Un buen día

ArdentTly




Título original: A Good Day. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


La Princesa Guerrera enderezó los hombros, con los ojos azules fríamente clavados en un par de soldados romanos que blandían sus espadas en su dirección. Con un rugido, se lanzó sobre ellos, desarmando rápidamente a uno y atravesando al otro. Cuando el primer soldado se abalanzó sobre ella, lo agarró por los hombros y estampó su frente en la de él. El hombre se desplomó como una piedra.

Xena levantó la mirada, atontada por un instante, y guiñó los ojos intentando ver a través del humo negro, buscando a Gabrielle. Se le echó encima otro soldado, lanza en ristre. Lo esquivó en el último momento y luego agarró la lanza cuando pasó a su lado. Usando el extremo para asestarle un buen golpe, Xena luego volvió el arma contra él y se la incrustó brutalmente en el pecho, atravesándole la armadura y clavándolo al suelo.

Su mirada era fría y apenas era consciente de la sangre que empapaba el suelo debajo del hombre. Los gritos de los heridos y los moribundos le llenaban los oídos y miró a su alrededor como loca, intentando divisar a...

—¡Gabrielle!

Con los gritos de rabia y miedo de los hombres, la bardo no supo al principio si había oído gritar su nombre o no. Se volvió despacio, esquivando la estocada de una espada y contraatacando con un golpe a dos manos con la vara. Cuando el hombre cayó, Gabrielle se dio la vuelta y, levantando la mano para protegerse los ojos, por fin vio a la guerrera, rodeada por cuatro soldados. Todos corrían hacia Xena, armados con espadas y lanzas.

Aunque no le era posible oírlo, Gabrielle estaba segura, por la fiera expresión de Xena, de que se estaba riendo malévolamente. La bardo arqueó el cuello cuando Xena cayó bajo el ataque... para volver a aparecer un momento después, con un corte en la mejilla y el brazo derechos, cubierta de sangre y polvo, pero aún sonriente. Sólo dos de los soldados tuvieron energía suficiente para arrastrarse a morir a otra parte.

Gabrielle observó horrorizada cuando su amigo Flánagus alzó la espada con gesto triunfal, tras haber derrotado a una veintena de soldados romanos. Recibió un golpe por detrás y cayó. Gabrielle se dio cuenta de que a menos que hiciera algo, a menos que impidiera el acto sin sentido del soldado romano, Flánagus iba a morir. De una forma horrible. Miró a su alrededor buscando algo, cualquier cosa, y al encontrar una lanza, la levantó y, tras un breve instante de duda, la lanzó hacia ellos.

La lanza parecía tener voluntad propia y cayó inútilmente en un montón de tierra, ni siquiera cerca del desenlace de la mortífera acción. La bardo no pudo hacer otra cosa más que mirar cuando una lanza atravesó el pecho de su amigo. Mientras miraba boquiabierta por el horror, una flecha surgió del pecho del romano y éste cayó de rodillas antes de desplomarse muerto. Gabrielle se dio cuenta con incredulidad de que era Temécula, el joven arquero sin experiencia, el que había disparado la flecha, perdiendo su inocencia de sangre. Porque ella no podía... no quería. Tapándose la boca, corrió hacia el cuerpo inerte de Flánagus, con la esperanza de que tal vez sus heridas no fueran tan terribles como pensaba.

Esquivando soldados heridos, cuerpos destrozados y las armas de la guerra, Gabrielle por fin se dejó caer junto al cuerpo de Flánagus. Le sujetó la cabeza mientras la vida del hombre se escapaba de su cuerpo herido.

Gabrielle comprendió el horror pleno de la guerra en ese instante. Todo el miedo, el horror... el hecho de que había guiado a unos simples granjeros contra los mejores soldados de Pompeyo y César y a una muerte segura; que Xena y ella habían ayudado a incendiar una aldea sólo para impedir que el ejército romano que avanzaba se hiciera con provisiones, quemando bienes materiales, pero también recuerdos; que por culpa de su incapacidad para hacer lo que debía, para evitar la muerte de un amigo, ahora la sangre de éste le manchaba las manos.

Abrazó el cuerpo y lo zarandeó, como si por su mera fuerza de voluntad pudiera deshacer las horribles realidades de la guerra. Gritó a los cielos, con el rostro desencajado de rabia y sufrimiento, mientras las lágrimas resbalaban por su cara sucia y cansada.

Sin reconocer siquiera la presencia que había a su lado, apenas notó que los ojos azules de Xena la miraban llenos de pena y remordimiento. Entonces se vio presa de un fiero abrazo y en sus oídos resonaron palabras suaves y graves sin sentido.

Todo pareció conspirar contra ella justo entonces: el abrazo que la sostenía, dejando que se derrumbara; el balanceo que parecía centrarla una vez más; y por fin, el beso suave en la sien cuando la Princesa Guerrera asestó el golpe final que lo iba a deshacer todo... dejando que su alma volara muy lejos. Lejos del horror, de la muerte, de la falta de sentido de todo aquello.

Xena estrechó aún más a su amor al notar las lágrimas calientes que caían por la pechera de su túnica romana. Sus ojos enrojecidos se humedecieron al sentir los sollozos que estremecían el pequeño cuerpo de su amiga. Y lo único que podía hacer era ser testigo de todo ello, sabiendo que Gabrielle iba a tener que encontrarle un sentido, analizarlo y luego decidir qué soportar y qué podía dejar de lado para otro momento, cuando las pesadillas atormentaran su sueño.


FIN


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