celda, intento hablar con los guardias, pero nadie responde. Por alguna razón, me siento bastante tranquila. Sí, esto es malo, pero no tiene sentido ponerse histérica. La puerta de mi celda se abre y entra un guardia con tijeras.

—Por favor, no —digo, pues no tengo ni idea de lo que va a hacer. No sirve de nada intentar luchar con él. Fuera hay más y no puedo enfrentarme a todos. El guardia se coloca detrás de mí y empieza a cortarme el pelo con un descuido que roza lo peligroso. ¡Mi precioso vellocino de oro! Mi madre lo llamaba así cuando yo era pequeña y no quería dejar que me lo cortara. ¿La volveré a ver? Hace cuatro años que no visito a mi familia. Aunque no es momento para lamentaciones, me resbalan algunas lágrimas por la cara.

La puerta de mi celda se abre y entra ella, la mujer más bella creada por los dioses. ¿Por qué no me sorprendo del todo al verla? El guardia sale.

—Emperatriz —digo, poniéndome en pie.

—César me ha dicho que eres una asesina. ¿Es eso cierto?

—¿Una asesina? Nunca en mi vida he hecho daño a nadie. —Pienso que tal vez me va a ayudar, pero luego caigo en la cuenta—: ¿Por qué me vas a creer a mí en lugar de a tu esposo?

Me vuelvo a sentar en el bloque que tengo detrás. Pero está aquí. Ha venido a verme.

—Te creo —dice.

—¿Por qué?

—Crees que el amor es algo por lo que merece la pena morir. Eso no es precisamente el criterio de un asesino.

Se sienta a mi lado. Ahora hay algo diferente en ella, como si estuviera oprimida por un peso nuevo e inmenso. Eso me apena y quiero ayudarla, ojalá pudiera ayudarla. Pero seguramente estoy a punto de morir.

—Están construyendo cruces —digo, al fijarme en el martilleo apagado y constante que se oye a lo lejos.

—Sí. No puede haber crucifixión sin cruces. —Se queda contemplando el vacío. ¿Qué ve?—. ¿Por qué querrá César verte muerta? —Qué dulce y seria es. No me creo que sea una feroz guerrera. ¿Crucifixión? Habla de mi inminente fallecimiento con un tono tan prosaico, mientras que yo había pensado que moriría mientras dormía dentro de unos cuarenta años. Casi es un alivio no tener tiempo para que me entre el pánico.

—No sé. Soy escritora. Vivo en un viñedo junto al mar. Llevo... llevo una vida sencilla. ¿Cómo puedo ser una amenaza para César?

—No lo sé, pero lo voy a averiguar. ¡¿Guardias?! —Se levanta y va a la puerta de mi celda. Alguien se la abre y ella se marcha, llevándose al guardia de aire amable que tiene una cicatriz. ¿Qué va a hacer? ¿Hay alguna posibilidad de que me salve a estas alturas? Como mis opciones son limitadas, rezo a Afrodita, diosa del amor, para que se apiade de mi pobre alma. Le vuelvo a decir que me dedico a propagar la palabra del amor, que mis obras conmueven a la gente, que rindo homenaje a todo lo que ella representa. Por favor, Afrodita, déjame estar con Xena, déjame vivir para compartir un amor tan grande que ni toda la poesía del mundo podría hacerle justicia.

La puerta de mi celda se abre de golpe, pero esta vez son los guardias y se me cae el alma a los pies. No, por favor, no. Me vuelven a arrastrar por la cárcel y es horrible. Es como lo peor de una pesadilla cuando me sacan a un patio en esta preciosa tarde soleada.

—No. Por favor...

¡Tendría que estar de compras en el mercado, maldita sea! ¡Tendría que estar bebiendo vino en una taberna! En cambio, me tiran al suelo y me atan a una cruz. Esto no puede estar pasando, pero me duele la espalda más que en cualquier sueño que haya tenido nunca. Se acabó. Mi destino me ha traído hasta este momento. Por fin he encontrado el amor y debo pagar por ello con mi vida. Dioses, detesto la ironía.

De repente, oigo su voz inconfundible que grita:

—¡Alto!

Y la mano del guardia se detiene justo cuando está a punto de clavar la mía a la cruz. Gran sentido de la oportunidad, eso tengo que reconocérselo. Se me llenan los ojos de lágrimas de alivio. No oigo su conversación con César, pero en su tono se oye la rabia y la desesperación. De repente, noto que corre hacia mí, apartando a los guardias de en medio.

—¡Gabrielle! ¡Apartaos! ¡Quitadle las sucias manos de encima! Gabrielle. ¿Puedes levantarte? ¿Estás bien?

Tira de mí para ponerme en pie y me quedo mirando al suelo. Es la primera vez que me toca y casi no puedo respirar.

—Gracias por salvarme la vida, emperatriz. Estoy en deuda contigo.

Me pone los dedos debajo de la barbilla y me levanta la cabeza para que la mire a los ojos. De repente, estamos solas en el patio lleno de gente y sé cuánto me quiere, lo lleva escrito en la cara: me quiere mucho más de lo que debería. La emperatriz se quita la capa y me la echa por los hombros. Nunca me he sentido tan cuidada.

—No soy tu emperatriz. Soy tu amiga. ¡Traedle un caballo! —ordena—. Gabrielle, regresa a tu viñedo junto al mar. Se feliz. Escribe todas esas obras maravillosas que llevas dentro. —Me estrecha entre sus brazos y yo sólo puedo abrazarla a mi vez. Sí, en mis brazos, ése es el lugar que le corresponde. El dolor del placer de este momento es increíble.

Me suelta y veo que está a punto de llorar. ¿Cómo puede estar pasando esto? Se da la vuelta y se aleja de mí, para regresar junto a César. No puedo dejarla ir sin decirle lo que siento. No puedo.

—¡Xena! ¡Xena! —la llamo, sin importarme que otros me puedan oír—. Cuando pensaba que iba a morir... todo me quedó claro. Mi vida está vacía, a pesar de mi éxito. Escribo sobre el amor, pero hasta ahora nunca lo había sentido.

Se vuelve para mirarme. No me puedo creer que le acabe de decir a una persona prácticamente desconocida que estoy enamorada de ella. Pero tengo muy claro que la emperatriz también me ama.

—Roma no es segura para ti. Márchate ya. —Me está protegiendo. Tengo que aceptarlo. Me ha salvado, a fin de cuentas: estoy en deuda con ella.

—Jamás te olvidaré —digo, sintiéndome por fin como la heroína de una de mis obras, fuerte en mi amor y segura en mi sacrificio. La emperatriz vuelve con el emperador y los guardias me acompañan de vuelta al palacio. Me dan mi vestido, me suben a un caballo y me voy. Así, sin más: sin recoger mis cosas, sin nada, simplemente salgo de Roma. No sé por qué corro peligro, pero no se me ocurre más motivo que porque ella me ama. He emitido un juicio muy claro sobre César y no es agradable. Mientras cabalgo velozmente en esta tarde preciosa, asombrada de seguir atrapada en uno de mis propios relatos, me pregunto si me persiguen.

De repente, delante de mí veo una figura a lo lejos que desprende efluvios malévolos. Y entonces salgo despedida del caballo por el aire y caigo bruscamente al suelo. Intento huir a rastras y de repente tengo la sensación de que ya he estado aquí antes. Al instante se planta ante mí y me pone de rodillas tirándome del cuello, esta mujer enorme, bella y malvada. Es incluso más alta que la emperatriz, de largo pelo oscuro, pero ahí termina el parecido. ¿Cómo es capaz de moverse tan deprisa? ¿Cómo puede ser tan fuerte? ¿Debería haberme quedado en mi viñedo junto al mar y no haber visitado Roma jamás?

—Mira a la niña bonita —grazna mientras me tiene inmovilizada—. ¿Sabes cuál es un destino peor que la muerte? Morir antes de poder saber quién eres en realidad. —Está disfrutando más de lo que debería. Aunque tengo los ojos abiertos, de repente veo escenas en mi mente, escenas en las que intervengo y que nunca he vivido.

—No estoy hecha para esta vida de pueblo. Nací para hacer mucho más. —Esto se lo digo a Lila. Xena me monta detrás de ella en un caballo y luego todas las imágenes me vienen de golpe. Imágenes de mí y de Xena. Imágenes confusas: en una tengo el pelo rojo, luego lo tengo rubio. Son como recuerdos que he olvidado. De repente hace frío y me están crucificando y luego me estoy muriendo envenenada y Xena me sujeta la mano y me dice que nunca me dejará, ni siquiera en la muerte. Xena y yo. Lo recuerdo todo. Ya conozco a la emperatriz: es mi mejor amiga. Llevamos años juntas, pero ha sucedido algo. La mente se me acelera y oigo a la mujer malvada riendo como trasfondo de mis pensamientos: ya ha intentado matarme. Vivo en un viñedo junto al mar, pero he viajado con Xena todos estos años, más de treinta años, en realidad. ¡Oh, por los dioses, es Alti! ¿Qué Hades está pasando? Ayer mismo estábamos con Xenan... ¿no? ¿El fantasma de Ephiny? ¿Eso ocurrió de verdad?

—¡Altiiii! —oigo gritar a Xena, pero sigo sin ver—. ¡Gabrielle! Vamos, levanta. ¡Gabrielle! ¿Qué te ha hecho? —Xena está muy asustada. Ella también sabe quién soy: lo noto en su voz—. ¡Altiiiii!

—Mis poderes han evolucionado, Xena. Me he asomado al interior de tu alma y he visto el otro mundo.

—Alti... —Xena sigue cerca de mí. Si está cerca de mí, todo va bien. Me da igual lo que pase siempre y cuando estemos juntas.

—He visto lo fuerte que me he hecho y, gracias a ti, lo voy a demostrar.

—¡No se trata de ti, Alti!

—¡Oh, ya lo creo que sí! ¡Se trata de mí y de lo que ! Tu historia terminará cuando tu escritora no logre salvar a su "ángel caído". —Alti se echa a reír y me enfurezco. ¿Cómo osa esa puta burlarse de mi obra? Percibo que se han puesto a luchar, y la distracción de Alti me libera de su sujeción. Caigo al suelo y empiezo a recuperar el control de mi cuerpo. Mi mente sigue dando tumbos y mis recuerdos son un borrón confuso. Lo único que sé es que Xena me ha salvado y que la amo. La amo como nunca me había dado cuenta de que la amaba. No sé cómo he podido ser tan estúpida, pero se acabó. Deseo a Xena y Xena me desea a mí, y si Alti no nos mata a las dos, seré su amante. Fin de la historia. Ojalá tuviera mis... ¿cómo se llaman esas armas? Las veo mentalmente, como unos pequeños tridentes...

De repente, llegan soldados romanos y Xena lucha con ellos. Es increíble, con sus ceñidos pantalones de cuero negro y su pelo larguísimo. Lucha de una forma ligeramente distinta, como si todavía no fuera ella misma del todo, y no es tan buena como debería. Los soldados siguen atacando y de repente vuelan unas flechas que la alcanzan. Llega un carro y es el cabrón de César. Xena cae de rodillas.

—¡Xena! —grito, aterrorizada por ella. Intento correr hasta ella, pero el guardia de la cicatriz, que ahora me doy cuenta de que se parece asombrosamente a Joxer, me sujeta.

—¡No! ¡No! No puedes ayudarla. Pero yo a ti sí.

Tiene razón. No puedo hacer nada. Dejo que me sujete y escucho. César ha envejecido terriblemente, o tal vez sólo es un efecto secundario por llevar tanto tiempo muerto.

—No podías dejar las cosas como estaban, ¿verdad? —se burla de mi amada.

—Me has vuelto a traicionar, César. ¡Da igual la vida que tengas, siempre serás basura! Ni siquiera las Parcas podrían cambiar eso.

Me duele ver cómo sigue odiándolo. Ojalá no tuviera que pasar por ese dolor. Con las muñecas atadas, las flechas incrustadas en su carne, rodeada de soldados que le apuntan a la garganta y la nuca con sus espadas, sigue siendo la mayor heroína que he visto en mi vida.

—Tu muerte no será en vano, Xena, porque siempre ocuparás un lugar especial en el corazón de Roma, entre las conquistas de César.

Xena le escupe. Alti se ríe. Xena rompe la flecha que tiene clavada en el pecho mientras los soldados le atan los tobillos y de repente se la llevan a rastras por el suelo detrás de un caballo. Tiene que haber algo que pueda hacer para impedir que esta situación siga deteriorándose. El grupo emprende la marcha hacia palacio. Cuando entramos en la ciudad, el guardia que es como Joxer me lleva aparte y dice:

—Le prometí que te ayudaría a salir de aquí.

—Tengo que volver a verla.

—¿Vas a arriesgar tu vida por eso? ¿La vida de los dos?

—No tienes por qué ayudarme.

—Te ayudaré. Se lo debo.

—¿Cómo te llamas?

—Jett —dice.

—Jett —digo. Casi recuerdo quién es, por lo que me adelanto y le doy un beso en la mejilla.

Se sonroja y me mira como si me hubiera vuelto loca. Me encuentra un manto para que me cubra y nos colamos por la ciudad hasta entrar en la cárcel del palacio. ¿No acabo de escapar de aquí? ¿No acaba Xena de jugarse la vida dos veces para alejarme de aquí? Me da igual, no puedo dejarla para que muera sola. Eso es un hecho probado. No quiero que me vuelvan a crucificar, el dolor es insoportable y no es justo que esto haya sucedido de nuevo. Esa sensación de estar debajo del agua y empujar hacia arriba, de nadar hacia la superficie, esa necesidad desesperada de alcanzar el aire y respirar, de atravesar lo que haga falta para conseguir lo que necesito para sobrevivir: así es como amo a Xena.

—No puedo creer que te fueran a matar por escribir esa obra tan mala. La he visto. No le vendrían mal unas cuantas peleas más —dice Jett al tiempo que abre la puerta de la celda de Xena.

—Lo tendré en cuenta.

Entro en la celda, dejándolo fuera con los otros guardias. Me acerco a ella despacio. Está ahí tumbada, toda magullada, envuelta en una sábana sucia: parece que tiene fiebre, que ha estado llorando. Dioses, cómo la amo. Qué bello me parece su cuerpo herido.

—Xena —susurro.

—Gabrielle, no deberías haber venido —dice en voz baja. Me doy cuenta de que está enfadada porque no me he ido, porque no he dejado que me salve, y al mismo tiempo no le sorprende y casi está contenta. No puedo evitar querer salvarla también. Así es el amor.

—Alti me mostró algo. Otro mundo o época. —Tengo que hacerle saber que soy las dos Gabrielles, aquella a la que ama y aquella de la que también se enamoró.

—Eso ya no importa. —Gime de dolor cuando la ayudo a incorporarse.

—Lo siento —susurro.

—No pasa nada —susurra Xena.

Hago una pausa, con la esperanza de ser capaz de transmitir lo que siento.

—Xena, cuando estoy contigo, este vacío que he sentido toda mi vida desaparece... Tienes que decirme qué está pasando.

Con qué ternura e incredulidad me mira.

—César ha cambiado nuestro destino y nos ha dado este mundo dejado de la mano de los dioses. —Está llorando. Eso me asusta.

—Tiene que haber algo que pueda hacer. —Tiene que haberlo. Soy la legendaria bardo batalladora, ¿no?

—No. Lo que puedes hacer es salir de aquí con vida. Tengo que pasar por esto sola.

—No puedo dejar que mueras —susurro, con la voz embargada por el llanto. Le acaricio la espalda suavemente cerca de la herida inflamada de la flecha. Supongo que la flecha sigue ahí incrustada.

—Hay cosas por las que merece la pena morir. ¿No trataba de eso tu obra? ¿De estar dispuestos a sacrificarlo todo por amor? —Su tono es apagado, desesperado por hacérmelo entender. Lo entiendo. ¿Cómo no lo voy a entender?

—Por amor —asiento. Por fin, por fin nos decimos la verdad. Las lágrimas caen de sus ojos a pares, resbalando por su bello rostro. Ojalá estuviéramos en cualquier otro lugar del mundo. Ojalá tuviéramos la más mínima posibilidad de salir de ésta juntas y con vida.

—En el otro mundo, mi destino estaba unido al de César... y a esa cruz... y los odiaba a los dos... pero ahora me doy cuenta de que... todo ocurre exactamente como debe ocurrir... exactamente. —Le aumenta la fiebre. Ojalá tuviera agallas para besarla.

—Xena... —No puedo hacerlo. No puedo dejarla aquí sola para que la crucifiquen. Me levanto y me coloco ante ella.

—Vete ya, Gabrielle.

Ojalá dejara de llorar.

—No puedo —digo atragantándome. Para mí no hay nada en el mundo si no está Xena. Mi bella emperatriz, mi heroína, mi compañera, mi mejor amiga, mi amor.

—Vete ya. Sal. —Apenas consigue abrir los ojos. Debe de tener unos dolores horribles.

—No —susurro. Me quedo ante ella, acariciándole el pelo con las manos, mirándola a los ojos. Es mi princesa guerrera con el corazón de mi emperatriz. Nadie ha amado nunca tanto como la amo yo en este momento, aunque cuando me hundo en sus ojos creo que puedo estar equivocada.

—Sal. —Es más fuerte que yo.

—No.

¿Por qué no puede hacer nada? ¿Por qué nos ha ocurrido esto?

—Emperatriz, es la hora —dice Jett. Oigo a los guardias que vienen a buscarla.

Le cojo la cara entre las manos, nos sonreímos al tiempo que lloramos. La amo tanto que la palabra resulta inadecuada. Hasta que la miro de nuevo a los ojos y veo que no hay necesidad de palabras.

—Te querré para siempre —susurra. Le sale de sopetón, con los ojos vidriosos de pasión febril. Cuando la apartan de mí, veo cómo disimula sus emociones con una de sus expresiones de guerrera valiente. Qué bella es. Dejo que los guardias me aparten.

—No la toquéis —digo, pero sé que no puedo hacer nada. La sujetan. Los guardias se la llevan a rastras y Jett tira de mí hacia las sombras.

—Su muerte no significa nada si tú no escapas —me dice.

—Tienes razón. —Dejo que me saque a hurtadillas de la cárcel y le doy las gracias de nuevo antes de montar en un caballo y salir de la ciudad.

Nunca en ninguna de mis dos vidas me he sentido tan furiosa. Noto cómo se mueven los músculos del caballo entre mis piernas y me sujeto con fuerza mientras cabalgo lo más deprisa posible. Aunque el día sigue luminoso y el cielo azul, de repente estalla un aguacero. ¿Qué mejor prueba de que esto no debería estar sucediendo, de que todo esto está mal? Dioses, es horrible. Xena se está muriendo, estamos atrapadas en esta estupidez de mundo. Noto que la abandonan las fuerzas. No lo soporto. No puedo vivir con ello. Para mí no hay nada, nada en ningún mundo sin Xena. Con la reencarnación no basta. Xena es la persona que quiero. Siempre. Grito desaforadamente bajo la lluvia mientras en mi imaginación la atan a la cruz, preparan esos trocitos de madera para clavarle las manos. ¿Pero para qué sirven? No puedo pensarlo. No puedo pensar en nada. Tengo que detenerlo. Detener el mundo. Eso es.

Suelto un alarido de guerra mientras cabalgo a través de la lluvia, con la respiración jadeante de Xena en mi oído. Ya la han clavado a la cruz, lo sé. Siento su dolor, siento su amor. Asombrosamente, el caballo y yo llegamos al templo sin hacernos daño y entro como una exhalación. El pasillo es largo y oscuro y mi vestido mojado me resta agilidad mientras me dirijo al telar de las Parcas. Todo está deforme, todo está arruinado, todo está mal. Siento como un puño que me estruja el corazón.

—Es horrible —susurro.

—Cuando César nos encadenó —dice Cloto. Me giro en redondo y veo a las tres Parcas encadenadas a la pared detrás de mí.

—No pudimos ocuparnos del telar —dice Laquesis.

—Y eso ha creado un mundo lleno de caos y confusión —añade Átropos.

—¿Tenemos este mundo por culpa vuestra? —Mi rabia está a punto de estallar. Quiero agarrarlas y sacudirlas, explicarles que Xena se está muriendo y que ¡tienen que hacer algo! Pero es evidente que no pueden hacer nada o si no, ya lo habrían hecho, ¿no? Cojo la antorcha que está en la pared encima de ellas. Captan mis intenciones en mis ojos. Me figuro que también ven algo de locura en ellos. Desde luego, me siento como loca. Hace veinticuatro horas llegué a Roma a punto de emprender una nueva aventura. Sacudo la cabeza. No. No, esta aventura empezó hace seis años. ¿No? Casi no puedo pensar.

—¡No! ¡Si quemas el telar... —me advierte Cloto.

—...lo destruirás todo! —termina Laquesis.

—Pues que así sea —digo, sin reconocer mi propia voz. No puedo creer lo que estoy a punto de hacer—. Vuestro telar ha destruido lo que debía ser.

¡Ni siquiera he podido besarla! Siento que la respiración de Xena se hace más fatigosa y lanzo la antorcha contra el telar con todas mis fuerzas. Estalla en llamas. Caigo de rodillas por el calor mientras los tentáculos de color y fuego rodean el telar. Siento que Xena muere. Todo cambia, se funde, termina. Explosiones de fuego. ¿Qué he hecho?

De repente estoy en un camino donde las ramas de los árboles se cruzan en lo alto, por lo que no veo el cielo, y tampoco lo que hay delante por la espesa niebla. ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? No es la muerte, no es un sueño. Bajo la mirada y veo mi corpiño rojo, mi falda, mis botas, mis sais. Soy yo de nuevo. Deambulo por la niebla, preguntándome si he regresado al antiguo mundo. Oigo el ruido de un caballo que se acerca y me vuelvo, casi temerosa de lo que pueda ver. Se me hincha el corazón cuando veo a Xena, montada en Argo hija, que se detiene ante mí.

—Hola —dice, con la voz embargada de emoción. Veo que la emperatriz sigue ahí dentro y eso me gusta mucho.

—Hola —contesto, mirándola.

—Nos has devuelto el mundo.

—Me alegro. Éste me gusta más. —Me siento casi engreída. Pero he traído el mundo de vuelta, ¿no? No es que lo haya hecho a propósito, pero oye, un punto para la bardo batalladora.

—¿Aunque no seas una escritora famosa? —pregunta con timidez.

—Fama. ¿Para qué la quiero? —digo, sabiendo que en esta vida ya tengo fama suficiente, una fama que me conecta a ella. Me ofrece la mano y me sube al caballo detrás de ella. Como en los viejos tiempos. La rodeo con los brazos y me pego a ella cuando tira de las riendas—. ¿De verdad te gustó mi obra? —pregunto, curiosa por ver quién va a contestar.

—No estaba mal. Tal vez le vendrían bien unas cuantas peleas más.

Ésa es mi Xena.

—Todo el mundo sabe hacer de crítico.

Cabalgamos un rato en silencio. Hace un día precioso y me siento aturdida, como si me hubieran pegado en la cabeza con un martillo unas cincuenta veces. No conservamos las heridas sufridas en el otro mundo, lo cual viene muy bien, pero el dolor de cabeza es más que suficiente. Es lo que pasa con el viaje en el tiempo, supongo. ¿Ha sido un viaje en el tiempo? Fuera lo que fuese, me da igual: estoy abrazada a Xena.

—¿Sabes dónde estamos? —le digo en voz alta al oído al cabo de un rato.

—No —contesta al viento.

—¿Dónde vamos?

—Al oeste.

Me parece tan buena opción como cualquiera. Supongo que piensa que estamos al oeste de Roma. Cabalgamos hasta que anochece y acampamos junto a un lago.

—Voy a matar algo para cenar —dice.

—No vayas muy lejos —digo, intentando que no se me note el miedo en la voz.

—No lo haré —dice, y se adentra en los matorrales.

Enciendo el fuego, extiendo juntos nuestros petates. Estoy asombrada por las cosas que he encontrado en las alforjas de Argo hija: está todo lo que dejamos en ellas, así que puedo hacer una comida decente. Oigo un conocido trino de pájaro procedente del bosque y respondo, contenta de que siga cerca. Mientras preparo la cena, tengo visiones fugaces de mí misma preparando comidas en la cocina de mi casa del viñedo. ¿De verdad he tenido esa vida, o sólo tengo los recuerdos de ella? Cocinaba para mí todas las noches, siempre deseando que Xena estuviera allí, pero sin saber siquiera que era a ella a quien buscaba mi alma. Hay algunos pergaminos en blanco entre nuestras pertenencias y estoy deseando tener tiempo pronto para escribir sobre ser una escritora. Xena regresa y yo despellejo y cocino el conejo. No decimos gran cosa, simplemente nos quedamos sentadas en agradable silencio, haciendo las cosas que siempre hacemos junto al fuego por la noche.

—Así eres mucho más guapa —digo sin querer.

—¿Así cómo? —pregunta, apartando la vista de su trabajo.

—Más dura —digo, tratando de hacer como que es broma.

—No me siento más dura. Todavía siento a la emperatriz dentro de mí.

—Yo todavía me siento como la escritora. No paro de recordar su vida, mi vida. Bueno, ya me entiendes.

Sirvo la cena y nos sentamos juntas en el petate junto al fuego mientras comemos.

—¿Como quién te sientes más? —pregunta al cabo de un rato.

—Como yo misma —digo—. O sea, dioses, como la bardo batalladora, a falta de un término mejor. Cincuenta años y ni una arruga. Pero me siento... me siento como las dos. Tengo los recuerdos y los sentimientos de la escritora, y sus deseos. —Espero no haberme pasado. No quiero echarlo a perder. Si yo misma me acabo de dar cuenta de lo que siento por ella, no tengo ni idea de cómo debe de ser esto para ella. En realidad nunca hemos hablado mucho sobre el amor. Es decir, la princesa guerrera y yo no hemos hablado.

—Yo también me siento así —dice bruscamente, intentando disimular sus emociones, para demostrar que es sobre todo la guerrera terca y furiosa que conozco desde hace tanto tiempo—. La que tiene suerte eres tú, Gabrielle: tú no recuerdas lo que era acostarse con César.

La miro y me echo a reír. Me sonríe de mala gana. Ésta es otra de esas experiencias que vamos a tardar muchísimo tiempo en superar.

Después de cenar nos quedamos sentadas junto al fuego, bebiendo vino y compartiendo los recuerdos de nuestras otras vidas. Le hablo de las obras y las historias que quiero escribir, con nuevas ideas y nuevas imágenes: ya no quiero escribir sólo sobre nosotras.

—¿Sabes lo que de verdad no me gusta? —pregunta—. No me gusta que cuando no he tenido este pasado malévolo acabo convertida en una especie de idiota.

—Tú nunca eres idiota —digo. Salvo en esta vida, pero no quiero entrar en eso.

—Oh, venga ya. Estuve casada con César todos esos años y el tipo no sólo estaba claramente loco, sino que al final ni siquiera tuve poder suficiente para salvar mi propia vida. Reconócelo. ¿Eso te parece propio de mí?

—Vale. Reconozco que me parece un poco ingenuo por tu parte.

—Gracias. A ti, por otro lado, te fue muy bien sin mí. Con ese viñedo que tenías junto al mar.

—Me sentía bastante orgullosa, la verdad.

—¿Te acuerdas de cuando volvimos de la muerte y yo perdí mi oscuridad? Dijiste que creías que una persona necesitaba conocer las partes más oscuras de sí misma para estar entera de verdad. Creo que tenías razón.

—Y yo —digo. Pero no sabe ni la mitad. Estoy gozando de mi reciente acceso a las partes más oscuras de mi alma. Me he librado de tantas cosas y me siento tan poderosa. Probablemente debería darme miedo, pero no me lo da, y el hecho de que no me lo dé debería darme aún más miedo. Pero eso tampoco me asusta.

Por fin hace la pregunta que menos quiero contestar.

—¿Qué hiciste, para traer el mundo de vuelta? —Cuando no respondo se vuelve y me mira—. ¿Qué hiciste? —Ahora desconfía.

—Pues... no lo pretendía... —balbuceo. Sabe que no soy perfecta y me quiere de todas formas. Repítelo—. Prendí fuego al telar. Lo destruí. Quería destruirlo.

Me mira con cara de pasmo y me coge la mano. No puedo mirarla a los ojos, pero tampoco puedo apartar la mano.

—Estaba furiosa. ¡Nos habíamos esforzado tanto, Xena! No era justo que tuvieras que morir, que no pudiéramos estar juntas. —Intento que no se me llenen los ojos de lágrimas, pero no lo consigo—. Antes... no me daba cuenta... o sea, de que estaba enamorada de ti. No lo sabía... —Mi susurro se apaga y Xena me vuelve la cara con delicadeza hacia ella.

—¿Así que destruiste el mundo porque no podíamos estar juntas? —pregunta.

—Sí, supongo. —Me sonrojo como lo hice en el balcón, porque me está mirando igual que me miró entonces.

—Sabes, en parte pienso que eso es increíblemente romántico —susurra—. Peligroso, estúpido y egoísta, pero muy romántico.

—¿Sí? —pregunto, mirándole los labios.

—Sí —susurra. Siento que se acerca más y levanto la cabeza para poder mirarla a los ojos y en ellos veo a todas las Xenas. Son tiernas o bruscas, furiosas o alegres, vengativas o en paz, pero están todas en sus ojos. Quiero besarlas a todas, así que lo hago. Nuestros labios se juntan tras una vida entera de espera y mentiría si dijera que no ha merecido la pena pasar por todo lo que he pasado. Haber tenido que matar a gente, perder a todas las demás personas a las que he querido, sólo por este beso. Nos cogemos la cara la una a la otra y cuando nuestras lenguas se encuentran es como si de verdad nos estuviéramos fundiendo. Nunca he sentido nada como esto. Me duele muchísimo la cabeza, pero no hago caso. Me siento expuesta, desnuda ante ella, y es tan maravilloso como terrorífico. Se aparta poco a poco del beso y me mira tímidamente por debajo del flequillo.

—Ha sido estupendo, Xena —susurro.

—Sí —dice, abrazándome estrechamente. Nos quedamos abrazadas un rato antes de meternos debajo de las mantas y entonces seguimos abrazadas mientras dormimos. Tengo muy claro que he tomado la decisión correcta con todo eso de quemar el telar.

Me despierto antes que Xena, con todos los músculos doloridos. Su cuerpo dormido entre mis brazos es una maravilla. Caray caray caray. Xena está enamorada de mí. No puedo creer que haya estado a punto de perder esto. Casi lo pierdo todo. Mi tierna y bella mujer guerrera, con la ceja enarcada incluso cuando duerme. Qué cosa más rica. ¿Qué nos espera ahora en este terrible viaje de la vida? Cuando ya lo has hecho todo, o más bien cuando ya lo has hecho todo dos o tres veces, como lo hemos hecho Xena y yo, ¿qué Hades queda salvo la muerte? Ahora fallamos más que nunca y eso me da miedo. No puedo perderla. No puedo volver a sentirme nunca más como me sentí esta mañana en el otro mundo.

Y de repente se me ocurre esa idea pavorosa. No es que sea nueva, no, ya me he planteado algo así en otras ocasiones, pero diciéndome que no debía. Que era una niña tonta y romanticona y que debía ser realista y responsable. La escritora se está convirtiendo en una peligrosa influencia: su confianza en sí misma y su carácter romántico son ahora más fuertes en mí que mi antiguo sentido del bien y del mal. Tuve que renunciar a él en Helicón, lo recuerdo demasiado bien. Después de eso, ya no podía volver atrás. Porque las cosas ya no tienen sentido cuando se les aplican los viejos principios. Es un nuevo juego y esta vez las reglas las hago yo. Me da igual que lo que haga esté mal: tal vez "mal" no es el concepto absoluto que creía yo antes.

Me aparto con cuidado de los brazos de Xena y la dejo ahí durmiendo mientras me pongo a preparar el desayuno. En el fondo de una alforja encuentro mi bolsa de especias. Dentro hay unas bolsitas más pequeñas de cuero que conservan los condimentos lo más frescos que me es posible en el camino. ¿Soy tonta por querer hacerla feliz con buenas comidas? Encuentro el azúcar y la canela para las gachas de avena. A mi guerrera le gusta cualquier cosa si lleva suficiente azúcar y canela. Busco la bolsita más pequeña del fondo de la bolsa y ahí está. La abro y los trocitos secos siguen ahí. Asombroso. Los corto para hacerlos aún más pequeños, mezclándolos bien con otros ingredientes y luego con el azúcar y la canela, y lo echo todo en las gachas. Para cuando Xena se despierta, las gachas están calientes y yo estoy de nuevo en sus brazos.

—Hola —dice.

—Hola —digo. La beso. Es igual que antes: una sensación mejor de lo que jamás había imaginado. Nos miramos y hasta eso parece diferente.

Sirvo un cuenco de gachas para cada una. Están buenas, debo reconocer. A Xena le gustan. Estamos sentadas junto al fuego, envueltas en los petates, mientras comemos. Estoy nerviosa y hago un esfuerzo para que no se me note.

Cuando Xena se está acabando las gachas dice:

Eso es. Sabe a manzana. ¿Dónde has encontrado manzanas por aquí?

—Oh, estaban con la fruta seca que empaqueté hace meses. —Sé que percibe mi nerviosismo. De repente, el trino de los pájaros me retumba en los oídos, lo mismo que los latidos de mi corazón.

—¿Qué clase de manzanas, Gabrielle? —Oigo la voz de Xena desde muy lejos.

—Pues eso, manzanas —digo, terminándome las gachas y apartándome despacio de ella. Sin querer, mi mano choca con la afilada hoja del cuchillo que he usado para cortar las manzanas. La aparto rápidamente y Xena me la coge con gesto automático, como buena sanadora que es. No hay sangre. Me echo a temblar.

—No sangras —dice en voz baja. Me suelta la mano, coge el cuchillo y se corta la palma rápidamente. No hay sangre. Me mira.

—Manzanas doradas —digo a toda prisa—, pero no lo suficiente para convertirnos en diosas.

—Sólo hace falta un poquito para...

—Afrodita me dijo con qué debía mezclarlo para neutralizar parte del poder...

—Que Afrodita te dijo... —Xena me mira con los ojos desorbitados.

—No puedo vivir sin ti, Xena —digo, con los ojos llenos de lágrimas—. No puedo volver a pasar por eso.

Me mira como si nunca me hubiera visto hasta ahora.

—¿Y por eso nos has hecho inmortales?

—Sí —digo con tono apagado, mirándola a los ojos—. Me da igual que esté mal. Me da todo igual salvo tú. Nunca nos salen bien las cosas y necesito... —Ahora casi estoy llorando—. Xena, necesito una cosa con la que siempre pueda contar. Por favor, perdóname.

—Ni siquiera me lo has consultado.

—Habrías dicho que no.

Xena se queda mirándome fijamente.

—Dime algo —digo.

—Necesito un poco de tiempo para hacerme a la idea, ¿vale? —dice, con aire confuso y un poco triste. Se levanta y tira de mí para levantarme.

—Claro.

Me roza los labios con los suyos y luego se agacha para recoger nuestros petates. Su silencio en mucho más agradable cuando va acompañado de besos. Recogemos el campamento y seguimos cabalgando hacia el oeste. Pasamos nuestro primer día como inmortales a caballo. No me siento distinta para nada. O sea, distinta de ser mortal... Vaya, esto sí que es raro: no mortal. Mientras cabalgamos, me regodeo como siempre en la simple sensación de abrazarla. Con los años puede que haya habido ocasiones en las que, mientras cabalgábamos así, he deseado que el mundo se detuviera. Que no hubiera nada salvo Xena y yo, la sensación de las dos juntas, a caballo. Pero siempre cambia todo, el tiempo avanza sin pausa. Cierro los ojos y pego la cara a su espalda. ¿Dónde vamos? Al oeste, claro, al oeste.

Horas después salgo de mi ensueño al oír a Xena soltando palabrotas con rabia.

—¿Qué? —pregunto.

—Roma —dice enfadada.

—¿Qué pasa con Roma? —Me debo de haber quedado dormida. Me froto los ojos. La tarde está avanzada.

—Ahí mismo, detrás de esos árboles —dice, señalando hacia delante—, subiendo por el camino, está Roma.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo sé.

—Yo creía que íbamos a intentar evitar Roma —digo despacio.

—Lo hemos intentado —murmura—, pero ya sabes lo que dicen...

Y susurramos a la vez:

—Todos los caminos conducen a Roma.

Me echo a reír y me pego más a su espalda.

—Bueno, al menos así podemos descubrir con seguridad si estamos en el presente y esas cosas. —Me doy cuenta de que probablemente hemos superado cosas como "el presente". Ayer mismo el tiempo significaba poco, pero hoy, por los dioses, hoy ya no hay reglas. Cuando era la escritora, tenía unos amigos que se las daban de filósofos y pasábamos noches enteras bebiendo y hablando del destino, el azar y el origen del mundo. Me pregunto qué habrían pensado de las cosas que ha aprendido la bardo Gabrielle.

—Pues vamos a Roma —dice, y Argo hija emprende la marcha.

Llegamos a Roma al anochecer. Entramos en la primera taberna que vemos y compramos dos jarras de cerveza y luego esperamos impacientes a que nos den el cambio. Xena se bebe su cerveza y casi toda la mía también, deja mi jarra de golpe en el mostrador y examina nuestro cambio con atención. Por suerte, las monedas nos indican que, efectivamente, hemos vuelto más o menos a la misma época en que nos marchamos: parece que el sucesor de Calígula sigue en el poder.

—Una buena posada —digo medio borracha una hora después—. Una posada sin chinches en la cama y un orinal limpio.

—Muy bien, vamos.

De modo que nos dirigimos hacia la zona turística más cara de Roma. Una vez allí, dejamos al caballo en un establo y paseamos, disfrutando de la bonita noche. El cielo está despejado y el aire fresco. Me cojo de su brazo. Noto que me mira y no la miro a propósito. Todo es distinto entre las dos y eso tiñe el mundo de color.

—Qué noche tan preciosa hace, Xena —digo, sintiéndome como la escritora: llena de expectación y entusiasmo. Las dos estamos un poco borrachas y sorteamos a las masas de gente que han salido a pasar una velada elegante. Como de costumbre, nuestra forma de vestir llama la atención, pero estoy acostumbrada. Forma parte de estar con Xena, y por eso en realidad me encanta. Pienso que por su causa me encantan muchas cosas que no deberían encantarme.

—Todo esto me resulta más familiar de lo que me gustaría —dice.

—¿El qué?

—Roma. Me siento como si llevara años viviendo aquí. Por un lado la adoro con ese romanticismo ridículo que tiene alguna gente: quiero hablar de la ciudad como si fuese "ella". Y sin embargo, por otro lado todavía tengo ese antiguo deseo de obligarla a hincar la rodilla porque es de César, y odio a César.

—Lo comprendo.

—Sabía que lo comprenderías. —Me aprieta el brazo.

—Aquí —digo, en cuanto veo el Ateneo. Su tamaño y esplendor hacen que la palabra "posada" se le quede pequeña—. ¡Xena, es precioso! —Es el edificio más grande que he visto en mi vida que no sea un castillo.

Xena me mira haciendo una mueca y dice:

—¡Suerte que Argo hija tenía tanto dinero!

Entramos en el Ateneo y parece que se está celebrando una fiesta gigantesca e increíblemente elegante. Cientos de personas atestan el inmenso vestíbulo y el ir y venir por la inmensa escalera no se detiene nunca. Oigo música que sale de algún sitio y el ruido del gentío es como un zumbido incesante.

—Esto es como... —empiezo.

—No lo digas.

—El otro mundo —digo.

—No es más que una gran fiesta. Las han tenido siempre. Sólo que nosotras no vamos a ellas.

—No íbamos —la corrijo.

La sigo cuando se dirige al mostrador de la izquierda para ver si hay alguna habitación libre. No escucho mientras se encarga de los detalles. No puedo evitar quedarme mirando a toda esta gente guapa y bien vestida que sale a disfrutar de sus emocionantes y elegantes veladas. La voz de Xena me pregunta al oído:

—¿Lista?

Pego un respingo. Me sonríe y me ofrece el brazo. Poso la mano sobre él y subimos detrás de nuestro guía los cuatro pisos hasta nuestra habitación. Nos dirige una mirada rara cuando le entrega a Xena la llave y ella le da una moneda. Nos abre la puerta y luego baja corriendo las escaleras. Miro dentro de la habitación y sofoco un grito: ¡es más bonita que mi habitación en el palacio de César!

Xena farfulla:

—Es la habitación nupcial. Es lo único que les quedaba.

Me echo a reír, y cuando ninguna de las dos nos movemos, digo:

—Yo no te voy a coger en brazos.

Me vuelve a hacer una mueca y me levanta en brazos sin esfuerzo, entra en la habitación y cierra la puerta de una patada.

—Es muy rosa —dice Xena, mirando alrededor. Hay una cama enorme a la derecha, un balcón justo enfrente de la puerta, una bonita mesa de comedor delante y sí, todo es rosa.

—¿Me vas a bajar?

—No —dice, y agacha la cabeza para besarme. Mientras doy gracias a los dioses por no estar de pie, Xena se tambalea y acaba apoyada en la puerta.

—¿Demasiado para ti? —pregunto.

—Jamás —dice, besándome de nuevo. Besarla es estupendo. Es tan... fresca, de una forma que no sé definir muy bien. Me lleva hasta la mesa y me sienta encima, colocándose entre mis piernas.

—Bien —susurro.

Llaman a la puerta y Xena exclama:

—¡Adelante!

Al instante, unos empleados del Ateneo nos llenan la bañera de agua caliente, dejan la mesa de comer atestada de comida y bebida y nos vuelven a dejar solas. Xena me coge en brazos y me lleva a la habitación del baño. Nos desnudamos sin mirarnos y nos metemos en la bañera. Me sonrojo mientras me lavo. Advierto que Xena está poniendo caras raras.

—¿Qué haces?

—Comprobar que no tengo poderes divinos.

—Nunca dejas de asombrarme. —No puedo evitar sonreír—. ¿Y bien?

—No puedo hacer que se mueva nada, no puedo prender fuego, no puedo volar.

—Pues parece que estás bien —digo dubitativa.

—No sé qué decir, Gabrielle —dice, pasándose una pastilla de jabón por el brazo—. Aunque me he esforzado tanto por hacer cosas buenas, por un lado sigo pensando que merezco morir por lo que hice en el pasado. Y la vida no siempre es maravillosa, hay mucho dolor. ¿Quién querría vivir para siempre si de verdad se para a pensarlo?

—Lo sé —digo, porque lo sé de verdad. Sabía que pensaría que debería estar muerta, y sí, la vida es muy dolorosa—. Pero.

—Sí, pero —dice Xena—. Por otro lado, estás tú. El resto del mundo, puedo tomarlo o dejarlo. Pero en tu caso, quiero estar contigo para siempre.

—Cuánto me alegro de que lo comprendas, Xena. —Me deslizo por el fondo de la bañera hasta sentarme a su lado. Alargo la mano y le toco la cara, cierra los ojos y apoya la mejilla en mi mano, luego se vuelve y me besa la palma. Los labios de Xena me tocan la piel: la reencarnación simplemente no podría ser así—. No me puedo creer lo mucho que te quiero.

Xena se echa a reír y abre los ojos.

—Conozco la sensación —dice, y me besa. Estoy húmeda por todas partes y sus labios son suaves y frescos. Su cuerpo desnudo me atrae: nuestros pechos se tocan bajo el agua y las dos suspiramos.

—Oh, Xena —susurro.

—Gabrielle —contesta suavemente.

—Me encanta sentirte —susurro, besándola en la mandíbula. Tengo los pezones raros, duros y prietos, pegados a su cuerpo. Xena me toca vacilante la espalda desnuda, rozándome apenas la piel mojada con los dedos. Todo parece lento: tal vez sea por el agua caliente y lo tarde que es, pero es como si nuestros cuerpos se estuvieran fusionando. Temo hundirme bajo la superficie y ahogarme, pero el agua es Xena; todo lo es.

—¿Estás ya suficientemente limpia? —susurra.

—¿Seguirás tocándome responda lo que responda?

—Siempre —dice, cogiéndome la mano debajo del agua y estrechándomela.

—Entonces estoy limpia —digo, y salimos de la bañera.

Nos secamos y sé que me estoy ruborizando. Envueltas en toallas, regresamos al dormitorio.

—¿Tienes hambre? —pregunta, indicando la mesa llena de comida.

—Pues no, la verdad —digo—. ¿Volveremos a sentir hambre?

—No lo sé. Pero no creo que necesitemos comer.

—Caray —digo, pues todavía no consigo asimilar del todo lo que he hecho. Quiero poder disfrutar de la comida y la bebida, y más adelante descubriré si puedo. Pero ahora mismo hay cosas más importantes que quiero hacer. Hay un armario y abro la puerta. Está lleno de vestidos preciosos—. ¡Xena! —exclamo.

—Un montón de vestidos —dice.

—Sí, eso ya lo sé —digo—. ¿Podemos jugar a una cosa?

—¿A qué quieres jugar? —dice, inclinándose para frotarse el pelo con una toalla.

—A la emperatriz y la escritora —digo con timidez, incapaz de contener la sonrisa que se extiende por mi cara.

—Sí que me gustaría jugar a eso —dice con esa voz tierna que me da escalofríos.

—Pues ven aquí y elige un vestido, emperatriz mía.

Se pone detrás de mí y posa las manos en mis hombros. Susurra:

—Elige tú por mí.

Me estremezco y no puedo evitar sonreír mientras examino todos los vestidos, sabiendo que estaría despampanante con cualquiera de ellos. Me frota los hombros y su tacto cálido y penetrante me lleva a decidir deprisa. Elijo algo sencillo y elegante, de seda gris hasta el suelo, y se lo paso. Asiente al verlo, luego se lo desliza por la cabeza y deja que la seda caiga sobre su cuerpo. Los delgados tirantes le dejan los hombros y la espalda al aire, y sólo de mirarla me pongo a temblar.

—¿Y tú? —pregunta.

—¿Quieres elegir? —pregunto—. Deprisa.

—No hay nada que me convenza —dice—. Oh, espera. Ya sé. —La emperatriz, como una bella giganta con su vestido gris, va a la cama y de un rápido tirón, quita la sábana de arriba. Me envuelvo en ella, metiendo las puntas por dentro para que se sostenga—. Perfecto —dice Xena, y no puedo creerme cómo me está mirando.

—¿Cuánto tiempo hace que estás enamorada de mí, Xena? —pregunto, cuando salimos al balcón. Roma me sigue afectando como afectaba a la escritora, como si de algún modo se me estuviera pegando a la piel.

—¿Estás segura de que quieres saberlo? —pregunta.

—Te lo he preguntado, ¿no? —sonrío. La ciudad está llena de gente y el ruido que sube desde abajo es emocionante.

—Unos cuatro años.

—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunto, atónita, dejando que mis dedos le acaricien el brazo.

—Por un millón de razones. —Se acerca más a mí.

—¿Cómo te diste cuenta? —pregunto, pues necesito saberlo. ¿Cómo ha podido estar enamorada de mí todos estos años?

—Cuando te casaste, pues me... —Se calla y se queda contemplando la noche. La cojo de la mano—. Me di cuenta de que quería ser yo.

—Ojalá me lo hubieras dicho, pero creo que lo entiendo. —Caray.

—¿Y cuánto tiempo hace que tú estás enamorada de mí?

—Supongo que seis años, pero en realidad lo sé sólo desde ayer.

—¡Pues parece que después de todo tengo algo que agradecerle a César!

—Mmmmm —digo cuando sus labios se juntan con los míos. Me empuja contra la barandilla de piedra del balcón y echo la cabeza hacia atrás cuando sus labios se mueven por mi cuello, mientras sus manos suben y bajan por mi cuerpo.

—La primera vez que te vi —susurra, lamiéndome el borde de la oreja—, en el escenario del teatro, brillabas como un faro en una noche de niebla. —No puedo evitar suspirar—. Tu obra era tan bella: ¿cómo podía no enarmorarme?

Le cojo la cara entre las manos y la beso apasionadamente.

—Eres muy amable, emperatriz mía —susurro, sin aliento—. Cuando te vi por primera vez, fue como si ya estuviéramos desnudas.

Xena me besa la parte superior de los pechos, recorriéndome todo el cuerpo con las manos. El aire fresco es maravilloso y desearía volver a tener el pelo largo. ¿Me volverá a crecer ahora? Dejo que mis manos jueguen con el reluciente cabello negro de la emperatriz y gimo cuando me coge los pechos por encima de la sábana.

—Esto ya lo has hecho antes —susurro, celosa de nuevo.

—Hace años que no, y jamás contigo —dice.

Xena se pone de rodillas y aparta mi sábana despacio. Oigo cómo se le acelera la respiración cuando se acerca y me besa el estómago. Pega la cara a mi piel y casi me doblo por la fuerza de nuestra conexión. Es como si sintiera todo aquello por lo que hemos pasado en la forma en que nos tocamos. Es casi demasiado intenso. Le acaricio los hombros mientras ella mueve las manos por debajo de la sábana, acercando mi cuerpo a su boca. La sensación de su lengua cuando me toca por primera vez entre las piernas es increíble. Es como si mi cuerpo entero, mi alma, ondeara como una cinta al viento. Intento no tirarle del pelo e intento no gritar.

—¿Podemos ir dentro? —susurro, a punto de caerme de bruces por el placer.

Xena se aparta y me mira.

—¿De verdad quieres que la emperatriz se detenga?

Dioses, qué ojos. Le acaricio el pelo y me entran ganas de llorar otra vez, por la fuerza del amor que siento en el pecho y la garganta. Por no hablar de lo que siento entre las piernas, pero eso es secundario.

—¿Se da cuenta la emperatriz de que la amo con locura?

—Destruiste el mundo por mí. Eso habla por sí solo.

Xena me coge en brazos y me lleva al interior de nuestra habitación, hasta nuestra inmensa cama rosa. Me echo boca arriba y dejo que se abra la sábana. Al mirarla a los ojos mientras me observa, jamás me he sentido tan deseada. Poco a poco se coloca sobre mi cuerpo: la seda de su vestido es fresca y su piel es caliente. Nos abrazamos estrechamente. Es maravilloso saber que jamás volveré a perderla. La emperatriz me hace el amor como lo hizo en mis fantasías, despacio y apasionadamente, con reverencia. Se levanta el vestido y me separa las piernas, pegándose a mí con delicadeza, inclinándose para besarme. Yo levanto el cuerpo para pegarlo entero a ella, sintiendo las oleadas del placer. Esto lo es todo y es para siempre. Su boca sobre la mía, mis manos tocándola por todas partes. No consigo controlar ninguna parte de mi cuerpo: es todo instinto y deseo y un amor poderosísimo. Músculos duros, piel suave, respiración entrecortada. Nos abrazamos la una a la otra con fuerza cuando empezamos a corrernos y, durante largos momentos, no sé nada más.

Entonces vuelvo a mi ser y el cuerpo de Xena está encima del mío, abrazándome tiernamente, y sus labios están pegados a mi cuello, respirando con dificultad. Entrelazo mis piernas con las suyas y me estiro placenteramente. Todo ha vuelto a cambiar.

—¿Sin habla? —susurra.

Respondo con un gemido.

—Eso parece —dice. Se aparta de mí y nos quedamos tumbadas boca arriba cogidas de la mano. Al cabo de un rato, dice—: Gracias por todos los nuevos comienzos, Gabrielle.

Vuelvo la cabeza y le sonrío.

—Es un placer. —Oficialmente, ahora soy la persona más feliz del mundo. Tengo todo lo que quiero.

—¿Te das cuenta de que ahora podemos ayudar a la gente mucho mejor? —pregunta con entusiasmo—. Podemos atravesar una lluvia de flechas sin detenernos ni resultar heridas. Estoy deseando probarlo todo. ¿Podemos aguantar más tiempo debajo del agua? ¿Sentimos dolor? ¿A qué velocidad se curan las heridas graves?

—¿Las heridas graves? Ésa no me parece una prueba muy divertida, Xena. —Me la imagino pegándose un tajo con el chakram mientras toma notas en un pergamino.

—Ya sabes lo que quiero decir. Quiero saber cuáles son mis nuevas capacidades.

—Ya sabía yo que acabaría gustándote.

—Me gusta que me conozcas —susurra—. Que me conozcas y sin embargo me quieras.

—Sí —digo, con el corazón aceleradísimo de nuevo mientras nos miramos a los ojos—. Es maravilloso.

—Soy tuya hasta el final de los tiempos, Gabrielle —murmura, estrechándome entre sus brazos.

—El final de los tiempos, ¿eh? Pues a ver qué puedo hacer para evitar que llegue.

—Espera, deja que lo exprese de otra manera: soy tuya para siempre. —Xena me sonríe y me besa y yo me pregunto si es posible saber hacer demasiadas cosas.


FIN


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