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—¿Dónde está?

—La he metido en una cámara contigua por su propia seguridad.

—Ojalá lo hubieras hecho antes.

—Anciana, no me sermonees. Le advertí del poder de la piedra. —Cala no podía disimular su compasión—. No puedo creer que esto haya sido intencionado.

Entraron en la pequeña cámara. Gabrielle estaba tumbada en un camastro. A su lado había una silla, el único otro mueble de la estancia. Compreda se acercó y se sentó en la silla. Estaba profundamente apenada. Puso la mano sobre la mejilla de Gabrielle. Ésta alzó su propia mano y cubrió la de Compreda. Gabrielle notó la suave piel ajada y se consoló con ella.

Compreda hizo la preocupante pregunta:

—¿Por qué le habrá hecho esto Dios?

Cala estaba desconcertada.

—¿Qué fue lo que rogó?

—Por lo que ella misma dice, la joven siente poco respeto por los dioses. No hubo ningún ruego.

—Siempre hay un ruego. Incluso en el corazón de aquellos que no creen existe un deseo de encontrar un principio o un final y, en contadas ocasiones, una continuación de lo que se tiene.

Compreda se enfureció.

—No se merecía esto.

—Tú y yo sabemos mejor que nadie que conceptos como “justo” son irrelevantes. Así es la vida.

—Cala, puede que tengas razón, pero me da igual.

—Anciana, por eso he enviado a buscarte. Eres la única que conozco dispuesta a enfrentarse a un acto de Dios.

—Tienes un fino sentido del humor, Cala.

—¿Qué se puede hacer?

—Primero tengo que ver a Ravin.


El genio de la vidente no estaba dispuesto a tolerar más indulgencias.

—Tú no eres Xena. Ella no era una cobarde. Habría dado su vida por Gabrielle sin dudarlo un instante.

Ravin se esforzó por conservar la serenidad bajo el ataque verbal de Compreda.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Por las leyendas.

—¿Es que las leyendas...?

Interrumpiéndola, Compreda siguió adelante:

—Las leyendas proceden de las propias palabras de Gabrielle. Son una generación anteriores a ti y a Gabrielle. No es que Gabrielle las creara para su propio provecho. Cantaba la canción de Xena por su amor por ti.

—Por Xena. Tú misma has dicho que yo no soy Xena.

La vidente la retó:

—¿Es que no tienes compasión?

Atormentada por la discusión implacable, Ravin preguntó con agresividad:

—¿Por qué has venido a mí? Gabrielle se ha ido. Va de camino a Grecia.

Compreda se calló. Su silencio resultaba incómodo. Cuando por fin habló, lo hizo con rencor:

—¿De camino? ¡Jamás regresará a Grecia!

Ravin se quedó atónita. Se veía acusada de un crimen del que no tenía conocimiento.

—¿Qué quieres decir?

—Te llevaré con ella.


Ravin no tardó en darse cuenta de que Compreda la llevaba a las cavernas del templo. Había oído hablar de ellas, pero Decevis le había prohibido poner un pie en ellas. La orden del patriarca siempre le había resultado desconcertante, porque el templo era un lugar de culto a su dios. Ravin había pensado en más de una ocasión que visitar el templo habría sido beneficioso para ella. Se debatía con la fe de Decevis, con el concepto mismo de un dios omnisciente y omnipotente. Aceptaba las leyes del dios más que al dios mismo. Las leyes eran un concepto de gobierno y de moralidad que a ella le costaba poco comprender. Su preocupación siempre era la aplicación de esas leyes. Dado que le correspondía a Decevis juzgar las infracciones y aplicar el castigo, le costaba aceptar la disparidad que veía entre la supuesta misericordia de dios durante los actos de devoción y la severidad de la sabiduría de dios demostrada en la práctica a través de Decevis.

Las dos cruzaron la caverna principal del templo hasta el lugar donde estaba alojada Gabrielle. Una antorcha iluminaba la estancia. Gabrielle estaba sentada en el camastro. Tenía una manta sobre los hombros. Estaba abrazada a sus rodillas, pegadas al pecho. Estaba inmóvil. Sus ojos de esmeralda eran dos pizarras vacías.

Ravin se enfureció.

—¿Quién le ha hecho esto?

Contrariamente a su propio y reciente estallido, Compreda contestó con fría calma:

—Nadie. Ha tocado la piedra de Emet.

—¿Emet?

—La palabra procede de la tribu hebrea. Significa verdad, fidelidad. La piedra tiene el poder de reflejar el corazón de uno sobre su esencia corpórea.

Ravin dio un paso hacia Gabrielle.

—No lo entiendo.

—Hablamos de un antiguo proverbio: “Que ni la misericordia ni la verdad te abandonen: átalas alrededor de tu cuello, escríbelas en la tableta de tu corazón”. Cuando Gabrielle posó su mano sobre la piedra, la verdad de su corazón salió a la superficie. Estoy convencida de que su deseo era separarse de los sentidos de la vida. Ya no hay nada que pueda ver u oír y que pueda hacerle daño.

Ravin no daba crédito.

—Estás diciendo que ella ha pedido esto.

—Ser sorda y ciega, no. No oír ni ver jamás su tormento, sí. Dios actúa de formas que los meros mortales no podemos comprender. Nunca hay manera de saber qué ocurrirá si posas la mano sobre la piedra de Emet, sólo que se hará tu voluntad según la sabiduría de Dios.

Alargando la mano, Ravin se detuvo y se volvió hacia la vidente.

—¿Nota si alguien la toca?

Compreda se permitió sentir esperanza.

—Sí, ¿por qué lo preguntas?

Ravin se acercó a Gabrielle y se arrodilló delante de ella. Tocó con delicadeza la mano de Gabrielle. Ésta levantó la cabeza con interés. Éste no era el tacto frío de una anciana. Era cálido, de una vida más joven pero distinta de la que la había encontrado. Ravin apretó la mano de Gabrielle para tranquilizarla.

Ravin hizo un juramento:

—Cuidaré de ella, pero no puedo ayudarla. —Volvió a posar la mirada en la vidente—. Por lo que tú misma has dicho, Compreda, la mujer que podía rogar a Dios ya no existe.

Exasperada, Compreda espetó:

—Te dejo con Gabrielle y con tu mezquina conciencia.

Gabrielle se aferró a la sensación del nuevo contacto y esperó sin saber qué iba a salir de él. Se había despertado en la oscuridad y el silencio. Había hecho un esfuerzo por recordar dónde estaba. El templo. La pena implacable. Todo había cesado. Había perdido el conocimiento. No sabía qué le había pasado ni por qué. Una mano amable la tocó. Al principio se apartó asustada, pero la mano la ayudó a levantarse y la llevó hasta donde ahora estaba. Era un camastro colocado contra la pared de piedra. Tenía un pequeño espacio que era su mundo. Recordó una época en que se vio encerrada en una cámara por el señor de la guerra Draxis. Donde la oscuridad había sido uno de sus métodos para intentar doblegarla. Se acordó de una herida previa por la cual perdió el oído y la capacidad de hablar y tenía que luchar por comunicarse. Era como si ambas pérdidas se hubieran unido en una sola. Todavía conservaba la voz, tenía tacto y olía el aroma mohoso de la caverna mezclado con el aroma del incienso encendido.

No tenía control. Estaba a merced de otros. Aceptó la pérdida inmediata con una resignación inesperada. ¿Qué más podían quitarle? Había perdido a Xena. Había perdido toda su independencia. Su conexión con el mundo se había cortado.

El contacto le volvió la palma de la mano hacia arriba. Notó que un dedo trazaba marcas suaves sobre ella. Notó una repetición. No captó el significado hasta la tercera repetición. Gabrielle pidió:

—Otra vez. Escríbelo otra vez.

¿Necesitas algo?

Sí que necesitaba algo, pero no era nada que se pudiera dar fácilmente. Replicó:

—No, gracias.

Estarás atendida.

Gabrielle ladeó la cabeza dándose por enterada y luego se echó hacia atrás. Las letras griegas eran su conexión. Sintió alivio de que el griego fuese un idioma conocido por bastantes de los miembros de la tribu de Decevis. Quiso conocer a su benefactor.

—¿Quién eres?

Cala.

Gabrielle se sintió confusa. Creía que era Cala quien la había encontrado y que ésta era una presencia distinta.

—¿Quién me ha encontrado?

Yo.

Gabrielle envolvió la mano de su benefactora con la suya. Por el tacto comprobó que era una mano más grande y más fuerte que la suya, con los callos de alguien que manejaba una espada. Conocía esta mano íntimamente. Ravin estaba empeñada en conservar el anonimato. Gabrielle no la desafiaría.


Decevis estaba furioso.

—¡Qué haces con esa mujer!

Ravin se mantuvo firme.

—Ayudarla. Le estoy dando la misma hospitalidad que tú me diste a mí.

—Nada bueno saldrá de eso.

—Padre, no esperaba oírte decir una cosa así.

—Esto ha ido demasiado lejos. Te prohíbo que la vuelvas a ver. Enviaré a otra persona a ayudarla.

—Eso no tiene sentido. ¿Por qué no puedo ayudar a Gabrielle?

Golpeando la mesa que tenía delante con el puño, exclamó:

—No voy a perder a una segunda hija.

Algo se hizo evidente para Ravin.

—Hay algo que no me estás contando.

Decevis no hizo caso de Ravin.

—Haré que esa mujer se marche.

—Si lo haces, me iré con ella. —Ravin hizo una pausa, tratando desesperadamente de contener sus emociones—. Padre, temes perderme. Te aseguro que me perderás si intentas que me quede aquí con mentiras o amenazas.

—Eras una hija obediente antes de que llegara Gabrielle.

—No pretendo faltarte al respeto. ¿Acaso está mal preguntar cuál es la verdad? Padre, te lo suplico, ¿cuál es la verdad?

—Mi verdad es lo único que necesitas.

Ravin no se dio por vencida.

—No quiero tu verdad ni la verdad de Gabrielle. Quiero mi propia verdad. ¿Cómo me convertí en tu hija?

Decevis la rechazó.

—Si no me quieres, déjame.

—Padre...

El dolor de Decevis era abrasador.

—¡Vete! Vete con los demonios que atormentan esta tierra.

Ravin se dio la vuelta y salió de la tienda del patriarca. La pena y la rabia le atenazaban el pecho. Regresó a su tienda. Sus ojos recorrieron cada rincón. No sabía qué estaba buscando. Ojalá una sola de sus pertenencias le dijera lo que debía hacer. Fue hasta un baúl de tamaño mediano y se arrodilló delante. Al abrir la tapa, sus ojos se posaron en una bolsita. Sabía que dentro había dos piedras, una piedra azul y una piedra verde que no tenían valor real. No tenían el más mínimo valor salvo para la mujer que había sido en otro tiempo. Le habían dicho que la bolsita había estado atada a su cinturón. La abrió y se echó las piedras en la palma de la mano. Tan ligeras, y sin embargo, cargaban con el peso de su pasado. Mirándose al espejo, sostuvo la piedra azul cerca de su ojo. ¿Era ésa la conexión? Y la piedra verde. ¿Era un símbolo de los ojos de su amor, unos ojos verdes y cautivadores como los de Gabrielle?


Gabrielle averiguó que tenía tres cuidadoras, Cala, Compreda y, por último, Ravin de incógnito. Había poca cosa que se pudiera hacer por ella. Estaba alimentada. Compreda la lavaba. Cala le ofrecía pacientemente palabras de consuelo en la palma de la mano. Ravin se interesaba por sus necesidades, pero nada más.

Por un cambio en el aire de la caverna Gabrielle notó la presencia que entraba en la cámara. También notó la incomodidad de sentirse observada. Esperó pacientemente una señal más clara de que no estaba sola. No hubo ninguna. De modo que habló:

—¿Quién está ahí?

Ravin estaba ante Gabrielle. Su rabia no se había calmado. La dureza de Decevis era intolerable. Se negaba a visitar a Gabrielle para ver lo que le había hecho su dios. Ravin se puso a dar vueltas de un lado a otro, furiosa con el mundo que había causado el dolor y la pena que habían afectado a Gabrielle.

Gabrielle alargó la mano.

—Por favor, ¿quién eres?

Ravin se apartó. Cala estaba en el umbral.

Ravin exigió, más que pidió:

—Dile que estás aquí.

Cala habló suavemente mientras se acercaba a Gabrielle:

—¿Dónde está tu corazón, Ravin? —Colocando su mano sobre la de Gabrielle, preguntó—: ¿Por qué tienes tanto miedo de Gabrielle?

—¿Cómo puedes mirarla, a una mujer que estaba tan viva, sin...?

Cala interrumpió a Ravin mientras escribía su nombre en la palma de la mano de Gabrielle:

—¿Acaso das únicamente a las personas que están enteras y te apartas de cualquier cosa que te recuerde las pérdidas de la vida?

—Yo no soy así. He ayudado a todas las personas de la tribu que han estado necesitadas.

—¿Entonces sólo Gabrielle te atormenta el alma? —Cala echó el pelo de Gabrielle a un lado—. Ahora va a descansar. —Cala se levantó y se puso al lado de Ravin—. Tengo cosas que hacer. ¿Vas a estar cerca o tengo que llamar a alguien para que esté con ella?

Ravin se mostró desafiante. Nadie podía atreverse a suponer que la conocía.

—Me quedo.

La respuesta de Cala fue igual de firme:

—Bien.


El sueño de Xena la había calmado. Una mezcla de momentos íntimos compartidos, de pequeños gestos que las unían. El tapiz de imágenes empezó a deshilacharse, a desgarrarse y arder, tanto por dentro como por los lados. La tela se hacía jirones, desintegrándose, y ella no podía impedirlo.

—¡No! —gritó Gabrielle dormida. Despierta de golpe, seguía en la oscuridad. Alzó el puño para luchar por salir de esa oscuridad. Su puño fue recibido por una mano que detuvo su impulso. Levantó el otro brazo como protesta, pero notó que otra mano le sujetaba el brazo al cuerpo—. ¡No! —Fue un grito cansado. Más bien una rendición. Agachó la cabeza y la hundió en el pecho de la otra persona. Dejó paso a las lágrimas y su miedo se transformó. En ese momento era la encarnación de su absoluta vulnerabilidad y dependencia. Ravin estrechó a Gabrielle. Se acabó la lucha. Gabrielle sintió los fuertes brazos que la rodeaban. Se hundió en el abrazo. Olía a la otra. Era el olor de Xena. Sus palabras brotaron como una súplica—. Ayúdame. Por favor, ayúdame.

Ravin oyó la súplica y estrechó a Gabrielle con más fuerza. Esta mujer creía que Ravin era su amada. Esta mujer había recorrido el desierto buscándola. Esta mujer, famosa por sus dotes como narradora, que había inmortalizado la búsqueda de la redención realizada por Xena, esta mujer suplicaba por su vida como si Ravin pudiera dársela, como si Ravin fuese la misma Princesa Guerrera. Gabrielle seguía llorando. Ravin abrazó a Gabrielle con ternura pero con firmeza. No la iba a soltar.


Compreda encontró a Gabrielle dormida en brazos de Ravin. Ésta no había dormido. Volvió la cabeza hacia la vidente que se acercaba y esperó. Compreda no la defraudó:

—Me alegro de que puedas darle consuelo. Uno se podría confundir y pensar que te importa.

—No te debo ninguna explicación.

—¿Vas a seguir fingiendo que no la amas?

Ravin empezó a soltarse con cuidado de Gabrielle. Se levantó y se quedó al lado de la joven. No había motivo alguno para seguir luchando con su corazón. Sin apartar la mirada, Ravin pronunció las palabras que se le exigían. Fue una oración, callada por el asombro en cuanto cobró voz:

—Sí que la amo.

La guerrera y la vidente se quedaron en silencio, embelesadas ambas por la joven dormida. Compreda interrumpió su contemplación.

—Hay una solución para ti y para ella.

Ravin se sobresaltó por la esperanza que se le brindaba.

—Continúa.

—La piedra de Emet. Su corazón debe querer cambiar. Si albergas alguna incertidumbre sobre lo que siente Gabrielle, te arriesgas a un resultado que no será como a ti te gustaría. Podría destruirla aún más.

Ravin se acercó al umbral de la cueva, colocando la mano sobre la fría pared de roca, el contacto de la carne con la piedra. Se fijó en su mano, con una sensación muy distinta al tacto de Gabrielle. Se enfrentaba a la promesa de la nada. Le asustaba pensar que la calidez que sentía de Gabrielle fuese siempre recibida en el anonimato. ¿Por qué no podía marcharse? ¿Por qué tenía esta sensación de responsabilidad? ¿Podía creer en el amor de Gabrielle como prueba de su propia identidad? Si era cierto, si ella era Xena, ¿estaría dispuesta a sacrificar todo lo que ahora tenía tanto valor para ella? ¿Acaso lo desconocido era mucho más rico? ¿Qué podía ser más rico que la paz que su actual hogar le proporcionaba? En palabras de la propia Gabrielle, la lucha de Xena por redimirse era constante. ¿Podía el amor de una mujer compensar el regreso cierto a un estado de pesar incesante?

—Me pides que renuncie a todo lo que conozco por ella.

—No es cierto. Colocar la mano de Gabrielle sobre la piedra de Emet le dará una segunda oportunidad de alcanzar su destino.

—¿De qué le servirá si no tiene a Xena? Morirá de pena.

—Sabes que no. Te tiene a ti. Te he observado con ella.

Perdida en sus reflexiones, Ravin miró a Compreda en busca de seguridad.

—¿El poder de la piedra de Emet la cambiará aunque lo que crea sea mentira?

—La mentira es tuya, no de Gabrielle. Cuando su mano se pose sobre la piedra, su corazón creerá que eres suya.

Ravin contuvo su impaciencia. El empeño de Compreda en que ella era la Princesa Guerrera era constante y no se podía hacer nada al respecto.

—Como Xena. Ésa es la mentira.

—Dime, ¿qué mayor crueldad existe que perder dos veces a la persona amada? Ten cuidado. Serás su destrucción si haces que te pierda otra vez. —Compreda escrutó el espeso silencio que había entre ellas. Se estaban desarrollando dos conversaciones. La vidente se preguntaba si alguien las oía—. Ravin, si es cierto que no eres Xena, ¿por qué no puedes permitir que Gabrielle te ame?

—Eso sería otra mentira. Aunque me quisiera por mí misma, no podemos estar juntas. Va en contra de las leyes de la tribu.

—No le has hecho ninguna promesa. Si su corazón anhela conocerte, será fiel a quien eres y a quien serás con ella con el paso de los ciclos de la luna. ¿Es que no quieres que sepa que puede amar a otra persona?

—No ama a otra persona. Sigue amándome a mí. Y para ella, yo soy Xena.

—Es cierto que sigue amándote a ti. —Compreda decidió abandonar su razonamiento y emplear una táctica distinta. Suspiró—. Está bien. Ravin, acepto tu verdad. La piedra de Emet revelará la sabiduría de Dios. Cómo lo haga, estoy segura de que no podemos ni imaginarlo. Confía en que Dios se manifestará con su poder. Tus propias palabras reflejan la verdad confusa de Gabrielle. Al posar su mano en la piedra de Emet, Gabrielle saldrá de su oscuridad. Ésa será la nueva verdad de Gabrielle.


Gabrielle se agitó. Notó una mano en la frente.

—¿Quién es?

La mano cogió la suya y escribió en la palma. Ravin. Por fin, Ravin se identificaba.

—Hola —fue la suave respuesta de Gabrielle.

Ravin siguió escribiendo. Tu mano otra vez en la piedra de Emet.

Gabrielle se quedó callada. La piedra le había hecho esto. Ravin percibió la desconfianza de Gabrielle.

Reza para ver y oír el mundo como antes.

El silencio de Gabrielle continuó.

Yo estaré contigo.

Ravin estrechó la mano de Gabrielle entre las suyas, incitando a la mujer a consentir.

¿Era, ha sido siempre tan fácil? ¿Volver y pedir que esto se invierta? Gabrielle se preguntó por qué la habían hecho esperar.

—Debe de haber un riesgo.

Ravin había estado observando atentamente la expresión de Gabrielle. Estaba segura de que podía leer los pensamientos de Gabrielle. Ravin volvió a la palma de la mano de Gabrielle. Nunca se sabe, fue su respuesta.

Gabrielle había sentido que lo había perdido todo antes de colocar sin querer la mano en la piedra. Pero no era cierto. Había más que perder. Ahora tenía a Ravin a su lado insistiéndole para que confiara en aquello que le había quitado tanto. Que se atreviera a albergar la esperanza de que podía volver a vivir. ¿Cómo viviría si se le daba una segunda oportunidad? Nada había cambiado desde que su mano tocó la piedra. Xena seguía creyendo que era Ravin. Pero se había producido un cambio. Ravin había cambiado. Gabrielle no sabía hasta qué punto.

—Llévame a la piedra.

Ravin bajó la cabeza y soltó un sonoro suspiro.

—Gracias.

Ayudó a Gabrielle a levantarse y luego la guió hasta la cámara de la piedra de Emet. Se detuvieron ante la piedra. Ravin sintió un miedo creciente. No había dónde escapar ni forma alguna de obtener consuelo. Debía tener fe. Oyó que otros se acercaban. Eran Cala y Compreda. Intercambiaron miradas. Ravin dijo:

—Con vosotras como testigos, que Dios se apiade de nuestras almas.

Escribió en la palma de la mano de Gabrielle: ¿Lista?

—Sí.

Ravin situó la mano de Gabrielle encima de la piedra y le dio un golpecito para indicarle que estaba en posición. Gabrielle volvió sus ojos sin vista hacia Ravin.

—Ravin, pase lo que pase, gracias por intentar ayudarme.

Ravin sintió que su propio deseo crecía en su interior. No podía perder a Gabrielle por una mujer muerta desde hacía tiempo pero reflejada dentro de ella. Ravin fijó la mirada en Gabrielle mientras ésta bajaba despacio la mano. En el momento mismo en que la mano de Gabrielle tocó la piedra, Ravin, por un repentino impulso desesperado, colocó su propia mano sobre la piedra.


PARTE 3


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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