Hasta la puerta de la vieja posada

Beowolf




Título original: Up to the Old Inn Door. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Xena volvió a lanzar una mirada precavida hacia el cielo, mientras el viento le agitaba el pelo formando nubes negras alrededor de su cara, imitando a las nubes de tormenta. La temperatura también estaba bajando, y llevaba por lo menos una hora buscando un sitio donde parar. Por ahora no había visto nada que le pareciera adecuado.

Otra ráfaga de viento la golpeó en la espalda, y sujetó mejor a Gabrielle.

—¿Nada aún? —gritó la bardo hacia su oído. La guerrera bajó la mirada y sonrió tranquilizadora a los preocupados ojos verdes.

—No. Pero no podemos quedarnos aquí fuera, eso seguro. Me preocupan los rayos.

Gabrielle atisbó por debajo del manto y el brazo con que Xena le envolvía los hombros. Los árboles se apiñaban apretadamente a ambos lados del camino, pero no ofrecían protección alguna contra el viento y los remolinos de hojarasca. Xena había quitado a Gabrielle de la parte trasera del lomo de Argo cuando se dio cuenta de que a Gabrielle le costaba sujetarse, a pesar de que se aferraba al arzón de la silla con las dos manos.

—Un poco más adelante había un pueblo —dijo Xena, inclinándose hacia el oído de Gabrielle—. Tengo entendido que la mayor parte quedó destruida durante la guerra, pero tendría que haber ruinas, algo que nos refugie. Iremos allí.

—No rechazaría una buena hoguera —reconoció la bardo. Xena notó que temblaba y aceleró un poco el paso. Hasta Argo parecía deseosa de encontrar cobijo.


El camino trazaba una curva inesperada y al principio Gabrielle pensó que estaba teniendo visiones.

—Parece que algo ha sobrevivido. Que me aspen si eso no es una posada. —Se pegó bien a Xena. El viento soplaba con la misma ferocidad que antes, pero las nubes parecían menos amenazadoras. Pero hacía frío, y la bardo se imaginó un buen fuego, comida caliente y un largo y relajante baño. Seguía temblando y, ahora, Xena también.

—Sí que lo parece —asintió la guerrera distraída, examinando lo que tenían delante. Algo no cuadraba. Era posible que hubieran construido una posada nueva a partir de los restos de la antigua, aunque no daba esa impresión. La explanada de delante estaba bien pavimentada en un lado, y hasta los arriates parecían llevar allí toda la vida. Los postigos de las ventanas del primer piso estaban gastados pero en buen estado y, lo más importante para Xena, no había la menor señal de que se hubieran producido nunca daños por fuego.

Se encogió de hombros mentalmente. Sabía que los vencedores contaban las historias que querían que se oyeran, y supuso que la historia de la destrucción innecesaria de un pueblo era un claro borrón en el historial de un enemigo derrotado.

—Vamos. —Gabrielle le tironeó de la cintura con impaciencia—. Huelo a comida desde aquí.

Una leve sonrisa curvó la comisura de la boca de Xena.

—¿Con este viento? —preguntó, indicando el largo manto que ondeaba y se agitaba a su alrededor. Meneó la cabeza. Los instintos de Gabrielle eran infalibles en cuestión de comida. Una mirada casi suplicante por parte de Argo hizo que por fin se decidiera—. Pues vamos.


Horas después, tras un baño caliente y una buena comida, Xena estaba inspeccionando y limpiando su armadura mientras Gabrielle estaba sentada en la cama, trabajando en uno de sus pergaminos. El tiempo había mejorado un poco, pero el viento prácticamente aullaba alrededor del edificio, y aunque se sentía inquieta, Xena se alegraba de estar dentro. Tenía un buen fuego ardiendo en la amplia chimenea, hacía un calor agradable y, teniendo todo en cuenta, resultaba muy acogedor.

La guerrera sonrió por dentro. “Acogedor” era una palabra relativamente nueva de su vocabulario: como señora de la guerra, estaba segura de que nunca había considerado nada bajo ese prisma, pero Gabrielle se las arreglaba para cambiar su modo de ver las cosas. Sus ojos se posaron en la bardo, a la que siempre daba gusto mirar.

Gabrielle escogió ese momento para levantar la mirada y sonreír, como si notara que los ojos de Xena la observaban.

—¿En qué trabajas? —preguntó Xena. La sonrisa de la bardo se hizo más amplia.

—Pues en otra aburrida historia sobre la Princesa Guerrera.

Xena hizo un visaje y sonrió resignada, y Gabrielle se echó a reír.

—La verdad es que estoy escribiendo sobre este lugar. Tiene un ambiente especial, ¿no te parece?

—Mmm —replicó Xena pensativa. Observó con cuidado la habitación. Estaba bastante bien amueblada, sin lujos, pero era cómoda y de buen tamaño. También contaba con una de sus preferencias: ventanas. Xena sentía aversión a estar encerrada en cualquier sitio donde sólo hubiera una salida. Dado el tiempo que hacía, era sorprendente que hubieran conseguido habitación. Sin embargo, aquí estaban, en la que seguramente era la mejor habitación de la posada.

Cuando habían bajado a cenar, había unos cuantos hombres en el bar disfrutando de una cerveza o dos, pero ésta era la primera posada en la que había estado Xena en su vida donde todo el mundo se había marchado cuando todavía había luz fuera. Además era gente bien educada, lo cual a Xena le parecía estupendo, pero era curioso, no obstante. Una charla intrascendente con el camarero no la llevó a ninguna parte, y descartó con cierto recelo la idea de marcharse de allí. Gabrielle estaba cansada de luchar con el viento todo el día, y ella también.

—Me pregunto dónde viven esos hombres. Ya sabes, los que estaban antes abajo. Creo que nunca he visto un pueblo más desierto. Qué silencio —comentó la bardo. Xena la miró atentamente al captar el indicio de inquietud en su tono que coincidía con lo que ella misma sentía.

—Sí. —Xena dejó su armadura y fue a abrir un postigo y mirar por la ventana. Faltaban pocos minutos para que la oscuridad fuese completa, y la luna brillaba intermitentemente a través de las nubes empujadas por el viento. No se veía un alma, y la guerrera advirtió que las luces de abajo estaban apagadas. Muy inusual, pensó.

Sintió que se le erizaban los pelillos de la nuca.

Gabrielle observó en silencio mientras Xena cerraba y echaba el cerrojo a los postigos. Tendría que haber estado relajada y a gusto, pero no era así, y era evidente que Xena tampoco. Los ojos azules que se volvieron hacia ella estaban tan tranquilos como siempre, pero Gabrielle la conocía demasiado bien como para no captar la tensión que tenía en los hombros.

—¿Qué tal si nos retiramos temprano? —propuso la bardo, al tiempo que empezaba a guardar sus pergaminos—. Así podremos avanzar mucho mañana.

—Me parece bien —asintió Xena. Se desvistió y se metió en la cama al lado de Gabrielle, pero no sin antes colocar la espada al alcance de la mano. Gabrielle se movió para apoyar la cabeza en el pecho de la guerrera y suspiró satisfecha cuando los brazos de Xena la rodearon para estrecharla. Se quedaron así echadas unos minutos, escuchando el viento y el crepitar del fuego y disfrutando de la rara comodidad de una cama. Casi al mismo tiempo, se miraron y sonrieron.


Xena echó la cabeza hacia atrás y su cuerpo entero se quedó rígido, con los músculos bien definidos esculpidos por la luz del fuego. Gabrielle la agarró con fuerza de los hombros y empujó hacia arriba, observando el rostro de la guerrera cuando la atravesó el orgasmo. Sonrió cuando Xena gimió suavemente, dejando caer la cabeza hacia delante de nuevo al tiempo que cambiaba el peso. El pelo oscuro y sedoso hizo cosquillas a la bardo en el pecho cuando bajó a Xena para estrecharla entre sus brazos, sujetándola firmemente con las piernas alrededor del cuerpo de la guerrera. Le encantaba yacer así con Xena, con ese cálido peso sobre su cuerpo y los sonidos de esa respiración agitada en el oído. Un profundo suspiro de satisfacción envió un beso al ancho hombro de la guerrera.

Xena se puso de lado y pegó a Gabrielle contra ella, al tiempo que subía las mantas para taparlas a las dos. Besó a la bardo en la frente y posó la mejilla a su pelo, acariciándole la espalda con ternura.

—Retirémonos temprano siempre que estemos en una posada —murmuró Gabrielle, acariciando la piel de Xena con su aliento cálido.

—A tu público no le haría gracia —dijo Xena con un bostezo—. Pero por mí, bien.

No llevaban así mucho tiempo cuando Xena levantó la cabeza de golpe. Gabrielle notó que se le ponía el cuerpo rígido, y escuchó atentamente para averiguar qué había alarmado a la guerrera, pero no oyó nada. Moviéndose con mucha cautela, preguntó en voz baja:

—¿Qué ocurre?

El fuego casi se había consumido, pero daba luz suficiente para advertir la concentración del rostro de Xena.

—No lo sé, pero... creo... —Meneó la cabeza con exasperación. Todos sus instintos le advertían de que había peligro, pero había notado algo raro en los ruidos que había oído. Y ahora, pasos suaves—. Ponte en el otro lado de la cama —le susurró a Gabrielle, y alcanzó la espada, moviendo los ojos por la habitación. La repentina y brusca inhalación que oyó detrás la obligó a volverse en redondo para ver qué la había causado.

Gabrielle tenía los ojos como platos y miraba hacia la ventana, ligeramente boquiabierta. Xena se volvió rápidamente, dispuesta a enfrentarse a cualquier amenaza que viniera contra ellas, y se quedó clavada en el sitio.

Había una joven junto a la ventana, con el pelo agitado por el viento, y los postigos que Xena había cerrado y asegurado antes ahora estaban abiertos de par en par. Jugaba con una cinta roja, trenzándola con los mechones de su espeso pelo oscuro que le llegaba por debajo de la cintura.

A lo lejos, Xena creyó oír el leve ruido de los cascos de un caballo, y la mujer también lo oyó. Levantó la cabeza y miró por la ventana, con el rostro impaciente a la luz de la luna.

Xena abrió la boca para preguntar qué Tártaro estaba pasando, pero se le cortó el aliento en la garganta al fijarse en el difuso contorno de la pared que tenía la mujer detrás y que se veía a través de su cuerpo. Tragó con dificultad y apenas oyó el suave jadeo de Gabrielle cuando ésta también lo vio. Despacio, la guerrera retrocedió, sin apartar los ojos de la mujer que tenía delante. Se detuvo de golpe cuando los dedos fríos de Gabrielle le aferraron el brazo.

—¿Qué está pasando? —preguntó Gabrielle en un susurro ahogado. Xena sólo pudo menear la cabeza y observar a la mujer atentamente. Quien venía a caballo estaba ya más cerca, y la guerrera oyó el repiqueteo apagado de los cascos sobre las losas de abajo, seguido de un tenue silbido. Agarró mejor la espada, tomó aliento y se fue acercando muy despacio a la otra ventana. Gabrielle, que no quería soltarla, la siguió con pies descalzos y silenciosos.

Xena abrió con cuidado el postigo y miró fuera tras echar un rápido vistazo a la mujer. El jinete de debajo estaba de pie sobre los estribos, estirando el brazo y el cuerpo hacia arriba para atrapar con delicadeza el pelo que colgaba por la ventana. Si la guerrera procuraba no mirarlo directamente, casi lograba distinguir la empuñadura de una espada.

El jinete miró a la joven, dio la impresión de decir algo y salió a caballo del patio y subió por el camino. En el rostro de la mujer había una tierna sonrisa, y mientras Gabrielle miraba, se volvió y desapareció.

Ninguna de las dos dijo nada durante unos instantes.

—Estoy soñando —dijo la bardo con firmeza. Agarró la muñeca de Xena con más fuerza, como para despertarse.

—Me temo que no —dijo Xena en voz baja—. Yo también lo he visto. Los postigos están abiertos, y veo el fuego de nuevo. Antes no lo veía, sólo la luz de la luna. —Bajó la mano con que sujetaba la espada, y cuando Gabrielle la soltó, fue a cerrar y asegurar los postigos de nuevo.

De vuelta en la cama, la guerrera se sentó apoyada en el cabecero, con Gabrielle bien pegada a ella.

—Entonces, si ha sido real... o sea, si de verdad hemos visto lo que creemos haber visto, entonces... —empezó la bardo despacio.

—Lo hemos visto. Se veía la pared a través de ella y las losas a través del caballo.

—Yo vi ropa como la que llevaba ese jinete en Atenas, cuando estuve allí. Era muy cara. ¿Crees que era un comerciante?

—¿Un comerciante fantasma? —Xena sonrió—. Demasiado joven. Tal vez el hijo de un hombre rico. La ropa de ella no era nada de especial. Pero se conocían, eso seguro.

—Amantes —dijo Gabrielle. Se le puso una expresión soñadora en los ojos—. ¿Te fijaste en cómo sus cuerpos se estiraban el uno hacia el otro? Y la forma en que ella dejaba colgar el pelo para que él pudiera tocarlo, puesto que no podía abrazarla a ella... —Se le apagó la voz, y Xena la miró sonriendo. Cediendo a la tentación, se inclinó y besó a la bardo con ternura—. Supongo que debería estar preocupada, o asustada, o algo, pero no lo estoy —continuó Gabrielle—. No me ha parecido que estuviéramos en peligro.

—Los muertos no nos pueden hacer daño. Me pregunto qué ocurrió aquí —dijo Xena pensativa. Cambió su forma de abrazar a su amante cuando Gabrielle se pegó más a ella.

—Es una forma un poco rara de encontrarse —asintió Gabrielle—. ¿Por qué no están juntos en los Campos Elíseos, puesto que están muertos? ¿Qué hacen aquí? ¿Y cómo es que los vemos?

—No lo sé. Lo único que se me ocurre es que, por alguna razón, sus espíritus no pueden descansar.

—Atrapados entre la vida y la muerte. Encontrándose siempre sin poder tocarse jamás —susurró la bardo. Se volvió del todo hacia Xena y abrazó a la guerrera.

—Deberíamos tratar de dormir un poco —dijo Xena amablemente. Gabrielle se puso cómoda y cerró los ojos, sin querer apartarse del contacto con su amante.


A la bardo le pareció que habían pasado apenas unos minutos cuando notó que Xena la sacudía ligeramente por el hombro. Parpadeó, tratando de despertarse rápidamente.

—Voces, abajo —le susurró la guerrera al oído. Gabrielle escuchó atentamente y entonces oyó pasos que subían por las escaleras. No pudo evitar pegarse un poquito más a Xena, que no había cambiado de postura, pero escuchaba con atención, aunque su espada seguía donde la había dejado. No le serviría de nada contra los muertos.

Se materializaron cuatro hombres y a Gabrielle se le pusieron los ojos como platos. Vestidos de soldados y armados, se quedaron allí en silencio a la espera de algo. O de alguien, pensó la bardo.

Xena posó los ojos en la ventana. Había observado atentamente a los soldados, que se habían fijado en Gabrielle y en ella tan poco como la mujer de antes, y había buscado el emblema de la persona a la que servían. Estrechó los ojos pensativa cuando lo encontró.

Gabrielle se quedó rígida cuando la mujer volvió a aparecer junto a la ventana. Parecía no darse cuenta de la presencia de los hombres detrás de ella, y miraba angustiada por la ventana, abierta de nuevo a la noche.

Xena y ella observaron impotentes cuando los soldados se echaron encima de ella, la maniataron y la tiraron al suelo junto a sus armas, colocadas en un rincón. Cuando se pusieron a jugar a los dados, le susurró furiosa a la guerrera:

—¿No podemos hacer algo?

—¿Como qué? —preguntó Xena en voz baja—. Gabrielle, lo que ocurra aquí ya ha ocurrido. Se acabó. Lo único que podemos hacer es ver cómo se desarrollan las cosas.

Xena salió de la cama y se trasladó en silencio a la ventana de nuevo, al oír los tenues cascos de un caballo. Vio que los soldados reaccionaban al oír el ruido lejano, lo mismo que la mujer. La guerrera distinguió la figura del caballo y el jinete, que se acercaban a la posada.

La mujer echó un rápido vistazo a los hombres, se cercioró de que estaban centrados en el jinete y se lanzó contra las lanzas y escudos apoyados en la pared. Xena sabía que habían hecho un ruido considerable, y los cascos del caballo se detuvieron de golpe.

Hubo un momento de silencio, y lo único que oía la guerrera era el viento.

Un soldado corrió a la ventana, y Xena observó con la mandíbula apretada cuando se volvió hacia sus compañeros y dijo algo que ella no oyó. Otro pegó un bofetón a la mujer, y mientras el caballo se adentraba al galope en la noche, la mujer murió una vez más de una estocada en el corazón.

Se volvió hacia la bardo, que seguía sentada en la cama. Gabrielle tenía las mejillas bañadas en lágrimas cuando miró a Xena.

—Advirtió a su amante de que los soldados estaban aquí, y la mataron por eso. ¿Por qué, Xena?

Xena la estrechó entre sus brazos.

—No lo sé muy bien. He visto el emblema que llevaban esos soldados. ¿Te acuerdas de la guerra que te comenté? Esos soldados luchaban por el señor de la guerra que intentaba conquistar estas tierras. Yo no estaba en esta zona en aquel entonces, pero me enteré de que la resistencia era muy eficaz. No era nada que estuviera organizado de verdad, pero los habitantes sabían cuándo y dónde iba a haber ataques. Las posadas son buenos lugares para recoger información, y a lo mejor la mujer trabajaba aquí y comunicaba todo lo que oía.

—Eso tiene sentido —reconoció la bardo—. Pero se querían, Xena, lo sé.

—Yo también lo creo —asintió la guerrera—. Me pregunto si habrá acabado.

Gabrielle se quedó sorprendida.

—¿Cómo puede haber acabado? No sabemos qué les pasó.

—Puede que nunca lo sepamos —le recordó Xena—. A ella la mataron, de eso no cabe duda, y por la edad del jinete, yo diría que lo encontraron casi inmediatamente.

—No me extraña que no puedan descansar. Nunca pueden estar juntos —dijo la bardo, con tristeza.


Pocas horas antes del amanecer, Xena y Gabrielle miraban en silencio desde la cama a una joven que estaba junto a la ventana, con el pelo agitado por el viento, y los postigos que Xena había vuelto a cerrar y asegurar estaban abiertos de par en par. Jugaba con una cinta roja, trenzándola con los mechones de su espeso pelo oscuro que le llegaba por debajo de la cintura.

A lo lejos, Xena creyó oír el leve ruido de los cascos de un caballo, y la mujer también lo oyó. Levantó la cabeza y miró por la ventana, con el rostro impaciente a la luz de la luna.

La guerrera y la bardo salieron de la cama y miraron por la ventana. El jinete estaba ya más cerca, y la guerrera oyó el repiqueteo apagado de los cascos sobre las losas de abajo, seguido de un tenue silbido. El jinete estaba de pie sobre los estribos, estirando el brazo y el cuerpo hacia arriba para atrapar con delicadeza el pelo que colgaba por la ventana. Si la guerrera procuraba no mirarlo directamente, casi lograba distinguir la empuñadura de una espada.

El jinete miró a la joven, dio la impresión de decir algo y salió a caballo del patio y subió por el camino. En el rostro de la mujer había una tierna sonrisa, y mientras Gabrielle miraba, se volvió y desapareció.


Gabrielle jugaba desganada con su desayuno mientras Xena saldaba la cuenta con el posadero.

—Tu amiga parece un poco cansada —comentó él con cautela. Xena volvió la cabeza para observar a Gabrielle, y echó un vistazo por la sala casi vacía. Soleada y cómoda, casi lograba que los acontecimientos de la noche parecieran un sueño. Casi.

—Espero que todo haya estado de vuestro gusto —continuó él. No miraba a la guerrera a los ojos.

—La habitación estaba bien. Los... invitados han sido un poco inesperados —dijo ella con intención, acercándose más a él—. ¿Qué pasó aquí? —preguntó en voz baja.

—Así que los habéis visto —dijo él con un tono cargado de tristeza.

—Los hemos visto —afirmó ella—. ¿Qué ocurrió? —repitió.

Él tragó saliva y Xena vio que tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Hace cinco años, toda esta comarca estaba sumida en la guerra. Nosotros no teníamos ejército, sólo podíamos defendernos mediante la sorpresa. Mi hija trabajaba aquí todas las noches, y cuando los soldados venían a beber, escuchaba. Comunicaba todo lo que oía a su prometido, que funcionaba como correo entre los que nos ocultábamos, mientras luchábamos. —Sin vergüenza, se secó una lágrima que le caía por la cara—. No tardaron en darse cuenta de que tenía que haber alguien que pasaba la información, y se fijaron en mi Bria. Creo que lo habrían hecho de todas formas —susurró—, porque los rechazaba a todos. Amaba a Galen con todo su corazón, y para él la riqueza de su padre no era nada, pues sólo la quería a ella. —Hizo una pausa, y luego prosiguió, con la voz ronca—. Intentaron atraparlo muchas veces, pero no lo lograban. Así que una noche vinieron aquí, me encerraron en mi propia cocina y esperaron a que Galen acudiera a Bria. Perseguido por todas partes, sólo podía venir de noche. De algún modo, ella logró avisarlo y él escapó, pero... ellos mataron a mi hija. Galen se enteró horas más tarde, y venía para acá cuando lo atraparon. Lo mataron como a un animal. —Cerró los ojos y apretó los dientes—. El padre de Galen no quiso que su hijo fuese enterrado junto a Bria. No sé dónde descansa.

Xena se quedó callada, dejándose atravesar por la tristeza al conocer la historia de dos vidas segadas demasiado pronto. ¿Y a cuántos amantes separé yo? se preguntó.

—Anoche se cumplieron cinco años de... aquello —continuó el posadero—. Estabais en la habitación de Bria. Todos hemos oído el caballo de Galen, pero yo nunca he tenido valor para subir. —Tragó saliva—. Sólo quiero recordar cuánto se querían. —Volviéndose, se ocupó de sacar brillo a unos platos que relucían a la luz del sol.

Gabrielle levantó la mirada cuando Xena se sentó a su lado, enarcando una ceja al ver el plato casi lleno.

—Creo que no tengo mucha hambre —dijo Gabrielle—. A menos que quieras acabártelo tú, ya estoy lista.

La guerrera asintió y salió detrás de la bardo a la temprana luz del sol de la mañana. El viento había desaparecido y el cielo estaba totalmente despejado, del mismo azul que los ojos de Xena. Gabrielle miró hacia arriba y luego a la guerrera que tenía al lado y que estaba dando las gracias al mozo de cuadra y ocupándose de Argo. La bardo sonrió y, cediendo a un impulso repentino, estrechó a Xena en un fuerte abrazo.

—¿Y eso? —preguntó Xena, con curiosidad.

—No sé. —Gabrielle sonrió de nuevo y meneó la cabeza—. Es que me han dado ganas de abrazarte.

Xena enarcó una ceja, sin comprender, pero luego se fijó en el sitio donde estaban. Bajo sus botas había unas losas perfectamente dispuestas y justo encima de ella estaba la ventana de su habitación.

Se sonrió y abrazó a su vez a Gabrielle, cosa que sorprendió mucho a la bardo. Agarró las riendas de Argo y Gabrielle y ella se alejaron de la posada.

—Qué raro, lo de anoche, y qué triste. ¿Qué habrá ocurrido?

—Gabrielle —empezó Xena—, deja que te cuente una historia...


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
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