Cuándo

Emperor Penguin




Título original: When. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


¿Cuándo ha ocurrido? ¿Cuándo se convirtió el conocimiento en amistad? ¿Cuándo pasó la amistad a no ser suficiente, hasta el punto de sucumbir al amor con tal facilidad?

Y ahora, ¿cómo puedo impedir que los insolentes hermanos del amor —la lujuria, el deseo y la pasión— asalten los muros que he levantado en torno a mi corazón? Muros que sé que caerían con una sola palabra pronunciada por sus pálidos labios.

Gimo levemente y echo la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en el tronco del árbol bajo el cual estoy sentada, afilando la espada, atenta y a la escucha de cualquier cosa extraña o inusual, contemplando la hoguera y finalmente —con demasiada frecuencia— mirándola a ella. Qué poco abulta bajo su saco de dormir, con ese pelo rubio rojizo que asoma por la parte de arriba, y un ligero ronquidito de vez en cuando que es el único ruido que hace al dormir.

¡Dioses, cómo me gustaría poder dormir fácilmente! Pero nunca he podido, y sé que nunca podré, pues al dormir surgen los sueños, como un león a la espera de abalanzarse y matar a su presa.

Mis sueños nunca son buenos. Ocupan dos territorios en mi mente dormida. Uno, los días oscuros anteriores a conocerla, llenos de imágenes de aquellos a quienes he dañado, herido, matado, o peor aún, traicionado. El otro, lleno de imágenes de ella —el ángel de mi lado mejor— que me llama, susurrando dulces palabras de amor, tendiéndome los brazos y siempre —¡SIEMPRE!— justo cuando estoy a punto de agarrar sus suaves y bonitas manos, se desvanece ante mis ojos con una risa a la vez provocativa y burlona.

No, no me gusta dormir.

De repente, sopla una ráfaga de viento en lo alto, que sacude y agita las hojas y ramas secas y hace que el fuego baile y luego arda con más fuerza.

Con un suave gemido, cambia de postura en sueños y la observo como un águila, decidida a detectar cualquier cosa que le pueda pasar. Pero no tarda en quedarse dormida del todo una vez más, y sus ronquiditos me dicen que todo va bien.

Termino de afilar la espada y me levanto despacio, escuchando los chasquidos y crujidos de las articulaciones de mis rodillas y codos. Te estás haciendo vieja, Xena. ¿Cuántos años me faltan para encontrarme con alguien un poco más rápido, un poco más fuerte, un poco más listo? ¿Seguirá ella conmigo entonces? ¿O habrá seguido su propio camino, llevándose mi corazón y mi alma porque fui demasiado estúpida para decir algo?

Decido que voy a comprobar el perímetro una vez más y a acostarme. Puede que no duerma, pero al menos mis músculos descansarán, aunque mi mente corra como un caballo desbocado.

Voy en silencio a ver cómo está Argo. Gabrielle, a pesar de lo mucho que protesta diciendo que no se lleva bien con Argo, siempre hace un buen trabajo a la hora de cepillarla y darle de comer. La yegua me olisquea suavemente el brazo y yo le acaricio la cara y le doy palmaditas en el flanco.

—Vuelvo pronto, chica —susurro.

Con la espada sujeta a la espalda y el chakram a la cadera, me alejo de la luz y el calor de la hoguera. Al hacerlo, esa parte de mí que funciona como un sexto sentido se pone en marcha, y sé que si Gabrielle hace el más mínimo ruido de sorpresa, miedo o preocupación, lo oiré, lo sabré, lo sentiré, y estaré de vuelta con ella en un instante, dispuesta a cualquier cosa.

Miro el cielo nocturno mientras camino. Las nubes pasan corriendo por delante de la luna y las estrellas, derramando olas de luz azul plateada sobre el suelo. Aspiro el aire fresco y vigorizante y me lo meto bien en los pulmones. ¿Son imaginaciones mías o huelo también su delicado aroma en el viento nocturno? Sacudo la cabeza mientras sigo avanzando.

¿Qué tiene esta pequeña bardo de Potedaia que se ha apoderado de mi corazón y mi alma? Otras mujeres se han acercado a mí en el pasado, y les he dicho “no me interesa”, y era cierto. Creía que Borias y Marcus eran los grandes amores de mi vida. Pero Borias logró salir de la oscuridad antes que yo, y de algún modo, en contra de mis órdenes expresas, acabó muerto. ¿Y el regalo que me hizo Borias? ¡Dioses, que mi hijo no conozca jamás el nombre auténtico de su madre!

¿Y Marcus? La verdad llegó demasiado tarde para salvarlo. Mi único consuelo es saber que su espíritu vive en los Campos Elíseos, como le corresponde.

¿Y Hércules, Xena? Me permito una sonrisita pícara. Por él siempre sentiré todas las emociones positivas que me ayudó a recuperar, salvo el amor.

No, en lo que se refiere al amor, sólo existe Gabrielle, que ha despertado algo en mí que no sabía que estaba ahí, un nivel de amor y compasión que ha conquistado y derretido mi corazón de guerrera. Desde que la conozco, siento que he recuperado una parte perdida de mi propia alma. Me siento entera por primera vez en mi vida desde que murió Liceus.

¿Cuándo ocurrió? Me lo vuelvo a preguntar. ¿Fue en el Templo de Cronos después de que despertara a los titanes? Cuando aparté aquella cortina y vi que el joven sacerdote la tenía estrechada entre sus brazos, ¿vio la expresión de celos y dolor de mi cara? ¿Advirtió la expresión de alivio cuando me dijo que no había pasado nada? ¿Sabía lo profundas que eran mis palabras cuando le dije “Yo nunca podría odiarte”?

¿Fue después de que Calisto me envenenara y yo yacía con el eco de sus palabras preocupadas resonando en las profundidades de mi mente? “Es lo que pasa con las cosas que quieres. A veces te dejan”.

¿Sabía que esas palabras me hicieron luchar con más fuerza contra el veneno que amenazaba con obligarme a dejarla? ¿Sabía que hubo una parte de mi espíritu que la vio inclinarse y destaparme la cara? ¿Que vi la expresión de amor tierno y pérdida desoladora en sus ojos? ¿Sabía que la oí susurrar apenas “Te quiero” cuando se despidió de mí con un beso, o lo orgullosa que me sentí de ella cuando se enfrentó a Talmadeus y todo su ejército por cumplir la promesa que me había hecho? Y cuando dijo “¡Basta! ¡Cambia de tema o me voy a poner toda sentimental!”, ¿sabía que eso era lo que más deseaba yo, entonces y ahora?

¿Fue cuando seguíamos el rastro a Calisto, la noche antes de que intentara asesinar al Oráculo de Delfos? Se acercó a mí, y como hace con tanta frecuencia, calmó las emociones desatadas de mi mente y mi alma. Esa noche me sentí libre de alargar la mano y tocarla como nunca lo había hecho hasta entonces. Todavía recuerdo la suavidad de su pelo y su piel sobre mi hombro desnudo, el sonido tranquilizador de su voz que transformó las lágrimas de pena por lo de Cirra en lágrimas de amor cuando me hizo prometerle que no volvería a entregarme a la oscuridad si ella moría. ¡Dioses, que no muera nunca! Y entonces, cuando intentó acariciarme el pelo, acariciarme la cara, aparté la cabeza y le gruñí que se fuera a la cama.

¡Estúpida, Xena, estúpida!

Pero Mailus estaba allí, y utilicé su presencia como excusa para no hacer lo que exigía mi corazón. Incluso después de ladrarle, no me dejó, sino que apoyó la barbilla en mi hombro y se quedó sentada conmigo en silencio hasta que acabó entrándome sueño y me quedé dormida.

Ahora ya he vuelto al campamento, convencida por ahora de que todo está tranquilo. Gabrielle ha vuelto a moverse en sueños, y sus brazos claros descansan sobre su tripa, que sube y baja rítmicamente mientras duerme.

Echo más leña al fuego y coloco mi saco de dormir cerca, asegurándome de que la veo claramente. Con un leve suspiro, me tumbo, con la espada y el chakram al alcance de la mano. Casi al instante, vuelvo la cabeza para mirarla.

Tiene el pelo revuelto de una forma graciosa, y la hoguera hace más visible la salpicadura de pecas claras de sus mejillas y su nariz. Tiene la boquita generosa ligeramente abierta, emitiendo esos ronquiditos que me dicen que yo también puedo descansar.

Y mientras descanso, se me ocurre la respuesta. Ya sé cuándo ocurrió. En el templo de los sanadores de Tesalia, cuando la llevé a un lugar en el que no debía estar, cuando la obligué a mirar a la muerte a la cara sin estremecerse, cuando expuse su alma bondadosa a las cosas más horribles, y con todo y con eso, siguió a mi lado, dispuesta a hacer todo lo que yo le pidiera. Entonces lo supe.

Pero en ese mismo instante, estuve a punto de perderla para siempre.

Cuando mis sueños se convierten en pesadillas, siempre me arrastran de vuelta al templo, donde estoy inclinada sobre su cuerpo mortalmente blanco, con los ojos cerrados, la piel fría, los pulmones parados, el corazón en silencio. Una y otra vez, revivo mis intentos frenéticos de hacerla respirar. El miedo frío y ácido que tengo en la boca del estómago se extiende hasta envolverme el cuerpo entero. Y al oír esa voz temerosa, aterrorizada, que grita “¡No me dejes! ¡Despierta! ¡Despierta!”, no puedo creer que sea la voz de Xena, la Princesa Guerrera, Xena, la Destructora de Naciones, Xena, la que desafiaría al mismo Zeus por su Gabrielle.

Sólo que no puedo despertarla... ¡se tiene que despertar! ¡Ay, dioses, no dejéis que muera! Pero muere. Me apartan a la fuerza de ella y cubren ese frágil cuerpecito con una sábana inmunda. Se me apaga la mente y el alma se me marchita y muere. Me vuelvo loca, y hacen falta diez hombres para sujetarme y sé que fue entonces y suelto un aullido de dolor capaz de partir el mundo en dos.

—¡Xena! ¡Xena, despierta, tienes otra pesadilla!

Abro los ojos de golpe y ahí está Gabrielle, inclinada sobre mí, sujetándome los hombros con las manos, con cara de profunda preocupación y ternura. Está despuntando el día, y una vez más me he quedado dormida.

—Estoy bien, Gabrielle, no quería despertarte. ¿Qué hacía?

La joven bardo me mira atentamente a los ojos y por suerte no ve nada en ellos que la alarme. Se me da bien. Se echa hacia atrás y me sonríe de medio lado.

—Aullar como una loba que hubiera perdido a todos sus cachorros. ¿Qué estabas soñando?

—N-nada, lo de siempre, supongo. No me acuerdo —miento.

En la bonita cara de Gabrielle se dibuja una expresión de incertidumbre, por lo que me apresuro a cambiar de tema.

—Bueno, pues como ésta es una de las pocas ocasiones en que te has despertado antes que yo, será mejor que desayunemos y recojamos el campamento. ¿Quieres lavarte primero?

Sigue sin estar convencida.

—Xena, ¿seguro que estás bien?

—Mejor que nunca. Créeme, Gabrielle. —Y perdóname por mentirte.

Todavía insegura, se levanta de todas formas, estira el esbelto cuerpo y bosteza. Me mira otra vez. Le sonrío y ella me sonríe a su vez, y sé que hoy tengo un motivo para vivir.

—Me voy a lavar primero, si te parece bien —dice.

—Muy bien. Yo voy a ver si encuentro unos huevos de codorniz para acompañar al pan y al queso.

—Buena idea.

Enrolla su saco de dormir y va a la alforja de Argo. Mete la mano dentro y saca una toalla, un cepillito y las dos mitades de su vara. Me mira una vez más y se va.

Me levanto, dando gracias porque el grito es lo único que ha oído. No me siento cansada ni soñolienta, sólo furiosa porque podría haber soltado algo en sueños que no quiero que oiga.

Mientras me pongo a buscar nidos de codorniz, me pregunto cuánto tiempo voy a poder seguir negando la verdad. Tengo que decirle lo que siento, pero hay algo que me refrena, una cadena que ni Hércules podría romper. Juro que se lo voy a decir, y pronto. Y me llamo a mí misma mentirosa en cuanto lo pienso.



En la orilla del lago, me lavo rápidamente. El agua está helada, y he dormido tan bien que me parece que hoy podría caminar cien leguas, siempre y cuando Xena esté conmigo.

Capto el olor a huevos y queso, y sé que no tardará en llamarme.

Espero que su pesadilla no le haya causado demasiado dolor. Me devano los sesos rápidamente, tratando de pensar en una historia divertida que contarle mientras comemos, lo que sea que me ayude a oír la magia de su risa, porque no soporto ver sufrir a mi amada Princesa Guerrera.

Mientras regreso al campamento, me pregunto... ¿cuándo ha ocurrido?


FIN


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