La luz del fuego

ArdentTly




Título original: Fire's Light. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Xena estaba sentada junto al fuego, limpiando su espada y su chakram después de haber hecho una serie especialmente intensa de ejercicios. Tenía el cuerpo cubierto de una ligera capa de sudor y el pelo húmedo se le metía en los ojos.

Apartándose una vez más la molesta melena de la cara, decidió que ya estaba harta. Dejando a un lado las armas, se quitó rápidamente la túnica de cuero y la armadura y luego se quitó la camisa.

De pie junto al fuego, con el cuerpo inmerso en el baile de sombras y luces, Xena contempló el campamento. Gabrielle estaba echada en su petate, profundamente dormida, pues el rítmico sonido que hacía ella al afilar la había ido adormeciendo hacía media marca.

Dio vueltas por el campamento, intentando distraerse al tiempo que su cuerpo trataba de calmarse después de tanto ejercicio. Tenía disparados los niveles de energía y no estaba en condiciones de dormir. Cuanto más paseaba, más frustrada se sentía, hasta que quedó claro que lo que necesitaba no era un enfriamiento, sino un calentamiento... y una buena descarga de tensión sexual.

Sus ojos volvieron a recorrer la figura de su amiga y maldijo por lo bajo. No sabía cuándo había empezado a sentir esta lujuria... pero cada vez le resultaba más difícil que no se le notara la verdad en la cara. Apretó los puños llena de frustración y fue al borde de la luz del fuego.

Mientras Xena estaba de pie, acariciándose despacio los pechos, tocándose los pezones con una mano y acariciándose el clítoris con la otra, no se daba cuenta de que cada uno de sus movimientos estaba siendo observado.

Gabrielle se había despertado al oír maldecir a Xena y los paseos constantes la habían advertido de la incomodidad de su amiga. Había observado este tipo de comportamiento en muchas ocasiones... normalmente justo después de un enfrentamiento con un señor de la guerra o un asesino. Pero no siempre... no, a veces este tipo de conducta indicaba una frustración sexual acumulada... algo que ella misma conocía bastante bien.

Se volvió despacio, tratando de mantener la imagen de una amiga inocentemente dormida... al tiempo que colocaba la mano entre sus muslos y encontraba la esencia pegajosa que sabía que estaba allí.

Xena se había dejado caer de rodillas, echando las caderas hacia delante, con la cabeza hacia atrás, apretando las nalgas al tiempo que sus dedos empezaban a deslizarse dentro de sus pliegues oscuros... incluso a la luz del fuego, Gabrielle veía la humedad que cubría la parte interna de sus muslos.

Sintiéndose unida a su guerrera, se metió dos dedos hasta el fondo, imaginando que era Xena la que poseía su alma esta noche. Oh, cuánto deseaba que fuera así... desde el primer momento que vio a Xena... el culto a la heroína se había transformado en enamoramiento, seguido de pura lujuria, que la dejaba floja por las imágenes constantes de la Princesa Guerrera retorciéndose debajo de ella, besándola en los sitios más íntimos... o embistiendo dentro de ella, como lo había hecho Pérdicas... pero esta última visión era mucho más satisfactoria. No sabía cómo iba a hacer Xena lo que estaba haciendo... pero lo deseaba... oh, cómo lo deseaba.

Xena abrió los ojos al sentir que se acercaba al orgasmo. Vio que su pequeña Gabrielle seguía dormida... y entonces notó que la manta se movía hacia arriba y hacia abajo con cierto ritmo... y supo que estaba teniendo un sueño erótico. Esto pareció intensificar sus propios sentimientos y al levantarse el pecho derecho y chuparse su propio pezón oscuro, sintió que caía en el éxtasis total y exclamó:

—¡Ga... bri... elle!

Mientras observaba a Xena, que seguía jadeando, Gabrielle notó que su propio orgasmo estaba a punto de estallar, pero cuando la guerrera se metió su propio pecho en la boca y se puso a mordisquearlo y chuparlo, la bardo se puso rígida, dejó de respirar, el corazón estuvo a punto de parársele... y se corrió con fuerza, exclamando:

—¡Xenaaaa!

Como las dos sólo eran conscientes de su propio grito en el momento del orgasmo, no se dieron cuenta de nada. No dijeron nada.

Xena regresó a su petate y se acurrucó más cerca de Gabrielle y del fuego, con la piel fría a medida que se le secaba el sudor al aire fresco de la noche.

Justo cuando Xena se estaba quedando dormida, Gabrielle puso sus dedos en los labios de la guerrera, metiendo los dos dedos con los que se acababa de dar placer, que aún seguían cubiertos de su esencia, y la guerrera, incluso medio dormida, los chupó con ansia, metiéndoselos en la boca.

Gabrielle observó fascinada al ver que los pezones de la guerrera se volvían a poner duros y que bajaba de nuevo la mano hacia su clítoris. Apartando la manta, la bardo se metió debajo y separó con cuidado los muslos de la guerrera.

Xena levantó la cabeza al instante, ahora totalmente despierta, pero sin saber por qué. Echó un vistazo al sitio donde había estado durmiendo su amiga, pero el petate estaba vacío. Cuando estaba a punto de llamar a su amiga, sintió una boca caliente que se movía por su raja húmeda.

Gimiendo, Xena se dejó llevar, sin importarle quién estuviera dándole tal placer, y luego al ver que la manta se movía, la apartó y descubrió dos ojos muy verdes que la miraban y la boca de la bardo firmemente pegada a su clítoris.

Apoyada en los codos, la mera imagen de su amiga comiéndosela provocó otro intenso orgasmo en Xena, que gimió el nombre de la bardo una vez más.

Sintiéndose más osada, Gabrielle metió la lengua en la húmeda abertura y se puso a lamer. Observó asombrada cuando todos los músculos gloriosos, cada centímetro de cartílago y hueso de esta hermosa diosa empezaron a moverse, flexionándose, apelotonándose y tensándose cuando dos orgasmos más siguieron al segundo.

Al notar que los brazos le empezaban a temblar y estremecerse, Xena los puso sobre la cabeza de Gabrielle y se pegó más a la mujer. Echada en las pieles, Xena aulló una vez más, levantando las caderas del suelo, con los dientes apretados y los ojos desorbitados.

Cuando el último de sus orgasmos pasó, Gabrielle subió por el tronco de Xena y se tumbó entre sus piernas, apoyando la cabeza en el amplio seno de la guerrera.

Tratando de recuperar el aliento, Xena empezó entonces a comprender la maravilla de toda la situación. ¿Cómo se había trasladado la fantasía a la realidad? Sin querer que este momento terminara, acarició suavemente el pelo dorado que tenía bajo las manos y vio que el cielo empezaba a llenarse de las primeras y leves bandas de luz. Se acercaba el amanecer.

—Te quiero, Xena —fue lo que oyó y lo que sintió fue un abrazo feroz. Le cayó una lágrima por la mejilla y por fin, la Princesa Guerrera supo que estaba en casa. Había encontrado esa conexión, ese amor que siempre había deseado, pero que temía buscar por si le era negado.

Tirando de la mujer, Xena la besó apasionadamente, saboreando la esencia que olía, preguntándose por qué, pero con la cabeza llena de imágenes que prometían ser dignas de investigar.


FIN


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