Esa actividad tan poco habitual

Julia Noel Goldman
(Xena's Little Bitch)



Descargo: Los personajes no son míos, sólo me encanta escribir sobre ellos. En este relato hay sexo lésbico gráfico, así que si la idea de ver a Xena y Gabrielle retorciéndose juntas apasionadamente no os excita o por alguna razón es ilegal que lo leáis, no sigáis con la historia.
Descripción: Ésta es una historia sobre la primera vez y un final alternativo para el episodio De vuelta a la botella.
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Título original: That Unfamiliar Activity. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


¡Escuchad! ¡Que nadie diga que yo, Gabrielle de Potedaia, no soy una bardo! Con el paso del tiempo me han dado muchos nombres y muchos títulos. Me han llamado reina amazona, arcángel, la traidora. Y he sido muchas cosas: guerrera, defensora de la paz, madre y abuela de demonios... hasta yo misma fui un demonio en alguna ocasión. Pero que nadie diga que no he sido siempre, además, una bardo.

Hay veces en la vida en que ocurren cosas. Cosas terribles, cosas maravillosas. O la vida se mueve tan deprisa a tu alrededor que casi no puedes absorberlo todo antes de que se aleje a toda velocidad. Puede haber períodos en los que no se tiene tiempo de registrarlo, de desmenuzarlo y analizarlo, de adornarlo, de traerlo a la vida de nuevo con palabras para los demás.

Y luego hay veces en que conoces a una persona y algo que dice o que tú dices te recuerda a la persona que eras antes, a eso que has olvidado de ti misma mientras la vida te envolvía en su confusión, su dolor y su maravilla. De repente, recuerdas la esencia de lo que eres, que ha estado ahí todo el tiempo. Esto me ha ocurrido a mí dos veces hace poco, y doy las gracias a esas dos personas por su regalo, que me han hecho de forma tan accidental.

A Amarice, por recordarme que, cuando nos conocimos, no me estaba comportando como una guerrera. Sus palabras me hirieron, agitaron algo en mi corazón, me recordaron que siempre había sido el tipo de persona que luchaba por lo que creía, que siempre había sido el tipo de persona que arriesgaba su integridad física para proteger a otros, que de hecho me había ido de mi casa para ser una guerrera, "como Xena".

Y a Lin Qi, por mencionar a la "narradora" que viajaba con Xena, por recordarme que ésa era yo, la bardo. La que escribía, la que creaba, la que recitaba. Siempre me ha encantado contar historias, siempre, y con todo lo que me ha pasado puedo contar historias que de verdad pueden cambiar la vida de las personas. Así que gracias, Lin Qi, por recordarme esto y otras cosas olvidadas con demasiada facilidad.

Finjo ser yo misma hace cuatro años y me miro ahora y me pregunto: ¿cómo me he convertido en una guerrera tan extraordinaria y cómo he perdido mi alegría? ¿Sólo por llevar esta vida con Xena? Sin duda me siento muy orgullosa de ser tan fuerte, tan autosuficiente, una auténtica guerrera. Pero la alegría... eso me gustaría volver a encontrarlo.

Ésta es la bardo tal y como es hoy. Una mujer que ha visto tantas cosas que no concibe que le quede mucho más por ver. Una mujer que ha conocido lo mejor y lo peor de la gente, que ha viajado por el tiempo y el espacio, que ha dado a luz y ha matado, que ha ido al infierno y ha vuelto y ha llorado y bailado y curado y ha visto la predicción de su muerte y la ha vivido y ha regresado para escribir sobre ello. Cuando hay conflicto, a veces huyo, a veces hablo, pero a la hora de la verdad, ya no soy alguien a quien haya que rescatar.

De modo que me despierto temprano y me paso horas partiendo leña hasta que amanece. Todo está verde oscuro, marrón y esmeralda. Al salir del bosque veo la cueva donde Xena y yo nos hemos instalado por el momento. De la chimenea de roca sale humo flotando que se difumina con la niebla. Meto la leña al abrigo de la cueva y allí está ella, profundamente dormida en un montón de pieles. Al mirarle la tripa no puedo evitar preguntarme qué lleva dentro. La creo cuando dice que no ha sido una concepción normal. Éste no es un bebé normal. Creo que no nos corresponde quedárnoslo y no puedo ni pensar en compartirlo con ella, que duerme profundamente, que está tan hermosa y tan en paz. Cuánto desea hacerlo bien esta vez, ser madre. Desde luego que la comprendo, y no puedo ser yo quien le diga que tal vez no sea éste el plan.

Debo enfrentarme a la otra cosa que me recordó Lin Qi. No sólo a Pérdicas, sino a los hombres. Él ha sido el primer hombre por el que he sentido una auténtica atracción y al que he dicho que no por Xena. Me sentí tan bien. Por lo que tengo con ella, no por lo que no tengo. Con el tiempo me ha quedado claro que he renunciado a la posibilidad de tener otras relaciones al comprometerme con ella. Pero cuando me acerco a su cuerpo por la noche, el consuelo que me ofrece tiene claros límites. No sé por qué, pero están ahí y parece impensable cruzarlos.

Y sin embargo. Y sin embargo, tal vez sea ésta la clave de lo que me atormenta. La sensación de que he sacrificado algo. He renunciado al amor romántico, he renunciado a esa actividad tan poco habitual de la que otros hablan con tanta libertad en las tabernas por las que pasamos. Pero si pudiera tener con Xena aquello a lo que renuncio por estar con ella, bueno, ¿es que no me lo merezco? Noches de pasión, los ojos de Xena en llamas, oscuros, inflamados por ello, sus fuertes brazos a mi alrededor. Me he imaginado estas cosas y he descubierto que vale la pena imaginarlas de nuevo.

—Buenos días, Gabrielle —dice, sobresaltándome.

—Buenos días. ¿Has dormido bien?

Veo que observa mi aspecto, apenas vestida con este nuevo atuendo, los músculos húmedos de sudor, el pelo pegado y revuelto. Me imagino que esto la atrae. Me imagino.

—Sí. He dormido como un bebé. —Sonríe y da una palmadita en la cama a su lado—. Métete. Tengo frío.

—Estoy mojada.

—Métete —dice con ese tono suyo al que nadie puede resistirse, y menos yo. Levanta la manta y mira ceñuda el hueco vacío—. Estoy esperando...

Así que me meto en la cama y me acurruco contra su tripa.

—Esto está enorme —digo.

—Cierto —dice, cerrando los ojos mientras le acaricio la tripa.

—¿Tienes más calor? —pregunto. Su olor cuando se acaba de despertar es algo que no se puede describir. Lo aspiro y abro los ojos para encontrarme con los suyos, que me miran fijamente, cálidos y azules, ya hundidos en los míos.

—Mucho más —dice, abrigándome la espalda con los brazos y la manta. Estamos echadas de lado, separadas por el tamaño de su tripa. Acerca la cara y me da un beso en la punta de la nariz. Tiene los labios calientes y mi nariz se siente... bueno, querida.

—¡Xena! —exclamo.

Me sonríe.

—¿Qué?

—Me has dado un beso en la nariz.

—¿Debería decir "lo siento"?

—Qué va. Es que me ha sorprendido. —En más de una ocasión me he preguntado cómo sacar el tema, cómo decirle qué feliz soy contigo, lo tenemos todo salvo.

—Te toca —dice Xena. Su cara no revela nada. Ya debería estar acostumbrada, pero a veces...

—Vale. Dime las reglas y luego juego.

—Las reglas... a ver que piense... por ahora las reglas son que yo te beso, tú me besas, y así.

—Entendido. —Colocando las manos con delicadeza sobre el cuero de su tripa, cierro los ojos y beso suavemente la piel de su mejilla cerca de la boca. Sólo es mi primer paso, me digo a mí misma, si me toca otra vez seré más osada—. Te toca a ti.

—Piensa, Xena, a ver esa estrategia —dice, frunciendo el ceño y concentrándose en broma. Veo que cierra los ojos y yo también los cierro y siento que su beso me roza apenas el borde del labio. De repente es como si esa parte de mi labio y mi corazón fueran las únicas partes de mi cuerpo que no se han quedado petrificadas y que de hecho han estallado en llamas. Abro los ojos y dice con una voz que no le he oído nunca—: Te toca a ti.

Vale. Me toca. La guerrera y la bardo que llevo dentro no están en desacuerdo sobre cómo hay que jugar esta mano. Le miro la boca, cierro los ojos y la beso. Pego mis labios a los de ella con una delicadeza que apenas consigo controlar. Echo la cabeza hacia atrás y la miro. Sus ojos son de una profundidad sin límites en la cueva oscura y tarda un momento en hablar.

—Tú ganas —dice, de nuevo con esa voz—. ¿Quieres jugar otra vez?

—Sí —digo inmendiatamente sin pensar—. Sí. ¿La ganadora empieza primero?

—Mm-mm.

—Pues muy bien. —Sí, me gusta este juego. Voy a ir a por todas. ¿Qué es lo que dicen los seguidores de Atenea la Victoriosa? ¡Hazlo!

Cuando acerco mi cara a la suya, ella también se acerca a mí.

—¿Estás haciendo trampas? —le pregunto cuando nuestros labios están a medio milímetro de distancia.

—No, no —murmura, en el momento en que vuelvo a pegar mis labios a los suyos—. Esto está totalmente dentro de las reglas.

De repente, mi lengua está dentro de su boca y la suya dentro de la mía y el beso supera cualquier cosa que haya conocido jamás. Nunca he besado hasta este momento y va más allá de cualquier expectativa. Sus labios son tan calientes y tan tiernos, incluso cuando siento la fuerza que lleva dentro intentando atraparme, su deseo de hacerse con cada parte de mí, siento su ternura. Sus labios son como, como... como... no se parecen a nada. Xena me está besando y no puedo pensar. Maravillosamente, esto no es un juego y mis manos le acarician toda la espalda y...

—Xena —susurro, pegando de repente la boca a su oreja.

—Gabrielle.

—Por favor... dime que esto ya no es un juego.

—No es un juego. —Me sujeta la nuca con la mano y de nuevo, en el mundo sólo existen mi nuca y su mano.

—¡Oh, tus manos! —susurro. Las aprieta por los músculos de mi abdomen y yo me pego con fuerza a ellas.

—Mírame a los ojos, Gabrielle.

Lo hago.

—No hay vuelta atrás —dice.

—Jamás.

Xena sonríe.

—Cómo me gusta tu sonrisa —digo por impulso.

—Sí —susurra, y empieza a besarme de nuevo. Tengo las manos enredadas en su pelo y noto que sube por mi espalda para desatarme el corpiño. No es un gran corpiño, pero la diferencia es pasmosa. La sensación de sus manos, de su cuero, contra mis pechos desnudos es como el olor a hierba recién cortada multiplicado por trescientos, como el sabor de la nata dulce, como si hasta ahora no hubiera tenido pechos. Es abrumador y limpio y hermoso. De repente, siento que nuestro beso llega a un nivel más profundo, es como si ya estuviéramos haciendo el amor, como si hubiéramos dado el siguiente paso y yo no supiera cuál es. No sé lo delicada que tiene la tripa, no sé qué debo hacer a continuación.

—¿Qué ocurre? —susurra—. ¿He hecho algo mal?

—Dioses, claro que no. Es que... ¿puedo desnudarte?

Una sonrisa como la salida del sol le inunda la cara. ¡He dicho lo que debía! Con toda la paciencia de la que soy capaz, le aflojo los cordones del corpiño. No tarda en estar desnuda. Xena, desnuda, embarazada, ante mí, iluminada por la luz del fuego, en una cueva, con una expresión de deseo tan pura y tan única... sé que esta expresión, esta expresión, la ha reservado sólo para mí. Me echo ligeramente hacia atrás para verlo todo bien.

—Estás impresionante. —Es lo único que puedo decir. Por algún motivo, todo lo que nos ha sucedido la ha hecho más hermosa para mí. La he visto como demonio, desesperada por mi amor y mi aceptación, como una inocente necesitada de mi protección, como una mujer con la que puedo compararme aún más en el momento de la batalla. Todas estas cosas no han hecho más que aumentar mi amor por ella, y ya era enorme antes.

—Tú también. Como siempre, pero ahora mucho más.

—Estaba pensando exactamente lo mismo de ti —digo.

Xena apoya las manos en el suelo y se arrastra la poca distancia que necesita para llegar a mí. Alarga el cuello como un felino de la selva y captura mi boca con la suya. Me mete la lengua en la boca, luego detrás de la oreja, susurrándome esas palabras de todas esas tabernas de mala muerte, pero ahora tienen un nuevo significado, ahora depositan una capa tras otra de excitación dentro de mí. Xena está prácticamente ronroneando ahora, frotando su cara contra la mía, y sigue avanzando a rastras, empujándome con mucha suavidad y lentitud sobre las pieles. Cuando me tiene echada boca arriba, abre los ojos y me mira. Tiene la cara pálida, rodeada de su cascada de pelo, y sonríe como una niña de cinco años con un secreto demasiado bueno para guardárselo.

—Eres una preciosidad —digo.

—Estoy tan enamorada de ti, Gabrielle —dice, y sus labios bajan y cubren los míos. Sus manos vuelven a acariciarme el cuerpo, las pieles que nos rodean han caído al suelo, pero ahora no nos importa. En realidad no tenía frío, por lo que puedo deducir. Xena, a cuatro patas encima de mí, qué presa tan fácil. Le cojo los pechos, que cuelgan por encima de mí, mucho más grandes que antes. Sofoca un grito cuando se los toco y su tripa apenas roza la mía. Me oigo gemir de placer por la sensación. Pega los labios a mi cuello y se mete la piel en la boca, chupando. Mi placer es intensísimo y la sensación de sus manos en mi pelo casi me paraliza. Xena se mueve para colocar la rodilla entre mis muslos y me froto contra ella.

Ahora sus besos son salvajes y siento la necesidad de apartar la mano despacio de su pecho hasta ese punto que tiene entre las piernas y que irradia calor húmedo. La toco ahí.

—¡Aah! —gime Xena dentro de mi boca—. Gaa... —Y es mía. Al mover la mano, ella se mueve contra ella y su tripa roza la mía con cada caricia. Los ruidos que hace no se pueden imaginar. Abro los ojos mientras me besa, intentando mirarla desde tan cerca, y hasta como un borrón negro y azul, es bella. Noto que su excitación va en aumento cuando levanta la parte superior del cuerpo, sujetándose a mis hombros, y a medida que se acerca su orgasmo, también lo hace el mío.

—¿Quién soy? —susurro con urgencia.

—Gabrielle —jadea—, Gabrielle. —Y la miro cuando se corre, con una expresión que va más allá del éxtasis. Al oír mi nombre en sus labios, de una forma tan descarnada y apasionada, yo también caigo por el precipicio. Como una ola al romper en una playa, escribió alguien en una ocasión; justo así.

—¿Es eso suficiente, ser simplemente Gabrielle? —le pregunto cuando puedo hablar. Estoy tumbada boca arriba, con la cabeza ladeada para mirarla a los ojos, mi mano en la suya.

—¿Qué crees ? —pregunta, con los ojos húmedos y relucientes.

—Creo que tal vez sí.

De modo que esta noche estoy sentada junto al fuego, escribiendo sin parar en un pergamino, cubierta del sudor y el olor que han quedado tras hacer el amor. Dejad que retome el punto por donde empecé esta historia y que la termine de una forma algo distinta.

¡Escuchad! Que nadie diga que yo, Gabrielle de Potedaia, no soy una bardo, que no soy una guerrera, que no soy, para siempre, la amada de Xena, la princesa guerrera. Que en todas partes se sepa que soy esto y sólo esto: Gabrielle.


FIN


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