La Princesa Guerrera

ArdentTly



Descargo: Los personajes de Xena y Gabrielle pertenecen a Universal Studios, MCA y Renaissance Pictures. No se pretende infringir sus derechos de autor.
Advertencia sexual: El siguiente relato breve va dirigido a un público maduro, es decir, a personas mayores de edad. Contiene escenas gráficas de sexualidad lésbica. Si este tipo de relato no es de vuestro agrado, sois libres de leer otra cosa.
Advertencia final: Esto es puro sentimentalismo inofensivo, simplemente una idea que lleva una semana dándome vueltas en la cabeza. Espero que os guste. Podéis hacerme todo tipo de ofrendas, ardientes o no, en ArdentTly@yahoo.com

Título original: The Warrior Princess. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Xena estaba erguida con aire orgulloso y la melena agitándose libremente al viento. Contemplaba por encima de los muros el campo de batalla, cubierto de numerosos cadáveres. Su ejército había triunfado, por supuesto. Nunca había cabido la menor duda. Se puso una mano por encima de los ojos, protegiéndoselos del sol de la tarde. A lo lejos yacía lo que quedaba de la elite romana, con su estandarte hecho jirones.

Su capacidad como veterana guerrera y su habilidad en las tácticas de combate le habían dado la victoria: habían sido su visión, su voluntad, sus deseos los que habían empujado a los hombres a intentar alcanzar la luna y a no conformarse con nada menos. Su voluntad indomable.

Mientras el olor de los cuerpos putrefactos empezaba a subir hasta ella, Xena sentía que le hervía la sangre en las venas: la visión se le llenaba de imágenes del dios de la guerra y temblaba de necesidad. Nadie sabía el precio que pagaba al no hacer caso de esa llamada, de ese deseo ardiente que le provocaba.

Antes sus noches estaban colmadas de los ruidos de los heridos y los moribundos, del jaleo de los hombres en celo y de los lamentos de las mujeres (el botín de guerra) que gritaban de miedo y dolor. Aquellos días los pasaba endureciendo su corazón, cubriéndolo del plomo fundido de la forja de Hefestos. Y luego se retiraba a su propia tienda, en busca de consuelo, a veces en brazos de otras mujeres, pero la mayoría de las veces usando su fuerza, su deseo de controlar, causar dolor y ver la expresión de un hombre cuando tomaba su cuerpo, corrompía su mente, y lo reducía, a él y otros, hasta convertirlos en unos idiotas acobardados o unos autómatas dispuestos a obedecer su voluntad. Tenía a su ejército firmemente sujeto con el puño y aplastaba despacio a todo el que osara desafiarla.

Ah, pero de aquello hacía ya mucho tiempo. Ahora compartía su corazón con los que amaba. Su familia había acabado siendo lo más importante para ella. Lo que Cortese le había robado era ahora algo de lo que disfrutaba con tranquilidad. Se deleitaba en las emociones que le producía su amiga. Aunque a su alma le hacía bien seguir el camino que le había marcado la bardo, en realidad era la voluntad de Gabrielle lo que la mantenía en él. La pequeña bardo de Potedaia ni siquiera era totalmente consciente del poder que tenía sobre la Destructora de Naciones.

Xena se estremeció bajo el sol caliente de la tarde como si hiciera un gélido día de invierno. Pero no era el clima lo que la afectaba de esta manera: percibía la presencia de Gabrielle. Su alma oscura se fue iluminando poco a poco, cada rincón de sombras fue desapareciendo hasta que, por fin, la bardo apareció a su lado. La guerrera echó el labio inferior hacia fuera al apretar la mandíbula. Todos los músculos de su cuerpo se estremecían y contraían mientras se esforzaba por controlarse. Era una guerrera estoica, una mujer sin debilidades. Irguió los hombros y respiró hondo, frenando su deseo, aplacándolo.

Volviéndose para mirar a su amiga, con una sonrisa irónica en los labios, enarcó una ceja y se puso a hablar de la batalla ganada y de las vidas perdidas. Estaba controlada. Y sin embargo... el color dorado de su pelo bajo los rayos del sol, el destello de sus ojos verdes como el mar, en cuyo interior flotaban motas de ámbar, los suaves contornos de la figura esbelta de la bardo, sus labios rojos como una rosa, que pedían lascivos ser besados, ser consumidos...

Y Xena se enfrentó de nuevo a la verdad: era ella la conquistada, la que había perdido la batalla una vez más. El terror de Grecia humillado y aplastado ante la belleza y la pureza de una simple poeta. ¡Ah, cómo se debían de reír los dioses! Y sin embargo... a Xena no le importaba regodearse en la luz que despedía la bardo. Sentía las oleadas de amor incondicional que la inundaban y sabía, sin el menor asomo de duda, que los mitos eran reales: aquí estaba la otra parte de su alma, la pieza perdida que había anhelado incluso antes de saber lo que era. Aquí estaba su salvación.

En los brazos de una bardo.


FIN


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