Vestigios de calor

Darshann (XluvsG)



Descargo: Xena y Gabrielle pertenecen a Renpics y no se pretende infringir sus derechos. El resto del relato y la idea son míos. Si el amor romántico entre dos mujeres con consentimiento mutuo os ofende, leed otra cosa. No hay sexo gráfico.
Ambientación: Tras Antonio y Cleopatra, en el viaje de vuelta a casa, desde el punto de vista de Gab.
Comentarios a: kissmescully@aol.com (mencionad el título).

Título original: Traces of Warmth. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


El calor del fuego baila en mis riñones, hablando en susurros de algo casi olvidado. Mientras contemplo el mundo que se extiende ante mí, el desierto estéril de Egipto me contempla a su vez.

Xena respira suavemente dormida detrás de mí. De vez en cuando suelta un jadeo angustiado. El instinto profundamente arraigado de acudir a ella surge dentro de mí, pero me quedo quieta. Una sensación peor que la desesperación me sube por la espalda.

La echo de menos. No sabía que se podía echar de menos a alguien que jamás está a más de unos pocos metros de distancia.

Las lágrimas me irritan los ojos y tengo un nudo en la garganta. Entre nosotras se ha roto algo y no tengo ni idea de qué puede ser. Durante este viaje, con Eva en casa, nuestro distanciamiento salta a la vista. Creo que, en el fondo, estaba segura de que lo único que nos hacía falta era estar un tiempo las dos solas. Al fin y al cabo, la maternidad es mucho trabajo, da igual quiénes sean las madres. ¿A quién quiero engañar? Eva sólo tiene una madre.

Basta, Gabrielle. Está preocupada por los dioses. Eso es todo. No es más que eso...

La imagen de Xena besando a Antonio me invade la mente y se me atraviesa un sollozo en la garganta. Sí, claro, Xena no paraba de asegurarme que no era más que parte del plan, que no había nada real... pero no puedo dejar de verla de pie a la luz de la luna, dándome la espalda. Diciéndome que mis temores eran ciertos. Tan bella. Tan lejana.

—¿Gabrielle? —Una voz envuelta en sueño sale de la noche y me golpea con fuerza. Me estremezco, y el sobresalto me saca de mis sombrías reflexiones.

—¿Sí? —Me armo de valor para hacer frente a la pregunta inevitable. Se me encoge el estómago sobre sus paredes vacías.

—¿No puedes dormir? —La oigo incorporarse sobre un codo, horadándome la espalda con los ojos, mucho más ardientes que la hoguera que crepita entre nosotras.

—Estaba pensando. Vuelve a dormirte. —Eso me ha salido demasiado seco. Maldición.

Nada. Silencio. La sangre me corre ensordecedora en los oídos y de repente me siento desfallecida. Todavía no se ha movido, pero está esperando. Esperando a que yo diga algo más. Pero no puedo. No puedo hacer las preguntas que me están perforando el corazón. No creo que pudiera sobrevivir a las respuestas.

El momento se alarga tanto que empiezo a pensar que se debe de haber echado de nuevo en el petate sin que yo lo oiga. Me muero por volverme y mirarla. Ver su belleza acariciada por la oscuridad azul de la noche. Pero en cambio, sigo contemplando la nada.

—Gabrielle. —Su voz ronca me pega tal susto que doy un respingo.

—¿Qué? —Por los dioses, ¿cómo hemos llegado a este punto en el que ya no podemos hablarnos?

Siento más que oigo que se pone detrás de mí, y la suave opresión de mi pecho es la respuesta a la corriente eléctrica que hay entre nosotras.

—Dime qué te pasa.

La franqueza y comprensión de su orden son tan inesperadas que la miro a la cara sorprendida. Sus agudos ojos azules me atraviesan, llenos de eternidades de dolor. Xena.

La presa se rompe dentro de mí y me echo a llorar. Sus brazos me rodean y me estrechan en el calor que llevo tanto tiempo echando en falta.

Por un momento, los sollozos se hacen más intensos al sentir una acometida de alivio. La conexión tácita sigue ahí a pesar del distanciamiento. Entonces toco fondo y dejo de llorar. Me quedo flotando en su consuelo. Su corazón palpita contra mi mejilla.

—Gabrielle.

—Te echo de menos. —Se me escapan las palabras con un hilito de voz antes de que pueda examinarlas para ver si son erróneas. Pero son correctas y verdaderas. Ahora la suerte está echada. Se me corta el aliento mientras espero una respuesta.

—Yo también te echo de menos. —Tomo aliento, consciente al instante de que llevo aguantándolo mucho tiempo.

Su voz ronca susurra a la oscuridad encima de mi cabeza.

—Han cambiado tantas cosas.

Cierro los ojos con fuerza. Ya no me ama. ¡Ay, dioses! Siento que el suelo desaparece debajo de mí y me aferro a ella mientras el pánico me cala los huesos.

Con voz temblorosa, susurro:

—¿A qué te refieres?

—¿A qué me refiero? —Se ríe y se aparta de mí, intentando mirarme a la cara. Me niego a encontrarme con sus ojos, segura de lo que descubriré que falta. Pero Xena no está dispuesta y me sube la barbilla a la fuerza, obligándome a mirarla a los ojos.

Está sonriendo, lo cual me causa un estremecimiento en las entrañas. No sé qué significa. Estoy convencida de que ya no me quiere. Poco a poco, sus ojos se apagan y se llenan de lágrimas, y las comisuras de sus labios se tuercen hacia abajo.

—Ay, Gabrielle. Míranos. Somos apenas un eco de las personas que éramos hace cuatro años. Tú has crecido. Te has convertido en una persona totalmente nueva mientras yo miraba. Tan fuerte y segura...

—No. Sólo fuerte. Segura no. Xena, no estoy segura de nada, aparte de... —Vuelvo la cabeza cuando la emoción se estrella dentro de mí. Demasiado, no puedo soportarlo... Me suelto de sus brazos y me levanto. Dándole la espalda, me rodeo el tronco con los brazos, temblando por la pérdida de calor—. He perdido el camino y no sé cómo volver a casa. Sólo sé que no puedo perderte, pero te estoy perdiendo... —Respiró hondo—. Es así, ¿verdad?

Xena se queda callada un momento.

—Ya no me necesitas. Antes me necesitabas para que te mantuviera a salvo... y luego, cuando estaba embarazada... ya ni siquiera podía hacer eso. Y ahora que puedo otra vez... Han cambiado tantas cosas. Ya no me necesitas. Tal vez haya llegado el momento de que te...

En mi pecho estalla un incendio y de repente lo veo todo rojo. ¡¿Cuántas veces tengo que decírselo?! Me vuelvo en redondo.

—Xena, claro que te necesito. ¡Siempre te necesitaré! ¡Y ni te atrevas a decirme que te deje! A menos... —El globo rojo de furia se desinfla cuando por fin me doy de bruces con el núcleo de mi miedo.

Siento frío en la boca del estómago y me quedo mirando el suelo. Sé lo que estoy a punto de decir. Quiero huir antes de oír la respuesta.

—Xena, ¿tú todavía me a...? Con Antonio te...

Xena me interrumpe.

—Ya te dije que no sentía nada real por él.

Rabia. Harta de no saber. De tener tanto miedo.

—Me fijé en tu cara, te conozco. No me mientas. Sobre esto no. —La miro a los ardientes ojos azules, en busca de algo. Grito por dentro porque el mundo está a punto de hundirse a mi alrededor.

—Me... me sentía atraída por él. —Se calla, buscando una reacción en mi cara. Pero mi cara es un libro cerrado para ella. Una máscara sólida, aprendida de la mejor. Aparta los ojos, contempla el fuego y luego suspira profundamente—. Hace tanto tiempo que no me siento como alguien q... No hemos... la forma en que me miraba. Era como...

A través del océano de náusea, de repente caigo en la cuenta.

—Como cuando acabábamos de enamorarnos.

—Sí. Él hizo que volviera a sentirme sexy y maravillosa. —Sus ojos vuelven a mirarme. Angustiados. Preocupados. Culpables—. Pero no era cierto. Es decir, sólo sirvió para recordarme lo que nosotras...

Oh. Ay, dioses. Me arrodillo delante de ella para que nuestros ojos queden a la misma altura.

—¿Es que yo no hago que te sientas así?

—Gabrielle, ¿cuándo fue la última vez que hicimos el amor? ¿Cuándo fue la última vez que tuvimos un momento para estar solas?

Hago memoria a toda prisa y descubro que está turbia. Llena de fragmentos desordenados de combates y huidas y preocupación desesperada por la seguridad de Xena y luego de Eva. El esfuerzo febril por hacer su papel, que me quedaba tan grande.

—Pues... pues...

—Desde que nació Eva, incluso antes... No parábamos de huir y de escondernos de los dioses y de todo el mundo. Y yo cada día estaba más enorme. Tú estabas tan decidida a protegerme que yo no sabía qué hacer. Veía cómo te estabas convirtiendo justo en lo que más habías evitado, pero no podía hacerte volver atrás. Estabas tan concentrada en convertirte en la protectora... y yo me sentía totalmente fuera de lugar. Inútil para ti. —Se contempla las manos.

Ay, Xena. ¿Cómo no me daba cuenta?

—Yo te necesito para muchísimas más cosas que la mera protección. ¿Es que no lo sabes? Necesito que me quieras, que hables conmigo, que seas mi mejor amiga. Me moría por tocarte, pero parecía que tú no querías que me acercara a ti. Pensaba que había hecho algo malo. Que ya no me...

Levanta la cabeza de golpe, soltando chispas por los ojos.

—¡No! Jamás. —Alarga la mano, agarra la mía y me acerca más a ella—. Era yo. Las cosas cambiaron tan deprisa y yo tenía tanto miedo... Todavía me da miedo ser madre.

—Xena, ¿por qué no me contaste nada de esto? ¿Por qué me excluiste? Siempre hemos podido hablar.

—Has cambiado, Gabrielle. Las dos hemos cambiado. Mientras yo estaba embarazada, eras la guerrera. Se volviste silenciosa y seria... absorta en tu nuevo papel. Saltabas a la mínima, como yo antes. Llevabas una máscara, la cara valerosa... y yo... Gabrielle, siempre has sido tú la que sentía las cosas, siempre has sido tú la que notaba que algo iba mal o que teníamos que hablar.

—Y entonces dejé de hacerlo porque estaba demasiado ocupada siendo la guerrera. Y tú tenías tanta idea de cómo hacer mi papel como yo de hacer el tuyo.

—Justo. Perdimos nuestro equilibrio natural.

—Pues tenemos que recuperarlo. O a lo mejor simplemente tenemos que buscar un equilibrio con esta nueva situación. —Sonrío. Y noto que la sonrisa se me extiende por la cara con una intensidad como hacía tiempo que no sentía. Los ojos de Xena se contagian de la animación, que no tarda en pasar a sus labios, que se abren como reflejo de mi sonrisa.

Me siento llena de ternura y el miedo se desvanece.

—Gracias por obligarme a hablar contigo. Lamento no haber hablado contigo antes. Yo también tenía miedo. Tenía miedo de que ya no me quisieras.

Sus dedos se enredan en mi pelo corto. La palma de su mano me acaricia suavemente la mejilla y la mirada de sus ojos se hace profunda.

—Yo siempre te querré, Gabrielle.

—Yo siempre te querré a ti también. —Me echo en sus brazos, notando el calor que me envuelve el cuerpo. La suavidad me envuelve como una manta cuando hundo la cabeza bajo su barbilla. Inmóviles, nos quedamos abrazadas la una a la otra. Perfecto, qué cosa tan perfecta.

Tras lo que pueden haber sido horas o meros minutos, la miro a la cara y me quedo sobrecogida de nuevo por su belleza. Una excitación eléctrica me recorre la piel con olas de calor.

—Eres tan... preciosa, Xena.

Agacha la cabeza y me mira, y por su rostro se extiende una sonrisa felina.

—Gracias —ronronea.

No hace falta que me devuelva el cumplido: está escrito en sus ojos, que me empapan de fuego. Durante unos instantes de ansia, no nos movemos, simplemente nos bebemos la esencia la una de la otra. Y entonces su cara se acerca más y huelo la dulce mezcla especiada que es Xena.

Sus labios tocan los míos, alimentando las llamas que arden bajo mi piel. Cuánto tiempo... hacía tanto tiempo. Me pego más a su boca. Noto la suavidad sensual y devoro el sabor salado y dulce. El mundo se desvanece y lo único que queda es este contacto. Dos cuerpos que se mueven como uno solo, destapando vestigios de calor largo tiempo ocultos y avivándolos hasta convertirlos en un incendio.

Y en medio de la pasión, sé que por fin he encontrado el camino de vuelta a casa.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
Ir a Novedades