Bailando bajo la luna

Julia Noel Goldman
(Xena's Little Bitch)



Descargo: Los personajes no son míos, sólo me encanta escribir sobre ellos. Éste es un relato sobre la primera vez, por lo que hay una intimidad física de carácter sexual entre nuestras protagonistas, que son mujeres, de modo que si eso no os excita o por algún motivo es ilegal que lo leáis, no leáis el relato.
Descripción: Este relato está inspirado en y trata básicamente del atuendo que llevaba Gabrielle en las escenas finales de Lira, lira, corazones en ira y es un final alternativo para ese episodio. (Ah, lo único es que Xena da la casualidad de que no parece embarazada en esta historia: ya he escrito un relato erótico con ella embarazada y con eso basta.)
MiladyCo@aol.com

Título original: Dancing in the Moonlight. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Teniendo en cuenta cómo se había desarrollado la Batalla de las Bandas, no era de extrañar que Gabrielle fuera de lo más popular en la fiesta de esa noche en la taberna local. Sé que yo no era la única en absoluto que había reparado en el aspecto de Gabrielle con ese reducido atuendo blanco lleno de lentejuelas, en la forma en que las lentejuelas relucían cuando se movía, agitándose con un millón de destellos con cada contoneo de sus caderas. Por supuesto, a mí me parecía que estaba igual de estupenda vestida con un saco, y lo podía demostrar por haberlo visto, pero había algo en esta situación que estaba empezando a ponerme un poco incómoda de un modo al que no estaba acostumbrada y que no me gustaba.

Todo el mundo estaba borracho y desde hacía ya varias horas. Me puse de codos en la barra y contemplé el gentío. Había toda clase de personas procedentes de ciudades de toda Grecia, que habían venido para asistir a nuestra fiesta musical. Lo cierto es que había sido algo especial, si uno se paraba a pensarlo. Claro que, ahora que lo pensaba, no estaba muy segura de que me gustara cómo había salido el concurso. Podría jurar, ahora que reflexionaba, que el ganador de la lira había quedado decidido, al fin y al cabo, gracias a la violencia. Ahora que había visto cómo acababa una guerra gracias al amor, tenía que preguntarme por qué esta situación no había salido como yo esperaba. Tal vez tuviera algo que ver con Draco. Por alguna razón, me había parecido que dejar a un malévolo señor de la guerra bajo los efectos de un hechizo que lo tenía enamorado de mi linda compañera de viajes era una buena idea. ¿Y no debería yo, de todos nosotros, haber comprendido lo que puede pasar con el amor cuando no se ve satisfecho?

Pero sí que estaba preciosa. No podía culpar a la gente por seguirla con los ojos por toda la sala principal de la taberna. Yo lo estaba haciendo. El atuendo era increíble. Le hacía lucir el palmito maravillosamente. Aunque era parecido a lo que llevaba todos los días de su vida, no sé si era sólo el atuendo o un cambio que se había producido en ella, pero hasta esta noche nunca había tenido exactamente ese aspecto. Sexy. Ese aspecto sexy que te deja sin aliento. Mi Gabrielle. Nunca había visto a una mujer con un cuerpo más bello, tan suave y tan musculoso, cada una de sus partes era perfecta. La forma en que un mechón de su corto pelo rubio le caía sobre la cara, la forma en que el blanco de las lentejuelas hacía que su piel pareciera más bronceada, casi como si reluciera. Un hombre le llamaba la atención un instante y ella lanzaba la cabeza hacia atrás, se echaba a reír por su chiste y seguía avanzando. Tenía que estar borracha para reírse tanto. Me di cuenta de que esta noche me hacía tan poca gracia como de costumbre que los hombres tontearan con ella. De hecho, me hacía mucha menos gracia. Tal vez a causa del atuendo todos los hombres de la sala parecían atraídos por ella, y también bastantes mujeres. ¿Qué hacía yo ahí plantada sin más?

De repente, mi madre se me colgó del cuello, susurrándome ebria al oído:

—Xena, si tenías que escoger a una mujer, ella es la más encantadora que podías elegir.

—Supongo que eres muy amable por decir eso, madre —dije, desenganchándomela del cuerpo. Madre miró a Gabrielle, que estaba en la pista de baile: estaba bailando con cinco o seis hombres a la vez y parecía acalorada, llena de vida. ¿Cuándo había aprendido a bailar así? De repente, sentí que la piel me ardía.

—Cómo ha crecido —murmuró madre.

—¿Qué quieres decir? —pregunté con brusquedad.

—Bueno —dijo distraída, bebiendo un trago de su copa—, digamos que menos mal que te la has llevado a la cama, porque si no, ¡estoy segura de que no tardaría alguien en adelantársete! —Se echó a reír y se alejó.

Al ver a Gabrielle moviendo así las caderas me estaba empezando a entrar vértigo. Madre tenía razón, o la habría tenido si yo hubiera sido lo bastante avispada como para darme cuenta de lo que estaba pasando. Me había refrenado y había esperado a que ella llegara a un punto en el que quisiera elegir una opción: de repente, me pareció muy importante aclarar que yo era una de las opciones que podía elegir. El ritmo machacante era ensordecedor. De repente, Gabrielle me miró directamente, dejó de bailar y se fue de la sala. Mis ojos siguieron sus curvas mientras salían por la puerta. Estaba enfadada. Estaba enfadada conmigo. Nada nuevo. Eso no quiere decir que no me asustara. Nunca sé qué decir cuando se enfada. Muchas veces no comprendo qué es lo que espera. No me quedó más remedio que obedecer el impulso de seguirla al exterior de la taberna.

En la calle me mantuve varios portales por detrás de ella. Las lentejuelas de su atuendo brillaban a la luz de la luna. Cualquier viandante habría notado su enfado, por la fuerza de sus pasos al andar. ¿Qué había hecho yo? Llegó a nuestra posada y subió a nuestra habitación. La seguí y me quedé un momento en la puerta para dejar que se tranquilizara. Cuando entré, se estaba quitando las bandas de los brazos llenas de lentejuelas y tirándolas encima del tocador. Se volvió y me fulminó con la mirada.

—Hola —dije y sonreí sin mucho convencimiento.

Ella volvió a mirarme malhumorada y se sentó en una silla para quitarse las botas, que luego me lanzó una tras otra. Las paré con el brazo y entré un poco más en la habitación. Me senté en el baúl que había a los pies de la cama.

—¿Me vas a decir qué te pasa? —le pregunté.

—¿Es que eres idiota? —preguntó. Estaba muy enfadada. Sentí que se me hundía el corazón en el estómago.

—Es evidente que tú pareces pensar que sí —dije, y empecé a soltarme las muñequeras.

—Xena... Es que tú... —Se estaba poniendo roja de rabia—. Es que ya no aguanto más. Esto se va a acabar rompiendo por algún lado. No puedo vivir así.

—¿Así cómo? —pregunté, preocupada.

—Así —dijo, señalándose el cuerpo—. Contéstame a una pregunta, Xena.

—Lo que quieras.

—En la fiesta de esta noche, ¿quién te ha parecido que era la persona más atractiva que había allí?

—¿Qué? —pregunté, pillada totalmente por sorpresa.

—Ya me has oído. ¿Quién te ha parecido a ti, Xena, princesa guerrera, la persona más atractiva que había esta noche en la fiesta de la taberna de Melodía?

—Pues, francamente, Gabrielle, tú —dije.

—Buena respuesta. Una respuesta sin riesgos. Pero dime, Xena, de todas las personas que estaban en la fiesta, ¿a quién tenías más ganas de empujar contra una pared y devorar?

Me atraganté un poco y supongo que me puse colorada.

—Tendría que seguir con la misma respuesta, a ti.

—Bien —dijo Gabrielle, levantándose despacio y tirando de mí—. Porque si no hubieras contestado eso, Xena, se me habría partido el corazón. —Avanzaba despacio, mirándome a los ojos, empujándome hacia la pared.

—Bueno, Gabrielle, me alegro de que ésa sea la respuesta que estabas buscando, porque si no, a mí también se me habría partido el corazón, y encima ahora no podría devorarte.

Gabrielle me estampó la espalda contra la pared que estaba al lado de la puerta de nuestra habitación.

—Ah, ¿de verdad te crees que después de lo que me ha costado conseguir tu atención...? Xena, casi he tenido que acostarme con todas las personas de esa sala para que te fijaras en mí.

—Eso no es cierto —susurré. Gabrielle me tenía sujeta a la pared, agarrándome las muñecas cruzadas a la espalda, y me besó el cuello. Su lengua era caliente y se movía muy despacio y con mucha firmeza por mi piel. Yo no podía respirar—. Ya te deseaba... siempre te he deseado... desde el principio. Te lo prometo, Gabrielle... yo nunca... te mentiría... sobre una cosa así.

Con un gesto rápido me plantó la mano en el pelo y me tiró de la cabeza hacia abajo para poder besarme en la boca. No fue un gesto tierno, y eso me gustó. Me hacía sentir que si perdía el control de mi pasión, si me olvidaba de ser tierna, a ella en realidad no le importaría.

Los niveles de su beso eran infinitos. Cuanto más tiempo estaban unidas nuestras bocas, más intenso parecía. Su otra mano pasó a cogerme un pecho, lo cual me hizo jadear y me dejó las manos libres para cogerle el trasero lleno de lentejuelas y apretarla con fuerza contra mí, volviendo a estampar la espalda en la pared. Me pasó las piernas alrededor del cuerpo cuando la levanté del suelo, sosteniéndola pegada a mí con mis manos en su culo, mientras sus caderas iniciaban un baile lento contra mi cuerpo. Los besos de Gabrielle descubrieron ese punto que tengo detrás de la oreja y que es tan sensible: no pude evitar gemir. La sensación de su cuerpo pegado al mío era tan vital, tan eléctrica. Deslicé las manos por debajo de sus pantaloncillos minúsculos: la piel de su culo iba más allá de la suavidad, y gimió con fuerza cuando se lo apreté con firmeza y empujé su entrepierna con la mía. Yo estaba perdida en sus caricias, en el movimiento de su cuerpo contra el mío, esperando cada embestida para poder devolvérsela con más fuerza. Sus labios regresaron a mi boca, elevando aún más mi pasión. Apenas conseguía mantenerme en pie, incluso con la ayuda de la pared.

—¡Dioses, Gabrielle, dime que no has hecho esto con ninguno de esos hombres!

Ella contestó sin aliento:

—¡Xena, me sorprendes! Mírame, Xena.

La miré. Parecía mi preciosa Gabrielle, sólo que acalorada, sudorosa y llena de pasión. Sus ojos eran de un verde grisáceo oscuro y se clavaron en una parte de mí que parecía más profunda aún que mi alma.

—Xena, no podría imaginarme haciendo esto con nadie salvo contigo —dijo, al tiempo que me miraba a los ojos y me pasaba las manos por el pelo a la altura de las sienes, con la respiración aún agitada—. Tú eres todo lo que deseo.

Antes de darme cuenta del todo, ya la había llevado a la cama y estaba encima de ella, besándola y pasando bruscamente mis manos por cada centímetro de su cuerpo. Las lentejuelas relucían bajo mis manos y debajo de las lentejuelas sus pechos estaban turgentes y listos para mis caricias. Me los quedé mirando mientras luchaban con el corpiño de lentejuelas y ella gemía y jadeaba cada vez que mis manos variaban la presión. Tenía algo que hacía que me sintiera como si volviera a tener dieciséis años. Silenciosas, mis manos se deslizaron por debajo de su corpiño, masajeándole los pechos, dejando que sus pezones se apretaran contra las palmas. Arqueó la espalda y alzó las caderas hacia mí y le puse el muslo entre las piernas para satisfacer su necesidad. Sentí su humedad como calor a través de mis pantalones y gemí cuando mi centro se pegó a su muslo. Sujeté su bella cintura firmemente contra la cama al tiempo que me echaba hacia atrás ligeramente y luego me eché hacia delante para frotarme contra ella, y volví a hacerlo una y otra vez.

—¿Cuánto me deseas? —le susurré al oído. Dioses, qué cuello, tan caliente y esbelto y suave bajo mi boca. Yo ya estaba muy cerca del orgasmo.

—Mucho, Xena, te deseo tanto que no creo que pueda soportarlo un segundo más.

Sus manos me tocaban la espalda por debajo de la chaqueta y noté su mano en el cuero suave que tenía entre las piernas. Por supuesto, me moví con fuerza contra ella, jadeando, le puse la mano entre las piernas, cerré los ojos y seguí besándola y tocándola exactamente igual que ella me tocaba a mí, con fuerza, largas caricias que nuestro aliento no tardó en reflejar. Gabrielle sonaba a lujuria hecha carne debajo de mí, sus labios sobre los míos eran como un millón de diminutos músculos que me buscaban, su mano entre mis piernas se movía en círculos apretando el cuero suave y húmedo, azuzándome, cada vez más deprisa, al tiempo que mi mano apretaba su centro, excitándola cada vez más, y tuve que abrir los ojos. Allí estaba ella mirándome a su vez, y nos sonreímos, las dos con una expresión tal de... dioses, amor es la única palabra con que puedo describirlo, pero tan descarnado, tan apasionado que no puedo expresar lo que sentí cuando las dos nos empujamos la una a la otra hasta caer por el precipicio a un delirio como jamás he encontrado en el mundo entero.

Gabrielle me empujó para tumbarme boca arriba y se puso a besarme de nuevo.

—Eres increíble, Xena —murmuró.

—¿Te he comentado lo estupenda que estás con ese atuendo?


FIN


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