Contra la muerte de la luz

Erin



Descargos: Los personajes de Xena, Gabrielle, etc. pertenecen a Renaissance Pictures, Studios USA y a cualquier otra persona que las posea en propiedad. Yo sólo las tomo prestadas un ratito, pero prometo devolverlas en mejor estado que cuando las encontré. El título de este relato está sacado de un poema de Dylan Thomas.
Violencia: Muy poca, aunque la verdad es que no sería Xena si no hubiera algún que otro puñetazo.
Subtexto: Sí. Sin embargo, no hay nada gráfico en absoluto.

Título original: Against the Dying of the Light. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


No te adentres sumiso en esa buena noche.
Rabia, rabia contra la muerte de la luz.
—Dylan Thomas

Xena se despertó sola en un lugar desconocido, sin saber si estaba viva o muerta. Estaba rodeada de una nada absoluta. No había luz. No había ruido. No había sensación de algo sólido bajo los pies. Sólo un vacío que la dejó helada hasta lo más profundo del alma. Intentó gritar, desesperada por romper el agobiante silencio, pero de su garganta no salió nada. De hecho, no estaba del todo segura de que hubiera abierto la boca siquiera.

Le entró pánico y se le puso un nudo en el estómago. ¿Acaso su destino consistía en pasar la eternidad en este vacío? Entonces, poco a poco, el velo de la oscuridad se fue levantando, dando paso a una niebla blanca y arremolinada que se aferraba al cuerpo de la guerrera. Xena se fue girando despacio, observando el entorno que ahora era visible. Unos espesos y lentos tentáculos de vapor le impedían ver más allá de unos pocos pasos en cualquier dirección. Sus claros ojos azules se estrecharon al oír el viento que se movía a su lado. Le parecía que no estaba sola. De repente, al tiempo que sus sentidos recién despertados se aguzaban, Xena se dio cuenta de que no era el viento lo que oía. Más bien era el susurro incesante de miles de almas.

—Bueno, pues eso responde a una pregunta —dijo Xena en voz alta, añadiendo su voz a la multitud—. Parece que sigo muerta.

Cerró un momento los ojos, recordando los hechos que habían llevado a su muerte prematura. El fantasma de una antigua amiga la había llamado a Japón, y aunque Akemi nunca se lo había dicho, la chica hizo creer a Xena que tenía que sacrificarse para salvar a las 40.000 almas a las que había condenado sin querer tantos años atrás. De modo que Xena cruzó un océano y permitió que un samurai le quitara la vida para poder derrotar a Yodoshi, el devorador de almas. Pensó en el combate final en las laderas del Monte Fuji. Abrió los ojos de golpe. Gabrielle. ¿Dónde estaba Gabrielle? Tenía que averiguar qué había sido de su amada compañera.

Irguiendo los hombros con decisión, echó a andar, deslizándose sin hacer ruido por el suelo al abrirse camino a través de la densa niebla. A su alrededor, el susurro sibilante subía y bajaba y, a veces, sus sensibles oídos captaban un alarido atormentado. De vez en cuando, unos dedos fantasmales le rozaban la piel, pero Xena se limitaba a apartarlos y seguir adelante inexorable.

Aflojó el paso al sentirse atravesada por una sensación conocida, al tiempo que el aire crepitaba y vibraba a su alrededor. Se quedó mirando con desconfianza, esperando. Conocía esta sensación demasiado bien.

—Ares —bufó entre dientes, clavando una mirada irritada en el dios de la guerra cuando éste apareció con un destello deslumbrante.

Él le sonrió, destilando encanto poco sincero.

—Ay, ay, ay. Mira lo que has hecho. Vas y te dejas matar y dejas solita a la pobre Gabrielle. Alguien va a tener que cuidar de ella, ahora que no estás.

Ares siempre sabía cómo desquiciar a Xena, y esta vez no fue una excepción. Avanzó hacia él, apretando y abriendo los puños por reflejo.

—Tú ni te acerques a Gabrielle —le advirtió Xena con tono amenazador.

Ares soltó una carcajada burlona.

—¿O qué? ¿Me vas a matar? Entérate, nena. Perdiste ese don cuando intentaste ahogar a Miguel, ¿no te acuerdas? —Su rostro se contrajo con una mueca de desprecio—. Aquí, en el mundo entre mundos, no tienes poder —le informó el dios muy ufano antes de desaparecer con otro estallido de luz.

La mente de Xena daba vueltas. Había oído hablar de este sitio, el mundo entre mundos. No era ni el Tártaro ni los Campos Elíseos, ni el cielo ni el infierno. Era un lugar donde las almas perdidas vagaban en el limbo para toda la eternidad. ¿Por qué había acabado aquí? ¿Por qué no había cruzado? Ya se había enfrentado a la muerte en dos ocasiones, y las dos veces había cruzado al otro lado. ¿Qué se lo impedía ahora?

Como si respondiera, el aire se agitó a su alrededor, creando una pequeña grieta en la capa de niebla que la envolvía. Xena se acercó a la abertura y atisbó con curiosidad. Se le cortó la respiración al ver a una solitaria figura de pie en la cubierta de un barco.

—Gabrielle —susurró.

Gabrielle estaba apoyada en la borda del veloz barco y contemplaba sin ver el agua de debajo. En las manos tenía un pequeño recipiente de cerámica, que acariciaba amorosamente, sin darse cuenta. Era lo único que le quedaba de quien había sido su mejor amiga y el amor de su vida... eso y el reluciente círculo metálico que le colgaba del cinto. Xena se había ido. Los labios de Gabrielle susurraron las palabras, al tiempo que su corazón se negaba a creer lo que su mente ya sabía.

Irguió los hombros, haciendo una mueca cuando la ropa le rozó el tatuaje aún reciente que le cubría la espalda. Al oeste, el sol se estaba poniendo y el cielo resplandecía con tonos ardientes de morado y naranja. Era un espectáculo bellísimo que normalmente habría inspirado a la bardo que llevaba dentro. Pero hoy, Gabrielle no sentía nada, salvo una dolorosa soledad que le hacía trizas el corazón. Alzó la cara hacia la luz agonizante y de sus ojos firmemente cerrados se escaparon lágrimas que cayeron sin trabas por sus mejillas.

—Dicen que los muertos pueden oír tus pensamientos. ¿Tú oyes los míos, Xena? Sólo ha pasado un día, pero ya me siento perdidísima. Es como si me faltara la mitad del alma. ¿Me oyes?

Desde su extraña e invisible atalaya, Xena alargó una mano hacia su deshecha alma gemela. El aire pareció estremecerse ligeramente cuando una barrera invisible bloqueó su gesto de consuelo. Rechinando los dientes y gruñendo de frustración, Xena la golpeó con los puños. No era justo. Gabrielle daba la impresión de estar a apenas unos metros de distancia, y lo único que quería hacer Xena era estrechar a la joven entre sus brazos y decirle que todo se iba a arreglar.

—Gabrielle, estoy aquí. Te oigo —dijo Xena, con la esperanza de que su amiga notara su presencia de algún modo.

Gabrielle sofocó una exclamación cuando una sensación cálida y cosquilleante le acarició la piel, haciendo que los pelillos de los brazos y la nuca se le pusieran de punta. Frunciendo un poco el ceño, se mordisqueó el labio inferior y examinó la extraña sensación. Era casi como... Xena. Sacudió la cabeza enfadada.

—Cálmate, Gabrielle. Está muerta. Tú misma prendiste la pira funeraria, ¿recuerdas? —murmuró Gabrielle malhumorada, lo cual le valió unas cuantas miradas curiosas por parte de la tripulación.

Sabía que pensaban que estaba loca. Tal vez fuese cierto. Había subido a su barco justo antes del amanecer, medio muerta casi de agotamiento y pena, y había exigido pasaje hasta Egipto. Ahora tendría que haber estado allí, al lado de Xena, como le correspondía, viva, feliz y profundamente enamorada. En cambio, aquí estaba, sola, atrapada en esta pesadilla que no tenía fin. Se quedó mirando el recipiente que tenía en las manos como si contuviera todas las respuestas. No habían tenido suficiente tiempo para estar juntas. Sus ojos verdes como el mar soltaron un destello de indignación cuando la rabia se acumuló en su interior, y exclamó con amargura:

—¿Por qué, Xena? ¿Por qué me has dejado? ¡No lo entiendo! Tenía que haber otro modo de salvar a esas almas. ¿Por qué elegiste a Akemi en lugar de a mí?

Xena tomó aire bruscamente, herida por las palabras rabiosas de su alma gemela.

—No fue así —intentó explicar, aunque sabía que Gabrielle no podía oírla—. No lo hice por Akemi. Pensaba en el bien supremo. Por eso existen las personas como nosotras, para luchar por los que no pueden luchar por sí mismos.

—Nunca deberíamos haber venido a Japón —dijo Gabrielle, que continuaba con su diatriba—. Ojalá no hubiera hecho lo que me pediste. Tendría que haber echado tus cenizas en el manantial sagrado. Sólo te quiero a ti, Xena, esas 40.000 almas me importan un bledo.

Un brillante destello estuvo a punto de cegarla, y Gabrielle levantó las manos para taparse los ojos. Cuando las bajó, vio ante ella al dios de la guerra, que sonreía con arrogancia. Con un brillo risueño en sus ojos oscuros, Ares meneó la cabeza y agitó un dedo ante ella con falsa desaprobación.

—¡Gabrielle, me escandalizas! ¿Te acabo de oír decir que habrías condenado a todas esas almas inocentes con tal de recuperar a tu cachito de amor? Eso no es nada propio de ti —Ares le sonrió con descaro, mostrando los relucientes dientes blancos.

Asqueada, Gabrielle se dio la vuelta e intentó apartarse, pero Ares volvió a aparecer delante de ella y le puso una mano compasiva en el brazo. Ella se soltó de golpe y lo miró iracunda.

—Vete, Ares. No estoy de humor para aguantar uno de tus juegos.

Ares suspiró y consiguió poner una cara adecuada de tristeza.

—Lo sé. Pero qué tragedia. Yo tampoco me puedo creer que ya no esté. —Levantó la mirada con aire ladino. Gabrielle no lo miraba, y en los ojos del dios de la guerra apareció un brillo depredador—. Sabes, Gabrielle, ella querría que siguieras adelante. Que siguieras sus nobles y sacrificados pasos. Que lucharas por la verdad, la justicia y cualquiera de esas otras ñoñerías por las que lucháis.

Xena hervía de rabia mientras observaba la conversación. Como un tigre enjaulado, se movía de lado a lado ante la pequeña ventana que había entre los dos mundos. Ares se traía otra de sus habituales y desagradables tretas entre manos, eso estaba bien claro. Intentaba que Gabrielle siguiera su camino de destrucción, igual que había manipulado a Xena, a Eva y a tantos otros. Los ojos de Xena se endurecieron hasta convertirse en dos brillantes trozos de hielo azul. Que el Tártaro se la llevara si dejaba que Ares clavara sus garras en Gabrielle.

Ares pareció notar la presencia de Xena. Sus ojos se posaron un instante en un punto situado por encima del hombro de Gabrielle y dio la impresión de mirar directamente a la furiosa guerrera que observaba. Sonrió, gozando del juego. Ares se acercó un poco más a la apenada bardo y tocó el chakram que ésta llevaba colgado de la cadera. Susurró al oído de Gabrielle, con tono suave y seductor:

—Piénsalo, Gabrielle. Piensa en todo el bien que podrías hacer en su nombre.

Gabrielle se estremeció cuando su aliento le acarició la oreja. Una vez plantada la semilla en su mente, Ares se desvaneció, dejándola para que reflexionara sobre lo que había dicho. La luz había desaparecido casi del todo, y una estrecha franja de luna empezaba a subir por el cielo. Gabrielle miró a su alrededor. No parecía que nadie de la tripulación hubiera visto su conversación con el dios. Pasando justo al lado del punto donde su alma gemela observaba, Gabrielle bajó hasta su camarote, donde la esperaba otra larga noche de insomnio. No dormía desde la muerte de Xena: no soportaba la idea de no estar envuelta toda la noche en esos fuertes brazos.

Su camarote era espartano, pues contaba tan sólo con un catre estrecho y una mesita de madera apoyada en la pared de la izquierda. Depositó con cuidado las cenizas de Xena en la mesa y encendió la corta vela que le habían dado. Gabrielle se sentó en el borde de su catre y hundió la cara en las manos, soltando un profundo suspiro. Qué cansada estaba. Demasiado cansada para llorar, demasiado cansada incluso para pensar. Volviéndose de cara a la pared, se acurrucó de lado y se quedó contemplando las sombras danzarinas que se movían por las paredes y el techo del camarote.

—Te quiero, Xena —dijo con tristeza.

En el éter, Xena daba vueltas de un lado a otro. Llevaba un buen rato llamando a Ares, pero el desquiciante dios de la guerra no había aparecido. A su alrededor, el torrente de voces fantasmales seguía subiendo y bajando como las olas, y el ruido empezaba a atacarle los nervios.

—¡Os queréis callar de una vez! —vociferó Xena, y la multitud se calló durante una décima de segundo.

El tono apagado de una voz conocida llegó hasta ella, y ladeó la cabeza, esforzándose por oírlo. Alguien la llamaba.

—Xena —la llamaba Akemi con su aguda voz de niña.

Algo desvaída por los bordes, su figura insustancial apareció ante la sorprendida guerrera. Una manita suave se acercó a la mejilla de Xena y fue como si un fresco soplo de aire le acariciara la cara y le levantara el pelo. Se quedó mirando a Akemi sin dar crédito, preguntándose por qué la chica seguía en este limbo. Akemi tendría que haber cruzado, tendría que haber quedado libre cuando Xena derrotó a Yodoshi.

—Akemi, ¿qué haces aquí? —preguntó Xena.

Una sonrisa iluminó el rostro espectral de la chica.

—He venido a buscarte, Xena. Para llevarte a la eternidad —le dijo Akemi.

Xena meneó la cabeza tristemente. No podía irse, aún no, pues Gabrielle aún la necesitaba. Antes de poder cruzar, tenía que asegurarse de que su amada alma gemela estaba a salvo de las manipulaciones de Ares.

—No puedo —dijo simplemente, encogiéndose de hombros como si no hiciera falta explicar nada más.

El rostro angelical de Akemi hizo un mohín de fastidio y la chica pegó una patada en el suelo con irritación. La niebla se arremolinó, tapándole la vista. Impaciente, hundió la mano en la niebla, agarró el pie de la chica y lo levantó de un tirón para verlo. Akemi gritó e intentó soltarse, pero Xena la sujetó con fuerza. La guerrera se quedó mirando la intrincada cadena de oro que ceñía el fino tobillo de la chica. Tomó aire de golpe, como si alguien le hubiera pegado un puñetazo en el estómago. Era la misma cadena que se usaba para llamar a Yodoshi. Xena miró a Akemi, horrorizada. Akemi lanzó el pie contra la cara de la guerrera, le dio una veloz patada y echó la cabeza de Xena hacia atrás. Tras soltarse, la chica se puso fuera del alcance de la furiosa guerrera.

—¿Qué está pasando aquí, Akemi? —quiso saber Xena.

Hubo un destello de luz y Ares salió del éter, más ufano que nunca. Se puso al lado de Akemi y se inclinó para susurrarle algo como revelándole una confidencia.

—Será mejor que se lo digas. Xena tiende a enfadarse un poco —le aconsejó Ares, hablando por experiencia.

A Xena le dio vueltas la cabeza cuando por fin comprendió. Ares y Akemi trabajaban juntos, eso era evidente. La pregunta era: ¿por qué? Sus ojos azules se convirtieron en dos estrechas ranuras mientras observaba a la pareja, intentando averiguar qué pretendían. Ares quería a Gabrielle: eso lo sabía desde todo aquello de la prueba con Mavican. ¿Pero qué motivo tenía Akemi para colaborar con el manipulador dios?

—Una vez me quisiste, Xena. Volverás a quererme, y pasaremos juntas la eternidad —contestó Akemi, leyendo los pensamientos de la guerrera.

—Y un cuerno —contestó Xena, que los miraba a los dos soltando chispas de rabia por los ojos—. ¿De eso trata todo esto? ¿Para esto me hiciste volver a Higuchi?

Akemi se echó a reír entonces, y la aguda risa cambió y se transformó en un sonido más grave y gutural. Las facciones de la chica se derritieron y volvieron a formarse ante los ojos desorbitados e incrédulos de Xena. Donde momentos antes había una chica dulce y angelical, ahora había un demonio espantosamente deforme con la cara cubierta de manchas moteadas moradas y negras. Ares miró a Xena y se encogió de hombros, sonriendo de oreja a oreja.

—¡No era Yodoshi el que tenía presas a esas almas, eras tú! —exclamó Xena, comprendiendo por fin.

El demonio Akemi seguía riéndose burlonamente. Ares se echó a reír también y los dos empezaron a desvanecerse. Xena se abalanzó para agarrarlos, pero sus manos atravesaron sus figuras sin sustancia mientras desaparecían.

—Demasiado tarde, Xena. Estás destinada a pasar la eternidad conmigo —le llegó flotando la voz incorpórea del demonio.

Xena se giró en redondo, tratando de localizar el origen de la voz, pero Ares y Akemi habían desaparecido. Maldijo en voz alta y se volvió hacia la ventana por donde había estado observando a Gabrielle, pero también había desaparecido. Xena maldijo de nuevo mesándose el pelo. Ahora que conocía el engaño de Akemi, no había motivo para que siguiera muerta. Tenía que haber una forma de salir de esto. Se mordió distraída la uña del pulgar mientras se disponía a idear un plan.

Los días pasaban, pero Gabrielle no era consciente del paso del tiempo. Por fin había conseguido dormir unas horas, doblegada por el puro agotamiento, pero no se sintió mejor al despertar. Estaba chupada y pálida, y tenía unas ojeras oscuras y permanentes. La tripulación murmuraba entre sí cuando creía que no estaba escuchando, llamándola muerta ambulante. Le daba igual.

De pie en la cubierta del barco, contemplando el mar infinito, Gabrielle se soltó el chakram del cinto. Lo sujetó ante sus ojos, examinándolo, ladeándolo para que el sol se reflejara en sus relucientes bordes. Se quedó sorprendida la primera vez que logró lanzar y recuperar con éxito el arma típica de Xena, en las rocosas laderas del Monte Fuji. Dio vueltas al círculo entre las manos y luego echó hacia atrás la muñeca y lo lanzó con todas sus fuerzas. El chakram se incrustó en el mástil con un golpe satisfactorio.

Ares apareció de golpe. Arrancó el chakram del mástil y frotó la honda cicatriz de la madera con el pulgar. Sonrió y miró a la sobresaltada joven enarcando las cejas.

—Impresionante. Menudo brazo tienes —la felicitó, sin hacer caso de su mueca de asco—. ¿Qué, te has pensado mi oferta?

Gabrielle se quedó mirándolo, pues no tenía ni idea de qué estaba hablando.

—¿Qué oferta?

Ares agitó las manos con impaciencia.

—La de ocupar el lugar de Xena como defensora de la humanidad. Ser mi brazo derecho.

Gabrielle se echó a reír, con una risa hueca y rota.

—Vale, para empezar, Xena no era tu “brazo derecho”, desde hacía mucho tiempo. Y para continuar, yo jamás podría ocupar su lugar. Jamás. —Meneó la cabeza—. Además, no soy guerrera.

Ares se movió hasta colocarse justo delante de ella y le puso las manos en los hombros. Ella aspiró aire con fuerza al notar cómo su energía le recorría el cuerpo. Era una sensación poderosa y embriagadora, y le empezó a fallar la determinación. Sacudiéndose, Gabrielle se apartó de golpe del contacto seductor del dios.

—¿A quién intentas engañar, Gabrielle? —preguntó Ares, claramente molesto—. ¿Que no eres guerrera? Sí, ya. Vamos a repasar los muertos que llevas, ¿te parece?

—Basta —susurró Gabrielle.

Ares continuó como si no la hubiera oído.

—A ver, la primera fue Meridian, ¿no? Dicen que jamás se olvida al primero. Luego vinieron los romanos del patio de la prisión. Eso sí que fue desagradable. Ah, y unos cuantos romanos más en Egipto. Creo que acabaste tú sola con media legión. Y por supuesto, no podemos olvidar a Bruto. Muy bonito aquello, muy bien ejecutado, si me disculpas el chiste.

Gabrielle había cerrado los ojos con fuerza y se tapaba los oídos con las manos, tratando de no oír sus palabras. Las imágenes de todas las personas que había matado le inundaban la mente.

—¡Basta! ¡Bastabastabasta! —gritó.

Ares interrumpió la lista de golpe. Le levantó la barbilla con un dedo y la miró fijamente a los ojos.

—Sólo estaba dejando las cosas claras, Gabrielle —dijo solemnemente.

Ella lo miró insegura.

—No puedo hacerlo —confesó—. No puedo seguir su camino. No puedo ser ella. —Se le quebró la voz con la última palabra y se le estremecieron los hombros al reprimir los sollozos.

Ares sonrió y la abrazó para consolarla. Le acarició el pelo para calmarla y a ella le hormigueó la piel por su increíble poder.

—Gabrielle, no tienes por qué ser ella —le dijo Ares con tono razonable—. Xena hacía las cosas a su modo. Tú las hacías al tuyo. Pero las dos queríais lo mismo, ¿no? —Miró a Gabrielle, y ésta asintió vacilante—. Justo. Lo único que estoy sugiriendo es que continúes. Hay un faraón en Egipto llamado Ramsés, un tipo despreciable, que tiene esclavizadas a miles de personas. Podrías empezar con él.

Estaba seguro de que iba a ceder. Lo notaba. Gabrielle se soltó de sus brazos y se apoyó en la borda. Se quedó contemplando el agua, observando las olas coronadas de espuma que se estrellaban contra los costados del barco. Cuando se volvió de nuevo hacia él, su rostro estaba serio y resuelto.

—No, Ares. He aprendido mucho a lo largo de los años, y una de las lecciones que mejor he aprendido es que tú no haces nada que no te beneficie directamente. Así que la respuesta es no.

Ares se llevó la mano al pecho, fingiéndose ofendido.

—Gabrielle, me hieres. Después de todas las veces que te he salvado la vida, ¿así me tratas?

Gabrielle lo miró con rabia.

—Ah, por favor, Ares. Me salvaste la vida sólo por quedar bien ante Xena. Por lo demás, yo no era más que una molestia para ti.

—Eso no es cierto —dijo Ares, ahora en serio—. Sí, al principio pensaba que no eras más que un piojo molesto. Pero tú me demostraste tu valía. Veo en ti un gran potencial, Gabrielle. Lo único que necesitas es alguien que te guíe un poco.

—¿Tú? No, gracias, ni aunque me fuera la vida en ello. —Gabrielle se dio la vuelta para alejarse, pero se detuvo en seco al oír lo que decía Ares.

—¿Y si a Xena le fuera la vida en ello?

Gabrielle se volvió y se quedó mirándolo. ¿Lo había oído bien? ¿Estaba Ares sugiriendo que podía traer de vuelta a Xena? Ares se cruzó de brazos y la miró expectante.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Gabrielle cuando consiguió que le volviera a funcionar la lengua.

—Xena todavía no ha cruzado al más allá —le informó Ares, jugando su baza—. Camina por el mundo que hay entre los mundos. Si tú y yo llegáramos a un acuerdo beneficioso para los dos, se me podría convencer para que la trajera de vuelta. Sí, sí, lo sé. Necesitas tiempo para pensártelo. —Hizo una pausa—. No tardes mucho, porque la oferta tiene plazo de vencimiento. Quiero una respuesta para mañana al caer el sol. —Desapareció.

Xena tenía un plan. Repasó su estrategia mentalmente, atenta a cualquier agujero. Siempre había algo que podía salir mal, pero que ella supiera, su plan era bastante sólido. Se suponía que al matar a Yodoshi, las almas condenadas de Higuchi habían quedado liberadas, pero no había sido así porque él no era el auténtico mal. Ahora que sabía que Akemi era quien había robado de verdad las almas, Xena pensaba que debía atenerse a la misma premisa. Derrotar a Akemi en combate y liberar a las almas. Parecía muy sencillo.

El resto del plan, la parte que la devolvía a la tierra de los vivos, estaba un poco más difusa. Xena se encogió de hombros. Se ocuparía de eso cuando llegara el momento. Lo primero era lo primero. Se concentró en la tarea más inmediata.

—¿Akemi? Me lo he estado pensando, y tenías razón. Estamos destinadas a estar juntas —exclamó Xena.

Poco a poco, se fue formando una figura en la niebla y Akemi apareció flotando ante ella. El demonio estaba oculto, y la cara angelical sonreía a Xena llena de felicidad. Reprimiendo una acometida de asco, Xena le sonrió a su vez.

—Sabía que lo comprenderías, Xena. Tú y yo somos iguales. Sabemos lo que queremos y haremos lo que haga falta para conseguirlo —dijo Akemi con su voz infantil.

—Lo que haga falta —repitió Xena, asintiendo con seriedad.

—Sígueme, Xena. Te llevaré a la eternidad. —Akemi la llamó con un dedo fantasmal y translúcido.

Xena meneó la cabeza.

—No. Hazte sólida, como lo eras antes. Quiero sentir tu mano en la mía.

Akemi dudó, pero Xena le dirigió su sonrisa más encantadora, venciendo las sospechas de la chica. Akemi sonrió encantada, y mientras Xena observaba conteniendo la respiración, se empezó a solidificar. Al cabo de un momento, la chiquilla estaba ante la alta guerrera, con un aspecto tan sustancial como la propia Xena. Akemi alargó la mano para coger la de Xena.

Xena agarró la mano que se le ofrecía y tiró hacia sí misma, estampando a Akemi con su puño cerrado, y oyó el satisfactorio crujido cuando sus nudillos chocaron con la nariz de la chica. Antes de que la chica pudiera reaccionar, Xena le arrancó la pulsera del tobillo, rompiendo la delicada cadenita. El rostro de Akemi cambió y el monstruo que llevaba dentro volvió a rugir ante Xena, mostrando las fauces chorreantes. Aullando de rabia, el demonio se lanzó sobre la guerrera.

Xena atrapó al demonio en medio del aire y rodó con él, machacándole la cara a puñetazos. Los huesos crujieron cuando le estampó el codo en la mandíbula. Se levantó de un salto y miró a su alrededor en busca de algo que pudiera utilizar como arma, pero no había nada. El demonio se levantó, alzándose desde la niebla, y su cara volvió a cambiar, recuperando las delicadas facciones de Akemi.

—¿Por qué luchas conmigo, Xena? —preguntó Akemi, suplicando a la guerrera—. Nuestras almas están unidas. Debemos viajar juntas a la eternidad.

—Lo siento. Mi alma ya está apalabrada —gruñó Xena, y con un grito conocido, lanzó una patada que alcanzó a Akemi directamente en el pecho.

La chica salió volando hacia atrás y sus rasgos se retorcieron de rabia. Gritando de furia, se abalanzó sobre Xena, y sus uñas se clavaron en el hombro de la guerrera. Un fuerte bofetón derribó a la alta guerrera al suelo, y Akemi cayó sobre ella, descargando golpes sobre la cabeza desprotegida de Xena. A ésta se le nublaron los ojos y se le puso la vista borrosa: estaba perdiendo el combate.

De repente, un brillante destello iluminó el espacio a su alrededor, disipando los remolinos de niebla. Xena volvió la cabeza, esperándose ver la sonrisa burlona de Ares, pero en cambio, ante ella aparecieron el arcángel Miguel y dos de sus ángeles guerreros. Miguel alargó la mano, hizo un gesto y el aire pareció brillar y dividirse. Se abrió una grieta en el tejido del espacio, y Xena olió las llamas de azufre que había en la oscuridad.

—¡Aquí, Xena! ¡Debes lanzarla por el portal! —gritó Miguel.

Con un esfuerzo supremo, Xena levantó las rodillas, consiguiendo un poco de espacio entre Akemi y ella. Empujó, con lo que consiguió soltarse de la chica, y Xena se puso en pie de un salto, notando una súbita acometida de energía. Gruñendo furiosa, la alta guerrera aferró a Akemi por el cogote y levantó a la chiquilla en volandas como si no pesara nada. Akemi chilló y se debatió, pero Xena no la soltaba. Miguel le hizo un gesto para que se diera prisa, y Xena se dio cuenta de que se estaba esforzando por mantener abierta la puerta del Infierno. Con un grito de triunfo, Xena lanzó a Akemi por el portal y Miguel lo selló tras la vociferante chica. El arcángel se volvió para mirar a la guerrera.

—Lo siento —le dijo, sonriendo apenas—. A veces se nos escapan.

—¿Qué era eso? —preguntó Xena, examinándose los arañazos superficiales del hombro.

Miguel se acercó y le puso la mano en la carne. Ella notó un hormigueo curioso y cálido cuando la herida empezó a cerrarse bajo su mano.

—Akemi no era más que el rostro mortal de un antiguo demonio. Lleva mucho tiempo esquivándonos. Sólo hemos conseguido localizarla porque estaba tan distraída contigo que se olvidó de ocultarnos su presencia —explicó él con soltura.

Xena parpadeó, absorbiéndolo todo. Odiaba a los demonios, y a los ángeles, y a los dioses: siempre lo complicaban todo. Prefería con creces un buen señor de la guerra sanguinario. Se le ocurrió una cosa, y abrió la boca para hablar.

—Las almas de Higuchi son libres —dijo Miguel, adelantándose a su pregunta—. Han sido liberadas en el momento en que Akemi ha regresado al Infierno.

—Ah —replicó Xena.

Sorteando al rubio arcángel, se puso a buscar una ventana o una puerta que saliera del mundo entre los mundos. Ahora que Akemi se había ido, sabía que tenía que volver con Gabrielle antes de que Ares ganara su asqueroso jueguecito. Miguel se puso delante de ella, bloqueándole el paso, y lo miró con irritación.

—Xena, es la hora —le dijo con seriedad.

Xena ladeó la cabeza y se quedó mirándolo.

—¿La hora de qué?

—De cruzar al otro lado, para que tu alma pueda estar en paz. Ése es en parte el motivo de que hayamos venido, Xena. Ahora tú sitio está con nosotros.

Xena se volvió para mirar el punto donde relucía una luz brillante, que la arrastraba inexorablemente. Pensó en Gabrielle.

—No quiero ir a la luz, Miguel. Quiero volver. Akemi, o lo que fuera esa cosa, me engañó. Se me debería permitir volver, ése es mi sitio —suplicó Xena.

Miguel meneó la rubia cabeza.

—Esa decisión no me corresponde a mí. O entras en la luz, o te arriesgas a convertirte en una de estas almas perdidas. —Hizo un gesto, indicando los miles de almas en pena.

Xena apretó la mandíbula con terquedad y se cruzó de brazos.

—Me arriesgaré. Tiene que haber una forma de volver y no descansaré hasta que la encuentre.

—Que así sea —dijo Miguel, encogiéndose de hombros. Llamó a sus hermanos y se desvanecieron tan deprisa como habían aparecido.

Casi en cuanto se fueron, una lluvia de luz dorada se derramó desde el éter, revelando la presencia de Afrodita. Xena se quedó mirándola, atónita.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó.

La diosa del amor puso cara de disculpa.

—Un rato. Estaba esperando a que los chicos y tú terminarais de jugar. Ya sabes que no se me dan bien las peleas. Se me podría romper una uña.

Afrodita hizo una pausa, con una sonrisa maliciosa en los labios.

—Además, me estaba divirtiendo. Ese rubio de las alas grandes era bastante mono —dijo con una risita.

Xena puso los ojos en blanco con exasperación y Afrodita alzó las manos como protesta.

—¡Vale, vale, tranqui! Ya lo capto, no estás de humor para una charla de chicas —dijo—. Así que voy a ir al grano. Ahí fuera hay una rubia de lo más adorable y desconsolada que te echa de menos a rabiar.

Xena quiso hablar, con un brillo de esperanza en los ojos, pero Afrodita la hizo callar con impaciencia.

—¡Deja que termine, jolín! Bueno, como iba diciendo, Gabrielle está prácticamente perdida sin ti. Y yo le tengo cariño a la bardo, así que estaba pensando...

—¿Que me puedes enviar de vuelta? —preguntó Xena, interrumpiendo.

Ares apareció de repente, con cara de furia.

—¡Oye! ¡No vale enredar con los juguetes de otro dios!

Afrodita lo miró con asco y se inclinó para susurrarle a Xena. Se tapó la boca con la mano para disimular una risita.

—No hagas caso de mi hermanito. A Zeus se le cayó de cabeza demasiadas veces —le confió la diosa.

Los labios de Xena esbozaron una leve sonrisa y no hizo el menor caso de la mirada de indignación que le dirigía Ares.

—¿Oye? ¿Hola? Aquí una diosa con algo importante que decir. —Afrodita agitó los brazos, llamándoles la atención—. Claro que si vosotros preferís miraros mal, siempre puedo ir a hacerme una pedicura o algo. —Alzó la mano como si fuera a chasquear los dedos y desvanecerse.

—No, espera. Te escucho —la detuvo Xena.

Afrodita le sonrió de oreja a oreja.

—Vale, como intentaba decir antes de que nos interrumpieran tan groseramente. —Fulminó con la mirada a su moreno y taciturno hermano—. Como una de los dos únicos olímpicos que quedan, tengo ciertas habilidades que antes no tenía. Como la capacidad de lanzar un hechizo molón para hacer llover siempre que quiero.

Xena se tamborileó en el brazo con los dedos llena de impaciencia.

—Bueno, para resumir...

—A buenas horas —murmuró Ares por lo bajo.

Afrodita le lanzó una mirada y continuó.

—Puedo mandarte de vuelta con Gabrielle. He pensado que tengo que hacer algo antes de Ares la convierta en una horrible guerrera correosa. Sin ánimo de ofender, Xena.

—No me ofendes —contestó Xena, sonriendo ampliamente. Afrodita la iba a reunir con la otra mitad de su alma—. Bueno, ¿cómo lo hacemos?

—¿Juntando los talones y cantando “no hay lugar como el hogar”? —sugirió Ares con sarcasmo.

La diosa y la guerrera optaron por no hacerle caso. Afrodita cerró los ojos y se concentró muchísimo, y cuando los abrió de nuevo, estaba rodeada de un círculo iridiscente de luz. Alargó la mano hacia Xena.

—Agárrame la mano. Te llevaré hasta ella.

Depositando su fe en la diosa, Xena cogió la mano de Afrodita y notó que la envolvía una extraña sensación de hormigueo. Todo se puso oscuro a su alrededor y se sintió como si estuviera cayendo. Ya no veía la mano de Afrodita en la suya, y empezó a temer que la diosa, a veces algo frívola, la hubiera soltado sin querer.

A lo lejos apareció un leve resplandor rojizo, y cuando Xena lo miró atentamente, empezó a acercarse más y a aumentar de brillo. Se concentró en él, obligándose a avanzar hacia él. Una acometida de luz y sonido le invadió los ojos y los oídos, y lo siguiente que supo es que estaba de pie en la cubierta de un barco. Los asustados tripulantes corrían para alejarse de la aparición que se había materializado ante ellos. Unas pisadas subían por la escalera que conectaba la cubierta superior con la inferior, y Xena reconoció el familiar ritmo. Se volvió hacia el sonido.

Apareció una cabeza rubia y unos ojos verdes se quedaron desorbitados por el pasmo. Poco a poco, Gabrielle salió de su camarote y se quedó mirando la visión que tenía delante, sin atreverse a respirar. No podía ser. Estaba viendo visiones, tenía que ser eso. Xena estaba muerta.

—Gabrielle —susurró Xena, con los ojos repentinamente llenos de lágrimas.

La guerrera se adelantó un paso, y el movimiento sacó a Gabrielle de su trance. Un gemido grave se escapó de la garganta de la bardo, y se llevó la mano a la boca al tiempo que sentía que se le empezaban a doblar las rodillas. Xena la agarró y la sujetó, y Gabrielle estuvo a punto de jurar que notaba el peso sólido de las manos de la guerrera en los hombros.

—Gabrielle, soy yo. De verdad —dijo Xena suavemente.

—¿Xena? Pero, ¿cómo? Te vi... —Gabrielle se quedó callada, todavía sin dar crédito.

—Afrodita me ha enviado de vuelta contigo —empezó a explicar Xena. Se detuvo: ya habría tiempo para eso más adelante.

Posó la mano en la mejilla de Gabrielle, acariciando la piel suave con el pulgar al tiempo que la bardo se pegaba por instinto a la caricia. Inclinándose, Xena saboreó los labios de su alma gemela, con delicadeza al principio, y luego con mayor pasión, buscando reafirmar su vínculo. Se separaron, algo jadeantes.

—Eres tú —exclamó Gabrielle, con el rostro bañado en lágrimas.

La bardo le echó los brazos al cuello a Xena y la abrazó como si temiera que la guerrera fuera a desaparecer si la soltaba. Liberando un brazo, apoyó la palma de la mano sobre el pecho de Xena, notando los latidos fuertes y llenos de vida. Xena estaba viva. ¿Cómo era posible? Gabrielle sacudió la cabeza con fuerza y hundió la cara en el cuello de la guerrera, aspirando su olor característico. Daba igual cómo. Lo único que importaba era que Xena estaba viva y que estaban juntas.

Gabrielle levantó la cabeza y se perdió sin remedio en dos hondas pozas de un azul brillante. Parpadeó, notando la leve salpicadura de las lágrimas en las pestañas, y sonrió a su guerrera.

—Te amo.

Xena volvió a besarla, tomándose su tiempo.

—Y yo te amo a ti, corazón mío. Vámonos a casa.

—Mm, vale, pero puede que tardemos. Este barco va a Egipto —le informó Gabrielle con tono de disculpa.

Xena miró por encima de Gabrielle a la diosa del amor, que esperaba tan contenta, sin que nadie más a bordo del barco la viera. Sonrió con picardía a Gabrielle y le guiñó un ojo.

—No importa. Tengo preparado un medio de transporte alternativo.

Un mes después, dos figuras estaban sentadas en lo alto de una pequeña colina, abrazadas estrechamente llenas de felicidad. Estaban sentadas en medio de un pequeño viñedo, todavía en sus primeras fases, y una fresca brisa marina les agitaba el pelo. La estructura de su casa sin terminar aguardaba detrás de ellas, bañada por los rayos del sol poniente.

Gabrielle apoyó la cabeza en el pecho desprovisto de armadura de su alma gemela. Soltó un suspiro de felicidad. Desde su regreso a Grecia, Xena había decidido renunciar a la espada. Si vives por la espada, mueres por la espada, Gabrielle, le dijo, y yo tengo la intención de vivir hasta muy avanzada edad contigo. La bardo soltó un ruidito de placer cuando Xena le acarició el pelo con la nariz y los fuertes brazos se ciñeron alrededor de su cintura.

—¿Sabes una cosa, Xena? Me he pasado la mayor parte de mi vida buscando mi auténtico camino. Y me he dado cuenta de que tenía la respuesta delante desde hace mucho tiempo. Xena, tú eres mi camino.

Unos labios le rozaron la oreja ligeramente, y Gabrielle se estremeció por la descarga de placer. Xena le susurró con un tono rebosante de amor:

—Y tú eres el mío, Gabrielle.


FIN


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