Entre un suspiro y un latido

Bel-wah



Descargo: Xena, Gabrielle y cualquier otro personaje que aparezca en la serie de televisión real son propiedad de MCA/Universal y Renaissance Pictures, mientras que el resto del relato y otros personajes son míos.
Nota de la autora: Se recomienda ver el episodio La maternidad de Xena, la Princesa Guerrera, antes de leer este relato.
Se agradecen comentarios en: Belwah82@aol.com

Título original: Between a Breath and a Heartbeat. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Dioses, ¿es que no va dejar de llover jamás?

La lluvia cae sobre mí, ungiéndome en un bautismo purificador cuyo precio no sé si estoy dispuesta a pagar. Tengo mucho frío y estoy muy cansada, y me duele todo, y cada paso que doy con esfuerzo por este patio enfangado, temo que sea el último.

—Ninguna de las dos me va a dejar —digo, y me dejo caer de rodillas. Me estremezco con un escalofrío, a pesar del calor de las llamas que tenemos detrás. Esta posada va a arder, se va a quemar hasta los cimientos, y yo no puedo hacer nada para evitarlo. Es algo que no puedo controlar, como al parecer me ocurre con tantas otras cosas, últimamente.

—Gabrielle... tú eres lo más puro que hay en mi vida.

Cae la lluvia, cada gota me pincha la piel como un cuchillo frío, y el agua forma pequeños torrentes en el suelo, derritiendo el mundo a mi alrededor y llevándose consigo la sangre vital de la mujer a la que considero mi mejor amiga. Aunque con amigos como yo...

Me vuelvo hacia mi hija. Mi hija. Sus ojos me miran en busca de respuestas que no puedo darle, y mientras le acaricio la cara, tan tensa y cenicienta, le digo lo que yo misma apenas me había atrevido a creer, hasta ahora.

—Y tú eres mi gran esperanza.

Porque si eso no es cierto, si Eva no ha nacido para un fin más elevado, más noble que la muerte y la destrucción que han jalonado nuestro viaje hasta este momento, entonces la gran perdedora soy yo.

—¡Así que no voy a permitir que ninguna de las dos me deje!

Incluso mientras digo esto me pregunto cómo pienso lograr tal objetivo. Porque, francamente, no tengo ni la menor idea.

Supongo que podría intentar... algo. ¿Pero el qué? ¿Y por quién? He escogido el “Camino del Guerrero”, eso es cierto. Y no sé cómo, pero la noticia ha corrido, por todas partes. Así que, en lugar de pegar mamporros a unos cuantos señores de la guerra desmandados, aquí estoy, cargándome a Poseidón e hincándole un hacha a Hefestos.

Y el espectáculo aún no ha terminado.

Qué frío tengo... me penetra el corazón, y en parte desearía que me lo detuviera, para siempre.

Durante toda mi vida me he estado entrenando, fomentando una disciplina en mí misma que no me permite rendirme, pase lo que pase. Al Hades con las probabilidades, ¿y a quién le importaban los riesgos? Yo iba a hacer lo que hubiera que hacer, o moriría intentándolo.

Y ahora... me entra la risa, la verdad. ¿De qué me ha servido todo eso? Gracias a mi brillantez sin igual, perdí veinticinco años de mi vida, y encima obligué a Gabrielle a pasar por lo mismo. Por no hablar de que, como colmo de la ironía, fue Roma quien se tuvo que ocupar de criar a mi hija.

Así que, como un actor que no sabe cuándo salir del escenario, aquí estoy otra vez. De vuelta en un mundo donde todo y todos a los que he conocido están muertos o... o... dioses, no puedo soportarlo... mirar siquiera a Gabrielle.

Sabiendo que yo soy la responsable.

La culpa de ese preciso acto me pesa muchísimo más que las cadenas de Hefestos que llevo encima.

Cómo me duele todo, y bajo esta lluvia me permito derramar las lágrimas que si no, me habría negado a mí misma.

Supongo que Gabrielle y yo teníamos los días contados: éramos mucho más afortunadas de lo que dos personas tienen derecho a ser. Estábamos destinadas a conocer a Eli, eso lo comprendo ahora. ¿Pero por qué ese camino nos ha traído hasta aquí... hasta este Tártaro en vida?

Durante un tiempo, después de que naciera Eva, me atreví a soñar... a albergar la esperanza de un futuro para nosotras tres. Incluso ahora, cuando mi hija ya es adulta y por fin ha abrazado el Camino del Amor, pensaba que todavía había esperanza.

Pero me lo he cargado todo, ya lo creo. Dejé que ese cabrón de Ares me distrajera de nuevo, y volví corriendo dentro para descubrir a Gabrielle intentando matar a la chica a la que decía querer como si fuese su propia hija. Y yo... se lo impedí, ¿no?

Las Furias.

Fueron esas harpías desde el principio. ¿Por qué no me di cuenta? ¿Por qué no lo advertí... cuando todavía había tiempo?

Si se volvieran las tornas, Gabrielle sí que se habría dado cuenta. Ella es así. Pero yo... para nada. Estaba demasiado metida en el papel de “Xena la Destructora de los Dioses”, preguntándome dónde iba a tener lugar nuestro siguiente enfrentamiento, la siguiente batalla.

Y encima estaba Eva.

Reconozco que a lo mejor he estado intentando compensar veinticinco años en unos pocos días, y tal vez, en lo que a mí respecta, he dejado un poco de lado a Gabrielle. Aunque ella nunca se ha quejado.

Bueno, y ahora puedo matar dioses.

¿Y qué?

Porque a mí me mata estar aquí plantada, en medio de este fango, viendo cómo la lluvia se lleva la prueba espesa y roja de mi error... borrando cualquier futuro que pudiera haber sido mío... nuestro.

¿Para esto ha sido todo? ¿Sólo para soportar este sufrimiento?

¿Cúantas espadas y vendas más, cuánta sangre más, cuánto dolor más... cuánto es suficiente?

El “Camino del Guerrero”.

¡Ja!

Me echaría a reír, si no tuviera los labios tan entumecidos por el frío. Menuda guerrera estoy hecha. El curso de mi vida está surcado por los cadáveres de las personas que creían en eso... en mí.

Y ahora, ha acabado en esto. Todo lo que conocía o me importaba me ha sido arrebatado, como los vientos gélidos que se arremolinan en este patio.

Salvo por una verdad, que es la siguiente: las quiero, a Gabrielle y a Eva. Y es demasiado fácil decir que moriría para que ellas pudieran vivir. Es mucho más que eso. Estoy dispuesta a vivir, a intentar seguir adelante, a aguantar, porque ellas todavía viven.

Y donde hay vida, hay esperanza, o eso dice cierta bardo que conozco.

Están las dos tan vulnerables, tan indefensas en este momento. Como un par de oseznos, perdidos, sin su madre para protegerlos. Si me rindo, ¿qué será de ellas?

Qué cansada estoy.

Mi niña, Eva.

Una hija a la que apenas he empezado a conocer. ¡Se merecía mucho más que la suerte infame que ha tenido!

Y Gabrielle, ¡mi corazón!

La conozco mejor de lo que se conoce ella a sí misma, creo. Sé qué espera, qué sueña, qué ama, y las cosas maravillosas de las que es capaz. Veo todo eso en ella, y más.

No puedo rendirme, ahora no. Aunque se me eche encima la oscuridad, aguantaré firme.

Porque... porque...

Bajo la mano y cojo la mano inerte de Gabrielle.

Sencillamente, no sé qué otra cosa hacer.

Agacho la cabeza y escucho mientras la lluvia sigue con su golpeteo incesante sobre el suelo: es relajante, en cierto modo. A lo mejor todo esto es un sueño, y me despertaré dentro de poco, descubriendo que estamos todas bien calentitas en una cómoda cama, una cama de hace veinticinco años.

—Es muy triste.

Un destello de luz.

Afrodita.

Una vez nos ayudó. Mmm... a lo mejor todavía puedo hacer un trato con un dios.

Oigo mi voz hablándole, burlona primero, y luego exigente, en pleno papel de guerrera. La obligaré a hacer lo que quiero, ¿no? Pero no tardo en darme cuenta de que no estoy en situación de exigir nada, y ahora le suplico, le ruego. No por mí, sino por la que amo. Sí, me he entrenado demasiado bien, creo. Porque siento un estremecimiento en mis entrañas, un balbuceo de esperanza en mi negro corazón, y creo que tal vez, sólo tal vez, todavía hay una posibilidad.

—Está bien. ¡Os llevaré al Olimpo!

Ahora noto el calor del fuego, ardiente, y tomo aliento con fuerza, para calmarme.

Una osa con sus cachorros, ésa soy yo, supongo. Y como esos pobres y necios animales, supongo que no sé cuándo rendirme.


FIN


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