Al otro lado del fuego

Linda Crist



Descargos: Este relato no ha sido escrito para obtener beneficio económico y los personajes son propiedad de RenPics. Contiene situaciones sexuales explícitas entre dos mujeres adultas. Además, da muchos detalles sobre la temporada 5. Mucho sufrimiento interno. Se agradecen comentarios en lindac@texasatty.com

Título original: Crossing the Fire. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Premio Xippy


Un lecho de brasas trémulas era lo único que quedaba de la hoguera donde habían hecho la cena. Habían lavado los pocos platos y organizado el campamento, y ahora la guerrera y la bardo estaban sentadas junto al fuego en agradable silencio. Bueno, casi silencio, salvo por el roce de la pluma de Gabrielle en la superficie de un trozo áspero de pergamino y el gorjeo encantado de la contenta y excitada Eva. La guerrera estaba jugando a los "caballitos" con la niña de mejillas regordetas, que estaba montada en la rodilla de Xena, soltando grititos de alegría de vez en cuando.

—Ah, así que eso te gusta, ¿eh, Evita? —La guerrera se rió alegremente, un sonido cálido y melodioso que envolvió a la bardo, que estaba sentada a unos metros de distancia de su compañera. El bebé chilló con fuerza cuando de repente Xena levantó a la pequeña por el aire y la depositó sobre su otra pierna.

—¡Al galope, al galope, al galope, soooo!

Gabrielle observaba a su compañera por el rabillo del ojo, contenta de ver a su compañera y mejor amiga feliz de verdad por primera vez desde hacía muchísimo tiempo. La bardo sonrió un momento y luego se puso seria, volviendo a sus escritos. Después de todo lo que hemos pasado, ha hecho falta un bebé para asentarla y dar a su vida un sentido auténtico más allá de la existencia nómada que hemos tenido durante los últimos cinco años.

Suspiró. Hubo un tiempo en que era yo quien la hacía sonreír. No era que tuviera celos de Eva, exactamente. ¿Cómo podía echarle algo en cara a una niña inocente sólo porque había nacido? Nacido tras ser concebida de una forma poco clara, justo después de los momentos más trágicos de su vida. Gabrielle no quería convertir a Eva en el chivo expiatorio de unos problemas que probablemente Xena y ella habían creado ellas solas.

Antes de la crucifixión, estábamos más cerca que nunca. La mañana que Amarice las encontró para informarlas de la muerte de Ephiny había sido una de las mejores mañanas. La noche antes hicieron el amor de una forma especialmente dulce, y Xena expresó no sólo con acciones, sino también con palabras, lo mucho que quería a Gabrielle. Hablaron hasta altas horas de la noche, reafirmando su entrega mutua como amantes, amigas y compañeras en la vida.

Esa mañana estuvo llena de bromas y juegos, mientras la bardo demostraba a la guerrera su nuevo método de pesca humanitaria. La alegría y el buen humor que sentían eran una extensión de las actividades de la noche anterior y se debían al nuevo nivel de igualdad y entendimiento que habían alcanzado en su relación. La India les había sentado bien, en muchos sentidos. Poco se imaginaban que todo estaba a punto de cambiar y que después, nada volvería a ser igual.

¿Todavía somos amantes? Después de la India, habría jurado que nunca volvería a surgir la idea de romper o de separarse. Compartían el vínculo eterno de las almas gemelas, una intimidad que parecía impenetrable. La expresión física de ese vínculo era exquisita, una unión no sólo de sus cuerpos, sino también de sus almas. Era una afirmación de que el amor que sentían era para siempre, no sólo en esta vida, sino también en muchas vidas todavía por venir. Si lo hubiera sabido.

Gabrielle siguió escribiendo, pero sus pensamientos se apartaban continuamente del pergamino. Esta misma mañana se habían marchado de la aldea amazona, después de resolver la pelea posiblemente más fuerte que habían tenido desde hacía dos años. Casi me deja. La bardo quería quedarse y ser reina en activo de su tribu amazona, pero la guerrera, después de pensárselo mucho, había decidido que quedarse en un solo sitio no era lo que le apetecía. Enfadadas, acordaron una separación de prueba. Prefería irse de pesca a quedarse conmigo. ¿Y qué es todo eso de "nuestra hija"? Se iba a llevar a Eva sin más, sin mencionar visitas ni nada. Gabrielle se había puesto furiosa.

Por pura casualidad, Xena se puso a leer los pergaminos de Gabrielle y cambió de idea. La guerrera se mostró dispuesta a apoyarla e instalarse en la aldea, pero de repente Gabrielle se dio cuenta de que no quería quedarse con las amazonas. Lo que había querido todo el tiempo era una garantía de que Xena todavía quería estar con ella, de que ella todavía era lo primero.

Bueno, lo conseguí, ¿no? Estaba dispuesta a quedarse conmigo, sin importar cómo. Eso es algo. Pero ojalá... Se preguntó si alguna vez podrían recuperar el nivel de intimidad que habían tenido antes de morir. Ahora tenían demasiadas cosas en su contra. Eva requería cuidados constantes. Y los dioses no paraban de intentar dar con ellas. Siempre estamos huyendo. Siempre peleando. Yo estoy siempre peleando, con ella y con la gente que intenta hacernos daño. La bardo estaba cansada, entre otras cosas.

Gabrielle notó que se le ponía un nudo en la garganta y miró fijamente el pergamino hasta que consiguió controlar la emoción. Llevo más de un año ya dejando de lado mis sentimientos. La pequeña Eva tenía cuatro lunas. La bardo quería creer que el distanciamiento que había ido en aumento entre Xena y ella se remontaba al embarazo. Menuda pelea fue aquella. Probablemente la peor hasta esta última en la aldea.

La guerrera tuvo que esforzarse muchísimo para convencer a Gabrielle de que no se había acostado con ningún hombre. Desde el punto de vista racional, la bardo sabía que eso habría sido poco menos que imposible. Los únicos hombres con los que habían pasado cierto tiempo desde que volvieron a la vida habían sido Joxer y Eli. Gabrielle sabía que era absolutamente imposible que Xena hubiera tenido relaciones físicas íntimas con ninguno de los dos. Pero le costaba mucho creer que la guerrera no tuviera ni idea de cómo se había quedado embarazada.

Durante un tiempo, Gabrielle sospechó de Ares. A fin de cuentas, había interrumpido a su compañera y al dios de la guerra, sorprendiéndolos en una situación bastante comprometida en la sala del baño. Estaban a punto de besarse y Xena estaba totalmente desnuda. Y en ese momento, Xena no recordaba en absoluto su odio por Ares. La guerrera era muy vulnerable. Pero cuando recuperó la memoria, le dijo a la bardo que recordaba todos los detalles desde la crucifixión y que sabía que no se había acostado con Ares. Gabrielle la creyó. No había motivo para no hacerlo.

Había sido tan raro regresar de entre los muertos. Eso, ya de por sí, bastaba para volver loco a cualquiera, si se pensaba mucho en ello. El embarazo de la guerrera no había hecho más que acumular más confusión en dos psiques que ya eran frágiles. Cuando supieron que Xena estaba encinta, fue Gabrielle, casi todo el tiempo, la que tuvo que encargarse de protegerlas. A las tres. ¿Quién tenía tiempo de reflexionar sobre el pasado reciente, cuando estaban a punto de tener familia inmediata en un futuro no muy lejano?

Y durante un tiempo, parecía que nunca se iban a poder quitar de encima a Amarice y a Joxer. Ya no estamos solas nunca. Amarice estaba ahora con las amazonas del norte y Joxer se había ido con esa joven amazona de la que se había hecho amigo, para explorar la posibilidad de tener un futuro juntos. Y seguimos sin estar solas. Observó a Xena lanzando al aire a Eva, que no paraba de moverse. Me pregunto si lo estaremos alguna vez.

Y si era sincera consigo misma, sabía que sus problemas habían empezado antes de que supieran lo del embarazo de Xena. Se había creado un distanciamiento tangible entre las dos desde que volvieron de la muerte. Habían hablado poco de sus experiencias, tanto en el Cielo como en el Infierno. Era demasiado difícil. Y demasiado doloroso. Ambas habían estado dispuestas a traicionarse la una a la otra. Ni siquiera habían hablado de la agonía de la crucifixión misma ni de los horribles recuerdos que tenían de ver a la otra sufrir y morir.

Desde que habían vuelto, las noches eran difíciles. Con Joxer y Amarice viajando constantemente con ellas, colocaban sus petates a una distancia platónica el uno del otro. A Gabrielle le dolía el corazón en aquellas largas noches de soledad. Ansiaba acurrucarse junto a Xena y dejar que los largos brazos que habían sido una fuente de consuelo para ella hicieran su magia. Y echaba de menos las conversaciones apacibles entre las dos a solas. Antes de morir, estaban tan cómodas la una con la otra. Echaba de menos hablar con su mejor amiga.

Habían hecho el amor una sola vez desde que Eli las resucitó. Después del enfrentamiento con Alti y todo el lío con las amazonas del norte, cuando Gabrielle murió un instante en el plano espiritual, intentando rescatar el alma de Eva de la malévola chamana. Dejaron atrás a Amarice y esa noche se encontraron solas por primera vez desde que dirigieron a las amazonas en la guerra contra Bruto y Pompeyo.

Por costumbre, colocaron sus petates a varios metros de distancia. Estaban tan acostumbradas a guardar una distancia cortés entre las dos que se había convertido en algo natural. Pero la guerrera acudió a ella esa noche, abrumada de deseo. Xena le hizo el amor como si le fuera la vida en ello, con besos y caricias de intensidad casi salvaje. Gabrielle no se lo esperaba, especialmente porque la guerrera ya estaba embarazada entonces, aunque apenas se le notaba. Era un nivel de necesidad que nunca habían compartido antes.

Después, fue Gabrielle la que acunó a la guerrera, mientras Xena lloraba y revivía la pesadilla de esos instantes en que creyó que su amante estaba muerta de nuevo.

—Yo te envié a luchar con Alti. Y casi te pierdo. Lo siento tanto. Tanto, tanto.

Esa noche hablaron largo rato y la bardo tuvo la esperanza de que las cosas volvieran a la normalidad entre ellas. Pero se habían dejado sin decir muchas cosas importantes y a la mañana siguiente la magia había desaparecido. Xena había vuelto a su estoicismo habitual y su única preocupación era proteger a su hijo no nacido. Los brazos vacíos de Gabrielle siguieron doliéndole por las noches, mientras notaba que cada vez se iban distanciando más.

Y luego Ares mató a Eli y Xena echó la culpa a la bardo de no haberlo defendido. Gabrielle todavía no sabía cómo habían superado esa brecha en su relación.

—Aunque Eli hubiera querido que lo hiciera, ¿cómo puedes esperar que luche contra Ares y gane? ¿Cómo puedes? Es el dios de la guerra, por favor. ¿Desde cuándo esperas que luche contra los dioses? ¡Antes tú me protegías de ellos! —le gritó la bardo a Xena poco después de dejar a los seguidores de Eli.

Sus palabras fueron como una bofetada en la cara para la guerrera. Xena se disculpó repetidamente, una vez más, en privado. Pero luego se pusieron inmediatamente a discutir sobre Calisto. La conmoción de descubrir que Calisto, nada menos, se iba a reencarnar en el bebé de Xena no había hecho sino aumentar sus problemas.

Esos breves abrazos cuando se volvieron a reunir tras su pelea por lo de Eli habían durado poco. Dioses. Ésa fue una pelea digna del Tártaro. Gabrielle tenía sentimientos muy encontrados a la hora de ayudar a Xena a criar, en esencia, a Calisto. A Calisto, que había asesinado a Pérdicas y era la causa última de que las hubieran crucificado. El hecho de que Xena pudiera aceptar todo aquello y pensar que era una forma justa de que Calisto y ella quedaran redimidas por sus acciones del pasado le resultaba alucinante. ¿Justa para quién?

Calisto había sido en parte responsable de la muerte de Esperanza. Incita a mi hija a matar a Solan, obligándome a mí a asesinarla, ¿y luego se arrepiente y le da un hijo a Xena? Gabrielle ardía de rabia al pensar en eso y también en que Xena había entregado su luz a Calisto cuando estaban en el Infierno. Lo nuestro le parecía tan poco importante que estaba dispuesta a pasar una eternidad separada de mí para que nuestra mayor enemiga pudiera vivir en el Paraíso. En esa ocasión, el daño se había acumulado sobre el daño.

Pero como con tantos otros desacuerdos desde la crucifixión, estaban demasiado ocupadas con la difícil tarea de vivir para hablar de ello realmente, sin resolver nunca nada de forma duradera. Se reconciliaban lo suficiente como para volver a ser corteses la una con la otra y luego seguían adelante. Había demasiadas cosas en las que centrarse mientras se ocupaban de lo de siempre, proteger a Eva, tanto antes como después de que naciera. Así había sido desde que Xena se quedó embarazada.

—Eh. —La grave voz de contralto la sacó de sus lúgubres pensamientos—. ¿Estás bien? Pareces muy seria.

—Sí. —Gabrielle consiguió sonreír—. Sólo cansada. Creo que me voy a acostar.

—Yo también dentro de un momento. Evita está casi fuera de combate, por fin. No sé de dónde saca tanta energía. —La guerrera parecía auténticamente desconcertada, mientras contemplaba los ojos grandes y brillantes de su hija.

—No tengo ni idea —rió la bardo con sarcasmo. Incluso en su última estación de embarazo, la guerrera había sido tan capaz de dar saltos y blandir la espada como el que más. Al final de un largo día era Gabrielle la que solía estar agotada, mientras que la guerrera daba la impresión de poder dedicar varias marcas más a lo que hubieran estado haciendo ese día.

Hacía una noche preciosa, con una luna llena que bañaba el pequeño claro de una luz etérea. Una brisa suave y delicada movía las hojas de los árboles en lo alto y los ruidos de los grillos y las aves nocturnas eran como música. No creo que pudiera pedir un ambiente más romántico. La bardo desplegó su petate, colocándolo junto al fuego y dejando espacio suficiente entre las brasas mortecinas y ella para un segundo conjunto de pieles. Por si acaso. Se echó boca arriba y cruzó las manos detrás de la cabeza, contemplando las estrellas. A la espera. Esperanzada.

Sus deseos se vieron truncados rápidamente, al notar una bocanada de aire. Xena había reavivado el fuego y estaba colocando las pieles de dormir al otro lado. Como todas las noches. Gabrielle suspiró y se dio la vuelta, dando la espalda a las llamas y a la guerrera. No sé por qué he pensado que esta noche iba a ser distinta a cualquier otra. Ni siquiera habían compartido una cama en la aldea amazona, en la intimidad de la cabaña de la reina. Es evidente que ya no me desea. ¿Por qué no puedo aceptar que volvemos a ser amigas platónicas? No es algo tan horrible.

Había tenido la esperanza de que su decisión de permanecer juntas quisiera decir que estarían juntas en todos los sentidos. Sola en la oscuridad, por fin dejó que afloraran las emociones contenidas. Se le derramaron las lágrimas de los ojos, resbalándole por las mejillas, mojando el zurrón que usaba como almohada. No puedo aceptarlo porque sigo enamorada de ella. Consiguió llorar en silencio. Lo último que quería era ser abrazada por compasión.

La guerrera se dejó caer en el petate, colocando delicadamente a Eva a su lado en su propio nidito de pieles. La agotada niña estaba tranquila, pero seguía despierta, agitando los párpados caídos en un esfuerzo obstinado por mantener a raya el sueño.

—Shhh. Ahora duerme, Evita. Mañana volvemos al camino. Le he prometido a Gabrielle un viaje al Nilo. Pero primero tenemos que llevarte a que te quedes con tu abuela en Anfípolis. Sí, eso es. Quieres a la abuela, ¿verdad?

Xena se rió y la arrulló suavemente, haciendo cosquillitas a la niña debajo de la barbilla y arropándola con una mantita. La bardo siguió llorando en secreto, mientras la guerrera se ponía a cantar una nana en voz baja:

Calla ahora, pequeña mía,
Por favor, no llores,
Pon la cabeza en mi hombro y suspira.
El sol se ha marchado,
Mamá está a tu lado,
El silencio continuará mientras estés dormida.*

Xena acomodó al bebé y luego se volvió de lado, observando la espalda de la bardo. ¿Dormida o despierta?

—¿Gabrielle? —susurró la guerrera suavemente, y no obtuvo respuesta. Soltó un suspiro decepcionado y se puso boca arriba, contemplando el cielo lechoso cubierto de estrellas. Echaba de menos imaginar formas en las estrellas con su compañera.

Echaba de menos muchas cosas. Gabrielle ya no le contaba nunca historias. Hacía tanto tiempo que no hablaban. Que no hablaban de verdad sobre nada aparte de Eva. Dioses, ya apenas nos tocamos siquiera. Ni siquiera para darnos un abrazo. La guerrera se culpaba a sí misma. Lo he fastidiado, como he fastidiado todo lo bueno que he tenido en mi vida. ¿Y por qué iba a desearme... así... todavía?

Xena recordaba vívidamente el tiempo que habían pasado en el Cielo. Y en el Infierno. La iba a sacar del Paraíso y obligarla a pasar la eternidad en el Infierno. ¿Pero cómo puedo ser tan egoísta? Me sorprende que después de que Eli nos resucitara no saliera corriendo para no volver jamás. Especialmente cuando me quedé embarazada.

La guerrera golpeó en silencio las gruesas pieles con el puño. Ella no había pedido quedarse embarazada. No es que no quisiera a Eva. Pero las dos habían sacrificado muchas cosas por el bebé, tanto antes como después de su nacimiento. Creo que lo más importante a lo que hemos renunciado es a nosotras.

Casi lo recuperamos después de ese viaje para ver a las amazonas del norte. Pero no mucho después, el estado de la guerrera empezó a hacerse evidente. Y ya fueran las hormonas o simplemente restos de tensión por temas sin resolver, se pasaban gran parte del tiempo discutiendo.

Su embarazo era algo que las dos habían aceptado, lo mejor que habían podido, pero Xena no conseguía superar lo rara que se sentía. Tanto por los cambios que estaba sufriendo su cuerpo como por el hecho de que Gabrielle hubiera tardado tanto en creer que el bebé no había sido concebido de la forma habitual. La falta de confianza de su compañera la había herido en el alma. Cuando empezó a notársele, su creciente tripa era un recordatorio constante de que alguien, durante mucho tiempo alguien desconocido, le había dado a Xena lo único que Gabrielle y ella eran incapaces de darse la una a la otra. Y lo más importante que se habían arrebatado la una a la otra: sus hijos. La intervención de Calisto sólo había servido para complicar aún más las cosas. Puede que le hubiera sido más fácil aceptar que la hubiera engañado con un hombre que aceptar que Calisto me había dado un hijo.

Además, me sentía tan poco atractiva. La guerrera se dio unas palmaditas distraídas en el estómago, que debido a su constante actividad, estaba casi tan plano como antes de la crucifixión. Antes de morir, cuando Gabrielle la tocaba, la bardo prácticamente adoraba el cuerpo de Xena y pasaba marcas enteras explorando los firmes músculos y contornos que formaban el largo cuerpo de la guerrera. Ésta se sentía totalmente deseable a ojos de su amante.

Eso cambió rápidamente al tener una tripa que sobresalía medio metro por delante de ella. Aborrecía desnudarse delante de su compañera y solía excusarse y meterse entre los matorrales para cambiarse de ropa. Los baños se habían convertido en algo penoso, y se veía reducida a quitarse la ropa al borde de cualquier charca a cuyo lado estuvieran acampadas y tirarse rápidamente al agua hasta quedar cubierta.

Bueno... ahora estoy en forma. ¿Entonces qué es lo que me frena? Sabía que era su propio miedo. Miedo de acercarse a su amante con lo que más necesitaba y deseaba y ser rechazada. Mientras no lo intentara, podía aferrarse a su pequeña fantasía de que todavía eran amantes. Xena no quería enfrentarse a la posibilidad bien real de que Gabrielle ya no estuviera enamorada de ella. Porque yo la sigo amando tanto que me duele.

De día era fácil fingir que todo iba bien. Sin embargo, los silencios cavernosos que caían sobre ellas todas las noches eran muy reveladores, mientras se dedicaban a sus actividades como si fueran un ritual. Sabía que podía hacer algo al respecto, si conseguía armarse de valor. Pero si Gabrielle la rechazaba... no podría soportar más dolor. Habían ocurrido demasiadas cosas.

Fuimos amigas durante un par de años antes de llevar las cosas más lejos. Si volvemos a ser sólo amigas, puedo vivir con eso. Yo no querría que fuese así, pero puedo vivir con ello.

Recordó un beso en el mundo de los sueños, cuando estaba en el cuerpo de Autólicus. Cuando por fin recuperó su propio cuerpo, volvieron a explorar ese beso con timidez. Y aquello llevó a algo que iba mucho más lejos. Descubrieron que la profunda amistad que tenían se había transformado en un profundo amor. Había sido una sorpresa de lo más inesperada. Y de lo más agradable. Una rara bendición que se debía cuidar como el regalo que era.

Y a pesar de todo lo que nos sucedió después de eso, el amor sobrevivió. No puedo creer que lo hayamos dejado escapar. Se dio cuenta de que ni siquiera habían luchado por aferrarse a él. Y había sido lo más precioso que había entre las dos. Un tesoro que les había sido robado por el ladrón del tiempo y las circunstancias, ante sus propias narices. Un ligerísimo ruido de llanto interrumpió sus reflexiones y la guerrera se volvió hacia Gabrielle, que, de eso estaba ahora segura, estaba llorando. Maldición.

—¿Gabrielle?

Le constestó otro sorbetón apagado y luego la bardo se echó las mantas rápidamente por los hombros y se quedó en silencio, fingiendo dormir.

—Gabrielle. —Antes de tener tiempo de pensarlo, Xena ya había rodeado el fuego y estaba de rodillas junto al petate de su compañera—. Sé que estás despierta. Vamos. ¿Qué te pasa?

La bardo abrió despacio los ojos llenos de lágrimas y parpadeó, dejando caer otra lluvia de gotas saladas sobre sus mejillas.

—No es nada. Vuelve a la cama, Xena.

Xena no había visto llorar a su compañera desde la muerte de Eli.

—A mí no me parece que no sea "nada". —La guerrera alargó la mano vacilando y secó las lágrimas de la cara de su compañera.

Aquel simple gesto fue la gota que colmó el vaso, la presa se rompió y Gabrielle se echó a llorar abiertamente.

—Oh, dioses. —No recordaba la última vez que Xena la había tocado de otra forma que no fuera una palmada amistosa en el hombro. Agarró la cálida mano y la apretó con fuerza contra su mejilla—. Hace tanto tiempo.

En los labios de la guerrera se dibujó una sonrisa triste, mientras sus largos dedos tocaban la piel suave, pasando rápidamente de un gesto de consuelo a una caricia.

—Sí. Mucho.

Despacio, casi como en un sueño, Gabrielle se sintió levantada de las pieles y envuelta en un cálido abrazo. Se aferró a la guerrera con todas sus fuerzas, sin querer soltarse jamás. Notó que los labios de Xena le rozaban varias veces la cabeza y luego se deslizaban vacilantes por su frente, luego su nariz y por fin la guerrera la besó ligeramente en los labios una vez. Dos.

La guerrera se echó hacia atrás y bajó la mirada. Tenía miedo de mirar a la cara que amaba, sin saber si la bardo había querido nada más que un abrazo. Levantó una de las manos fuertes y la besó en la muñeca por dentro, antes de bajarla, sin soltarla.

—¿Xena? —La voz sonaba tan triste y desamparada que a la guerrera se le rompió el corazón.

Poco a poco, subió la mirada y se encontró capturada por dos intensos ojos verdes que querían algo desesperadamente. Sólo que ella no sabía exactamente qué.

—Yo... —Alzó una mano y volvió a tocarle la cara a su compañera. No lo retrases más, guerrera. Necesitas saberlo. Las dos necesitáis saberlo, se recriminó a sí misma—. ...Te he echado de menos, Gabrielle. Lo... lo entenderé si ya no me deseas. Lo cierto es que no te culparía. Yo...

No llegó a terminar la frase, pues la bardo cubrió la distancia y Gabrielle se puso a explorar los labios de Xena con ternura, primero con sus propios labios y luego con la punta de la lengua, recorriéndolos despacio en cálidos círculos húmedos que despertaron algo en Xena que creía muerto desde hacía mucho tiempo. La guerrera suspiró y abrió la boca, animando a la bardo a ir más lejos.

Xena sintió que la lengua de su amante empezaba a bailar dentro de su boca y sus manos cobraron vida propia y una apretó más la cabeza de su amante contra ella, mientras la otra se ponía a soltar los cordones de la camisa de dormir de la bardo.

—Dioses...

Sus manos por fin tocaron la carne cálida, moviéndose ansiosas por todas partes a la vez debajo de la camisa de lino. No la toco así desde hace una vida. Qué suave.

Gabrielle no sabía cuándo volvió a quedar tumbada en las pieles, ni cómo se abrió su camisa, ni cuándo se echó Xena a su lado. De lo único de lo que era consciente era de las caricias de su amante, de los largos dedos que le tocaban la piel sensibilizada mientras la guerrera la besaba muy despacio, dejando muy claras sus intenciones. Los labios abandonaron su boca y emprendieron un lentísimo viaje hacia abajo en el que Xena se tomó su tiempo, besando y mordisqueando el cuello y los hombros de Gabrielle y por fin el escote de la bardo.

—Mmmm. —El aliento de la guerrera acarició el principio de un pecho y Xena echó a un lado delicadamente la camisa de la bardo, quitándosela del hombro, para poder acceder mejor a su amante—. ¿Cómo... —hizo círculos con la lengua alrededor del pezón de la bardo—, ...he podido... —la lengua lamió despacio la carne endurecida—, ...estar sin esto tanto tiempo? —Rodeó el pezón con los labios y se puso a chuparlo despacio, metiéndose cada vez más carne de alrededor en la boca.

—Xena. —Las manos de Gabrielle se enredaron en los cabellos oscuros que le cubrían el pecho, animando a la guerrera a quedarse justo donde estaba—. Qué bien. —La succión de su pecho enviaba descargas directas a su entrepierna y acercó más a la guerrera, rodeando el largo cuerpo con las piernas. Unas emociones abrumadoras la inundaron por dentro, cuando la bardo sintió por fin a su amante entre sus brazos. Esta vez no la suelto—. Qué gusto me da, Xena. Qué gusto me da sentir tu cuerpo encima del mío.

—Qué gusto me das . —La guerrera imitó las palabras de su amante, al pasar de un pecho al otro—. Dioses. —Xena notó que Gabrielle empezaba a moverse contra su estómago, sabiendo que si se hubiera quitado la túnica de cuero, sentiría la humedad en la piel. Siguió saboreando el delicioso pezón que tenía en la boca, mientras metía una mano entre sus cuerpos y tocaba a la bardo entre las piernas. Xena gimió cuando sus dedos palparon la tela húmeda que confirmaba sus sospechas.

Sus oídos captaron un minúsculo lloriqueo y se detuvo un momento. Había oído los ruiditos que hacía Gabrielle cuando la tocaba, pero éste era nuevo. Sonrió y mordió delicadamente el pecho de su amante, al tiempo que deslizaba la mano dentro de las bragas de la bardo, acariciando la sedosa y cálida humedad que encontró allí, con la esperanza de que se volviera a repetir ese sonido. La bardo gimió como respuesta y lloriqueó al mismo tiempo. ¿Cómo ha hecho eso?

Mientras sus dedos seguían acariciando la sensible piel, la guerrera alzó la cabeza y observó la cara de su amante, que estaba inundada de placer. Pero qué preciosa es. La bardo tenía los ojos cerrados y las mejillas muy acaloradas. Xena frunció el ceño cuando se volvió a oír el lloriqueo, esta vez más fuerte. Eso no lo ha hecho Gabrielle. Eva. No no no no. A lo mejor si no hago caso, se vuelve a dormir. Xena volvió a bajar la cabeza y empezó a subir la camisa de la bardo, subiendo despacio por el torso de la bardo a base de mordisquitos con los labios, deteniéndose para explorar un ombligo y alcanzando por fin la parte inferior de dos firmes pechos.

—Quiero tocarte hasta el fondo, Gabrielle. Quiero estar dentro de ti. Quiero sentirte. Te amo tanto.

Los ojos verdes se abrieron y la bardo guió los labios de Xena hasta su boca. Volvieron a juntarse en un beso apasionado, mientras Gabrielle rodeaba a su compañera con los brazos y se ponía a soltar su túnica de cuero.

—Xena. —La bardo instó a su amante a alzarse el tiempo suficiente para bajar un tirante de cuero, destapando un hombro desnudo y cremoso, junto con un pecho que era mucho más redondeado de lo que recordaba. Gabrielle tiró del hombro hacia su boca, besando ansiosa la suave piel, con la intención de ir bajando.

De repente, un chillido atravesó la oscuridad, cuando Eva se aseguró de que ya nadie pudiera no hacerle caso.

—Creo que Eva se ha despertado —dijo la bardo con la respiración entrecortada.

—Shhh. —Xena sonrió y se alzó, apoyando el peso sobre los antebrazos a ambos lados de la cabeza de Gabrielle—. A lo mejor se duerme otra vez. —Pasó los dedos por el pelo corto y bajó para iniciar otro beso.

El chillido se transformó en un llanto continuo y la guerrera se incorporó de golpe en el petate con un profundo gruñido de frustración.

—Creo que tiene hambre. Ya hace un buen rato desde que comió.

El aire nocturno resonaba ahora con unos sollozos continuos y Gabrielle se sentó al lado de su compañera. Volvió a besar el hombro desnudo.

—Xena. Ve con ella. No pasa nada.

La guerrera se inclinó para darle otro beso rápido, mientras Eva seguía llorando, con un llanto cada vez más exigente. Al separarse, la bardo sonrió y alargó la mano despacio hacia el pecho de su amante, que seguía al aire, con la carne llena y redondeada pintada por la suave luz de la luna. Quitó delicadamente un gota de leche de un pezón endurecido y la contempló cuando la tuvo en la punta del dedo.

—Lo siento. —Xena se ruborizó penosamente—. Es una reacción que tiene una madre cuando oye llorar a un bebé. No puedo evitarlo. Supongo que te da bastante asco...

—Me parece precioso. —Gabrielle se llevó el dedo a la boca y se lo chupó, sin apartar los ojos de los de Xena en un solo momento—. Tú eres preciosa. —La bardo se acercó un instante, sin hacer caso del llanto continuo de Eva, y besó el pezón con ternura—. Ve con ella, Xena. Tu hija te necesita.

La guerrera acarició los labios generosos con el pulgar y luego se levantó a regañadientes.

—Nuestra hija.

Pasó al otro lado del fuego y cogió en brazos a la llorosa Eva, que inmediatamente se pegó muy contenta al pecho de su madre, haciendo unos ruiditos de chupeteo que a Xena le derretían el corazón cada vez que los oía. Después de toda la muerte y la destrucción que he causado, por fin puedo dar vida a alguien. Su cuerpo seguía muy sensibilizado, y lo que hacía el bebé al mamar le confundía la libido, que todavía notaba agudamente el efecto del reciente contacto con Gabrielle. Miró a su compañera, que se había echado de lado y seguía mirándola con pasión y adoración. Xena ladeó la cabeza y sonrió y volvió a cruzar al otro lado del fuego hasta el petate de Gabrielle.

Se sentó con cuidado y luego se tumbó, acunando con un brazo a Eva, que seguía mamando.

—Ven aquí. —Arrimó a la bardo al lado que no tenía ocupado, suspirando cuando la cabeza rubia se apoyó en su hombro—. Lo siento. Yo... dioses... de verdad que quería hacer el amor contigo.

—Xena. —Gabrielle hizo círculos lentos en el estómago de su amante con la palma de la mano—. No pasa nada. Ahora lo sabemos. Quiero decir... todavía lo tenemos, si lo queremos. Eso es suficiente por ahora.

—Yo nunca he dejado de desearte, Gabrielle. —La guerrera volvió la cabeza y sus ojos azules contemplaron los verdes a la vacilante luz del fuego—. Es que las cosas se complicaron. Y al cabo de un tiempo, pensé que tú no me deseabas a mí... así... ya no. Te traté tan mal cuando estábamos muertas. Y luego, cuando estaba embarazada, dependía tanto de ti. Además, ¿quién iba a desear a una vaca gorda como yo? Entre mi tamaño, mi culpa y mi orgullo herido, la mayor parte del tiempo me sentía como una babosa.

Oh, dioses. La bardo se sintió de repente profundamente entristecida.

—Xena. Lo primero de todo, no te culpo por lo que ocurrió cuando estábamos muertas, al menos ya no. Te convertiste en un demonio al hacer lo que siempre haces, dar de ti para ayudar a otras personas. Cuando te convertiste en demonio, no tenías el menor control al respecto. Yo misma estuve a punto de convertirme en uno, ¿recuerdas? Si no hubieras convencido a Miguel de que te dejara venir a rescatarme... —Gabrielle se estremeció—. Por favor, no te sientas culpable por eso. Se acabó. En cuanto a lo otro... —La bardó subió la mano, cogiendo el pecho cubierto de cuero en el que Eva no estaba cenando—. Yo tampoco he dejado nunca de desearte.

—¿No? —Una ceja negra se alzó con gesto de sorpresa—. ¿Cómo es posible? O sea... ahí estaba yo, embarazada de un bebé misterioso, grande como una mesa camilla y poniéndote en la difícil situación de tener que defendernos gran parte del tiempo. Qué egoísta he sido. Sé que nunca nos parábamos para dedicar un tiempo a hacer algo que tú quisieras hacer. Pensaba que no debía esperar nada más de ti después de todo eso.

—Y yo pensaba que tal vez si no me necesitaras para protegerte, ya no querrías que estuviera contigo. —La bardo cerró los ojos al notar la sensación de dolor y pérdida que le invadía el corazón.

—Gabrielle. Desde el día en que volvimos de Ilusia, no ha habido ni un solo minuto de un solo día que no haya querido que estés conmigo. —¿Cuántas veces se me puede romper el corazón en una noche?

—Pero Xena, antes de la crucifixión, estuviste a punto de dejarme, muchas veces. No podía evitar preguntarme, cuando Eli nos trajo de vuelta, si no deseabas haberlo hecho. —Gabrielle bajó la mano, entrelazando los dedos con los de su compañera.

—No era porque no quisiera que estuvieras conmigo. Era porque creía que era por tu propio bien. —Apretó la mano y luego se la llevó a los labios, acariciando suavemente los nudillos.

La bardo sofocó una exclamación. Todas esas veces que se había sentido tan dolida y confusa, preguntándose por qué la guerrera ya no quería tenerla a su lado.

—Cada una de esas veces, pensé que por fin te habías hartado de mí.

—Jamás. —Los ojos azules se suavizaron, reflejando el resplandor de las llamas ardientes que tenían al lado—. Decía en serio lo que dije en aquella aldea amazona, justo antes de que cruzaras al otro lado para luchar con Alti. Jamás te dejaré. Creo que las dos nos hemos privado a nosotras mismas de algo muy raro y especial. —La voz de Xena sonaba áspera y grave y de repente sintió el pecho oprimido por la pena.

—Quiero recuperar lo nuestro, Xena. —Gabrielle se arrimó más, sintiendo un brazo fuerte que la sujetaba al sitio.

—Yo también. —La guerrera besó primero la cabeza de su compañera y luego la cabeza más pequeña que seguía mamando glotonamente de su pecho.

Tras un largo rato de silencio, Xena se dio cuenta de que tanto Gabrielle como Eva estaban profundamente dormidas. Suspiró, pero esta vez no se debía a un corazón apesadumbrado, sino a la felicidad. Tenía a su bebé a salvo con ella y tenía a su amante de nuevo entre sus brazos, donde debía estar. Su pequeña familia estaba completa.

Apartó con cuidado a Eva de su pecho y acostó a la niña dormida a su lado. Al tener libre por fin el otro brazo, rodeó con él a su compañera, uniéndose a ella en el sueño más apacible que habían tenido desde antes de la crucifixión.

A varios metros de distancia, la diosa del amor observaba aliviada. Afrodita nunca se había creído lo del crepúsculo de los dioses. Aunque la leyenda fuera cierta, tenía la esperanza secreta de poder librarse. No es que me dedique a hacer daño a la gente. Observando a la pareja reunida, asintió ligeramente por dentro, tomando una decisión. Tienen que saberlo.


Los gorjeos encantados de Eva despertaron a la guerrera, que se volvió hacia su bebé con una gran sonrisa en la cara. La sonrisa desapareció rápidamente y Xena alcanzó la espada.

—Apártate de mi hija —gruñó amenazadoramente.

—Sooo. Tranqui, nena guerrera. —Afrodita retrocedió, apartándose de donde había estado arrodillada mirando al bebé—. Sólo admiraba a la pequeñaja. Es una auténtica ricura.

—Y tú eres una diosa. —Xena entrecerró los ojos con desconfianza—. Todos los demás dioses quieren matar a mi hija. ¿Por qué ibas a ser tú distinta?

—Escucha, alta, morena y mortífera. —Afrodita se sentó en un tronco, cruzándose de piernas y balanceando un pie calzado con una sandalia rosa—. Soy la diosa del amor. Venga ya. Yo no mato a la gente. Pero sí que intento arreglar los corazones rotos. ¿Captas?

Gabrielle se despertó por el diálogo y se colocó al otro lado de Eva, blandiendo los sais.

—Si no has venido para matar a Eva, ¿entonces qué quieres? La última vez que te vimos, Xena acabó en el cuerpo de una niña de siete años.

—Ayyy. Gabrielle, eso me duele. ¿Es que a estas alturas no sabes que soy tu amiga? Y jolín, todo eso del cambio de cuerpos fue un error inintencionado, ¿vale? —La diosa hizo un puchero—. Estáis las dos con tan mal rollo que juraría que se os han torcido las medias, solo que no lleváis. A lo mejor lo que os pasa es que estáis frustradísimas, ¿sabéis a qué me refiero?

Un rubor idéntico cubrió las mejillas de Xena y Gabrielle y las dos se pusieron a estudiar de repente el suelo.

—Escuchad, amiguitas. —Afrodita se puso seria —. Os voy a decir una cosa que Ares, mi querido hermano, se olvidó de comentaros y que creo que Calisto dio por supuesto que sabíais. Calisto no te metió el pastel en el horno, Xena.

—¿Qué quieres decir? —dijo Xena con irritación—. Claro que sí. Me tocó justo cuando regresamos de entre los muertos. Un poco después descubrí que estaba embarazada.

—En ese momento sólo te estaba devolviendo tu luz, nena —sonrió la diosa—. Y se pasó. Por eso perdiste tu sentido del mal.

—¿Eh? —La guerrera y la bardo se miraron la una a la otra.

—Bueno, pero me tocó otra vez después de que Eli muriera. —Xena frunció el ceño—. Pero entonces ya estaba embarazada.

—Te vas acercando —dijo Afrodita con una risita—. Y el motivo de que te tocara entonces fue para transferir su espíritu al bebé que ya llevabas.

—¿Pero entonces cómo...? —La guerrera miró a su bebé muy confusa. Eva se había vuelto a quedar dormida, totalmente ajena a la conversación sobre sus orígenes.

—¿Recuerdas cuando Ares os fundió a Gabrielle y a ti en el mismo cuerpo para que pudierais luchar contra Mávican? —insinuó la diosa delicadamente.

—Claro. Fue una experiencia rarísima. —Unos golpecitos en el hombro le hicieron volver la cabeza para encontrarse a la bardo hiperventilando—. ¿Qué Tártaro te ocurre?

—Xe... creo... —farfulló Gabrielle y miró a la diosa, temiendo hacer la pregunta que estaba a punto de hacerla explotar—. Afrodita, ¿quieres decir lo que creo que quieres decir?

—Huevos revueltos. —Afrodita sonrió de oreja a oreja.

—Espera un momento... —La comprensión se acercó furtivamente a la guerrera y le dio un capón en la cabeza—. ¿Me estás diciendo que Gabrielle es el padre de Eva?

—No, boba —rió la diosa—. Te estoy diciendo que la bárdica es la otra madre de Evi-Evi. En todos los sentidos.

—Así que cuando Ares nos mezcló, ¿también se mezclaron otras cosas? —Xena se frotó el estómago inconscientemente.

—Bingo. —Afrodita se tocó la nariz arrugada con un dedo—. Podría haberle tocado igual a nuestra bardo, pero tú fuiste la última en transformarte, así que tú acabaste con el bebé dentro.

—Yo... no sé qué decir. —Xena miró muy preocupada a su compañera, que tenía una expresión de pasmo y maravilla.

—No digas nada, amiga. Haz algo. —Afrodita movió la mano por encima de Eva.

—¿Qué le has hecho? —dijeron a la vez la guerrera y la bardo, volviendo a alzar la espada y los sais.

—Tranquis. Estáis más tensas que el arco de Ulises. Me he asegurado de que duerma profundamente unas cuantas marcas más. Está bien y sigue dentro de su propio cuerpo. Cómo decidáis usar esas marcas más es cosa vuestra. Pero la noche todavía es joven y, con la esperanza de que la aprovechéis sabiamente, ahora os voy a dejar solas, para que tengáis un poco de intimidad. —Agitando la mano, la diosa del amor desapareció en una nube de reluciente polvo rosa.

Xena bajó la mirada y dio una patada al suelo, antes de volverse y mirar despacio a los ojos asombrados de su compañera.

—Gabrielle, creo... creo que tenemos mucho de que hablar.

—Sí, es cierto.

La bardo se arrodilló y acarició dulcemente con los dedos la carita de Eva. El bebé subió la mano y como reflejo rodeó con la manita el dedo índice de Gabrielle, apretándolo con esa fuerza sorprendente que tienen todos los bebés. Gabrielle recordó el doloroso parto y alumbramiento de Xena, ocurridos a la carrera, lo cual no debería haberlas sorprendido, dado cómo había ido el embarazo.

Y recordó cuando ayudó a la guerrera a dar a luz y el diminuto bebé apareció en el mundo, aterrizando en los brazos de la bardo. Mi hija. Yo fui la primera que vio tu cara. La primera que te sujetó y supo que eras una niña. Y eres mi hija. La mente y el corazón de la bardo se esforzaban valientemente por asimilar ese concepto.

Notó que un brazo largo le rodeaba los hombros cuando Xena se arrodilló a su lado y las dos contemplaron la pequeña vida que de repente se había hecho aún más importante para ellas de lo que ya era.

—No sé cuándo he querido a dos personas más de lo que os quiero a Eva y a ti en este momento. —A la guerrera se le quebró la voz y derramó sus propias lágrimas—. Mi familia...

—Xena... —Gabrielle se soltó con cuidado el dedo de la manita de Eva—. ¿De verdad quieres hablar ahora?

—No. —Xena se sentó en las pieles de dormir y se cruzó de piernas. Miró a la bardo, que se sentó frente a ella de forma que sus rodillas se tocaran—. Tenía la esperanza de que pudiéramos dejar la conversación para mañana. Tengo la sensación de que cuando empecemos, vamos a estar hablando varias marcas. Me gustaría estar bien descansada para eso. Gabrielle... —La guerrera cogió la cara de su compañera con una mano—. Sé que las dos hemos dicho y hecho muchas cosas en este último año que nos han hecho mucho daño.

—Y hemos tenido un montón de malentendidos —añadió la bardo, cubriendo la mano de Xena con la suya.

—Sí. No nos hemos parado a solucionar las cosas cuando ocurrían y hemos dejado que fueran a más. No quiero volver a dejar que las cosas se pongan tan mal entre nosotras nunca más. —La guerrera acarició una suave mejilla y la bardo cerró los ojos por la agradable sensación—. Espero que por esta noche, si te digo que te amo y que todavía quiero pasar el resto de mi vida contigo y criar juntas a nuestra hija, eso sea suficiente hasta mañana.

—Nuestra hija. —Las palabras habían adquirido un nuevo significado, y Gabrielle miró a la niña profundamente dormida. Volvió la cabeza y besó la palma de la mano de su compañera—. Todavía tenemos que hablar, pero eso... lo que acabas de decir... sería suficiente para una vida entera. Así que... —La bardo se echó hacia delante, separando las piernas de Xena hasta sentarse entre ellas—. ¿Qué quieres hacer ahora mismo, Xena?

La guerrera abrazó a su compañera y la besó a fondo, sin pararse para tomar aire hasta que notó que el musculoso cuerpo se relajaba, fundiéndose con ella, y que las manos de Gabrielle le estaban quitando ansiosas la túnica de cuero de los hombros. Se apartó lo suficiente para mirar directamente a los ojos verdes oscurecidos y sonrió.

—Ahora mismo... —Le quitó despacio la camisa de dormir a la bardo e hizo que se tumbara en el petate. Xena se quitó rápidamente su propia ropa y luego se echó hasta quedar por encima de su compañera, aguantando el peso en un antebrazo, mientras apartaba el flequillo rubio de los ojos de Gabrielle—. Ahora mismo, quiero hacerle el amor a la madre de mi hija.

La guerrera se echó por completo y suspiró cuando las musculosas piernas se separaron, haciéndole sitio. Colocó despacio su peso encima de su compañera y bajó la cabeza, capturando los labios de la bardo en un beso que aumentó de temperatura rápidamente hasta igualar la de la hoguera chisporroteante que tenían al lado. Sus manos exploraron ansiosas el cuerpo de Gabrielle, regodeándose en los pequeños estremecimientos y temblores, mientras sus dedos encontraban todos los puntos que volvían a la bardo loca de pasión.

Tenía intención de tomarse su tiempo, realmente, pero su propio deseo aumentaba tan deprisa que temía no poder durar más que su compañera. Los constantes gemidos de satisfacción que salían de la garganta de la bardo y las propias caricias hambrientas de Gabrielle sobre su piel no estaban ayudándola mucho.

Por fin, ya no pudo contenerse más y Xena se alzó ligeramente, deslizando la mano en una caricia seductora por el estómago liso como una tabla de la bardo, jugando con los húmedos rizos rubios y bajando para separar la suave carne acalorada.

—Oh, dioses, nena. —Sus dedos jugaron en el sedoso calor—. Qué mojada estás.

—Xena. —Gabrielle bajó la mano, pidiendo un contacto más sólido—. Tócame, Xena. Te necesito tanto. Dentro de mí. —La bardo se estremeció cuando la guerrera hizo lo que le pedía y se sintió penetrada profundamente por unos dedos largos que la acariciaron, prometiendo llevarla a un lugar al que quería ir más que a ningún otro en el mundo—. Haz que me corra, Xena.

Del pecho de la guerrera surgió un gruñido grave y sus labios encontraron la piel sensible de debajo de la oreja de Gabrielle.

—Llevo tanto tiempo deseando esto, amor. Tanto tiempo. —Se movió, al notar las caderas de la bardo que empujaban contra ella, y utilizó sus propias caderas para empujar más hondo. Las musculosas piernas rodearon la cintura de la guerrera, alimentando más la pasión de Xena—. Dioses, me encanta cuando te enrollas a mi alrededor.

La bardo gimoteó cuando Xena le mordisqueó delicadamente un lado del cuello, alternando con besos lentos. Echó la cabeza a un lado, para que su amante llegara mejor. Cuando los dedos de la guerrera empezaron a moverse con más fuerza, Gabrielle rodeó a Xena con los brazos y tiró con fuerza para pegarla a ella. La guerrera gimió cuando los músculos internos empezaron a contraerse alrededor de sus dedos. Sintió un fuego en los omóplatos cuando la bardo le clavó las uñas, arrastrándolas despacio por su espalda.

—Eso es, nena. Me encanta estar dentro de ti cuando te corres. Qué cosa más caliente. Quiero sentir cómo te corres otra vez. —La guerrera alargó el placer de su compañera, y no tardó en provocarle dos orgasmos más uno detrás del otro—. Te quiero, Gabrielle, muchísimo. —Por fin, retiró suavemente los dedos y vio que los ojos verdes se abrían de par en par y luego se cerraban, mientras varios estremecimientos recorrían el cuerpo de la bardo—. Ven aquí. —Xena se puso boca arriba y apretó a Gabrielle contra ella.

La bardo estaba sin habla y sus lágrimas de felicidad caían sobre el pecho de su amante. Notó que los dedos de Xena le acariciaban el pelo y se colocó encima de la guerrera, para mirar los claros ojos azules.

—Xena. Caray. Qué... intenso.

—Sí. —La guerrera sonrió y alzó la mano para seguirle acariciando la cabeza a su amante—. Quería... quería devorarte. Es como si no pudiera tener bastante. Hacía tanto tiempo... —Se detuvo y tiró de su amante para darle un beso rápido—. Tú también has estado muy apasionada, cariño. No recuerdo la última vez que he tenido arañazos en la espalda. Bueno... —sonrió con aire travieso—, ...ese tipo de arañazos, quiero decir.

—Oh. —Gabrielle se sonrojó—. Lo siento. Ni siquiera me he dado cuenta de que lo hacía.

—No te disculpes. —Xena dobló las rodillas para ponerse más cómoda y levantó con cuidado a su amante por las caderas, volviendo a colocar a la bardo encima de ella—. Me ha encantado todo. Especialmente lo de sentir tus uñas en la piel. Dioses, casi me voy contigo.

—Xena, "casi" no es suficiente. —Gabrielle bajó la cabeza y besó el cuello de su amante—. Yo también quiero tocarte, Xena, sólo que esta vez, muy despacio. —Se trasladó a la oreja de la guerrera—. Ahora me toca a mí.

Xena se limitó a asentir encantada y se relajó en los brazos de su amante. Gabrielle se tomó su tiempo, volviendo a memorizar cuidadosamente cada línea y curva del cuerpo de la guerrera. Se alzó un momento y contempló sonriendo el fuego que ardía en los ojos azules. La bardo acarició delicadamente los contornos de un pecho lleno y besó suavemente el pezón, observando cómo se endurecía y se arrugaba.

—Xena, incluso cuando estabas embarazada de nueve lunas, me parecías la persona más bella de la tierra. A veces te miraba y me moría de deseo por ti.

—Oh, dioses. —La guerrera gimió hondamente cuando los labios de su amante rodearon el pezón y la bardo lo besó primero y luego succionó suavemente, sacando la misma sustancia que Eva buscaba tan hambrienta todos los días.

—Espero que a Eva no le importe compartirlos conmigo —sonrió Gabrielle, trasladándose al otro pecho—. Me he hecho adicta a ellos.

—Gabrielle, por favor. —La guerrera sentía un fuego ardiente entre las piernas—. ¿Podrías bajar un poco con esos labios maravillosos? —Cerró los ojos y simplemente se rindió, mientras Gabrielle se deslizaba por su cuerpo, separándole más las rodillas con los hombros, y luego le mordisqueaba juguetona la piel sensible del interior de los muslos—. Por favor, nena. Te necesito justo... oh, dioses... ahí. —Un aliento cálido le acarició el centro y luego sintió que los labios y la lengua de su amante procedían a acariciarla de la forma más íntima de todas.

Las palabras sobraban, y Gabrielle puso un brazo sobre el abdomen de Xena, sujetándole las caderas, mientras aspiraba profundamente el aroma exótico y almizclado de su compañera. Se perdió en eso, junto con el sabor de su amante y los ruidos que hacía la guerrera a medida que poco a poco la acercaba cada vez más al borde.

—Mmmm. Xena. Creo que también soy adicta a esta parte de tu cuerpo.

La guerrera gimió, intentando concentrarse.

—Pues ella es muy adicta a lo que le estás haciendo en estos momentos. —Se volvió a callar cuando las oleadas de placer se apoderaron de ella y su amante las acompañó, usando el talento de su boca y sus dedos para llevarla a cumbres aún más altas—. Me corro por ti, Gabrielle. Oh, dioses... siempre por ti.

La cabeza de Xena cayó de nuevo sobre las pieles de dormir y volvió a cerrar los ojos, mientras la bardo la besaba tiernamente entre las piernas, provocándole unos escalofríos deliciosos en la espalda y murmurando naderías, diciéndole cuánto le gustaba tocarla, estar con ella. Gabrielle subió despacio hasta los brazos de la guerrera y suspiró de felicidad cuando estrecharon su cuerpo.

La guerrera miró a Eva, que seguía durmiendo apaciblemente, sin saber que entre sus dos madres acababa de ocurrir algo muy profundo. Las dos mujeres que la habían cuidado tan bien desde que nació acababan de recuperar el amor que se tenían. Eva sabría lo que era tener unas madres profundamente enamoradas la una de la otra. Xena elevó una silenciosa oración de gracias a Afrodita y luego besó la cabeza rubia de su compañera, antes de cubrir sus cuerpos entrelazados con las pieles.

—Te quiero, Xena. —Gabrielle apretó los labios contra una clavícula desnuda.

—Lo mejor de mi vida. —La guerrera cerró los ojos, abrazándola con más fuerza—. Gabrielle —farfulló Xena medio dormida.

—¿Mmm?

—Si alguna vez nos volvemos a fundir en el mismo cuerpo, ¿podemos arreglarlo para que seas tú la última en transformarse? No creo que pudiera sobrevivir a otro embarazo.

—Vale —rió la bardo y Xena no tardó en unírsele, y sus voces se fundieron en una cómoda risa compartida.

La hoguera empezaba a consumirse de nuevo, reducida a las brasas ardientes que daban un agradable calor que contrarrestaba el frío de la madrugada. Ya habría tiempo para hablar por la mañana, para hacer confesiones, y había muchas cosas que solucionar. Pero ya no tenían miedo de enfrentarse a los temas más difíciles. Ahora sabían que el amor que compartían era lo bastante fuerte como para sostener a su familia, que por fin dormía unida al mismo lado del fuego.


FIN

* La letra de la nana de Xena se cree que es de Joseph Lo Duca.


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
Ir a Novedades