3


Ravin levantó la mano. ¿Qué había hecho? Cala y Compreda guardaban silencio. Gabrielle tenía los ojos cerrados. Se abrazó a sí misma. Su cuerpo empezó a mecerse a medida que una marea de emociones se alzaba dentro de ella. Abrió los ojos y se encontró con la mirada expectante y compasiva de Ravin. La propia mirada de Gabrielle estaba clavada en la mujer que tenía delante. Ravin alargó la mano hacia ella. Gabrielle retrocedió.

Gabrielle estaba muy angustiada.

—Lo siento muchísimo.

Ravin intentó consolarla.

—¿El qué? No has hecho nada malo.

—Creía con todo mi corazón que eras Xena. Lo que te he hecho pasar es imperdonable.

Ravin no daba crédito al cambio de Gabrielle. Compreda interrumpió el silencio.

—Eso no importa. Lo que importa es que has vuelto entera a este mundo.

Las lágrimas silenciosas se derramaron en torrente mientras Gabrielle sentía la repentina acometida de su pérdida. Nadie comentó nada mientras presenciaban el fin de la esperanza de la mujer de encontrar a Xena. La piedra de Emet había hecho un corte rápido en el corazón de Gabrielle, que sangraba de nuevo.

—Me siento débil.

—Eso es normal. Cala, lleva a Gabrielle de nuevo a su cámara. Gabrielle, seguiremos hablando cuando hayas descansado.

Gabrielle no se opuso a la vidente y se dejó acompañar.

Ravin seguía inmersa en su propia confusión. Rompió la quietud de la estancia con un fuerte golpe de la mano contra la columna de piedra.

—¿Qué ha pasado?

Compreda se mostró implacable en su valoración.

—¿Acaso no es evidente? Ve y oye.

Ravin contraatacó:

—Pero ya no ve a Xena en mí.

—¿No es eso lo que tú querías? Gabrielle ya no te reconoce como a la persona que amaba. Ve a la mujer llamada Ravin, la mujer en la que te has convertido desde que te uniste a la tribu de Decevis. Ahora Gabrielle llorará a Xena. Sólo has empezado a ver lo que la pérdida de Xena supondrá para ella.

El caos interno de Ravin fue en aumento.

—Esto es una locura.

Compreda insistió en la verdad.

—Ravin, tú no tienes motivo para lamentar la pérdida de Xena. El recuerdo de Gabrielle del tiempo pasado contigo...

—¡Yo no soy Xena!

—El recuerdo de Gabrielle del tiempo pasado contigo, del tiempo que ha pasado desde que llegó a nuestras tierras, será independiente. Su recuerdo del tiempo que pasó con Xena es y seguirá siendo ajeno a ti. Sólo Xena tiene la capacidad de comprender la pena de Gabrielle, pues sería una pena tan profunda como la que habría sentido ella si hubiera perdido a Gabrielle.

—Si eso fuese cierto, no se me partiría el corazón por ella como se me está partiendo ahora.

—Se te parte el corazón por compasión hacia una desconocida, no hacia una persona amada. Eres una niña a la hora de comprender el dolor de los vivos. Y seguirás siendo una niña en la vida mientras te niegues a aceptar la verdad.

—¿Qué estás diciendo?

—Estoy diciendo que tu mano ha tocado la piedra de Emet y ha sido tu deseo de no cambiar, junto con el deseo de Gabrielle de conocer a su cuidadora, lo que ha dado este resultado. Si hubieras expresado la verdad de tu corazón, estoy segura de que Dios le habría concedido a Gabrielle recuperar a Xena. Pero no había ninguna Xena que recuperar, puesto que tú estás decidida a no reivindicar tu linaje.

—¡Vidente!

Compreda exigió ser escuchada.

—Me has hecho una pregunta y vas a oír mi respuesta. Sigues dando la espalda a tu propio nombre.

—¡No voy a discutir contigo!

Ravin y Compreda se enfrentaron en silencio. En ese silencio compartido su actitud no podría haber sido más distinta. Ravin notaba los rápidos latidos de su corazón. Ojalá su poder liberara a su corazón de la carne. Por su parte, Compreda aprovechó el momento para controlar sus emociones. Recuperó una serenidad perfecta.

Ravin sintió su derrota. Se dirigió a la vidente, incapaz de disimular su remordimiento:

—¿Y ahora qué va a pasar?

Compreda sabía que no le correspondía a ella perdonar a Ravin. Ésta debía cargar con las consecuencias de sus actos.

—La vida seguirá. Nadie puede saber lo que traerá.


Cala ayudó a Gabrielle a regresar a su cama.

—Lamento muchísimo tu pérdida.

—¿Por qué me ha engañado Ravin?

—No comprendo.

—Después de que pusiera mi mano sobre la piedra de Emet, vino a mí haciéndose pasar por ti.

—Sí, es cierto. Sólo ella sabe lo que albergaba su corazón.

—Pensé...

—¿Sí?

—Pensé que eso demostraba que me amaba. Que era Xena y que lo sabía a pesar de la pérdida de memoria.

—Ravin tiene un corazón tierno. Su engaño no debería echar a perder su generosidad hacia ti.

—Yo la amaba por pasar el tiempo conmigo...

—¿Eso es cierto? ¿Era amor o simple gratitud por sus cuidados?

—Ahora mismo no sé nada.

—Pronto recuperarás las fuerzas y serás libre de decidir qué es lo que sientes por Ravin.

El cuerpo de Gabrielle se estremeció.

—He perdido a Xena.

—Estoy segura de que Compreda te aconsejará que sigas llorándola.

—¿Llorándola? ¿Y cómo vivo?

—Puede que Ravin no sea Xena. Puede que nunca sea tu alma gemela, pero sí que siente algo muy fuerte por ti y podría ser una amiga para ti. No es necesario que estés sola, Gabrielle. Eres demasiado joven para estar sola.

—¿Y tú me dices esto? Cala, tú has elegido estar sola.

—Mi historia no es la tuya. Tampoco mis decisiones.

Gabrielle miró más allá de Cala hacia la zona donde habían dejado a Compreda y Ravin. Cala tomó nota.

—Será mejor que duermas. Tienes tiempo. Confía en la vida, Gabrielle.

Gabrielle volvió a mirar a la joven sabia.

—Que confíe en la vida. En el bien supremo. ¿Por qué esas sencillas palabras tienen tanto significado?

—Porque vivir es sencillo. Sólo nos hace falta mirar el mundo que nos rodea para ver que nacemos, vivimos y luego morimos. Lo que nos hace humanos es que también amamos y deseamos ser amados. Y que los que no conocen el amor, odian o hacen daño a los demás. Si nos aferramos a las verdades sencillas, tendremos claro nuestro viaje. Si permitimos que el mundo nos confunda, caemos en el centro de un laberinto oscuro que no deja pasar la luz del día.

—Verdades sencillas...

—Eso es, efectivamente, lo que sale de la piedra de Emet, las verdades sencillas. Pero basta por ahora. Debes dormir.

Gabrielle posó la cabeza en la almohada blanda y fresca que había sido un consuelo para ella en la oscuridad y cerró los ojos. En su imaginación vio la imagen de Xena de pie ante ella. Al verla sintió consuelo y pena a partes iguales.

El agotamiento emocional de Gabrielle la sumió en un sueño profundo. Su conexión con Xena se había cortado. Había sido su salvación y ahora no había nada. Tenía la capacidad de ver y oír. Se sentía agradecida por ello. Ahora podía elegir una vida para sí misma, pero sería una vida sin Xena. Había experimentado lo que creyó ser la muerte de Xena en los inicios de su amistad. Desde su unión, había muerto con Xena. El dolor de la muerte nunca había sido tan implacable. No lograba comprender cómo había podido creer que Ravin era Xena. ¿Hasta tal punto había deseado que su amada estuviera con ella que había vivido una ilusión? La ilusión se había hecho añicos. Aunque Xena pudiera estar efectivamente muerta, siempre viviría en el recuerdo de Gabrielle. Xena siempre estaría en su corazón y Gabrielle siempre sabría que había encontrado y abrazado a su alma gemela. Eso jamás se lo podría quitar nadie.


Ravin estaba sentada velando a Gabrielle. De vez en cuando oía a Gabrielle pronunciar el nombre de Xena. Cada vez que lo hacía era como una puñalada para Ravin. También lo eran las palabras de Compreda cuando le dijo que no tenía modo alguno de calibrar la profundidad de la pérdida de Gabrielle. ¿Podía consolar sin conocimiento?

Cala tocó a Ravin en los hombros.

—Necesitas descansar. Yo me quedo con ella.

—No, me quedo yo.

Cala no dijo nada, pero tampoco se movió del sitio.

Ravin confesó:

—No sé por qué lo he hecho.

Cala miró a la atribulada mujer. Le daría consejo, pero no iba a ser cómplice de la perpetuación de una mentira.

—Sí que lo sabes.

—No quería perderla.

—Gabrielle ha perdido a Xena. Lo que tú has perdido es incluso más importante. Me dais pena las dos.

Ravin miró a Cala. La expresión de Cala era claramente amable. En sus palabras no había habido la menor malicia.

—Estaré cerca si me necesitas.

—Gracias.


Gabrielle salió apaciblemente del sueño. Se puso de lado y vio la sonrisa de Ravin. Gabrielle susurró:

—Hola.

—Buenos días.

—¿Es de día? He perdido la noción del tiempo.

—Es media mañana. ¿Tienes hambre?

Gabrielle tuvo que pararse a reflexionar. No tenía sensación de hambre, sólo de continua fatiga.

—Tal vez más tarde.

—Te vendría bien salir a que te dé un poco el sol.

Gabrielle se incorporó y se abrazó a sus piernas.

—¿Por qué?

Ravin sintió miedo.

—¿Por qué qué, Gabrielle?

—Hay tantas cosas que no comprendo, que no tienen sentido para mí. Como por qué estás aquí. No nos despedimos en muy buenos términos.

—Soy tu amiga. ¿Qué otra cosa podía hacer?

—Qué equivocada estaba contigo.

—Me halagaba recordarte a Xena.

—No tenías muy buena opinión de ella.

—Sólo porque querías que fuese ella y yo no soy Xena. Si me ves como a Ravin, no siento la necesidad de... —Ravin se detuvo. Lo que quería decir era muy sencillo, pero muy difícil—. Te debo una disculpa. Fui muy dura contigo.

—Hace casi un año que no la veo. ¿Por qué estoy ahora tan segura de que ha muerto?

Ravin guardó silencio. Compreda entró en la estancia.

—Bien, estás despierta. ¿Cómo estás, niña?

—No lo sé.

—Entonces puede que lo mejor es que te quedes con nosotros. Éste no es el momento de tomar decisiones importantes.

Gabrielle miró a Ravin.

—¿Eso sería prudente?

Ravin dijo suavemente:

—Por favor, quédate.

Gabrielle respondió:

—¿Y Decevis?

—Yo me ocupo de mi padre y de Andre. Aquí eres bienvenida. Gabrielle, me gustaría que te quedaras.

La repetida invitación de Ravin disminuyó las dudas de Gabrielle. Asintió.

—Está bien. Por ahora.


A la mañana siguiente Ravin entró en las cavernas del templo. Avanzó más hacia el interior del corazón de la montaña. Encontró a Gabrielle acurrucada en un rincón con una vela como toda luz. La antorcha de Ravin ahogó la escasa luz de la vela. Ravin se detuvo ante la mujer a quien consideraba su tutelada. Gabrielle levantó la mirada. Su voz sonaba ronca.

—Ravin.

—Cala me ha dicho dónde encontrarte.

Gabrielle apartó la vista.

—¿Vas a seguir buscándola?

—Xena está muerta.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

Gabrielle sostuvo la mirada de Ravin con la suya.

—Siempre tuvimos una conexión. Yo sentía su presencia por muy lejos que estuviéramos la una de la otra. Sentí... creí sentirla contigo. Ahora ya no está. Sólo siento vacío por dentro.

—No puedes quedarte aquí consumiéndote. —Ravin se detuvo, buscando un modo de llegar a Gabrielle—. No puedes decirme que eso es lo que Xena habría querido para ti. No es posible, si te amaba como decías que lo hacía. Ella sólo querría tu felicidad. Todavía eres joven y la vida tiene mucho que ofrecerte.

Gabrielle se enfureció. Apretó la mandíbula y trató de contener el llanto.

—¡Basta! No me digas que no la llore. No me digas que debería estar agradecida por estar viva. No me digas lo que habría querido Xena. Tú no lo sabes. No tienes ningún derecho.

Ravin guardó silencio y aceptó la rabia de Gabrielle. Había hecho mal en hablar. Había querido ayudar, quitarle el dolor a Gabrielle, pero ahora le quedaba claro que no podía.

—Lo siento.

A Gabrielle le pudo la fatiga. Su espíritu se hundió en su interior. Su cuerpo se sujetaba sólo gracias a las frías paredes de piedra de la cámara. Sus lágrimas siguieron cayendo en silencio al tiempo que apartaba la mirada de Ravin para contemplar la nada, sin ver nada. Su mente era un vacío completo de oscuridad, hasta que sintió el calor de la mano de Ravin sobre la suya. Fue una sensación agradable. Se llevó por delante un pequeño fragmento de su soledad.


Ravin proporcionó a Gabrielle una tienda de buen tamaño y todos los enseres necesarios para crear un hogar confortable. Era un lujo comparado con aquello a lo que estaba acostumbrada. Gabrielle escogió un lugar a un corto paseo de distancia de la tribu. Había ocasiones, durante lo más profundo de su pena, en que el llanto parecía interminable. Tener intimidad para poder derramar sus lágrimas era importante para ella. Había otras ocasiones de reposo. Ocasiones en que la acariciaba una dulce calma. Entre sus provisiones había pergaminos en blanco y tinta. Los tenía encima de una mesa, siempre visibles y al alcance. Compreda y Cala eran sus confidentes y escuchaban pacientemente, pues sabían que no tenían nada que decir ni que hacer salvo estar a su lado, para presenciar su pena. El tiempo que pasaba con Ravin era distinto. Ravin la iba animando delicadamente a volver al mundo. Al principio daban paseos. Luego Gabrielle pasaba el tiempo ayudando a Ravin en tareas diversas, desde el pastoreo hasta el trabajo con el cuero o el cuidado de los caballos. En este día, cuando se iba a celebrar un motivo de festejo, Gabrielle optó por ayudar a otras mujeres de la tribu en la tarea comunitaria de cocinar. Ravin se apoyó en el graderío improvisado donde se estaba asando un cordero y horneando pan.

—Huele que alimenta.

Gabrielle siguió con su tarea de cortar verduras y echarlas en una olla de caldo en ebullición.

—Me han dicho que no eres bien recibida en la cocina. Dime, los daños que has causado, ¿eran intencionados para no tener que volver a la cocina o de verdad eres una inepta?

Ravin confesó:

—Podría haberme esforzado más.

Maraka, la cocinera jefa, intervino:

—Una buena cocinera debe tener paciencia. Ravin pensó que con más fuego se conseguía un asado más rápido. No me gusta la carne quemada por fuera y cruda por dentro.

Las otras mujeres se echaron a reír. Gabrielle intercambió una sonrisa con Ravin.

No había pasado un solo día desde que Gabrielle tocó la piedra de Emet en que no hubiera visto a Ravin aunque sólo fuese un momento. Había acabado por desear verla. Ravin se había convertido en parte de su vida.

Las colinas del norte no se parecían en nada al desierto del sur. La tierra de las colinas daba buena fruta y verdura, hierbas y especias. Proporcionaban pasto para las ovejas, las cabras, los camellos y los caballos. Las aguas iban crecidas o no dependiendo de la estación. Los veranos eran calurosos. La vida se hacía más lenta en esta época, como ocurría en Grecia. No era una vida fácil. Vivir en tribus daba los medios necesarios para llevar una buena vida compartiendo tareas, por duras que fuesen, proporcionando compañía en las épocas de abundancia y de escasez.

Esquilaban a las ovejas. La lana virgen era la materia prima para hacer ropa y alfombras. Tejer era una tarea constante. Se usaban tintes vegetales para los alegres colores que llevaban. Gabrielle había llegado a dominar la aguja para trabajar el cuero, para hacerse la ropa y para curar heridas. Le gustaba observar el arte con que se llevaba a cabo esta tarea común.

—¿Quieres aprender a tejer y bordar?

Gabrielle miró a Ravin, que estaba a pocos pasos de distancia.

—Sé un poco. A lo mejor aprendo más.

—Cada alfombra cuenta la historia de la mujer que la ha tejido. Cada símbolo que ves tiene un significado.

—Sí, ya lo sé. Conozco a los bereberes, y ellos me enseñaron el significado de algunos de sus símbolos. El mal de ojo, la protección de la pared, las lágrimas que se convierten en una barrera para la pena. Los símbolos que representan los tatuajes de su tribu y su familia.

—¡Conoces a los bereberes! Gabrielle, has tenido una vida extraordinaria para ser tan joven. Cuesta imaginar que exista una mujer como tú, y mucho menos que alguien pueda conocerla.

Gabrielle murmuró:

—A veces a mí me cuesta creer la vida que he tenido. Pero sé que ha sido todo bien real.

—¿Cambiarías algo de ella? —Ravin lamentó la pregunta en cuanto la hubo hecho.

—Lamento algunas cosas. ¿No haber perdido a Xena? No lo sé. Creo que es peligroso manipular el destino. Las cosas ocurren por una razón. Eso tengo que creerlo. ¿En qué crees tú, Ravin?

Ravin se quedó desconcertada por la pregunta. Respondió repitiendo la pregunta.

—¿En qué creo yo? Creo en el momento que estoy viviendo.

—¿Y el futuro?

—Nadie sabe qué deparará el futuro. No puedo creer en lo que todavía está por venir.

—Hay una promesa en el futuro.

—Sí, y esa promesa es un misterio para todos menos para Dios.

Gabrielle advirtió la rara mención de Ravin a un dios gobernante.

—Tu tribu tiene fuertes creencias religiosas.

—Sí, así es. Y yo acato sus leyes. Gabrielle, aunque yo nunca te pediría que creyeras en nuestro dios, debes, como yo, acatar sus leyes mientras estés con nosotros.

—Así que crees en el dios de Decevis.

—Tengo mis dudas. En la vida que llevaba antes de llegar aquí es posible que haya tenido un dios distinto.

—O ningún dios.

—¿Como tú?

—Yo creo en el amor.

—La Afrodita de los griegos.

—La considero una amiga, pero no la adoro.

Ravin sonrió.

—Gabrielle, me dejas sin palabras.

Gabrielle no estaba satisfecha.

—Tu tribu no habría aprobado el amor que Xena y yo compartíamos.

—Creen que el amor tiene el propósito de engendrar hijos.

—Ésa es una visión estrecha del amor. ¿Y si una pareja no puede tener hijos?

—El hombre puede tomar otra esposa. El primer matrimonio se consideraría un error.

—¿Y el amor?

—Gabrielle, la mayoría de los matrimonios son acordados. Los dos acaban queriéndose.

—Eso no es lo que ha ocurrido entre Andre y Lasa.

—Se conocían desde niños. Se hicieron tan íntimos que a nadie se le habría ocurrido separarlos.

—Y si no tienen hijos, ¿Andre tomaría otra esposa?

—¿Para tener un hijo, un heredero? Estaría en su derecho. Es lo que se esperaría de él, dada su posición. Yo creo que el amor de Lasa por Andre es tan fuerte que querría que tuviera un hijo.

—A mí me parece triste estar unido a otro sin amor.

—¿Tú te casaste por amor?

—Sí.

—Y deseabas hijos.

Gabrielle contestó con tono apagado. Su dolor nunca la abandonaba.

—Sí.

—¿Te habrías casado sin la promesa de tener hijos?

Su respuesta fue igual de contundente.

—¡Sí! Y más adelante, mi amor por Xena no tenía necesidad de estar sujeto a los hijos, pero cuando nació Eva, eso sólo demostró que un padre es algo más que la persona que concibe a un niño.

—Eva. Dijiste que era como una hija para ti. ¿De quién era hija?

—Creía que te había dicho que es hija de Xena.

—Me refiero a que Xena buscó más allá de tu amor para tener una hija.

—No, Eva fue un regalo para Xena del dios de Eli.

—Nunca he leído ese pergamino.

—Nunca lo escribí para que lo leyeran otros. El nacimiento de Eva provocó el crepúsculo de los dioses olímpicos. Ravin, no cometas el error de creer que nos conoces a Xena o a mí o lo que compartíamos porque has leído los pergaminos. Ni son todo lo que he escrito, ni he escrito todo lo que he vivido.

Ravin se sintió reprendida y no estaba segura de merecerlo. Se había acercado a Gabrielle sin ninguna intención específica. La conversación se había vuelto demasiado seria demasiado deprisa para su gusto.

—Tendré presente tu advertencia. Ahora tengo que volver al trabajo.

Gabrielle se quedó mirando a Ravin mientras ésta se dirigía al corral. No le gustaba que nadie hiciera suposiciones sobre quién era ella ni sobre Xena. También le costaba entender que Ravin aceptara las costumbres de la tribu sin mayores protestas. No sabía por qué, pero se esperaba más de Ravin.

Ravin se puso a cepillar al semental de Andre. El esfuerzo era reconfortante para los dos. Sabía que en su vida anterior había sido una consumada caballista. Su habilidad para domar al corcel más salvaje era formidable. El trabajo con los caballos era un medio de tocar su propio misterio. Intentaba no darle muchas vueltas a su pasado perdido. Al principio, no había nada más que su pasado. Pronto aprendió que no podía obligar a sus recuerdos a salir a la superficie. Lo que sí podía hacer era intentar hacer muchas cosas distintas y ver dónde había habilidades dormidas a la espera de despertar. Los caballos, la espada, trabajar el cuero, todo esto le salía con facilidad, y por eso había llegado a la conclusión de que era parte de ella. Sonrió al recordar su intento en la cocina. No fue un éxito. Cuando se sentía perdida, volvía a sí misma haciendo cosas, no pensando.

—Perdona.

Ravin levantó la mirada y se encontró a Gabrielle en la entrada del corral.

—¿El qué?

—He sido dura contigo hace un momento.

—Da igual.

—No, no da igual.

—¿Y si me dices por qué?

Gabrielle titubeó.

—Si te digo que tengo miedo, te enfadarás conmigo.

Ravin dejó de cepillar al caballo. Volcó toda su atención en Gabrielle.

—Te escucho.

Gabrielle respiró hondo. Tal vez una vez pronunciadas, las palabras aligerarían el peso del aire que respiraba.

—Me gustaría que pusieras en duda las costumbres de tu tribu más a menudo.

Era una afirmación bien sencilla. Y sin embargo, para Ravin estar unida a la tribu era una lucha constante. Ante ella se presentaba el esfuerzo diario de Ravin por grabar y mantener dentro de su inseguro corazón algún tipo de identidad propia que pudiera tener. Sus reflexiones internas abarcaban muchos ciclos de la luna. Era un proceso interminable. La respuesta de Ravin manifestó aquellas conclusiones de las que estaba más segura.

—Gabrielle, no creas que sabes quién soy a base de juzgar lo que hago. Como tus pergaminos, eso no refleja la historia completa. Ojalá ésta fuese mi tribu, pero no lo es. La mayor parte del tiempo me siento como uno de esos extranjeros de los que tanto desconfía mi padre. Vivo con la tribu, pero siento que nunca soy de verdad parte de ella. No porque no sea bien acogida, sino por quién soy. Y sí, hay cosas que me perturban, ¿pero quién soy yo para decirle a esta gente que haga las cosas de otro modo? ¿Quién soy yo para poner en tela de juicio tradiciones que se han transmitido de generación en generación? Tú has viajado por tierras extranjeras. ¿Intentaste cambiar las costumbres de la gente?

Gabrielle empezaba a comprender a la mujer que tenía delante.

—Sólo si se estaba causando un gran mal.

—¿Y aquí ves un gran mal?

—No.

—Yo tampoco.

Gabrielle deseaba una declaración más osada por parte de Ravin.

—Pero si sientes que éste no es tu sitio, ¿por qué te quedas?

Ravin nunca se había planteado en serio la posibilidad de marcharse.

—Porque es la única familia que tengo.

Al oír esto, la irritación de Gabrielle se manifestó sin cortapisas.

—Eso no lo sabes.

Con cada frase que intercambiaban Ravin veía aumentar la pasión de Gabrielle. Ravin notaba que su amiga quería algo de ella, pero no lograba en absoluto comprender qué era.

—¿Así que preferirías que me dedicara a vagar por el mundo en busca de lo que aquí se me ofrece?

Gabrielle se mostró implacable.

—¿Y qué tienes aquí?

Ravin agradecía lo que le había dado su nueva vida.

—Personas que me necesitan. A Andre. Y a mi padre, que da a su manera. Eso es más de lo que algunas personas pueden llegar a imaginar tener en su vida.

—Podrías tener más.

—No es propio de mí esperar más de lo que se me da.

—Eso es porque no sabes lo que te estás perdiendo. Si lo supieras, lo buscarías.

Ravin se quedó mirando el cepillo que sujetaba.

—No quiero discutir contigo.

Gabrielle sintió un profunda pena. ¿Qué estaba intentando hacer? En el fondo de su corazón, lo sabía y lamentaba perseguir a una mujer que no existía, sino que había muerto y nunca volvería disfrazada de otra. Quería que Ravin fuese más como Xena y, sin embargo, sabía que sólo había una Xena y que Xena la esperaba en alguna parte del otro lado.

—Perdona.

Ravin le sonrió con dulzura.

—Otra vez.

—Supongo que es que deseo que quieras las mismas cosas que yo.

—¿Por qué es eso tan importante?

—Porque tal vez entonces no me sentiría tan sola.

—No estás sola, Gabrielle. A pesar de nuestras diferencias, yo soy tu amiga.


“Que quieras las mismas cosas que yo”. Las palabras de Gabrielle no habían abandonado a Ravin. Querer las mismas cosas es el principio de compartir la vida. Ravin se había esforzado mucho por despojarse de los deseos en su vida. Deseaba su identidad, un amor, liberarse de las leyes más restrictivas de la tribu. No había forma de encontrar la felicidad en esos anhelos constantes. Ahora Gabrielle había vuelto a sacar los anhelos de Ravin a la superficie. Eran más intensos porque ya no serían sólo para Ravin, también serían para Gabrielle.

—Estás muy callada.

Ravin se volvió hacia su acompañante. Gabrielle continuó:

—Más que de costumbre.

—He estado pensando.

Gabrielle guardó silencio mientras seguían caminando hacia la tienda de Decevis.

—Estaba intentando imaginarme qué querría ahora una mujer que ha tenido la vida que has tenido tú.

Habían pasado tres lunas. Ravin había pasado con Gabrielle todo el tiempo que Gabrielle le había permitido. Ravin sabía que amaba a la mujer, pero también sabía que el duelo de Gabrielle por Xena no había terminado en absoluto. Con todo, la joven guerrera parecía más relajada y sonreía dulcemente ante las cosas buenas de la vida, ya fuese la risa de un niño o un enfrentamiento verbal entre Ravin y Andre. Las noches siempre eran difíciles. Cada noche Gabrielle se levantaba de su sitio y daba las buenas noches a la compañía antes de encaminarse a su campamento aparte. Ravin sentía su propia soledad aumentada por la de Gabrielle. Deseaba que las cosas fuesen distintas entre ellas, pero vacilaba. Valoraba su propia intimidad, por lo que era muy respetuosa con las necesidades de los demás.

Esta noche era una conmemoración agridulce. Hacía un año que Decevis había encontrado a Ravin. Aunque quería a su padre y su hermano adoptivos, no podía evitar preguntarse qué clase de vida había dejado atrás. Y además estaba el secreto que sólo conocían Cala, Compreda y ella misma. La tensión entre Decevis y ella había cedido. Ya no se hablaba de Xena. Hablar de ella sólo habría hecho daño a Gabrielle. Ravin tenía sueños, algunos buenos y alegres, otros terroríficos por su violencia y su sorprendente emoción, y acababa preguntándose si en verdad era Xena. Los sueños parecían ir en aumento cuanto más cerca se sentía de Gabrielle. Ésta rara vez mencionaba a su amada. Ravin no sabía qué hacer. Deseaba poder confirmar que los sueños no eran más que obra de su imaginación. Sólo Gabrielle sabía si lo eran o no.

Gabrielle disfrutó de la cena y la conversación. Decevis había invitado a la celebración a cinco de sus consejeros de confianza junto con sus esposas y a Andre y Lasa. Con el tiempo, Decevis, si no había llegado a aceptar la presencia de Gabrielle, por lo menos se había resignado a que la amiga de su hija debía ser tratada con respeto.

La velada transcurrió rápidamente con buena comida, vino e historias. Entre Andre y Ravin había surgido un concurso de relatos. Cada uno elaboraba historias sobre los errores cometidos por el otro. Todos estaban de buen humor. Gabrielle observó cómo durante la competición Ravin y Andre habían documentado la riqueza de su relación. Era el turno de Andre, que contó la historia de una desconocida, maestra de los sais, que había acudido al rescate de Ravin. Ésta lo corrigió insertando la palabra “ayuda”. Andre sabía desde el principio que se trataba de una mujer, pero no, Ravin creía que era un hombre, aunque de estatura bastante corta. Andre hizo esta descripción con un gesto respetuoso hacia Gabrielle y una sonrisa maliciosa para Ravin. Andre continuó con su historia. Contó que Ravin se imaginaba que el desconocido le arrebataría el corazón. Al oír semejante absurdo todos se echaron a reír, salvo Ravin y Gabrielle, que intercambiaron una sonrisa privada.

Gabrielle decidió que era un buen momento para despedirse. Dio las gracias a Decevis por su hospitalidad y se puso en pie. Ravin no quería darle las buenas noches todavía y se ofreció a acompañar a Gabrielle hasta su campamento, ofrecimiento que Gabrielle aceptó.

La noche era cálida y ambas amigas caminaban en silencio sumidas en sus propias reflexiones. Su camino estaba iluminado la luna creciente. Llegaron al campamento de Gabrielle desmasiado pronto para Ravin. No se sentía preparada, pero sabía que esta noche diría lo que llevaba en el corazón.

La despedida de Gabrielle llegó primero.

—Ha sido una velada agradable. Por favor, vuelve a decirle a Decevis de mi parte que me ha gustado mucho que me incluyera.

Ravin sonrió. Su tono fue tierno.

—Mi padre sabe que te has convertido en alguien muy importante para mí.

Gabrielle sintió una seguridad en Ravin que era más fuerte de lo que había visto hasta el momento.

—Pues entonces debería darte las gracias a ti también.

Ravin negó con la cabeza.

—No lo hagas. Invitarte ha sido un detalle egoísta por mi parte. Gabrielle, no sé cuándo o si alguna vez llegará el momento adecuado para decirte lo que siento. Espero que me escuches ahora y que me pares si te causo dolor.

La vida le había enseñado a Gabrielle a no retrasar las cosas incluso con la promesa de un mañana, pues ese día podía no llegar nunca.

—Sea lo que sea, dilo ya.

Con permiso para hablar con libertad, Ravin sintió alivio e intranquilidad a partes iguales. Para poner en orden sus ideas retrocedió dos pasos, creando un espacio para que entraran sus palabras, un espacio que Gabrielle tendría para sí misma.

—Esta noche me ha recordado que aquí me he creado una buena vida. Mi padre, Andre y Lasa son mi familia, y la tribu es mi comunidad. Tengo la sensación de que éste es mi sitio y de que soy útil. Tengo tantas cosas. También tengo mi verdad, que no puedo negar. En mi pasado tenía otra vida y no sé qué dejé atrás en esa vida. Estoy presa de un misterio. Gabrielle, te miro. Has tenido en poco tiempo una vida muy intensa. Te trajo hasta nuestras tierras. Has amado por completo y has perdido ese amor. Sé que siempre habrá una parte de ti que nadie podrá tener porque se la entregaste a Xena. Respeto y admiro tu amor por ella. Así pues, tenemos en común nuestra capacidad incompleta para dar. Pero tal y como somos tenemos mucho que darnos la una a la otra. Gabrielle, yo te amo. Me da igual lo que opinen Decevis o la tribu. Sólo sé que quiero estar contigo. Hace un año que empezó mi nueva vida. Ese comienzo escapó a mi control. Hoy, quiero al menos crear una parte de mi vida que sea mía, que exprese quién soy. Te amo y rezo para que algún día tú puedas llegar a amarme.

Ravin no tenía más palabras. Se le habían agotado. Gabrielle había escuchado atentamente. Cuando Ravin habló de Xena, la sensación de soledad de Gabrielle aumentó, pero luego vino la declaración de amor. Ravin la amaba. En cierto modo, esto no sorprendía a Gabrielle, porque sabía que ella había acabado amando a Ravin. No era el amor que sentía por Xena. Ravin tenía razón, Gabrielle no esperaba que un amor así volviera a producirse. Ravin la amaba y ella amaba a Ravin. Hacía más de un año que Xena y ella habían acabado separadas. Habían pasado tres lunas desde que la sensación de una conexión viva se había roto. ¿Cuándo empieza una nueva vida? ¿Cómo empieza una nueva vida? ¿Acaso no había empezado ya? ¿Acaso no había optado por una nueva vida cuando optó por aceptar la hospitalidad de Ravin y vivir con la tribu como una igual? ¿No había sido ése el momento, el momento en que supo que regresar a Grecia y todos los recuerdos asociados a esa tierra era imposible? Ravin estaba ante ella. Una amiga a quien había llegado poco a poco a querer como a una amiga, como más que a una amiga.

Gabrielle avanzó para cubrir el espacio que Ravin le había dado y cogió la mano de Ravin con la suya. Se puso de puntillas y besó a Ravin con cierto titubeo. Ravin respondió con la misma cautela. Gabrielle susurró:

—Y yo te amo a ti, Ravin.

Ravin no disimuló su sorpresa.

—¿En serio?

Gabrielle sonrió al echarse hacia atrás de nuevo para poder ver a Ravin con más claridad.

—Sí, en serio.

Ravin estrechó a Gabrielle por completo entre sus brazos.

—Soy una mujer feliz. —Sin el menor deseo de contener su alegría, Ravin levantó a Gabrielle por los aires y dio vueltas con ella. Gabrielle se echó a reír mientras flotaba en el deleite del momento. Ravin bajó a Gabrielle. Su mano se posó en la mejilla de Gabrielle cuando su alegría se transformó en pasión contenida. Ravin respiró hondo. Estaba concentrada por completo en su compañera—. Gabrielle, te amaré como desees ser amada, cuando estés preparada para aceptar mi amor.

Gabrielle sabía perfectamente a qué se refería Ravin y compartía la intensidad del deseo. En ese momento no quería otra cosa más que alargar los brazos y aferrar a Ravin. Ella también se sentía feliz y no quería perder la felicidad poniendo en duda la fuerza de sus emociones. Gabrielle cogió las manos de Ravin y las besó.

—Entonces esta noche será nuestra primera noche juntas. —Gabrielle le soltó una mano, se volvió y condujo a Ravin tirando de la otra al interior de su tienda. Mirando hacia el farol de aceite, le dijo a Ravin—: Ayúdame.

Ravin se metió la mano en el bolsillo para sacar pedernal. Gabrielle levantó el cristal y Ravin golpeó el pedernal y encendió la mecha. Girando una palanca, Gabrielle subió la llama del farol para que iluminara con moderación. Luego llevó a Ravin hasta su cama con almohadas en la cabeza y mantas al pie. Ravin la siguió sin pensar en nada, sin desear nada más en su vida que Gabrielle. Sin decir palabra, Gabrielle se apoderó de los labios de Ravin con los suyos. Ravin se puso a explorar a Gabrielle con paciencia, soltando cierres, apartando la ropa de Gabrielle. Y Gabrielle hizo lo mismo con Ravin. Estaban en magnífica armonía. Aunque no intercambiaban palabras, los sonidos de su placer brotaban libremente, cuando una le decía a la otra que fuese más allá, que se metiera más profundamente dentro de la otra. Gabrielle rodó hasta colocarse a horcajadas encima de Ravin. Gabrielle miró larga y atentamente a la mujer con la que estaba y sintió una familiaridad, un conocimiento de que estar juntas era lo correcto y estaba bien. Puso la mano sobre el corazón de Ravin para sentir los latidos, para confirmar que este momento de su vida no era un sueño. Ravin alzó las manos hasta los hombros de Gabrielle y luego las bajó tiernamente hasta sus pechos.

—Eres preciosa. —Las roncas palabras de Ravin resonaron en el interior de la tienda. Gabrielle se sintió preciosa. Quería, necesitaba sentir una parte de la vida fuera de sí misma. Echó su cuerpo por completo encima del de Ravin. Siguieron haciendo el amor. Ravin notaba que el cuerpo de Gabrielle se tensaba con cada caricia. Gabrielle agarraba a Ravin con fuerza, con la cabeza apoyada en el pliegue del cuello de Ravin. Sus gemidos se aceleraron y luego gritó por el orgasmo. Ravin sintió los espasmos. Sintió una extraordinaria satisfacción por haber sido capaz de llegar a Gabrielle de una forma tan completa. Su satisfacción se convirtió en preocupación al darse cuenta de que Gabrielle se había echado a llorar. Ravin la abrazó con ternura y esperó.

El orgasmo había sido completo y la dejó abierta a una profunda vulnerabilidad. Gabrielle no podía ni quería contener el llanto. Se sentía a salvo en brazos de Ravin. De nuevo, esa sensación de algo familiar. Algo familiar que era Xena. En otro tiempo había creído que Ravin era Xena. Ahora aceptaba que eso no era cierto. ¿El amor familiar era simplemente amor? Gabrielle notó que los brazos de Ravin la estrechaban dulcemente. Estaba a salvo en este amor, a salvo para sentir la pena por la pérdida de un amor distinto. No podía pensar más allá de la siguiente bocanada de aire. Se quedó dormida en una oscuridad más profunda y misteriosa que la noche. Ravin notó que la respiración de Gabrielle se hacía más pausada y que su cuerpo se quedaba quieto. Al poco, Gabrielle se quedó dormida. Ya tendrían tiempo para hablar. Éste no era el momento. Ravin se sentía esperanzada.


En su búsqueda de claridad, Gabrielle entró en el templo. Sentía que su confusión se hacía más fuerte con cada hora que pasaba. Su intimidad con Ravin estaba demasiado cerca de sus experiencias con Xena. Xena y ella habían tardado en disfrutar de su mutua relación física. Ella había acudido a Xena temerosa de su incapacidad para dar placer a la guerrera. Xena era una maestra paciente que jamás hacía que Gabrielle se sintiera como una principiante. Cada unión era un nuevo descubrimiento de cómo se podía dar y recibir placer. Con el paso de los años cada una se aprendió el cuerpo de la otra como si fuese el suyo. El cuerpo recuerda. Se hacían el amor la una a la otra a menudo sin pensar. Simplemente sabían cómo. El cuerpo recuerda. Gabrielle sentía una ola de recuerdo con Ravin y se fiaba más del recuerdo que de lo que conocía con la mente. Y de ahí la confusión. Lo que sabía y lo que sentía ya no eran lo mismo. La división era enloquecedora. El templo había sido el lugar donde por dos veces su vida se había visto alterada, una por accidente, la otra guiada por Ravin. La piedra de Emet sacaba a la luz una verdad definida por un dios al que no conocía más que por sus medios para alcanzar un fin del que ella desconfiaba. Gabrielle acabó plantada ante la piedra de Emet preguntándose cuál era el fin que su mano sobre la piedra había sacado a la luz. La primera vez ya no quería ver ni oír lo que le causaba dolor y el resultado fue la ceguera y la sordera. La segunda vez quería que su vida siguiera adelante, quería saber quién era su cuidadora. Recuperó las facultades y ante ella estaba Ravin, no Xena. ¿Pero le había dado el dios el medio para alcanzar el fin que sólo ahora había descubierto? ¿El cuerpo recordaba? ¿Le había dado su cuerpo la verdad? ¿Había fuerzas luchando contra esta realidad, la suya que le decía que la que había estado esta noche entre sus brazos era Xena, y la de otro, alguien a quien ella no conocía, que se empeñaba en asegurar que se trataba de Ravin? Gabrielle alargó la mano hacia la piedra de Emet sin el deseo de tocarla, pero deseando poder extraerle la verdad. Le resultaba una némesis desconcertante.

—¿Cuál es la verdad? —Volvió a bajar la mano al costado. Sabía que tenía que haber un modo de vencer sus dudas. Alguien tenía la respuesta, alguien que se negaba a hablar.

La voz llegó desde un rincón alejado.

—Me alivia que hayas apartado la mano. —Era Cala.

—Tu dios no es de fiar.

—Existe una sabiduría más allá de nuestra comprensión. Hay que tener fe.

—Esta noche no.

—¿Qué te trae aquí, Gabrielle?

Se hizo un silencio entre las dos mientras Gabrielle reflexionaba sobre lo que iba a decir.

—Cala, confío en ti. Sé que te importa mi bienestar.

Cala respondió con una leve inclinación. Gabrielle continuó:

—Esta noche Ravin me ha dicho que me ama.

—¿Sí?

—Sí, así es. Y yo le he dicho a Ravin que la amo, y es cierto. —Gabrielle siguió hablando con creciente seguridad—. Amo a Ravin. Tiene todas las cualidades que yo valoro. Es honorable, tierna, apasionada, afectuosa. Tiene una gran capacidad para el amor. Necesita dar amor tanto como necesita recibirlo. Cuando pienso en ello, me doy cuenta de que Ravin tiene muchas de las mismas cualidades que tenía Xena. Hasta sus habilidades como guerrera.

Cala tuvo cuidado con su respuesta.

—Sí, comprendo que Ravin haya cautivado tu corazón.

—Xena me enseñó que hay veces en que se tiene que indagar con mucho esfuerzo para encontrar la verdad, que la verdad está por debajo de la superficie, igual que un lago bajo una capa de hielo. En última instancia, uno tiene que fiarse de sí mismo. Ravin es Xena. Nadie puede convencerme de lo contrario. Si yo no soy más fuerte que tu dios, entonces la verdad de tu dios y mi verdad son la misma.

—¿Y qué ocurre con la verdad de Ravin? Su mano tocó la piedra de Emet junto con la tuya.

Gabrielle se quedó sorprendida.

—No lo sabía.

Cala habló como una maestra.

—Debes aceptar que Ravin tiene su verdad. Cuando dos manos tocan la piedra juntas, nuestro dios elige.

Gabrielle se sintió inquieta y a la vez animada por la explicación de Cala.

—La elección puede acabar en una mentira. ¿Cómo va a ser si no, cuando existen dos deseos opuestos?

—No estoy de acuerdo. Si tú tienes la capacidad de reconocer a Ravin como Xena, entonces Ravin también debe tener la capacidad de reconocerse a sí misma como Xena.

Gabrielle se dio cuenta de que existía una posibilidad de recuperar la vida de Xena.

—Aquí está pasando algo más. Algo que no tiene que ver con Xena ni conmigo. Lo que hizo que Xena se perdiera en un principio. Tú sabes qué ocurrió.

—Yo no estaba aquí entonces.

—¡Ocurrió aquí! Fue la piedra de Emet.

Cala titubeó.

—Sólo tengo sospechas.

—Dímelas.

—Gabrielle, tengo mis motivos para no hablar. Lo siento. —Cala se dio la vuelta.

Gabrielle suplicó:

—No te vayas.

—Éste no es el momento. —Cala dejó a Gabrielle sola en la cámara del templo. Gabrielle conocía a Cala lo suficiente como para saber que no serviría de nada seguir discutiendo. Con todo, tenía sus propias sospechas y sabía dónde buscar más información.


Ravin se despertó con los brazos vacíos. Se volvió en busca de Gabrielle y no encontró nada. Llamó a Gabrielle, pero el silencio fue su única respuesta. La confianza de Ravin se tambaleó. Se vistió y recorrió la zona. Cargada con una sensación de fracaso, regresó a su propia tienda sin saber qué depararía el día.


Gabrielle salió del templo y caminó a la luz del amanecer. Este nuevo día estaba lleno de promesa. Tenía que hacer las cosas con cuidado. Decevis tenía un interés por Xena que por ahora no deseaba perturbar. Los rayos del sol, ambarinos y rojos como la sangre, colocaron ante ella el asombro de la vida. Había olvidado su belleza. Con cada paso sentía una fe inmensa en sí misma y en Ravin, que volvería a ser Xena, eso lo juraba.

Gabrielle aguardó la respuesta de Compreda.

—Eres una joven inteligente.

—Y tú eres la astuta sabia en quien Ravin confía.

—¿Y por eso acudes a mí?

—Tú ves lo que otros no ven. Algunos te llaman loca. Yo creo que eres vidente. Creo que tienes el don.

—Algunos lo llamarían maldición.

—¿Como la piedra de Emet? Compreda, mi vida era más fácil cuando vivía en Potedaia. He pagado un precio por lo que he aprendido. Siempre se paga un precio por el conocimiento.

—Hablas de algo más que el conocimiento. Hablas de sabiduría. Gabrielle, lo que me pides es muy serio.

—No te pido que me digas nada que yo no sepa ya. Sólo dime si tengo razón. Ravin es Xena. Decevis hizo algo que provocó el cambio.

—Sí y no.

Gabrielle sintió el alivio que se produce cuando uno ve confirmadas sus sospechas.

—Explícate.

—Xena llegó a nuestras tierras al frente de una caravana que había caído en una emboscada de los hombres de Maligno. Dos estaban gravemente heridos y necesitaban su atención constante como sanadora.

Gabrielle sonrió con orgullo. Compreda continuó:

—Decevis estaba agradecido y ofreció a Xena su hospitalidad. Ella dijo que no podía quedarse más de dos días. Tenía que volver en busca de su compañera. —Compreda hizo un gesto de asentimiento a Gabrielle—. De ti. Te quiere mucho.

—Sí, es cierto.

—Decevis le contó a Xena la historia de la desaparición de Lea. La convenció de que había una fuerza del mal en el templo de la piedra de Emet y le rogó su ayuda para conquistarla.

—Pero sólo está Cala.

—Cala vino a nosotros sólo después de que Lea desapareciera.

—¿Y Decevis no sospechó de Cala?

—¿Por qué iba a hacerlo? Recela de ella, pero nada más. Decevis debió de convencer a Xena para pusiera la mano sobre la piedra de Emet sólo después de hacer que deseara el regreso de Lea. Fuera lo que fuese lo que Xena tuviera en el corazón, en el momento en que estaba segura de que iba a tocar el mal, le arrebató la memoria.

Gabrielle sabía que en el interior de Xena siempre había un profundo anhelo de redención. Eliminar el daño que había causado, sustituir el mal por amor era lo único que sabía hacer. Pero eso no bastaba para explicar el cambio.

—Decevis sabía que la piedra de Emet no era maligna.

Compreda dijo con rencor:

—Lo cierto es que no sólo mintió a Xena, sino que blasfemó contra nuestro dios.

—¿Por qué le daría vuestro dios a Xena en sustitución de la hija que había perdido?

—Cada día se enfrenta al tormento de no ver en Ravin ni a la hija que tenía ni a la hija que deseaba. Cada vez que respira tiene miedo de volver a perder a una hija.

—Vuestro dios juega con la vida de las personas. ¿Por qué tenía que pagar Xena el precio? ¿Por qué he tenido que perderla?

—Recuerda, el deseo de Xena fue parte de esto, igual que tu deseo fue parte de tu pérdida.

—Dos verdades hacen una mentira. He hablado con Cala. Dos manos sobre la piedra de Emet. Dos deseos sinceros y el resultado es una mentira.

—Debes tener fe en que hay una razón que escapa a nuestra comprensión.

—¡No! No puedo aceptar eso. Cala y tú podéis creer en vuestro dios, pero yo he aprendido que los dioses tienen tantos defectos como los que creen en ellos.

—Los dioses griegos tenían un propósito que cumplir, que era reflejar la esencia de la humanidad. El del nuestro es mantenernos unidos como nación alzándonos por encima de nuestras limitaciones.

—Muy bien. Entonces Xena y yo nos alzaremos por encima del engaño que se ha creado.

Compreda agarró la mano de Gabrielle.

—Ravin debe estar convencida y tú no eres la que debe hacerlo. En esto debes fiarte de mí. Ravin debe acudir a ti si hay alguna posibilidad de que la Xena que existía antes de que tocara la piedra de Emet regrese a ti.


Gabrielle se detuvo ante la tienda de Ravin. Por Andre sabía que Ravin había salido a pastorear con el rebaño de ovejas del norte. No se esperaba que volviera hasta el anochecer. Andre se había mostrado comunicativo y afable. Gabrielle estaba segura de que Ravin no había compartido con él los acontecimientos de la noche anterior.

—Ravin, ¿puedo entrar? Soy Gabrielle. —No hubo respuesta. Gabrielle respiró hondo antes de echar a un lado el faldón de entrada. Se adentró en la escasa luz. Ravin estaba de pie de espaldas a ella. Gabrielle se fijó en que la mano de Ravin sujetaba con fuerza un pilar de sustentación lateral. Esperó a recibir una señal de bienvenida o de reconocimiento, pero Ravin siguió inmóvil. Gabrielle avanzó un paso—. Te debo una disculpa y una explicación.

—No me debes nada. —El tono de Ravin era apagado.

—Yo creo que sí. Anoche, contigo, sentí cosas que no sentía desde hacía mucho tiempo. Estaba confusa y necesitaba tiempo para pensar... y sentir. Necesitaba saber que esos sentimientos eran por ti y sólo por ti. Mi amor por ti es más profundo aún de lo que pensaba.

Ravin se volvió hacia Gabrielle. Durante todo el día había mantenido una discusión constante consigo misma. ¿Había hecho daño a Gabrielle? ¿La había decepcionado? ¿El amor expresado no era suficiente para las intimidades que habían compartido? ¿Tendrían que haber esperado? Ravin había conservado una tenue llamita de esperanza, pero daba poca luz en la oscuridad. La pérdida la envolvía. Se había planteado ir en busca de Gabrielle, pero decidió que como la joven guerrera la había dejado, tenía que ser Gabrielle quien regresara por su propia voluntad. No era el orgullo lo que había mantenido a Ravin dentro de su tienda. Era miedo al rechazo.

Gabrielle esperó en el silencio de Ravin hasta que no pudo soportarlo más. Avanzando otro paso hacia su amada, suplicó dulcemente:

—Ravin, por favor, di algo. Enfádate al verme, pero por favor, no te quedes callada.

Ravin no había notado la duración de su propio silencio. Al mirar en su interior, el tiempo no tenía medida.

—Lo siento. —La voz de Ravin era un susurro mientras intentaba volver a Gabrielle—. No sabía qué esperar de ti.

—Todo. Espéralo todo.

—¿Estás segura?

—Sí. Decide tú cuánto deseas de mí, cuándo y dónde y allí estaré. Tienes mi palabra.

Ravin se acercó a Gabrielle y posó la mano en la mejilla de su amante. Gabrielle agarró la mano. Éste era el gesto de Xena. Era todo tan familiar. Era real. La sensación atravesó el engaño y Xena apareció en toda su gloria.

—¿Siempre?

Gabrielle se echó a reír. Era la palabra de Xena. Era la promesa que le hacía Xena. Gabrielle abrazó a Ravin y dijo con un susurro ronco y apasionado:

—Siempre.

Ravin levantó a Gabrielle entre sus brazos.

—Vamos a tener una vida estupenda juntas.

Gabrielle siguió riendo. Conocía la verdad. Ya habían tenido una vida estupenda.

—Sí, sin duda.

Ravin colocó a Gabrielle con delicadeza en su cama.

—Si Decevis no da su aprobación, es posible que tengamos que dejar la tribu.

Gabrielle cogió la mano de Ravin.

—¿Estás segura de que estás preparada para renunciar a tu hogar por mí?

—Tú serás mi hogar.

—Y tú el mío.

Sí, el cuerpo recuerda. Gabrielle hizo el amor a Ravin. Dio placer a su amada de formas que sorprendieron a su compañera. Gabrielle conocía el cuerpo de Ravin más íntimamente que la propia Ravin. Sí, el cuerpo recuerda. Con cada reacción positiva, Gabrielle iba más allá. No bastaba ni con un orgasmo ni con dos.

—Gabrielle, ¿es que no hay límites?

Rodeando el pecho de Ravin con la mano, Gabrielle se limitó a decir la verdad:

—No parece que los hayamos encontrado aún.

—Para.

Apoyándose en el codo, Gabrielle preguntó:

—¿Por qué?

—Porque quiero hacerte el amor.

—Todavía no.

—¿Por qué no?

—Porque quiero mirarte tal y como estás ahora.

—¿Te agrada?

—Ya lo creo.

Ravin suspiró.

—Jamás soñé que este día acabaría así.

—Ravin, tendremos muchos más, te lo prometo.

—Por la mañana, se lo diré a Decevis.

Gabrielle contempló los ojos de zafiro de Ravin. Compreda podía tener razón. Era posible que le correspondiera a Ravin, a Xena, acudir a ella.


La entrevista de Ravin con Decevis no fue bien. Acusó a Gabrielle de seducir y corromper a Ravin con sus costumbres griegas. Cuando Ravin preguntó si Decevis la iba a desterrar, Decevis se quedó callado. Ravin aguardó una respuesta.

—No, no voy a perder a una segunda hija.

—Gracias, padre.

Decevis sujetó su vara con las dos manos, tratando de sacar fuerzas de ella.

—Sólo te pido una cosa.

—Si es posible.

—No me avergüences. Te pido discreción.

Ravin se inclinó respetuosamente.

—Hablaré con Gabrielle.

Decevis se enfureció.

—No, hija, esto te lo pido a ti.

La respuesta de Ravin fue firme.

—Hablaré con Gabrielle, padre.

Ravin salió de la tienda de Decevis con entusiasmo. Por primera vez en su relación, no había permitido que él organizara su vida. Su vida era, efectivamente, independiente de la tribu y de él. Sintió una euforia repentina. Cuántas expectativas había intentado satisfacer. Algunas expresadas, otras no. Algunas impuestas por una ley ajena a ella, otras impuestas internamente por ella misma a causa del miedo y la incertidumbre. Era más fácil defender los rebaños contra los ladrones que protegerse a sí misma de este tipo distinto de latrocinio. Su autonomía se había visto coartada y ella había sido cómplice voluntaria. Por un amor, un amor que estaba profundamente convencida de que era un regalo para ella, un regalo que sería un crimen rechazar, había encontrado fuerzas para exigir su libertad de elegir un bien que era cierto para ella.

Tras escuchar las condiciones de Decevis, Gabrielle no tuvo nada que objetar. De hecho, prefería mantener su campamento aparte. Así era menos probable que nadie observara sus idas y venidas.

—Está bien, Ravin.

Ravin se había esperado otra cosa.

—¿No te opones?

—No, Decevis está siendo generoso.

Ravin no se sentía tan agradecida.

—Se niega a reconocernos como lo hace con Andre y Lasa.

Gabrielle sabía lo que era importante para ella. Contar con la aprobación de Decevis carecía de importancia.

—Me da igual. Lo único que me importa es estar contigo.

—Sin la aprobación de Decevis, la tribu no nos aceptará.

—Decevis es un solo hombre. Por lo que me han contado, antes de desaparecer, Lea tenía influencia con la tribu. No podemos ejercer influencia si no estamos aquí. Con tiempo y paciencia, todo es posible.

Ravin percibió en estas palabras un tono hiriente y no sabía si ésa había sido la intención de Gabrielle.

—Pues ya está.


Gabrielle asumió labores de pastora para contribuir a la prosperidad de la tribu. A menudo cuidaba a solas de los rebaños, pues Ravin tenía otros deberes. Gabrielle agradecía la soledad. Se había preguntado a menudo cómo y cuándo tendrían Xena y ella una vida apacible. En muchos sentidos, que el precio fuesen los recuerdos de Xena tenía lógica. Puesta a elegir, no le cabía duda de que prefería a Xena antes que a Ravin. Echaba en falta la historia que compartían. Las palabras que no hacía falta decir. Las palabras que se decían y que en su sencillez transmitían el significado de un tiempo y un lugar que las afectaban profundamente y que jamás olvidarían. Echaba en falta los recuerdos compartidos de Cirene, Lila, sus familias y amigos, que en su mayoría ya habían pasado al otro lado.

La vida pastoril en la que sólo debía preocuparse por las ovejas a las que cuidaba y no por la brutalidad de un señor de la guerra la llevaba a sopesar el bien supremo y el lugar que ocupaba en su vida. Xena y ella habían contribuido a grandes rasgos y con enfrentamientos decisivos. Juntas habían cambiado el curso de la historia desde Chin hasta Egipto pasando por Roma. Esta época de descanso les venía bien. La pregunta era, como lo había sido en otros momentos de reposo del pasado, cuánto tiempo iba a durar.

El sol se estaba poniendo y había refrescado. Veía su propio aliento cada vez que lo exhalaba. Se quedaría toda la noche cerca del rebaño. La hoguera que iba alimentando le proporcionaba un calor externo que no podía competir con el calor que sentía por dentro. Pensaba que no debería sentirse tan bien por el giro que había dado su vida, pero una vez aceptadas las condiciones, las limitaciones de su vida con Ravin, no podía evitar sentirse agradecida.

Las ovejas no se habían movido, pero Gabrielle notó una presencia. Se puso en pie con la vara preparada. Sus agudos sentidos continuaban avisándola de que alguien se acercaba. Y entonces oyó la voz conocida.

—¿Gabrielle?

—¿Ravin?

—Sí.

De las sombras de la luna apareció Ravin. Llevaba un morral. Al caminar usaba su vara para apoyar sus pasos. Gabrielle pensó que era raro ver a Xena usar una vara para algo tan dócil.

—Tenía la esperanza de que quisieras compañía esta noche.

Gabrielle sonrió.

—Sin duda tendré más calor.

—¿Es eso todo lo que soy para ti? Una manta te serviría igual.

Gabrielle se hundió en el abrazo de Ravin.

—Tú me das otro tipo de calor.

Ravin estrechó a Gabrielle.

—Pues he hecho bien en venir.

Se acomodaron cerca del fuego. Gabrielle, inmersa en sus propios pensamientos, se apoyaba en Ravin sin decir nada. Ravin había esperado algo de conversación. No parecían hablar como cuando se conocieron. Echaba en falta las palabras de Gabrielle, las historias que tejía. Tener a alguien considerada una gran bardo y que estuviera tan silenciosa hacía que se sintiera timada.

—Estás muy callada esta noche.

Gabrielle contestó suavemente:

—Estoy contenta.

—¿Y qué hace que te sientas contenta, Gabrielle?

Gabrielle se pegó más a Ravin, cogiendo una de sus manos entre las suyas.

—La quietud de la noche, la seguridad del rebaño, el calor del fuego. —Miró a su amada—. Tú.

—¿Habías sentido ya este contento?

Gabrielle volvió a fijarse en el fuego. Había incontables veladas como ésta cuando sólo estaban Xena y ella, cuando no había batallas a la espera de ser libradas, y simplemente disfrutaban de estar juntas. Contestó a Ravin con tono distante.

—Sí.

—Ya no hablas mucho del pasado.

—Porque estoy viviendo en el presente contigo.

—Si hay algo que desee saber...

—Puedes preguntarme cualquier cosa.

Ravin reflexionó. No quería preguntar. Se sentía como si estuviera entrometiéndose en un pasado que no tenía derecho a conocer. Si lo tuviera, Gabrielle lo compartiría sin más. Se esforzó por determinar cuál era la carga más pesada, el silencio o la necesidad de acudir a Gabrielle con una pregunta.

—¿Piensas a menudo en Xena?

Gabrielle asimiló la pregunta. ¿Cómo podía responder sin hacer daño a Ravin? Sabía que tenía que ser sincera a toda costa.

—A veces.

—¿En momentos como éste?

—Sí.

—¿Con quién estás ahora mismo? ¿Conmigo o con ella?

Gabrielle no podía decir “con ambas”. Sabía que Ravin era quien estaba con ella en este momento y por eso contestó:

—Contigo.

—¿Estarías callada con ella?

Gabrielle sonrió.

—Sí. Ella nunca fue muy dada a hablar. Con el tiempo yo fui hablando menos porque no había necesidad de llenar el silencio. Acabé estando cómoda con su silencio. Pero al mismo tiempo, si había cosas que decir, las decíamos por muy difícil que pudiera resultarnos. Xena aprendió, las dos aprendimos, a compartir lo que nos gustaba y lo que no, nuestras esperanzas y nuestros temores. Eso hizo posible que estuviéramos juntas.

—¿Querrías lo mismo de mí?

—Sí.

Ravin reflexionó. Tomó una decisión.

—Echo de menos tus historias. Al principio de nuestra amistad, me contabas muchas historias de tu vida.

Gabrielle no quería, no podía, revivir su vida con Ravin.

—Te contaba las historias porque creía que eras Xena y quería que recordaras. He aceptado mi error. Esa parte de mi vida pertenece únicamente a Xena. —Gabrielle clavó los ojos en los de Ravin—. Tú dijiste que las dos teníamos nuestra capacidad incompleta para dar y que eso sería suficiente. No me pidas más, Ravin. No te puedo dar mi pasado. Te puedo dar esta noche y mis mañanas. Eso tiene que ser suficiente.

Ravin agachó la mirada. ¿Cómo podía explicar que su petición encerraba algo más? Había empezado a sentir una duda creciente y esperaba que oír cosas sobre Xena la ayudara. Antes había estado convencida de que nunca podría haber bondad suficiente en Xena para equilibrar la balanza de su maldad. La justicia siempre pesaba en contra de la vida de Xena. Pero había una nota discordante en ese convencimiento. Ella amaba a la persona que la causaba. ¿Cómo era posible que una persona como Gabrielle hubiera estado tan entregada a Xena durante tantos años si la Princesa Guerrera no hubiera tenido cualidades positivas? Y había algo más que alimentaba su confusión. En ese preciso momento, en su forma de abrazar a Gabrielle, en su silencio, se sentía completa de una manera que era incapaz de expresar con palabras. Xena era el alma gemela de Gabrielle. Juntas formaban una unidad. Ravin estaba convencida de que lo que ella sentía era esa misma unidad. ¿Cómo era eso posible si ella no era Xena? ¿Cómo era posible a menos que Gabrielle sintiera lo mismo? Si se tratara de un instante fugaz mientras hacían el amor o incluso junto al calor de esta fogata habría sido más fácil de aceptar. Pero no era así. Era constante y con cada día que pasaba se hacía más fuerte. Cada palabra, cada gesto, cada caricia, incluso cada momento de silencio reforzaba la unión. Los recuerdos de Ravin retrocedieron al momento en que puso su mano sobre la piedra de Emet. No sabía qué había rogado Gabrielle. Nunca se lo había preguntado. ¿Qué había rogado ella? ¿Qué había albergado en su propio corazón? Quería que Gabrielle la conociera como Ravin. Quería verse libre de la ilusión de Xena. ¿Y si el ruego hubiera sido distinto? ¿Y si hubiera rogado conocerse a sí misma como la persona que era aceptando las consecuencias de la verdad? ¿Hasta qué punto habría sido distinta su vida si no hubiera rechazado el argumento de Compreda de que ella era Xena? ¿Quién estaría en brazos de Gabrielle en este momento si el ruego hubiera sido distinto?

Gabrielle se acercó y dio un beso a Ravin en la mejilla.

—Te amo. Por favor, que sepas que te amo.

Ravin alzó los ojos y miró a Gabrielle. “Pero quién soy” fueron las palabras que se le quedaron atravesadas en la garganta. Las palabras que no podía pronunciar. En cambio, a Ravin se le escurrió una lágrima del ojo mientras le sostenía la mirada a Gabrielle. Sonrió porque sabía que a pesar de todo lo que no iba bien entre ellas, eso era cierto, Gabrielle la amaba.

—Y ése es el milagro de mi vida. —Ravin besó a Gabrielle, regodeándose en la ternura que había entre ellas. Gabrielle se quedó dormida en brazos de Ravin. Para las dos fue algo bueno y satisfactorio, y sin embargo, incompleto.


Ravin entró en la tienda de Decevis. Éste estaba sentado en el sillón de madera de cedro intrincadamente tallada que correspondía al patriarca. Andre estaba a su lado. Ambos habían recibido una petición de Ravin para reunirse a hablar de un asunto de la máxima importancia. Ravin recorrió con la mirada la tienda que había supuesto un hogar para ella. Ya sentía su pérdida. Se acercó a los dos hombres sabiendo que lo que estaba a punto de hacer iba a ser doloroso, pero era inevitable. Sonrió a Andre, aferrándose el convencimiento de que desconocía lo que había hecho su padre. Lo que iba a oír sería una sorpresa para él. Deseó poder suavizar el golpe. Se volvió hacia Decevis. Su talante cambió. En su caso le costaba más perdonar.

—Decevis. Andre.

—Hermana, ¿a qué viene tanta formalidad?

Decevis se movió inquieto en su asiento.

—Me llamo Xena de Anfípolis.

Sus palabras dejaron petrificados a los dos hombres. Andre intervino, tratando de controlar la rabia:

—Ravin, eso no tiene la menor gracia.

Ravin se mantuvo tranquila. Su voz fue firme y directa:

—Decevis te lo explicará.

Decevis notó la mirada de Andre al tiempo que oía su petición:

—¿Padre?

Decevis se puso a la defensiva. Su tono no fue el de un padre cariñoso con su hija.

—No sé de qué estás hablando.

A Ravin se le agotó la paciencia con el hombre al que había llamado padre. Optó por subir las apuestas.

—Primero Lea, luego yo. Explícaselo a tu hijo.

Andre se sentía cada vez más confuso. Se volvió de cara a su padre.

—¿Lea?

Decevis pasó al ataque.

—Es Gabrielle. Le ha envenenado la mente a tu hermana.

—Gabrielle no sabe que estoy aquí. Me avergüenza confesar que he usado la piedra de Emet con la misma falsedad que tú.

Andre se hartó de seguir esperando.

—Uno de los dos me va a explicar qué está pasando aquí.

Decevis guardó silencio.

Ravin habló directamente al patriarca:

—Te doy una oportunidad más para que hables. Yo es posible que no te haga justicia, puesto que sólo puedo imaginarme por qué has hecho lo que has hecho.

Decevis agarró su vara y se puso en pie.

—Sabía que llegaría este día. Que Dios me perdone.

—Ahora mismo creo que tu dios es de lo que menos te tienes que preocupar. Tienes una hija, un hijo y una tribu ante los que responder.

Decevis se quedó confuso al oír a Xena mencionar a Lea.

—¿Una hija?

—¿Cómo convenciste a Lea para que pusiera su mano sobre la piedra de Emet?

Decevis se apartó unos pasos de los otros dos. Estaba demasiado cerca de su juicio.

—Hice un trato con ella. Siempre estábamos discutiendo y yo quería acabar con eso. No estaba bien que la tribu acudiera a ella en busca de consejo.

Ravin acusó al patriarca:

—La envidiabas.

—Sí, envidiaba el amor de mi propia hija por su pueblo y el amor de éste por ella. Le dije que pusiera la mano en la piedra expresando con claridad el deseo de su corazón, y así lo hizo.

—Pero tú hiciste algo más.

—Sí, puse mi mano encima de la suya sobre la piedra. Mi ruego fue sencillo. Quería que los vínculos de Lea con la tribu quedaran cortados.

—Y así la perdiste.

—Sí. Me desmayé. Cuando volví en mí, no pude encontrarla por ninguna parte.

—Y tuviste que vivir con el hecho de que había desaparecido por tu culpa.

Decevis era ahora un hombre viejo y derrotado.

—No podía. Ningún padre que quiera a sus hijos podría vivir con esa verdad.

Ravin continuó guiando la confesión.

—Me usaste.

—Te convencí de que tenías que poner la mano en la piedra para llamar al espíritu maléfico que nos había arrebatado a Lea.

—Pero tenías que asegurarte de que mi corazón y mi alma estaban preparados, para conseguir lo que querías.

—Habíamos hablado mucho. Tú eras una leyenda de la que habíamos oído hablar. Una que yo sabía que era cierta a causa de tus anteriores viajes por nuestras tierras. Los pergaminos de Gabrielle habían llegado hasta nosotros, por lo que sabía que en otro tiempo habías sido una señora de la guerra que causó una gran destrucción. Te insté a que por tu propia protección hablaras de tu remordimiento. Confesaste que si pudieras deshacer el daño, lo harías, que ahora dedicabas tu vida al bien supremo. Te aconsejé que tuvieras presentes esas ideas en tu mente mientras tocabas la piedra. Cuando tu mano se posó sobre la piedra, yo puse la mía encima.

Andre intervino en voz baja:

—¿Y qué pediste?

—Quería una hija.

Ravin completó la historia:

—Debí de desear que se me quitara de encima la carga de mi pasado. Y por eso perdí la memoria por completo de quién era, al igual que todos los de tu tribu, y así tuviste a una mujer a la que podías decidir adoptar como hija tuya.

Decevis pronunció la confirmación definitiva:

—Sí.

Ravin se volvió hacia Andre.

—Todo habría permanecido así si Gabrielle no me hubiera encontrado. Lo siento, Andre, pero tenías que oír la verdad de boca de tu padre, no por mí.

Andre estaba claramente afectado.

—Por supuesto.

—Os dejo para que habléis. Tengo que hacer otra cosa.

Andre traicionó un temor:

—¿Te volveré a ver?

—Sí. No me marcharé sin despedirme.

Ravin sintió que se le partía el corazón. Quería a este hombre como a un hermano. Esperaba no perder el recuerdo del cariño que habían compartido. Salió de la tienda a la creciente oscuridad del ocaso. Sólo entonces empezó a temblar. Había convencido a Decevis de que conocía lo que sólo era una sospecha. Ya tenía la respuesta a su pregunta implacable. Ella era Xena. Ravin también sabía que no era Xena. Seguiría siendo Ravin a menos que regresara a la piedra de Emet. Pero eso no garantizaba que fuese a recuperar su vida. Gabrielle no la conocía como a la persona que era. Incluso habiendo renovado su identidad como Xena, sabía que su vida y su amor seguirían incompletos si no podía compartir su totalidad con Gabrielle.

Gabrielle la amaba como a Ravin, aunque no como había amado a Xena. Ravin sabía que era a la vez Ravin y Xena. Sabía que, de una forma irónica, Gabrielle se había enamorado de ella dos veces. Ravin todavía poseía la esencia de Xena, pero sin saber cómo se había formado esa esencia. Se preguntó si era necesario saber qué la había convertido en la mujer que era. Se consideraba a sí misma como una escultura cincelada por la vida. Muchos de los golpes se recibían con dolor. Para Gabrielle, Xena era noble y buena. Lo que Gabrielle valoraba de ella iba acompañado del conocimiento de todo lo que había tenido que superar. Del conocimiento también de que a veces todavía luchaba contra su lado más oscuro. El amor de Gabrielle resultaba aún más inestimable porque amaba a Xena por completo. De hecho, se podía ver en ello todavía más amor, porque no se producía gracias a la ausencia de lo difícil, sino que aceptaba lo difícil como parte de la humanidad de Xena. Así pues, ¿la recuperación de sus recuerdos, incluidos los más atormentados, sería bien recibida? Parecía que Xena había acabado por aceptar la vida sin aliviar su remordimiento. Parecía encontrar un modo de que sus malas acciones alimentaran el bien que estaba decidida a vivir. Ravin reconocía que su entrega al bien supremo podía estar debilitada sin los recuerdos. O tal vez su entrega se manifestaba simplemente de otra manera. Ravin no tenía las respuestas a todas sus preguntas. Sabía que nunca las tendría. Sólo podía intentar alcanzar la verdad y eso quería decir que debía volver a aceptar en su vida todo lo que era. Estaba la promesa del amor de Gabrielle, pero sabía que tenía que volver a ser completa incluso sin esa promesa. Podía convertirse en Xena y que Gabrielle siempre la conociera como Ravin. Sería doloroso, pero aceptaría el amor de Gabrielle fuera cual fuese la forma en que pudiera dárselo. En el último año, Gabrielle había tenido experiencias que la habían cambiado a ella también. No puede haber amor si éste exige un mundo estático, una pareja inmutable. El viento soplaba racheado entre las tiendas y sacó a Ravin de sus reflexiones. Sí, tenía que hacer una cosa.


Gabrielle se encontraba en la cámara de la piedra de Emet.

—¿Por qué me has traído aquí?

Ravin buscó las palabras adecuadas.

—Necesito hacerte una pregunta y necesito que me digas la verdad por muy difícil que a ti te resulte decirla o a mí oírla.

—Lo intentaré.

Ravin continuó:

—Si pudieras elegir, ¿elegirías estar con Xena en vez de conmigo?

Gabrielle protestó:

—No puedes pedirme...

Ravin insistió:

—Sí que puedo.

—¿Por qué?

—Porque debo saber la verdad.

Gabrielle declaró lo evidente:

—Xena y yo éramos almas gemelas.

Ravin la azuzó:

—Pues dilo.

—¡Maldita seas! Sí, volvería con Xena.

Ravin tomó aliento con fuerza.

—¿Confías en mí, Gabrielle?

—Sí.

—Pues pon la mano sobre la piedra de Emet.

—¿Qué? —Gabrielle se esperaba la petición, pero sabía que tenía que seguir protestando. Ravin no podía sospechar que ella conocía la verdad.

—Una última vez. Hazlo sabiendo que Xena siempre será el amor de tu vida. Aférrate a esa única idea.

—¿Por qué voy a hacer eso? He aceptado la pérdida. ¿Por qué tienes que...?

—Gabrielle, he averiguado la verdad sobre mí misma. Decevis usó la piedra de Emet para sus propios fines. Puedo recuperar mi nombre, mi vida, colocando mi mano sobre la piedra. Lo que compartimos es importante para mí. Es posible que sea lo único en lo que creo. Cuando levante mi mano de la piedra, quiero que la tuya me la esté sujetando. Y si soy para siempre tu amor, pero no tu amada, me alegraré de saberlo.

—Sigo sin comprender por qué tengo que poner la mano en la piedra.

—Porque se te ha arrebatado la verdad.

—¿Cómo?

—No puedo darte más explicaciones. No lo hagas por mí. Hazlo por ti.

Gabrielle se apartó. Estaban cerca del momento del triunfo. Lo sabía, pero también sabía que había un riesgo. Colocar la mano en la piedra le daba a Ravin la oportunidad de recuperar sus recuerdos como Xena. A pesar del poder de la piedra, Gabrielle estaba convencida de que Ravin era Xena. Pero incluso con ese convencimiento, luchaba constantemente por despojarla del velo que era la personalidad de Ravin. Al colocar la mano en la piedra, Gabrielle sabía que podía volver a estar completa. Ravin sólo sería un recuerdo. Gabrielle también quería recuperar su vida. Para resultar convincente, dudó antes de responder.

—Está bien. Lo haré.

—Bien. —alargó la mano. Gabrielle puso su propia palma encima de ella—. ¿Preparada?

Gabrielle asintió.

—Preparada.

Posaron las manos sobre la piedra. Ravin deseó su verdad. Gabrielle hizo lo mismo. Los ruegos fueron así de sencillos. Una sensación de calor las atravesó de parte a parte. Gabrielle retrocedió.

Xena tuvo miedo.

—¿Gabrielle?

El velo había desparecido. Para Gabrielle, su amada estaba ante ella.

—¿Quién eres?

Xena notó la incertidumbre de Gabrielle. Ravin había previsto una manera muy simple de demostrar la verdad. La guerrera alcanzó su bolsita de cuero y sacó dos piedras, azul y verde.

—Hace mucho tiempo, tú y yo estábamos nadando en un lago apartado en Grecia. Yo me quedé junto a un manantial caliente mientras tú buceabas en la charca más honda. Viniste a mí y me diste estas piedras. Te recordaban al color de nuestros ojos. En ese momento deseaste poder darme un zafiro en lugar de la piedra azul. Yo te dije que había tenido zafiros y que no significaban nada para mí. Estas piedras sí me las iba a quedar, y desde entonces no me he separado de ellas.

Gabrielle nunca le había contado esa historia a nadie. Se acercó a Xena y posó la mano en la mejilla de su amada. Xena la cubrió con su mano y susurró:

—Lamento haber tardado tanto en volver contigo.

Gabrielle abrazó a la guerrera al tiempo que pronunciaba su nombre.

Cala entró en la cámara.

—Así que está hecho.

Xena se acercó a la joven sabia.

—Decevis le ha confesaso la verdad a Andre.

Cala se entristeció. Xena continuó:

—¿No crees que ya es hora de que vuelvas con Andre? Te ha echado muchísimo de menos.

Lea se quedó sorprendida.

—¿Lo sabes?

Gabrielle miró a Xena y luego a Lea.

—Me di cuenta de que eras Lea cuando Compreda me contó la historia de cómo engañó Decevis a Xena.

Xena fue ahora la sorprendida.

—¿Sabías lo que había hecho Decevis?

Gabrielle sonrió.

—Sí, pero sólo después de que tú y yo nos uniéramos. Acudí a Lea y a Comprenda con mis sospechas. Ya había intentado convencerte una vez de que eras Xena. No lo iba a intentar de nuevo.

—Tenemos mucho de que hablar.

—Sí, así es.

Xena se volvió de nuevo hacia Lea.

—Yo me lo imaginé después de que Decevis me contara su historia. Él no sabe quién eres, ¿verdad?

Lea lo confirmó:

—No, pero cada vez que me ve, le resulta muy doloroso. Por eso no viene al templo.

Gabrielle intervino:

—¿No habéis sufrido los dos ya bastante?

Lea respondió:

—Es posible. Yo tendría que haber entendido mejor lo que preocupaba a mi padre. No excuso lo que nos hizo a Xena y a mí. Durante el tiempo que he pasado en el templo, he visto cómo la verdad adopta muchas formas y cómo nuestra incapacidad de ver la verdad desde sus diversas facetas nos mantiene separados.


Caminaban la una al lado de la otra. Su viaje de vuelta a Grecia iba a ser largo. Xena agradecía el tiempo que iba a pasar a solas con Gabrielle. Realmente tenían mucho de que hablar. Iba a echar de menos la vida que se había creado con la tribu. Sobre todo, iba a echar de menos a Andre. Tras recuperar la memoria, se dio cuenta de lo parecidos que le resultaban Andre y su propio hermano Liceus. Estaba bien que Andre celebrara el regreso de Lea al tiempo que sentía la pérdida de Ravin. Xena le aseguró que nunca perdería a Ravin de verdad porque tanto ella como todos sus recuerdos vivían dentro de ella. El vínculo siempre estaría allí.

Xena cogió a Gabrielle de la mano.

—Te enamoraste de Ravin.

—Y Ravin se enamoró de mí.

—Tú siempre fuiste tú.

—Y Ravin siempre fuiste tú.

—Eso no lo sabías. Dijiste que siempre habría una parte de ti que sólo podría tener Xena.

Gabrielle se detuvo y agarró la mano de Xena con firmeza, deteniéndola también.

—¿He hecho algo por lo que se me deba perdonar?

Xena percibió el ardor de Gabrielle. Esto no eran bromas alegres, sino un temor que había salido claramente a la superficie exigiendo su atención. Xena lamentó profundamente haber hecho la broma. Dijo con ternura:

—No.

A Gabrielle le tembló la voz:

—¿Estás segura?

Xena se acercó a Gabrielle.

—Tú me amas. Siempre me he sentido humilde ante tu amor. A veces todavía me siento tan sobrecogida por él que no sé qué hacer ni qué decirte para expresarte lo que significa para mí tener tu amor. Lamento si he hecho una broma con ello.

—Y tú has llegado a amar a la campesina de Potedaia. ¿Cómo crees que me siento yo por eso?

Xena la corrigió con una sonrisa:

—A la Bardo Batalladora de Potedaia.

—Las dos hemos crecido y cambiado.

—Y tú has estado conmigo a cada momento.

Gabrielle soltó en broma:

—Porque no podías librarte de mí.

—Nunca he querido.

Gabrielle disfrutaba con sus bromas, pero no quería pasar por alto lo difícil.

—Xena, todavía tienes remordimientos.

Xena se hizo eco de la idea:

—¿Y tú no?

Gabrielle miró a su amada a los ojos. Compartían el dolor.

—Sí.

—Gabrielle, las cosas que lamentamos son parte de lo que nos convierte en lo que somos.

Gabrielle añadió:

—Nuestro dolor también. Pero no podemos huir de él, ¿verdad?

—No, no podemos. Perdemos mucho de nosotras mismas si lo hacemos. Además, es lo que hace que lo bueno resulte tan estupendo. Es lo que hace que estar contigo aquí mismo, en este momento, sea lo mejor que me puede dar la vida.

Gabrielle apretó la mano de Xena mientras continuaban su viaje, conociendo la verdad de quiénes eran y lo que compartían.


FIN


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