La piedra de Emet

Mayt



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera, Gabrielle, Eva y todos los demás personajes que han aparecido en la serie de televisión Xena, la Princesa Guerrera, así como los nombres, títulos y el trasfondo son propiedad exclusiva de MCA/Universal y Renaissance Pictures. No se ha pretendido infringir ningún derecho de autor al escribir este fanfic. Todos los demás personajes, la idea para el relato y el relato mismo son propiedad exclusiva de la autora. Este relato no se puede vender ni usar para obtener beneficio económico alguno. Sólo se pueden hacer copias de este relato para uso particular y deben incluir todas las renuncias y avisos de derechos de autor.
Antecedentes: Esta historia hace alguna referencia a hechos que tuvieron lugar en mis otras historas, Silencios y La cámara. No es necesario que leáis esas historias antes de leer La piedra de Emet.
Comentarios: Siempre se agradecen, los buenos y los no tan buenos.
Subtexto: Esta historia describe una relación amorosa entre dos mujeres. Si sois menores de 18 años o si para vosotros es ilegal leer este texto, no continuéis.
Se agradecen comentarios: mayt@aol.com.

Título original: The Emeth Stone. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


1


Oyó el grito de advertencia de Andre y se torció hacia la izquierda en el momento en que un sai pasó volando junto a su brazo y se clavó en el hombro de uno de los hombres de Maligno. Al volverse vio su origen: una figura vestida de blanco y del color del sol. No había manera de conocer la identidad del guerrero, pues llevaba la cara tapada. La lucha continuó y, como los superaban a razón de tres a uno, la ayuda del desconocido fue bien recibida. Cuando el último de los hombres de Maligno se hubo retirado, buscó con la vista al desconocido. Ahora que tenía los dos sais en las manos, el desconocido se los sujetó a las botas claras que protegían su carne del fuego de las arenas del desierto. Se empezó a alejar, rumbo a una yegua que esperaba.

—¡Espera! —llamó, pero fue en vano. El desconocido se marchó a caballo sin decir palabra.

Andre se detuvo detrás de ella.

—¿Quién será ésa?

—¿Ésa? ¿Estás seguro de que es una mujer?

—Sí, estoy seguro. Tú, morena hermana mía, tienes una protectora misteriosa. Llega, lucha por ti y luego se marcha en silencio. Me pregunto qué quiere.

—¿Crees que lo sabe?

—Si lo supiera, ¿por qué no te lo diría? Vamos, volvamos al campamento. Padre estará preocupado.

—Andre, quiero ver a Compreda.

—Venga ya. Sólo dice tonterías. Es más una loca que una sabia.

—Lo sé, pero si consiguiera averiguar qué es cierto de todo el galimatías que suelta...

—Está bien. Pero después de ver a padre. El viejo se preocupa.

Se quedó mirando al guapo hombre que tenía delante.

—¿Es padre el que se preocupa o es Lasa?

—Un hombre casado como yo no tiene prisa por volver con su esposa.

La de pelo negro sonrió.

—En el poco tiempo que hace que nos conocemos, lo único que sé con absoluta certeza es que quieres a Lasa más que a tu vida.

—Eres una romántica.

—No hay debilidad en el amor, sólo fuerza.

—¿Lo dices por experiencia?

Se quedó parada, turbada.

—No lo sé, pero algo me dice que es cierto.

Andre le pasó un brazo reconfortante a su hermana por la cintura.

—Algún día recordarás.

Ella apoyó la cabeza en su hombro.

—Estoy cansada, Andre.

Preocupado, abrazó a la hermosa mujer que no había tardado en convertirse en una amiga de confianza.

—Ven, regresemos antes de que se haga de noche.

Ninguno de los dos sabía que el ojo atento de la desconocida los observaba.


Compreda dijo con cautela:

—Os digo que...

Andre intervino rápidamente:

—Anciana, no queremos oír tus supersticiones.

La vidente miró a la mujer a quien habían puesto el nombre de Ravin.

—Puede que tú, joven, no quieras, pero creo que tu hermana tiene otra opinión. Hija, el chico es tan...

Andre protestó:

—¡Chico!

—Sin ánimo de ofender. A mi edad sois todos unos niños. Anda, sal a jugar con tu espada.

Andre avanzó un paso hacia la vieja.

—Se me está agotando la paciencia.

Ella dijo con calma, sin percibir ninguna amenaza:

—Motivo de más para que te marches.

Su hermana le rogó suavemente:

—Andre, no pasa nada.

Andre se volvió, con un temor palpable en su actitud.

—Aquí tienes una vida. No dejes que sus palabras destruyan...

Compreda interrumpió:

—¡Basta ya!

Andre apartó la lona de la tienda y salió. Compreda reflexionó sobre lo mucho que había cambiado el joven desde la llegada de la morena. El hecho de que la aceptara inmediatamente como hermana dejaba al descubierto la dolorosa profundidad de una trágica pérdida que ahora era algo más fácil de soportar. Dios había sido misericordioso.

—Quería a su hermana. No está dispuesto a perderte a ti también.

—Lo sé. Yo siento lo mismo.

—¿Tenías un hermano?

—No lo sé. Andre tiene algo que me conmueve profundamente. No quiero decepcionarlo.

—Puede que lo hagas cuando averigües tu nombre.

—¿Tú lo sabes?

—No, hija. No veo con tanta claridad.

—¿Qué ves?

La anciana se acercó y se sentó frente a la morena. Cogió la mano de la joven entre las suyas.

—Eres guerrera. Eso no es ningún secreto. Pero lo que no todos saben, salvo los que están más cerca de ti, como Andre, es que tienes un corazón tierno. Lo que sólo yo sé es que tu corazón ha sido herido, ha conocido la oscuridad, pero se salvó gracias al amor. El amor de la persona a quien amas.

—¿La persona a quien amo?

—Sí, la persona a quien amas te salvó una vez y la persona a quien amas volverá a salvarte.

—¿Cómo lo sabes?

—¿Cómo se saben las cosas? Eres fuerte y sabia, Ravin, pero sin tu nombre, sin saber de dónde vienes, quién es tu gente, estás disminuida. Sin la persona a quien amas a tu lado, estás incompleta. ¿No lo notas?

—Sé que sin mi nombre me siento como si hubiera una vida fuera de mi alcance.

—En mi sueño, recuperas tu nombre cuando, en secreto, entregas tu corazón a la persona que amas.

Ravin se echó a reír.

—¿En secreto? ¿Qué voy a hacer, plantarme en el umbral de mi tienda tapada con un velo rogando el privilegio de un beso a todo el que pase, sin saber si el siguiente puede ser mi verdad?

Riéndose con ella, Compreda meneó la cabeza.

—No, hija, lo sabrás, y no será algo tan sencillo como un beso.

Pensativa, Ravin preguntó:

—¿Cómo lo sabré? ¿Me voy a enamorar de nuevo?

Compreda dijo enigmática:

—Hay distintas clases de amor. No te refrenes por falta de imaginación.

Sonriendo, Ravin abrazó a la anciana vidente.

—Creo que eres tú la que necesita refrenar su imaginación.

Apartándose de la alegre joven, Compreda cambió de tono:

—Alguien te ha hecho esto. Alguien que sabía que al separarte de la persona a quien amas impediría que cumplieras tu destino. Ravin, haz caso de lo que te digo. No hay mayor poder que el amor.

Compreda se marchó arrastrando un poco los ancianos pies. Ravin reflexionó sobre lo último que había dicho. Le resultaba familiar. No había nada dentro de ella que quisiera discutir con la sabia: que había conocido la pérdida; que su corazón conocía la oscuridad y que el amor la había salvado, un amor, una persona amada que superaba lo imaginable. Tenía muchas preguntas, pero la más acuciante era por qué. ¿Por qué querría alguien apartarla de su destino?


Andre paseaba de lado a lado delante de su padre.

—Esa mujer está loca. Padre, díselo. Todos lo sabemos. Le damos comida, refugio, pero ninguno de nosotros se cree lo que dice Compreda.

Su padre miró a los hermanos. Se sentía al mismo tiempo bendecido y maldito.

—Ravin, Andre tiene razón al dudar de los consejos de Compreda.

—Yo no he dicho que la haya creído.

—Pero no descartas la posibilidad. —Decevis notaba los límites de su poder como patriarca de la tribu. No le gustaba la sensación que lo oprimía, recordándole que formaba parte de la humanidad, no de Dios.

—No sé quién soy. Quiero creer que algún día lo sabré.

Andre no pudo disimular su miedo.

—¿No te basta con ser parte de nosotros?

—Andre, por favor. —Ravin se acercó a su hermano y le puso una mano en el pecho—. Sabes lo que siento. Os quiero a padre y a ti y no tengo intención de dejaros. —Se volvió hacia Decevis—. Padre, tú sabes lo agradecida que estoy.

Decevis respondió con ternura:

—Sí, hija, lo sé. No nos traicionas buscando tu identidad. Te prometí que te ayudaría como me fuese posible. Ahora dime, ¿qué es lo que necesitas?

Agradecida, Ravin se postró a los pies de Decevis.

—No pido nada más que seguir viviendo aquí como hija tuya. La visión de Compreda, sus consejos, me sirven para estar abierta a las posibilidades. Mi corazón vivirá aquí con vosotros a menos que os hartéis de mí y me expulséis.

—Eso lo dudo, hija. Eres la única que ha conseguido controlar a Andre. Su esposa no puede.

Como protesta, Andre no pudo evitar intervenir.

—¿Habéis acabado? ¿Podemos pasar a un tema más urgente?

—Por supuesto, chico. ¿Qué te preocupa?

Para Andre, cuando Decevis lo llamaba “chico” sólo le transmitía amor. Transmitía una historia entre padre e hijo, entre maestro y aprendiz. Y aunque Andre se presentaba como hombre y guerrero ante el patriarca, al contrario de lo que le ocurría cuando lo decía Compreda, por dentro se regodeaba en el hecho de que en esta familia de tres él siempre sería “el chico”.

—Los ladrones siguen esquilmando nuestros rebaños. Tenemos que pastorear con espadas, además de cayados.

Decevis se mostró firme.

—Haced lo que sea necesario. No nos van a robar nuestros medios de vida. —Siguió hablando mientras le acariciaba el pelo a Ravin—: El legado de fuerza de esta tribu no va a terminar con vuestra generación.


Los bandidos, los que aún podían, se batieron en retirada. Ravin se volvió hacia su misteriosa protectora. Las separaban más de veinte pasos. A través de la tela sólo se veían los penetrantes ojos verdes.

—No te vayas.

La figura volvió a enfundar los sais que tenía en la mano en las vainas de las botas, dio la espalda al combate y echó a andar.

—Te ruego que no me dejes. —El tono de Ravin traicionaba su desesperación—. Déjame ver tu cara, o al menos dime cómo te llamas. —La desconocida se detuvo, con la cabeza gacha. Ravin sintió que podía estar cediendo, que por fin podía haber una conexión más allá de la lucha común. Por el este llegaron tres jinetes al mando de Andre. Éste llamó a Ravin al tiempo que detenía el caballo ante ella. Desmontó de un salto.

—¿Estás bien?

A Ravin le costó apartar la vista de la desconocida, temerosa de que como en el caso de una aparición fuera a desaparecer de inmediato. Dijo, sin disimular su enfado:

—Sí, estoy bien. Maligno se está acostumbrando a robarnos.

Andre se volvió hacia la desconocida. Lo único que vio fue su espalda.

—¡Oye, tú! ¿Quieres mostrarte?

La desconocida decidió que había llegado el momento de revelarse. Alzó una mano para soltarse el turbante. Su pelo rubio, su tez clara y sus ojos verdes le daban una delicada belleza. Andre se sintió inesperadamente reconfortado por su aspecto. Ravin, a su vez, se quedó cautivada. Sintió que le daba un vuelco el corazón, pero no se fió del motivo. ¿Era simplemente el hecho de ver a la mujer, como había adivinado Andre, que se ocultaba tras la ropa, el hecho de haber desvelado un misterio, o había algo más? La joven no expresaba nada.

Andre fue el primero en hablar. Su tono era autoritario.

—Me llamo Andre, hijo de Decevis. Estás sin permiso en las tierras de mi tribu.

Ravin posó la mano en el brazo de su hermano.

—Andre, sólo nos ha ayudado.

Andre percibió la afinidad de Ravin con la desconocida.

—Cierto, ¿pero por qué razón?

La desconocida se dirigió sólo a la mujer:

—Por el bien supremo.

Ravin miró fijamente a la desconocida. Andre se tranquilizó mientras seguía hablando por la tribu de Decevis, como le correspondía.

—Ésa es una noble causa. ¿Estás haciendo una cruzada?

La desconocida tomó la medida al guapo hombre.

—No, estoy viviendo mi destino.

Andre se sintió intrigado.

—Está bien que tu destino te haya traído hasta aquí. ¿Quieres comer con nosotros?

La respuesta de la desconocida fue respetuosamente reacia.

—No, gracias.

Esto no se lo esperaba Andre.

—¿Estás destinada a estar sola?

Su dolor le daba motivos para ser cauta con lo que decía. No iba a revelar la verdad.

—Hubo un tiempo en que creía que no. Ahora ya no lo sé.

Andre afirmó:

—Te ofrecemos nuestra hospitalidad.

—Y yo os lo agradezco, pero tengo que cerciorarme de que mi propio campamento está a salvo de los bandidos.

Ravin no pudo evitar intervenir. Quería obtener una información muy concreta.

—Entonces, ¿estás sola?

A la desconocida se le estaba partiendo el corazón. No podía imaginar un destino peor que ser invisible para la persona amada.

—Cuidaos. —Esto, dicho con compasión, mitigó el insulto que sintieron los hermanos cuando la desconocida se dio la vuelta y se alejó de ellos.

Andre se volvió hacia Ravin.

—Es extraño, hermana. Estaba seguro de que quería algo de nosotros.

Ravin seguía con la mirada fija en la desconocida mientras ésta se montaba en su yegua.

—Sea lo que sea lo que está buscando, puede que nosotros no podamos dárselo.

—En nuestras tierras, el agua potable y una buena comida bajo una tienda fresca suponen el paraíso. Le hemos ofrecido el paraíso y no ha querido aceptarlo.

—Tal vez es una mística y desea la soledad.

Poniéndole a Ravin la mano en el hombro, Andre instó amablemente a su hermana a regresar al campamento.

—Sería la primera mística que conozco que tiene la habilidad de una guerrera. Somos una tribu hospitalaria. Eso lo sabe todo el mundo.

Ravin echó a andar junto a su hermano.

—Sí, eso lo puedo jurar. Rescatáis a los perdidos.

Andre se volvió hacia Ravin. Se sentía intrigado.

—¿Tú crees que está perdida?

Ravin se detuvo y se volvió para mirar el lugar donde antes estaba la desconocida.

—Creo que busca algo... o a alguien.

Andre sonrió.

—¿Quieres rescatarla?

—Es lo que se le da bien a nuestra familia.

—Sí, efectivamente. Y es de sabios hacerlo.

Lo siguiente que dijo Ravin fue una respetuosa petición.

—Entonces, ¿no te parece mal si le llevo comida y agua?

Andre no quería desanimar a su hermana.

—Si consigues encontrarla.

Ravin no disimuló su entusiasmo.

—Me resultará fácil seguirle el rastro.

Andre se echó a reír.

—Sabes hacer muchas cosas, hermana mía.


El rastreo no fue demasiado difícil. La desconocida había encontrado el sendero que cruzaba las colinas. Había subido a lo alto, donde los árboles la protegían del viento y desde donde podía ver a todo el que se acercara. Ravin adivinó en qué meseta había instalado la desconocida su campamento. Eligió un camino alternativo para conservar el anonimato. Subió más alto para ver el campamento sin impedimento. Era pequeño y eficaz. Había una fogata, la yegua estaba bien cepillada y la desconocida estaba sentada en una peña contemplando el desolado valle del este. Esta desconocida era una belleza para la vista, pero no había consuelo en su misterio, sólo una atenta intriga.

Ravin se acercó con cautela. Había visto luchar a la joven guerrera. En su forma de combatir había un matiz difícil de definir, una mezcla de rabia, pena y temeridad. Fuera lo que fuese lo que le había sucedido a la mujer sin nombre, había hecho que estuviera dispuesta a sacrificar su vida por el bien supremo, un bien que perseguía y encontraba en aquellos a quienes no conocía. Ravin no comprendía qué había provocado tal ahínco en la joven guerrera. Quería comprenderlo.

—Hola.

La desconocida miró a su visitante, a quien no había invitado, pero a quien esperaba. No dijo nada.

Ravin se sintió incómoda con el silencio. Intentó aliviar la tensión con una delicada muestra de humor.

—Deberías tener cuidado. Podría traer una espada en lugar de una cesta con comida.

—Sabía que eras tú. —No había arrogancia en el tono tierno de la desconocida—. No te tendría miedo ni aunque tuvieras una espada en la mano.

Ravin se quedó desconcertada al oír eso. ¿Cómo había sabido la desconocida que era ella y por qué no tenía miedo? ¿Era orgullo o le producía confianza?

—Puede que te pida que te expliques en otro momento.

—Algunas cosas no se pueden explicar.

—No respondiste a Andre. ¿Tienes nombre?

La desconocida guardó silencio. Le costaba hablar con la mujer que tenía delante.

Ravin decidió empezar de nuevo.

—Yo me llamo Ravin.

La desconocida estaba atenta.

—Ravin. Es un nombre interesante.

—Padre dijo que el color de mi pelo y la agudeza de mis ojos le recordaban a un cuervo. Ravin es una forma antigua de ese nombre. No se le ocurría otro que ponerme.

—Debes de haber sido una niña impresionante.

El rostro de Ravin se ensombreció visiblemente.

—Nadie sabe qué clase de niña fui ni qué clase de vida he llevado hasta hace seis lunas.

—¿Qué quieres decir?

—He perdido mi nombre y todos los recuerdos de mi vida. Padre me encontró y me dio su protección.

—¿No recuerdas nada?

—A veces surge algo que me resulta familiar. Ciertas frases e imágenes.

—Pero pareces feliz.

Ravin no se esperaba esta observación por parte de la desconocida. La felicidad era algo que rara vez se planteaba.

—Sí, soy feliz. —Levantó la vista, hablando pensativa, más para sí misma que para la desconocida—: Pero luego llega la noche. Me gusta mirar las estrellas, aunque cuando lo hago me siento incompleta. Compreda, la vidente de nuestra tribu, me dice que tengo a una persona amada. No recordar a la persona que amas...

La desconocida se quedó desconcertada.

—Yo creía que Andre...

Ravin sonrió de oreja a oreja.

—¿Andre? ¡No! A Lasa, su esposa, no le haría la menor gracia. De todas formas, el corazón de Andre le pertenece a ella por encima de cualquiera. Para mí es un hermano.

Ravin se dio cuenta de repente de todo lo que le había revelado ya a la desconocida. Le había contado más de lo que pretendía. ¿Por qué buscaba a la joven? ¿Por qué le salían las confesiones con tanta facilidad?

—Dime cómo te llamas. —Fue una petición humilde.

La desconocida respondió sin vacilar.

—Gabrielle.

—¿Y de dónde eres, Gabrielle?

—De Grecia, de un pueblecito llamado Potedaia.

—Eso está muy lejos de aquí. ¿Qué te trae a los límites del desierto?

—Como he dicho, estoy siguiendo mi destino.

—Sí, por el bien supremo. ¿No es una vida solitaria?

—Sé quién soy. Sé en qué creo. ¿Qué hay que sea más importante?

—Podría discutírtelo, pero antes de hacerlo, dime, ¿en qué crees?

—En el amor.

—¿Y en la amistad? ¿La amistad que te hemos ofrecido Andre y yo?

—No era el momento adecuado para aceptar vuestra invitación.

—¿Y ahora es un buen momento? Te ofrezco fruta, queso, pan y vino dulce.

—Yo no tengo nada que ofrecerte a cambio.

—Sí que tienes. Me basta con una buena hoguera y conversación. Es decir, si te animas a decir más de dos palabras cuidadosamente pensadas.

Gabrielle esbozó una sonrisa agridulce.

—En otra época tenía fama de ser buena bardo.

—¿En serio? Cuéntame la historia de tu vida, Gabrielle.

La comida era buena, la compañía mejor. Gabrielle empezó a permitirse estar relajada, menos temerosa de traicionar la verdad. Ravin vio cómo aparecía tangiblemente la personalidad de Gabrielle a medida que transcurría la velada. La noche cayó a su alrededor. Con ella, una dulce intimidad las cubrió a las dos como una manta cálida. Gabrielle tenía cuidado de no pedir demasiado.

Ravin se puso a hablar de la hermana de Andre. Gabrielle advirtió la incertidumbre con que lo hacía. Ravin elegía las palabras con cuidado, como si un error fuera a costarle caro.

—Se llamaba Lea. Era terca y bella. Su pasión era la tribu. Al faltar su madre, se aseguraba de que las familias estuvieran bien, de que todos los niños estuvieran bien atendidos. Era sabia para sus años y muy respetada como mediadora. A padre y a Andre les recuerdo a ella, aunque ninguno de los dos lo ha dicho. Lo vi en sus ojos desde el principio. Como si no fuese yo la que estaba allí. Como si hubiera un fantasma a mi lado o detrás de mí. Tardé unos ciclos de la luna en averiguar su historia y comprender. No sabía quién era yo misma, pero sí sabía que no era Lea. Deberías haber visto la cara que puso padre la primera vez que blandí una espada y demostré que era capaz de usarla, o la primera vez que monté en el semental de Andre. Me sentía atrapada y necesitaba quemar esa fiebre cabalgando largo rato enfrentada a la arena del desierto. Cabalgar, luchar, usar mi espada, buscar trucos para salir con bien de un combate son cosas que me salen de forma natural. Pero me refreno. Ésta es la tribu de padre y Andre es su único heredero. Me he esforzado por respetar su autoridad sin perderme aún más a mí misma. —Ravin hizo una pausa y se quedó mirando el fuego. Gabrielle estaba hipnotizada por la visión. Era tan familiar. Lo ajeno era su incapacidad para reconfortar a su amada. El fuego chisporroteó y Ravin salió de su trance—. No puedo comentarle estas cosas a nadie dentro de la tribu.

Gabrielle dijo:

—Comprendo que no puedas.

—Quiero formar parte de ellos, sentir que éste es mi sitio. Tengo una buena vida. Puede que no sea tan emocionante como la tuya...

Gabrielle interrumpió con un suspiro:

—Las emociones están sobrevaloradas. Yo anhelo la paz. Una vida tranquila.

—Puedes tenerla.

—Tal vez algún día. Ahora no es el momento.

—¿Cómo sabrás cuándo ha llegado el momento?

—No lo sé. Algo ocurrirá que me lo dirá.

—Bueno, pues con esa esperanza, creo que será mejor que vuelva. No me sorprendería que Andre hubiera enviado una partida en mi busca.

Ravin se puso a recoger la cesta. Gabrielle no se animó a ayudarla. No quería la separación.

Levantándose ante Gabrielle, Ravin proclamó su satisfacción:

—Pues ya está.

Gabrielle miró a la mujer.

—Gracias.

Ravin ofreció la mano a Gabrielle. Ésta la cogió y dejó que la levantara.

—De nada, y gracias por la conversación. Sabes escuchar. Todavía tengo la sensación de que me queda mucho que averiguar sobre ti. Espero que me des la oportunidad de hablar contigo de nuevo.

Gabrielle asintió con un gesto seco.

—Me apetece mucho.

—Cuídate, Gabrielle.

—Tú también. —Gabrielle se trabó con sus propias palabras. No podía pronunciar el nombre de la mujer. Ansiaba algo más que el contacto de su mano.


—Padre, ¿quieres aconsejarme?

—Hija mía, esta tal Gabrielle es griega. Los griegos son infieles. Hay que poner en duda sus costumbres. —Decevis hizo hincapié en sus siguientes palabras—: Nuestras sospechas están justificadas. —Era evidente para Decevis que Ravin no se sentía satisfecha—. Hija, ¿qué es lo que te preocupa? ¿Qué te ha dicho?

—No es nada que haya dicho. Es que no comprendo por qué me ha ayudado poniendo en peligro su propia vida.

—¿Se lo has preguntado?

—Dijo que ella era así.

—Eso es admirable. Pero te lo vuelvo a advertir. Los griegos no son personas morales. No se puede confiar en ellos. Puede que tenga un motivo oculto que ninguno de nosotros es capaz de ver.

—Tendré cuidado.

—Sé que lo tendrás.

Ravin hizo una pausa. La conversación había ido bien. ¿Se atrevía a plantear la pregunta que deseaba hacer desde hacía tanto tiempo?

—Padre, ¿me hablas de Lea?

El humor de Decevis cambió visiblemente. Ravin supo que no era para bien.

—Padre, sé que es doloroso.

—¡No, Ravin, no lo sabes! ¡No lo sabes y rezo para que jamás sufras el dolor de perder a un hijo!

—Padre, hay tanto misterio en torno a ella.

—Porque mi dolor y el dolor de nuestra tribu siguen siendo demasiado hondos.

—Pero a lo mejor te ayudaría hablar de Lea. ¿No te ayudaría a llorarla?

Decevis gritó sin controlar la rabia:

—¡No necesito tu ayuda ni la de nadie para llorar a mi hija!

Ravin se sintió humillada al ver el tormento de Decevis.

—Perdóname, padre. —Se inclinó ante él y salió de su tienda.


Ravin había estado callada durante la mayor parte del trayecto. Gabrielle deseaba saber en qué estaba pensando su acompañante.

—¿En qué piensas?

Ravin contestó sin vacilar:

—Estaba pensando en ti. Sigo sin comprender por qué estás aquí.

Gabrielle miró hacia delante.

—He viajado y he visto mucho mundo. Eso me ha enseñado mucho. Lecciones que no creo que hubiera aprendido si me hubiera quedado en casa.

—Cuéntame.

—Ravin, no somos tan distintos. Las personas tienen dioses distintos, reyes y reinas distintos, héroes distintos, pero todos somos sólo personas que intentan vivir bien.

—Y tú estás decidida a ayudar a otros a vivir bien. Ése es tu bien supremo.

—No es mi bien supremo. Es el de todos nosotros. Alguien me lo enseñó hace mucho tiempo.

—Así que has tenido un maestro.

—Más de uno.

Siguieron cabalgando, de nuevo en silencio. Ravin se planteó si podía permitirse la libertad de expresar sus ideas sin censura. Sabía que corría un riesgo. Y sin embargo, al cabo de un rato, decidió pensar en voz alta.

—Ha habido una persona especial en tu vida.

Gabrielle tuvo cuidado con su respuesta.

—Sí.

—¿Por qué no te casaste con él?

El dolor de Gabrielle se agudizó, pero habló con tono tranquilo:

—A mi marido lo mataron poco después de casarnos.

Ravin no se esperaba tal explicación.

—Lo siento. Fue afortunado de tener tu amor. —Gabrielle no respondió. Ravin sintió su propia pena—. No pretendo tomarme tu pérdida a la ligera, pero creo que has tenido suerte de conocer a tu amado. —Sus palabras fueron recibidas de nuevo con el silencio. Ravin tuvo miedo de haber ofendido de verdad a su acompañante—. ¿Gabrielle?

Gabrielle se dirigió más a su propio corazón que a Ravin.

—Yo quería a Pérdicas. Tuvimos un breve amor juvenil y lo recordaré como algo precioso hasta el día en que me muera, pero él no era... Hubo alguien más en mi vida, mi alma gemela, mi amor.

Ravin percibió que ahora iban a cambiar de dirección. No sólo en su corto trayecto, sino en la conversación. Gabrielle no había dicho el nombre de su amor, ni había indicado en absoluto que sus palabras fuesen una invitación. El momento de compartir recuerdos dolorosos había pasado. Ravin quería saber más, pero éste no era el momento. Al cabo de un rato de silencio que le sirvió para poner en orden sus ideas, decidió dar un giro a la conversación.

—He intentado hablar con padre sobre Lea, pero le cuesta. No logro imaginarme lo que siente... al haber perdido a una hija.

Gabrielle se encogió. La espada de la ignorancia tenía doble filo. La mujer que tenía al lado no sabía nada de sus penas respectivas.

—Yo sé lo que supone haber perdido a mi hija.

Esto volvió a pillar a Ravin por sorpresa. Se preguntó cuánto dolor había sufrido la joven y si era este dolor lo que le daba una sabiduría que iba más allá de sus años.

—Lo siento. Entonces lo comprenderás.

—Puedo intentarlo. Esperanza estuvo conmigo muy poco tiempo. Le fallé. Es una carga que de la que un padre nunca puede librarse.

—La querías.

—Con todo mi corazón. Pero el amor no garantiza que las personas no se hagan daño o se fallen mutuamente.


—Déjame ver. —Ravin se había arañado el brazo con unos matorrales.

—No es nada.

—Eres... —Gabrielle se controló antes de terminar la idea.

—¿Soy cómo? —preguntó Ravin en broma.

La respuesta fue una regañina.

—Estás sangrando. Eso es sangre.

Ravin asintió.

—Muy bien.

Gabrielle sacó una venda de su morral.

Ravin comentó lo evidente:

—Estás preparada.

El humor de Gabrielle todavía no había hecho acto de presencia.

—He visto muchas heridas a lo largo de mi vida.

—No te apartas al verla. —Ravin especificó—: La sangre.

—Hago lo que debo hacer.

—La vida de un guerrero...

El tono de Gabrielle se volvió solemne:

—Ha habido ocasiones en que, mirara donde mirase, lo único que veía era sangre. Hasta el cielo estaba rojo.

Ravin se sentía genuinamente desconcertada.

—¿Por qué sigues?

Gabrielle terminó de sujetar la venda.

—Nunca ha habido una lucha en la que haya participado que no fuese necesaria. No siempre he estado de acuerdo con los métodos, pero sabía que lo que estábamos haciendo era lo mejor que podíamos hacer.

—¿Podíamos?

—He luchado al lado de otros. —Deseosa de cambiar de tema, Gabrielle anunció animadamente—: ¡Ya está!

—Gracias.

Gabrielle observó el paisaje.

—¿Por qué me has traído aquí?

—Es que hay muy buenas vistas de las tierras de alrededor. —Ravin tomó aliento haciendo acopio de valor. Al mismo tiempo se preguntó por qué le costaba tanto hallar las palabras—. Para serte sincera, quería pasar un rato a solas contigo. Para conocerte mejor.

—¿Por qué?

—¿Es que tiene que haber una razón?

—No lo sé. He conocido a gente y, desde las primeras palabras o la primera mirada, he sabido que no quería saber nada de ellos, y luego he conocido a otros que no tardaban en parecerme viejos amigos.

—Has viajado por muchas tierras y has conocido a muchas personas distintas.

—Ravin, no quiero parecer arrogante, pero cuando se vive en el camino, éste pierde su atractivo. Es lo que he hecho y lo que seguiré haciendo, pero no finjo que es más de lo que es.

—Pero tampoco es menos. Perdóname, pero no parece que tengas muchas ganas de marcharte.

—Ahora mismo supongo que no.

—Pues quédate.

—¿Por qué? ¿Para qué?

Ravin no logró controlarse.

—Por mí. Por una amistad.

Gabrielle guardó silencio.

—Lamento parecer presuntuosa. Es que pensaba que a lo mejor no querías estar totalmente sola en la vida. Y me parecía que tenías buena opinión de mí. Quédate un tiempo.

—He perdido a muchos amigos.

Ravin estaba decidida.

—Yo he perdido mi pasado, pero eso no me va a impedir crearme una vida.

—Hay cosas que no sabes de mí. De lo que me ha traído hasta aquí.

—Y no estás preparada para compartirlas conmigo. Lo sé.

—¿Y cuando lo haga?

Ravin ofreció una promesa sincera:

—Te escucharé.

Gabrielle no estaba convencida.

—Tu padre preferiría verme marchar.

—Desconfía de todos los extranjeros. Parece tener unas ideas muy fijas sobre los griegos. —Ravin sonrió para quitar hierro a sus palabras—. Pone en duda tus motivos y tu moralidad.

—No me sorprende.

Decidiendo cambiar de tema y pasar a otro más agradable, Ravin preguntó a la joven guerrera:

—Dime, los griegos hacen juegos de habilidad, ¿verdad?

Gabrielle respondió con ligera desconfianza.

—Sí.

—Vamos a hacer una fiesta para celebrar nuestra buena suerte. Habrá muchos concursos de habilidad. Tú montas muy bien a caballo y manejas tus armas como una maestra. Seguro que hay un concurso en el que te gustaría participar.

Gabrielle dijo con falso titubeo:

—Es posible.

Ravin respondió con una sonrisa sardónica:

—Hay alguno en el que se tiene que participar con un compañero.

Gabrielle estaba disfrutando del momento:

—Ya.

—¿Te lo pensarás?

Conocedora de su respuesta, pero sin querer darla todavía, contestó con tono dubitativo:

—Me lo pensaré.


Andre estaba al lado de Gabrielle.

—Se lo está tomando muy en serio.

—Ya lo creo. Se ha empeñado en que practiquemos.

—Está decidida a vencernos a mí y a Jóel.

—Eso es lo que pasa por meterte con ella.

—Todavía estoy aprendiendo. Es toda una mujer, esta hermana mía.

—Sí que lo es.

—¿Así que la admiras?

—Sí, Andre, la admiro.

—Ella también tiene muy buena opinión de ti. Ravin parece más feliz desde que llegaste. Necesitaba un amigo, aunque a veces me entran celos del tiempo que pasáis juntas. —Gabrielle miró a Andre a los ojos—. Tranquila. Yo tengo a Lasa y a mis propios amigos. —Hizo una pausa y luego sonrió de oreja a oreja—. Gabrielle, no sé cómo voy a soportar perder ante dos mujeres.

Gabrielle sonrió igual que él.

—Veremos si hoy recibes una nueva lección.

—¿No vas a tener piedad de mí?

—Tanta como Ravin.

—Pues tengo motivos sobrados para preocuparme.

Ravin se acercó a los dos con cara de pocos amigos.

—Gabrielle, estamos a punto de iniciar la carrera, ¿y tú te dedicas a hacer migas con la competencia?

—Andre me estaba rogando piedad.

Andre protestó:

—¡Yo no he hecho tal cosa!

—Hermano mío, todos los espectadores se apiadarán de ti mientras adquieres un nuevo concepto de humildad.

El cuerno del juez sonó indicando el inicio.

Ravin no disimuló su emoción:

—¡Nos toca!

Gabrielle miró a Andre.

—Es tu hermana.

Andre respondió riendo:

—¡Sí, pero por adopción!

Las normas de la carrera eran bien sencillas. Un relevo en el que cada pareja llevaba una vara con la bandera de su equipo, que había que pasar de un miembro de la pareja al otro. La carrera era un trayecto en línea recta con una zona bien señalada hacia la mitad para realizar el pase. Cuanto mejor se realizara el pase, más oportunidades tenía el caballo de no perder velocidad. Gabrielle y Ravin habían decidido que debía empezar Gabrielle. Dado que Jóel también empezaba por su pareja, Ravin y Andre correrían el uno contra el otro hasta la meta.

Todos los corredores, un total de nueve equipos, se acercaron. Teran, el juez de salida, indicó a los jinetes que ocuparan sus puestos. Gabrielle sujetaba su bandera con una mano mientras controlaba a su yegua. Sonó el cuerno y empezó la carrera. Ravin esperaba atenta al momento adecuado para galopar al lado de su compañera. Sintió la descarga de adrenalina al ver que Gabrielle se acercaba.

—Vamos, vamos.

Andre le gritó:

—Tu amiga lo hace bien.

Ravin le gritó a su vez:

—Presta atención, Andre. A lo mejor aprendes algo.

Gabrielle, Jóel y dos más se iban acercando. Sus respectivos compañeros se prepararon. Cuando los caballos llegaron a la zona de pase, las cuatro parejas de jinetes cabalgaron codo con codo. Ravin no apartaba la mirada de Gabrielle. Gabrielle miró a Ravin a su vez y luego gritó:

—¡Tuyo!

Ante el pasmo de Ravin, Gabrielle le lanzó la bandera. Por instinto, Ravin la atrapó y siguió adelante, dejando que los demás se debatieran con un pase más convencional de mano a mano. Jóel y Andre completaron su pase con éxito. Andre azuzó a su semental. Aunque montaba el caballo más veloz del territorio, no pudo reducir la distancia que lo separaba de su hermana. Ravin cruzó la línea de llegada con dos cuerpos de ventaja. Ravin redujo el paso de su caballo y trotó de regreso a la línea de llegada para recibir el vino del premio que la aguardaba. Gabrielle azuzó suavemente a su yegua para reunirse con ella.

—¡Hermana! ¿Qué clase de pase ha sido ése?

Ravin se volvió para mirar a Andre, que se acercaba.

—Yo diría que un pase eficaz.

—Yo no te lo he enseñado.

—Se me acaba de ocurrir.

—¡Hemos ganado!

Ravin se volvió hacia Gabrielle, que ya estaba a su lado.

—Andre estaba admirando nuestra nueva técnica de pase. Ha sido muy sorprendente.

Gabrielle sonrió.

—Nunca se sabe qué va a suceder.

—Bueno, no puedo decir que no estuviera advertido. Que disfrutéis del vino, pero no dejéis que se os suba a la cabeza.

—¿El vino o la victoria? —dijo Ravin riendo.

—Las dos cosas, hermana mía.

Ravin se volvió hacia su compañera. No lograba disimular su alegría.

—Bien hecho, Gabrielle. Pero la próxima vez, te agradecería que me avisaras con tiempo...

—Pero Ravin, si te he avisado con tiempo de sobra. —Gabrielle gozaba de la conversación. Le recordaba a otra época de su vida.


—¿Más vino? —ofreció Ravin.

Gabrielle lo rechazó con cortesía.

—No, gracias.

—Ha sido un buen día. Una buena carrera, buen vino, buena compañía.

—Creo que estás como una cuba.

Ravin se echó a reír alegremente.

—Es posible.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Me he portado tan bien desde que padre me encontró.

—Y...

—No soy una niña, y desde luego no soy su hija, pero me importa que padre se sienta orgulloso de mí. Me refreno mucho. No te haces idea.

Gabrielle contempló a Ravin. Estaba asombrosamente bella a la luz de los faroles. Llevaba una túnica azul clara. Llevaba el largo pelo negro suelto y su sonrisa era dulce y libre de toda preocupación. Hacía una noche cálida y estaban disfrutando del premio de la carrera en la intimidad de la tienda de Ravin. Gabrielle se imaginaba muy bien cuánto del espíritu libre de Xena seguía agitándose en el interior de Ravin y lo difícil que le debía de resultar a veces obedecer a Decevis. Gabrielle nunca había visto u oído a Ravin mostrar la menor falta de respeto hacia el patriarca de la tribu. Había poco que discutir. Decevis dirigía bien a su tribu, aunque tendía a una dureza inesperada. No perdonaba la más mínima infracción de la ley de su dios. Parecía temer que hacer tal cosa fuese una muestra de debilidad. Los castigos eran rayanos en la crueldad. Eran duros, con la intención de inculcar disciplina y promover la obediencia. Como hija adoptiva de Decevis, Ravin tenía mucho cuidado con lo que hacía. También vigilaba a Gabrielle. Ésta no tardó en caer en la cuenta de que Ravin sólo intentaba evitar una infracción accidental del protocolo por parte de su nueva amiga. Decevis no aceptaba como excusa el desconocimiento de la ley a la hora de pronunciar sentencia, cosa que varios extranjeros habían averiguado dolorosamente.

Pero ahora estaban en la tienda de Ravin y las normas estaban al otro lado de la lona.

—¿Gabrielle?

—Sí, Ravin. —Gabrielle se sentía como si estuviera entreteniendo a una niña tierna.

—No estoy borracha de vino, ¿sabes?

—¿No?

—No. —Ravin se acercó más a Gabrielle y le cogió la mano. La sensación fue repentina e inesperadamente terrorífica, pero atractiva. Ravin se sentía atraída por ella. Se concentró en su mano, que sujetaba la de Gabrielle. ¿Qué era lo que sentía? Desde el principio, Gabrielle había mantenido las distancias físicas con Ravin. El contacto era demasiado difícil, dada la verdad que ocultaba y el control que necesitaba mantener. Ravin se quedó inmóvil. Levantó la vista para mirar a Gabrielle. Los ojos de esmeralda de Gabrielle y el mechón de pelo rubio que le caía sobre la frente aumentaron la confusión de Ravin. Ésta soltó la mano—. Perdona.

Gabrielle había luchado por conservar la serenidad todo este rato.

—¿El qué?

—Estoy borracha —dijo Ravin, más para sí misma que para su acompañante, buscando una fugaz seguridad—. Tengo que estar borracha.

La confusión de Ravin era tangible. Gabrielle vio cómo la mujer fuerte y apasionada se metía en un caparazón. Ésta no era Xena. Gabrielle deseaba reconfortar a Ravin, pero sabía que acercarse a ella físicamente sería un gran riesgo. El contacto físico había causado la reacción.

—Estoy cansada, Gabrielle.

—Pues te dejo para que puedas dormir.

Ravin se había incorporado y se abrazó a sus propias piernas. Sus ojos observaban a Gabrielle mientras ésta se levantaba y preparaba su morral. Gabrielle volvió los ojos hacia Ravin, sin saber qué iba a ver. Vio a Ravin, a Xena, en pleno estado de vulnerabilidad. Cómo deseó en ese momento demostrarle su amor, pero en cambio intentó tranquilizarla.

—Descansa un poco.

Ravin asintió.

—Lo haré.

Cuando Gabrielle apartó la lona de la entrada de la tienda, Ravin la llamó. Gabrielle se volvió. Ravin parecía temblar. Gabrielle no lo pudo soportar. Dejó caer su morral y corrió hasta su amada.

—¿Qué te ocurre?

—Al tocarte, he sentido...

Gabrielle alzó la mano y acarició el pelo de Ravin.

—¿Qué has sentido?

El contacto. El tacto de Gabrielle. Algo se rompió dentro de Ravin. Sabía que estaba a punto de perder el control. La fiebre que ardía en su interior en ocasiones y que la impulsaba a galopar con su caballo hasta el agotamiento se alzaba deprisa. No lo entendía. Sabía visceralmente que era su pasado, que luchaba por salir a la superficie. Por mucho que agradeciera saberlo, lo reprimió, porque sabía que su ferocidad tenía el poder de consumirla.

—Gabrielle, por favor, déjame.

Gabrielle se echó hacia atrás sobre los talones.

—¿Ravin?

—¡Vete! —La palabra estalló con la fuerza plena de una violenta tormenta.

Xena había vuelto, la Xena que jamás permitiría que se viera su vulnerabilidad. Gabrielle se levantó y se marchó sin decir palabra. En el exterior, en medio de la noche, respiró hondo. Pronto. Pronto llegaría el momento de confesar la verdad.


La anciana levantó su bastón y golpeó la lona al tiempo que exclamaba:

—¿Hay alguien ahí? Si estás, asómate.

Gabrielle había dormido mal. Se levantó y abrió la entrada de la tienda. Cuando sus ojos se acostumbraron al sol de la mañana avanzada, consiguió enfocar a una anciana. Antes de poder decir nada, la mujer habló:

—¿Tú eres la extranjera?

—Soy Gabrielle.

—Yo soy Compreda. Ravin te ha hablado de mí.

Gabrielle intentó concentrar la mente.

—Compreda. Sí.

—Tenemos que hablar. Ven a dar un paseo conmigo.

—¿Ahora?

—¿Se te ocurre un momento mejor?

—Ahora mismo, creo que no sé nada.

—Oh, sabes la verdad y por eso debemos conocernos.

Compreda había conseguido hacerse con toda la atención de Gabrielle.


Caminaban por el sendero solitario. Compreda mantenía un paso regular apoyándose en su bastón.

—Dime por qué has venido aquí. Quiero la verdad, no lo que les has contado a Ravin o a Decevis.

—Estaba buscando a alguien.

—Y la has encontrado, ¿no?

Gabrielle contempló el rostro ajado de la anciana. Decidió confiar en ella.

—Sí, es cierto.

—Pero ella no te conoce.

—No.

—¿Y qué vas a hacer al respecto?

Gabrielle dijo con seguridad:

—Le voy a contar la verdad.

—¿Cuándo?

—Cuando me parezca el momento adecuado.

La preocupación de Compreda no se calmó.

—Ravin está mal. Hoy ha venido a verme. Cuéntame qué ocurrió anoche entre vosotras dos.

—Nada, en realidad. Ella bebió demasiado vino. Se acercó a mí y me cogió la mano. Fue entonces cuando cambió. Parecía asustada y confusa y entonces me dijo que me marchara.

—Un simple contacto físico. Puede ser muy poderoso. Yo hablé un momento con Xena antes de que se transformara en Ravin. —Gabrielle se detuvo en seco. Compreda se dio la vuelta—. Oh, sí, lo sé. Una loca como yo no olvida fácilmente cómo ver. —Compreda avanzó los pasos necesarios para colocarse al lado de Gabrielle. Puso la mano en la espalda de Gabrielle para llevarla hacia delante—. Por lo que sé, el resto de la tribu sólo ve a Ravin. Xena siente cierta debilidad por los sabios del mundo.

—En mi tribu había una sanadora que nos cuidó bien a las dos.

—Me alegro de que tu sanadora diera un buen ejemplo. Como he dicho, Xena y yo hablamos un momento. Me enteré de tu nombre y supe que compartíais un vínculo especial. ¿Es tan fuerte como me dijo Xena?

—Sí.

—Muy bien. Ésta puede ser una época difícil. ¿Tienes la fuerza suficiente para aguantar?

—Xena y yo hemos soportado muchas cosas.

—Con esto volverás a poner a prueba la fe que tenéis la una en la otra y la que tienes tú en ti misma. Te lo advierto, Gabrielle. No estás en Grecia. Aquí no se acepta el amor entre dos mujeres. Te vas a enfrentar no sólo a la pérdida de memoria de Xena, vas a enfrentarte a las costumbres de su tribu de adopción.

—¿Por qué has acudido a mí?

—Porque Xena ha salvado a mi gente y no debería perder la vida por ello. Ya sabes cómo son los hombres, juegan a ser políticos y líderes, pero nosotras, las mujeres, cambiamos el mundo día a día, vida a vida, dando a luz, enseñando, curando, trabajando en los campos, creando un hogar para nuestras familias, cuidando de nuestros templos. Los hombres están demasiado ciegos para ver la verdad de la vida que los rodea cada día. Hago esto porque es lo que hago. Es el único camino que tengo. ¿Comprendes?

—Sí, comprendo. Xena tiene su camino y yo tengo el mío.

—Y la gloria es que podéis ser fieles a vosotras mismas sin dejar por ello de seros fieles la una a la otra, ¿verdad?

—Sí.


Gabrielle llevaba ya un tiempo observando a Xena como Ravin. La pregunta que se hacía a sí misma era si Xena era la misma mujer al haber perdido sus recuerdos. Era difícil contestar la pregunta con objetividad. Al principio su respuesta fue un sí tajante. Ravin y Xena eran la misma persona. Lo único que tenía que hacer era reavivar los recuerdos de Xena. Habría un deseo, una necesidad subyacente dentro de su amada de conocerse como la persona que era. Pero en realidad, Gabrielle tenía dudas. Dudaba de que Ravin fuese Xena. Se miraba a sí misma y sabía que la persona que era había llegado a ser gracias a las experiencias de toda su vida. Era la jovencita de Potedaia, la amiga y luego amada de Xena. Había viajado a tierras lejanas y había aprendido a base de vivir en culturas distintas de la suya, o simplemente a base de observarlas. Había sido la esposa de Pérdicas, la joven reina de las amazonas, la madre de Esperanza; había visto a su propia hija maligna morir a manos de su nieto monstruoso; había intentado seguir las enseñanzas del profeta Eli, había experimentado la muerte por crucifixión, había visto las maravillas del paraíso y había probado la fruta del infierno, había huido de la ira de los dioses olímpicos como protectora de Eva, y había reanudado su reinado sobre la nación amazona cuando ésta se encontraba bajo asedio. Si le quitaran cualquiera de esos recuerdos, no sería la misma mujer. Si le quitaran su amor, el amor que había sido el cimiento de su ser durante los últimos largos años, ¿quién sería?

Ravin tenía la fuerza física de Xena, aunque Gabrielle dudaba de que Ravin conociera el grado completo de su capacidad. Ravin también poseía la capacidad innata de evaluar críticamente a las personas. Había demostrado respeto por la vida. A las personas más débiles o menos hábiles les ofrecía cuidados y ayuda, aunque no ponía en práctica sus considerables conocimientos como sanadora. Pero había algo más. A Gabrielle le preocupaba la falta de seguridad en sí misma que tenía Ravin. Había aceptado la comunidad de la tribu y había permitido que ésta subsumiera su identidad de un modo que Xena jamás habría permitido. Ravin no quería estar totalmente sola. Xena lo haría para conservar su integridad, aunque eso le costara la vida.

Ahí estaba la diferencia. Xena sabía que nunca podría volver a casa por completo. Los pecados de su pasado se interponían siempre entre ese sueño y ella. Era un sueño que sólo podía vivir en el estado de amnesia que ahora experimentaba. Gabrielle se preguntaba si, de tener la oportunidad, Xena habría escogido alguna vez el sueño. Creía que no. Recordaba que una vez las Parcas le dieron a Xena esa misma oportunidad y que ella la rechazó. De modo que lo que ahora había ocurrido no podía ser una decisión consciente. ¿O acaso Xena había cambiado de idea después de todo lo que había sucedido desde el ofrecimiento de las Parcas? Si eso era cierto, habría optado por olvidar el amor que se tenían y también a Eva. Habría olvidado todo el bien realizado a lo largo de los años. No, Gabrielle no iba a aceptar que la pérdida de memoria y una vida nueva fuesen elección de Xena. Gabrielle recordaba su propia decisión de conservar sus recuerdos. Podría haber olvidado cómo traicionó a Xena a cambio de olvidar a su familia, sus amigos, sus amores. Ese precio era demasiado alto. Xena había tenido la esperanza de que Gabrielle tomara la decisión que tomó, pero no interfirió en esa decisión.

Y por ello, Gabrielle sabía que, aunque ella deseara lo contrario, Ravin, sin los recuerdos de Xena, nunca sería Xena. También sabía que Xena nunca elegiría convertirse en Ravin. Gabrielle tenía claro lo que tenía que hacer. Xena no esperaría menos de ella.


—Mi amor.

Ravin se quedó profundamente estremecida por la conciencia de algo imposible e inaceptable. Gabrielle no estaba sola. Se levantó de donde estaba sentada. Se plantó ante Gabrielle.

—¿Qué dices?

Gabrielle levantó la vista hacia Ravin, encontrándose con su mirada.

—Sólo lo que me has preguntado.

—¿Por qué iba a venir tu amor al desierto?

—No lo sé muy bien. Nos separamos mientras ayudábamos a una aldea a luchar contra un señor de la guerra. Esperé y luego emprendí la búsqueda. Averigüé que una caravana había pasado por allí y que alguien que coincidía con la descripción de mi amor iba con ellos. De modo que seguí el rastro y me trajo hasta aquí.

—¿Por qué no me contaste esto antes?

—Tenía mis razones.

—Muchos extranjeros pasan por nuestras tierras. ¿Qué aspecto tiene tu amor?

—El tuyo.

Ravin retrocedió un paso como si la hubiera abofeteado.

—No te conozco. —Se volvió para regresar por el camino, para volver por donde había venido. Lo que Gabrielle decía no podía ser cierto. Se consideraba una abominación a ojos de la tribu, a ojos del dios de la tribu. Esto no podía ser cierto y, si lo era, era la gracia de dios lo que le había permitido abandonar su vida anterior.

Gabrielle se quedó mirando y esperando con paciencia. La alta guerrera había detenido su marcha. Gabrielle sólo podía imaginarse la batalla que se estaba librando en su interior. Al cabo de unos instantes, Gabrielle, decepcionada, vio cómo la mujer llamada Ravin echaba a andar de nuevo para alejarse del campamento.


—Vieja. —La voz de la guerrera exigía reconocimiento.

Compreda respondió con interés.

—Ravin.

—¿Qué clase de hechizo has tramado?

Compreda se tomó la acusación con calma.

—¿A qué te refieres, hija?

—La extranjera, Gabrielle. Ha dicho que ella es mi amada.

—¿Y qué dice tu corazón?

Ravin no se esperaba la apacible pregunta.

—No puede ser ella.

—¿Eso ha dicho tu corazón?

La rabia de la voz de Ravin no había cedido.

—No. Yo digo que no puede ser ella.

—¿Por qué no?

—Porque ella... —La sensación de pérdida de Ravin empezó a hacerse más intensa y titubeó. Ravin sabía que no se podía confiar en la lealtad de Compreda. Ésta nunca se había sentido sujeta a la ley.

—¿Hija?

Ravin retrocedió.

—Debo hablar con padre.

Compreda se recostó en su silla. Lo que había estado esperando había ocurrido. Deseó poder sentirse satisfecha con el desafío de Gabrielle, pero sabía que no iba a ser tan fácil. Todavía quedaban demasiados peligros que superar antes de que se pudiera hacer justicia.


Decevis escuchó a su hija atentamente. Sus temores se estaban haciendo realidad, pero aún no estaba preparado para darse por vencido.

—La griega dice mentiras. Te advertí de que no te hicieras amiga suya. Haz caso de mi advertencia, hija. Lo que esta mujer dice es maligno. —Decevis alargó la mano y cogió la de Ravin—. No hay mal alguno en ti. No le permitiré que te haga creer que has sido capaz de tal corrupción.

Ravin sintió una profunda pena.

—Padre, ¿cómo puede estar tan mal el amor?

Decevis no quería enredarse con la pregunta de Ravin y decidió pasarla por alto.

—Es contra natura.

El mayor anhelo de Ravin se liberó de las considerables ataduras que ella misma se había impuesto.

—¿Quién soy, padre?

Decevis confió en el peso de su autoridad incontestada.

—Eres mi hija. Eso es lo único que necesitas saber.

Ravin habló con el corazón:

—Quiero más.

Decevis se mantuvo firme.

—Si ser la hija de Decevis no es suficiente...

—Por favor, compréndelo —suplicó Ravin.

—Eres tú quien debe comprender. Debes elegir quién quieres ser. Mi hija o la ramera de Gabrielle.

Ravin se quedó horrorizada por la forma en que Decevis presentaba las cosas. Le ofrecía únicamente los extremos de su moralidad. Ella sabía que la persona que era entraba dentro de lo desconocido.

—Discúlpame, padre. No pretendía molestarte. —Ravin se dio la vuelta deseando no haber acudido a Decevis en busca de ayuda. Cuando estaba a punto de marcharse, se detuvo al oír su nombre. Se volvió de nuevo hacia el patriarca. Éste había recuperado su majestuosidad.

—¿Has leído los pergaminos de Gabrielle?

—No, señor.

—Yo tengo copias. —Señaló un baúl situado cerca de los pies de Ravin—. Están en ese baúl. Cógelos y léelos. Decide tú misma si eres la mujer griega que Gabrielle desea que seas.


Andre insistió:

—Tus insinuaciones son inaceptables.

Gabrielle conservó la calma.

—¿Para quién, para ti o para Ravin?

—Para la naturaleza. Los hombres y las mujeres fueron creados los unos para los otros.

—Eso es cierto, pero no es la única verdad. Platón contaba la historia de cómo la humanidad fue en un tiempo hombre y mujer, hombre y hombre, y mujer y mujer. Separados por los dioses, se convirtieron en almas divididas destinadas a buscar y encontrar a sus correspondientes mitades. Xena y yo somos almas gemelas.

—Platón, un griego, cómo no. La llamas por otro nombre. La mujer a quien conocías ya no existe. Estás empeñada en echar a perder la vida de Ravin.

Gabrielle se mostró decidida:

—Debería saber quién es.

Andre se mostró igual de apasionado:

—Ya lo sabe. Es decisión suya. Ella misma ha dicho que está contenta. ¿Por qué tienes que arruinar su paz?

—La verdad no es fácil.

—Sí, tienes razón. ¿Y no eres tú la que no acepta la verdad de tu pérdida?

—Mientras Xena siga viva.

—Pero ahí es donde te equivocas. Que a Ravin la encontráramos en el desierto no quiere decir que sea tu Xena.

—Andre —interrumpió la voz fuerte y controlada.

Andre y Gabrielle se volvieron y vieron a la mujer de quien hablaban. Ésta preguntó a su hermano:

—¿Qué haces?

Andre se acercó a su hermana.

—Padre me lo ha dicho. Hay que acabar con esta locura.

El tono de Ravin dejó ver su enfado:

—¿Así que quieres salvarme de Gabrielle? Creía que te fiabas de mi criterio.

—Y me fío. —Andre posó la mirada en Gabrielle—. Pero no me fío de los griegos.

Ravin expresó su miedo disfrazado de desafío:

—¿Y cómo sabes que yo no soy griega?

Andre no cedió.

—Eres quien quieras ser y, a menos que hayas decidido otra cosa, eres miembro de nuestra tribu.

Ravin se consoló con la declaración de Andre.

—Estoy de acuerdo. Por favor, déjanos, hermano. Regresaré al campamento dentro de una marca.

Andre se volvió hacia Gabrielle. Habló en voz tan baja que sólo ella lo oyó:

—Ojalá nuestras diferencias no existieran, porque te respeto. Pero escúchame bien. Lucharé hasta el último aliento para impedir que hagas daño a mi hermana.

Gabrielle asintió. Ella también respetaba al joven. Sólo podía admirar su devoción.

Ravin esperó a que Andre hubiera dejado el campamento. Se volvió hacia Gabrielle, convencida de lo que debía hacer.

—Gabrielle, yo no soy la mujer a quien llamas Xena, y aunque lo fuese, no tengo ningún motivo para volver a ser ella. Padre me ha enseñado los pergaminos. La vida de Xena es una vida de violencia y muerte. Si no fuese por los ladrones de Maligno, no tendría motivo para alzar una espada. ¿Por qué quieres que me convierta en ese monstruo?

—Xena, tú no eres un monstruo.

—Dime, ¿qué es lo que más deseas para mí?

Gabrielle sabía la respuesta sin necesidad de pensársela.

—Que encuentres la paz.

—Estoy en paz.

—¿Sí? —Gabrielle no pudo disimular su incredulidad.

—Lo estaba antes de que llegaras. Déjame en paz, Gabrielle.

Gabrielle se desanimó.

—¿Cómo puedo? ¿Y nuestro amor?

Ravin dijo tajantemente:

—El amor del que hablas está mal.

Gabrielle se quedó atónita. Xena no podría haber dicho nada más doloroso. Ravin continuó:

—Lo que estás haciendo no tiene nada que ver conmigo. Se trata de ti. De lo que tú quieres.

Gabrielle miró a su amada y supo que lo que decía era, en parte, cierto. Su vida se había hecho inseparable de la de Xena. Su camino estaba con Xena. Podía aceptar la muerte de Xena, pero no podía aceptar que Xena no quisiera tener nada que ver con ella. La mujer que tenía delante decía una verdad que Gabrielle no deseaba aceptar. Ravin estaba convencida de que su Xena había muerto y que seguiría muerta para ella.

Ravin aguardó una respuesta. Observó cómo se producía un cambio. Los ojos brillantes y sinceros de la joven se apagaron. Una sombra, como una nube que se tragara al sol, se apoderó de ella, dejando una pálida angustia.

Gabrielle no sabía cómo luchar. No sabía qué podía decir para recuperar su importancia en la vida de la otra. ¿Cómo convences a alguien para que te ame cuando te ha dicho que no te ama y no lo quiere hacer, que la mera idea de ese amor le resulta ofensiva, que el murmullo antes constante del amor ya no late en su corazón? Desesperada, se rindió.

—Lo siento. He hecho mal en intentar cambiarte. El cambio sólo se produce si tu corazón lo desea.

Ravin sintió una lástima cada vez mayor. Por fin había ganado la discusión, pero no sentía satisfacción alguna.

—¿Dónde irás?

La pérdida y la confusión de Gabrielle eran tangibles.

—No lo sé.

—¿Te irás a casa?

Gabrielle respondió como siempre lo había hecho:

—Mi hogar está con... —Se le apagó la voz. No pudo completar la idea. Seguía siendo cierta en su corazón, pero la vida se la había negado—. A Grecia. Mi hermana y mi sobrina viven en Potedaia, y además está Eva.

—¿Quién es Eva?

—La quiero como si fuese mi propia hija. Es la hija de Xena.

Ravin tuvo que hacer un esfuerzo para conservar el equilibrio. Pero no quiso ceder.

—Me alegro de que no vayas a estar sola.

—Xe... Ravin. Sólo tengo una cosa que pedirte.

Ravin se mostró cauta.

—¿El qué?

—¿Puedo...? —Gabrielle abrió los brazos—. ¿Despedirme?

Ravin se acercó y estrechó a la joven entre sus brazos. Gabrielle había luchado a su lado. Había sido una buena amiga durante el tiempo que habían compartido. Pedir un abrazo no era gran cosa.

Gabrielle la abrazó estrechamente, notando la fuerza de su amada. El dolor era agudo y profundo. Respiró hondo y se apartó.

—Jamás te olvidaré.

Ravin se había preparado. Se había hecho inmune a todo sentimiento.

—Ni yo a ti. Buen viaje.

Gabrielle se dio la vuelta y se alejó. Ravin se quedó allí en silencio observando cómo la silueta de la joven guerrera desaparecía más allá de las dunas mientras los brillantes colores de la puesta del sol inundaban el cielo.


Gabrielle viajó hasta el anochecer. Una serie de cavernas le prometía refugio. Vio una luz que salía de una de ellas. Al acercarse se dio cuenta de que la luz emanaba de una antorcha encendida. Tras atar a su yegua, se detuvo en el umbral de la caverna. En la pared había grabada una inscripción en un idioma que desconocía. Gabrielle esperaba que fuese una invitación y no una advertencia. Sacó la antorcha de su soporte y se adentró en la caverna. La cueva daba paso a una gran cámara. En cada uno de sus seis rincones ardían antorchas alegremente. Gabrielle reconoció el espacio como un templo. En el centro había un altar y sobre el altar una piedra, un hexágono perfecto. La piedra tenía una altura de tres dedos, con grabados pulcros y bien marcados del mismo alfabeto que había visto en la entrada. Sospechó que su origen se remontaba a un antiguo culto. Gabrielle alargó la mano para tocar la piedra.

—¡No!

Gabrielle apartó la mano, se volvió y vio a una mujer en uno de los rincones de la cámara.

—No pretendía asustarte, pero la piedra de Emet es implacable, a menos que sea algo más que la curiosidad lo que te lleva a tocarla y estés buscando su poder.

La mujer, se fijó Gabrielle, era unos cuantos años mayor que ella. Era alta y delgada. Llevaba una túnica verde que caía en suaves pliegues sobre su cuerpo. Sus ojos eran de un profundo tono de almendra, su voz suave y tranquilizadora. Gabrielle se dio cuenta de que ni había oído ni percibido la llegada de la mujer.

—No, no sé qué lugar es éste.

—Un antiguo templo de una época que muchos han olvidado o desean olvidar.

—¿Y esto? —Gabrielle señaló la piedra de Emet.

La mujer se acercó.

—Algunos lo consideran un regalo de nuestro dios. Otros lo consideran una maldición. La piedra de Emet tiene el poder de conceder un ruego, pero no siempre como uno se imagina el ruego.

Gabrielle se quedó desconcertada por lo que decía la mujer.

—No comprendo.

La mujer continuó con un deseo sincero de hacer claro lo que estaba oscuro.

—Uno puede rogar no volver a pasar hambre nunca más y encontrar la muerte antes de desear su próxima comida. —Entonces hizo una pregunta a la joven desconocida que tenía delante—: El ruego ha sido concedido, ¿no es así?

Gabrielle lo entendió entonces.

—Ya veo.

La mujer sonrió porque se dio cuenta de que la desconocida lo entendía de verdad.

—Me llamo Cala. Soy la guardiana de este templo. Eres bien recibida si buscas refugio.

Gabrielle agradeció la invitación.

—Sí, gracias. Sólo por esta noche.

Cala optó por no reprimir su propia curiosidad.

—¿Puedo preguntarte hacia dónde te diriges?

Gabrielle se lo pensó. El presente había quedado relegado a un lado mientras buscaba refugio. Titubeó.

—No lo sé. —Luego dio una respuesta rutinaria—: De vuelta a casa, a Grecia.

—¿De vuelta? ¿Has estado en nuestras tierras?

—Sí. He estado acampada cerca de la tribu de Decevis.

—Decevis. —Cala dejó que el nombre flotara un momento entre ellas—. ¿Has llegado a conocer a su gente?

A Gabrielle le costaba mantener la conversación, pero contestó a pesar del dolor y la confusión.

—He conocido a su hijo y su hija.

Cala precisó:

—¿A la nueva hija, a Ravin?

—Sí. —Gabrielle empezaba a tener esperanzas de averiguar más cosas sobre Ravin.

—Es impresionante.

—¿La conoces?

—Sólo de fama. —Cala miró atentamente a la desconocida. Tenía una sospecha a la que no dio voz—. ¿Puedo preguntarte cómo te llamas?

Gabrielle lamentó su propia falta de cortesía.

—Perdona, me llamo Gabrielle.

—Se está haciendo tarde, Gabrielle. Puedes acomodar a tu yegua en una cueva de al lado. No le pasará nada.

—Gracias.

Gabrielle se quedó mirando en silencio mientras Cala se daba la vuelta y la dejaba sola en el templo. Clavó los ojos en el espacio que había ocupado la figura de Cala. Gabrielle no sabía cuánto tiempo había pasado hasta que consiguió desprenderse de su mirada vacía. Era la fatiga lo que exigía su atención. Estaba cansada y deseaba reposar. Al poco, Gabrielle apagó todas las antorchas menos una y se tumbó para descansar. Tardó en dormirse. El recuerdo del día se repetía sin cesar en su mente. Xena, Ravin, despidiéndola, rechazando su amor, afirmando que su amor estaba mal. El sueño no detuvo sus pensamientos. Los acontecimientos del día se fueron hundiendo cada vez más en su mente y su corazón. Su alma empezó a desgarrarse. Lo que antes era parte de ella exigía liberarse, clavando brutalmente un cuchillo en su esencia, condenando su amor.

—¡No! —gritó Gabrielle una y otra vez—. ¡No! —El desgarro la abrumó al sufrir el dolor de un corte en el corazón—. Me duele. —Apretó los brazos sobre su corazón mientras luchaba por respirar. El impacto del rechazo de Xena se había suavizado y en su ausencia se alzaba la angustia descarnada y herida de haber sido despedida por su amada. Oía la voz de Xena, su belleza resonante que la despojaba de su esperanza. Gabrielle se puso en pie. Quería correr, huir de la imagen y de los sonidos que convergían sobre ella. Sus bordes afilados y ardientes le hacían heridas dentro de la herida. No quería sufrir más. Se levantó y al tambalearse sin dirección se fue acercando al centro de la cámara. Su pena seguía rebosando sus límites. Cegada por sus propias lágrimas, no reconocía dónde estaba, aunque todavía salía luz de la única antorcha encendida. Alzó la mano para sujetarse y cuando la bajó, la posó sobre la piedra de Emet.


PARTE 2


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