Muerte en buena compañía

Temora



Descargo: Gabrielle/Xena son propiedad de Renaissance Pictures. El relato y los demás personajes son míos.
Contenido: Algo de lenguaje malsonante, alguna descripción bastante desagradable (eso me han dicho) de las consecuencias de un accidente, y un moderadísimo y delicado subtexto. Esta historia ocurre hacia el final de la Temporada 3.
Gracias: Mucha gente me ha ayudado con este relato y seguramente no lo habría terminado sin ellos. Así que a BlindzonElyzon, Mary Morgan, Lariel, Kam, Georgia y la buena gente del Bardic Circle... ¡mi más profundo y sincero agradecimiento! Cualquier comentario se recibe con agradecimiento y se responde siempre en: temoram@yahoo.co.uk

Título original: Quality Dying Time. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2009


Premio Swollen Bud


En lo primero que pensó Xena, como siempre, fue en Gabrielle.

Lo asombroso, dadas las circunstancias, fue que no pensara primero en el dolor agónico de sus piernas ni en los calambres desgarradores que le subían por la espalda y los hombros y le bajaban por los brazos. Ni se paró a pensar, aunque sólo fuera un segundo, en que parecía tener el pie izquierdo aplastado, o en que le caía tanta sangre por la cara que notaba su calor acumulado en el hueco de la garganta. No, era Gabrielle lo que la preocupaba, y con motivo.

El desprendimiento de rocas las había pillado a las dos por sorpresa. Uno más de esos momentos extraños que sazonaban su vida con el material del que nacían las pesadillas. Otro accidente más de verano, otro posible encuentro mortal con los elementos.

Una historia más para los pergaminos, Gabrielle, gimió la guerrera en silencio al tiempo que sacudía la cabeza para quitarse el escozor del polvo de los ojos. Mil piedrecillas cayeron poco a poco de su pelo, rodando por sus mejillas y su frente. Al ver que no le mejoraba la vista, lo intentó de nuevo, para descubrir que lo que la obligaba a parpadear tanto no era el polvo: era la sangre reseca. Genial.

Milagro de milagros, había acabado boca arriba. Intentó incorporarse y descubrió que no iba a conseguir nada por el estilo, al menos de momento. Aunque hubiera estado libre hasta la cintura, que no era el caso, la roca que tenía encima de las piernas garantizaba que no pudiera moverse ni un centímetro en ninguna dirección.

El instinto le dijo con exactitud dónde yacía Gabrielle, igual que el instinto le dijo que no iban a conseguir salir de ésta tan fácilmente. Estas rocas eran grandes. Muy grandes.

Xena tosió y carraspeó, y el ruido áspero quedó atrapado en las rocas con ella.

—¿Gabrielle? ¿Gabrielle?

No hubo respuesta y, mientras el polvo se posaba, Xena se permitió sucumbir al dolor insistente. Sólo por un instante, el tiempo suficiente para dominarlo. Durante ese instante, se le aceleró la respiración y rechinó los dientes, pero tras ese instante, se calmó. Se concentró. El dolor había quedado relegado al interior de su otro yo oscuro: el que no salía a la superficie sin permiso.

Y así, tosiendo ligeramente, lo intentó de nuevo, sin permitir que se le notara el pánico en la voz.

—Gabrielle, ¿me oyes? —Gabrielle, contéstame... vamos, por favor...

Un quejido atravesó la capa polvorienta de aire.

—¿Xena?

—Como siempre, ¿no? —Gabrielle estaba viva. Gracias a los dioses.

—Sí, por desgracia —fue la apagada respuesta, seguida de una tos seca.

Xena sonrió, parpadeó de nuevo y notó que la capa de sangre seca que tenía en los párpados se resquebrajaba en escamas.

—¿Estás bien?

—No... no lo sé —contestó Gabrielle, con tono distante y apagado—. Creo que sí. ¿Y tú?

—Viviré —replicó la guerrera escuetamente, con un respingo de dolor cuando su pie izquierdo derrumbó sus defensas por un instante. Unos días, al menos—. ¿Algo grave?

Hubo un breve silencio y por primera vez Xena distinguió a su compañera a través de la neblina. Estaba tumbada de lado, de cara a la guerrera, a menos de un brazo de distancia. Tenía un brazo estirado por encima de la cabeza como haciendo un saludo dolorosamente dislocado, y el resto de su cuerpo estaba medio oculto por las piedras y la arena que había entre las dos. Tenía los ojos cerrados con fuerza y le manaba sangre de una raja que tenía en la cabeza.

Gabrielle dijo con un hilito de voz:

—Creo... creo que tengo el brazo roto.

El alivio de la guerrera le supo a metal en la boca. Todas esas rocas...

—¿Eso es todo? ¿Qué tal la cabeza?

—¿Por qué?

—Estás sangrando.

—¿Sí?

—Sí, abre los ojos.

Otra tos seca y los ojos cubiertos de tierra siguieron cerrados.

—Ah... no... no, aún no... me duelen un poco. ¿Xena? ¿Está nevando?

Xena guiñó los ojos, confusa.

—No, es sólo polvo del despeñadero. Parará pronto. ¿Qué más te duele?

—Tengo frío...

A Xena le dio un vuelco el corazón en el pecho y sus ojos recorrieron rápidamente las rocas que las sujetaban a las dos al suelo. Dos pequeñas palabras, muchísimas razones para sentir pánico. Si Gabrielle tenía frío, eso quería decir que estaba perdiendo sangre, y si estaba perdiendo sangre, eso quería decir... Maldición.

Su tono se hizo más insistente.

—Gabrielle, ¿qué más te duele? —La bardo tosió de nuevo y esta vez Xena oyó un gorgoteo que le salía del fondo de la garganta—. ¿Qué más?

—El costado. Creo. Hay algo... —Se quedó sin voz al sufrir un nuevo ataque de tos. Cuando se le pasó, el polvo no era lo único que le quitaba el color de la cara—. Dioses...

—Aguanta ahí, ¿vale? ¿Vale, Gabrielle? —Xena estaba tirando frenética de su brazo derecho. Pasito a paso, Xena, pasito a paso. Mueve los dedos. Hecho. Vale, dobla la mano. Hecho. Vale, tira hacia tu cuerpo. Ay. Medio hecho. No lograba pasar del todo la muñeca por el estrecho hueco que había entre las dos rocas. Tiró...

—Aguanta un segundo, Gabrielle, estoy...

—Creo que tengo las piernas libres...

La guerrera se encogió.

—Yo no. Pero ya casi he... aaayy... espera un... ¡Sí!

Se le soltó la mano con un crujido húmedo y, mientras se la sujetaba contra el pecho, supo sin mirar que tenía los nudillos abiertos hasta el hueso. Los nudillos no tardaron en unirse a su otro yo, cada vez más machacado y del que se preocuparía más tarde. Xena se quitó unas cuantas piedras más pequeñas del pecho y del cuerpo, luego lo dejó y alargó la mano hacia su amiga.

—¿Estás bien, Xena?

—Sí —le aseguró la guerrera con una calma que no sentía—. No te muevas. Voy a intentar quitarte algunas piedras de encima. ¿Vale?

Gabrielle asintió, moviendo apenas la cabeza.

—Vale.

Cinco minutos después, la guerrera había conseguido apartar los trozos más pequeños de piedras que había entre las dos y ahora se ocupaba de una piedra más grande pegada a la curva del estómago de Gabrielle.

Una brusca inhalación fue el único aviso que tuvo Xena.

—¿Te duele?

—Un poco. —La forma en que Gabrielle rechinaba los dientes contradecía sus palabras. Respiraba superficialmente, con los ojos aún cerrados. Un corte que tenía en la frente destacaba claramente marcado sobre su piel blanca, y por un instante Xena se descubrió horriblemente fascinada con la sangre pegada al pelo de la bardo.

Dejó que su mano apretara suavemente el hombro de Gabrielle.

—Sólo esta última, luego descansaré y tú también podrás descansar, ¿vale?

—Claro.

A Xena no le pasaron desapercibidos ni la mandíbula apretada ni el ligero movimiento de la garganta de Gabrielle.

—Me daré toda la prisa que pueda, ¿vale?

—Lo sé.

—¿Lista?

—Sí, hazlo de una vez, ¿quieres?

De un empujón, Xena apartó de la bardo la piedra de buen tamaño, rechinando a su vez los dientes por la nueva acometida de dolor que esto le provocó en los músculos desgarrados del estómago. Se le fue la cabeza y, por un momento, ni siquiera se dio cuenta de que Gabrielle gimoteaba por lo bajo.

—¿Gabrielle? ¿Qué...? —Y entonces lo vio, y se quedó sin voz.

Gabrielle tenía una raja abierta en el costado. De un palmo de longitud, estaba incrustada de tierra y arena, y de ella manaba sangre a un ritmo desquiciantemente lento, pero inexorable. Gabrielle estaba ahora más que pálida, casi azulada, y Xena tuvo que morderse el labio para contener una exclamación de horror.

—¿Gabrielle? Gabrielle, escúchame.

—Duele...

—Ya sé que duele, lo sé, pero tienes que escucharme, ¿vale?

—Vale.

—Concéntrate en mi voz.

—Sí. —La propia voz de la bardo empezaba a ser más fuerte, más firme.

—Bueno, pues tienes un pequeño arañazo.

—Tú siempre tan optimista —dijo Gabrielle riendo por lo bajo, y luego se ahogó un poco.

—Un pequeño arañazo —insistió Xena tercamente—, pero te pondrás bien. ¿Vale? Necesito que me digas una serie de cosas. ¿Puedes hacerlo?

—Me duele, Xena. No soy tonta.

Ahora fue Xena la que se rió débilmente.

—Te veo el brazo izquierdo. ¿Dónde tienes el derecho?

Gabrielle arrugó la frente.

—Detrás de mí. Bajo unas piedras.

—¿Puedes moverlo?

Gabrielle gritó levemente al intentar obedecer, y Xena advirtió que el movimiento había hecho que la herida sangrara más.

—No me parece. No me duele, pero lo tengo atrapado...

Genial. El brazo libre roto, el brazo sano atrapado.

—¿Y las piernas?

—Tengo algo en la izquierda... no creo que pueda... pero la pierna derecha la tengo libre. —Como para demostrarlo, Xena oyó un leve roce que salía de detrás de las rocas que le impedían ver la parte inferior del cuerpo de la bardo—. Sí... está bien. La puedo mover un poco. Tengo algo en el tobillo...

—Vaya, pues las dos juntas hacemos casi una persona entera —bromeó Xena, y enseguida lo lamentó. No era momento para chistes—. Gabrielle, si no abres pronto los ojos, la sangre se va a petrificar y no podrás.

—Vale... dame un segundo. ¿Ya no hay polvo?

—Casi nada.

Gabrielle, con cierto esfuerzo, logró abrir un ojo y se encontró con el rostro sonriente, magullado y cubierto de sangre de su mejor amiga.

—Vaya, hola, preciosa —graznó débilmente, y tosió—. ¿Qué hace una chica tan guapa como tú en un desprendimiento como éste?


—Gabrielle, te dije a la izquierda. No es culpa mía que no oyeras lo de izquierda. —Xena abrió la alforja de Argo y sacó un odre de cuero—. En cualquier caso, ya estás aquí, así que no importa.

—Claro que importa —refunfuñó la bardo, dejándose caer al suelo con un quejido—. He tenido que caminar seis leguas más de lo necesario para llegar aquí. Por supuesto que importa.

—A la derecha en el cruce, a la izquierda en el puente.

—Ay, basta —dijo Gabrielle, alzando una mano como protesta—. Basta. ¿De acuerdo? Déjalo. Estoy sorda. ¿Contenta?

—Eso es —sonrió la guerrera, mientras soltaba la silla y la bajaba al suelo.

Gabrielle, a quien le daba igual si Xena se dirigía a ella o al caballo, optó por dejar su vara a un lado y frotarse los pies con cara hosca.

Tenía que reconocer que era un lugar bonito. Desde el risco se dominaba casi todo el valle de Mantarus y el mar se veía como una cinta de plata en el horizonte. La pared del despeñadero que tenían detrás alcanzaba una altura increíble y, cosa asombrosa, su larga sombra no había impedido que brotaran las diversas flores silvestres entre las que ahora estaba sentada la bardo. A esta altitud, no hacía tanto calor, lo cual era probablemente una de las razones por las que Xena se había empeñado en acampar aquí arriba.

Miró a su compañera, que acariciaba a Argo y canturreaba suavemente por lo bajo.

—¿No vas a dejar que Argo se quede con nosotras esta noche?

—¿Por qué piensas eso? —preguntó la guerrera, tirando con descuido la manta de la silla al suelo. Gabrielle suspiró. Más tarde la doblaría y la guardaría y por la mañana Xena ni se fijaría.

—Porque estabas canturreando.

—No es cierto.

—Sí que lo es. Sólo le canturreas cuando la vas a dejar suelta —dijo Gabriellle con una sonrisa burlona—. Si no, es como una especie de... arrullo.

—Gabrielle, no estaba canturreando.

—Claro que sí.

—Y te aseguro que yo no arrullo.

—Por supuesto que sí.

Desde lo alto, oyeron una especie de rugido. Xena miró instantáneamente al cielo.

—¿Truenos? —preguntó la bardo, aunque el cielo era de un azul intenso y despejado.

—No —contestó Xena despacio—. Tal vez en la cumbre... ¿un desprendimiento?

—Da igual —dijo Gabrielle, con despreocupación—. Tengo razón, la vas a dejar suelta, ¿verdad?

Xena le puso los ojos en blanco y le dio una palmada cariñosa a Argo en el costado.

—Vete, chica. Encuentra hierba rica.

La yegua se alejó trotando obedientemente ladera abajo, pasando ante la satisfecha Gabrielle y sorteando las rocas caídas esparcidas por allí.

—Espero que no pierda una herradura —comentó la bardo.

—Ooh, mira quién se ha convertido en una experta en caballos de repente —se burló Xena sonriendo con sorna—. A lo mejor deberíamos conseguirte uno a ti.

—A lo mejor podrías irte canturreando a la...

Yo no canturreo.

—Y yo —anunció Gabrielle, estirándose y cruzando los brazos por detrás de la cabeza—, no cocino. Al menos esta noche. Estoy cansada.

Xena gimió.

—Oooh, vamos, Gabrielle...

—Claro, que siempre podríamos llegar a un acuerdo.

Siempre dispuesta a negociar, la guerrera se tranquilizó y se frotó las manos.

—¿Qué clase de acuerdo?

Los ojos de Gabrielle soltaron un destello.

—Siempre podrías arrullarme un poco... —El brazo de Xena se movió a la velocidad del rayo y la cara sonriente de la bardo quedó de repente tapada por la manta de Argo—. ¡Aaah! ¡Puaajj!

—¿Quieres la silla también?

—Que sepas que aquí debajo huele a ti —se oyó la voz en sordina de Gabrielle. Se incorporó y se quitó la manta de encima de un tirón.

—¿De verdad no vas a hacer la cena? —preguntó Xena, con un puchero tan infantil que Gabrielle no pudo evitar la carcajada.

—No tengo hambre —replicó con pereza, enrollando la manta para usarla como almohada.

El puchero aumentó.

—Yo sí.

Gabrielle sonrió burlona.

—Ya eres una guerrera mayor, puedes hacerlo tú.

Xena se puso en cuclillas y Gabrielle se dio cuenta sonriente de que estaban a punto de enzarzarse en una discusión que las dos conocían tan bien como sus propios rostros. Bueno, pues que no se diga que no sé mantenerme firme.

—Gabrielle, existe cierta... división de tareas en esta relación. Yo me ocupo de Argo...

—¡Es tu caballo!

—Compruebo el perímetro cada noche...

—¡Te inventas el perímetro! ¡A mí me da igual que haya perímetro! ¡Eso sólo te preocupa a ti!

Xena no supo qué decir.

—Bueno, yo... yo...

—¿Sí? —preguntó la bardo con dulzura.

Xena levantó el odre con aire amenazador.

—Yo traigo la comida para que tú la puedas limpiar y sentirte útil...

Un resoplido.

—Anda ya.

—Y...

Un repentino rugido atronador resonó por encima de ellas.

Gabrielle, que ya estaba tumbada, levantó la vista sobrecogida, soltó un alarido y tuvo el tiempo justo de rodar de lado y taparse la cara con los brazos antes de que la alcanzaran las primeras peñas.


A menos de una legua de distancia, y totalmente ajena al hecho de que una parte del despeñadero se estaba derrumbando, la niña de nueve años llamada Tai estaba plantada en una loma contemplando su montaña. Había vivido a sus pies toda su vida, y en el curso de sus incesantes paseos nocturnos había llegado a conocer cada nicho y grieta de sus senderos traicioneros, sus empinadas laderas y sus rincones ocultos.

Mi casa, pensó triunfante. El despeinado pelo castaño se le metía desordenado en los expresivos ojos oscuros. Había hecho un día precioso en la montaña. Todos los días eran preciosos en la montaña.

Su idílico interludio se vio interrumpido por una mano delicada que se posó en su hombro.

—¿Tai? —Era su madre, y la niña se puso tensa cuando la frágil mujer la rodeó y se arrodilló—. Tai, cariño, va a oscurecer pronto. ¿Vas a cenar con nosotros esta noche?

Había algo esperanzado en su tono, pero la niña se mostró impasible.

—Estoy ocupada, Hatsume.

—Mamá.

—Hatsume.

La mujer suspiró.

—Como quieras, Tai. —Se levantó despacio—. Pero tu padre ha estado preguntando por ti. Me ha parecido que debías saberlo.

Tai se puso algo pálida y, aunque no se dio cuenta, apretó los puños. Se volvió despacio y bajó trotando la cuesta alejándose de la granja. Su madre la miró marchar y su infelicidad se pintó claramente en su rostro.


Durmieron. Las dos. Durante horas, al parecer, pero cuando Xena se despertó, estaba despuntando el día, transformando el cielo sobre el océano en una cacofonía de rojos, dorados, rosas y brumosos morados intensos. Precioso, pensó adormilada.

Y de repente, el dolor.

Xena se puso rígida del sobresalto. Oh, dioses...

En algún momento mientras dormía, su otro yo había regresado a su consciencia como un gatito herido, acurrucándose en sus huesos y músculos, aferrándose con delicada furia. Por unos instantes, la guerrera se vio sofocada sin remedio. Se quedó allí tumbada, esperando a que pasara como la ola que tenía que ser, porque no había modo de que lograra hacer nada mientras se estuviera ahogando de esta manera.

Minutos después, una vez hubo recuperado el control, abrió los ojos y miró a Gabrielle. La bardo seguía dormida, respirando apenas, con la piel de una tonalidad azulada más marcada que antes.

Piensa, piensa, piensa. Tenemos que salir de aquí. No le queda mucho tiempo.

Había algo que le rondaba por la mente, pero no lograba dar con lo que era. Algo un poco... extraño... sobre su pierna izquierda. Algo blando...

El odre de agua. Estaba medio tapado por su muslo y, milagrosamente, todavía parecía lleno. Xena atacó las piedras que podía mover, con la frente cubierta de sudor, sin hacer caso de sus dificultades para respirar. El sueño le había hecho algo de bien y algunas de las piedras que antes le parecían inamovibles se apartaron con dolorosos empujones.

Cuando hubo terminado, su cuerpo estaba libre hasta la cintura, lo mismo que los dos brazos. No por primera vez, dio gracias por su pesado peto. Estaba retorcido y aplastado, pero había cumplido con su cometido. El examen de sus piernas, sin embargo, resultó menos alentador.

Tenía las dos aprisionadas contra la tierra por una inmensa losa de forma irregular que parecía la pieza del rompecabezas de un gigante. Aún peor estaba su pie izquierdo, aplastado bajo un peñasco distinto, semicircular, que parecía tan pegado al suelo que a la guerrera le entró la desesperación de pensar en cómo debía de tener los huesos del pie. Con todo, estar libre hasta la cintura ya era algo. Le permitía moverse mejor, y eso quería decir que podía alcanzar a Gabrielle.

Ahora tenía que ocuparse del odre. Metiendo la mano izquierda por debajo de la losa, Xena apretó los dientes y pegó las caderas a la tierra, tratando de levantar las piernas lo suficiente para poder meter la mano debajo. Era como intentar mover una montaña, precisamente. Inútil. Tras unos minutos de lucha infructuosa, se rindió y agarró en cambio el cuello del odre.

Lo movió hacia delante y hacia atrás, soltándolo poco a poco, sin dejar de oír el temible roce de los guijarros contra el cuero, y rezó para que no reventara. Atrás, adelante, atrás, adelante, atrás, adelante, con un ritmo enloquecedor que no parecía surtir el menor efecto.

Maldita sea, suéltate, maldita sea, suéltate, maldita sea, suéltate... Era una especie de cántico, un mantra, cuya repetición tenía tan poco sentido como lo tendrían las palabras mismas si se pronunciaran por separado. Pero para Xena, mientras canturreaba por dentro incesantemente con los labios blancos, se convirtió en lo único que le impedía gritar de frustración.

Entonces se oyó un roce más fuerte y una esquina del odre se soltó de su prisión de carne y roca. La guerrera estuvo a punto de soltar un grito de triunfo, pero echó un vistazo a su amiga dormida y se contuvo. Que descanse, pensó. Así tendrás algo bueno que contarle cuando se despierte, se burló una vocecita. Algo aparte de, “Por cierto, lo más seguro es que mueras desangrada”. ¿Verdad, heroína?

Haciendo caso omiso de sí misma, Xena reemprendió resueltamente la tarea de soltar el odre. Veinte minutos y una guerrera cabreadísima después, el odre se soltó con un gorgoteo y un chorro espasmódico de agua que salió despedido del cuello. Xena lo enderezó rápidamente y se lo puso sobre el estómago.

—¿Gabrielle? —llamó, odiándose a sí misma, pero sabía que era lo que debía hacer—. Despierta.

La bardo siguió en silencio y Xena se sintió fatal.

—No deberías dormir demasiado, ya es hora de despertarse. —La falta de respuesta empezaba a inquietarla, por lo que alargó la mano y le dio unas palmaditas a la bardo en el hombro—. ¿Gabrielle? Despierta.

Gabrielle no tenía nada de color en la cara y la raja del costado estaba cubierta de sangre seca y suciedad. Xena sintió de repente un miedo horrible.

—¡Gabrielle! —gritó, sacudiéndola por el hombro—. ¡Gabrielle, abre los ojos!

—Qu... ’jame, Xena... durmiendo —dijo una vocecita, y la guerrera soltó una corta carcajada de alivio.

—Gabrielle, te tengo que limpiar la herida.

—Pues hazlo mientras duermo —fue el suave gruñido de respuesta.

—No puedo, necesito la manta.

Esto llamó la atención de Gabrielle, que entreabrió los ojos. Tragó con dificultad y gimió débilmente.

—Dioses... me siento como si hubiera estado luchando con Hércules.

—Lo sé.

—Cómo no... —A pesar de lo blanca que tenía Gabrielle la cara, Xena vio su sonrisa sardónica.

—No me puedo creer que estés haciendo chistes en un momento como éste.

—Je, bueno, vive y aprende —murmuró la bardo, moviéndose un poco, tras lo cual tomó aliento bruscamente con los dientes apretados.

—Chistes malos, incluso.

Gabrielle tosió.

—¿Qué decías de la manta?

Xena hizo un gesto difuso.

—Que la necesito. ¿Puedes levantar la cabeza?

—Ah, mira qué higiénico —protestó la bardo—. ¿Me vas a limpiar la sangre con la manta de Argo? ¿Y qué más? ¿Saliva?

Xena le mostró el odre de agua, tratando de no parecer muy ufana y fracasando miserablemente.

—Me lo tendría que haber imaginado —gimió Gabrielle, dejando caer de nuevo la cabeza encima de una piedra—. ¿Tienes una comida de tres platos ahí detrás por un casual?

Xena sonrió con afectación.

—Yo sé hacer muchas...

—Xena —la interrumpió la bardo, echando chispas por los ojos—. Hemos hablado de eso. ¿Te acuerdas?

—No se aplica en situaciones de vida o muerte, Gabrielle —protestó la guerrera alicaída.

—Mmff.

—¡Es mi mejor latiguillo!

—Mmff.

—Bueno, pues levanta la cabeza —cedió Xena, alargando la ensangrentada mano derecha para agarrar la manta enredada en los largos cabellos de Gabrielle.

—Se acabaron los chistes, ¿eh? —preguntó Gabrielle, sonriendo y soplando débilmente para apartarse un mechón de pelo de los ojos.

—Efectivamente —asintió la guerrera—. Levanta la cabeza.

—Señor, sí, señor —soltó la bardo con una sonrisa. Hizo un esfuerzo, levantó la cabeza y de repente se quedó paralizada. Le entró un espantoso ataque de toses desgarradoras. Su delgado cuerpo se estremecía hasta la médula y, cada vez que parecía recuperarse, la sacudía otro estremecimiento y volvía a ahogarse.

Xena no pudo hacer nada más que mirar, espantada, mientras la cara de Gabrielle pasaba del blanco al rojo amoratado. Cuando se le pasó, atragantada y luchando por respirar, había pequeñas salpicaduras de sangre en las piedras de al lado.

—¿Estás bien? —preguntó Xena, con el rostro ceniciento. Alargó el odre, con una leve mueca de dolor por el esfuerzo de mantener el brazo en alto, y lo llevó delicadamente a los labios de la bardo.

Gabrielle tragó agradecida y volvió a tumbarse, mordiéndose ligeramente el labio inferior. Parecía estar haciendo un repaso.

—Eso creo...

—No lo vuelvas a hacer, ¿vale? —le advirtió la guerrera, cuya preocupación le hizo adoptar un tono más áspero de lo que quería.

—Tenías razón en una cosa —dijo Gabrielle suavemente, respirando con dificultad.

—¿En qué?

—Se acabaron los chistes.


Tai se planteaba una cosa mientras observaba cómo subía y bajaba irregularmente el pecho de su padre sumido en el sueño de la borrachera. ¿Ahora? ¿Más tarde? Ahora sería adecuado en el caso de su padre, puesto que había cuatro jarras de arcilla rodando vacías en la chimenea, pero Hatsume no dormía con tal compañía. Podía despertarse en cualquier momento. Su padre no siempre había sido así, pensó Tai. No siempre había sido tan silencioso e inútil, tan incapaz de cuidar de sí mismo. Antes no.

Se puso un poco de lado y atisbó por debajo de las pieles tensadas en el marco de la puerta que separaba la habitación grande del dormitorio. Jed estaba tumbado boca arriba, desparramado en la postura incómoda y ruidosa propia de un adolescente al dormir, totalmente vestido, con la ropa y la piel aún cubiertas de la mugre del trabajo de la tarde. Tai sabía por experiencia que era capaz de dormir incluso en medio de un terremoto.

Ahora, decidió. Si su madre se despertaba, siempre podría decir que había oído a una de las vacas en la montaña.

La niña se levantó sin hacer ruido y la experiencia le permitió evitar sin pensar en ello las tablas del suelo que crujían y el borde desigual de la puerta. Cuando salió al aire frío, se permitió tiritar un momento y luego respiró despacio y se olvidó del frío. Haría aún más frío en la montaña.

Tenía las manos incrustradas de suciedad, el andrajoso vestido manchado por el borde. El entorno era tan natural para ella que cuando emprendió la marcha en medio de la noche, ni un solo ser reparó en su presencia.


Sombras locas. Sombras locas y luna blanca. Rocas pesadas y piel azul. Sangre aquí, sangre allá, sangre por todas partes. Pero está preciosa. Preciosa, incluso cuando la luz está muerta como ahora... traicionera y falsa... hace que el mundo real parezca irreal...

—¿Gabrielle?

—¿Eh? —Sacada de su semiestupor, Gabrielle se quedó mirando aturdida la cara que estaba a su lado.

—¿Te encuentras mejor?

—¿Comparado con qué? —respondió la bardo difusamente, y su sonrisa débil se perdió entre las rocas.

Xena se encogió de hombros y sonrió un poco, impotente. Tenía la cara ensombrecida y su voz no era tan fuerte como antes.

—¿Dónde te has ido ahora mismo?

Gabrielle intentó encogerse de hombros, pero no pudo. Antes, Xena había alargado las manos y con delicadeza le colocó bien el brazo roto. Ahora pendía inútil sobre su cuerpo, con el codo extrañamente abultado e hinchado. En la hora que había transcurrido desde entonces, la bardo no había podido hacer nada sin causarse un dolor espantoso.

Sin embargo, en un momento a lo largo de la noche, aceptó su dolor. Era un truco que había aprendido a base de observar a Xena en los tres últimos años, un truco que no le hizo especial gracia aprender, pero que se había convertido en una necesidad. Ahora mismo, lo único que sentía era frío. Soledad. Al buscar las palabras, notó que estaba ida. Sólo en su mente tenía clara la expresión y las palabras corrían unidas como el agua y la arena de un río veloz.

Una vez intentó escribir así, liberándose de sus reglas habituales y de su clara planificación... flotando, permitiendo que su alma se liberara y se desbordara por el pergamino. Estuvo sentada media hora, ajena a todo menos a su pluma y sus emociones. El resultado la asustó. Cuánta ira, cuánto resentimiento y dolor. Pero en toda esa amargura se encontraban algunas de las cosas más conmovedoramente claras y sinceras que había escrito en su vida.

Y ahora aquí estaba. Tal vez nada de aquello significaría nada. Tal vez los pergaminos estaban destinados a morir con ella, bajo un montón de rocas congeladas en la ladera de una montaña. Con Xena.

La voz de la guerrera interrumpió las reflexiones de la bardo.

—Lo siento, Gabrielle.

—¿Eh? ¿El qué?

Xena suspiró.

—Si yo no me hubiera empeñado en acampar aquí, nunca habríamos...

—Por los dioses, Xena —la interrumpió la bardo—. No vas a intentar echarte la culpa a ti misma de esto también, ¿verdad?

Xena se encogió de hombros en la oscuridad.

—Pues...

—Eso no es más que una chorrada y lo sabes —dijo Gabrielle irritada—. No es culpa tuya que unas rocas hayan caído por una montaña, como no es culpa mía que ayer lloviera.

—Pero...

—Pero nada.

—Gabrielle, tú querías que nos quedáramos en Mantarus. Si hubiéramos...

—Y nada de si esto o si lo otro. —Gabrielle se sentía de repente despejada y serena, y no tenía la menor intención de dejar que ese estado se le escapara—. Xena, si yo tuviera todo lo que deseo, habría masas de gente siguiéndome todo el día ofreciéndome regalos. Tú intentas asumir la responsabilidad de todo porque así te sientes mejor con respecto a las cosas que no puedes controlar. ¿Pero eso de qué te sirve? ¿No puedes arreglar las cosas, pero al menos puedes atribuir la culpa?

Xena se quedó un poco desconcertada por la astucia de la bardo. De modo que hizo lo que siempre hacía cuando alguien acertaba: retrocedió.

—Me parece que te estás pasando un poco de profunda, Gabrielle.

—Ya no me engañas, que lo sepas —fue la rápida respuesta de Gabrielle.

Xena sonrió, no lo pudo evitar. El alivio tangible de tener a alguien en su vida tan capaz de aceptar y querer como Gabrielle... era abrumador. Confesiones que jamás se le habrían escapado de los labios a Xena en el pasado brotaban libremente cuando se trataba de la bardo. Lo que la guerrera habría considerado una debilidad en otro tiempo, ahora lo reconocía como una fuerza. De modo que dijo:

—¿Sabes qué? Me alegro.

No lo vio, pero supo que Gabrielle estaba sonriendo.

Se quedaron calladas un rato y la bardo notó que el frío se apoderaba de sus extremidades una por una. Los ligeros escalofríos que la sacudían aumentaban por el frío y por su herida. Acabó observando a su compañera minuciosamente, ahora que la luz azul de la luna destacaba la suavidad de sus rasgos relajados.

Es una pena que no se permita sentir eso más a menudo, pensó la bardo entristecida. Y tal vez dentro de poco ya no tendrá la oportunidad de hacerlo.

—¿Xena? —Las sombras, pequeñas y frías, persiguieron la voz de Gabrielle.

—¿Mmm?

—¿Tú crees que esta vez vamos a morir? —Cuando la guerrera abrió la boca, intervino rápidamente—. La verdad.

Xena cerró la boca de nuevo. Hubo un largo silencio. Por fin:

—No puedo mover la roca que tengo encima de las piernas. Aunque pudiera, no creo que pudiera andar. No tenemos comida. Así que, a menos que pase alguien por aquí...

—Vamos a morir.

Xena no dijo nada. Durante el silencio, Gabrielle oyó los ruiditos nocturnos que flotaban en el aire libre: el zumbido de insectos lejanos, el silbido de la brisa que le acariciaba la cara, los sonidos que llegaban con la oscuridad. A ninguno de ellos le afectaba la tragedia en miniatura que se estaba desarrollando al pie del despeñadero. El mundo de la noche seguiría adelante, mientras que el de ellas...

—Si no conseguimos ayuda, claro que moriremos. Eso ya lo sabes. —El tono de la guerrera era más brusco de lo que pretendía, pero la cosa ya estaba dicha.

La bardo tomó aliento y saboreó el aire húmedo que le llenó los pulmones.

—Sí.

—Pero esta noche no. —Xena miró a la bardo a la cara—. Esta noche no. ¿Me oyes, Gabrielle? Vamos a sobrevivir a esta noche, al menos. Me voy a despertar por la mañana y tú seguirás aquí. ¿Comprendes?

Gabrielle tomó aire y asintió, haciendo suya la fuerza de la guerrera. Una noche. Eso puedo hacerlo. Ninguna de las dos dijo nada durante un rato. Gabrielle notaba el peso de la manta húmeda sobre su costado y deseó que, por mucho bien que le estuviera haciendo a su herida, estuviera de nuevo debajo de su cabeza. Las piedras estaban tan frías...

—Sabes, Xena... cuando estuvimos en Chin, oí un dicho. “Que vivas tiempos interesantes”. El hombre me dijo que era una maldición.

—Curiosa clase de maldición.

—Eso pensé yo también. Los tiempos interesantes eran lo único que yo quería vivir. —Hizo una pausa, preparándose—. Y nunca habría podido hacerlo de no ser por ti. Eso lo sabes, ¿verdad?

—Déjalo ya. —El tono de Xena era severo, áspero.

—¿Que deje el qué?

—Deja de hablar como si ésta fuera tu última oportunidad para decirme algo —bufó la ex señora de la guerra—. “Habría podido”. Habría podido, una mierda. Aún puedes, aún podrás. Las dos vamos a salir de ésta.

Gabrielle se rió suavemente, con tristeza, y el sonido dejó helada a la guerrera.

—¿Alguna vez te he dicho que te quiero?

Entre dientes:

—Sí. Me lo has dicho. Y mañana me lo puedes volver a decir. Y pasado mañana y al otro. —Xena luchó por recuperar el aliento que le quitaba en silencio su yo en sombras, y se le tensaron los tendones del cuello cuando continuó con tono feroz—: Gabrielle, yo no voy a morir bajo un montón de rocas en esta montaña. No voy a hacerlo, no quiero hacerlo, y tú tampoco.


A diez metros de distancia, en la profunda sombra de la base del despeñadero, Tai observaba curiosa. Hablaban bien. La grande, la de pelo oscuro, debía de ser muy fuerte para haber movido esas piedras. Tai había visto una vez a los caballos enterrados bajo un desprendimiento como éste y ninguno de ellos había sobrevivido más que unas horas. Su padre y su hermano se esforzaron, sudaron y trabajaron, pero cuando consiguieron apartar los escombros, no quedaba nada más que cuatro montones de carne de caballo muerta. Fue muy desagradable.

Así que era asombroso que estas dos hubieran sobrevivido, para empezar. Que estuvieran despiertas y hablando era un puro milagro.

...oí un dicho. Que vivas tiempos...

Tai se tapó la boca con la mano para contener la risita que estaba a punto de escapársele. ¿Vivir? Señora, no sabes la suerte que tienes en estos momentos.

...Déjalo ya...

Mmm. Era evidente quién estaba al mando. Bueno. Unos pocos días más y ya verían. Verían que la única cosa que estaba al mando aquí era ella.

...no voy a morir bajo un montón de rocas en esta montaña. No voy a hacerlo, no quiero hacerlo, y tú tampoco.

Eso ya lo veremos, grandona. Si su montaña había decidido que eran tan malas como para lanzarles un montón de rocas encima, eso era más que suficiente para Tai. Su montaña. Y ella era la jefa de la montaña.

Había llegado el momento de divertirse. Hizo bocina alrededor de la boca con las delgadas manos.

—Cucu —llamó suavemente—. Os veo.


Gabrielle tenía los nervios tan desquiciados que la voz hueca surgida de la oscuridad le arrancó un jadeo entrecortado sin que se diera cuenta.

Xena, no menos sorprendida, intentó inútilmente alcanzar la espada aplastada bajo su espalda.

—¿Quién es? ¿Quién anda ahí?

Se oyó una risita entonces y Gabrielle se relajó, recuperando el color de las mejillas.

—¡Sólo es una cría!

—¿Ah, sí? —pió la vocecita desde las sombras—. Y eso en lo que estáis tiradas sólo es un montón de rocas.

—Ven aquí para que te podamos ver —exigió la guerrera.

Otra risita.

—A mí no me hables con ese tono, jovencita. —Un guijarro salió volando de la oscuridad y alcanzó certero a Xena en el pecho.

—Ay, dioses —murmuró la guerrera en voz baja—. Gabrielle, es un trasto.

—¿Un qué? —reverberó la voz—. Te he oído, que lo sepas.

—¡No lo decía en serio! ¡No quiere decir nada! —gritó Gabrielle, susurrándole una advertencia a Xena antes de que ésta pudiera abrir la boca—: Cállate un segundo, Xena, ¿vale? Confía en mí. —La guerrera asintió de mala gana y Gabrielle alzó la voz de nuevo—. ¿Hola? Me llamo Gabrielle. Ésta es mi amiga Xena. ¿Puedes ayudarnos?

—Supongo que puedo, ¿pero quiero?

Xena resopló. Gabrielle tenía esa cara, esa expresión paciente y razonable que se le ponía siempre que negociaba con alguien. Xena nunca comprendía de dónde se sacaba esa reserva de calma.

Gabrielle continuó tenazmente.

—Bueno, ¿te puedo preguntar una cosa?

—Supongo que puedes, ¿pero tienes permiso?

Gabrielle suspiró y, a pesar del dolor, su boca esbozó apenas una sonrisa.

—Perdona... ¿me permites preguntarte una cosa?

Tai juntó las manos llena de emoción. Esto era genial. Era mejor que el Solsticio y su cumpleaños juntos.

—Sí-í, te lo permito —trinó, imitando a su madre lo mejor que supo.

Gabrielle tomó aliento. Cuidado, cuidado, Gabrielle.

—¿Por qué te escondes?

—¿Por qué no estáis muertas? —fue la rápida respuesta.

—Pura suerte, supongo —replicó Gabrielle—. Pero estamos muy malheridas.

—Eso ya lo veo. —Otro guijarro alcanzó el brazo inútil de Gabrielle, que bufó de dolor.

—¡Oye! —gritó Xena furiosa.

—¿Por qué has hecho eso? —preguntó la bardo con tono tranquilo, entre dientes.

—¿Por qué sois malas? —La pregunta que le respondió salió disparada de las sombras como la flecha de una ballesta.

Gabrielle se quedó momentáneamente confusa.

—No somos...

—Sí que lo sois —insistió la voz—. Tenéis que serlo. La montaña os está castigando, algo debéis de haber hecho para merecéroslo.

—Está como una puñetera cabra —bufó la airada guerrera. Podría haber dicho más, pero una mirada de la bardo la obligó a cerrar la boca de golpe. Gabrielle la miró ceñuda, con un brillo en los ojos. Esto era un desafío, y en ausencia de un enemigo que pudiera ser vencido por la fuerza, estaba claro que éste era el terreno de la bardo.

—¿Cómo te llamas? —dijo Gabrielle.

—¿Qué nombre quieres?

Pero Gabrielle ya le estaba pillando el tranquillo y estaba preparada.

—El que más te guste.

Bajo el despeñadero, Tai se calló un momento. Es lista, dijo una voz. Es más lista que la grande. Ten cuidado con ella.

Se levantó entonces e irguió los hombros. Con toda la dignidad de la que fue capaz, salió de las sombras.

La guerrera y la bardo se quedaron mirando a su extraña anfitriona. En estatura no superaba la cintura de Xena, y su pelo alborotado colgaba a mechones enredados por el viento alrededor de su cara pálida. Las extremidades delgadas surgían como palos de una tela andrajosa de tonalidad marrón. Estaba sucísima. Parecía hambrienta. Parecía en todo la niña que era, por lo que su extraño autocontrol resultaba muy inquietante.

—Podéis —dijo la niña, haciendo una reverencia con sorprendente gracia—, llamarme Tai.


Causa y efecto, pensó Xena sin esperanza. Todo ocurre por un motivo. Esta mierdecilla tiene razón. Debemos de haber hecho algo para merecer esto, porque es el peor castigo que he recibido en mi vida.

El sentido común le decía a Xena que el método de Gabrielle era el único método. A fin de cuentas, Xena no era capaz de quitarse las rocas de encima y sacudir a la niña hasta dejarla sin sentido. Pero la agonía de saber que la ayuda estaba a su alcance y en las manos sucias de esta pequeña y andrajosa réproba sacaba de quicio a la guerrera. La última hora había sido una tortura para ella. Cada vez que quería abrir la boca, Gabrielle, con una especie de sexto sentido, le susurraba que se callara. Mientras, la bardo, con una paciencia aparentemente infinita, había mantenido una conversación cada vez más rara con la pequeña chiflada.

—Bueno, ¿qué os ha pasado?

—Estábamos acampando cuando cayeron las rocas.

—No cayeron. Fueron empujadas, que lo sepas. Vivo en esta montaña de toda la vida, está viva.

—¿Nos puedes ayudar de alguna manera? ¿Podrías ir a avisar a tu padre? ¿O decirle a alguien que estamos aquí?

—¿Cuál de las dos es la mayor?

—Mmm.

—He dicho que cuál de las dos es la mayor.

—Xena.

—¿Cuánto te saca?

—No me parece...

—¿CUÁNTO TE SACA?

—Nueve años. Lo siento, Xe.

—¿Por qué la llamas Xe?

—No lo suelo hacer. Se me ha escapado.

—¿Ella cómo te llama?

—Gabrielle.

—¿No te llama Gab?

Una risa.

—No. No, eso sería demasiado indigno para una Princesa Guerrera.

—Deja de usar palabras raras.

—Indigno quiere decir...

—¡Ya lo que quiere decir idingo! No necesito que me lo digas, ¡pero deja de usar esas palabras!

—Vale, lo siento. Tai, ¿podríamos hablar en cambio de la posibilidad de sacarnos de aquí?

Silencio.

—¿Tai?

—Me parece que Gabrielle no me gusta como nombre.

—No te... ¿por qué no?

—Es estúpido. Creo que te voy a llamar chica rubia.

—Lo que tú quieras. Tai, escucha...

—¿Por qué ésa no habla?

—Está cansada. Las dos estamos cansadas y heridas, Tai, te das cuenta, ¿verdad? No es un juego. Necesitamos tu ayuda.

—Me está mirando. No me gusta que me mire. Dile que pare.

—Xena, no la mires.

—Está en las sombras, Gabrielle, ¡ni siquiera la veo!

—¡DEJA DE MIRARME!

—¡No te mira! Ya no te mira. ¿Verdad, Xena?

—Tengo nueve años, ¿sabes, chica rubia?

—¿En serio?

—¿Lo habría dicho si no fuera cierto?

—Supongo que no.

—¿Cuál de las dos es más simpática?

—No lo sé... creo que las dos somos bastante simpáticas.

—¿Sois buenas amigas?

—Íntimas. ¿Tú tienes una amiga íntima?

—La montaña es mi amiga.

—¿De verdad crees que nos está castigando? ¿Por qué?

—No lo sé. Todavía no sé por qué sois malas.

—Tai, te lo aseguro, ninguna de las dos es mala. Sólo hemos tenido mala suerte, nada más. Tú podrías ayudarnos si quisieras... no creo que a la montaña le importe.

—No te creo. La montaña no se equivoca.

Y más tarde:

—Tai, ¿dónde está tu familia?

—Al pie de la montaña.

—¿Cuántos sois?

—Hatsume y yo.

—¿Ésa es tu madre?

—Sí. Y Parothus.

—Tu padre. ¿Tienes hermanos?

—Mi hermano Jed.

—¿Y hermanas?

—Mi hermana Secayo. No hablamos de ella.

—¿Por qué no?

—¡NO HABLAMOS DE ELLA!

—Perdona. Perdona.

—Se parecía a Xe.

—Una chica afortunada. ¿Dónde está ahora?

—¿QUÉ ACABO DE DECIR?

—Perdona, se me había olvidado.

Una cancioncilla burlona:

—Olvidado se dejó la cabeza en la cama, olvidado se olvidó de su cumpleaños, olvidado no tenía amigos...

Era interminable.

Xena no tenía ni idea de si estaban ahora más cerca de escapar de su situación o no. Por ahora, se limitó a rechinar los dientes y gemir por dentro cuando una pregunta más salió flotando de la oscuridad donde se había retirado la niña.

—¿Sabíais que Parothus tiene cinco caballos?

La voz de Gabrielle sonaba cansada, pero, cosa increíble (pensó la guerrera), todavía era cálida.

—¿No me digas? ¿Cómo lo íbamos a saber?

—No sé —fue la irritada respuesta—. ¿Cómo se saben las cosas?

—Yo sé que con cinco caballos se podrían retirar estas rocas con mucha facilidad —dijo Gabrielle con cautela.

Se oyó un resoplido.

—¿Ya estamos con eso otra vez?

Gabrielle asintió, moviendo apenas la cabeza.

—Sí. Míranos, Tai. ¿No quieres ayudarnos?

Silencio.

—Por favor.

Silencio.

—Tai, ¿estás ahí?

—Sí.

—¿Qué ocurre?

Se oyó un roce en la oscuridad. A la ex señora de la guerra le sonó al ruido que haría un niño al mover los pies en la tierra.

—Pues... —dijo la vocecita—. Supongo que estás bien...

—Gracias —replicó Gabrielle, con solemnidad, intentando disimular la euforia que sintió de repente. ¡Un avance!—. Tú también me caes bien.

Otra piedra salió disparada de las sombras y rebotó peligrosamente cerca de la cabeza de Xena. La guerrera se controló con dificultad.

—Pero ella no me gusta. Y tampoco a la montaña.

Xena bufó. Basta.

—¡Se acabó! Escúchame, ratita de mie...

—¡Xena, no! —insistió Gabrielle rápidamente, y su cuerpo se estremeció sin querer—. Cállat...

Lo que la bardo iba a decir a continuación se perdió cuando el estremecimiento le provocó un espantoso ataque de tos. Xena se puso pálida y no pudo hacer nada más que apoyar una mano en la cabeza de Gabrielle mientras ésta tosía y se ahogaba, con el pequeño cuerpo agitado como por un tornado.

—¡Ves lo que estás haciendo! —vociferó la enfurecida guerrera en la oscuridad—. ¡Se está muriendo!

—No es culpa mía —replicó Tai como si tal cosa.

—¡TÚ PUEDES AYUDARLA! —gritó Xena, advirtiendo frenética que Gabrielle tenía dificultades para respirar—. ¡Gabrielle, aguanta, aguanta! ¡TÚ PUEDES AYUDARLA, PEDAZO DE MONSTRUITO!

—Noo, Xe, no... —gimió Gabrielle débilmente, entre toses.

Pero la guerrera estaba furiosa y no había forma de detenerla.

—¡¡HAS DICHO QUE TE CAÍA BIEN!! ¡DEMUÉSTRALO! ¡¡AYÚDANOS!!

Se calló, y los jadeos entrecortados de Gabrielle llenaron el vacío que dejó. Xena estaba temblando. Las sombras se acumulaban más oscuras que nunca, y la guerrera sintió de repente un miedo mortal.

—¿Tai? ¿Sigues ahí?

—Sí. —La voz de la niña sonaba hueca.

—Tai... —Las odiadas palabras se le atravesaron en la garganta, pero se obligó a expulsarlas por los labios blancos—. Por favor. Por favor, ayúdanos.

Hubo un breve silencio y luego una respuesta burlona:

—Bueno, no sééééé. Creo que conozco a una jovencita que tiene que pasar la noche pensando en lo que ha hecho.

—¡NO! —gritó Xena, odiándose a sí misma con una vergüenza y una furia que no había creído posibles hasta ahora. ¡Si me hubiera callado la boca!—. ¡No, Tai, ayuda a Gabrielle! ¡Déjame a mí aquí si quieres, pero ayúdala a ella, por favor!

—Bueno, tengo que irme. Dile adiós a la chica rubia de mi parte.

—¡NO!

—Si tenéis suerte, puede que me veáis por la mañana. Si no, es que ya estaréis muertas.

—¡TAI, NO! ¡NO!

—Buenas noches.

El ruido de pasos desapareció en la oscuridad y Xena se desplomó sin dar crédito. Lo he echado a perder. Lo he fastidiado todo. En voz alta, dijo:

—¿Gabrielle?

La débil bardo se estremecía aspirando mínimas y explosivas bocanadas de aire. Estaba hundida entre las rocas como un junco roto, y a Xena le dolió el corazón al verla.

—Gabrielle, lo siento. Lo siento muchísimo.

—...n’pasa nada...

Xena alargó las manos y le cogió la cara a la bardo, acariciando con los dedos la piel fría y azulada, desesperada por obligarla a calentarse con su tacto, por obligar a sus palabras a desdecirse, por obligar a su amiga a superar la noche.


Casi amanecía cuando Xena se dio cuenta de que aún no había dormido. Lo que había tomado por sueño era algo totalmente distinto: un estupor aturdido similar al de las drogas, tan pesado que ni siquiera se daba cuenta de que tenía los ojos abiertos. Había tenido sueños aquí y allá, pálidas imágenes que pasaban fugaces ante sus párpados y desaparecían en la niebla que la envolvía con sus jirones largos.

Gabrielle todavía respiraba, eso sí que lo oía la guerrera. Costaba oír otra cosa, y el jadeo ronco de su respiración era un doloroso recordatorio de sus circunstancias. Pero la noche ha terminado y las dos estamos vivas. Xena se consoló con eso, como si su mera voluntad e intención lo hubieran hecho posible. Sabía, sin embargo, que otra noche al raso las mataría a las dos. Así de sencillo.

El agujero hueco que era su estómago le rugió para recordarle que estaba ahí, y tenía en el pie un picor enloquecedor. No era la clase de picor que tuviera que rascar, sino el dolor profundo de unos músculos que ansiaban moverse y ser reconocidos.

—Lo siento, colega —murmuró a través de la sensación de grueso algodón que le llenaba la boca—. Aguanta un poco, que luego te saco a correr un buen rato.

—¿Has dicho algo? —murmuró una voz apagada a su derecha.

—Nada. Vuelve a dormirte.

—No estaba durmiendo. Creo.

—Yo tampoco. ¿Cómo te sientes? ¿Vas bien?

—No veo...

—Es la niebla.

—¿Niebla?

Xena se quedó perpleja por un instante. Agitó la mano indicando los tentáculos grises que se aferraban a las rocas. Apenas veía a Gabrielle a través de aquella sopa.

Niebla. ¿Esa cosa gris?

Se oyó una respuesta apagada que a la guerrera le hundió el ánimo.

—Ah. Creía que eran imaginaciones mías.

Ninguna de las dos volvió a hablar hasta que el amanecer ahuyentó del todo los últimos jirones pegajosos de niebla. Para Gabrielle, las sombras canturreaban mientras retrocedían, y era como una canción cuya letra hubiera olvidado.


Había manchas irregulares de sol en las rocas cuando Tai regresó. Llevaba un morral de cuero colgado del hombro, aunque no creía que fuera a necesitar lo que contenía. Las últimas horas de la noche habían sido cruelmente frías —siempre lo eran en la montaña— y por eso, cuando rodeó la base del despeñadero y las vio a las dos aún vivas, se quedó muy sorprendida.

Tercas, decidió. O eso, o tienen muchísima suerte. Bueno, no lo lograrán dos veces. La chica rubia está del mismo color que las piedras.

Sonriente, se acercó a ellas y se fijó en el movimiento errático del pecho de Gabrielle, sumida en un sopor antinatural.

—¡Buenos días, Xe! ¿Has dormido bien?

Xena, que no la había visto ni oído acercarse, se sobresaltó tanto que al instante se puso furiosa. No malgastó palabras y su voz sonó como un gruñido ronco.

—Vete a la mierda.

—Vamos, vamos —la regañó Tai, con una mano en la cadera—. Las chicas educadas no usan ese lenguaje.

—Y las niñas normales no lo pasan en grande viendo morir a la gente —dijo Xena roncamente, y tosió—. Ayúdanos o lárgate, pequeño vampiro.

—¿Y si lo hago?

—¿El qué?

Una sonrisa taimada.

—Adivina.

—Escucha, niña, no voy a seguirte el jueguecito —declaró la guerrera con tono tajante—. No podré levantarme para darte una paliza en persona, pero todavía me funciona el brazo. —Para demostrarlo, agarró con los dedos una piedra del tamaño de su puño y la levantó un poco.

—No me vas a alcanzar con eso —dijo la niña tan contenta.

—Tampoco voy a fallar. —La ex señora de la guerra estaba calculando mentalmente la distancia y preguntándose si realmente le quedaban fuerzas.

Valientemente, Tai ni siquiera parpadeó. De hecho, la situación parecía hacerle cierta gracia, y de repente Xena intuyó lo que iba a pasar.

El morral de cuero cayó al suelo, fuera del alcance de Xena.

—En este morral hay comida suficiente para dos días. Como tires esa piedra, ella —al decir esto, Tai señaló a Gabrielle con la afilada barbilla—, se queda sin nada.

Xena se quedó quieta. En silencio. Superada. Furiosa. Impotente. La máscara de guerrera volvió a su sitio y la piedra cayó de sus dedos.

La niña miró a la guerrera y sonrió. Era la sonrisa terrible y consciente de una persona que tuviera el triple de sus años, y a la guerrera se le revolvió el estómago.

—Bueno. ¿Quieres volver a intentarlo, Xe?

—¿Intentar el qué?

Tai se sentó grácilmente con las piernas cruzadas, entrelazó los dedos y ladeó la cabeza. Completamente segura de sí misma. Segura de su poder.

—Tengo muchas preguntas.

Xena reprimió el gruñido a la mitad. Dudó un momento, miró a Gabrielle. Si es lo que hace falta. Asintió. Una vez.


—¿Cuánto hace que os conocéis?

—Tres años.

—¿Tú a qué te dedicas?

—Ya te lo dijo ella anoche. Soy guerrera.

—¡JAJAJAJAJAJAJAA!

Silencio.

—¿No quieres saber por qué me río?

—No.

Tai se quedó cortada, aunque hizo un esfuerzo por disimularlo.

—¿Por qué no?

—Estoy segura de que ahora mismo mi reducida mente no podría asimilar la respuesta —dijo la guerrera con sorna, y Tai levantó la barbilla bruscamente.

—Espera. No lo estás haciendo bien. Te he dicho que tienes que...

—Sabes, he conocido a muchos niños. Pero eres la primera que conozco con estas tendencias concretas.

—¿Qué estás...?

—Eres una mirona. Serías una amazona estupenda.

—¡Te he dicho que yo hago las preguntas! ¡Deja de estropearlo!

—Sólo quería contribuir a la conversación —dijo la guerrera alegremente—. Hace un día estupendo y esas cosas.

—¡BASTA! —baló Tai, con la voz demasiado aguda—. ¡No creas que no sé lo que estás haciendo! ¡No soy tonta, que lo sepas! ¡Te he dicho cuáles son las reglas y tú tienes que hacer lo que yo diga! No puedes romper las reglas. Yo hago preguntas y tú las respondes. Preguntas, yo. Respuestas, tú. ¡Nada más!

Tai se interrumpió, algo jadeante, con los ojos en llamas.

—Bien.

La inesperada aceptación de la guerrera pilló a Tai desprevenida. Sus ojos pasaban de la guerrera a la bardo, calculando, descartando, dándose cuenta de que estaba tardando demasiado. La mirada intencionada de la guerrera se clavaba en ella. A la espera. Dijo rápidamente, sin pensar:

—Mi padre dice que las amazonas no son reales.

Xena enarcó una ceja.

—¿Eso era una pregunta?

Tai se sonrojó, un instante, apenas un brusco rubor que desapareció en cuanto apretó los labios. Xena sintió cierta satisfacción. Las victorias, por pequeñas que sean, hay que sacarlas de donde se pueda. Luego se sintió algo abochornada. Fíjate en la adversaria que tienes, idiota. ¿No te estás rebajando un poco?

La niña ya estaba preparada.

—¿Y tú qué sabes de las amazonas?

—Bastante. Conozco a su reina.

¿En serio? —La pregunta brotó de un rostro encantado con mucho más entusiasmo del que Tai había querido mostrar. Alzó las manos, sin querer, como para contener la emoción. Pero ya era tarde.

—Tú también —fue la concisa respuesta—. Gabrielle.

Silencio. Luego:

—Dijo que era bardo.

—Es bardo.

—¿Pero qué...?

—No tan alto.

—¿Por qué?

—La vas a despertar.

—¿Y qué?

—Que si quieres que siga con tu sesioncita de preguntas y respuestas, yo también tengo mis condiciones. La primera de las cuales es que, a menos que le vayas a dar esa comida ahora mismo, no despiertes a la reina amazona.

—Demasiado tarde —murmuró Gabrielle roncamente a la derecha de Xena—. Vuestros susurros podrían despertar a los muertos. Que —añadió—, es más o menos como me siento.

Tai soltó una risita. Gabrielle la miró.

—Hola.

—Hola, chica rubia. Xe y yo hemos estado hablando.

—No me digas. —La voz de la bardo era poco más que un susurro y, ahora que estaba despierta para notarlo, había empezado a tiritar descontroladamente de frío—. Xena...

—Lo sé. —La guerrera se estiró todo lo que pudo, frotándole el brazo sano a Gabrielle para hacerlo reaccionar. Era muy poca cosa, pero no podía hacer más. Mientras con una mano le acariciaba el pelo a Gabrielle y con la otra le frotaba inútilmente el cuello y los hombros, miró acusadora a Tai, quien se encogió de hombros.

La niña se quedó mirándolas a las dos con mucho interés. Xena se acercó y le susurró algo a la bardo, que sonrió un poco.

—¡Eh! —exclamó Tai—. ¡Dejad de deciros cosas que yo no puedo oír!

—Que te den —fue la concisa respuesta de la guerrera, que se volvió de nuevo hacia Gabrielle, murmurándole otra cosa que sonrojó un poco las blancas mejillas.

Tai bufó, advirtió que la voz de la guerrera se había vuelto de repente más suave y afectuosa, y observó con curiosidad mientras las manos hechas para el combate aplicaban un toque curativo totalmente distinto.

De repente se le ocurrió una cosa y sonrió con intención.

—Amigas. Ya.

Xena ni la miró.

—Cuidadito.

—Sí, yaaaaaa.

A la guerrera se le sonrojaron levísimamente las mejillas.

—¿Y tú qué sabes?

—Tengo una tía que tiene una amiga como tú —dijo la niña con retintín.

—Pues qué suerte tiene tu tía —dijo Gabrielle suavemente, sin captar en absoluto el tema. Tosió y luego levantó la cara hacia la luz del sol, absorbiéndola—. ¿Has hablado de comida, Xena?

—Aquí nuestra anfitriona —replicó la guerrera con tono gélido—, ha tenido la amabilidad de traernos el desayuno. —Señaló el morral, tentadoramente cercano—. Pero al parecer, en la Taberna de Tai uno se tiene que ganar el servicio básico.

Esto le hizo muchísima gracia a su “anfitriona”.

—¡Oh, oh, por oír eso hasta habría pagado entrada! —rió, con las mejillas sonrosadas—. ¡Jajajajaja!

—¿Dónde has aprendido a hablar así? —preguntó Gabrielle con curiosidad.

—En el mismo sitio que tú, supongo —dijo la niña con tono cortante—. En casa.

—¿Nunca has ido a la escuela?

Tai miró de pronto a la bardo, con aire acusador.

—No. ¿Por qué iba a hacerlo?

Gabrielle parpadeó.

—No sé. ¿No va todo el mundo a la escuela?

—Yo no fui —intervino Xena, que había vuelto a relajarse en su anterior postura, pero había dejado que una mano siguiera acariciando distraída el pelo de la bardo, cosa que no le pasó desapercibida a Tai.

Gabrielle abrió mucho los ojos.

—Eso no me lo habías contado.

—Bueno —replicó la guerrera secamente, lamentando haber dicho nada—, pues ya lo he hecho.

—Pero yo creía que...

Disculpad —interrumpió Tai acaloradamente—. Estoy sentada aquí mismo.

—¿Y? —preguntó Xena con frialdad. Gabrielle no dijo nada.

Tai pegó una patada irritada en la tierra.

—Que ya te he dicho cuáles son las reglas.

—¿Qué reglas? —preguntó Gabrielle confusa—. ¿Es que hay reglas?

—Tai —le informó la guerrera con sequedad—, hace las preguntas. Nosotras le damos las respuestas. ¿Pero sabes qué, niña?

—¿Qué?

—Que creo que ya no vamos a seguir tus reglas.

A Tai se le encendió la cara.

—¡No tenéis elección!

—Claro que sí —dijo Xena con sorna—. ¿Qué es lo peor que podría pasar? Que morimos, ¿no? Si no nos ayudas, vamos a morir de todas formas.

—¡Pero podría ayudaros! ¡No lo sabéis! —Tai pasaba la mirada de la una a la otra, boquiabierta de sorpresa. No era así como debían ir las cosas—. Vosotras... no sabéis nada...

—¿A qué precio? —rió la guerrera—. Me parece que prefiero morir a que me mangonee una imbécil como tú.

Gabrielle sofocó una exclamación.

—Xena.

—Mira a Gabrielle, por ejemplo —se apresuró a interrumpirla Xena, lanzando un mensaje de advertencia a la bardo con la mirada—. Anoche te siguió el juego, pero sólo porque se había dado un golpe en la cabeza y no pensaba con claridad. ¿No es cierto, Gabrielle? —Confía en mí.

La bardo estrechó un poco los ojos y apretó los labios.

—Sí —contestó despacio. Se volvió hacia Tai—. Sí, es cierto. —Más vale que sepas lo que haces, Xena.

—Espera, espera... —dijo Tai a la desesperada, pero la guerrera siguió adelante, sin hacer ni caso.

—No te das cuenta de que lo que necesitas es un poco de motivación.

—¿Motivación? —preguntó la confusa niña.

—Sí, motivación —dijo Gabrielle—. Que esto no gire sólo en torno a ti. Somos tres.

—Y todas queremos algo —dijo Xena.

Gabrielle asintió.

—Toma y daca. Tú tienes algo que nosotras queremos...

La guerrera siguió por ella.

—Y nosotras tenemos algo que tú quieres. Por ejemplo, si nos dieras ese morral, creo que descubrirías...

—Que estaríamos encantadas de contestar tus preguntas —insertó Gabrielle hábilmente.

—Durante un rato —terminó Xena con tono de advertencia.

Tai había ido moviendo la cabeza de lado a lado para seguir este rápido diálogo con creciente desazón.

—¿Y qué pasa si no lo hago?

—Que ya no habría más diversión para Tai —explicó la guerrera como si nada—. Sólo dos personas sangrando tiradas bajo un montón de rocas sin nada que decirle. En absoluto.

—Xena puede ser muy silenciosa —añadió Gabrielle con tono confidencial—. Una vez, se pasó una semana entera sin hablarme. Y es una lástima, la verdad, porque se sabe unas historias estupendas.

—Me estáis engañando —dijo Tai despacio—. No lo decís en serio.

—Míranos —dijo la guerrera sin más—. Tú míranos.

Dicho lo cual, las dos apartaron la vista de la niña y se volvieron la una hacia la otra. Intercambiaron algo secreto.

¿Qué te parece?, preguntaron los ojos verdes.

Mejor que nada, replicaron los azules. Ya veremos.

—¡Eh! —las llamó Tai malhumorada. No hubo respuesta—. ¡Eh! —Se levantó de repente y se rozó las flacas rodillas con el suelo. En su piel sucia apareció un arañazo. Ni se inmutó—. ¡Os estoy hablando!

La guerrera se puso a canturrear por lo bajo, al volumen suficiente para que la niña lo oyera. Eso la indignó.

—¡EH, VOSOTRAS, ESCUCHADME! —gritó, con el rostro enfurecido y dando patadas en el suelo con el piececito llevada de la ira—. ¡OS HE DICHO QUIÉN MANDA AQUÍ! ¡OS LO HE DICHO! ¡NO PODÉIS CAMBIAR LAS REGLAS COMO OS DÉ LA GANA!

Por desgracia para Tai, en el momento en que terminó de dar rienda suelta a su berrinche, una vaca mugió sonoramente en las laderas inferiores de la montaña.

Gabrielle no lo pudo evitar, ni habría podido controlarse aunque hubiera querido. De repente, todo aquello le hizo muchísima gracia. Se echó a reír. Y siguió riendo. Los hombros le temblaban por el dolor espantoso que sentía y las lágrimas le caían por la cara sin control. Xena la habría ayudado, pero también ella sufría un ataque de risa.

—¡BASTA YA! —chilló Tai, pegando una patada furiosa que hizo caer una lluvia de piedras encima de Xena—. ¡DEJAD DE REÍROS DE MÍ! —Avanzó unos pasos sin querer, con los puños apretados, sin atreverse del todo a atacar físicamente a cualquiera de las dos, pero en su cara enrojecida el deseo de hacerlo era evidente.

—Vete a casa, Tai —dijo Xena entre risas—. Vete a casa. Estás malgastando saliva.

Tai titubeó. Gabrielle vio cómo sus ideas la recorrían físicamente, y contuvo el aliento al tiempo que observaba con disimulo cómo la niña hacía equilibrios al borde de una decisión. Podía ser buena o podía ser malísima. Pero por alguna razón, la bardo pensaba que...

—¡MUY BIEN! —Fue el chillido agudo de una persona auténticamente histérica.

Gabrielle cerró los ojos. Xena se puso tensa. ¿Se iba a marchar? O...

El morral de comida aterrizó con un golpe seco entre las dos y al instante Xena puso una mano protectora encima del cuero, reprimiendo un grito victorioso. Todavía queda mucho camino que recorrer.

Se quedaron entonces mirándose en silencio, las dos mujeres atrapadas y la niña. El equilibrio había cambiado y todas lo sabían.

Gabrielle habló por fin.

—Gracias.

—Que sepáis —dijo la niña con rabia—, que no os lo he dado por lo que habéis dicho.

—Claro que no —la tranquilizó la bardo.

—Lo he decidido yo —insistió Tai—. Lo he decidido todo yo sola.

—Y te lo agradecemos. ¿Verdad, Xena?

Tai se volvió para mirar expectante a la guerrera.

—Claro —dijo la mujer en cuestión, pero había un matiz brusco en su tono que molestó incluso a Gabrielle. ¿Es que no sabe cuándo ha ganado? ¿No puede dejar a la pobre cría en paz?

—Te lo agradecemos mucho —repitió la bardo, con firmeza.

Tai se apartó el pelo de los ojos.

—Lo he decidido todo yo sola —masculló entre dientes—. Porque yo puedo hacerlo. Lo de cambiar las reglas. Recordadlo bien.

—Lo haremos —sonrió la guerrera con frialdad, al tiempo que se ponía a soltar las correas del morral.


Más tarde. Saciadas. Xena tuvo que dar de comer a Gabrielle y, por supuesto, se empeñó en hacerlo antes de probar ella misma bocado. Daba la extraña sensación de que Tai había saqueado la mejor despensa de su casa para alimentarlas. Había traído tiras de cordero fresco, pan, un odre lleno de vino y patatas asadas. Aunque la niña se negó a confirmarlo cuando se lo preguntó, Xena apostaría diez dinares a que estaban comiendo mejor de lo que comía Tai desde hacía tiempo, y eso la llevó a pensar en sus extraños contrastes.

El sol les caía directamente encima y, aunque su calor las reconfortaba y les estaba salvando la vida, Gabrielle se sentía como acorchada. Cansadísima. Era extraño cómo su cuerpo parecía ir retrocediendo hasta que lo único que quedaba era su mente. Aturdida, pero activa. La guerrera daba la impresión contraria, sacudida de vez en cuando por tics y espasmos que no podía controlar.

Gabrielle se preguntó dónde se había metido ese control legendario, y luego decidió que Xena estaba ejerciendo su disciplina para evitar volverse loca por la imposibilidad de moverse. La extraña gama de temas que fueron tratando en el curso de su conversación ese día no se parecía a ninguna otra que la bardo hubiera experimentado, y la novedad de tener a la guerrera como público literalmente atrapado no era algo de lo que se fuera a hartar muy pronto.

Gabrielle pasó parte de la mañana explicándole a Tai muchos de los puntos más complejos de las estrategias de combate de las amazonas, acompañada de los resoplidos de incredulidad de Xena, o de comentarios esporádicos como, “Yo no haría eso”.

Más tarde, Xena se vio obligada por las miradas suplicantes de la agotada bardo a contar algún tipo de historia. La guerrera se rindió malhumorada y contó una historia breve y sin adornos de cuando iba a pescar con Liceus. Tanto la niña como Gabrielle se quedaron insatisfechas.

Las dos sacaron el tema del rescate con Tai y las dos se toparon con un muro de silencioso desafío. Gabrielle presionó demasiado y recibió otra pedrada en el brazo. Xena, furiosa, rabió sin poder hacer nada mientras Tai se reía.

Había desaparecido hacía más o menos una hora. No dijo dónde iba, sólo que volvería. La guerrera y la bardo sabían que era cierto. La niña lo estaba pasando demasiado bien.

Durante la última hora, solas, estuvieron hablando de cosas inconexas. Árboles. Tela egipcia. El cobre frente al acero. Por qué a Gabrielle se le enredaba tanto el pelo con el viento y a Xena no.

Qué extraño, pensó la bardo, que estemos tan cerca de la muerte y hayamos hablado de todo menos de eso.

En voz alta, preguntó:

—Xena, ¿por qué crees tú que han caído estas rocas?

Su compañera miró hacia arriba un momento guiñando los ojos y luego se encogió de hombros.

—¿Un viaje organizado, tal vez? —sugirió con guasa, y Gabrielle se empezó a reír.

—No... no... me duele al reír... —consiguió decir a duras penas.

Implacable, Xena añadió:

—¿Suicidio en grupo?

—Jaaja, jajajja... éxodo... éxodo en masa —jadeó Gabrielle entre risas—, por... por motivos religiosos... jajajaaa... —Le dio un ataque mezclado de risa y tos mientras Xena intentaba sin éxito mantener su estoica expresión.

Cuando Gabrielle se calmó, se sentía mareada y atontada. No era desagradable, teniendo en cuenta que la alternativa era el dolor, pero le dio un poco de miedo.

—Xena, ¿podrías...?

—Te llevo ventaja. —Y así era, efectivamente, pues la guerrera ya había apartado la manta del costado de la bardo con dedos delicados.

—¿Está...? —Gabrielle no quería mirar.

—Tiene mejor pinta —mintió la guerrera, mordiéndose la lengua. Cierto, la raja había dejado de sangrar durante la noche, lo cual era un alivio, pero al estar tan cerca del suelo se había irritado y tenía mal aspecto. Los ojos entrenados de Xena sabían que no faltaba mucho para que se desencadenara una grave infección.

Examinó el montón de rocas por enésima vez.

—Tiene que haber algo aquí más limpio que la manta. Te daría mi camisa, pero no puedo alcanzarla por debajo del peto.

Gabrielle señaló hacia abajo con la barbilla.

—La falda.

Era cierto. La falda envolvente marrón rojiza de la bardo parecía haber escapado sin muchas manchas. Era mejor que nada. Pero:

—No puedo quitártela, Gabrielle. Si seguimos aquí cuando vuelva a oscurecer... —Lo que no dijo, y lo que Gabrielle comprendió de todas formas, era que con la oscuridad llegaba el frío, y con el frío...

—No tienes que usarla toda, Xena, puedes arrancar una tira de abajo.

—Como si te hiciera falta enseñar más muslo —resopló la guerrera, bromeando sólo a medias.

Gabrielle le guiñó un ojo.

—Si se tiene, hay que lucirlo. Empieza, mujer.

Como siempre, Xena hizo exactamente lo que pedía su bardo. Y, como siempre, lo hizo con una enorme sonrisa interior.

Alargando las manos, agarró la parte inferior de la falda y se pusó a hacer un pequeño agujero, con cuidado de no subir demasiado. Al hacerlo, de repente se acordó de lo que había dicho Tai. Amigas. Ya. Por ninguna razón que pudiera identificar, notó que se le enrojecían un poco las mejillas mientras arrancaba hábilmente una larga tira de la tela previamente rota. Evitó mirar a Gabrielle a los ojos mientras dejaba al aire la piel magullada y amoratada de debajo.

—¿Y ese sonrojo? —preguntó Gabrielle por encima de ella, con tono de sonrisa—. No es que no te siente bien.

—No es nada —murmuró la guerrera, notando cómo el odiado rubor le llegaba al cuello—. Tengo calor.

—Ba da da bum —entonó Gabrielle implacable y contenta, moviendo un poco las piernas cuando Xena tuvo que estirarse por encima de su cuerpo para completar la tarea—. Me siento como si estuviera en la taberna de Meg o algo así. ¿No tendrías que meterme dinares en las bragas?

—Cállate.

Se oyó una risa suave. Por dentro, la bardo se preguntaba por qué sentía la necesidad de bromear así. ¿Para disimular su propio corte, tal vez? Qué ridiculez.

Xena se echó entonces hacia atrás y palpó por detrás para coger el odre de agua. Cuando estaba a punto de mojar la tela doblada, Gabrielle la detuvo.

—Espera.

—¿Qué pasa?

—Pártela en dos.

—¿Para qué?

—Para tu mano.

—¿Qué le pasa?

Un suspiro de exasperación.

—Xena, ¿te la has mirado siquiera?

Xena volvió la mano y se sorprendió bastante al ver el aspecto tan horrible que tenía. Ennegrecida, cubierta de sangre seca y con el principio de un hueso blanco de nudillo que asomaba a través de la carne desgarrada. Al doblarla, bufó un poco, cuando el dolor que no se había permitido notar le atravesó los dedos y le subió por el brazo.

—Oh.

—Sí. Oh.

Xena se encogió de hombros, partió la tela en dos y se puso a trabajar. Poco después, con la mano palpitante, pero limpia y bien vendada, se puso a hurgar en el costado de Gabrielle, intentando hacerlo con la mayor delicadeza posible.

Gabrielle tenía la cabeza echada hacia atrás, con los ojos cerrados, y respiraba soltando pequeños resoplidos.

—Ay... maldita sea... Xena, háblame —exigió.

—¿De qué?

—De lo que sea, lo que sea, dioses, ¡háblame para que no tenga que pensar en lo que estás haciendo ahí abajo!

Xena extrajo un trozo de piedra que no había visto hasta entonces y a cambio oyó un quejido.

—Perdona, perdona, vale... ¿qué vamos a hacer con esta situación?

Gabrielle rechinó los dientes.

—Creo que se está debilitando. Creo que tenemos que aaajjj... ay... tener cuidado porque ahora podríamos ahuyentarla definitivamente.

Xena negó con la cabeza.

—Si acaso, lo que hace falta es presionarla más. No es de las que huyen sin más. Lo está pasando en grande.

La presión en el costado hizo jadear a la bardo y a continuación soltar una obscenidad entre dientes.

—¿Tú qué crees que le pasa? Está muy mal.

—Es un monstruito, eso es lo que es.

—Xena, los niños no nacen así —dijo Gabrielle—. Siempre hay algo que los hace así. —Yo debería saberlo.

Xena la miró un momento a los ojos, pidiéndole perdón. Gabrielle sonrió levemente. Tranquila. Xena, aliviada, terminó de limpiar, dio la vuelta al trapo y lo aclaró con el agua que tenían, que cada vez era menos.

—Muerde algo, Gabrielle.

—¿Por qué? —Gabrielle sonaba aprensiva, y con razón. Miró a Xena de hito en hito mientras la guerrera quitaba el tapón del odre de vino.

—Toma. —Xena se arrancó una de las tiras de cuero de su túnica de combate, con una mueca de dolor, y la acercó a la boca de la bardo.

—No irás a...

—Ya lo creo que sí. Vas a tener una infección espantosa como no lo haga, y no creas que no me interesa mantenerte con vida el mayor tiempo posible. Ahora, abre.

—Xena, ¿no podrías esp...?

—¡Abre!

—Pero es q-¡affggajjj!

—No ha sido tan difícil, ¿verdad? Ahora muerde bien.

La mano de Xena salió disparada rauda como el pensamiento y sus hábiles dedos golpearon un punto de presión en la garganta de la bardo. Gabrielle abrió mucho los ojos, tosió y se quedó pavorosamente inerte del cuello para abajo.

—No puedo mantenerlo mucho tiempo, así que... —Xena echó lo que quedaba del vino sobre la herida de Gabrielle, con cuidado de entrara bien por todas partes. Gabrielle bufó preparándose.

Una vez terminó, Xena la miró con aire de disculpa.

—¿Preparada?

La amazona negó enfáticamente con la cabeza.

—¡Nnnmfmnf!

—Lo siento —dijo la guerrera con ternura, sintiéndolo de verdad—. Respira hondo. Una... dos... —Cuando Gabrielle cerró los ojos, Xena golpeó el punto de presión antes de que Gabrielle tuviera oportunidad de tensar los músculos como reflejo al oír “tres”.

—¡NNNNNNGNGNGNGNGNGNGNGNNGGGGGFFFFNNFF! —aulló la bardo entre dientes, con las mejillas tan rojas que parecían amoratadas. Escupió furiosa la tira de cuero a la guerrera—. ¡Por el culo de Apolo! ¡Xena, qué dolor!

—Lo sé. —Xena le acarició el pelo suavemente—. Eso significa que funciona. No durará mucho, tú aguanta.

—Grgjjgg... ¡maldita sea! —jadeó Gabrielle, dejando caer la cabeza hacia atrás—. ¡Maldición, maldición, maldición! —Siguió con los ojos cerrados y respiró hondo, hasta que las arrugas de su frente fueron desapareciendo y su corazón recuperó el ritmo normal.

Xena empapó el trapo en agua, lo pegó con firmeza a la raja y pasó la manta por encima para sujetarlo.

—Ya está. ¿Cómo lo notas?

Gabrielle se lo pensó, ya más calmada.

—Más fresco. Mejor —dijo con sinceridad—. Siento haberte gritado.

—Nada, tranquila. Las dos estamos bien. Pero dentro de un día o dos no lo estaremos, así que vamos a pensar.

—Vale.

—Con independencia de lo que quiera esta niña, tenemos que idear un plan. Encontrar sus puntos débiles.

Mientras le daba vueltas, Gabrielle se mordisqueaba el labio inferior. De repente, se le iluminaron los ojos.

—Su familia.


—Has dicho que tenías una hermana, chica rubia.

—Es c-cierto —replicó Gabrielle, alzando las antenas al tiempo que miraba a Xena con disimulo—. Una hermana pequeña. Lila. —Por fin. Sólo la he mencionado quince veces.

Tai había vuelto cuando ya hacía tiempo que había anochecido, y para entonces ni la guerrera ni la bardo se sentían muy bien. Gabrielle estaba blanca como una sábana y tiritaba de frío, y Xena, aunque no decía nada, se traicionaba al dirigir la mirada hacia su pie aplastado cada pocos minutos. La guerrera parecía inmune al frío, pues ni siquiera tenía la piel de gallina por las brisas gélidas que se precipitaban por el borde del despeñadero y caían sobre ellas como aves carroñeras.

Tai había traído otro morral, que se apresuró a esconder detrás de una roca y al que no hacía referencia alguna. Se pasó por lo menos una hora interrogándolas de nuevo, indagando, exigiendo, devorando todo lo que salía de labios de cualquiera de las dos. Su apetito era infinito. ¿Alguna de ellas había visto un dragón? Sí, Xena vio uno una vez. ¿Cómo era Atenas? ¡Preciosa! (Gabrielle) Mal oliente. (Xena) ¿Cuál es el mejor lugar del mundo? Hay un lago cerca del templo más grande de Afrodita... (Xena) Cualquier lugar donde esté Xena. (Gabrielle) ¿Quién era la persona más desagradable con la que habían luchado en su vida? Calisto. Esto último hizo que las dos se quedaran calladas un rato.

—Bueno, ¿y cómo es? ¿Tu hermana? —Tai se echó hacia atrás y, aunque su postura parecía relajada, sus ojos la traicionaban: relucían con un repentino y fiero interés.

Gabrielle se sonrió un poco, a pesar de los escalofríos.

—No se parece a nadie a quien puedas llegar a conocer en tu vida. Es d-dulce y fuerte y desquiciante y m-maravillosa, todo al mismo tiempo. —La bardo no lo sabía, pero le brillaban los ojos al decir—: Es muy e-especial. Soy muy afortunada por tenerla. La quiero muchísimo.

Tai la miró melancólica cuando Gabrielle se calló, perdida en un recuerdo agradable. Sin embargo, cuando continuó lo hizo con un aire ligeramente ufano.

—También está c-celosa de mí, pero no por la raz-zón que ella cree.

—¿Ah, sí? —Xena sentía ahora interés, y no pudo evitar hacer la pregunta.

—¡Calla, Xe! —dijo Tai rápidamente y luego se volvió de nuevo hacia Gabrielle. Sin la menor muestra de humor, preguntó—: ¿Ah, sí?

—Sí. —Gabrielle sopló para apartarse un mechón suelto de pelo—. Cree que está enfadada porque la he dejado en Pote-Potedaia, pero en realidad es p-porque está quedada con Xena.

—¿Qué?

—¿QUÉ?

Dos voces manifestaron a la vez la misma incredulidad, y Gabrielle sonrió con los labios azules.

—N-no me digas que no te has d-dado cuenta, doña r-rompecorazones guerrera.

Xena resopló.

—Gabrielle, eso es una ridiculez.

—No, no lo es. Ya sabes cómo se pone.

—¡No, no lo sé!

—¿Cómo se pone? —preguntó Tai, sonriendo sin disimulos por la incomodidad de la guerrera.

—Con la mirada toda perdida —explicó Gabrielle, sin dejar de sonreír con malicia—. Y de m-mal humor cuando Xena no le presta suficiente atención...

—Gabrielle, te equivocas. —Xena parecía ahora casi desesperada—. Lo interpretas mal.

—¡Así que reconoces que hay algo que interpretar! —exclamó la bardo regocijada, tras lo cual tosió un poco y se mordió el labio—. ¡Lo s-sabía!

Xena se quedó boquiabierta. Tai se echó a reír.

—¿Qué más hace, Gabrielle?

Por dentro, Gabrielle aplaudió el primer uso incontrolado de su nombre. Te estoy afectando, ¿verdad, mi niña? En voz alta, se limitó a decir con intención:

—Bueno, hubo una vez en que un señor de la guerra atacó Potedaia y Xena no estaba entonces conmigo. Así que cuando todo acabó, me reuní con ella y volvimos las dos para ayudar a reconstruir... y L-Lila era como un perrito faldero. La s-seguía a todas partes...

—No es cierto.

—Estaba pendiente de cada p-palabra...

—No es verdad —rezongó la ex señora de la guerra.

—Oh, Xeeena, ¿me enseñas todas las c-cosas que le has enseñado a Gabrielle? —gimoteó la bardo, mirando a su compañera con ojos de cordero degollado. Se volvió hacia Tai y batió las pestañas exageradamente—. Conoces ese tipo de cara, ¿verdad?

Tai se echó a reír.

—¡Sí! A mi hermana se le ponía justo esa cara cuando salía con Jarrod. ¡Se le ponía esa misma cara!

Xena apenas logró evitar levantar la mirada al oír aquello. Qué lista, pero qué lista, Gabrielle...

Tai continuó, sin percatarse, con el rostro iluminado de repente.

—Y cuando me despertaba algunas noches, ¡la veía mirándose al espejo, poniéndose caritas y sonriendo! Era justo antes de que se... —De repente se detuvo en seco y se le quedó la expresión congelada.

—¿En serio? —continuó la bardo como si nada, como si no notara la repentina rigidez de la niña—. ¿J-Jarrod es su novio?

Tai tenía la mirada fija y tragó una vez, por reflejo, con las mejillas pálidas.

—Ah, espera —se corrigió Gabrielle—, has dicho que salía con él. Supongo que han roto, entonces. Sí, tendrías que haber visto a Lila cuando nos m-marchamos. Pensé que se le iban a salir los ojos de las ó-órbitas de tanto como miraba a Xena.

Tai pasó la mirada de Gabrielle a la guerrera, con cautela, con desconfianza. ¿Nadie iba a comentar nada?

—Gabrielle, ya veo que a tu imaginación no le pasa nada con el frío —dijo la guerrera, que parecía no haberse dado cuenta de nada.

—Por ahora, va bien. Pero sí que está empezando a hacer un frío espantoso. ¿Tai?

—¿Mm? —La niña temblaba ahora, casi imperceptiblemente, con el rostro aún blanco.

—¿El azul me sienta bien? —preguntó la bardo tiritando.

—No... —dijo Tai aturdida—. No lo sé. Me... —Se levantó de golpe—. Me tengo que ir. Me tengo que ir ya.

—Tai, espera. —Gabrielle se dirigió a la niña con claridad, con un tono repentinamente decidido y exigente—. Primero necesitamos que nos ayudes con una cosa.

—Qué. —No era una pregunta, no había nada en su tono salvo apatía.

—Necesitamos fuego —dijo la bardo con firmeza—. Nos vamos a congelar esta noche sin una hoguera. Xena puede prepararla, si le traes eslabón y pedernal y si nos traes leña. ¿Qué te parece?

—Bien. —Sin decir nada más, Tai se alejó con paso cansino en la oscuridad, con los hombros caídos. Gabrielle y Xena se miraron conteniendo apenas su alegría.

Cuando el ruido de sus pasos se perdió en la distancia, Xena exclamó en voz baja:

—¡Gabrielle, eres un genio!

Gabrielle inclinó la cabeza con modestia.

—Gracias, gracias...

—Nos acabas de salvar la vida, que lo sepas.

La rubia se puso seria.

—Por esta noche, en cualquier caso.

Xena no podía contener su entusiasmo.

—Comida y fuego —se regocijó en voz baja—. La estamos domando, Gabrielle, sólo es cuestión de tiempo.

Gabrielle guardó silencio.

—¿Qué te pasa?

La bardo se mordió ligeramente el labio.

—¿Por qué tienes que mostrarte tan... despiadada, Xena? ¿Qué es eso de “domarla”? N-no es un caballo.

—¿Qué otra cosa podemos hacer? ¿Morirnos de frío y de hambre?

—Lo digo en serio. Está m-mal de verdad, ¿es que no lo ves?

—Claro que lo veo —bufó la guerrera—. Es más que evidente.

—Lo que quiero decir es que ocurre a-algo con su familia —insistió Gabrielle—. Sabes que su hermana... ¿cómo dijo que se llamaba... Secayo? —Al ver el gesto de asentimiento, continuó—. Sabes que de-debe de estar muerta. ¿Te has fijado en su cara?

—Y lo lamento, Gabrielle, pero si la tratamos con mucho miramiento, las que acabaremos muertas seremos nosotras. —La cara de Xena era una máscara de frialdad—. Si tengo que elegir entre fastidiar un poco a una niña y verte morir, ponme en fila a todos los niños del mundo. Sé muy bien qué camino seguir.

Gabrielle meneó la cabeza ligeramente.

—Tenemos que pensar en una manera de hacer esto sin ha-hacerle daño —rogó—. Ahora mismo se la podía manipular p-perfectamente. Eso es bueno para nosotras, pero no para ella.

—Nada de todo esto ha sido bueno para nosotras —bufó Xena—. Hace treinta y seis horas que podría habernos conseguido ayuda y en cambio, ha preferido jugar a las veinte mil preguntas. No me puedo permitir sentir lástima por ella, Gabrielle, y tú tampoco.

—Es que...

—Si tanto te molesta, deja que sea yo la que hable cuando vuelva.

Gabrielle cedió con un suspiro. Pasada la pared del despeñadero, un ruido de arrastre anunció el regreso de Tai. Subió hasta ellas a trompicones, tirando de algo que parecía un árbol muerto entero, aunque pequeño. Lo dejó caer de cualquier manera al lado de la guerrera, sin hacer caso de los arañazos que tenía en las piernas, y se dio la vuelta sin decir palabra.

—Gracias —dijo Xena secamente, pero no obtuvo respuesta mientras la niña desaparecía en la oscuridad una vez más.

Gabrielle frunció el ceño mientras la guerrera empezaba a romper trozos pequeños de las ramas para obtener leña menuda.

—Espero que esté bien.

Xena no dijo nada mientras pensaba dónde situar la hoguera. No había mucho espacio libre entre sus cuerpos, pero un poco más abajo, hacia las piernas, había casi un metro. Piedras las había por todas partes. Perfecto.

Empezó por despejar el espacio hasta que no quedó nada salvo tierra. Tras elegir las piedras más pequeñas, las colocó en el espacio, dejando huequecitos entre ellas, suficientes para dar aire a las brasas. Gabrielle observó mientras colocaba piedras más grandes alrededor creando un círculo.

—No es muy grande.

—No hace falta que lo sea. —Xena estaba concentrada en su tarea—. Lo tenemos cerca y calentará las piedras. No estamos haciendo una hoguera para señales, sino algo que nos dé calor... —Se quedó callada y la bardo y ella se miraron de repente.

—Una hoguera para hacer señales —murmuró Gabrielle despacio.

—Justo —dijo la fría voz de Tai detrás de ellas—, y así podéis quemar la montaña y también a vosotras mismas. Buen plan, Gabrielle.

Gabrielle se quedó rígida. Oh, no.

—No era un plan, Tai —se apresuró a decir—. S-sólo una idea. Pensaba en v-voz alta.

—Además —añadió Xena con calma, sin dejar de partir la leña—, tenemos todo lo que necesitamos para esta noche. Gracias.

—Yo no diría que todo —replicó la niña sin entonación, dejando caer con descuido un montón de ramas cortas y gruesas al suelo. Xena bufó cuando una de ellas le golpeó la mano herida, y tuvo que morderse la lengua para contener una respuesta rabiosa.

—¿A qué te refieres? —Gabrielle no se atrevía a esperar que esto fuera a ser el final por hoy.

Tai se apartó y escarbó hasta que sacó el morral que había traído consigo. Metió una mano dentro y sacó algo enrollado y marrón.

—Tomad. —Una piel de vaca curtida aterrizó sobre el estómago de Gabrielle. Un segundo después, otro bulto parecido aterrizó encima de Xena—. Que durmáis bien.

Cuando casi había desaparecido, Gabrielle la llamó.

—¡Tai, espera!

Se oyeron pasos lentos que regresaban al lugar donde yacían. Daba miedo ver su cara: la niña que antes estaba tan llena de fuego y alegría ahora parecía carecer de vida por completo. Su fino vestido se agitaba en torno a sus rodillas como una vela andrajosa, y de repente Gabrielle sintió tal lástima por ella que se le revolvió el estómago.

—Gracias —dijo la bardo. Y lo dijo de corazón.

—¿Por qué me das las gracias? —preguntó la niña apáticamente—. Seguís bajo las rocas, ¿no?

—Sí —reconoció Gabrielle, tiritando de nuevo—. Pero ahora mismo te doy las gracias por los pequeños favores. Y quién sabe —continuó, jugándosela—, mañana será otro día. Tal vez para entonces estés dispuesta a dejarnos marchar.

Tai se quedó mirándola.

—Tal vez.

Y entonces retrocedió y desapareció en las sombras.


Las rojas brasas ardían con una alegre luz en la oscuridad. El resplandor que emitían acariciaba a Gabrielle como un amante, creando manchas de luz y sombra que bailaban sobre su cara y se movían por el negro azulado de las rocas, introduciéndose en un lugar donde era muy bien recibido.

La bardo, bien caliente y curiosamente feliz, levantó un poco la cabeza. Xena, adelantándose a su necesidad, alargó la mano sin decir nada y le subió la manta áspera hasta la barbilla. Gabrielle suspiró. La pequeña hoguera crepitaba entre las dos: una representación viva del calor de sus sentimientos por la otra mujer, del calor que recibía de ella a su vez. Xena.

A la luz del fuego, Xena no parecía una mujer atrapada. No parecía una mujer herida. Se las arreglaba incluso para estar acurrucada debajo de su manta y tener un aspecto regio. Ahora mismo, tenía la mirada perdida en la oscuridad, ligeramente ceñuda, y se mordisqueaba un poco el labio inferior. Gabrielle conocía esa expresión. Estaba dándole vueltas a algo.

¿Qué será?, pensó la bardo soñadoramente. Un gran plan, tal vez, para que las dos consigamos superar este próximo día. Es tan generosa...

—Gabrielle. —El sonido de la voz de la guerrera fue repentino y la sobresaltó—. Lila no está quedada conmigo, so cerda.


¿Has visto esos moratones?

Tai, a quien se le había cortado la respiración, estaba tumbada tiritando al lado de su hermano en la penumbra de su propio cuarto. No podía dormir.

¿Y qué quieres que haga yo, Parothus? Ya ni siquiera me mira.

No tenía nada que ver con el triste silencio de su padre ni con el llanto dolido de su madre el que, cuando Tai llegó a casa, se negara a hablar con ellos.

No podemos dejar que esto siga así, Hatsume. No podemos. La está matando, y nos está matando a nosotros. No come desde saben los dioses cuándo...

No tenía nada que ver con el vacío que sentía en el pecho al mirar otra cama al otro lado del cuarto, una cama libre en la que se le prohibía dormir.

Jed dice que mató a esa ternera enferma, ya sabes cuál. ¿Te lo he contado? La mató a palos.

Tenía todo que ver con dos pares de ojos, uno verde, el otro azul, que la atravesaban de un modo que no había creído posible.

¿Cómo puedo cambiar las cosas? ¿Cómo? No quiere hablar. No quiere quedarse en casa, no quiere trabajar, no quiere hablar conmigo. Ni siquiera sé qué hace allí arriba el día entero y la noche entera. Me pides que solucione algo que ni siquiera comprendo, Parothus.

Hablaban con ella. La escuchaban. Eran hasta amables, a su modo. No podía renunciar a ellas. No iba a renunciar a ellas. Si las dejaba marchar, harían justamente eso. Marcharse. Incluso moribundas, conseguían que se sintiera más viva de lo que se había sentido desde...

Mujer, lo único que sé es que no puedo vivir así. Ya es demasiado tiempo.

Jed se movió y murmuró a su lado, se dio la vuelta, pegándose a ella, y su aliento cálido agitó su pelo sobre la almohada. Tai lo observó. Jed tenía dieciséis años. Nunca había sido particularmente amable con ella, pero tampoco había sido nunca particularmente desagradable. Siempre había estado... ahí. Mientras lo miraba, él murmuró algo ininteligible y apretó los puños. Tai se imaginó lo que estaba soñando.

¡Ni siquiera lo intentas! Todas las noches te ahogas en esa maldita botella. Te vas antes de que me despierte...

Mientras lo miraba, notó que algo se movía en su interior. Gabrielle, con el rostro iluminado de amor por su hermana: “Es muy especial. Soy muy afortunada por tenerla. La quiero muchísimo”.

¿No debería sentir ella lo mismo por el desconocido tumbado a su lado? ¿No debería volver corriendo a casa desde los campos para encontrarse con su sonrisa de alegría al volver a verla, para sentir cómo la estrechaban sus fuertes brazos, para que le tomara el pelo y le hiciera cosquillas, para que se metiera con ella y la quisiera? ¿No debería?

¿Me quieres quitar este consuelo? Saben los dioses que me lo he ganado. Saben los dioses que trabajo lo suficiente para ganarme al menos algo de paz por la noche, Hatsume. Cualquier cosa es mejor que esos malditos sueños.

Sin darse cuenta, se había pegado más a su hermano mayor, posando una mano en la suya.

—¿Jed? —murmuró bajito, y no hubo respuesta—. ¿Jed?

—¿Mmff?

—Despierta.

—’Jame, d’érm’te.

Bebes un consuelo que no permites que te dé yo, Parothus. Tú tampoco hablas ya conmigo.

—Jed. Te quiero. —¿No debería?

Eso llamó su atención. Entreabrió un ojo y miró atontado a la niña que estaba a su lado. Con la voz embargada de sueños, dijo:

—¿Qué? ¿Q’hor’es?

Tai le cogió la mano e intentó imaginar algún tipo de afecto entre los dos.

—Te quiero —repitió tercamente, ferozmente.

Jed gimió, aturdido.

—Mierda, Tai, ¿plena n’che y me d’spiertas pa’sta tont’ría? ’Jamenpaz.

La empujó, a ciegas, y ella se apartó, también a ciegas. No lloró, no sentía la necesidad de hacerlo. Sólo sentía frío.

Es esta casa. Es esta casa y todo lo que hay en ella. No me extraña que se escape por ahí todo el día, Parothus. Yo tampoco soporto estar aquí. Ya no lo soporto...

Jed se frotó los ojos con una mano para despejárselos y se incorporó apoyándose en la otra. Se iba despertando. Poco a poco. Algo le decía que se había perdido algo importante.

—¿Tai? —murmuró—. ¿Estás bien?

—Sí —murmuró la niña en voz baja—. Estoy bien. Vuelve a dormirte.


Por la mañana, la niña se despertó antes que nadie, como tenía por costumbre. Salió de la cama sin hacer ruido, se puso la capa de cuero que se había olvidado la noche anterior y se estremeció por lo que sospechaba que era el principio de un resfriado.

Fue a la tosca cocina de la granja, con cuidado de que las ollas no entrechocaran mientras las movía para encontrar lo que buscaba. Tai sabía que le quedaban por lo menos cuatro horas hasta que alguien se preguntara dónde se había metido: sus tareas de la mañana le solían llevar ese tiempo como poco. Sintiéndose culpable, se preguntó si los rebaños estarían bien. Hacía dos días que no les echaba un ojo ni hacía un recuento. Probablemente lo había estado haciendo Parothus por ella, pero nunca se sabía.

Ajá. La sartén pequeña. Bien. La sacó hábilmente de debajo de otras tres y se la metió en la faltriquera de la capa. Al menos tenía una ventaja: nadie se daría cuenta de que había estado saqueando la despensa. Su madre se ocupaba menos aún de la cocina que su padre, y últimamente, su padre estaba casi siempre demasiado borracho para saber dónde deberían estar las cosas.

Estremeciéndose de nuevo y tosiendo un poco, Tai pasó con cuidado ante sus padres dormidos de camino a la puerta de entrada. Miró a su padre con asco. Esta vez ni siquiera ha logrado llegar a la cama. Se le encendieron un poco las mejillas al recordar la noche anterior. Intentó imaginar un momento parecido con el hombretón, tirado tan cerca de la chimenea que tenía un lado de la cara escaldado. La teoría funcionó tan poco como la práctica.

Se animó un poco al recordar dónde iba. Abrió la puerta sin hacer ruido y corrió hasta el establo. En el cuarto frío del fondo colgaban varios cadáveres de unos ganchos más grandes que la cabeza de Tai. Con manos seguras y experimentadas, limpió uno de los cuchillos sucios esparcidos por la mesa de trabajo y se puso a cortar largas tiras de una cerda que sabía que habían matado hacía sólo un día. Carne fresca. Se le hizo la boca agua con el olor imaginario del tocino crujiente, y dudó sólo un segundo antes de cortar unas cuantas tiras para sí misma.

Su siguiente parada fue el armarito situado debajo de la mesa de trabajo. Ni se molestó en rebuscar dentro, simplemente descolgó el pequeño zurrón de piel de su sitio y metió dentro la capa con la sartén.

Por último, fue a las cuadras.

—Para ya, so cabrona —gruñó la niña enfadada cuando Afrodita quiso pegarle una coz perezosa por cuarta vez—. Te voy a cambiar por Ares y la próxima que acabe en el gancho serás tú como no pares.

Esto pareció aplacar un poco a la vaca: ya fuera por el tono de Tai o por la intervención de su plácida tocaya, el caso es que detuvo de inmediato sus empujones irritados y se entregó a las manos firmes de Tai con cara de paciencia infinita.

La propia Tai se sentía sorprendentemente feliz. ¿Por qué? Tuvo que pensárselo bastante, y mientras la niña subía esforzadamente por el sendero de la montaña cargada con un zurrón restallante y un pesado cubo, se dio cuenta de una cosa. Hacía esto porque quería. Hacía muchísimo tiempo que no trabajaba con gusto ni hacía un esfuerzo porque quería de corazón darle un gusto a alguien. ¿Es así como se supone que te debes sentir cuando estás con tu familia?


—Gabrielle.

—Mmm.

—Despierta.

—Nnn.

—Despierta, que ya vuelve.

Gabrielle se movió un poco y estiró la única parte de su cuerpo que podía estirar: el cuello.

—¿Cómo lo sabes? —farfulló un poco malhumorada.

—¿Conoces a otra persona dispuesta a subir hasta aquí canturreando?

La bardo hizo un rápido repaso mental. Cabeza: dolorida. Brazos: ni mencionarlos. El brazo roto era una masa sólida de sufrimiento silencioso desde lo que le parecían varias semanas. Cuando Xena se lo entablilló la noche anterior, volvió a despertarle el dolor, aunque a la larga fuera mejor. Ya casi estaba acostumbrada. Cuerpo: caliente, aunque algo entumecido. Piernas: la derecha, bien. Rígida, pero funcional. La izquierda, fría, atrapada, al parecer curiosamente ilesa. Costado: extrañamente insensible. Pavorosamente insensible. ¿Se estaba curando, o era la última calma antes de la tormenta?

Miró de lado para hacer un repaso de la guerrera. De ser posible, Xena parecía más fuerte que el día anterior. Los únicos síntomas externos de haber sufrido un accidente eran unas cuantas contusiones y la mano vendada. Tenía color en la cara y los ojos atentos. En total, Xena parecía Xena, y Gabrielle no pudo reprimir una punzada de envidia.

Al verse objeto de una mirada asesina, Xena enarcó una ceja.

—¿Qué pasa?

—¿Alguna vez, aunque sólo sea por casualidad... se te mueve un pelo de su sitio? —refunfuñó Gabrielle.

Los labios de Xena amagaron una sonrisa y, de repente, estalló en carcajadas. Fue algo inesperado y glorioso, y Gabrielle se descubrió sonriendo como reacción. Qué gusto despertarse así. Sin embargo, no se le pasó por alto el hecho de que la guerrera se posara ligeramente la mano sobre el estómago para apretárselo un poco a causa de un dolor del que no había hablado, ni la expresión lúgubre de sus ojos cuando dejó de reírse y bajó la mirada hacia sus piernas invisibles.

Gabrielle, que tenía experiencia con tales cosas, había aprendido hacía ya tiempo que comentar algo al respecto era inútil. La única manera de hacer algo era dar ayuda sin que se le pidiera, no ofrecerla. Y en las actuales circunstancias, no podía hacer nada, lo cual le resultaba desquiciante. Xena, pensó la bardo con tristeza, ¿cuándo comprenderás que soy capaz de aceptar que tú también seas humana?

—Buenos días —exclamó Tai al aparecer por el recodo.

Xena miró el cubo humeante de hito en hito.

—¿Qué es eso?

La niña sonrió.

—La Taberna de Tai está abierta.

Media hora más tarde, Gabrielle gimió.

—Basta, basta. —Xena agitó un jugoso trozo de cerdo delante de su cara con una sonrisa maliciosa—. Nononono, aparta eso... Me voy a poner mala...

Tai, sentada en las rocas entre los pies de las dos, se echó a reír con los labios relucientes de grasa.

—¿Una tostada? —preguntó, levantando un palo donde había pinchado un trozo de pan crujiente.

Gabrielle se quedó mirándola.

—¿No? —Tai se lo metió en la boca de golpe. Entre migas, dijo—: Tengo otra cosa para ti.


Xena se acercó más, con un hormigueo de frustración en las manos, mientras Tai volvía a limpiar con cuidado el costado de Gabrielle, haciéndole sofocar un grito cada vez que el algodón tocaba su carne dolorida e irritada.

—De verdad que creo que eso lo debería hacer yo —gruñó Xena entre dientes.

—He hecho esto millones de veces —contestó Tai con sequedad, sin apartar los ojos de lo que hacía—. Mi padre se parte la cabeza por lo menos tres veces al mes.

—¿Cómo? —Gabrielle también rechinaba los dientes y tenía los ojos cerrados con fuerza.

—Ahora no, Gabrielle. —La niña le pasó el paño a Xena—. Sujeta esto.

Xena se lo arrebató. Tai hurgó en el zurrón y sacó una botella, otro paño, hilo y...

—¡Nada de agujas! —soltó Xena, al reconocer el equipo de costura al instante—. ¡Ni hablar! A menos que lo haga yo. Ni hablar, Tai.

Tai se recostó sobre los talones y miró a la guerrera con aire impasible.

—¿No te olvidas de algo, Xena?

Xena bajó la barbilla y se quedó mirándola a su vez, con la misma impasibilidad.

—Si estás a punto de pronunciar la palabra “reglas”, ya te puedes ir olvidando. Tus reglas son un juego. La herida de Gabrielle no lo es.

Tai la miró con calma.

—No estás en situación de discutir conmigo. ¿Verdad?

Gabrielle torció la cabeza para seguir la conversación, respirando con más dificultad de la que había tenido desde antes de que tuvieran la hoguera.

Xena torció el gesto.

—Escucha, yo soy sanadora...

Tai se rió con desprecio.

—Ah, sí, por eso está casi a punto de llorar cada vez que la toco. Por lo bien que la has curado.

—¡Pues sí, con las cosas que tenía a mi disposición! ¡Si lo hubiera hecho cualquier otra persona, ahora estaría muerta!

Gabrielle se encogió visiblemente y Xena cerró los ojos. Pero qué tacto, qué habilidad, Xena.

—Gabrielle...

Tai se levantó de un salto, blandiendo furiosa la aguja.

—¡Y si yo hubiera estado en cualquier otro lugar, ahora las dos estaríais muertas! ¿O es que eso también lo has olvidado?

—No, claro que no —intentó calmarla Gabrielle. Demasiado tarde.

Xena había vuelto a abrir los ojos y atravesó a la niña con su penetrante mirada.

—¿Se supone que tenemos que estarte agradecidas? —preguntó en voz baja.

Tai se quedó desconcertada.

—Pues...

—Será una broma.

—Xena, no.

—¡SERÁ UNA BROMA! —rugió la guerrera, haciendo que la niña retrocediera unos pasos—. ¿De verdad crees que darnos de comer como a dos gatos perdidos compensa que NOS HAYAS DEJADO AQUÍ DOS DÍAS? ¿En qué clase de mundo estúpido de fantasía vives tú?

—Xena... —Gabrielle estaba ahora desesperada.

—¡ME DA IGUAL, Gabrielle! Tiene que oírlo, no podemos dejar que se siga creyendo este... este... ¡este lo que sea, vale! —Xena se volvió de nuevo hacia Tai, que se estaba mordiendo el labio inferior, angustiada, con la expresión más infantil que le habían visto nunca—. ¿Te crees que te vamos a dejar hacer esto sin decir nada? ¿Te crees que puedes aparecer por aquí cuando te venga en gana y que nosotras vamos a estar esperándote para charlar contigo cada día? ¡No somos muñecas! ¡No somos diosas! En una cosa tienes razón, Tai: ¡dentro de unos días LAS DOS ESTAREMOS MUERTAS y eso pesará sobre tu conciencia!

—¡Xena! ¿Crees que esto sirve de algo? —Gabrielle estaba acalorada—. ¿Qué vas a conseguir gritándole?

—¡Pues a lo mejor meterle un poco de sentido común en la cabeza!

—¡CÁLLATE!

El chillido consiguió su objetivo: la guerrera y la bardo se callaron y miraron a Tai. La niña temblaba visiblemente, pero tenía los hombros erguidos y la mirada clavada en ellas.

—Así es como veo yo las cosas —dijo con tono apagado, envuelta de nuevo en esa capa surrealista de madurez antinatural—. Ahora mismo, es como si estuvierais flotando encima de un gran agujero, ¿veis? Y debajo de vosotras hay una cuerdecita que os sostiene. —Movía las manos al hablar, ilustrando lo que decía sin darse cuenta—. La cuerda no quiere que os caigáis. A la cuerda le caéis bastante bien. Pero al final, la cuerda toma las decisiones, ¿no?

Gabrielle oía respirar a Xena. Esto no era normal y cuando miró rápidamente de reojo a su compañera, vio la mandíbula contraída, los labios apretados, la rabia enterrada.

Tai continuó.

—Puede que no os guste cómo está hecha la cuerda, pero es lo único que os sostiene. Así que me parece que podéis callaros y aguantar o podéis soltaros. ¿Quieres soltarte, Xena?

La guerrera no dijo nada, pero Gabrielle se dio cuenta de lo que le estaba costando.

—¿Quieres que Gabrielle se suelte contigo?

No hubo respuesta.

—Eso me parecía. —Tai las miró de arriba abajo—. Os estoy cuidando. Si no lo hiciera, anoche habríais muerto por el frío. Así de sencillo. Ahora que lo hemos dejado claro, Xena, puedes ocuparte de Gabrielle.

Xena parpadeó.

—¿Quieres decir...?

Tai le lanzó el paquete envuelto en lino, que la guerrera atrapó como acto reflejo.

—Quiero decir que la cosas, oh sanadora.

Gabrielle suspiró un poco, sin saber describir cómo se sentía. ¿Aliviada? ¿Asustada? Decidió clasificarlo como “revuelta” y, una vez lo hizo, cerró los ojos.

Xena, furiosa por dentro, ni volvió a mirar a Tai. Se puso a trabajar, preparando la aguja y el hilo. Cuando olía con cuidado la botella, que contenía un tipo de sustancia anestésica a base de hierbas, se volvió a oír la voz apagada de Tai.

—Yo estoy cuidando de vosotras. Así que, si ahora le pasa algo, pesará sobre tu conciencia, Xena. No la mía.


—La quieres, ¿verdad?

Xena, distraída, mordió el hilo para cortarlo y escupió el extremo.

—¿Qué?

—Te ha preguntado que si me quieres, cretina —susurró Gabrielle con los labios blancos y los hombros estremecidos de dolor.

—Pues claro —dijo Xena secamente, enjugando con delicadeza las gruesas gotas de sangre causadas por su aguja al atravesar la piel azulada y roja.

—No me refería a eso —dijo Tai—. Y Xena lo sabe.

—Estoy ocupada, Tai. —Xena cogió la cara de Gabrielle entre sus manos, escudriñando, buscando, comprobando, asegurándose a sí misma y a la bardo de que ésta se encontraba bien.

—Y yo tengo curiosidad. —La niña ladeó la cabeza, examinándolas a las dos como si hubiera algo distinto en ellas de las otras setenta veces que las había observado de la misma manera.

Xena lanzó una mirada hosca a la niña, que estaba sentada en las rocas entre las dos.

—¿Volvemos a las preguntas?

Tai se encogió de hombros con despreocupación.

—Si queréis comer esta noche, sí.

—Pues escucha —dijo Xena con tono gélido—. Tengo una idea mejor. Una pregunta por una piedra.

—Xena... —protestó Gabrielle débilmente.

—Yo de todas formas no tengo hambre. —Xena miraba fijamente a Tai, con un brillo feroz en los ojos—. Sí. Cualquier cosa que quieras preguntarme la tendrás que pagar apartando una piedra.

Tai sonrió.

—Las dos sabemos que no tengo que hacer nada de lo que tú digas.

—No —asintió la guerrera fríamente—. Pero si quieres que abra la boca, ésa es mi condición. Da de comer a Gabrielle. A mí me da igual no comer. Una piedra por una pregunta. Puedes empezar soltándole el brazo bueno a Gabrielle.

Tai se quedó mirándola largamente, con algo parecido a la risa plasmado en el rostro.

—Trato hecho. —Se situó detrás de la bardo, que tenía los ojos cerrados y estaba concentrada en respirar. Los cuidados de Xena, aunque necesarios, la habían dejado cegada de dolor, y Gabrielle veía puntitos rojos tras los párpados cerrados.

La niña contempló un momento el montón de rocas donde descansaba la bardo.

—Vale —dijo por fin—. Ya sé por dónde empezar. Bueno... ¿estás casada?

—No —dijo la guerrera con un resoplido.

—¿Has estado casada alguna vez?

—Para nada.

—¿Y tú, Gabrielle?

Gabrielle se puso blanca. Xena alzó una mano.

—Ya llevas dos preguntas. Primero una piedra.

—Puedes responder tú por ella —replicó Tai—. Y en ningún momento hemos dicho que no fuera una pregunta para cada una, así que sigue hablando, Xena.

—Zorra —murmuró la guerrera por lo bajo, aunque agradecía que la bardo no tuviera que responder—. ¿Cuál era la pregunta?

—¿Gabrielle está casada?

—No —dijo la guerrera secamente, con la esperanza de que la cosa quedara ahí.

—¿Ha estado casada alguna vez? —insistió la niña.

Qué fácil sería...

—No. —Así de fácil.

La bardo soltó aliento ligeramente y Tai la miró con curiosidad.

—Ya. ¿Estás mintiendo, Xena?

La guerrera se encerró en un terco silencio.

—Porque mentir no forma parte de las reglas.

Gabrielle levantó la cabeza y miró a Tai a los ojos.

—Sí, estuve casada.

—¿Y dónde está él?

—Ya van tres preguntas —interrumpió Xena enfadada, e indicó a Gabrielle con un gesto de la mano destrozada—. Piedra.

Tai bajó la mirada, hurgó en el montón y tiró hacia la izquierda una piedra del tamaño de un puño. Gabrielle bufó un poco. Xena se fijó en las piedras que quedaban y suspiró. Iban a tardar bastante.

—Bueno, ¿y dónde está?

—Murió. —Gabrielle pasó con la mirada por encima de la niña, por encima de la guerrera, y la fijó en algún punto del cielo. Su tono era monocorde y sin vida cuando habló—. Murió al día siguiente de nuestra boda.

Tai tomó una brusca bocanada de aire, con las mejillas pálidas, y sus manos alcanzaron otra piedra, la soltaron y la dejaron a un lado.

—¿Cuándo?

—La primavera pasada.

—¿Cómo?

Una tercera piedra cayó al suelo con un golpe sordo y Gabrielle dobló la muñeca y notó que el peso disminuía y se movía.

—Lo asesinaron. —El tono normalmente ecuánime de Gabrielle había desaparecido, junto con cualquier signo de calidez en su rostro. Su tono era tenso al añadir—: ¿Algo más, Tai, o con eso te basta?

Xena advirtió con interés que a Tai le temblaban las manos cuando las juntó con fuerza.

—Sólo una cosa —susurró la niña, y se detuvo, con la cara turbada—. Mm, si está bien. O sea, si te parece bien. Que pregunte.

Xena se quedó boquiabierta. ¡Está pidiendo permiso!

Gabrielle asintió secamente y Tai apartó tres piedras más, dejando un solo pedrusco del tamaño de una cabeza que aprisionaba el brazo de la bardo contra la tierra.

—¿Qué haces cuando lo echas de menos? —La niña entrelazaba los dedos una y otra vez, compulsivamente. Ni siquiera sabía que lo estaba haciendo y, por un momento, Xena sintió una punzada en el corazón al ver el dolor desnudo en el rostro de la niña.

—Al principio... no podía dormir —contestó Gabrielle despacio, apretando y abriendo el puño rítmicamente—. No podía comer, no podía soñar, no podía pensar en nada que no fuera él. A veces era como si no pudiera respirar.

Estas palabras despertaron un sentimiento muy distinto en el corazón de Xena, que cerró los ojos avergonzada al reconocerlo. Celos. ¿Cómo puedo tener celos de un muerto? ¿Qué clase de cabrona insegura y despiadada soy?

Gabrielle contemplaba el cielo mientras terminaba:

—Xena me sostuvo. No habría conseguido superarlo sin ella. —Sus ojos se posaron en los de la guerrera y se quedaron ahí, otra vez llenos de afecto—. Ella no sabía que lo estaba haciendo, pero Xena me enseñó lo que es el auténtico amor.

—¿Qué haces si no tienes a alguien así? —La voz de Tai apenas se oía ahora, y no era capaz de mirarlas. Empujó la última piedra y la apartó rodando—. O sea, ¿y si no tuvieras a Xena?

Gabrielle cruzó el dolorido brazo derecho por encima de su cuerpo por primera vez en tres días. Lo tenía azulado, magullado, con los dedos hinchados de sangre. Xena cogió inmediatamente los dedos dañados y se puso a frotarlos para devolverles la vida. Gabrielle la miró a los ojos y sonrió.

—Siempre la tendré. Y en cuanto a ti... —Gabrielle dobló los dedos y miró fijamente a la niña. Xena observó, fascinada, cómo se le contraían las pupilas, cómo se estrechaban y se endurecían. Se está distanciando, se dio cuenta la guerrera con cierto horror. Se lo va a decir. Le va a hacer daño. No puedo dejar que lo haga...

La ex señora de la guerra intervino súbitamente. Su tono era frío como el hierro, con la intención de herir.

—Tu hermana también está muerta.

Tai hizo un ruido. Fue un ruido horrible, ahogado, como si le hubieran sacado el aire de los pulmones con un martillazo en el pecho. Se quedó mirando ciegamente a la Princesa Guerrera con cara de incredulidad y horror.

Gabrielle soltó a su vez una bocanada temblorosa de aire. Oh, dioses. Gracias, Xena. La única manera de hacerle mella es haciéndole daño o enfureciéndola... pero no creo que yo hubiera podido hacerlo. Fíjate en su cara...

Xena miraba a la niña glacialmente, obligándose a sí misma a seguir impasible.

—Está muerta, y por eso tú estás tan chiflada. ¿Tengo razón?

—¡ESO NO ES CIERTO! —gritó Tai, levantándose de un salto y lanzando una patada a la velocidad del rayo. Alcanzó de lleno a Xena en el costado y la guerrera no pudo reprimir un grito ahogado y sorprendido de auténtico dolor.

Tai ni se dio cuenta. Tenía la cara roja de rabia y los ojos desorbitados.

—¡NO ESTÁ MUERTA! ¿POR QUÉ HAS DICHO ESO? ¿POR QUÉ? ¿POR QUÉ LO HAS DICHO, XENA? —Cada frase iba acompañada de una fuerte patada, y Gabrielle agachó la cabeza todo lo que pudo para esquivar el pie que pasaba como un destello ante su cara—. ¿POR QUÉ? ¿POR QUÉ? ¡TE VOY A MATAR! ¡TE VOY A MATAR POR ESO! ¡NO ESTÁ MUERTA! ¡NO ESTÁ MUERTA!

La guerrera se quedó atónita por la fuerza del estallido y sin darse cuenta dejó que la alcanzaran cuatro o cinco patadas, hasta que alzó la mano para agarrar el tobillo de Tai cuando la niña quiso darle en la cara.

—¡BASTA YA! —bramó Xena, y tiró con fuerza, lanzando a la niña hacia atrás.

Tai cayó al suelo con un golpe seco y al instante ya estaba retrocediendo a rastras, ya se estaba levantando de nuevo, jadeante de furia.

—Lo digo en serio, Xena —gruñó Tai, temblando de rabia—. Lo digo en serio. Te voy a matar por eso. —Se agachó y Gabrielle se dio cuenta aturdida de que iba a coger las piedras del tamaño de un puño que acababa de apartar.

—¡Adelante! —bufó la guerrera con ferocidad—. ¡Hazlo! ¡Acaba de una vez! ¡Porque de todas formas nos estamos muriendo, Tai, poco a poco! ¿Qué más da si haces que ocurra más deprisa? ¡Está muerta! ¡Así no vas a conseguir que vuelva!

—¡CÁLLATE! —medio sollozó, medio gritó la niña. A pocos pasos de distancia, lanzó la piedra con todas sus fuerzas.

—¡NO! —Para Gabrielle, fue como si el mundo hubiera dejado de moverse y hubiera cubierto su vista con una sustancia densa como la melaza, distorsionando extrañamente lo que sus sentidos le permitían percibir. Vio cómo la pesada piedra abandonaba los dedos de Tai, vio cómo pasaba zumbando ante su propia cara, tan cerca que su frialdad cortó el aire que le rozaba la mejilla. Oyó el chasquido de los huesos y los músculos de Tai al volver a encajarse en su sitio. Vio la ira palpitante y devoradora del rostro de la niña. Entrevió la reluciente alfombra lejana que era el océano. Oyó el crujido nauseabundo de la piedra al entrar en contacto con la carne y el hueso, oyó el grito de dolor de la guerrera, vio cómo cambiaban los ojos de la niña, llenándose de horror, oyó el aire que salía despedido de los pulmones de Xena, el golpe seco de su cráneo al chocar con las piedras que tenía detrás.

—¡Xena! —Que no acabe así... dioses, por favor... Gabrielle no sabía qué hacer. No podía alcanzar a Xena con el brazo sano, porque no podía girar el cuerpo lo suficiente. Lo único que podía hacer era mirar la espesa sangre roja que manaba de una profunda y reluciente raja en la sien de Xena y que caía sobre sus párpados cerrados y se le mezclaba con el pelo. Ver cómo el color desaparecía de las mejillas de la guerrera como una ola que regresara despacio al océano.

—¡Xena, despierta!

No hubo respuesta. La bardo sintió que algo dentro de su alma se partía en dos cuando la guerrera soltó una larga y lenta bocanada de aire... y su pecho no volvió a levantarse.

Y Gabrielle no pudo hacer nada salvo mirar y descargar su creciente furia sobre la niña.

Tai tenía la cara blanca y sin expresión, con los ojos clavados en la sangre. Sangre en las piedras, sangre en el suelo, sangre en el rostro de Xena.

—¡Haz algo! —le gritó Gabrielle sollozando, lanzando una lluvia de piedrecitas a la niña paralizada con la mano sana—. ¡Haz algo ya! Maldito parásito, como la hayas matado... —Se le quebró la voz y se volvió de nuevo hacia su amiga, tratando de alcanzarla—. Como la hayas matado... Xena... ¡Xena, despierta!

Nada.

Tai se atragantó. Gabrielle cerró los ojos y aulló mentalmente. Otra vez no, otra vez no, otra vez no, antes que yo no, otra vez no, no puedo soportarlo, otra vez no...

—¡Xena, respira! —gritó con la voz rota, con violencia, con terror al sentir la herida que creía que nunca volvería a sentir, pero que llevaba tanto tiempo temiendo—. Respira ahora mismo, o te juro por Ares que... que... oh, dioses... Xena, por favor... por favor, no me dejes otra vez, por favor...

Más suave que la luz de la luna, la voz de la guerrera respondió:

—Cálmate, Gabrielle.

La bardo se atragantó con un grito sofocado, caliente, sobresaltado de pura felicidad. Xena abrió los ojos y le sonrió débilmente, luego tosió cuando se le metió un poco de sangre en la boca.

—No estoy muerta. Pero creo que tengo goteras.

Gabrielle agarró rápidamente la mano temblorosa que le tendió la guerrera y la sostuvo, apretándosela contra el pecho, pues quería pruebas, necesitaba sentirse tocada por la vida de Xena. Tai se sentó de golpe, cuando su cuerpo repentinamente impotente se negó a obedecerla, y se quedó tirada en el suelo, con los hombros y los brazos temblorosos como las patas de un potrillo recién nacido.

—¡No vuelvas a hacer eso nunca más, Xena! —gritó Gabrielle, cuyo alivio abrumador se manifestó como furia coagulada—. ¿Me oyes? ¡No te atrevas a volver a hacerme eso! ¿Qué Hades ha sido eso de no respirar? ¿Un truco estúpido de guerrera para consevar energía? No te...

—Entendido, Gabrielle —fue la suave respuesta.

—Pues muy bien —contestó la bardo, con las mejillas bañadas en lágrimas—. Bien. Bien. Pues que quede claro.

—Como el agua —asintió Xena, y apretó con más fuerza la mano de Gabrielle con la suya—. No ha sido como te esperabas, ¿eh? —dijo la guerrera con la voz rota, dirigiéndose a la niña, que estaba sentada en el suelo paralizada e inerte, incapaz de apartar los ojos de la herida de Xena—. Todavía sientes el dolor, ¿verdad? ¿Sabes qué? Da exactamente igual. Podrías habernos matado a golpes y al final, seguirías sintiendo ese dolor por dentro. Sólo que entonces tendrías aún más motivos para sentirlo. Secayo está muerta, Tai, y nosotras también lo estaremos, dentro de poco.

Tai habló entonces, y lo que dijo las dejó confusas.

—¿Quién es Secayo?

Gabrielle parpadeó.

—Tú nos dijiste que así se llamaba tu hermana —dijo, intentando que no se le notara en la voz la furia apenas controlada que sentía hacia la niña.

—No, yo no dije eso. —Tai apartó la mirada y la dirigió hacia lo alto del despeñadero, con el cuello blanco tan expuesto y vulnerable como el de un cisne enjaulado. Tragó saliva y susurró—: Dije que se cayó. Mi hermana se cayó.

La niña se levantó.

—Lo siento, Xena —dijo con sencillez. Se marchó entonces, y en su tono había algo que impidió a la guerrera y a la bardo intentar detenerla.


Ya estaba casi oscureciendo cuando Xena se sintió suficientemente bien para intentar limpiarse, aunque había hecho un esfuerzo por evitar mencionar el motivo a Gabrielle y había adoptado en cambio una actitud despreocupada que le había provocado un dolor de cabeza espantoso.

Ahora, mientras Gabrielle observaba en la penumbra y le indicaba malhumorada cómo debía mover el paño, deseó, no por primera vez, que su bravuconería no fuera tan ancha y profunda como el Egeo. La pedrada la había dejado sin aliento y mareada, y se había pasado toda la tarde luchando en silencio contra una calma aturdida y antinatural.

—A la izquierda —se oyó la voz de Gabrielle—. Más a la izquierda. Tienes un buen coágulo justo encima de la ceja, a saber cómo ha acabado ahí. Más arriba. Xena, más arriba.

—Que vale.

Gabrielle suspiró.

—Dioses, qué incordio es esto. ¿No puedes acercarte un poco más a mí? Así podría hacerlo yo por ti.

Xena dejó de frotarse y enarcó una ceja.

—Gabrielle, si pudiera acercarme más a ti, ¿crees que habríamos pasado tanto frío la primera noche?

Por alguna razón, este comentario hizo que Gabrielle se ruborizara. Por lo menos, eso le pareció a Xena a la escasa luz del lento ocaso. Desde luego, se le cambió el tono de voz.

—Lo siento.

—¿El qué?

—La he llamado parásito.

—No creo que se haya ido por eso.

—Supongo que no, pero ¿y si lo recuerda al volver y cambia de idea?

Xena sonrió por dentro al oír el tono de auténtica preocupación de la bardo.

—Eso suponiendo que vuelva, Gabrielle.

Hubo un momento de silencio.

—¿Crees que su hermana se cayó por este despeñadero?

Xena se encogió de hombros.

—Es una montaña muy grande.

—Sí.

La respuesta salió de la sombra que había al pie del despeñadero. Gabrielle volvió la cabeza de golpe y hasta Xena se encogió. Se maldijo a sí misma en silencio. Maldita sea, Xena, esto te pasa muy a menudo últimamente. A ver si recuperas la forma.

Gabrielle escudriñó la oscuridad, con los ojos relucientes.

—¿Tai?

Un resoplido.

—No, Atenea. Estoy pluriempleada.

De repente, Xena se echó a reír.

—Los críos dicen cosas increíbles, ¿verdad?

Gabrielle se puso blanca.

—No ha tenido gracia. Esto no tiene gracia. Cómo se te ocurre.

—He dicho que lo sentía —intervino de nuevo Tai, con tono apagado.

—¡No tanto como lo sentirías si la hubieras matado! —gritó la bardo en la oscuridad, con las mejillas enrojecidas—. ¡Habría encontrado la forma de salir de debajo de esto y te habría devuelto el favor, te lo aseguro!

—Y me lo habría merecido.

Xena tomó aliento y posó una mano en el brazo de Gabrielle para refrenarla.

—Tai, Gabrielle sólo está enfadada. La has... la has asustado.

—Soy mala. —La voz de la niña sonaba hueca—. Soy mala, como lo era ella.

Gabrielle, que seguía ardiendo de rabia, lo estaba pasando fatal. El corazón de la bardo, aunque ahora tenía más edad y era más sabio y contaba con algunas cicatrices, seguía siendo, al fin y al cabo, su corazón. Y la rabia desatada que intentaba alimentar contra la niña no tenía cabida en él: Gabrielle y la ira no se llevaban bien. El dolor que se percibía en la voz de la niña la llamaba como la canción de una sirena, y no era capaz de ofrecerle resistencia. Si lo hubiera hecho, no habría sido Gabrielle. De modo que carraspeó.

—¿Como quién? —preguntó suavemente—. ¿Como tu hermana?

—Elli —dijo Tai—. Se llama Elli. Se llamaba —se corrigió en voz baja.

—Bonito nombre —dijo Gabrielle—. ¿Cuántos años tenía?

—Ella tenía diecisiete y yo ocho cuando... cuando ocurrió. Ahí arriba.

La mano de Xena apretó el brazo de Gabrielle y la bardo se alegró de tenerla ahí. De repente, sentía un frío que ni las brasas humeantes conseguían mantener a raya. Pero ninguna de las dos dijo nada. Notaban, acertadamente, que Tai no había terminado.

Tai salió despacio de las sombras, arrastrando los pies, posando los ojos en cualquier parte menos en ellas.

—Mi tío dice que se cayó porque ya era una mujer caída. Dice que la montaña reconoció el mal y reclamó lo que era suyo. —Hizo una pausa y miró a Gabrielle—. A veces me parece sentirla por aquí, y otras veces pienso que no es más que el mal que hay en el suelo.

Se acercó un poco más y las brasas mortecinas iluminaron su cara con sombras cambiantes.

—Me pongo... me siento confusa —explicó suavemente—. A veces no sé si estoy pensando cosas, o diciéndolas, o si no ocurre nada. ¿Sabes cuando puede que estés soñando, pero no estás segura?

Xena asintió en silencio, muy en serio.

—Antes, me preguntaba si erais reales o no —continuó Tai con tono apagado, sentándose en el suelo sin dar muestras de ser consciente de ello—. Antes, creía que a lo mejor os había imaginado para dejar de sentirme tan sola. Luego he pensado que a lo mejor mi tío tenía razón.

—¿Razón? —Gabrielle no podía apartar los ojos del espectáculo de contrastes que tenía ante sí. Por despiadada que se sintiera al reconocerlo, la niña era fascinante, y sus manos ansiaban coger la pluma. Estaba confesando, y una confesión siempre debe ser un soliloquio, que se debe pronunciar con independencia de quién te oiga, para decirlo de una vez, para acabar de una vez y hacerlo real para siempre. La voz de Tai seguía y seguía, suavemente, ajena a quienes la rodeaban y al delicado telón de la noche.

—Que la montaña es mala. Que Elli era mala, y tal vez vosotras también. Tal vez os merecíais estar aquí. Tal vez habéis hecho cosas malas, como yo... —Al oír esto, la guerrera cerró los ojos—. Y tal vez la montaña lo sabía. Y tal vez yo no sé qué me pasa, ni qué puedo hacer para dejar, para dejar... de sentirme así. Y lo que sí puedo hacer es asegurarme de que el mal no me alcance a mí también, porque lo noto. Lo noto dentro y no quiero que gane. No quiero, pero no sé qué está bien.

—Deja que te diga una cosa, Tai —dijo Xena, dirigiéndose de lleno a la niña, a su interior—. Lo único que necesita el mal para vencer es que las personas buenas lo vean y no hagan nada. ¿Me oyes?

Hubo un silencio petrificante, ensordecedor. Tai estaba boquiabierta, con las mejillas de un extraño color rojo, como si la hubieran abofeteado.

—Que las personas buenas no hagan nada —repitió la guerrera en voz baja, señalándose a sí misma y a la bardo—. Tai, por dentro, tú eres una buena persona. Y te necesitamos.

Tai se encogió, y de repente sus ojos se encendieron con un brillo de desconfianza.

Gabrielle carraspeó.

—¿Tai?

La niña se estremeció.

—No fue que yo no hiciera nada, Gabrielle... yo no...

—¿Qué ocurrió? —preguntó Gabrielle suavemente, sabiendo ya cuál iba a ser la respuesta.

La voz de Tai era un lamento agudo y bajo, tan apagado que apenas la oían.

—Todavía estaba viva... y tenía tanta sangre en la boca y en la cara y estaba llorando...

—Oh, Tai —dijo Gabrielle, llena de pena—. La encontraste tú.

Tai siguió hablando, derramando a trompicones las palabras por una boca temblorosa bajo unos ojos que no veían nada, sumidos en el dolor.

—Lloraba y me sujetaba la mano... y yo tenía su sangre en los dedos y entonces... salí corriendo... tan deprisa... deprisa y entonces... se murió de todas formas... se murió sola mientras yo corría...

—No fue culpa tuya, Tai —le dijo Xena con firmeza—. No fue culpa tuya en absoluto.

A Tai se le quebró la voz y se le bajó una octava completa, afectada por el dolor permanente que la niña había guardado en su corazón durante tanto tiempo.

—Lo intenté, lo intenté... pero se murió de todas formas, Xena...

Le temblaban las manos sin control y se pegó las piernas al pecho, rodeándoselas con los brazos, pasando la vista asustada de la guerrera a la bardo una y otra vez. De repente, sin aviso, estalló.

—¡LO INTENTÉ CON TODAS MIS FUERZAS, PERO SE MURIÓ! ¡Y NO ME DICEN POR QUÉ! ¡NADIE ME DICE QUÉ HICE MAL!

—Escúchame, Tai —dijo la guerrera con tono tranquilizador—. Eso es porque no hiciste nada mal.

—¡YO LA MATÉ! ¡FUI YO, FUI YO!

—¡No, no es cierto! —insistió Xena rápidamente—. No es cierto. La caída la mató, Tai, no tú, ni la montaña, ni nadie ni nada, salvo la caída. Yo sé mejor que nadie lo que es echarte la culpa a ti misma por cosas que no puedes cambiar. Pero eso no sirve de nada, no mejora nada. —Miró a Gabrielle y sonrió un momento con tristeza—. Sólo necesitas que alguien te lo recuerde, nada más.

Con la cara hundida en las rodillas y los hombros temblorosos, la niña no dijo nada.

—Tai. Míranos.

La niña levantó la mirada, sin fuerzas. Gabrielle puso todo su ser en su voz. Una vez más, era la herramienta más fuerte que poseía, y la única.

—Lo intentaste con todas tus fuerzas, Tai, y eso es lo único que uno puede llegar a pedir. Elli... era su hora, nada más. Le había llegado el momento. No está muerta, en realidad no, en tu corazón no. Ni en tu memoria. Todas las personas que queremos viven ahí, están con nosotros todo el tiempo. Tú no eres mala, jamás podrías ser mala. Sólo eres una niña con una historia muy triste, y no podrías haber cambiado nada de lo que ocurrió, ni se te podría echar la culpa por ello. Por favor, créeme, Tai.

—¿Por qué me duele tanto...? —le preguntó Tai suplicante, con la voz ronca, y se le escapó un gemidito lloroso de la garganta.

—Porque por fin te lo estás permitiendo —susurró Gabrielle, que conocía por amarga experiencia la desolación que producía aceptar una pena mantenida a raya durante largo tiempo.

Tai se meció, con la respiración entrecortada.

—¿Por qué no puedo... por qué se... qué me está pasando...? —Se le escapó una lágrima grande y caliente, pero seguía resistiéndose al llanto. Yo no. Jamás.

Gabrielle sintió que sus propios ojos ardían de lágrimas al mirarla y deseó que le funcionaran bien los dos brazos para poder estrechar a la niña.

—Xena —murmuró.

—Lo sé —susurró a su vez la guerrera, cuyos ojos azules estaban por fin libres de resentimiento o rabia, y en cambio llenos de calor y lástima consciente—. La conozco, Gabrielle. Nos parecemos tanto. —Levantó la voz—. Tai... ven aquí, ¿vale?

La niña volvió a mirarla, esta vez con ojos suplicantes, y a Gabrielle se le saltaron las lágrimas al ver cómo el rostro de Tai se contraía de angustia, con la boca torcida, sin emitir sonido alguno, esforzándose por levantar el muro de nuevo.

El muro que estaba irreparablemente roto.

—Tai. —La voz de Xena era delicada, como si hablara con un caballo asustado. Le alargó los brazos—. Seguimos vivas. Todavía puedes ayudarnos. Esta vez habrá un final feliz. Nosotras también somos buenas personas, eso te lo prometo, y no vamos a hacerte daño. Ven aquí conmigo.

Con un gritito ahogado, la niña cubrió el espacio que las separaba de un salto desesperado y se lanzó encima de la guerrera, hundiéndose en el cuerpo de Xena. Los fuertes brazos de la guerrera se cerraron a su alrededor. Tai alargó la mano por encima de Xena y aferró la mano sana de Gabrielle, apretándosela con fuerza, con desamparo. Gabrielle agachó la cabeza y besó suavemente los deditos.

Tai se echó a llorar. Era el llanto entrecortado y aterrorizado de las personas muy jóvenes y muy dañadas.

—Lo siento tanto —decía sollozando—. Lo siento tanto, Xena, lo siento tanto, Gabrielle, por favor, creedme... por favor, creedme... por favor, ayudadme... la echo tanto de menos...

Xena la meció como pudo, murmurándole palabras tranquilizadoras, estrechándola con fuerza mientras ella derramaba su pena en la noche. Gabrielle miraba y su propio corazón le llenaba el pecho hasta el punto de la fractura.


Menos de una hora después, una niña agotada entró cojeando en la granja, con la espalda totalmente eguida, los ojos como dos arañazos rojos en un rostro blanco.

Su madre se volvió, con la tristeza que envolvía a la casa profundamente grabada en la frente. Era extraño cómo el cuerpo de la niña parecía llenar el umbral. Tan silenciosa. Quieta. Hatsume miró a su hija con extrañeza, con desazón, sin saber por qué.

Tai avanzó unos cuantos pasos tambaleándose.

—¿Mamá?

A Hatsume le dio un vuelco el corazón en el pecho.

—¿Tai?

Otra lágrima cayó por la mejilla de Tai, la primera de muchas que iba a derramar con su familia a partir de ahora.

—¿Puedo...? ¿Quieres...? Hola.

Levantó un poco los brazos y, de repente, su madre, como todas las madres, supo que por fin era Tai quien había vuelto a casa, no la desconocida vacía con la que llevaban viviendo tanto tiempo.

Cruzó la estancia prácticamente volando, cayó de rodillas y cogió a su hija entre sus brazos. Tai se hundió en el abrazo y así seguían cuando Parothus apartó torpemente las pieles de la puerta del dormitorio, con una jarra ya aferrada entre las manos. Se detuvo al ver el espectáculo y la cerveza cayó estrepitosamente al suelo.

—¿Qué ocurre?

—Mis amigas necesitan ayuda en la montaña —dijo Tai suavemente. Y eso fue todo.


FIN


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