El hombre que mató a Xena

R. Franke



Calificación: Para mayores de 13 años.
Episodios desvelados: Una amiga en apuros (final de la serie).
Resumen: Los antiguos celtas temían la ira de un bardo más que ninguna otra cosa. Un samurái descubre por qué.
Descargo: Gabrielle, Xena y demás son propiedad de Rob Tapert, Renaissance Pictures, MCA/Universal Television, los actores, guionistas y todas las demás personas o entidades legales conocidas o desconocidas que posean derechos legítimos sobre los personajes. Esto es un fanfic, escrito por satisfacción personal y para el disfrute de otros, y no se espera ni desea compensación monetaria ni de ninguna otra clase.
Archivo: Se concede permiso para archivar este relato, siempre y cuando se guarde sin alteraciones, incluido el descargo y el aviso de derechos de autor, y se contacte con quien lo ha escrito en RFrankeUS@yahoo.com.
Copyright 2001 de R. Franke

Título original: The Man Who Killed Xena. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Soy Isoruku, hijo de Masaharu. Hijo y nieto de nobles samuráis, desciendo de un antiguo y honorable linaje, fundado en los tiempos en que la propia Amaterasu habitaba entre nosotros como nuestra Gentilísima Emperatriz. Y soy el hombre que asestó el golpe mortal a Xena, la guerrera gaijan en otro tiempo conocida como la Destructora de Naciones.

Sí, estaba herida, pero seguía en pie, espada en ristre y avanzando, cuando la abatí. La abatí, y puse el pie en Gakido, el Camino del Demonio.

Cuando me enteré de que la Princesa Guerrera había llegado a la tierra sagrada de Nipón, me regocijé. Había rezado a los dioses y a mis espíritus ancestrales, rogándoles que me impusieran una tarea que demostrara a mi padre, a mis hermanos y a todo el mundo que era efectivamente un auténtico samurái. O si por casualidad ella me derrotaba, habría muerto en honorable combate, y mi alma estaría satisfecha.

Yo creía que Xena era un demonio con forma humana, pero descubrí que el auténtico demonio era la que viajaba con ella, la que me arrebató la muerte honorable y me condenó a una vida de oprobio. La que se llamaba Gabrielle.

Cuando me enteré de la presencia de Xena, supliqué a mi padre el uso de una parte de su ejército. Me concedió lo que le pedía y me apresuré a unirme al ejército del señor Yodoshi en el sitio de Higuchi. Qué vuelco me dio el corazón cuando Xena apareció ante mí y, tras un largo y feroz combate, la abatí, cortándole la cabeza del cuerpo de una poderosa estocada.

Colgué el cadáver de Xena en la horca, como una combinación de advertencia y alarde, y expuse su cabeza ante la entrada de mi tienda. Esa noche, a través del rugido de un aguacero antinatural por lo poco propio de la estación, oí una voz terrible que gritaba:

—Entregadme su cabeza.

Salí de mi tienda y vi a la compañera de Xena ante mi trofeo, con ese pelo asquerosamente claro pegado al cráneo por el diluvio. La desafié, y ella aceptó.

Me derrotó, y cuando le exigí una muerte honorable, como era mi derecho, me golpeó con la empuñadura de su espada, tirándome al barro como si no fuera más que un miserable campesino.

Humillado ante los hombres del ejército de mi padre, seguí el rastro de Gabrielle hasta las laderas sagradas del Monte Fuji, donde de nuevo la reté, exigiendo la muerte honorable que era mi derecho.

Luchamos una vez más, y ella huyó de mí. Me regocijé, al ver la oportunidad de recuperar mi honor y lavar la vergüenza de mi derrota, pero entonces dio la vuelta y regresó. Me preparé para hacer frente a su ataque o para perseguirla si huía, pero ella lanzó la mano hacia fuera y, utilizando su chakram, un arma sucísima y sin el más mínimo honor, me abatió desde una gran distancia.

De lo que sucedió a continuación sólo capté retazos, como si estuviera presa de un sueño causado por la fiebre. Vi que Gabrielle aguantaba sin problema un ataque de Yodoshi que habría destruido a cualquier criatura mortal, y que dos grandes seres de fuego se batían a muerte sobre las laderas sagradas del Monte Fuji.

Cuando por fin recuperé los sentidos, vi a Gabrielle plantada sobre mí, aferrando en la mano mi propia katana.

—¿Quién eres? —quiso saber—. Dime tu nombre.

—Soy Isoruku, hijo de Masaharu —le espeté—. Y no me das miedo, demonio.

Sonrió apenas y me miró enarcando una ceja.

—¿No?

—No. Sean cuales sean las torturas que puedas infligirme, iré a la tumba sabiendo que la Historia me recordará como el hombre que mató a Xena, la Princesa Guerrera.

Su sonrisa se hizo más amplia.

—Sí, la Historia. —Bajó mi katana de golpe y vi horrorizado cómo se hacía pedazos en el suelo rocoso—. La Historia recordará al samurái que se escondió como un cobarde tras un ejército de arqueros campesinos y sólo salió para acabar con una mujer herida y moribunda. —Se arrodilló a mi lado y me agarró el cuello del kimono con las dos manos, levantándome hasta que su rostro terrible llenó toda mi visión—. La Historia recordará a Isoruku, hijo de Masaharu, como a un innoble cobarde. —Su voz bajó hasta convertirse en un susurro—. No mereces los privilegios de la muerte. —Entonces me empujó hacia atrás, me golpeé la cabeza con una roca y ya no supe más.

Cuando desperté, descubrí que estaba solo. Recogí los trozos de mi katana y bajé tropezando por la montaña hasta que llegué a una posada.

—Vino —exigí.

El tabernero me miró con insolencia y escupió al suelo entre mis pies.

—Fuera de aquí, cerdo cobarde.

—Cómo osas, desgraciado insolente —rugí—. ¿Acaso no sabes quién soy?

—Sabemos perfectamente quién eres —contestó al tiempo que dos brutos enormes salían de entre las sombras y me agarraban por los brazos—. Eres la escoria traicionera que mató a la gran Xena. —Hundió el puño en mi estómago, y descargó muchos más golpes sobre mí hasta que sus secuaces me dejaron tirado en la calle.

Me alejé a rastras para lamerme las heridas en privado, y cuando me recuperé, descubrí que mi sueño, el sueño de que mi nombre fuera pronunciado por los labios de todos los narradores de estas islas, se había convertido en una horrible pesadilla.

La historia que cuentan es la que ella contó, y ahora mi familia me ha repudiado, ningún señor quiere tenerme a su servicio, y ni siquiera la muerte conseguirá lavar la mancha del deshonor de mi nombre.

Soy Isoruku, hijo de Masaharu. Soy el hombre que mató a Xena.


FIN


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