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22: Un pensamiento constante

Llegaron de visita a la aldea amazona. Gabrielle pidió pasar una tarde en el prado del norte. Se quedó de pie entre las altas hierbas, disfrutando del cosquilleo que le producían en la piel. Xena se sentó en una gran peña cerca del arroyo, mirando atentamente a la bardo, la reina. La guerrera estaba segura de que Gabrielle tenía algo en mente y estaba deseando saber qué era.

—¿Qué?

Gabrielle miró a la guerrera. Sonrió.

—Nada.

Xena no se rindió.

—Ah, no, sí que hay algo.

—Vale, hay algo, pero no es nada nuevo.

—Una vieja idea.

—Más bien un pensamiento constante.

—Constante, ¿eh?

—Sí, no desaparece nunca.

—¿Y me lo vas a decir?

—No.

—¿Por qué no?

—Porque ahora mismo me hace mucha gracia ver cómo te reconcomes.

Xena dijo con un puchero evidente:

—Pues muy bien.

—Te quiero.

—Ya, dime algo que no sepa.

—Ya te he dicho que es un pensamiento constante.

—¿El qué?

—Que te quiero.

—¿Es eso?

La bardo sonrió.

—Es eso.

Xena se lanzó hacia Gabrielle. La bardo no tuvo tiempo de reaccionar. Xena se puso a la bardo al hombro. Gabrielle chilló el nombre de Xena protestando con pocas ganas. Xena echó a andar por el prado, transportando el peso ligero con regocijo.

—Xena, ¿dónde me llevas?

—No te lo digo.

—¡Xena!

Dio un azote a Gabrielle en el trasero.

—Piensa, Gabrielle. Puede que no sea un pensamiento constante, pero cuando lo tengo, produce un placer constante.

—¡Guerrera, bájame!

Xena dejó a Gabrielle de pie y la abrazó. Gabrielle se reía y Xena sonreía de oreja a oreja.

—¿Sí, bardo mía?

—Por los dioses, Xena. —Gabrielle hizo una pausa para tomar aliento—. Soy la mujer más feliz que existe.

—Una de las dos más felices, amor mío.

Lo que siguió fue más que un beso.


23: Hermanas

Lila se acercó a Gabrielle. La amazona levantó la vista y sonrió.

—Gabby, algo va mal entre Xena y tú, ¿verdad?

Gabrielle se quedó sorprendida por la pregunta.

—¿Por qué piensas eso?

—No está aquí contigo.

—Le pedí a Xena que no viniera.

Lila se arrodilló al lado de su hermana.

—¿Por qué?

Gabrielle se conmovió por la evidente preocupación de Lila. La hermana mayor alargó la mano hacia la pequeña y la puso sobre la mano de Lila.

—Porque tengo que tomar una decisión y dependiendo de lo que decida, la presencia de Xena puede que no sea muy buena idea.

—No entiendo.

—Ya sé que no. No puedes, a menos que... Lila, mi decisión también te afecta a ti.

Había un matiz de temor en la pregunta de Lila:

—¿Cómo?

—Te voy a pedir... —Gabrielle se detuvo para tomar aliento. Tenía que concentrarse—. Te pido que honres mi deseo de...

La alarma de Lila era evidente.

—¿De qué? Gabrielle, me estás asustando.

—Si alguna vez me pasa algo, quiero ser enterrada al lado de Xena.

—Gabby, no te va a pasar nada.

Gabrielle posó los ojos en el horizonte. Llevaba impreso el recuerdo de Alti, la imagen de su crucifixión era demasiado vívida para olvidarse de ella. Gabrielle habló al vacío.

—Créeme, Lila. Mi vida con Xena... —Una vez más, no supo encontrar las palabras. Se volvió hacia su hermana y miró directamente a los ojos titubeantes—. Tengo que asegurarme de que mamá, padre y tú no me traéis de vuelta a Potedaia.

Lila se miró las manos. Tenía miedo por Gabrielle, pero todavía era un miedo lejano. Ya no podía negar la realidad de que Gabrielle había sufrido en el pasado y podía sufrir fácilmente en el futuro. El miedo le había quitado todo atisbo de humor.

Gabrielle continuó:

—Si Xena me sobrevive, ella decidirá por mí. Si no es así, llevadme a Anfípolis y su madre, Cirene, sabrá qué hacer.

Lila se dejó llevar por una oleada de rabia.

—Eso está mal, Gabrielle. Nosotros somos tu familia.

Gabrielle apretó el brazo de Lila.

—Sí, lo sois. Que quiera a Xena no significa que os quiera menos a ti o a mamá o a padre.

Lila protestó:

—Nunca he entendido por qué te quedas con ella. Al principio, entendía que quisieras escapar, pero ya no la necesitas. Puedes ir donde quieras y hacer lo que quieras.

Gabrielle rogó delicadamente:

—Lila, ¿no te das cuenta de que eso precisamente es lo que estoy haciendo? Soy libre de elegir y he elegido estar con Xena.

—Estás malgastando tu vida. Puedes encontrar otro amor después de Pérdicas. No tienes por qué seguir negándote el amor y la felicidad.

Gabrielle suspiró. Supo que había llegado el momento.

—Lila, ¿conoces mi vida con las amazonas?

—Sí, ¿y?

—¿Sabes que muchas de las amazonas eligen amar a otra?

La pregunta fue recibida en silencio. Gabrielle continuó:

—Así amo yo a Xena. Lila, ella es mi amor, mi pareja, y no quiero estar sin ella, jamás.

Lila desafió a su hermana.

—Te ha seducido.

Gabrielle sonrió.

—En realidad, algunos dirían que ha sido al revés.

Lila se quedó callada. Gabrielle se armó de paciencia. La hermana pequeña rompió el silencio. Lo hizo con un tono más suave.

—¿Desde cuándo?

La respuesta de Gabrielle fue cauta.

—¿Desde cuándo nos queremos?

Lila hizo un gesto afirmativo.

Gabrielle sonrió.

—Yo la quise desde el principio. Para llegar a lo que ahora compartimos hizo falta tiempo, años. No recuerdo ni un momento en que no haya querido a Xena. Lila, prométeme que honrarás mis deseos. Prométeme que te enfrentarás a padre por mí. Sé que mamá se sentirá herida, pero lo aceptará.

Las siguientes palabras de Lila fueron más una afirmación que una pregunta.

—¿No se lo vas a decir?

—Eso es lo que aún tengo que decidir.

—¡No!

—¿No?

Lila estaba decidida a convencer a su experimentada hermana.

—Sabes que padre se niega a tolerar la presencia de Xena cerca de Potedaia. Si lo supiera... Gabby, te repudiaría. No vale la pena pagar ese precio. No quiero perderte por completo. Tienes que poder venir de visita.

—Lila, por favor...

—No, Gabby. Lo sé. Puede que no sepa mucho del mundo que hay fuera de Potedaia, pero sí que conozco este pueblo. Padre te convertirá en una proscrita. Puede que te quiera, pero es orgulloso. Debes creerme. Si juro enterrarte junto a Xena, ¿no se lo dirás a padre?

Gabrielle cedió.

—Si crees que es lo mejor.

Lila dijo tajantemente:

—Lo creo.

—Pues quedamos así.

Lila alargó la mano y la posó sobre la mejilla de Gabrielle.

—Por los dioses, Xena y tú.

Gabrielle sonrió.

Lila dijo ahora con timidez:

—¿Te trata bien?

—Lila, me quiere. No te haces idea de lo que significa tener el amor de Xena. No hay nada más fuerte.

Lila contestó:

—Oh, sí que lo hay. Has sido tú quien ha abierto su corazón.

Gabrielle se quedó callada, atónita por la rápida comprensión de su hermana del amor que sentía por la guerrera.

—¿Dónde está?

—Aquí cerca, esperándome.

—Ve con ella.

—Lila, puedo quedarme un poquito más.

—Gabby, dime que no lo deseas.

Gabrielle murmuró:

—La echo de menos.

—Ve. Les explicaré a mamá y padre que te han llamado y no podías esperar a que volvieran.

Gabrielle discutió sin muchas ganas:

—Marcharme no va a solucionar nada.

Lila sonrió.

—Quedarte tampoco. Gabby, tú nunca has formado parte de nosotros. Nunca hemos podido sujetar tu espíritu. ¿Para qué fingir ahora?

Gabrielle abrazó a Lila.

—Te quiero.

—Siempre serás mi hermana rebelde. Dile a Xena que tiene suerte de tenerte y que la próxima vez que estéis en Potedaia, quiero verla.

Soltando a su hermana pequeña, Gabrielle se echó a reír.

—Se lo diré.

Gabrielle llegó al campamento portando una antorcha para iluminarse el camino. Xena estaba preparada para el combate, espada en ristre. Gabrielle levantó la voz.

—Xena, soy yo.

Al oír el añorado sonido de la voz de Gabrielle, Xena bajó la espada. La luz de la antorcha era cegadora. Una figura se acercaba entre luces y sombras. Gabrielle tiró la antorcha a la hoguera. Xena estaba preocupada. No se esperaba que Gabrielle volviera hasta por lo menos dos días más. La bardo, la amazona, la joven ya no llegaba a los brazos de la guerrera con delicadeza. Gabrielle levantó la mirada y pegó sus labios a los de Xena para besarla con voracidad.

Cuando terminaron, Gabrielle habló primero.

—Lila te manda su cariño. Quiere que la próxima vez vayas a verla.

Xena se quedó algo sorprendida por la invitación.

—¿En serio?

—Xena, ha prometido honrar mis deseos.

—¿Y tus padres?

—No se lo he dicho, pero Lila lo sabe todo.

—¿Todo?

—Todo. Si es necesario, se pondrá de tu parte contra mis padres.

Xena palpó la cintura de la bardo con las manos. Ansiaba abrazar a su amante. La guerrera no había dormido bien durante su corta separación. Pero primero tenía que ocuparse de las necesidades de Gabrielle.

—Debes de estar cansada.

—Lo estoy.

—Ven a la cama. —Xena se dio la vuelta, sujetando aún una de las manos de Gabrielle.

—¿Xena? —Gabrielle cogió entre sus manos la de Xena. La predicción de su muerte prometía que sus manos conocerían la violencia de una crucifixión, de unos clavos incrustados en su carne.

Xena la miraba en silencio. Conocía la expresión pensativa que se le había puesto a Gabrielle. La había visto demasiadas veces. Conocía la causa. La guerrera se acercó a Gabrielle, levantándole la barbilla con la mano libre.

—Ven a la cama. Quiero... necesito tenerte entre mis brazos. Necesito sentirte a mi lado, oír los latidos de tu corazón y absorber tu calor.

Gabrielle sostuvo la mirada de Xena con la suya.

—Tómame.

Xena levantó a Gabrielle en brazos y llevó a la bardo hasta su petate. Ésta no iba a ser simplemente una noche de hacer el amor. Iba a ser un momento para que las dos viajaran al corazón y la mente de la otra en la quietud de la noche. Iba a ser un momento para que sus espíritus se tocaran. Iba a ser la hora en que sus almas se unirían, reafirmando la razón por la que compartían su vida.


24: Ogden de nuevo

El guardia estaba sentado en una silla al lado de la prisionera, que estaba sentada en el catre.

—Ogden no está tan mal. Es perro viejo, ladra mucho, pero ya no muerde con fuerza.

—Te cae bien. —Gabrielle confirmó el juicio emitido por Malcolm sobre el guardia más viejo.

—Sí, me cae bien. Es un zafio, pero yo no finjo ser mejor.

—¿Qué aspecto tiene? No lo vi bien la única vez que entró en la celda.

—¿No?

—Lo único que vi fue la llama de la antorcha. La primera vez que me pareció verte de verdad fue el día en que me trajiste las velas para darme luz.

Malcolm miró las velas que iluminaban la celda. Se consoló al saber que su conversación reconfortaba un poco a la reina.

—No me había dado cuenta de que supusieran tal diferencia.

Gabrielle respondió con la verdad.

—Pues sí.

Él recuperó el hilo.

—Bueno, pues Ogden... es un poco más alto y un poco más ancho que yo.

Gabrielle sonrió.

—Sólo un poco.

Malcolm se echó a reír.

—Tal vez más. Tiene barba. Se la arregla. En sus buenos tiempos lo consideraban guapo. Tiene esposa y tres hijos, dos chicos y una chica. Es un buen padre cuando controla su genio. No sé si pierde los estribos con ellos. No lo creo, es la bebida más que otra cosa lo que le causa problemas. A mí me gusta cuando está sobrio. Me recuerda a uno de mis tíos. Se interesa por mí. Quiere asegurarse de que sigo vivo con toda la chusma que nos encargan vigilar.

—Gracias —respondió Gabrielle con falso aire ofendido.

—Sabes que no me refería a ti.

La reina sonrió.

—Lo sé. —Tras una cómoda pausa, añadió—: Así que Ogden es inofensivo.

Malcolm se puso serio.

—No, yo no diría eso. Sabe usar una espada. Es bueno. Los otros hombres lo respetan. En sus tiempos jóvenes lo temían. No creo que quiera hacerte daño. Lo escucho cuando habla de su hija. Hacerte daño sería demasiado personal para él. ¿Sabes a qué me refiero? Cuando los hombres son padres, o al menos algunos hombres... pues son padres.

Gabrielle se acordó de cuando Xena hablaba de Borias. También sabía que aunque su padre y ella tenían sus diferencias, no cabía duda de que él quería lo que creía mejor para ella.

—Piensas que es un buen hombre.

—Gabrielle, no me malinterpretes. Ha jurado lealtad a Draxis. Es un hombre de honor. Es leal. Acabará contigo si le das motivo. Si haces lo que dice, tienes muchas posibilidades de salir de aquí viva e ilesa.

Gabrielle alargó la mano y tocó la del guardia.

—¿Y tú qué, Malcolm? ¿Has jurado lealtad a Draxis?

—Yo voy por libre.

Gabrielle miró al hombre que a veces parecía tanto un niño.

—¿Sí?

Malcolm insistió.

—Sí.

—¿Qué quiere decir eso para ti?

Malcolm miró intensamente a la joven reina.

—Quiere decir que seguiré a Draxis mientras crea que me conviene.

—¿Y cuando no te convenga?

—Eso no ha ocurrido.

—¿Qué haría falta?

—Espero no tener que descubrirlo nunca.


25: La oración

Uno y uno no es siempre igual a dos. A veces es igual a uno cuando dos almas que buscan se encuentran y se unen, entrelazándose, convirtiéndose en compañeras de vida, abrazando la vida, con actos intencionados, expandiendo sus percepciones, imaginando sueños que jamás podrían concebir en soledad.

En la oscuridad de la cámara, Gabrielle cayó de rodillas y rezó al alma esquiva que consideraba su amor.

—Te he perdido por el Paraíso, mi amor, pero no del todo. Siempre serás parte de mí. Nadie puede dar como dabas tú y desaparecer sin más. Mi corazón todavía es capaz de amar. Renunciar a ello sería traicionarte, traicionar aquello en lo que nos convertimos al unirnos. Tú nunca olvidaste quién eras. Nunca abandonaste tu camino cuando lo encontraste. Nunca me pediste que fuera nadie más que quien era en cada momento. Éramos tan distintas y, sin embargo, en esencia, las dos nos veíamos impulsadas a ver realizado el bien supremo. Sé que estás conmigo. Te siento conmigo.

Uno y uno no siempre es igual a dos. Dos en unión no son uno. Eran una paradoja que nadie salvo ellas podía entender.


26: El incendio

—Mi reina, las cuadras están ardiendo.

Gabrielle y Ephiny salieron corriendo de la sala del consejo. Las puertas de las cuadras estaban abiertas. El ruido del fuego se mezclaba con los gritos de las mujeres que guiaban a los caballos asustados a través de las llamas. Argo superó el peligro a la carrera. La voz de una niña gritó el nombre de Xena.

Gabrielle dijo en voz alta:

—¿Xena? —Gabrielle quiso avanzar. Ephiny la sujetó. Gabrielle se soltó—. Xena está ahí dentro.

Ephiny la sujetó con firmeza.

—No puedes entrar ahí. Es un infierno.

—Ephiny, suéltame.

Eponin salió corriendo de las cuadras. Ephiny la llamó.

—¿Qué ha pasado?

—Xena y yo volvíamos del campo de entrenamiento cuando vimos el fuego. Soltamos a los caballos. —El ruido de las paredes de las cuadras al combarse llamó su atención. Eponin se volvió para mirar.

Gabrielle gritó por encima del ruido.

—He oído el grito de una niña.

—Es Juna. Estaba en el pajar. Xena ha ido a buscarla.

Ephiny exclamó señalando:

—Ahí está, gracias a Artemisa.

Xena salió con Juna en brazos. Las tres amazonas se acercaron. Gabrielle advirtió que Xena, que había dejado en el suelo a la niña de siete años, escuchaba atentamente a la alterada pequeña, que señalaba el edificio en llamas. Xena levantó a la niña y la depositó en brazos de su madre. Ante la incredulidad de Gabrielle, Xena volvió a entrar en las cuadras.

La reina gritó:

—¡Xena! ¡No!

Al llegar junto a Juna y su madre, Tari, Ephiny exigió una explicación.

—¿Por qué ha vuelto a entrar Xena?

Tari respondió con la verdad.

—No lo sé. Me ha dado a Juna y se ha vuelto sin decir palabra.

Juna señaló las llamas.

—¡Mora! ¡Mora!

Gabrielle agarró a Eponin.

—¿Había otra niña?

Tari estaba petrificada.

—¡Oh, no!

Ephiny preguntó:

—¿Qué pasa?

Tari abrazó a Juna con fuerza.

—Mora es la muñeca de Juna.

Ephiny sintió una acometida de miedo.

—¿Xena ha vuelto para buscar una muñeca?

Eponin volvió a mirar las llamas.

—Puede que no lo supiera.

Cuando Gabrielle corría hacia las puertas de las cuadras, el tejado del edificio se hundió. La fuerza tiró a Gabrielle al suelo. Se levantó. Pronunció el nombre de Xena como una oración desesperada.

Eponin se acercó a las vigas ardientes todo lo que se atrevió. El calor era insoportable. Una brigada contra el fuego había empezado a trabajar duramente para contener el incendio. Otro grupo hacía todo lo posible por capturar a los caballos y llevarlos al otro extremo de la aldea, lejos del caos.

Ephiny cogió a Gabrielle y la sujetó, negándose a escuchar las súplicas de su reina para que la soltara. La reina cayó de rodillas, con la regente a su lado.

—Gabrielle, ha muerto —dijo Ephiny suavemente.

Gabrielle se calló y miró a Ephiny. Ésta afirmó sus propias palabras asintiendo con la cabeza. Gabrielle volvió a mirar el fuego. La pira funeraria de Xena estaba ante sus ojos. No tenía que acabar así. No ahora, no sin aviso. Xena debía ser enterrada junto a su hermano Liceus.

Eponin fue requerida por Solari y otras tres amazonas que luchaban contra el fuego por el lado opuesto. Al rodear todo el edificio, advirtió que el número de mujeres que estaban trabajando había aumentado. Trabajaban a toda velocidad, como si tuvieran un propósito en mente. Al pensarlo, Eponin aceleró el paso hasta echar a correr a toda velocidad.

—Sol, ¿la habéis encontrado?

Solari señaló una estructura humeante donde estaban concentrando sus esfuerzos. Eponin vio la figura. Se movía ante sus ojos.

—No es posible que haya sobrevivido a esto.

—Es Xena, Ep, y está viva.

—No podemos dejar que Gabrielle la vea así. Haré lo que sea necesario para llevar a Gabrielle de vuelta a su cabaña. Trae aquí a Simina con una litera. Las demás llegad a ella lo más deprisa que podáis. Me da igual que os queméis las manos y los pies en el intento. —Esto último no era necesario. El trabajo se realizaba deprisa, pero con cuidado, pues el riesgo de hacer que otras vigas en llamas cayeran sobre la guerrera estaba siempre presente.

Eponin regresó con Ephiny y su reina. Ephiny miró a la serena capitana de las guardias. La regente estuvo a punto de hablar, pero se contuvo cuando Eponin hizo un gesto negativo con la cabeza. Eponin se arrodilló al lado de Gabrielle.

—Mi reina, deberías volver a tu cabaña. Te llevaré noticias en cuanto las tenga.

Sin moverse, Gabrielle dijo lo que Eponin ya sabía, pero que había esperado que no dijera:

—No voy a dejar a Xena.

Eponin miró a Ephiny buscando su ayuda.

—Gabrielle, deja que cuidemos de ti.

El tono de Gabrielle fue tajante:

—No soy yo la que necesita cuidados.

Eponin agarró a Gabrielle del brazo y tiró suavemente de ella.

—Mi reina.

Gabrielle se enfureció bruscamente.

—No me toques. No voy a dejar a Xena.

Ephiny intervino para calmar los ánimos.

—Nos quedaremos aquí hasta que sepamos qué ha sido de Xena.

Eponin bajó los ojos derrotada. Alargó la mano y la posó en el brazo de Gabrielle. Un gesto poco frecuente en ella.

—Mi reina. —Al oír esto Gabrielle miró a Eponin a los ojos—. Hemos encontrado a Xena. Apenas vive. —Gabrielle se encogió y se levantó. Eponin la siguió, sin dejar de sujetar la mano de su reina—. Te ruego que esperes a que la traslademos a la cabaña de la sanadora. El fuego no ha tenido piedad.

Gabrielle se volvió hacia el grupo de gente que trabajaba al otro lado. Se soltó de Eponin y echó a correr hacia allá. Eponin y Ephiny corrían a su lado. Al llegar a la esquina, Gabrielle recorrió la zona con la mirada.

—Eponin, ¿dónde está?

Eponin alzó la mano y señaló la viga que sostenía el tejado caído.

—Debajo, mi reina.

Gabrielle siguió la indicación y entonces vio el leve brillo del bronce y el cuero negro y quemado y la piel que se movía al respirar. Ephiny había mirado en la misma dirección y había visto lo mismo. Rezó:

—Que los dioses le concedan la paz.

Al oírlo, Gabrielle gritó:

—¡No! Está viva y vivirá, Ephiny, vivirá.

Ephiny estrechó a la reina, su amiga, entre sus brazos y la sostuvo cuando Gabrielle se vino abajo por la angustia.

Simina y las que llevaban la camilla se acercaron. Simina examinó la situación y se puso a dar órdenes a las trabajadoras con la intención de evitar que resultaran heridas y que la guerrera sufriera más. Simina acudió a la reina.

—Irás a la cabaña de la reina y esperarás. Te llamaré.

—Simina. —La voz de Gabrielle suplicaba sin saber el qué.

—Mi reina, debes confiar en mi criterio.

Gabrielle miró bien a la anciana. Pocas personas se habían ganado la confianza de Gabrielle como Simina. La reina se alejó perseguida por el ruido de las brasas ardientes, los maderos rotos y las mujeres que trabajaban.

Apartaron las últimas tablas de los restos. Simina llegó hasta la figura apenas reconocible. Xena estaba viva y respiraba con dificultad. Estaba, gracias a Artemisa, inconsciente. La colocaron con cuidado en la camilla. El olor a carne quemada pudo con una de las mujeres. Solari la apartó y ocupó su lugar. Xena fue trasladada con cuidado hasta la cabaña de la sanadora. Simina echó a todo el mundo salvo a su aprendiza, Riena.

—La desnudaremos con cuidado y le lavaremos las heridas. Luego la taparemos con un paño sujeto con soportes para que no la roce. Debemos averiguar cuánta carne ha sobrevivido.

Riena hizo la pregunta obvia:

—¿Vivirá?

Simina miró atentamente a la guerrera.

—No, pero se lo digas a nadie. ¿Me has entendido?

—Sí.

Riena se quedó mirando a Simina mientras ésta trabajaba con delicadeza.

—Riena, coge las tijeras. Tendrás que cortarle el pelo quemado. Salva todo lo que puedas.

El trabajo continuó. El propósito principal de Simina no era salvarle la vida a Xena. No era posible. Conocía los límites de sus artes curativas. Esperaba mantener a Xena lo más cómoda posible hasta que la muerte la cogiera de la mano. Esto supondría mantener a la guerrera dormida a base de administrarle dosis regulares de sus medicinas más potentes. Mientras Simina trabajaba con Xena, sus pensamientos también se dirigían a la reina. Simina sabía que el vínculo que unía a la reina y su campeona era de una profundidad que superaba cualquier otro que hubiera visto en su vida. La reina era en muchos sentidos una niña cuando se conocieron. La reina se había hecho mujer al lado de la guerrera. La guerrera siempre había tenido cuidado de no hacer sombra a la joven y la había animado a encontrar su propio camino, a ser dueña de su propia identidad y sus dones. Y aunque la reina era muy independiente, su amor por la guerrera había sido la única constante de su vida. Simina no sabía cómo iba a sobrevivir la reina a esta pérdida. Los próximos días podrían destruir lo mejor de su ser.

Una vez terminado el trabajo, llegó el momento de informar a la reina. Simina se lavó las manos. Miró a Riena.

—Volveré con nuestra reina. Cuando lleguemos, te marcharás sin decir palabra. La intimidad de la reina estará a nuestro cuidado tanto como Xena. ¿De acuerdo?

—Sí, Simina, no traicionaré a mi reina ni a Xena.

—Bien. Riena, reza a Artemisa para que nunca tengas que... —La anciana se miró las manos envejecidas. La pena de la sanadora era profunda. Había perdido a su compañera hacía mucho tiempo. Era una pérdida que todavía la atormentaba, incluso con la bendición de haber tenido tiempo para despedirse. Aunque su amor había sufrido dolores, no era ni por asomo lo que tendría que sufrir Xena nada más recuperar el conocimiento... si lo recuperaba.

Simina fue a la cabaña de la reina. Gabrielle se presentó ante ella. La reina había recuperado la serenidad. ¿Cómo podía ser tan fuerte? Su capacidad era extraordinaria. Simina estaba convencida de que la fuerza de la reina se había forjado con el martillo de penas interminables. Ésta podía ser la más brutal.

—Simina.

—Mi reina. Xena vive, pero apenas. He hecho todo lo que he podido para que esté cómoda. Puede que nunca se despierte. Si se despierta, el dolor será el peor imaginable en este mundo y mi deber será darle pócimas para volver a dormirla. Si los dioses se muestran misericordiosos, tendrás unos pocos minutos, entre el momento en que se despierte y el momento en que la pócima haga efecto, para hablar con ella. No sé cuántas veces podrá despertarse Xena. Debo aconsejarte que te despidas sin dilación, pues es posible que no tengas una segunda oportunidad.

Gabrielle se apartó. ¿Qué otra cosa se esperaba, podía esperarse? Se volvió de nuevo hacia la sanadora.

—Simina, siempre me has servido con sinceridad. Siempre me has dicho la verdad cuando otros habrían dudado. Gracias.

Simina se inclinó.

—Mi reina.

—¿Puedo verla ahora?

—Sí, mi reina.

Gabrielle entró en la cabaña de la sanadora acompañada por Simina. Ephiny se quedó fuera. Al ver a su reina, Riena se marchó tal y como se le había dicho. Gabrielle se quedó de pie al lado de Xena, mirando el cuerpo de la guerrera. La mayoría de los daños no estaba a la vista. Tenía la cara quemada por un lado, así como la parte visible de sus hombros. Al mirar por debajo del borde, Gabrielle vio que ni los brazos ni las manos de Xena se habían librado. Gabrielle se arrodilló junto a la guerrera. No sabía qué se le permitía hacer. Volviéndose, los ojos de la reina hicieron la pregunta a la sanadora.

—Sólo donde no está quemada.

Gabrielle asintió y volvió a mirar a la guerrera. Se inclinó sobre la oreja de Xena. No pudo evitar captar el olor a carne quemada mezclado con los aceites aplicados a la piel menos dañada. Simina retrocedió unos pasos, para darle la mayor intimidad posible a su reina sin salir de la estancia.

—Xena, amor mío. Estoy aquí. Estoy contigo. No estás sola. —Gabrielle contempló la cara que todavía le parecía la más bella que había visto nunca. Acarició con ternura la mejilla indemne de Xena—. Por los dioses, eres preciosa. —Gabrielle no medía el paso del tiempo. Simina esperaba pacientemente. No se debe correr cuando se hace el duelo.

La respiración de Xena se hizo más fatigosa. Gabrielle miró a la sanadora.

La sanadora se lo explicó.

—Estoy segura de que al respirar el humo y el calor, se ha quemado los pulmones. Cada vez irá respirando peor.

—No la voy a dejar.

—Te prepararé un sitio para que descanses.

—Gracias.

Pasaron las marcas. Gabrielle mantenía la vigilia, siguiendo cada trabajosa bocanada de aire que inhalaba y exhalaba la guerrera.

—Gabrielle. —Xena tosió intentando quitarse la capa de muerte de los pulmones.

—Aquí estoy. —Gabrielle se movió para que Xena pudiera verla—. Hola.

—El incendio.

—Sí. Hemos perdido las cuadras.

—La niña.

—Está bien.

—No, no pude encontrarla.

A Gabrielle le costó mirar a Xena a los ojos.

—Ha muerto —dedujo Xena—. Me lo puedes decir.

—Xena, no había ninguna niña. Mora era la muñeca de Juna.

Xena habló con gran dificultad.

—¿Muñeca?

—Sí. No ha habido pérdidas humanas. Te doy mi palabra.

—¿Yo? —Xena miró hacia abajo.

—Tienes quemaduras muy graves.

Los ojos de Xena se llenaron de lágrimas.

—Xena, Simina está haciendo todo lo que puede por ti.

—El dolor, Gabrielle. No sé si...

—Simina ha preparado una poción para ti. Te hará dormir. La usaremos hasta que disminuya el dolor.

Xena se quedó mirando a Gabrielle, consciente de que se estaba muriendo y de que su amor no estaba preparada para despedirse.

—Te quiero, bardo mía.

—Te quiero, Xena.

—Menuda historia va a ser ésta. ¿Quién se habría imaginado que la Princesa Guerrera caería a causa de una muñeca?

—Creías que había una niña en peligro.

—Gabrielle, el dolor.

—Llamaré a Simina. —Gabrielle hizo llamar a la sanadora.

Simina entró en la habitación y fue derecha a sus medicinas. Cogió una ampolla.

—Guerrera, sé sincera conmigo. ¿Puedes soportar el dolor?

—Agradeceré el sueño si me lo puedes dar.

—¿Habéis hablado la reina y tú?

Xena miró fijamente a la sanadora a los ojos.

—¿Volveré a despertarme?

—No lo sé.

—Pues espera un momento.

Simina retrocedió. Gabrielle se adelantó y se arrodilló al lado de la guerrera.

—¿La has oído?

—Sí, pero te pondrás bien.

Con una mueca de dolor, Xena luchó por hablar.

—No estoy tan segura.

—Xena, bébete la poción. No tienes por qué soportar el dolor.

—Debo de tener una pinta horrible.

—Estás preciosa.

—¿Te despedirás de mí?

—No.

En los labios de Xena se formó una pequeña y conocida sonrisa de medio lado.

—Tú eres la terca, no yo. Está bien. —Xena se esforzó por respirar. Se calmó bajo la mirada de Gabrielle—. ¿Un beso?

Gabrielle se echó hacia delante y rozó suavemente los labios de la guerrera con los suyos. Luego se echó hacia atrás sobre los talones para hacer sitio y dejar que Simina administrara la poción.

—Espera, sanadora.

—Sí, guerrera.

—Tu palabra. Siempre me dirás la verdad.

—Xena, eres mi paciente y nadie, ni siquiera la reina, me impedirá tratarte con la dignidad que te mereces. Tienes mi palabra. Contestaré cualquier pregunta que me hagas con la verdad.

—Bien. Nos entendemos. Ahora dame la poción antes de que me ponga a gritar.


Xena gritó de dolor. Al principio de forma inconsciente y luego con clara conciencia de los nervios en carne viva expuestos al calor. Simina había convencido a la reina de que fuera a bañarse y a comer con el consejo de la aldea y la sanadora se alegró por ello.

—Simina, el dolor.

—Xena, no puedo hacer mucho más por ti. Unas dosis mayores te matarán.

—Pues mátame. —La voz de Xena, aunque débil, era tajante.

Simina disculpó las palabras de la guerrera.

—No estás en tu sano juicio.

Xena no quiso ni oírlo.

—¡Dime que no me estoy muriendo!

La sanadora dijo la verdad.

—No puedo.

La guerrera indagó.

—¿Gabrielle no lo aceptará?

Simina habló despacio y comedidamente.

—Mi reina tiene esperanza.

El dolor atravesó a la guerrera. Xena cerró los ojos. Nunca había conocido tal tormento físico.

—Mátame.

Simina ansiaba tocar a su paciente. Siempre había sido su medio para conectar, para calmar. Pero las quemaduras no le dejaban más posibilidad que mantenerse físicamente distante. Confesó, más para sí misma que para Xena:

—He jurado salvar vidas.

Xena razonó implacable:

—Tendrías más piedad de un perro.

Dado que no podía defender su postura con la lógica, Simina acudió a la noble tradición amazona.

—Xena, eres la consorte y la campeona de la reina. —Las palabras sonaron huecas, falsas, cobardes.

—Esa Xena ya no existe. —Suplicó débilmente, pues había perdido las pocas fuerzas que le quedaban—: Déjame morir.

—Haré lo que pueda para calmarte el dolor, pero no te haré daño.

¿Por qué no había consuelo en el murmullo de un corazón solitario? Ninguno se sentía más solo que el de la sanadora.

—Las dos sabemos que no hay nada que pueda calmar el dolor de mis heridas. Me haces daño al obligarme a vivir.

—No actúo. No voy a interferir en la voluntad de los dioses.

Al oír eso, la guerrera sintió una acometida de rabia y alzó la voz.

—Los dioses. —Xena cerró los ojos y volvió a bajar la cabeza—. Incluso ahora me torturan.

—No sabes lo que me estás pidiendo.

Xena intentó negociar.

—Deja la poción. Encontraré una forma de llevármela a los labios. Será decisión mía.

—No.

La guerrera estaba desesperada.

—¿Y si tu reina está de acuerdo?

Simina se quedó mirando atónita a la guerrera. Por un momento no supo qué decir.

—¿Se lo pedirías a ella?

Xena no pudo soportar más la discusión.

—Simina, dame la dosis que te permita tu conciencia y cuando me despierte, si lo hago, decidiré qué le pido a Gabrielle.

La sanadora llevó la poción a los labios de Xena.

—Duerme, guerrera. —Xena bebió con dificultad. Simina esperó y cuando estuvo segura de que Xena dormía, elevó su plegaria—. Que los dioses te concedan tu deseo sin mi intervención.


—¿Por qué no has enviado a buscarme?

—Mi reina, el rato que ha estado despierta ha sido breve y doloroso. Me pidió una dosis y se la he dado. Se ha quedado dormida inmediatamente. ¿Querrías que prolongara su sufrimiento?

—No, claro que no. —Gabrielle hizo un esfuerzo por concentrarse—. ¿Cuánto le dolía?

—Le resultaba difícil de soportar.

Gabrielle sabía que la tolerancia de Xena al dolor era muy grande.

—No me vuelvas a pedir que la deje.

—No, mi reina.


El dolor rompió el hechizo que había dado a Xena alivio momentáneo. El movimiento empeoraba el tormento. Siguió con los ojos cerrados. Su voz sonaba ronca:

—Sanadora.

Xena oyó la voz de Gabrielle llamando a Simina y luego la sanadora se dirigió a ella como solía:

—¿Guerrera?

—Libérame.

—No puedo.

Gabrielle preguntó:

—¿A qué se refiere?

Xena maldijo.

—Sanadora, conozco el infierno y te veré allí.

La confusión de Gabrielle fue en aumento.

—¿Xena?

Simina colocó una ampolla de la poción sobre los labios de Xena. Le ordenó:

—Bebe.

—Una gota de agua para combatir un incendio no acabará con tu culpa —dijo Xena sin la menor compasión. Se mostraba cruel al no tener en cuenta los propios sentimientos de Simina.

Gabrielle escuchaba en silencio, fijándose primero en una y luego en la otra, intentando descifrar lo que ocurría entre la paciente y su sanadora.

Simina insistió:

—Bebe y llévale tu tormento a Morfeo. —El tono brusco de la sanadora revelaba el dolor que había detrás: el dolor que uno siente al ahogarse sin poder hacer nada.

Xena dejó que el líquido bajara por su garganta destrozada. Agradecía cualquier cosa que la alejara de la brutalidad implacable de la huella del fuego sobre su carne.

Gabrielle permaneció junto a Xena hasta que la guerrera se quedó inconsciente. La reina fue a ver a la sanadora, que se había retirado a la estancia adyacente.

—Quiere morir. —Gabrielle llevaba esa conclusión en el corazón.

—Sí, mi reina. —La pena de Simina era innegable.

Gabrielle habló con tono suave y tranquilo.

—Quiere que la ayudes a morir.

—Sí, mi reina.

—Tú te niegas. —Gabrielle necesitaba confirmar la raíz del conflicto entre Xena y la sanadora.

—No me corresponde a mí acabar con una vida.

La compasión de la reina por Simina era comparable a su lealtad hacia Xena.

—Y ella te maldice por ello.

La sanadora habló con convicción.

—No temo la ira de los mortales.

—¿Temes a Artemisa? —Gabrielle sabía que sus métodos eran éticamente reprobables.

Simina se quedó atónita.

—¿Quieres que haga lo que pide Xena?

—Desde el día en que conocí a Xena, se ha esforzado por aliviar el dolor y el sufrimiento de los demás. Ha sufrido esas quemaduras al intentar salvar la vida de una niña que creía en peligro. ¿Su recompensa debe ser una muerte lenta y dolorosa mientras los que la quieren se quedan mirando?

Simina se quedó pensando y miró sus medicamentos.

—Me pides que mate.

Gabrielle necesitaba llegar a un compromiso.

—Te pido que prepares la poción. Con la bendición de Artemisa, yo seré quien haga honor a la petición de Xena.

—¿Sólo con su bendición?

—Te doy mi palabra.

Simina miró hacia la habitación donde estaba Xena. Las llamas le habían arrebatado las fuerzas y lo que quedaba era algo oscuro y destrozado que ya no era la humanidad de una orgullosa guerrera.

—Muy bien.


—No —dijo la diosa simplemente. No obtenía placer alguno con su decisión.

—Quieres que sufra. Se ha quemado intentando salvar a una niña de tu tribu.

—Jamás te lo perdonarás a ti misma.

—Lo que yo sienta no importa.

—Sí que importa. Eres mi elegida.

—Artemisa.

—Gabrielle, escucha atentamente lo que digo. No le deseo a Xena mal alguno. Agradezco todo lo que ha hecho por las amazonas. Tampoco he olvidado cómo traicionó a mi tribu del norte. Los mortales son imperfectos. Hacen cosas buenas. También hacen cosas malas. De un individuo a otro no hay manera de establecer un equilibrio o una equidad, aunque en total el equilibrio se mantiene y se hace justicia. Los dictámenes de las Parcas superan incluso mi propia comprensión. No voy a interferir. Éste es el destino de Xena. Debes aceptarlo igual que lo he hecho yo.

No eran palabras de consuelo. Eran palabras adecuadas para el nacimiento de una discusión. Gabriele no dudaría en desafiar a cualquiera de los dioses si su vida colgara en precario ante ellos.

—¿Lo has aceptado? Tú no la amas.

Artemisa conservó una fría serenidad.

—Tal vez no, pero es una mujer admirable.

Gabrielle avanzó un paso.

—¿Tu decisión sería distinta si se tratara de mí?

La diosa mantuvo su postura.

—No voy a especular. Estamos hablando de Xena.

A Gabrielle le costó reprimir sus emociones.

—Que yace sufriendo...

El tono de Artemisa fue tajante.

—Tal y como han decretado las Parcas.

Gabrielle dio la espalda a Artemisa, la diosa de las amazonas que había sido su única esperanza, y se marchó del templo. Simina y Tari la estaban esperando. La sanadora alargó la mano y la puso en el brazo de Gabrielle.

—¿Mi reina?

—Artemisa ha rechazado mi petición. —Gabrielle alzó los ojos para mirar a Simina.

Tari retrocedió. Gabrielle se volvió hacia la madre de Juna. Era incapaz de definir sus emociones.

—Tari, ¿por qué estás aquí?

Tari se quedó callada, con los ojos clavados en el suelo. Gabrielle respondió al malestar de Tari. En ese momento la capacidad de la reina para la compasión aumentó más de lo que ella misma habría creído posible. Gabrielle se acercó a la madre de Juna, pues así veía a Tari. La madre de la niña que había enviado a Xena a un infierno en busca de una muñeca. ¿Cómo de intensa debía de ser la pena de Tari? ¿Cómo de sola se debía de sentir? ¿Quién la estaba consolando? La voz de la reina se suavizó.

—Tari, ¿qué te trae ante mí?

La mujer vaciló.

—No debería haber venido.

—Tari, soy tu reina. También quiero ser tu amiga.

Tari contempló la sinceridad de los ojos de Gabrielle.

—Es Juna. No consigo consolarla. Se echa la culpa por...

Gabrielle sabía que ningún niño debía cargar con el peso de semejante culpa.

—¿Quieres que hable con ella?

—Todas saben que el vínculo entre tu consorte y tú es muy fuerte. Si Xena no puede perdonarla, tendrías que hacerlo tú.

—No hay nada que perdonar. Vamos a ver a Juna.

—Gracias, mi reina.

Gabrielle se volvió hacia Simina.

—Regresaré con Xena en cuanto pueda.

Simina se inclinó ligeramente. En cuanto estuvo a solas, entró en el templo.


La cabaña de Tari era bastante más pequeña que la de la reina, pero así y todo tenía tres habitaciones, la sala común y otras dos, una para la madre y otra para la niña. Al entrar en la sala, Tari le indicó a Gabrielle la habitación más pequeña de Juna. Antes de entrar, Gabrielle le pidió:

—Me gustaría estar a solas con ella.

Tari asintió.

La niña estaba sentada junto a una ventana, mirando el patio desierto. Gabrielle sintió que la soledad de la niña impregnaba toda la habitación. Se le partió el corazón por las dos. Cada una había sufrido una pérdida incomprensible. Sabía que la más cruel era la de la niña, pues su inocencia había desaparecido para siempre. Nunca volvería a mirar las llamas de un fuego con la misma emoción y agradecimiento por su calor y su luz. La fuerza destructiva del regalo de Prometeo la perseguiría y atormentaría. Si los dioses eran misericordiosos, lo peor iría pasando, pero sólo con el tiempo.

—Juna.

La niña habló sin dejar de contemplar el vacío que tenía delante.

—Lo siento.

Gabrielle fue a sentarse a su lado.

—Sé que no querías hacer ningún daño.

La niña exclamó:

—¡Xena me odia!

La respuesta de la reina fue a la vez firme y tierna.

—No, no te odia.

Juna se volvió hacia su reina.

—¿Has hablado con ella?

—Sí. Quería saber si estabas bien.

—¿En serio?

—De todas las personas que viven en la aldea, sé que Xena quiere a las niñas, incluida tú, más que a nadie.

Juna dijo con inocencia:

—Eso no es cierto. Xena te quiere a ti más.

Gabrielle sonrió.

—Te voy a contar un secreto. Yo todavía era una niña en algunos sentidos cuando conocí a Xena. Creo que por eso le gustaba mi compañía.

—Ya no eres una niña.

—No, no lo soy. En los años que llevo con ella he aprendido que el amor de Xena no tiene límites.

La timidez de Juna volvió a la superficie.

—¿Xena va a vivir?

Gabrielle podía mentirse a sí misma, pero no podía mentir a la niña. La reina alzó la mano para acariciar el pelo castaño rojizo de la niña.

—Juna, no lo creo.

Juna se quedó hundida. Se echó a llorar rápidamente. Gabrielle la abrazó, ofreciendo consuelo tanto a la niña como a sí misma por su pérdida inminente.


Gabrielle entró en la cabaña de la sanadora. Xena dormía profundamente.

Le dijo a Riena:

—¿Dónde está Simina?

—Se acaba de marchar, mi reina. Dijo que necesitaba pensar a solas y que no tardaría en volver.

—Quiero quedarme con Xena.

—Estaré en la otra habitación si me necesitas.

—Gracias.

Gabrielle se acercó a Xena y se arrodilló a su lado. Acarició el pelo recortado de la guerrera. El cuerpo de Xena se encogió como si sufriera el tormento de una pesadilla.

—Amor mío, déjate ir, deja de luchar. No queda nada que tengas que expiar. —Gabrielle se inclinó y besó tiernamente los labios de la guerrera. El sabor era amargo: un resto de la lucha del cuerpo de la guerrera por eliminar la ceniza que llevaba dentro—. Te equivocas al decir que Simina se reunirá contigo en el Infierno. Conocemos el Paraíso. Espérame allí y si no puede ser, recuerda que volveremos a estar juntas. Una vida nunca ha sido suficiente para ninguna de las dos. Nuestro amor es nuestro destino.

Simina entró corriendo en la enfermería. Gabrielle miró a la sanadora.

—Simina, ¿qué ocurre?

Simina se quedó callada mientras intentaba recuperar la serenidad. Sus ojos se posaban alternativamente en su reina y la guerrera.

—Quería estar aquí para hablar contigo. ¿Cómo está la niña?

—Tardará en hacer el duelo.

—Sí, es difícil aceptar lo que no se puede entender. —Simina posó la mirada en sus medicinas—. Mi reina, sobre lo que me has pedido...

—Simina, no volveremos a hablar de ello. No me esperaba la negativa de Artemisa. Haré honor a tu derecho de seguir el dictado de tu conciencia. Mantendremos a Xena dormida hasta que su alma se libere.

La sanadora estaba angustiada.

—Mi reina, le he dado la poción a Xena.

—¿Qué?

Simina se debatió, bajando la mirada e intentando justificar lo que había hecho.

—No he podido decirle que no a la guerrera. Se despertó. Estaba enloqueciendo de dolor.

Gabrielle sabía que la responsabilidad era excesiva para que Simina cargara con ella.

—¿Por qué no has...? Quería estar con ella.

—El razonamiento de Artemisa no me afectaba a mí.

La reina se dio cuenta de que la lealtad de su sanadora no conocía límites. Una idea, una idea pasmosa, se apoderó de ella. Gabrielle miró a Xena y con los dedos trazó el contorno de los labios de la guerrera.

—Dime, ¿le costó tragar?

Simina respondió, regresando al núcleo de su ser, el lugar donde residía la sabiduría de su arte.

—La poción tiene un sabor amargo, pero Xena se las arregló bien.

Gabrielle sonrió.

—¿Amargo? ¿Hace falta una dosis muy grande?

La sanadora agradecía la oportunidad de explicar que había sido considerada en el momento de llevar la muerte a Xena.

—No, mi reina. Es una droga potente y sólo hacen falta unas pocas gotas. Tarda un tiempo en hacer efecto. La respiración de Xena ya se ha hecho más lenta. Pronto se detendrá. Temía que no regresaras para estar con ella y había ido a buscarte.

La mirada de Gabrielle no se apartaba de la guerrera.

—Me he pasado por mi cabaña. Tenía que recoger una cosa. —La reina se volvió hacia la sanadora—. Simina, has mostrado tu piedad. Pase lo que pase, quiero que sepas que cuentas con mi gratitud.

La sanadora se consoló con las palabras de la mujer afligida.

—Sí, mi reina.

—Me gustaría quedarme a solas con ella.

—Como desees.

Gabrielle se quedó mirando a Simina mientras ésta salía de la habitación. Se llevó los dedos a los labios, saboreando de nuevo el amargor de la poción. Sabía que su primer contacto con la poción había sido un accidente. Las Parcas continuaban con sus nudos y giros imposibles. No iba a hacer nada para contrarrestar el efecto del veneno. Artemisa no podría juzgarla. No era que Gabrielle hubiera elegido la muerte. La muerte la había elegido y ella había consentido. Por preciosa que le pareciera la vida, aceptaría su destino sin discusión. Una vez más, su destino estaba inextricablemente unido al de Xena. Volvió a posar la mirada sobre la guerrera caída.

—Pronto, mi amor. Pronto volveremos a estar juntas.


La reina y su campeona yacían la una al lado de la otra en la cabaña de la reina. Simina estaba sentada muy abatida en un rincón. Era ella quien las había encontrado. Gabrielle se había echado con Xena en el camastro. En la mano sostenía un brazalete de plata con una esmeralda y un zafiro. Simina recordaba las últimas palabras que le había dicho la reina. Mirando atrás, estaba segura de que la reina sabía que se avecinaba su muerte. La sanadora se echaba la culpa. Si no le hubiera dado la poción mortal a Xena, su reina seguiría viva.

—Sanadora, ¿qué has hecho?

Simina levantó la mirada. Artemisa estaba ante ella. La anciana cayó de rodillas.

—Le administré la poción a Xena con tu aprobación.

—Te culpo por esto.

Simina guardó silencio.

La diosa preguntó:

—¿No tienes nada que decir?

Simina dijo que no con la cabeza.

—¿Cómo consiguió la poción mi elegida?

La sanadora sintió que su profunda vulnerabilidad no tenía nada que ver con la diosa que se cernía ante ella. No temía por su integridad física. Sentía que su alma estaba al borde de un precipicio, situada allí por su propio acto de misericordia.

—No lo sé. No dejé nada en la cabaña.

—La estaba vigilando atentamente. Entró, besó a Xena y le pidió que aceptara la muerte.

Simina levantó la cabeza.

—Perdóname, pero ¿cómo besó la reina a la guerrera?

Artemisa dijo con impaciencia:

—¿Cómo crees?

—Puede que quedara veneno en los labios de Xena. La reina no lo habría sabido.

Artemisa pasó la mirada de la sanadora a los dos cuerpos que yacían en la cama.

—Hablaré con Atenea.

Simina se quedó sentada en la cabaña esperando una señal de Artemisa. Les había dicho a las guardias de la reina que no dejaran entrar a nadie. El funeral tendría que esperar. Las piras funerarias no arderían. Las marcas fueron pasando hasta adentrarse en la oscuridad de la noche. Se despertó al notar una mano posada en su muslo y oír la dulce voz de su reina que la llamaba. Se encontró con los ojos de esmeralda de Gabrielle, pues la reina estaba arrodillada ante ella.

—Buenos días.

Simina levantó la cabeza y vio a la guerrera completamente curada, con una mano en el hombro de la reina.

—¿Mi reina?

—No sé cómo lo has hecho, pero te doy las gracias por traernos de vuelta.

—Yo no he hecho nada. Artemisa estaba furiosa conmigo. Dijo que hablaría con Atenea.

Gabrielle miró a Xena.

—Debería ir al templo para darles las gracias a las dos.

Xena se mostró de acuerdo. Gabrielle se levantó y se volvió hacia la guerrera. Puso las manos en los brazos de Xena, notando su fuerza y su salud. Con la otra mano acarició el largo pelo negro de Xena.

La guerrera habló con delicadeza.

—Gabrielle, ve al templo. Estaré aquí cuando regreses. —Y añadió con una sonrisa—: Simina y yo tenemos que hablar de unas cuantas cosas. ¿Verdad, sanadora?

Simina le sostuvo la mirada.

—Efectivamente, guerrera.


27: El desafío

—No —dijo Gabrielle categóricamente.

—¿Cómo que no? —Xena no podía creer que estuvieran teniendo esta conversación.

—Es mi lucha.

—Gabrielle, Xena es tu campeona —intervino Vaela, guardia real de Gabrielle.

La reina conocía su poder.

—Sólo si acudo a ella. —Miró a Xena—. Por favor, compréndelo.

Vaela continuó intentando persuadirla.

—Gabrielle, por el bien de la tribu nuestra guerrera más fuerte debe luchar para defender tu trono.

—Vaela, ha llegado el momento de que la reina defienda el trono.

Xena intervino:

—Lo dices en serio.

La reina dijo:

—Nunca he hablado más en serio.

Al oír esto, Xena se marchó de la sala del consejo. El hecho de que Anais hubiera decidido desafiar a la reina no era muy extraño. La joven guerrera amazona estaba muy pagada de sí misma. Necesitaba, como otras que habían osado hacer lo mismo en el pasado, que le dieran un buen baño de realidad. Siempre había sido el papel de Xena hacer tal cosa. El hecho de que Gabrielle insistiera en luchar con Anais había sido un giro asombroso e inesperado. No era una lucha que la guerrera quisiera presenciar.

Gabrielle entró en la cabaña de la reina en busca de Xena. Encontró a la guerrera recogiendo su alforja.

—¿Qué haces?

Xena siguió con su tarea sin mirar a su compañera.

—No esperarás que me quede a ver cómo te matan, ¿verdad?

—¿Cuántas veces he presenciado yo tus combates? Nunca te he dado la espalda.

—Esto es distinto.

—¿Porque eres mi campeona? ¿Porque la gran Xena, Princesa Guerrera, puede ser llamada a la defensa de la Nación Amazona?

Xena cerró su alforja y se volvió para mirar a su amor.

—No te burles de mí, Gabrielle. Es evidente que piensas que no me necesitas.

—Esto no tiene nada que ver contigo. Tiene que ver con la clase de reina que me exijo ser. ¿Discutirías la decisión de la reina si Ephiny estuviera en mi lugar?

—Ephiny era una guerrera veterana.

—Creía que habías empezado a verme como la persona que he llegado a ser, pero es evidente que me equivocaba.

—Haz lo que tengas que hacer.

Xena se puso la alforja al hombro y empezó a marcharse. Gabrielle alargó la mano y se la puso a Xena en el brazo. El tono de la amante era una súplica.

—Xena, si ésta va a ser mi última noche, no me obligues a pasarla sola.

—Estoy segura de que cualquiera de tus súbditas estaría encantada de hacerte compañía.

Las palabras fueron duras y crueles. Gabrielle dejó caer la mano. Xena avanzó hacia la puerta. Si fuera la última noche de Gabrielle. Sin volverse, Xena dijo:

—Por última vez, pídeme que sea tu campeona. —Esperó, con los músculos tensos, el corazón desesperado.

El tono de la reina fue tajante.

—No.

Xena agachó la cabeza, derrotada. Las dos sabían que no se marcharía. Gabrielle se acercó y agarró la alforja con cuidado. Xena la soltó, dejando que Gabrielle se la quitara del hombro y la dejara en el suelo. Regresó con la guerrera y apoyó la cabeza en la espalda de Xena.

—Si pensara que de verdad supone una amenaza para mí, serías mi campeona. Pero no es más que una cría y me ocuparé de ella fácilmente. Conoces mi capacidad. Sabes que digo la verdad.

Xena afirmó un hecho:

—Eres una guerrera por derecho propio.

—Sí, lo soy.

—No me enorgullezco de haberte ayudado a convertirte en guerrera, a saber lo que es matar.

—No voy a matar a Anais. Lucho por no matar. Igual que tú, mato cuando debo hacerlo.

—Igual que yo. —Había amargura en el tono de Xena.

—El camino del guerrero es honorable. También lo es mi camino. Lo sabes.

Xena asintió.

—Lo sé.

—Quédate a mi lado mañana.

Xena se volvió de cara a Gabrielle.

—Hazlo deprisa.

Gabrielle puso una mano en la mejilla de la guerrera.

—Te lo prometo.

Xena cogió la mano de Gabrielle y le dio un beso en la palma.

—Que así sea.


28: La palabra de Malcolm

—¡Guardia!

Malcolm exclamó:

—¿Quién anda ahí? —El pasillo estaba a oscuras.

—No sufrirás ningún daño.

Era una voz de mujer. Malcolm escudriñó en esa dirección.

—¿Quién eres?

La mujer salió de las sombras. Malcolm contempló su figura imponente. Era alta, de pelo negro, pómulos altos y marcados y piel bronceada. Tenía marcas de heridas: un vendaje en la parte superior del brazo izquierdo y una serie de puntos visibles en la frente.

—Soy la mensajera de mi regente. Me han dicho que tú eres uno de los guardias de mi reina.

—Si has venido a matarme...

La amazona lo interrumpió.

—Te he dicho que no sufrirás ningún daño. —La mensajera respiró hondo para calmar su corazón acelerado—. Draxis ha declarado que mi reina está ilesa. ¿Es eso cierto?

Malcolm miró a la izquierda y luego a la derecha.

La mensajera intentó aplacar la desconfianza del guardia.

—He venido sola. Sólo quería saber si Gabri... —La mensajera se interrumpió—. Si mi reina está bien.

Malcolm sintió alivio por poder decir la verdad, aunque sabía que encerrada en ella había una mentira por omisión.

—Sí. Nadie le ha hecho daño.

La mensajera no desvió la mirada.

—Dime, ¿Draxis es un hombre de honor?

—Eso pienso yo, amazona.

—Bien. Será mejor que regrese a las negociaciones.

Malcolm la llamó:

—Espera.

La mensajera agradeció la oportunidad de continuar la conversación.

—Sí.

—¿Pagaréis el rescate?

La mensajera interpretó las palabras del guardia más como una afirmación, tal vez incluso una súplica, que una pregunta. Respondió con cautela.

—Estamos siguiendo las órdenes de nuestra reina.

—Gabrielle dijo que teníais órdenes de no pagar un rescate.

La mensajera advirtió la familiaridad con que se refería a ella.

—¿Eso dijo?

—Sí. No parece tener miedo a la muerte.

La amazona respondió con sequedad:

—No lo tiene.

—¿Cómo es posible? —El guardia parecía sinceramente perplejo.

La guerrera habló pensativa.

—Porque ha conocido la muerte íntimamente.

Malcolm no se dio por satisfecho.

—¿A qué te refieres?

La mensajera fingió impaciencia.

—Yo no soy bardo. Guardia, ni se te ocurra hacerle daño a mi reina. Quien haga daño a un alma tan pura no conocerá la paz.

El guardia se rebeló.

—A mí no puedes intimidarme.

La calma de la mensajera rechazó la rabia de Malcolm.

—No tengo por qué hacerlo. Simplemente digo la verdad.

El espíritu de Malcolm se doblegó. Su tono se suavizó.

—Amazona, ¿tú conocías a Xena?

Eso despertó el interés de la mensajera.

—Sí, la conocía. ¿Por qué lo preguntas?

—Por Gabrielle. Tu reina la amaba, ¿verdad?

—Sí.

—¿Y Xena? ¿Amaba ella a la reina?

La mensajera hizo un esfuerzo por mantener la serenidad.

—Se dice que nunca ha habido un amor más grande.

—Me pregunto... —El guardia se quedó callado.

—¿El qué? —La mensajera quería continuar.

El miedo se dejó ver en el tono de Malcolm.

—Si la reina querrá seguir viviendo sin ella.

La mensajera avanzó un paso. En su voz se advertía un tono apremiante.

—¿Qué quieres decir?

—No lo sé. Es fuerte, pero tengo la impresión de que también está perdida.

—Tiene una hija.

Esto sorprendió a Malcolm. Gabrielle no había hablado de una hija en los fragmentos de historias que le había oído recitar.

—¿Sí? ¿Cómo se llama?

—Eva.

—Ésa es la hija de Xena.

—Eva es tan hija de Gabrielle como lo es... lo era de Xena. Eva ostenta el derecho de sucesión de nuestra reina.

—Espero que su unión tenga la fuerza suficiente para hacer que Gabrielle siga viviendo.

La mensajera estaba ahora segura de que este guardia ofrecía una posibilidad.

—¿Cómo te llamas?

El guardia dudó un momento y luego decidió responder.

—Malcolm.

—Bueno, Malcolm. No sé qué va a pasar con nuestras negociaciones. Sí que te puedo decir que nuestra regente no traicionará a mi reina. Si Gabrielle está dispuesta a morir por su tribu, no nos corresponde a nosotras cambiar su destino.

—Si Xena estuviera viva...

—Pero no lo está, ¿verdad?

—Draxis no tardará en perder la paciencia.

—Como he dicho, nuestra tribu honrará a nuestra reina. No la desobedeceremos.

La conclusión de Malcolm resonó con la rabia que surge del miedo.

—¡Entonces morirá!

La mensajera le planteó un desafío.

—¿Impedirías su asesinato o eres el que llevará a cabo la orden?

Malcolm retrocedió un paso como si le hubiera dado un golpe.

—Yo no la voy a matar.

—Pues puedes unirte a ella en la muerte. No conozco a ningún señor de la guerra digno de ese nombre que esté dispuesto a tolerar la insubordinación.

—Soy guardia, no verdugo.

—Aunque la orden la cumpla otra persona, tú eres cómplice. No te mientas a ti mismo: eres el verdugo de mi reina, tanto si asestas tú el golpe como si no.

Malcolm exclamó:

—¡Pagad el rescate!

La mensajera le propuso una alternativa.

—Ayúdame a liberarla.

—¿Qué? —El guardia no daba crédito a la audacia de la amazona.

—Podemos trabajar juntos. Te prometo que no correrá la sangre.

Malcolm intentó resistirse a su propia conciencia.

—¡Yo no soy un traidor!

—Malcolm, debes decidir si quieres ser el verdugo de Gabrielle o el guardia traidor de Draxis. Si nos ayudas, te garantizo la huida con dinero suficiente en la bolsa para llevar una vida decente.

—Si estáis dispuestas a pagarme a mí, ¿por qué no pagáis a Draxis?

—La Nación Amazona no recompensa el mal.

—¡Vete al Tártaro!

La mensajera habló de corazón.

—Hasta que mi reina esté libre, vivo en el Tártaro. No puede ser peor que esto. Si decides ayudar, ponte en contacto con nuestra regente a través de una de nuestras guerreras.

Malcolm se dio la vuelta y se alejó. Xena se quedó mirando al joven guardia. Esperaría a ver si volvía como aliado.


Malcolm había conseguido llevarle a Gabrielle un suministro constante de velas. Tenía la esperanza de que con la luz su aislamiento disminuyera. Temía que su depresión fuera en aumento. Gabrielle estaba cada vez más callada. Parecía vivir en un mundo que existía fuera de la celda. A veces la oía contando historias en la oscuridad. Si estaba lo bastante cerca de la puerta, conseguía seguir la historia. Estaba impresionado por la delicada belleza de la joven, por su título de reina amazona, por su reputación como hábil guerrera y astuta estratega y negociadora. Sólo más adelante se dio cuenta de que Gabrielle también era la famosa Bardo de Potedaia. Sus historias, al menos las que él oía, trataban todas de Xena, la Princesa Guerrera, la campeona y consorte de la reina. Si la mitad de las historias de Gabrielle eran ciertas, tanto ella como Xena eran en verdad mujeres extraordinarias.

Gabrielle no se fijó ni en la luz de la vela, ni en la comida, ni en Malcolm, ni en la antorcha. Malcolm intentó entablar conversación, pero Gabrielle no estaba dispuesta. Se acercó a la reina y se agachó ante ella sobre una rodilla.

—Gabrielle, me han dicho que Xena tenía una hija. Que tú le diste tu derecho de sucesión.

—Sí.

—¿No merece la pena vivir por ella?

Gabrielle miró a Malcolm.

—No tienes ni idea de lo que pienso o siento.

—No, sólo puedo imaginármelo. —Dicho esto, el guardia se levantó y salió de la cámara. Gabrielle siguió su sombra como había hecho ya tantas veces. Se dijo en voz alta:

—No, no lo sabes.


29: No es hija de la reina

Xena fue a su cabaña. No había guardias en la puerta. Eva no estaba por ningún lado. La guerrera salió, recorriendo el patio con los ojos. Empezó a sentir un escalofrío de miedo por la espalda. La protectora maternal avanzó paso a paso. Cada zancada era amplia, para hacer frente a la temida amenaza. Llamó a la capitana de las guardias, Vaela, que estaba fuera de la sala del consejo:

—¿Has visto a mi hija?

—No, Xena, no la he visto.

—¿Dónde está la reina?

—Los miembros del consejo y ella están en el comedor almorzando.

Xena se giró bruscamente, luego se detuvo y volvió a mirar a Vaela.

—¿Han dicho algo de la niña?

—No, Xena.

Xena aceleró el paso. Oía a un bebé. Estaba convencida de que era Eva. El llanto del bebé salía de la cabaña de la sanadora. Temerosa de que Eva estuviera herida o enferma, Xena no se anduvo con miramientos ni cortesías. Entró en casa de Simina apartando de un tirón la cortina que tapaba la puerta. Con alivio, encontró a Eva sentada en el regazo de Simina. La sanadora le puso un dedo en la boca a la niña.

—Xena, ¿ocurre algo?

—¿Por qué está Eva aquí?

—A la niña le están saliendo los dientes, como bien sabes. Mi reina me indicó que le aliviara las molestias.

A ambos lados de la sanadora estaban dos de las guardias reales. Xena se dirigió a ellas.

—¿Por qué no se me ha informado?

Cadin, la mayor, habló primero.

—Xena, acudí a la reina en busca de instrucciones. Fue ella quien nos envió a Simina.

—¿A la reina? Acudís a mí. ¿Me entendéis? Eva no es hija de la reina. Esta niña es mi hija.

La incomodidad de Cadin aumentó visiblemente. Desvió los ojos. Xena decidió seguir la mirada de la guardia. Ahí estaba la reina. A su lado estaba Vaela. Gabrielle pasó la mirada de Cadin a Eva y por fin a Xena. La reina habló:

—Xena, no quería interrumpir tu entrenamiento. No volverá a ocurrir. Lo siento.

Una sombra había caído sobre Gabrielle. Sus ojos estaban apagados y distantes. Se dio la vuelta y salió de la cabaña seguida de Vaela.

¿Cómo podía Xena explicar su reacción? Era su miedo. La vida de Eva había corrido peligro desde su concepción. No había miedo materno que pudiera estar más justificado. Simina no era de las que rehuían un enfrentamiento. Su actitud lo decía todo. Sus palabras fueron concisas mientras les indicaba a las guardias que esperaran fuera.

—Coge a tu hija.

Xena alargó las manos y cogió a Eva de brazos de Simina. Abrazó a esta vida inocente. Aspiró el dulce olor de su cuerpo, dejando que la suavidad del tacto de Eva se adueñara de ella.

—Xena, nadie te arrebatará jamás el amor de tu hija por ti. Por grande que sea tu amor por ella, sé que eso no ha disminuido tu amor por mi reina. Debes saber que Eva puede querer a otros y seguir queriéndote a ti por encima de todos y más allá de lo que puedas imaginarte. Y recuerda, las palabras, sobre todo las inducidas por el miedo, son capaces de causar una herida mucho más profunda y mucho más incurable que cualquier espada.

Lo que decía la sanadora era cierto. Xena lo sabía y su alma clamó por recuperar el favor de Gabrielle.

—Simina, ¿querrías cuidar de Eva hasta que vuelva?

—Por supuesto, guerrera.

Xena sonrió. El uso que hacía Simina del término "guerrera" lo había acabado convirtiendo en un término cariñoso. Xena sabía que Simina reconocía y aprobaba lo que se debía hacer. La madre le dio un beso a su hija en la mejilla antes de consentir en separarse de ella.

—Puede que tarde.

—Estoy dispuesta a darle todo el tiempo que necesite.

Xena sabía que se refería tanto a Eva como a la reina. Xena volvió a encontrarse a Vaela fuera de la sala del consejo.

—¿Está aquí la reina?

—No, Xena. Me ha dicho que me quede aquí y ha echado a andar hacia el prado del norte. —Xena guardó silencio mientras pensaba en cómo interrumpir la soledad de Gabrielle. La voz de Vaela la sacó de sus reflexiones—. Xena, estoy segura de que mi reina daría su vida por tu hija.

A Xena no le cabía duda. Gabrielle había demostrado la veracidad de lo que decía Vaela una y otra vez.

—Lo sé, Vaela.

—Quiere a Eva como si fuera suya.

—Sí, es cierto.

Vaela dijo, más como pregunta que como desafío:

—Pero para ti mi reina nunca podrá ser tu igual como madre.

—Te equivocas, Vaela. Gabrielle es tan responsable de traer a Eva al mundo como yo.

—Ojalá ella creyera que eso es lo que piensas.

—Si no lo cree por mis palabras, me aseguraré de que lo crea antes de que acabe el día.

—Hace falta valor para reconocer un error.

—Tal vez. Pero creo que esta vez hará falta humildad para corregir una injusticia.

—Tú sabrás.

—¿El prado del norte?

Se inclinó levemente.

—El prado del norte.


El prado del norte era el preferido de Gabrielle. Estaba rodeado de altos árboles. La hierba era alta. Se inclinaba con la brisa, agitándose como la ola de un océano. Un riachuelo lo atravesaba con el agua fresca de las montañas. Con él llegaba la música de las leves corrientes al pasar por encima de las piedras.

Gabrielle y Xena habían pasado juntas más de una noche allí, bajo las estrellas. Durante la cosecha, cuando la luna era grande y brillante, a Gabrielle le parecía que podía levantar la mano, tocar el astro y absorber la sabiduría de todos los tiempos. Ahora no era una noche de seguridad. No estaba echada al lado de Xena. Era mediodía. El calor del sol caía sobre sus hombros desnudos y le subía por las piernas desde la tierra.

La reina contuvo sus emociones hasta que llegó a la pequeña extensión de tierra junto al gran árbol que siempre les daba sombra. Se inclinó hacia el árbol, sujetándose con las manos, notando su fuerza, percibiendo la vida de su savia que palpitaba como la sangre de sus propias venas. Fue aquí, en medio de toda esta vida, donde abandonó el control que se había impuesto a sí misma y se permitió llorar. La pena se le atravesó en la garganta. En su mente resonaba la declaración de Xena: "Eva no es hija de la reina". Por sangre, eso era cierto, pero sólo por sangre. Gabrielle no podía hacer nada, ni podía decir nada, para rebatirlo. Se hundió física y emocionalmente como no lo había hecho desde su crucifixión.

Desde el momento de la resurrección, aceptó su propia fuerza y luchó ferozmente. Protegió a Xena y la promesa de un hijo. Y cuando nació Eva, la promesa se hizo carne y hueso. Claros ojos azules, manos suaves y osadas, una voz empeñada en imitar el grito de batalla de su madre. Por todo lo que significaba la vida, amaba a la guerrera y a la niña. Tal vez había hecho mal en desear que Eva formara también parte de ella, pero se estaría engañando a sí misma si dijera lo contrario. Era el deseo de su corazón. Ahora Xena había establecido el límite sin lugar a equívocos. "Eva no es hija de la reina".

Gabrielle se dejó caer de rodillas, con la espalda encorvada sumisamente, doblegada por un peso terrible. Siguió llorando. La pérdida era doble. No sólo de esta forma Eva quedaba distanciada de su amor, sino también la guerrera. Su unión se había alterado. Ya no ocupaba un lugar al lado de Xena como su igual en la vida. La niña había ocupado su lugar. La bardo no era capaz de enfurecerse. No podía condenar el amor de una madre. Conocía ese amor demasiado bien. Había jurado proteger a Eva con su vida. Tenía toda la intención de asegurarse de que Eva no tuviera que luchar constantemente por ser feliz. Las tragedias de Esperanza y Solan no iban a repetirse.

Volvió el cuerpo y se apoyó en el inmenso tronco, sujetándose, sintiendo el anhelo del corazón humano que subía desde los rincones más profundos de su alma hasta la superficie. El círculo de su vida, en el que habían estado incluidas Xena y Eva, se había reducido, colocándolas a las dos fuera de lo más íntimo, dejándola a ella en una soledad que amenazaba con quitarle el aliento. Lo que consideraba su razón para vivir, la capacidad de demostrar su amor sabiendo en lo más profundo de su ser que su amor era bien recibido, necesitado, deseado, todo esto era ahora objeto de duda.

Xena oyó a Gabrielle antes de localizarla debajo del árbol. El remordimiento de Xena amenazaba con consumirla. Las suyas habían sido unas palabras brutales para la bardo. Había esperado algo de misericordia, que el dolor de Gabrielle no fuese tan profundo, pero la guerrera sabía que no iba a ser así. La naturaleza de Gabrielle era tal que jamás podría dejar de sentir del todo la dureza de la vida.

La guerrera se detuvo a cierta distancia. Por un momento se sintió cobarde. No creía ser capaz de decir las palabras adecuadas. Seguiría la mejor lección que le había dado Gabrielle a ella. Xena permitiría que su corazón la guiara.

Reina, bardo, guerrera por derecho propio, todo eso carecía de importancia. Gabrielle era una mujer que sufría. No percibió a su compañera como sólo ella podía. No lo hizo hasta que la mano de la guerrera le cogió delicadamente la muñeca y le bajó el brazo para destaparle la cara cubierta. Sintió el tirón de Xena cuando la abrazó. Xena se arrodilló delante de la bardo. Habló primero con el tacto. Gabrielle siguió llorando. La pena de la bardo tenía sus raíces en su humanidad. No había vergüenza alguna en su fragilidad. Una vez más, pidió disculpas:

—Lo siento.

El tono de Xena transmitía su remordimiento.

—No lo sientas. No has hecho nada malo. Estaba asustada. A ti te confío el cuidado de Eva. Me cuesta confiar en los demás.

—Sé que tu amor por Eva es lo primero.

Xena se sintió atravesada por la rabia.

—No. No digas eso jamás. Gabrielle, mírame. —Xena se apartó de Gabrielle—. Mírame.

Gabrielle obedeció con timidez.

—Te amo. Durante todos los años que hemos estado juntas, tú has sido el centro de mi vida. Eso no ha cambiado. Jamás cambiará. ¿Me oyes?

—Xena.

—No, no voy a perderte. Otra vez no. Me niego.

—Pero Eva...

—Eva es nuestra hija. ¡Nuestra! Cuando nos abraza, nos abraza juntas, no por separado, no aparte. Cuando pienso en ella, la imagino en tus brazos, en el centro de mi vida. Las dos, juntas.

Gabrielle alargó la mano y acarició la mejilla de Xena. Ésta alzó la mano y se la puso a Gabrielle en el antebrazo.

—Gabrielle, jamás te consideres nada menos que mi amor.


30: Esperando

Como esperaba, Malcolm aceptó organizar la liberación de Gabrielle. Se moverían deprisa. Había que completar todos los preparativos antes de su siguiente turno. Gabrielle no sabría que iban a venir. Xena sabía que debía ser paciente durante unas cuantas marcas más. Habían tardado más de lo que la guerrera esperaba en asegurar la libertad de Gabrielle. Ella había tardado en curarse de la caída por el acantilado. Uno de los hombres de Draxis le pegó un golpe en la cabeza por detrás mientras luchaba contra otros tres. Su caída provocó una pequeña avalancha de rocas y tierra, lo cual hizo creer a Draxis que había quedado sepultada viva. Para acallar sus temores, Draxis hizo que sus hombres examinaran el lugar. No encontraron ni rastro de ella. Y de esa forma, se marchó con Gabrielle como premio. Las amazonas de la tribu heridas pero vivas fueron mucho más diligentes. Encontraron a la guerrera y la desenterraron.

Xena tardó en estudiar las defensas de Draxis. Eran fuertes. Advirtió irritada que el señor de la guerra era inteligente y estaba bien armado. Sabía que tenía que poder garantizar la seguridad de Gabrielle desde dentro al infriltarse en la prisión. Malcolm era su forma de acceso. El chico no sabía qué aspecto tenían ni la Princesa Guerrera ni la regente. Xena se hizo pasar a propósito por una de las guerreras de la reina. Si Malcolm traicionaba a las amazonas, las defensas de Draxis serían aún más fuertes si se sabía que ella seguía viva. Acudir a Malcolm había sido un riesgo, pero Xena necesitaba oír la voz del guardia, observar su lenguaje corporal antes de poner en marcha su estrategia. Para Xena era evidente que el joven guardia había tomado afecto a su compañera. Al apelar a su corazón obtuvo la respuesta necesaria. Malcolm había asumido la carga del papel del traidor entre los hombres de Draxis. El joven no tardaría en ganarse su gratitud y su amistad.

La preocupación del guardia por Gabrielle dejó muy afectada a Xena. Gabrielle había sido libre toda su vida: si no físicamente, todavía podía escapar por medio de su imaginación. Xena se consoló pensando que Gabrielle estaba utilizando su don como narradora para aguantar. Hasta qué punto había resultado herido el espíritu de Gabrielle era algo que no se sabría hasta que estuvieran reunidas.

Para Xena la separación había sido casi insoportable. Obligó a su cuerpo a adelantarse a su curación. Simina discutió, pero como siempre, la sanadora acabó apoyando a la guerrera. Xena dictó cada palabra intercambiada oralmente o por carta. El arrogante deseo de Draxis de presentarse como el que la había matado se usó en provecho de la tribu. Fingieron desorganización y pidieron tiempo para poner en orden su gobierno. Alargaron las negociaciones e hicieron creer a Draxis que tenía la ventaja al acceder a su exigencia de que todos los encuentros tuvieran lugar en su cuartel. La labores de espionaje fueron exhaustivas, pero muy largas.

Xena se mantuvo todo el tiempo en la sombra, a lo lejos, como un espectro inalcanzable. Nunca conseguía acercarse lo suficiente para ver a la bardo. Los informes decían que la reina amazona estaba encerrada en una cámara, nada menos que una prisión en el centro mismo de la fortaleza de Draxis. Los pasillos para llegar a Gabrielle estaban diseñados como un intrincado laberinto. Malcolm era la llave para llegar y abrir la puerta de la cámara de Gabrielle.

La guerrera anhelaba a la bardo. Echaba todo de menos: su presencia, su sabiduría, su compasión, todo lo cual irradiaba de su voz, su risa, su sonrisa, sus caricias. Echaba de menos el olor que le quedaba después de compartir horas de pasión. Echaba de menos su humanidad sin compromisos. Lo que Xena no echaba de menos porque hacía tiempo que se había aposentado en su corazón era el amor de Gabrielle. Ningún tipo de separación le arrebataría jamás eso a la guerrera.


31: El futuro

Gabrielle abrió los ojos a la oscuridad implacable. No hacía mucho que Xena y ella habían sido salvadas por Artemisa. Al principio de su vida con la guerrera era su optimismo lo que la ayudaba a llegar al día siguiente. Murió en la cruz, con Xena a su lado. Conoció el Paraíso y probó el Infierno. Tanto Xena como ella volvieron a vivir de nuevo.

Su vida cambió tras su resurrección. Era difícil de definir. Era una consciencia que no podía expresar con palabras. Miraba a Xena sabiendo que la guerrera lo era todo para ella. Aunque al saber esto, sabía más. Sabía que había promesas entre ellas y que esas promesas eran más grandes que la vida misma. En el Paraíso sabía que tenía que luchar con el alma corrupta de Xena. Sabía que Xena, la Xena a quien amaba, habría preferido la aniquilación antes que hacer más daño. Sabía que Eva se centraba en torno a otra promesa. La vida de la niña tenía más importancia que la vida de las dos por separado o unidas. En la oscuridad sabía que la muerte a la espera en los labios de Xena la noche después del incendio ya no era aceptable. Mientras que antes sólo miraba a Xena, ahora estaba obligada a ver a Eva. Ésta era el futuro y Gabrielle tenía la obligación de luchar por el derecho de estar al lado de Eva, de ser su madre, amiga, maestra y reina. Sabiendo que el alma de la niña había sufrido grandes tragedias en una vida anterior, le correspondía a Gabrielle suavizar la maldición de perder a su madre de bebé.

Malcolm le había dicho el tiempo que había pasado. Llevaba en la cámara un ciclo lunar y medio. Su pueblo cuidaría de su hija. El hecho de que Eva era su hija tras la muerte de Xena había sido declarado y registrado por el consejo gobernante. Lo mismo con el derecho de sucesión. Su regente estaba negociando por su vida y su deber por encima de cualquier otro consistía en vivir por su hija.

¿Cuántas veces había perdido a la guerrera? Cada una de esas veces había puesto a prueba su decisión de vivir, de seguir adelante, de honrar el legado de la vida que habían compartido. Había demasiados recuerdos para escoger únicamente las lágrimas. El mejor era el día en que nació Eva, la alegría indescriptible de una segunda oportunidad. La pérdida de Solan jamás se olvidaría. Eva era un regalo de absolución, una oportunidad para que dos vidas se entregaran a preservar la inocencia de una niña.

Cuánto lloraba Gabrielle a Xena y cuánto anhelaba igualmente sostener a su hija en sus brazos. Gabrielle cerró los ojos y se concentró en la niña. Las manitas, los ojos como platos que lo absorbían todo, la sonrisa espontánea, el grito maravillado. Oía a Eva. Veía a la niña, nunca muy lejos de la guerrera, su madre, el amor de Gabrielle. Ésta se aferró a esos recuerdos. Draxis podía jactarse de la muerte de Xena, pero no se jactaría de haber destruido a la reina amazona.

La puerta de la celda se abrió con un violento tirón del cerrojo. Se acercó una llama. Gabrielle tuvo que taparse los ojos. No era Malcolm. El paso era rápido y brusco. Se preguntó si había perdido a su aliado con el cambio de la guardia. El intruso no estaba solo. El ruido de múltiples pisadas era difícil de cuantificar.

—¡Gabrielle!

La voz era demasiado familiar. Resonó en las paredes. La reverberación le atravesó la piel y le temblaron hasta los huesos.

—Xena.

—Aquí estoy. ¿Te han hecho daño?

Malcolm intervino:

—¿Tú eres Xena?

Xena respondió sin apartar la vista de Gabrielle.

—Sí.

—Te he dado mi palabra.

Xena se volvió hacia el guardia que era su cómplice y luego de nuevo hacia su bardo.

—¿Gabrielle?

—Xena, estoy bien.

—Vamos a sacarte de aquí.

Gabrielle necesitaba saberlo.

—¿Y Draxis?

—Vivo si tiene la inteligencia suficiente para dejarnos marchar. No como ese necio guardia viejo.

Gabrielle miró a Malcolm.

—¿Ogden está muerto?

Malcolm contestó:

—Sí. Iba a dar la alarma.

Xena interrumpió:

—Evitemos que el buen hacer de Malcolm no sirva para nada. Gabrielle, tenemos que irnos. Podemos hablar luego.

—Malcolm, ¿has matado tú a Ogden?

—No he tenido elección.

La impaciencia de Xena llegó al límite. Cogió a Gabrielle en brazos y se la llevó para ponerla a salvo.

Gabrielle le dijo al guardia:

—Lo siento.


32: Resoluciones

Gabrielle estaba de pie en la intimidad de la cabaña de la reina. Xena estaba sentada mirando a su compañera. Malcolm era ahora un fugitivo. Xena había cumplido la promesa que le había hecho. Recibió fondos suficientes para emprender una nueva vida lejos del señor de la guerra. Se marchó de la provincia con un contingente de guerreras amazonas en cuando todos escaparon de la fortaleza de Draxis.

Gabrielle fue a la cuna y acarició el naciente pelo del bebé. Las manos de Eva eran milagrosamente pequeñas y sin embargo fuertes al agarrar el dedo de Gabrielle. Ésta sonrió. Esta niña inocente auguraba el crepúsculo de los dioses. Ni Xena ni ella sabían por qué o cómo iba a ocurrir esto, sólo que ellas vivían para que la niña pudiera vivir, para que la niña pudiera conocer el amor más grande. Por eso aguantaba Gabrielle. Aguantaba por su familia, su hogar. Fue hasta Xena y apoyó la cabeza en el regazo de la guerrera. Ésta acarició el corto pelo rubio de su compañera.

—Te quiero, Xena.

—Y yo a ti. —Xena había notado hacía ya tiempo que con la madurez la bardo hablaba menos. No era propio de Gabrielle llenar todos los silencios con preguntas y observaciones. Gabrielle había visto y vivido tanto que sus ojos se maravillaban menos con lo extraordinario. Mejor dicho, descubría la maravilla de la vida en lo cotidiano. Aunque lo extraordinario afectaba a sus vidas, no era algo que buscaran. La jovencita del pasado quería aventuras. La mujer del presente quería paz. Xena sabía que no podrían tener paz enfrentadas al odio de los dioses. Así y todo, todavía podían compartir momentos como éste. Sin duda se producían sin la bendición de los dioses—. ¿Qué tal tienes los ojos?

—Se van adaptando. Los colores, las caras de la gente, incluso las que algunos considerarían feas, tienen su propia gracia. Esto lo sabes cuando te lo quitan y anhelas recuperarlo.

—Te he echado de menos, bardo mía.

—Nosotras nunca acabaremos. —Gabrielle levantó la cabeza y se quedó mirando los ojos de zafiro que la atravesaban, tocándole el alma.

Gabrielle se refería a mucho más que su amor. Más que a Eva, que iba a ser su legado en carne y hueso. Para Gabrielle, su historia era el testamento de todos aquellos cuyas vidas habían tocado y que las habían tocado a ellas. Su legado era cada acto de caridad, cada defensa de los débiles, los pobres o los oprimidos. Ellas sacaban su fuerza la una de la otra, eso era cierto. Pero la razón de su existencia se extendía más allá de la otra hasta el bien supremo. Su vida tenía un aspecto público y otro privado. Cuando estaba presa, Gabrielle se había concentrado en lo privado, lo personal. Su amor por Xena era el origen de su pasión por la vida. Sin embargo, ahora que las dos estaban libres, seguirían adelante. Volverían a entrar en el terreno público y continuarían con su empeño de dar donde otros no podían o no querían. Pronto reanudarían el viaje hacia su destino.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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