Mi corazón seguirá adelante

Paully Adams



abbaspice1@aol.com
Xena, Gabrielle y cualquier otro personaje que aparezca en la serie de televisión real son propiedad de MCA/Universal y Renaissance Pictures; sólo los tomo prestados para este relato. Gracias por escribir/crear dos de los mejores personajes que he tenido el honor de ver en mi vida. El resto del relato es mío.
Aviso de episodios revelados/cronología: El relato ocurre después de Una amiga en apuros 1 y 2.
SUBTEXTO: Sí, está ahí, y sí, es auténtico subtexto. Yo sé lo que creo (¡que están casadas, hombre!)... pero con independencia de lo que creáis vosotros, creo que os gustará el relato.
AVISO DE PROFUNDA ANGUSTIA

Título original: My Heart Will Go On. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Allá donde vayas, estaré a tu lado.

Sabía que dirías eso.

Dije eso con una sonrisa en la cara y dolor en el corazón. Ni siquiera estoy segura ya de que me prometieras de verdad que estarías a mi lado o si mi mente me jugó una mala pasada.

Pensé que podría hacerlo. Pensé que podría vivir sólo con tu espectro. Intenté ser fuerte, intenté ser lo que tú querías. Pero ser estoica nunca fue lo mío. Toda la rabia, todo el dolor, toda la tristeza no tardaron en abrirse paso hasta la superficie. Pero a medida que pasaban los días y los combates, también perdí esas emociones.

Fui a la tierra de los faraones, como habíamos hablado. La paz no tardó en ocupar los territorios por los que viajaba. Qué ironía. Era capaz de llevar la paz a los territorios, pero no era capaz de encontrarla en mi alma. Sin ti no.

Pero tú seguías ahí, al menos eso es lo que me decían mi corazón y mis sueños. Por las noches te veía: la Princesa Guerrera fuerte y poderosa, cabalgando a la batalla. Y en ocasiones te me aparecías sólo como Xena: la mujer a quien yo quería y adoraba, la mujer con quien hacía planes de futuro. Un futuro que nunca llegó a hacerse realidad.

A la luz del día, creía sentirte a mi lado. Aunque la cabeza y los ojos me decían que habías muerto en aquella tierra lejana llamada Japa. Y sin embargo, esos mismos ojos y el corazón me decían que estabas justo a mi lado. A lo mejor era por el sol del desierto.

Las emociones que ocultaba al mundo se liberaban en el campo de batalla. Al poco, ya ni siquiera las tenía: sólo vacío y soledad. E intenté ahogarlos como mejor pude. ¿Quién habría pensado que acabaría cogiéndole gusto al oporto?

Y entonces ocurrió. En el aniversario de tu... de nuestra separación. Él estaba demasiado dispuesto y yo estaba demasiado borracha para que me importase. Pero por alguna razón era alto, de piel olivácea, el pelo oscuro como la medianoche y los ojos claros como el cielo. No recuerdo gran cosa de esa noche, salvo que grité tu nombre y luego me eché a llorar.

Lo dejé allí, sumido en su sueño alcohólico. Yo estaba demasiado sobria en ese momento. No sé por qué, pero sentía que te había traicionado. Y entonces llegó la rabia, una rabia que no sentía desde hacía muchísimo tiempo. Estaba furiosa conmigo, contigo, con todo el mundo.

Y odiaba. Te odiaba a ti por haber entrado en mi vida, por volvérmela del revés, por quererme, por elegir el Bien Supremo antes que a mí. Me odiaba a mí misma por seguirte, por quererte, por ser la que había sobrevivido.

Estuve cabalgando durante lo que me parecieron días enteros. Cabalgué hasta que me puse enferma, y seguí cabalgando. Cabalgué hasta que el dolor me atravesó las piernas, y seguí cabalgando un poco más. Cabalgué hasta que las piernas se me quedaron insensibles. Y entonces recé para que la insensibilidad se apoderara de todo mi ser. Pero nadie me escuchaba.

Al cabo de una luna, llegué por fin a mi destino. No le dije a nadie que estaba en el pueblo. Sólo quería quitármelo de encima, cumplir esa última promesa que todavía no había cumplido, la que te había hecho tantos años atrás.

Saqué con cuidado la urna de la alforja y entré en el panteón familiar. Presenté mis respetos a Liceus y Cirene una vez más antes de llevarte a tu sitio. Al ver las flores frescas en sus sarcófagos, supe que Eva debía de estar en el pueblo.

Coloqué tu urna y luego me quité la ropa de cuero, los sais y los brazales. Puse todas mis cosas es un rincón. Me invadió una extraña calma. Me pregunté cómo te sentías aquel día, el día en que renunciaste a la esperanza y enterraste tus cosas antes de salvar a las chicas de mi aldea. Me pregunté si sentías la misma nada que yo.

Todo estaba en su sitio. Miré el chakram y luego recorrí el panteón con la vista. Lanzarlo no serviría de nada: volvería por instinto a mi mano. Estiré el brazo izquierdo y sujeté el chakram con la mano derecha. El afilado borde me produjo una sensación fría en la muñeca.

Y entonces llegó ella. Nunca había visto una furia tal en sus ojos. Me quitó de un golpe el chakram de la mano y se puso a zarandearme. Luego me abrazó estrechamente. Cuando me quise dar cuenta, ya no estábamos en el panteón.

Intentó hablarme, gritarme. Y luego se echó a llorar. Alargué la mano y atrapé una lágrima. Hacía muchísimo tiempo que no hacía algo así.

Me agarró las manos y me dijo que no podía acabar con todo.

¿Por qué no? Durante más de un año, me había limitado a hacer como que vivía, sin estar viva. No quería seguir haciéndolo. No había razón alguna para seguir.

Dijo que todavía tenía mucho amor y mucha vida por delante. Pero ella no sabía que yo estaba maldita. Todas las personas a las que había querido me habían sido arrebatadas. Las Parcas esperaban a que hubiera entregado mi corazón por completo, esperaban a que me atreviera a soñar con un futuro lleno de esperanza y promesas en lugar de uno lleno de muerte prematura y desesperación, y entonces me daban el mazazo más grande. No, no podía decir nada que pudiera hacerme cambiar de idea ni de camino.

—Tienes que vivir por tu bebé.

¿Había dicho “bebé”? Retrocedí espantada. No lo quería. Me daba igual. ¿Por qué yo? ¿Por qué ahora? ¡No, maldita sea! No podía. No me quedaba nada que dar.

Excepto rabia y miedo. Me temblaban las manos: de rabia, de miedo, de las dos cosas.

Me abrazó con fuerza, diciéndome que lo soltara todo. Yo no sabía si me quedaba algo que soltar.

Empezó despacio. Primero la lágrima silenciosa que dio paso a los violentos sollozos y luego al llanto desatado. No sé cuánto duró, pero ella me sostuvo todo el tiempo. Me quedé dormida susurrando tu nombre.

Esa noche tuve un sueño rarísimo. Te vi volando a lomos de un dragón, dando vueltas a mi alrededor mientras yo estaba en el suelo. Estábamos tan cerca que nos veíamos, cada una sabía lo que sentía la otra. Y por primera vez me fijé en que en tu cara había una expresión que nunca hasta entonces había percibido: liberación, liberación de la culpa. Entonces un caballo alado aterrizó junto a mí. Asentiste y me monté en él.

Nuestras criaturas nos llevaron a bailar entre las nubes. Entrábamos y salíamos a toda velocidad, haciendo que las nubes se desgajaran, se separaran para formar nuevos cúmulos. Tú volabas en lo alto mientras yo me lanzaba hacia abajo. Contemplamos nuestra labor, tú a un lado y yo al otro. Cada nube se había unido con otra, hasta que todas acabaron unidas, no como una sola almohada gigante, sino como una serie de nubes separadas pero unidas. Entonces me sonreíste y ascendiste volando a unas alturas como no había visto hasta entonces.

Me desperté llorando. Y una vez más, allí estaba ella para abrazarme y animarme a sentir.

Tenía que saber por qué. ¿Por qué le importaba? Me miró y sonrió.

—Porque cuando más necesitada de ayuda estuve, allí estabas tú. Eres mi amiga. Y el mundo necesita a alguien que sepa lo que es el amor auténtico.

Poco a poco, empecé a vivir de nuevo. Una parte de mí luchaba contra ello. Una parte de mí todavía lucha. Pero cada vez que el bebé me daba una patada o se movía, me resultaba un poco más fácil seguir adelante.

Sé que ves a la pequeña Cirena. Tiene el pelo un poquito más claro que el tuyo, y los ojos azules con motas verdes. Y su grito puede competir con el tuyo. Para cuando tenga diez inviernos de edad, estará harta de oír las historias de nuestras aventuras, de los dioses con los que a veces colaborábamos, contra los que a veces nos enfrentábamos, a los que a veces queríamos.

Sonrío al ver cómo intenta dar de comer a Cirena. Nunca me la imaginé como una madraza, pero cada vez lo es más. Me alegro de que me encontrara aquel día. Excepto tú, creo que nadie me entiende mejor. Al fin y al cabo, ella también perdió a su gran amor.

Es eso lo que más nos unió. Ella me enseñó que podía volver a vivir y amar.

Así que ahora Afrodita y yo estamos criando juntas a Cirena, tomándonos la vida día a día, dejando que nuestros corazones sigan adelante.

—Gabrielle
Bardo de Potedaia


FIN


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