Alabada seas

Julia Noel Goldman
(Xena's Little Bitch)



Descargos: Los personajes no son míos, sólo me encanta escribir sobre ellos. ¡Atentos, que hay amor entre mujeres, expresado eróticamente!
Descripción: Una historia desaforadamente romántica sobre la primera vez que ocurre después de Viaje de ida y vuelta a Helicón.
Historia sobre la historia: Parte de este relato se basa en uno corto que escribí para el Desafío "Respirar" del Bardic Circle. (¡Gracias a todos!)
¿Os ha gustado? MiladyCo@aol.com

Título original: Praise You. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2005


Esta noche estamos sentadas junto al fuego como otras mil noches, tú limpiando tus sais, yo limpiando mi espada. La luna está llena y reluciente, el aire no es frío ni caliente. Nos separamos de las amazonas después de lo de Helicón. Yo me empeñé: tú parecías harta de ser reina y yo me moría de ganas de estar a solas contigo. Ahora que estamos solas, no me dejas entrar. Pero como te miro los pechos, sé más de cómo te sientes de lo que debería. Siempre lo sé. Sé cuándo estás emocionada por algo y sé cuándo tienes miedo. Sé cuándo intentas hacer acopio de paciencia y cuándo haces un esfuerzo para no decirme cómo te sientes. Hay millones de pequeñas pistas que salen de todo tu cuerpo, pero últimamente, cuando de verdad quiero saber qué te pasa, me fijo en cómo respiras. Cuando nos conocimos, era distinto. Me comunicabas hasta tus más mínimos pensamientos, no tenía que buscarte. Usabas tu cuerpo como un pergamino gigante que lo expresaba todo con enorme energía, tan grande que todo el mundo podía leerlo. Pero esta noche, estás haciendo un gran esfuerzo para controlar tu cuerpo. Estás pensando muchas cosas y seguro que puedo adivinarlas casi todas. Te daré todo el espacio, todo el silencio que pueda soportar, pero no sé cuánto tiempo más voy a poder dejar que sufras sola.

Aquella noche, antes de que Beowulf nos encontrara en la taberna y me devolviera todas las pesadillas de mi historia en tierras nórdicas, estuve mirándote. Esta vez era tu pelo y la forma en que la luz se quedaba atrapada en sus mechones desiguales. Era el lugar más agradable donde comíamos desde hacía siglos: el vino era especialmente bueno, la música era estupenda y no hubo una sola pelea en todo el tiempo que estuvimos allí. Como suelo hacer cuando estamos juntas, había regulado mi respiración hasta acompasarla con la tuya. No pensaba en nada, sólo te miraba mientras comía, y volví a perderme en tu belleza.

—¿Qué? —parecías impaciente e intrigada.

—¿Te vas a terminar eso? —señalé tu comida.

—Totalmente.

—Las raciones que ponen aquí me han resultado escasas.

—Pues no te vas a comer la mía.

—Vamos, Gabrielle, si estás jugando con la comida.

—No, me estoy regodeando en ella.

Si hubieras mirado mi plato, habrías visto que todavía me quedaba comida. Ni sé la de veces que he provocado pequeñas discusiones para evitar decirte la verdad de lo que siento. Por suerte, la llegada de Beowulf nos distrajo de tus preguntas incesantes. Baste decir que cuando regresé a la mesa contigo después de hablar con él, nuestra respiración ya no estaba acompasada.

En la habitación tuvimos la misma discusión que teníamos siempre. Me callé cosas: información, planes, amor. (Bueno, nunca decimos "amor".) ¿Y por qué tengo que ser así? No me hacía falta mirarte los pechos para saber que estabas enfadada, pero lo hice de todas formas. Me daba muchísima rabia que la habitación tuviera dos camas pequeñas. Me quedé contemplando el techo y escuché los ruidos que hacías al no dormir. Mi plan para el día siguiente era sencillo y por ello fácil de concebir: abandonar a la mujer que amaba e ir a luchar con el monstruo. Ahí estaba, la historia de nuestra vida en común. Y ahí estabas tú, todavía despierta. No era que quisiera dejarte. Era que no tenía elección. Cuando se trata de mi pasado, por alguna razón lo único que se me ocurre que puede arreglar las cosas es una clara y potente exhibición de fuerza, la destrucción física total. Nunca aprendo.

Pero esa noche, tumbada en la cama, estaba de todo menos furiosa. Una parte de mí estaba despegada, como si ya estuviera en el camino, inmersa en la cacería, inquieta. Y la otra parte me rogaba que me metiera bajo las sábanas contigo. Me moría por abrazarte, consolarte y recibir tu consuelo. Me levanté de la cama, me quité el peto y me quedé allí mirándote.

—¿Puedo meterme? —pregunté en voz baja.

—Claro —dijiste, haciéndome sitio. Estabas tumbada de lado y pegué mi cuerpo al tuyo. Tu brazo cubrió el mío y lo ciñó más alrededor de tu estómago. El alivio que sentí al abrazarte hizo que todo mi cuerpo se sintiera como se sienten mis pies cuando me quito las botas después de un largo día. Todo estaba bien, como si no estuviera a punto de dejarte y probablemente acabar muerta en un lugar donde, si dejan tu cuerpo al aire por la noche, la sangre se te congela en las venas.

—Me encanta cuando haces eso —dijiste.

—¿El qué?

—Respirar conmigo.

—Sabes, Gabrielle —empecé—, tú eres la persona con la que quiero pasar el resto de mi vida, lo sabes, ¿verdad? Que no es que vaya a aparecer alguien y yo vaya a decidir que quiero estar con esa persona en lugar de contigo.

—Ya lo sé, Xena —dijiste—. Y tú sabes que yo siento lo mismo.

—Vale, pues es un trato.

—Sí. Un trato.

Me imaginé que otras personas podrían llamarlo de otro modo cuando te abracé más estrechamente y olí tu pelo disimuladamente. Eras como un cuenco de fruta fresca y limpia. Si me seguías hacia el norte, o si sobrevivía y regresaba contigo, tal vez las cosas fueran distintas: tal vez podría decirte lo que sentía. Nuestros cuerpos se movían juntos suavemente al respirar y luego al dormir.

Cuatro horas después ya estaba despierta y vestida, en el camino con Beowulf. Yo ya sabía que estaba colado por ti. Quise decirle que estabas comprometida, pero era demasiado complicado para explicárselo. Fuimos hacia el norte. Sabía que al anochecer ya nos estarías siguiendo el rastro. En mi imaginación, te veía despertándote sin mí a tu lado. Lo primero que hacías era mirar la otra cama. Veías el pergamino y al instante sabías que me había ido. Maldiciéndote en silencio por no haberte dado cuenta de que iba a hacer eso, cruzabas la habitación, cogías el pergamino y te sentabas en el borde de la cama. Tu postura era perfecta, con los pechos agitados mientras intentabas controlar la reacción que tu cuerpo quería tener. Sabía que no te iba a gustar lo que leías: que te había vuelto a dejar atrás. Me imaginé a mi amada, que tanto miedo tenía antes de los caballos, cabalgando a toda velocidad, decidida y mal abrigada, adentrándose en el frío para salvarme. Mi heroína.

Sentada junto al fuego esta noche, escuchando tu silencio, adivinando tu tristeza, pienso de nuevo en los viejos tiempos, en el poder de tus palabras. Sobre la gente. Sobre mí. O simplemente para describir una escena, una emoción. He oído a los mejores y sin embargo nadie puede compararse contigo. Dioses, cómo lo detestaba. A veces me parecía que me habías sido entregada para viajar conmigo sólo para poner a prueba mi resistencia contra tal avalancha interminable y desordenada de palabras. ¿Cuánto tiempo podría seguir ocultándome de ti como me había ocultado de todos los demás con tanta facilidad durante toda mi vida? No tardaste en enseñarme que el valor consistía en mostrar, no en mantener oculto. Lo único que tenía que hacer era quedarme ahí sentada y mirarte, escuchar esa reluciente cascada de palabras, para saber cómo deseaba llegar a ser.

Hace una luna más o menos, en una taberna de donde demonios estuviéramos, te pusiste a contar una historia sobre nosotras a un gentío que se había alegrado mucho de saber que estábamos vivas. La gente llevaba veinticinco años leyendo tus pergaminos, creyendo que estábamos muertas, y ahí estábamos, como si tal cosa. Bueno, puede que no como si tal cosa, pero no lo parece a primera vista. Tenías la voz grave y ronca, como se te pone cuando estás cansada o llena de emoción o cuando llevas horas hablando. Lo siguiente que dijiste me llamó la atención.

—Es Xena, la que mató... bueno... más vale que ni penséis en algunas de las cosas que ha matado.

Me eché a reír sin poder evitarlo. Qué revelador era aquello justo en ese momento. Algunas personas se volvieron para mirarme con todo el disimulo que les permitía su embriaguez. Por domesticada que esté, sé que sigo pareciendo formidable. Y lo soy, sin duda.

Hay días en que echo de menos ese tono maravillado que era constante en tu voz. Ahora está llena de profundidad y comprensión, de resignada aceptación, ya casi nunca con algo parecido a la maravilla. Sólo a veces cuando hablas de mí. Me hace desear ser lo más maravillosa posible. Es una presión interminable ser aquello que amas, Gabrielle: dices que no puedo decepcionarte y sin embargo, lo hago. Una y otra vez. Siempre.

—Cuánto deseo ser como tú —dijiste. Yo también lo dije, ¿o sólo lo pensé tantas veces que me parecía haberlo dicho? Cuidado con lo que deseas, suelen decir. Recuerdo estar sentada en la duna de Helicón viendo cómo subías hacia mí, siguiendo literalmente mis huellas por la arena. ¿Qué habría pasado aquel día, hace tantos años, si hubiéramos ido en otra dirección y no hubieras estado allí para intentar salvar a Terreis? Tal vez nunca habrías aprendido a usar un arma. Pero siempre fuiste una luchadora. Me acuerdo de cómo eras antes de dominar la vara, cuando me mirabas mientras combatía, con los puños en alto, tratando de obligar a los míos a seguir tus movimientos. Las cosas que te vi hacer en Helicón... tu deseo de ser como yo hecho realidad ante nuestros ojos. Las imágenes me atormentan. Seguro que a ti también te atormentan. Pero no me hablas. ¿Cómo puedo llegar a ti esta noche, Gabrielle?

Recuerdo cómo luchaste con Varia en aquel círculo: habrías ganado si no hubieras querido que ella renunciara a tanto. Es emocionante y terrorífico verte luchar, cómo te niegas a aprovechar la ventaja con la vana esperanza de que a tu adversario se le haga la luz y se rinda. Observándote en estas últimas lunas siendo la valiente y sabia reina amazona, me dejas asombrada. Cuántas cosas has aprendido de mí que yo no tenía intención de enseñarte. Si yo no estuviera, serías la mejor reina que han tenido las amazonas en toda su vida.

—Sabes, yo soy la que ha traicionado a la nación —dices de repente, sin dejar de limpiar un sai.

—Eso es lo más ridículo que he oído jamás.

—Siempre he sido una traidora. Nunca he sido una amazona de verdad. Mi auténtica lealtad ha sido siempre hacia ti.

Me miras directamente a los ojos al decir eso. No puedo decir que no. La noche está tan silenciosa que lo único que oigo es el crepitar y el chisporroteo del fuego. Aunque hay luz suficiente para ver el bosque que nos rodea, sólo te veo a ti.

—Lo sé —digo.

—Tú eres mi causa, mi patria, mi tribu, mi bien supremo. Tú eres lo único que importa.

—Lo sé —susurro. Las dos estamos otra vez a punto de llorar—. Me hiciste creer que cuando acabara la guerra, me dejarías consolarte, Gabrielle.

—Ven aquí —susurras, y lo hago, sentándome en el petate y colocándome alrededor de tu cuerpo. Sueltas los sais y dejas que te abrace.

—Nunca quise que te pasara una cosa así —te susurro al oído. Te echas a reír.

—Es lo que me pasa por querer ser una guerrera como la Destructora de Naciones, Xena. Nada es culpa tuya.

—Sólo quiero aliviar tu dolor. Por favor, déjame intentarlo, Gabrielle. Me estás matando.

—Vale —susurras—. ¿Por qué no empiezas por la espalda?

Nos reímos sin ganas y me aparto de ti lo suficiente para tener sitio para darte un masaje en la espalda, pero sigo con las piernas alrededor de las tuyas. Tienes los hombros cargados de tensión bajo mis manos. Los toco delicadamente, pero con firmeza. Me recuerda a cuando estuvimos en África y te lavé la sangre de las manos: supongo que es lo mismo. Que quiero liberarte de tu dolor, de tu culpa, hacer por ti lo que tú haces por mí. Pero a lo mejor soy una tonta por pensar que puedo hacer eso por alguien: no se puede lavar la ropa con agua sucia. Cuando convencí al emperador de Roma para que se quitara la vida, me porté como el diablo hecho carne. Todo mi esfuerzo con Varia sirvió de bien poco al final. Tal vez la sangre es el tipo de mancha que nunca sale.

—Por favor, no lo sientas —dices—. No eres una hechicera. Tomé mis propias decisiones.

—Lo sé.

—Qué gusto.

—Bien.

Sin darme cuenta, mi masaje se ha convertido más bien en una caricia. Te acaricio los brazos y tú te recuestas en mi pecho. Me arriesgo a seguir mis instintos: tal vez esta noche sea de verdad el momento adecuado. Te rodeo con el brazo izquierdo, extendiendo los dedos y apretando la palma sobre la piel caliente de tu cintura. Con el brazo derecho te rodeo el pecho y te sujeto el hombro con la mano. Mi cuerpo está tan cerca del tuyo que la zona cálida de mi entrepierna está pegada a tu trasero. Tocó suavemente la piel cercana a tu oreja con mi mejilla. Siento la ternura que se derrama de mí a oleadas: nunca he estado tan cerca de mostrar mi deseo por ti. Podría pasar cualquier cosa: eres tú quien debe elegir, reaccionar a la diferencia de mi forma de tocarte o no. La velocidad de mi corazón dentro de mi pecho pegado a tu espalda desnuda hace la pregunta. Tu mano derecha coge la mía y la baja hasta tu pecho, justo encima de tu corazón: palpita como si quisiera saltar a mi mano. Huelo tu pelo y me estremezco cuando tú te estremeces. Te beso en el cuello. Gimes mi nombre. Susurro el tuyo en tu oído.

—¿Por qué esta noche? —susurras.

—Estoy desesperada por alcanzarte: estás demasiado lejos.

—¿Cómo es posible que me desees, Xena? Estoy cubierta de sangre.

Te doy la vuelta en mis brazos hasta que me miras a los ojos. La expresión de tu cara es nueva. Si no te conociera tan bien, diría que es desesperación. Tengo que lograr que desaparezca. No puedo soportarlo: no tengo fuerza suficiente para aguantar este dolor. Mis manos tocan tu cara y soy incapaz de controlar mis propias lágrimas.

—Gabrielle —susurro, asombrada por lo que digo a medida que las palabras salen de mi boca—, estoy enamorada de ti. Hace años que te deseo. He sido una cobarde. No quería mancharte con mi oscuridad, pero así y todo ha ocurrido. Por favor, déjame amarte.

—Xena —susurras ardientemente, cogiéndome la cara entre las manos—, es mi propia oscuridad lo que corre por mi cuerpo como un fuego. Las cosas que he hecho, las cosas que he pensado hacer, son mías, no tuyas. Nunca imaginé que llegaría a sentir estas cosas. Hemos trazado un círculo completo.

—No. No hasta que me dejes aliviar tu dolor. Entonces el círculo estará completo.

Nos miramos a los ojos. Por un momento pareces la que eras antes, insegura y llena de expectación.

—Sé que no es mucho, pero ya se me ocurrirán muchas otras cosas. Te prometo que haré que te sientas mejor —susurro. Ahora estoy suplicando.

Tus ojos me dicen que he hecho bien. De repente, pareces darte cuenta de lo que te ofrezco y poco a poco me vas tumbando y avanzas hasta echarte encima de mí, con la boca junto a mi oreja.

—Abrázame con fuerza, Xena —dices y te rodeo con las piernas y los brazos, pegándote a mí con tal fuerza que me hago daño en algunos puntos. Me gusta la sensación de tu muslo entre los míos y tu aliento en mi oreja me acelera el corazón dolorosamente. Me permito sentir de verdad tu piel por primera vez en mi vida: es indescriptiblemente suave y cosquilleante. Tocarte hace que me sienta como si tuviera catorce años: como algo nuevo.

—¿Así es suficiente? —susurro.

—Perfecto.

—Eres maravillosa. Eres tan fuerte y delicada que quiero tocarte para siempre. Cuánto te quiero, Gabrielle.

Te incorporas sobre los codos y me miras, sonriente.

—¿Quién eres? Te torturaré hasta que me digas qué has hecho con Xena. —Tus dedos recorren mi pelo. Sacas la lenga y me lames el labio—. ¿Qué has hecho con Xena?

Te sonrío a mi vez y aunque te estoy abrazando estrechamente, empiezo a mover las manos trazando lentos círculos por tu piel.

—Soy Xena. Tú me has hecho. Soy así gracias a ti. Pero por favor, tortúrame un poco más si quieres. Parece que no puedo parar de decir estas cosas.

Me miras a los ojos y me acaricias el cuello. Bajas la cabeza para besar distintas zonas de mi cara, suave y decididamente.

—Eres magnífica, Xena.

—Tú eres la mujer más valiente que he conocido en mi vida —susurro. Me miras y luego juntas tus labios con fuerza a los míos. Abro la boca y penetras sin dudar. Nuestros besos son violentos y me cuesta respirar, pero no puedo parar. Te sujeto la nuca con una mano y mi otra mano baja hasta tus riñones, apretándote contra mi cuerpo. Apartas la boca y me miras. Unos cuantos besos y ya estamos sumidas en la pasión. Con un pequeño tirón te desato el corpiño y te estremeces cuando los cordones se deslizan por tu piel sensible.

—Tu cuerpo es glorioso —susurro, dejando que mis manos acaricien tus bíceps y se deslicen por tus hombros hacia tus pechos—. Eres la mujer más bella del mundo.

Cierras los ojos cuando te toco los pechos. No puedo ser delicada con ellos, por suaves y tiernos que sean. Subo la cabeza y tomo tu pezón duro con la boca. Quiero hablar, pero no me salen las palabras. Sólo puedo pensar en que por fin, después de tantos años, está ocurriendo lo que tanto he deseado. Te chupo y lamo el pezón y poco a poco empiezas a mover la parte inferior del cuerpo contra mí. Tus gemidos son embriagadores y te toco por todas partes. Levanto las caderas hacia ti: de repente me doy cuenta de que yo también estoy haciendo un ruido tremendo.

Te suelto el pezón y tiro de ti para besarte. Me rodeas la cabeza con los brazos y te frotas contra mí, tirando del tirante de mi vestido de combate. Sigo besándote mientras lo desato y me lo quito del cuerpo, arrancando nuestra ropa interior al mismo tiempo. Se te queda la falda enganchada alrededor de la cintura, pero me gusta.

—Oh, sí —gimes cuando nuestros cuerpos desnudos se tocan por primera vez—. ¡Oh, Xena!

Tengo que hacer un enorme esfuerzo para no ponerte boca arriba y tomarte rápidamente. Te deseo como jamás he deseado a nadie ni nada, ni siquiera el poder, ni siquiera la venganza.

—Tú... —Es lo único que logro decir. Qué aire tan fiero tienes encima de mí, apasionada y concentrada como cuando estás en combate. Tu cuerpo se esfuerza por darme placer, por controlar el tuyo. Tu piel parece azulada a la luz de la luna. Echo la cabeza hacia atrás y pego mi humedad a tu musculoso muslo. Tú empujas contra mí, lenta y sensualmente. Nuestros cuerpos se mueven juntos: es más perfecto de lo que había soñado. Abres los ojos para encontrarte con los míos y sonríes.

—Qué gusto, Xena —susurras, con la voz ronca de lujuria, luchando por mantener los ojos abiertos mientras montas despacio mi cuerpo, trazando las curvas de mis pechos con tus manos—. Qué gusto... —Se te apaga la voz, se te corta la respiración y me miras de nuevo. El amor que veo en tus ojos es tan fuerte que temo que puedas matarme con él. Tu beso me atraviesa, me arrebata el consuelo que tanto deseo compartir. Quiero entregarme a tu pasión y te suplico que me tomes. Jamás en toda mi vida le he suplicado nada a nadie salvo a ti. Pero suplicarte me excita. Suplicarte está bien.

De repente, noto tu boca, caliente contra mi cuello, y luego tus dientes, duros. Jadeo y mi cuerpo se alza para pegarse al tuyo. Noto que tus dedos se deslizan por mi tronco suduroso hasta que por fin encuentran la fuente de mi humedad y me penetran limpiamente. Gimo, arqueando la espalda para pegarme más a ti. Abro los ojos y veo que me estás mirando con cara de éxtasis, observando mi cuerpo mientras me metes los dedos suavemente, una y otra vez. Te sonrío, pero no puedo hablar. Te bajo la cabeza para darte otro beso apasionado.

Noto que tu centro se desliza más deprisa sobre mi muslo. Te estrujo el trasero con la mano, masajeándolo y pegándote a mí con más fuerza. Oigo tus gruñidos, que se van haciendo más fuertes cada vez que empujas contra mí. Los dedos que tienes dentro de mí son tan fuertes que me empujan hasta un lugar donde nunca he estado hasta ahora, un lugar extraordinario. Mi placer es tan grande que me tengo que obligar a abrir los ojos: me estás mirando, con la cara acalorada, los ojos relucientes. Me haces esa seña especial con la ceja que usamos en combate para indicar "¡Ahora!" Asiento rápidamente confirmando tu decisión táctica y empujo más fuerte y más deprisa para hundirnos en el torbellino de nuestra pasión. Noto cómo empieza tu orgasmo y dejo que el mío lo siga. Todo es sonido y movimiento y placer, un éxtasis inimaginable. Tu cuerpo cae suavemente sobre el mío y te rodeo flojamente con los brazos. Estamos pegadas en algunas partes y sueltas ruiditos satisfechos en mi oreja. Echo una manta por encima de las dos y respiramos.

—¿Todas esas cosas las decías de verdad? —susurras.

—Sí, todas.

—Venga ya, ¿que soy la mujer más bella del mundo?

—Sí. Sin comparación.

—¿Y lo de que estás enamorada de mí? —susurras.

—Sí. Pero ahora mucho más.

—Yo siento lo mismo, Xena. Así que lo que sentimos cuando... bailamos para Lucifer, era real.

—Muy real.

—Prométeme que por la mañana las cosas estarán como ahora entre nosotras.

—Te lo prometo.

—Bien, porque estoy a punto de quedarme dormida.

Te quedas dormida con la mayor parte de tu cuerpo encima de mí. Noto donde cada parte de mí toca cada parte de ti y cada punto me produce una sensación distinta y maravillosa. Como si nuestros cuerpos estuvieran bañados en un remolino de alegres colores. Qué bonito está el cielo esta noche, qué despejado. A veces, en un día nublado, tus ojos son del mismo color que el cielo. No sé por qué la gente dice que son verdes: cambian constantemente. Me obligo a dormir y lo hago, durante un par de horas.

Nos despertamos exactamente a la vez y seguimos pegadas en la misma postura. Salvo por mi vejiga, todo es tan perfecto como anoche.

—Me levanto, pero me niego a alegrarme —graznas.

—Dioses, ojalá nunca te hubiera contado eso.

—¿Sigues enamorada de mí?

—Sí. Más que cuando nos dormimos. Tengo que hacer pis.

Me despego de ti y voy a agacharme entre los arbustos. Qué bien me siento hoy, qué viva. Hasta me gustan los trinos de los pájaros. Quiero sentirme así todos los días, hacer que tú también te sientas así.

Preparas el desayuno, tan preciosa que no hay palabras para describirte.

—No sé por qué cada vez que pienso lo preciosa que eres, siento que tengo que decírtelo.

—Porque estás enamorada de mí, Xena.

—Y eres tan lista. —Estoy sonriendo como una idiota. Me entrego de lleno a ello. Ya me da igual.

—Xena, ¿por qué puedo aceptar en ti lo que soy incapaz de tolerar en mí misma?

—Porque esperas más de ti misma que de mí. Mis pecados venían incluidos desde el principio. Todo el mundo se pasó años diciéndote lo pura que eras. Volverás a quererte, te lo prometo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo lo he hecho, evidentemente. Reconoce que hace un día precioso.

—Sí que lo hace, Xena. —Te callas y te estiras para coger mi mano. Te la doy—. Xena, odio nuestra vida. Tenemos que hacer un cambio drástico.

—Vale. Puedo vivir sin todo esto —digo, señalando... bueno, nada en realidad—. ¿Tienes pensado algo concreto?

—Estaba pensando que podríamos trasladarnos a Atenas y aprender todas las posiciones del Kama Sutra.

—¡Atenas! —digo—. Viviremos en Atenas y seremos artistas. Tú escribirás y yo pintaré y nos sentaremos en las tabernas a beber y mirar a la gente.

—¿Tú pintarás?

—Siempre he querido pintar... a ti. —Me encanta cuando te sonrojas.

—Pues está decidido. Atenas. ¿Y lo del Kama Sutra?

Ahora yo me sonrojo.

—¿Te sorprendería saber que lo domino entero?

—¿Incluso esa postura del templo de Afrodita?

Sobre todo ésa. —Sonrío otra vez como una idiota.

—¿Xena?

—¿Sí? —Me encanta esta mañana. Vuelves a ser Gabrielle, abollada y baqueteada, pero eres tú.

—¿Podríamos invitar a Lila y a Sarah a vivir en Atenas? ¿No con nosotras, pero cerca? ¿Por si acaso?

—Claro. A quien tú quieras. Es nuestra vida, esta vez nosotras hacemos las reglas, ¿vale?

—Eres maravillosa. Vale, pues tenemos un plan. Seguro que podríamos conseguir dinero suficiente en el viaje hasta Atenas para instalarnos allí. Y sabes, cuando estemos allí, seguiremos ayudando a la gente y resolviendo problemas. Pero nada de cosas de vida o muerte durante un tiempo.

—Comprendido. Haremos toda clase de buenas obras. ¿Podríamos... mm, abrazarnos un poquito ahora?

Esta vez eres tú la que sonríe de oreja a oreja.

—Me estás pidiendo mimos.

—No, yo...

—Confiesa —dices cuando te pongo la mano en el hombro y te echo de nuevo sobre el petate, estrechándote entre mis brazos. No me puedo creer que Atenas me parezca bien, pero así es. Cualquier cosa me parece bien, contigo. Sobre todo después de anoche—. Reconoce que quieres mimos.

—No. Reconozco que quiero estrecharte y sentir tu cuerpo suave, caliente y amoroso contra el mío. Pero jamás usaré esa palabra.

Me pones los ojos en blanco y juntas tus labios con los míos con firmeza. A lo mejor todavía nos queda algo de nuestra antigua personalidad, después de todo.

—¿Nos vamos a Atenas, así sin más? —preguntas.

—Así sin más. Hace años que tendríamos que haber hecho algo así.

—¿El qué, hacer el amor o mudarnos a Atenas?

—Las dos cosas, una u otra, cualquiera —digo—. Simplemente vivir nuestra vida.

Lo he conseguido. Estamos juntas y vivas y por fin somos amantes. Te quiero tan profundamente, con tanta intensidad, que sólo de pensarlo me tiembla el cuerpo. Decía la verdad al decir que tú me has hecho, a esta Xena nueva y extraña en la que me he convertido. Esta Xena que dice lo que siente, que comparte sus pensamientos. He renacido una vez más a través de ti y esta vez no te voy a fallar. Te lo prometo.


FIN


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