Conversaciones con mi madre

ArdentTly



Descargos: El siguiente relato es para un público maduro. Contiene escenas de sexo implícitas entre dos mujeres con consentimiento mutuo. Aunque no hay violencia, sí has escenas que hacen alusión a las temporadas cuarta y quinta de Xena, la Princesa Guerrera.
Dicho esto, los personajes de Xena, Gabrielle, Argo y otros que se mencionan de la serie pertenecen a RenPic, MCA/Universal Studios. No se pretende infringir ningún derecho con este breve fanfic. Creo que va a ser breve, pero nunca se sabe.
Se me pueden hacer todo tipo de ofrendas, ardientes o no, en ArdentTly

Título original: Conversations With My Mother. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2006


Las dos cansadas viajeras dejaron aliviadas sus alforjas en el suelo cuando se detuvieron delante del establo.

—Bueno, da gusto estar en casa, ¿eh?

Gabrielle bostezó y asintió al tiempo que se frotaba las nalgas.

—Sí, por mucho que me guste Argo, no creo que pudiera haber montado una milla más encima de ella. Empezaba a parecerse a una bolsa llena de herraduras.

Argo resopló y agitó la cola con desprecio. Xena se borró la sonrisa burlona de la cara cuando el caballo soltó una ventosidad y la miró con aire de infinita paciencia.

—Je, bueno, seguro que nosotras no hemos sido mucho mejores, ¿eh, chica? —Metiendo la mano en una bolsita que llevaba al costado, Xena sacó un poco de azúcar y se la ofreció al caballo—. Vamos, chica... vamos... sé que lo quieres... vamos... —Se echó a reír con ganas cuando la lengua de la yegua le lamió la mano y el brazo.

Gabrielle se estremeció al ver la baba que caía a chorros por la parte frontal de la túnica de cuero de su amante.

—A mí no me toques hasta que te laves, guerrera. ¡Puaj!

Xena sonrió con sorna mientras el caballo seguía mordisqueándole la mano con labios muy insistentes, pero tiernos.

—Oh, sólo quiere jugar. Ven aquí. A lo mejor conseguimos babearte toda a ti también.

Gabrielle gritó y saltó hacia atrás para apartarse cuando Xena intentó ponerla delante del baboso animal.

—¡Ni hablar! Los únicos labios que quiero que me toquen son los tuyos, Xena. Y cualquier tipo de babeo vendrá inmediatamente después. —Meneó las cejas con aire provocativo.

Argo resopló y luego le soltó un relincho a la bardo que se acercaba, quien pasó a limpiarse el moco de la cara y la ropa.

—¡Ajj! Oh, muy bonito. Ya lo creo. Muchísimas gracias, Argo.

Xena fue hasta el abrevadero y se empezó a echar agua por la cara y las manos.

—Será mejor que te laves.

—¿Intentas congraciarte conmigo, Xena? —Se le borró la sonrisa cuando la guerrera la salpicó con una gran ola.

—Qué va. De eso nos podemos ocupar más tarde. Ahora nos tenemos que lavar para ver a madre. A fin de cuentas, lleva sola veinticinco años desde que nos fuimos. Por Hades, seguro que pensaba que estábamos muertas o algo así.

—Sí, pero qué amable Virgilio al darle la noticia. Qué chico tan simpático. —Suspiró sonriendo.

—Sí... ya. —La guerrera enarcó la ceja.

—¿Qué? Oh, por favor... no empieces otra vez con eso del "chico de la camisa roja". Tú sabes que sólo tengo ojos para ti, Xena.

Xena le dio una palmada a su amante en el trasero y luego levantó las pesadas alforjas.

—Por los dioses, ¿qué llevamos aquí dentro? ¡Cada vez pesan más!

La bardo sonrió.

—Oh, ya sabes: un poco de esto, mucho de aquello.


Cirene metió de una patada otro leño en la chimenea y volvió a aguzar el oído. Sí, ya lo creo que parece mi hija. Y se ha traído a esa bardo flacucha, por lo que parece. Qué rubia tan molesta. Bueno, para algo debe de servir, si Xe todavía la aguanta.

La puerta se abrió de golpe, las dos mujeres entraron rápidamente y allí se quedaron las tres, mirándose.

—Hola, madre —dijo la guerrera mientras depositaba sus armas detrás del mostrador.

Dos cejas salieron disparadas hacia arriba.

—Después de todos estos años, ¿eso es todo lo que tienes que decirme? ¿"Hola, madre"? —Suspiró apesadumbrada y luego arrastró el trasero de vuelta a la mecedora que estaba junto a la chimenea—. Bueno, pasad y sentaos un rato. Supongo que tendréis hambre y estaréis cansadas y... ¿acabáis de meter a un animal en el establo?

Xena se rascó la barbilla.

—Sí, espero que no te importe. Argo no ocupa mucho y nos iremos...

—¡Argo! ¿Qué Hades dices de Argo? ¿Cómo es posible que esa vieja yegua siga vivita y coleando? ¿Cuánto hace, cuarenta años o qué?

—En realidad, sólo veinticinco. Je, bueno, es una larga historia, mamá. Verás, en realidad no es Argo, sino su hija Argo.

—Por los dioses, qué poco ingenio tienes, Xena.

La guerrera lanzó una mirada aviesa a la rezongante bardo.

—¿Y tú cómo la habrías llamado? A mí Argo me parece un buen nombre.

Gabrielle decidió no hacer comentarios sobre la falta de imaginación, puesto que Xena lo compensaba con creces en otros aspectos de su relación.

Cirene escuchó sus pullas y luego volvió a colocarse la manta sobre las rodillas. Últimamente hacía un frío del demonio. Era como si el tiempo no parara de cambiar. Se preguntó si no tendría algo que ver con la ausencia de los dioses.

—Oh, vamos, sentaos, ¿queréis? Y coged un par de platos de estofado de la cocina. Ah, y Xena, pilla también una botella de ese grog ya que estás. Creo que necesito algo para quitarme el fresco de los huesos.

—Sí, claro, mamá. Oye, Gabrielle... ¿tienes...? —El estómago de la bardo rugió sonoramente—. Olvídalo... parece que sí. ¿Un plato grande o un cuenco más grande?

Gabrielle carraspeó y se puso como un tomate. Cruzando los brazos sobre su estómago, sonrió cuando la guerrera le mostró el cuenco. Xena le guiñó un ojo y luego agarró una botella y tres vasos.


Gabrielle le pasó a su amante otro trozo de leña y Xena atizó el fuego hasta que las llamas se pusieron prácticamente a rugir.

—Hala, mamá... así ya no entrará el frío. —Las ventanas empezaron a batir en las habitaciones de detrás.

—Parece que se acerca una tormenta, niñas. Espero que hayáis cerrado bien la puerta del establo, porque si no, ese caballo vuestro puede acabar en el condado vecino por la mañana. —Soltó una risotada cascada y luego siguió meciéndose.

Las dos mujeres más jóvenes se pusieron a comer, llenando el aire del roce de las cucharas y luego eructos de satisfacción.

—Dioses, qué bueno estaba, madre Cirene.

La anciana enarcó una ceja, pero no dijo nada.

—Sí, mamá... echaba de menos tus platos. Hace ya tres semanas que no comemos nada más que carne seca.

—Sí, la caza escasea últimamente. —La bardo se dio unas palmaditas en la tripa—. Aah, me preguntaba si podría...

Cirene sonrió con indulgencia.

—Pues claro, cielo. Para eso está, sírvete.

Gabrielle le dio una palmadita a la anciana en el hombro de camino a la cocina.

—¿Xena? —Le mostró un cazo lleno, pero la guerrera lo rechazó.

—No, estoy servida.

El silencio llenó la estancia mientras Gabrielle dejaba su cuenco vacío en la mesa. Xena suspiró unas cuantas veces, preguntándose qué decir a continuación mientras la mecedora de Cirene crujía con un ruido suave, aunque irritante.

—Bueno. ¿Y qué habéis estado haciendo durante estos últimos veinticinco años? ¿Cómo es que no os habéis pasado por aquí? Estaba segura de que habríais venido para el entierro de Toris hace cinco años, pero nada. Siempre me ha extrañado. —No vio la cara de espanto y tristeza de su hija y siguió hablando como si nada—. Sabía que vosotros dos no os llevabais muy bien, pero pensé que vendrías de todas formas. ¿Qué, estabais matando dragones y esas cosas? No puede ser ese maldito romano... lleva muerto más de veintisiete años. No puede ser Augusto, porque es un enclenque y además se acaba de casar, así que ha estado ocupado.

—Siento lo de Toris, madre. Era un buen hombre. —No dijo nada sobre la boda, porque sabía demasiado bien con quién se había casado Augusto.

Cirene miró atentamente a la mujer más menuda.

—Oye, ¿qué fue de ese tipo al que no parabas de seguir a todas partes?

Gabrielle se quedó boquiabierta y la miró atónita.

—¿Cómo que yo no paraba de seguirlo? ¡Joxer se pasaba la vida siguiéndome a ! Era como una especie de cachorro grande, siempre mordisqueándome los talones, siempre en medio... —Sorbió y luego se enjugó la nariz con el dorso de la mano—. Cuánto lo voy a echar de menos.

Xena le dio palmaditas en la mano.

—Vamos, vamos. Murió como había querido vivir... como un guerrero. Eso es lo único que podemos pedir, Gabrielle.

Cirene se puso a toquetearse los pelos de las orejas.

—¿Me he vuelto a quedar dura de oído o acabas de decir que ese simpático joven está muerto?

Gabrielle cogió una servilleta y se sonó estruendosamente con ella.

—Sí, Joxer está muerto. Murió para protegerme en un combate. El muy tonto... siempre he podido arreglármelas sola... siempre.

Xena se mordió el labio, pero no dijo nada.

—Sólo intentaba ayudar, nena.

—Sí, bueno, pues no ayudó... ¡incordió! ¡No sólo consiguió que esa diablesa se escapara, sino que encima va y lo mata!

—Una señora de la guerra, ¿eh? —Cirene suspiró, viendo cómo su hija consolaba a la joven. Estrechó los ojos cuando la guerrera le dio un beso a la bardo en la mejilla y luego le susurró cosas tiernas al oído. A Cirene no le cabía la menor duda de que estas dos eran algo más que buenas amigas: estaba claro como el agua por la forma en que se miraban, y eso se veía a la legua.

Xena suspiró mientras la rubia se pegaba más a ella.

—Bueno, pues verás, mamá. Hemos hecho un poco de esto, un poco de aquello, nos hemos metido en algunos líos, nos crucificaron y luego causamos el Crepúsculo de los Dioses. No ha sido gran cosa, la verdad.

—Ja. Pues no me parece para tanto... tratándose de vosotras. Eso os habrá tenido ocupadas unos dos años... ¿y luego qué?

Gabrielle se apartó el pelo de los ojos.

—Bueno, es que ese asunto de los dioses fue un poco más serio de lo que pensábamos, madre Cirene. Hércules acabó matando a su propio padre para proteger a Xena y al bebé.

Cirene se dio una palmada en la rodilla.

—¡Es cierto! ¡El bebé! Oye, ahora tendrá... unos veinticinco años, ¿no? La tienes ya casada con un montón de críos correteando por ahí, ¿a que sí? ¡Xena, la Abuela Guerrera! Je je je.

Xena se mordió el labio. Gabrielle y ella ya habían decidido no hablarle a Cirene de Livia. Primero tendrían que dar caza a la mujer y luego ver cómo se la podía rehabilitar antes de decirle nada. La pareja intercambió una mirada de pena que hizo que la anciana dejara de reírse y les pidiera disculpas.

—Verás, tuvimos una discusión con Ares, mamá. No paraba de intentar hacerme volver al mal camino. Es que no me dejaba en paz. Y como si eso no bastara, también estaba empeñado en atraer a Gabrielle al lado oscuro. El muy cabrón hasta intentó convencer a las Furias de que no era mi padre. —Meneó la cabeza apesadumbrada cuando el pasado cruzó ante sus ojos—. ¿Te acuerdas de esa vez hace años, mamá? ¿Cuando tú y yo tuvimos más que palabras...?

—¿Y amenazaste con hacerme pedazos, por pura diversión? Sí, me acuerdo estupendamente. Pero él no era tu padre, Xena.

Gabrielle alargó la mano y cogió con fuerza la de su amante. Aunque en el fondo de su corazón ya lo sabían, estaba bien oír la verdad de boca de la propia Cirene.

—Intentó destruirme cuando no quise volver con él. —Suspiró—. Intentó volver contra mí a todas las personas que conozco y quiero con cualquier "verdad" perversa que se le ocurría. Qué de años retorcidos con ese dios. Desde luego, me enseñó a aguantar palos. Ni siquiera sé si de verdad soy capaz de tener una relación sana con alguien.

Cirene cogió la botella y sirvió otro par de copas colmadas.

—¿El hombre que les dijiste a las Furias que era tu padre intentó luego usar eso contra ti para hacerte creer que después de todo sí que eras su hija? Je, seguro que hasta le dijo aquí a la joven bardo que por buena que tú fueras, ella sería mucho mejor... a lo mejor incluso la hija que nunca tuvo.

Xena cogió el vaso que le ofrecía.

—Sí, ¿cómo lo has sabido?

La anciana le dio una palmadita a su hija en la rodilla.

—Ah, muy fácil. Los dioses siempre han sido grandes manipuladores, Xena. Y sin embargo, resulta que en cada mentira hay algo de verdad.

Gabrielle se echó hacia delante.

—¿Qué? ¿Cómo que algo de verdad?

Cirene sonrió con aire sabihondo y se abrigó más con la manta.

—Echa otro leño al fuego, ¿quieres, querida?

Xena acercó más su silla.

—Venga, cuéntanos, mamá.

—Bueno, pues la cosa es así...


Gabrielle se echó hacia atrás en la silla, dejando escapar el aire despacio por entre los labios tensos.

—Me cago en la mar, ¿te acostaste con el alto, moreno y horroroso? Uuuuh.

Cirene frunció los labios.

—Bueno, no estuvo tan mal. De hecho, estuvo muy bien.

Xena sofocó una risa, viendo ahora a su madre bajo una nueva luz.

—Sí, ese cabrón puede resultar de lo más sexy cuando se lo propone. —Soltó un hondo suspiro, acordándose de los sueños eróticos por los que la hacía pasar. Salió del trance por culpa de un fuerte pellizco en la pierna—. Oye, ¿por qué me haces eso?

Gabrielle miró ceñuda a su amante.

—Conozco esa expresión.

Cirene se chupó un poco los labios e indicó el grog con la cabeza.

—Remójame el gaznate, ¿quieres, chata?

Gabrielle se sonrió y le sirvió a la mujer otro vaso lleno.

—Bueno, ¿y tú nunca te has casado, Gabrielle?

—Oh, estuve casada. Una vez. Era un hombre muy agradable, pero murió en combate.

Cirene asintió con aire sabihondo.

—Ah, ese hombre tan simpático que llevaba las herramientas de cocina. Sí, me di cuenta por cómo os mirabais... igual que os miráis Xena y tú.

Xena se agitó en la silla, pero no dijo nada.

—Escucha, madre Cirene...

—Oh, por favor... llámame mamá.

Xena alzó las cejas de golpe. Esto era muy importante. Si su madre le decía a la bardo que podía llamarla así, ¡eso era invitarla a formar parte de la familia! Alargó la mano y cogió la de la anciana.

—Gracias, mamá.

Agitando las manos en el aire, Cirene quitó importancia al gesto y le suplicó a Xena que continuara con la historia.

—En primer lugar, era Pérdicas y no Joxer. Joxer quería más de Gabrielle, pero a ella no le interesaba. Pero seguía siempre detrás de ella y no había forma de que se enterara. Ni siquiera al final, pobre bobo.

—Era un hombre encantador, Xena, y ojalá hubiera podido quererlo... por mis padres... supongo que siempre fui una decepción para mi familia. Nunca salí como ellos esperaban.

Cirene puso los ojos en blanco y le dio un empujón a la joven en el hombro.

—Bah, ¿quién sale como quieren sus padres? Nadie, te lo digo yo. Además, menudo aburrimiento. Por los dioses, de ser así, yo nunca me habría casado con su padre, nunca me habría dedicado a dirigir una taberna con posada, nunca habría decidido volver a acoger a Xena en mi corazón. Tú tuviste mucho que ver en eso, chica, y te quiero por ello. Estaba tan ciega, tan horriblemente herida por todo aquello. Cuando Xe se hizo señora de la guerra, por un lado me dejó impresionadísima, lo confieso... y sin embargo, el resto del pueblo la despreciaba. Cuando intimó con el dios de la guerra... bueno... digamos que para mí fue un poco como revivir mi historia.

—Entonces, ¿conociste a Ares antes o después de Cortese, mamá?

Cirene se frotó la frente pensativa.

—A ver. Fue antes de darle con el hacha a tu padre, así que sí, también fue antes de que te enredaras con Cortese.

—¿Por qué no me lo contaste nunca? O sea, sabías que el tipo era una mala hierba, ¿por qué no...?

Las dos mujeres se quedaron mirando cuando la anciana se levantó y se puso a pasear despacio por la estancia. Xena se sintió identificada al ver a su madre intentando desentumecerse y aliviarse el dolor de los músculos agarrotados. Tras tantos años de trabajo en la taberna, levantando barriles, echando a borrachos y evitando peleas, era evidente que se había ganado todos y cada uno de los dolores y molestias propios de una anciana de setenta y seis años. Xena decidió que sus quejas por sus propios problemas crónicos de espalda se habían terminado. A fin de cuentas, ella sólo se pasaba horas enteras montada a caballo.

—Hay muchas cosas que desearía haber hecho, Xe, y muchas otras que desearía no haber hecho. Ares es una de las que entran dentro de las dos listas. Era un hombre vital, lleno de energía y pasión, y testarudo como él solo. Oye, ¿pero qué ha sido de él?

Xena no hizo caso de la pregunta y empezó a quitarse los brazales, tras lo cual estiró los brazos todo lo que pudo hasta que le crujieron las articulaciones de los hombros.

—Ah, qué falta me hacía.

Gabrielle empujó a la guerrera hacia delante y se puso a darle un masaje en los hombros.

—Por los dioses, Xena. Tienes los hombros llenos de nudos. Deberías haber dicho algo antes y me habría ocupado de ti.

Xena agitó la mano con un gesto muy parecido al de su madre.

—Bah, no es para tanto. Tampoco es que haya hecho gran cosa, aparte de montar a caballo.

Ahora le tocó a Gabrielle resoplar con sorna.

—Ya, y las dos bandas de salteadores que nos atacaron y el carro roto que ayudaste a arreglar no tienen nada que ver con los dolores que tienes ahora, ¿verdad? Guerrerota boba. —Le dio a la mujer más alta un ligero sopapo en el cogote—. ¿Siempre ha sido así?

—Sí, siempre. De hecho, mis tres hijos eran clavaditos a su padre. Creo que hasta que Xena no cumplió los diez años, Atrius ni se enteró de que era una chica. No había forma de refrenarla, sabes. La educó con una mentalidad abierta, creyendo que era un chico como los otros dos, por lo que Xena creció prácticamente salvaje. Creo que eso fue bueno para ella, la verdad. No me la imagino embutida en un vestido de baile o trabajando en una cocina rodeada de críos, ¿y tú?

Gabrielle suspiró. Sí que podía imaginársela. A lo largo de los años, Xena había utilizado toda clase de disfraces, pero cuando de verdad se emperifollaba con ánimo de seducir, a la bardo prácticamente se le caía la baba. ¿Y los críos? Bueno, dejando aparte los años de formación de Solan, la bardo estaba convencida de que Xena habría sido una madre perfecta. Si el puñetero de Ares no hubiera fastidiado las cosas... ¿Pero Xena echando raíces? Menuda risa.

—Sabes, madre C... mm, mamá, Ares ha sido un factor constante en nuestra vida. Ahí estuvo para cuidar y alimentar el odio que descubrió cuando Cortese se fue. Ahí estuvo para utilizar a Xena como azote de Grecia, propagando su sucio nombre de un extremo al otro del país. También fue Ares quien le quitó a tu hija su segunda oportunidad de ser madre.

—¿Eh? —Cirene hizo una mueca de dolor y soltó un quejido grave cuando las vértebras de la parte baja de la espalda se le colocaron por fin en su sitio. Regresó despacio a la mecedora, se sentó con cuidado y luego soltó un suspiro de alivio.

Xena imitó el suspiro.

—¿Tenemos que hablar de eso esta noche, Gabrielle? Porque mira, madre parece cansada. Seguro que le vendría bien irse a dormir.

Cirene asintió afablemente.

—Sí, sí. No te preocupes. Unas pocas preguntas más y os podéis ir. Tengo habitaciones libres arriba, elegid la que queráis. No ha habido mucho negocio en la posada desde hace un par de meses. Casi he decidido cerrarla ya, antes de que llegue el invierno.

Xena le sirvió a su madre otro poco de grog y sonrió cuando Gabrielle rechazó un ofrecimiento parecido. La bardo bostezó de par en par y luego se tapó la boca apresuradamente, abochornada.

—Oh, perdón.

Cirene se echó a reír cascadamente.

—¿Te aburre la compañía, jovencita? Dado que aún eres un bebé, será mejor que te vayas ya a la cama.

Xena le dio un codazo y soltó una risilla burlona. Gabrielle bostezó de nuevo y la guerrera tuvo que reprimir su propio bostezo.

—Bueno, así que tuvisteis un montón de problemas con Ares, hasta ahí me he enterado. Y dos tipos a los que la bardo quería fueron y murieron en combate, hasta ahí también me he enterado. —Alzó una mano para detener las protestas de Gabrielle—. Bla, bla, bla... me toca hablar a mí y a vosotras escuchar. —Carraspeó—. Muy bien. Habéis mencionado algo de una crucifixión. Supongo que la resurrección fue parte del asunto, porque aquí estáis. ¿Tuvo algo que ver con ese tal Eli con el que te veías, Xena? Siempre pensé que tal vez algún día él y tú...

Xena se secó la boca a toda prisa.

—No, mamá. Nunca. Él era... bueno, no era, eso es todo.

Cirene se encogió de hombros.

—Bueno, me diste dos nietos. Fueron sólo dos, ¿no?

Xena asintió despacio.

—Sí, sólo dos. Pero habría habido por lo menos uno más si Ares se hubiera salido con la suya.

—¿Otra vez ese tipo? Jo, una de vosotras se tendría que haber casado con él para que se callara de una vez.

Xena se apartó de la mesa y se levantó.

—¿Estás loca? ¿Por qué Hades iba a querer yo hacer una estupidez semejante? ¿Es que no tuviste suficiente maldad por mi parte cuando estaba con él, recorriendo toda Grecia como Destructora de Naciones?

Gabrielle posó la mano en los riñones de su amante.

—Cálmate, Xena.

—¡Ja, cálmate tú! ¿Casarme con esa escoria miserable? Preferiría morir. Que es justamente lo que le dije al muy cabrón.

—Bueno, tú sabrás, querida. Lo que es yo, me habría casado con ese bobo. Por lo que he visto, si le das a un hombre lo que quiere, deja de quererlo. Se harta y pasa a otra cosa.

—¿Les das lo que quieren y se largan? Jo, tendría que haberlo intentado con Joxer.

Xena se apartó de las dos mujeres.

—Estáis locas las dos. Oye, ¿pero qué lleva este grog?

—Bueno, se te habría resuelto el problema si lo hubieras intentado, Xena. A lo mejor se habría hartado de ti y habría buscado a otra mujer a la que atormentar y con la que acostarse.

—¡Yo no me acosté con él, madre!

—Oye, que nunca me diste una buena explicación de cómo acabaste con ese bebé en la tripa, Xena.

La guerrera se giró de golpe hacia la rubia.

—¡Te lo dije! Fue el arcángel Miguel. Calisto y él...

Cirene puso los ojos en blanco y se preguntó si el grog se había estropeado a lo largo de la noche.

—Paparruchas. No tengo la menor idea de lo que estás diciendo, Xe, pero sé a ciencia cierta que para hacer un bebé hacen falta un hombre y una mujer. Punto.

—Pues yo puedo decirte que esa teoría hace aguas por todas partes, mamá. Hacía un par de años que sólo estaba con Gabrielle cuando concebí. No hubo ningún hombre. Jamás.

—Salvo Hércules y Iolaus, que aparecían con la misma frecuencia que Ares. Y luego, por supuesto, tenemos a Eli y a Aiden y a Bruto y a César, por mencionar sólo a unos pocos.

—Esto es muy injusto por parte de una mujer que me oyó decirle a Ares que ella era el padre de mi hijo.

Las cejas de Cirene estuvieron a punto de tocar el techo.

—¿Qué? ¿Le dijiste a un tipo que tu ayudante te dejó embarazada?

Las dos mujeres contestaron a la vez.

—¡No es mi ayudante!

—¡No soy su ayudante!

Cirene asintió con intención.

—Sí, ya... no me apetece saber lo que eres exactamente para mi hija... a saber cuánto tiempo habréis vivido en pecado. ¿No podías haber hecho de ella una mujer honrada y casarte con ella antes de que se quedara preñada?

—¡Madre!

—¡Oh, deja de dar vueltas y siéntate, niña!

A Xena se le hundieron los hombros y se sentó malhumorada, lo cual obligó a Gabrielle a apretar los labios con fuerza para intentar reprimir la carcajada que amenazaba con escapársele.

—Seguro que de niña te ponías exactamente igual, Xena. ¿A que era un trasto, mamá?

Cirene se apoyó bien en el respaldo y suspiró satisfecha.

—Sí, ya lo creo. Pero fíjate, incluso cuando era un trasto, siempre tenía una cierta inocencia, como las fieras salvajes que se encuentran en la profundidad del bosque. En aquel entonces no había en ella ni un gramo de maldad. Eso sólo ocurrió cuando se juntó con ese maldito dios de la guerra. Él te echó a perder, ¿verdad, hija? Creo que si hubiera tenido la posibilidad de volver a hacerlo todo, me habría esforzado más. —Suspiró de nuevo, pero esta vez con un matiz de tristeza.

—No podías saberlo, mamá. Nadie podía. ¿Y quién sabe si Ares sacó lo peor o lo mejor de mí?

Gabrielle guiñó los ojos, intentando comprender lo que había dicho su amante.

—Vale, me he perdido. ¿Lo mejor o lo peor?

Cirene juntó los dedos.

—Sabes, algo de razón hay en lo que dices, Xe. Supongo que todos los atributos que tenías cuando estabas en sus garras estaban ya allí, ocultos en tu interior. Al fin y al cabo, uno sale adelante con lo que ya tiene para empezar, ¿no? Y no todas tus características son malas, aunque desde luego, a mí me costó ver algo bueno en ti hasta que apareció esta chiquitina. —Alargó la mano y le dio un golpecito a la bardo en la barbilla. Gabrielle puso los ojos en blanco y se sonrojó. Xena se puso a arrancarse las cutículas—. Pero sabes, incluso cuando era una zorra odiosa y desalmada...

—¡Aarrg!

—Bueno, lo eras, querida. Eso no lo puedes negar. Bueno, podrías, ¿pero quién te creería negando la evidencia de sus propios ojos?

Xena se frotó la cara con una mano cansada y pareció hundirse en las mantas que cubrían la silla.

Cirene volvió a darle una palmadita en la rodilla a su hija y miró a la bardo con intención.

—Incluso cuando era tan horrible, tenía algo de puro, ¿sabes? Es decir, nunca hace nada a medias. Tiene que ser la mejor en todo lo que hace, con una eficacia avarienta. Por los dioses, esa forma que tenía de arrasar las tierras... era...

—¿Terrorífica? —sugirió Gabrielle.

—¡Estimulante! Tenía un magnetismo animal, una gracia animal... ¡era pura poesía en movimiento!

Xena suspiró lúgubremente. Tenía. Sí, antes tenía una fuerza que aterrorizaba a la gente y ahora no soy más que una reputación que se usa para asustar a los niños.

—Voy a pasar el resto de mi vida intentando compensar todas las vidas que he destrozado, madre.

Cirene indicó la pila de leña con la cabeza y sonrió cuando Gabrielle captó la indirecta y echó otro trozo al fuego. Se encogió al oír el aullido del viento alrededor del edificio.

—Sí, ya tenemos la tormenta encima. Empezará a llover dentro de nada. —Las gotas empezaron a estrellarse contra los cristales de las ventanas y las posadera sonrió—. Bueno, Xena, supongo que podrías quedarte estancada en el tema de la expiación y olvidar todo el bien que hiciste también.

—¿El bien? —exclamaron Xena y Gabrielle sorprendidas.

—Sí, el bien. Para empezar, uniste a la gente contra un solo enemigo conocido en lugar de todas las traiciones, enfrentamientos miserables y guerras estúpidas que habíamos sufrido año tras año. Creo que contribuiste a convertir a una panda de gandules en algo asombroso. Quiero decir, sólo tienes que ver a algunos de los generales que tenías en tu ejército. Han seguido adelante y se han convertido en auténticos pilares de la sociedad, y muy buenos, la mayoría de ellos. Tienen una buena cabeza sobre los hombros, ¿no te das cuenta? Podrían no haber llegado a nada, pero tú te ocupaste de ellos y los enderezaste.

—Tampoco es que tuvieran elección, mamá. Las cosas o se hacían a mi manera o adiós. Hacían lo que se les ordenaba o morían, así de simple.

—Ya, pero eso también es algo bueno. Porque por el camino fuiste eliminando a la escoria y dejaste a los que valían.

Xena miró a su madre enarcando una ceja oscura.

—Oh, no te creas. Nos encontramos con antiguos soldados míos de todas clases. No muchos tienen lo que tú llamarías rasgos buenos, mamá. La mayoría son como para matarlos y yo lo hago encantada.

—¡Sí! ¿Lo ves? Sabes que cometiste errores y también te ocupas de solucionarlos. Eficaz. Si tú no estuvieras vagando por los caminos, esos malditos idiotas podrían haber causado estragos sin fin en el país. No, hija, lo que hiciste fue muy importante. Tenías los ojos nublados por el maldito Ares, pero su oscuridad no logró doblegarte mucho tiempo. Creo que era sólo cuestión de tiempo, hija.

Diez largos años. ¿Cuánto tiempo más habría sido capaz de seguir brutalizando a la buena gente de Grecia? Si Gabrielle no hubiera aparecido...

—¿Tú crees que una sola persona puede suponer tal diferencia en la vida de alguien, mamá?

Xena recordó lo terca que era nada más empezar a relacionarse con Ares. Y tampoco le fue fácil dejar de lado su sed de sangre y poder cuando apareció Hércules. Pero no había modo de negar que los dos hermanos habían tenido un gran impacto en su vida. ¿Habría dado la vuelta a su vida cuando aún estaba en manos de Ares si no hubiera aparecido el semidiós? Ella pensaba que habría acabado haciéndolo, pero cierto remusguillo en el estómago le decía que no estaba convencida del todo.

Cirene sofocó otro bostezo y empujó lo que quedaba del grog al otro lado de la mesa.

—Bueno, yo creo que la diferencia viene dada por una serie de cosas que van ocurriendo en un orden determinado. Puede que no hubieras estado preparada para cambiar si Gabrielle hubiera aparecido un mes o incluso un día antes. ¿Y si no hubieras decidido intervenir cuando lo de los tratantes de esclavos? Y el chico de Zeus, tal vez no habría conseguido nada si hubiera aparecido más tarde. No, yo creo que las cosas ocurren por una razón. Puede que Gabrielle no haya sido la única razón por la que has cambiado, cariño, pero creo que ha sido la pieza definitiva del rompecabezas. Y apuesto a que ella también ha mejorado gracias a vuestro encuentro.

Xena empujó a la bardo con el hombro y sonrió.

—Bueno, eso no lo sé, pero vaya si me alegro de que le diera por plantar cara a esos tratantes y llamarme la atención. —Acarició la cara de su amante—. Siempre has sido una osada. Siguiéndome incluso cuando te dije que no quería que lo hicieras.

Gabrielle se echó a reír suavemente.

—Osada, ¿eh? Creo que eso te describe a ti mucho mejor que a mí, cielo. Además, supe reconocer algo bueno en cuanto lo vi.

Cirene asintió para sí misma.

—Bueno, desde luego, a mí me abriste los ojos y me hiciste superar las estupideces para ver de nuevo a la hija que había parido. Da igual lo que opinen tus padres, Gabrielle, a mí me pareces una hija estupenda.

Xena le guiñó un ojo a la bardo y le lanzó una mirada descarada. Gabrielle se sonrojó de nuevo mientras la anciana posadera la miraba con intención.

—Supongo que deberíais subir a acostaros ya. Encontraréis una cama bien cómoda en la primera habitación que veáis. Mi habitación está al fondo, muy lejos de todo. Apenas oigo nada desde allí. Y mi oído tampoco es ya lo que era, por supuesto.

Xena puso los ojos en blanco.

—Vale, vale, ya nos enteramos: piensas que la bardo ronca, ¿eh? —Esquivó un pellizco—. ¿O te refieres a otra cosa, mamá? En fin, supongo que podemos reconocerlo sin rodeos. Gabrielle es mi... ayudante.

—¡Pero bueno! —La bardo cogió una servilleta de la mesa y le dio un azote a la guerrera en el hombro. Vio que en los ojos de su amante se encendía una chispa. La opresión que sentía en el pecho se aflojó un poco más. Aunque le había dicho a la guerrera una y otra vez que su propia vida había cambiado gracias a ese encuentro predestinado, Xena necesitaba oírselo decir a alguien más. Se encogió al pensar en la vida que podría haber tenido. Pérdicas era un buen hombre e incluso tenía algunas cualidades que le resultaban entrañables, pero no había forma en el oscuro reino de Hades de que pudiera haber conocido la amistad y el amor totales e incondicionales que tenía con Xena.

Ambas mujeres ayudaron a Cirene a levantarse de la mecedora y luego Xena apagó el fuego. Gabrielle se quedó mirando mientras su compañera contemplaba las llamas, sin duda recordando algunos de los otros fuegos que había provocado o en los que se había visto atrapada. Tanto el fuego como el agua parecían ser elementos importantes en la vida de la guerrera. ¿Era el símbolo de uno de ellos o de los dos? Una imagen de Xena alzándose del lago, con el agua chorreando despacio por las bellas formas de su...

—Ejem... —tosió, para aclararse la garganta. No, estaba prácticamente segura de que era una mezcla. Tenía las rodillas flojas y dio gracias a los dioses por la existencia de ancianas sabias. La habitación del fondo, ¡anda ya! Bueno, con el viento que hace seguro que no se oyen los gemidos.

Xena se volvió y se encontró a la menuda rubia sonriéndole con bastante lascivia y a su madre haciendo una mueca de dolor con una mano en los riñones.

—Eh, espera un segundo. —Se puso detrás de su madre y presionó con los dedos varios puntos de la espalda de la anciana, quien sofocó una exclamación de sorpresa. Luego, antes de que Cirene tuviera ocasión de soltar aliento, la agarró por los sobacos y la levantó del suelo.

—¡Aaagg!

Xena le dio una sacudida rápida y luego la depositó de nuevo sobre las piernas temblorosas.

—Quédate quieta un momento, mamá. Ya verás.

Cirene torció la cabeza a la izquierda y luego a la derecha.

—Oye. Pero qué gusto. Qué truco más bueno, hija. Sabes, podrías abrir un negocio y ganarte la vida estupendamente haciendo cosas así.

Gabrielle hizo una mueca.

—Ya, ¿de verdad te la imaginas en un solo sitio durante mucho tiempo? ¡El colmo de la frustración! Por Hades, se dedicaría a pegar palizas a la gente del bar y luego a ponerles los huesos en su sitio en su negocio. Aunque ahora que lo pienso —añadió riendo—, me gustaría verlo. Xena: Tratamientos Médicos. Oh, o Arreglos para Todo de Xena. Para la Gente Gravemente Retorcida. ¿Qué te parece, Xe?

Se le pasaron por la cabeza imágenes de los juegos a los que se iban a dedicar más tarde, pero Xena se limitó a sonreír con intención. ¿Y si ésta era la noche en que introducía a su amante en los gozos del fresco número treinta y dos?

Gabrielle no sabía muy bien si era por una corriente de aire frío que se había colado o por el tono glacial de los ojos de su amante, pero decidió cerrar la boca ahora que aún podía.

El grupo se detuvo al pie de las escaleras, se dieron las buenas noches y luego la guerrera y la bardo se quedaron mirando mientras la anciana subía despacio a su habitación. La del fondo. Lejos de ojos y oídos curiosos. O eso esperaban.

Xena le pasó una uña por el brazo a la bardo, regodeándose en la brusca inhalación de aire que provocó. Gabrielle le sonrió ligeramente. Estaba deseando dormir en una cama. Se frotó inconscientemente el trasero dolorido con la mano derecha. Entre el sarpullido causado por la corteza de árbol y los guijarros malévolos que siempre parecían dar con ella por mucho cuidado que tuvieran, Gabrielle estaba más que preparada para trabajar en una superficie cómoda. Se rascó la barbilla. Se preguntó si habría una mesa u otra superficie dura en la habitación. Por supuesto, el suelo siempre valía en caso de apuro. Gabrielle tragó saliva con esfuerzo al levantar la vista y encontrarse con una guerrera que la miraba a su vez con los ojos vacíos. Como si fuera su presa.

—Ah, una cosa más. ¿Qué es esto del Crepúsculo de los Dioses? Ya no se los ve mucho.

Xena apartó con esfuerzo la mirada de la bardo y sonrió a su madre.

—Oh, no es gran cosa, mamá. Un tipo con túnica larga y alas me dio el poder para matar a los dioses, así que me los cargué, uno a uno. A uno lo decapité, a otro le escupí fuego, ya sabes... lo de siempre.

Cirene hizo una mueca y se puso las manos gordezuelas en las caderas igualmente gordezuelas.

—Escúchame bien, jovencita. Si no sabes la respuesta a una pregunta, no tienes más que reconocerlo. Por favor, como si lo supieras todo. Poder para matar a los dioses, ¡venga ya! Seguro que se han ido de vacaciones. Y encima a un sitio de lo más pijo. —Subió con cuidado hasta lo alto de las escaleras y luego rezongó por dentro: Ayudante, ¿eh? Me tengo que conseguir yo una.

Xena se encogió de hombros y le dio una palmadita a la rubia en el trasero.

—Vamos, bardita.

Meneando las cejas, la bardo se detuvo un momento para preguntarse si alguien llegaría a creerse la verdad sobre el Crepúsculo si se supiera. Y si se lo creían, ¿las perseguirían o las canonizarían?

—Sabes, tampoco es que nos dieran elección. Me refiero, lo único que querías era que nos dejaran en paz.

Xena tomó aliento con fuerza, lo aguantó y luego lo soltó despacio.

—Sí, supongo. Oye, ellos tienen hijos, se lo podrían haber pensado.

Gabrielle se frotó la cabeza.

—Pues sí. No hay nada peor que interponerse entre una madre y su hija.

A la guerrera se le hundieron los hombros y Gabrielle se dio de bofetadas por dentro. Ya habían hablado de esto muchas veces.

—Sé que no intentabas matarme, cielo.

—Sí, pues jo, a estas alturas ya debería hacerlo de fábula.

—Eres buena, Xena, ¿pero así de buena todo el tiempo? Nadie es así de bueno todo el tiempo. Hasta los dioses cometen errores.

Xena llegó a lo alto de las escaleras y sonrió por encima del hombro.

—Je. Sí, ¿te acuerdas de cuando Ares perdió la espada? Por los dioses, qué risa... los puñetazos que le dieron, cómo se caía de borracho que estaba... y luego esa vez en que Dita y él perdieron sus poderes y empezaron a oler como... ¡Joxer!

—Creo que echas de menos a ese hombre.

—¿A Joxer? Qué va... era un buen tipo, pero te lo juro, como hubiera vuelto a entrar de repente en una de nuestras acampadas privadas...

Gabrielle torció el gesto.

—Sí, bueno, a mí me daba morbo esa sensación de peligro... ¿nos pillará o no nos pillará dándonos el lote? Y no me vengas con evasivas. Sabes muy bien a quién me refería.

Xena se hurgó una muela con la lengua.

—Bueno, para empezar, no hay nadie salvo tú, ¿de acuerdo? Y para continuar, podemos sacar el tema de Virgilio si quieres. Para darte otra vez esa agradable sensación de peligro. Ahora, que a mí me parecía que las bandas errantes de rufianes y ladrones lo hacían también estupendamente.

—Sí, podríamos. Y no escurras el bulto.

—¿El bulto? Ah, ¿te refieres a Ares? Me había olvidado de él por completo.

—Sí, ya, a ver si no vuelves a gritar su nombre.

—¡Yo nunca...!

La bardo sonrió de oreja a oreja.

—Bien, estaba comprobando. ¡Una carrera hasta la habitación!

Xena estrechó los ojos y pensó en las muchas maneras en que le iba a hacer pagar a su amante esos comentarios. Pero si ni siquiera pensaba en el tipo. Bueno, no mucho.

—Sólo nos podemos quedar un par de días, Gab, luego tenemos que volver a seguirle el rastro a Livia.

—Oh, ¿y dónde crees que va a ir? Ahora que está casada con Augus, estará tan ocupada como nosotras. Je.

—Sí, es verdad. ¡Maldita sea! Oye, adelántate y vete preparando. Me he dejado las alforjas abajo. No podemos dormir sin ellas. ¿Y Gabrielle? Esta vez no empieces sin mí, ¿vale?


FIN


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