Alfa y omega

Acid



Calificación:Para mayores de 13 años.
Notas: Fanfic de Xena, relación alternativa entre X y G, línea alternativa basada en La oferta (episodio 6, primera temporada).
Agradecimientos: Gracias a mi correctora, Sinick, por aceptar leerse este relato perteneciente a un mundo y a un estilo totalmente distintos de los que suelo escribir.
Resumen: La gente nunca se refiere a Xena por su nombre cuando Gabrielle la menciona de pasada, sólo como a “la Elegida” —¡¿εκλεκτο?!— en las pocas aldeas que visita en busca de comida o suministros.
(ac1d6urn@yahoo.com)

Título original: Alpha and Omega. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


La gente nunca se refiere a Xena por su nombre cuando Gabrielle la menciona de pasada, sólo como a “la Elegida” —¡¿εκλεκτο?!— en las pocas aldeas que visita en busca de comida o suministros. Entra en cada aldea al amanecer, observando a los hombres con atención por si ve señales de rabia u hostilidad, estudiando las calles por si se forman grupos de gente preparados para una emboscada con bieldos y hoces. A pesar de su atención, siempre le preocupa que alguien vea —o peor, que reconozca— a la figura inconspicua que la sigue en la sombra, con la espada desenvainada y el puñal en ristre ocultos bajo los pliegues del manto. Gabrielle no tiene que preguntar de quién es Elegida Xena. Es evidente.

—No creas en los dioses, Gabrielle —le murmura Xena al oído durante una de estas excursiones—. Los dioses no existen. Son mortales, hinchados de la arrogancia del poder. —Entonces Gabrielle se pregunta por qué, si Ares no es un dios, las guerras y los ataques locales continúan sin aparente fin. La idea de un mundo sin el control de una deidad que a veces preste atención a los sacrificios y las plegarias le resulta más terrorífica a Gabrielle que la idea del propio Ares, más terrorífica que la idea de que Xena sea la Elegida de Ares.

Xena es un ser feo, una bruta grande con mandíbula de hombre, el pelo negro como el carbón siempre suelto, sin trenzar, y ojos de pescado, de un azul desvaído y acuoso, en un rostro chupado. Carecen de compasión, como el último rastro de agua en medio del hielo invernal carece de calor. Incluso cuando están inyectados en sangre tras noches de insomnio, parecen incoloros y apagados.

Sus manos son grandes y cuadradas, manos de marinero, con las uñas rotas y dedos sorprendentemente ágiles. Manos endurecidas por los callos de puñales y espadas, y capaces de agarrar una flecha en el aire por el astil. Una mujer no debería tener manos tan ásperas ni antebrazos tan musculosos, como un mozo de cuadra o un herrero. Gabrielle se prueba un día el brazal de Xena y se le cae del brazo como el anillo de un hombre se le habría caído del dedo. Es tan grande que a Gabrielle le quedaría bien alrededor del cuello, si tuviera fuerza para abrir lo suficiente las anillas de cobre. Pero por otro lado, Gabrielle siempre ha sido un alfeñique, nada de especial. En casa, la hermana pequeña de Gabrielle, Lila, siempre fue la guapa y la afortunada: se casó la primavera pasada. Gabrielle a veces deseaba haberse casado también, pero Pérdicas nunca volvió de Troya y no tenía más pretendientes. Desde que Pérdicas se marchó a la guerra, siempre resultó demasiado rara, demasiado contestona, demasiado flaca o demasiado baja para el resto de Potedaia.

Xena no es un alfeñique en absoluto. Es por lo menos dos cabezas más alta que Gabrielle y es más alta que la mayoría de los hombres. Los que no se asustan por su estatura o su colección de armas no tardan en sentirse aterrorizados por su mirada afilada como un cuchillo. Terrorífica: ése era su aspecto cuando rescató a Gabrielle. Antes, Gabrielle quería ser amazona, pero ahora sabe que las amazonas son un cuento de viejas. Xena, sin embargo, es real: es lo más parecido a una amazona que ha visto Gabrielle en su vida, y una vez se lo dijo a Xena. Ésta la fulminó con la mirada y apretó los pesados puños, como hacía padre justo cuando estaba a punto de darle un golpe a algo o a alguien. Gabrielle se encogió, pero no hubo golpe.

No debería haber tenido tanto miedo de Xena al principio. Xena le permitió irse con ella, muy lejos de la monotonía de su pueblo, y ahora Gabrielle puede ver nuevos lugares como siempre quiso. Llevan media luna viajando juntas y Xena todavía no le ha puesto un dedo encima. Sólo su forma de comportarse o hablar a veces le recuerda a Gabrielle a su padre: toda esa rabia contra el mundo acumulada dentro a la espera de explotar en el momento más inoportuno. Gabrielle observa a la gente lo suficiente como para saberlo: una vez observó a su padre con disimulo durante los largos meses de invierno, cuando las tormentas los tuvieron a todos encerrados dentro durante semanas, y ahora observa a Xena, dirigiéndole miradas disimuladas de reojo todo el día, cuando piensa que Xena no la está mirando.

Gabrielle nunca ha visto a una mujer que tenga tantas cicatrices. Xena tiene una red de cicatrices en la espalda y los hombros, una trama de antiguas heridas en los brazos y los muslos. Tiene una en la cabeza, tapada por el largo pelo, y otra en la nuca. Si no tuviera la piel tan oscura, las marcas destacarían más, pero se funden con el bronceado sucio de su piel.

Las cejas de Xena son oscuras y muy perfiladas cuando las arquea, y su boca es siempre una línea fina, lo cual hace que sus pómulos parezcan mucho más afilados y la mandíbula cuadrada aún más grande de lo que es en realidad. La cara de Xena es impasible, siempre inexpresiva y a veces sardónica: no revela ninguna de sus emociones. Debió de cortarlas por lo sano un día por un ataque de frustración, como hizo con el flequillo desigual que le cae sobre los ojos.

Xena debe de ser vieja, pero no tiene ni una arruga en la cara morena, ni una sola cana en su espeso pelo negro, pero sus ojos... ah, sus ojos... a veces Gabrielle piensa que deberían ser los ojos de un viejo soldado veterano con el cuerpo mutilado tras guerras olvidadas, la clase de veterano cuyos repentinos susurros y gritos producen desazón porque parecen demasiado demenciales o demasiado proféticos.

Como un viejo veterano, Xena no ha puesto nombre a su caballo. Dice que los caballos mueren con demasiada facilidad en las batallas y que se habría quedado sin nombres para el Solsticio si hubiera puesto uno a cada uno de ellos. Este caballo en concreto lleva con ellas ya un tiempo, un inquieto caballo de color crema al que le vendría bien algo de comer, si alguna vez tuvieran comida de sobra. No es ningún secreto que a los tres les vendría bien comer más. El último año ha sido duro y aún faltan meses para la cosecha. Así y todo, siempre que puede Gabrielle le da una golosina que compra a los aldeanos: una ácida manzana verde, reseca, arrugada y marrón en el centro por llevar todo el invierno en el cobertizo.

De día, Gabrielle tiene muchas cosas que hacer, como caminar o cargar con el odre de agua, o localizar distintos marcadores al lado del camino por si alguna vez en el futuro tiene que moverse sola por la región. Pero por las noches, cuando termina su pequeña porción de tareas asignadas, se pasea inquieta junto a la hoguera hasta que es muy tarde o hace mucho frío, o a veces las dos cosas.

—Tú no sabes lo que quieres, ¿verdad? —le espeta Xena una vez cuando Gabrielle cree que llevaba dormida ya largo tiempo.

—Sí que lo sé —protesta Gabrielle—. ¡Lo sé! —Y se aparta de puntillas de las sombras crecientes para acercarse al lado de la hoguera correspondiente a Xena. La mira con cautela, pero Xena se limita a encogerse de hombros.

—Vete o quédate. A mí me da igual.

Gabrielle se queda. Se agacha entre la hoguera y el petate de Xena y observa su rostro como observa todas las cosas nuevas que se encuentran, con atención y cuidado, memorizando cada detalle para que dentro de muchos años sigan frescos en su mente. Se estremece y se coloca el pelo alrededor de los hombros: poca protección contra el frío. Pero su camisa azul de tela casera es demasiado fina para resistir el viento.

—Métete —suspira Xena por fin y aparta las mantas. Su chakram sale rodando del petate y se detiene a los pies de Gabrielle. Ésta recoge el arma y le pasa un dedo por el filo. Ni siquiera lo nota al principio, pero las gotas rojas se acumulan sobre la punta del dedo. Qué estúpida. ¿Cuántas veces le ha dicho Xena que tenga cuidado con eso? Demasiado tarde. Se chupa el dedo y frunce el ceño al saborear su propia sangre.

La noche es fría, y siempre le parece que alguien la observa desde las sombras y el silencio que acechan bajo las ramas retorcidas del bosque. De modo que se quita la pesada falda, se mete debajo de la manta de piel de cordero y se acurruca muy contenta junto al cuerpo cálido, como lo hacía con Lila cuando eran pequeñas: a salvo bajo las mantas, una buena protección contra la hidra malvada escondida justo debajo de la cama.

Xena la mira con su habitual dureza de rasgos y algo más: tal vez curiosidad, tal vez diversión bailando apenas en el rabillo del ojo.

—¿Por qué me seguiste?

—Porque me protegiste. —Gabrielle le da la respuesta aceptada: efectivamente, Xena la protegió, de su padre y de los bandidos—. Y porque tú también necesitas protección —añade antes de que le dé tiempo de cambiar de idea, sintiendo de repente la necesidad de ser franca y osada—. De ti misma. —Alarga la mano, sin llegar a tocar con los dedos la mandíbula de Xena, donde una cicatriz fina e irregular le recorre la cara a Xena desde la oreja hasta la barbilla. En cambio, Gabrielle aparta unos pelos rebeldes de la boca de Xena.

Xena gruñe y se aparta de la mano de Gabrielle.

—Yo no necesito protección —dice con una carcajada amarga que no termina de salir de sus labios—. Sólo dormir bien por una noche.

Ah, pero lleva más de una semana sin dormir bien y seguramente no dormirá bien durante muchas noches. Gabrielle nunca ha conocido a nadie que tenga tantas pesadillas. Sólo puede imaginarse los horrores que estas pesadillas pueden albergar. Sólo cuando Xena está dormida Gabrielle le ha oído murmurar el nombre de un dios, de un dios específico, y siempre es un nombre, sin títulos honoríficos y, desde luego, sin el respeto que se debe mostrar siempre en un cántico o una oración. Xena nunca ha mostrado el más mínimo respeto. Dice su nombre de la misma forma que diría el nombre de cualquier otra persona, igual que murmura “Gabrielle” a veces, con un tono claro y cortante, bajando las defensas por un instante, para refrenarse siempre bruscamente en la última sílaba.

Gabrielle deja la mano en el hombro de Xena, acariciándole la base del cuello con la yema de los dedos. Espera que sea suficiente para calmarla: eso mismo ha funcionado antes con el caballo de Xena, y a veces la propia Xena se parece demasiado a un potrillo inquieto, nervioso con el contacto humano.

—¿Cómo era —pregunta Gabrielle, con tono bajo y tranquilo—, ser la Elegida de un dios?

Xena guarda silencio, pero no aparta la mano de Gabrielle de su hombro y eso debe de querer decir que Gabrielle está haciendo algo bien. Cuando Gabrielle ya se ha convencido de que no va a obtener respuesta alguna, el sonido de la voz de Xena en sus oídos la sobresalta.

—Embriagador. Adictivo —dice Xena, y se queda mirando, con ojos vacíos, la amplia extensión de cielo morado que tienen encima—. Debilitante —añade con un mero susurro.

—¿Por qué? —pregunta Gabrielle, alzando la cabeza de la comodidad del pliegue del brazo de Xena, porque es algo que no comprende, que no ve en absoluto—. Tenías todo ese poder, más del que podría esperar cualquier mortal.

Xena estrecha los ojos y los clava en Gabrielle con una mirada resuelta y brutal. Nunca hasta ahora Gabrielle se había dado cuenta de que la falta de emoción puede quemar tanto como la pura rabia. Y sin embargo, Gabrielle sabe que la mirada que Xena se reserva para sí misma, que dirige a su reflejo siempre que lo ve, es aún más vacía y brutal.

—Renuncié a todo lo que tenía por una ilusión de poder. Al menos una vulgar puta obtiene algo por su esfuerzo, y eso es precisamente lo que soy yo.

¡No! ¡No lo es! Xena es demasiado fuerte y demasiado orgullosa para echarse y aguantar lo que le hagan. Ningún hombre debería poseerla jamás, ni siquiera un dios. Un dios menos que nadie. A veces Gabrielle piensa que ningún ser del mundo debería padecer la maldición de ser poseído por una deidad, porque el afán de los dioses por poseer y conquistar supera todos los deseos humanos y echa a perder el alma humana hasta que es imposible reconocerla.

Xena puede ser sólo un monstruo o una asesina para el resto del mundo, pero ahora mismo, con el cuerpo tenso junto a Gabrielle, es muy fácil ver a Xena como a cualquier ser humano, desde luego no como a la bestia que los aldeanos no paran de describir en sus disparatadas fábulas.

Pero siempre hay un animal salvaje oculto bajo las serenas facciones de Xena y Gabrielle nunca olvida lo poco que separa a Xena de los animales creados por los dioses con un único propósito: acechar a su presa, cazar y matar. Siempre tiene esta sensación en presencia de Xena, una sensación divina y primitiva: una fuerza que es antigua y verdadera, y terrorífica en su intensidad, que postró de hinojos a muchos hombres hechos y derechos, antes de que la batalla... no, la caza, hubiera terminado y Xena los asesinara uno a uno.

Gabrielle debería sentirse asqueada o indignada, pero ahora mismo sólo quiere proteger a Xena. Quiere mantenerla a salvo, aunque eso suponga protegerla de los dioses, de los aldeanos furiosos y, sobre todo, de sí misma. Y es una estupidez de idea, porque ¿qué puede hacer una chica como Gabrielle aparte de hartar a todo el mundo a base de hablar? Es débil y no puede detener a las muchedumbres airadas, como no puede detener la interminable brutalidad de la conciencia despiadada de Xena.

No. Gabrielle le dará todas las vueltas que quiera más tarde, pero no ahora. No ahora que las manos de Xena, de dedos largos y nudillos perpetuamente ásperos, se levantan y se deslizan torpemente hasta detenerse en el hombro izquierdo de Gabrielle y su cintura. Gabrielle toma aliento para calmarse y la mano de Xena sigue sobre su estómago justo encima de la cadera, un peso cálido y sólido separado únicamente por la fina capa de tela. Una idea frenética surge de algún sitio: si Xena decide bajar también la otra mano y la coloca sobre la cintura de Gabrielle, seguro que los pulgares y los índices podrían rodearla y juntarse sin dificultad, de lo delgada que debe de parecer ahora su cintura, con lo tenso que tiene el abdomen y con todo ese aire atrapado en los pulmones.

Pero es la sensación de los dedos de Xena al rozar su piel desnuda justo por encima del cuello de su camisa lo que le provoca escalofríos a Gabrielle por la espalda y le hace olvidar todas sus reflexiones. Respirar vuelve a ser normal entonces, y debe de ser el calor inesperado de los dedos de Xena, o la cautela inusitada de cada uno de sus movimientos, o la ternura, cuando Gabrielle se esperaba brusquedad, o todo ello al mismo tiempo, lo que despierta un ansia desconocida en el interior de Gabrielle: un nuevo deseo, cálido, salvaje e intenso como un incendio forestal descontrolado.

Al principio, el tacto de Xena es dolorosa y maravillosamente vacilante, como siempre que Xena toca cosas frágiles que no quiere romper. Pasan los segundos y ahí sigue, rozando apenas el borde de sus sentidos, y de repente, Gabrielle se da cuenta de que ya no puede soportar el peso doloroso de esa ternura, de modo que pega su boca a la de Xena e intenta no pensar en lo que podría significar. Su mundo entero explota y se derrumba, pero Gabrielle aguanta y encuentra el camino en medio de la confusión, y sus dedos se deslizan por el gastado cuero oscuro y la piel desnuda, buscando al tacto, por puro instinto, mirando a los ojos a Xena y viéndose reflejada en ellos.

Xena se arquea bajo sus caricias y está caliente y húmeda y esa humedad se pega a la mano de Gabrielle y hace que le escueza el corte del dedo índice, pero no puede parar ni un segundo, porque Xena está ahí mismo, temblando contra sus dedos, deshaciéndose ante sus ojos, desvalida y aferrada a ella, y es como un milagro, un momento precioso, puro y maravilloso que hace que vivir merezca la pena: da un nuevo propósito a la existencia de Gabrielle, la convierte en algo importante y la hace digna de estar en el mundo.

Los dedos de Xena no tardan en volverse casi crueles al aferrarla con frenesí, sin control. Echa la cabeza hacia atrás soltando un grito grave y ronco, y los tendones del cuello se le tensan tanto que duele mirarlos. Pero Gabrielle no puede evitarlo. Se queda mirando la cara de Xena, que de repente se transforma y pasa de ser una cruda máscara sin vida a un rostro humano y real, lleno de sensación, emoción y un deseo inexpresado. Gabrielle la mira a los ojos abiertos de par en par y por primera vez advierte una chispa de azul vibrante en ellos, algo que no está muerto ni seco y ajado, y la imagen es tan vívida en su belleza indómita y expresiva que en ese momento Gabrielle se convence por fin de que un día, hace mucho tiempo, como cualquier otra persona del mundo, Xena también fue un ser humano con sus propios sueños.

Cuando Gabrielle era pequeña, su madre le contaba una historia sobre las almas gemelas. Su madre dejó de contársela cuando Gabrielle cumplió los seis años y pasaron a los otros temas de la infancia, más corrientes —los que no dejaban a su madre hecha un mar de lágrimas— pero Gabrielle aún recuerda esta historia en concreto. Decía que al principio las personas fueron creadas como seres que tenían dos cabezas y ocho extremidades y que luego los dioses furiosos las dividieron en dos y que desde entonces vagan por el mundo para encontrar la mitad que les falta. Gabrielle comprende ahora mejor que nunca la necesidad de fundirse en un solo ser. Es una cosa torpe y confusa y cautelosa y se trata de moverse a ciegas bajo las mantas en la oscuridad y no se parece en nada a lo que ella pensaba, pero ahora que sabe lo que se siente, no puede evitar desearlo, pero no se atreve a pedirlo, porque Xena está por fin en paz, tumbada y totalmente quieta debajo de Gabrielle, respirando con calma y regularidad, y sólo sus largas pestañas oscuras se agitan de vez en cuando.

Aunque después de esta noche pasen otras mil, piensa Gabrielle, así es como la recordaré siempre: la Elegida de la Guerra, en paz. Por fin.


Las cosas han ido mejorando poco a poco. Gabrielle no quiere acelerar ese progreso, la mayor parte del tiempo ni siquiera piensa en ello por temor a gafarlo. Xena le puso el nombre de Argo a su caballo la semana pasada y Gabrielle ha intentado volver a escribir. Apuntó el alfabeto completo en un trozo de pergamino para ver si aún lo recordaba bien. Hace años que no escribe: alfa, beta, gamma... Después, escribió el nombre de Xena en el mismo pergamino, utilizando la serie de símbolos irregulares y torpes como referencia. A la mañana siguiente Gabrielle vio que en el pergamino también estaba su nombre, pero Xena no reconoció haber tocado el pergamino o la pluma improvisada. El uno al lado del otro, sus nombres se parecían un poco a las firmas de una especie de tratado.

Gabrielle piensa que últimamente Xena bien puede ser su alfa y omega. Siempre está ahí cuando Gabrielle se despierta y siempre está ahí cuando se queda dormida: una presencia lúgubre, sombría y silenciosa, una desconocida ahora familiar envuelta en una capa con las armas preparadas y los ojos compulsivamente atentos a los posibles peligros de la oscuridad.

Tal vez sí que fue un tratado, un contrato difuso pero importante, porque Xena duerme mejor con la cabeza apoyada en el hombro de Gabrielle, y por la mañana se despiertan con el pelo enredado y los brazos y las piernas entumecidos y hormigueantes, pero todavía entrelazados, aferradas desesperadamente la una a la otra en busca de calor y compañía: de la sensación de estar completas. Xena habla más, y no sólo para dar instrucciones con frases concisas y cortantes, y Gabrielle se está acostumbrando a pasar las noches sobre el suelo duro e irregular y a cocinar en la hoguera. Está contenta. Incluso se podría decir que Gabrielle es feliz. No sabe cuánto durará su nueva felicidad —hasta que llegue el próximo invierno, o hasta que el siguiente aldeano oculte un puñal a la espalda, o hasta que la concentración de Xena no baste para refrenar su rabia silenciosa, para detener sus puños antes de que golpeen algo, un árbol, a una persona, a Gabrielle— pero por ahora Gabrielle está contenta. Pasa los días fantaseando y riendo por cualquier detalle insignificante, pasa las mañanas desenredando la melena salvaje de Xena de la suya y recogiendo el pelo de Xena en una trenza, y pasa las noches descubriendo lo que se siente al pertenecer a alguien: y no se parece en nada a lo que se esperaba, y es todo lo que jamás pensó que iba a querer en la vida.


FIN


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