Veintitrés

Fanatic



Descargos: No tiene mucho argumento, sólo es una ñoñería y cómo querría yo que fuesen las cosas. El subtexto es sin duda alguna texto explícito, pero no hay nada gráfico. Sólo una guerrera sorprendentemente habladora y una bardo insegura que pasan la noche en una posada.
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Título original: Twenty-Three. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Xena se tumbó en la cama y observó cómo se desarrollaba el ritual al otro lado de la habitación. Palangana encima de la mesa a la izquierda, cepillo del pelo a la derecha, espejo en el centro, toalla de lino en el regazo... Gabrielle ya estaba lista. La mano izquierda removió el agua perfumada de rosas y luego ambas manos echaron el líquido fresco sobre las facciones de la bardo. Dos palmaditas a cada lado de la cara con la toalla para secarla. Entonces, mientras contemplaba su reflejo, veintitrés pases de cepillo por la parte izquierda del pelo, y luego veintitrés por la derecha. Ahora, Gabrielle vendría a la cama. Apagó las velas soplando, primero la de la izquierda, luego la de la derecha, tal y como predecía Xena, y luego se acercó a la cama, alisándose la tela del camisón de la cintura para abajo.

Con una mirada risueña:

—¿Por qué veintitrés?

—¿Cómo? —preguntó, mientras se metía en su lugar de siempre pegada a la guerrera, apoyando la cabeza sobre un hombro sorprendentemente cómodo—. ¿Veintitrés qué?

—Veintitrés cepillados... en el pelo —dijo Xena al tiempo que tocaba los mechones rojizos dorados que tenía sobre el hombro.

—No sé de qué hablas. —Por motivos que ni la propia Gabrielle comprendía del todo, de repente se sentía tímida.

Xena notó el titubeo de su mejor amiga.

—¿Gabrielle?

No quería contestar, sólo quería dormir. Para dejarlo claro, cerró los ojos y luego los abrió para mirar a su compañera.

—¿Eh?

—¿Qué te pasa?

—Nada.

Xena resopló riendo.

—Por la cola de Ares, cómo que nada. Venga, que no me engañas.

—No pretendo engañarte. —¿Por qué me pongo así? pensó Gabrielle desesperada.

—Vale... —Xena optó por probar por otro lado—. Me gusta el agua de rosas. Huele bien. —Para confirmarlo, se acercó más y olió a Gabrielle—. Me gustan estos detallitos agradables que has añadido a tus costumbres. —Observó y vio que algo cambiaba ligeramente en los ojos verdes que amaba. Xena le dio un beso en la punta de la nariz y la estrechó con el brazo.

—¿Sí? —susurró Gabrielle.

—Ya lo creo. Me encanta todo lo tuyo, bardo mía.

—¿Sí?

Mmm... tenemos un problema.

—Sí —respondió con languidez, como si estuviera dejando el tema. Guardó silencio a propósito durante unos minutos, y en la habitación sólo se oía el sonido de la respiración acompasada de las dos. Xena seguía notando la tensión de Gabrielle y sintió su propia frustración por no saber cómo eliminarla. Vamos, se dijo, estás metida en esto porque quieres... si lo peor que llega a ocurrir es que a veces se pone sensible, piensa que jamás podrías compensarla por lo que ella tiene que aguantarte. Decidida, Xena preguntó—: ¿Tienes un número de la suerte?

—¿Un número de la suerte? —Esto dejó a Gabrielle totalmente desconcertada, pues no tenía ni idea de a qué se refería Xena ni por qué—. No creo que me lo haya planteado nunca.

—Mmm... seguro que es el veintitrés. ¿A que sí?

¿Por qué me preguntas esto? ¿Para reírte de mí? chillaban los pensamientos de Gabrielle.

—No lo sé —contestó con sequedad.

—Vale, pues entonces, veintitrés.

—¿Veintitrés qué?

Xena se puso de lado y apoyó la cabeza en la mano izquierda. Con la derecha, acarició la mejilla de Gabrielle con ternura, sin hacer caso cuando se encogió por el contacto.

—Las veintitrés razones principales por las que te quiero. A ver, número uno: por el olor a rosas de tu cuello. —La guerrera aspiró otra vez con fuerza y sonrió con placer—. Dos, porque te molestas en hacer agua de rosas para ponértela antes de acostarte conmigo. —Toma ya, pensó Xena al ver la cara de Gabrielle, pensabas que no me había dado cuenta, ¿eh?—. Tres, porque quieres seguir conmigo por algún motivo incomprensible. Cuatro, porque estarías dispuesta a discutir sobre eso conmigo hasta la saciedad. Y lo has hecho. Cinco, por la expresión de tus ojos siempre que me miras. Seis, por cómo tus historias tocan una parte de mi corazón que nada más puede tocar. Siete, por el sonido de tu voz en cualquier momento.

Va a llegar a veintitrés de verdad, pensó Gabrielle, mientras Xena continuaba, sin dudar ni un instante. Se le empezó a aflojar el nudo que tenía en el estómago.

—Ocho, por cómo dices mi nombre. Nueve, por cómo me tocas en cualquier parte.

Ah, esto funciona, pensó Xena cuando Gabrielle alargó la mano y le tocó el pecho, dejando la mano ligeramente apoyada sobre el corazón de Xena.

—Diez, por cómo ves imágenes en las estrellas cuando dormimos juntas al aire libre. Once, por cómo tu risa se derrama sobre mi corazón y lo llena. Doce, porque puedes inspirar a una vieja veterana como yo para que suene como un poeta cuando habla de ti —dijo Xena con una sonrisa de burla hacia sí misma—. Trece, por cómo te cambian los ojos de color dependiendo de tu humor.

Gabrielle parpadeó y se preguntó de qué color estarían ahora. ¿Cuál es el color de “avergonzada e insegura”?

—Xena —dijo suavemente—, yo...

Xena posó un dedo sobre los labios de la bardo.

—Ahora no, amor, que estoy lanzada. A ver, ¿por dónde iba? Catorce, por cómo te pegas a mí por la noche. —Xena aprovechó para arrimarse más a la bardo, hasta que apenas quedó espacio entre ellas—. Quince, porque siempre puedo contar con tu sinceridad. Dieciséis, por tu valor. Diecisiete, porque prefieres hablar antes que luchar. Dieciocho, la curva de tu cuello... porque sí. —Para confirmarlo, se inclinó y acarició con la nariz el hueco que le gustaba, del que se apartó con un beso—. Diecinueve, por tus labios, que en algún momento deben de haber sido acariciados por el néctar de los dioses. —Incluso a la escasa luz del fuego, Xena distinguió el rubor de Gabrielle—. Veinte, por tus ojos, que sólo ven el bien. Incluso en mí. Veintiuna, por tu sonrisa. Veintidós, por tu bondad. Veintitrés, porque puedes contarme cualquier cosa y eso nunca cambiará lo que siento por ti.

—Caray —suspiró Gabrielle. Sus dedos se movieron sobre el algodón que cubría el corazón de Xena.

—Bueno, ¿qué te tiene preocupada? —La voz de Xena era de un tono grave, lo cual indicaba su intensidad a su compañera.

Gabrielle hizo un gesto negativo con la cabeza y la luz del fuego resaltó la tonalidad rojiza de su pelo, creando un efecto de chispas que cruzaban por su rostro trazando arcos.

—Nada, es que soy tonta.

—Para nada. —Los dedos de Xena siguieron la figura de Gabrielle desde la pantorrilla hasta el hombro. Sus ojos azules siguieron el camino que iba creando con tranquila confianza.

Y a Gabrielle se le volvió a encoger el corazón.

—¿Cuántas costumbres de otras personas te has aprendido de memoria? —soltó, antes de que le fallara el valor.

La mano de Xena se apartó inmediatamente.

Y la bardo deseó haber pensado una manera mejor de hacer la pregunta. Incluso en la penumbra, Gabrielle distinguió la expresión herida que pasó de los ojos azules a los hombros y de ahí directamente a su corazón.

—Xena, perdona —susurró, agarrando la mano de Xena y tirando de ella para acercársela.

La mano de Xena, aunque permaneció en contacto con ella, estaba fría y formal.

—No, es una pregunta justa. Algo que seguramente tendríamos que haber hablado hace mucho tiempo, en realidad.

—Yo no quiero hablar de ello.

Xena se rió levemente, aunque Gabrielle sabía que era una risa carente de diversión.

—Claro que quieres, mi amor, si no, no lo habrías dicho. Me conoces bien. Sabes que he utilizado todas las armas a mi disposición para ganar. Hubo ocasiones en que mi cuerpo era mi arma. Me he acostado con mucha gente para obtener poder e influencia. Hombres, mujeres, si me deseaban y yo podía conseguir algo a cambio... que así fuera. Nadie salía perjudicado, ¿no? O eso pensaba yo. No me daba cuenta de que cada vez perdía un poco de mi alma. Hubo unos pocos a los que creía amar. Pero eso siempre quería decir que hacían algo por mí que yo necesitaba. Marcus, Borias, Lao Ma. En aquel entonces no me daba cuenta de que obtener no era suficiente. De que tenía que dar para estar entera. Ese tipo de idea me parecía absurda al principio. No tenía sentido que alguien pudiera dar de sí mismo y sentirse mejor por ello. Luego alguien me enseñó que sí que era posible.

Gabrielle asintió.

—Lao Ma.

—No... ella lo intentó, pero nunca la oí. Sólo ha habido una voz que haya conseguido hacérmelo entender.

—¿Quién?

—Tú, Gabrielle. Tú. Tú me has enseñado mediante el ejemplo. Dos años sin parar de seguirme, sin abandonarme jamás, aunque tuvieras todos los motivos del mundo para marcharte. Mi silencio no te asustaba. Ni mi mal humor. Ni mi sed de sangre. Nada te echaba para atrás. Te quedabas porque querías quedarte. Amabas, porque querías amar. Dabas, porque querías dar. No porque yo te diera motivos para hacerlo.

—Eso no es cierto, Xena. —Ojalá supieras todo lo que has hecho por mí. Que ya no tengo miedo de las sombras gracias a ti.

—Sí que lo es, bardo mía. Así que, cuando por fin me di cuenta de esto, empecé a observarte con más atención. Quería memorizar cada detalle tuyo, para que pudieras convertirte en parte de mi ser, para que parte de tu luz pudiera entrar en mi oscuridad. Me fijo en todo lo que haces. En todo. —Hizo una pausa deliberada, y terminó en voz baja y grave—: Y no podría contarte ni un detalle sobre los preparativos para acostarse de nadie más.

Un leño estalló levemente en la chimenea y la llamarada resultante permitió a Gabrielle ver las lágrimas que caían por las mejillas de Xena. Y su corazón se entregó a la mujer de quien pensaba que jamás le diría más de dos palabras seguidas. Y ahora tengo en mis manos sus pensamientos más profundos.

—Te amo, Xena, con todo mi corazón y toda mi alma. —Con cuidado, se puso a enjugar las lágrimas saladas de la guerrera—. Y perdóname, mi amor —susurró.

—¿Por qué? —Xena tenía la voz embargada de emoción.

—Por sentirme insegura contigo. Porque de verdad que tú no has hecho nada que justifique esa emoción.

Se encogió de hombros.

—No te digo suficientemente lo que necesitas oír, eso lo sé.

Le tocó a Gabrielle tapar los labios de su compañera con los dedos.

—Claro que lo haces. Tal vez no con palabras, pero sí con tus ojos y con todas las pequeñas cosas que haces por mí, sin exigir jamás las gracias o un comentario. Pero me temo, amor, que todavía soy en gran medida una niña de Potedaia. Una niña que tiene tanto miedo de no ser nunca nada para nadie que se pone celosa e insegura.

—Tú lo eres todo para mí, Gabrielle. Y... ya no eres una niña. —En el tono de Xena se oía de nuevo un matiz de alegría, y Gabrielle veía claramente el brillo esperanzado de sus ojos.

—No, gracias a los dioses. —Se acercó y besó a Xena en los labios, pensando que el néctar lo compartieron las dos cuando eran bebés—. Bueno, mi amor, ¿y cuál es tu número de la suerte?

Xena sonrió ampliamente, agradecida y aliviada al ver que el momento había pasado. De verdad pensé que lo iba a fastidiar, que iba a decir algo malo. Y sin embargo... creo que estamos mejor que antes. Aturdida por el alivio, puso los ojos en blanco y luego contestó:

—El doscientos cuarenta y siete.

Gabrielle estalló en carcajadas, sintiendo también una acometida de alivio.

—¿El doscientos cuarenta y siete? Mmm. Bien. Porque estaba pensando en darte el mismo número de besos. Así que... —Sus labios rozaron la mandíbula de Xena—. Uno. —Luego pasó a su barbilla—. Dos. —Y luego al hueco de su garganta—. Tres. —Oyó que Xena soltaba un suspiro de contento. Esto la envalentonó—. Cuatro —susurró, y sus labios cubrieron los de la guerrera.

Los fuertes brazos de Xena la estrecharon y el beso avanzó hasta convertirse en una exploración mutua. Sólo se separaron cuando la necesidad de aire se hizo acuciante. Gabrielle se rió por lo bajo.

—Cinco...

Antes de que pudiera besarla de nuevo, Xena echó la cabeza hacia atrás y gruñó:

—Deja de contar, bardo. Ya me aseguro yo de que me los das todos.

Le contestó un mordisquito en el labio inferior.

—Cuento con ello.

Y de algún modo, entre risas, sus labios se volvieron a encontrar.


FIN


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