Claves de un tapiz

Ambyrhawke Shadowsinger



Descargos: Los personajes de este relato son propiedad de Renaissance Pictures, Universal MCA y cualquier otra persona que yo no conozca y que tenga derechos legales sobre Xena, la Princesa Guerrera. Por supuesto que me gustaría que fuera todo mío... no sólo sería muy rica, sino que también conocería a ROC, LL y todos los demás actores. Con este relato no se pretende infringir los derechos de los propietarios. Yo no gano un céntimo con esto: no es más que un intento de aliviar temporalmente el Síndrome de Abstinencia de Xena.
Pero todos los acontecimientos y personajes que no reconozcáis de algún episodio son míos.
Avisos específicos sobre el relato:
Episodios revelados: Este relato trata de los acontecimientos descritos en Los idus de marzo y lo que sigue. Por ello, si no habéis visto el final de la cuarta temporada y no queréis echarlo a perder, consideraos avisados. Si seguís leyendo después de esta frase, luego no me vengáis llorando.
Violencia: Sí, hay violencia. Es un poco inevitable, dado el episodio del que me ocupo. Sin embargo, no es abundante ni entra en detalles escabrosos en absoluto.
Subtexto: Ah, sí, nuestro aviso preferido. Este relato describe una relación amorosa entre dos mujeres. Por si no lo habéis notado, Xena y Gabrielle sólo se han dicho "Te quiero" como un millón de veces durante la serie. Si la idea de que dos mujeres se amen os ofende, es ilegal donde vivís o sois menores de 18 años, os ofrezco mi más sentido pésame. Si lo que buscáis es un relato calentorro y explícito, seguid buscando en otra parte: los hay, pero éste no es uno de ellos.
Agradecimientos especiales: A Chica, que se ha pasado un año preguntando: "¿Cuándo vas a dejar de leer esas historias y escribir una tú misma?" A la señora LaCroix: aquí tiene otro nudo en mi cordón de contar. Y sobre todo a Meja, que no ha parado de preguntar cada dos páginas: "¿Qué ocurre luego?"
Se agradecen todos los comentarios en Ambyrhawke@ambyrhawke.com

Título original: Keystones in a Tapestry. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2006


Premio Xippy


La lucha se estaba haciendo más encarnizada ahora que los romanos se habían dado cuenta de que se estaba produciendo una fuga. Se habían relajado por la seguridad que tenían de que ningún hombre normal se acercaría a una prisión romana por voluntad propia. Sin embargo, la Princesa Guerrera distaba mucho de ser normal y, desde luego, no era un hombre. Aunque habían tardado en reaccionar al oír la alarma, el cuartel estaba de repente infestado de soldados como un hormiguero destruido.

Xena y Amarice mantuvieron a los guardias a raya mientras Eli y sus seguidores se dirigían al portón. Gabrielle señaló con el brazo la parte más densa del bosque.

—Adentraos en el bosque y no os paréis. Eli, que se mantengan todos juntos... y no os acerquéis a los caminos.

—¿Y tú?

Gabrielle hizo un gesto negativo.

—Yo no me voy sin Xena. ¡Ahora marchaos! —Pasó un momento mientras los ojos azules suplicaban a los verdes. Pero la súplica fue rechazada con una determinación que no había forma de cambiar. Asintiendo levemente, Eli se volvió para seguir a los demás hacia el bosque.

Con un rápido vistazo por el patio, vio a Xena abatiendo romanos tan deprisa como se enfrentaban a ella. La arena se volvía de un rojo cada vez más oscuro con cada nueva víctima. Cuando la bardo corría hacia Amarice, la amazona derribó a un joven soldado y le estampó la empuñadura de la espada entre los omóplatos.

Gabrielle tiró de la pelirroja para llevarla hacia el portón.

—Amarice, quiero que vayas con Eli y los otros. Tienes que protegerlos.

—¡No!

—Por favor, Amarice. Xena y yo alejaremos a los soldados de vosotros. Os alcanzaremos dentro de unas marcas. ¡Vamos!

—No voy a huir de un combate...

Los ojos verdes se clavaron en Amarice soltando destellos de furia.

—¡Pues como princesa amazona, te ordeno que protejas a Eli y a sus seguidores!

La joven se quedó boquiabierta y luego reprimió la respuesta rebelde que iba a dar. Se inclinó con rigidez.

—Sí, princesa. —Tragando con dificultad, añadió—: Ten cuidado. —Y se fue.

Había llegado casi el momento de que Gabrielle y Xena arrastraran a los guardias de la prisión a una persecución inútil. Sólo quedaban unos cuantos hombres más delante del portón. Fue entonces cuando Gabrielle oyó a Calisto. Levantó la mirada y vio a la loca lanzando el chakram de Xena. Se quedó petrificada cuando golpeó la columna vertebral de Xena con un chasquido nauseabundo. Cayó al suelo, roto en dos pedazos, como un augurio de mala suerte.

Gabrielle vio la expresión atónita de los ojos azules y sintió un escalofrío por todo el cuerpo. Todo parecía moverse muy despacio. Esto no puede estar pasando. Xena es la que atrapa flechas prácticamente dormida. Pero la guerrera se desplomó de bruces delante de ella.

La bardo seguía intentando comprender lo que estaba ocurriendo cuando vio al soldado que corría con intención mortífera. No sabía si ayudar a su amiga o no hacer nada y en ese momento lo que Amarice le había dicho a Eli resonó en su mente: "Si alguien amenazara a tu madre, ¿lucharías para defenderla?" La pregunta, que había parecido tan graciosa en teoría, ahora descargó un rayo de verdad en el interior de su alma. Haría lo que hiciera falta para proteger a la mujer con quien había hecho su vida en los últimos cuatro años.

Tras recoger una pica, Gabrielle la lanzó con todas sus fuerzas. Se incrustó de lleno en el pecho del soldado y se detuvo cuando la hoja alcanzó su columna. Mientras el tiempo volvía a acelerarse, Gabrielle cogió la espada de Xena. El mundo desapareció al tiempo que la rubia reaccionaba más deprisa que el pensamiento, haciendo frente a cada nueva amenaza que cargaba contra su amiga.

Así luchó hasta que se fijó en su mano, que sujetaba un cuchillo ensangrentado. Se quedó mirándolo sin pensar hasta que su mente comprendió lo que había ocurrido. Gabrielle había matado a varios hombres. De repente, vio otro cuchillo en su mano... uno manchado con la sangre de Meridian. Soltó el cuchillo conmocionada.

Los soldados las rodearon a las dos y Gabrielle oyó a Xena gritar su nombre y bufar de dolor. Las palabras pronunciadas durante el combate penetraron por fin en su mente: "¡Xena, levanta!" "No puedo. Mi columna". ¿Su columna...?

—Oh, dioses, no... —Gabrielle se giró en redondo y avanzó hacia Xena. El mundo se puso negro cuando la empuñadura de una espada la golpeó en el lado izquierdo de la cabeza. Cuando Xena vio caer a la bardo, se levantó sobre los brazos, arrastrando el cuerpo hacia delante. Intervino otro soldado, que la dejó también sin sentido.


Media marca después, Gabrielle abrió los ojos despacio. Con cuidado, se palpó el chichón que tenía en la cabeza y sus dedos se apartaron con un poco de sangre seca. Miró a su alrededor buscando a Xena y vio que la guerrera estaba empezando a superar los efectos del golpe en la cara. Estaba envuelta en una larga tela de lino sucio empapado de su propia sangre en la espalda. Seguían en el patio de la prisión. Al mirar a su alrededor, Gabrielle vio el traje de cuero y la armadura de Xena colocados como trofeos en lo alto del portón.

El capitán dijo a sus hombres:

—Ya están despiertas. Coged a la pequeña.

Dos soldados agarraron a Gabrielle por los brazos, la arrastraron hasta unos postes y la ataron entre ellos. Estaba situada de cara a Xena y vio que la guerrera luchaba en vano por moverse. Unas manos bruscas agarraron el corpiño de la bardo y lo rompieron por la espalda. Notó el aire frío en la piel expuesta.

—¡NOOOOOO!

Gabrielle oyó el grito atormentado de Xena que atravesaba el aire al mismo tiempo que el dolor explotaba en su espalda. Se le contrajo la cara con una mueca y controló el impulso de gritar. Quería hacerlo, pero al ver la expresión de los ojos azules que la miraban, supo que no podía hacerle eso a su amiga. Sabía que ver cómo la azotaban le estaba destrozando el corazón a Xena: no dejaría que sus gritos de dolor desgarraran el alma de la guerrera.

Gabrielle se aferró a las ataduras que le sujetaban las manos y aguantó cuando el látigo mordió su carne de nuevo. Xena golpeó la arena con el puño y gimió el nombre de la bardo. Con el tercer latigazo, vio que Xena pronunciaba sin voz: "Lo siento". Las lágrimas caían a chorros de los ojos azules.

Gabrielle sintió que una ira fría se acumulaba en sus entrañas por lo que le estaban haciendo a Xena mediante su propio castigo. Se aferró a ella y usó la emoción como fuente de fuerza. Sostuvo la mirada llorosa de la guerrera resueltamente mientras el látigo seguía cayendo.

Tras el octavo latigazo, el capitán detuvo el castigo.

—Con eso basta. Un azote por cada hombre que ha matado. —Miró atónito a la pequeña mujer. Nunca había visto a nadie que aguantara en pie ocho latigazos... y mucho menos que guardara silencio—. Soltadla.

Cuando la desataron de los postes, Gabrielle se tambaleó. Vamos, bardo, no te atrevas a caerte ahora. Eres una reina amazona: ¡compórtate como tal! Irguió los hombros.

El capitán enarcó una ceja.

—Desnudadla.

Le cortaron rápidamente la ropa que le cubría el cuerpo. El capitán paseó despacio la mirada por su figura. Sintió una acometida de sangre en el sexo al imaginarse la cara de miedo de ella cuando la tomara.

Cuando llegó a los ojos verdes, Gabrielle levantó la barbilla con aire desafiante, clavándole una mirada gélida. Era la de una reina amazona al mirar a un simple hombre muy inferior a ella. No había destrozado su espíritu y esas chispas de fuego verde le decían que nada de lo que hiciera podría vencerla. De repente, ya no tuvo ganas de intentarlo. Se dio la vuelta.

—Cubridla y metedlas en la celda mientras esperan para ser crucificadas.

Gabrielle se envolvió el cuerpo con las dos piezas de tela de lino y caminó hasta la celda sin ayuda.


Llevaban casi tres marcas avanzando por el bosque y todo el mundo empezaba a cansarse. Amarice iba a la retaguardia del grupo. Se volvió y buscó alguna señal de Xena y Gabrielle. Estaban tardando demasiado en alcanzarlos y Amarice ardía en deseos de regresar para buscarlas. Pero había recibido la orden de proteger a los amantes de la paz, de modo que ésa tenía que ser su principal responsabilidad. A veces, esto de la responsabilidad era un auténtico fastidio.

Fue hasta Eli.

—Oye, ya podemos ir más despacio. Quiero empezar a buscar un sitio donde escondernos hasta que nos alcancen Xena y Gabrielle.

—Pero Gabrielle dijo que siguiéramos adelante.

—Ya sé lo que dijo... no paras de recordármelo —bufó la mujer—. También me encargó que mantuviera a todo el mundo a salvo, cosa que no ocurrirá a menos que encontremos un sitio donde refugiarnos cuando esas nubes estallen. —Para recalcarlo, señaló con el dedo las espesas nubes grises—. Va a ser una buena nevada.

Mirando hacia arriba, Eli frunció el ceño.

—Tienes razón. ¿Dónde buscamos?

—Por los dioses... es un milagro —fue la sardónica respuesta—. Eres capaz de reconocer que otras personas pueden tener razón. A ver si lo adivino, a tu Camino no se le da muy bien encontrar refugio. —Amarice trepó a un árbol cercano para examinar los alrededores.

Cuando regresó momentos después, echó a andar.

—Hay unas peñas por aquí. —Volviéndose, le clavó una mirada al predicador—. ¿Por qué no te pones a canturrear y a imaginar un vacío lo bastante grande para que quepamos todos, mmm?


Gabrielle estaba sentada en la polvorienta celda sujetando a su amiga dormida entre sus brazos. Pensó en los ocho soldados que había matado. Adiós a los elevados ideales de la no violencia. Frunció el ceño cuando por su mente pasaron imágenes de ella misma usando su cajita de polvos y ordenando a las amazonas entrar en combate. ¿Alguna vez he sido de verdad no violenta? Eli no participa en ningún tipo de lucha. ¿Qué diferencia hay entre usar una vara o una espada y mandar a otra persona que mate mientras yo me quedo sentada sin hacer nada? Suspiró. Hacerme responsable de mis propias decisiones es la diferencia. No puedo engañarme a mí misma con una vara o una espada. Al ver los rostros de Meridian y los soldados, la bardo sintió un escalofrío por todo el cuerpo. No, ellos también tomaron sus propias decisiones.

Pero si el Camino del Amor no es el mío, ¿cuál es? Vio escenas del pasado... a sí misma interponiéndose entre Xena y la gente de Anfípolis, tirándose sobre el cuerpo de Terreis, golpeando a Xena con un bieldo para proteger a personas inocentes, desafiando a Xena a que dejara escapar a Meleager, poniendo la zancadilla al hombre que iba a matar a Amarice. Protegiendo a mis amigos... incluso de sí mismos. Creo que siempre he sabido cuál era mi Camino... Pero me entró miedo de matar después de lo de Meridian. Habría matado por Flánagus si no hubiera tenido miedo. Gabrielle bajó la mirada y acarició la cara de Xena, sintiendo que por fin se le había quitado un peso de encima.

—Ni todo el miedo del mundo podría obligarme a quedarme quieta viendo cómo te matan —susurró suavemente.

Xena llevaba las últimas marcas perdiendo y recuperando el conocimiento. Gabrielle notaba la sangre que seguía saliendo de la herida que tenía la guerrera en la espalda. Los cortes de su propia espalda le dolían horriblemente, pero no quería soltar a su amiga. Xena le había pedido que no llorara, pero cuando se hundió de nuevo en la oscuridad, de los ojos verdes cayeron lágrimas.

Sabía que la mujer se estaba muriendo en sus brazos. Acariciando el pelo oscuro con ternura, Gabrielle suplicó en voz baja a su amiga dormida:

—Por favor, Xena, aguanta un poquito más. Ya sé que te duele, pero te necesito. Hace mucho tiempo me prometiste que no te me volverías a morir: ahora te pido que cumplas tu palabra. Por favor, no dejes que me enfrente a esto sola. Nos hemos esforzado tanto por evitar que tu visión se hiciera realidad, pero ahora necesito que ocurra. Porque sé que no vamos a salir de ésta y tengo miedo. Tengo miedo de vivir mis últimas marcas habiéndote perdido una vez más, amor mío. No puedo hacerlo.

Un débil susurro alcanzó los oídos de Gabrielle:

—No tendrás que hacerlo, amor.

Al levantar la cabeza, la bardo vio unos ojos vidriosos, azules como el hielo, que se aclaraban por pura fuerza de voluntad.

—Estaré contigo hasta el final, Gabrielle.


Respirar era una pura agonía. La única forma de aspirar una bocanada de aire consistía en tirar del cuerpo hacia arriba con los brazos para disminuir la presión sobre los pulmones. Lo único que tenía Xena para tirar eran los clavos incrustados en su carne. Si le hubieran funcionado las piernas, las podría haber usado para ayudarse a sostener el peso. Por supuesto, con eso también haría presión sobre un tercer clavo... igual que Gabrielle. Calculó cuánta fuerza le quedaba para levantar el cuerpo y supo que ya casi no tenía tiempo.

La bardo levantó la mirada cuando Xena la llamó. Era un dolor ver el dolor que padecía Gabrielle. A ese dolor se sumaba el conocimiento de que no podía hacer nada, unido a la revelación de que probablemente no podría seguir cumpliendo su promesa mucho tiempo más.

—No... sé... cuánto... tiempo... más... puedo estar contigo —dijo Xena jadeando—. Quiero... que... hagas una cosa por mí.

Su compañera se obligó a levantar el cuerpo para aspirar aire.

—Lo... que quieras.

—Mira... a otro lado... y... duérmete. No luches.

La bardo tomó aire varias veces antes de asentir.

—Pronto... estaremos juntas.

—Te quiero, Gabrielle.

—Y yo a ti.

Gabrielle tomó aire una vez más y dedicó un momento a memorizar el rostro de su guerrera con su expresión de promesa. Entonces apartó la mirada y, agachando la cabeza, cerró los ojos. Guardó esa última imagen en su mente.


Una marca después de que Amarice encontrara las rocas, los refugiados estaban apiñados en una pequeña cueva para protegerse de los primeros copos de nieve. Habían recogido leña por si la tormenta era tan fuerte que pudieran arriesgarse a encender un fuego. Amarice estaba sentada cerca de la entrada, examinando el terreno en busca de cualquier señal de amigos o enemigos. ¿Dónde pueden estar?

Eli se acercó con cautela.

—Amarice, deberías sentarte con nosotros. Sin fuego, te vas a congelar aquí sola.

Sin dejar de observar el bosque, tomó una decisión.

—Ha pasado demasiado tiempo. Voy a buscarlas.

Arrodillándose junto a la pelirroja, el hombre moreno le recordó:

—Gabrielle te dijo que te quedaras con nosotros. No puedo permitir que te vayas...

—¡Deja de decirme lo que tengo que hacer! —bufó ella. Sus ojos verdes soltaban chispas—. Ahora mismo estaríamos todos muertos si Xena no hubiera venido a liberarnos. Son mis amigas. No sé cómo lo hacéis vosotros, pero en mi tribu, jamás abandonamos a un amigo.

Eli se encogió al oír esto.

—Pues no vas a ir sola.

Amarice alzó una mano y negó con la cabeza.

—Ah, no... no me voy a llevar a alguien a quien voy a tener que estar cuidando.

—Y si están heridas, ¿cómo las vas a traer a las dos hasta aquí tú sola?

La amazona se quedó mirándolo, tratando desesperada de encontrar una respuesta. ¡Maldición! ¿Por qué me ha tenido que preguntar eso?

—¡Pero qué día llevo! —rezongó, levantándose y meneando la cabeza.


Eli y Amarice regresaron a la prisión tras una carrera de dos marcas. La nieve cubría ligeramente el suelo, pero empezó a caer con más fuerza. Amarice examinó los límites del bosque, buscando el punto por donde habían entrado Xena y Gabrielle. Susurró de forma que Eli casi no la oyó:

—Voy a tardar un poco en...

Se le apagó la voz al notar la mano de Eli en el hombro. Al volverse para mirarlo, vio su rostro torturado que contemplaba el claro que había fuera de los muros de la prisión. Siguiendo la dirección de su mirada, Amarice sofocó un grito, su corazón dejó de latir, se le cortó la respiración y el tiempo dejó de avanzar.

Colgadas de dos cruces estaban Xena y Gabrielle, con la cabeza caída hacia delante y a la derecha. Nunca pendió de dos árboles fruto más noble o trágico que la Princesa Guerrera y la Reina Bardo, cuyo peso las empujaba hacia la tierra por los brazos dislocados. Sólo cinco clavos y un poco de cuerda alrededor de las piernas de la guerrera impedían que cayeran. Dos soldados armados con lanzas estaban situados detrás de las cruces y había algunos más a los lados. Otros tres estaban delante de la cruz de la guerrera. Se dieron la vuelta y regresaron a la prisión.

El corazón de la amazona empezó a latir de nuevo y un leve grito ahogado se le escapó a través del nudo que tenía en la garganta al tiempo que se lanzaba desde donde estaba agazapada en la nieve. Se detuvo casi antes de empezar cuando unos brazos sorprendentemente fuertes rodearon su delgado cuerpo. Se debatió y soltó varias patadas que sin duda iban a dejar marca, exigiendo que la soltara hasta que una mano le tapó la boca. Eli la sujetó demasiado fuerte para poder morderlo. Le susurró al oído:

—¡Para! No puedes hacer nada.

Amarice sacudió la cabeza hasta apartar la mano.

—¡Suéltame, maldita sea!

—Es demasiado tarde. —Eli levantó la vista y contempló los cuerpos largamente. Suspiró—. Están muertas.

Amarice jadeó unos momentos y luego intentó soltarse en vano, pues Eli seguía sujetándola.

—¿Qué haces? —Un codo se le clavó en el estómago y lo dejó sin aliento, pero no se atrevió a soltarla.

—¡Suéltame! —exigió la amazona.

—Vas a conseguir que te maten.

—Tengo... tengo... que llevarlas de vuelta. A Grecia... deben... deben tener un funeral de amazonas. —Le costaba pensar. Se le relajó el cuerpo un poco por la conmoción.

Eli se movió lo suficiente para mirarla a los desorbitados ojos verdes.

—¿Qué vas a hacer... presentarte ahí y pedir sus cuerpos? Hoy los has atacado. —Hablaba suavemente, intentando calmar y razonar con la joven de aspecto perdido—. Esperaremos a que las bajen. Podemos cogerlas cuando las hayan enterrado.

Distraída, Amarice asintió y sorbió. Contempló la cabeza rubia y la realidad le asestó un puñetazo en el estómago con una fuerza cegadora. Se le saltaron las lágrimas de los ojos abiertos mientras contemplaba el vacío. Las imágenes de una joven en la cruz se mezclaron en su mente con las de unos rizos rubios que enmarcaban un rostro sin vida.

—Oh, diosa —murmuró—, otra reina no.

Eli la sostuvo con ternura mientras ella lloraba amargamente. Su túnica le calentaba los hombros, pero nada lograba tocar la pena helada por la muerte de dos grandes reinas en una sola luna.


Las altas y doradas puertas dobles de la Cámara se abrieron de golpe. Observaron la escena única que tenían delante. Nadie entraba jamás en la Cámara con tal... irreverencia. Aparte del poder que había en su interior, sólo su aspecto habría detenido a cualquiera.

Doce columnas de malaquita formaban un círculo con un diámetro de cincuenta pasos. Ocho de las columnas estaban emparejadas delante, detrás y en dos lados de la estancia. Las cuatro columnas restantes se alzaban solas y espaciadas entre cada par. Desde detrás de las columnas de malaquita de la parte trasera y hasta las puertas dobles se extendía una hilera de parejas de columnas de un azul celeste. El suelo, las paredes y el techo abovedado estaban hechos de ónice liso sin pulimentar. El efecto era tal que las columnas parecían flotar en el espacio vacío.

Delante del par frontal, Ellos... simplemente eran. Era imposible saber si estaban de pie, sentados o flotando. Dos seres de elevada luz cristalina era lo que parecían. Lo que eran, para la mayoría de quienes entraban en la Cámara, era un misterio. Eran simplemente "Ellos".

Una mujer avanzó furiosa por la hilera de columnas azules. Tenía una estatura ligeramente superior a la media y una figura proporcionada y fuerte. Iba vestida de la cabeza a los pies con piel de ciervo de color azul oscuro que se agitaba como la seda al moverse. Llevaba las polainas metidas por dentro de unas botas de montar de media caña y la túnica le llegaba a las rodillas. Sus brazales azules estaban adornados con espirales de plata y un fajín del mismo metal le ceñía la túnica a la cintura. En el brazo derecho, la mujer llevaba un escudo con forma de media luna. Sujeta a la espalda, la guerrera llevaba una aljaba llena de flechas y un arco de caballería, y en la mano izquierda portaba un hacha de doble hoja. Todas estas armas estaban hechas de brillantísima plata. Una delgada banda metálica le rodeaba la cabeza con una media luna cuyos cuernos miraban hacia arriba situada sobre la frente. Sobre su hombro iba posado un halcón de plumaje tan blanco que parecía relucir.

A primera vista, esta guerrera parecía anciana porque sus largos cabellos sueltos eran del color de la luz de la luna. Al mirarla mejor, parecía cercana a la treintena. Tenía un rostro fieramente bello que ahora estaba contorsionado por la ira. Mirarla a los ojos era como contemplar la negrura de la noche cuajada de estrellas con dos medias lunas por pupilas.

Esos ojos soltaban destellos de rabia contra Ellos. Deteniéndose en el centro del círculo, lanzó su voz de chakram por la estancia.

—¿Qué significa esto?

El halcón erizó las plumas y emitió un grito de batalla al mismo tiempo.

Cuando el último eco se desvaneció, Ellos hablaron suavemente con voces que podían ser de tenor o de contralto.

—Eso podríamos preguntarte Nosotros a ti. ¿Por qué has venido a Nosotros?

—¿Qué pretendéis hacer con ellas? —Alzó el hacha y un rayo de luna alcanzó el par de columnas de la izquierda. Entre ellas apareció una imagen de Xena y Gabrielle colgadas muertas en las cruces.

—Están muertas.

—Sí, eso ya lo veo —gruñó la mujer iluminada por la luna—, y es culpa vuestra.

Se echaron a reír.

—Nosotros no hemos...

—¡Sí que lo habéis hecho! —interrumpió la de plata—. Enviasteis a Calisto hasta Él cuando la daga con la sangre de cierva debería haberla aniquilado.

—La aniquilación habría sido una recompensa para ésa. Era lo justo.

—¡Y en cambio enviasteis a Calisto al Infierno donde Él la usó para destruir a mi Elegida y a su compañera! —vociferó la guerrera. El halcón gritó de nuevo desde el hombro de la mujer.

Ellos le dijeron con tono de advertencia:

—Las amazonas ya no son tuyas, Artemisa de Éfeso.

La diosa de plata se irguió más.

—Ahí es donde os equivocáis. Las amazonas eran mías mucho antes de que Leto pariera a la hija de Zeus, y jamás las abandonaré. No es más que una niña: anhela la gloria y se olvida de la responsabilidad. Aunque dejo que mis amazonas se apoyen en su propia fuerza cuando fácilmente podría tratarlas como a niñas y devolverles la grandeza mimándolas, no voy a dejar que sufran porque se han violado las normas.

Los dos puntos de luz se acercaron un paso.

—Él tiene permiso para destruir.

—Sí, pero sólo en el plano espiritual. —El hacha de plata los señaló—. La que le entregasteis hizo daño físico a la guerrera. —Artemisa vio que las luces parpadeaban sorprendidas y les sonrió con ferocidad—. Lo que ha ocurrido no se puede deshacer, lo sé... además, mi Elegida ha encontrado por fin su verdadero camino. Sin embargo, ¡exijo una reparación! Al fin y al cabo —la voz de la de plata se transformó en la fría luz de la luna sobre la nieve—, es lo justo. Así que... ¿qué vais a hacer? —preguntó con un soniquete burlón.

—Te estás propasando, Artemisa de la Luna de Plata —gruñeron Ellos.

—No... simplemente no os temo como los demás. Olvidáis... que yo contribuí a crearos.

Los dos seres cristalinos se miraron largamente. Por fin hablaron:

—Tu razonamiento es sólido. La transgresión no fue nuestra, sino de la secuaz de Él. Y por supuesto, no se puede confiar en que Él vaya a rectificar. Sin embargo, el sacrificio de la guerrera y la bardo ha salvado al Avatar. Te lo aseguramos, Artemisa de Éfeso, efectuaremos una reparación que hasta tú aprobarás.

La de plata se colocó el hacha en el fajín. Luego se tocó el pecho dos veces con el puño y lo alargó hacia Ellos saludándolos al estilo de las amazonas antes de marcharse. El halcón emitió un grito victorioso mientras su dueña se alejaba.


Un punto de luz bajó flotando del cielo y tocó la cabeza morena. La luz despertó al espíritu que había dentro, revelando con delicadeza que había llegado el momento de dejarse ir.

Xena alzó la cabeza y se dio cuenta de que el dolor insoportable había desaparecido por fin. La ola de calor que sustituía a la agonía era una sensación maravillosa. Miró a su alrededor, buscando.

—¿Gabrielle?

Había creído que la caricia que la había despertado era la de la bardo. Al mirar hacia la cruz que estaba a su derecha, supo que el espíritu de Gabrielle seguía dormido.

Xena se colocó flotando ante la figura inmóvil. Alargando la mano, tocó una mejilla fría y luego ahondó más hasta que encontró la esencia de Gabrielle. Concentrándose en enviar una cálida llamada mediante la caricia, fue despertando al espíritu de la bardo.

Gabrielle levantó la cabeza y se encontró con la tierna sonrisa de Xena. El dolor y el frío retrocedieron bajo el poder de esa mirada. Mirándose a los ojos, se cogieron de las manos largo rato.

Levantaron la vista cuando una luz brillante se encendió en el cielo. Creció hasta hacerse más fuerte que el sol. De repente, la luz soltó un destello y la guerrera y la bardo desaparecieron.


Bruto subía a galope tendido por el camino que llevaba a la prisión. Los momentos inmediatamente posteriores al asesinato de César iban a ser tumultuosos y el Senado tenía que nombrar un nuevo triunvirato para dirigir las cosas. Bruto sabía que debería estar allí haciendo oír su voz y ofreciendo la fuerza de sus centuriones. Pero había otra cosa que tenía que hacer primero y no se atrevía a confiar esta misión a nadie más. Rezó para llegar a tiempo... y para que los senadores mantuvieran en secreto la muerte de César el tiempo suficiente para que él pudiera regresar antes de que hubiera un golpe de estado.

La prisión apareció ante su vista y los soldados avisaron para que abrieran el portón. Mientras Bruto se acercaba al galope, un destello dorado le llamó la atención por el rabillo del ojo. Levantó la mirada y tiró con fuerza de las riendas de su caballo. El semental se detuvo con estrépito y bailó en círculo mientras Bruto se esforzaba por detener al animal. Tenía los ojos desorbitados y clavados en aquello mientras calmaba distraído al caballo con habilidad. Los dos jadeaban por el esfuerzo. Durante largos instantes, sólo el ruido de la respiración del hombre ataviado con armadura rompió el silencio.

—Oh, dioses —susurró apenas y tragó con dificultad.

Xena. Había sido una guerrera notable. Meneó la cabeza ligeramente. Lo siento. Debería haberte creído. Una cruz no le parecía una muerte digna para tal guerrera. Sucumbir a las heridas sufridas tras derrotar a una legión de centuriones... tal vez. Morir a causa de un golpe dirigido contra Gabrielle... sí, eso sí se lo podía imaginar. Al pensar eso, trasladó la mirada hacia el color dorado que había visto en principio.

Gabrielle. Cerró los apenados ojos marrones. La joven lo había intrigado. Cuando la conoció, jamás se habría imaginado que poseyera la fuerza necesaria para dirigir a nadie. El tiempo que había pasado con las amazonas cambió su opinión. Tenía fuerza más que suficiente, pero sólo la usaba como último recurso. Dirigía mediante el carisma, no con la fuerza de un arma. También sospechaba que habría preferido no dirigir a nadie en absoluto de haber tenido elección. Esa falta de ambición le resultaba totalmente ajena. Ojalá pudiera haber visto cómo les habría ido a las amazonas contigo como reina, pensó en silencio.

Bruto respiró hondo y dio una voz llamando al capitán. Cuando el capitán se acercó, cayó en la cuenta de quién era el jinete y de repente se puso muy nervioso.

—¿Señor?

—¿Cuánto tiempo llevan esas dos ahí?

—Desde mediodía, señor. Han muerto justo antes de que llegaras.

El jinete suspiró.

—Bajadlas.

—Sí, Bruto. —El capitán hizo un gesto y los soldados se apresuraron a obedecer.

Bruto desmontó y le pasó las riendas a un joven soldado que se había acercado.

—Ocúpate de este caballo y ensilla a otro que esté descansado. —El joven saludó y se llevó al cansado caballo. Acordándose de una cosa de repente, Bruto se dio la vuelta y examinó las demás cruces—. ¿Dónde están los demás prisioneros que traje aquí?

Ésta era la pregunta que el capitán se había estado temiendo.

—Pues, señor... —Bruto se volvió y miró al hombre con dureza. El capitán tragó saliva, despidiéndose en silencio de su familia—. Se han ido.

—¿Cómo?

—Pues, mm... Xena organizó una fuga. P... pero, señor, he enviado hombres a buscarlos... Te lo aseguro, los atraparemos —explicó el hombre, muy nervioso.

—Cancela la búsqueda —fue la tranquila orden.

—¿Señor?

Bruto perdió la paciencia.

—¿Es que no entiendes latín? He dicho que dejes que se vayan. —Su voz tajante resonó a través de la nieve que caía.

El capitán tragó con fuerza.

—Lo siento, señor, pero las órdenes de César estaban muy claras...

Bruto alzó una mano. Tenía frío y andaba escaso de tiempo.

—César está muerto. —Al ver la cara de pasmo del capitán, sacó el anillo imperial que le había quitado al cuerpo del muerto—. Ha muerto hoy ante el Senado. Como su segundo al mando, ahora obedeceréis mis órdenes.

—¡Sí, señor!

Bruto se acercó al otro hombre hasta pegar casi la nariz a la de él y habló con tono amenazador:

—Y si comentas lo que he dicho antes de que Roma haga pública la noticia, tu cabeza sustituirá a la armadura de Xena encima del portón. ¿Me he expresado claramente?

—P... perfectamente, señor —balbuceó el hombre nervioso.

—Bien. —Bruto miró los cuerpos que ahora estaban en el suelo—. Traed un caballo con una litera y las cosas de Xena. ¡Vamos! —Los soldados corrieron a obedecer la orden—. ¿Y las cosas de Gabrielle?

—Destruidas, señor.

El general romano se fijó mejor en los cuerpos y advirtió las marcas de látigo que tenía Gabrielle.

—Capitán, ¿por qué ha sido azotada esta mujer? —preguntó con rabia.

El capitán empezaba a detestar su trabajo.

—Mató a ocho de mis hombres. —Bruto lo miró sin dar crédito—. ¡Es cierto! —se apresuró a afirmar—. Cuando la guerrera cayó, ésa cogió su espada y acabó con todos los que amenazaban a Xena.

Bruto se quedó un momento pensando, pero la llegada de la litera interrumpió sus reflexiones.

—Poned a Xena en la litera. —Cuando los soldados la colocaron encima de la armadura, se acercó. Hizo un gesto con el brazo derecho—. Poned a Gabrielle a su lado. —Le parecía apropiado que yacieran así.

Examinando la línea de árboles a través de la nevada, el general le dijo al capitán al tiempo que le entregaba su espada:

—Tenedme preparado el nuevo caballo para cuando regrese. No tengo tiempo que perder. —Confuso, el capitán asintió mientras Bruto llevaba al caballo con su carga hacia los árboles. Espero no lamentar esto, pensó Bruto tensamente.

Amarice vio la dirección que tomaba el romano y se movió para interceptarlo. Cuando los árboles y la nieve los ocultaron a los soldados de la prisión, tiró a Bruto al suelo y se levantó colocándole una espada al cuello. Él controló el impulso de resistirse.

Eli llegó corriendo y se colocó delante de Amarice, pidiéndole que bajara la espada.

—Cállate, Eli. Él es el culpable de que Xena y Gabrielle estén... —Sacudió la cabeza, apretándole un poco más el cuello con el arma—. ¿Estás preparado para morir, romano?

—Soy más valioso para ti si estoy vivo.

—Prefiero verte muerto que cobrar una recompensa. Dos reinas amazonas han muerto por tu culpa.

—Yo nunca quise que Gabrielle sufriera... y no me refería a una recompensa.

Amarice frunció los labios. Vio que Eli se preparaba para decir algo, por lo que habló primero.

—Está bien, oiré lo que tienes que decir, pero más vale que sea rápido y bueno. —Apartó la espada lo suficiente para dejarlo hablar sin temor a ser atravesado.

Bruto eligió sus palabras con cuidado.

—César está muerto, así que esos soldados ahora obedecen mis órdenes. He mandado cancelar la búsqueda y puedo conseguir pasaje seguro en cualquier barco para ti y tus amigos. —Amarice hizo una mueca al oír la palabra "amigos"—. Pero si no regreso, esos soldados volverán a perseguiros... y esta vez no se detendrán. —Quería decir más, pero la amazona ya estaba bastante irritada.

Por su parte, no había cosa que Amarice deseara más que enviar a este romano al Tártaro y satisfacer sus propias ideas de lo que era la justicia amazona. Pero tenía el molesto problema de que la voz de Gabrielle no paraba de sonar en su cabeza, dándole esa última orden. Se quitó irritada un poco de nieve del brazo, pues detestaba que este pequeño romano se estuviera escabullendo una vez más de la muerte inmediata.

Se acercó más a él y gruñó:

—Más te vale darle gracias a Gabrielle por encargarme la seguridad de sus amiguitos, porque si no, acabaría ahora mismo con tu miserable vida.

Cuando retrocedió un paso, Bruto se levantó con cautela. Se sacó un disco metálico de la faltriquera y se lo dio a Amarice.

—Dale esto al capitán del barco en el que queráis partir. Él podrá cambiarlo por dinero. Me identifica como la persona que te lo ha dado... no tendréis problema para ir donde queráis. El puerto más cercano está al este, una vez cruzado el paso. Dirigíos al sur y encontraréis el camino que os llevará allí. —Dirigió una última mirada a los cuerpos, cuyos rasgos estaban ligeramente cubiertos de nieve, y luego emprendió el regreso a la prisión.

Amarice cogió las riendas del caballo y se dirigió a la cueva al tiempo que se metía el círculo metálico en un pequeño bolsillo de la bota. No miró los cuerpos. Ya tenía bastante con la furiosa tormenta sin tener que recordar que sus amigas estaban muertas. Eso podía esperar hasta que saliera de la nieve.


Cuando la luz se desvaneció, Xena y Gabrielle se quedaron pasmadas, mirando a su alrededor. Estaban en un inmenso territorio de colinas onduladas. Miraran donde mirasen, había un mar de hierba de ese tono verde que sólo se veía en primavera por la mañana temprano cuando el sol tocaba las cosas que acababan de brotar. Una ligera brisa acariciaba las colinas, moviendo la hierba a oleadas. En lo alto, unas nubes blancas flotaban perezosas en un cielo azul brillante.

—Xena, ¿dónde estamos? —murmuró Gabrielle—. Esto no son los Campos Elíseos.

—No, no lo son —asintió Xena—. Y no es la Tierra de los Muertos de las amazonas, y seguro que tampoco es la Eternidad que hay más allá. Está demasiado vacío para ser eso.

—Bueno, me da igual mientras tú... —Gabrielle perdió el hilo—. ¡Oh, Xena!

La guerrera miró rápidamente a los ojos de la bardo y descubrió que estaban mirándola de arriba abajo. Arrugando el entrecejo, Xena se miró a sí misma y abrió los brazos. Llevaba una túnica de seda suelta del color de sus ojos. Le llegaba hasta donde le había llegado su falda de combate de cuero e iba ceñida con un fajín tan verde como los ojos de Gabrielle. La bardo tocó la tela suave y fresca, murmurando:

—Qué bonito es esto...

—Lo tuyo también —ronroneó la mujer alta con una sonrisa, tocando la ropa de Gabrielle. Al mirarse, la bardo descubrió que llevaba un corpiño y una falda del mismo estilo que había usado antes del viaje a la India. Sin embargo, éstos estaban hechos de la misma seda verde que el fajín de Xena. Un cinturón de ante del color de la túnica de la guerrera le sujetaba la falda en su sitio. Ambas mujeres estaban descalzas.

Cuando Xena estaba a punto de decir algo, una cierva y su cervatillo pasaron brincando a su lado. El cervatillo se detuvo para ponerse a brincar alrededor de las dos mujeres. Gabrielle soltó una risita y se arrodilló alargando la mano. El cervatillo se acercó muy osado y olisqueó su mano. Entonces pegó suavemente la cabeza a la tripa desnuda mientras la rubia le acariciaba el cuellecito. Sonriendo, Xena se arrodilló para participar en el rascado.

Tras largos minutos de deleite absoluto, el cervatillo se apartó de un salto, se volvió y las miró sacudiendo la cabeza y luego se alejó de otro salto. Cuando sacudió la cabecita por segunda y tercera vez, Gabrielle se volvió hacia Xena. Sonriendo de medio lado desconcertada, murmuró:

—Aah... creo que quiere que lo sigamos.

—Creo que tienes razón.

Las dos se levantaron y en cuanto avanzaron un paso, el cervatillo se alejó brincando. Las dos mujeres se miraron risueñas y echaron a correr detrás del joven ciervo.

Subieron corriendo por la colina y la hierba les hizo cosquillas en las pantorrillas. Xena se echó a reír cuando Gabrielle estuvo a punto de caerse al intentar agarrar al cervatillo y agarrar en cambio un puñado de aire. La morena aceleró para atrapar a la cría y, de repente, ésta cambió de dirección en pleno salto y se cruzó directamente delante de los pies de la guerrera.

Sin pensar, Xena se tiró en plancha hacia la derecha para no hacer daño al cervatillo. Cayó al suelo rodando... justo en el paso de la bardo. Con una exclamación de sorpresa, Gabrielle saltó por encima del cuerpo y se detuvo llena de asombro.

—Xena, mira ahí abajo. —Señaló colina abajo. Al pie había un prado lleno de flores. Cada color imaginable estaba allí representado, creando una colcha de parches hecha de flores.

Xena seguía tumbada en la hierba tras su plancha y en los ojos verdes de Gabrielle apareció un brillo travieso.

—¡A que no me pillas! —gritó por encima del hombro y se lanzó corriendo colina abajo a toda velocidad.

Levantándose de un salto, la alta guerrera echó a correr tras ella.

—¡Eso es lo que tú te crees! —gruñó en broma. Aflojando las rodillas, Xena se agachó con cada zancada, absorbiendo la fuerza del impacto e impulsándose hacia delante más deprisa con cada salto. Ganaba terreno a gran velocidad.

Al pie de la colina, Xena dio una última y poderosa zancada y se lanzó sobre la rubia. Agarrando a su presa por la cintura, Xena se torció en el aire para dar en el suelo primero. Rodaron un corto trecho y se detuvieron entre las flores. Al oír un millar de ruidos a la vez, las dos levantaron la mirada y vieron una multitud de mariposas que alzaban el vuelo al ser molestadas.

Xena bajó la vista para mirar a la bardo, con los ojos azules relucientes y una amplia sonrisa en los labios. Los ojos de jade chispeaban y Gabrielle arrugó la nariz con una sonrisa mientras observaba la nube de mariposas. Al mirar a la mujer que estaba encima de ella, sus ojos se encontraron. Durante largos instantes su aliento se mezcló mientras las dos intentaban recuperarse de la carrera.

Poco a poco, Xena acercó su cara a la de Gabrielle. Sus labios se rozaron suavemente y luego con más fuerza. Al cabo de unos instantes, la bardo saboreó vacilante los labios que estaban encima de ella. A Xena se le cortó la respiración y luego correspondió a la tierna caricia.

Al separarse, los ojos azules sonrieron a los verdes, ambos pares con un levísimo amago de lágrimas. Xena acarició la mejilla de la bardo y luego se tumbó boca arriba. La rubia se echó a medias encima de la mujer de más edad y se acomodó sobre su hombro hasta que encontró su antiguo lugar. Ambas se rodearon con los brazos y entrelazaron las piernas.

Era el primer beso que se daban desde hacía casi un año. Eran tantas las cosas que las habían separado una y otra vez. Ninguna de las dos había dejado jamás de amar a la otra, aunque a veces las dos se preguntaban si la otra sentía lo mismo. Hubo muchas ocasiones en que las dos tuvieron miedo de que el amor no bastara para que su relación sobreviviera. Era en esas ocasiones cuando decidían seguir juntas, porque la idea de marcharse les dolía más incluso que la de quedarse.

Pero por fin, Xena y Gabrielle se dieron cuenta de que estaban atravesando un invierno emocional: un tiempo en que el amor debía descansar mientras cada una se concentraba en su crecimiento individual. Al aceptarlo, su amistad consiguió salvarlas. Los dos últimos meses habían presenciado la inminencia de una nueva primavera. Empezaron a bromear y jugar juntas de nuevo. Cada día estaban más cerca la una de la otra.

Y ahora, en un campo de hierba nueva, en un territorio de los muertos, Xena y Gabrielle se regodearon en el calor del amor renovado. Sus dedos encontraron zonas de piel sin cubrir por la seda en las que trazar dibujos al azar. Poco a poco, se quedaron dormidas abrazadas la una a la otra, con una leve sonrisa en los labios.


Amarice metió al caballo en la cueva con rigidez. Estaba helada, tenía el pelo empapado de nieve y un nudo de pena en las entrañas. Los demás corrieron hasta Eli, que iba detrás, y todos le dedicaron palabras de alivio. Palabras que se apagaron en cuanto vieron la carga que llevaba el caballo.

Dos de los hombres ayudaron a Amarice a desenganchar la litera del caballo. Eli le dijo suavemente a otro que preparara una hoguera. Algunas de las mujeres murmuraron su pésame a la amazona, pero ésta parecía oírlas sólo a medias. Cuando estaba organizando la armadura y las armas de Xena, el fuego hizo retroceder las sombras de sus cuerpos.

Los ojos verdes se dilataron y luego se estrecharon por la furia al ver la espalda de la bardo cubierta de latigazos. Se golpeó el muslo con el puño.

—Como no bastaba con la crucifixión, ¿también han tenido que azotarla? —bramó Amarice. Eli le puso una mano en el brazo, pero ella se soltó—. ¡Aparta!

Él les indicó a los demás que se alejaran y se situó frente a Amarice, al otro lado de los cuerpos. Esperaría y observaría hasta que la joven amazona estuviera preparada para atender a razones.

La pelirroja se quedó mirando los latigazos largo rato. Respiraba con dificultad, tratando de aceptar la muerte de estas amigas. ¿Pero por qué?

—No. —Eli oyó el susurro y levantó la vista—. Haz algo...

—¿Qué...? —Frunció el ceño, confuso.

—Ya me has oído. —Los fogosos ojos verdes se encontraron con los suyos—. Haz algo.

—No puedo...

—¡Sí que puedes! —gritó Amarice. Apuntó a Mazu con un dedo—. ¡He visto cómo lo curabas a él, así que cúralas! —Parecía una locura y lo sabía, pero había algo que no le permitía echarse atrás.

Eli le explicó con calma:

—No funciona así. Están muertas... no puedo curarlas.

—Pues tráelas de vuelta —insistió Amarice.

—Se han ido. Ahora hay que dejarlas marchar.

—¡No! —La amazona se echó hacia delante por encima de los cuerpos, desafiando al hombre santo—. Dices que eres su amigo, pero ni siquiera estás dispuesto a intentar salvarlas. —Clavó la mirada en los ojos azules durante tensos instantes. En su rostro apareció una expresión de asco al hablar con calma y tranquilidad, emitiendo su juicio—: Gabrielle decía que eras especial... pero no lo eres. No eres más que un farsante con unos cuantos trucos mágicos metidos en la manga. —Posó la mirada en el cuerpo de la bardo—. Se equivocó al creer en ti. —Sus ojos volvieron a clavarse en los de Eli—. Las dos se equivocaron.

El hombre santo miró a la amazona sin dar crédito. Entonces agachó la cabeza. Mirando al vacío, recordó un momento en la India en que una guerrera le dijo a un asustado mago callejero que tenía el poder para salvar a su amiga. Eli asintió despacio.

—Lo intentaré, pero no puedo prometer nada.

Amarice se echó hacia atrás despacio y se sentó en silencio sobre los talones. Eli se sentó con las piernas cruzadas en el suelo de la cueva. Levantando las palmas de las manos a la altura de los hombros, elevó la mirada.

—Abba, ayúdame. —Los ojos azules se cerraron y se puso a entonar un cántico de meditación mientras los demás ocupantes de la cueva guardaban un silencio absoluto... observando.


Eli llevaba meditando largo tiempo sin resultado. No sabía si era posible siquiera resucitar a una persona de entre los muertos. Al notar que su espíritu se elevaba saliendo de su cuerpo, abrió los ojos azules y se encontró de pie en la oscuridad más profunda que había conocido en su vida. Detrás de él apareció un resplandor que fue haciéndose más intenso. Volviéndose con cautela, Eli vio innumerables puntos de luz de todos los colores que bailaban en el aire.

Mientras observaba, algunos de los puntos bajaron y empezaron a entretejerse los unos con los otros. Al moverse, unos hilos de luz sólida del mismo color marcaban su paso. A intervalos distintos, algunas luces desaparecían de la nube luminosa de arriba para aparecer dentro del tapiz cada vez más grande. A veces, las luces desaparecían del tejido, dejando sólo los hilos de luz. Reaparecían en la masa de arriba y, al cabo de un tiempo, regresaban al tapiz en otra zona. Eli vio un ciclo de entradas, salidas y nuevas entradas.

A medida que se iba tranquilizando, mejor comprendía Eli el tapiz de luces. Empezó a fijarse en los patrones que había dentro del tejido. Había algunos hilos que sostenían los patrones, uniéndolos como las piedras angulares de unos arcos.

Muchos de los puntos soltaban vivos destellos, tras los cuales los hilos adquirían un brillo iridiscente. Eli se sintió atraído por un hilo concreto. Al tocarlo, vio los acontecimientos de su vida. Cuando tocó el punto donde la luz había soltado un destello, revivió el momento en que descubrió su Camino. Fijándose más, el hombre santo descubrió que los hilos que relucían al abandonar el tejido regresaban con algo más de brillo que antes. Supo que éstas eran las personas que habían muerto siguiendo su Camino.

Ladeando la cabeza, Eli vio dos hilos estrechamente entrelazados: uno plateado con vetas azules y el otro verde. Sus pensamientos quedaron interrumpidos por un punto y un hilo negros que se adentraban en el tapiz desde abajo. Era el único hilo negro entre todos los colores. Eli observó atentamente cuando llegó a un hilo dorado y lo apagó. Éste era uno de los hilos de soporte. Los otros hilos siguieron entretejiéndose, pero el patrón empezó a deshacerse. El hilo negro desapareció poco después y no reapareció.

Una luz clave más pequeña y de color azul desapareció y el patrón se deshizo aún más. Eli siguió mirando cuando la luz plateada y la luz verde soltaron un destello y luego se apagaron, debilitando aún más el diseño. En lugar de aparecer en la nube luminosa de arriba, se quedaron flotando a un lado del tejido. Al tocarlas, Eli sonrió. La luz plateada era Xena y la verde, Gabrielle. Sus hilos relucían por los extremos y sonrió. Se alegró de que las dos estuvieran siguiendo su Camino cuando murieron. Cuando alargó la mano para tocar los extremos de los hilos, oyó una voz doble:

—Nadie puede conocer el Camino de otro a menos que éste se lo diga.

Eli se volvió en redondo, se encontró cara a cara con Ellos y se quedó boquiabierto. Al cabo de un momento, recuperó la voz.

—¿Abba?

—Tu Abba no está aquí, pero lo que buscas sí.

—¿Quiénes sois?

—Eso no importa.

Eli percibió que no iba a averiguar nada más de estos seres. Pero notaba que no pretendían hacerle ningún mal, de modo que señaló el tapiz.

—Xena y Gabrielle... ¿por qué sus luces están a un lado en lugar de reunirse con las demás?

Ellos se acercaron más, superando la estatura de Eli por más de un metro. Cuando contempló su fulgor, se dio cuenta de que estaba compuesto de numerosos puntos de luz, como la nube. Sin embargo, su luz era distinta... más poderosa. Ellos señalaron los hilos que pertenecían a Xena y Gabrielle.

—Porque van a regresar a su vida actual.

El corazón de Eli se aceleró por la alegría y la confusión.

—Pero han muerto.

—Eso no las ha detenido en el pasado. Sin embargo, eso no es todo. Te has fijado en el hilo dorado y el hilo azul, ¿verdad?

El hombre asintió.

—El patrón se ha deshecho cuando han desaparecido.

—Sí. Se puede salvar si regresan, pero no hay tiempo. El dorado debe irse ahora y el azul lo seguirá. —La luz dorada tocó la mano de Eli, revelando su identidad antes de regresar a la nube de luces—. Diles lo siguiente a la guerrera y la bardo... —dijeron Ellos. Mientras Eli se desvanecía, oyó su mensaje.


Xena notó que alguien la miraba. Abrió los ojos, miró a su alrededor y vio a Eli sentado en silencio cerca de ella. Con delicadeza, zarandeó a la bardo, que seguía durmiendo acurrucada junto a ella.

Gabrielle se pegó más a la gran almohada caliente cuando oyó que alguien la llamaba. La llamada no cesaba, por lo que abrió los soñolientos ojos de jade y miró hacia arriba. Con una sonrisa y moviendo los ojos azules, la guerrera indicó a su invitado.

La mujer más menuda miró y luego se incorporó.

—¿Eli? —susurró. Se puso pálida al darse cuenta de por qué el hombre debía de estar aquí—. No...

Eli se apresuró a alzar una mano.

—Tranquila, no estoy muerto. —Gabrielle se relajó visiblemente—. He venido para traeros un mensaje.

—¿Qué mensaje? —preguntó la guerrera, rodeándose la rodilla con un brazo.

—Antes de venir aquí, se me dijo que las dos vais a volver. Y por tu sacrificio, Xena, te has ganado una recompensa.

—Volver... ¿pero por qué? —se preguntó Gabrielle en voz alta.

Xena la miró y dijo despacio:

—Yo creo que porque Calisto debía tentarme para que dejara el camino del guerrero, pero en cambio, me atacó físicamente. —Eli asintió—. ¿Pero por qué vamos a volver? Ya hemos sido juzgadas... ¿por qué correr el riesgo de perder esto?

—Cierto, las dos seréis juzgadas de nuevo. Sin embargo, las dos habéis encontrado vuestro Camino. Sólo tenéis que manteneros en él —explicó el hombre—. La razón de que volváis es tu recompensa.

—¿Que es...? —Xena enarcó una ceja.

Eli respiró hondo, eligiendo sus palabras.

—Tu hijo no tenía que morir. —Xena notó que Gabrielle se encogía y rodeó la cintura de la bardo con los brazos—. Solan tenía una tarea importante que no llegó a completar, una tarea que no puede esperar mucho más. Tiene que regresar ya. —Miró a Xena a los ojos con una tierna sonrisa—. Porque me has salvado, Xena, vas a ser recompensada con una segunda oportunidad para ser su madre.

Gabrielle se volvió y contempló el rostro de Xena, radiante de alegría. Ella también empezó a sonreír, porque notaba lo feliz que era su amor.

—¡Xena, es maravilloso! —Los alegres ojos azules se volvieron hacia la rubia—. La oportunidad de ver crecer a Solan... por supuesto que vas a volver.

La sonrisa desapareció, sustituida por la aprensión.

—¿Y tú, Gabrielle?

Gabrielle resopló.

—¿Cómo... te crees que me voy a perder la oportunidad de verte con un bombo hasta aquí? —Se puso la mano delante del estómago—. Ah no, Princesa Guerrera, de mí no te libras. —Xena sonrió de nuevo—. Además, ¿a quién si no le vas a pedir que te ate las botas cuando no te veas los pies? —preguntó la bardo con aire inocente. Se ganó una mirada aviesa.

Sin comentar nada, Xena se volvió hacia Eli.

—¿Cuándo nos vamos?

—Solan llegará dentro de un momento. Cuando regreséis, no recordará su última vida. —Las dos mujeres asintieron—. Ahora me voy.

—¡Espera! —Gabrielle alargó una mano—. ¿Quién es el padre?

Eli sonrió.

—No hay padre... es un regalo. —Dicho lo cual, se desvaneció. Las dos mujeres se miraron intrigadas.

Al oír un grito, se volvieron y vieron a Solan y a Ephiny que se acercaban caminando entre las flores, saludándolas con la mano. Solan llegó trotando, le dio un fuerte abrazo a Gabrielle y le sonrió.

—¡Oye, tengo mucho más pelo que tú! —dijo, revolviéndole el corto pelo rubio.

—Sí, pero no por mucho tiempo —dijo la bardo riendo a su vez y tirándole de un largo mechón.

Solan miró sonriente a los ojos verdes.

—Cuando sea mayor, me contarás historias de mí mismo, ¿verdad?

—Claro que sí.

Se puso serio.

—Por favor, deja ir el resto de tu culpa. Yo nunca te he culpado.

A Gabrielle se le escapó una lágrima y lo abrazó con fuerza.

—Gracias. Lo haré.

Ephiny estrechó el brazo de Xena, que la sorprendió al abrazar a la amazona.

—Xena, quería darte las gracias. —La cabeza morena se inclinó interrogante—. Por ocuparte de las amazonas.

—No dejaré que desaparezcan, amiga mía —prometió Xena solemnemente.

Ephiny asintió y se volvió hacia Gabrielle. Se abrazaron estrechamente y a la bardo se le saltaron las lágrimas. Ephiny se echó hacia atrás con una sonrisa temblorosa.

—Oye, oye... ya sabes que no me gusta nada verte llorar.

Gabrielle asintió, sorbiendo.

—Te echo de menos.

—Y yo a ti. Pero volveremos a vernos... cuando llegue el momento. —Miró a los ojos verdes, haciendo un esfuerzo evidente por controlarse—. Dile a Xenan que lo quiero.

A Gabrielle se le cortó la respiración y se tragó con dificultad el nudo que se le puso de repente en la garganta.

—Lo haré. Me aseguraré de que sepa lo maravillosa que era su madre. —Se abrazaron de nuevo.

Cuando se oyó una especie de cántico, Ephiny se volvió hacia Xena y Solan, que estaban abrazados. Puso una mano adornada con guantelete sobre el hombro de Solan.

—Nos tenemos que ir.

Solan dio a su madre un último abrazo. Empezó a desvanecerse entre sus brazos y, a medida que desaparecía, el vientre de Xena fue creciendo. Gabrielle se puso a su lado y cogió la mano de la guerrera.

Ephiny les dedicó el saludo de las amazonas al desvanecerse.

—Cuidaos hasta que nos volvamos a ver.


Estaban flotando cerca del techo de la cueva. El fuego estaba bajo, pues nadie lo había atendido mientras Eli meditaba. Todo el mundo dividía su atención entre el hombre que entonaba un cántico y los cuerpos fríos.

Gabrielle bajó y se quedó flotando un momento por encima de su cadáver antes de entrar. Todo se quedó inmóvil... y entonces las costillas se expandieron cuando tomó aire y lo aguantó. Oyó exclamaciones sofocadas a su alrededor.

Al abrir los ojos, la bardo se concentró en lo que sentía al volver a estar viva. Le daba la sensación de pesar un poco más que cuando estaba en el campo. Y también hacía mucho más frío. Levantó la mirada.

—¿Xena? —susurró. El cuerpo de la guerrera seguía sin vida. Volviendo la cabeza, Gabrielle sintió el espíritu de Xena a su lado, dudando—. Tranquila... vuelve a mí —dijo, calmando a la mujer.

El embarazadísimo espíritu se dio la vuelta y se hundió en su cuerpo. Tomando aire, abrió los ojos. Eli aflojó los brazos al tiempo que los murmullos de asombro se propagaban por la cueva. Despacio, Xena volvió la cabeza para contemplar la cara sonriente de su bardo.

—Hola, tú —susurró.

—Lo mismo te digo —fue la encantada respuesta.

—¿Gabrielle? —intervino una voz cauta detrás de la rubia. Al volverse, vio a Amarice, que la miraba fijamente, temerosa de creer lo que veían sus ojos. La bardo sonrió al tiempo que se incorporaba.

Xena vio que las marcas de latigazos habían desaparecido de la pequeña espalda, lo mismo que los agujeros de sus propias manos. Ella también se incorporó, contenta de poder mover las piernas. Pero cómo le dolía el cuerpo... seguro que a Gabrielle también.

La rubia cogió una de las manos temblorosas de Amarice.

—Es cierto... estamos aquí de verdad.

La joven amazona agachó la cabeza, dando gracias en silencio a Artemisa. Por fin, el nudo que tenía en el estómago se fue aflojando.

A Amarice se le escapó una lágrima de alivio antes de que la voz de Xena la sacara de su trance.

—¿Dónde estamos?

Eli se colocó al lado de la joven mientras ésta les contaba a Xena y Gabrielle todo lo que había ocurrido. Los demás alimentaron el fuego e intentaron dormir un poco. Por la mañana iban a tener un largo camino nevado por delante.

Amarice se volvió hacia Gabrielle. Tenía que saberlo.

—¿Por qué te azotaron?

Rascándose la barbilla, Gabrielle dirigió una mirada a Eli antes de responder.

—Porque cuando Xena cayó, la defendí... y maté a ocho soldados.

Los ojos verdes de la joven guerrera se abrieron de par en par. Miró a Xena, quien se limitó a asentir con la cabeza. Eli movió la mandíbula sin decir palabra. Parecía un pez. Por fin, recuperó la voz.

—Es normal fallar a veces en el camino... pero has vuelto a encontrarlo, y eso es lo que importa.

Gabrielle lo miró con dulzura a los ojos azules.

—No, Eli, no fallé. Podía elegir y elegí defender a Xena. He estado buscando mi Camino: no me daba cuenta de que siempre había estado en él. La amistad. Proteger a los que quiero. —Se encontró con la mirada de Xena—. A los que considero amigos. —Miró a Eli y a Amarice—. Y a los que no se pueden proteger solos.

Amarice empezaba a esponjarse muy ufana, pero Xena le llamó la atención y le clavó una mirada severa. Le hizo un gesto con la cabeza y se disculpó. Amarice la siguió, pero no parecía hacerle mucha gracia.

Gabrielle se acercó y le cogió la mano a Eli. Cuando éste levantó la vista, se miraron a la cara en silencio. Por fin, la bardo dijo suavemente:

—Eli, el mundo necesita gente como tú, y yo agradezco las cosas que me has enseñado mientras seguía tu Camino. Pero es que me he dado cuenta de que no puedo quedarme a un lado sin hacer nada cuando mis amigos corren peligro. Una parte de mí moriría si lo hiciera. —Respiró hondo—. Era el Camino de la Amistad el que estaba siguiendo cuando fui a la luz.

Eli respiró pausadamente mientras absorbía estas palabras. Se acordó del brillante hilo verde de luz y asintió levemente.

—Entonces ése es el camino que te corresponde. Tú fuiste mi primera seguidora. —Se le enterneció la expresión—. Y por eso, siempre te estaré agradecido.

Se sonrieron y se abrazaron. Eli dirigió una mirada a Xena y luego se volvió de nuevo hacia Gabrielle.

—Xena no es la única que ha sido recompensada por su sacrificio. —La bardo levantó la cabeza de golpe, confusa. Pensando en la luz azul, él dijo—: No es el momento de que tu hija regrese. No me refiero a Esperanza —se apresuró a añadir, recordando el hilo negro—. Su existencia fue posible sólo gracias a las maquinaciones de Dahak, y su espíritu no sigue el ciclo kármico como hacemos los demás. —Sonrió más alegremente que antes—. Tendrás una hija auténtica cuando llegue el momento.

Gabrielle le dirigió una sonrisa que hizo brillar sus ojos verdes como el mar. Eli le deseó buenas noches mientras ella pensaba en tener una hija en algún momento futuro.


Gabrielle por fin convenció a Amarice para que durmiera un poco. La muchacha había tenido un día muy duro emocionalmente y estaba tan cansada que su cuerpo se negaba a relajarse. Sin embargo, cuatro años de práctica a la hora de calmar a una terca princesa guerrera para que se durmiera hacían que la joven amazona pareciera bastante fácil. Al poco, la voz suave y persistente la tranquilizó lo suficiente para echarse y cerrar los ojos.

La bardo miró por la cueva, fijándose en las figuras dormidas. Al mirar hacia la boca de la cueva, vio la silueta oscura de la guerrera. La tormenta había cesado por fin y ahora la luna llena bañaba a las dos mujeres en su luz plateada. La mujer alta se había vuelto a poner su ropa de cuero y le había dado su tela de lino a Gabrielle para que se cubriera. Estaba sucia, pero a la bardo sólo le importaba sentirse más caliente. Rompió el silencio con delicadeza.

—Hola...

Xena miró a su compañera.

—Hola. ¿No puedes dormir?

—Estaba buscando mi almohada.

Una ceja oscura se alzó con sorna. Observó los andrajos que envolvían a Gabrielle.

—Siento que tengas que ponerte eso. Monta conmigo para no pisar la nieve. En el primer pueblo que encontremos, venderemos el caballo. Entonces podremos conseguir comida para todos y botas y ropa para ti.

La rubia asintió.

—Me parece bien. De todas formas, ese sari no estaba hecho para luchar. Y además, me estaba hartando de las piedras continuas en las sandalias.

La comisura de la boca de Xena se curvó hacia arriba y luego soltó un leve suspiro al tiempo que volvía a contemplar la noche. Oh oh... Gabrielle se volvió hacia Xena, lo cual dejó su rostro medio en sombras. Le puso una mano en el brazo bronceado.

—¿Quieres hablar de ello?

El silencio se alargó entre las dos, mientras Xena buscaba las palabras adecuadas. Se volvió de cara a la bardo, hablando despacio.

—Quería darte las gracias... —Sus ojos se encontraron con los que tenía delante—. Por lo que hiciste en la prisión. Nunca he tenido a nadie que me proteja así.

—¿Y qué sensación te produce... ahora que todo ha terminado?

Xena arrugó el entrecejo.

—Pues... buena. Nunca me había permitido ser tan vulnerable. ¿Y tú qué?

—Creo que ahora entiendo cómo haces siempre cosas imposibles cuando estoy en peligro. Nunca hasta entonces había manejado una espada, pero no había nadie más, así que hice lo que era necesario para mantenerte a salvo.

—¿Y ahora? —fue la cauta pregunta.

Gabrielle miró a Xena directamente a los ojos.

—Me resulta reconfortante... saber sin el menor género de duda que puedo y estoy dispuesta a protegerte si lo necesito. —Posó conscientemente la mano en la parte inferior del estómago cubierto de cuero—. Estaré ahí para protegerte en los próximos meses.

Xena asintió, mirando al suelo.

—Gabrielle... un bebé se puede criar perfectamente sólo con una madre...

—Claro que sí.

—Pero dos madres sería mejor, ¿verdad?

Gabrielle se estremeció nerviosa.

—Probablemente.

Se descubrió hundiéndose en las profundidades cristalinas de los ojos de Xena cuando ésta levantó la mirada.

—Gabrielle... ¿quieres ser madre de este niño?

Se le saltaron las lágrimas y Gabrielle intentó obligar a su garganta a decir algo. Sabía que la época en que Xena le echaba la culpa de la muerte de Solan había pasado hacía ya mucho tiempo. Pero la bardo todavía se encogía al pensarlo.

—¿Estás segura? —preguntó llorosa.

Xena alzó la mano y secó tiernamente las lágrimas de su amor. Sonrió al tiempo que a ella misma se le humedecían los ojos.

—No se me ocurre una madre mejor que la mujer de la que estoy enamorada. Y te amo, Gabrielle... muchísimo. —Rodeó a la mujer más menuda con los brazos al tiempo que Gabrielle se abrazaba a ella.

Solan tiene razón... ya es hora de librarse de la culpa. Gabrielle le pasó a Xena la mano por detrás del cuello, bajándole los labios para besarla profundamente. Sólo se apartó cuando las dos tuvieron dificultades para respirar. Sonriendo a la cara que tenía tan cerca, Gabrielle susurró:

—¡Sí! —Se vio recompensada con una sonrisa que iluminó la noche y otro beso ardiente.

Por fin se trasladaron al fuego para buscar un sitio donde dormir. Gabrielle pegó el oído al estómago de su guerrera durante un momento. Luego, sonriendo, se acurrucó sobre el hombro de Xena y susurró:

—Nuestro bebé...

—Sí... nuestro. Te quiero, Gabrielle. —Xena la estrechó más.

—Y yo a ti, Xena —suspiró Gabrielle, pegándose más a ella.

Fuera, el grito de un halcón atravesó la noche y la luna llena brilló más que antes.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
Ir a Novedades