La Llave

Jordan Falconer



Descargo: Xena, Gabrielle, etc. pertenecen a MCA/Universal y Ren Pics y cualquier otra persona que tenga intereses en Xena, la Princesa Guerrera, no a mí.
Copyright (c) 2000: No se permite copiar o usar parte alguna de esta obra en forma, modo o método alguno sin el consentimiento expreso por escrito de la autora. Si queréis usar algo, sólo tenéis que pedirlo... amablemente.
Aviso de violencia: Este relato describe escenas de violencia y/o sus consecuencias. No es nada demasiado gráfico (entra, desconocido, bajo tu propia responsabilidad: aquí hay cosas espeluznantes), pero es posible que los lectores sensibles o con tendencia a sufrir por este tipo de descripciones deseen leer otra cosa que no sea esta historia.
Aviso de amor/sexo: Este relato describe una relación amorosa/sexual entre dos mujeres en edad de consentir. Si sois menores de 18 años o si este tipo de relato es ilegal en el estado o país donde vivís... largo, largo, aquí no hay nada para vosotros...
Si os gusta, hacédmelo saber. ¡Todos los comentarios salvo los desagradables son bien recibidos! J Falconer
Muchísimas gracias a mis pacientes correctoras ForevaXena y Diamonddog por dedicar un valioso tiempo a leer esto. Yo estaba tan confusa como vosotras... así que gracias, DD, por no estrangularme >:-) Más agradecimientos a los "ForevaXenitas" por darme permiso para... ejem... tomar prestados trocitos de esto :-)

Título original: The Key. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


PARTE 1

—Era una noche oscura y tormentosa... —empezó Gabrielle, frunciendo las cejas muy concentrada, inclinando la cabeza dorada.

—No, no era así —interrumpió la princesa guerrera, con los sorprendentes ojos azules relucientes mientras miraba consternada a su compañera por encima de la luz del fuego vacilante—. Gabrielle, sabes que era pleno día.

Unos escalofríos recorrieron la espalda de Gabrielle al oír la voz de la guerrera. Como si la mera presencia de su amiga no la distrajera ya lo bastante, notaba la mirada azul celeste cómodamente posada en ella y sabía que si levantaba los ojos, vería la sonrisa que amagaba en la boca de Xena, la ceja negra arqueada...

Sin levantar la vista, dijo categóricamente:

—Pero así suena mejor.

Si levantaba la vista, la guerrera sabría lo que con tanto cuidado ocultaba en su corazón, pero que salía a la superficie con frecuencia.

—Gabrielle —gruñó la guerrera en broma.

Ahora Gabrielle sí que alzó los ojos y quedó capturada por el rostro que amaba tanto, una emoción rayana en lo terrorífico por su profundidad y que de platónico no tenía absolutamente nada. Sus ojos se clavaron en el azul de los de Xena, casi perdió el hilo de la conversación, luego carraspeó y rompió el hechizo, agradeciendo patéticamente no haberse ofrecido a leer el final de la historia, que era bastante... apasionado. Nada que ver con el auténtico final del asunto.

—Bueno... —Se quedó en silencio, chupando pensativa la pluma, con el pergamino apoyado cómodamente en las piernas y las letras bailando a la luz oscilante del fuego—. Oh... está bien. Pero no me parece que "Era una tarde soleada" tenga el mismo impacto dramático.

Recalcó lo dicho masticando profunda y pensativamente el astroso extremo de la pluma.

Xena miró a su compañera con aire risueño. Éste era el mejor momento para ella. Los peligros del día estaban vencidos, el campamento instalado, Argo atendida, el perímetro comprobado. Podía quedarse sentada agradablemente durante un momento y limitarse a contemplar la cara de la persona a la que había llegado a querer más que a la vida misma. Por supuesto, no le había dicho a Gabrielle que sus sentimientos iban mucho más allá de lo platónico: a la joven no le hacía ninguna falta saber que la guerrera se consideraba a sí misma un viejo centauro cachondo cuando se trataba de cierta joven y deliciosa bardo.

Al ver los ojos verdes que la miraban abierta y francamente casi se vino abajo y sintió un profundo alivio cuando Gabrielle apartó la mirada y rompió el momento. Con un hormigueo de los sentidos, cobró extrema conciencia de los ruidos nocturnos que las rodeaban... o, más bien, de la falta de ellos.

Como si fuera casi una interrupción de su estado interno, miró a su alrededor algo confusa, intentando descifrar el significado de la alarma que la invadió de repente, cuando su detector de peligros se puso a sonar con fuerza, sobresaltándola. Cuando se enderezó bruscamente, olisqueando el aire nocturno ominosamente silencioso, Gabrielle la miró algo alarmada, con la pluma olvidada entre los dedos.

—¿Qué pasa? —susurró con apremio.

Xena la hizo callar, empezó a levantarse e instintivamente alargó la mano hacia la espada.

—Problemas —dijo en voz baja, al tiempo que los densos árboles empezaban a agitarse con una súbita y suave brisa.

Xena se puso de pie y Gabrielle también se levantó y se colocó al lado protector de la guerrera. El brazo de Xena la rodeó, estrechándola, y la bardo disfrutó del contacto. Observaron los árboles que se movían con un fervor cada vez más antinatural con la creciente y fría brisa carroñera. Xena era vagamente consciente del olor, pero Gabrielle cayó de rodillas ante el viento cada vez más fuerte, presa de violentas arcadas por el asqueroso hedor.

Heladas hasta los huesos por el mortal miasma aullador y semiconsciente, la guerrera y la bardo perdieron el equilibrio bajo su fría furia, que las agarró y lanzó fuera del campamento, esparciendo sus posesiones. Argo chilló de miedo, arrastrada con ellas. Los pergaminos y la pluma de Gabrielle se soltaron de sus manos sorprendidas, alejándose por el mismo camino que la espada de la guerrera, que le había sido arrancada con descuido de la fuerte mano.

Aunque volaban sin control, la guerrera consiguió agarrar a su amiga y abrazarla en el momento en que se veían lanzadas violentamente contra un árbol.

Gabrielle, estremecida, atontada y semiconsciente, apenas notó la bocanada de aliento que salió despedida de los pulmones de Xena al impactar. De repente, el torbellino cesó, dejando a su paso sólo un horrible hedor, que las rodeaba y acariciaba con intrusos e íntimos dedos helados, sin compasión.

—Xena —murmuró aturdida, con el peto de la armadura clavado en la mejilla, intentando reponerse y quitarse de encima de la princesa guerrera, que ya se estaba moviendo. Los fuertes brazos la rodearon con fuerza para tranquilizarla y la dura superficie se movió, poniéndolas a las dos de pie, al tiempo que el aroma a jabón de hierbas, cuero y acero de Xena flotaba por encima de la horrible peste a descomposición y carne podrida que las rodeaba.

—Hijo de bacante —murmuró Xena con cierta sorpresa mientras sus penetrantes ojos azules absorbían la destrucción en que habían quedado sumidos los restos de su campamento—. ¿De qué parte del Hades ha salido eso?

Abrazó a la bardo, que se estaba recuperando, con la cara apoyada en su pecho, y contempló las chispas de las brasas esparcidas de la hoguera, los tocones afilados de árboles destrozados, los restos de ramas diseminados a su alrededor con descuidado frenesí. No había señal de sus objetos personales ni de Argo, observó, mientras sus ojos azules se esforzaban por luchar contra la repentina disminución de la luz.

El horrible hedor seguía flotando a su alrededor en oleadas y su aliento se helaba ante sus caras. De repente, Gabrielle cayó de rodillas y volvió a vomitar rápida y pulcramente, al tiempo que un súbito y creciente terror por el bienestar de Xena daba alas a sus náuseas.

Los ojos de la guerrera no dejaban de examinar inquietos el claro mientras posaba una mano con cuidado en la espalda de la bardo.

—Gabrielle —murmuró—. Sea lo que sea, sigue ahí. ¿Puedes moverte?

—Cre-creo que sí —tartamudeó Gabrielle en voz baja.

—Bien —dijo la guerrera, ayudando a la bardo a levantarse y enfrentándose al silencio expectante de su destrozado campamento. Mantuvo el brazo alrededor de la bardo al tiempo que tomaba aliento con fuerza, casi ahogándose con las moribundas emanaciones que flotaban a su alrededor. Su propio temor por Gabrielle empezó a calar en su interior y lo acalló con un violento bofetón interno, jurándose a sí misma que mantendría a salvo a Gabrielle a toda costa—. ¿Quién eres? —exigió saber Xena con firmeza—. ¿Dónde estás?

—Estoy con vosotras —respondió una voz sonora y fría, ni masculina ni femenina, grande, fuerte—. No importa quién soy.

—¿Qué clase de respuesta es ésa? —dijo la guerrera, incapaz de calcular de dónde procedía el sonido y, dándose cuenta de quién era, intentó ganar tiempo desesperadamente—. ¡Dime quién eres!

—Me conoces muy bien, princesa —dijo la voz, llena de diversión, grotescamente jovial—. Tú me has liberado.

Por primera vez desde hacía mucho tiempo, Xena se puso pálida. La bardo, en vías de recuperación, observó la cara de la mujer a la que quería más que a la vida misma y sintió que la atravesaba un frío rayo de miedo.

—¿De qué está hablando esa... voz, Xena? —preguntó, con las llamas del terror alimentadas por el pánico.

Xena tomó aire para responder, justo cuando comenzó otra racha de viento. Delante de ellas el asolado seto de árboles se separó en forma de O y dos sólidas flechas grises, notables en y por sí mismas con su longitud de más de un metro, atravesaron a toda velocidad el hueco creado por el follaje, directas hacia ellas.

Al encontrar por fin algo a lo que podía hacer frente, Xena se medio relajó y se dispuso a atrapar las flechas. Sus dedos rodearon con facilidad la que iba destinada al delicado pecho de Gabrielle. No tuvo tanta suerte con la que iba dirigida a ella. Aunque sus dedos la agarraron fácilmente, soltó un grito cuando la lisa madera le arrancó la piel de la palma al pasar y clavarse profundamente en su pecho.

Dejando caer la flecha que había cogido, con la mano herida derramando sangre sobre el terreno removido de al lado, alzó la otra mano y trató sin éxito de agarrar la flecha que le atravesaba el fuerte y a veces oscuro corazón, al tiempo que el pesar le rompía el alma. Demasiado conmocionada para gritar, Gabrielle agarró a Xena, aferrándola al caer al suelo, mientras la sangre se derramaba sobre la joven bardo. No se dio cuenta de que el olor a carroña se iba dispersando poco a poco en el suave viento nocturno y que la temperatura del aire volvía a la normalidad ahora que la voz incorpórea había hecho su trabajo.

—Oh, no, Xena —gimió Gabrielle, al tiempo que las lágrimas brotaban de sus ojos y se derramaban por su cara.

—Gabrielle —dijo la guerrera en voz baja, rota, sin saber cómo empezar a decir todo lo que quería decir, pues ya no tenía tiempo de expresar lo que había en su corazón.

—Te quiero —fue lo único que consiguió decir Gabrielle, que quería desesperadamente decirle a Xena lo que sentía de verdad, pero no tenía tiempo.

—Yo también te quiero —dijo Xena, con voz cada vez más tenue—. Más de lo que sabrás jamás. Por favor, ven a buscarme...

Fue lo último que tuvo tiempo de decir antes de que su cuerpo desobediente se quedara fláccido en brazos de la joven.

Gabrielle sintió el cambio y se echó hacia delante, abrazando el cuerpo con fuerza, meciéndolo. Despacio, se enderezó y miró hacia el cielo frío e indiferente. Gritó su dolor y angustia a la inmensa e indiferente extensión de la naturaleza.

—¡¡¡¡¡NOOOOOOOOOOOO!!!!!

Se quedó allí sentada durante muchísimo tiempo, doblegada por la pena, mirando el cuerpo de su mejor amiga y posible amante, memorizando cada faceta de las facciones de Xena. Antes alerta y animadas, a veces sombrías, ahora estaban inmóviles y relajadas, tan inocentes, sin el peso ya de la angustia de su vida y la lucha por dominar su lado más oscuro.

Poco a poco, Gabrielle fue notando un suave resplandor que rodeaba el cuerpo caído de su amiga. El pálido brillo fue ganando intensidad e interrumpió los desesperados sollozos de la bardo, bañando sus facciones en su suave luz, transformando sus lágrimas en diamantes sobre sus mejillas. El resplandor se hizo tan intenso como el sol de mediodía, pero no sintió ninguna molestia cuando se formó una esfera sobre el cuerpo postrado de Xena. Flotó por un instante y luego, a una velocidad de vértigo, salió disparada hacia delante y se hundió limpiamente en la bardo, antes de ser arrancada de su cuerpo por una fuerza invisible y volar hacia lo alto, perdiéndose en la luz vacilante de las estrellas que cubrían el apacible cielo.

El dolor de Gabrielle se transformó en una sensación de maravilla... y de profundo alivio. La luz dorada que la había tocado había sido el alma de Xena, su último intento de comunicarse con su amiga. Había sentido la fogosa pasión del amor compartido por Xena, nada platónico, y un profundo pesar por haberlo ocultado hasta que había sido demasiado tarde. También había sentido la honda desesperación de Xena por el hecho de que el Recolector de Almas la hubiera atrapado por fin, y una melancólica esperanza de que la bardo no se rindiera y consiguiera ayudarla. Destellos de cosas desconocidas entraban y salían de su mente consciente: un monje de varios siglos de edad, joven y fuerte, montañas lejanas, una biblioteca, el vidente Karmen, una antigua promesa... Gabrielle no conseguía poner orden en las impresiones.

Sólo tenía claras dos cosas. La primera, que Xena confiaba en que ella pudiera traerla de vuelta de entre los muertos, y la segunda, que tenía que poner a salvo el cuerpo de Xena mientras ella iba a buscar al vidente Karmen. Muy decidida, se preparó para la acción.

—Oooh, chica, ya basta —murmuró la bardo para sí misma, al tiempo que hacía detenerse a Argo a un lado del sendero.

Cuando se marchó del claro, lo hizo con la decisión de intentar llegar a las amazonas, para poder viajar a la biblioteca que le habían mostrado sus visiones. Tenía la esperanza de descubrir una manera de recuperar a la guerrera desaparecida y de averiguar por qué les había pasado esto.

La guerrera desaparecida.

Resopló al pensar en eso. No dejaba de sentir un incómodo terror rondándole la conciencia, pero se negaba a plantearse siquiera un amago de idea de que la guerrera no fuera a regresar junto a ella. Al mirar el cuerpo tendido que descansaba cómodamente en la litera improvisada atada detrás del paciente caballo de guerra, sólo se sentía llena de dolor.

El conocimiento de que Xena seguía viva, aunque en un estado desconocido, era todo lo que necesitaba para resistir al mirar las facciones aparentemente muertas. Su corazón aún lloraba por su guerrera y por la posibilidad de que nunca pudieran hablar, tocarse, abrazarse como la bardo ahora sabía que las dos habían deseado.

Suspiró, volvió a ponerse en pie y condujo a Argo al interior del bosque, buscando un claro para tomarse un descanso de mediodía. Sacó las raciones de viaje de las alforjas de Xena, sin tener realmente hambre, y echó un buen trago de la cantimplora que estaba firmemente atada a su lado.

Toqueteó la comida unos minutos, antes de volver a suspirar y darse por vencida. La comida le sabía a ceniza en la boca; no la quería.

Cuando empezaba a recoger sus cosas, hubo un movimiento entre los arbustos de un extremo. Frunciendo el ceño, agarró su vara, observando los arbustos y con los sentidos en plena alerta como había intentado enseñarle Xena. Antes de que hubiera una señal visible de otro ser vivo, oyó una profunda voz de hombre que la llamaba.

—Baja las armas, bardo. No te voy a hacer daño.

Gabrielle aflojó un poco la vara, pero no la bajó, lista para cualquier tipo de acción. Apareció un hombre alto, calvo y aparentemente de mediana edad. Tenía la elegancia de un erudito, con buenos músculos y túnicas sueltas alrededor del cuerpo, mostrando una lisa piel bronceada y manos ajadas.

—¿Quién eres? —preguntó ella, que no estaba de humor para hacer frente a los problemas de otro, ni a su compañía, pues prefería en cambio el solaz de sus propios pensamientos.

—Soy Kanaris —replicó él, con voz grave, firme y suave—. Tú eres Gabrielle.

—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó ella con desconfianza, atenta en todo momento a la preciosa carga de su corazón.

—He oído hablar de ti —dijo él, acomodándose sobre una roca lisa del claro y haciéndole un gesto elegante para que hiciera lo mismo—. Por favor, siéntate.

Sin quererlo, pero sabiendo instintivamente que no iba a sufrir ningún daño, bajó el arma y se sentó en la roca de la que se había levantado recientemente.

—¿Quién eres? —volvió a preguntar, esforzándose por aceptar lo extraño de la situación.

—Ya te he dicho quién soy. Soy Kanaris. Soy monje de un lugar que está a pocas horas de camino de aquí. He venido a buscarte.

Sus amables ojos castaños eran serenos, llenos de una sabiduría oscura de cosas invisibles e imposibles de conocer.

—¿Cómo es que me conoces? —preguntó la bardo, fascinada por el monje.

Su sonrisa era tranquila y amable.

—Soy el Guardián de las Llaves. Me corresponde a mí saber cuándo ronda el Recolector de Almas. Xena venía a vernos para ayudarnos.

Gabrielle se estremeció por dentro. ¿Xena sabía lo que iba a ocurrir? ¿Por qué no había dicho nada? ¿Quién era este Recolector de Almas? Antes de que pudiera expresar estas preguntas, el monje alzó una mano para detenerla.

—Sé que tienes preguntas y las contestaré. Pero propongo que volvamos al monasterio para seguir hablando. Aquí no estamos a salvo.

La bardo nunca supo por qué confiaba en él, pero así era. Xena había confiado en él, eso estaba claro, ¿y quién era ella para dudar de la que amaba, que siempre la había mantenido a salvo?

Asintiendo, la bardo se levantó, siguiendo el ejemplo del monje. Se volvió para coger las riendas de Argo, pero el monje volvió a alzar la mano para detenerla.

—No es necesario —dijo—. Nos seguirá.

Asintiendo despacio en dirección al caballo, miró profundamente al interior de sus ojos. Argo relinchó suavemente, asintió con su gran cabeza y los siguió.

El viaje debería haber durado horas, pensó después Gabrielle, pero no fue así. En cambio, gracias a una magia desconocida, el monje las condujo a un paso más rápido del que la guerrera y ella habían logrado jamás y llegaron a su destino horas antes de lo que deberían. Al pie de la montaña, de picos irregulares cubiertos de nieve blanca y pura, el monje se detuvo y se volvió hacia su acompañante.

—Allí —dijo simplemente, señalando un punto de la recortada y tremenda ladera. Gabrielle se detuvo, se protegió los ojos de la brillante luz del sol y dejó que su mirada recorriera la inmensa extensión de la montaña.

—No lo veo —dijo en voz baja, encogiéndose de hombros, incómoda con el apacible hombre moreno.

Él sonrió amablemente.

—Lo verás —dijo—. Coge mi mano.

Le ofreció una mano grande y bronceada. Despacio, la bardo alargó su pequeña mano, que fue engullida por una mano que jamás se había alzado en un gesto de rabia, con los callos de un erudito. Con la otra mano, él agarró con firmeza las riendas del caballo de guerra.

Gabrielle no sintió nada por un momento, salvo el conocido y doloroso vacío de su interior que había nacido con la repentina pérdida de Xena. Poco a poco, un hormigueo de calor fue subiéndole desde la palma, procedente de Kanaris. El hormigueo de calor se convirtió en el ardor del sol, cuando unos torrentes de lava entraron en ella desde el monje. Gritó y perdió el conocimiento, al tiempo que el mundo exterior se difuminaba en un trémulo charco de luz.

Cuando volvió a despertarse, estaba echada en una cama blanda aunque espartana, en una estancia de piedra igualmente espartana. Encima de ella y a la derecha, advirtió que los últimos rayos de sol se colaban por la estrecha ventana, con motas de polvo que se movían por el aire delante de ella en un baile dorado salpicado de manchitas. Por un momento, no notó lo raro de su entorno y empezó a buscar a su constante compañera.

Y de repente volvió a sentirlo todo.

Xena ya no estaba.

Su amada guerrera ya no estaba.

Se le llenaron los ojos de lágrimas cuando su mente confusa no le ofreció más información. Con el alma mutilada llena de dolor, se echó a llorar, apoyando la cara en las manos, sollozando como si su corazón roto fuera a partirse en un millón más de pedazos.

—Shh, descansa, bardo —dijo una voz a su lado. Una mano masculina se posó en su cabeza, tranquilizándola, consolándola—. Estás a salvo.

Ella siguió llorando, incapaz de parar, y unos brazos largos la estrecharon en un abrazo de consuelo. Fue demasiado: los brazos que deseaba sentir a su alrededor una vez más no estaban allí, probablemente nunca volverían a estar allí, la fantasmal fragancia de una guerrera fuerte y femenina había desaparecido. Apartó los brazos y con una mano temblorosa se secó las lágrimas de los ojos, obligándolas a cesar.

El monje, un hombre joven, se echó hacia atrás, percibiendo su incomodidad.

—El Guardián ha pedido que te lleve ante él, cuando hayas descansado —dijo, con una voz tan grave y melódica como la de Kanaris.

Ella recuperó despacio los recuerdos del Guardián.

—Estoy bien —dijo, con voz temblorosa, embargada por la emoción—. Vamos.

El joven asintió e hizo un gesto. Gabrielle se levantó y lo siguió fuera de la habitación al interior del monasterio. Con la mirada vuelta hacia dentro, concentrada en su dolor, no vio a los silenciosos monjes dedicados a sus asuntos diarios con una serenidad atemporal, ni los inmensos pasillos de piedra antiguos y apacibles, cuyas lisas paredes de piedra estaban adornadas con delicados y poderosos tapices.

La condujo cada vez más arriba, a través del laberinto del monasterio, hasta las torres más altas y los aposentos del Guardián de las Llaves.

Se detuvieron un momento ante la antigua puerta de madera, mientras Gabrielle ardía en deseos ya de ver al salvador de la mitad de su alma.

El Guardián de las Llaves estaba sentado con las piernas cruzadas en el centro de su estancia octagonal, con los ojos cerrados. A Gabrielle se le cortó el aliento cuando vio a la guerrera caída tumbada en el centro exacto del círculo, en ligero contacto con las rodillas del monje. Alrededor de éste, en cada una de las paredes, había distintas escenas de bosques, que cambiaban en cuanto el ojo que las contemplaba dirigía su atención a la siguiente. Flotando tranquilamente en el aire cerca del techo de la estancia había una flecha negra como la pez, de más de un metro de largo, y un sable largo cuidadosamente colocado perpendicular a la flecha.

—Bienvenida —dijo, abriendo los intensos ojos, y sonrió ligeramente, haciéndole un gesto para que entrara.

El monje que la había traído hasta aquí se inclinó profundamente y salió con respeto de la estancia. La puerta se cerró tras la bardo con un firme chasquido al echar el cerrojo. Sorprendida, se volvió para mirar la puerta y cuando se giró de nuevo, el Guardián estaba de pie justo delante de ella. Soltó un grito sofocado por la sorpresa.

—Por favor, siéntate —dijo él, señalando el suelo, al otro lado de la guerrera donde él había estado sentado.

Gabrielle asintió y se acercó a su guerrera, mirándola y prometiéndole en silencio permanecer a su lado, costara lo que costase.

La cara de Xena estaba tranquila, echada allí como si estuviera durmiendo, con el rostro sano y bronceado, pero privado de todo signo de vida. La idea de no volver a ver a la guerrera animada atravesó a la desesperada bardo.

—¿Puedes ayudarla? —preguntó Gabrielle, sentándose instintivamente como lo había hecho el Guardián, con las rodillas apoyadas en el frío cuerpo.

—Sí —replicó el Guardián—. Tú eres la Llave.

—¿Me puedes explicar qué está pasando? —preguntó ella con apremio, al tiempo que su cara revelaba su dolor interno.

—El Recolector de Almas se mueve por el mundo —empezó y luego guardó silencio un momento. A Gabrielle le dieron ganas de gritarle; ¡la vida de Xena estaba en juego! Estaba a punto de hablar, creyendo que se había quedado ensimismado—. ¿Conoces la leyenda de que cada persona es la mitad de un alma y que cada mitad se pasa la vida intentando encontrar a su otra mitad?

La bardo contuvo el aliento.

—S-sí —balbuceó.

—Es el Recolector de Almas quien las mantiene separadas. Cuando está libre de su prisión, recorre el mundo buscando almas y cuando las encuentra las devora, para que queden atrapadas para siempre en su prisión. Cuando está preso, sólo consigue que las mitades no se encuentren unas a otras. La tarea del Guardián de las Llaves y del Vigilante es garantizar que el Recolector de Almas no escape de su prisión.

El Guardián de las Llaves hizo una pausa, con la mirada fija en el pasado.

—Pero ahora... pero ahora el Vigilante ha quitado la Llave de la Puerta. El Vigilante está en la puerta con la Llave y la ha estudiado durante tanto tiempo que ha permitido que el Recolector de Almas escape y vuelva a caminar por el mundo. Ni la Llave ni el Vigilante se reconocen mutuamente.

—¿Por eso vino por nosotras? ¿Porque somos las dos mitades de una sola alma? ¿Cómo nos encontró? —preguntó la bardo cuando hubo digerido esta información.

—El Recolector de Almas es ciego en todo lo que se refiere a la vista tal y como la entendemos nosotros. Sólo ve almas y todos sus diversos matices. Los del monasterio no tenemos alma en el sentido que lo entiendes tú. Sólo la Llave y el Vigilante tienen alma, para que el Recolector de Almas sepa dónde está la puerta de su prisión.

—¿Cómo luchamos contra él?

—Primero debes encontrar a tu guerrera. Yo te puedo ayudar en eso. Debéis luchar contra él en su propio dominio.

—¿Por qué dices que yo soy la Llave?

—Tú tienes la otra mitad del alma de la guerrera.

Gabrielle lo sabía: el agudo dolor que sentía por dentro confirmaba las palabras del monje. Asintiendo pensativa, preguntó:

—¿Cómo puedo ayudar?

Kanaris sonrió.

—Coge mis manos.

El monje le tendió las manos. Gabrielle las cogió.

Por un instante sólo sintió la piel lisa y los ligeros callos obtenidos tras pasar largas horas con una pluma. Luego empezó la sensación de ardor, como cuando le cogió las manos antes de subir a la montaña, sólo que ahora era mucho más intensa. Con las manos sumergidas en chorros de fuego líquido, Gabrielle gritó de dolor al tiempo que una luz brillante empezaba a salir flotando del cuerpo de la postrada guerrera. Gabrielle empezó a sentir que su espíritu se separaba de su cuerpo y que el peso desaparecía limpiamente para sentirse más ligera que una pluma.

Encantada con la maravillosa sensación, apenas consciente del dolor de sus manos, no estaba preparada en absoluto para la repentina succión hacia delante y hacia abajo con que fue arrancada de la existencia. Torbellinos de colores inundaban sus sentidos, un caleidoscopio de imágenes y una imparable y continua fuerza que tiraba de ella hacia abajo. Con la mente en un puro caos, sintió que estaba a punto de tener una sobrecarga sensorial y una vez más empezó a perder el conocimiento.

Cuando se despertó, no abrió los ojos de inmediato. Estaba echada sobre una superficie cálida, unos brazos fuertes la sujetaban y se permitió bañar sus sentidos en la maravillosa sensación de la otra mitad de su alma, a quien nunca había creído volver a ver. El miedo y el vacío empezaron a filtrarse de nuevo en su conciencia, al tiempo que rechazaba la prueba de sus sentidos, acallando implacablemente la idea de que su amada guerrera estuviera con ella. Xena ya no estaba y su tarea era encontrarla, junto con un modo de traerla de vuelta.

—¿Gabrielle? —preguntó la voz titubeante de una mujer—. ¿Cómo demonios... ?

La pregunta no llegó a completarse porque la alegre bardo se levantó tambaleándose, sin hacer caso de su tremendo dolor de cabeza, y le echó los brazos al cuello a la guerrera, estrechándola con fuerza. La bardo tenía una dulce sonrisa en la cara al aspirar profundamente el olor de la guerrera, la esencia salvaje que sólo podía ser Xena.

—Xena —suspiró—. Creía que te había perdido.

Xena sonrió con ternura, sin defensas. En ese momento, la bardo levantó la mirada, desesperada por ver a la que creía haber perdido para siempre. Los cristalinos ojos azules no tenían barreras: toda la emoción que normalmente ocultaba asomaba desnuda y deslumbrante. Se sonrojó y carraspeó, bajando la cabeza, sabiendo todo lo que le había sido revelado a la bardo.

La bardo levantó con mucha delicadeza la cara de la guerrera, hasta que se miraron de frente, y sus ojos de color verde esmeralda relucían.

—Ya es un poco tarde para eso, ¿no crees? —preguntó suavemente—. No pasa nada. Hablaremos de ello más tarde.

Xena recuperó la sonrisa.

—Está bien —dijo en voz baja y abrazó a la bardo. Poco después, volvió a hablar—. ¿Qué haces aquí, Gabrielle?

—El Guardián de las Llaves me ha enviado a buscarte —replicó la bardo, volviendo a mirar el azul puro de los ojos de la guerrera.

—¿Cómo está Kanaris? —preguntó Xena.

—Está bien. —Gabrielle hizo una pausa y luego se ruborizó—. Ahora que te he encontrado, ¿qué hacemos?

—Buscar al Recolector de Almas y destruirlo —replicó la guerrera con frialdad, mirando hacia dentro, con los ojos como puntas de hielo azul. Gabrielle se encogió por dentro.

—¿Qué es el Recolector de Almas? Bueno, más o menos lo sé por su nombre. ¿Pero qué es lo que hace, exactamente?

—Recolecta almas —respondió la guerrera, con una ligera sonrisa en la comisura de los labios. La bardo suspiró.

—Gracias, sé que me lo he buscado. ¿Por qué recolecta almas? ¿Y por qué persigue la tuya, exactamente?

—Yo ayudé a Kanaris hace mucho tiempo —dijo la guerrera en voz baja—. Creo que eso ya te lo ha contado. El Recolector de Almas es la fuerza más destructiva que se conoce. Se lleva las almas y las guarda en algún sitio, sólo el Guardián de las Llaves sabe dónde. Normalmente está encerrado en la misma prisión donde guarda las almas y normalmente la prisión está vacía, pero cuando sale... la prisión se llena. Kanaris y yo lo atrapamos la última vez que salió y tenía la Llave de su prisión. Se ha escapado.

—Debemos de estar en esa prisión —dijo la bardo pensativa.

—Pues no, no exactamente —dijo la guerrera—. Yo estoy en la prisión, pero tú no.

—¿Entonces dónde estamos?

—Kanaris ha abierto la prisión y me ha dejado salir, pero no lo bastante lejos como para que pueda volver a mi cuerpo. Así que nos hemos reunido a medio camino.

Gabrielle frunció el ceño. No le importaba dónde se reunieran: por fin tenía con ella a una princesa guerrera aparentemente de carne y hueso y bien viva. Volvían a estar juntas. Como si oyera los pensamientos de la bardo, la guerrera sacudió la cabeza.

—No es tan sencillo. Estamos aquí para luchar contra él. Si una de las dos muere aquí, permanecerá muerta.

Gabrielle la miró, alarmada.

—Pero yo no quiero que tú...

La guerrera colocó un dedo sobre los labios de la bardo, haciéndola callar.

—Shhh, tranquila, ya sé que no, créeme, yo tampoco quiero que me hagan daño. No te preocupes, puedo cuidar de mí misma. Pero Gabrielle, si mi muerte supone el fin de esa cosa, lo haré de buen grado.

Las palabras de Xena no le servían de consuelo, y la bardo recordó la promesa que le había hecho la guerrera una vez: Incluso en la muerte, jamás te abandonaré.

Decidiendo confiar totalmente en Xena, como siempre había hecho, la bardo miró profundamente a los ojos de la guerrera y dijo:

—Entonces vamos a buscar a ese hijo de bacante.

Xena estalló en carcajadas.

Viajaron juntas como siempre lo habían hecho, pero no fue durante mucho tiempo. En el paisaje onírico en el que se encontraban, las distancias no eran las mismas que en el mundo físico. De modo que se tardaba horas en cruzar una corta distancia y minutos en recorrer leguas enteras. Caminaban la una al lado de la otra, temerosas de tocarse, cada una encerrada en sus propios pensamientos, en los que el alivio al encontrarse superaba casi todo lo demás, pero una preocupación constante por la batalla que se avecinaba les pesaba mucho en la mente, mientras buscaban al Recolector de Almas.

Y por fin, encontraron a ese ser.

En una cueva conocida para la bardo, uno de sus sitios preferidos de infancia.

Gabrielle, si mi muerte supone el fin de esa cosa, lo haré de buen grado.

Las palabras resonaron en la mente agotada de la bardo. Se arrodilló, con los ojos fijos, sin ver, incapaces de penetrar la negrura del aire que la rodeaba. Sin saber nada, las palabras reverberaron en la mente de la bardo.

Gabrielle, si mi muerte supone el fin de esa cosa, lo haré de buen grado.

Su muerte.

La muerte de Xena.

Gabrielle sabía que su vida se detendría con la muerte de la guerrera, y así había sido. Se había quedado sentada largo rato en el suelo rocoso y polvoriento de la cueva, a la vacilante luz de la antorcha, viendo la sangre, toda la sangre, la cara de la guerrera en apacible reposo, la preocupación, el amor, la rabia, la travesura borrados para siempre del juvenil rostro. El cuerpo antes fuerte yacía relajado en la muerte.

Incluso en la muerte, jamás te abandonaré.

Pero lo había hecho.

La batalla final había sido tan... poco dramática. Habían encontrado a un ser de poderes increíbles, imparable, que ganaba seguidores por donde pasaba, seres sin mente que ya no eran capaces de pensar o sentir por sí mismos, salvo a través del poder del ser.

Xena y Gabrielle se habían dispuesto a presentar batalla, la bardo con el corazón en un puño, como siempre que Xena se plantaba directamente ante el peligro. Ahora ese miedo se había hecho realidad y Xena estaba muerta.

Habían entrado en la cueva y Xena había llamado al ser para que se mostrara, desenvainando la espada, con los ojos azules como puntas de hielo, sus sentidos de guerrera en plena alerta. Salido de la nada, un rayo alcanzó a la guerrera y unas llamas de energía la envolvieron en un puro resplandor dorado, inundando hasta el último rincón de la cueva iluminada por la antorcha vacilante, ahuyentando todas las sombras.

La guerrera se quedó rígida, sin poder evitar los espasmos musculares, los ojos abiertos de par en par por la sorpresa, y entonces la descarga de energía cesó de repente.

Los ojos de la bardo se esforzaron por adaptarse a la súbita pérdida de luz y, lagrimeando, avanzó a trompicones hasta llegar a Xena. Ésta se había mantenido erguida apenas un momento, dejando caer a un lado la espada, que cayó al suelo de la cueva con un sordo ruido metálico, antes de que ella misma cayera despacio de rodillas y acabara desplomándose en el suelo. Investigando con los dedos, Gabrielle palpó las facciones de la guerrera, mientras su expresión se iba derrumbando, al sentir el profundo dolor en el alma, sabiendo que Xena había muerto.

No hubo tiempo de decir nada, no hubo tiempo de expresar lo que sentía en el corazón, sólo silencio y desesperación. La figura, que no se había movido, contemplaba a la bardo y a la guerrera caída, sus contornos difusos a la luz vacilante, y luego se dirigió a sus asuntos, pasando ante ellas con un desprecio insultante.

Demasiado conmocionada para moverse, Gabrielle se quedó allí sentada, con la cabeza de la guerrera acomodada en el regazo, como sólo sus sueños se habían atrevido a enseñarle que era posible.

Gabrielle no había tenido la oportunidad de decírselo.

Todo había acabado.

Había pasado tanto tiempo que las antorchas por fin se consumieron y se fueron apagando una a una, hasta que Gabrielle se quedó sentada en la oscuridad total, con el alma casi destruida, con un dolor tan hondo que hasta el movimiento le resultaba imposible. Su mente ya no funcionaba, incapaz de ver más allá de la sangre de la guerrera y el dolor de su alma.

Ya no tenía voluntad de vivir, sólo un profundo y desconcertante anhelo de seguir a Xena.

Lo haría.

Incluso en la muerte, jamás te abandonaré.

Gabrielle, si mi muerte supone el fin de esa cosa, lo haré.

Pero su muerte no había supuesto el fin del mal.

Sólo era el principio.


PARTE 2

La bardo terminaría lo que había empezado la guerrera.

Con el único propósito de librar al mundo del mal que había en él y de reunirse con su amiga y posible amante una vez más, Gabrielle posó los labios suavemente en la frente helada, dejándolos ahí, tratando de absorber el último vestigio de la esencia de una guerrera a la que había amado, y todavía amaba, tan profundamente, la que había compartido su vida durante un período de tiempo tan breve.

Envejecer con la guerrera nunca había entrado dentro de lo posible, eso lo sabía, pero de algún modo, en el fondo de su corazón, nunca lo había creído de verdad, pensando que siempre conseguirían correr más que el diablo y nunca se quedarían sin aliento.

Pero jamás sería así.

Xena estaba muerta.

Su guerrera estaba muerta.

Colocó con cuidado la cabeza de la guerrera caída sobre el polvo.

—Nunca te olvidaré —dijo la bardo en voz baja, con ojos carentes de vida—. Si mi muerte supone el fin de esa cosa, lo haré de buen grado. Adiós.

Armándose de valor, se arrodilló en la tierra herida y levantó la larga y fría espada que había pertenecido a uno de los más grandes señores de la guerra de toda Grecia. Notó el peso al que no estaba acostumbrada y probó a blandirla, aprendiendo el peso y el equilibrio del arma tan bien forjada.

Enderezando los hombros, con los ojos de esmeralda, que antes resplandecían, ahora carentes de emoción, se alejó despacio y con firmeza de la guerrera, resistiendo la tentación de mirar atrás, cada paso una torturada despedida del lugar donde su alma yacía en ruinas, hasta abandonar despacio la lúgubre cueva.

Una vez fuera, olfateó el aire en la negrura del día: un hedor frío y acre flotaba suavemente a su alrededor procedente de la tierra asolada.

Donde antes todo vibraba de vida y la gente inocente se ocupaba de sus tareas diarias como lo había hecho durante innumerables siglos, ahora había una ruina retorcida y abrasada que cubría el paisaje hasta donde alcanzaba la imaginación, alzándose hacia el negro cielo en posturas torturadas de agonía infinita. El fuego, la peste y el sufrimiento se habían apoderado del mundo, arrasándolo todo de un brutal golpe. No se veía nada en la impenetrable negrura, pero la dulce bardo, que procedía de una aldea no muy lejos de aquí, sabía lo que encontraría a su alrededor: los cuerpos hinchados, pudriéndose en el suelo en posturas de muerte antinatural, todos y cada uno de ellos testamento de su atormentado final, con las manos alzadas al cielo rogando una clemencia que nunca se vería en el cruel rostro del nuevo amo de la Tierra.

Gabrielle, si mi muerte supone el fin de esa cosa, lo haré de buen grado.

Pero al final, la muerte de Xena no había significado nada.

Y ahora no había forma de pararlo.

La bardo lo iba a intentar.

Durante tiempo inmemorial, la bardo guerrera caminó por la faz de la tierra estéril, buscando al ser que le había hecho esto a su plano mortal. Jamás encontró otro ser vivo, pues todos habían sido destruidos, salvo ella. El día y la noche no se diferenciaban, ya que la negra oscuridad era impenetrable. Buscó a lo largo y ancho del mundo, elevando silenciosas plegarias a los dioses que habían vivido y jugado en lo que era su creación. A todas sus preguntas, los inmortales no daban respuesta alguna, pues todos se habían convertido en polvo mucho antes de que la guerrera levantara la espada para acallar para siempre al ser que había causado tanta desolación en la tierra destruida.

Cada día el alma mutilada de la bardo seguía separada de su otra mitad, para no volver a unirse a ella jamás. Le dolía el corazón, y durante eones anheló la muerte que le haría ocupar el lugar que le correspondía junto a la guerrera, pues no conocía la destrucción de los Campos Elíseos.

Cuando hubo recorrido la tierra entera, desolada, rezando por su amada, regresó a la cueva y elevó una plegaria a cualquier dios que quisiera escucharla.

Debo acabar con esto. Mi amada guerrera...

Te oigo.

La bardo se quedó pasmada: nunca había oído a ninguna otra alma, viva, muerta o inmortal.

¿Quién eres?

En su mente tembló una imagen. Un hombre alto, musculoso y calvo, cuyas manos sostenían reverentemente una bola de cristal, joven, fuerte, vital. Soy el vidente Karmen.

La bardo se inclinó con respeto, sin saber qué era lo que había provocado este gesto.

Encantada, se oyó decir a sí misma. ¿Dónde está mi guerrera?

De repente, una frase pasó por su mente hechizada.

Gabrielle, si mi muerte supone el fin de esa cosa, lo haré de buen grado.

Incluso en la muerte, jamás te abandonaré.

Se ha ido. La mente de la bardo se llenó de tristeza, dolor, rechazo, anhelo.

No se ha ido. El Recolector de Almas anda suelto.

¿Quién es el Recolector de Almas?

Es un ser imposible de ver y conocer. No necesitas conocer su naturaleza para encontrarlo. Arrodíllate.

Gabrielle se arrodilló, con la cabeza inclinada en señal de respeto, la punta de la espada que siempre llevaba encima clavada en la tierra, las manos apoyadas relajadamente en la empuñadura, como lo había hecho su amada hacía tanto tiempo. Estoy preparada.

¿Lo estás?

Sintió una punzada de impaciencia. Sabía que Xena estaba viva, Karmen así se lo había dicho. La carrera para reunirse con la otra mitad de su alma estaba por encima de cualquier otra consideración. Incluso en la muerte, jamás te abandonare, prometió en silencio a su guerrera.

¡Que así sea!

De repente, Gabrielle se encontró de pie, flotando justo por encima de la áspera superficie del suelo de la cueva, incapaz de penetrar la densa e implacable oscuridad que había a su alrededor. Una vez en las profundidades de la cueva, su corazón volvió a sangrar de nuevo cuando se reunió con los restos mortales de su amada, convertidos en polvo hacía mucho tiempo.

Hubo un brillo dorado en el suelo de la cueva y el contorno de la guerrera, al principio transparente, luego de un brillante resplandor, se formó en el suelo. Una vez más, se encendió una chispa de vida en los tristes ojos verde esmeralda. Privado del amor de una guerrera durante tanto tiempo, el corazón de una bardo suspiró de alivio cuando la bella cara volvió a formarse ante ella, dando a la guerrera caída un parecido con la vida con la que en tiempos resplandecía con tanta brillantez.

¿Qué debo hacer?

La tiene el Recolector de Almas, dijo el vidente Karmen, con voz profunda, tranquila y melódica. Debes liberarla a ella y a todas las demás almas que ha robado.

¿Cómo voy a hacer eso?

Eres bardo, no guerrera.

Gabrielle se miró a sí misma. En sus manos, cubiertas de sangre, vio la espada. Llevaba tanto tiempo sujetándola que había llegado a ser parte de sí misma. Con los ojos llenos de lágrimas, volvió a sentirse desamparada, llena de un profundo dolor por su amada, una mujer que nunca la había abandonado, a quien nunca podría volver a ver en vida.

Suelta la espada.

Cada fibra de su alma lloraba de agonía, ardiendo en deseos de volver a estar junto a su guerrera.

No puedo.

Entonces no puedes recuperarla.

La pequeña mano de Gabrielle aferró la hoja de la espada, sin hacer caso cuando la fría hoja le hizo un profundo corte en la carne, y tiró de la espada, haciendo que la sangre corriera libremente cuando por fin se soltó de su mano, destrozando músculos y huesos al pasar. Derramando abundantes lágrimas de sus ojos atormentados, se agarró la mano y cayó de rodillas, con tanto dolor en el alma por su guerrera perdida que no podía sentir su propio dolor físico.

Ya está.

Con esas palabras, el vidente Karmen la dejó y ella volvió a ser lo que había sido eones atrás: una joven acurrucada en el suelo de una cueva, con el alma en pena, cuyo llanto desolado resultaba terrible de oír mientras aferraba el cuerpo de la mujer a la que quería más que a la vida misma. Destrozada, no oyó cómo se acercaba el Recolector de Almas, que se había llevado a su amada hacía tanto tiempo.

Gabrielle, empezó la voz fría, implacable, inhumana. He venido por ti.

—¡Llévame! —gritó ella, estrechando el cuerpo roto de Xena—. ¡Ya no me importa!

Como desees.

De repente, el tiempo se deshizo y volvieron a la cueva tal y como era hacía tanto tiempo, cuando las dos entraron en ella con la intención de matar a aquel ser.

Xena se plantó bien alta y erguida, sacando la espada, atravesando con los ojos las sombras que envolvían al ser.

—¡NO! XENA! —gritó la bardo, con un alivio tan grande al ver a su guerrera de nuevo viva que no podía dejar de llorar. Era una voz cargada de dolor y pérdida, y la agonía de una separación de milenios de su antigua guerrera hizo que tropezara, pero con todo tuvo fuerzas para aferrarse a su guerrera.

Los ojos azules, distraídos por un instante, absorbieron la imagen de la bardo desolada. El desgarro que había sentido en su propia alma oscura reflejaba el dolor que había en los ojos de la bardo.

—¿Qué? —preguntó, sorprendida, al tiempo que su espada vacilaba al desviar su atención del ser.

Sin pensar, incapaz de hablar, con un deseo de tocar a la guerrera tan fuerte, la bardo no era consciente más que del sentido del tacto cuando se lanzó a los brazos de la sorprendida guerrera.

Xena estrechó instintivamente a la bardo, sintiendo una creciente desesperación que le pesaba sobre los anchos hombros al saber que había perdido el elemento crucial de la sorpresa en la batalla contra el Recolector de Almas.

—Oh, no, Gabrielle —gimió la guerrera en voz baja—. El Recolector...

El ser las miraba, y mientras la guerrera estaba distraída con la anhelada reunión con la bardo, alzó la mano y las dos quedaron rodeadas por un puro resplandor dorado.

—No —dijo la guerrera, mientras la agonía le atravesaba el cuerpo, con los ojos capturados por el verde esmeralda de la bardo, que resplandecía de puro amor.

—No —dijo la bardo, acunando a Xena entre sus brazos—. Déjate ir.

El dolor se multiplicó por mil y luego las dos se quedaron rígidas por el ataque, desplomándose en el suelo en una agonía sin palabras, privadas por fin de todo vestigio de vida.

La figura se dirigió a sus asuntos, pasando ante ellas con insultante desprecio.

Gabrielle volvió de golpe a su cuerpo con un violento sobresalto.

Se irguió, desorientada, y miró con los ojos desorbitados al sorprendido monje, alargando los brazos y mirando sus manos, la estancia, absorbiéndolo todo como una sensación cruda, incapaz de procesar lo que estaba viendo. Sus ojos se posaron en la forma inmóvil de la guerrera caída y se echó a llorar.

Una agonía inexpresable se apoderó de ella y se tapó los ojos mientras le caían las lágrimas y sus lamentos de desesperación eran una tortura de ver. Sin decir nada, Kanaris se inclinó y tomó a la desolada mujer entre sus brazos, sabiendo que el consuelo que le daba sólo era un susurro de lo que debería haber sido.

—Gabrielle —empezó—. ¿Encontraste a Xena?

—La encontré —consiguió decir la bardo a duras penas—. ¡Y la mató! ¡LA MATÓ!

El grito fue un puro alarido de rabia por estar separada de su otra mitad.

—No creo que esté muerta —empezó despacio el monje, tratando de calmar a la bardo—. Creo que sólo la ha vuelto a encerrar en la prisión.

—Tú lo has visto —dijo la bardo cuando fue capaz de volver a hablar—. ¿Qué tenemos que hacer para luchar contra él?

—Tú eres la Llave, Gabrielle —dijo el Guardián de las Llaves despacio—. Su derrota está en ti.

La bardo le echó una mirada furibunda de acusación.

—No dejas de decir eso, ¿pero cómo es que soy la Llave?

—Compartes la mitad del alma de la guerrera. Ella no puede derrotar al Recolector sin ti.

—Ahora eso ya lo sé —replicó la bardo.

—El Recolector de Almas se ha escapado de su prisión porque la Llave ha desaparecido. Se la ha llevado el Vigilante. Ahora sólo están ellos dos en la Puerta. El Vigilante debe cerrar la Puerta.

Gabrielle se echó hacia atrás sobresaltada cuando su mente percibió un indicio de comprensión.

—¿Cómo te has escapado de la prisión del Recolector? —preguntó el monje con calma.

Gabrielle no hizo caso de la pregunta, concentrándose en cambio en la experiencia que había tenido en el paisaje onírico. El camino de Xena, el camino del guerrero, no lo había derrotado; tampoco el camino de la paz, el camino de Gabrielle.

—¿No podemos destruirlo? —preguntó despacio—. Eso lo sabes... tú mismo eres una faceta del Recolector de Almas. ¿Qué quieres de mí?

—Quiero volver a encerrarlo —respondió el monje con calma, al tiempo que sus ojos soltaban destellos de oscura sabiduría—. Tú eres la Llave. ¿Cómo escapaste de la prisión del Recolector, Gabrielle?

Para eso no había respuesta.

—Tengo que hablar con Xena. ¿Puedes volver a sacarla de la prisión?

El monje frunció el ceño.

—No estoy seguro.

—¡Inténtalo! —le instó la bardo, echándose hacia delante, con ardientes ojos de verde esmeralda.

Kanaris se la quedó mirando fija y profundamente durante largo tiempo. Gabrielle se sintió desnuda bajo su mirada, con sus ojos clavados en su media alma. No desvió la vista y su dulce mirada verde no vaciló.

—Lo intentaré —dijo él por fin y alargó despacio las manos.

Ella las cogió con firmeza, preparada esta vez para la sensación de fuego que casi la había destruido. Esta vez no presenció el espectáculo del universo sangrante, pues se desmayó mucho antes de que ocurriera.

De nuevo se encontró en el claro, pero esta vez no había ninguna guerrera, y sintió una profunda desesperación. Se dejó caer de rodillas y pensó en lo que debía hacer a continuación.

Una ligera brisa empezó a soplar por el claro, agitando suavemente el pelo dorado de la bardo y trayendo consigo un delicado y conocido olor. Levantando la mirada con esperanza, la bardo vio el contorno fantasmal de la guerrera contra la oscuridad de los árboles del otro lado. Poniéndose de pie con esfuerzo, la bardo se acercó a trompicones hasta la figura que ganaba solidez rápidamente.

Abalanzándose, Gabrielle atrapó el cuerpo debilitado de Xena, que sacudía ligeramente la cabeza como para despejarla. Estrechó a la guerrera entre sus brazos, sujetándola con firmeza, recreándose en la sensación del fuerte cuerpo.

—Xena —dijo en voz baja, la pregunta evidente en su tono.

—Estoy bien —dijo la guerrera despacio, suavemente—. ¿Qué haces aquí otra vez?

—Tengo que hablar contigo —dijo la bardo con tono de apremio—. Kanaris me ha dicho que me he escapado de la prisión del Recolector. ¿Es eso cierto?

—No lo sé —contestó la guerrera—. ¿Qué más te ha dicho?

—No para de decirme que yo soy la Llave, sea lo que sea eso.

—¿Tú eres la Llave? —preguntó Xena despacio, incrédula.

—Xena —dijo la bardo, con claro tono de urgencia—. ¿Qué quiere decir eso?

—Significa exactamente eso, que eres la Llave de la Puerta.

Gabrielle estuvo a punto de ponerse a gritar de frustración.

—Por los dioses, Xena, ¿qué se supone que quiere decir eso?

De repente, una fría brisa de carroña atravesó el claro.

—Quiere decir que es demasiado tarde —murmuró la guerrera, irguiéndose y abrazando a la bardo—. Por favor, no me dejes, Gabrielle.

—Jamás te dejaré —dijo la bardo, mirando a los torturados ojos azules de la guerrera al tiempo que la desesperación y el amor brillaban claramente a través de los suyos. Gabrielle se sintió caer por dentro, precipitándose sin control.

—¿Quién eres tú? —preguntó, con una intuición horrorizada.

La guerrera quería a la bardo con todo su corazón y toda su alma. Había luchado tanto tiempo por encontrar a la otra mitad de su alma, se había conformado con la amistad, pero ahora había descubierto que el amor oculto que sentía por la tierna bardo le era correspondido total y apasionadamente. ¿Sería esto el final?

—Yo soy el Vigilante —dijo en voz baja, con la cabeza gacha, preparándose para la condena.

—Xena —dijo la bardo suavemente, levantando la cabeza de la guerrera para que pudieran mirarse a los ojos—. Te quiero con todo mi corazón y toda mi alma. Jamás nos separaremos.

Los ojos azules celestes irradiaron una dulce calidez, revelando lo que la avezada guerrera era en realidad: una joven profundamente enamorada. Poco a poco la brisa se fue transformando en un viento que aullaba a medida que se acercaba el Recolector de Almas, destruyendo todo a su paso, pero la bardo y la guerrera permanecían inmóviles mientras les revolvía el pelo y la ropa. Imparables, se unieron en un profundo y sentido beso.

Un grito hondo e inhumano resonó por el yermo, aumentando gradualmente de fuerza y poder, mientras las dos amantes, sin prestar atención, seguían explorándose dulcemente la una a la otra.

—¡¡¡¡NOOOOOO!!!! —gritó el Recolector de Almas—. ¡No puede ser! ¡El Vigilante nunca debe tener la Llave! ¡NO!

Un millón de almas atormentadas gritó su agonía en el paisaje onírico, aullando y rechinando los dientes. Debajo sonaba una corriente subterránea de alegría, que iba cobrando fuerza, al desencadenarse una magia indómita.

El viento aullaba, la tierra se estremecía y una luz cegadora salió disparada al cielo oscuro del paisaje onírico de las amantes, mientras éstas proseguían su reunión de siglos pasados. Cuando las amantes por fin cortaron el beso, el silencio se apoderó del cielo.

—La Puerta se ha abierto —dijo Gabrielle suavemente, mirando a los cristalinos ojos azules de Xena y viendo todo el amor que había sentido durante siglos reflejado en la pura mirada—. Las almas son libres.

—El Recolector de Almas no regresará jamás.

Con esas palabras, el suelo bajo sus pies empezó a moverse y Xena susurró palabras tranquilizadoras a su amante mientras el suelo se deslizaba debajo de ellas. El fantasma de sus fuertes brazos siguió estrechando a la bardo mientras caían en la aniquilación.

Gabrielle se despertó sobresaltada, consciente de inmediato del dolor punzante que tenía en la espalda. Se alarmó y se sentó bruscamente, buscando a Xena.

Al otro lado de la ruina que era su campamento, yacía la forma inmóvil de la guerrera, al parecer sumida en la quietud de la muerte.

—Oh, no —gimió la bardo, poniéndose de pie con esfuerzo, sin prestar atención a las piedras puntiagudas y las astillas, los objetos diseminados, mientras se acercaba tropezando a la figura tumbada—. Xena —dijo suavemente, esforzándose por dar la vuelta al cuerpo de su guerrera.

—Ah —dijo la guerrera en voz baja, mientras sus músculos relajados volvían a afirmarse e iba recobrando el sentido. Con los ojos azules desenfocados, miró a la bardo, que poco a poco iba cobrando forma ante su vista—. ¿Gabrielle?

La bardo no esperó: ya era bastante. Se lanzó a los brazos de la guerrera, llorando, besándole el cuello con ternura.

—Estás viva —dijo.

—Así es —dijo la guerrera dulcemente, abrazando a la bardo. Cuando las lágrimas corrieron un rato y por fin se calmaron, Xena alzó con delicadeza la cara de Gabrielle con un largo dedo índice y agachó la cabeza, apoderándose de los labios de la bardo. Gabrielle no lo dudó y le devolvió el beso apasionadamente.

—Xena —dijo cuando pararon para tomar aire, ambas con el corazón desbocado—. Te quiero. No me vuelvas a hacer esto.

La sonrisa de la guerrera fue respuesta suficiente, y empezaron a besarse de nuevo.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
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