La dama Fortuna

sHaYcH



Descargo: Xena, Gabrielle, Argo, Joxer, etc., etc., etc., pertenecen a MCA/Universal (y por lo que a mí respecta se pueden quedar con Joxer...). Esta idea se me ha ocurrido por casualidad y, como creo que las altas instancias no es probable que la vayan a usar, he decidido compartirla. No tengo la menor intención de obtener beneficios económicos con esta torpe aventura dentro del mundo del fanfic, sólo el deseo de fantasear públicamente con mi pareja preferida de la televisión ;-).
Aviso alternativo tipo "Oh, cielos, ¿pero qué están haciendo, Martha?": Aunque no me las doy en absoluto de ser la gran escritora americana del género erótico, sí que pretendo incluir escenas de amor entre dos mujeres *cielos* mayores de edad (¿cuál era la mayoría de edad en la Grecia premicénica?). Si esta clase de cosas os pone de los nervios, os sugiero que hagáis un pequeño esfuerzo físico y hagáis clic (cliclic) en el botón Atrás. Si lo que pasa es que sois menores de edad o en el sitio donde vivís es ilegal leer esta clase de cosas... pues, jo, cómo lo siento... Os haréis mayores más pronto de lo que deseáis y siempre podéis mudaros...
Aviso de violencia tipo "Oh, sangre tripas despojos asco puuaaajjj": Me parece que no... pero se trata de Xena... y ya no voy a descartar a Gabrielle como posible Creadora de Masacres... ha perdido su Inocencia de Sangre... Me gustaría advertir de que se hará mención a la violencia sexual contra mujeres. No tengo intención de hacerlo gráfico, pero esta historia trata de cosas que han ocurrido durante la tercera temporada de Xena, la Princesa Guerrera.
Un aviso final: Para los que tenéis bajos niveles de tolerancia hacia Joxer... lo siento, aquí aparece. Pero por favor, leed la historia de todas formas... seguro que lo pasáis bien :-).
Nota de la autora: (Juro que con esto acabo...) Esta historia transcurre después, durante y alrededor de los acontecimientos que aparecen en El rey del timo.
Se agradecen comentarios en: shaych3@aol.com.
Para Blazer. Compartiste tres años de amor conmigo. Camina con Bast, amigo mío.

Título original: Luck Be a Lady. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2005


—Chicas, sigo sin comprenderlo. El tipo era... —La pregunta del joven ridículamente armado quedó interrumpida por dos miradas gélidas.

—Joxer, déjalo, ¿vale? —Xena no estaba de humor para aguantar la simpleza terminal de Joxer. Y estaba harta de sus preguntas sobre el papel de Rafe y Eldon en su plan para derrotar a Titus. Estaba mucho más interesada en sus propias ideas embarulladas. Una vez más, se había dejado arrastrar por ese oscuro deseo que llevaba dentro por los chicos malos. Rafe. Se estremeció sin querer. El timador ingenioso y moderadamente guapo que había sido tan fundamental para derrotar a Titus, el amo del juego, le había hecho mella. Y por mucho que le diera vueltas, no lograba saber por qué.

No podía creerse que hubiera caído con tal facilidad en sus viejas costumbres. ¿Pero no había superado ya la atracción inspirada por el combate por cualquier cosa que tuviera un instrumento fálico? Gabrielle lo había denominado el "efecto Ulises" durante una de sus conversaciones más humorísticas y, por alguna razón, el término se les había quedado. A la guerrera le molestaba pensar que pudiera estar perdiendo concentración. Se suponía que tenía que cuidar de Gabrielle. Eso era lo que había jurado, ¿no?

Cierto, Gabrielle prácticamente la había empujado a los brazos del timador, pero a pesar de eso se sentía culpable. Como no sabía muy bien de dónde salía esa sensación de culpa, Xena aprovechó el viaje de Megara a Tebas para pensar. Es decir, para pensar cuando Joxer no se dedicaba a hacer preguntas estúpidas y Gabrielle no se ponía a despotricar por tener que ir a caballo. Hasta los pájaros del lugar hacían todo lo posible para distraerla de sus reflexiones, cantando alegremente la llegada de la primavera. Como si fuera culpa mía que se haya torcido el tobillo. No soy yo la que no paraba de practicar esos estúpidos saltos. Podría hacer caso de una profesional, pero nooo, doña "Aprendo deprisa" tiene que seguir dale que dale.

—¡Xena! ¿Hola? ¿La tierra a Xena? ¿Me quieres ayudar a bajar? Necesito encontrar un arbusto. —La voz impaciente de Gabrielle hizo que la guerrera volviera a centrarse.

—Yo te ayudo a encontrar un arbusto, Gabby. —Joxer meneó las cejas con aire provocativo.

—¡Joxer! ¡Pero qué clase de chica te crees que soy! Además, jamás me plantearía hacer una cosa así con un hombre al que considero un hermano. —La bardo ni vio la expresión abatida de los ojos de Joxer, pues se volvió de nuevo hacia Xena.

—Lo siento, Gabrielle —murmuró el joven al tiempo que se daba la vuelta y continuaba por el camino polvoriento a paso lento y cansino. Xena ayudó a la bardo a bajar del lomo de Argo.

—Sabes, es casi tan pesado como Altrech, sólo que sin el pulpo. Me está empezando a desquiciar, Xena. O sea, me siento halagada y tal y cual, pero en serio... el "amor cachorril" no es lo mío. Es muy tierno, ¡pero no es mi tipo para nada! —Las quejas de la bardo iban acompañadas de su respiración entrecortada mientras se sujetaba al brazo de Xena y la guerrera la llevaba a la cuneta bordeada de arbustos de un lado del camino.

A Gabrielle se le cortó la respiración al golpear una piedra y se apoyó con más fuerza en el fuerte hombro de la guerrera.

—O sea, venga ya, Xena, hasta tú sabes que Joxer no es mi tipo, ¿verdad? —Al llegar a un arbusto decente, la bardo continuó sola a la pata coja.

—Sí, lo que tú digas, Gabrielle —respondió Xena distraída, apoyándose en un árbol cercano. La guerrera estaba inmersa en su propia lucha interna. Aparte de darse de tortas mentalmente por lo de Rafe, estaban apareciendo otros problemas más profundos. Como por qué, por ejemplo, su pasatiempo actual preferido era ver cómo el sol hacía que el pelo de Gabrielle pareciera oro fundido. O por qué, desde hacía poco, se despertaba en medio de la noche, excitada y con el nombre de cierta bardo en los labios. Lo único que quería era intentar solucionar esos problemas y ahora a Gabrielle le daba por iniciar una "conversación íntima". Genial. Xena soltó un suspiro explosivo, asustando a un ardilla, que se puso a chillar desaforadamente. Qué ganas tengo de llegar a Tebas...

En Tebas podría dejar a Joxer en la curtiduría de su tío y soltar a Gabrielle en el bazar con algunos de los dinares que quedaban del dinero de Titus. Otro suspiro. No había querido aceptar los cuarenta y cinco dinares que la agradecida gente del pueblo le había puesto en las manos, pero después de pagar a los acólitos de Asclepio por los cuidados de Joxer y de comprar más hierbas medicinales, se habían quedado muy escasas de fondos. Lo cual quería decir que su próximo destino era Anfípolis y el dinero que guardaban allí. El problema era que Xena no sabía si estaba preparada para hacer frente al dolor que la esperaba allí.

Mi hogar.

Un término totalmente inusual en boca de la guerrera. Se movió contra la áspera corteza del tronco. Su "hogar" era un lugar donde había perdido todo lo que en algún momento había sido importante para ella. Su "hogar" era donde su padre, Liceus y muchos de sus amigos habían muerto. Su "hogar" era donde Ares había violado a su madre, la madre que más adelante la había repudiado. Y aunque Cirene y Xena habían aclarado las cosas hasta cierto punto, la guerrera sabía que se estaba despidiendo de llegar alguna vez a tener algo parecido a un "hogar" en el momento en que se convirtió en señora de la guerra.

Ahora que había conseguido alejarse del negro abismo que había sido su vida durante tantos años, Xena estaba convencida de que Anfípolis no iba a estar tan dispuesto a perdonar y olvidar. Y sin embargo era en Anfípolis donde iba a tener que decidir si se abría del todo a su madre y compartía con ella su pena desesperada por la muerte de Solan y su confusión por lo que sentía por Gabrielle, y si intentaba empezar a reparar el daño que había causado tanto tiempo atrás. A lo largo de los años, Xena había protegido a su pueblo natal, para que fuera seguro para su madre, pero de algún modo, siempre había sabido que Anfípolis nunca podría volver a ser su hogar.

Y entonces apareció Gabrielle en su vida. En menos tiempo del que tardaba ella en planificar una batalla, la joven bardo se había colado a base de labia en el corazón de Xena, había encontrado las heridas más antiguas que llevaba la guerrera en el alma y se había dispuesto a hacer lo imposible: curar esas heridas. La guerrera cerró los ojos y apoyó la cabeza en su árbol, recordando. El primer intento de Gabrielle de reparar el daño emocional fue cuando defendió a la guerrera, aunque la bardo podría haber resultado gravemente herida por los aldeanos cargados de odio. Hasta el día de su muerte, Xena sabía que jamás olvidaría la cara de fiera determinación de la joven al desafiar al alcalde de Anfípolis. Fue ese día cuando Xena se dio cuenta de que había cosas por las que merecía la pena vivir.

Durante muchísimo tiempo, Xena pensó que no había nada que pudiera interponerse entre Gabrielle y ella. Que no había fuerza en la tierra o en el Olimpo capaz de destruir la amistad especial que se había formado entre ellas. Hasta Esperanza.

Se puso tensa sólo de pensar en la progenie de Dahak. Mejor no lo pienses. Solan no os arrastró a Gabrielle y a ti de un lado a otro del Hades para que tú busques otra oportunidad para darle una paliza del Tártaro. Confiésalo, guerrera, tú tuviste tanta culpa como ella por lo que pasó este año. Tal vez incluso más, porque lo que hizo ella, lo hizo guiada por el amor, mientras que tú te dejaste llevar por el miedo, la desconfianza y el odio. La guerrera se obligó a abrir los ojos y miró hacia la bardo, que seguía ocupada.

Afortunadamente, el amor de Solan y los poderes de las Parcas fueron lo bastante fuertes como para darles a Gabrielle y a ella una segunda oportunidad. Una oportunidad que Xena no iba a desperdiciar. Necesitaba a Gabrielle. Desesperadamente. Lo cual hacía que cosas como su atracción por Rafe resultaran aún más confusas. Y aún peor, extrañamente erróneas.

Había habido otras ocasiones en las que había sentido esa misma sensación de estar haciendo algo malo. El caballerizo de ese maldito pueblo tan pijotero de los dos amantes, el incidente con Eros y Draco y a saber cuántos otros hombres o mujeres que la habían hecho reaccionar durante sus viajes. Pero tener un amante no iba a afectar a su amistad con la bardo, ¿verdad? Entonces, ¿por qué estaba tan molesta por su reacción ante Rafe y otros de su calaña?

—Vale, ya he terminado. —La voz de Gabrielle volvió a sacar de golpe a la guerrera de sus reflexiones.

—Muy bien —dijo, y acompañó a la bardo de vuelta hasta Argo.

Joxer estaba sólo a unos cientos de metros de distancia, contemplando un matojo de narcisos que habían brotado en círculo alrededor del pie de un árbol gigante. Xena sonrió burlona. A ella nadie la iba a pillar olisqueando flores. Pero entonces miró a Gabrielle, vio la dulce sonrisa que adornaba la cara de la bardo y de repente se preguntó si pararse a oler flores podría llegar a ser una de las muchas cosas que sabía hacer. Oler flo... espera un momento. ¿Y a mí qué Tártaro me importa que Gabrielle me quiera ver oliendo flores? ¡Ni a Rafe ni a ningún otro guerrero le importaría un comino que me gustara el olor a rosas o a estiércol de centauro! Vamos, Xena. Recuerda que te gustan los chicos malos. Sobre todo los chicos malos, monos y romanticones. Pero entonces levantó la vista y se quedó cautivada por el suave resplandor que emanaba del rostro sonriente de Gabrielle.

—Sí, pero malos, monos y romanticones ya no es suficiente —murmuró Xena por lo bajo.

—¿Qué has dicho? —preguntó Gabrielle desde el lomo de Argo.

—Nada. Pensaba en voz alta —gruñó la guerrera.

—¡Vaya, qué novedad! Tú pensando en voz alta, para que todos podamos entrever cómo funciona la mente de la "Princesa Guerrera". Jo, seguro que esas reflexiones por sí mis...mas... —Cuando Gabrielle se disponía a continuar, Xena subió la mano y acercó unos dedos delicados, pero peligrosos al costado de la bardo—. ¡No te atreverás! —medio gruñó, medio chilló Gabrielle.

—¿Te apuestas algo?

La bardo pensó en lo que decía Xena y luego se planteó su reciente aventura con Titus y la forma en que Xena había vencido al jugador profesional.

—No, mm... creo que no.

—Bien, ahora échate hacia delante. Voy a montar contigo.

—Vale. —La bardo esperaba que Xena no advirtiera la ligera tensión de su voz. ¿Montar conmigo? ¡Por las tetas de Hera! Si descubre cuánto deseo... no, ni lo pienses siquiera, Gabrielle. Le gustan los hombres, ¿recuerdas? Los chicos malos. Los hombres como Rafe. Gabrielle se tragó un suspiro. O eso, o le gustan tipo "héroe". Como Hércules. O, puaj, Ulises. Otro suspiro. Ojalá yo fuera un chico malo... Gabrielle se echó hacia delante mientras Xena se montaba detrás de ella. O un héroe... Unas manos cálidas y callosas de guerrera rodearon el abdomen desnudo de la bardo y agarraron las riendas. O incluso sólo un hombre...

—¿Lista?

—S...sí. —Gabrielle cerró los ojos y se esforzó por imaginarse flotando en un lago frío como el hielo. La sensación picajosa de la crin de Argo la ayudó a distraerse de sus pensamientos más ardorosos.

—Vale, Joxer, ya puedes dejar de comulgar con la naturaleza —le dijo Xena al hombre arrodillado. Joxer se levantó, con gran estrépito metálico, y miró a las dos mujeres levantando los pulgares, su señal algo tonta, pero efectiva, para indicar que estaba "listo" para entrar en acción. Gabrielle, que se sentía culpable por haber echado la bronca al ansioso metepatas, se animó y se puso a entretenerlo con historias de las aventuras que habían tenido Xena y ella.

La guerrera sintió un gran alivio. Estaba segura de que en cuanto Gabrielle estuviera parloteando tan contenta, ella podría perderse en sus propios pensamientos. Pero Gabrielle era una bardo excelente y a Xena le encantaba oír una buena historia, aunque ya la hubiera vivido, por lo que acabó tan enganchada con las historias como Joxer.


Esa noche junto al fuego, Xena observaba mientras Gabrielle escribía con cuidado sus aventuras con Titus y Joxer hacía algo útil preparando la cena. Lo que estaba haciendo el joven olía muy bien. Distraída, se puso a limpiar y afilar la espada, y el roce de la piedra contra el metal creó un armónico contrapunto con el ruido de ollas y sartenes de Joxer.

shing. Rafe era mono. shing. Gabrielle es preciosa. shing. Rafe... inteligente. Gabrielle... también. ¡Aajj! Es evidente que no voy a llegar a ninguna parte comparándolos a los dos. Porque aunque los compare en todo, hasta el color de ojos, Gabrielle seguirá ganando. Para mí es mucho más que un revolcón. shing. Bueno, ¿y de qué estamos hablando exactamente, guerrera? ¿Se trata de amor? ¿De una profunda amistad? ¿De lujuria de combate? shing. Bueno, lujuria de combate no es... eso es más primitivo y lo que siento por Gabrielle no tiene nada de primitivo. shing.

Pero entonces la guerrera miró al otro lado del fuego, sorteando el rápido movimiento de Joxer al cortar verduras frescas, y vio un par de relucientes ojos verdes que le sonreían y supo que lo primitivo tenía mucho que ver también. El olor a comida casi cocinada del todo pasó flotando bajo su nariz.

Xena suspiró y dejó su piedra y su espada. La introspección no la estaba llevando a ninguna parte. Lo único que se le ocurría con respecto a su problema con los sentimientos indefinibles que tenía por Gabrielle era que eran justamente eso... indefinibles. De modo que decidió lanzar todos sus argumentos al aire y confiar en la dama Fortuna. La guerrera advirtió que la cena estaba casi lista, por lo que metió la piedra de afilar en su bolsa. Joxer debió de verlo, porque le dijo:

—Mm, ¿Xena? ¿Me pasas un poco más de leña? No quiero que se me queme la carne.

—Claro, Joxer. —La guerrera le pasó al joven unos cuantos palos.

Al otro lado del fuego, Gabrielle estaba inmersa en sus pergaminos, pero no eran historias lo que estaba creando. No, la bardo estaba usando en cambio sus preciados pergaminos para sostener una discusión interna.

Si le digo a Xena que estoy enamorada de ella, lo más probable es que:

a) se me ría en la cara
b) me diga que soy tonta
c) me diga que me vaya a Lesbos, que es donde debe estar la gente como yo
d) me diga que le gustan los hombres
e) todo lo ya apuntado

Si no le digo que estoy enamorada de ella, lo más probable es que:

a) me vuelva loca de deseo
b) me cargue al próximo hombre que la bese
c) le arranque a Joxer los dientes de una patada la próxima vez que se ponga a babear por mí (no estoy tan ciega)
d) me case con un aldeano sin gracia... otra vez (da miedo pensarlo)
e) todo lo ya apuntado

Por ahora, ni los pros ni los contras salen ganando... me ponga como me ponga, estoy aviada. Suspiro. Claro que podría tener mucha suerte y ella podría confesar que está tan enamorada de mí como yo de ella... ¡Ja! Las ganas, bardo. Pero es un bonito sueño... Supongo que tendré que seguir adelante como pueda y ver qué ocurre mañana... Así y todo, es agradable decir, "Te quiero, Xena" y saber que lo digo porque estoy enamorada de ella...

Gabrielle dejó por fin la pluma, puso el tapón al tintero y se estiró. Ya se había autocompadecido bastante. Ahora era hora de comer algo y dormir. Mañana sería un nuevo día y pronto estarían en Tebas... y se librarían de Joxer.


Sorprendentemente, la cena era comestible, y mucho. Joxer había resultado ser un excelente cocinero. Mientras Xena se bebía el caldo, la mezcla de hierbas y especias parecida, aunque distinta de forma única, a lo que cocinaba Gabrielle, le recordó a la guerrera la primera vez que probó la comida de Joxer...


Era tarde, después de la boda, y el fuego se estaba consumiendo. Joxer estaba acurrucado bajo un manto de parches que, si acaso, llamaba más la atención que su armadura, y ella estaba hecha un ovillo alrededor de la taza de caldo que el supuesto guerrero le había dado antes. Apenas conseguía saborear la comida. Se podía tragar y eso era lo único que le importaba. Gabrielle ya no estaba.

Su mente se negaba a asimilar el lugar vacío que había a su lado y su cuerpo se negaba a aceptar el frío vacío que la acompañaba al extender su manta. Gabrielle... la mujer a la que había llegado a adorar por encima de cualquier otra persona. Gabrielle... lo más precioso del mundo para ella, ya no estaba. La bardo la había dejado por un granjero pacifista.

—No debería haber dejado que me siguiera —murmuró por lo bajo y tiró los restos de la sopa al fuego. Joxer se limitaba a mirarla, sin comprender muy bien el mal humor de Xena, pero tampoco era tan tonto como para intentar lograr que la guerrera, evidentemente alterada, se pusiera a hablar.


—A lo mejor esto te gusta más, ¿eh, Xena? —Fue como si Joxer también recordara la mala suerte que había tenido como cocinero suyo.

—A lo mejor —fue la escueta respuesta de la guerrera. Gabrielle parecía intrigada, de modo que Joxer se lanzó a contar una historia muy exagerada sobre cómo había sido el Cocinero de la Princesa Guerrera durante Dos Días Enteros. Joxer descubrió alicaído que aquello no impresionaba a Gabrielle. Xena se quedó ahí sentada escuchando, con los ojos brillantes de risa, mientras las palabras de Joxer surtían poco efecto. Por fin, Gabrielle no aguantó más y se levantó.

—Basta, basta, Jox... —Soltó una risita—. Creo que nunca he oído una trola de tal calibre...

—¿Ah, sí? ¿Y crees que tú puedes hacerlo mejor, Gabby-Soy-Una-Princesa-Amazona? —se apresuró a desafiarla Joxer. Gabrielle le sonrió con picardía.

—Cielo, yo no soy una princesa. —Adoptó una pose inspirada en Miss Artiphyce—. Yo soy una reina.

Xena no pudo contenerse, la carcajada que tenía atravesada en la garganta se le escapó de golpe y se cayó del tronco donde estaba sentada, riendo sin parar. Joxer se quedó un poco perplejo y luego se puso rojo como un tomate.

—¡Oye, no vale! ¡Sólo porque vosotras fuerais al Concurso de Miss Mundo Conocido y yo no, no tenéis por qué restregármelo en la cara!

Xena se rió aún más. Gabrielle se limitó a sonreír a Joxer con sorna y luego siguió atormentando al desgarbado joven.

—Oh, no, Joxer. Me has desafiado a hacerlo "mejor". ¿Mejor que qué? ¿En qué? —Rodeó al joven, sujetándose las caderas con aire provocativo. Joxer tragó saliva nervioso, preguntándose si lo estaba desafiando en serio o...

Glub. Pues... mm, ¡cocinar para la Princesa Guerrera, por supuesto!

—Creo que eso debería contestarlo Xena. —Gabrielle sonrió con malicia. Sabía que Xena adoraba su cocina, porque aunque la guerrera nunca decía gran cosa, siempre dejaba el plato limpio. El fuego chisporroteó y se avivó, haciendo que se derramara el resto de la sopa.

—Creo que se te han recalentado los jugos, Joxer. —Xena intentó poner cara seria mientras lo decía, pero le costó. En los rabillos de los ojos se le acumulaban lágrimas de risa y le dolían las mejillas de mordérselas. Gabrielle se dejó caer en su petate, con el cuerpo estremecido de risa silenciosa, y Joxer se quedó mirando a las dos mujeres, total y absolutamente en la inopia.

—Os ponéis rarísimas por la noche —murmuró Joxer mientras recogía los restos de la cena. Xena se levantó para hacer una última comprobación del perímetro, pero se detuvo y se inclinó para hablar al oído de Joxer.

—Sí, pero lo raro nos gusta, Jox. —La voz seductora de la guerrera produjo escalofríos en la espalda del joven. Luego se volvió y desapareció en la oscuridad. El comentario de la guerrera molestó a Joxer durante unos tres segundos y hasta llegó a plantearse abandonarlas a las dos. Luego sacudió la cabeza con determinación.

No, tengo que encontrar una forma de exponer... o sea, de revelar... o sea... ¡oh, por Hades, tengo decirle a Gabby que la quiero! Terminó de recoger los platos y se acurrucó sobre su manta. Al poco, unos ronquidos ensordecedores se arremolinaban en torno a su cuerpo tendido como los niños alrededor del vendedor de dulces durante una feria.

Al otro lado del fuego, Gabrielle se había calmado y estaba ocupada extendiendo las mantas que compartían Xena y ella. Esto va a ser interesante. Una vez más, yo juego a "esas manos quietas" mientras doña "Soy más sexy que mi chakram" duerme toda la noche tan tranquila. Gabrielle suspiró suavemente y apartó unas cuantas piedras a patadas. Oh, qué no daría yo por un poco de intimidad, para poder "conocerme" mejor... Xena apareció de entre los matorrales sin hacer ruido, pegando un buen susto a la bardo.

—Por los dioses, Xena, ¿por qué haces eso?

—¿El qué? —preguntó la guerrera mientras empezaba a desatarse los brazales.

—Ya sabes el qué. —La bardo se puso detrás de la guerrera y empezó a soltar y desabrochar la pesada armadura de bronce—. Surgir de la nada. Casi me mandas al Hades del susto.

Xena notaba los dedos de la bardo que se movían por sus hombros, ahora expuestos al aire, y unos escalofríos de algo que inconscientemente sabía que era deseo, pero que clasificó como cansancio, le recorrieron la piel.

—Lo siento —murmuró la guerrera como respuesta, quitándose los bandas de los brazos y agachándose después para quitarse las rodilleras y las espinilleras. Se sentó de golpe soltando un leve resoplido y Gabrielle se arrodilló delante de ella, al tiempo que sus ágiles dedos le desabrochaban las botas. Dioses, pero qué gusto. Los ojos de Xena siguieron los movimientos de las gráciles manos de la bardo mientras agarraban y tiraban de la bota cubierta de barro para quitarla y echarla a un lado.

—¡Puuuuf! —La bardo agitó la mano a toda velocidad delante de la cara y se tapó la nariz—. Por los ojos de Hera, Xena, ¿qué has hecho, pegarle una patada a una mofeta?

—No es para tanto. —Pero lo era. Y la guerrera sabía que más le valía quitarse la otra bota e ir a lavarse los pies o la bardo y ella misma acabarían vomitando antes de que terminara la noche. Cogiendo un paño de lino y un poco de jabón, murmuró—: Tengo que comprarme calcetines en Tebas... —Lo cual llamó la atención de Gabrielle.

—Sí, y ya que estás, ¡me puedes comprar unas botas! —Señaló la bota remendada a toda prisa que todavía llevaba. Xena le había dicho que comprarle otras botas cuando todavía tenía el pie lesionado sería un desperdicio de dinares, pero ahora que su tobillo estaba casi curado, Gabrielle no veía motivos para no ir de compras en busca de calzado. Xena sonrió con sorna y se dirigió al arroyo para lavarse los pies y tal vez encontrar unas hierbas aromáticas para sus botas. Reprimió una palabrota cuando se golpeó los dedos de los pies con una raíz y siguió adelante.

Cuando regresó, sus botas estaban al borde del campamento, los ronquidos suaves y entrecortados de Gabrielle bailaban en contrapunto sonoro con los de Joxer y Argo devoraba contenta el paisaje local. Xena aplastó dentro de sus botas el pequeño puñado de hierbas aromáticas que había encontrado de camino al arroyo y luego se metió bajo las mantas al lado de su bardo. ¿Mi bardo? Qué fuerte te ha dado, guerrera...


Hacia el amanecer, Joxer abrió los ojos con dificultad, se dio la vuelta y se llevó el mayor sobresalto de su vida. Luego, cuando cayó en la cuenta de que Gabrielle y Xena no estaban haciendo nada más íntimo que el habitual "despertar a Gabrielle" que ya era propio de cada mañana, se tragó el corazón y se fue a lavar la cara.

Gabrielle se había despertado cuando Xena intentaba quitársela de encima con delicadeza. Al parecer, se había... "pegado"... a la guerrera durante la noche. Tuvo su gracia, aunque también resultó de lo más embarazoso. Xena estaba empezando a despegarse a la bardo cuando Gabrielle abrió los ojos de golpe. Entre las dos, pensaron e inmediatamente descartaron seis trillones de combinaciones posibles que decir. En cambio, se quedaron ahí tumbadas, como dos tontas, hasta que oyeron a Joxer alejándose a trompicones por el bosque.

—Bueno, aah... pues buenos, aah... días, Xena —farfulló Gabrielle. Oh, pero qué inteligente, bardo. ¿Y cómo le vas a explicar por qué se ha convertido en un muñeco de peluche humano, mmm?

Para entonces, las orejas de Gabrielle empezaban a tornarse de un interesante color rosa, que la guerrera se quedó admirando.

—Buenos días a ti también, Gabrielle —replicó la guerrera afectuosamente. Jo, qué mona se pone cuando se sonroja. ¿Mona? Oh-oh una vez más... ¿En qué estás pensando, guerrera? Sus manos empezaron a bajar por los costados de Gabrielle y se instalaron en los riñones de la bardo. Gabrielle dejó caer la cabeza hacia delante, olvidándose de su respuesta por el torbellino de emociones que había entre las dos.

Por primera vez en su vida, Xena dio gracias a los dioses por la presencia de Joxer. El aspirante a guerrero había regresado silbando al campamento, impidiendo a ambas mujeres hacer y contestar preguntas para las que ninguna de las dos estaba realmente preparada.

Gabrielle se apartó rápidamente de Xena, callada por la vergüenza. Durante el resto del día, los tres viajaron en silencio. Gabrielle, que seguía montada a lomos de Argo, tenía la nariz hundida en un pergamino. Xena no decía nada porque se iba a explorar por delante y por detrás de ellos, surgiendo de los matorrales de la cuneta cada pocos kilómetros para asegurarse de que Joxer y ella seguían en el camino de Tebas.

Joxer, tras recibir miradas asesinas de Gabrielle y Argo cada vez que intentaba cantar, pasó el día tratando de memorizar los ejemplares de flora local. Por desgracia, cada vez que creía tener clara una forma concreta, un par de ojos verdes invadía sus fantasías y tenía que empezar desde el principio.

Afrodita dijo que poemas y regalos. Eso ya lo he intentado y fue un fracaso. Pero también he intentado ser un héroe y he fracasado. A lo mejor debería volver a los poemas y los regalos. Al menos eso no duele tanto... Y ésas eran las ideas que iban guiando al aspirante a guerrero por el camino, mientras probaba en silencio a crear un pentámetro yámbico a partir de majaderías discordantes.

La estrellas de los cielos
No pueden con tus luceros
Que relucen y chispean
Y tan ciego me dejan.
Oh, Gabby, no tienes razón
Para captar el anhelo de mi corazón.
Dime, bárdica amazona mía,
¿Me dejas posar las manos en tu anatomía?
Dulce doncella de rostro bello,
Cómo deseo enredar tus cabellos.
Mis dedos ansían rascar la picazón que me causas en el corazón.

—¡Oye, funciona! —exclamó de repente. Cuando se volvía para recitar su recién creada obra maestra, el característico grito de guerra de Xena borró de su mente todas sus ideas de entregarse a la poesía romántica. La bella guerrera dio un salto mortal por encima de la cabeza de Joxer, desenvainó la espada y lanzó el chakram contra una figura lejana más deprisa de lo que el aspirante a guerrero podía decir "Gabby".

—Salid, chicos, quiero jugar —se burló la guerrera. Su chakram había rebotado en dos cascos y seis troncos y estaba regresando a su mano cuando cuatro rufianes más aparecieron por un lado del camino. Gabrielle se bajó de Argo y se equilibró con cuidado. Haciendo volar la vara a su alrededor, la bardo se puso a catalogar mentalmente a los desastrados personajes a los que Xena estaba machacando ella sola. Uno de ellos cargó contra ella y la bardo advirtió que era muy peludo y tenía una verruga en la nariz. El bandido iba armado con una espada corta con un tremendo filo de sierra, que pasó ante la cara de Gabrielle, cortándole un poco el pelo. Con un golpe en las rodillas y otro golpe en el estómago y otro golpe en la cabeza, la bardo hizo su propia justicia. Hala, pensó, una verruga peluda menos. Siguiente.

Joxer desenvainó la espada, soltó un alarido ululante, mezcla de gallo muerto y perrito apaleado, y cargó contra dos de los hombres. Los dos se quedaron inmóviles por el pasmo al ver al hombre vociferante que los atacaba con gran estrépito metálico. Fue demasiado. Les dio un ataque de risa. Se les vencieron las rodillas y cuando empezaban a caerse, se les chocaron las cabezas y se desmayaron.

Eso dejó al líder para Xena. Ésta sonrió e hizo molinetes con la espada.

—Vamos —lo provocó la guerrera—, que se me oxida la armadura.

Él se puso pálido, pero blandió con valor su hacha de combate. Los ojos de Xena soltaron un destello de alegría. Se iba a quedar para distraerla un poco del aburrimiento del viaje.

—P...para que lo sepas, soy Tellecdus —balbuceó el bandido al tiempo que atacaba sin convencimiento el estómago de Xena. Ésta esquivó ese golpe debilucho y golpeó el brazo izquierdo de Tellecdus con la parte plana de su espada.

—Hola, Tellecdus. Yo soy Xena. —Y entonces soltó un grito y saltó por encima de su cabeza, golpeándolo en las orejas con dos potentes patadas, y aterrizó detrás de él para asestarle una patada en redondo en el centro de la espalda. Tellecdus cayó al suelo y allí se quedó. La guerrera se arrodilló junto al cuerpo tendido de Tellecdus y le susurró al oído—: Tellecdus, si eres listo, y creo que lo eres, dejarás de ser bandido o volveré y acabaré con tu negocio. —Luego envainó la espada y se alejó con calma para ayudar a Gabrielle a montar de nuevo en la silla de Argo.

—Bueno, pues ha sido una agradable... distracción, ¿no crees, Xena? —preguntó la bardo, intentando disimular su nerviosismo por tener la mano de Xena en las posaderas.

—¿Mmm? Oh, sí. Sí que lo ha sido, Gabrielle —contestó Xena distraída, inmersa en la sensación de la carne apenas cubierta deslizándose por la palma de su mano.

—¡Ya lo creo! —añadió Joxer entusiasmado al reunirse con ellas, después de haber atado a los bandidos restantes a un árbol—. ¿Habéis visto cómo he derrotado a dos?

Las dos mujeres no pudieron evitar sonreír al ver el entusiasmo cachorril del joven.

—Lo has hecho bien, Jox, pero no dejes que se te suba a la cabeza —dijo Xena con tono de guasa, sabiendo que iban a tener que aguantar oír la historia, cada vez más adornada, durante muchas lunas.

—No, pero Gabby, no te olvides de poner en tu historia que Joxer el Grande abatió a dos bandidos horriblemente malvados...

Cuando Argo emprendió el trote cargando con el público indefenso de Joxer, Xena hizo una mueca. Detestaba tener que quedarse atrás, pero necesitaba espacio después de una lucha y sabía que tendría que compensar a la bardo por obligarla a escuchar la cháchara de Joxer.

—Vale, guerrera... cálmate. Se acabó la lucha, todo el mundo está a salvo... eso es. —Sintió que la respiración y el pulso se le normalizaban y luego la desorientación que la acometía cuando la furia del combate se retiraba a su rincón oscuro dentro de su alma. Y entonces, volvió a ser simplemente Xena. Gabrielle y Joxer se le habían adelantado una media marca por el camino, de modo que echó a correr para alcanzarlos.


Como no se calle, voy a hacer que se coma mi vara centímetro a centímetro... Gabrielle se quitaba metódicamente motas de polvo inexistentes de la falda. Escudriñó el cielo. Ni siquiera un maldito pájaro que aliviara la monotonía del pavoneo verbal de Joxer.

—Y entonces Joxer el Grande desenvainó a Mataasesinos, la espada de su padre, y se abrió un camino sangriento a través de los desalmados bandidos que querían hacer daño a las amigas del gran guerrero... ¿qué te parece eso, Gabby? —preguntó, volviéndose para mirar a la bardo.

—Me parece que ni con pan de nueces mojado en beleño habría forma de mejorarlo —murmuró ella para sus adentros.

—¿Qué has dicho? —Joxer se frotó las orejas, produciendo un chirrido—. No te he oído... debo de tener algo en los oídos.

—He dicho que si a ti te gusta, eso es lo único que importa.

El joven pareció complacido con el comentario y hasta se calló para regodearse en lo que él percibía como una alabanza.

Gracias a los dioses. Xena, vas a tener que hacer algo de lo más especial para compensarme por esto... Y qué de cosas "especiales" se me ocurre que podrías hacer... La bardo se entretuvo con ensoñaciones eróticas de su guerrera hasta que notó que se le ponían de punta los pelos de la nuca, señal ya conocida de que Xena estaba cerca. Abrió los ojos y se encontró con una risueña guerrera que le sonreía ampliamente, con una manzana limpiamente ensartada en el puñal. No vio a Joxer y eso era casi tan agradable como la fantasía que se había estado imaginando.

—Hola, soñadora... ¿qué tal van hoy las nubes? —bromeó Xena. Gabrielle blandió la vara, directa a la cabeza de la guerrera. Xena atrapó el palo de madera con facilidad—. Oye, ¿es ésa manera de saludar a una griega que trae regalos? —Le ofreció a la bardo la mitad de la manzana a la que había quitado rápidamente el corazón.

—Mmmf. Supongo que no —replicó Gabrielle con la boca llena de la dulce fruta, cuyo jugo le mojaba los labios y le caía por la comisura de la boca. Tras varios mordiscos, Xena apartó a la fuerza los ojos de la senda pegajosa que había creado y se terminó su mitad.

Gabrielle tragó y miró a su alrededor. Seguía sin ver a Joxer. Qué bien. Sonrió a Xena con dulzura.

—Xena, por casualidad no le habrás incrustado el chakram en la espalda a Joxer y habrás metido su cuerpo sin vida en los arbustos, ¿verdad? Porque si lo has hecho, te perdono.

Xena se echó a reír.

—No, Gabrielle. He enviado a Joxer por delante a explorar por si hay peligro... lo más seguro es que haya encontrado el río que no está lejos de aquí y que ahora esté nadando.

—Bien. A lo mejor se ahoga antes de que lleguemos. —La bardo se limpió las manos en la falda, desmontó su vara y luego metió los trozos en la faltriquera que Xena había añadido a su silla justo para eso. Gabrielle chasqueó la lengua y emprendió una marcha cómoda sobre Argo mientras Xena caminaba a su lado.

Gozaron de una brisa fresca que disipaba el calor de la mañana y cruzaron bromas amistosas, más que nada corroborando detalles de algunas de las historias más recientes de la bardo.

Sin una tercera persona, las dos mujeres entraron de lleno en la agradable familiaridad que había ido formándose entre ellas desde el primer día. Xena había posado la mano en el muslo de Gabrielle en algún momento de la conversación y Gabrielle había bajado la mano para cubrirla, pero ninguna decía nada, sólo disfrutaban de su mutua compañía. Xena se acercaba a menudo al borde del transitado camino para coger una planta o una flor u otro objeto de interés y contarle a la bardo lo que sabía sobre las propiedades de dicho objeto. Algunas veces, Gabrielle lograba identificar cosas que ya habían visto, en el curso de sus numerosas aventuras. A medida que se acercaban al lugar donde se iban a reunir con Joxer, las reflexiones de Gabrielle empezaron a incluir más detalles sobre los acontecimientos ocurridos durante sus viajes de Britania a Ilusia.

Xena, que todavía tenía dudas sobre el pasado año, absorbió en silencio los pensamientos que Gabrielle expresaba en voz alta.

—...y entonces la Princesa Guerrera envió su chakram contra la lanza que César había disparado sin pensar, la dividió en dos e incrustó una astilla de la madera de la lanza en la mano misma que la había arrojado. —Gabrielle estaba narrando la historia de cómo fue rescatada de las garras de César en Britania.

—Eso es muy bueno, Gabrielle. ¿Has hecho más? —preguntó Xena, con interés. El punto de vista de la bardo sobre sus peripecias, tanto heroicas como horrendas, le daba a la guerrera una percepción de Gabrielle que no tenía precio. Xena estuvo escuchando un rato la historia de Gabrielle y luego decidió hacer unas cuantas preguntas.

—¿Por qué me seguiste hasta Chin?

Las palabras quedaron flotando en el aire entre ellas durante varios segundos. Entonces Gabrielle contestó.

—¿Eh? Oh... pues es que no podía permitir que tiraras a la basura dos años de tu vida sólo porque no se te ocurría otra forma de ocuparte del Dragón Verde. No soportaba la idea de ver cómo te machacabas a ti misma después...

Creo que no me he enterado del todo de lo entregada que está Gabrielle a la salvación de mi alma, pensó la guerrera después de escuchar a la bardo, que fue avanzando a trompicones por los borradores de las historias sobre los primeros meses de este año del Tártaro que habían pasado. Es asombroso, pero me da gusto oírla hablar de esto. Un peso que la guerrera no sabía que todavía llevaba encima se fue aliviando de una forma inmensa a medida que Gabrielle y ella hablaban.

Creo que ahora comprendo mejor sus motivos. Por los dioses, lo único que intentaba hacer era impedirme cometer el error más grande de mi vida... Y mira cómo se lo pagué... no haciéndole ni caso cuando más me necesitaba. Me pregunto si alguna vez volveré a hacerme merecedora de su confianza. Al oír estas historias "en borrador", como las llama ella, y algunas de las pesadillas que tanto se esfuerza por ocultar, comprendo por qué acudió a Ming T'ien. Al pensar en las pesadillas esporádicas y dolorosas de Gabrielle, la guerrera sintió una puñalada de culpa, porque sabía que ella era la causa de algunas de esas pesadillas.

—Creo que no fui consciente de verdad del mal que existe en el mundo hasta que conocí a Krafstar...

Cuando Gabrielle empezó a hablar de Esperanza, a Xena se le paró el corazón en el pecho. Las palabras de la bardo hacían una trágica descripción de los temores, sueños y expectativas que había tenido por su hija, para acabar viendo cómo ardían esos sueños en la pira que había enviado a Esperanza a su descanso. La guerrera sentía en silencio el eco doloroso de esos sueños rotos. Su hijo... Un sollozo ahogado echó a un lado su pena e hizo entrar a Xena en acción inmediatamente. Gabrielle la necesitaba. Sin pararse a pensarlo, Xena se montó detrás de la bardo a lomos de Argo y luego la abrazó.

La reacción instintiva de la bardo fue apartarse de la mujer a la que sabía que había hecho un daño tan profundo, pero el calor de los brazos de Xena la atrajo. Gabrielle lloró su pena en brazos de Xena mientras Argo se quedaba inmóvil. Todo el dolor reprimido salió en avalancha del corazón de Gabrielle, en medio del camino. Lloró con más fuerza al notar que las propias lágrimas de la guerrera se unían a las suyas para regar la polvorienta senda.

Gabrielle tardó un buen rato en poder hablar.

—Lo siento mucho, Xena. No quería... perder el control de esta forma.

—Sshh. Gabrielle... Tranquila. No tienes que disculparte por tener sentimientos. —Xena secó vacilante la cara de Gabrielle—. Escucha, me... me gustaría decirte una cosa.

—¿El qué? —Gabrielle se acurrucó en el duro cuero salpicado de bronce, aspirando el sutil perfume que era pura Xena. Incluso después de todo lo que había ocurrido, no había sitio alguno donde se sintiera tan a salvo como entre los brazos de la guerrera. Mmmm... canela, jacinto y cuero sudado... suspiro.

—Gabrielle... yo... siento muchísimo cómo te traté con lo de Esperanza. —La disculpa sonó en voz baja, pero su efecto se propagó como una ola por el alma desgarrada de la bardo.

—Xena... no tienes que disculparte. Debería ser yo la que... —protestó Gabrielle, echándose hacia atrás.

—No, necesito disculparme. Yo tengo tanta culpa como tú por lo que pasó este año. El regalo de Ilusia que nos hizo Solan me ayudó a darme cuenta de ello. Ojalá... ojalá pudiera haber sido mejor madre para él y mejor amiga para ti. Mi propia entrega al bien supremo me cegó a tu dolor. Hice mal y lo lamento.

Gabrielle levantó la mirada y la clavó en los ojos brillantes de la guerrera.

—Xena, es tu entrega al bien supremo lo que impidió que mi hi... que la hija de Dahak hiciera más daño del que hizo. Yo soy la que lo lamenta... lamento muchísimo que el precio de mi ceguera ante el mal de Dahak fuera la vida de Solan. Xena, si pudiera cambiar algo de mi vida, sería eso.

Las palabras de la bardo sumergieron a Xena en un recuerdo. Un recuerdo de un deseo expresado y concedido.


—Quita una vida y todo será como era.

Las Parcas habían hablado y tejido su hechizo y Xena ya no era la Destructora de Naciones, sino de nuevo una sencilla aldeana. Liceus estaba vivo y sano. Cirene, su amada madre, había muerto, pero la guerrera sentía que ése era un sacrificio que podía soportar para devolver la vida a tantísimos otros. Mafías era... Mafías, pero estaba segura de que podría desviar sus atenciones bien intencionadas, pero no deseadas, a otra parte. Fue la llegada de Mezentius y el rescate de la esclava tan bien conocida lo que llevó a Xena a replantearse su decisión.

Esa esclava era Gabrielle, pero una Gabrielle que nunca habría tenido que existir. Una chiquilla cínica, llena de odio y de dolor, no la hermosa, cariñosa y sincera bardo que ella quería tanto. ¿Merecía la pena cambiar la inocencia de Gabrielle por la vida de su hermano? ¿Merecía la pena ver cómo se apagaba la luz de los ojos de su bardo a cambio de la vida de tantos?

No.

Fue una decisión tan dolorosa, pero tan liberadora de tomar que Xena casi soltó una carcajada de regocijo cuando su espada se hundió en el cuerpo de su adversario.

Y con eso bastó. Más raudo que el aliento, más raudo que el pensamiento, el hechizo de las Parcas se rompió y una vez más estaba al lado de Su Gabrielle.


—Algunos deseos no pueden hacerse realidad, Gabrielle. La pérdida de Solan me ha afectado de formas que no sé si notaré durante mucho tiempo, pero te aseguro que no tengo palabras para expresar cuánto le agradezco ese regalo que nos permitió reanudar nuestra amistad. —Dicho lo cual, la guerrera se permitió abrazar a la bardo contra su corazón lo más estrechamente que se atrevió, aunque sólo fuera por un momento.

—Te quiero, Xena —susurró Gabrielle. La guerrera la oyó y rozó con los labios la coronilla de la bardo. Justo en ese momento, apareció Joxer chorreante y cargado de pescado. Al ver a las dos mujeres estrechamente abrazadas, Joxer soltó su carga en movimiento y corrió hacia Argo.

—¡Montón! —gorjeó, alargando los brazos empapados y cubiertos de escamas y estrujando partes de caballo, guerrera y bardo al estrecharlas.

—Joxer, como no me sueltes ahora mismo, te voy a meter mi... ¡eerf! —La amenaza de Gabrielle quedó interrumpida cuando los largos dedos de Xena entraron en contacto con sus sensibles costillas.

—No seas mala —susurró la guerrera al oído de la bardo. Ésta le echó una mirada iracunda, pero se calló—. Oye, Joxer, será mejor que atrapes la cena... ¡no vayas a tener que volver a meterte en el agua! —bromeó Xena. El joven se volvió y vio que su ristra de pescado se adentraba torpemente en los matorrales por los que acababa de llegar.

—¡Oh, por Hades! —maldijo, y se lanzó sobre la masa estremecida y golpeó a cada pez en la cabeza con el mango del puñal que llevaba en la bota.

—Caray, Joxer... qué bien se te da eso de pescar —exclamó Gabrielle, tapándose la boca con la mano para disimular una risa. Con la barbilla chorreante de escamas de pescado y lodo, Joxer dirigió una mirada de pura adoración a la bardo.

—¿Tú crees?

¡Chof! Las viscosas escamas le cayeron por el cuello y se le colaron dentro de la camisa. La bardo tragó violentamente. De repente, estaba segura de que iba a comer bayas para cenar. El olor a pescado medio muerto, mezclado con Joxer a medio lavar y... ¿pero cuánto tiempo llevamos aquí paradas?... boñigas de caballo no era lo que ella llamaría un aroma apetitoso. Cuando estaba a punto de ahuyentar a la masa apestosa de babas de pescado, Xena intervino.

—Joxer, ¿qué tal si te lavas mientras Gabrielle y yo buscamos un sitio donde acampar? —sugirió la guerrera con su mejor tono de "o lo haces o cobras". Dado que las escamas frías y viscosas le habían resbalado por el pecho y ahora estaban empeñadas en hacerle cosquillas, Joxer asintió. Xena desmontó, cogió la ristra de pescado y luego condujo a Argo y Gabrielle hasta un sitio que había explorado ya ese día.

Joxer las encontró una marca después, friendo el pescado y discutiendo sobre las virtudes de la pimienta.

—¡Sigo diciendo que esa cosa que comí en Chin era la más picante! —Gabrielle apoyó su comentario echando un pellizco de la mencionada especia en el pescado borboteante.

—Espera a probar lo que tienen en Persia —fue la escueta respuesta de Xena. Estaba tumbada sobre sus mantas, limpiando distraída el peto de su armadura—. Aquello picaba tanto que me tuve que beber dos galones de leche de cabra para poder tragarme un solo bocado.

—Supongo que eso quiere decir que después de todo hay cosas que son demasiado fuertes para la Princesa Guerrera... —bromeó la bardo. Xena apartó la mirada de la limpieza de su armadura.

—En absoluto. Me gustó el picante. Era... apasionado... peligroso... y salvaje, como yo —dijo suavemente y el zumbido grave y ronco de su voz prendió un fuego chisporroteante de escalofríos por la columna de Gabrielle. Ah, sí, apasionado es una forma estupenda de describirlo, Xena. Vale, Gabrielle, contrólate. Fríe la cena, no tu cerebro. Pero su mente se negó a escuchar. Mientras le daba la vuelta al frágil pescado blanco en la sartén, su visión interna reconstruyó la imagen efervescente de la guerrera saliendo de un lago, con la piel bronceada por el sol acariciada por las gotas de agua de una forma que la bardo anhelaba copiar. Y entonces esa imagen quedó hecha trizas por unas agudas punzadas de dolor, y la voz insidiosa y ceceante de Krafstar diciendo "Gracias, Gabrielle..." resonó en su mente helada. Gabrielle cerró los ojos ante los dolorosos recuerdos y una vez más reprimió sus deseos. Creo que jamás conseguiré superar eso...


—Hola, Gabby, Xena. ¡Jo, eso huele genial! —exclamó Joxer todo contento al tiempo que se dejaba caer sobre uno de los troncos que Xena había colocado delante del fuego. A su lado cayeron trozos de su armadura y le crujió la espalda sonoramente cuando se estiró—. ¡Ah, qué gusto! ¡Tengo tanta hambre que me podría comer un caballo! —Argo resopló—. Uy, perdona, Argo. Quería decir un oso.

Comieron. Después de cenar, Gabrielle contó algunas de sus historias más nuevas, que dejaron asombradísimo a Joxer.

—¿Me estás diciendo que después de todos esos días que se repetían, os fuisteis a Britania? Caray. ¿Me cuentas cómo era? —El joven estaba claramente impresionado. Apoyó la cabeza en las manos y miró a Gabrielle, que estaba de pie para poder usar todo el cuerpo para narrar la historia. Gabrielle decidió que le sería más fácil contar una versión modificada de la verdad. Habló de la guerra entre Boadicea y César.

Con sus palabras, presentó a Joxer y a Xena el personaje de Krafstar, sacerdote del Único Dios. Al igual que Xena y ella se dejaron engañar originalmente por el profeta de Dahak, ella engañó a su público. Hasta Xena se quedó espantada al enterarse de cómo Krafstar traicionó a la angustiada bardo. Cuando llegó a la parte donde las llamas de Dahak la consumieron, la historia cambió. No habló del combate de Xena con el profeta, no habló de la pasmosa derrota de César a manos de Boadicea. En cambio, habló de su propia batalla. Gabrielle, bardo, amazona y trotamundos, había librado una batalla tan difícil y tan mortífera como las dos guerreras. Sólo que la batalla de la bardo había sido por su alma.

Describió la sensación de saber que la malévola entidad estaba alrededor y dentro de ella. Sus manos se movieron alrededor de su cuerpo, marcando los puntos donde las llamas de Dahak la habían acariciado y consumido. Pero fueron sus palabras, "Me sentí total y absolutamente vacía", las que más afectaron a Xena. La guerrera recordó cómo había abrazado a Gabrielle mientras el templo de Dahak se hundía y ardía a su alrededor.

Cuando la bardo susurró entrecortadamente: "Todo ha cambiado. Siento un gran dolor", la guerrera sintió una profunda cicatriz de culpa en el alma. Tendría que haberlo sabido. Tendría que haberme dado cuenta entonces de que... de que... había sido... violada. Xena agachó la cabeza, pues su propia vergüenza íntima la obligaba a apartar la mirada mientras la bardo terminaba su historia. Jamás en la vida me perdonaré por aquello. Pase lo que pase, jamás permitiré que Gabrielle vuelva a sufrir de esa manera, juró en silencio.

Gabrielle finalizó su historia y advirtió que Xena no estaba prestando atención ni a la historia ni a su espada. Maldición. Maldición, maldición, maldición. No tendrías que haber contado esa historia esta noche, bardo. Ahora has hecho que Xena se acuerde de Solan. Idiota. ¡Estúpida, cretina, idiota! Joxer tenía la nariz coloradísima y goteante por sonársela continuamente. En un momento dado de la narración de Gabrielle, se había echado a llorar en silencio y su jubón de cuero era lo único que tenía a mano para sonarse.

—Oh, Gabby... cuánto lo siento. —Le puso una mano en la rodilla y la bardo se obligó a sonreírle afectuosamente.

—Gracias, Joxer. Me pondré bien. —Quiso tranquilizar al lloroso joven, aunque no sabía si alguna vez volvería a estar "bien". Xena se levantó, recogió sus cosas y empezó a prepararse para acostarse—. Ahora creo que será mejor que durmamos. A Xena le gusta ponerse en marcha temprano, ya sabes.

Joxer se levantó y se sacudió el polvo de las posaderas.

—Sí. Oye, Gabby... ¿tienes un pergamino viejo o un trozo que pueda usar?

Gabrielle enarcó una ceja al oír la pregunta.

—No irás a escribir ripios soeces otra vez, ¿verdad? —Su tono era severo, pero en sus ojos había un destello risueño. Joxer se ruborizó.

—Ah... no... no, no voy a hacer eso. Iba... iba a escribir a mi hermano Jace. Ahora que he visto a Jett, echo de menos a mi familia y he pensado que podría, ya sabes... ¿ponerme en contacto? —Trazando dibujos con los pies en la tierra, Joxer esperaba con todas sus fuerzas que Gabrielle lo creyera. Por favor, ay, por favor, que no me pregunte nada sobre Jace... yo sólo quiero escribir ese poema... vamos, Gabby... ¿por favor? Parte de su súplica interna se debió de ver en su rostro porque Gabrielle suspiró por fin resignada.

—Está bien, Joxer, te daré un trozo de pergamino. Pero por favor... nada de ripios vulgares. —La bardo hurgó en su morral y sacó una hoja del terso papiro que la reina Cleopatra le había dado a la bardo como parte de su regalo de despedida. Joxer sonrió agradecido y aferró el preciado papel contra el pecho mientras se alejaba tropezando para desenrollar sus pieles de dormir.

Gabrielle se metió bajo las pieles al lado de Xena, que seguía totalmente despierta.

—Hola —murmuró la guerrera, en voz tan baja que sólo llegó a oídos de la bardo.

—Hola tú —contestó Gabrielle, en tono igualmente bajo. Me parece increíble lo acelerado que tengo el corazón... oh, dioses, qué cerca está y qué miedo tengo... Los pensamientos de la bardo volaban arremolinados por su cabeza más deprisa que Argo a galope tendido.

—Me... aah... me ha gustado tu historia de esta noche —dijo Xena, para entrar dubitativa en un tema que seguía siendo doloroso—. O sea, me ha gustado que me dejaras oír lo que se te pasó por la cabeza, hace ya tantos meses. —Los ojos azules relucían a la luz de la luna, humedecidos de... ¿lágrimas?

—Ya, bueno... me ha costado bastante poner todo aquello en palabras. Me... aah... me alegro mucho de que lo hayas escuchado —susurró Gabrielle con timidez al tiempo que se acurrucaba junto a la guerrera.

Después de todas esas veces en que no te escuché, Gabrielle... ya no me vale la pena no hacerte caso. Supongo que ésa es una de las cosas que aprendí en Ilusia... a escuchar. Xena deslizó un brazo alrededor de la bardo, acercándosela con gesto protector. La bardo acababa de empezar a roncar cuando Xena agachó la cabeza y le susurró con cierto volumen al oído.

—¿Gabrielle?

Gabrielle abrió los ojos de golpe y estuvo a punto de incorporarse bruscamente, si no se lo hubiera impedido la mano que la sujetaba apoyada en su pecho.

—¿Sí? —respondió sin aliento.

—Te prometo que, de ahora en adelante, siempre te escucharé cuando me necesites.

Las palabras de Xena, dichas en voz baja y de cerca, pasaron del lóbulo de la oreja de la bardo hasta los recovecos de su alma y allí se quedaron encerradas, convertidas para siempre en una pepita de oro puro que Gabrielle podía acariciar. Se volvió de cara a la guerrera, dispuesta a darle las gracias, y en ese momento, por un instante, vio el alma sin barreras de la mujer a la que deseaba desesperadamente llamar su hogar. Libró una breve batalla interna. Quiero decírselo. Necesito decírselo. Pero entonces, los ronquidos de Joxer rompieron el silencio y la trajeron de vuelta a la realidad. Ahora no. Aquí no. Esto es especial y, sea cual sea el resultado, quiero recordar para siempre que le abrí mi corazón de la única manera posible: con total confianza.

—Gracias —murmuró Gabrielle. Se abrazaron un momento y luego la bardo se dio la vuelta y Xena se acurrucó de nuevo a su alrededor. El sueño se las llevó a las dos con sus alas de plata y oro batido.


Xena se despertó, boca abajo y con la rodilla de Gabrielle dolorosamente clavada en un riñón. La bardo acabó tirada al suelo sin miramientos cuando una apurada princesa guerrera se adentró a la carrera en el bosque. Joxer se incorporó en su petate.

—¿Pero qué pasa? —refunfuñó.

—A veces, Joxer, cuando hay una necesidad... hay una necesidad —bromeó Gabrielle de buen humor. Sí, su mejor amiga la acababa de tirar de culo, pero eso no impidió que se le extendiera una sonrisa por la cara que le llegó a los ojos e hizo que hasta Joxer sonriera por reflejo. ¡Las cosas iban mejor! Gabrielle no se lo podía creer. Ahora era el momento de examinar los fuertes sentimientos que tenía por la guerrera y el impacto que iban a causar en la relación que tanto adoraba.

El viaje ese día fue agradable, lleno de chistes, pequeñas bromas y varias de las historias más antiguas y conocidas de Gabrielle. Xena y Joxer caminaban junto a la bardo mientras ésta ponía a prueba su tobillo recién curado. La guerrera aprovechó el rato para disfrutar del suave calor del sol primaveral y de la sincera calidez de los ojos verdes como el brezo de Gabrielle. Hasta Joxer estaba soportable, embelesado por las historias de la bardo o las indicaciones de Xena sobre técnicas de combate.

Se detuvieron a comer a mediodía y Xena casi estuvo a punto de decir que lo estaba pasando bien con sus compañeros, pero Joxer se sentó sin darse cuenta encima de un hormiguero y, sin hacer caso de sus estentóreas protestas, tuvieron que desnudarlo y quitarle de encima a los insectos que lo estaban llenando de picaduras. Una compresa de hierbas encontradas por ahí cerca eliminó el veneno de las picaduras y una taza calmante de vino con sauce sumió a Joxer en un profundo sueño. Argo cargó con él hasta que llegaron a las puertas de Tebas.

El sol acababa de ponerse y las puertas estaban a punto de cerrarse cuando Xena pagó la tasa de entrada por sus amigos. Los tres buscaron y encontraron Los Alegres Hojalateros, una de las posadas más populares de la localidad. El local estaba atestado cuando Xena entró cargando a hombros con Joxer, pues el joven pesaba casi tanto como un barril de cerveza. Un hombre que atendía el bar los miró.

—¿Qué se os ofrece?

—Querría una habitación con pensión completa para mi amiga y para mí —Xena indicó a Gabrielle con la cabeza—, y quiero enviar un mensaje a Jarod el curtidor.

El posadero arrugó su cara angelical con aire de disculpa.

—Lo siento, pero no me quedan habitaciones.

—No nos importa compartir —soltó la bardo, bien consciente del metro ochenta de tentadora carne guerrera que tenía detrás. Oh, no, no nos importa compartir. No, en absoluto... porque si consigo aunque sólo sea un segundo de intimidad con Xena... bueno, la suma sacerdotisa "mente sucia" Leah no estaría muy contenta conmigo...

—Tengo una cuadra... —Se rascó la cabeza medio calva, mirando a los tres viajeros. No iba a pensar nada raro de este grupo. No. En absoluto.

—Muy bien. —Xena aceptó por todos ellos. Por la vista interna de la guerrera desfilaron imágenes de anteriores líos consumados en cuadras, sólo que esos compañeros del pasado se veían sustituidos sin miramientos por una bella bardo. Por fin, tuvo que soltar una de las manos con que agarraba a Joxer y cortarse el pulgar con el borde del chakram para que desaparecieran.

—¿Cuánto es? —preguntó Gabrielle, dispuesta a regatear como siempre. El posadero y la bardo pasaron varias gotas de vela inmersos en intensas negociaciones, luego llegaron a un acuerdo, se escupieron en la mano y se la estrecharon. Xena depositó los dos dinares en la palma abierta del desconcertado hombre mientras Gabrielle se alejaba tan contenta en busca de una mesa adecuada. En cuanto el tema de conseguir un sitio para dormir quedó concluido, Xena transportó a Joxer al pajar de la cuadra. Cuando salía por la puerta, un chiquillo de unos nueve inviernos se adelantó y detuvo a Xena.

—Señora, si quieres, le llevo un mensaje a Jarod por ti. —En sus ojos, grandes y de color marrón oscuro, había una mezcla de temor y respeto que a Xena le hizo detestar y adorar su propia imagen al mismo tiempo.

—Claro, chico. Dile que Joxer ha vuelto. Seguro que se alegra un montón de oírlo.

Claro, que si este plasta fuera mi sobrino, es posible que lo hubiera estrangulado hace tiempo. Vamos, vamos, guerrera... no perdamos todo asomo de humanidad. Xena suspiró y siguió hasta la cuadra.

Mientras, Gabrielle había conseguido una mesa decente para Xena y para ella y cuando estaba llegando a un acuerdo para cambiar historias por una comida y una parte de los beneficios, un hombre bajito y rechoncho entró como una exhalación en la posada.

—A ver, ¿dónde está el sinvergüenza de mi sobrino? —graznó con tono lastimero y nasal—. ¡Joxer, delincuente juvenil paliducho, cobardica y patizambo, asoma ese culito flaco ahora mismo!

—Disculpa, señor, ¿te refieres a Joxer, a Joxer "el grande"? —preguntó la bardo marcando comillas en el aire con los dedos.

—Ah, ¿así que tú conoces al guapetón de mi sobrino? —El grasiento hombrecillo se acercó a la bardo, acariciándose la barbilla con dedos cortos y gruesos.

—Bueno, yo no lo llamaría guapo exactamente, pero si es tu sobrino, tú debes de ser Jarod el curtidor.

—Efectivamente, jovencita. Y tú quién eres, ¿su nueva esposa? ¿Su novia? ¿Su esclava? —Con la palabra "esclava" la voz de Jarod adoptó un tono insinuante y provocativo.

—Es Gabrielle. Bardo, princesa amazona y mi mejor amiga —replicó una voz conocida y seductora. Xena pasó a través del grupito que se había congregado al oír a Jarod chillando para dar con Joxer—. Hola, Jarod. Cuánto tiempo. —Xena sonrió desagradablemente al hombrecillo.

—¿Xe...Xe...Xena? ¿ has traído a mi sobrino a casa? —Aquello fue demasiado para Jarod, se le pusieron los ojos en blanco y cayó desmayado. Gabrielle miró a su amiga.

—Bueno, ¿qué pasa con éste? ¿Te dejó sin blanca? ¿Te timó y perdiste parte de tu armadura? ¿Te vendió a otro señor de la guerra?

Ahora ya era casi un juego: adivina por qué la gente tiene miedo de Xena esta semana.

—No, no y no. —Xena suspiró. Vio la mesa donde la bardo había dejado apoyada su vara y se sentó. El posadero estaba intentando despertar a Jarod—. Está muerto de miedo porque cree que todavía quiero que forme parte de mi ejército.

—¡¿Qué?! —Gabrielle no sabía si había entendido bien a Xena. ¿Que lo quería en su ejército? ¿Y eso?

—Ah, deja de papar moscas. —Xena se inclinó y le cerró la boca a Gabrielle—. Joxer te ha contado que en su familia hay grandes guerreros.

Gabrielle se volvió a quedar boquiabierta tratando de imaginarse al rechoncho Jarod como un "gran" guerrero.

—No, Jarod no es uno de ellos. Pero su hermano Jeros, el otro tío de Joxer, sí que lo es. Yo quería que Jeros entrara en mi ejército, pero Jeros no estaba dispuesto a alistarse a menos que aceptara también a Jarod. Jarod no quería saber nada de la guerra, pero tenía demasiado miedo de su hermano para decirle que no. Desafié a Jeros para que me demostrara la valía de Jarod y combatimos. Jeros perdió y Jarod huyó. —A Xena no le hacía gracia tener que volver sobre esta vieja historia, pero sabía que entre Gabrielle y ella no podía haber más secretos. Jarod recuperó el conocimiento y se acercó con cautela a su mesa.

—Aah... Xe...Xena, ahora ya estoy preparado para glub unirme a tu ejército.

—Jarod, ya no tengo ejército. Ahora siéntate y bebe una copa conmigo. Dentro de un rato te llevaré con Joxer. Está un poco... delicado.

Gabrielle se tuvo que morder la lengua para no echarse a reír. La imagen del indignado y avergonzado joven no dejaba de colarse en sus pensamientos, por lo demás apacibles.

—Por favor, sé que al chico le encantaría que las dos estuvierais aquí para las fiestas y yo... aah... a mí también.

—¿Qué fiestas? —preguntó la bardo con toda la inocencia posible, intentado disimular que había vuelto a quedarse en Babia. Xena puso los ojos en blanco. Gabrielle sonrió con dulzura.

—Las fiestas de Dionisos. Parece que empiezan mañana y terminan pasado mañana. Un día entero de pura bacanal —contestó Jarod.

A Gabrielle se le iluminaron los ojos con las posibilidades. ¿Un día entero para hacer lo que se me antoje, sea lo que sea? Oh, esto me va a gustar...

—Pues a mí me gustaría quedarme... es decir, ¿si a ti te parece que la visita a tu madre se puede retrasar un poco más? —preguntó Gabrielle. Mientras viajaban desde Megara, Xena había comentado de pasada que luego le gustaría ir a Anfípolis.

Bueno, Xena, ¿y por qué no? ¿Qué oportunidad mejor vas a tener para explorar esos extraños sentimientos que te vienen incordiando últimamente que una fiesta donde todo el mundo se emborracha de tal manera que luego no recuerda lo que ha hecho?

—Esta bien, Gabrielle, pero sólo por esta vez.

La mirada de puro amor y alegría de la que fue objeto valía con creces la resaca a la que tendría que enfrentarse dos días después.

Xena se llevó a Jarod a ver a su sobrino y luego regresaron acompañados del aturdido Joxer. Gabrielle había encargado comida para todos y cenaron. Luego se puso a contar sus historias para animar la velada.

La posada y sus ocupantes eran casi una copia exacta de todas las demás posadas en las que se habían alojado a lo largo del tiempo. A los pocos segundos de ser el centro de atención, Gabrielle ya tenía a los clientes comiendo de la palma de su mano.

Xena observó a Joxer mientras los ojos marrones oscuros de éste seguían a la bardo hasta la tarima. Como sentía cierta lástima por el amoroso bufón, se inclinó hacia él y dijo:

—Sabes, tendrías más suerte con una virgen de Hestia que con Gabrielle.

La mezcla de medicamentos y veneno de hormigas aflojó la lengua del joven enamorado y sus ojos se endurecieron al volverse y mirar a Xena.

—Tendría más suerte si no estuviera colgada de otra persona.

La guerrera se quedó pasmada por el odio que se advertía en el tono de Joxer.

—¿No me digas? —Enarcó una ceja y su voz adoptó un tono peligroso—. ¿Y se puede saber a quién te refieres, Joxer?

Éste tragó y abrió la boca para contestar, pero en ese momento la camarera llegó por fin para anotar su pedido.

—¿Qué queréis beber? —dijo sin ganas la jovencita de rostro granujiento.

—Cerveza —contestaron los dos secamente. Cuando la camarera se fue, Xena se volvió de nuevo hacia Joxer.

—Explícate, Joxer. ¡Ahora! —bufó, a meros segundos de saltar por encima de la mesa y aplicarle el "interrogatorio con pellizco".

—Oh, claro, como que la gran "Princesa Guerrera" no iba a notar algo que se ve a la legua —contestó Joxer mordazmente—. Eso lo ve cualquiera que tenga ojos. Pregúntate esto, guerrera, ¿a quién buscan los ojos de Gabrielle en medio de una multitud? ¿Al más guapo? ¿Al más fuerte? ¿Al más rico? Cuando sepas la respuesta a esa pregunta, guerrera, sabrás por qué yo no tengo la más mínima posibilidad con ella. Pero puedo soñar. —Joxer se echó hacia atrás, se cruzó de brazos y adoptó la expresión del que de repente ha hallado todas las respuestas sobre el misterio de la vida en su ombligo.

Xena se quedó atónita ante la osadía de Joxer. ¡Pero mira al fantoche éste! Tendría que... espera un momento... A lo mejor sabe algo que tú no. La racionalidad se impuso a la agresividad y Xena se echó hacia atrás e hizo lo que había sugerido Joxer, vigilando para ver a quién miraba la bardo. Pero aunque intentó aplicar todos sus años de habilidad como guerrera para descubrir quién le gustaba a Gabrielle, acabó enredada en la historia que tejía la bardo y su plan para ver a quienquiera que mirara Gabrielle fracasó al quedar atrapada en los ojos de la bardo y hundirse en esos faros verdes iluminados por las velas.

Cuando la moza les trajo otra ronda de cervezas, la guerrera salió bruscamente de su trance hipnótico. Genial, Xena, justo lo que tienes que hacer. Perderte en unos ojos bonitos cuando estás en plena misión. ¿Misión? ¿Desde cuándo es una misión descubrir de quién está enamorada Gabrielle? se preguntó a sí misma. Un momento de batalla interna y entonces la respuesta brotó a la superficie desde las profundidades de su corazón. Desde que te enamoraste de ella. Las palabras, pensadas, pero no dichas, estuvieron a punto de hacer que Xena escupiera la cerveza. Oh, esto es demasiado. Con el año que he tenido, ¿y ahora me doy cuenta de que encima estoy enamorada? Por los dioses. Vale, ¿por qué creo que estoy enamorada de Gabrielle?

¿Gabrielle? La bardo era su mejor amiga. No era posible que estuviera enamorada de ella. ¿O sí? Xena suspiró apesadumbrada. ¿Le convenía pensar siquiera una cosa así cuando sabía que jamás tendría la oportunidad de hacer realidad una ilusión tan obvia? En ese momento, Gabrielle decidió dar por finalizadas sus narraciones y reunirse con ellos en la mesa.

—Mañana. Mañana cuento más historias —dijo al despedirse, aceptando palmaditas, estrechando manos y recogiendo monedas y sonrisas de los clientes mientras se dirigía hacia sus amigos. El posadero, que se había presentado como Derkus, se acercó con una sonrisa tan enorme que Xena pudo contarle todos los dientes.

—Gabrielle, Gabrielle. No sé qué decir. Qué clientela has conseguido. Gracias. Aquí tienes lo que te corresponde de esta noche, como habíamos quedado. ¿Has dicho que volverás mañana también?

La bardo sonrió ante el entusiasmo del posadero.

—Pues sí, Derkus. Me encantará contar unas cuantas historias durante la fiesta.

—Bien, bien. Pues aquí te espero. —Y salió corriendo para atender a los gritos que pedían más cerveza e hidromiel.

Dormir en la cuadra no era nada nuevo para las amigas, aunque Gabrielle refunfuñó un poco porque Joxer se iba a quedar con ellas, hasta que el aspirante a guerrero le dijo que su tío no lo esperaba tan pronto y todavía tenía que prepararle una habitación. Las mujeres se quedaron dormidas casi al instante, pero Joxer se quedó despierto un rato tumbado sobre sus mantas.

Había escrito el poema, pero armarse de valor para entregárselo a Gabrielle era una cosa completamente distinta. Sobre todo porque había abierto la bocaza y la había hablado a Xena de la obsesión visual de Gabrielle con una sola persona. Sorprendentemente, Xena seguía sin caer en la cuenta de que era a ella a quien seguían los ojos y los movimientos de la bardo. Cerró los ojos y respiró hondo y el aroma a heno recién cortado mezclado con la tierra y los barriles de cerveza vacíos lo distrajo un instante. Luego abrió los ojos de nuevo y se dio la vuelta para observar a sus compañeras dormidas.

Joxer no lo entendía. A pesar del dolor que habían sufrido, Gabrielle seguía enamorada de Xena y Xena enamorada de Gabrielle. Aunque ninguna de las dos confesaría jamás sus sentimientos. Si yo fuera Xena, pensó Joxer con tristeza, le expresaría a Gabrielle todos los días mi completa devoción por ella. Se lo demostraría con cada mirada, con cada caricia y con cada acto. Pero en cambio, la gran Princesa Guerrera no hace caso del corazón de Gabrielle. Bueno, pues supongo que eso quiere decir que no le importa que lo intente yo. Sonriendo aturdido, Joxer se quedó tan profundamente dormido como de costumbre.

A la mañana siguiente, con el canto del gallo, empezaron las celebraciones. Música atronadora, risotadas descontroladas, fuertes golpes y estampidos despertaron con un sobresalto a los ocupantes de la cuadra. Cuando Gabrielle surgía de debajo de una pila de heno, tres mujeres desnudísimas entraron corriendo y chillando en la cuadra, agarraron a cada una de las personas que había dentro, las besaron a fondo y salieron corriendo. Xena fue la primera en recuperarse, limpiándose la boca con el dorso de la mano con aire satisfecho. Joxer y la bardo se miraron desconcertados y luego Joxer se levantó de un salto y corrió tras las damas.

—Bueno, ha sido una forma muy interesante de despertarse —comentó Gabrielle. La ceja de Xena salió disparada al oír el tono aparentemente apacible de la bardo—. O sea, supongo que yo misma me levantaría mucho más deprisa si una hermosa mujer desnuda me besara así todos los días.

—¿En serio? Qué... interesante. A lo mejor pruebo alguna vez —comentó la guerrera, poniéndose el peto de la armadura. Gabrielle abrió la boca para replicar y en ese momento regresó Joxer sin aliento.

—¡Por Hades! ¡Se han escapado! —Sus mejillas, normalmente pálidas, estaban coloradas por el esfuerzo y tenía el pelo totalmente alborotado tras haber perseguido a las doncellas por las calles cercanas.

Durante todo el día, Joxer, Gabrielle y Xena disfrutaron de los entretenimientos que ofrecía Tebas durante unas fiestas. Malabaristas, acróbatas, narradores, vendedores de vino, vendedores de comida, mercaderes: todos los espectáculos, los sonidos, los colores, los sabores y las texturas de la ciudad fueron objeto de la atención de los tres amigos. Llegó el final de la tarde y Jarod los encontró a los tres descansando de nuevo en Los Alegres Hojalateros, preparándose para otro asalto a la bacanal de la ciudad. Gabrielle contaba historias tranquilamente a un grupo pequeño y Joxer y Xena jugaban con los restos del almuerzo. El rechoncho tío de Joxer envió a éste a buscar otra ronda de bebidas y luego se volvió hacia la guerrera. Gabrielle terminó su historia y se reunió con ellos.

—Bueno, señoras, ¿qué os parece que debería hacer esta noche con mi sobrino el espabilado? ¿Tirarlo a las pozas de barro? ¿Llevarlo a la guarida del comefuegos? ¿Enseñarle el lado oscuro de las fondas de mala muerte de Tebas?

A Xena se le iluminaron los ojos de risa y Gabrielle fingió estar muy interesada en el contenido de su copa.

—¿Por qué lo preguntas, Jarod? —dijo por fin la guerrera. Jarod se quedó sorprendido y luego tosió nervioso.

—Pues... aah... es que... aah... he pensado que vosotras... aah... querríais tener un poco de... aah... tiempo libre... ya sabéis, ¿para estar solas?

Gabrielle levantó la cabeza tan rápido que le podría haber dado un calambre en el cuello. Xena estrechó los ojos, pero no dijo nada.

—Supongo... aah... que me he... aah... ¿equivocado?

Xena abrió la boca para contestar, pero Gabrielle se adelantó.

—Sabes, Jarod, ésa es la cosa más agradable que nos ha ofrecido nadie en mucho tiempo. Xena y yo nos preguntábamos cómo íbamos a mantener ocupado a Joxer mientras nosotras realizábamos unos... mmm... ritos femeninos especiales en honor de la festividad, ¿verdad, Xena? —Para recalcar lo que decía, la bardo pegó una patada a la guerrera por debajo de la mesa. Xena estrechó más los ojos, pero asintió.

—Sí, Gabrielle y yo tenemos que salir para un... ritual de purificación a medianoche —añadió.

—Bien, bien —dijo Jarod encantado—. Me encantará entretener al chico por vosotras. A fin de cuentas, debería pasar un rato con él. Ha venido a que le enseñe el oficio de curtidor.

—Gracias. Muchas gracias —dijo Gabrielle con efusividad. Una noche de fiesta sin el idiota enamoriscado era como un pedacito de Elisia para la bardo. Y si a ese pedacito se le añadía la guinda de pasarlo con Xena, pues... Gabrielle estaba segura de que esta noche lo iba a pasar mejor que en los últimos días.

Joxer regresó a la mesa, cargado con sus bebidas. Jarod dio una palmada a su sobrino en la rodilla cuando se sentó y le dijo con un guiño conspirador:

—Joxer, hijo, creo que ya es hora de que te unas a las filas viriles de nuestra familia.

Joxer se quedó atónito, pues unirse a esas filas concretas era un ritual tan sagrado y tan especial que estaba seguro de que habría tenido que lograr mucha más gloria personal antes de ser iniciado. Al verse elegido tan joven... bueno, estaba rebosante de orgullo para cuando su tío se terminó la cerveza. A causa de su orgullo al saberse elegido, Joxer guardó silencio durante todo el tiempo que el cuarteto estuvo disfrutando de sus bebidas. Cuando se bebieron hasta la última gota, Jarod cogió a su sobrino de la oreja y se lo llevó con destino desconocido. Xena sonrió burlona mientras Joxer se alejaba tropezando.

—Bueno, Gabrielle, ¿empezamos ya con esos rituales femeninos? —dijo ronroneando. Oh, creo que el alcohol me está afectando—. ¿O quieres ir a... purificarte... primero? —La guerrera dijo esto inclinándose por encima de la mesa y clavando los cálidos ojos azules en los atónitos ojos verdes de Gabrielle. Sí. Me está afectando. Será mejor que me aleje mucho de ella. O podría acabar lamentándolo de verdad por la mañana.

Por su parte, Gabrielle estaba tan pasmada que se quedó sin habla. ¿Está flirteando conmigo? Xena se volvió en la silla, se cruzó de piernas y dejó expuesto, no por azar, un buen pedazo de carne broncínea y ambarina. ¡Está flirteando conmigo! O está borracha... pero hoy no ha bebido tanto, ¿verdad? Gabrielle contó mentalmente las copas que había consumido Xena. El total era menor de lo que normalmente haría falta para que la princesa guerrera se pillara una cogorza, de modo que... ¿qué está haciendo? ¿Se trata de una prueba? Tal vez...

—¿En qué clase de ritos estás pensando, Xena? —preguntó a su vez, con la voz embargada de coquetería.

—Creía que eran tus ritos, Gabrielle. ¿Por qué no me lo dices tú? —ronroneó Xena de nuevo, acercándose más a la bardo. ¡Huye, Xena! ¡Escapa antes de traicionarte! Pero era demasiado tarde para escapar, la princesa guerrera ya estaba atrapada en el tesoro esmeraldino de los ojos de Gabrielle.

Glub. Bueno, vale... primero tenemos que... cenar bien, en un sitio bonito, nada del típico antro cutre —parloteó la bardo, pensando a toda velocidad.

—Vale, creo que de esa parte me puedo ocupar. —Xena sonrió al ver el nerviosismo de Gabrielle. ¿Pero qué Hades estoy haciendo? ¿Se trata de una seducción? ¿Una cita? ¿O todavía estoy intentando creerme que somos dos amigas que vamos a disfrutar de nuestra mutua compañía en una noche de fiesta? se preguntó Xena al tiempo que calculaba el dinero que les quedaba. Bueno, como ya sabía, no es que estemos nadando en dinares, pero tampoco estamos en la miseria. Además, me queda esa reserva en el forro de la silla de Argo... y si ésta no es una ocasión especial, no sé cuándo lo va a ser...

Gabrielle estaba empezando a perder el valor bajo la presión del silencio introspectivo de la guerrera. Justo cuando estaba a punto de abrir la boca para cancelar su amago de cita, Xena habló de nuevo.

—¿Qué tal si apalabras dos baños, bardo mía, mientras yo voy a buscar un establecimiento... adecuado para nuestra cena?

Gabrielle hizo lo que le había encargado y pagó por dos habitaciones de baño distintas con parte del dinero que le había puesto Xena en la mano antes de irse. Aunque no sé por qué nos tenemos que bañar por separado ahora, cuando llevamos tanto tiempo bañándonos juntas... ah, bueno, a lo mejor es que Xena quiere estirar las piernas.

Las dos mujeres se bañaron, usando sus aromas y jabones preferidos. Las dos se tomaron su tiempo preparándose para una cena que podría cambiar su vida para siempre. Xena decidió que iba a sorprender a la bardo poniéndose algo que le había dado Eponin cuando derrotó a Melosa. Eran una falda y un corpiño de amazona engañosamente sencillos, pero al mirarlos más de cerca, se veía que estaban cubiertos con un intrincado diseños de cuentas y plumas. Gabrielle nunca había visto el atuendo porque Xena no se había considerado digna de llevarlo, pero por esta vez, quería ponerse algo distinto de su túnica de cuero. Había bandas para los brazos y muñequeras a juego y desenterró un collar ceremonial para completar el atuendo.

Su espada y su chakram estaban tan bien afilados que habrían podido cortar un pelo a lo largo. Sus botas estaban engrasadas y pulimentadas hasta el extremo de brillar apagadamente. Las prendas de amazona le quedaban muy distintas de su túnica de combate. Se ceñían a sus curvas como un amante, acentuando su esbelta musculatura y destacando su piel bronceada. Una capa de terciopelo negro, que conservaba desde sus tiempo de señora de la guerra, completaba el atuendo. Un último vistazo al espejo, una última pasada del peine por el pelo, un ajuste final de las hombreras y estaba lista para reunirse con Gabrielle en la sala común de la taberna.

Haciendo avanzar los pies enfundados en botas uno detrás del otro, Xena bajó las escaleras, examinando al gentío con los ojos, en busca de Gabrielle. Tuvo que mirar dos veces para localizar a la bardo, arrinconada y casi oculta contra el bar por dos despóticos aspirantes a pretendiente. Xena comprendía el entusiasmo de los borrachos celebrantes, porque la bardo estaba absolutamente perfecta.

Gabrielle llevaba su ropa de cuero de color rojizo y la llevaba como una reina. Por supuesto, era una reina, pero eso daba igual, porque esta noche se había quitado la personalidad de bardo y había asumido el papel de reina amazona como si fuera su túnica vieja preferida. Cuando Xena se acercaba, dispuesta a ahuyentar a los molestos borrachos, Gabrielle entró en acción por su cuenta. Se irguió y de repente su pequeña figura llenó el espacio con algo más que su estatura. Los dos hombres retrocedieron. Con las manos en jarras, Gabrielle los fulminó con una potente mirada, hasta que los dos se encogieron y se marcharon a trompicones, balbuceando incoherencias. Xena fue hasta la bardo y sonrió.

—Buen trabajo, oh mujer amenazadora —susurró. Gabrielle subió la mirada por un metro ochenta de pura Actitud guerrera y le devolvió la sonrisa.

—No te creas que tú eres tan sumisa y dócil, Xena.

Y tú que lo digas, Gabrielle. ¡Por las nalgas de la santa Hera, está dequetemueres! Gabrielle tuvo que enjugarse disimuladamente la baba de la comisura de la boca. Por supuesto, Xena estaba haciendo lo mismo, pero ninguna de las dos se dio cuenta porque cada una estaba muy atareada ocultando la verdad.

La cena fue una maravillosa tortura. Comieron en un pequeño café al aire libre que había descubierto Xena, oculto en las calles poco frecuentadas de Tebas. Las estrellas formaban un dosel de puntos brillantes en lo alto mientras compartían las excelentes viandas y se daban de comer la una a la otra sus platos preferidos. Descubrieron que a las dos les encantaba el queso blanco untado en el rico pan de centeno que el café parecía empeñado en proporcionarles en cantidades más que generosas. Por fin, atiborradas hasta arriba, se marcharon del estupendo restaurante y decidieron dar un paseo para bajar un poco la comida.

Conversaron sobre numerosos temas, desde su infancia hasta lo que cada una había aprendido al dar a luz. Aunque ninguno de los temas estaba libre por completo de dolor, hablar, dejar que cada una entrara en los secretos del corazón de la otra, les supuso una curación que ni siquiera Solan les había podido dar. Mientras cruzaban las calles de Tebas, siguieron probando los productos de los viñedos y se fueron emborrachando cada vez más, hasta que acabaron cogidas del brazo, apoyadas cómodamente la una en la otra.

Ya cerca del amanecer, se encontraron ante la cuadra que habían alquilado.

—Xena... ¿yo no denía gue gondar hisdorias esda noshe? —preguntó Gabrielle entre hipos.

—Greo gue sí.

—¡Bor las dedas d'Hera! —maldijo la bardo muy borracha.

—Ah, dranguila, Ga'rielle, seguro gue nadie s'a enderao —contestó la guerrera, tan borracha como ella. El montón de heno donde habían dormido la noche anterior empezaba a parecerle un lecho de plumas a Xena, que sabía que más les valía a las dos encontrar un lugar seguro donde pasar el resto de la noche.

—¿Xena?

—¿Sí, Gabrielle?

—Creo que tengo que dumbarme —susurró la bardo, casi coherente.

—Sí, creo que yo también.

Las dos se volvieron a la vez para abrir la puerta de la cuadra y se chocaron.

—Uuf. —La bardo se frotó la nariz, que se había estampado con el esternón de Xena. Se le llenaron los ojos de lágrimas y parte de la bruma alcohólica retrocedió al fondo de su mente—. Vale, vamos a indendarlo odra ves. —Una vez más, las dos se volvieron, las dos fueron a abrir la puerta y las dos se chocaron—. Ay. Ay. Ay. Sabes, dendría su gracia ni no doliera dando —refunfuñó la bardo, frotándose el caballete de la machacada nariz. Estaban cara a cara, a pocos centímetros de distancia, compartiendo la misma bocanada de aire bañado en rocío. Sus labios se rozaron, por un levísimo instante. De algún lugar de la ciudad llegaba música flotando en el aire. La bardo se estremeció y Xena le rodeó los hombros con un brazo que despedía muchísimo calor.

—Ven aquí —susurró, y Gabrielle se acurrucó entre sus brazos sin decir palabra. La capa negra de Xena se posó confortablemente sobre los hombros de ambas y por un instante, se apoyaron en la puerta, aprovechando su solidez de madera y usándola como barrera contra las emociones que ninguna quería de verdad que se derramaran bajo la influencia de la bacanal alcohólica.

Pero el peso de las dos fue excesivo para la vieja puerta, que se abrió de golpe con un quejido, y las dos cayeron dentro, aterrizando sobre un montón de heno viejo y tierra. Estallaron en carcajadas. Se rieron hasta que se les saltaron las lágrimas y les dolieron los costados. Y fue una sensación maravillosa. Xena fue la primera que logró contener la risa.

—Bueno, Gab-rielle, gre...o gue ahora deberíamos dormir.

Si no, no me hago responsable de mis actos. Vamos, di que sí, bardo mía... Te deseo, oh, dioses, cómo te deseo... pero no así. Te quiero sobria, no cuando nos lo pidan nuestros cuerpos empapados en vino. Gabrielle miró a Xena a los ojos, se comunicaron algo y asintió despacio.

—Me... me parece buena idea, Xena.

Mm-mm, muy buena, princesa guerrera. Porque no sé cuánto voy a poder seguir aguantando sin ponerte las manos encima y no quiero hacerlo, ahora no. Acabamos de encontrar el camino de vuelta, no quiero más muros.

Prepararon sus camastros y se acostaron, las dos conscientes de que algo fundamental había cambiado, pero ninguna de ellas segura de hasta dónde llegaba ese cambio. Y justo antes de quedarse dormidas, las dos elevaron una oración a la dama Fortuna suplicándole que no permitiera que esa intimidad volviera a morir nunca más.


El sol se alzó con un amanecer glorioso, pero nadie se dio cuenta. El mediodía derritió el rocío de la mañana y por fin el sol de la tarde calentó el interior de la cuadra de tal modo que la guerrera y la bardo se despertaron.

—Por los dioses, si alguna vez vuelvo a beber tanto, mátame, por favor —gimió Gabrielle, agarrándose la cabeza.

Xena no pudo hacer nada más que asentir y cuando se le calmó el revoltijo de estómago, se arrastró hasta sus alforjas y buscó su bolsita de medicamentos. Tras hurgar rápidamente en el contenido de la bolsa, encontró la bolsa más pequeña que buscaba y tras unos minutos más de exploración, encontró un odre de vino medio lleno y una tacita. Mezcló un pellizco de las hierbas de la bolsita con el vino rebajado con agua y luego se tragó la mezcla espumosa lo más deprisa posible. Mientras el alivio se apoderaba de ella, preparó la mezcla para Gabrielle y luego le dijo a la bardo que se la bebiera.

En cuanto estuvieron más presentables, salieron tambaleándose para enfrentarse a lo que quedaba del día. Lo que vieron fue algo pasmoso. Joxer estaba durmiendo, totalmente desnudo, delante de la puerta de la cuadra. Gabrielle se puso como un tomate.

—Ay, madre... —La bardo se tapó la boca con la mano—. Éste es un lado de Joxer que no quería volver a ver en mi vida...

—Yo tampoco, pero será mejor que le pongamos ropa encima antes de que alguien lo vea y le arruine la posibilidad de llegar a casarse alguna vez. ¿Qué tal si tú... aah... lo tapas mientras yo voy a buscar una manta? —propuso Xena, dándose la vuelta y entrando de nuevo en la cuadra.

—Vale, ¿pero cómo lo voy a tapar...? Vale, olvídalo. —La bardo usó su imaginación y así fue como se despertó Joxer, totalmente desnudo, salvo por una malhumorada bardo que estaba tumbada encima de él y hacía un esfuerzo por no reírse de los intentos de su cuerpo por mantener una conversación con el de ella.

—¿Gabby? —preguntó aturdido. Entonces se dio cuenta del estado en el que se encontraba—. ¡Santa madre de Zeus! Gabrielle, lo siento mucho, muchísimo, nunca debería haber... oh, dioses, oh, dioses, ¡Xena me va a matar! —gritó, moviéndose como loco para intentar quitarse de encima su ropa viviente. Se había empezado a congregar un grupo de gente, atraída por los gritos del joven, y Gabrielle se dio cuenta de que más le valía obligarlo a callar o iban a tener un buen público.

—¡Joxer! —gritó y pegó un cabezazo al idiota. Eso sí que le llamó la atención. Y a ella le devolvió el dolor de cabeza, plenamente. Por supuesto, fue en ese momento cuando Xena salió de la cuadra, manta en mano. Varias personas se acercaban a la "pareja" con la intención evidente de descubrir a qué venía tanto alboroto. Pensando deprisa, Xena echó la manta por encima de la bardo y del desnudo Joxer, los cogió a los dos en brazos y entró en la cuadra. Joxer y Gabrielle cayeron rodando, envolviéndose de tal modo en la manta que era como si los hubieran encadenado juntos. Joxer acabó encima de Gabrielle y la bardo boca arriba, pegados a una pila de balas de heno.

Gabrielle estaba incómoda. Bueno, para decirlo suavemente. Las huesudas y flacas rodillas de Joxer se le clavaban en los músculos de los muslos. Tenía un codo incrustado en el pecho, su barbilla puntiaguda se le clavaba en la cabeza como el cincel de un carpintero y tenía montoncitos de heno pinchándole en zonas bastante molestas. Sus ojos buscaron y encontraron a Xena, que intentaba reprimir la risa mientras se ocupaba de desenredar a la bardo y al aspirante a guerrero. Soltó una pierna, luego otra y por fin el tronco de Joxer. Siguió desenredándolos, hasta que Joxer pudo apartarse rodando de la bardo, cogiendo de paso una manta suelta de caballo. Durante todo este complicado proceso, el joven, ligeramente resacoso, no paraba de murmurar:

—Me va a matar, voy a morir...

Cuando Xena terminó de desenvolver a Gabrielle, se volvió hacia Joxer, que se encogió detrás de su manta. Poniéndose en jarras, la guerrera preguntó, con evidente exasperación:

—Joxer, ¿quién te va a matar?

Él tragó saliva sonoramente.

—Na...na...nadie, Xena —dijo, mintiendo fatal.

—¡Y una porra, Joxer, suéltalo! —Xena estaba harta.

—T...t...tú —chilló él. Ella enarcó una ceja de golpe.

—¿Y qué motivo tendría para cometer un acto así? —Se cruzó de brazos y le echó una de esas miradas que decían: "¿qué has estado haciendo?"

—Aah, mm, aah... pues, aah... porque he... aah... evidentemente, he... —Armándose de valor, Joxer intentó sacar el mejor partido a su situación—. Xena, lo siento muchísimo, pero al parecer Gabrielle está enamorada de mí y tengo intención de pedirle que se case conmigo.

Xena se quedó boquiabierta. Gabrielle no manifestó su sorpresa con tanto silencio.

—¿Qué? —preguntó, levantándose para encararse con Joxer—. ¿De qué Tártaro estás hablando, Joxer? —La bardo parecía a punto de subirse por las paredes.

—Oh, vamos, Gabby, no lo niegues. Sabes que es cierto. ¿Por qué si no habrías estado durmiendo encima de mí cuando... yo estaba...?

Mientras hablaba, a Gabrielle se le fue poniendo la cara cada vez más roja, hasta que ya no pudo seguir soportándolo. Fue hasta su vara con paso lento y tranquilo, la cogió y regresó, dando golpecitos deliberados con ella en el suelo de tierra prensada de la cuadra. Cuando estuvo a la distancia adecuada para atacar, se detuvo e hizo unos molinetes de prueba con la vara de madera. Luego sus ojos verdes adoptaron una expresión fría y distante.

—Joxer, escúchame atentamente, porque no lo voy a repetir. No estoy y jamás he estado enamorada de ti. Ni me voy a casar contigo. Preferiría casarme con Argo antes que contigo.

Argo resopló protestando por verse implicada. Xena seguía callada, dejando que los dos amigos resolvieran el problema por su cuenta.

Ante cada afirmación de Gabrielle, Joxer fue agachando la cabeza más y más hasta pegar la barbilla al pecho. Guardó silencio durante largo rato y por fin levantó la mirada al tiempo que un lagrimón le caía por la nariz.

—Pero yo te quiero, Gabrielle —susurró—. ¿Por qué no me quieres tú a mí?

De repente, Gabrielle se sintió como una miserable.

Aferrando la vara hasta que se le pusieron los nudillos blancos, contestó:

—Porque quiero a otra persona.

Joxer volvió a agachar la cabeza y las lágrimas siguieron cayendo, hasta que se puso a llorar como un niño al que le hubieran quitado su juguete preferido. El corazón de Gabrielle no pudo seguir impasible ante su supuesto pretendiente y se arrodilló a su lado para abrazarlo con fuerza. Él lloró en su hombro unos minutos y Xena tuvo que mirar a otro lado avergonzada.

Cuando por fin dejó de sollozar, Gabrielle lo abrazó estrechamente una vez más y dijo con mucha delicadeza:

—Joxer, lamento no poder ser algo más para ti, pero eso no quiere decir que no seamos amigos. Siempre seremos amigos.

Él asintió y se secó la nariz con una esquina de la manta. Como con eso no consiguió nada, se sonó, con un bocinazo tremendo que hizo encogerse a Xena.

—Escuchad, voy... aah... a buscar algo para desayunar, ¿vale? Vosotros podéis seguir hablando mientras me esperáis aquí. Gabrielle, creo que tengo una túnica de sobra en la alforja que le puede estar a Joxer. —Dicho lo cual, Xena huyó antes de decir algo realmente malvado al joven que seguía llorando en silencio. ¡Cómo se atreve a decir que ama a mi bardo! ¡Cómo se atreve a pedir su mano en matrimonio! Por los dioses, si no me marcho, seguro que cometo una estupidez, como matarlo. Sacudió la cabeza ante sus propias tonterías. Xena, has perdido la cabeza, ¿verdad? Tanta chinchorrería por un par de brillantes ojos verdes y una sonrisa que te incendia el alma cada mañana.

Cuando Xena se marchó, Gabrielle encontró la túnica que había mencionado la guerrera y se volvió de espaldas mientras Joxer se vestía.

—Bueno, ¿y cómo es que has acabado desnudo en nuestra puerta? —preguntó nerviosa.

—Es Xena, ¿verdad? —preguntó él al mismo tiempo. Gabrielle se volvió para mirar al joven. Llevaba una vieja túnica de Toris, el hermano mayor de Xena. Ahora llevaba la manta de caballo enrollada alrededor de la cintura y no le habría quedado nada mal de no haber sido por los matojos de paja que salían de la manta en ángulos extraños. Tenía los ojos y la nariz enrojecidos por el llanto, pero en general, parecía haberse recuperado de su ataque de pena.

—¿Qué? —Por los dioses, Gabrielle, últimamente no paras de decir eso—. ¿Es que tanto se me nota?

—Sólo lo notan los que saben mirar. Yo no me di cuenta hasta hace poco. —La actitud de necio desapareció y en su lugar surgió un Joxer sensible e inteligente. Gabrielle lo miró con desconfianza.

—¿Quién eres tú y que has hecho con Joxer? —preguntó, bromeando sólo a medias. Joxer sonrió con tristeza.

—Soy yo, Gabrielle. —El joven se movió cohibido—. Ésta es la parte de mí que no comparto con todo el mundo porque no quiero que se rían de mí. Soy un guerrero, ya sabes, y los guerreros no deben mostrar su lado blando. —La estima de Gabrielle por el joven subió un punto—. Sólo quería decir que siento mucho lo que ha pasado. Aah... no debería haberme dejado arrastrar de esa forma por mis sentimientos. —Bajó la cabeza avergonzado. Gabrielle seguía ligeramente pasmada. Éste era un Joxer que casi podría gustarle.

—Joxer, te he dicho que no pasa nada. Vamos a olvidarlo... y a empezar de nuevo, ¿como amigos? —Le ofreció la mano. Él la aceptó y se estrecharon la mano como gesto de amistad—. Bueno, ¿vas a responder a mi pregunta? —La bardo enarcó una ceja con aire inquisitivo.

—Pues es que no sé si lo sé. —Se acarició la barbilla pensativo—. Recuerdo que el tío Jarod me llevó al burd... mm, la taberna y recuerdo que bebí mucho.

Gabrielle se hizo una idea con sus palabras. Seguramente Joxer se había emborrachado como una cuba mientras su tío se dedicaba a mirar a las mujeres del burdel y luego, cuando Jarod contrató a una mujer para pasar la noche, seguro que Joxer se marchó de la casa de lenocinio y se perdió haciendo eses por los callejones de Tebas, donde seguro que se topó con alguien que le gastó una broma terrrible. Tal vez incluso lo habían timado, como hicieron Rafe y Eldon. Suspiró.

—Joxer, tienes que estar más pendiente de lo que haces —lo regañó la bardo. El aspirante a guerrero que el joven sensible llevaba dentro asomó la cabeza muy ufano.

—No te preocupes por mí, Gabrielle. Los grandes guerreros podemos cuidarnos incluso enfrentados a terribles adversidades. ¡Encontraré a los canallas que me han robado la armadura de mi familia y han mancillado mi honor!

Gabrielle puso los ojos en blanco. Ya estamos otra vez. Supongo que no es capaz de ser racional todo el tiempo. Eso sería mucho pedirle.


Xena regresó con el almuerzo y una sonrisita chulesca en la cara.

—Bueno, Joxer, parece que anoche te las apañaste para ofender a una taberna entera llena de gente. —Dejó la cesta que llevaba al lado de la bardo, que se esforzaba por disimular una sonrisa—. Derkus tiene tu armadura y tu ropa... para recuperarlas tienes que presentar una disculpa formal.

Joxer estrechó los ojos y se le dilataron las aletas de la nariz.

—Les voy a dar yo disculpa formal —gruñó, blandiendo un puño. El supuesto guerrero se levantó y salió por la puerta con toda la dignidad de la que fue capaz vestido con una manta y una túnica que le estaba grande. En cuanto la puerta de la cuadra se cerró, Gabrielle estalló en carcajadas sin poder remediarlo. Hasta Xena se echó a reír al imaginarse a Joxer con su atavío de espantapájaros, acercándose a Derkus para exigirle que le devolviera su armadura aún más tonta. Contó los segundos hasta que oyó un fuerte grito y un golpe aún más fuerte.

—No está mal. Esta vez sólo ha tardado treinta gotas en recibir una patada en el trasero —comentó la guerrera cuando se sentó. Metió la mano en la cesta y sacó una hogaza de pan negro y una jarra de leche de cabra—. ¿Tienes hambre?

—Me muero de hambre —replicó la bardo, que se sentó al lado de la guerrera y arrancó un pedazo del sabroso y áspero pan.

Comieron, recogieron y salieron para ver cómo le iba a Joxer con la devolución de su armadura. El joven estaba arrodillado en medio del patio de la posada, rodeado de varias jóvenes, y recitaba algo. Cuando se acercaron, oyeron que decía una y otra vez:

—Siento haber ofendido vuestro sentido del decoro. Soy un ser humano despreciable y pusilánime y no tengo honor.

Las dos amigas se miraron, mordiéndose la lengua. Cuando Derkus las vio, alzó una mano para detener el discurso de Joxer.

—Está bien, sinvergüenza. Puedes recuperar tus cosas. Pero a ver si tienes modales la próxima vez que vengas a mi establecimiento.

Mientras Joxer recogía sus pertrechos, Xena y Gabrielle se despidieron. Estrecharon manos a su alrededor y Joxer las saludó marcialmente, por lo que estuvo a punto de tumbarse a sí mismo de un golpe.

—¡Adiós, amiguísimas mías! ¡Os volveré a ver!

—Eso es lo que me temo —murmuró Xena mientras se dirigían hacia las puertas de Tebas.

—No está tan mal, Xena —murmuró Gabrielle. La única respuesta de la guerrera fue enarcar una ceja por el pasmo. Seré un arquero manco, ¡pero si ha dicho algo agradable de Joxer!


Casi un mes después de las fiestas de Tebas, Xena y Gabrielle llegaron a Anfípolis. Se encontraron con las mujeres que trabajaban en los campos, cuyas canciones de labor resonaban en varias leguas a la redonda. También las recibió la pequeña milicia del pueblo, que saludó a las mujeres al pasar. Gabrielle no pudo evitar sonreír: su saludo era sin duda mucho más afable que la primera vez que visitó la tierra natal de Xena.

Cirene estaba en el porche de su posada, barriendo el polvo y la suciedad del día, cuando Xena llevó a Argo hasta el poste para atar a los caballos. Se le iluminaron los ojos al ver a su hija, sana y salva. Y ver que Gabrielle seguía caminando al lado de Xena acabó con algunas preocupaciones que habían angustiado a la mujer mayor por dentro en los últimos tiempos.

Gabrielle ayudó a Xena a dar de beber a Argo y luego posó una mano en el brazo de la guerrera. Gabrielle sonrió con tristeza y dijo suavemente:

—¿Qué tal si vas y... charlas con tu madre? Yo puedo ir donde Li a recoger lo que necesitamos.

A Xena se le humedecieron los ojos al darse cuenta de que la bardo quería darle tiempo para estar a solas con su madre, cosa que necesitaba enormemente. La guerrera cubrió la mano de la bardo con la suya y asintió en silencio.

—Vuelvo pronto, ¿vale?

—Vale. Y Gabrielle... gracias.

Gabrielle saludó a Cirene agitando la mano cuando emprendió la marcha para salir del pueblo y subir a la colina donde estaba enterrado Liceus.


Xena terminó con Argo y luego se reunió con su madre en el porche. Se quedaron mirándose un momento antes de abrazarse y Cirene estrechó a Xena todo lo que se atrevió.

—Oh, Xena, cómo me alegro de volver a verte. Estaba tan preocupada por ti... sobre todo después de lo que hizo Ares...

—Lo sé, madre. Escucha, ¿podemos pasar dentro... y hablar? —Con lo difícil que iba a ser esto para Xena, ésta sabía que no estaba dispuesta a decirle a su madre que había sido abuela y había perdido a su nieto mientras estaban plantadas en el porche de la posada de la familia.

—Claro, querida. Vamos, hoy he abierto un barril nuevo. Puedes beberte la primera jarra.

¿Xena quiere hablar conmigo? Me pregunto si me acordaré de cómo escuchar. Madre e hija entraron en la sala cogidas del brazo.

Después de que Cirene sirviera una jarra para cada una y de que Xena guardara sus armas detrás del bar, se sentaron a una mesa junto a la ventana. Cirene cogió las manos de Xena, que jugaban nerviosas con el mantel, y se las estrechó.

—Ahora dime, pequeña.

El uso de ese mote de infancia rompió las barreras y Xena le contó todo a Cirene. Desde que conoció a Borias en las estepas rusas hasta que entregó su hijo a los centauros.

—¿Soy abuela? —preguntó Cirene, atónita. Ay, madre, esto es bastante más de lo que me esperaba... creo que debería aprender que no hay manera de predecir lo que hará Xena. Las lágrimas de Xena, que hasta ahora había logrado contener, se derramaron, dejando surcos grises en las mejillas cubiertas de polvo de la guerrera.

—Lo eras, madre. Solan ha muerto —dijo a duras penas y Cirene, al ver el dolor de su hija, dejó de lado sus propios sentimientos y dejó hablar a Xena. Pase lo que pase, tengo que recordar que es mi hija. Cirene dejó que ese pensamiento acompañara todo lo que le contó Xena.

—Después de esa estupidez con Ares y las Furias, descubrimos que César estaba intentando hacerse con el control de Britania. Un galo llamado Krafstar había venido a Grecia para buscar guerreros que quisieran ayudar a su dirigiente, Boadicea, a luchar contra el perro romano. Yo no podía permitir que el hombre que ordenó que me rompieran las piernas infectara Britania con su tiranía.

Cirene enarcó una ceja al oír el tono de virtuosa indignación de su hija.

—Y supongo que los británicos se regocijaron al verte, ¿no?

—No exactamente. Boadicea y yo tenemos... historia. Pero dejamos a un lado nuestras diferencias por la oportunidad de derrotar a César. —Xena apoyó la cabeza en una viga y cerró los ojos un momento—. Ojalá me hubiera concentrado menos en César y hubiera estado más pendiente de lo que tenía delante de las narices.

—¿Por qué dices eso?

—Porque si hubiera prestado la más mínima atención a lo que me rodeaba, tal vez habría podido salvar a Gabrielle... y en última instancia, a mi hijo.

—¿A qué te refieres, Xena? —preguntó Cirene en voz baja.

—Me refiero, madre, a que es culpa mía que Solan fuera asesinado. Si hubiera estado pendiente de Krafstar, me habría dado cuenta de que no se traía nada bueno entre manos. ¡Habría podido impedir que Gabrielle lo siguiera ciegamente y habría podido impedir que Dahak violara a mi mejor amiga! —Las palabras brotaron como una explosión de la boca de la guerrera.

—¿Que la violara? —dijo Cirene atragantada.

—Sí. Dahak, el dios de Krafstar, violó a Gabrielle. Quedó impregnada con un demonio de hija que resultó ser Esperanza, la zorra que mató a mi hijo.

—¿La hija de Gabrielle mató a tu hijo? —La pregunta era apenas un susurro.

—Sí. Pero eso ocurrió después de Chin. Verás, después de que Gabrielle tuviera a Esperanza en Britania... y qué buena amiga fui para ella entonces... intenté matar a la hija de mi mejor amiga nada más nacer... y ni siquiera me molesté en pararme a explicarle a Gabrielle por qué sabía... sabía que Esperanza tenía que morir. De modo que Gabrielle hizo lo que haría cualquier madre y salvó a su hija. Me mintió al respecto. Creo que yo sabía que me había mentido, pero tenía tantas ganas de creer que me había quitado la responsabilidad de una muerte más de las manos que no le dije nada.

A Cirene le daba vueltas la cabeza. La cantidad de información, plagada de trampas emocionales, que brotaba de labios de su hija bastaba para llevar a un borracho a la sobriedad. Por mucho que quisiera a Xena, no sabía si su corazón podría aguantar muchos más detalles del sórdido relato.

—¿Y qué pasó luego? —preguntó, disimulando su temor.

—Ah, pues que fuimos a Chin. Gabrielle me traicionó al hombre que yo iba a matar, estuve a punto de morir, maté al tipo de todas formas y luego nos fuimos a Egipto. Nos encontramos con Ares y Afrodita y entonces... entonces las cosas se pusieron interesantes. —En los ojos de Xena se empezó a formar un brillo malsano. Su voz adoptó un tono burlón mientras seguía hablando—. Fue entonces cuando me enteré de que Gabrielle había mentido. Con lo de Esperanza. Estaba viva. Y el pequeño demonio había liberado a Calisto. Entonces las dos se dedicaron a carbonizar la mayor parte de la aldea de los centauros. Supongo que Gabrielle pensó que ahora que su bebé era una niña, "dulce e inocente", podía intentar ser madre. Qué necia fue. Entró de lleno en el plan de Dahak. Igual que yo. Dejé que mi alegría al ver a Solan enturbiara mi sentido común. Una mezcla de desconfianza, falta de comunicación y pura estupidez hizo que Gabrielle alojara a Esperanza con Solan. Bueno, pues supongo que ese pequeño demonio de zorra no se pudo resistir y mi hijo pagó el precio. La odié entonces, madre. ¡Odié a Gabrielle por haber dado a luz a la puta que mató a mi hijo! —La expresión maníaca de los ojos de Xena se empezó a apoderar de su cara y su cuerpo y empezó a agitarse nerviosa. Cirene se dio cuenta de que debía apresurarse a hacer algo o tendría que enfrentarse a una lunática con una habilidad mortífera en el combate... otra vez.

Se levantó, rodeó la mesa y estrechó a Xena entre sus brazos. Cuando la guerrera hizo un amago de apartarse, la sujetó, hasta que de algún modo, el calor de su abrazo penetró la demencia de Xena. Con un gran suspiro entrecortado, la guerrera se vino abajo y se echó a llorar. Entre sollozos, terminó la historia.

—Intenté matar a Gabrielle, porque le echaba la culpa de la muerte de Solan, pero demostró ser más fuerte que yo, incluso en el triste final. Me odiaba tanto como yo a ella y no sé cómo, acabamos en un lugar llamado Ilusia. Allí fue donde Solan, con ayuda de Afrodita y Hades, nos mostró que habíamos sido manipuladas por Dahak. Allí aprendimos a perdonar. Pero jamás lo olvidaré. Jamás te olvidaré, Solan —susurró esto último en el pecho empapado en lágrimas de Cirene. Ésta siguió abrazando a su hija, acunándola y cantando por lo bajo una antigua nana, dejando que Xena purgara por fin su dolor.

En medio de su pena, Xena se dio cuenta de que su madre entendía de una forma especial lo que ella sentía y al darse cuenta se sintió aún peor, porque ella era el motivo de que su madre supiera lo que era perder a un hijo.

Oh, Li, lo siento muchísimo. Tuve la oportunidad de traerte de vuelta, pero no podía soportar que Gabrielle siguiera el mismo camino de odio que había seguido yo. ¿Es Solan el precio que tengo que pagar por dejar que murieras de nuevo?

—Cuánto lo siento, Xena. Si tuviera un modo de cambiar las cosas... lo haría. Pero creo que a lo mejor sale algo bueno de este dolor. Mira cómo ahora Gabrielle y tú estáis mucho más cercanas.

—La quiero —susurró Xena, más para sí misma que para Cirene. La posadera acarició el pelo de la guerrera—. No sé por qué ni cómo, sólo sé que la quiero. Y sé que haría cualquier cosa para evitar que ese amor muera.

—Lo sé, pequeña. Lo sé.

Al menos, lo sé ahora. Por los dioses, creo que nunca he visto a Xena tan vulnerable...

—Por favor, no la odies. Yo no la odio. Ya no.

—Claro que no. Será como la hija que nunca tuve oportunidad de tener. —Cirene sonrió a su hija primogénita—. ¿Gabrielle conoce tus sentimientos? —Al ver el rubor de Xena, Cirene se rió—. Ya me parecía a mí que no. Ésta es mi Xena, siempre ocultando su afecto. —Dio unas palmaditas cariñosas a la guerrera en la rodilla—. Bueno, pues no los ocultes mucho tiempo o acabará conformándose con algo que distará mucho de ser perfecto.

—Madre, yo disto mucho de ser perfecta —fue la respuesta humorística de Xena.

—Para ella no. Supe que había algo especial entre las dos desde el día en que entró corriendo aquí y defendió a una conocida asesina ante una multitud de aldeanos enfurecidos. Ahora tengo que ponerme con la cena, o los clientes de esta noche tendrán que comerse las sobras de ayer.

Xena se terminó su jarra de cerveza y se levantó con su madre.

—¿Te puedo ayudar en algo?

Cirene sonrió. Su hija, su familia, estaba en casa.


Gabrielle intentó sin éxito silbar una alegre tonada mientras manipulaba el sencillo pero eficaz mecanismo de cierre de la tumba de Liceus. El agradable ruido de tres chasquidos sucesivos respondió a sus silenciosas plegarias y la puerta de hierro se abrió. Habían limpiado el interior del mausoleo desde la última vez que se pasaron por allí, pero las ánforas que la guerrera y ella habían subido por la colina seguían allí, colocadas como otros tantos soldados de cerámica en el rincón más alejado de la estancia.

Gabrielle sonrió al recordar la razón de que llevaran las vasijas de vino vacías hasta la tumba.


Se quedó mirando mientras el torrente de roca fundida quemaba el alimento de los dioses. Argo estaba apartada a un lado, Xena al otro, y el vapor se alzaba a su alrededor como manos húmedas. Luego se marcharon. Pero entonces advirtió que las alforjas del caballo estaban rebosantes.

—¿Xena?

—¿Mmm?

—¿Qué hay en las alforjas?

—Nuestro futuro, Gabrielle.

—¿Qué? —preguntó la bardo, sin dar crédito. Xena desató el faldón de una de las alforjas y lo levantó para que la joven pudiera mirar. Dentro había dinares y más dinares, gemas, ristras de perlas, toda clase de tesoros—. Oh... —dijo sin aliento, asombrada por lo que veía—. Te... te has llevado parte del Tesoro Sumerio...

—Sí, efectivamente. De alguna manera tenemos que comer, y robar comida a los aldeanos ya no es algo que quiera hacer.

—Pero yo gano dinero con mis historias, Xena. Y siempre estoy dispuesta a compartirlo.

—Lo sé, Gabrielle. ¿Pero qué ocurre cuando en una aldea no les interesan las historias? ¿O cuando no pueden darle nada a la narradora, por buena que sea?

Gabrielle lo comprendió. De modo que fueron a Anfípolis, sin decírselo a nadie, se hicieron con todas las ánforas de vino vacías que le sobraban a la madre de Xena y ocultaron el tesoro en el lugar más seguro de toda Grecia... la tumba de Liceus.


—Gabrielle... —susurró una voz salida de la nada, pegando tal susto a la bardo que se le cayó la tapa de la primera ánfora. El golpe sordo de la cerámica al romperse no fue nada comparado con el martilleo de su corazón.

—¿Quién ha dicho eso? —Se giró en redondo, colocando la vara en posición de defensa. No se veía a nadie y entonces... por encima del sarcófago de Liceus el aire empezó a brillar. Mientras Gabrielle miraba en atónito silencio, la figura de un joven guapo de pelo rizado fue cobrando forma. Estaba sentado con las piernas colgando por el costado del ataúd de piedra, vestido tan sólo con una túnica azul oscura. La bardo retrocedió dos pasos, pero la pared de la tumba le impidió seguir retrocediendo—. ¿Quién... quién... quién eres? —farfulló por fin, sujetando la vara para protegerse.

—No tengas miedo, Gabrielle. No te voy a hacer daño. Jamás le haría daño a alguien a quien mi hermana quiere.

—¿Hermana? Espera un momento... ¿estás diciendo que tú eres Liceus?

El espectro se echó a reír y se puso en pie.

—Pues claro. ¿Es que te esperabas a Agamenón?

Gabrielle logró sonreír. Así que tiene sentido del humor... eso es bueno. Con eso sí que puedo. Lo miró un momento con atención. Parece que la belleza también es cosa de familia.

—Bueno... aah, Liceus... ¿qué quieres de mí?

—Bueno, no pretendo quedarme con tu alma, si es eso lo que te preocupa.

—Qué alivio —bromeó Gabrielle con cara seria.

—En realidad, he venido para darte las gracias.

—¿Las gracias? ¿Por qué?

—Por querer a mi hermana a pesar de sí misma.

El corazón de Gabrielle se abrió al espíritu y se relajó.

—Creo que es la primera vez que lo oigo expresado así —comentó la bardo. Liceus siguió sonriéndole.

—Cuánto me alegro de que te haya encontrado, Gabrielle. Vuestras vidas fueron tejidas la una para la otra. —Empezó a desvanecerse—. ¿Quieres decirle algo de mi parte, bardo?

—Claro.

—Dile que las lamentaciones no la van a llevar a ninguna parte. Dile que tiene que dejar de vivir en el pasado y empezar a concentrarse en el futuro. Y dile... dile que la quiero. —Tras esto, el fantasma de Liceus desapareció.

—Vaya, pues ha sido... interesante —murmuró Gabrielle. Terminó lo que había venido a hacer y cogió dos bolsas pequeñas de plata y joyas, además de colocar unos cuantos dinares más en el fondo de su estuche de pergaminos, y luego dejó la tumba a los fantasmas y las arañas.


Ya estaba atardeciendo cuando regresó a la posada de Cirene y no vio a Xena ni a su madre por ninguna parte. La bardo sonrió al oír los golpes rítmicos y regulares de un hacha contra madera. Xena está partiendo leña. Qué gracia.

—Eh, ¿a quién tiene que sobornar una chica para que la atiendan aquí? —gritó. Cirene salió corriendo de la cocina y sonrió ampliamente al ver a la bardo.

—Gabrielle, cuánto me alegro de verte.

Las dos mujeres se miraron y Gabrielle supo que Cirene lo sabía todo y que a pesar de eso, se alegraba de verla verdaderamente. Un peso que no sabía que llevaba sobre los hombros desapareció de repente, convertido en meros jirones etéreos de miedos olvidados.

—Cirene. —La bardo sonrió afectuosamente a la madre de Xena y se abrazaron estrechamente.

Entonces entró Xena, secándose la cara y las manos con un trapo viejo. La guerrera se había cambiado el traje de combate por una vieja túnica de algodón y parecía... relajada. Algunas de las profundas arrugas de dolor que le rodeaban los ojos habían desaparecido y Gabrielle dio gracias en silencio a cualquier dios que estuviera escuchando por la bendición que era Cirene.

—¿Lo tienes todo? —le preguntó la sudorosa guerrera a la bardo al tiempo que tiraba el paño ahora sucio a un montón de trapos parecidos.

—Claro. Sin problema. —Gabrielle sonrió a Xena y le echó una de esas miradas que indicaban "luego te cuento".

—Bueno, ¿os vais a quedar un tiempo o sólo estáis de paso? —preguntó Cirene con naturalidad mientras servía tres jarras de cerveza fría. Xena y la bardo intercambiaron una mirada. Bueno, no es que nos venga mal descansar un poco y a madre le vendría muy bien la ayuda...

—Podríamos quedarnos, al menos durante un tiempo —dijo por fin Xena, sentándose con la jarra recién servida.

—Sí, la verdad es que no tenemos que ir a ninguna parte por ahora, ¿verdad, Xena?

Cirene sonrió encantada ante la idea de tener a sus chicas en casa durante una temporada. Y aunque no pudiera conseguir que se quedaran para siempre, se aseguraría de que supieran que Anfípolis estaba siempre dispuesto a recibirlas.

—Me parece maravilloso. —Sonrió a las dos mujeres más jóvenes. Los clientes empezaron a entrar a medida que el sol se iba poniendo por detrás de las montañas y cuando la posada se llenó, a Gabrielle se le ocurrió una idea estupenda.

Colocándose en medio de la sala, se puso a contar historias apaciblemente. Historias de Xena, la heroína. Al poco, la gente con quien había crecido la guerrera, la gente que la había odiado durante tanto tiempo, empezó a mirar a la princesa guerrera con algo parecido al respeto y, en el caso de algunos, con un principio de perdón.

Esa noche, en su habitación, Gabrielle contó el extraño encuentro que había tenido en la tumba de Liceus. Cuando terminó su relato, Xena tenía los ojos llenos de lágrimas y el puño tan apretado que tenía los nudillos blancos. En silencio, la bardo abrió el puño de Xena, cogió a la guerrera entre sus brazos y le dio la oportunidad de llorar a su hermano muerto tanto tiempo atrás.

Durante casi una semana, disfrutaron de una vida sencilla. Gabrielle contaba historias por la noche, mientras Xena hacía las veces de protectora de la posada, acompañando a los que se habían excedido con la cerveza negra de Cirene. De día, ambas mujeres ayudaban limpiando, cocinando, haciendo reparaciones... lo que hiciera falta. El primer día que Toris llegó desde su granja, se llevó una sorpresa al ver a su hermana ocupada con la pila de leña para el invierno, pero tras un largo intercambio de miradas con los ojos entornados, se quitó la camisa y ayudó a su hermana a convertir los leños en trozos de tamaño adecuado para la chimenea.

Cirene no podía ser más feliz. Bueno, sí, habría sido más feliz si la terca de su hija dejara de comportarse como una estúpida y permitiera a Gabrielle ver lo que llevaba en el corazón, pero la posadera no podía tener todo lo que quería, ¿no? Ya lo veremos, sonrió por dentro. Esta noche habrá una bonita luna llena... ¿Qué pasaría si les propusiera a las chicas que se vayan a dar un paseo?

Xena también estaba preocupada porque no sabía cómo abordar el tema con su bardo, pues había llegado a la conclusión de que prefería no seguir ocultándole nada a Gabrielle. Sabía que iba a correr un riesgo... no muy grande, porque sabía desde hacía un tiempo... desde las fiestas de Tebas con seguridad, que estaba ocurriendo algo entre ellas, pero no sabía si le convenía empujar ese "algo" para que avanzara más deprisa de lo que quería avanzar. También había encontrado la respuesta a la pregunta de Joxer. Era a ella a quien seguían los ojos de Gabrielle.


Era una cálida noche de primavera y Xena había pasado el día ayudando a los pastores a esquilar ovejas recalcitrantes mientras Gabrielle charlaba con los ancianos del pueblo, aprendiendo algunas de las leyendas de Anfípolis. La guerrera no estaba cansada exactamente, pero sentía un dolor agradable en los músculos mientras disfrutaba de una jarra fresca de la rica cerveza de su madre. Gabrielle ya estaba contando historias, para alegría de una serie de mercaderes que estaban de paso. Un joven, la clase de joven que normalmente llamaba la atención de la bardo, pasó gran parte de la velada tratando de caerle en gracia a Gabrielle, pero la bardo ni siquiera se dignó a mirarlo. Xena tardó seis segundos en darse cuenta de que la razón por la que los ojos de Gabrielle no estaban posados en el joven era porque estaban posados en ella.


Fue una gran sorpresa. Pero agradable.

Entonces, cuando Cirene propuso tan tranquila que Xena dejara descansar a la bardo esa noche y la llevara a pasear por el bosque bajo la luna, la guerrera no pudo evitar echarse a reír. Al parecer, su madre estaba haciendo de Cupido por ellas. Bueno, a arco regalado no le iba a mirar la flecha.

A la bardo le pareció estupendo tomarse el día libre, o más bien la noche. Cirene incluso preparó una merienda ligera para las dos mujeres y encima de la cesta colocó una manta suave para que se sentaran.

¿Por qué siento que va a pasar algo... mágico? se preguntó la bardo mientras se atusaba el pelo por última vez, asegurándose de que las trenzas seguían en su sitio. Luego se reunió con la guerrera, que seguía vestida con una sencilla túnica de campesina, en el porche de la posada y se adentraron juntas en el bosque.

Debieron de recorrer una corta distancia, pero la civilización parecía muy lejana en esa noche despejada bajo la luz de la luna. Apareció un pequeño claro y Gabrielle se quedó embelesada al instante por las flores nocturnas que perfumaban el aire. Se detuvo y tocó u olió muchas de ellas. Xena sonrió por dentro, contenta de ver a la bardo tan en paz. La guerrera miró hacia arriba y se le cortó la respiración al ver el espectáculo del cielo nocturno. Pintadas a través de la noche en gloriosos puñados, las estrellas titilaban y derramaban su brillo sobre las dos mujeres que gozaban del rato que estaban pasando juntas.

—Gabrielle, mira. —Señaló hacia arriba. Una brusca inhalación.

—Oh, dioses... qué preciosidad. —La bardo apareció de repente a su lado. Xena dejó caer la cesta, olvidándose de la comida.

—Sí. Mira... ahí está el cucharón.

—La osa.

—Da igual... mira eso... allí. —Señaló una serie de tres estrellas en línea.

—Ooh... eso se parece al cinturón de mi amigo Orión. —Gabrielle se acordó del joven bardo al que había conocido mientras estaba en la academia y del cinturón que le regaló su padre cuando fue admitido en la academia. Sin saber cómo, la guerrera y la bardo acabaron la una al lado de la otra, contemplando las estrellas.

Xena lo estaba pasando muy bien. La noche no era ni fría ni calurosa y la compañía era excelente. Una mano, pequeña y fría, se enganchó solitaria a la suya. Sonrió. Las pequeñas victorias son mucho más importantes cuando se obtienen en casa.

—Gabrielle.

—¿Mmm? —contestó la bardo, absorta en las relucientes estrellas.

—Me has cogido de la mano. —La voz grave de la guerrera estaba teñida de risa.

—¡Oh! —La mano, que le había dado un calor tan reconfortante, desapareció—. Lo siento. La costumbre, supongo.

Xena alcanzó y atrapó la mano fugitiva de Gabrielle.

—No he dicho que sea malo... que me cojas de la mano. —Se llevó el mencionado apéndice al pecho y al hacerlo, acercó más a la bardo, lo suficiente para que la luz de la luna bañara el rostro de ambas mujeres de un resplandor etéreo.

—¿No... no lo es? —balbuceó Gabrielle. ¿Está...?

—No. —Un susurro como respuesta—. No lo es. De hecho, me gusta. —La voz de la guerrera cobró fuerza—. También me gusta su dueña.

La bardo sintió entonces que una sonrisa ufana, efervescente y cálida brotaba desde el fondo de su corazón y simplemente... se apoderaba de su cara.

—¿De verdad? —Se acercó aún más a Xena, soltándose la mano y deslizándola por el cuello de la guerrera. La bardo estaba ahora tan cerca que veía cómo le latía el corazón a Xena con rápidas pulsaciones que eran un reflejo de las suyas—. Entonces —se acercó un poco más—, ¿te parece bien —y un poco más—, que haga esto?

La pregunta terminó con los labios de Gabrielle flotando bajo los de Xena, a punto de rozarse entre sí. Xena cerró los ojos. Había llegado el momento. El momento de la verdad. El instante en que podía prescindir de toda precaución y abrirse al amor o apartarse del mayor regalo que había recibido en su vida. Fue una decisión fácil.

—Sí.

En un segundo, en un suspiro, con un movimiento sutil y ligero, su futuro quedó irrevocablemente unido al de una pequeña bardo de Potedaia. Abrió los ojos y se hundió en las risueñas profundidades verdes. El beso se prolongó, se hizo más hondo, y las manos tiraron para pegarse más la una a la otra, poseyendo, adueñándose y reclamando.

—Oh, dioses —jadeó Gabrielle, cuando se separaron.

—Nada de dioses, Gabrielle. Sólo nosotras. —Volvió a besar a la bardo. Gabrielle se encontró con la mirada franca de Xena, al tiempo que sus labios se juntaban, y se comunicaron el amor y el deseo que sentían la una por la otra con el idioma sin voz de sus cuerpos. Sólo cuando se separaron llegaron a cerrar los ojos, intercambiando suaves y dulces bocanadas de aire.

—Yo... —empezó a decir la bardo, pero Xena le puso un dedo en los labios para hacerla callar. Una vez más, la guerrera se inclinó, una vez más cubrió la boca de Gabrielle con una oleada cálida y brumosa de prolongado contacto.

—Ahora —susurró mientras sus labios seguían un camino algo húmedo hasta su oído—, ¿qué decías?

Sin aliento, sin capacidad para pensar, casi cegada por la explosión de sus emociones, Gabrielle respondió besando a la guerrera una y otra vez, hasta que cayeron al suelo, inmersas en su creciente pasión.

La blanda tierra les dio la bienvenida, las abrazó como se abrazaban la una a la otra y las acunó en su seno. Sus besos se fueron haciendo cada vez más largos, sus dedos y manos se hicieron más osados, hasta que las dos se quedaron sin aliento por el deseo. Gabrielle se apartó de repente.

—¿Qué ocurre, bardo mía? —preguntó Xena, preocupada.

—Nada. Es que... ¿podemos ir un poco más despacio? —La bardo trató de encontrar las palabras adecuadas—. Es que quiero que esto sea perfecto. Sin nada que lo estropee.

—¿Y algo lo está estropeando?

—Sí —respondió a duras penas. En la mente de Xena surgió la imagen de pesadilla de Gabrielle agarrada por un tentáculo de fuego y arrastrada hacia un altar de tosca piedra, gritando de terror.

—¿Es Dahak? —preguntó Xena con la voz embargada de rabia y pena.

—Sí —susurró Gabrielle—. Pero no tanto como podría ser. Por favor, abrázame, Xena... te necesito. Te amo.

Xena dejó de lado sus deseos, envolvió con sus brazos a Gabrielle e hizo lo que le pedía... la abrazó. Por fin, se quedaron dormidas. Agotadas emocionalmente, durmieron sabiendo que el día siguiente les traería un nuevo camino que seguir.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades