Comer fuera

DJWP



Advertencia: ¿Es sexo o es subtexto?
Algunos creen que una comida deliciosa es algo tan bueno como el sexo. Si es así, este relato contiene sexo por consentimiento mutuo entre dos mujeres que están enamoradas. Si sois menores de 18 años o si comer algo delicioso es ilegal donde vivís, id a un McDonald's en lugar de leer esta historia.
Advertencia adicional: Si sois vegetarianos, es posible que este relato os resulte desagradable.

Título original: Eating Out. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Gabrielle se quitó el pesado morral del hombro y suspiró aliviada al abrir la puerta de su habitación.

—¡Por fin! —exclamó, observando la estancia y sonriendo cuando sus ojos se posaron en la cama.

Parecía que llevaban una eternidad viajando sin parar. Xena estaba decidida a llegar a Tebas con la próxima luna llena y avanzaba sin descanso, obligándolas sin piedad a devorar incontables y polvorientas leguas cada día. El día seguía a la noche que seguía al día que seguía a la noche en una hilera interminable de arena, piedras, campamentos y, aún peor, carne seca para desayunar, comer y cenar.

Francamente, Gabrielle no creía que fuera a poder tragarse un trozo más de tasajo ni aunque le fuera la vida en ello, por no hablar de volver a dormir sobre un lecho de piedras y tierra. Cuando llegaron a la siguiente aldea, la bardo se detuvo en seco, se lanzó sobre la guerrera y amenazó con derribar a la princesa de la silla si no aceptaba pasar la noche en una habitación.

Xena enarcó una ceja y frunció el ceño mientras su amiga enumeraba una retahíla continua de exigencias.

—Quiero parar. Ahora. Quiero una habitación, con una cama y comida y que no sea carne seca. Cualquier cosa menos carne seca... y quiero un baño —declaró Gabrielle con firmeza, sujetando la vara en posición de ataque por si la guerrera osaba negarse.

Pasaron unos segundos en silencio, mirándose la una a la otra en medio del camino caluroso y polvoriento.

—Está bien.

Esas dos palabras sellaron la paz entre ellas.

Sin decir nada más, Gabrielle se dio la vuelta y se dirigió a la posada con paso decidido y una sola cosa en la mente: un baño caliente y una cama.

Bueno, vale, eran dos cosas.

Y una de ellas estaba justo delante de ella.

Gabrielle tiró el morral al suelo, sin importarle dónde cayera, y se dejó caer de espaldas en la cama con un suspiro de felicidad. Se podría haber quedado allí para siempre, con los brazos y las piernas estirados sobre el blando colchón, si los pesados pasos de una malhumorada guerrera que subía las escaleras no hubieran interrumpido su paz.

—Oh-oh. Ya viene —susurró Gabrielle para sus adentros y luego decidió que se iba a quedar exactamente donde estaba.

La puerta se abrió de golpe y Xena entró en la habitación caminando de espaldas, cargada con el grueso de sus pertrechos. Había llevado a Argo al establo, dejándola en manos del mozo de cuadra, pero había metido todas sus pertenencias en la posada.

La guerrera echó una mirada irritada a la bardo y dejó caer todo al suelo justo encima del morral de Gabrielle. Con una mirada, desafió a Gabrielle a decir una sola palabra. La bardo pasó de ella.

—Veinticinco dinares —rezongó Xena.

Gabrielle se movió en la cama muy contenta y no contestó.

—Espero que estés cómoda.

—Mucho —contestó la bardo.

—Más te vale. —Xena se sentó en una silla a meditar lúgubremente.

Gabrielle suspiró y se incorporó.

—Es una habitación muy bonita, Xena. —Se levantó y señaló hacia la ventana—. ¡Tenemos una vista estupenda!

—Sí, del establo.

—Puedes vigilar a Argo.

Xena soltó un resoplido y apartó la vista.

—Me voy a pasar la noche oliendo a caballo.

Gabrielle decidió no hacer caso de la negatividad.

—El baño está justo al lado. Agua caliente. Jabón. Pelo limpio. ¿Recuerdas el gusto que da eso? —Gabrielle intentaba sacar a la guerrera de su pésimo humor.

Xena se quitó un poco de suciedad de una uña y lo tiró.

—No estoy tan sucia.

Ahora le tocó a Gabrielle soltar un resoplido.

—Pues lo que hueles no es Argo.

La mirada furibunda de Xena cayó sobre la espalda de la bardo cuando ésta se acercó a una mesa.

—No sé tú, ¡pero yo me muero de hambre! —La atención de Gabrielle pasó de su enfurruñada compañera a una tableta de piedra bien colocada como pieza central. Cogió la tableta y leyó, con los ojos relucientes al ver las palabras más maravillosas que había visto jamás—. ¡Oh, Xena! ¡Fíjate en esto! —Gabrielle se enjugó un lado de la boca, pues le había caído la baba sin querer—. La Posada del Lomo Tierno se enorgullece de ofrecer un increíble servicio nuevo sólo para nuestros huéspedes: la mejor cocina de Gastronomia llevada directamente a tu habitación. Pollo Frito de Corinto: sólo las partes más tiernas y jugosas del pollo, rebozadas de forma ligera y crujiente y servidas con dos tipos de acompañamiento a tu elección: mazorca de maíz, puré de patatas con salsa, ensalada de col o frijoles refritos. —Gabrielle apartó la vista de la tableta—. ¡Eso suena delicioso!

Xena hizo una mueca.

—¿Qué Hades son frijoles refritos?

—¿Y yo qué sé? ¡Pues no lo pidas, si no quieres!

La bardo echó una mirada fulminante a Xena y luego siguió leyendo.

—¿Y esto qué te parece, Xena? Hamburguesa del Rey: dos piezas de tamaño extra de carne picada de vaca, tomate, lechuga, pepinillos, cebollas y una salsa especial, servidos sobre un bollo de semillas de sésamo. Queso feta por un dinar más.

La bardo miró expectante a la guerrera.

—¡Un dinar más por el feta! ¡Eso es un robo a mano armada! —rezongó Xena.

Gabrielle suspiró y meneó la cabeza.

—Xena, intenta al menos animarte un poco, por favor. Necesitamos descansar y necesitamos comer. ¡Y yo no voy, repito, no voy a comerme tu carne apestosa esta noche!

Xena se encogió de hombros y se sacó otro poco de mugre de una segunda uña. Se olisqueó rápidamente el sobaco e hizo una mueca. Gabrielle tenía razón: olía a algo y no era a rosas.

—Está bien. ¿Qué te parece esto? —Gabrielle se colocó un mechón suelto de pelo dorado rojizo detrás de la oreja y siguió leyendo la tableta—. Taco Tártaro: fuerte y picante, picadillo de cordero sazonado, acompañado de trozos de lechuga y queso, envuelto en una tortilla. Puedes elegir una tortilla de maíz o de trigo.

Gabrielle levantó la mirada a la espera de la contestación de Xena.

—¿El queso es extra?

Gabrielle volvió a mirar la tableta.

—No lo dice.

—¿Qué es una tortilla? ¿Algo así como una flotilla? —se preguntó Xena.

—Ni la menor idea —contestó Gabrielle.

—Mmmm. Taco Tártaro. Me parece adecuado. Más vale que me vaya acostumbrando a la comida.

—Eso no tiene gracia, Xena. Venga, ¿no tienes hambre?

—No —refunfuñó Xena—. No tienen nada que me guste.

—Pues muy bien. Muérete de hambre. Yo voy a pedir algo.

Gabrielle miró el final de la tableta, esperando descubrir instrucciones sobre cómo encargar la comida.

—Rellena el pergamino situado junto a esta tableta y dáselo al camarero. Tu encargo será entregado en menos de media marca o de lo contrario, ¡será gratis! Bueno, eso me parece bien —anunció Gabrielle, sonriendo toda contenta.

La bardo cogió el pergamino de pedidos de la mesa y escribió su encargo.

—Yo voy a pedir el Pollo Frito de Corinto. ¿Estás segura de que no quieres nada?

La guerrera se encogió de hombros sin pronunciarse.

—Sé que tienes que tener hambre, Xena. Te voy a encargar el Taco Tártaro. ¿Te parece bien?

La guerrera volvió a encogerse de hombros.

Gabrielle miró a su amiga con irritación y escribió en el pergamino, sin apartar los ojos de la guerrera.

—Un Taco Tártaro para la Quejica Guerrera.

Dejó la pluma en la mesa con un golpe y salió bruscamente de la habitación para entregar el pedido al camarero. Xena la siguió con la mirada y se rió por lo bajo. Le encantaba jugar a "picar a la bardo". Luego olfateó el aire a su alrededor. Se imponía un baño.

Gabrielle abrió la puerta y volvió a entrar en la habitación, sorprendida por un instante al no ver a Xena por ninguna parte.

—¿Xena? —preguntó en voz alta, preguntándose dónde se había metido su compañera. Entonces notó que la puerta que comunicaba su habitación con la del baño estaba entornada y oyó un chapoteo. Gabrielle sonrió por dentro y se acercó en silencio para atisbar. Aunque estaba de espaldas a la puerta, Gabrielle vio que Xena estaba sumergida hasta las cejas en el agua y las burbujas, disfrutando plenamente del baño.

Gabrielle pensó un momento en unirse a ella y luego cambió de opinión. Que disfrute. A lo mejor así se le pasa el mal humor.

De todas formas, tenía demasiada hambre para pensar en bañarse. La bardo se puso a preparar la mesa para lo que esperaba que fuera un festín sensacional.

Fieles a lo prometido, menos de media marca más tarde alguien llamó a la puerta.

—¡Un momento! —exclamó Gabrielle y se puso a hurgar en la pila de zurrones, petates y bolsas que Xena había tirado descuidadamente en el suelo para encontrar su morral. Sacó una bolsa llena de dinares y abrió la puerta.

—¿Tu pedido? —preguntó el repartidor, alargándole una cesta llena de comida.

—¡Mmm! ¡Sí! —contestó Gabrielle con una sonrisa y luego agarró la cesta y se metió en la habitación para dejar el encargo encima de la mesa. Corrió de nuevo a la puerta y al repartidor que esperaba.

—¿Cuánto es?

—Cuatro dinares.

—Me parece razonable. —Depositó cuatro dinares en la palma extendida del repartidor y sonrió. Él se miró la mano y gruñó.

Gabrielle pareció confusa.

—Cuatro dinares. Es lo que has dicho, ¿no?

El repartidor se mantuvo firme con la mano extendida.

Gabrielle se encogió de hombros, sonrió al chico y cerró la puerta, echando a correr casi hasta la mesa y la cesta de comida.

Fuera de la habitación, el repartidor se miró la mano.

—Estos nuevos servicios. —Meneó la cabeza—. No sé yo si acabarán poniéndose de moda.

—¡Xena, ya está aquí la comida! —le gritó Gabrielle a la guerrera, que seguía en la bañera—. ¡Date prisa antes de que se enfríe!

Gabrielle se puso a desenvolver los preciados paquetes que venían en la cesta. Los dispuso sobre la mesa con la esperanza de que la colocación pareciera un pequeño banquete, mejorando aún más el humor de Xena. Colocó los tacos de Xena pulcramente ante la silla de la guerrera y luego dispuso su propio pollo y los acompañamientos, colocando cuidadosamente todo lo que había elegido al alcance de la mano. No quería que nada detuviera el proceso de comer. Todo tenía una pinta deliciosa.

Xena entró en la habitación envuelta únicamente en una toalla. El hermoso pelo negro de la guerrera estaba mojado, reluciente y limpio. Su piel olivácea brillaba con un leve tono enrojecido, acaricada por el calor de un baño muy caliente.

A Gabrielle se le iluminaron los ojos al ver a la Princesa Guerrera deliciosamente húmeda. No sabía qué tenía un aspecto más apetitoso, Xena o la comida. Gabrielle sonrió suavemente, dejando que sus ojos recorrieran el camino trazado por las gotitas de agua que resbalaban por la sien de Xena, se deslizaban por el lado de la mandíbula, bajaban por el pulso de su cuello y luego desaparecían en el escote de su pecho. La bardo se lamió los lamios sin darse cuenta.

—Parece delicioso —murmuró.

—Sí que lo parece —asintió Xena sonriendo y se sentó, mirando la comida que había sobre la mesa. Sonrió de oreja a oreja ante el festín de pechugas, muslos y patas de pollo y los acompañamientos que Gabrielle se había preparado y luego frunció el ceño al ver su propia comida, escasa en comparación. Tenía que reconocer que las pechugas de pollo de Gabrielle parecían mucho más apetitosas que sus dos solitarios tacos.

—¿Vas a reconocer por fin que tienes hambre? —preguntó Gabrielle, con los ojos relucientes al ver a Xena prácticamente babeando encima de sus pechugas.

Xena asintió despacio y clavó los ojos en los de la bardo.

—Me muero de hambre —contestó, con un gruñido.

Gabrielle alzó la barbilla con satisfacción.

—Eso me parecía.

Le sostuvo la mirada a Xena y dejó que sus labios se curvaran en una ligera sonrisa.

—Bueno, puedes comer lo que quieras.

—¿Lo que quiera? —repitió la guerrera, enarcando una ceja.

—Lo que quieras —confirmó Gabrielle suavemente.

—¿Puedo tomar cualquier cosa que desee? —repitió Xena, queriendo asegurarse de que no había interpretado mal las intenciones de la bardo.

Gabrielle no dejó que le fallara la mirada al responder:

—Cualquier cosa.

La guerrera se levantó despacio y rodeó la mesa para plantarse ante su compañera, sin dejar de mirarla a los ojos.

—¿Cualquier cosa que quiera? —repitió Xena en un susurro. La bardo asintió despacio, mostrando su acuerdo.

Gabrielle observó fascinada cuando los ojos de Xena soltaron un destello de expectación y alargó la mano para capturar despacio una de las pechugas de Gabrielle. La bardo aspiró una brusca bocanada de aire al darse cuenta de lo que había elegido la guerrera.

Los dedos de Xena palparon la forma de la pechuga sin apartar la vista de Gabrielle, deleitándose en lo firme y bien formada que parecía entre sus dedos. Estaba claro que había elegido correctamente. Observó el rostro de la bardo con atención por si veía alguna señal de protesta. Al no ver ninguna, bajó la cabeza para llevarse la pechuga a los labios.

Gabrielle sonrió con placer y Xena gimió cuando sus labios rozaron la piel tierna.

A la guerrera se le pusieron los ojos en blanco y ya no pudo retrasar más su intención de hundir los dientes en la suculenta carne.

El primer bocado fue mucho mejor de lo que esperaba. De hecho, era la mejor carne que había probado jamás. La guerrera vocalizó su aprobación y abrió los ojos para mirar a la atenta bardo. El placer era recíproco, pues a Gabrielle le encantaba ver cómo Xena consumía su premio.

El placer evidente de la bardo era el permiso que necesitaba Xena para acabar por completo con el dulce alimento que tenía en los labios. Lo atacó con total desenfreno, sin detenerse hasta haber mordido o lamido cada curva, chupado y masticado cada milímetro de la carne tierna y expuesta. Terminó el asalto en la deliciosa punta, dura y crujiente, saboreando el delicado bocado hasta el final.

Xena levantó la cabeza y sonrió a la bardo, pasándose la lengua por los labios satisfechos.

—¿Quieres más? —preguntó Gabrielle, sabiendo que la guerrera jamás podría quedar satisfecha con una sola pechuga.

Xena asintió ferozmente. Gabrielle bajó la mirada con timidez, dando su consentimiento a la guerrera para continuar. Xena agarró inmediatamente la otra pechuga y la atacó con el mismo fervor que la primera.

—¡No me estás dejando nada más que piel y huesos! —dijo Gabrielle, riendo roncamente.

—Ésa es mi intención —respondió Xena con un gruñido y empujó a Gabrielle para sentarla en su silla. La guerrera habría terminado con las pechugas, pero su voraz apetito distaba mucho de estar saciado.

Xena se irguió por completo y miró a la bardo con los ojos entornados, desafiando a Gabrielle a que intentara detenerla. Gabrielle no presentó la menor objeción, sino que se reclinó feliz en la silla, haciendo un gesto de aprobación para que Xena hiciera lo que quisiera.

El consentimiento de la bardo provocó una ligera sonrisa en los labios de la guerrera y enarcó la ceja al bajar la mano, esta vez para agarrar con firmeza una pata. Los ojos de Gabrielle siguieron la mano de Xena y sonrió cuando la guerrera tiró bruscamente de la pata, destapando la carne tierna y deliciosa del muslo.

Xena sonrió totalmente extasiada al ver los jugos suculentos que manaban del centro para recibirla. Tuvo que ejercer todo su autocontrol para no devorar las dos patas y todo los demás en ese mismo instante con el salvajismo de un animal. Si no hubiera querido saborear la experiencia, lo habría hecho, pero Gabrielle estaba mirando y la guerrera quería que la bardo experimentara cada bocado con ella.

En lugar de devorar la carne, como le pedía la oscuridad que llevaba dentro, Xena metió la lengua con deliberada indolencia en cada rincón para lamer los ricos jugos. Su esfuerzo por controlarse obtuvo su premio, pues los ojos de Gabrielle se encendieron de evidente placer.

Xena cerró los ojos, gimió y volvió a lamer. Luego mordió, lamió, mordió, variando el asalto con largas y lentas caricias con la lengua y ataques casi feroces con los dientes.

Gabrielle observó a Xena hasta que ya no pudo soportar más. Su propia hambre estaba descontrolándose también. Quería apartar la boca de Xena y terminar el trabajo ella misma, pero temía la reacción de la guerrera si le negaba la satisfacción en este momento.

Xena pareció sentir la necesidad de Gabrielle. Nunca quería negarle nada a Gabrielle, pero no estaba dispuesta a dejar que Gabrielle terminara esto. La guerrera detuvo los movimientos de su boca y miró a la bardo para obtener permiso para utilizar los dedos.

El hambre creciente que se veía en los ojos de Gabrielle le advirtió de que cualquier cosa que fuera a hacer, sería mejor que la hiciera ya y acabara de una vez. Los ojos de Xena soltaron destellos al meter un dedo despacio y con cuidado en los suculentos jugos, luego lo sacó y se lamió el dedo bien untado con la lengua.

—Mmmm —gimió Xena, contenta cuando su compañera sonrió.

Xena volvió a meter el dedo, sonriendo al notar la facilidad con que se deslizaba dentro de la tierna carne. Metió y sacó el dedo intentando separar la carne, hasta que se dio cuenta de que iba a tener que usar dos dedos para terminar el trabajo. Cuando Xena puso en marcha el pulgar, Gabrielle se dio cuenta de que la intención de Xena era devorarlo todo, sin dejar nada atrás. Y a ella le parecía estupendo.

La bardo capturó la intensa mirada de Xena con la suya, queriendo que su compañera supiera que todo lo que le daba, Gabrielle se lo daba por amor. Vio que Xena sonreía comprendiéndolo, sin detener su ataque ni por un momento. Gabrielle echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y gimió con fuerza.

Cuando Xena terminó, efectivamente no había dejado nada salvo los huesos.

La guerrera se dejó caer en la silla con un gran eructo de satisfacción y se limpió los sabrosos jugos de los labios con el dorso de la mano.

Gabrielle alzó la cabeza para contemplar los restos diezmados de su comida. Sonrió a los risueños ojos azules de la guerrera y señaló la mesa con la mano.

—Bueno, ¿estás satisfecha? —preguntó Gabrielle con una sonrisa.

Xena enarcó una ceja y se puso a hurgar en los envoltorios y platos que quedaban de su propia comida, dispuesta a lanzarse también sobre los tacos.

Gabrielle apartó la mano de Xena de un manotazo.

—Creo que estoy satisfecha —replicó Xena con una sonrisa burlona, advirtiendo el hambre que se apoderaba de los ojos de la bardo—. La pregunta es, ¿lo estás tú?

De alguna manera, la guerrera que no había querido detenerse en la aldea se las había arreglado para bañarse primero y luego atracarse con la comida. Estaba claro que le tocaba a Gabrielle.

Gabrielle se levantó amenazadora de la silla y se acercó con movimientos descarados a Xena.

—Ah, lo estaré —prometió Gabrielle—. Cuando me coma tu taco.


FIN


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