Legado

Ambyrhawke Shadowsinger



Descargos: Los personajes de Xena y Gabrielle no son míos. Los demás personajes son mitológicos y, por tanto, del dominio público.
Este relato se narró por primera vez en vivo en el chat del Bards' Village el día de Año Nuevo [de 2001]. Me gustaría dar las gracias a Sue Rice por pasarlo a limpio mientras yo lo escribía y enviármelo, lo cual me permitió concentrarme en la elaboración del relato. También me gustaría dar las gracias a todos los que estaban en el chat esa noche por ser un público y unos amigos tan estupendos.
Se admiten comentarios en Ambyrhawke@ambyrhawke.com

Título original: Chosen Legacy. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Había caído la noche en el claro del bosque: era la hora en que el sol se ha puesto del todo y los animales nocturnos empiezan a moverse. Bajo un manto de estrellas, la única luz mortal en varias leguas a la redonda era la de una fogata. Entre el ruido de los grillos la voz de una mujer subía y bajaba como la música de un arroyo. Con su voz y su relato, había captado por completo la atención de su amiga.

—...Pero ella no deseaba las atenciones del dios lujurioso y ebrio, así que invocó a Artemisa para que la salvara. Artemisa oyó a la doncella y decidió ayudarla. Transformó a la mujer en una alta y reluciente columna del cristal más claro jamás visto. Cuando el dios alcanzó a la doncella, estrechó la piedra entre sus brazos y se quedó dormido. Al despertar de su ebrio estupor, se fijó en la columna. Su corazón lloró lleno de remordimiento por lo que su lascivia le había hecho a la mujer. Para él, su belleza no había tenido igual. Contemplando el cristal, Dionisio decidió que era demasiado pálido para hacer justicia a las mejillas sonrosadas y los labios rojos de la mujer. Cogiendo su copa de vino, el dios la derramó sobre Amatista. El cristal se manchó con la sangre del vino. Y hasta el día de hoy, todas las amatistas son moradas en memoria suya. —Gabrielle aguantó la respiración un momento antes de relajarse.

Xena se acordó por fin de respirar cuando el relato la liberó de sus redes. Sus labios formaron una bella sonrisa al felicitar a su amiga.

—Gabrielle, qué historia tan maravillosa. Nunca me la habías contado.

La bardo sonrió y se sonrojó levemente mientras decía:

—Sí, por fin la he expresado con mis propias palabras.

Xena cogió su espada y la piedra de afilar para iniciar su tarea de todas las noches.

—Pues deberías expresar más de esas historias antiguas con tus propias palabras. Mejoran mucho cuando las cuentas tú. —Observó disimuladamente para ver la reacción de Gabrielle.

Ruborizándose muchísimo, la bardo agachó la cabeza, avergonzada pero absolutamente encantada por las alabanzas. La guerrera dismuló la sonrisa que se le estaba formando al ver la mezcla de reacciones que nunca dejaba de provocar en su amiga cuando la alababa. Las dos se quedaron sentadas un rato en silencio: únicamente el roce de la piedra sobre la espada y el chisporroteo del fuego mantenían a raya a los animales nocturnos. Al cabo de un rato, Gabrielle dijo:

—Sabes, me parece un poco triste que eso sea lo único que sabemos de Amatista.

Xena echó una mirada a la bardo, sin detener su tarea.

—¿A qué te refieres?

—Bueno, ¿cómo era en realidad? Piénsalo. Seguro que no le hace mucha gracia que su único legado, su única fama es que un dios borracho intentó violarla. O que la diosa a la que invocó para que la ayudara la transformó en una piedra. ¿Cuántas personas hay a las que sólo recordamos por un instante de gloria o un error estúpido?

Xena sonrió de medio lado.

—Bueno, nuestro legado no lo elegimos nosotros, Gabrielle.

Gabrielle arrugó el entrecejo pensativa. Se volvió hacia la guerrera.

—¿Y si pudiéramos? Xena, si pudieras elegir la única cosa por la que se te recordara, ¿cuál sería?

El roce de la piedra fue disminuyendo hasta desaparecer y Xena se quedó mirando fijamente las llamas de la hoguera. Estuvo pensando profundamente y luego salió de su ensimismamiento. Contestó en voz baja:

—Preferiría que no se me recordara en absoluto, Gabrielle. —Apretando la mandíbula, la guerrera se puso a afilar de nuevo la espada.

La joven contempló el perfil de su amiga.

—¿Por qué no querrías que se te recordara?

Xena soltó un profundo suspiro.

—Gabrielle... yo era una señora de la guerra. Dirigía ejércitos y envié a innumerables personas a la muerte. Destruía naciones y aldeas. —Agachó ligeramente la cabeza, mirando al suelo—. Lo mejor es olvidar a una persona así.

Gabrielle se puso un mechón de pelo dorado rojizo detrás de la oreja y se volvió del todo hacia a su amiga. Habló con tono tierno, pero firmemente convencido, intentando razonar con la guerrera.

—Pero Xena, ya no eres sólo eso. El mundo no tiene por qué recordarte así. Sí, fuiste todas esas cosas, pero has cambiado. Y eso es algo maravilloso. ¿Y si...? ¿Y si, dentro de mil años, la gente supiera lo que fuiste y cómo cambiaste? Piénsalo... Escucharían tu historia y se darían cuenta de que no tienen por qué sentirse atrapados por lo que son ahora. Sabrían que si no les gusta lo que son o si se encuentran en una situación en la que no quieren estar, tienen la capacidad de cambiar... de convertirse en la clase de persona que, en el fondo, saben que deberían ser. Para ellos serías una fuente de inspiración. Eso, para mí, Xena, es mejor que cualquier historia sobre un héroe perfecto, como cuando Perseo derrotó al monstruo marino.

Xena miró a Gabrielle a los ojos y su escepticismo se enfrentó al convencimiento inquebrantable de la bardo. Sonrió levísimamente.

—Bueno, yo no me siento muy inspiradora... pero... a lo mejor tienes razón. —Y comprobó el filo de su espada.

La sonrisa de Gabrielle se hizo radiante al haber conseguido esta pequeña concesión. Hizo una pausa antes de seguir insistiendo.

—Bueno, ¿cuál sería?

—¿Eh? —Xena ladeó la cabeza con aire interrogante.

—¿Cuál sería la única cosa por la que querrías ser recordada?

La guerrera se mordisqueó el labio, reflexionando debidamente sobre la pregunta. De repente, su cara se iluminó con una tierna y cálida sonrisa de placer. Su voz ronroneó melancólica:

—Me gustaría que se me recordara como a la persona más afortunada del mundo.

Gabrielle puso cara de desconcierto total.

—Valeeee... ¿por qué serías la persona más afortunada del mundo?

Xena dejó a un lado la espada y se volvió hacia la bardo, cogiéndole las manos delicadamente.

—Porque de todas las personas que viven en este mundo... los héroes más famosos, los filósofos más influyentes, incluso todos los aldeanos normales y corrientes... de todos ellos, yo soy amiga de Gabrielle, bardo de Potedaia, reina de las amazonas. Yo soy la persona con la que viaja. Me considera a su mejor amiga, su apoyo, su familia... Por eso soy la persona más afortunada del mundo. —Los ojos de Xena soltaban destellos de felicidad.

La cara de Gabrielle se iluminó con una gran sonrisa. Al mismo tiempo, se puso colorada y se le llenaron los ojos de lágrimas. Envolvió a Xena con los brazos, estrechándola con fuerza largo rato. La bardo habló con la voz embargada de emoción.

—Eso es taaaan... gracias, Xena.

Xena la abrazó a su vez y enjugó las lágrimas de las mejillas de su amiga.

—De nada... pero ¿me haces un favor?

Gabrielle se encontró con la mirada azul.

—Sólo tienes que pedirlo.

Xena bajó la mirada y tocó con un dedo la punta de la nariz de la bardo.

—Empieza a incluir tu nombre en esos pergaminos. No quiero que se me recuerde como a la amiga de Medusa, la gorgona con cabellera de serpientes.

Las dos se echaron a reír y se abrazaron de nuevo.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
Ir a Novedades