Confesión a la luz del fuego

Cheeyah



Descargos: Los personajes de Xena, la Princesa Guerrera, por desgracia, no me pertenecen. Pertenecen a Universal Studios, MCA y Renaissance Pictures. No se pretende infringir sus derechos de autor. Agradezco que me den el privilegio de aumentar el placer de esta maravillosa serie escribiendo un fanfic por diversión.
Subtexto: Por supuesto. ¿Qué sería un relato de X/G sin él? Trata del amor.
Advertencia de sexo: Nada de sexo gráfico. Tal vez la próxima vez. Sin embargo, si el amor y un cariño intenso entre dos personas adultas con consentimiento mutuo que dan la casualidad de ser mujeres os ofende, o no sois mayores de edad, o es ilegal en vuestro estado... pues... podéis hacer clic con el ratón y volver cuando tengáis más edad y sabiduría.
Violencia: Nada.
Nota de la autora: Si de mí hubiera dependido, este relato habría ocurrido hacia el final del primer episodio.
Gracias por leer mi historia. Los comentarios amables, e incluso del otro tipo, son bien recibidos. xenaticfan%20@yahoo.com.
Este primer trabajo está dedicado a mi princesa guerrera austríaca, que plantó la semilla de la posibilidad y me regó con palabras de aliento.

Título original: Confession By Firelight. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


El ritmo monótono de la piedra de afilar sobre la espada... sssh... sssh... sssh... parecía tener un efecto de distracción pero tranquilizador en la solitaria guerrera. Colgado del trípode sobre la hoguera, el estofado de conejo que había preparado se cocía despacio. Xena se quedó contemplando las llamas y se preguntó por qué se había molestado siquiera en hacer la cena, puesto que ya no tenía hambre.

—A lo mejor se lo consigo colar a Argo —musitó.

Reconfortada únicamente por la luz del fuego parpadeante, su mente no paraba de volver a los inesperados acontecimientos de los últimos días. No podía haber hecho otra cosa. Tuvo que quitarse de encima a la rubita. ¿Quién necesitaba su presencia constante como un abrojo bajo la silla de Argo? Pero tenía algo. Por agobiante que pudiera resultarle la idea de una acompañante a tiempo completo... era esta misma posibilidad lo que Xena no lograba rechazar del todo. El mero sonido de su nombre... Gabrielle... no paraba de invadir sus pensamientos. ¿Cómo iba a superar esta noche?

Se confesó a sí misma que se sentía intrigada por la chica... incluso que la echaba de menos.

¿Pero por qué?

Xena rememoró el momento en que vio a la menuda rubia por primera vez. Oculta tras los arbustos, se quedó mirando cuando la osada joven se enfrentó a la tarea imposible de derrotar a esos tiránicos señores de la guerra y tratantes de esclavos. Supo en ese preciso instante que de algún modo su corazón estaría unido al espíritu de esta chiquilla para siempre.

Recordó la primera vez que se vieron cara a cara. Cómo sus ojos se encontraron al instante, causándole una sacudida en la boca del estómago. Nunca había sentido una cosa igual con ninguna otra persona a la que hubiera conocido. Por lo general era mera lujuria. Tal vez la atracción del poder o la necesidad de controlar... incluso la envidia... quizás. Nunca era este tipo de sensación. Esto era algo nuevo.

—¿Es que estoy loca? ¿Qué estupidez es ésta? —dijo en voz alta sin dirigirse a nadie en concreto. La conversación continuó en su cabeza... Soy la guerrera solitaria y, sin embargo, no dejo de tener la sensación de que me falta una parte de mí misma. Desde la primera vez que la vi, tuve la sensación instantánea de que nuestro destino iba a estar conectado por una fuerza extraña.

Pero ahora, lejos del origen, luchaba contra esa sensación.

—¡No! ¡No! ¡No! ¡No quiero que me vuelvan a partir el corazón! —exclamó, apoyándose en la espada para sostenerse.

Había habido tantos intentos de encontrar el amor en el pasado de Xena. ¿Acaso Alti no le había presentado a Anokin como un tentador ofrecimiento que ella aceptó con glotonería? ¿Acaso no se había divertido con ella para acabar envenenando su alma? Y MíLila... tan entregada a ella, y sin embargo, Xena siempre la había tratado como a una esclava.

—Dulce MíLila —se lamentó Xena—. Acabó sacrificándose por mí convertida en un escudo humano. Otra que muerde el polvo, ¿eh?

Xena recordó sus preciosas experiencias con su amada mentora Lao Ma, destruida de una forma tan patética... víctima de antiguas creencias... que dejaron incluso a Xena incapacitada para salvarla. Y Akemi, aunque la adoraba, buscó morir como un guerrero bajo la espada.

¡No! ¡No! ¡No! Si de ella dependía, le ahorraría a esta pequeña aspirante a guerrera un destino semejante. Y no había más que hablar. No iba a pensar más en esta mujer... esta... Gabrielle.

Pero el mero hecho de pronunciar su nombre era embriagador. Se le iba la cabeza y casi sentía el impulso de ponerse a rezar. ¿Cómo era posible que esta pizca de casi mujer se hubiera apoderado por completo de su corazón? Hasta el punto de que apenas conseguía concentrarse en nada más desde que se habían conocido. Se imaginó esos preciosos ojos claros que parecían llenarse de lágrimas cada vez que Xena se cruzaba con su mirada.

¡Xena, eres una estúpida!, se dijo a sí misma. Hasta acudiste a Draco para rogarle que no atacara su pueblo. Te importaba un bledo ese pueblo. Sólo querías salvarle a ella la vida. Menos mal que él no se dio cuenta, porque lo habría aprovechado como ventaja para negociar. Y ésa es otra. En cuanto se corra la voz de que tienes debilidad por cierta bardo de Potedaia, estará en tremendo peligro. Así que ahí lo tienes... olvídalo. No es buena para ti. No, o sea... ¡tú no eres buena para ella!

Xena bajó la espada y la colocó junto a su petate. Sabía lo que tenía que hacer. Nada más amanecer, se marcharía y nunca más volvería a esta zona de Grecia. Mantener una distancia entre las dos sería la garantía de que sus caminos nunca más tuvieran que volver a cruzarse. Sería duro. Pero como era una guerrera disciplinada, sería lo mejor y lo correcto.

Xena se levantó y estiró las largas piernas. Al ver que el fuego se estaba apagando, echó unos cuantos leños más a la hoguera. Intentó calmar el dolor que se estaba formando en su interior... junto al corazón. Pero luego se puso a racionalizar, diciéndose que viajar sola podría estar bien. De vez en cuando podría detenerse en una buena posada y de paso conseguir alguna comodidad y compañía. Un buen baño caliente y alguien con quien pasar la noche. Podría no estar tan mal. Después, seguiría viajando libre de compromisos y remordimientos. Gabrielle no lo sabría y siempre estaría a salvo.

Xena notó un nudo en la garganta y le empezaron a escocer los ojos por las lágrimas.

—Gabrielle... ya vuelve a invadir mis pensamientos.

La dulce sonrisa de Gabrielle parecía perseguirla. ¿Qué será de ella si la dejo y nunca vuelvo a verla? ¿Se unirá a otro guerrero que pase por allí? ¿O se conformará con una vida sin futuro o un matrimonio aburrido? Pero, ¿y yo qué podría ofrecerle?, reflexionó. Cree que yo tengo una vida emocionante, cuando en realidad es una vida horrible, espantosa. He vivido sin propósito alguno salvo el odio, la venganza y la muerte. No... Gabrielle, ésta no es la vida que tú deseas... ni la que mereces de mí.

Lo que te mereces, pensó, es tener a alguien que te pueda dar protección, lealtad y un amor a ultranza para toda la eternidad. Alguien que sepa ver tu pureza, tu bondad, tu belleza y tu alma amorosa. Que adore estas cualidades y las fomente. Quien pueda hacer esto, se merece la oportunidad de vivir contigo como tu compañero. ¿Cómo puedo atreverme a pensar que... que... yo... podría...?

Xena se sentía indigna de tal confianza. Empezó a frotarse las sienes. La tensión de su examen de conciencia le estaba provocando un fuerte dolor de cabeza. Hasta se riñó a sí misma por pensar que Gabrielle podría intentar seguirle el rastro hasta este campamento.

¿Cómo puedo atreverme a esperar que...? Aunque sí que dijo que se le daban bien los mapas.

Xena recordó el momento de su separación. A pesar de la severidad con que intentó advertirle a Gabrielle de que no la siguiera bajo ninguna circunstancia, en los ojos de la joven apareció un brillo que parecía decir: ďAh, guerrera... ¡tú intenta impedírmelo!Ē

Al pensarlo, se echó a reír de repente. Entonces se le ocurrió otro plan.

Mañana me ocuparé de esta confusión que me invade la cabeza y el alma, decidió.

Al amanecer regresaría al pueblo y le explicaría a Gabrielle por qué no podía ir con ella. Se mantendría tranquila, concentrada e impasible como lo haría un auténtico guerrero. Le haría entender la lógica de todo ello. Que sería por su propio bien. La convencería de lo demencial y peligrosa que podía ser la vida en los caminos. Así Gabrielle no pensaría que la había rechazado por completo.

Xena sonrió, en parte al saber que esto era por el bien supremo, pero más por saber que iba a ver una vez más esa preciosa sonrisa que le derretía el corazón.

Sí. Ya sé lo que debo hacer.

De repente, el silencio de su decisión se vio interrumpido por el roce de unas ramas y unos pasos suaves que subían por el sendero que había detrás del campamento. Xena se apresuró a coger la espada, dispuesta a destripar al intruso, pero se quedó paralizada por la sorpresa al reconecer a la figura de largo pelo rubio ataviada con falda larga que apareció como una silueta en contraste con la luz del fuego.

—Xena, soy yo... —exclamó Gabrielle sin aliento—. Te he encontrado... ¡gracias a los dioses!

Bajando rápidamente la espada, Xena no se permitió mostrar su alegría. Su leve sonrisa sólo revelaba el alivio y la gratitud que sentía por no haber reaccionado con sus habituales reflejos rápidos como el rayo. También pensaba que ahora no tendría que hacer todo el camino de vuelta a Potedaia sólo para verla.

—¡Gabrielle...! —se oyó exclamar Xena a sí misma. Le temblaba la voz. Y entonces, como si la hubiera alcanzado un rayo de los dioses, se descubrió corriendo sin poder evitarlo hacia la jovencita, que se había quedado boquiabierta por la sorpresa ante la reacción de Xena al verla.

Agarrándola por los hombros, Xena se la acercó. Gabrielle sintió unos fuertes brazos que la abrazaban estrechamente. Gabrielle pensó que estos brazos eran como armas que le estrechaban el cuerpo como para impedirle escapar. Por un instante se sintió aprisionada por esos brazos, pero luego, al relajarse en la sensación de lo que Xena estaba expresando, pensó: Mmm... qué gusto. Me siento tan protegida y a salvo. Me podría acostumbrar.

De repente le entraron ganas de reír al notar que su nariz había quedado sepultada entre los pechos de Xena.

—Oye —dijo Xena—. Que me haces cosquillas. Basta.

—Lo siento —dijo Gabrielle—. No he podido evitarlo. Cuánto me alegro de haberte encontrado. Me empezaba a preocupar que pudieras marcharte antes del amanecer y aumentar la distancia antes de que pudiera alcanzarte.

Xena sonrió y asintió... agradecida ahora de haber desechado ese plan.

—Sí, lo pensé —dijo, aflojando con cuidado los brazos con que aprisionaba la cintura de la joven.

—¿Y por qué no lo has hecho? —sonrió la bardo, que seguía agarrada a la guerrera al tiempo que miraba directamente a esos cristalinos ojos azules.

—Tenía planeado verte de una forma u otra antes de marcharme. Pero me alegro de que me hayas encontrado, Gabrielle.

—Supongo que nos hemos encontrado mutuamente —dijo Gabrielle sonriendo, con los ojos cuajados de lágrimas mientras miraba a Xena con cariño.

Xena tuvo que apartar la mirada rápidamente, temerosa de que de seguir así, pudiera parecer vulnerable y débil. También dejaría ver el gran control que tenía Gabrielle ya sobre sus emociones. De modo que decidió preguntarle si tenía hambre.

—Qué bien me conoces ya —gorjeó Gabrielle—. Por lo general siempre tengo hambre. ¿Qué tienes?

—Pues tenemos un estofado de conejo recién hecho y un poco de hidromiel. Lo siento, si hubiera sabido que ibas a venir, habría hecho pan de nueces.

Gabrielle se puso a dar saltos, dando palmadas como una niña pequeña.

—¿Pan de nueces? ¡Pero si eso es lo que más me gusta! ¿Cómo lo has sabido? Pero no importa. Yo he conseguido traer algo de fruta seca y queso. Podemos celebrar nuestra primera noche juntas con un banquete.

Xena no pudo disimular la sonrisa que de repente se le iba extendiendo por la cara. Ante ella estaba la única persona del mundo que parecía importarle. Apenas una marca antes se sentía totalmente sola y desamparada, pero ahora parecía tener un nuevo propósito en la vida. Qué diferencia con lo que se había acostumbrado a soportar todos estos años atrás. Sentía que alguien le había dado aire fresco para respirar y había encendido cien velas para iluminar su oscuridad.

Mientras los grillos nocturnos les proporcionaban música de fondo y la hoguera ardía suavemente, dos almas compartieron una sencilla comida. La primera de muchas por venir. Sonreían continuamente, disfrutando del consuelo de su mutua presencia.

Después de cenar, como tenía por costumbre, Xena se puso a estirar bien su petate y a reflexionar en silencio sobre la constelación de estrellas que tenía encima antes de ir adentrándose en el reino del sueño de Morfeo. Justo cuando estaba a punto de dormirse, oyó la voz de Gabrielle.

—Xena. ¿Estás dormida? Tengo que preguntarte una cosa.

El sentido de la oportunidad de Gabrielle chocó con la Princesa Guerrera a punto de quedarse dormida, quien contestó con un seco:

—¿Qué?

—Que cómo vamos a dormir... —insistió la rubia—. No me gusta dormir sola. Paso frío. ¿Te importa que compartamos los petates?

—¿Eh? —replicó Xena enarcando una ceja.

Entonces Xena alargó la mano y le lanzó una piel de animal que le sobraba. Al ver que aterrizaba sobre su cabeza, tapándola, tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener una carcajada, pero dejó que el regocijo le entrara en el corazón.

—Pues toma... espero que esto te parezca bien, dama Gabrielle.

—Sí, está muy bien... supongo... —replicó Gabrielle mientras intentaba alisar los bultos y nudos de la piel—. Pero Xena... —continuó.

—¿Qué pasa ahora? —gruñó Xena despacio.

—Pues que Lila y yo siempre nos damos un abrazo y un beso de buenas noches antes de dormir. Lo echo de menos.

—¿Eh? —dijo Xena, pensando por dentro: ¿En qué me he metido? Pero al darse cuenta de que era la primera noche que pasaba lejos de casa, cedió y acercó su petate a la joven bardo—. Vale... claro... lo que tú quieras, Gabrielle. Pero prométeme que después vamos a dormir. Mañana tenemos muchas leguas que recorrer y las dos necesitamos descansar.

—Genial... gracias, Xena.

Xena se acercó y acarició con la nariz el pelo bien oliente de su nueva compañera, besándola suavemente en la cabeza. Olía a flores silvestres y tréboles. Como los campos que rodeaban el campamento. Durante el resto de su vida, cada vez que la brisa trajera ese olor, Xena se acordaría de Gabrielle.

Gabrielle cerró los ojos, dando gracias a los dioses que la habían llevado hasta este momento. Abrazando estrechamente a su guerrera, encontró la parte suave de detrás de su oreja y susurró tiernamente:

—Te quiero, Xena.

—Sí... vale. Y yo a ti —murmuró Xena suavemente. Sabía perfectamente que le demostraría cuánto... durante todos y cada uno de los días de su vida en común.


FIN


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