El gran combate

Rab Donald



Descargo: Los personajes de Xena y Gabrielle son propiedad de MCA/Universal/Renpics, etc. No se pretende infringir sus derechos de autor. Esto es sólo un relato muy breve que únicamente podría ofender a los homófobos. :-)
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Título original: The Big Fight. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


—Escucha, Gabrielle, todo va a ir bien. Te prometo que no me voy a pasar.

—Pero Xena, seguro que yo podría ganar unos cuantos dinares contando historias, ¡de verdad que esto no nos hace falta! —protestó la rubia.

—Así que ahora eres tú la que gana el pan, ¿eh? —preguntó Xena guiñándole un ojo.

La bardo se encogió. Sabía que se estaba metiendo en terreno peligroso.

—Es que no quiero ver cómo te hacen daño —argumentó.

A la guerrera esto le hizo casi demasiada gracia para responder. Casi.

—Ya estoy en la tercera ronda, y es lucha sin armas en un entorno controlado... Todavía ni he empezado a sudar ni me he roto una uña.

Se interrumpió para asegurarse de que su desdén había quedado bien registrado.

—¿Me disculpas si no capto el problema?

—He oído que Hamrun va a participar. —El tono preocupado de Gabrielle no hizo mella en la guerrera.

—¿Y? —Xena se encogió de hombros sin darle importancia.

—Es mestizo, medio hindú, medio siberiano. Algunos dicen que hasta puede que sea hijo de dioses. En parte místico, en parte guerrero, posee una fuerza y una habilidad incalculables.

—Todo un discurso, Gabrielle. ¿Lo has sacado de su pergamino publicitario?

A la bardo le faltó poco para sonrojarse.

—Xena, lo he visto. ¡Te va a matar, lo sé!

A la guerrera le conmovía la preocupación de su amiga, pero le interesaba más beber un trago de vino antes de su siguiente combate. Al volverse, sonriendo aún, para recuperar su jarra, se fijó en el aspecto de un hombre que encajaba perfectamente con la descripción de Hamrun que le había hecho Gabrielle.

—¡Que Zeus nos proteja! —logró susurrar—. Su publicidad se queda corta.

La bardo se fijó en Hamrun y en la reacción de pasmo de su amiga ante su aparición.

—¿Ves lo que te digo? —preguntó, pero sin regodeo.

—Podría ser difícil —reconoció la guerrera con preocupación inconsciente.

La conversación quedó interrumpida por la voz sorprendentemente autoritaria de la moza de la taberna que presentaba el entretenimiento de la velada.

Vestida con un vestido muy corto y escotado, su aspecto había resultado una atracción tan grande como los combates, en su mayoría desiguales, que se habían librado hasta ahora.

—Señoras y señores —anunció la voluptuosa mujer, y tanto su voz como su mera presencia hicieron callar a la gente—. Debido a unas retiradas inesperadas, la competición de esta noche pasa inmediatamente al combate definitivo.

La noticia fue recibida con abucheos y gruñidos de descontento, pero la mujer conocía su trabajo.

—¡Sin embargo! —vociferó—. La final es un combate sin precedentes entre el asesino siberiano, el místico hindú en persona... ¡¡¡Hamrun el Invencible!!!

Dejó un tiempo para que se acallaran los aplausos antes de continuar.

—Y su oponente, la hermosísima, la bella pero mortífera... ¡Xena! ¡¡¡¡¡La Princesa Guerrera!!!!!

Los gritos y aplausos fueron ensordecedores. Sin perder de vista sus deberes, la presentadora medio vestida hizo un último anuncio:

—Cinco minutos para rellenar las copas, amigos. Sólo cinco minutos.

El tabernero tomó nota mental de que Delores, su camarera, se merecía un aumento de sueldo, aunque dicha nota mental quedó pronto olvidada cuando un aluvión de clientes ansiosos exigió bebida para aumentar su disfrute del inminente combate.

Aunque sus facultades no estaban tan mermadas como para no darse cuenta de que acababa de duplicar sus ganancias de toda la noche en tan sólo dos minutos.

Xena estaba inusualmente meditabunda.

—Sé que puedo derrotarlo, pero no creo que pueda esquivar un par de golpes... de serios golpes de este tipo. Va a pasar un tiempo hasta que me vuelvan a describir como “bella” —reflexionó en voz alta.

—¡Retírate ahora, Xena! —rogó la bardo—. No necesitamos el dinero.

—Si pudiera usar un arma no tendría problema, pero a base de pura fuerza...

Delores lo interrumpió todo al vociferar:

—¡A luchar!

El inicio cauteloso era inevitable, pues ninguno de los contendientes se atrevía a realizar un ataque mal pensado y ambos se respetaban mutuamente. Cualquier intento de golpe era esquivado con habilidad, pero la gente no se mostraba hostil y la expectación seguía en plena ebullición.

Gabrielle había ido recorriendo el perímetro del círculo hasta pegarse a Delores, que estaba observando.

—Hola, preciosa, mira que estás buena —dijo la bardo haciendo un mohín.

—¿Disculpa? —La moza estaba pasmada.

—¡Por Hades! ¡Quiero devorar tu cuerpo entero! Tú sabes que estás despampanante, no finjamos que no, y ahora bésame, mujer, ¡bésame! —salmodió Gabrielle.

Con un leve titubeo, la rubia bardo agarró a Delores y la besó apasionadamente, al tiempo que sus manos le tocaban las nalgas, los pechos y los muslos con igual desenfreno.

Delores tardó aún menos en responder, y al poco las dos mujeres estaban abrazadas y enredadas en una masa temblorosa de lujuria.

Gabrielle notó un puñetazo algo menos amoroso en el hombro.

—¡¿Qué Hades está pasando aquí?! —bufó la guerrera.

—¡Dale, Xena, dale ahora! —contestó la rubia.

La guerrera se volvió y vio a Hamrun allí plantado y boquiabierto, pues también él estaba pendiente únicamente del espectáculo que era la pasión de Gabrielle.

Ofuscada por su amiga y también enfurecida por su amiga, Xena fue directa a Hamrun y le pegó una patada entre las piernas.

No se detuvo a ver cómo se desplomaba como una piedra, ni se molestó en captar su prolongado grito de agonía.

Regresó rápidamente donde estaban Gabrielle y Delores.

—Escucha, bonita —le dijo a la presentadora—, eres una chica muy guapa, pero tienes exactamente un minuto para seguir metiéndole mano a mi amiga... como te pases de eso te aplasto la cabeza como si fuese una calabaza. —La guerrera respiró hondo—. Gab, nos vamos en cuanto recoja mis ganancias. Mejor dicho, yo me marcho en cuando recoja nuestras ganancias, y si tú te quieres quedar con la buenorra esta, pues que te vaya bien, yo ya he dicho lo que tenía que decir.

La gente se había sumido en un silencio atónito y lo único que se oía eran los quejidos continuos de Hamrun.

Xena relajó los hombros como si se hubiera quitado un gran peso de encima.

—Olvidad lo que acabo de decir —dijo con suavidad—. No te preocupes, buenorra, que no te voy a hacer daño. Gab, dales a esas peras un buen sobeteo por mí, no te prives.

La guerrera se alejó.


Epílogo

Xena acababa de completar su inspección de Argo cuando oyó una voz suave y conocida.

—¿Te cabe alguien más ahí detrás?

La guerrera no pudo disimular del todo su sonrisa.

—No lo entiendo —dijo con sinceridad.

Ahora le tocó a la bardo respirar hondo.

—Ese Hamrun daba miedo. No pensaba de verdad que fuera a poder contigo, pero no soportaba la idea que te dejara malherida. Querías un arma y yo te la di.

Xena todavía parecía desconcertada.

—Sea o no un semidiós, sigue siendo un hombre. Ya sabes lo tontos que se ponen los hombres cuando ven a dos chicas besuqueándose. —La bardo parecía muy satisfecha de sí misma.

—¿Llamas a eso besuqueo? —dijo Xena con una gran sonrisa de agradecimiento.

Gabrielle se puso como un tomate.

—Sí que se me fue la mano. Me gustaría echarle la culpa a Delores, pero la verdad es que me gustó, me gustó demasiado.

Xena se acercó más a su amiga.

—No son sólo los hombres los que no se pueden resistir a dos mujeres besándose, sobre todo si una de ellas es la mujer a la que amas...

—Xena, ¿quieres decir...? —preguntó Gabrielle.

—Lo que quiero decir —declaró la guerrera—, es que si hubieras ido más lejos... ahora Hamrun habría estado recogiendo más partes corporales del suelo de la taberna.


FIN


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