Un buen día para morir

Mark Annetts



Descargo: El siguiente relato tiene mucho más sentido si habéis visto el episodio Un buen día de la 4 temporada de la serie de televisión Xena, la Princesa Guerrera de Universal/MCA-Renaissance Pictures.
Todos los derechos de autor pertenecen a Universal/MCA-Renaissance Pictures. Yo sólo he tomado prestados los personajes un ratito. No se pretende hacer ningún daño.
Este relato contiene algunas escenas de violencia que podrían considerarse algo más gráficas que las de la serie de televisión en la que se basa.
m.annetts@rbgkew.org.uk

Título original: A Good Day to Die. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


La cueva resonaba con el eco de los gruñidos y el choque del acero con el acero. Tres combatientes se atacaban entre sí salvajemente. Los dos hombres implicados jadeaban y empezaban a cometer fallos en el ataque. La mujer alta que había entre los dos parecía aburrida y ni se molestaba en disimular el desprecio que sentía por los otros dos combatientes, ninguno de ellos consciente al parecer de los ojos que seguían su combate con regocijo.

Ares se mantenía lo más oculto que podía entre la sombras. Incluso en medio de un combate sabía que la Princesa Guerrera podría percibir su presencia, y no quería que sucediera eso... todavía.

Sonrió regocijado al ver los torpes esfuerzos de dos de los mejores guerreros de Roma en su vano intento de igualar la habilidad sin par como espadachina de la guerrera griega. No era nada sorprendente, pensó, simplemente era la mejor del mundo. No tenían nada que hacer. Ni ahora ni nunca. No tardaría en hartarse de su patética exhibición y le pondría fin rápidamente. Ese día Roma se quedaría sin dos dirigentes. Lo que esto provocaría en el inestable régimen era algo que sólo podía imaginar.

Salió de su ensimismamiento al darse cuenta de que la lucha había terminado. César le estaba diciendo algo a Xena. Ares advirtió por su arrogante postura que, incluso derrotado de manera ignominiosa por la espada de Xena, intentaba provocarla. El romano decía algo sobre una trampa que había tendido a las tropas de Xena. Ah, por fin se ponen interesantes las cosas, pensó.

Xena clavó en César una mirada gélida. Por un momento, pareció vacilar. Dioses, Flánagus y sus hombres, pensó. Tengo que ir a avisarlos. ¡Maldito seas, César, maldito seas! Se le ocurrió otra idea, demasiado terrible de imaginar ni por un segundo, pero luego recuperó la calma férrea mientras se planteaba lo impensable. Gabrielle se dará cuenta de la trampa. Será la única. A Xena le volvió a dar un vuelco el estómago, pues en el fondo de su corazón sabía que la bardo no podía, no dejaría que Flánagus y sus hombres cayeran derrotados ese día por las estratagemas de César. Los instaría a cumplir las instrucciones de Xena. A seguir el plan, dondequiera que los llevara. Confiaría en que Xena tenía razón. Pero ahora iban a acabar todos muertos. La mente de Xena se cerró. De repente, le daba igual que su plan funcionara y los romanos se mataran entre sí en esta estúpida guerra civil. Nada de eso tendría importancia si el precio era Gabrielle. ¡Al Tártaro con el bien supremo!

Sin mirar atrás, se marchó de la cueva. César avanzó para golpear su espalda repentinamente desprotegida, pero lo detuvo un ataque de Pompeyo. Sin que Xena controlara la lucha, los dos romanos se lanzaron el uno contra el otro con renovada saña.

Ares se acercó más, ahora que la única mortal que podía percibir su presencia oculta se había ido. Quería ver quién ganaba, ya que los dos parecían igualados en materia de habilidad y fuerza. Esto va a durar bastante, pensó encantado.


La batalla entre los dos ejércitos romanos estaba en su apogeo. Gabrielle estaba en lo cierto: César había tendido una trampa, pero no había alternativa si querían que el plan de batalla de Xena tuviera éxito. No podían permitir que dos ejércitos enfrentados se pasearan sin control por suelo griego. Si no acababan con esto ahora, los daños serían incalculables. Tenía que cumplir con su deber. Era así de sencillo.

Gabrielle perdió la cuenta del número de soldados que había derribado con su vara. Blandía el arma con una precisión que aplastaba huesos y desviaba las espadas furiosas que la rodeaban. Su deseo de luchar la había sorprendido. No se esperaba desear esto, pero al incrustar la vara en el estómago de otro romano experimentó un entusiasmo que rara vez sentía. Incluso en medio del esfuerzo terrible de un encarnizado combate a muerte —pues no se engañaba con respecto a las intenciones mortíferas de los romanos que la atacaban— tuvo tiempo de pensar que en cierto modo esto era lo que debía de sentir Xena cuando luchaba. Había oído a Xena reír y había visto la sonrisa fiera mientras jugaba con sus adversarios. Tomó nota de la sensación y decidió preguntárselo a Xena cuando todo esto hubiera terminado.


Xena entró como una exhalación en el campo de batalla y acabó rápidamente con cuatro soldados. Los hombres que la rodeaban soltaron exclamaciones ahogadas y empezaron a retroceder. Sabían que la sombra de la muerte había caído de repente sobre ellos mientras ella perseguía a su presa implacablemente. Morir por Roma era una noble causa, pero morir a manos de esta imparable fuerza de la naturaleza era un destino que ninguno de ellos deseaba sufrir.

Por un momento, detuvo la matanza y gritó un nombre. La angustia y el miedo de su voz eran inesperados y desconcertantes. Ninguno de ellos sabía quién era esta tal Gabrielle, pero tenían la vehemente sospecha de que quien la tuviera no viviría mucho tiempo. Al no recibir respuesta a su llamada, Xena hizo una mueca y volvió a la tarea que la ocupaba. Con una espada en cada mano, reanudó su nuevo plan de batalla, ideado a toda prisa. Matarlos a todos. Hasta el último de ellos. ¡Personalmente!


Gabrielle se estaba cansando. Hasta ella se daba cuenta. ¿Se ha equivocado Xena? No, eso no es posible. Siempre gana, incluso burlando a la muerte si es necesario. Vendrá y lo arreglará todo. Por supuesto que sí. Apretando los dientes y sin prestar atención al temblor de sus brazos cansados, levantó la vara para detener una salvaje estocada dirigida a su cabeza. El golpe de la espada le sacudió los cansados hombros hasta el límite del aguante. Otro golpe como ése y podría perder la vara. Se concentró y lanzó el extremo de la vara contra su adversario. Lo golpeó en las costillas, pero su gruesa armadura absorbió la mayor parte del golpe. Enfadada por haber malgastado una energía muy necesaria en un ataque inútil, se preparó para asestar un golpe más eficaz. No advirtió al hombre que se acercaba sigilosamente por detrás.


Los hombres habían dejado de intentar enfrentarse a Xena y estaban retrocediendo. A los pies de ella yacían los cuerpos y miembros de por lo menos seis hombres, y un rastro de otros treinta marcaba su paso por el campo de batalla. Xena soltó una maldición: esto estaba llevando demasiado tiempo. Mirando a su alrededor, vio a un miembro de la caballería de Pompeyo que blandía la espada contra los soldados que rodeaban su caballo. Eso es lo que necesito, algo de altura, pensó, cambiando de dirección y marchando con decisión hacia el caballo y su jinete, ambos ajenos a la consumada depredadora que se les iba a echar encima.

Los hombres que la vieron llegar se apartaron para dejarla pasar, pero algunos desdichados le daban la espalda, demasiado concentrados en sus propios combates. Con un gruñido, golpeó a un hombre en la nuca con la empuñadura de la espada que llevaba en la mano izquierda. El hombre se desplomó sin hacer ni un ruido, sorprendiendo a su adversario. Ella le gruñó y él soltó la espada y levantó las manos, con expresión aterrorizada. Otro se dio la vuelta y la atacó con la espada, cayendo en la cuenta demasiado tarde del error que estaba cometiendo. Sin mirarlo siquiera, ella trazó un arco con la mano derecha y le separó la cabeza de los hombros.

Los soldados que atacaban al hombre a caballo se volvieron para mirar cuando los hombres que tenían cerca dejaron de luchar y se apartaron de la Princesa Guerrera, que se acercaba a ellos, al parecer ajena al hecho de que se encontraban en medio de una encarnizada batalla. La expresión de determinación, la nariz resollante, los penetrantes ojos azules, la mueca de la boca que sólo cambiaba para gruñir, todo ello confirmaba lo que ya sabían. No había forma de detenerla, ni siquiera con un ejército.

Cuando se abrió un paso entre el caballo y Xena, ésta soltó una de las espadas que llevaba y envainó la suya con un hábil movimiento. Acelerando el paso hasta echar a correr, soltó un grito de guerra que produjo escalofríos a todos los presentes. Con tres cortas zancadas, se lanzó por el aire en un arco que desafiaba a la ley de la gravedad y aterrizó sobre el lomo del caballo, detrás de su sorprendido jinete.

—Baja —le gruñó al oído. Él no necesitó más incentivo, echó la pierna por encima del caballo y desmontó, soltando las riendas al bajar—. Buena decisión —dijo ella, sin mirarlo. Azuzó al caballo con las rodillas y luego giró en redondo, examinando atentamente todo lo que la rodeaba. Allí a lo lejos, tal vez a unos cien pasos de distancia, vio a un pequeño soldado romano rodeado de soldados enemigos, todos los cuales intentaban acercarse para atacarlo, pero se veían rechazados por una vara de combate amazona. El largo pelo rubio volaba por encima de los hombros de la bardo al girar, manteniéndolos a todos fuera del alcance de su arma.

En ese momento Xena pensó que era lo más hermoso del mundo, a pesar del absurdo casco romano que cubría la cabeza de su amada Gabrielle. Emprendiendo con el caballo un galope que no admitía desafíos, desenvainó la espada una vez más, preparándose para abrirse paso a estocadas a través de los guerreros que había entre su alma gemela y ella.

Golpeando salvajemente a diestra y siniestra al tiempo que azuzaba al caballo, Xena no apartaba los ojos del círculo de hombres que rodeaba a Gabrielle. Volvió a gritar su nombre, pero esta vez con más angustia. Un hombre se acercaba a Gabrielle con la espada en alto y ella no parecía haberse percatado de que estaba allí. Xena vio horrorizada cómo el brazo armado del hombre se estrellaba contra su espalda. Gabrielle se quedó rígida un momento y luego cayó de rodillas, soltando la vara. Xena gritó: "¡No!" y pegó patadas al caballo en los flancos, obligándolo a correr más. A su derecha vio que Flánagus apuntaba con una lanza al hombre que estaba sobre Gabrielle. La lanza salió volando hacia su objetivo.

—¡Oh, dioses, no! —exclamó Xena al ver que la lanza no iba a alcanzar su objetivo a tiempo. El hombre descargó la espada y atravesó el estómago de la bardo.


Gabrielle, conmocionada por el golpe inesperado por la espalda, rodó instintivamente hasta ponerse boca arriba y levantó la mirada. El soldado se cernía sobre ella, con la espada apuntando hacia abajo contra ella. La sujetaba con las dos manos y la levantó ligeramente para dar más fuerza a su estocada. Lo siento, Xena, fue lo único que pudo pensar cuando la espada se hundió en su estómago desprotegido.

El dolor la atravesó con una intensidad ardiente que apenas creía posible. A pesar de sus esfuerzos por reprimirlo, de sus labios brotó un aullido de dolor. Cerró los ojos e intentó moverse, pero la espada la tenía clavada al suelo. Agarró involuntariamente la espada e intentó arrancarla, para apartarla de ella y acabar de algún modo con aquel dolor insoportable.

El soldado la retiró impasible e hizo amago de volver a clavársela. Gabrielle se quedó paralizada, a la espera del golpe mortal. No apartó la mirada, sino que miró directamente a los ojos de su asesino. El hombre vaciló un momento, reconociendo el valor que mostraba la joven que los había mantenido a todos a raya tanto tiempo.

Asintió con respeto e inició la estocada. Se detuvo y se convulsionó sorprendido, con una flecha clavada en el pecho. Un segundo después una lanza lo alcanzó en el abdomen. Se tambaleó hacia atrás y soltó la espada. Se habría caído en ese momento de no haber sido por un torbellino de caballo y jinete que pasaron volando a su lado. La parte superior de su cuerpo se alzó desgajada de su pecho y salió despedida a la masa de luchadores cercanos. El cuerpo sin tronco se hundió y cayó encima de Gabrielle, cubriéndole el pecho y el cuello de sangre e intestinos.

Gabrielle se encogió horrorizada y se echó a un lado, escupiendo y vomitando, intentando desesperada quitarse todo aquello de encima, olvidando su propia herida por el momento. El caballo giró en redondo y se detuvo a su lado mientras ella se levantaba tambaleándose, sin dejar de intentar quitarse la sangre de encima.

Xena se inclinó y le ofreció una mano a Gabrielle. A ésta se le saltaron las lágrimas de alivio al tiempo que alargaba la mano y se aferraba al fuerte brazo que le ofrecía. Notó que la subía sin esfuerzo al caballo. Xena lo azuzó de nuevo y el caballo salió corriendo. Tras varias estocadas y unas cuantas patadas certeras, los tres escaparon del campo de batalla y se dirigieron a la línea de árboles.

Xena azuzaba al caballo con todas sus fuerzas, deseando que el animal que tenían debajo fuera Argo. Pero el caballo era grande y fuerte y las alejó velozmente unos pocos kilómetros de la batalla, a galope tendido.

Por fin Xena puso el caballo al trote y luego lo detuvo en un pequeño claro del bosque.

—Xena, gracias por rescatarme —susurró Gabrielle. Ya no pudo evitarlo y se desplomó sin fuerzas sobre la espalda de Xena. Se habría caído del caballo si Xena no la hubiera agarrado con fuerza. La guerrera se dejó caer de la silla y cogió a la bardo inconsciente en brazos. La sangre chorreaba espesa por las piernas de Gabrielle. Xena advirtió que el lomo y el costado del caballo también estaban empapados de ella. Depositó a la bardo en el suelo con cuidado, quitó la armadura de cuero que llevaba Gabrielle y le levantó la corta camisa para ver la gravedad de los daños.

La herida tenía una anchura de medio puño. Xena cerró los ojos y se estremeció. Mordiéndose la mejilla por dentro, se obligó a concentrarse. Presionando la herida con una mano para detener la hemorragia, colocó con cuidado a Gabrielle de lado. Una herida de iguales proporciones le cortaba la espalda perfecta. Xena gimió en voz alta. Sabía cuál iba a ser la consecuencia más probable de semejante herida. Aunque consiguiera coser las heridas, las lesiones internas serían terribles, y Gabrielle ya había perdido demasiada sangre. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Su alma gemela se estaba muriendo y ella no podía hacer nada para evitarlo.


Las pocas vendas que habían encontrado en las alforjas del soldado de caballería ya cubrían las heridas de Gabrielle, pero como mucho sólo servirían para retrasar las cosas. Darían una hora más de vida a la bardo, pero nada más.

Xena levantó con cuidado a su amiga y la apoyó en un tronco caído. Le temblaban las manos al colocarle a Gabrielle con delicadeza el pelo dorado detrás de las orejas.

—Es malo, ¿verdad? —susurró Gabrielle. Xena miró esos ojos verdes y notó que una lágrima descontrolada le resbalaba por la mejilla. Demasiado ahogada para hablar, asintió con la cabeza y cerró los ojos, rezando para que no fuera así—. Eh, Xena, no llores. Ven, siéntate conmigo. Vamos a quedarnos sentadas apaciblemente para ver la puesta del sol por última vez.

—Oh, mi dulce Gabrielle. —Xena apenas pudo pronunciar las palabras por el nudo que tenía en la garganta. Xena se sentó a su lado y la bardo suspiró y apoyó la cabeza en el hombro de la guerrera.

—Sabía que este día llegaría tarde o temprano. Esperaba que fuera tarde, a decir verdad, pero ahora que ha llegado, no lo temo.

Xena sintió que se le desgarraba el corazón ante el tranquilo valor de Gabrielle. Apoyó la mejilla ligeramente en la cabeza de la bardo y se echó a llorar suavemente.

—Gabrielle, durante mucho tiempo he sabido que me fuiste enviada por los dioses. Has sido mi luz, mi camino, mi guía. Pero... tengo tantas deudas que pagar... tanta sangre en las manos. Sabía que un día tendría que pagar. Parece que hoy por fin tengo que pagar mis deudas.

—Sshhh, no pienses en esas cosas, quédate aquí y abrázame mientras contemplamos juntas la puesta del sol.

Ninguna de las dos dijo nada durante una hora, eran simplemente dos amigas que disfrutaban de su mutua compañía al final de un largo día.

—Xena, cumplirás tu promesa, ¿verdad?

La guerrera ladeó delicadamente la cara de su amiga para mirarla a los ojos.

—¿Cuál, amiga mía?

Gabrielle miró a Xena un momento y sonrió con tristeza. El dolor que se veía en los ojos azules era más de lo que podía soportar.

—Hace tiempo te pedí que no te convirtieras en un monstruo. ¿A que no lo harás, a que me honrarás no buscando venganza? Déjalo correr, Xena, déjalo correr.

Xena cerró los ojos y reprimió la oscuridad que se agitaba en la profundidad de su alma.

—No... no sé si tengo fuerzas para eso, Gabrielle. Sin ti estaré perdida.

Gabrielle se quedó en silencio un momento.

—Xena, me lo prometiste. Nunca hasta ahora has dejado de cumplir las promesas que me has hecho y preferiría que no empezaras ahora —dijo en voz baja. Xena miró a los firmes ojos verdes que tenía delante y en ellos no vio más que convicción y confianza.

—No faltaré a mi promesa... no podría, aunque quisiera. Contigo no, ya lo sabes.

Gabrielle sonrió de nuevo y besó delicadamente a Xena en el rastro de lágrimas que le manchaba la mejilla.

—Lo sé, princesa mía.

Xena miró al otro lado del prado y contempló los últimos rayos del sol que se abrían paso a través de un agujero en las nubes. Un rayo las iluminó de repente. Xena volvió a mirar a Gabrielle. Los párpados de ésta se estaban cerrando, pero el sol repentino iluminaba su pelo rubio y la bañaba en un resplandor maravilloso.

—Te amo —fue lo único que dijo la bardo, al tiempo que se cerraban sus párpados.

—Y yo te amo a ti, Gabrielle —susurró Xena, aunque sabía que la bardo ya no la oía. Xena levantó la mano, colocó con cuidado la cabeza inerte de su alma gemela sobre su hombro y contempló los últimos restos del sol que iba ocultándose tras el horizonte. Xena echó la cabeza hacia atrás y soltó un aullido de angustia que proclamaba la muerte de su propia alma.

Durante muchas horas, Xena no hizo nada más que abrazar el cuerpo sin vida de su amiga. Luego llegaron los sollozos incontrolables. Por fin se quedó dormida llorando, con la mente en blanco bajo la presión de un dolor irremediable.


El sol de la mañana la encontró todavía apoyada en el tronco abrazando a Gabrielle. Miraba sin ver mientras el sol empezaba a salir. Ya nada le importaba. Su mente normalmente aguda estaba envuelta en un sudario de desesperación. Pensar en algo parecía demasiado esfuerzo. Una luz azul y centelleante empezó a solidificarse ante ella y por fin cobró una forma conocida.

Ares miró a las dos mujeres. Suspiró y se acuclilló ante los ojos de Xena. Ésta apenas se dio por enterada de su presencia.

—Oye, Xena, por lo que pueda valer, lo siento mucho —dijo con un tono sorprendentemente amable—. La chica casi había llegado a caerme bien, sabes —dijo, sonriendo.

Xena parpadeó y pensó en lo que había dicho. Se volvió despacio para mirarlo a los ojos. Ares vio la mirada fija y luego bajó los ojos al suelo, avergonzado.

—¿Has venido a regodearte?

—No te pongas así, Xena. Ya te he dicho que lo siento y lo digo en serio. —Xena enarcó una ceja al ver que le decía la verdad—. Bueno, ¿qué planes tienes? ¿Vas a reunir un ejército para enseñarles de una vez a esos payasos de Roma el auténtico significado del poder? —dijo, sonriendo.

Xena apartó la mirada.

—Lo siento, Ares, pero he hecho una promesa y no la voy a romper por nadie y menos por ti —dijo con convicción. Ares la miró largo rato antes de admitir su rápida derrota.

—¿No me dejarías que la trajera de vuelta?

Xena volvió la cabeza de golpe para mirar directamente al dios de la guerra.

—Ni te atrevas —gruñó. Ares reconoció el tono y se encogió involuntariamente. Ni siquiera el hecho de ser un dios lo protegía de la reacción automática de su cuerpo ante la amenaza que emanaba de Xena como una ola.

¡Esto es ridículo! rabió por dentro. Es una mortal. Por amor de Zeus, contrólate. No puede hacerte daño... ¿no?, añadió una vocecita dentro de su cerebro, inquietándolo de pronto.

—Está bien, pero sabes que tenía que preguntarlo.

—Gabrielle preferiría seguir muerta a deberte nada de nuevo, ¡y yo también! —alzó la voz con rabia.

Ares retrocedió un paso y levantó las manos.

—No importa, ya habrá otros momentos, otros lugares. Podremos hablar de esto entonces.

Xena curvó el labio con desprecio.

—No, Ares, no habrá nada de eso.

—Sí que lo habrá, dale tiempo. Dentro de una estación o dos, ya la habrás olvidado. Hablaremos entonces. —Cuando estaba a punto de regresar a su palacio, algo en la expresión de Xena lo obligó a detenerse—. Xena, ¿qué estás pensando? —preguntó suavemente.

Ella se volvió para mirarlo de nuevo. Sin decir palabra, colocó con cuidado a Gabrielle en el suelo junto a ella. Se inclinó sobre su cuerpo, la besó en la mejilla y susurró:

—Pronto estaré contigo, amor mío.

Se sacó una daga de la bota y pasó el pulgar por el afilado borde, asintiendo al notar que estaba bien preparada para lo que pensaba hacer.

—Observa y aprende el auténtico significado del amor, Ares. Le hice a Gabrielle otra promesa. Le dije que nunca la dejaría, ni siquiera en la muerte.

Ares vio lo que estaba a punto de hacer y gritó, agitando la mano:

—¡No!

A su alrededor el mundo se detuvo. Los árboles susurrantes se inmovilizaron, la hierba dejó de mecerse al viento, los pájaros quedaron inmóviles en pleno vuelo.

Se acercó a la guerrera paralizada.

—Maldita sea tu velocidad, Xena —gimió al ver que la hoja ya estaba profundamente clavada en la muñeca de la guerrera. Y lo que era aún más increíble, su otra muñeca ya estaba rajada y de ella brotaba un chorro de sangre. Ni siquiera había visto cómo se cambiaba el cuchillo de mano, tan deprisa se había movido—. Por los dioses, te juro que vas a acabar conmigo.

Pasó con ternura el pulgar por encima de la herida abierta. Su sangre cayó al suelo, liberada de su parálisis por su caricia, pero al mismo tiempo la profunda herida se cerró y desapareció como si nunca hubiera existido. Le sacó el cuchillo de la otra muñeca y también selló esa herida. Mirando su cara inmóvil, vio la expresión de triunfo de sus ojos. Se le cayó el alma a los pies al darse cuenta de que incluso si conseguía cerrar sus heridas cien veces, no podría quedarse vigilándola para siempre. Iba a reclamar su lugar junto a la bardo pasara lo que pasase.

—Vale, tú ganas. Considéralo un... regalo de amor.

Se levantó y cerró los ojos, abriendo los brazos de par en par. Un rayo de luz azul salió disparado de su cuerpo hacia el cielo. A su alrededor se formó una esfera de luz azul que flotó durante un segundo. Hubo una detonación atronadora y la esfera de luz explotó hacia fuera.


El soldado se acercó a hurtadillas por detrás de la luchadora que los había mantenido a raya tanto tiempo. Con la empuñadura de la espada golpeó a la luchadora en la cabeza y vio cómo su presa caía al suelo, aturdida.

Gabrielle sacudió la cabeza y miró a su alrededor, desconcertada. ¿Qué... dónde...?, pensó. La firmeza con que sujetaba la vara la tranquilizó por el momento. Deben de haberme dado un golpe en la cabeza o algo así. Recuperando los sentidos, miró por el campo de batalla y se quedó de piedra al ver a un romano de pie sobre Flánagus, a punto de clavarle la espada alzada.

—¡No! —gritó. Todo ocurría con extremada lentitud. Bajando la mirada, vio una lanza tirada a sus pies. Levantó los ojos de nuevo y vio que el soldado estaba a punto de asestar el golpe mortal. Cogió la lanza, susurrando por lo bajo—: Lo siento mucho. —Y la lanzó con todas sus fuerzas.

Ares estaba allí cerca y suspiró. No era visible para ningún mortal. Gabrielle, tu sentido de la justicia puede ser un poco... irritante en ocasiones, pero lo siento, Hades tiene que recibir a alguien en tu lugar. Con un gesto de la mano, la lanza cambió de dirección y cayó inútilmente al suelo, a bastante distancia del indefenso Flánagus. Oyó el grito angustiado e incrédulo de Gabrielle y se encogió de hombros, sonriendo.


Habían librado y ganado la batalla. Los griegos eran los vencedores, los romanos los vencidos. Xena se acercó y se quedó al lado de Gabrielle. Deseaba poder librar a Gabrielle de parte de su dolor.

—Podría haberlo salvado, sabes —dijo la bardo con tristeza, contemplando las llamas de la pira funeraria.

Ares, bien apartado para no despertar el molesto sexto sentido de Xena, sonrió para sí mismo. Si tú supieras, Gabrielle, pensó. Oyó a Xena decirle a su alma gemela que lo único que podían hacer era decir que "hoy ha sido un buen día de lucha".

Asintió por dentro. Sí, no ha estado mal, supongo. Se sentía inusualmente rígido y dolorido. Invertir el paso del tiempo había reducido sus considerables poderes, e hizo una mueca de dolor al girar el hombro. Algún día, Xena, seré tuyo... no, o sea, serás mía. Lo pensó un momento y se rió por lo bajo. Creo que lo correcto era lo primero, pensó. Pasó la mirada de Xena a la bardo. Por la mente se le cruzó una idea repentina. ¿Dos esposas? Se estremeció ante la imagen. Pero no por desagrado, según se dio cuenta. Si quería a Xena como esposa, sabía que Gabrielle también tendría que estar incluida. Eran las dos mitades de un todo, a fin de cuentas.

Había sido un buen día, pero sobre todo un día de suerte. El lugar adecuado, en el momento adecuado. Pero algún día, Xena, no estaré ahí para protegeros a las dos. Se quedó un momento más observando a estas dos mujeres extraordinarias.

—Hasta la próxima —murmuró suavemente y con eso desapareció.

Xena notó que su presencia las dejaba. No sabía cómo lo sabía, pero una vez más había conseguido burlar a Ares. Había hecho algo para obligarlo a hacer una cosa que no quería hacer, pero no recordaba qué era. Sentía que había sido una apuesta terrible, pero le frustraba, como poco, no saber exactamente qué había sido.

Por alguna razón, de repente sintió una necesidad abrumadora de abrazar a Gabrielle. Rodeó a su compañera con el brazo y la estrechó con gesto familiar. Sí, ha sido un buen día, a pesar de todo.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
Ir a Novedades