Una mano en el arbusto

DJWP




Título original: A Hand in the Bush. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2009


—Por los dioses, qué frío hace esta noche —dijo Gabrielle, contemplando el vapor cálido de su propio aliento que formaba una nube mientras susurraba las palabras.

Se arrebujó más en el petate. Tapándose la cabeza con la gruesa manta de piel de oso, se pegó más al calor de su compañera de cama hasta que todas sus partes corporales tocaron alguna parte de la guerrera.

El problema era que la túnica de cuero de Xena estaba tan fría como el aire y no le daba el menor alivio.

—¡Aajj! —Unas manos frías y unos pies aún más fríos buscaron piel más cálida.

—¡Dioses, Gabrielle! —graznó Xena, despertándose cuando unas manos gélidas se colaron por debajo de su túnica de cuero—. ¿Quieres hacer el favor? —Intentó apartarse, pero Gabrielle se limitó a pegarse más.

—Tengo frío —gimoteó la bardo, quejándose.

—No me digas. —Xena se encogió cuando los pies de Gabrielle encontraron un escondrijo caliente entre sus piernas.

Las manos de la bardo se movieron por encima y por debajo, y se las arreglaron para encontrar un pecho cálido y unas nalgas todavía más calentitas. Se agitó pegándose muy contenta a su compañera y soltó un suspiro de satisfacción.

Xena se volvió para mirar por encima del hombro, sonriendo con cariño cuando Gabrielle hundió la nariz fría en su pelo oscuro en busca de un cuello caliente.

—¿Mejor?

—Mmmm.

—¿Has acabado ya?

—Mmmm.

—Bien. Pues vuelve a dormirte.

Gabrielle respondió con un suspiro que le hizo cosquillas a Xena en la piel del cuello. La guerrera sonrió y bajó la cabeza. Cerró los ojos y subió la manta para que las dos estuvieran bien abrigadas.

Poco después, Xena notó que Gabrielle volvía a moverse pegada a ella. Optó por no hacer caso del movimiento y fingió estar dormida.

Gabrielle resopló y se agitó un poco más.

Xena abrió los ojos de golpe y miró irritada hacia atrás.

—¿Qué pasa ahora?

—Que no puedo dormir.

—¿Por qué no? ¿Sigues con frío?

—No, ahora estoy toda calentita —contestó Gabrielle, sonriendo en el pelo de Xena.

—Pues entonces, ¿qué te pasa?

—Que tengo que hacer pis.

—¡Pues ve a hacer pis!

—No quiero.

—¿Por qué no?

—Hace demasiado frío para levantarme.

Xena puso los ojos en blanco.

—Pues no lo pienses. Respira hondo. Cuenta palabras o algo así. Vuelve a dormirte.

—Vale.

Xena bajó de nuevo la cabeza y cerró los ojos, pero al instante notó cómo los dedos de los pies de la bardo se agitaban pegados a la piel de su pierna.

Decidió no hacer caso, fingiendo dormir, hasta que la pierna de Gabrielle empezó a botar.

Xena se incorporó del todo, lo cual hizo que las mantas se apartaran de las dos.

¡Oye! —exclamó Gabrielle. Fue a agarrar las mantas, pero Xena se lo impidió.

—Ve a hacer pis. Ya.

Gabrielle hizo un último intento de agarrar la piel de oso, pero Xena la apartó de golpe, dejando a la bardo totalmente expuesta al frío.

—¡Que hagas pis! —ordenó la guerrera.

Se fulminaron con la mirada la una a la otra durante unos instantes, hasta que Gabrielle cayó en la cuenta de que no iba a conseguir más manta ni más piel cálida de guerrera hasta que vaciara la vejiga.

Entornó los ojos con rabia.

—Eres una señora de la guerra malvada y vil.

—Ya te digo. Vamos, ve a hacer pis.

Los ojos entornados de Gabrielle se transformaron en ojos de cordero degollado.

Xena se arrebujó mejor en la manta.

—Ve.

—Ay, está bien —dijo Gabrielle malhumorada, e hizo mucho teatro al levantar del petate su cuerpo cansado, frío y dolorido.

Se quedó plantada en la oscuridad, frotándose los brazos para quitarse el frío mientras miraba a su alrededor en busca de un arbusto adecuado.

Xena se acomodó en el petate, abrigándose con la manta peluda hasta la barbilla.

—No tardes —le dijo a la bardo, que estaba de pie a solas en la oscuridad—. Tengo frío.

Gabrielle lanzó una mirada de irritación a su compañera y luego avanzó hacia el sendero que se adentraba en el bosque. Menos mal que no vio la sonrisa divertida que animaba las facciones de la guerrera.

Gabrielle apartó una rama frondosa y entró en el bosque. Sorteando unos cuantos arbustos y un afloramiento de rocas, se adentró más en la noche, siguiendo un estrecho sendero iluminado por la luz descarnada de la media luna.

El aire era gélido. Gabrielle se abrazaba a sí misma y se frotaba los brazos mientras corría por el sendero, tratando de alejarse un poco del campamento. Detestaba ir al baño tan cerca de casa, pues una vez, no hacía mucho, pisó su propia caca bárdica cuando estaban recogiendo el campamento.

Gabrielle avanzaba sin dificultad por el sendero del bosque, adentrándose cada vez más entre los árboles. Todo estaba en silencio. Sólo se oía el ruido de las pisadas de la bardo que hacían crujir los desechos del bosque endurecidos por el frío. Una brisa repentina movió el aire, haciendo que las hojas de los árboles silbaran. Un búho ululó. Gabrielle se sobresaltó un poco por la llamada nocturna. Se abrazó a sí misma con más fuerza y corrió más deprisa por el sendero, dirigiéndose a un arbusto que quedaba un poco más adelante.

El chasquido de una ramita le llamó por completo la atención. Gabrielle se paró en seco, abrazada aún a sí misma, y se quedó mirando fijamente la oscuridad con los ojos como platos.

El viento se agitó una vez más y las hojas claquetearon en lo alto. Gabrielle levantó la mirada hacia las ramas y las vio relucir a la luz de la luna mientras bailaban.

Meneó la cabeza y avanzó un poco más hacia el arbusto que había escogido.

Se oyó el chasquido de otra ramita. Gabrielle se detuvo. Dejó caer los brazos a los costados y se quedó plantada en el sendero, mirando con aire desafiante en la dirección del ruido.

—¿Quién anda ahí?

Otro crujido en el follaje confirmó la presencia de otra persona en el bosque.

—He dicho que quién anda ahí. —La bardo dio un paso, y luego otro, hacia el origen del ruido. Otro crujido y la bardo se dio cuenta con horror de que no llevaba su vara. Cerró los puños y se preparó para un ataque—. ¡Sal de ahí!

El silencio fue la única respuesta.

Gabrielle esperó, escudriñando los árboles, en busca de alguna señal de movimiento. Los segundos fueron pasando, pero la oscuridad no reveló nada.

Se volvió a levantar brisa y las hojas se agitaron, llenando el aire con un suave murmullo. La bardo empezó a relajarse a medida que el bosque se iba sumiendo en un frío silencio. Al no oír otro sonido más que el de su propia respiración, a Gabrielle se le relajaron los hombros y abrió los puños.

Le pareció que lo mejor sería echar a correr hasta alcanzar el arbusto.

El búho ululó. Gabrielle se quedó petrificada. Se oyó el chasquido de otra rama, esta vez detrás de ella. Gabrielle se volvió en redondo.

Nada.

—¡Xena! —exclamó Gabrielle—. ¿Eres tú?

No hubo respuesta por parte de la guerrera. Pero el búho decidió que era un buen momento para volver a ulular.

—¡Xena, si eres tú, que sepas que no me hace gracia!

Al otro lado del sendero se oyó un sonoro golpe, como el de una piedra al caer al suelo.

El ceño irritado de Gabrielle se transformó en una sonrisa.

—Así que se trata del viejo truco de “tirar una piedra al otro lado del camino”, ¿eh, Xena? —dijo Gabrielle, asintiendo sabiamente—. Pues con eso no me vas a asustar, Princesa Guerrera.

La bardo sonrió satisfecha, se dio la vuelta y echó a andar con deliberada calma hacia el arbusto.

—No, señora. No nací ayer. No puedes asustarme con ese truco tan viejo, Xena. Para nada, monada. Te tengo muy calada.

Gabrielle llegó al arbusto y se quedó a su lado un momento.

—A esta bardo no se la asusta tan fácilmente, Xena, Princesa Guerrera. Ya no.

Asintiendo con seguridad, se levantó la falda, se bajó las bragas y se agachó cómodamente.

Y entonces una mano gélida rozó la piel cálida y suave de una nalga perfectamente redonda.

—¡Xena! ¡Guarrona! —dijo Gabrielle riendo, y pegó un manotazo para apartar la mano. Pero allí no había nada.

La mano fría volvió a tocar su piel. Gabrielle se giró en cuclillas para mirar, molesta porque la caricia le había cortado el pis.

—¡Xena! ¿Haces el favor? ¿Es que no se puede hacer pis en paz?

Efectivamente, había alguien agachado justo detrás de ella. Pero no era Xena.

Algo oscuro, mohoso y cubierto de telarañas alargaba la mano para tocar de nuevo su piel expuesta.

¡Aaahhh! —gritó Gabrielle, levantándose de un salto.

Aquello se levantó con ella y alargó las manos.

¡Auuhhh!

La bardo retrocedió un paso y se cayó al suelo, al tropezar con sus propias bragas, que seguían alrededor de sus tobillos.

Aquello dio un paso hacia ella.

Gabrielle se agitó en el suelo, retrocediendo al tiempo que se quitaba a patadas la restrictiva prenda para soltarse los pies.

Aquello se agachó y recogió las bragas, y luego sonrió. La luna escogió ese momento para iluminar su único diente podrido y los gusanos que se agitaban en las órbitas en las que en otro tiempo hubo ojos.

¡Iiiiiii aahhhhhh! —chilló la bardo, levantándose de un salto y echando a correr hacia el campamento a toda velocidad.

Unos pasos pesados le dijeron a Gabrielle que la criatura le pisaba los talones.

Movía los brazos y las piernas con fuerza, corriendo lo más rápido que podía, pero sus sentidos le decían que aquella cosa le pisaba los talones y alargaba los dioses sabrían qué clase de manos para intentar agarrarle la falda.

Rodeó volando un arbusto, sin hacer caso del roce de las ásperas ramas contra sus brazos.

Sus pies golpeaban la tierra, su cabello dorado se agitaba por detrás de ella a causa del viento. Pasó zumbando junto a un roble. El búho posado en él torció la cabeza, con los ojos brillantes y desorbitados por la sorpresa. Lo único que vio fue una falda arremolinada que dejaba al descubierto una luna repentinamente llena que iba dando botes por el sendero en la oscuridad.

A Gabrielle le dolía el pecho. Se estaba quedando sin aliento. Unas cuantas zancadas más y cruzaría la espesa vegetación y entraría en el campamento. Hasta veía la figura dorada de Argo a través de las hojas, agitando la cola y moviendo una oreja mientras la yegua se recreaba en un sueño caballuno.

Gabrielle apretó los puños y corrió más rápido, decidida a cubrir esos últimos pasos que le faltaban para ponerse a salvo. Se arriesgó a mirar atrás, convencida de que había logrado esquivar a esa cosa oscura y mohosa.

Ahí estaba, pegada a su hombro, alargando una mano resquebrajada cubierta de limo para tocarle la piel. Estaba tan cerca que captó su olor, un hedor que le llenó la nariz con la peste estancada de la tumba. Habría podido jurar que veía una serpiente que salía reptando de una de esas órbitas vacías.

¡Iiiiiiiiaaaaaaaaa! —chilló la bardo a pleno pulmón, y se abrió paso a través de las ramas, cayendo de bruces al suelo del campamento.

Argo resopló y se sobresaltó, golpeando la tierra con los cascos por la sorpresa.

Xena salió disparada del petate, chakram en mano, con el pelo revuelto y los ojos desorbitados de miedo al reconocer el grito de su compañera, incluso dormida.

¡Gabrielle! —gritó la guerrera y adoptó una postura defensiva. Miró por la zona con angustia, a la espera del ataque, moviéndose en todas direcciones para cubrir todos los ángulos.

Pero no había nada. Sólo la bardo, de bruces en el suelo con la falda levantada, dejando al aire un trasero evidentemente desnudo.

—¡Gabrielle! —exclamó Xena, que seguía en posición de ataque. Luego corrió hasta su compañera caída—. ¡Gabrielle! ¿Estás bien?

La bardo gimió y levantó la cabeza. Xena se quedó mirando las pálidas nalgas que se agitaron un poco mientras intentaba ponerse de rodillas.

—A ver. ¿Qué está pasando? —preguntó la guerrera, bajando el chakram. Enarcó la ceja al ver el sorprendente aunque bien recibido espectáculo—. ¿No te has olvidado algo?

Gabrielle jadeaba y se puso en pie a toda prisa. Se colocó detrás de Xena y tiró de ella para apartarlas a las dos de los matorrales.

—¡Xena! ¡Me persigue una cosa! ¡La tengo justo detrás! ¡Me estaba persiguiendo! —A Gabrielle le salieron las palabras atropelladas al tiempo que tiraba de su compañera para trasladarse al extremo opuesto del campamento, hasta el lugar donde estaba Argo, atada a un árbol.

Xena levantó el chakram, adoptando de nuevo una postura defensiva.

Pero no salió nada del bosque. No apareció nada que persiguiera a la bardo. Los arbustos estaban inmóviles. El bosque en silencio. Hasta el búho había desaparecido.

Argo resopló.

Xena bajó el arma.

—Una “cosa”, ¿eh?

—¡Sí! ¡Una cosa! Una cosa fea, asquerosa, repugnante, comida de gusanos, chorreante de moho. ¡Me tocó y luego me persiguió! ¡Por todo el sendero! La llevaba justo detrás. ¡Trataba de agarrarme! —Las palabras se derramaban de la boca de la bardo mientras seguía escondida detrás de Xena y señalaba los árboles que marcaban el perímetro del campamento—. ¡Y encima olía mal!

—Ajá. ¿Una cosa mal oliente?

Gabrielle asintió con energía.

—¿Y comida de gusanos?

Las guedejas rubias bamboleantes confirmaron este dato.

—¿Y chorreante de moho?

Argo resopló de nuevo. Gabrielle lanzó una mirada molesta a la yegua.

—Ahí fuera había una cosa... y me estaba persiguiendo.

—Muy bien. ¡Tranquilízate! —dijo Xena, colocándose de nuevo el arma en la cadera—. Fuera lo que fuese, no parece que ahora te esté persiguiendo.

La guerrera abandonó su posición protectora delante de la bardo para regresar al petate.

Gabrielle se quedó asombrada, sorprendida, atónita.

—¿No vas a hacer nada?

Xena se quitó el chakram de la cadera y lo dejó en el suelo junto a su cama.

—¿Qué querrías que hiciera?

—Ir a aplicarle el pellizco o algo.

Xena reorganizó la manta del suelo y la manta de arriba, que se habían descolocado por su brusco despertar.

—¿Por qué iba a querer aplicarle el pellizco a una cosa fea, mal oliente, mohosa y comida de gusanos?

—Bueno, es que para empezar tiene mis bragas.

Xena sonrió de oreja a oreja.

—Y... ¿eso es malo?

Gabrielle resopló.

—Vamos, Xena. No vas a dejar que una... una... criatura ande suelta alrededor de nuestro campamento, ¿verdad?

Xena terminó de ahuecar las mantas y se encogió de hombros.

—No parece que nuestro campamento le interese. Además, sólo te perseguía a ti, ¿no? —la guerrera se deslizó entre las mantas y dio unas palmaditas a su lado en el petate—. Ahora, vamos. Vuelve a la cama. Hace frío. No quiero que pilles... —Xena reprimió una sonrisa maliciosa—, ...un resfriado.

—Jua jua jua —replicó Gabrielle, cayendo en la cuenta de repente de que el viento hacía que, efectivamente, tuviera bastante frío en ciertas zonas. Se colocó bien la falda para protegerse mejor el trasero y corrió a las mantas—. No me crees, ¿verdad? —preguntó la bardo mientras se deslizaba entre las mantas.

—Oh, te creo —contestó Xena. Rodeó a Gabrielle con un brazo y se la acercó todo lo que pudo—. A fin de cuentas, alguien tiene tus bragas. Y sé que no soy yo. —Xena sonrió y besó a Gabrielle en la cabeza—. Lo comprobaré a primera hora de la mañana. ¿De acuerdo?

—Mmmppf —dijo la bardo, notando unos callos de guerrera que le acariciaban con cariño la suave piel del trasero—. Pero no te acostumbres a esto.

—Tranquila —susurró Xena al tiempo que estrujaba con ternura su nalga preferida—, si la “cosa fea, comida de gusanos y mal oliente” regresa, yo recuperaré tus bragas.

Gabrielle suspiró y se acurrucó más en el calor de su compañera.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

La noche volvió a quedarse en silencio mientras la guerrera y su bardo se iban quedando dormidas.

—¿Xena?

—¿Mmmm?

—Al final no he hecho pis.

—A dormir, Gabrielle.


—Justo ahí delante —dijo Gabrielle, señalando hacia el gran arbusto sendero adelante. Se quedó a una distancia prudencial, negándose a seguir avanzando, pero instó a la guerrera indicándole con el dedo—. Por ahí.

Xena avanzó, en la dirección indicada. Inspeccionaba el suelo mientras caminaba, en busca de huellas. Lo único que veía, un poco por delante, eran las huellas que había dejado la bardo y que llevaban al arbusto y se alejaban de él a la carrera.

La guerrera se acercó al lugar, desenvainando la espada... por si acaso.

Sólo había un gran arbusto. Todo lo que había cerca y alrededor parecía tranquilo. Ni una sola hoja fuera de su sitio. Ni una sola rama rota. Hasta las telarañas que zigzagueban por el follaje estaban intactas. Llegó a la zona donde se había agachado su compañera e inspeccionó el suelo.

Nada.

—Aquí no hay nada, Gabrielle —le dijo Xena.

—¿Nada? —preguntó Gabrielle sin dar crédito. La afirmación de Xena le hizo cobrar cierto valor, por lo que avanzó unos cuantos pasos—. ¿Estás segura de que no hay nada?

—Nada de nada. Pero sí sé que estuviste aquí. —La guerrera sonrió al ver las bragas tiradas en el suelo. Se agachó para examinar mejor el interior del arbusto. Al apartar unas cuantas ramas con la espada, frunció el ceño por lo que descubrió dentro.

—¿Estás segura? —le preguntó Gabrielle, que se iba acercando con cautela.

—Aquí no hay nada, Gabrielle —repitió Xena, tapándole el arbusto a Gabrielle—. Venga. Regresemos. Tenemos que cargar a Argo y ponernos en marcha.

—¿Estás segura de que no has encontrado nada? —preguntó Gabrielle, intentando atisbar alrededor del cuerpo de Xena.

Xena dio la vuelta a la bardo y la empujó para que echara a andar.

—Segurísima. No hay nada más que un arbusto.

—¿Sólo un arbusto?

—Sólo un arbusto —repitió Xena, instando a la bardo a que caminara por el sendero de regreso a su campamento.

Echaron a andar a toda prisa por el sendero, mientras Xena se aseguraba de que la bardo no miraba atrás.

—Entonces, ¿ahí no había nada? —preguntó Gabrielle de nuevo mientras caminaban.

—Nada —confirmó Xena.

—¿Ni rastro de la criatura que me perseguía?

—Ni rastro de nada... ni comido por los gusanos ni nada.

Gabrielle suspiró.

—No me crees.

—Tranquila. Sí que creo que algo te persiguió. Pero fuera lo que fuese —dijo Xena, mirando con cautela hacia atrás—, ya se ha ido. Vamos a recoger y a marcharnos de aquí. ¿De acuerdo?

Gabrielle levantó la mirada y frunció el ceño al ver la extraña expresión de su compañera.

—De acuerdo —contestó no muy convencida.

Xena guió a su amiga a través de los últimos árboles hasta entrar en su campamento, con cuidado de no volverse para mirar el arbusto, ni el montículo recién excavado que era a todas luces una tumba oculta entre sus ramas.

La guerrera se apresuró a llegar hasta Argo y ató a toda prisa las alforjas a la silla.

Gabrielle recogió las mantas que quedaban y se puso a enrollarlas.

—¿Y mis bragas? —preguntó, deteniendo su tarea para mirar a su compañera.

—¿Qué? —preguntó Xena, algo sobresaltada, más por el escalofrío que le recorría la espalda que por la pregunta de Gabrielle.

—Mis bragas. ¿Has encontrado mis bragas?

—Ah, eso —dijo Xena con indiferencia, olvidándose de tumbas y fantasmas mientras metía con disimulo la prenda en cuestión dentro de su alforja—. No. No las he encontrado. —Se volvió y sonrió a su compañera—. Supongo que tendrás que prescindir de ellas.


FIN


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