El hambre de una mujer

Patricia L. Ennis




Título original: The Hunger of a Woman. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Otro vaso de vino... y entonces tal vez pueda dormir.

Me cuesta tanto ahora, ahora que las cosas han cambiado. Antes sabía perfectamente dónde estaba, justo a mi lado, o como mucho a un brazo de distancia. Incluso cuando nos separábamos unos días, sabía que siempre iba a volver.

Ahora... no sé. Es como si hubiera algo nuevo en sus ojos, algo que nunca hasta ahora había visto en ellos. Algo... propio de una mujer.

¿Por qué está ahí? ¡Su sitio no son esas profundidades de color verde bosque! No encaja con la persona que es. O la persona que era.

Otro suspiro, otro vaso... tengo la cabeza un poco embotada y, sin embargo, sigo viendo las diferencias entre la persona que era y la persona en la que se ha convertido. Ahora, cuando los hombres la miran, no hay sonrojo, ni torpeza, ni pérdida de aliento. Ahora les sonríe y les sostiene la mirada hasta que se levantan. Sólo entonces mira a otro lado.

Creo que ha roto todos los corazones de esta taberna... y el mío no es ninguna excepción.

A mí me sonríe muy a menudo y siento que el corazón me da un vuelco en el pecho. No sé por qué, pero sé que así es como se sentía, antes de Pérdicas, antes de que las cosas dejaran de tener sentido.

Siempre pensé que habría tiempo. Podía esperar, ella nunca se marcharía. Pero lo ha hecho y lo volverá a hacer, a menos que yo le dé un motivo para quedarse.

¿Cómo puedo, en serio? No tengo nada que ofrecer. Una vida de vagabundeo, no hay pueblo donde pudiera asentarme. No hay campo que no acabara convirtiéndose en los barrotes de una jaula, con tiempo suficiente para odiarlos. Así que si acudiera a ella, ¿qué podría ofrecerle? ¿Qué podría pedirle que compartiera?

Lo único que tengo es mi amor... y eso nunca será suficiente.

Mi amor le daría calor por la noche, pero no podría mantenerla a salvo. No podría curarme a mí de una espada, o a ella de una flecha. Sería más probable que le causara la muerte, no que la salvara en esta vida.

No. No tengo nada salvo un dolor ardiente instalado en el pecho. No tengo nada salvo las manos temblorosas que intentan sujetar mi vaso. No tengo nada salvo mis ojos cerrados y tristes que sueñan con piel clara y lisa. Nada de esto podría sujetar su corazón, nada podría sujetar su alma.

Abro los ojos y la veo sonriente, ahí mismo, a menos de un brazo de distancia. Ahí está esa cosa, en sus ojos, el hambre de una mujer. Pero no puede ser por mí...

—¿Xena? —Su voz es como miel sobre mi lengua, como copos de nieve en mi pelo—. ¿Estás bien?

Un gesto de asentimiento es lo único que me atrevo a darle, algo brusco, breve y severo. Pero ella no aparta la mirada.

Si acaso, sus ojos están más brillantes, como si la experiencia le hubiera dado sabiduría también. Como si pudiera ver a través de todo lo que he usado para envolver mi corazón y velar mis ojos.

Su mirada se me hace incómoda, el calor y el fuego aparecen en mis mejillas y en mis ojos. Intento mirar a otro lado y descubro que no puedo. Esa cosa que no es propia de ella se ha apoderado de parte de mi alma. La única parte que todavía me quedaba, puesto que Gabrielle ya tenía el resto.

Levanta la botella del mostrador y bebe deprisa a morro. Su fugaz sonrisa no disimula lo poco que le gusta y, en eso, veo que parte de ella sigue ahí.

El humor sigue ahí y también la calidez. La compasión que me ha sostenido durante tanto tiempo sigue ardiendo en su pecho. La niña sigue ahí, en sus ojos y en su boca, nada nuevo excepto el fuego.

Mis ojos suben apresurados para volver a comprobarlo y todavía está ahí. Un fuego que arde en sus ojos, en sus labios y en sus manos, tan calientes junto a mi brazo. Un fuego que nunca he visto por nadie, hasta este preciso momento.

Aparta la mirada y luego vuelve otra vez, sus ojos rozan apenas la parte superior de mi corpiño, y a mí se me acelera el corazón con su calor.

Ésta no es la mirada que estoy acostumbrada a recibir, ésta no es la mirada de una niña.

La miro profundamente a los ojos... y veo a una mujer que me mira a su vez.

Me sirve otro vaso de vino y le devuelve la botella al tabernero. Deja un dinar en el mostrador al tiempo que tira de mi brazo.

—Vamos —susurra, y su tono es demasiado bajo, demasiado ronco para referirse a dormir.

Me quedo boquiabierta y la sigo, con todos los ojos de la envidia clavados en mi espalda. Las escaleras son empinadas, pero ella me ayuda a subir, sonriendo cuando tropiezo.

¿Cómo le digo que no es el vino lo que embriaga mi alma? ¿Cómo le digo que esta noche no está a salvo cerca de mí?

Cierra la puerta con llave cuando hemos pasado y empiezo a hablar, pero sus dedos se apresuran a taparme los labios y las palabras se me quedan atravesadas en la garganta.

Con gracia torpe, se quita el corpiño, lo tira a un lado y alarga las manos, tan cálidas y temblorosas, hacia los ganchos de mi armadura. Cuando ésta ha caído al suelo, me pasa los brazos por detrás para desatar los cordones. Al hacerlo, sus pechos rozan los míos y me estremezco contra su piel.

—Eso es lo que pensaba. —Su susurro apenas se oye, pues tiene los labios posados sobre mi cuello—. Sabía que no era sólo cosa mía.

Sus palabras... mi salvación.

Con las manos todavía temblorosas por el frío, un motivo que de cierto no tiene nada, le toco la cara... tan apaciblemente cálida, le beso los ojos, aún tan deseosos, y sé que ése es mi destino.

Yacer en sus brazos.


FIN


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