Constancia

Julia Noel Goldman
(Xena's Little Bitch)



Descargo 1: Los personajes no son míos, sólo me encanta escribir sobre ellos. Parte del diálogo de la primera escena de campamento es de la primera escena de campamento de la serie y tampoco es mía.
Descargo 2: Este relato contiene escenas bonitas, sensuales, largas y descriptivas de dos mujeres haciendo el amor. Reconozco que existen leyes que indican que algunas personas deberían abstenerse de leer cosas así.
Descripción: Este relato ocurre durante y después de El regreso de la Valquiria. Es una historia sobre la primera vez en la que Gabrielle se pone filosófica.
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Título original: Constancy. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


Los pensamientos, las fantasías y los recuerdos se entretejen en mi mente: a veces sólo momentos, a veces escenas largas. Durante ciertos períodos de tiempo, los controlo, puedo hacer que me lleven donde quiero ir. En otros momentos, no puedo hacer nada: sólo puedo mirar. Ya he estado hechizada en otras ocasiones, pero esto es muy distinto. Por alguna razón, sé que éste no es un hechizo malévolo, pero no recuerdo ahora por qué ni cómo ha ocurrido. En cualquier caso, sé que Xena vendrá a buscarme.

Nunca he creído que lo que nos ocurre esté predestinado. Estoy convencida de que cada pequeño detalle que sucede afecta a todo lo demás que viene a continuación. Recuerdo muy bien el día que nació Eva. Que, porque Hércules estaba allí, fui a sentarme con él junto al río en lugar de quedarme allí con Xena y nuestro bebé. Tal vez si me hubiera quedado con ellas esa tarde, si hubiera participado en sus primeras familiaridades, las cosas habrían salido de otra forma, Xena la habría considerado mi hija de verdad. Pero hice de anfitriona, o seguí el ejemplo de él, o le di intimidad a Xena, o qué sé yo qué hice, y Hércules y yo acabamos pasando un par de horas juntos, durante las cuales me contó una historia interesantísima.

Unos campesinos le habían pedido que los salvara de un monstruo y, aunque era la víspera de la boda de Iolaus, los dos emprendieron la marcha. No tardó en quedar claro que era con las amazonas con quienes se enfrentaban, y una de ellas mató a Iolaus. La cosas fueron de mal en peor con la reina de las amazonas, Hipólita, aunque Hércules y ella se enamoraron. La situación se descontroló y, por supuesto, la culpa la tenía Hera. Hércules se presentó ante Zeus, rogando por todos los que habían muerto a causa de los intentos de Hera de hacerle daño a él, y suplicó a su padre que diera marcha atrás al tiempo. Tras mucha discusión, Zeus aceptó hacerlo, para cambiar el pasado. De modo que lo hizo y las cosas volvieron a ser como eran antes de que Hércules emprendiera su misión. Salvo que Hércules quedó radicalmente cambiado por la experiencia. ¿Pero qué quiere decir eso? ¿Acaso el mundo debía ser como era antes de que el tiempo volviera atrás y acabó siendo como es a causa de la petición de Hércules? En ese mundo, ¿maté a Meridian? ¿Mató Gurkhan a mis padres? ¿Mató Eva a Joxer y Calisto a Pérdicas? ¿Llegué a irme de Potedaia? Hércules vio la pregunta en mis ojos y me contó otra historia. O más bien, detalles de la historia de Calisto, Iolaus, Esperanza, Ares y la Piedra de Cronos que nunca había oído hasta entonces. Durante un breve período de tiempo, el mundo cambió porque Calisto mató a Hércules cuando todavía estaba en el seno materno. La parte que yo no había oído era que en este mundo, Xena gobernaba como la Conquistadora y me hizo crucificar porque intenté recordar al pueblo que tenía voz. Cambiaron el mundo. Pero Iolaus y Calisto lo recordaban todo, de modo que el mundo era diferente de todas formas. ¿O no? Ahora me doy cuenta de que fue una tontería por mi parte creer que un mundo distinto suponía un mundo mejor.

Me pregunto si cualquier cosa que hagamos importa en realidad cuando se trata de dirigir el curso de nuestra vida. Durante meses intentamos evitar la crucifixión. Pero ahí acabamos, muertas en la cruz. Realizamos hazañas asombrosas en un intento interminable de evitar el crepúsculo de los dioses y, sin embargo, ocurrió. Si el destino tiene un plan, la complejidad es demasiado grande para poder imaginarla: pensemos en la concepción de Eva. Si Xena y yo no nos hubiéramos unido, nada en su vida habría sucedido como lo ha hecho. La vida de Calisto no habría tomado un curso tan extraño, Xena nunca se habría hecho amiga de Eli, tal vez nunca habría llamado la atención de su dios de no ser por mí. ¿Podrían haber sido distintas todas las decisiones que tomamos, las acciones que emprendimos, y haber acabado teniendo a Eva como fruto de todas formas? ¿Tenemos un propósito Xena y yo? ¿Las dos unidas creamos una fuerza única que nos coloca en una categoría sólo para nosotras? Igual que Dahak eligió a Serafin, siempre hay otra persona dispuesta a dejarse manipular para alcanzar los fines de otra. Naturalmente, a mí me gusta pensar que también hay siempre otro héroe esperando para entrar en acción. Claro que lo pienso: cuando Xena era la Conquistadora, yo era la heroína. Hasta que me hizo matar.

Esto no se parece en nada al sueño. Esto es como si mi cerebro funcionara constantemente, como para compensar la inmovilidad de mi cuerpo. Recuerdo cuando era niña y oí la expresión "Te quiero tanto que te odio" y no comprendí cómo era posible. Ahora lo comprendo, demasiado bien. La falta de atención de Xena cuando no corro peligro mortal es a veces dolorosísima. Hace tantos años ya que la amo con tal constancia, pero hay momentos en los que quiero hacerle daño a propósito para vengarme de todos los desaires accidentales.

Cuando estos pensamientos se hacen excesivos, pienso en la Xena de mis sueños. Oh, es Xena, pero es todo el tiempo como es la Xena real sólo en sus momentos más vulnerables. La Xena de mis sueños es dulce y divertida y, al contrario que la Xena real, me dice que está enamorada de mí y lleva a cabo sus deseos. Hace todo lo que quiero que haga y le hace cosas a mi cuerpo que seguro que la Xena real jamás ha hecho con nadie. A veces me gusta pensar que si las cosas hubieran pasado de otra manera entre Xena y yo en muchos sentidos, habríamos tenido una vida distinta. Si hubiéramos tomado decisiones distintas, si hubiéramos sido personas ligeramente distintas. Así que a veces repaso escenas de nuestros viajes y las cambio de formas que pienso que más adelante mejorarán nuestra vida, que nos ahorrarán al menos algo de dolor. No siempre es a quién matas y no matas: a veces es a quién besas lo que cambia tu destino.

En el momento en que la vi, supe que ella era lo que deseaba. Alta, fuerte y bella. Tan triste, pero eso ya lo arreglaría yo: sabía que era la única persona del mundo que podía hacer feliz a esta mujer. El hecho de que mis padres la odiaran era la prueba de que ella era la elegida. Mi heroína, que había venido a llevarme lejos de allí. Quería ser como ella y con ella y de ella. Cuando estaba tumbada en medio del camino entre Potedaia y Anfípolis, intentando que alguien me llevara, se me ocurrió pensar que un comportamiento así de irreflexivo sólo podía querer decir una cosa: amor.

Me dolió ver cómo la trataban en su pueblo. Hasta su madre. Especialmente su madre. Le salvé la vida por primera vez en el hogar de su infancia. Recuerdo que la miré cuando estaba montada en el caballo.

—Lamentarás no llevarme contigo —afirmé con certeza. Entonces bajó el brazo para montarme en el caballo y nos tocamos por primera vez: lo que sentí confirmó mi sospecha de que lo nuestro era estar juntas. Cuando le rodeé la cintura con los brazos, podría jurar que noté que se estremecía. Me pegué bien a ella cuando el caballo emprendió el trote. La forma en que habló con su hermano me dio ganas de acunarla en mis brazos. Era tan grande y fuerte, pero vi su interior, vi lo triste y sola que estaba y lo buena que era. No permitiría que se ocultara ante mí. Yo la salvaría.

Por supuesto, se fue de Anfípolis sin mí, y tuve que seguirla a pie de nuevo durante horas. Quise observarla desde los arbustos durante un rato, pero percibió mi presencia y desenvainó la espada. Salí de mi escondrijo y no pareció muy sorprendida de verme. Me senté en el tronco que había al lado del que usaba ella para sentarse.

—Te iba a seguir hasta que te metieras en un lío... hace mucho frío aquí fuera y no he conseguido encender un fuego... y los mosquitos son grandes como águilas...

—Sabes que te voy a enviar a casa por la mañana —dijo ella.

—No me quedaré en casa. Ése no es mi sitio, Xena. No soy la niña buena que mis padres quieren que sea... tú no lo puedes entender... —Supe que ya la tenía.

—No es fácil demostrar que eres una persona distinta... puedes dormir ahí.

Así de fácil. Esta parte iba a ser más difícil, pero estaba decidida. Con una mujer como ésta estaba claro que no podía ceder ni un centímetro de territorio una vez ganado. La duda era mi enemiga.

—Aquí estoy bien —dije, depositando la piel que me había lanzado en el suelo al lado de su petate. Me miró a los ojos. Le sostuve la mirada. No echarme atrás ahora constituiría la victoria más grande mi vida hasta la fecha.

—Tengo pesadillas —dijo.

—Puedo con las pesadillas.

Se trasladó a su petate y empezó a quitarse la armadura y otra serie de cosas que yo no conseguía identificar muy bien, hasta que se quedó sólo con su vestido de combate de cuero. Qué elegantes y económicos eran todos sus movimientos. Se colocó de lado dándome la espalda y se tapó con una manta. De modo que me tumbé a su lado, de cara a su espalda, tan cerca que sentía su calor. Había practicado seducciones sin importancia con mis amigas: ellas hablaban de sus futuros maridos y yo no hablaba. Sin embargo, ésta era Xena, la Princesa Guerrera, no una aldeana poco sofisticada. Pero hasta Xena tenía, bueno, pechos y boca y pelo sedoso y piel caliente, como cualquier chica de Potedaia. Yo quería tocar su parte suave tanto como la parte de cuero y músculos y ardientes ojos azules.

El brazo de Xena estaba sobre su costado, encima de la manta. Alargué la mano y le acaricié el músculo. Qué gusto daba. Caliente y liso, como una chica, pero grande y duro, como un guerrero. Me permití concentrarme en la sensación maravillosa de su piel bajo mis dedos y centré mi deseo por ella, con la esperanza de que se notara en mis caricias. Soltó aliento con fuerza.

—¿Qué haces?

—Tocarte —dije en voz baja.

—¿Por qué? —preguntó.

—Porque quiero.

—Soy una guerrera.

—¿Y los guerreros no son humanos?

—No. Matamos.

—¿Estás matando ahora?

—No. Me estoy muriendo —susurró—. No puedo permitir que me toques así.

—¿Por qué no?

—Me parece que las razones son evidentes.

—Hay un buen argumento en contra, Xena. No siempre tienes que ser la fuerte. Yo soy fuerte. Fíjate, ya lo verás. —Me moví hasta pegar mi cuerpo a su espalda y dejé que mi brazo le rodeara la cintura por debajo de la manta. Apoyé la mejilla en la piel desnuda que quedaba entre sus omóplatos. Mi cuerpo respondió intensa e inmediatamente y dejé que oyera mi jadeo, que sintiera mis pechos pegados con más fuerza a su espalda. Toqué su piel con mis labios.

—Dime qué quieres de verdad —susurró al tiempo que su cuerpo se estremecía por mi beso.

—Quiero estar contigo. Quiero compartir tu vida —dije, sorprendiéndome a mí misma por la gravedad ronca de mi voz—. Quiero ser tu amante. Quiero sentir tus manos en todo mi cuerpo. —La besé en la nuca. Sabía que lo que de verdad quería era que éste fuera nuestro vínculo principal: con independencia de cómo llegáramos a amarnos, quería que la más poderosa e incontrolable de las conexiones fuera lo que nos definiera.

—¿Y si te dejo en la próxima aldea? —susurró.

—Te seguiré —susurré cerca de su oreja, dejando que mis labios le rozaran la piel, encantada con las reacciones de su cuerpo.

—¿Y si te digo que es demasiado complicado, que no tengo nada que dar, que no quiero lo que me ofreces?

Sonreí en su cuello al lamérselo, y ella sofocó una exclamación.

—No te creeré.

—¿Y si te hago daño, una y otra vez, aunque no quiera hacerlo? —susurró.

—Te perdonaré —dije—, y espero que tú aprendas a hacer lo mismo por mí. —Deslicé mi mano por su corpiño de cuero hasta dejarla sobre su pecho. Abrí los dedos y apreté, provocando un gemido grave. Noté que su trasero se apretaba contra mí al tiempo que la manta caía al suelo del bosque, y deslicé la mano por su cuerpo hasta su muslo desnudo. La besé en el lado del cuello y le susurré al oído que quería que me tomara ya, con fuerza y deprisa, en este bosque inmenso y oscuro lleno de ruidos. Le pasé la mano despacio por el muslo, hasta justo el borde de las bragas. Noté que su deseo iba en aumento, que perdía el control de su cuerpo. Le mordí el cuello y le metí la mano entre las piernas. Se frotó en ella. Me arrimé a su trasero. Le susurré desesperada al oído—: ¡Por favor!

Y de repente ahí estaba, boca arriba debajo de la Princesa Guerrera. Me subió la falda hasta la cintura, me separó los muslos con la rodilla y yo levanté la pierna entre las suyas. El contacto fue salvaje. Me apreté contra ella y gemí, aferrándome a sus brazos. Ella me empujó hacia abajo y al instante yo empujé de nuevo hacia arriba: no creía que hacer el amor fuera algo tanto más poderoso y descontrolado de lo que me esperaba. Perdí la noción del tiempo, transportada a otro mundo por mis sentidos y nuestro ritmo.

—Bésame —susurré. Xena abrió los ojos y me miró. Estaba jadeando. Alcé la mano y le bajé la cabeza cogiéndola por la nuca. Sus besos eran torpes y excitantes, como los de una cría sin experiencia. Noté que sus fuertes manos desgarraban despacio mi camisa por la parte delantera y que luego juntaban mis pechos y pasaban los pulgares callosos por encima de mis pezones. Tuve que apartarme del beso para gemir su nombre mientras hacía esto, y dejé mi boca en su hombro. Tenía su peso encima de mí, su largo pelo oscuro en la cara. Sentí que me arrancaba las bragas y luego la sensación de mi sexo al deslizarse sobre su piel me arrancó unos ruidos de la garganta que no podía entender ni controlar.

—¿Es esto lo que querías? —jadeó—. ¡Dime!

—¡Sí! Sí, esto es lo que quería, Xena —gemí—. Lo que quiero.

Xena me chupó el cuello y yo le pasé las manos por el pelo. Yo también jadeaba ahora y le agarré el trasero con las dos manos, apretándola contra mí con más fuerza y más profundidad, empujando hacia ella con tan fiera determinación que no conseguía reconocerme a mí misma en absoluto y me daba igual. Nuestro orgasmo fue extasiante. Y sonoro.

Oh, dioses, ahora empieza una de las escenas interminables de Xena y Calisto luchando que flotan por mi mente a diario. ¿Han pasado días ya? ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Por qué no está Xena conmigo? Porque está luchando con Calisto, en un enorme campo verde. Las dos están cubiertas de sangre y agotadas, pero siguen luchando tercamente. Pronto vendrá a buscarme y acabará con esto. Xena no puede estar muerta. Siempre vendrá a buscarme. Qué cosas me han ocurrido en esta vida porque amo a Xena, la Princesa Guerrera. Me encojo cuando Calisto hiere a Xena en el muslo.

Entonces vuelvo a estar rodeada por el fuego y siento los labios de Xena sobre los míos. Veo imágenes de nuestro pasado compartido, momentos de nuestros primeros meses en el camino. Abro los ojos y contemplo los suyos y es real. Sé que es real. Qué bella es. La sensación de sus manos sobre mi piel es distinta ahora, como si algo hubiera cambiado en ella, y me gusta. El hechizo está roto.

Luchamos contra el enemigo del momento, se pide y se obtiene perdón por traiciones pasadas, los monstruos se transforman, hay despedidas. Otro trozo de historia en el que hemos caído y del que hemos salido. ¿Debería molestarme en buscarle un significado?

Esta noche estamos sentadas junto al fuego, fuera de la tienda que nos ha dado Odín. El cielo es negro tachonado de diminutas estrellas. Hace frío.

—Estar sentada contigo... junto al fuego, por la noche. Ése es el momento en que me siento más en casa —dice Xena, contemplando su espada mientras la afila.

—Yo también —digo, apartando los ojos de mi vino para mirarla a ella—. Como si el mundo entero fuera nuestro hogar.

—Eso parece —dice, y me dedica una pequeña sonrisa. Me encantan estas nuevas sonrisas. Se alegró de que la siguiera al norte: lo supe la primera vez que me sonrió. ¿Cuántas veces tengo que arriesgar mi vida por ella para que comprenda cuánto la quiero? Tal vez estoy tan equivocada como Brunilda.

—La verdad es que no deberíamos intentar tomarnos otras vacaciones —digo—, teniendo en cuenta que las dos últimas veces acabaron en una sentencia de muerte en el desierto y con unos caníbales que casi me comen.

—Fue idea tuya salir para cenar con tanta opulencia lo que desencadenó esta última aventurilla —bromea Xena, mirándome a los ojos. A lo mejor tiene razón. Podríamos estar haciéndolo todo al revés. Nos sonreímos, una sonrisa agridulce.

—¿Sabías —digo—, que durante este último año era conocida como la Dama del Anillo y que venían héroes de todas partes para intentar liberarme? Y algunos murieron en las llamas, no porque desearan el anillo, sino a mí. —Me quedo callada.

—No, eso no lo sabía. Lo siento —dice, y se levanta y se sienta a mi lado. Me pasa el brazo por los hombros, estrechándome con fuerza contra ella—. Jamás adivinarás lo que hice yo.

—Te casaste.

—¿Cómo lo sabes?

—Simplemente he elegido la cosa más descabellada que podrías hacer. ¿Con quién te casaste?

—Con el rey de Dinamarca.

Las dos nos echamos a reír y no paramos durante un buen rato. Le paso los brazos por la cintura y pego la cara a su pecho.

—Creo que estamos conmocionadas —comento.

—Buen análisis —dice Xena, arropándonos la espalda con la piel blanca—. O a lo mejor nos hemos vuelto locas. ¿Cómo hemos podido perder otro año?

—Al menos lo has vivido.

—Yo a eso no llamaría vivir. —Mira hacia el bosque con una expresión muy triste—. Sin mi memoria, estaba en paz, Gabrielle. Hasta dócil.

—No me sorprende. No soy yo la que piensa que en el fondo eres una persona violenta y desagradable.

Poco a poco empieza a nevar. Pequeños copos que se disuelven casi nada más posarse. Tienen un aspecto precioso en el pelo de Xena antes de derretirse. Podría quedarme sentada aquí junto al fuego con ella para siempre. A veces es como si ya lo hubiera hecho.

—Me siento como si siempre hubiéramos estado juntas —susurro.

—¿Y no es así? —susurra Xena, estrechándome más bajo la piel.

—Me parece que sí. —Recuerdo por un instante a Nayima diciendo que habíamos estado juntas a lo largo de muchas vidas. Luego a Joxer, aterrorizado pero resuelto, diciéndome "Estoyenamoradodeti" como si fuera una sola palabra. De repente se me contrae la garganta—. Todavía no he llorado por Joxer.

—Lo sé.

—Estaba enamorado de mí.

—Lo sé.

—Claro que lo sabes —murmuro—. ¿Cómo detenemos este ciclo, cómo descansamos de los dioses y de los pecados de tu pasado?

—¿Crees que es posible? —Oigo su sonrisa, noto su mano que me acaricia el brazo. Me hace temblar.

—No lo sé. —La nieve está empezando a cubrir las hojas de los árboles que rodean nuestro campamento. Sólo hay una pregunta en este mundo que tenga de verdad importancia esta noche. Es: ¿soy tan valiente como Joxer? La respuesta es evidente, pero la cuestión es demostrarlo—. Rompiste el hechizo besándome —digo, con la esperanza de que no note cómo se me agrava la voz con la última palabra.

—Los dos hechizos.

—¿Cómo lo sabías?

—No lo sabía.

—Explica.

—Te vi. Tú eras el premio que perseguíamos. Eras bella y dulce. Era evidente lo que tenía que hacer.

—Ya han desaparecido todos los monstruos.

—Todos menos uno.

La estrujo.

—Sí, pero tú eres la clase de monstruo que me gusta.

—¿Estás segura?

—Más que nada. Más que nunca.

Alarga la mano despacio y posa los dedos donde mis pechos se aprietan el uno contra el otro, sujetos firmemente por mi corpiño de cuero rojo. Me roza la piel sensible con los nudillos y la miro. Noto mis pechos agitados, presionados por el material que los sujeta, y mi corazón clama por su libertad. Susurro su nombre.

—No sé qué me aterroriza más —susurra—, perderte o tenerte.

Cierro los ojos y aguanto la respiración. La mano de Xena pasa de mi pecho a mi nuca. Su caricia es tan agradable, mucho más cálida que la de mi Xena imaginaria. Su mano regresa a mi escote y sus dedos me acarician la piel. De repente, mi mejilla toca la suya y le susurro al oído:

—Lo sé todo de ti. —Jadeo, al notar que sus manos me agarran de la cintura y se ponen a acariciármela—. Sé qué te hace feliz y qué te pone triste. Sé qué te motiva. Eso me excita. —Mi estómago se pega al suyo y le acaricio los hombros, el pecho y el cuello. Su respiración es ahora irregular, como poco. Le rozo con los labios la piel cercana a la oreja.

De repente, estoy sentada en el regazo de Xena, mirándola a los ojos llenos de un deseo apenas controlado y de miedo. Me pone las manos en el trasero y me pega a su tronco. La envuelvo despacio, dejando que mis manos le acaricien el cuerpo por todas partes al pasar por encima. Está fría y húmeda por la nieve y yo también: me da gusto. Se baja del tronco y se sienta en el suelo encima de la piel.

—No lo sabes todo de mí —susurra.

—Lo que importa no son los detalles —susurro a mi vez, sonriendo cuando me pasa las manos por los muslos desnudos. Echo la cabeza hacia atrás por el placer y ella me besa el cuello. La nieve me cae en los ojos, así que los cierro—. Oh, Xena —suspiro, como tantas veces he hecho en mis sueños. En su regazo soy más alta que ella, de modo que cuando me inclino para besarla, doblo el cuello. Sus labios me resultan tan familiares que es como si aquel beso en el mundo onírico de hace tantos años no hubiera terminado nunca en realidad. Siento que mi pelo largo cae alrededor de mi cara para enmarcar el beso con un manto dorado al que no estoy acostumbrada. Me siento bella. Su boca es voraz y me da tanto gusto que me quiero morir. Me lame los labios y me doy cuenta de que está sonriendo. Eso me hace sonreír a mí también.

—¡Deja de sonreír y bésame! —susurra.

—Qué frase tan genial para ligar —susurro, mordisqueándole y lamiéndole los labios. Le pongo las manos a ambos lados de la cabeza y la beso profundamente, liberando mis ganas de devorarla. Su respuesta es inmensa, tanto dentro como fuera del beso. Sus manos están por todas partes, en mi estómago, mis pechos, mis muslos. Y dentro del beso, bueno, me entrega a Xena. Prende fuego a mi piel fría y me llena de sí misma. Es hermoso y duele, porque es ella. Su amor está lleno de dolor, de pena, de remordimiento, pero, dioses, es la droga más potente que he ingerido en mi vida. Cada caricia de su lengua es como una lágrima deliciosa. Me he pasado años observando mientras se iba mostrando ante mí. Cada revelación un enigma, cada intimidad abierta a interpretación. Mi princesa guerrera: el título mismo da pie a un comentario irónico. Pero esta noche, por fin, es mi amante. Lo que es me corresponde a mí descubrirlo ahora, no a ella decidir mostrarlo. Todo aquello con lo que he soñado y más.

Sus manos me acarician por todas partes, provocando una palpitación constante entre mis piernas. Me muerde el cuello y me susurra al oído:

—En la cueva... tenías tanto frío... yo no tenía nada que darte. Los caníbales tenían más que ofrecerte que yo.

—La cosa más valiente que has hecho en tu vida —murmuro—, fue entregarme a ellos.

Estoy de rodillas, a horcajadas encima de ella, besándola. Sus manos me acarician el cuerpo desde abajo, haciéndome gemir en su boca. La nieve empieza a caer con más fuerza y el viento aúlla. Me pide que la rodee con los brazos y las piernas y lo hago. Cruza gateando la corta distancia que nos separa de la tienda, conmigo colgando debajo de ella, sonriendo en su cuello. Dentro de la tienda me deposita dulcemente sobre las mantas y sigue arrodillada por encima de mí mientras enciende una lámpara y luego me mira a los ojos.

—Me encantas con este pelo —dice. Sonrío.

—No creas que la charla banal te va a librar de esto.

—Has tenido demasiados pretendientes últimamente para que me arriesgue a actuar de otra forma. —Se agacha y captura mis labios—. Además, no puedo seguir huyendo de mi destino.

Oleadas de contento me atraviesan el cuerpo y tiro de ella para besarla de nuevo. La nieve que continúa cayendo fuera de la tienda lo cubre todo de silencio. El único sonido que se oye es el de nuestra respiración en este estrecho espacio. Nuestro petate está rodeado de nuestras pertenencias y podríamos sentarnos si quisiéramos: la tienda no da para más. Pero hace calor y cada vez más. ¿Cuántas veces he soñado con su cuerpo encima del mío, mis dedos aferrados a su corpiño de cuero, su fuerza apretada contra la mía? Tierna y pausada son las palabras que elegiría para describir la forma en que nos tocamos.

—Te amo tanto, Gabrielle —susurra, besándome el cuello, con las manos sobre mis pechos. De repente, se sienta de nuevo y nos besamos mientras desatamos los cordones que las dos tenemos en la espalda. Su tarea es más fácil que la mía y a los pocos instantes noto sus manos sobre mis pechos desnudos, y sus labios y su lengua. Suelto un quejido y aprieto su cara contra mi escote. Estoy otra vez sentada a horcajadas encima de ella y noto que mi pelvis se mueve contra su estómago con frenesí. Paso las manos por detrás de ella y termino de desatarle el corpiño y se lo quito por encima de la cabeza. Me obligo a sentarme en el petate un momento mientras nos quitamos el resto de la ropa y me quedo mirándola en la penumbra antes de volver a subirme a su regazo. Sonríe con timidez. La auténtica Xena, esperándome. Está sentada con las piernas cruzadas y le paso las piernas alrededor, luego los brazos y luego inclino el cuello para besarla. Su piel desnuda, cálida y húmeda contra la mía, me hace gemir, y seguimos besándonos, abrazándonos estrechamente. De repente, todo se hace más lento, nuestros besos, mis manos que le acarician los hombros, sus manos sobre mi trasero, y ella abre las piernas y me quedo sentada en el petate entre sus muslos, con las piernas alrededor de su cintura. Seguimos besándonos y pegándonos la una a la otra y cada parte de mi cuerpo anhela el contacto con cada parte del suyo y no privo a mi cuerpo de nada. Las manos de Xena sobre mi trasero pegan mi centro al suyo y la sensación es indescriptiblemente maravillosa. Me echo un poco hacia atrás para mirarla a los ojos, boquiabierta y maravillada por la dulzura con que hace el amor.

—No tengo palabras —susurro, porque no las tengo. Las palabras carecen de sentido a la hora de describir cómo la amo, lo que siento al inspirar pasión en esta increíble, impenetrable diosa de mujer. Al tener por fin lo que deseo. Mis pensamientos inflaman aún más mi deseo y empujo a Xena para que se tumbe, a horcajadas sobre su muslo. Cojo su sexo con la palma de la mano y aprieto. Arquea la espalda y gime mi nombre, abriendo más las piernas para mí. Me froto en su muslo al tiempo que hago círculos pequeños y fuertes en su humedad con el talón de la mano. Xena me mira a los ojos, acariciándome la cara, susurrando palabras de amor y lujuria que apenas capto. Descubro que mi centro se aprieta con más fuerza contra su muslo y Xena empuja contra mi mano con frenesí. Nos llevamos mutuamente a la cumbre del éxtasis y ella me mira maravillada cuando nos corremos. Me dejo caer al petate y la envuelvo con mi cuerpo, le beso la cabeza, respiramos, jadeamos nuestros nombres. Me encanta cómo dice mi nombre.

La nieve cae suavemente sobre la pendiente de la tienda mientras seguimos tumbadas en el pequeño espacio. Mi cuerpo entero parece diferente, como si todo hubiera cambiado. Nos hemos dado la una a la otra la última cosa, la única parte que nos estábamos reservando.

—Ahora te quiero más —susurro.

—Sí —susurra—. No pensé que fuera posible.

Nos quedamos abrazadas en silencio y al cabo de un rato, digo:

—Ojalá conociera las respuestas, Xena, sobre la vida, la muerte y el destino.

—No hay respuestas, Gabrielle. Tienes que aprender a aceptar la ambigüedad.

Nos reímos. Estoy desnuda en sus brazos y nada más importa: tal vez ésa sea la lección.

—Esta noche no eres tú misma en absoluto, Xena.

—Y eso te gusta, ¿verdad? —dice con una sonrisa, tumbándome boca arriba.

—Sí. Como ya he dicho mil veces, te quiero pase lo que pase, a pesar de ti y de todo lo demás. Tienes los ojos más bonitos del mundo. Quiero hacer el amor contigo otra vez.

—Todavía poeta después de tantos años —dice, y se inclina y me besa. Me da igual que los dioses hagan llover fuego sobre nosotras o nos maldigan o que nos quedemos dormidas durante cien años: Xena es el sentido de mi vida.


FIN


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