¿Lo sabías?

DS Bauden



Descargo: Universal y Renaissance Pictures son los propietarios de Xena y Gabrielle, desgraciadamente, no yo. Éste es un relato para adultos sobre un amor compartido entre dos mujeres en edad de consentir. Si esto os molesta, sois libres de leer otra cosa. Si no, entrad en mi mundo de fantasía. Es un sitio muy divertido para jugar, así que pasad y quedaos un rato.
Amor/sexo: Sí en ambos casos y entre mujeres, así que si estas cosas no os gustan... probadlo... a lo mejor sí que os gusta... o podéis iros a hacer algo muy distinto. ¿Alguien quiere ir a la ONU?
Aviso legal: Si no tenéis la edad legal suficiente para leer esta obra de ficción, marchaos y volved cuando hayan levantado la barrera. Gracias... ahora volvemos a la programación habitual.
DSBauden@att.net

Título original: Did You Know? Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Premio Xippy


Andar todo el día deseando a una bardo no era forma de vivir para una guerrera de la categoría de Xena. Después de la última noche que habían pasado juntas, Xena sabía que necesitaba estar un tiempo lejos de Gabrielle. Las últimas semanas habían sido criminales para la guerrera y su corazón. Sabía que deseaba a Gabrielle, pero sabía que hacer algo al respecto no era lo más conveniente para su relación.

Una noche lejos de ella es lo único que necesito, pensó la guerrera para sí misma. Lo único que necesito es una noche con alguien que no conozca para acabar con esta maldita necesidad, reflexionó mientras contemplaba la hoguera casi apagada. Por los dioses, tengo que olvidarme de todo este rollo. Miró a su compañera, que roncaba ligeramente y estaba profundamente dormida.

Xena aprovechaba estas oportunidades para mirar abiertamente a la joven que había sido su compañera desde hacía dos años. Es tan preciosa y tan lista. ¿Por qué pierde el tiempo con una vieja estúpida como yo? Le convengo tanto como Argo. Soltó un profundo suspiro y siguió contemplando el cielo nocturno, con la esperanza de poder dormir esta noche.

Había pasado muchas noches despierta pensando en Gabrielle y en lo maravilloso que sería tener una relación más intensa con ella. En el fondo de su corazón sabía que no podía ser. Somos demasiado diferentes.

—He hecho demasiadas cosas en el pasado para merecerme a alguien con un alma como la de Gabrielle. Necesito hacer lo que siempre he hecho en el pasado: ir a una posada, beber cerveza y acostarme con alguien desconocido. Cuantas menos ataduras, mejor para mí —dijo Xena con triste convicción y supo que mañana iría a la aldea más cercana... sin Gabrielle. Tragó saliva audiblemente y se desplomó en el petate, a la espera de que saliera el sol.


La mañana llegó con el sol cayendo de pleno sobre las dos mujeres, y Xena fue la primera en despertarse, como de costumbre. Se inclinó sobre Gabrielle y le susurró que se despertara. Gabrielle dio un manotazo a Xena como si fuera un insecto que estuviera invadiendo su dormitorio privado y golpeó a Xena en la nariz.

¡Ay! —gruñó Xena.

Aterrorizada por el gruñido del insecto, Gabrielle se incorporó de golpe en el petate y miró a su alrededor medio atontada para ver al bicho en cuestión.

—¿Xena? —inquirió Gabrielle—. ¿Qué haces? —preguntó, pues Xena estaba contemplando el cielo con la cabeza echada hacia atrás.

—Estoy obligando a la sangre a que vuelva a mi cabeza. Me has atizado una buena.

Gabrielle se puso muy colorada.

—¡Oh, por los dioses, Xena, cuánto lo siento! ¡Creía que eras un bicho!

—Caray, Gabrielle, gracias, ahora me siento mucho mejor —refunfuñó la guerrera mientras se sujetaba el tabique nasal.

—No, en serio, lo siento. Vamos, deja que te lo vea. —Gabrielle se acercó a Xena sin abrocharse la camisa, lo cual dejaba sus pechos visibles a los ojos clavados y muy redondos de Xena.

Tosiendo y atragantándose, Xena intentó apartarse de Gabrielle.

—¡No, ya está! No te preocupes. Sé que no lo has hecho a propósito. Estoy bien, créeme. —Intentó alejar a Gabrielle con el pensamiento.

—Bueno, si estás segura —dijo Gabrielle.

—Sí, estoy bien. Sólo necesito echarme agua fría en la cara. —Y en los calzones—. Ahora mismo vuelvo —dijo Xena, poniéndose en pie y dirigiéndose al arroyo que había delante de su campamento.

Xena se acuclilló delante del agua, mojó el trapo que había sacado de la alforja de Argo y se lo puso en la nariz.

—Ah, sí, mucho mejor —suspiró la guerrera.

A su izquierda se oyó un chapuzón y delante de ella surgió una desnuda Gabrielle escupiendo agua.

—Ya lo creo —sonrió, empezando a lavarse el cuerpo.

—¡Gabrielle! ¿Qué estás haciendo? —dijo Xena, más alto de lo que esperaba.

—Mm, Xena, me estoy bañando. ¿Qué parece que estoy haciendo? —contestó Gabrielle.

—Bueno, ¿y tienes que hacerlo desnuda? —Xena casi se dio una torta por comportarse como un colegial empalmado que no quería salir a la pizarra.

—Xena, la gente tiende a bañarse desnuda. Así es más fácil lavarse. ¿Qué te pasa hoy? —preguntó Gabrielle—. Pareces un poco nerviosa —comentó.

Eso no describe ni por asomo lo que estoy sintiendo ahora mismo.

—Es sólo que podría verte cualquiera. No estamos muy lejos del camino. —Xena intentó disimular su respuesta llena de pánico.

—Mi heroína —sonrió Gabrielle—. No te preocupes, he comprobado lo que se ve desde el arroyo antes de zambullirme. No me puede ver nadie —explicó.

—Bien pensado —la felicitó Xena.

—Gracias. Me lo ha enseñado una persona muy lista —sonrió, terminando de bañarse y acabando con la tumultuosa tortura de Xena.

Las dos mujeres regresaron al campamento. La hemorragia nasal de Xena se había curado y Gabrielle estaba ya vestida. Todo iba bien en el mundo, por ahora.


—¿¡QUÉ!? —vociferó Gabrielle.

—Gabrielle, escucha, por favor. Será sólo esta noche, te lo prometo. Tengo que ir a ver a alguien en la próxima aldea.

—¿Y por qué no puedo ir contigo? Detesto que te pongas así. Creía que ya lo habíamos superado —dijo Gabrielle, despotricando contra la partida en solitario de Xena.

—Por favor, no te pongas así, Gabrielle. Te prometo que será sólo una noche. Me reuniré aquí contigo mañana por la mañana. Ni siquiera me echarás de menos —intentó razonar Xena con su rabiosa bardo.

Gabrielle, con los brazos en jarras, puso los ojos en blanco. Echaría de menos a Xena aunque sólo se fuera una hora. Lo que deseaba era que Xena fuera franca con ella. Sabía que Xena sólo quería ir a una posada, beber cerveza y acostarse con alguien desconocido. Gabrielle tenía la esperanza de que algún día, Xena la viera como a la mujer que era. Una mujer que estaba totalmente enamorada de ella y que haría cualquier cosa por ella.

—Está bien, Xena. Ve a ver a tu "amigo". Nos vemos mañana —dijo Gabrielle, exasperada.

—Gabrielle, por favor, no te enfades. —Xena no pudo evitar acariciar la mejilla de Gabrielle con los nudillos.

Gabrielle no quería más que alentar la caricia, pero sabía que no sería bien recibida. Retrocedió y contestó a Xena.

—Estoy bien, Xena. Tú haz lo que necesites hacer y luego vuelve conmigo como haces siempre. Aquí estaré, no te preocupes. —Gabrielle intentó evitar el tono sarcástico sin éxito. Siempre estoy aquí. Quería gritar, Más te vale lavarte antes de volver, pero su cara siguió tranquila e hizo lo que siempre había hecho en el pasado: se despidió de Xena con un abrazo y deseándole buena suerte en el viaje.

Xena esperó a la siguiente tanda de gritos de enfado por parte de Gabrielle, pero no se produjo. Devolvió el abrazo a Gabrielle y la miró con curiosidad. Se desentendió de ello y se marchó en busca de alivio.

Gabrielle saludó a su guerrera agitando la mano cuando se montó en Argo y desapareció de su vista. Se sentó en un tronco en el campamento, encontró un palo y se puso a dibujar en la tierra. Su mente clamaba por una forma de llegar a Xena y hacerle ver que estaban hechas la una para la otra. Hizo unos cuantos trazos distraídos con el palo, se quedó mirando el dibujo y sonrió de oreja a oreja.

Ya sé cómo llegar a ella. La voy a ganar por la mano. Se levantó, se sacudió el polvo del trasero y recogió lo que tenía en el campamento. Preparó su zurrón y salió en pos de Xena. Es la última vez que vas a buscar alivio con alguien que no sea yo.


Xena llegó a Crillius justo antes del anochecer. Desmontó de Argo y se dirigió a los establos. En la puerta la recibió un niño.

—¿Puedo ayudarte... ? ¡Por los dioses! ¡Eres Xena! —gorjeó el niño.

Xena miró al niño y sonrió.

—Sí, lo soy. ¿Crees que tienes sitio para mi yegua? Está muy cansada y le vendría bien un poco de agua fresca —sonrió.

El niño sonrió de oreja a oreja y replicó:

—Claro, Xena. Siempre hay sitio para Argo. Es muy bonita —sonrió y se sonrojó.

—Sabes cómo se llama, ¿eh? —inquirió Xena.

—¡Oh, sí! He oído muchas historias sobre ti y sobre ella. Pero creía que viajabas con alguien. ¿Gabrielle? Creo que se llama así.

—Sí, tienes razón. Se llama Gabrielle. Esta noche está atendiendo otros asuntos. Estoy sola. —Hizo una pausa para sonreír al chiquillo que la miraba fijamente—. ¿Crees que puedo encontrar una habitación para pasar la noche?

—Pues teniendo en cuenta que mi madre es la que lleva la posada, casi te puedo garantizar que esta noche tendrás habitación. También te podemos ofrecer un baño caliente, si quieres. A mamá le va a encantar tenerte con nosotros —dijo muy emocionado.

—¿Cómo te llamas, muchacho? —preguntó Xena.

—Carlo. Me llamo Carlo —contestó él.

—Pues Carlo, por favor, dile a tu madre que llegaré en cuanto sepa que Argo está acomodada para la noche, ¿de acuerdo? —sonrió Xena.

—A ver qué te parece, yo me ocupo de Argo y tú vas a la posada y te instalas. Yo te seguiré enseguida —sonrió.

—Está bien, pues. —Xena acarició la cabeza de Argo—. Vale, chica, quedas en buenas manos. Te veré a primera hora de la mañana. —Cuando vuelva arrastrándome a Gabrielle. Argo resopló y asintió con la cabeza.

Xena se quedó mirando mientras Carlo llevaba dentro a Argo y en cuanto desaparecieron, se dirigió a la posada.


Atisbando desde la esquina, Gabrielle vio a Xena caminando hacia la posada y sonrió con aire diabólico.

—Nos veremos más tarde, Princesa Guerrera —dijo.

La bardo había conseguido pasaje con un vendedor que iba a Crillius. Lo convenció de que la dejara subir a su carromato a cambio sólo de contarle historias de la legendaria Xena, la Princesa Guerrera. Estaba más que dispuesta a contar las hazañas de la mujer a la que tanto amaba.

Carlo salió del establo y vio a Gabrielle.

—¿Lo he hecho bien?

Gabrielle le lanzó un par de dinares y sonrió.

—¡Lo has hecho genial, Carlo! Veamos, le has dicho a tu madre que iba a llegar, ¿verdad? Sabe que debe mantener en secreto mis planes para Xena, ¿verdad? —preguntó Gabrielle.

—Sí, le he dicho que tenías algo especial preparado para Xena. Ya sabe que no debe decirle que estás aquí. ¿Es que es el cumpleaños de Xena o algo así? —inquirió Carlo.

—Yo no diría que es un día de nacimiento, pero sí que es una especie de comienzo —dijo Gabrielle, echándole a Carlo una amplia sonrisa.

Carlo parecía confuso, pero no le hizo preguntas a la bardo. Le dijo cómo entrar en la posada por la parte de atrás y juró a Gabrielle guardar el secreto. Ella le dio un ligero beso en la mejilla y mientras él se llevaba la mano a la cara aún caliente y ruborizada, Gabrielle salió corriendo hacia la entrada trasera de la posada para comenzar su noche de diversión con Xena.


—¿En qué habitación la has puesto, Vera? —preguntó Gabrielle a la madre de Carlo.

—Está arriba al final del pasillo a la derecha. Es la última habitación. No tiene pérdida —explicó la posadera.

—Gracias, Vera. Te agradezco muchísimo que hagas esto por Xena y por mí. Necesita una buena noche de relajación y por los dioses que se la voy a dar —dijo Gabrielle con una sonrisa maliciosa. Oh, sí, vaya si se la voy a dar.

Gabrielle fue muy contenta a la cocina donde Vera le había dado el cuarto trasero para esconderse. Había conseguido parte de sus suministros por el vendedor y otras cosas en el pueblo. Esta noche iba a ser memorable para las dos.

Contempló sus aperos y sonrió.

—Xena, esta noche vas a conocer a la mujer de tus sueños. Y yo haré realidad todos los míos —dijo la rubia mirándose en el pequeño espejo de la pared. Se miró unos momentos y trató de quitarse de la mente la sensación de duda.


Gabrielle salió furtivamente de su cuarto y echó un breve vistazo al interior de la posada. Localizó a Xena sentada, como de costumbre, en un rincón oscuro a solas. Tenía varias jarras vacías en la mesa. Xena había estado bebiendo sin parar desde que había llegado y parecía observar la sala en busca de acompañante para la velada. Gabrielle supo que tenía que actuar pronto. Retrocedió rápidamente cuando los ojos de Xena casi se encontraron con los suyos. Se le aceleró el corazón al pensar que casi había echado a perder el engaño. Volvió corriendo al almacén y se miró por última vez.

—No te eches atrás ahora, Gabrielle. Puedes hacerlo. Necesitas hacerlo. Vas a hacerlo —le dijo a su reflejo como una especie de mantra. Recuperó la confianza, así como el oporto que había pedido a Vera. Dio las gracias a la mujer en la puerta y apuró despacio la jarra. Se secó la boca con el brazo y respiró hondo para calmarse—. Empieza el espectáculo.


—Disculpa, no he podido evitar verte desde allí. ¿Estás sola esta noche?

Xena sintió las palabras en la nuca.

—Sí, la verdad. ¿Has venido a ofrecerme... compañía? —contestó Xena sin girarse para ver a la desconocida que le hablaba.

—Sí... así es. ¿Quieres una copa? ¿O ya has tenido suficiente? —dijo Gabrielle con el tono de voz más grave y rasposo posible.

—Ya he bebido bastante, pero para nada lo suficiente. Por favor, ¿quieres acompañarme? —dijo Xena al tiempo que se bebía el resto de la cerveza.

—Me encantaría acompañarte, pero preferiría un ambiente distinto. ¿Tienes una habitación aquí? —propuso Gabrielle.

—Por supuesto —sonrió Xena—. ¿Debo suponer, pues, que prefieres ese ambiente?

—Sí —afirmó Gabrielle tajantemente.

—Pues vamos, pero primero quiero advertirte de mis condiciones —dijo Xena, reclinándose en el cuerpo que tenía detrás—. Podría matarte antes de que te diera tiempo a parpadear por la sorpresa, así que no intentes ninguna estupidez.

Gabrielle tragó saliva con fuerza y manifestó su acuerdo.

—La verdad es que matar no es lo mío, así que no te preocupes.

—Bueno, pues sí es lo mío, y siempre me preocupo, que es por lo que sigo viva —declaró Xena con franqueza—. En segundo lugar... no me interesa cómo te llamas, así que no quiero saberlo. ¿Entendido?

—Entendido. ¿Algo más? —Gabrielle empezaba a sentir que perdía el valor.

—Esta noche, te llamas Gabrielle. Y no hay más que hablar —dijo Xena, levantándose y dirigiéndose a su habitación. Gabrielle se quedó boquiabierta y notó que recuperaba el valor multiplicado por diez. Xena se detuvo en las escaleras, pues su acompañante para la velada no la había seguido. Xena se volvió para mirar a la desconocida por primera vez y se sintió desfallecer. En parte por la cerveza y en parte por la despampanante criatura que tenía delante. Xena se tragó su reacción audiblemente y señaló las escaleras—. ¿Vienes? ¿O me vas a hacer esperar toda la noche? Detesto esperar —se burló provocativamente desde el otro lado de la sala.

Los clientes de la posada habían dejado de hablar para observar la interacción entre las dos mujeres. Observaron fascinados cuando la mujer más baja se acercó a la más alta y posó su mano en la más grande. Las dos subieron las escaleras en silencio mientras Xena se limitaba a mirar a su hermosa acompañante de la velada.

—Eres bellísima —dijo Xena, mirando de arriba abajo a la mujer que tenía al lado. Gabrielle llevaba un vestido negro sin tirantes que le llegaba a media pierna y le ceñía el cuerpo. Sus zapatos eran tiras de cuero enrolladas en las pantorrillas y los pies, destacando sus bonitas piernas. Llevaba una capa en los hombros que caía hasta el suelo. Una máscara negra que le llegaba hasta justo encima de la boca le tapaba casi toda la cara. Tenía el pelo recogido con tiras de cuero negro entremezcladas con su color natural y apartado de la cara. Los labios de Gabrielle estaban pintados con un espeso pintalabios rojo y llevaba los ojos pintados de negro. Para cualquier otra persona, habría parecido misteriosa o enigmática. Para Xena, era justo la medicina que le hacía falta.

—Vaya, gracias —dijo Gabrielle intentando no sonrojarse con todas sus fuerzas—. Sin embargo, yo también tengo mis propias reglas. —Xena alzó la ceja como respuesta—. Yo no me quito la máscara y tú no me tocas —declaró y esperó a que Xena respondiera.

—¿No quieres que te toque? —preguntó Xena con tono engreído, echando la cabeza a un lado.

¡Dioses, claro que quiero!

—No. Me gusta... mandar, no sé si me entiendes. —Gabrielle tragó y esperó no haberse pasado de la raya.

¡Diantre, qué bien me lo voy a pasar!

—Trato hecho. No te tocaré a ti ni a tu máscara —aceptó—. ¿Vamos? —Xena señaló con un gesto la puerta que llevaba a su habitación.

—Sí, gracias —dijo Gabrielle, pasando junto a Xena cuando ésta abrió la puerta.

Xena aspiró con fuerza, inhalando la fragancia de su acompañante de la noche cuando pasó a su lado. Sintió la cabeza embriagada por su aroma. Sabía que iba a ser una noche extraordinaria.


Gabrielle examinó la habitación y le sorprendió gratamente que Xena le ofreciera una copa. Siempre ha sido una buena anfitriona. Aceptó la bebida y se sentó en la silla que había justo debajo de la ventana.

—Dime, ¿haces esto a menudo? —preguntó Gabrielle roncamente.

—¿Que si hago qué? —le siguió Xena el juego.

—Traer a completas desconocidas a tu habitación —contestó.

—Cuando necesito alivio, sí, lo he hecho en otras ocasiones —dijo Xena con franqueza.

—¿Por qué no te asientas? Seguro que a una persona tan bella como tú no le tiene que costar encontrar una compañera.

Xena cruzó la habitación y ofreció su mano a Gabrielle. Gabrielle miró fijamente a los ojos de Xena y se levantó siguiendo su orden.

—Basta de charla.

Xena apuró lo que le quedaba de cerveza y abrazó a Gabrielle para darle un beso duro y profundo. Sus labios se encontraron con brusquedad y las lenguas no tardaron en luchar por el dominio. Gabrielle no pudo controlar el gemido que se escapó de su garganta. El apetito de Xena crecía por momentos con su nueva acompañante. Besó y mordisqueó los labios de la mujer más menuda y poco a poco los fue separando. Bebió de la boca de Gabrielle y saboreó todo lo que ofrecía.

Se separaron y Xena miró a Gabrielle a los ojos con una lujuria y un deseo que Gabrielle no había visto nunca hasta entonces.

—Sabes muy dulce. Me pregunto si el resto de ti sabe igual de bien.

—Eso es algo que seguirá siendo un misterio para ti, querida —dijo Gabrielle con aire engreído.

—¿Crees que te me podrás resistir durante toda la noche? Siento decírtelo, pero jamás se me ha negado nadie —dijo Xena, al tiempo que a la bardo se le ponía cara de preocupación—. Pero nunca te tomaría en contra de tu voluntad. No siempre quiere decir no. Al fin y al cabo, no soy una bárbara —siguió Xena mientras estudiaba la boca y los ojos de su acompañante—. No te haré daño, te lo prometo. Bueno, si no hay motivo —sonrió con suficiencia.

—Tomo nota —dijo Gabrielle, empezando a preguntarse nerviosa si esto había sido tan buena idea. Puedes hacerlo, Gabrielle. Ya es demasiado tarde para echarte atrás.

Xena se acercó aún más a la mujer más baja y posó un dedo en los labios de la mujer.

—¿Puedo besarte? No creo que pudiera soportar no volver a besar esos labios después de eso —dijo mientras seguía trazando el contorno de los labios de la bardo con el pulgar. Gabrielle notó su excitación en el centro del vientre, que iba bajando hasta instalarse entre sus piernas. Dioses, qué bien se le da esto de la seducción. ¿Quién iba a pensarlo?

—Besar... está... bien —balbuceó Gabrielle ante la suave caricia—. No me toques y déjame la máscara en paz. Recuerda eso y todo irá bien —repitió Gabrielle toda temblorosa.

—Tomo nota —dijo Xena y volvió a aplastar los labios de la mujer más menuda y notó que se tambaleaba por la intensidad del beso. Un gemido se escapó de su boca al tiempo que llevaba a la mujer más baja hacia la cama. Notó que la cama le rozaba la parte de atrás de las rodillas y se sentó. Se quedó mirando a la misteriosa mujer que la miraba a ella y sacudió la cabeza embriagada.

—Me recuerdas a alguien muy cercano a mí —dijo Xena mientras empezaba a desnudarse—. ¿Eres de por aquí?

—Creía que no querías saber mi nombre, ni nada más en realidad —dijo Gabrielle, ayudando a Xena con las correas de las hombreras de su vestimenta.

—Tienes razón, no quiero saberlo. —Sus ojos azules ardían de deseo y necesidad por esta mujer. Se lamió los labios mientras observaba a la mujer que tenía delante quitándole la ropa.

—Levántate, para que pueda quitarte el resto —dijo Gabrielle con voz áspera.

Xena hizo lo que le pedía y se levantó de la cama. Los hábiles dedos de Gabrielle quitaron la túnica de cuero de Xena y se quedó mirando mientras Xena dejaba caer su camisa deslizándola por su cuerpo. Aunque había visto desnuda a Xena muchas veces, nunca había visto un cuerpo que pudiera compararse con el de Xena.

—¿Estás segura de que no puedo convencerte de que te quites algo? Si lo que quieres es conservar la máscara, me parece muy bien. —Xena se inclinó para susurrarle a Gabrielle a la oreja—. Creo que eso sería de lo más sexy. —Xena sonrió provocativamente a su presa.

—¿Eso crees? —Gabrielle sonrió, ladeando la cabeza.

—Oh, sí... —afirmó Xena.

—Pues si quieres que me desnude, tendrás que taparte esos ojazos azules que tienes. —Gabrielle se metió la mano por detrás y sacó un fajín de la capa—. Tengo justo lo que hace falta —dijo, moviéndolo ante los ojos de Xena—. ¿Estás dispuesta? —la provocó Gabrielle.

—Siempre estoy dispuesta... pero recuerda, nada de cosas raras... o te enteras. —Xena se detuvo y se pasó un dedo de un lado a otro de la garganta.

—Muy bien. Date la vuelta —susurró Gabrielle.

Xena hizo lo que le decía y dio la espalda a la "desconocida". Notó que la mujer le echaba el pelo hacia atrás y le colocaba despacio el paño negro encima de los ojos. Gabrielle ató con delicadeza el fajín y dio la vuelta a Xena para tenerla de frente. Cuando estuvo segura de que Xena no veía nada, empezó a desnudarse.

—¿Ves algo? —preguntó Gabrielle con inseguridad.

—No, nada de nada —contestó Xena.

Gabrielle agitó la mano ante los ojos de la guerrera y amagó un golpe contra su cara. Cuando Xena no reaccionó, supo que decía la verdad. La larga capa cayó al suelo seguida del vestido, los zapatos y la ropa interior de Gabrielle. La bardo se dejó puesta la máscara, pero por lo demás estaba tan desnuda como cuando vino al mundo.

Gabrielle aprovechó el rato para disfrutar del espectáculo del cuerpo desnudo de Xena. Tragó audiblemente, sabiendo que por fin iba a tener a su guerrera. Cuando supiera que Gabrielle no era una desconocida, vivirían felices para siempre. Si antes no me mata por mentirle.

—¿Sigues conmigo? —preguntó Xena en voz baja.

—Sí... lo... lo siento... eres magnífica —suspiró Gabrielle.

—Gracias, te diría lo mismo, pero no lo sé —sonrió Xena con ironía y se inclinó para volver a besar a la bardo.

Gabrielle colocó las manos en las mejillas de Xena y la acercó más a su boca. El beso fue suave y delicado, el tipo de beso que Gabrielle había soñado muchas veces darle a Xena. Ésta respondió del mismo modo y poco a poco fue ahondando el beso con su lengua insistente. Gabrielle le permitió entrar y volvió a sentir la oleada de excitación en su centro. Sabía que iba a tener que dirigir este baile o si no se descubriría su engaño. Ya me cuesta bastante hablar con esta voz falsa. No sé si podría fingir nada más. ¡Oh, por los dioses, no quiero ni pensarlo!

Gabrielle se apartó de Xena, interrumpiendo el beso y dándole la vuelta con delicadeza. Se acercaron despacio al borde de la cama y Gabrielle empujó suavemente a Xena para que se echara en la cama boca abajo.

—Échate hacia delante. Estás casi arriba del todo —dijo Gabrielle, guiando despacio a Xena hacia el cabecero de la cama.

Gabrielle se colocó despacio encima de Xena y subió por el cuerpo de la guerrera. El cuerpo de Xena reaccionó bajo los pechos que se apretaban contra su espalda. Hundió las caderas en la cama y soltó un gran suspiro. Gabrielle se movió hasta que tuvo la pelvis apretada contra el trasero de Xena y entonces empezó a empujar contra ella.

—¿Te gusta eso? —preguntó Gabrielle con cautela mientras se movía hacia delante y hacia atrás encima de Xena.

—Mmmmm... qué gusto. Empuja más. Quiero sentirte —susurró Xena mientras seguía hundiendo el cuerpo en la cama.

Gabrielle bajó más el cuerpo de forma que sus pezones se deslizaran sobre la espalda de Xena al tiempo que su pelvis se frotaba sin parar contra el trasero de Xena. Gabrielle se inclinó para besar la nuca de Xena y vio y sintió cómo reaccionaba el cuerpo de Xena. A ésta se le puso la carne de gallina y su respiración empezó a ser más entrecortada. Inició una serie de besos por el cuello y los hombros de la guerrera y le acarició la columna vertebral con la lengua.

—Oh, Gabrielle... —Xena susurró el nombre de la bardo, aumentando el deseo de Gabrielle como nunca. Empezó a mover las caderas más deprisa contra la guerrera y Xena igualó su ritmo con cada empujón. Gabrielle movió la mano derecha por el costado derecho de Xena y empezó a cambiar de posición. La bardo subió las caderas lo suficiente para que su mano alcanzara el sexo de Xena. Metió la mano entre las nalgas de Xena y apretó con los dedos los labios inferiores, sintiendo el centro increíblemente húmedo de Xena.

—Ohh... —suspiró Gabrielle al tocar la humedad de Xena.

Alcanzó el clítoris de Xena y se puso a acariciarlo suavemente hacia delante y hacia atrás, cubriéndose los dedos de los jugos de la guerrera. Xena empezó a gemir y a agarrar las sábanas y las mantas con los puños apretados.

—Oh, sí... justo así... —empezó a repetir Xena.

—Lo sé, cariño, y no voy a parar hasta que tú me lo digas —le susurró Gabrielle a la oreja, chupando el lóbulo de Xena.

—Necesito... oh, sí... por favor... por favor, Gabrielle, necesito... —dijo Xena con voz ronca.

—¿Qué, cariño? ¿Qué necesitas? —volvió a susurrar Gabrielle.

—Dentro, por favor... te... te necesito dentro... —dijo Xena roncamente.

—¿Cuánto deseas que lo haga? —De repente a Gabrielle le encantó estar haciendo este papel.

—Por favor, Gabrielle... más de lo que te imaginas... —casi suplicó Xena.

—Está bien, no te muevas... ahora mismo vuelvo. —Gabrielle tranquilizó a su prisionera con un beso en los labios y abrió el cajón de la mesa de noche donde había guardado su falo horas antes.

Gabrielle sujetó el falo al arnés y se arrodilló sobre el dispuestísimo cuerpo de Xena.

—Sí... —siseó Xena. Tenía el cuerpo en llamas y necesitaba un orgasmo más de lo que lo había necesitado en toda su vida. Por los dioses, qué buena es.

—Ábrete para mí, nena. —Gabrielle separó las piernas de Xena con las rodillas y poco a poco se fue inclinando sobre su cuerpo—. Ahora levanta las caderas un poquito... ahí está... —susurró mientras el cuerpo de Xena respondía automáticamente a su petición.

Con una lentitud que podría matar incluso a Xena, Gabrielle la penetró y apretó su cuerpo plenamente contra Xena. Se retiró despacio e hizo que el cuerpo de Xena se familiarizara con el objeto extraño.

—Oh... por los dioses... —gimió Xena entre dientes.

—Ohhh... —suspiró Gabrielle totalmente de acuerdo.

Gabrielle volvió a penetrarla con un poco más de fuerza y mantuvo un ritmo más rápido mientras Xena la animaba verbalmente. Las caderas de Gabrielle se movían rápidamente mientras su propio cuerpo reaccionaba con cada embestida.

—Oh... Xena... —gimió al sentir que su cuerpo se acercaba a su propia descarga.

Gabrielle agarró las caderas de Xena, instándose a sí misma a acelerar el ritmo. La espalda de Xena relucía de sudor. Tenía la cabeza echada hacia delante y la sacudía de un lado a otro. Sus caderas se juntaban con las de Gabrielle embestida a embestida y bajó la mano para tocarse su propio clítoris.

Xena siseó de excitación al notar que se acercaba al orgasmo.

—Sí... qué gusto... mmmm —gimió con la cara en la cama.

—Dioses... aagghhnnn... —gimió Gabrielle mientras su cuerpo embestía con más fuerza contra el de Xena.

Los dedos de Xena empezaron a moverse más deprisa al sentir que su cuerpo sucumbía al placer de las atenciones de Gabrielle. Su cuerpo se puso rígido cuando le empezó el orgasmo.

—Oohh... ¡Gabrielle! —gritó Xena al tiempo que sacudía el cuerpo con frenesí, intentando tomar todo lo que le pudiera dar Gabrielle.

—Xena... Ohh... —El orgasmo de Gabrielle la atravesó de parte a parte al oír a Xena caer por el precipicio. Ambas mujeres se agitaron frenéticamente, absorbiendo hasta el más mínimo vestigio de placer la una de la otra.

Despacio, las dos se desplomaron en la cama. Gabrielle se quedó tendida encima de Xena y Xena encima de la cama. Ninguna de ellas se movió durante varios minutos mientras recuperaban el aliento. Gabrielle se acurrucó contra el cuerpo de Xena y oyó un pequeño suspiro procedente del cuerpo que tenía debajo.

—¿Te estoy aplastando? —susurró Gabrielle al oído de Xena.

—No, en absoluto —respondió Xena también en un susurro.

Las dos mujeres se quedaron en silencio un buen rato, sin saber qué decir a continuación. Gabrielle iba a hablar primero cuando oyó unos ronquiditos que salían de debajo de ella. Sonrió sobre la espalda de Xena y supo que el alcohol había podido con su guerrera. Se apartó despacio de Xena, sacando el falo al retirarse. La figura dormida emitió un ligero murmullo de protesta, seguido del sonido de un sueño profundo.

Gabrielle recogió su ropa y empezó a vestirse. Se puso el vestido y la ropa interior, pero no los zapatos ni la capa. Fue al baño y salió para encontrarse a Xena incorporada boca arriba, mirándola con una gran sonrisa en la cara, dando vueltas al fajín negro con los dedos.

—No ibas a irte sin darme un beso de despedida, ¿verdad? —sonrió Xena con ironía.

—Creía que estabas dormida. No... aah... no quería despertarte —contestó Gabrielle, sintiéndose bastante incómoda, al saber que ahora Xena la veía. Dioses, qué incómodo es esto.

—Bueno, ahora estoy despierta y de verdad que me gustaría un beso más... si no te importa —dijo Xena, recorriendo el cuerpo firme y esbelto de la bardo con los ojos.

—No... en absoluto. —Gabrielle se acercó despacio a la guerrera y se inclinó sobre la cama para darle a Xena un beso de despedida.

Sus labios volvieron a juntarse y las dos se sujetaron por la nuca para acercarse más. Sus lenguas se juntaron y volvieron a prender la llama que se había reducido momentáneamente. Se tragaron sus mutuos gemidos y se separaron respirando agitadamente.

—Por favor, no te vayas... —dijo Xena suavemente.

—¿Por qué? —preguntó Gabrielle tímidamente, encontrando fascinante de repente el dibujo de la manta.

—Porque te quiero, Gabrielle —respondió Xena, quitando la máscara de la cara pasmada de Gabrielle—. Y deseo abrazarte toda la noche.

—Tú... ¿sabías que era yo? ¿Lo has sabido todo el tiempo? —preguntó Gabrielle atónita.

—No del todo. Bueno, para empezar, jamás podría olvidar tu olor y cuando me acerqué a ti, aspiré con fuerza y me dio la impresión de que eras tú. Pero en cuanto te besé, supe que jamás en toda mi vida había conocido unos labios más perfectos. Y cuando sentí tu cuerpo moviéndose contra el mío, supe que sólo había una persona que pudiera hacerme sentir así.

—¿Y por qué me dejaste que siguiera con el engaño? —preguntó Gabrielle, sintiendo el rubor que empezaba a cubrirle la cara.

—Bueno, es que no sabía hasta dónde ibas a llegar, pero cuando empezó la cosa, ya no pude parar. Era evidente que tú también me deseabas, ¿y quién soy yo para detener a una bardo con una misión? —sonrió Xena.

—Mi heroína. —Beso—. Mi guerrera. —Beso—. Mi amante. —Gabrielle volvió a besar a Xena—. Ésa eres. —Devolvió la sonrisa a la mujer de ojos azules.

—¿Puedo enseñarte yo ahora algunos de mis trucos? —preguntó Xena con aire provocativo al tiempo que colocaba a Gabrielle boca arriba.

—Bueno, supongo, pero primero deja que te diga cuáles son mis condiciones...

—¡Gabrielle!

—¿Nada de condiciones? —sonrió con satisfacción.

—¡NADA DE CHARLA! —gruñó Xena, besando a su amante sólidamente y dejando a Gabrielle sin aliento y muy bien querida.


FIN


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