Por encima del bien supremo

Ambyrhawke Shadowsinger



Episodios revelados: Esto ocurre durante Una amiga en apuros. Lo escribí durante la mañana/tarde antes de ver el final. No conocía ningún detalle porque había evitado enterarme de nada. Lo único con lo que podía trabajar eran los avances que pusieron al final de Posesión del alma y el último día de rodaje en E!... ¿o era ET? Así que eso explica por qué es posible que las cosas no encajen.
Descargos: Los personajes no son míos. ¡Ojalá hubiera sido yo la que recibe un poco de agua! :::Desmayo:::
Subtexto: Este relato muestra una relación amorosa entre dos mujeres.
Violencia: En este relato se describen las consecuencias de una batalla. Si la sangre os da asco, ¡huid deprisa!
Se agradecen comentarios en Ambyrhawke@ambyrhawke.com

Título original: Beyond the Greater Good. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Xena terminó de ponerse la armadura samurai para la batalla que se avecinaba. Sus pulmones soltaron silenciosamente el aliento al tiempo que sus ojos se negaban a fijarse en nada de lo que tenía delante. Su mente intentaba encontrar el lugar en el que tenía que estar para enfrentarse a la tarea que la aguardaba.

Desde que se le había ocurrido este plan hacía unos días, Xena se había ido poniendo cada vez más distante. Todos sus pensamientos se iban volcando cada vez más hacia dentro con cada instante que pasaba. Se centró en sí misma, buscando ese estado de la conciencia que necesitaba para lo que estaba a punto de hacer... enfrentarse a un ejército de 20.000 guerreros y hacerlo sola. Era un desafío comparado con el cual luchar contra los dioses parecía un juego de niños.

Un destello de sol reflejado en algo dorado devolvió su visión al presente y a su actual entorno. El destello de luz se reflejaba en el pelo de Gabrielle, que se movía delante de Xena. La bardo iba vestida con un kimono azul hasta media pierna. Tenía expresión ojerosa al mirar a la guerrera.

Oh, por favor, Gabrielle, rogó Xena en silencio, no hagas esto ahora. Su rostro mantuvo la expresión dura.

Gabrielle no oyó o decidió no prestar atención a los pensamientos de su amiga. Con los ojos llenos de lágrimas, se lanzó hacia delante, estrechando a la guerrera en un abrazo desesperado.

—No te voy a perder —bufó con un susurro fervoroso—. Por favor, no hagas esto.

Los brazos de Xena rodearon automáticamente el cuerpo de la bardo, mientras su mente obligaba a someterse a sus emociones. No se podía permitir el lujo de las emociones en este momento. Apartando el pequeño cuerpo del suyo, habló a través del muro glacial de su fachada de guerrera:

—Gabrielle, sabes que tengo que hacerlo.

—¡No! ¡No, no lo sé! —Sus ojos de jade, muy abiertos, la miraban con cierto frenesí, reflejando la respiración agitada de la bardo.

Xena meneó la cabeza ligeramente, intentando convencer a la otra mujer.

—Hacer esto es bueno... es lo correcto. —Las cejas negras se fruncieron con gesto expresivo. Por favor, compréndelo...

Gabrielle agarró a Xena por los hombros, usando la calidez del contacto y de sus palabras para atacar los muros gélidos que mantenían a la mujer fuera de su alcance, detrás de la guerrera.

—Xena, no puedo volver a perderte. —Sus dedos acariciaron los mechones de pelo oscuro—. Te quiero. —Tomó aliento para calmarse. Sus dedos temblorosos acariciaron la cara bronceada al tiempo que susurraba—: Estoy enamorada de ti.

Los ojos azules se cerraron y Xena echó la cabeza hacia atrás, elevando la cara al cielo. Oh, dioses, ¿qué clase de broma cruel nos estáis gastando? ¿Por qué, después de tantos años juntas, sólo ahora nos dais el valor de decir esto? Bajó la mirada de nuevo hacia el rostro lleno de temor. Enjugó una lágrima de la mejilla de la bardo con el pulgar.

—Yo también estoy enamorada de ti, Gabrielle.

Los dedos enguantados rodearon la pequeña mandíbula al tiempo que se inclinaba hacia delante. Los labios de Xena se encontraron suavemente con los de Gabrielle. Era la primera vez que las dos se besaban sin ocultar sus sentimientos mutuos tras el decoro de la amistad. Las dos volcaron sus esperanzas y sus sueños para su vida en común en ese solo beso. La mente de la guerrera se lamentó: Siento no haber hecho esto antes. Perdóname, bardo mía, por lo que tengo que hacer ahora.

Cuando Xena cortó el beso, volvió a levantar las murallas entre su amor y ella. Su tono era resignado.

—Tengo que irme.

—¡No! —Gabrielle quiso agarrar a Xena de nuevo, pero unas manos fuertes la mantuvieron a raya. Las lágrimas le llenaron los ojos y le cayeron por la cara—. ¡No nos hagas esto! Por favor, Xena. Por una vez, sólo por una vez, déjame ser más importante para ti que... ¡que compensar tu pasado!

—¡Gabrielle! —Xena se quedó boquiabierta al oír el ruego.

—Jamás te lo he pedido, pero ahora sí.

Xena alargó la mano, con la palma hacia arriba.

—Se trata de algo más que compensar mi pasado, Gabrielle. ¡Esta gente necesita mi ayuda! Se trata del bien supremo.

Sus explicaciones cayeron en oídos sordos, pues Gabrielle contestó con rabia:

—¡Me importa un bledo el bien supremo!

Las dos mujeres se quedaron mirándose en silencio, enzarzadas en un titánico enfrentamiento de voluntades. El aire crepitaba por la intensa energía que se cruzaba entre ellas.

Cuando la bardo habló por fin, su voz sonaba engañosamente tranquila, como el ojo de un huracán.

—Xena, en una ocasión dijiste que para todo el mundo hay algo que está por encima del bien supremo. —Cerró la distancia que había entre las dos—. Dijiste que para ti eso soy yo. Pues eso es lo que tú eres para mí. —Cogió una mano enguantada con la suya—. Xena, me da igual el bien supremo si eso significa que voy a tener que verte morir. No quiero volver a hacerlo.

En la voz de la guerrera resonó una falsa esperanza.

—No sabes si va a ocurrir eso...

Gabrielle la interrumpió.

—No me mientas, Xena. Este plan tuyo no podría ser más suicida si te plantaras delante de ese ejército y dejaras caer la espada. Te conozco desde hace muchos años. Y veo que ya has decidido que no vas a salir de ésta. ¡Si creyeras otra cosa, no estarías manteniéndome a raya como llevas haciendo los últimos tres días!

Xena estudió los ojos verdes, tratando de comprender a la bardo.

—¿Y qué querrías que hiciera?

—¡Huir! —Volvió a llenarse de lágrimas.

Xena suspiró ante las lágrimas de su amor, que le abrasaban el corazón. Abrazó a la rubia tratando de consolarla. Susurró con pena:

—Sabes que eso no puedo hacerlo.

El cuerpo entero de Gabrielle se puso rígido cuando el dolor le inundó el alma. La desesperación y el dolor amenazaron con sofocarla por su intensidad. Como una persona debatiéndose desesperada contra una corriente, atacó a lo único que intentaba contribuir a salvarla.

Gabrielle puso las manos en el pecho de Xena y apartó de un empujón a la guerrera con todas sus fuerzas. Entre lágrimas, le gritó a la mujer que amaba:

—¡Vete de aquí! ¡Aléjate de mí!

Xena avanzó un paso.

—Gabri...

—¡He dicho que te vayas! —El rostro de Gabrielle estaba contraído de dolor y rabia—. Si tantas ganas tienes de morir, ¡desaparece de mi vista! —Dio la espalda a la Princesa Guerrera—. No quiero volver a verte.

Gabrielle no podía respirar con el pecho oprimido por las olas de desesperación que se estrellaban contra ella. Sentía que iba a vomitar. Se le doblaron las piernas y cayó de rodillas al suelo del bosque. Se apretó el estómago con los brazos e inclinó la cabeza y los hombros hacia el suelo. Sus lágrimas cayeron a la hierba, mientras sollozaba en silencio.

Xena nunca se había sentido tan desgarrada por dentro. Las almas de cuarenta mil personas la llamaban pidiendo clemencia mientras su bardo estaba de rodillas ante ella sumida en el dolor.

La guerrera interior sofocó las emociones rebeldes una vez más y Xena se dio la vuelta. Dio un paso hacia el campo de batalla y se detuvo en seco. Ante ella, veía otro lugar. Lo reconoció de inmediato como el punto donde había decidido oponer resistencia por última vez. La guerrera veía la realidad que tendría lugar al cabo de unas horas.


Había cuerpos de hombres amontonados por todas partes. La sangre convertía el suelo en un barrizal y corría en riachuelos colina abajo. Xena vio a su bardo trepar por encima de los cadáveres para acabar deteniéndose ante uno.

La rubia bajó la mirada y cayó de rodillas con un grito desgarrador de negación. Cogió el cuerpo sin vida entre sus brazos, sollozando y gritando su desafío a los dioses una y otra vez. A ojos de Xena, el cuerpo inerte era prácticamente irreconocible. El cadáver estaba cubierto de innumerable cortes y la armadura colgaba hecha pedazos. La sangre había teñido la piel y el pelo de un intenso color rojo. Xena miró con más atención cuando la visión de la bardo apartó un mechón de pelo ensangrentado de esa cara horrible. Unos ojos azules sin vida miraban al cielo.

Xena vio gemir a la bardo de su visión. Una mano temblorosa acarició la mejilla que estaba cortada desde la comisura de la boca de la guerrera hasta la oreja. Xena no se daba cuenta de que las lágrimas le caían de los ojos sin parar al ver a Gabrielle besar la boca destrozada de su amor. El cuerpo de Xena empezó a temblar cuando Gabrielle hundió la cara en el cuello medio cercenado de la guerrera sin importarle la sangre. La bardo no paraba de mecerse.

De repente, la Gabrielle de la visión de Xena agarró la katana de la guerrera. Se levantó de un salto, gritando y acuchillando a los soldados muertos. Tras una aparente eternidad, a Xena se le puso el corazón en un puño al ver que la bardo volvía la katana contra sí misma. En lugar de caer sobre la espada, como Xena temía, Gabrielle se hizo unos profundos cortes de duelo en la parte superior del brazo. Luego se arrodilló, cogió a la guerrera entre sus brazos y volvió a mecerla, susurrando "Te quiero" una y otra vez.


En realidad, la visión tardó apenas unos segundos en desarrollarse ante los ojos de Xena. Pero esos segundos bastaron para destruir las murallas que había construido en los últimos tres días. El grado de dolor que iba a sufrir su amor en el futuro atravesó esas barreras como si fueran telarañas. Se volvió hacia Gabrielle y vio que la espalda de la bardo se estremecía por los sollozos.

En silencio, se acercó a la bardo por detrás y cayó de rodillas. Echó su cuerpo sobre el de Gabrielle y la rodeó dulcemente con los brazos. Entre lágrimas, Gabrielle gimió:

—Vete...

Xena hundió la cara en el pelo rubio y susurró:

—No puedo. —Oyó una pausa en los sollozos debajo de ella y abrazó a la bardo con más fuerza—. No te voy a dejar.

Agarrando los hombros que tenía delante, Xena dio la vuelta a Gabrielle. Con dos dedos, levantó la barbilla de la bardo hasta que sus ojos se encontraron.

—No quiero que nuestras últimas palabras sean palabras de rabia. —Las dos lloraban cuando Xena susurró—: Gabrielle, tú eres más importante para mí que compensar mi pasado. No quiero dejarte y no quiero morir hoy.

Xena besó a su amor una vez y luego Gabrielle sollozó en su hombro. Se quedaron abrazadas hasta que el dolor fue cediendo.

Por fin, Gabrielle sorbió y se apartó del hombro en el que estaba apoyada. Sacudió la cabeza y suspiró.

—Dioses, cuánto deseo huir de aquí, pero... no podemos.

—¿Pero no era eso lo que querías?

Gabrielle se secó los ojos.

—Así es, Xena. Quiero que estés a salvo. Pero ninguna de las dos podría vivir consigo misma si abandonamos a esa gente sin esperanza.

Xena meneó la cabeza.

—Gabrielle, no creo que ahora pueda hacerlo. No puedo volver a controlar estas emociones y caminar hacia la muerte hoy.

La bardo bajó la cabeza y luego volvió a alzarla con el ceño fruncido por una idea repentina.

—¿Qué?

Gabrielle habló con un leve destello de esperanza.

—Tal vez haya otra manera de impedir que la ciudad caiga en manos de Yodoshi. Una manera que nos dé a las dos una posibilidad de sobrevivir a la batalla.

Los labios de Xena se curvaron en una ligera sonrisa.

—Oigámosla, bardo.


Dos guerreras intentaban recuperar el aliento mientras contemplaban la ciudad. Todos los edificios estaban envueltos en llamas. El ejército y su fantasmal comandante habían sido destruidos. La ciudad se había librado de las garras de Yodoshi, porque Xena y Gabrielle la habían incendiado. Sin embargo, las almas inocentes de sus habitantes se habían salvado y se pondrían a reconstruir sus hogares en cuanto se hubieran apagado las llamas.

Gabrielle se volvió hacia la alta guerrera.

—Higuchi se ha salvado.

Xena contempló las llamas que subían hacia el cielo nocturno. Habló por encima del ruido del fuego.

—No es exactamente como lo habría hecho yo, Gabrielle. —Miró a la bardo y sonrió—. Pero vaya si ha funcionado.

Gabrielle sonrió al oír el elogio indirecto. Clavó un dedo en el pecho de su amante, diciendo:

—Y las dos hemos sobrevivido.

Xena echó el brazo por los hombros de la bardo y emprendió el camino para salir de la ciudad.

—Pues sí.


FIN


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