Reflexiones de una mujer mayor

Jamie Boughen



Jamie Boughen

Título original: Reflections of an Old Woman. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Gabrielle colocó con cuidado la bandeja del almuerzo en la mesa antes de sentarse despacio. Sólo tenía cuarenta y siete años, pero algunos días le dolían las articulaciones como si tuviera treinta años más. Hoy parecía ser uno de esos días. Por un momento, miró por la ventana abierta el huerto de flores y verduras primorosamente cuidado, disfrutando al ver las flores meciéndose suavemente y la profusión de fruta que crecía en los árboles. Este breve descanso para comer todos los días se había convertido en una especie de ritual para la bardo, que preparaba su bandeja y se sentaba a una mesa civilizada como debía ser. Riéndose por dentro, recordó la cantidad de veces que había comido a la carrera durante todos los años que había recorrido los caminos con Xena, la Princesa Guerrera. O la cantidad de veces que no había comido en absoluto, puestos a ello. Cogiendo la servilleta de lino cuadrada de la bandeja que tenía delante, se la extendió sobre el regazo y cogió el pan de nueces fresco que había hecho esa misma mañana.

Hasta el olor del pan de nueces le traía recuerdos, y se encontró pensando en aquellos años con Xena. Gabrielle todavía no podía creer que hubieran pasado casi quince años viajando a lo largo y ancho de Grecia, traspasando incluso en ocasiones sus fronteras en el curso de sus aventuras. Pero aquí estaba, instalada desde hacía ya diez años en la misma casa que había ayudado a construir. Xena había dicho a menudo que era una mujer que sabía hacer muchas cosas, pero en aquellos quince años la bardo había descubierto que también ella sabía hacer unas cuantas. Ayudar a construir su propio hogar parecía una minucia comparado con algunas de las cosas que había hecho cuando estaba en el camino con la asombrosa guerrera.

La habitación de atrás de la casa, bien iluminada, era su preferida, y Gabrielle traía aquí a menudo su almuerzo para disfrutar del sol que entraba por las ventanas abiertas y sentir las brisas con olor a flores que corrían por la habitación. Era una apacible distracción de sus pergaminos y tintas. Por las paredes estaban las pequeñas cosas que había recogido en sus viajes, colocadas con cariño en los pequeños estantes que ella misma había construido. Por la puerta abierta que daba a la parte central de la casa veía la chimenea de piedra de la acogedora habitación principal. Encima de la chimenea estaba su vara, un poco maltrecha ya, con algún que otro arañazo o marca de todos los combates en los que había intervenido a lo largo de los años. Todavía era una de sus posesiones más preciadas.

Como siempre, al ver la vara, se acordó de Xena. Los años que habían pasado juntas en los caminos habían sido unos de los años más maravillosos de su vida. Las aventuras constantes, el peligro, las dificultades a las que se había enfrentado con la Princesa Guerrera a su lado y las luchas a las que se había enfrentado sola. Al escribir sus relatos personales se había convertido en una de las bardos más famosas de Grecia. Todo el mundo había querido conocer las aventuras de la Princesa Guerrera y la bardo que era su compañera de viajes, pero ella lo habría cambiado todo gustosa por un solo día más en el camino con su queridísima amiga.

Todavía hoy recordaba aquellos últimos días que pasaron juntas viajando. Habían participado en una batalla más contra un salvaje señor de la guerra más. La bardo ya no recordaba su nombre. Era uno más, como tantos otros a los que se habían enfrentado. Xena lo había desafiado en persona, con la intención de derrotarlo y hacerse con su ejército. Por supuesto, cuando lo tuviera, se limitaría a desmantelarlo, táctica que había empleado muchas veces en el pasado. Cuando se esforzaba por hacer morder el polvo al señor de la guerra, fue Xena la que lo mordió. En una de sus espectaculares volteretas por el aire, aterrizó mal sobre el suelo irregular y se rompió la cadera. Gabrielle aún recordaba el espantoso crujido del hueso al romperse. Pero Xena no emitió ni el más mínimo ruido de dolor. El señor de la guerra pensó que había ganado, pero Xena, siempre impredecible, le tiró su propia espada como si fuera una lanza y lo alcanzó de lleno en el pecho. La expresión de sorpresa que se le puso mientras caía era otro recuerdo que Gabrielle siempre llevaría consigo.

El ejército del señor de la guerra muerto se deshizo rápidamente. Nadie quería enfrentarse a la Princesa Guerrera, aunque estuviera tirada en el suelo con una grave rotura de cadera. Sólo cuando Xena y Gabrielle se quedaron solas, permitió que la bardo la ayudara. Simplemente no estaba dispuesta a dar muestras de la más mínima señal de debilidad. Pensaba que su vida, y la de Gabrielle, dependían de que ella siempre se mantuviera fuerte, aunque tras quince años de viajes, peleas y batallas, la mera reputación de Xena la habría protegido. Gabrielle usó su propia vara y la espada de Xena, arrancada del pecho del hombre muerto, para entablillarle las piernas juntas. Al colocar a la alta guerrera en la litera que había construido la bardo, Xena gritó de dolor por primera y única vez. A partir de ese momento, la mujer había aguantado el dolor apretando los dientes con fuerza. Xena insistió en que fueran a Atenas a ver a Hipócrates. No confiaba en nadie más para que le encajara el hueso y consiguiera volver a ponerla en pie.

El viaje fue una pesadilla para la bardo. Cada bache del camino causaba un enorme dolor a la otra mujer y en varias ocasiones simplemente se desmayó. En cierto modo, era mejor para ella, porque así descansaba un poco de la agonía de su cadera rota, al menos hasta que volvía a recobrar el conocimiento. Gabrielle intentó mantener una constante charla intrascendente, contando historias o haciendo comentarios sobre todo lo que se le pasaba por la mente o le llamaba la atención. Xena agradecía el esfuerzo: se le notaba en los ojos azules como el cielo y en la sonrisa de medio lado cada vez que Gabrielle se volvía para mirarla. Sin embargo, durante la mayor parte del viaje, Xena mantuvo los dientes fuertemente apretados y los dedos aferrados a los lados de la litera, con los nudillos blancos a través de su piel bronceada y ajada por el clima.

El viaje hasta Hipócrates y el Templo de Curación que había montado duró varios días, y Gabrielle casi se echó a llorar de alivio cuando por fin apareció ante sus ojos. Alguien entró corriendo para avisar al gran hombre, cuando Gabrielle hubo explicado quién yacía en la litera. La mirada que Xena consiguió echarle al joven aprendiz de sanador debió de dar alas a sus pies, porque Hipócrates apareció al lado de la bardo en cuestión de segundos. Nadie pareció sorprenderse en absoluto cuando el sanador más famoso de toda Grecia cogió de buen grado un extremo de la litera y ayudó a trasladar a Xena al interior del templo.

La amistad entre los dos era bien conocida, y siempre que la propia guerrera resultaba gravemente herida, si se encontraba a una distancia de viaje razonable, acudía a Hipócrates con sus heridas. Las lesiones graves se habían ido haciendo cada vez más frecuentes, especialmente huesos rotos y graves contracturas musculares, a medida que los años en el camino dejaban su huella en el poderoso cuerpo de Xena. Varias de las técnicas que Hipócrates usaba como sanador las había aprendido originalmente de Xena muchos años atrás. La relación entre Hipócrates y Gabrielle era igual de íntima, pues él había aprendido a base de verla trabajar con los heridos durante su estancia en el templo de Tesalia que la voz y el tacto podían aliviar el dolor y calmar el miedo.

Aunque la bardo estaba agotada por el viaje a Atenas, se empeñó tercamente en permanecer al lado de Xena. Hipócrates se vio obligado a hacerla dormir con una droga para poder ocuparse de la cadera rota de Xena sin angustiar a Gabrielle más de lo que ya estaba. Pero no fue una decisión tomada a la ligera. Sabía que Xena no reconocería su propio dolor si la bardo seguía cerca y de otro modo Gabrielle no habría dejado a la mujer morena. De modo que drogó a la bardo antes de examinar atentamente la lesión de Xena, cosa que estaba seguro de que la guerrera agradeció en ese momento.

Lo que descubrió Hipócrates cuando por fin examinó la cadera rota de Xena le hizo sentir una gran tristeza. Era una rotura muy grave, ya que la articulación estaba prácticamente hecha pedazos por el peso del cuerpo de Xena al aterrizar desequilibrada tras saltar por encima de la cabeza del señor de la guerra. Por un momento estuvo convencido de que era posible que Xena no pudiera volver a caminar jamás. Sacudiendo la cabeza, el sanador se recordó a sí mismo a quién estaba mirando exactamente. Ésta era Xena, una guerrera sin igual en parte alguna. Si había una forma de superar esto, ella la encontraría. La mujer alta había estado muy callada durante el examen y ese silencio hizo que él se sintiera cada vez más desquiciado cuando le hubo explicado lo que había descubierto. De todas formas, no habría sido posible ocultarle la verdad. Ella ya sabía que era una mala rotura y que iba a tardar en curarse, si es que se curaba.

Gabrielle cogió un puñado de aceitunas, con la mente todavía ensimismada recordando aquellos días en el Templo de Curación de Atenas. La brillante luz del sol de fuera había quedado olvidada, la suave brisa pasaba desapercibida. Fue más una cuestión de costumbre que de pensamiento consciente lo que llevó los frutos salados a su boca y le hizo masticar por reflejo. Nada salvo la inconsciencia total le había impedido jamás terminar una comida.

Cuando Gabrielle se despertó por fin de su sueño provocado por las drogas, lo primero que preguntó ásperamente fue sobre Xena. Uno de los aprendices del templo había recibido instrucciones de llevar a la bardo donde ésta quisiera y eso incluía el camastro de Xena. La guerrera había sido trasladada con cuidado a una pequeña habitación privada y tenía la pierna estirada con unos pesos para mantener la esfera del hueso del muslo lo más cerca posible de la fosa rota para que así hubiera alguna posibilidad de que se curara. La guerrera estaba incómoda e irritable, pero Gabrielle estaba acostumbrada a esto tras haberse ocupado de muchas otras lesiones de Xena en el pasado.

Aquellas primeras semanas fueron muy difíciles para la guerrera y la bardo. La mayor parte del tiempo Xena se negaba a tomar las hierbas que contribuían a aliviarle el dolor sólo porque le dejaban la mente confusa y perdía un poco el sentido de la realidad de todo cuanto la rodeaba. Sabía que estaba a salvo en el Templo de Curación, pero tampoco podía negar sus instintos de guerrera, de modo que rechazaba las hierbas.

Gabrielle se encontró pasando cada vez más tiempo en los jardines del templo, llorando por la guerrera y el dolor que estaba sufriendo. Por la noche se quedaba despierta en su camastro junto a la cama de la guerrera, con los ojos cerrados, escuchando a Xena mientras ésta se pasaba la noche moviéndose y agitándose, intentando encontrar una manera de estar un poco más cómoda. Ambas mujeres no tardaron en tener ojeras oscuras bajo los ojos y Gabrielle empezaba a tener un aire un poco demacrado.

Una mañana, cuando ya había pasado casi una luna de su llegada al templo, Hipócrates fue en busca de la bardo cuando ésta vagabundeaba por los jardines intentando calmar el dolor de su alma por la lucha de la alta guerrera. Le propuso a Gabrielle que regresara a su pueblo y al apoyo de su familia. Le explicó que iba a pasar por lo menos un ciclo completo de estaciones hasta que la mujer lesionada pudiera volver a ponerse en pie, si es que el hueso llegaba a curarse alguna vez. Gabrielle discutió con el sanador, como sólo puede hacerlo una bardo, diciendo que Xena la necesitaba a su lado más que nunca, pero el gran hombre no daba su brazo a torcer. Se daba cuenta de que Xena empleaba mucha energía en ocultar su estado de ánimo a Gabrielle, energía que podía estar empleando en su propia curación.

Por fin, Gabrielle acudió a Xena con la decisión de Hipócrates y trató de hacer ver a la otra mujer que estaba equivocado. La bardo se quedó de piedra cuando Xena se mostró de acuerdo con él. La guerrera habló tranquilamente durante largo rato, más de lo que había hablado nunca en los quince años que llevaban viajando juntas, y por fin consiguió que Gabrielle reconociera el sentido de volver a su pueblo. Xena dejó claro que la bardo podía venir a Atenas a verla siempre que quisiera. El último detalle que permitió a Gabrielle dejar a Xena en el templo fue que la guerrera le pidió a la bardo que se llevara sus armas, su espada y su chakram, así como su caballo, con ella a Potedaia. Sabiendo lo preciadas que eran para Xena sus armas y su yegua, Gabrielle aceptó. La guerrera nunca estaría mucho tiempo lejos de su espada y su chakram.

De modo que Gabrielle emprendió el viaje de regreso a Potedaia, llevándose consigo a la yegua de Xena. En cierto modo, se sentía como si estuviera abandonando a la guerrera, cosa que había hecho algunas veces en los primeros años de sus viajes. Siempre había vuelto, al darse cuenta al final de que su puesto estaba realmente al lado de la otra mujer. Sin embargo, esto no contuvo sus lágrimas, y estuvo llorando durante casi todo el viaje, consiguiendo recuperar el control en el momento en que estaba a punto de llegar a la casa de su hermana.

Xena se quedó llorando el día en que Gabrielle se marchó a su pueblo. Lo que no le había dicho a su amiga era el miedo que la carcomía por dentro de no poder volver a caminar nunca más. La rotura era muy grave y tardaba mucho en curarse. No quería pasarse las semanas y estaciones que quedaban por delante gruñendo y peleando con la bardo, y antes que correr el riesgo de perderla, Xena pensaba que era mejor enviarla de vuelta con su familia hasta que ella supiera, de una forma u otra, si alguna vez volvería a ser la guerrera que había sido en el pasado.

La familia de Gabrielle se mostró encantada de que regresara de nuevo a ellos. Lila, que ya estaba casada y tenía dos hijas jóvenes y fuertes, notó la expresión atormentada de la bardo desde el principio y oyó sus sollozos apagados por la noche. No podía hacer gran cosa salvo ofrecer su apoyo a Gabrielle e intentar que volviera a interesarse por la vida del pueblo. Nada parecía funcionar mucho tiempo, y por fin Lila pensó que si conseguía que la bardo escribiera las aventuras que Xena y ella habían tenido juntas, tal vez eso podría aliviar parte de la culpa que la otra mujer llevaba en el alma. Preparó una pequeña habitación en la parte de atrás de la casa para Gabrielle, con todas las cosas que necesitaría para trabajar, y un día arrastró hasta allí a la deprimida bardo. Sentándola a la fuerza en una silla, Lila ordenó a Gabrielle que empezara a escribir. Al principio, la bardo intentó oponerse, pero Lila tenía las mismas raíces que Gabrielle y era igual de terca. El cuidado de dos niñas también le había enseñado varios trucos, y no tardó en tener a la bardo muy atareada escribiendo sus relatos.

La bardo se enfrascó rápidamente en la redacción de sus aventuras, hasta el punto de excluir casi todo lo demás. Lila se encontró entonces con la papeleta de tener que apartar a rastras a Gabrielle de los pergaminos y tintas para que durmiera y comiera lo suficiente para mantenerse saludable y fuerte. Sin embargo, la hermana de Gabrielle no se quejaba nunca. Estaba contenta de ver a la bardo tan atareada. Sin embargo, la idea funcionó, y Gabrielle consiguió encontrar cierto grado de paz y felicidad en su interior.

Cada pocas lunas, la bardo hacía el largo viaje de vuelta a Atenas para visitar a Xena durante unos días. Las dos ansiaban estas visitas, y Xena estaba muy feliz de poder enseñarle a la bardo los pequeños progresos que la iban llevando a la curación.

Pasaron dos estaciones completas y Gabrielle volvió a ponerse en camino, rumbo a Atenas y el Templo de Curación. Estaba deseando hacer esta visita porque ella misma tenía una sorpresa que enseñarle a Xena. Con los años, Salmoneus se había establecido y, sorprendentemente, se había convertido en un respetable hombre de negocios por derecho propio. No era reacio a hacer algún que otro negocio bajo cuerda de vez en cuando, pero en su mayor parte era un hombre de negocios honrado y, ahora, de mucho éxito. Se había enterado del regreso de Gabrielle a Potedaia y un día se pasó para hacerle una visita. Como siempre, ella estaba en su pequeña habitación escribiendo los relatos e historias de los años que Xena y ella habían pasado en el camino. El regordete hombrecillo se quedó muy sorprendido al ver la cantidad de pergaminos que había escrito en las estaciones que llevaba en casa. Sabía que siempre había un mercado para cualquier cosa sobre Xena y las proezas que había hecho a lo largo de los años. Después de hablar con Gabrielle, encargó copias de los pergaminos y llegó a un acuerdo con la bardo por el cual las copias se venderían en sus numerosas tiendas repartidas por toda Grecia. Incluso aceptó que su propia comisión fuera mínima, sabiendo que Xena, tanto si estaba herida como si no, le habría arrancado el corazón con sus propias manos si intentaba estafar a la bardo en lo más mínimo. Aunque, durante medio segundo, sí que se planteó aumentar su comisión, sólo un poquito. ¡Cuesta superar las viejas costumbres!

El negocio fue un éxito arrollador y por primera vez en su vida, Gabrielle tenía tantos dinares que no sabía qué hacer con ellos. Por el momento, Lila y su marido se ocupaban de su dinero hasta que ella decidiera lo que quería hacer.

Gabrielle miró la bandeja vacía que tenía delante. Después de todo este tiempo, todavía sentía la emoción de aquel viaje en concreto. Recordó que casi fue corriendo por los caminos y senderos hasta Atenas, deseando llegar junto a Xena lo antes posible para comunicarle la noticia.

Xena tenía su propia sorpresa esperando a la bardo cuando llegara a Atenas para esa visita.

Gabrielle subió corriendo las escaleras del templo, sin detenerse apenas para saludar al joven que había en la entrada. Tirando su vara y su zurrón al llegar a la puerta de la pequeña habitación de Xena, se quedó parada en seco al ver a su amiga de pie junto al camastro por primera vez desde que se había roto la cadera. Cierto, tenía una mano en el hombro de Hipócrates para sostenerse y el sanador la agarraba con fuerza por detrás de la camisa, ¡pero volvía a estar sobre sus dos pies! La expresión de felicidad atónita de Gabrielle compensó con creces todas las semanas de dolor que había pasado Xena sólo para poder sorprender a la bardo ese día.

Gabrielle se quedó pasmada por aquella maravilla. Había empezado a sospechar que Xena no volvería a caminar nunca más: el hueso había tardado mucho en curarse debidamente. La bardo corrió hacia la guerrera, asombrada de nuevo por lo alta que era Xena después de tantas lunas de verla tumbada, y la abrazó suavemente. Xena le devolvió el afecto, aunque una mano no dejó el hombro de Hipócrates en ningún momento. Puede que estuviera de pie, pero todavía tenía que intentarlo sin ayuda, por no hablar de dar sus primeros pasos. Había pasado semanas de dolor, maldiciones y lágrimas sólo para volver a estar de pie. Pero la expresión de Gabrielle había hecho que todo aquello valiera la pena.

Fue una de las mejores visitas que recordaban las dos. La noticia de Gabrielle sobre la cantidad de dinero que había ganado con sus relatos dejó tan pasmada a Xena como se había quedado Gabrielle al ver a la guerrera de pie por primera vez. Cuando la bardo se despidió, sabía que Xena estaba por fin en vías de recuperación, y trotó muy contenta de regreso a casa, en lugar de hecha un mar de lágrimas como en todas las visitas anteriores. Hasta Lila notó la diferencia en la actitud de la bardo.

Durante las dos estaciones siguientes, siempre había una nueva sorpresa para Gabrielle cuando iba a Atenas para ver a Xena: estar de pie sin ayuda, sus primeros pequeños pasos, con Hipócrates y Gabrielle a cada lado sosteniéndola, sus primeros pasos sola, cruzar una habitación caminando, su primer paseo corto por el jardín con Gabrielle.

Lo que Gabrielle nunca veía durante la larga rehabilitación de la guerrera era el esfuerzo que hacía Xena por volver a ser lo que recordaba. Xena se negó, tajantemente, a usar un bastón para sostenerse. Hipócrates no pudo hacer mucho para convencerla de que lo usara y se acostumbró a levantarla del suelo cada vez que se caía. Simplemente la ponía de pie, la equilibraba y luego la dejaba sola para que empezara de nuevo el desafío que se había impuesto a sí misma para ese día. Pero siempre se quedaba cerca, oculto tras una esquina u otra. La guerrera sabía que estaba allí: puede que tuviera la cadera rota, pero sus oídos funcionaban perfectamente. Mientras no lo viera y él la dejara trabajar en paz, estaba conforme.

Xena fue recuperando las fuerzas tras tantas lunas de estar tumbada sin hacer nada. Había descubierto una paciencia en su interior que ni siquiera sabía que tenía. Seguía irritable y frustrada gran parte del tiempo, pero estaba aprendiendo a ser más paciente y a permitir que su cuerpo se curara a su propio ritmo. Seguía empujándolo hasta el límite cada día y a menudo se acostaba por la noche entumecida y dolorida, pero hasta ella se daba cuenta de la lenta y clara mejoría que estaba experimentando. Sin embargo, por mucho que lo intentara, no parecía conseguir quitarse la cojera de la cadera. Daba larguísimos paseos por Atenas intentando eliminar la cojera, pero apenas parecía disminuir a pesar de todo el ejercicio.

En una de las visitas de Gabrielle al templo, al cabo de casi un ciclo de estaciones completo desde su llegada, Xena preguntó si le podía enviar su espada. Los ojos de la bardo se encendieron de alegría. Si Xena pedía su espada era que estaba casi lista para volver al camino de nuevo y a las aventuras que tenían juntas. La vida en un pueblo era apacible, y Gabrielle había aprendido a apreciarla de nuevo, pero echaba de menos la compañía de la alta guerrera más que nada y quería volver a la vida que conocía tan bien. Cuando la bardo hubo regresado al pueblo, se ocupó de que la espada de Xena fuera enviada a Atenas con el primer mercader que fuera en esa dirección.

Xena se sintió más feliz de lo que estaba dispuesta a admitir cuando su espada llegó al Templo de Curación. Gabrielle había mantenido la hoja limpia y afilada, y había engrasado también la vaina para que el cuero no se secara. Qué gusto le daba volver a sostener el arma en las manos después de tanto tiempo. A fin de cuentas, ¿qué es un guerrero sin su arma?

Asomando la cabeza por la esquina de su habitación, vio que no había señales de Hipócrates y, cojeando, se encaminó lo más rápido que pudo hacia el pequeño patio que había detrás del templo. Xena sentía que el corazón le martilleaba en el pecho al pensar en volver a entrenar con su espada. Sabía que no debía hacerlo, pero estaba harta de recuperarse sin más. Quería volver a sentir el canto de su sangre de guerrera.

Tardó menos de una marca en darse cuenta de que nunca volvería a ser la guerrera que había sido. Podría defenderse, pero el equilibrio y los sentidos corporales de los que había dependido durante tanto tiempo habían desaparecido. La rotura de la cadera había desviado ligeramente su centro de equilibrio y aunque tal vez podría volver a aprender a luchar, la Xena de antes nunca volvería a existir. Las patadas por el aire y los saltos mortales también eran algo del pasado para ella. Xena dejó que la espada cayera de sus dedos insensibles y sólo ahora se dio cuenta de que una importante parte de sí misma acababa de morir. Había sido la esperanza de volver a su antiguo estilo de vida lo que la había ayudado a avanzar tanto en su recuperación. ¿Qué es una guerrera cuando ya no puede luchar?

Hipócrates observaba en silencio desde su esquina oculta, mientras las lágrimas le caían por la cara. Ni siquiera se molestaba en enjugárselas. Sabía que se avecinaba este día, pero no había forma de preparar a Xena para el horror de descubrir que todo lo que había usado para definirse había desaparecido. De todas formas no le habría creído. Ahora tenía que volver a aprender desde el principio quién y qué era en este mundo. Xena estaba obligada a dejar por fin la espada.

La siguiente visita de Gabrielle al templo fue casi la última. Hipócrates la había estado esperando en la entrada del templo y prácticamente la llevó a rastras hasta la habitación que usaba como oficina. Antes de decirle nada a la bardo, le entregó la espada de Xena. La guerrera no la había recogido de donde había caído al darse cuenta de que ya no podría luchar ni ser la guerrera que había sido. Gabrielle se quedó mirando la espada, sin comprender lo que estaba pasando. Su temor inicial había sido que alguien hubiera matado a Xena. Algún enemigo suyo, al enterarse de su lesión, había aprovechado la situación para colarse en el templo y matarla mientras ella era incapaz de defenderse adecuadamente. Hipócrates se apresuró a asegurarle que la guerrera estaba sana y salva en su habitación, pero que no quería ver a nadie durante un tiempo, especialmente a Gabrielle. El sanador explicó lo que había presenciado pocas semanas antes. Gabrielle en realidad no oyó la explicación. Las únicas palabras que había en su mente eran que Xena no quería verla. Luego empezó a asimilar el resto de las palabras de Hipócrates.

La bardo estaba consternada. ¿Xena ya no podía ser guerrera? La mujer morena no conocía otra vida. La bardo exigió, vociferando y gritando de rabia, que Hipócrates la dejara pasar para que pudiera hablar con Xena en persona, pero el hombre no la dejó salir de la habitación. Gabrielle llegó a amenazarlo con la vara hasta que se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Cogiendo la espada de Xena del banco donde la había dejado, Gabrielle salió corriendo y sollozando del templo y no volvió a su ser hasta que estuvo muy lejos de Atenas.

El viaje de vuelta a Potedaia fue un auténtico suplicio para Gabrielle. Aparte de las lágrimas de angustia que le caían constamente por la cara, estuvo lloviendo durante casi todo el camino hasta el pueblo, como si los propios dioses lloraran la pérdida de la gran mujer guerrera llamada Xena. Pilló un resfriado y Lila la cuidó atentamente durante varios días hasta que se puso bien, por lo menos físicamente. Su hermana notó rápidamente la depresión silenciosa, casi trágica, y las marcas que se pasaba mirando por la ventana de la habitación que Gabrielle usaba para escribir sus relatos. Intentó muchas veces que la bardo hablara de lo que había ocurrido en su último viaje a Atenas, pero fue en vano. Había poca cosa que Lila pudiera hacer salvo querer y cuidar a su hermana, con la esperanza de que tal vez algún día Gabrielle le contara lo que había sucedido en Atenas aquel día.

Gabrielle se quedó mirando por la ventana abierta que tenía al lado. Una lágrima le resbalaba despacio por la mejilla. Se la secó distraída, sumida aún en los recuerdos de aquellos lejanos días. Parte de ella todavía se preguntaba cómo había salido adelante. Después de todos los años que habían estado juntas en el camino, todas las cosas a las que se habían enfrentado, ya era bastante horrible que le dijeran que Xena ya no podría ser guerrera. Pero oír además que no quería ver a Gabrielle había sido mucho peor.

El sol estaba empezando a ponerse tras las colinas cercanas a Potedaia. Gabrielle estaba limpiando cuidadosamente la espada y el chakram de Xena como hacía todos los días a estas horas. Habían pasado tres lunas completas desde aquel último día en Atenas y aunque parte de la depresión se le había pasado, se había convertido en una figura delicada y melancólica en el pueblo. Lila y su marido la habían estado animando para que empezara a pensar en lo que iba a hacer con el dinero que estaba ganando con sus relatos, pero hasta ahora, Gabrielle no parecía decidirse por nada. Su hermana intentaba convencerla de que comprara una pequeña parcela de tierra y construyera su propia casa y no era que a Lila no le encantara tener a Gabrielle viviendo con ellos. Era que le parecía que ya era hora de animar a la bardo a seguir con su propia vida de nuevo. Por lo que Lila sabía, había habido una pelea seria entre las dos amigas y tal vez Gabrielle debería dedicarse a pensar en sí misma por una vez. Al fin y al cabo, quince años de viajes con Xena tendrían que haberle quitado a Gabrielle las ansias de ver mundo.

Uno de los niños del pueblo subió trotando por el camino que llevaba a la casa de Lila, con un pergamino enrollado en una mano. Divisó a Gabrielle sentada fuera en el porche, con la espada de Xena en el regazo. Derrapando hasta detenerse ante ella, entregó el pergamino a la bardo, informándole de que un mercader de Atenas se lo había dado con instrucciones de que debía ser entregado a ella expresamente y a nadie más. Gabrielle dio las gracias al niño y entró rápidamente en casa, corriendo casi hasta la pequeña habitación donde escribía sus relatos e historias. Quitando la cinta del pergamino, casi se le paró el corazón de alegría al ver la pulcra caligrafía de Xena. La nota era breve —Xena nunca había sido una persona que hablara interminablemente en el mejor de los casos— pero decía lo suficiente como para calmar un poco los temores de Gabrielle y devolver algo de esperanza a su vida.

Lila notó la diferencia inmediatamente. ¿Cómo no, si Gabrielle se puso a cantar por lo bajo mientras la ayudaba a preparar la cena esa noche? Si algo había hecho feliz a su hermana ese día, ella no iba a insistir en averiguar de qué se trataba, pero se moría de curiosidad. La bardo se sentó esa noche y consiguió llenar un pergamino entero con sus pensamientos sobre el pueblo y lo que había estado haciendo. Ni una sola vez en la larguísima carta mencionó nada sobre que Xena no quisiera verla, ni siquiera ahora, pero estaba más contenta de lo que lo había estado desde hacía mucho tiempo sólo por saber que Xena se había molestado en escribirle.

Durante la siguiente estación y media, los pergaminos y papiros fueron y vinieron con regularidad. Los mercaderes locales se acostumbraron a ver a Gabrielle junto al camino esperando a que uno de ellos llevara un nuevo pergamino a Atenas y a Xena. Estaban más que dispuestos a colaborar. Sus historias se estaban haciendo tan famosas y gustaban tanto que conocer en carne y hueso a la mujer que había visto con sus propios ojos las cosas que había hecho la Princesa Guerrera era todo un honor. Además, la bardo siempre compartía algún pequeño relato con quienquiera que se detuviera en el camino por ella, y eso de por sí ya era pago suficiente por llevar los gruesos pergaminos a Atenas.

Y entonces, un día, la serie de notas breves dejó de llegar desde Atenas.

Gabrielle intentó esperar pacientemente, pero al cabo de seis semanas completas de espera y sin noticias, no pudo soportarlo más. Metiendo unas cuantas provisiones en su zurrón de viaje y agarrando su vara, se lanzó al camino una vez más. No tardó en encontrar de nuevo el ritmo de sus pasos, aunque hacía nueve lunas que no viajaba más allá del siguiente pueblo.

Se encontró en Atenas mucho antes de que se diera cuenta por la sencilla razón de que su mente estaba concentrada en lo que podría haberle ocurrido a Xena para que dejara de enviar sus breves notas a Gabrielle. Hipócrates la vio casi en el momento en que cruzó el umbral del templo. Esta vez no intentó detener a la bardo: de hecho, la acompañó cuando ella se dirigió a la pequeña habitación donde Xena se había estado recuperando durante casi dos ciclos de estaciones. No le dijo ni una palabra mientras caminaban y Gabrielle tampoco supo qué decir. Teniendo en cuenta que lo había amenazado con la vara la última vez que estuvo aquí, la verdad es que él se estaba comportando de una forma muy civilizada con todo.

Sólo cuando llegó a la habitación de Xena se dio cuenta de por qué la había acompañado. La habitación estaba vacía de todo lo que pudiera indicar que Xena había estado allí. El camastro estaba enrollado y recogido, los postigos echados y cerrados contra la brillante luz del sol del exterior, su ropa había desaparecido y sus botas ya no estaban metidas debajo de la cama. Era como si Xena nunca hubiera estado allí. Hipócrates le dijo que Xena simplemente había recogido sus cosas unas seis semanas antes y se había marchado del templo. Sin explicaciones, sin notas, sin despedidas. Se había ido sin más. No tenía ni idea de dónde se dirigía, pero estaba bastante seguro de que no era hacia Potedaia.

Gabrielle se quedó absolutamente atónita. ¿Qué le había pasado a Xena? ¿Dónde había ido? Tratar de seguir el rastro de Xena a estas alturas sería un pérdida de tiempo. Con la ventaja que llevaba, Xena podría estar ya en cualquier parte, y si no quería que la encontraran, jamás la encontrarían.

La bardo pasó la noche en el templo e Hipócrates le ofreció todo el consuelo que pudo, aunque no tenía más idea que Gabrielle de por qué Xena se había marchado de repente. Gabrielle emprendió el regreso al pueblo a la mañana siguiente. Una vez más, estaba hecha un mar de lágrimas, lágrimas que continuaron durante varios días tras su regreso. Aunque tardó un poco, Gabrielle acabó recuperándose lo suficiente como para empezar a pensar de nuevo en su futuro, un futuro sin Xena.

La bardo se encontró ahora llorando sin tapujos por los recuerdos que tenía de aquellos largos y oscuros días. La herida se había curado e incluso la cicatriz hacía tiempo que se había borrado; pero el recuerdo de su desolación y desesperación le provocaba el llanto. Había sido incluso peor que cuando Xena "murió" y luego regresó del otro lado. Al menos en aquella ocasión había llorado por una persona que realmente estaba muerta. No saber por qué Xena se había marchado del templo ni dónde había ido era ahora mucho más duro para ella. Había pasado mucho tiempo tratando de descubrir dónde podría estar Xena, interrogando a cualquiera que pasara por el pueblo que pudiera tener alguna información. Pero todo fue en vano. Nadie había visto ni había oído nada de la antigua guerrera.

El ruido de alguien abriendo la puerta de entrada y quitándose cuidadosamente el barro de los pies hizo que Gabrielle se secara rápidamente las lágrimas de la cara. No estaría bien que alguien la viera en este estado. Tendría que dar demasiadas explicaciones.

—¿Dónde estás, Gabrielle?

Esperando un momento para sorberse las últimas lágrimas, Gabrielle contestó:

—En la habitación de atrás. ¿Cómo ha ido el parto?

—Muy bien. Gemelos estupendos y sanos. Un niño y una niña —fue la respuesta, algo ahogada por la pared que había entre medias.

Gabrielle oyó el ruido del agua al caer en un cuenco y de un lavado de manos.

—¿Qué has estado haciendo mientras yo estaba fuera? —Los ruidos se trasladaron a la cocina, mientras Gabrielle escuchaba encantada, como siempre.

—Pensar —replicó Gabrielle.

—¿Sobre qué?

—Oh, sobre aquella vez en que una persona algo astrosa apareció en mi puerta preguntando si el pueblo necesitaba un sanador —dijo Gabrielle, riendo por el recuerdo de aquella tarde maravillosa.

Una figura alta y morena entró cojeando en la habitación, con una bandeja de comida. Unos ojos azules como el cielo miraron risueños a Gabrielle y en su cara apareció una sonrisa de medio lado. Gabrielle todavía no salía de su asombro por lo amable que había sido el paso de las estaciones con Xena. El pelo negro estaba lleno de canas y las pequeñas patas de gallo y arrugas que tenía alrededor de los ojos y la boca eran indicación de alguien que había aprendido a sonreír y reír con facilidad. Seguía siendo tan musculosa y ancha de hombros como siempre, pero el tiempo había suavizado un poco las líneas. Pero a ojos de Gabrielle, ésta era su Princesa Guerrera, tan fuerte y amorosa como lo había sido a lo largo de los últimos veintisiete años.

A la bardo ya no le importaba que Xena hubiera intentado encontrarse a sí misma a solas, para darse cuenta, con cierta resistencia, de que estar al lado de Gabrielle había sido su destino desde el principio. Había tardado casi una estación entera, pero poco a poco Xena cayó en la cuenta de que la bardo la quería no porque fuera guerrera sino por ella misma. A Gabrielle no le importaba que Xena fuera guerrera, sanadora, granjera o incluso porquera. Gabrielle la quería por lo que veía en el corazón y el alma de Xena.

Xena colocó la bandeja en la mesa con una mano, al tiempo que la otra acariciaba el pelo rubio rojizo y canoso de su amante. Sentándose al lado de Gabrielle, con los muslos en contacto, preguntó:

—¿Por qué piensas en eso? Fue hace ya mucho tiempo.

—Hay cosas que siempre merece la pena recordar, Xena —se limitó a decir Gabrielle.


FIN


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