Querida Xena

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Título original: Dear Xena. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


Querida Xena:

Ya sabes —o a lo mejor no, ya no tengo ni idea— que hace mucho tiempo que no me siento, como hago ahora mismo, y me pongo a escribir.

Pero, aunque nunca leas esto, es algo que necesito hacer, sacarme estas palabras del corazón y volcarlas sobre el papel. El papel no duele tanto como me duele el corazón en este momento. Y cuando me mira con ojos que no ven, sé que no pretende hacerme daño.

Cuando me vi rescatada de las profundidades del Infierno y purificada en el lago del Cielo, Miguel me contó lo que habías dicho de mí. Cómo dijiste que nuestras almas estaban entrelazadas y que no podías dejar que caminara sola por el Infierno.

Pero, Xena, el Infierno no siempre es un lugar lleno de demonios con cuernos que “viven” para alimentarse del alma de los puros.

El Infierno también es un lugar sin amor. Un lugar sin luz. Sin esperanza. Sin sueños.

Cuando te dije, en Chin, que ya no podía seguir creyendo en el amor, lo decía en serio.

Creo que ya ni siquiera sé lo que significa esa palabra. A veces está tan cerca que me da la sensación de que si lograra alargar la mano lo suficiente y a la velocidad suficiente, podría arrastrarlo hasta mí y volver a conseguir que formara parte de mí.

Y a veces, está tan lejos que me pregunto si me he pasado la mayor parte de mi vida imaginándome simplemente que estaba ahí.

Pero sé que no es así. Todavía recuerdo, aunque me duele —ay, cómo me duele— quedarme dormida envuelta en un amor que era como una calidísima manta, y me hacía dormir con el ritmo de tu corazón detrás, arropándome en el lugar más seguro que podía imaginarme.

Incluso en nuestros momentos más oscuros, Xena, cuando la muerte de nuestros hijos sacó a la bestia a la luz, me consolaba todo lo posible con la certeza de que la profundidad de tu odio y tu rabia sólo demostraba la enormidad de tu amor.

Porque si nunca me hubieras querido tanto, jamás habrías podido odiarme tanto.

O eso me decía a mí misma.

Y parece que allá donde se haya ido el amor, mis sueños lo han seguido.

¿Te acuerdas de que me preguntaste sobre mis historias después de que muriera Pérdicas? ¿Te acuerdas de que te dije que las historias salían de mis sueños y que había dejado de soñar?

Pues ha ocurrido otra vez, Xena.

Cada noche me duermo, rezando a cualquier dios que pueda estar escuchando para que me devuelva mis sueños. Para que me dé la oportunidad de sentir de noche lo que ya no tengo a la luz del sol.

Y cada mañana me despierto y nadie ha oído ni ha respondido a mis plegarias.

¿Por qué nunca me has preguntado, Xena? ¿Por qué, cuando pasamos noche tras noche en lados opuestos del fuego, buscando temas de conversación como dos personas que se acaban de conocer, nunca se te ocurre preguntarme por qué no escribo en mis pergaminos?

¿Te importa que haya dejado de soñar?

¿Te importa que lo único que arde alegremente en nuestros campamentos nocturnos sea el fuego que no logra calentar esta gélida indiferencia que de repente se interpone entre nosotras?

Sin amor, sin sueños, me encuentro sin esperanza.

¿Qué esperanza puedo tener para un futuro que se alza con tanta tristeza sobre las cenizas de un pasado roto?

¿Qué esperanza tengo yo, una mujer que ha vivido por la pura belleza de la palabra escrita y hablada, cuando esas palabras se han secado y marchitado dentro de un corazón que ya no late con las sencillas alegrías de la vida?

Una vez me cogiste la mano y me dijiste que jamás me dejarías, ni siquiera en la muerte.

¿Dónde estás en la vida, Xena? ¿Por qué no te encuentro?

¿Y por qué has roto la promesa que le hiciste a Miguel?

¿Por qué dejas que camine sola por el Infierno?

Gabrielle


FIN


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