En lo profundo del bosque

Julia Noel Goldman
(Xena's Little Bitch)



Evidentemente: Los personajes no son míos, sólo me encanta escribir sobre ellos.
Nota importante: Este relato os gustará especialmente si os gusta leer sobre dos mujeres haciendo el amor. Si para vosotros es ilegal leer ese tipo de cosas, no leáis el relato.
Vale: Se trata de un cuento de hadas erótico algo perverso. Y es una historia de dolor/consuelo. Y una historia de la primera vez.
¿Os ha gustado? MiladyCo@aol.com

Título original: Deep in the Woods. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Érase una vez, hace mucho tiempo, que en la aldea de Potedaia vivía una joven llamada Gabrielle. Era una mujer bastante inusual en muchos sentidos. Aunque había nacido con once dedos en los pies y se rumoreaba, aunque nunca se había demostrado, que tenía el don de la profecía, no eran estas cosas, ni siquiera su llamativa belleza, las que tanto la diferenciaban del resto de los aldeanos. Eran más las cualidades que poseía, desde su curiosidad hasta su generosidad, desde su sensibilidad hasta su franqueza, su deseo de marcharse de la aldea y llevar otro tipo de vida, las cosas que la hacían diferente del resto de los campesinos y las esposas de los campesinos y de los futuros campesinos y esposas de campesinos que formaban la aldea de Potedaia.

Gabrielle tenía dieciocho años, de modo que debería haber estado casada cuando hizo aquel decisivo viaje y no haberlo hecho en absoluto, pero ésa era otra cosa rara de Gabrielle. Su deseo de sentar cabeza era insignificante como mucho, y nadie recordaba que alguna vez hubiera mostrado interés alguno por un hombre. Pero fuera como fuese, el caso es que era día de mercado en la aldea vecina y Gabrielle había llevado productos y hortalizas de Potedaia en un carromato para venderlos y comerciar en nombre de los campesinos de su aldea. Por supuesto, le encantaba este trabajo, porque así salía de su aldea por un día. Sin embargo, podemos decir que este viaje en concreto no le salió a Gabrielle como tenía planeado.

El comercio de la tarde tuvo buenos resultados para ella en la aldea vecina de Anonimia, y ya había oscurecido cuando enganchó el caballo al carromato y puso rumbo a casa. Gabrielle y el caballo habían hecho este viaje tantas veces que se sintió libre para dejar vagar la mente mientras avanzaban por el camino hacia Potedaia. Estaba tan absolutamente ensimismada que no notó que se había formado una tormenta, y para cuando lo advirtió, estaba en la parte del camino que bordeaba el barranco. El carromato pesaba demasiado para el camino de tierra mojada que tenía debajo, que cedió justo cuando ella se daba cuenta del peligro en que se encontraba.

—¡Oh, mierda! —fueron las últimas palabras que dijo antes de precipitarse por el borde desmoronado y caer al barranco.

El cuerpo de Gabrielle yacía hecho un guiñapo incómodo e inconsciente en los cuatro centímetros de río que corrían por la arena y las piedrecillas que formaban el fondo del barranco. Los rayos crepitaban en el cielo y la iluminaban vivamente. En la oscuridad que seguía inmediatamente al relámpago, una figura se movía sigilosamente de un grupo de matorrales a otro, esperando al siguiente destello y a la oscuridad posterior, y por fin se detuvo en los arbustos al lado de Gabrielle. Esperó allí, observándola cuidadosamente para ver si se movía. No fue así. Alargó la mano y la empujó suavemente, y no hubo respuesta. La figura se sentó y observó un rato más, pareció olfatear el olor de Gabrielle en el aire, luego la levantó con delicadeza y se la echó a lo que de repente resultó ser un hombro. Era una figura muy alta, muy esbelta y muy negra entre las sombras, y recorrió cierta distancia por el barranco con su carga hasta que desapareció de repente.

La entrada de la cueva era indetectable. Dentro había una hoguera y un montón de hojas al lado de una extraña colección de flechas rotas y prendas de ropa, joyas, frascas sucias y una herradura. Había dibujos en las paredes de árboles y animales, iluminados por el sol. La criatura, que a la luz del fuego era claramente una hembra humana, desnuda y cubierta de una delgada capa seca de barro, depositó a Gabrielle sobre las hojas boca arriba y se la quedó mirando un rato. Se acercó más a ella y le apartó el pelo de la cara, observando su pecho para ver si respiraba. Convencida de que había respiración, la mujer alta y morena se sentó y se quedó mirando a Gabrielle. Al cabo de un momento, se levantó y salió de la cueva. Regresó sigilosamente por el fondo del barranco hasta el lugar donde se había estrellado el carromato y examinó los diversos objetos tirados bajo la lluvia. Aunque ya no había rayos, sí que había una brillante luna llena, y la mujer, tras haber encontrado lo que estaba buscando, volvió a deslizarse entre las sombras. Nada más pasada la cueva oculta, el barranco se ensanchaba hasta mostrar el bosque y luego el río. La mujer sumergió el cuenco de cobre que había encontrado y lo llevó con cuidado de vuelta a la cueva, sin derramar ni una sola gota.

Gabrielle yacía donde la había dejado sobre el montón de hojas y la mujer se acuclilló a su lado. Levantó la cabeza de Gabrielle y consiguió echarle un poco de agua en la boca. La mujer se sobresaltó cuando Gabrielle tosió, y se puso en pie para apartarse de ella, pero Gabrielle no se despertó, de modo que volvió a arrodillarse al lado de Gabrielle. Bajó la cabeza hasta la cara de Gabrielle y se puso a lamerle despacio la sangre de la cara. Tenía un corte encima del ojo izquierdo y la mujer le pasó suavemente la lengua una y otra vez hasta dejarlo limpio. Luego se trasladó hasta el arañazo que tenía en la mejilla izquierda y que le llegaba hasta la comisura de la boca. Fue justo entonces cuando Gabrielle se despertó. Abrió los ojos, miró directamente a los profundos ojos azules de la mujer cubierta de barro que le estaba lamiendo los labios y chilló, agarrando a la mujer del brazo por la sorpresa. La mujer se apartó de un salto, pero no llegó muy lejos: la mano de Gabrielle que le aferraba el brazo le impidió alejarse.

—Hola —dijo Gabrielle—. Lo siento. Es que me he dado un susto. ¿Dónde estamos?

La mujer la miró y luego a la mano que tenía en el brazo.

No hubo respuesta.

—¿Quién eres? —preguntó Gabrielle.

No pasó nada. La mujer se limitó a seguir mirándola.

—¿Me entiendes? —preguntó Gabrielle.

La mujer movió el brazo despacio y alcanzó el cuenco de agua, que le pasó a Gabrielle. Ésta lo olió y preguntó:

—¿Agua?

No hubo respuesta. Soltó el brazo de la mujer y bebió.

—Vale, ¿sabes hablar? —Probó con varias palabras que conocía en latín, pero fue en vano—. Está bien. Bueno, pues yo soy Gabrielle. Creo que tengo el tobillo roto y también un par de costillas y tal vez la muñeca... No estoy muy bien.

Gabrielle y la mujer se quedaron mirándose.

—No te he dado las gracias por traerme aquí. Dondequiera que estemos. Pero gracias.

Gabrielle advirtió que el cuenco del que estaba bebiendo procedía de su carromato. Habló e hizo los gestos más expresivos que se le ocurrieron.

—Esto es mío. Por favor, tráeme todas las cosas mías que puedas encontrar.

La mujer observó las manos de Gabrielle con atención y se fue de la cueva.

Gabrielle cerró los ojos y se quedó dormida. Poco después la mujer regresó a la cueva, con los brazos cargados de cestas, sacos y diversos objetos. Estaban todos mojados y los puso cerca del fuego. Gabrielle estaba dormida, de modo que la mujer continuó limpiándola. Pequeños cortes por los brazos y el cuello, aliviados por su lengua suave y cálida. Gabrielle notó que recuperaba la consciencia al notar la lengua de la mujer en el cuello.

—Eres como una gata grande, ¿verdad? —susurró Gabrielle. Levantó un brazo, se lo puso sobre los ojos y se quedó ahí tumbada mientras la mujer seguía lamiéndole la sangre del cuello y el hombro—. Sabes, si tuviera energías, mojaría un paño y te enseñaría una forma más fácil de hacer esto, pero es que tu método es tan agradable...

Gabrielle dudó de su propia cordura. A estas alturas sus padres estarían preocupados porque no había vuelto. Si venían a buscarla, jamás la encontrarían. La mujer era lista, así que sabía que estaban bien ocultas. Gabrielle se planteó por unos momentos lo que entendía por "lista", relajada bajo la lengua de la mujer, y pensó que el uso de un idioma verbal no definía necesariamente el grado de inteligencia. La mujer le estaba lamiendo los arañazos de la cadera y Gabrielle soltó una exclamación involuntaria por la sensación y se incorporó sobre los codos para mirar a la mujer. Los asombrosos ojos azules se encontraron con los suyos.

—Eres algo más que una gata grande, ¿verdad? —susurró. Hizo un gesto a la mujer para que le pasara algunas de sus cosas: una olla y un saco de patatas y cebollas. Cortó las hortalizas y se puso a cocinarlas con algunas especias. La mujer aspiró el aroma profundamente, miró a Gabrielle con una expresión nueva pero inescrutable y salió de nuevo. Gabrielle aprovechó el tiempo para arrancar varias tiras del saco donde estaban las hortalizas y vendarse el tobillo y la muñeca. La mujer regresó con un conejo muerto.

—Vaya —dijo Gabrielle, sonriendo—. Gracias, gata lista. —Preparó el conejo, lo echó a la olla con un poco de agua y le puso la tapa encima. Hizo un gesto a la mujer para que se sentara a su lado, cosa que hizo. Gabrielle mojó un trozo del saco en agua, lo llevó despacio a la cara de la mujer y se lo pasó con delicadeza por la mejilla, limpiando el barro. La mujer se quedó mirándola a los ojos y dejó que le limpiara la cara.

—Eres preciosa —dijo Gabrielle cuando hubo terminado—. ¿Pero qué te ha pasado? Ojalá pudieras decirme quién eres. —Alzó la mano y acarició la cara de la mujer y ésta imitó el gesto. Las dos sonrieron—. Qué raro es todo esto.

Gabrielle cogió la tela mojada y empezó a limpiarse la sangre de los cortes que tenía en las piernas. La mujer le quitó el trapo de la mano y la miró con severidad. Lo metió en el cuenco de agua y luego lo aplicó delicadamente en el muslo de Gabrielle.

—Así no te sabe la boca a sangre —dijo Gabrielle—. Es decir, a menos, claro está, que eso te guste. Probablemente sí, ¿verdad, gata lista?

La mujer terminó de lavarle las piernas a Gabrielle en el momento en que la cena estaba lista.

—Está caliente —explicó Gabrielle, pasándole una cuchara a la mujer y mostrándole cómo usarla. Comieron.

—Ni siquiera sé cuánto tiempo llevo aquí. Tenemos que estar en el barranco. Eso tiene sentido, ¿no? —Gabrielle contempló la cueva por primera vez y cayó en la cuenta—. Tú vives aquí, ¿verdad? Éste es tu hogar. —A Gabrielle las pinturas de las paredes le parecían maravillosas, y se lo explicó a la mujer con gestos, diciéndole cuánto deseaba tocarlas y abrazarlas. La mujer comprendía la expresión del placer a través del tacto y sonrió. Comieron el estofado sin dejar de mirarse.

—Estoy cansadísima. Espero que no te ofendas si duermo un poco. —Gabrielle soltó una risita y la mujer le sonrió. Gabrielle meneó la cabeza, volvió a echarse en la cama de hojas y se durmió.

Durante largo rato la mujer se quedó sentada mirándola. A medida que avanzaba la noche, el frío fue en aumento y la protectora de Gabrielle advirtió que su protegida estaba temblando, aunque estaba cerca del fuego. La mujer se tumbó pegando su cuerpo al de Gabrielle, con la pierna derecha y parte del tronco encima de nuestra inocente heroína. La estrechó con fuerza y se relajó al notar que Gabrielle entraba en calor. El ritmo de su respiración se había sincronizado para cuando Gabrielle se despertó. Notó el aliento de la mujer en el cuello y su vello púbico pegado a su muslo. Eso le produjo escalofríos y la mujer la abrazó con más fuerza.

—¿Quién eres y por qué haces que me sienta así? —susurró Gabrielle. La mujer le lamió el cuello y luego añadió los labios y los dientes. Gabrielle gimió y rodeó con la mano la nuca de la mujer—. ¡Dioses, por favor! Ojalá hubiera una forma de que pudieras oohhhhh... —La mano de la mujer le cubría el pecho izquierdo y su pulgar acariciaba el pezón de Gabrielle una y otra vez. La mujer apartó la cara del cuello de Gabrielle y la miró a los ojos con una expresión indescifrable. Bajó la cara y frotó la mejilla contra la de Gabrielle al ritmo de la mano que le tocaba el pecho. Gabrielle la besó en la mejilla con timidez, luego sus bocas se encontraron y no tardaron en besarse apasionadamente. La mujer le metió la lengua en la boca y al momento Gabrielle obtuvo su respuesta. La mujer colocó las manos a ambos lados de la cabeza de Gabrielle y la besó con una tierna y fogosa pasión que Gabrielle jamás había imaginado. Enredó las manos en el pelo de la mujer al tiempo que notaba que ésta se subía encima de ella, apoyando casi todo el peso en la pierna que deslizó delicadamente entre sus muslos. Gabrielle estaba húmeda de deseo y sabía que la mujer podía olerlo. Arqueó la espalda cuando la mujer le pasó el brazo alrededor y la levantó para darle beso tras beso tras beso. Tenía unos labios tan suaves y expresivos que a Gabrielle casi le entraron ganas de llorar por la dulzura. La mujer continuó besándola al tiempo que colocaba las manos de Gabrielle en el suelo por encima de su cabeza y se las sujetaba allí, entrelazando los dedos con los suyos. Empezó a mover las caderas despacio y Gabrielle se pegó a ella, doblando la pierna hasta apretarla contra la propia humedad de la mujer. Era algo lento y sensual, como sus besos, y parecía no acabar nunca.

—¡Oh, dioses, mujer! —exclamó Gabrielle—. Eres increíble. Nunca he... —Y la mujer la besó de nuevo. Le soltó las manos y deslizó las suyas por los brazos de Gabrielle hasta sus pechos y volvió a pegar la boca al cuello de Gabrielle, chupando. Gabrielle bajó las manos hasta el trasero de la mujer y se lo estrujó con fuerza, levantándose hacia ella y aumentando la velocidad de las embestidas. La mujer, jadeante, metió los brazos por debajo de la espalda de Gabrielle y le rodeó los hombros con las manos desde abajo. La mujer gimió encima de ella, mientras la besaba, y Gabrielle se dio cuenta de lo poco que le faltaba. Las embestidas de la mujer era potentes y continuas y las mantenían a las dos al borde más tiempo del que Gabrielle pensaba que iba a poder soportar. De repente, sintieron que el borde cedía y las dos apretaron sus cuerpos la una contra la otra con desenfreno carnal, excitadas hasta tal punto que habían perdido la capacidad de pensar. Estallaron juntas y Gabrielle gritó y la mujer cayó sobre su cuerpo. Se quedaron así, abrazándose estrechamente, mientras su respiración resonaba por toda la cueva.

Gabrielle notó que la mandíbula de la mujer se movía sobre su cuello y luego la oyó susurrar:

—Yo también te amo.

—¡¿Qué?! —preguntó Gabrielle, echando hacia atrás a la mujer por los hombros hasta que pudo mirarla a los ojos. En ellos había ahora algo diferente.

—Estaba... hechizada —jadeó—. A Afrodita... no le gustaba cómo trataba... a la gente que... me quería... Así que me transformó... y sólo el amor de alguien... podría devolverme a mi ser.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Gabrielle. El amor. Bueno, era una posible explicación.

—Xena.

—¿Xena, la Destructora de Naciones, esa Xena?

—Sí. Ésa soy yo —dijo—. Lo siento. —Sonrió a Gabrielle y la besó. Sus besos eran iguales que antes: embriagadores. Xena volvió a apartarse y miró a Gabrielle a los ojos—. ¿Cómo te llamas ?

—Gabrielle.

—Qué nombre tan bonito. Gabrielle, no sé cuánto tiempo llevo aquí. Todos mis recuerdos son extraños. ¿Qué me hizo?

—No lo sé —dijo Gabrielle suavemente, sin dejar de estrechar el cuerpo de Xena encima del suyo—. Creo que a mí me parecías una especie de gata lista.

—¿Una gata lista? Maravilloso. ¿Y me querías?

—Supongo que sí, ¿eh?

—¿Y ahora?

—Aún más. ¡Una gata que habla!

—Bella y graciosa. ¿Por qué estamos cubiertas de barro?

—Camuflaje. Pero lo que es más importante, tú te estabas dedicando a lamerme el cuerpo entero —explicó Gabrielle.

—¿Hasta dónde había llegado? —preguntó Xena.

—Todavía te quedaban por explorar unas cuantas zonas.

—¿En serio? —preguntó Xena, hundiendo la cara en el cuello de Gabrielle y lamiéndola detrás de la oreja. Al poco se estaban besando, y esta vez voy a respetar su intimidad.

Se ha rumoreado que hay quienes ponen en duda el poder de la gran Afrodita, diosa del amor. ¡Ojalá pudieran presenciar esta extraordinaria escena! Y no, antes de que lo preguntéis, yo no hice que se estrellara el carromato de Gabrielle, aunque debo reconocer que la había estado observando, pensando que tal vez ella fuera la elegida. A veces me asombro incluso a mí misma. Pero no tengo a nadie ante quien jactarme. Desde luego, no voy a hacerlo con los habitantes de Potedaia, que piensan que la buena de Gabrielle ya es bastante rarita de por sí. Pero tal vez aquí haya alguna moraleja, esperad un segundo que lo piense... Tal vez la mejor manera de resumirlo es como sigue: más agradable es la vida de quienes creen de verdad en el amor.

Boadicea saluda a Naxos. Paz.


FIN


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