Conversación en los Campos Elíseos

Rab Donald



Descargo: Los personajes tomados prestados de la mejor serie de televisión de todos los tiempos están sujetos a derechos de autor. No se pretende infringir esos derechos. Este relato no contiene sexo ni violencia. Como siempre, se agradecen TODOS los comentarios.
Rabsterbgsb@aol.com

Título original: A Conversation in the Elysian Fields. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


El hombre se agarró el costado e hizo una mueca. Pero no sentía dolor, no había herida. Parecía confuso, desorientado.

Un hombre alto y apuesto de piel de ébano y dientes de marfil le sonrió.

—Tranquilo, amigo, no tardarás en acostumbrarte.

—A la muerte, te refieres. Estoy muerto, ¿verdad?

—Soy Marcus, y me han encargado que te ayude a hacer la transición. Sí, estás muerto. Pero en el Elíseo, no en el Tártaro. —El hombre negro se quedó mirando a su nuevo tutelado.

—Pérdicas. —El recién llegado le ofreció la mano—. Encantado de conocerte, supongo.

—Te adaptarás pronto, aquí las cosas son muy agradables. Créeme. —Marcus le sonrió con aire tranquilizador.

Pérdicas miró de repente a su alrededor, con cara de horror y desesperación.

—¡Mi mujer! ¡Mi mujer! ¡Ay! ¡Pobre Gabrielle! —dijo llorando.

Marcus se quedó pensativo. El nombre le sonaba. Pero debía de haber cientos de “Gabrielles” por toda Grecia.

—¡Nos acabábamos de casar! A mí me mataron, me asesinaron a sangre fría justo al día siguiente. —Pérdicas lloraba sin disimulos.

Marcus le apretó el hombro para reconfortarlo.

—¡Un momento! —dijo el recién llegado—. Teníamos el dicho de que “cuando los vivos piensan en los muertos, los muertos oyen sus pensamientos”. ¿Eso es cierto?

—Si se amaban, entonces sí es cierto —sonrió Marcus.

—¡¡Entonces oiré a Gabrielle!! —Pérdicas estaba contentísimo. De repente se enfadó—. ¿Por qué no la oigo? —gritó.

—Calma, amigo. Todavía tienes que adaptarte, estas cosas requieren su tiempo —dijo Marcus con tono tranquilizador—. Sabes, yo estaba enamorado de una mujer. Una mujer gloriosa llamada Xena. Cuando morí, oí sus pensamientos y eso me consoló mucho —dijo sonriendo.

—¡¿Xena?! —exclamó Pérdicas—. Pero si yo conozco, digo, conocía a Xena. Era la mejor amiga de Gabrielle.

Marcus asintió.

—Gabrielle, sí, la vi una vez. Y dime, ¿cómo murió Xena?

Pérdicas pareció sorprendido.

—¡Xena no ha muerto! Al menos...

—Tiene que haber muerto —contestó el hombre de piel negra—, porque ya no oigo sus pensamientos. Debe de haber muerto y ha ido al Tártaro. Es la única explicación. Es una pena que no esté aquí. Su malvado pasado...

—¿Cuánto tiempo hace que dejó de pensar en ti? —preguntó Pérdicas con curiosidad.

—Hace mucho tiempo —dijo Marcus entristecido.

—¡Pero si ayer estaba viva! Yo la vi. ¿O eso fue hoy? Estoy confuso, ¿cuánto tiempo llevo muerto? —preguntó el hombre pálido.


Conseguir audiencia con Hades no fue fácil, pero ambos hombres estaban decididos. Una semana más tarde, la reunión quedó fijada.

—Hay cosas que más vale que no se digan, que no se oigan, que no se sepan —les advirtió la deidad.

—¡Yo quiero oír los pensamientos de Gabrielle! —exigió Pérdicas—. ¡Estoy en mi derecho! Por todo eso de que los vivos piensan en los muertos y tal y cual.

—Y yo quiero saber por qué ya no oigo a Xena, y si sigue viva como aseguras —dijo Marcus con igual vehemencia.

Hades no parecía muy convencido. Luego se encogió de hombros.

—Recordad, los vivos y los muertos tienen que amarse...

—¡Yo amo a Xena! ¡Y ella me amaba a mí, me ama! —Marcus estaba enfurecido.

Hades meneó la cabeza.

—Lo siento, Marcus. He intentado advertírtelo.

—¡El qué! —fue lo único que logró decir el apuesto guerrero.

—Xena no te amaba. Ella pensaba que sí, en su momento. Pero luego descubrió el verdadero amor. Existe una gran diferencia, te lo aseguro.

El dios deseaba mostrarse amable.

—Eso no quiere decir que no se acuerde de ti, pero ya no hay amor. Nunca fue un amor verdadero que pudiera durar.

—¿Y tengo que suponer que este amor verdadero ocupa todos sus momentos? ¿Todos sus sueños? ¿Todos sus pensamientos? —soltó Marcus con amargura.

—Pues la verdad es que sí —replicó Hades—. Su amor ahora es eterno.

Mientras, Pérdicas se iba impacientando.

—¡Yo sé que Gabrielle era mi verdadero amor! ¡Fui el primero para ella! —Sonrió con orgullo.

Hades dudó.

—Gabrielle ha estado pensando en ti, pero me parecía mejor no dejar que lo oyeras.

Pérdicas se puso como una furia.

—¡EXIJO oír sus pensamientos!

A Hades no le hizo gracia su tono.

—Mi compasión tiene un límite. Que así sea.

Una voz etérea llenó la sala.

¡Ay, Pérdicas! ¿Por qué me casé contigo? Lo siento muchísimo. Me siento responsable de tu muerte. Calisto nunca se habría molestado con un simple soldado como tú, si no hubieras sido mi marido.

Yo te quería, Pérdicas, pero como quiero a muchas cosas.

Nunca estuve “enamorada” de ti. ¡Doy gracias a los dioses por Xena! Somos tan felices juntas que no me puedo creer que estuviera a punto de alejarla de mi lado.

Eras un buen hombre, estoy segura de que los Campos Elíseos te tratarán bien, mejor que este mundo cruel.

La voz se desvaneció.

—¡¿Xena?! —exclamaron los dos hombres a la vez sorprendidos.

—¿Me estás diciendo que Gabrielle es el verdadero amor de Xena? —preguntó Marcus.

Hades asintió.

—Un amor eterno, algo muy poco común.

Pérdicas estaba petrificado.

—No me lo creo.

Hades habló con autoridad:

—Xena y Gabrielle se tienen amor eterno. Es su destino.

—¡Sí, ya, destino! —rezongó Marcus—. Ya estáis los dioses con vuestros juegos.

Hades sonrió.

—Dos mujeres realmente excepcionales. Veréis, su destino es estar juntas para siempre, enamoradas para siempre. Sin embargo, este destino no es obra de los dioses.

Hizo una pausa y sonrió con admiración.

—Lo han forjado por sí mismas.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
Ir a Novedades