De camino a Corinto

Julia Noel Goldman
(Xena's Little Bitch)



Descargos: Los personajes no son míos, sólo me encanta escribir sobre ellos. Si os gusta leer historias en las que las mujeres expresan físicamente su amor entre sí, ésta también os gustará. Si no... Ah, y hay algo de violencia, pero nada especial.
Descripción: Como sabéis, el Xenaverso empezó hace muchos años con la película de televisión Hércules y las amazonas. Al final de la película, Hércules convencía a Zeus para que hiciera retroceder el tiempo y así los que habían muerto podrían seguir viviendo, creando de esta manera la línea temporal alternativa que conocemos como el Xenaverso. Sin embargo, en el mundo original, Iolaus murió y Xena nunca conoció a Hércules. Pero sí que conoció a Gabrielle, por supuesto, y así es como ocurrió.
Gracias: Al Bardic Circle.
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Título original: On the Way to Corinth. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


Mi ejército marcha rápidamente hacia el sur. Esto acabará pronto y luego seguiremos con la siguiente conquista. Ya me he hartado de intentar hacerme con el mundo mediante poderes extraordinarios. Esta vez lo voy a hacer como lo haría cualquiera: sudándomelo. Un gran ejército, sin socios y con mucha sangre, es igual a mí camino de dominar el mundo. Gracias por centrarme, Ares, pero ahora voy a mi aire.

Debajo de mí, el lomo de Argo es sólido y cálido: es la única persona en quien confío y no se me escapa lo irónico que resulta. Hace una tarde soleada y el calor me produce una sensación tan agradable en la piel que casi me siento bien, como si fuese una persona real. Por un momento mi rabia se apacigua un poco. A lo lejos veo un grupo extraño de gente que se mueve despacio. ¡Tratantes de esclavas! Cualquier conflicto imprevisto es una bendición inesperada. Atacamos, riendo por nuestra propia crueldad. Mientras mi espada corta la carne, me siento fuerte y poderosa, aunque sé que luchar con soldados de infantería a lomos de un caballo es como pescar peces en un barril. Pero me da gusto usar así mis músculos, anticiparme a los próximos tres movimientos del enemigo y ver cómo salen. Nací para luchar.

Al poco, las chicas son libres. Pero hay una chica. No llega a los veinte años, de largo pelo dorado rojizo. Está plantada en medio del camino, con la cabeza ladeada, mirándome de una forma extraña. Tengo que reconocer que es exactamente mi tipo. Inocente, pero con cierto desparpajo. Desmonto y me acerco a ella.

—Xena —digo, saludándola con la cabeza.

—Pues claro —dice, sonriendo afablemente, con voz grave y ronca. Ahora que estoy más cerca, me doy cuenta de que está salpicada de sangre de tratante.

—¿Por qué dices eso?

—¡Sólo hay que verte! Una guerrera alta y guapa, vestida de negro. ¿Quién ibas a ser si no?

—¿Quién eres ?

—Soy Gabrielle —dice, con repentina timidez—. Cuento historias y... no me ha parecido bien marcharme sin darte las gracias.

—No lo he hecho por vosotras. Es que me gusta luchar —digo, y me siento obligada a añadir—: Pero creo que nadie debería ser esclavo.

—¿Y en qué se diferencia eso de lo que haces tú? —me pregunta. Me acerco hasta quedarme a dos centímetros de distancia de ella. Me mira al pecho y no retrocede. ¿Cuándo fue la última vez que me pasó eso?

—Yo no tengo esclavos.

—Tienes provincias enteras esclavas de tu voluntad.

—Eso no es esclavitud —explico enfadada.

—No es tan distinto —dice con tono apagado—. Lo siento, no quería molestarte.

—¿Mo...? —digo, apartándome de ella para verla mejor, a esta niña mujer que osa pensar que me ha afectado emocionalmente. Me sostiene la mirada y yo me... Qué mal se me dan las mujeres. Los hombres son fáciles. Pero las mujeres, por los dioses, siempre acaban matándome. Y ésta haría lo mismo, si la dejara. Odio a las mujeres. Tan engañosamente dulces. Los hombres son sencillos y las mujeres son...

—¿Xena?

Estoy mirando a la chica y el que habla es uno de mis soldados, proponiendo que sigamos adelante. Me monto en mi caballo y emprendemos la marcha. No miro atrás.

Advierto a mis soldados de que se mantengan alejados, porque me ha dado uno de mis berrinches. Entro en mi tienda y rompo cosas. Teteras y tazas, cualquier cosa que pueda destrozar. Detesto a todas y cada una de las personas que hay sobre la faz de la tierra. Son todos como alfileres clavados en mi piel. Son como veneno. Sus vidas sencillas y sus sonrisas felices me excluyen, me hacen burla. Y los malvados, los que son fácil e innecesariamente crueles, los que son como yo, pues a esos también los detesto. Detesto a todo el mundo y todas las cosas. No hay nada en ninguna parte para mí. Ojalá hubiera muerto en Anfípolis.

Hoy me despierto y sigo de pésimo humor. ¿Por qué mi vida es como es? Me visto, me armo y salgo a la luz cegadora del día. Mis hombres están por todas partes y el cabrón de Darfus viene hacia mí. Es la última persona a la que elegiría como comandante, pero es el único que queda, y estoy hasta las narices de él. Incluso si no pensara que está a punto de traicionarme, lo mandaría a paseo encantada. Debe de haber llovido por la noche: caen gotas de los árboles, junto con fuertes y relucientes hojas verdes.

—¡Xena! —me llama y todos los hombres se vuelven para mirar. Es una trampa. Me muero por empezar, pero dejo que la cosa se desarrolle a su ritmo por aquello del entretenimiento.

Me vuelvo para mirarlo.

—Darfus —escupo.

—Te desafío a un combate a muerte, por el mando de este ejército. —Hoy se pavonea de tal forma que me dan ganas de aplastarlo con un martillo.

Me echo a reír. No puedo evitarlo. Me dirijo a mis soldados.

—¿Estáis todos de acuerdo con que él es el mejor de todos vosotros, el único preparado para dirigiros, más preparado tal vez que yo? —Hago una pausa como si esperara una respuesta—. Pues por favor, quiero que observéis atentamente para que veáis con cuánta facilidad lo derroto.

Los hombres guardan silencio: tal vez ya se están dando cuenta del error que ha sido respaldar a alguien lo bastante estúpido como para desafiarme. ¿Cómo se atreven? Me dan ganas de matarlos, pero eso sería totalmente contraproducente para mi propósito. Darfus se da aires de guerrero, haciendo molinetes con la espada, de modo que, por supuesto, finjo bostezar, tapándome la boca con la mano izquierda. Sonrío y me ataca. Odio echar a perder una lucha con posibilidades de resultar interesante, pero tengo que dejar las cosas claras, así que de una sola estocada, le corto el cuello a Darfus. Su cuerpo cae al suelo.

Miró impasible a mis hombres.

—Me habéis decepcionado. El hecho que hayáis podido olvidar por un instante que podría enfrentarme a todos vosotros a la vez sin el menor esfuerzo me lleva a dudar de vuestra valía como soldados.

El sol es cegador. Sigo medio dormida. Me alejo de ellos y me interno en el bosque. Seguirán ahí cuando vuelva: no se atreverían a desertar. Dioses, qué idiota he sido al confiarle a alguien un poco de poder. Bueno, pues eso se ha acabado, gracias a los dioses. Ya no tendré que volver a ver su cara asquerosa. Deambulo a ciegas por el bosque. Cada día es un esfuerzo horrible y ya no es suficiente. Hay huecos que antes llenaba con algo, no sé el qué, pero ahora hay espacios vacíos que no se consiguen llenar con sangre.

Acabo en una pequeña aldea y me dirijo a la taberna. Es agradable y oscura y me instalo en una cómoda mesa del fondo. Pido cerveza, y mucha. Hoy es un buen día para beber, de modo que lo hago. Estuve un año sin tocar el alcohol después de lo de Higuchi. No podía permitirme estar tan vulnerable, por mucho que doliera. Pero ahora, ahora me da igual. Dominar el mundo, morir en un charco de mi propio vómito: al final es todo lo mismo para mí. Ahora nada tiene la importancia que tenía hacer lo que me pedía Akemi. Le fallé, como fallé a todas las demás personas que me importaban. No debo pensar en lo que sucedió con Akemi. Es como si me hubieran tocado algo dentro de la cabeza y ahora las cosas que tenía controladas ya no lo están. Dioses.

Descubro que estoy grabando el contorno de un cuerpo de mujer en la superficie de la mesa con mi cuchillo. Lo froto con cerveza mientras sigo grabando y me acuerdo de la chica de ayer, ¿fue ayer? Era preciosa, ¿merecería la pena tratar de encontrarla? ¿Y para qué, en serio? Ya no quiero hacer daño a las mujeres y, sobre todo, no quiero que ellas me hagan daño a mí. Es lo que ocurre siempre, no hay vuelta de hoja: aunque sólo pasáramos una noche juntas, una de las dos acabaría sufriendo. Y a estas alturas de mi vida, lo más seguro es que fuese ella. Mi corazón no está conectado a mi cuerpo como antes. No sé si sigue conectado a algo. No me puedo creer que me lo esté planteando siquiera. Debería dejar de beber y, sin embargo, me siento arrastrada a esta... esta sensación de... no sé. No es una rabia asesina, en cualquier caso.

Mis ojos pasan por encima de mi colección de jarras de cerveza vacías y contemplan distraídos a las mujeres que pasan. Me descubro mirando el trasero de una e imaginando que es Gabrielle, la chica pelirroja. Me pego a su espalda y ella gime de placer. Sacudo la cabeza para despejármela y vuelvo a fijarme en mi grabado. Aunque es posible que mi corazón no esté conectado a nada, la cerveza me conecta a mi lujuria: ya sabía yo que tenía otro motivo para evitar el alcohol. Dioses. Podría tener a cualquiera de estas mujeres si quisiera. Soy una experta seductora. De hecho, nunca he dejado de acostarme con cualquiera a quien haya deseado. Es fácil, igual que la guerra: descubres los puntos débiles y los aprovechas.

Pero esta chica. En una sola conversación de nada, me dijo que le parecía guapa y que era mala. ¿Qué más da? Es una lástima que ya no practique el sexo con hombres. Eso nunca me hacía daño, por alguna razón. Era demasiado fácil. Me pregunto dónde vivirá Gabrielle. Me odio. Sé que voy a ir tras ella y que acabaré haciéndole daño y eso me da ganas de matar. Podría iniciar una pelea fácilmente. No necesitaría una excusa con el calor que hace hoy. Pero sus palabras siguen resonando en mi cabeza: “Tienes provincias enteras esclavas de tu voluntad”. No me gusta pensar eso de mí misma. Pero tiene razón, claro que tiene razón. Por lo que sea, las mujeres siempre lo saben, como lo sabía Lao Ma, como lo sabía Akemi. ¿Por qué yo no tengo esa clase de conocimiento? ¿Sobre mí misma, sobre el mundo? Es como si viviera en una pesadilla engañosa de la que en algunos momentos parece que me voy a despertar y entonces me vuelvo a dormir, hundida en ella, en esto en lo que me he convertido, en esta forma de vivir que me está matando y también a todo el que se cruza en mi camino.

Cuando era pequeña, lo primero que quise ser fue sanadora. Me encantaba cuidar de mis hermanos cuando se ponían malos, hasta cuidaba de las plantas enfermas del huerto. Cuando fui un poco mayor, pasé a los caballos. Quería criarlos y entrenarlos, pero lo que de verdad quería era montar. Y entonces llegó la primera vez que tuve una espada en la mano. Me sentí poderosa, y cuando aprendí a luchar con ella, entonces me di cuenta de lo que podía ser. Incluso a los quince años ya sabía que en el mundo real todo se reducía a que la persona más fuerte tenía la última palabra. Nadie quería morir, y si tú tenías ese poder, eras dueño de todo el mundo. Era embriagador, porque no tardé en darme cuenta de lo buena que era, y para cuando cumplí los dieciséis, era la mejor luchadora de Anfípolis. Me daba miedo y me emocionaba tener esa clase de poder.

La taberna se ha llenado y ya llevo veintiuna jarras de cerveza. Una banda de música se prepara en el escenario, la gente parece inusitadamente animada. No quiero llamar la atención durante la fiesta y todavía no estoy preparada para subir a enfrentarme a mis pesadillas, así que me quito la armadura y las armas, las envuelvo en el manto y dejo el fardo en el banco a mi lado. Una mujer borracha con una camisa marrón y pantalones sucios de cuero. Nadie especial, nadie en quien merezca la pena fijarse.

Hay tantos pueblecitos de camino a Corinto que no sé por dónde empezar. ¿Debería lanzar una moneda al aire? Me parece todo demasiado fácil, podría haber trampa, así que debo ser cauta, aprovechar todas las ventajas que tenga, desde el terreno hasta el factor sorpresa. Por otro lado, tal vez lo mejor sería hacerme a la mar lo antes posible. Avanzar hacia el sur a través de Potedaia y luego bajar y dar un rodeo en barco hasta el Golfo de Corinto. La imagen de las olas altas en un día de tormenta se desvanece de mi mente y descubro que estoy mirando el trasero de una mujer. Está bailando en brazos de alguien, despacio, y qué dominio perfecto tiene de las caderas. El vestido es ceñido, de algodón azul claro con un dibujo de florecitas o algo así, y su trasero tiene una forma perfecta y un aspecto asombrosamente firme. Siento cómo lo agarran mis manos al pegarla contra mí. Mis ojos suben por su cuerpo, sus caderas curvilíneas, su pequeña cintura, y me fijo en que tiene el pelo rojo, recogido en un moño del que se escapan unos cuantos mechones. Es del mismo color que el de Gabrielle. De repente, el hombre la inclina y siento que me recorre un escalofrío porque de verdad es Gabrielle. Está acalorada y se ríe: es una belleza. Tal vez están celebrando que muchas de estas personas acaban de escapar de una vida de esclavitud. Al mirar a mi alrededor, caigo en la cuenta de que reconozco vagamente a algunas del otro día.

Sin ser consciente de ello, descubro que he salido a la pista de baile y le he dado unos golpecitos en el hombro al compañero de baile de Gabrielle. Los dos se vuelven y me miran y ella sonríe con un placer tan sincero que casi me caigo redonda. Le ofrezco mi mano y la acepta, su compañero se inclina y sale de la pista.

—¿Me concedes este baile? —le pregunto, esperando para ponerle la mano en la cadera.

—Te lo concedo —contesta, sonrojándose, con una sonrisa más provocativa en los labios. La música empieza de nuevo y voy marcando los pasos del lento baile, moviéndonos en círculo con los demás bailarines. Me doy cuenta por la forma en que nos mira la gente de que en este pueblo es raro ver a dos mujeres bailando juntas y algunos intercambian susurros, porque saben quién soy. Pero el cuerpo de Gabrielle está relajado en mis brazos, como si la opinión de los demás no le importara nada.

—Me sorprende verte aquí —empieza.

—Y a mí verte a ti.

—Bueno, yo vivo aquí. —Me sonríe. Su mano izquierda sujeta mi hombro con firmeza. Con mi mano izquierda sujeto suavemente su mano derecha, delicada como... como... En una escala de uno a diez, donde diez es borracha perdida, sólo estoy en el seis como mucho, así que no entiendo por qué siento que me arde la piel.

—Pues supongo que estás justo donde debes estar.

—Ni hablar.

—¿No? ¿Y dónde debes estar?

—Aún no lo sé. Pero aquí no.

—Bueno, ¿y qué se celebra? —pregunto, cambiando de tema porque creo que sé perfectamente cómo se siente.

—Pues la verdad es que es para darte a ti las gracias, en cierto modo. Por salvarnos, tanto si lo has hecho por nosotras como si no. Y por cierto, no sería tan terrible hacer algo por alguien, ¿sabes?

Respondo con un resoplido. Nos quedamos calladas un momento, deslizándonos por la pista. Sin pensar, me oigo preguntar:

—¿Por qué estás bailando conmigo si tan mala opinión tienes de mí?

Me mira con seriedad, con las mejillas algo sonrojadas.

—Porque no me puedo creer que algo tan bello pueda ser completamente malvado.

Todo parece detenerse un momento y quiero hacerle daño por decir eso, pero no lo hago. Sigo bailando. Aunque estoy segura de que nota la diferencia en mi forma de tocarla, no se inmuta.

—En mis viajes he visto flores y peces —digo con un tono gélido—, de colores tan radiantes que no te los puedes imaginar, y cuyo tacto es mortífero. Están llenos hasta arriba de veneno.

—Pero su belleza sigue valiendo la pena, si conmueve el alma. —Qué encantadora e inocente es esta Gabrielle. Me dan ganas de...

De repente, la ira se apodera de mí y la saco de la pista de baile. Me sigue tropezando hasta que llegamos a un pasillo mal iluminado cerca de la cocina de la taberna. Está sin aliento y la estampo contra la pared con toda la delicadeza con que soy capaz de estampar a alguien. Me quedo a dos centímetros de ella y me mira a los ojos con descaro, aunque noto que le tiembla el cuerpo. Yo también estoy temblando y aprieto los puños esforzándome por controlarme.

—No soy malvada —susurro enfurecida, rogándole que lo entienda, que lo haga realidad.

Gabrielle levanta la mano y me acaricia la mejilla con los dedos. En sus ojos hay algo que no consigo identificar, pero que podría ser compasión.

—Lo sé —susurra. Siento vértigo, como si su fe por fin me lo demostrara: No soy malvada. Alargo los brazos y la estrecho contra mí: su suavidad es indescriptible. Nuestros labios se juntan vacilantes al principio, con delicadeza, como si las dos tuviéramos miedo de asustar a la otra. Entonces sus manos fuertes y cálidas suben despacio por mi tronco y se enredan en mi pelo, tirando de mí para profundizar el beso, provocándome un escalofrío por todo el cuerpo. Qué gusto sentir el suave algodón de su vestido bajo las manos, sus apagados suspiros de placer. ¿Cómo puedo formar parte de tal ternura? Descubro que estoy perdiendo poco a poco la capacidad de sostenerme en pie y me aparto de ella. La forma en que me mira en este momento toca una parte de mí que no quiero sentir. Sí, es compasión, y algo más.

—Lo siento —susurro. Me doy la vuelta y echo a correr. Salgo corriendo por la parte de detrás de la taberna, por el pueblo, y me adentro en el bosque, muy lejos de mi campamento. Aparto todo pensamiento de mi cabeza y cuando llego al lago, no me detengo, me meto a la carrera y me zambullo, rozando el fondo arenoso. Nado durante horas y luego regreso tambaleándome al campamento para desplomarme, empapada, en mi petate, con la cabeza vacía de cualquier pensamiento.

Por la mañana tengo una resaca espantosa. Me duelen los músculos, pero me da igual por qué, he bloqueado los recuerdos de la noche anterior, salvo que me ha dejado furiosa. Mis soldados parecen muy atareados esta mañana y se entrenan muy concentrados, fingiendo ser auténticos guerreros. Qué divertido. Decido pagar mi rabia con ellos y lucho con ellos uno tras otro, hasta que he derrotado a cien de mis propios hombres. ¡Y antes de desayunar!

Luego viene la comida y luego los mapas. Igual que otros se pueden perder en una historia, yo me pierdo en un mapa. Todo está ahí. Vuelvo a darle las gracias a Ares por enseñarme a concentrarme, y me sumerjo en esta rutina durante varios días. Entrenando, planificando, corriendo hasta agotarme. Corinto. Esta vez no me rendiré. Y de repente, los recuerdos de mi primer asedio de Corinto me inundan la mente con total claridad. Primero, la sensación increíblemente gloriosa de la victoria, qué poderosa era entonces, cómo dominaba a mi ejército, a Borias, al mundo. Luego llegó la rabia, pero el embarazo me hacía sentir cosas que no solía sentir: no me podía creer que Borias me hubiera dejado. No creía que tuviera el valor. Y el bebé era tan precioso, mi bebé. Quería las cosas que me había prometido Alti, pero el dolor fue lo tercero, y fue demasiado. Estaba a punto de lograr mi mayor victoria, pero me retiré cuando Borias murió. Renuncié a todo, al poder, al bebé, y me encerré dentro de mí misma una vez más, durante mucho tiempo.

¿Por qué estoy pensando estas cosas? Debería concentrarme en lo que estamos haciendo y sin embargo, seguimos acampados justo a las afueras de Potedaia. No estamos marchando en absoluto hacia Corinto. De repente, me entra el temor de que éste sea uno de esos momentos cruciales, uno de esos momentos de la vida en que tienes que elegir. Recuerdo muy bien algunos de los míos y el mero amago de los recuerdos es una tortura. ¡No! ¡Me niego a sentirme así! Camino por el bosque sin ver, intentando apartar de mi mente las imágenes de todas las personas a las que he querido y decepcionado, todas mis terribles elecciones, mis interminables fracasos.

Me encuentro ante el viejo tocón de un árbol y desenvaino la espada. Con todas mis fuerzas clavo la hoja en su carne una y otra vez, descargando toda mi furia en los golpes. Continúo hasta que me pongo a sudar, hasta que ante mí no queda nada salvo virutas de madera. Me quedo ahí jadeando y vuelvo a envainar la espada. ¿Qué Hades voy a hacer conmigo misma? Mira que soy patética.

De repente, oigo música en la brisa. No sé qué es, pero sigo el sonido. Al acercarme, me doy cuenta de que es una flauta, y la bonita y alegre música tira de mí, me seduce, me promete algo maravilloso. Hace que me olvide de pensar, y como eso es lo que he estado buscando, le entrego mi voluntad. La melodía es sencilla y por fin me arrastra hasta un claro. En una roca en medio del claro está sentada la persona que toca, y cuando la luna sale de detrás de una nube, veo que es Gabrielle.

—¡Xena! Ahora mismo estaba pensando en ti —dice, sonriendo y palmoteando casi, como si no le sorprendiera verme aquí en el bosque en mitad de la noche. ¿Por qué será que a mí tampoco me sorprende verla a ella?

—¿Y qué pensabas? —pregunto, con la voz ronca de deseo sólo de mirarla. Esta noche lleva un vestido largo de color oscuro, no sé cuál por la falta de luz. Va atado por delante y no puedo evitar quedarme mirándola mientras me acerco despacio a ella. Qué joven parece, qué bella. Todavía oigo la sencilla y romántica tonada en mi cabeza, aunque hace un momento que ha dejado la flauta.

—Estaba pensando en tus labios y en tus manos —dice, con voz grave y apagada—. Nunca había sentido nada como... para serte sincera, creo que no he pensado en nada más que en ti desde... entonces.

Me ruborizo y confieso que yo he intentado no pensar en sus labios y en sus manos.

—¿Por qué? —pregunta. Qué pregunta tan simple.

La única manera de explicárselo es enseñándoselo, de modo que me acerco más a la roca donde está sentada y me sitúo entre sus piernas abiertas. Se me acelera la respiración cuando sus muslos ciñen los míos. Le toco los labios con los dedos y sofoca un grito.

—¿No sientes la magia cuando nos tocamos, Xena? —susurra—. Es como siempre me imaginado que podía ser.

—Yo no quiero magia —susurro—. No quiero sentir esto.

—¿Qué es lo que quieres?

—No lo sé.

Gabrielle se inclina hacia mí. El pelo le huele a romero. Cierro los ojos y aspiro. Apoyo las manos en sus muslos y me arden las palmas por su piel, incluso a través de la falda. Me susurra al oído:

—Sí que lo sabes. Dime una cosa que quieras. Vamos, Xena. Suéltalo.

Me siento como si llevara horas aguantando la respiración. Sólo es una chica, Xena. Bésala.

—Quiero besarte —susurro—. Sin pasado, sin presente, sin futuro, sólo esto. —Le cojo la cara entre las manos y la beso. Responde con ternura, calmándome, como si supiera la guerra que se libra en mi interior. Me permito relajarme, dejo que las sensaciones se apoderen de mí, que me hagan su esclava. Hay tantas partes de ella que quiero besar, pero mi boca no se aparta de sus labios.

Al cabo de unos minutos se aparta del beso y apoya la cabeza en mi hombro. Le acaricio el pelo y disfruto de la sensación de sus brazos alrededor de mi cintura. Es como si sacara a la luz una parte de mí que hace años que no veo, que ni siquiera creía que siguiera allí.

—¿Volveremos a vernos, después de esta noche? —pregunta.

—No lo sé —contesto, notando que mis manos le aprietan la espalda con más fuerza.

—Espero que sí —susurra.

No sé qué decir, de modo que le subo la barbilla con los dedos y la beso de nuevo. Es que me da tanto gusto sentir sus labios contra los míos. Me sumerjo en ello y no tengo ni idea de cuánto tiempo lleva en mis brazos. Seguro que es tarde, así que aparto mi boca de la suya y por un momento estoy a punto de perder el equilibrio.

—Te acompaño a casa —digo. Gabrielle se queda mirándome: parece sorprendida de que haya decidido parar. Yo también, la verdad. La ayudo a bajar de la roca. Se apoya en mí un momento para orientarse y mis brazos parecen envolverla solos. La oigo aspirar mi olor y eso me recuerda que no tenemos por qué parar, que no quiero parar. La hierba parece blanda y la sensación de su cuerpo entre mis brazos es maravillosa. Por razones que no comprendo, la cojo de la mano y echamos a andar.

Mientras caminamos despacio por el bosque oscuro hacia su casa, me cuenta que quiere ser bardo errante. Quiere escribir historias que cambien la vida de la gente.

—¿Qué clase de historias consiguen eso? —pregunto.

—Las historias bien contadas —dice pensativa—. Creo que si lo cuentas bien, llamas la atención de la gente y la metes en tu mundo, puedes conseguir que la gente vea las cosas desde tu punto de vista.

—¿En serio? —digo con escepticismo.

—Sí. Y a veces, ni siquiera tienes que contar historias. —Gabrielle me mira sonriente y me aprieta la mano.

—¿Cuántos años tienes? —pregunto con desconfianza.

—Dieciocho.

—¿De verdad?

—Sí, de verdad. Yo no miento —dice, con la voz grave de nuevo.

—¿Qué clase de historias sueles contar?

—Historias de aventuras, de héroes. Eso es lo que más le gusta oír a la gente. E historias de amor. —Se calla y me imagino que se está sonrojando, pero no veo bien con esta luz—. Mucha gente se siente inspirada por las historias de amor y aventuras, sabes. Cosas que les preocupa que a ellos nunca les lleguen a pasar.

—¿A ti te preocupa? —¿Por qué se lo pregunto?

—A veces. Pero entonces pienso que todavía soy bastante joven. Podría pasar cualquier cosa.

—No eres tan joven como para no estar casada.

—Cierto, pero no espero casarme.

—¿Por qué no?

—Bueno, creía que precisamente tú lo tendrías claro, pero es que me gusta besar a las chicas.

—Sí que tienes una forma muy particular de expresar las cosas —digo.

—Gracias, Xena. —Y me vuelve a dirigir esa gran sonrisa. Su arma secreta.

Cuando llegamos al borde del pueblo, se vuelve hacia mí y dice:

—Más vale que vuelvas. Quiero... quiero verte otra vez, Xena.

Me agacho y la beso una vez más. Nuestros labios se conocen ya, se sienten ya como en casa. Me aparto y le estrecho la mano antes de volver a meterme despacio en el bosque.


Dedico la siguiente semana a someter a mi ejército al entrenamiento más duro que ha sufrido jamás. Nos espera un largo viaje por mar, así que pienso que lo mejor es entrenar mucho con antelación. Les enseño toda clase de trucos de guerra: cómo usar una distracción en un combate, cómo convertir las emociones de la gente en armas contra ellos. Lo que haga falta para darle la ventaja a un ejército más pequeño. Mi tiempo libre lo paso en mi tienda, repasando mapas e intentando idear formas de hacerme con el control del mundo sin hacer daño a los no combatientes. Sé que mi ejército se pregunta qué está pasando en realidad, por qué no nos hemos apoderado de Potedaia ni de ninguna de las aldeas circundantes. Pero no puedo tomar la aldea de Gabrielle, hacer daño a las personas que quiere. Y lo que me asusta es que no logro imaginarme tampoco arriesgándome a hacer daño a otros aldeanos inocentes.

En realidad me mantengo alejada de mis hombres porque ya no sé quién soy. No sé cómo comportarme. Guardo silencio, con cara impasible, eso parece funcionar, pero no seguirá así mucho tiempo. Esta noche el campamento celebra la cacería triunfal de un inmenso jabalí y el final del entrenamiento en el uso de la vara de combate. Hace horas que me he retirado y desde entonces estoy sentada en mi tienda leyendo y bebiendo oporto.

—¡Comandante! —oigo que gritan desde fuera de la tienda.

—¡Adelante!

Dos de mis soldados entran en la tienda, arrastrando a Gabrielle. Justo a tiempo, me acuerdo de poner cara impasible. Pero su aspecto, sin aliento y acalorada, los pechos agitados por sus intentos constantes de soltarse de las manos de los soldados, me dificultan mantener el control.

—La hemos encontrado rondando por el borde del campamento —explica uno de los hombres—. Nos ha parecido que lo mejor era traerla aquí directamente.

—Bien. Ahora, dejadnos.

Ella deja de debatirse y ellos se van.

—¿Qué creías que estabas haciendo? —le pregunto con frialdad.

—Pues, mm, es que ha pasado una semana y no sabía nada de ti... —Se acaba callando. Parece que piensa que se ha equivocado, y tal vez sea así. Tal vez yo me he equivocado, o tal vez estoy a punto de hacerlo. Sé que lo voy a hacer, tarde o temprano, de un modo u otro. Siempre lo hago.

—Te podrían haber... herido —murmuro.

—La verdad es que no estaba pensando —dice. Gabrielle echa un vistazo por la tienda, siguiéndome con los ojos cuando me acerco a una cómoda y le sirvo una copa de oporto. Las paredes de la tienda son marrones y el techo es alto. Unos cuantos candelabros de pie dan suficiente luz al entorno. Aparte de la cómoda, unos cuantos baúles y mi mesa de mapas, más que nada hay almohadones y alfombras orientales. Es la tienda de una señora de la guerra que ha triunfado, de eso no cabe duda, y me doy cuenta de que eso me coloca en un nuevo contexto para ella. Me acerco a ella, que está acariciando distraída un cáliz de oro que asoma de un cofre lleno de tesoros, y le paso la copa. Intento no mirarla demasiado.

—Sabías quién era yo —digo.

—Sí —dice, y bebe un sorbito de oporto y se estremece por la potencia—. Una poderosa señora de la guerra.

Estamos de pie a menos de medio metro la una de la otra, mirando nuestras copas, el suelo, el fuego. Los ruidos de la celebración de los borrachos de fuera aumentan de volumen.

—Pero pensaste: “Tal vez...” —digo.

—Sí. Pensé que tal vez. —Noto que me sonríe y la miro, incapaz de controlar mi cara y la sonrisa que se extiende por ella. Su presencia me reconforta y me cuesta no acercarme más a ella, pero al mismo tiempo mi entorno me recuerda quién se supone que soy. Acabo dando vueltas despacio alrededor de ella, que va girando en el sitio, sin dejar de mirarme a los ojos.

—Sabes que ahora no te puedes marchar —digo—. Te han pillado husmeando alrededor de mi campamento. Tienes suerte de que mis soldados no se hayan quedado contigo.

—Mucha —dice, bebiendo otro traguito de oporto. Me imagino que se va a marear pronto, entre la bebida y las vueltas—. ¿Por qué sigues aquí?

—¿Qué? —Me detengo en seco, a punto de derramar mi bebida.

—Tú. Aquí. Todavía. ¿Por qué?

—Una decisión táctica. —Me imagino que los guardias de fuera de mi tienda se preguntan por qué no oyen los ruidos característicos de una jovencita al ser violada.

—¿Contra quién luchas? —me pregunta, y se acaba la copa. Quiere emborracharse. Yo también, así que sirvo otra ronda.

—Buena pregunta.

—Sabes, tienes a todo el mundo asustado —me dice de repente—. No saben por qué tu ejército lleva todo este tiempo acampado aquí fuera, por qué no atacáis a nadie, por qué no seguís adelante. La gente tiene miedo de ir al río o de viajar por los caminos habituales. No saben qué podría pasar.

—No pretendía... —empiezo. La verdad es que no he estado pensando. Es lo que tiene intentar no pensar. Antes me daba gusto saber que la gente me tenía miedo, pero no pretendía... Noto que mis cejas se juntan en un ceño.

—Verás, yo... yo tengo una teoría —dice, y de pronto le falla la voz—, sobre por qué sigues aquí y había pensado que a lo mejor si... a lo mejor si tenía razón, a lo mejor podía ayudarte, mejorar las cosas... —Vuelve a contemplar su copa de vino. Avanzo un paso. Mi movimiento la sorprende y levanta la vista—. Pensaba que a lo mejor seguías aquí por mí. Que a lo mejor no puedes dejar de pensar en mí. Y tal vez si me presentaba... —Se le apaga la voz y se queda mirándome. No sé qué cara se me ha puesto, pero se queda turbada. Se ruboriza y vuelve a bajar la mirada, y luego susurra—: No quería... sólo pretendía...

—No pienso en ti en absoluto —digo. Me cuesta decirlo, pero lo digo. En realidad no es mentira.

Gabrielle se me queda mirando, con la cabeza ladeada como la primera vez que me miró. Le he hecho daño: lo veo en sus ojos antes de que disimule. Sabía que le iba a hacer daño y se lo he dicho de todas formas. Avanzo un paso y ella retrocede y se acerca a mi mesa de mapas. Deja su copa encima y se queda ahí, agarrándose al borde. El ruido de mis hombres indica que para ellos la velada va a acabar pronto. Tengo algo en el pecho que me duele horriblemente y me obliga a seguirla al otro lado de la tienda.

Me quedo detrás de ella, a dos centímetros de su espalda, con los ojos cerrados, oliéndole el pelo. Noto que tiembla. No sé si está llorando, o si sólo tiene miedo de que yo vaya a hacer lo que cualquier señor de la guerra haría en esta situación. Pero yo soy Xena, princesa guerrera, de modo que acerco los labios a su oído y susurro:

—Pensar en ti me da miedo. Me deja confusa y me hace olvidar quién soy.

Se echa hacia atrás entre mis brazos y los cierro a su alrededor, estrechándola. Me coge la mano derecha y la coloca sobre su corazón, dejando su mano sobre la mía. Qué gesto más íntimo. No puedo hacer nada más que quedarme ahí, abrazándola, con los ojos cerrados. Nunca me he sentido tan reconfortada sólo de abrazar a alguien.

—¿Por qué haces esto? —susurro.

—Por lo mismo que tú —dice, volviéndose en mis brazos hasta que nos quedamos cara a cara.

—¿Porque estás empeñada en autodestruirte?

Se echa a reír.

—No. —Y luego susurra—: Porque el corazón me dice que debo hacerlo.

—Pues eso, lo que he dicho. —¿El corazón? Qué ingenua es. El dolor que tengo en el pecho va en aumento—. Tu sitio no está al lado de una señora de la guerra. Ni siquiera por una noche.

—Tienes razón —susurra, poniéndose de puntillas para atrapar mi boca. Qué suaves son sus labios, y su cara: no puedo evitar frotar mi mejilla contra la suya entre beso y beso. Le aparto el pelo del cuello y le beso la piel de detrás de la oreja. Los suspiros de Gabrielle se transforman en gemidos mientras le chupo el cuello con delicadeza. Lleva una camisa azul de campesina con un buen escote, y mis labios van bajando despacio, hasta que le beso la parte superior de los pechos. Tiene los dedos enredados en mi pelo revuelto, y los ruidos que hace siguen excitándome como la más íntima de las caricias, tanto que me doy cuenta de que apenas me sostengo en pie.

Caemos despacio de rodillas, besándonos vorazmente. Su apasionada seguridad me excita. Noto que tira de mis pantalones, que me saca la camisa y desliza las manos por mi espalda desnuda. Su tacto me hace temblar, e incluso notándolo, no me lo creo. Nunca he experimentado algo parecido. Sus manos siguen acariciándome la piel, moviéndose suavemente por mis costados hasta mi estómago, hasta alcanzar mis pechos inevitablemente. Sofoco un grito e interrumpo el beso, y me quedo mirándola, jadeando, mientras ella me pellizca los pezones con delicadeza. Qué aspecto tan seductor tiene, tan temerariamente apasionado, en nada propio de una joven aldeana.

—Gabrielle —murmuro.

—Xena —susurra, mirándome a los ojos y deteniendo el movimiento de sus manos sobre mis pechos.

—Quieres seguir, ¿verdad? —Casi no logro mantener los ojos abiertos de lo excitada que estoy. Tengo un torrente entre las piernas y por mi mente pasan imágenes del aspecto que debemos de tener juntas, excitándome más.

—Ya lo creo —susurra, con la voz aún más grave que de costumbre, y baja la cabeza y me roza la garganta con los labios.

—Bien —gimo, moviendo las manos por debajo de su falda y subiendo despacio por sus piernas. Le froto la parte trasera de los muslos y ella gime, metiéndose la carne de mi cuello en la boca. Mis manos llegan a su trasero y se cuelan por debajo de sus bragas, apretando suavemente. La piel de su trasero es tan suave que casi se me saltan las lágrimas, y tan caliente que me cuesta controlarme. Sus manos vuelven a enredarse en mi pelo y tiran de mí para sumirnos en otro beso embriagador. Le bajo las bragas hasta que se quedan alrededor de sus rodillas, luego pego su cuerpo con fuerza al mío y mis manos le estrujan el trasero. Noto cómo se pega a mí: es como si su pasión coincidiera exactamente con la mía, y sin embargo, cada vez que gime, noto que mi placer aumenta.

Mis dedos se cuelan suavemente entre sus nalgas, y gimoteo al sentir el calor y la húmeda suavidad. Ella gime mi nombre de nuevo, chupándome la lengua con más fuerza. La toco con enorme delicadeza, pero eso la excita muchísimo. Oigo cómo se rompe la tela de sus bragas cuando abre más las rodillas, invitándome a su interior. Bajo más las manos y le acaricio la parte interna de los muslos, suaves y duros, hacia arriba y hacia abajo, sin llegar a alcanzar el sitio donde quiere que la toque. Su humedad chorrea despacio por sus muslos hasta mis manos y me doy cuenta de que nunca hasta ahora me he regodeado de tal manera en las reacciones de otra persona. Dejo que mis manos se acerquen más y más, acariciándole suavemente la piel más cercana a la zona púbica, pero sin ceder a la presión de su cuerpo para que vaya más deprisa, para que haga que se corra ya. Mi mano izquierda regresa a su trasero y estruja con delicadeza su carne maravillosa, y mi mano derecha avanza despacio por su piel húmeda y sensible, deslizándose por el calor húmedo hasta hundirse en su vello púbico.

—Aah, Xena —gime en mi boca mientras la acaricio por detrás, despacio, y echa la pelvis hacia atrás para que mis dedos la toquen donde desea. Profundizo el beso, pegando con fuerza mi lengua a la de ella, sin saber siquiera dónde termina mi boca y empieza la de ella. Mis dedos se mueven trazando un círculo perezoso en su humedad, caliente y gloriosa, fuego líquido. Sus manos se aferran a mis hombros para sujetarse y se le acelera la respiración. Se aparta del beso y apoya la frente en mi hombro. Yo consigo seguir acariciándola despacio, tal vez porque me da muchísimo gusto tocarla así. Quiero seguir así para siempre, pero sé que ella no va a poder aguantar mucho más.

Gabrielle se mueve hacia delante y hacia atrás sobre mi mano con un ritmo cada vez más frenético, de modo que obedezco su deseo y con facilidad y rapidez la llevo hasta el punto culminante del placer. Gime mi nombre cuando se corre, y apoya la cara en mi cuello, jadeando. Nos quedamos ahí de rodillas en silencio durante un momento, pero sólo un momento, pues ya noto sus labios moviéndose sobre mi cuello, sus manos desabrochándome los pantalones de cuero y bajándomelos hasta las rodillas. Dejo caer la cabeza hacia atrás y me entrego a ella sin pensarlo. Oigo su risa grave y sé que es porque no llevo nada debajo de los pantalones. Su mano se desliza entre mis piernas y me agarra suavemente. Susurro su nombre. Sigue agarrando mi zona más sensible, apretándola delicadamente, y sofoco un grito cuando todo se junta, resbaladizo y exquisitamente húmedo. La presión de su palma al moverse en círculos lentos es casi excesiva, y apenas me doy cuenta cuando me empuja para que me tumbe en el suelo.

—Gabrielle —gimo de nuevo, y esta vez son mis manos las que se enredan en su pelo cuando se coloca entre mis muslos, cubriéndolos de besos delicadísimos. Aspira mi olor y de repente su lengua se cuela entre mis labios, y levanto las caderas del suelo, levantándola a ella al mismo tiempo. Me lame despacio, de abajo a arriba y viceversa, y tengo que hacer acopio de todas mis fuerzas para mantenerme quieta. La sensación de su lengua es exquisita, y sus manos se deslizan por debajo de mi trasero, estrujándolo al mismo ritmo perfecto. Al poco de estar recibiendo esta atención no logro aguantar más y grito, apretándole la cara dentro de mí cuando llego al orgasmo. La suelto y ella sube por mi cuerpo hasta que su cara queda a la misma altura que la mía. Me besa en los labios y luego se deja caer sobre mí. La rodeo con los brazos y la estrecho, escuchando cómo se le va calmando la respiración.

—Xena, ha sido increíble —susurra, con la voz ronca, teñida de asombro maravillado.

—Ven conmigo a Corinto —me oigo decir.

—No puedo —contesta con tristeza, pegando la cara a mi cuello.

—¿Por qué?

—Tú misma lo has dicho. Mi sitio no está al lado de una señora de la guerra.

—¿Y si fuese reina de Corinto?

Suelta una risita.

—No creo que un cambio de título fuera a mejorar las cosas.

—Ya lo sé. —La beso en la cabeza y nos quedamos ahí echadas un rato. Está amaneciendo y me doy cuenta de que debería llevarla a casa antes de que mis hombres se despierten. Está medio dormida y la despierto con besos. Nos sonreímos con tristeza mientras nos colocamos bien la ropa. ¿Cómo puede ser esto el final si ni siquiera he conseguido verla desnuda?

Salimos: el campamento está en silencio y la niebla matutina es densa. Silbo suavemente para llamar a Argo, que se acerca, también medio dormida. Le pongo rápidamente la silla y la brida, luego me monto y subo a Gabrielle detrás de mí. Se pega a mi espalda y me rodea con los brazos sin dudarlo, como si ése fuese su sitio. Salvo que soy una señora de la guerra. Pero no soy malvada, así que supongo que eso es algo a lo que agarrarse. Dejo que Argo camine despacio por el bosque hacia Potedaia para que Gabrielle y yo podamos disfrutar de estar abrazadas el mayor tiempo posible.

Por fin llegamos a la casa de Gabrielle. Desmontamos y nos quedamos ahí paradas, mirándonos a la luz gris de la mañana. Me descubro apretándome el pecho, deseando que deje de dolerme tanto.

—¿Qué te pasa? —pregunta.

—Que me duele el pecho.

—Xena, eso es tu corazón —dice, como si yo fuese imbécil—. Esto es lo que quiero que pienses, ¿vale? ¿De verdad necesitas conquistar el mundo, o tal vez podrías intentar ayudar a salvarlo? ¿Me prometes que lo pensarás?

—Te lo prometo —digo. La agarro por los hombros y le doy un beso apasionado. Luego la suelto y ella entra en su casa. Le doy a Argo una palmada en la grupa para que se aleje corriendo y luego doblo sigilosamente la esquina de la casa para escuchar por la ventana. Los oigo inmediatamente, a Gabrielle y a su familia, y me pego a la pared, manteniéndome en la sombra.

—¿...toda la noche fuera tú sola? —pregunta la madre de Gabrielle (supongo).

—Fui a hablar con Xena, para ver si lograba averiguar qué está pasando. No creo que vaya a atacarnos.

—¿Por qué no? —pregunta su padre, que parece un hombre airado al que se le ha dado una excusa para enfurecerse.

—Pues porque no —dice Gabrielle, que suena nerviosa.

—Has dejado que te tome, ¿verdad? —pregunta él, con voz áspera.

—¡Herodoto! —exclama su madre escandalizada.

—¡Has dejado que esa zorra guerrera te tome y ahora ya no sirves para un matrimonio decente! —dice indignado Herodoto.

—¿Has hecho eso por nosotros, Gabby? —pregunta otra voz femenina, ¿una hermana tal vez?

—Pues no. O sea, sí, pero no ha sido así y lo he hecho por mí —dice Gabrielle casi con orgullo, y luego añade con más suavidad—: Y por ella.

—¿Estás bien, Gabrielle? —pregunta su madre, preocupada. ¿Qué clase de monstruo se creen que soy? ¿Es que no acabo de salvar su maldita aldea, acaso no ven que no estoy atacándola?

—Estoy bien, madre —dice Gabrielle, que suena muy cansada.

—No creerás que le importas, ¿verdad? —pregunta su padre—. No eres más que una...

—¡Herodoto! —grita la madre de Gabrielle.

—No eres nada para ella —dice él despiadadamente—. Es una una señora de la guerra sanguinaria y tú eres una tonta aldeana.

—Gracias por tu apoyo como siempre, padre —dice Gabrielle suavemente.

—Venga, Gab, vámonos a la cama —dice su hermana con amabilidad.

Y entonces se hace el silencio por el momento. No tengo ganas de oír la discusión de los padres, de modo que me aparto de mi escondrijo y regreso caminando al bosque. El sol ya está en lo alto y estoy agotada, por no haber dormido nada la noche anterior. Regreso a mi campamento y me encuentro a mis hombres todavía tirados por el suelo. La hierba apesta a cerveza, meados y vómitos. Otra gran fiesta.

En mi tienda, la copa de Gabrielle sigue en mi mesa de mapas, de modo que me la llevo a los labios y bebo. Se me desliza el pelo por la cara y huele a ella. Me quito la camisa por encima de la cabeza y hundo la cara en su olor. Tiro la camisa al suelo y me termino el oporto. Me sirvo más y contemplo mis mapas. Por tierra, por mar, por tierra, por mar. Podría ser de cualquiera de las dos formas, en realidad. O no. O en realidad no.

No eres nada para ella, le ha dicho. Es una una señora de la guerra sanguinaria y tú eres una tonta aldeana. Mi primer impulso fue pegarle un puñetazo en la boca y decir que eso no era cierto. ¿No lo era?

Aunque mi cama no son más que almohadones sobre el suelo, las sábanas son de seda, de la India, con montones de almohadas más pequeñas de seda y algodón, y cortinas de color morado oscuro que bajan desde el techo de la tienda y rodean la cama cuando se desatan los cordones dorados que las sujetan. Muchas de las almohadas son doradas y rosas, como Gabrielle. Me siento en ella para quitarme las botas, sonriéndome al pensar que anoche ni siquiera logramos llegar a la cama. Mi mente se llena de imágenes de Gabrielle y me da vértigo. Sonaba tan triste cuando estaba hablando con sus padres. Me termino el oporto y me dejo caer sobre la cama, inconsciente.

No creo que los sueños tengan significado, aunque cuando me despierto unas horas más tarde todavía oigo su voz en mi mente: “Tienes que decidir: ¿quieres conquistar el mundo o intentar salvarlo?” ¿Cómo se atreve su padre a dar por supuesto que no me importa? ¿Cómo puede haber alguien a quien no le importe Gabrielle? Sí, hasta a mí. Oigo los ruidos que hacen mis hombres al empezar a limpiar el campamento, así como a algunos de ellos vomitando en los matorrales detrás de mi tienda. Me encuentro fatal, pero mi cuerpo recuerda sus manos sobre mi piel con gran claridad. Me vuelvo a poner la camisa que llevaba anoche y me quedo sentada en la cama bebiendo oporto.

Alguien me llama desde fuera. Es uno de mis soldados de más edad y con más experiencia, un hombre llamado Meleager. Le grito que puede pasar y lo hace. Tiene un aspecto horrible, con los ojos inyectados en sangre y la armadura cubierta de barro y grasa.

—Comandante Xena. En nombre de todo el ejército, te pido disculpas por el estado del campamento. Anoche se prolongó mucho la fiesta.

—Lo comprendo —le digo, y me quedo mirándolo. Si hago algo, ahora que no pienso con claridad, algo que no se pueda arreglar, no tendré que decidirlo más tarde—. ¿Alguna vez ha habido un momento en tu vida en el que hayas deseado haber aprovechado una oportunidad que no aprovechaste? —le pregunto.

—Un millón de veces. Lo he acabado por aceptar, pero sigo lamentando cosas.

—¿Tú crees que de verdad harías las cosas de otra manera?

—Sí.

—¿Qué habrías hecho, Meleager?

—Perdóname por ello, pero jamás me habría hecho soldado, jamás me habría unido a tu ejército. Si tuviera otra oportunidad, buscaría la felicidad, en lugar de las emociones fuertes. Al principio era joven, pero seguí tomando la misma decisión una y otra vez sólo por no tomar una distinta.

Baja la mirada, con la esperanza de no haber dicho demasiado.

—¿Y ahora qué? ¿Es demasiado tarde? —le pregunto, sirviéndome más oporto.

—No lo sé. Tendría que ver si soy capaz de tomar otra decisión.

—La voy a tomar yo por ti. Esto se ha acabado. Ni Corinto, ni ejército, ni yo. —Me mira con los ojos desorbitados—. ¿Puedo confiar en ti?

—Siempre, comandante —contesta, claramente sorprendido por mi pregunta. ¿Por qué lo creo? ¿Siempre ha habido gente aquí en la que podía confiar?

—Me marcho. Quiero dejarte a cargo de pagar al ejército. ¿Puedo encomendarte esa tarea?

Asiente, sin habla. Sabe la cantidad de dinero que hay. Lo suficiente como para que cada uno de los hombres pueda retirarse si así lo desea.

—¿Les sugerirás que dejen de luchar?

—Si eso es lo que deseas.

—Es lo que deseo. Puedes retirarte.

—No te defraudaré, Xena.

Asiento. Él sale. Meleager cuenta con el respeto de los hombres: sé que conseguirá sacar adelante una tarea que mataría a otros que intentaran llevarla a cabo. Es lo que tienen la edad y la experiencia.

Hago el equipaje. Algo de ropa, provisiones, y todas las monedas de oro que es capaz de transportar Argo. Voy a aprovechar mi oportunidad. Si me equivoco, siempre puedo montar otro ejército. Ya lo he hecho antes, no es difícil cuando se tienen las habilidades necesarias. Estoy tan borracha que me cuesta atar los nudos para sujetar mis alforjas a Argo, pero lo hago. Me monto en ella y contemplo el tranquilo campamento. Llevo diez años viviendo así, me resulta raro decir adiós. Así que no lo hago. Doy la vuelta a Argo y nos alejamos rumbo a un futuro que tiene muy poco sentido para mí.

Continúo bebiendo durante mi viaje peligrosamente rápido hasta Potedaia. Salto del caballo delante de la casa de Gabrielle y echo un último trago de oporto antes de atar la frasca a una alforja. No lo pienses, Xena. Simplemente actúa.

Llamo a la puerta, sintiéndome aterrorizada y muy tonta. La mujer que debe de ser la madre de Gabrielle abre la puerta y se me queda mirando. De repente, me siento como si tuviera dieciséis años y no sé qué decir.

—Mm, hola. ¿Está, mm, Gabrielle? —pregunto, intentando enunciar con claridad.

Cuando está a punto de hablar, Herodoto la aparta de en medio.

—¡Aléjate de mi hija, monstruo!

Siento la rabia que bulle en mi interior, pero mi objetivo no es éste. He venido por Gabrielle. No me voy a rendir.

Sin dejar de mirar a su madre, pregunto:

—¿Está Gabrielle?

La madre agacha la mirada. La hermana se asoma por el borde de la puerta. Parece haber estado llorando.

—Se ha escapado. ¿La podrás encontrar?

—La encontraré. ¿Sabes por dónde se ha ido?

La chica hace un gesto negativo con la cabeza. La madre sigue mirando al suelo. Creo que está llorando.

—Aléjate de ella —dije Herodoto con firmeza.

—La encontraré —les digo a las mujeres, y me vuelvo, me monto en Argo y salgo de la aldea envuelta en una polvareda. Estoy temblando y no logro pensar. ¿Y si le ha ocurrido algo? Recorro despacio el perímetro de la aldea, buscando señales de que haya pasado por allí. Seguramente estaba alterada, por lo que no habrá tenido cuidado. Es posible que ni siquiera supiera dónde iba, sólo que se iba. ¡Ramas rotas! Allá vamos. He encontrado su rastro: iba avanzando por la maleza siguiendo el borde del camino. Sigo sus huellas; de cuando en cuando encuentro un nudo de pelo dorado rojizo enganchado en una rama del camino. La voy a encontrar pronto. Cabalgo más deprisa.

La tarde se convierte en el atardecer y espero alcanzarla antes de que se haga de noche: será más difícil si está dormida y yo ni me planteo dormir hasta que la encuentre. Es indudable que si le ocurre algo será culpa mía, y haré lo que sea con tal de demostrarle a su padre que se equivoca. No sé cuándo fue la última vez que odié tanto a alguien. Las ramas bajas me cortan la piel cuando paso a través de ellas con ferocidad. Estoy demasiado borracha para que me importe.

Sigo cabalgando peligrosamente deprisa. Argo tropieza con una raíz y salgo volando por encima de su cabeza, maldiciendo mientras agito los brazos para tratar de agarrarme a algo que detenga mi caída. Aterrizo en el suelo con un golpe y un chasquido espantosos, sobre mi pierna. Me la he roto, lo sé al instante, y me alegro de estar borracha. Ojalá todas las lesiones ocurrieran cuando se está borracho. Ni me paro a pensar en los pequeños cortes que ya están sangrando, mientras me levanto apoyándome en un árbol, sujetándome sobre la pierna derecha. Es evidente que Argo también se ha hecho daño en la pata al tropezar. Es una lesión sin importancia comparada con la mía, pero montar en ella podría agravarla, así que voy hasta ella saltando a la pata coja y me agarro al lado derecho de la silla para sostenerme.

—Tenemos que encontrar a Gabrielle —le recuerdo—. Está oscureciendo.

Argo y yo avanzamos a trompicones cerca del sendero. De repente, los matorrales se interrumpen a mi derecha y se oye agua que corre. Nos movemos despacio, pero creo que ya está cerca. Huelo una hoguera: ¿será la suya? Avanzo a la pata coja al lado de Argo, sin dejar de soltar palabrotas por el dolor: estoy ya desorientada y tengo muchas náuseas. De repente, llegamos a la orilla de un riachuelo. El sol se ha puesto y la luna acaba de salir, por lo que hay luz suficiente para ver a alguien en cuclillas en la arena húmeda, probablemente llenando algo con agua. Se encuentra bien. Sí, supongo que ese dolor es mi corazón, después de todo. Veo su campamento detrás de ella, pilas de mantas y una hoguera de aspecto imponente.

—Gabrielle —susurro. Se vuelve para mirarme, una sombra oscura al borde del bosque.

—¿Xena? —pregunta titubeante, levantándose y acercándose a mí antes de que logre responder. Argo y yo salimos cojeando a la luz de la luna. Estoy segura de que tengo un aspecto horrible, pero eso no impide que Gabrielle me sonría.

—¿Estás bien? —pregunta, deteniéndose a medio metro de donde estoy yo, tratando de mantenerme erguida—. ¿Qué te ha pasado?

—El alcohol adormece el dolor. Mucho —digo, mirándola. Qué preciosa es—. Me he emborrachado y he dispersado a mi ejército. Luego me he roto la pierna mientras te estaba buscando. Creo que debería entablillármela pronto...

—¿Me estabas buscando? —pregunta.

—Sí. Me preguntaba si a lo mejor podía ir contigo —le digo sonriendo.

—No sé muy bien dónde voy —confiesa Gabrielle.

—Me parece perfecto.

—Pues vamos juntas —dice, meneando la cabeza y sonriendo.

—Tenías razón con lo del dolor del pecho, Gabrielle.

—Lo sé —dice, hundiéndose entre mis brazos. Nos abrazamos la una a la otra estrechamente durante un rato, luego mete el hombro por debajo de mi brazo izquierdo y me ayuda a llegar hasta la hoguera. De repente, no me cabe duda alguna de que a su lado es el lugar exacto donde quiero estar.


FIN


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