Pausa

Fedelma



Descargos: Los personajes de Xena y Gabrielle pertenecen a MCA/Universal/Renaissance Pictures y se usan sin permiso ni pretensión de infringir sus derechos de autor. Este relato no se ha hecho para obtener beneficio económico. Todos los demás personajes y el relato mismo son míos. Este relato presenta una relación amorosa y erótica entre personas del mismo sexo. Este relato hace alusión a actos de violencia y sus consecuencias. Si estos temas os ofenden, quedáis advertidos. Este relato no es apropiado para lectores menores de 18 años.

Título original: Push Pause. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


—¡Gabrielle, despierta! ¡Despierta!

Gabrielle se despertó sobresaltada y se puso a gritar al incorporarse en la cama.

—Noooo...

Xena estaba sentada ahí a su lado... ¡qué alivio! Notó que Xena la estrechaba entre sus brazos.

—Estabas gritando en sueños, mi amor. Te he oído desde la parte delantera de la casa.

—Tenía una pesadilla. Era horrible.

—¿Quieres hablar de ello?

—No... sí. ¡Oh, Xena, estabas muerta!

—Ya he estado muerta en otras ocasiones. —Xena le acarició el pelo a Gabrielle con ternura.

—Pero... esta vez estabas... por todos los dioses, vi tu cuerpo, y no tenía cabeza. Estaba lloviendo. Yo estaba luchando contra unos hombres... se parecían a los hombres de Chin, pero tenían espadas largas y curvas. Yo también tenía una. Estaba desnuda, y tenía algo pintado en la espalda... un animal espantoso. Recuerdo que tenía que subir una montaña, y... algo sobre unas cenizas... ¡tus cenizas! Ay, Xena, tu cuerpo había ardido... me dijiste que era lo mejor... qué cosa tan horrible.

—Sólo era un sueño. Tranquila. Ven a comer, que todavía está caliente.

—Tengo miedo. Todavía no estoy preparada para desayunar. —Gabrielle abrazó a su compañera y se la acercó más, la besó. Intentó tumbar a su amante en la cama, pero Xena se resistió.

—Ahora no.

—Cuando me entra miedo, te deseo.

—¡He hecho el desayuno, fresca desagradecida! ¡Ven a comértelo! He cocinado y hasta sabe bien.

—Preferiría saborear otra cosa.

—Qué mala eres.

—Y te encanta. Xena, estoy traumatizada. Tienes que curarme. —Hizo un puchero burlón.

—¿Cómo consigues hacerme esto todo el tiempo? —La morena tocó a su amante, la besó y le prestó toda su atención.

Tras un desayuno de gachas frías y galletas, se pusieron a trabajar en los huertos. Gabrielle se ocupó de los árboles frutales mientras Xena pasaba la azada y luego, aprovechando que todavía estaban sudando, entrenaron con varas en el patio. Gabrielle había empezado a notar que últimamente conseguía penetrar las defensas de Xena con más frecuencia, como una vez de cada veinte intentos, en lugar de nunca, y eso la tenía preocupada. ¿Estaba Xena perdiendo facultades?

Hicieron una pausa para descansar y beber. Xena miraba a Gabrielle con admiración. Qué mujer tan increíble, pensó. No parece tener más de veinte años, pero sé que tiene casi el doble, físicamente. Y todavía más edad por el calendario, por supuesto. Y tenga la edad que tenga, es preciosa. ¡Y qué amante tan entusiasta! Soy una chica con suerte, decidió Xena, echando un trago del recio vino casero que estaba bebiendo. Se quedó mirando a Gabrielle, sabiendo a que ésta no le importaba. El amor de mi vida. ¿Quién se lo habría imaginado?

Gabrielle oyó la frase en su propia mente. El amor de mi vida. Mi auténtico amor.

Se sentaron juntas en el porche abierto de su casita, sin hablar, cada una sumida en su propio torbellino de pensamientos. Xena suspiró. Una de las cosas maravillosas de llevar tanto tiempo viviendo con ella era que se podían quedar sentadas en silencio y simplemente... ser.

Pero el silencio le recordó a Xena una pregunta que quería hacer. Dijo:

—Ya no hablas tanto, amor. ¿Por qué?

Gabrielle ladeó la cabeza, reflexionando.

—No lo sé, pero tienes razón. Porque estoy contenta, tal vez. No es por falta de historias... tengo cientos rondándome la cabeza. Es que ya no necesito tanto la cháchara. Sé que hay alguien a quien le importa que esté aquí. No tengo necesidad de exigir tu atención.

—No, eso es cierto. —Xena se acercó y besó a Gabrielle con ternura—. Ya la tienes.

Se abrazaron y estuvieron besándose un rato, y luego Xena dijo:

—Estoy sucísima. Vamos a nadar.

—Vale.

Fueron al estanque que había detrás de la casa, por encima de la presa que habían construido antes incluso de construir la casa. El agua era cálida: esta isla, situada más al sur de lo que ninguna de las dos había estado nunca, no conocía el invierno. Y este punto, en el centro, en un pequeño valle entre dos montañas, era el lugar ideal para un nido de amor: aislado del resto del mundo y sin vistas al mar. El mar traía demasiados malos recuerdos. Su valle era fértil y frondoso, y llovía cuando era necesario y hacía calor todo el tiempo, cultivaban todo lo que necesitaban y el resto lo fabricaban o prescindían de ello. De lo que prescindían fundamentalmente era de las armas. Xena y Gabrielle todavía tenían sus viejas espadas, colgadas en la pared de la habitación principal de su casa, junto con los sais de Gabrielle y el chakram. El único momento en que les quitaban el polvo era cuando a cualquiera de ellas le entraban ganas de practicar. Sólo para mantenerse en forma, puesto que no había nadie con quien luchar.

Se quitaron las túnicas ligeras que llevaban y se metieron en el estanque. Gabrielle se acercó a su amante y le tocó con delicadeza el estómago, todavía liso y fuerte, pero sus dedos dibujaron la dura línea de la larga cicatriz que le recorría el cuerpo de lado a lado. Era la peor herida que había visto nunca, y recordó que, de todas las veces en que Xena había muerto o había estado a punto, ésta fue la definitiva, cuando tomó el destino de Xena en sus manos y le pegó una buena sacudida.

—¡Basta! —dijo, tanto a sí misma como a la figura semiconsciente de su amada—. ¡No voy a volver a permitir que te pongas en peligro por nadie! ¡Nos merecemos un poco de paz!

Y llevó a Xena a los sanadores de Esculapio. Hipócrates seguía allí, ya anciano, pero todavía agudo de vista y despierto de mente. Lucharon por salvarle la vida a Xena, y una vez más Gabrielle mantuvo su vigilia junto a su compañera, que apenas respiraba. Xena tardó casi un año en recuperarse lo suficiente como para cruzar andando una habitación, y tardó más en poder montar a caballo o luchar. Durante ese tiempo mantuvieron muchas conversaciones, y por fin consiguió que Xena viera las cosas como ella. Había otros héroes: que los jóvenes se ocuparan ahora de salvar al mundo del mal. Xena había expiado suficiente. ¿Cuánta penitencia tenía que hacer? En el último gran combate había defendido el trono de un rey sabio, Carlos, a quien habían acabado llamando el Magnífico. Había unido a los bárbaros en un solo imperio, había traído la paz al mundo y era mecenas de bardos, artistas y músicos, legislador y defensor de la justicia. ¿Qué más podía darle Xena al mundo, qué más se le podía pedir? Sí, sus primeros años de juventud descansaban sobre miles de cadáveres; pero en años posteriores había salvado muchas más vidas, y había enseñado a muchas otras personas a hacer lo mismo. Su sitio estaba asegurado. Lo único que quería Gabrielle era pasar juntas el resto de la vida que les quedara, libres de venganzas o de sus fantasmas.

Y así habían llegado a este lugar.

Nadaron juntas, hablando, bromeando, riendo. Regresaron a la casa al caer la tarde, para adecentarse y hacer la cena. Entonces Gabrielle se pondría a escribir, y Xena a veces cantaba, y Gabrielle leía en voz alta lo que había escrito. A veces leían en voz alta los pocos pergaminos que tenían: el preferido de Xena eran los poemas del viejo Homero. Xena siempre se emocionaba cuando leía la vuelta a casa de Odiseo.

—En realidad no fue así, ya lo sabes. Pero el ciego cuenta muy bien la historia.

Gabrielle había conseguido un pergamino de una poetisa llamada Safo, y ése se había convertido en su preferido. Era como si los poemas hubieran sido escritos expresamente para su amada y para ella.

Escuchar los poemas de Safo siempre ponía a Xena en disposición de irse a la cama.

Se acostaban cuando empezaba a oscurecer, y hacían el amor largo rato, despacio, con ternura, dulcemente y con energía, acompañadas de sus risas y del olor almizclado de dos cuerpos y almas que se amaban. Once años llevaban así, y ninguna de ellas estaba harta. Por ellas, podrían pasar una eternidad así.

Los días iban pasando. A veces, la pesadilla volvía, y Xena siempre estaba allí para disiparla con su amor. Trabajaban, jugaban y eran felices. La felicidad es estar contigo, y daba igual cuál de las dos lo hubiera pensado. En eso estaban perfectamente sintonizadas.


En las horas previas al amanecer, Gabrielle pareció despertarse. Sentía desazón. Se incorporó en la cama. ¿La pesadilla? No... otra cosa. Miró a la izquierda. Xena estaba tumbada boca abajo, y su musculosa espalda parecía de plata a la luz de la luna. Dormía. Todo estaba tranquilo... a dormir otra vez...

—Gabrielle...

Se volvió. Delante de ella estaba Xena. Pero Xena estaba... volvió a mirar a la figura dormida. Seguía allí. Pero... la Xena que tenía delante iba vestida con la armadura que no se ponía desde hacía diez años, con la espada sujeta a la espalda, el chakram a la cintura. La Princesa Guerrera. Brillaba. Esto es un sueño, pensó Gabrielle, manteniendo el terror a raya como si sujetara de nuevo su vara.

La figura de Xena habló, la llamó por su nombre.

—Gabrielle... escucha.

—Estoy escuchando. ¿Cómo puedes ser tú? Si estás aquí mismo.

—Gabrielle, esto no está bien.

—¿Qué? ¿El qué no está bien? —El miedo empezaba a inundarla como el agua a un reloj.

—Esto. Tú, yo, esta casa, este valle... todo ello. No está bien.

—¿Por qué? Xena, ¿no estás a gusto? Dioses, Xena, tenía miedo de que pasara esto, ¡miedo de que te entrara la impaciencia y quisieras empezar a viajar de nuevo! Yo no puedo... ¡yo ya no puedo! ¡Y menos después de tanto tiempo! Te quiero... por favor... quédate conmigo... —Las lágrimas le chorreaban por la cara y no hacía nada por secárselas.

—No, Gabrielle, no, si pudiera, me quedaría contigo para siempre. Pero... no sé por qué, pero no estamos como tendríamos que estar.

—¿A qué te refieres?

—No lo sé. Observa la lluvia.

—¿Qué?

—Observa la lluvia. Adiós, mi amor.

Xena la guerrera desapareció. Ahora sólo quedaba Xena la amante, la princesa doméstica, la amiga de sus momentos más felices, sana y salva a su lado en esta acogedora cama que compartían. Gabrielle abrazó a su amor, le besó la espalda, necesitada de sentir la carne firme y cálida pegada a la suya, necesitada de sentir la vitalidad, la vida que corría por las venas de su amante. Se sentía como si acabara de conversar con... ¿la esencia del mal?

Su amante haría que volviera a sentirse limpia.

Xena se volvió y acunó la cabeza de Gabrielle entre sus pechos. Sin necesidad de palabras, percibía el miedo y la desazón de Gabrielle, y la tocó con ternura para provocarle la consciencia del amor. Gabrielle la besó salvajemente. Su deseo era frenético, urgente. Xena sabía que algo había asustado a su amor, y su único propósito en este momento era volver a reconfortarla. Los besos suaves se hicieron más firmes, más intensos, y los cuerpos se pegaron el uno al otro con un calor creciente. El cuerpo de Gabrielle se tensó, se arqueó: saltó de las cumbres de la excitación a la caída libre del orgasmo. Un momento después, Xena se unió a ella. Sus gritos sobresaltaron a las criaturas de bosque, estremecieron la noche.

Llovía. El sonido las relajó, y cuando empezaba a clarear por el este, se volvieron a quedar dormidas, Gabrielle acurrucada contra el hombro de su amada.

—Te quiero. Siempre te he querido y siempre te querré. Te quiero.

—Y yo te quiero a ti. Siempre, para siempre. Te quiero. Lo sabes.

La lluvia. Observa la lluvia.

A la luz gris de la mañana Gabrielle se levantó y, sin saber por qué, cogió la espada de la pared y salió al porche. Estaba diluviando: casi ni veía el granero.

Oyó ruidos tras la lluvia.

Allí fuera había alguien.

Esto es una locura.

Hay alguien ahí fuera.

Gabrielle alzó la espada con el estómago contraído de miedo.

La lluvia se estremeció, se hinchó, se contrajo. Grabado en la cortina plateada, surcado por la senda de miles de gotas, apareció un rostro. El rostro de un hombre. Ojos almendrados, bigote caído. De un marrón oscuro como el de la madera vieja, arrugado por la edad. Ojos de un azul penetrante, azules como los ojos de Xena, azules como el cielo de la mañana. El rostro la miraba, con ternura, con lástima.

Susurró:

—¿Quién eres?

El rostro anciano contestó, con una voz que era como la lluvia misma, un siseo suave, como el viento entre las hojas secas:

—No te acuerdas de mí, ¿verdad?

—No te había visto nunca.

—Ah, sí, claro que me has visto. Te dije que podrías olvidarte.

—¡Yo nunca te he visto! ¡Quién eres! —Se tensó preparándose para atacar.

—Soy Tengri. Soy el cielo eterno. Soy la cúpula del mundo, la manta de la tierra. ¿Me reconoces ahora?

Algo empezó a despertar en su cerebro... algo, algo...

—Empiezas a recordar, ¿verdad?

—¡Explícate!

—Viniste a mí cuando te marchaste de Japa. Sufriste un naufragio y cruzaste el corazón del mundo. Llegaste a un momento y un lugar de tal vacío y soledad que estuviste a punto de quitarte la vida. Tenías el cuchillo pegado a la garganta. Y rezaste a cualquier dios que pudiera estar escuchando para que te devolviera a tu amor. Rezaste, y yo te oí.

—¿Tú? ¿Por qué tú?

—Soy soberano de ese lugar. La Gran Estepa es mía. Acudí a ti en tu desesperación y, como salvaste al niño, te ofrecí un regalo.

—¿Niño? ¿Qué niño?

—El niño pelirrojo, el que se llamaba Temüjin. Él será el salvador de mi pueblo, su legislador, el constructor de una gran nación.

—¿Cómo?

—Mediante la conquista. A costa de muchas muertes. Se apoderará de la mitad del mundo y le impondrá el orden. Algo que tu Xena podría haber hecho.

—¿Y yo lo salvé? —El recuerdo se agitó, en lo más profundo de su mente—. Lo salvé...

—¿Lo recuerdas ahora?

—Algo. Sí. —Bajó la espada y salió del porche, a la lluvia. Agachó la cabeza avergonzada mientras la lluvia le calaba el pelo—. Dijiste que podía pedir cualquier cosa. Cualquier cosa.

—Y yo te di lo que pediste.

—Pedí...

—...a la mujer que amabas.

Sus lágrimas se mezclaron con la lluvia.

—Ya me acuerdo. Por todos los dioses, ya me acuerdo. —Se estremeció por el llanto.

—No te la podía devolver para siempre. Sólo diez años. No once. Sólo eso.

—Y yo pedí diez años de paz con ella. Pensé que sería suficiente.

—¿Y lo ha sido?

—No.

—Te permitiste olvidar. Como una lotófaga, te hundiste en la dicha del amor. No conseguías recordar que tenía que acabar, y que tendrías que pagar por el tiempo extra. Los diez primeros años fueron un regalo. El último año ha sido un préstamo.

—¿Un préstamo?

—Te llevaré de vuelta. Debes regresar a tu vida. Pero debes regresar al momento preciso ocurrido un año antes de que te concediera el regalo. Debes volver a vivir esa parte de tu vida.

Hizo un enorme esfuerzo por recordar los acontecimientos de esa época.

—Xena estará...

—No estará viva cuando regreses.

—No puedo volver.

—Debes.

—¡No! Hemos tenido la única felicidad que hemos conocido de verdad ¡y no voy a renunciar a ella sin luchar! ¡Ya hemos luchado contra dioses en otras ocasiones y hemos ganado! —Alzó la espada y avanzó hacia el rostro de la lluvia.

—¡Gabrielle!

La voz de Xena. Gabrielle titubeó, se volvió, con la espada aún en ristre. Xena estaba en el porche, con una túnica de color rojo, tan delicada, tan bella...

—Tiene razón. Esto debe acabar.

—¿Lo sabes?

—Ahora sí. Debería estar enfadada contigo, mi vida. Pero no lo estoy. Gracias por estos años. Ahora déjalo.

Gabrielle se volvió hacia el dios. Éste sonrió levemente.

—Ella lo sabe. Hazle caso. Confía en ella, ya que no confías en mí.

—No se puede mantener a raya el destino para siempre, amor mío. —Xena salió a la lluvia, bajó la espada de las manos flojas de Gabrielle—. Hace mucho tiempo que tendría que haber estado en el inframundo. Volví... por las mismas razones que tú creaste todo esto. —Hizo un gesto de asentimiento al dios del cielo—. Él comprendió que nuestra historia estaba inacabada. Y yo también me olvidé. Me olvidé de que no era real.

Gabrielle abrazó a su amada, llorando, y Xena lloró con ella.

—Tienes que entregarme al otro mundo, cariño mío. No has sido egoísta en toda tu vida. No lo seas ahora. Debes saber que siempre te querré.

Xena miró a Gabrielle a los ojos.

—¿Estás lista? —Gabrielle asintió. Xena miró al rostro de la lluvia, que asintió—. Cierra los ojos, amor de mi vida.

Gabrielle cerró los ojos, notó el suave beso de Xena en la boca, luego en la frente. Y desapareció.

Estaba diluviando.

Abrió los ojos.

El cuerpo colgaba a la luz del fuego. Había samurais por el patio. Contempló los restos mutilados de su amor querido presa de un horror absoluto, y el horror se fue transformando en una rabia ciega. Apretó tanto la empuñadura de la espada que se le pusieron las manos blancas.

—¡Entregadme su cabeza!

Estaba diluviando.


FIN


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