La urna negra

Dreamweaver



Descargo: Studios USA y otros, no yo, son los dueños de los personajes del siguiente relato. No se pretende infringir sus derechos de autor ni se obtiene beneficio económico alguno, no es más que otro fanfic escrito por diversión. Esto es post-FIN, cosa que juré no hacer, pero me entró esta cosa de “¿Y si...?” No os deprimirá, os lo prometo. Espero que esto no se le haya ocurrido ya a alguien, hay tanto fanfic ahí fuera que cuesta llevar el recuento.
Esto es para todas las edades, no hay más subtexto que en la serie, pero le pondremos “Para menores acompañados” por alguna que otra palabra fuerte.
Escribidme para decirme qué os parece, bueno o malo: Dreamweaver.

Título original: The Black Jar. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


El chakram estaba primorosamente colgado en la pared encima de la chimenea, por encima de sus sais cruzados, y debajo, en la repisa de la chimenea, estaba la pequeña urna negra que contenía lo que quedaba de su queridísima amiga: los preciados recuerdos de su vida pasada junto con los numerosos pergaminos que había escrito a lo largo de los años. Llevaba los dos últimos años enseñando a leer y escribir a los niños de la aldea, y se había vuelto a dejar crecer el pelo.

Venían a la casita que tenía y aprendían a la luz de las velas y el fuego. A veces se quedaban hasta tarde, y ella tenía que acompañarlos de vuelta a casa. Uno de los niños, Jasón, sentía curiosidad desde hacía tiempo por el contenido de la urna negra y achaparrada, y siempre estaba dándole la lata al respecto.

—¿Puedo verlo, por favor, maestra?

—No hay nada que ver, es sólo ceniza.

—Quiero ver qué aspecto tiene Xena.

—No es ella, en realidad, sólo era su cuerpo. En serio, está en un lugar mucho mejor. Tengo que ir a ver a la sanadora por mi cuello: me duele muchísimo cuando lo muevo.

Él se acordó de la sanadora que vivía cerca de la aldea vecina: se acordó de aquella vez en que le empezó a sangrar la nariz y su madre corrió sin parar con él en brazos hasta llegar a ella porque no conseguía detener la hemorragia. El miedo a la sanadora y el pánico de su madre hicieron que no parara de chillar durante todo el trayecto. La sanadora lo tranquilizó al instante. Lo estrechó entre sus brazos y le tarareó una extraña melodía al tiempo que le pellizcaba la nariz con delicadeza. Sus preciosos ojos y su cálida sonrisa lo tenían hechizado.

—Voy contigo, maestra. —Ya no tenía miedo de Althea y esperaba poder compartir las hojas de parra rellenas que la maestra estaba preparando para llevar.

—Hoy no, está muy ocupada.

—Vas a ver a la sanadora todos los días. Quédate y léeme algo.

—¡Deja de lloriquear! Puedes quedarte aquí y leer tú solo. Volveré dentro de un par de horas. Pórtate bien, ¿de acuerdo?

Recorría sola el largo camino, y se negaba a que nadie la llevara. Le gustaba caminar e iba a todas partes a pie, con la única protección de su bastón, cargada con una hogaza de pan y un buen queso en una cesta. Los sais seguirían en la pared, tal vez para siempre: con suerte, jamás volverían a usarse para matar. La vara hacía maravillas si alguna vez necesitaba defenderse a sí misma o a las personas de la aldea que la había acogido.

Su vida era ahora muy apacible y disfrutaba de cada momento. Ocupaba los días enseñando y escribiendo, y entrenando con sus armas, por si acaso.


Jasón apartó la mirada del pergamino y la posó en la urna negra. Podría echar un vistazo rápido y dejarla igual que está y la maestra no lo sabrá nunca, pensó. Había curioseado muchos de sus efectos personales desde que había llegado y se le daba muy bien ya dejarlo todo tal cual. Hasta ahora lo había hecho sin ser descubierto.


La cabaña de la sanadora estaba a las afueras del pueblo, a buena distancia a pie. La sanadora, Althea, tenía una larga melena blanca como la nieve que hacía que la gente pensara, a simple vista, que era mucho mayor de lo que era en realidad, pero su rostro era joven y sin arrugas. Se había instalado aquí más o menos al mismo tiempo que la maestra, y la gente acudía de kilómetros a la redonda en busca de alivio para sus dolencias, cada día más. Althea poseía amplios conocimientos sobre las hierbas y los tratamientos medicinales. Los aldeanos acudían a ella para todo, desde dolores de muelas hasta huesos rotos. Hasta había abierto a algunas personas para quitarles órganos podridos y habían seguido adelante con una vida sana y normal.

Siempre le pagaban lo que podían, la mayor parte en forma de alimentos, animales de granja o a cambio de cosas que necesitaba como herraduras nuevas para su caballo.

Cuando la maestra se acercó a ella, la sanadora estaba haciendo tai chi con movimientos gráciles y fluidos, pero se detuvo como si percibiera algo.

—¿Alguien necesita que le vuelvan a colocar bien el cuello?

Althea se dio la vuelta y abrazó a la mujer más menuda.

—¿Cómo lo has sabido? ¿Yolanda ya ha tenido a su bebé?

—Anoche. —Althea abrazó a su amiga con fuerza—. Siempre vienen en plena noche. La luna llena, ya sabes.

—¡Ay, qué lástima habérmelo perdido!

Se dirigieron a la casa rodeándose la una a la otra con un brazo.

—¿Eso es para mí?

—Te he traído algo de comer.


Era lo bastante alto como para alcanzar la pequeña urna negra si se ponía de puntillas: la fue empujando con los dedos hacia el borde de la repisa. Cerró los ojos con fuerza al oír que la urna se estampaba con el hogar de pizarra. Le pareció que se había roto.

—¡Ay, Zeus!


—Todavía no logro acostumbrarme a esto. —Agitó risueña un mechón del pelo blanco de Althea.

—¿Mi disfraz? Era lo mínimo que me debía Ares después de haberlo ayudado a recuperar su divinidad.

—El dios de la sabiduría. ¿Cómo está el muchacho?

—Se pasa por aquí de vez en cuando para ver qué tal estoy. Me ha dicho que Eva y Virgilio van muy en serio.

—Me alegro.

—Y yo. Y le encantaron los dos últimos pergaminos: me ha dicho que le daban ataques de risa.

—¿Porque Xena moría?

—No, porque la historia era un poco... absurda. Lo siento.

—No importa. A lo mejor debería reescribirla.

—Qué va, déjalo. Si ya está circulando.

—Althea, reconozco que no es la mejor historia que he escrito en mi vida, pero la intención no era hacer reír. Yo apuntaba más a lo trágico y romántico.

—¿Te refieres a esa tal Akemi y yo? Venga ya.

—Tenía que inventarme una manera de explicar ese maldito tatuaje que me hice durante nuestros viajes por el mundo y se me disparó la imaginación. Tengo la sensación de que he mentido al mundo. Si ni siquiera llegamos a Japa.

—Tonterías: es una obra de ficción como cualquier otra. Y gracias a ella hemos conseguido vivir en paz y tranquilidad.


Jasón abrió los ojos que tenía cerrados con fuerza y vio que la pequeña y rechoncha urna había aterrizado en el hogar de piedra de una sola pieza, ante su alivio, pero que se le había soltado la tapa.


—Echo de menos a Xena.

—Bueno, siempre estará aquí. Si alguna vez la necesitas, sólo tienes que pedirlo. Es que necesitaba descansar un poco de tanta lucha. Y ya no parece hacer tanta falta: desde que quemaste el Telar de las Parcas, el mundo es muy distinto.

—¿Echas en falta el camino?

—A veces. Hemos hecho prácticamente de todo, ahora ha llegado el momento de no hacer nada. Eso es algo que nunca habíamos explorado. Cuando llegue el momento de volver a salir al mundo, si es que llega, lo sabremos. —Sus manos experimentadas acariciaron el cuello de la maestra por detrás y lo torcieron rápidamente, causando un crujido apagado.

—Qué gusto. ¿Tienes planes para mañana?

—Podría ir de pesca, si no hay ninguna urgencia. ¿Quieres venir?

—Me parece un buen plan.


Por suerte, no se había salido nada de la urna, y Jasón la levantó con cuidado junto con la tapa y miró dentro, hasta que acabó dándole la vuelta y sacudiéndola para asegurarse. Estaba vacía.


FIN


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