Destino negado

ArdentTly



ArdentTly

Título original: A Destiny Denied. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Xena miró a su amiga al otro lado del fuego.

—La respuesta es sí, Xena. Me voy a casar con Pérdicas.

La guerrera dejó de dar vueltas, sumida en un silencio total por la conmoción. Sintió que se quedaba sin sangre en la cara, en el corazón, en el alma misma, sintió que se abría paso a través de ella... espesa como la melaza, de color oscuro, con un olor que apestaba a odio por sí misma.

No sabía cómo habían conseguido volver a Potedaia, le asombraba que pudiera funcionar siquiera y no digamos pensar con lógica. Cuántas ideas se le pasaban por la cabeza al ver a su bardo correr hacia... él. ¡Sí, maldición! ¡Su bardo! Su amiga. Su... ¿qué? Xena intentó concentrarse en por qué no le salían las siguientes palabras. Se sentía incómoda: los sentimientos negados durante tanto tiempo bullían en la superficie y volvió a enterrarlos, reconociéndolos apenas como lo que eran.

Ver a Gabrielle tan feliz debería hacer que ella también se sintiera feliz. Verlos juntos, ver hechos realidad los sueños que la bardo tenía desde hacía tanto tiempo —alguien con quien compartir su vida, alguien a quien amar— debería haberla llenado de alegría, pero en cambio la llenaba de una pena insoportable.

Se había pasado la mayor parte de su vida reprimiendo sus auténticos sentimientos, negando su misma existencia. La mayoría de la gente pensaba que Xena, la Princesa Guerrera, era una persona fría e inflexible, incapaz de sentir amor, amistad... incluso honor. Algunos creían que la única razón de su existencia era poder llegar a convencer al dios del inframundo de que sus buenas obras compensaban sus pecados. Ninguna otra razón. Ningún sentimiento de verdadero arrepentimiento: un simple retoque de cuentas, por así decir. Poco sospechaban que había un manantial de emociones girando bajo la superficie, a la espera de ser explotado.

Su pasado había estado impregnado de pasión y de sed de sangre. Se regodeaba en ambas cosas, permitiendo que la llevaran a grados inimaginables de depravación. Ahora se encogía sólo de pensarlo. Viendo la expresión angelical de Gabrielle, sabiendo que la mujer la idolatraba, ¿qué pensaría si lo supiera?

El cariño de Gabrielle le había demostrado que en sus emociones había algo más que simple lujuria. Parecía que había pasado mucho tiempo desde cuando lo único que deseaba la guerrera era esconderse del mundo real, suprimir todo anhelo, necesidad y deseo y entregarse a la búsqueda fría e interminable de la redención. Ahora, sin embargo, con Gabrielle en su vida, la guerrera sentía los primeros rescoldos de... una necesidad de ser aceptada, una necesidad de... algo más en su vida.

Gabrielle se fue a empezar los preparativos para la boda que tendría lugar al día siguiente. Xena se quedó mirándola, sintiendo que tenía el estómago lleno de plomo fundido. Joxer estaba sentado cerca, observando a la guerrera consumir una jarra tras otra de oporto: al principio su rostro tenía el aspecto de alguien traicionado y al final sólo la expresión vacía de alguien perdido en un mar de dolor.

La gama de emociones pasó rápidamente por el rostro de Xena y el hombre se dio cuenta de que era la primera y única vez que la había visto con un aspecto tan... vulnerable. Se preguntó si alguien más lo veía, si la propia Xena era consciente de que resultaba tan fácil de interpretar. Al menos para él. Aunque jamás lo comentaría: le gustaba tener la cabeza bien plantada sobre los hombros, muchas gracias.

Joxer esperó a que la mujer estuviera totalmente ebria —la cabeza caída, los ojos vidriosos— antes de proponerle su ayuda para llegar a una habitación. Se había preparado para una andanada de insultos y se quedó sin habla cuando la mujer alargó la mano y le dio unas palmaditas en el hombro, diciéndole que era un buen amigo.

Cuando por fin llegaron a lo alto de las escaleras, Joxer se volvió y dirigió una mirada furibunda a los pocos necios que habían osado hacer comentarios procaces.

—¿Alguno de vosotros ha perdido a un amigo? ¿A vuestro mejor amigo? Hasta una fiera guerrera como Xena tiene corazón.

Debieron de captar la verdad de lo que decía, un atisbo breve pero doloroso del corazón entristecido de la mujer, porque de repente encontraron otras cosas interesantes que mirar, con expresión avergonzada. De repente, la taberna se quedó en silencio.

Xena cayó boca arriba en el jergón, sin advertir siquiera que Joxer le quitaba las botas y las espinilleras. La tapó con una manta y arropó a la mujer con ternura. Cuando ya se marchaba, oyó que la guerrera murmuraba algo. Inclinándose, oyó:

—Te quiero, bardo mía. Lamento no habértelo dicho nunca. Lamento que sea demasiado tarde... lo lamento.

Sintiendo que había presenciado algo profundo, salió dando trompicones de la habitación y se compró una gran jarra de cerveza. Una cosa era enfrentarse a su propio amor no correspondido; otra muy distinta era saber que alguien como Xena... una persona tan fuerte y con tanta seguridad en sí misma, podía estar enamorada también de la bardo. Decidió que era demasiada información, se bebió la cerveza rápidamente y pidió otra.

Xena se dio la vuelta y palpó buscando a su amiga como hacía siempre cada mañana al amanecer. Sus manos dieron con lo que buscaba y tiró de Gabrielle para acercarla, hundiendo la cara en su nuca. Gabrielle murmuró suavemente y se pegó a la guerrera.

Xena sintió un hormigueo en la entrepierna y sus manos empezaron a acariciar suavemente los brazos de la bardo. A veces surgían estos sentimientos dentro de ella, imágenes que permanecían moviéndose por su subconsciente. Xena siempre los había achacado a los vívidos efectos de sus apasionados sueños.

Por alguna razón, sin embargo, en lugar de reprimir los sentimientos, negándoles un sitio en el mundo real, Xena los dejó correr a rienda suelta. Sintió las oleadas de deseo que se apoderaban de ella, dejando que sus manos visitaran zonas hasta entonces prohibidas.

Cogiendo los pechos suaves y sedosos de la mujer, Xena sintió que nunca hasta entonces había experimentado nada tan conmovedor, tan... bueno. La bardo resopló en sueños, al parecer sin darse cuenta de las atenciones amorosas de la guerrera.

Xena descubrió que no podía parar, no podía controlar su entorno, su comportamiento. Sintió los primeros amagos de pánico a medida que la escena se desarrollaba ante ella. Parecía al tiempo una decidida participante y una mera observadora: en los dos casos, atrapada e incapaz de detener lo que estaba ocurriendo.

Xena observó mientras daba la vuelta a su amiga y empezaba a dar pequeños besos por la mandíbula de la mujer. Sintió deseo y miedo al mismo tiempo cuando el corpiño de Gabrielle se abrió, revelando la curva firme y llena de sus pechos. Observó cómo su propia boca bajaba besándola y luego rodeaba la carne perfecta de un pezón sonrosado.

¡Estaba mal! ¡No podía estar sucediendo! Xena apretó los puños, deseosa de someter a base de golpes a esta faceta desenfrenada de sí misma.

Y entonces Gabrielle abrió los ojos y de su garganta escapó un leve grito al despertarse por fin y ver lo que la rodeaba y lo que estaba ocurriendo. Xena sintió que la bardo empezaba a debatirse debajo de ella y la empujó con fuerza, sujetando a la mujer sobre el petate, sin dejar de atacar la carne que tenía delante.

Cuando Gabrielle empezó a protestar, Xena le tapó la boca con una mano áspera. Cuando resultó que con esto no bastaba, abandonó su festín y metió brutalmente la lengua en la boca dulce e inocente de la bardo.

Por la cara de Xena empezaron a caer las lágrimas mientras miraba horrorizada. Se le partió el corazón al ver a su amiga violada por su propia mano. Intentó con toda la fuerza de su cuerpo liberarse de las cadenas invisibles de las que se sentía presa.

Empujó las paredes que la rodeaban, sacudió los barrotes de la celda en la que se encontraba y maldijo las miradas acusadoras de los testigos sin rostro que la rodeaban.

Sobresaltada, Xena se levantó de un salto, adoptando una postura defensiva, con la daga de pecho en las manos temblorosas. Miró como loca por la habitación, con el corazón desbocado en el pecho.

—Oh, dioses... oh, dioses... —La mujer se desplomó de golpe en la cama una vez más y lloró amargamente en la almohada. ¡Sólo era una pesadilla!

Empezaba a tenerlo todo claro. Todo el tiempo que habían pasado juntas, ¡lo había pasado deseando a su amiga! ¡Los sentimientos por Gabrielle que había reprimido eran sentimientos de amor! ¡Amor no correspondido e insatisfecho! ¿Cómo era posible?

Las imágenes de la violación se repetían una y otra vez en su mente, poniéndola físicamente enferma. Oh, cómo deseaba hablarle a Gabrielle de sus verdaderos sentimientos. Pero saber que la bestia que llevaba dentro podía salir y de algún modo hacer realidad estas visiones era algo demasiado horrible de imaginar.

Xena se sentó junto a la ventana y contempló el cielo a medida que se iba poniendo rosa, asistiendo al nacimiento de un nuevo día. Llevaba sus sentimientos de odio hacia sí misma como un cilicio: debía soportarlos, enfrentarse a ellos y cargar con ellos como justo castigo. ¿Cómo podía volver a mirar a su amiga?

Mientras estaba de pie junto al sacerdote y veía cómo acababa el servicio, Xena hizo de tripas corazón y sonrió cuando Gabrielle besó a su flamante marido. Se le rompió el corazón en un millón de pedazos cuando la bardo le dijo que siempre serían amigas. Y luego mintió y le dijo a Gabrielle que nada cambiaría entre ellas, que seguro que iba a acabar más que harta de las visitas de la guerrera.

Y cuando sintió que la bardo la abrazaba, acercándose para recibir un beso, se le petrificó hasta el alma por la indecisión. Sabía que nunca más volvería a ver a su amiga. Sabía sin la menor duda que se le partiría el corazón si se quedaba y veía florecer la felicidad de la bardo.

¿Debía transmitir de algún modo sus verdaderos sentimientos? ¿O debía alejarse rápidamente del templo y correr lo más deprisa posible hacia... el olvido? ¿Cómo iba a ser su futuro sin su mejor amiga, la mujer a la que por fin había reconocido como al amor de su vida?

De repente y con total claridad, Xena vio su futuro. Era desolador y frío, de un dolor interminable. Era demasiado horrible de imaginar, pero sin duda preferible a las imágenes que parecían seguir grabadas en la superficie de su alma.

Se quedó cerca del altar y miró a los recién casados que salían del templo y se sintió intrigada por la extraña expresión de Joxer. Se dio cuenta de que para él era muy duro saber que el amor que sentía por la bardo nunca se haría realidad. A ese respecto, en ese momento tenían mucho en común. De repente, percibió de una forma tan clara lo que motivaba a Joxer que casi lo sintió como un golpe físico. Dejando aparte todas las bromas, el hombre era honrado. Tenía momentos de lucidez, que le permitían actuar con tanto valor y entrega como cualquier gran guerrero. Y se sintió avergonzada por cómo lo había tratado.

Una razón más para dejarlos a todos atrás. Dejó las flores de mala gana en el granero y preparó a su caballo. Tenía que ocuparse de una última cosa. Su destino era librar al mundo de Calisto. Lo sabía de manera instintiva. Había destruido a la niña que se había convertido en un monstruo y el destino de ambas estaba entrelazado como las parras sofocantes de una planta mutante. Éste era un cabo suelto que estaba decidida a cortar antes de hacer el último viaje en la barca de Caronte. Y eso no tardaría en llegar.

No se llamaba a engaño con respecto al resultado de su batalla con Calisto. La mujer parecía poseer todas las habilidades que ella misma tenía. Lucharía lo mejor que pudiera, pero si la guerrera psicótica lograba encontrar un hueco, un fallo en sus defensas, bueno, también eso estaría bien. Caería luchando, con la espada en la mano, y se enfrentaría a su juicio con valor.

Xena intentó erguir los hombros al tiempo que notaba una pequeña lágrima que le caía por la mejilla. Tenía que serenarse, prepararse para el combate. Tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no mirar atrás y echar una última mirada a la mujer que se había convertido en lo más importante de su vida.

Cuando Xena se marchó del pueblo, no vio la expresión profundamente dolorida del rostro de la bardo. Gabrielle notó que le temblaba el labio inferior al ver a la guerrera salir de su vida al galope. Había notado que Xena se apartaba y de forma instintiva, en el fondo de su corazón, sabía que nunca volverían a verse. La bardo se sintió abrumada por la sensación de pérdida. Sintió que la abrazaban por detrás y se tragó las lágrimas. Negando una vez más esos sentimientos tácitos que habían empezado a florecer, se volvió y sonrió con valentía, decidida a afrontar su futuro sin lamentaciones, sabiendo que era imposible en cuanto se le pasó ese pensamiento por la mente.


FIN


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