2


Gabrielle llevaba echada en la cama casi una marca cuando oyó el roce familiar de unas botas en la puerta. Se detuvieron y se quedaron ahí un rato larguísimo hasta que por fin se abrió la puerta y una guerrera de pelo negro atisbó dentro.

Sonriendo, Gabrielle se apoyó en un codo y miró a una guerrera muy contrita.

—No la has matado, ¿verdad?

—Lo siento, Gabrielle... no tenía derecho a...

—No pasa nada... sólo ha sido un malentendido, seguro. —Gabrielle se frotó las sienes.

—Supongo que ese dolor de cabeza te lo he causado yo, ¿eh? ¿Quieres que te prepare algo para eso?

—No, gracias. —Sonrió a la guerrera—. Le prometí a Adia que la vería hoy... Seguro que un paseo me lo alivia.

—Entonces creo que iré a darme un baño caliente —dijo Xena—. De verdad que lo siento, Gabrielle... no sé qué me ha dado.

—¿Tratabas de protegerme, tal vez? —dijo la bardo dulcemente.

—Sí, supongo que es eso —contestó Xena, volviéndose antes de que Gabrielle pudiera ver la verdad en sus ojos.


—Tori me ha dicho que éste es uno de tus sitios preferidos. —Adia hizo un gesto a Gabrielle para que se sentara. Habían ido al estanque donde Gabrielle encontraba tanta paz—. El primer paso es ser completamente franca, Gabrielle. No sólo conmigo, sino también contigo misma. Sé que me has contado lo esencial de tu pesadilla, pero no te pido que me cuentes tus sueños... prefiero entrar en ellos y verlos por mí misma —dijo la sanadora cogiéndole la mano a Gabrielle—. Pareces un poco nerviosa.

—Supongo que lo estoy. Una cosa es contarle a alguien una pesadilla y omitir las partes que te resultan demasiado embarazosas... o terribles para hablar de ellas, y otra cosa es saber que hay alguien ahí observándote. —Gabrielle se frotó en la falda con aprensión las palmas empapadas en sudor.

—No será tan malo como crees. Esta vez, cuando entres en el sueño, yo estaré ahí, pero no tendrás que experimentarlo como una víctima. Quiero que te quedes fuera de ti misma y lo observes conmigo. Cuando hagas esto las emociones que sientas serán las que experimentes al ver a otra persona... ¿crees que puedes hacerlo?

La joven reina asintió con la cabeza.

—Ahora quiero que te eches y concentres la mente en las nubes. Quiero que pienses en la persona de tu sueño... piensa en Xena.

Era más fácil pensar en Xena sin que las violentas imágenes le inundaran la mente cuando la guerrera no estaba en la misma habitación con ella. Gabrielle se descubrió sonriendo. ¿Se ha puesto celosa Xena de verdad? ¿Por qué si no se iba a poner furiosa con Eponin? ¡Por los dioses, Xena, cuánto te quiero!

Gabrielle intentó recordar cuánto tiempo había pasado. ¿Cuándo se había enamorado de la estoica guerrera? Por mucho que lo intentara, sencillamente no conseguía recordar cuándo empezó. No hubo un momento o un acontecimiento decisivo y trascendental. Era como si siempre hubiera amado a la guerrera morena. A la joven bardo le resultaba absolutamente natural y correcto. Se había convencido a sí misma de que sus sentimientos de amor y deseo, el amor no correspondido que ardía en su interior, no tendrían importancia y que podría ser feliz con que Xena la quisiera como amiga. Por eso el dolor de su corazón se hacía más fuerte cada día. Antes había dado vueltas a la idea de que tal vez... quizás, con un poco de ayuda de los dioses, podría hacer suya a Xena. Ahora, las imágenes que Morfeo le traía habían conseguido retorcer su psique de tal manera que temía aquello que anhelaba.

Adia notó que Gabrielle empezaba a alejarse del reino mortal. Rápidamente, antes de que la bardo pudiera ser reclamada por completo por Morfeo, la sanadora la cogió suavemente de la mano y cerró los ojos. El sueño de Gabrielle había empezado.


Xena se reclinó en una de las pozas más pequeñas de los baños, mientras el vapor flotaba alrededor de su largo cuerpo estirado en la poza excavada. Casi no puedo creer que haya hecho eso... y luego digo que a Gabrielle se le "fue" la cabeza. ¡¿En qué estaba pensando?!

Ya ni siquiera sé qué me pasa contigo, Gabrielle. Eres como una obsesión, pero una obsesión que quiero tener para siempre. La más mínima cosa que haces me resulta absolutamente cautivadora. Si consiguiera controlar mis hormonas cuando estoy a tu lado, me conformaría con sólo abrazarte y simplemente disfrutar de estar contigo durante el resto de nuestra vida. ¡Por los dioses, Gabrielle, cuánto te quiero!


Durante un rato, Adia se quedó tumbada en las rocas al lado de Gabrielle, con las manos detrás de la cabeza. La sanadora miró a la reina dormida. Hacía tanto tiempo que no dormía sin las pesadillas que Adia no tuvo valor de despertarla tan pronto. Pero el problema iba a ser Xena. Si la guerrera soñaba realmente con Gabrielle, como decía Tori, era posible que no estuviera dispuesta a permitir que la reina visitara sus sueños.

Gabrielle se estiró y se despertó con una sensación que no conocía desde hacía mucho tiempo... contento. Se frotó los ojos adormilada, volviéndose a la sanadora.

—Ha sido una experiencia increíble —dijo, meneando la cabeza—. Ni siquiera sé cómo describirla, pero me siento tan... tan... no sé, pero mejor de lo que me he sentido desde hace mucho tiempo.

Adia sonrió y tiró de Gabrielle hasta que las dos se quedaron sentadas cara a cara.

—Me alegro de que no te haya resultado demasiado doloroso. Pero tengo que advertirte ahora mismo de que esta noche es posible que experimentes unas sensaciones más intensas a causa de esto. Parece que cuando prolongamos el dolor de una pesadilla, más tarde se nos duplica. Sólo quería decirte que es temporal.

Gabrielle asintió ante lo que le decía la sanadora.

Ahora viene lo difícil.

—Gabrielle, ¿quieres pedirle a Xena que te ayude o lo hago yo?

—¿Xena? Creo que no comprendo, ¿qué me ayude a qué?

—Gabrielle, cuando las personas sufren sueños inexplicables o se ven atormentadas por imágenes de desconocidos, entonces yo puedo entrar en sus sueños como su campeona. Tus sueños están llenos de una persona a la que quieres, es más, de una persona que ya es tu campeona. Xena tendrá que ser la que entre en tus sueños y te ayude. Como consecuencia, tú entrarás en sus sueños como parte del proceso curativo —terminó Adia en voz baja.

Gabrielle se quedó sentada con la mirada en el regazo.

—No puedo dejar que Xena vea lo que hay en mis sueños... no sería justo, no ha hecho nada para provocar esto. —La joven agachó la cabeza abatida. Casi lo consigo—. Además, Xena nunca me dejaría ver sus pesadillas.

—Nuestros sueños no siempre son pesadillas. No siempre tienen que ser desagradables —dijo Adia esperanzada.

—En el caso de la Princesa Guerrera, lo son —dijo Gabrielle suavemente.

—Deja que hable con ella —intentó Adia.

—No, por favor, Adia. Prométeme que no le dirás nada de esto. Yo hablaré con ella.


—No, Gabrielle... ¡es como jugar con fuego! —Xena se paseaba por la habitación que a la guerrera cada vez le parecía más pequeña a medida que pasaban los segundos—. ¡No sabes lo que me estás pidiendo!

Gabrielle no había tenido intención de sacar a relucir la curación de los sueños. Prácticamente había decidido que tendría que vivir con la situación, pero algo en su interior no dejaba de recordar la sensación con que se había despertado antes. Era una paz de corazón que no había sentido desde hacía mucho tiempo. El solo recuerdo le provocaba dolor en el alma. Xena era una mujer fuerte, una amiga comprensiva. Se comportaba como si amara a la bardo. Comprendería que las imágenes de los sueños de Gabrielle no eran cosa de la bardo, sólo la consecuencia del ataque sufrido. La joven abordó el tema y Xena se puso inmediatamente a la defensiva.

Xena no daba crédito a lo que estaba ocurriendo. Después de todo el dolor que ya habían soportado las dos, los múltiples rodeos, las noches sin dormir... ¡después de que casi acabara con la mandíbula rota! Ahora, los dioses lanzaban una ironía más a la cara de la Princesa Guerrera. La única forma de curar a Gabrielle sería exponiéndola a pensamientos e imágenes que la propia Xena no podía controlar.

Llevaban hablando de este tema, aunque a cualquiera que pasara por allí le sonaba más como una discusión, casi toda la tarde. Gabrielle se estaba cansando y Xena estaba cada vez más nerviosa, sin dejar de dar vueltas. Si Xena permitía a Gabrielle entrar en sus sueños, la bardo se enteraría de las imágenes de deseo que asaltaban a Xena cuando cerraba los ojos. No habría modo de explicarlas de manera convincente y Xena sabía que su amistad nunca volvería a ser la misma, siempre y cuando la joven no la mandara a paseo para empezar.

Gabrielle contempló las idas y venidas de la guerrera hasta sentirse mareada. Sabía lo que le daba miedo a Xena. La Destructora de Naciones contaba con diez años de pesadillas, brutalidad y horrores, que la mente de Gabrielle no podía imaginar siquiera, enterrados en sus sueños. Sabía que Xena hacía todo lo posible por mantener ese pasado lejos de la bardo. Por eso Gabrielle sabía lo que iba a decir Xena antes de que la guerrera hablara.

—Lo siento, Gabrielle... no puedo —dijo Xena sin mirarla. La guerrera se volvió y salió al cálido aire del atardecer.


Ya casi amanecía cuando Xena regresó a la cabaña que compartían las dos mujeres. Gabrielle yacía lloriqueando en sueños y Xena se acercó y se dio cuenta de que la joven estaba soñando. La guerrera se encogió cuando la bardo pegó un grito. Encendiendo una vela, Xena observó el rostro de Gabrielle a la débil luz. Normalmente su bardo apenas hacía ruido, tan acostumbrada estaba ya a las pesadillas, pero esta noche la bardo se agitaba y gritaba como si el can tricéfalo del Tártaro le estuviera mordiendo los talones. Xena no sabía si despertar a la joven, pero al cabo de media marca de gritos torturados, la guerrera se sentía como si le estuvieran arrancando el corazón del pecho.

—Gabrielle —la llamó Xena una y otra vez, sin tocar a la bardo por miedo a asustar a la joven.

Gabrielle gimió al liberarse de las garras de la pesadilla.

—Dioses... —jadeó, mirando a Xena. Apartó los ojos, pero Xena ya estaba acostumbrada a eso.

El amanecer traía un frío que acentuaba la carne de gallina del cuerpo empapado en sudor de Gabrielle. Xena echó una manta por los hombros de la joven y se dispuso a encender la chimenea. La bardo se envolvió en la manta y vio que Xena estaba totalmente vestida. ¡Todavía no se ha acostado siquiera! Al poco, la guerrera tenía en la mano dos tazas de té humeante e hizo un gesto a Gabrielle para que la siguiera. Xena se sentó en lo alto de los escalones del porche y Gabrielle se acomodó en el siguiente escalón, entre las piernas de la guerrera. El contacto con Xena era muy difícil para Gabrielle, pero el cuerpo de la joven, agotado por la pesadilla, estaba demasiado cansado para responder. Apoyó la espalda en el pecho de la guerrera y Xena la arropó bien con la manta.

El carro de Apolo subió por el cielo, dejando detrás grandes estrías de rosa y azul. Los árboles del bosque parecían negros, creando un severo contraste con el vivo color del cielo matutino.

—Qué preciosidad —suspiró Gabrielle suavemente.

—Sí... una preciosidad —asintió Xena, que sólo veía a Gabrielle, inclinando el cuello para ver la salida del sol reflejada en los ojos de la bardo.

Xena aprovechó que la bardo estaba adormilada y estrechó a la joven con fuerza entre sus brazos, besándole la cabeza. Cuando Gabrielle se quedó profundamente dormida en brazos de la guerrera, ésta devolvió a la reina a su cama y luego se fue a buscar la cabaña de Adia.


Ahora que Xena estaba sentada frente a la franca sanadora, no sabía muy bien qué decir. Llamar a su puerta al amanecer no había sido muy amable, pero cuando Xena decidía emprender una acción, era imparable. Había hecho falta que viera a Gabrielle esta mañana, así como el dolor que sufría la joven en silencio, para que Xena se convenciera de que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por curar a su bardo. Aunque eso supusiera perderla.

—Dime lo que tengo que hacer —pidió, clavando su clara mirada en Adia.

—En teoría en muy sencillo. Gabrielle y tú entraréis en el sueño al mismo tiempo. No sé quién pasará antes al de la otra. Visitaréis los sueños recurrentes. Cuando termine el sueño, las dos regresaréis al plano mortal. No cambiaréis el pasado... sólo vuestra percepción del mismo. La realidad seguirá siendo que Gabrielle ha sido violada. Su percepción, lo que siente al respecto, puede ser como si se lo hubiera contado alguien... o como un recuerdo muy antiguo.

—En teoría —repitió Xena—. ¿Y en realidad?

—Será la cosa más difícil que hayáis hecho en toda vuestra vida y ninguna de las dos será la misma después. Podéis cambiar cualquier cosa del sueño, como si estuvierais allí de verdad. Pero tenéis que querer hacerlo. Si alguna parte del sueño os atrae, a cualquier nivel, no podréis deshacer su existencia. Enfrentarse a los propios demonios es difícil, guerrera. Aún más difícil es dejar que alguien a quien quieres se enfrente a ellos en un terreno donde no tienes la capacidad de ocultar tus deseos y temores más personales. Yo no puedo ser la campeona de Gabrielle, eso te corresponde a ti. Empezaremos entrando en tus sueños, igual que hice ayer con Gabrielle.

—¿Cuándo empezamos? —dijo Xena, diciéndose que lo hacía por Gabrielle.

—Ahora mismo —contestó Adia.

La sanadora pidió a Xena que se relajara, se echara en los almohadones y mantuviera los ojos fijos en el rayo de sol que entraba reluciente por un cristal de piedra que colgaba en la ventana. El tono relajante de Adia tranquilizó a la guerrera hasta que le empezaron a pesar los párpados y se cerraron.

—Ahora, dime con qué sueñas, guerrera... —dijo Adia suavemente.

—Gabrielle... —susurró Xena.


—¿Alguna vez consiguen dormir por su cuenta estas dos? —masculló Adia por lo bajo. Como con Gabrielle, había dejado que la guerrera siguiera durmiendo después de su sesión. ¡Creo que hasta me he sonrojado! reflexionó la alta sanadora, repasando los sueños de Xena. Por Gea, ¿cuándo se van a enterar?

Xena había dicho que quería ocuparse de esto hoy mismo, que no quería que Gabrielle sufriera una sola pesadilla más. De modo que, cuando Xena se despertó, Adia acababa de preparar la potente mezcla de hierbas necesaria para su sesión en el mundo de los sueños.

Xena se incorporó, observando a la sanadora mientras ésta se movía por la gran cabaña. Evitó mirar a Adia a los ojos cuando la sanadora se acercó y se sentó frente a ella.

—¿Te serviría de algo si te dijera que he visto sueños más subidos de tono que el tuyo? —Pero no muchos.

Xena se limitó a negar con la cabeza.

—¿De dónde te sacas las cosas que dices? —sonrió la guerrera algo cohibida—. Es tarde. —Xena parecía de repente preocupada—. No le he dicho a Gabrielle dónde iba.

—No pasa nada. Ya la he avisado yo de que estabas aquí... espero que no te importe.

—No, gracias. Bueno... —Xena se levantó—. ¿Cuándo tengo que volver con Gabrielle?

—Comed a mediodía y después ya no comáis ni bebáis nada. Volved aquí hacia el final de la tarde. Y Xena... da igual que lleves armadura o no. En el sueño tendrás todo lo que te haga falta.

Adia observó a la guerrera cuando ésta se alejaba. Gabrielle era una mujer afortunada.


—Xena, ¿estás segura de esto? —preguntó Gabrielle sin mucha confianza.

—Totalmente. —Xena miró a la joven.

Las dos estaban sentadas en el suelo de la cabaña de la sanadora, rodeadas de almohadones y pieles, bebiendo el té caliente que les había preparado Adia. La sanadora les había dado todas las instrucciones posibles y había revelado a cada mujer todo lo que se atrevió, antes de salir de la cabaña. Les explicó que volvería cuando estuvieran dormidas.

—Esto sabe como el té que me haces cuando me duele tanto el ciclo —comentó Gabrielle.

—Frambuesas... —contestó Xena—. A eso sabe —explicó respondiendo a la mirada desconcertada de la bardo.

—¿Xena?

—¿Mmmm?

—Tengo miedo... Xena, quiero que sepas que pase lo que pase... veas lo que veas... yo todavía... tienes que saber que... —dijo la bardo a trompicones.

—Sí... yo también —dijo Xena con ternura—. Eh, ¿tienes sueño?

Gabrielle asintió despacio, dándose cuenta de que le costaba mantener los ojos abiertos.

—Ven aquí... —dijo Xena, abriendo los brazos y sintiendo el calor familiar del cuerpo de Gabrielle acomodándose contra ella cuando la bardo se acurrucó en los brazos de la guerrera.

Xena notó que la respiración de Gabrielle se hacía más profunda y que sus propios párpados pesaban como el plomo. Pasando los dedos por el pelo de la bardo ya dormida, susurró:

—Debes saber una cosa, Gabrielle. Veas lo que veas, hago esto porque te quiero.


Xena estaba en una tienda que le recordaba mucho a su época de señora de la guerra. Cerca del centro de la tienda dos mujeres se retorcían en un jergón que amenazaba con desplomarse en cualquier momento. Una guerrera totalmente vestida había empezado a arrancar la ropa a la figura más menuda que tenía debajo.

—...no tiene que se así —suplicó la bardo.

La voz suplicante de Gabrielle resonó en los oídos de Xena. ¿Gabrielle?

—No finjas, Gabrielle... ¿No es esto lo que querías?

—¡No, no es lo que quiere! —bufó Xena agarrando del pelo a la mujer que estaba encima de su bardo y apartándola de la figura echada que estaba debajo.

Xena agarró el cuello de la túnica de la guerrera arrodillada, echando hacia atrás el musculoso brazo para pegarle en la cara, acumulando fuerzas para lo que esperaba que fuese un puñetazo capaz de destrozarle los huesos.

La guerrera postrada echó hacia atrás la cabeza, apartándose la melena salvaje de la cara con una sonrisa malvada.

—¿Qué es lo que estás pensando? —dijo despacio con tono burlón.

Xena se quedó paralizada. Simplemente no había estado preparada para esto. Parecía que las marcas pasaban a toda velocidad, mientras el calor de la furia desaparecía de su cuerpo. La pesadilla de Gabrielle estaba cara a cara frente a ella. Su atacante onírica... ¡era Xena!

En realidad, la señora de la guerra Xena sólo había tardado un segundo en levantarse y alargar la mano, rápida como el rayo, enganchando el cuello de su gemela onírica con los dedos. Xena agarró los dedos que la tenían aferrada con un puño de muerte, incapaz de evitar que le aplastara la laringe.

—¡Xena! —gritó Gabrielle.

Los ojos de las dos mujeres se volvieron hacia la bardo.

—¿Esto es todo lo que se te ocurre, cachorrita mía? —gruñó la señora de la guerra Xena—. Tendrás que esforzarte más. Dioses, si ni siquiera es lo mejor de mí. Sólo es lo que ha quedado de mí... ¡una estúpida llorona, débil y enferma de amor! —terminó, echando la mano libre hacia atrás y descargando un golpe cuya fuerza le rompió la nariz a Xena. La señora de la guerra siguió pegando a Xena, sin soltar en ningún momento la mano que rodeaba el cuello de la guerrera.

—Por favor... ¡No! —rogó Gabrielle.

La señora de la guerra soltó a Xena, pegándole una patada en la pierna derecha y aplastándole la rodilla, justo antes de que la guerrera cayera al suelo.

—¡Ya sabes que si muere aquí dentro, muere ahí fuera! Eso no te lo han dicho, ¿verdad? —Su comentario iba dirigido a Gabrielle—. ¡Ven aquí! —ordenó la señora de la guerra a Gabrielle.

Gabrielle vaciló y la señora de la guerra se sacó un puñal de la bota. Colocándose detrás del cuerpo derrotado de Xena, que estaba de rodillas, le echó la cabeza hacia atrás y colocó la hoja en el cuello de la guerrera.

Gabrielle se acercó a las dos figuras, sujetando una manta para cubrirse el cuerpo.

—Tú decides, cachorrita mía. Yo me quedo contigo y ella vive. Te me resistes... y esta patética imitación de guerrera muere.

—Gab... rielle... —Xena intentó levantarse, pero la señora de la guerra le golpeó la sien con la empuñadura de la daga, abriéndole otra brecha y haciendo que la sangre manara sobre el ojo que no tenía ya cerrado por la hinchazón. Agarrando a Xena de la muñeca, la señora de la guerra tiró bruscamente y el ruido de huesos rotos flotó por el aire.

—¡Por favor! Por favor... no le hagas más daño —rogó Gabrielle entre lágrimas—. No... no me resistiré. —La bardo agachó la cabeza, incapaz de mirar a Xena a la cara.

La señora de la guerra dejó caer descuidadamente al suelo el cuerpo fláccido de Xena. Agarrando brutalmente a la bardo, arrancó la manta del cuerpo desnudo de la joven. Situándose detrás de la bardo, dio la vuelta a la joven hacia Xena tirándole del pelo.

—Te voy a decir una cosa... me has entretenido tanto, guerrera... que dejaré que veas cómo me la follo. —La señora de la guerra terminó tirando de la cara de Gabrielle hacia la suya, apoderándose de su boca con un beso brutal y mordiéndole el labio inferior hasta que de la boca de la bardo brotó un hilillo de sangre.

Un ruido como un gemido torturado salió de la garganta de Xena cuando la señora de la guerra tiró a la bardo en el camastro, descargando el peso de su cuerpo sobre ella.

Xena se arrastró con una lentitud angustiosa hasta situarse donde podía ver la cara de Gabrielle. La bardo tenía el rostro bañado en lágrimas.

Lo siento, Gabrielle. Perdóname. Te he fallado... ni siquiera he podido vencerme a mí misma. Si no puedo enfrentarme a ti con la verdad, ¿cómo puedo enfrentarme a mí misma? La verdad... ¡la verdad!

—Gabrielle —susurró Xena en medio de un dolor cegador—. Gabrielle...

La bardo volvió los ojos vidriosos al oír el sonido de la voz de Xena.

—Gabrielle... ésa no soy yo. Tú sabes que yo nunca te haría una cosa así... ésa no soy yo. Yo nunca te tocaría de esa forma... ésa no soy yo. —Xena siguió repitiendo las palabras una y otra vez, al tiempo que su voz se iba haciendo más fuerte al repetir el mantra que revelaba la verdad de su corazón—. Ésa no soy yo... ésa no soy yo... ésa no soy yo... ésa no soy yo... te quiero, Gabrielle.

La señora de la guerra Xena aulló de frustración al notar que se le empezaba a escapar el control que tenía sobre el sueño de la bardo. Entonces la mente de Gabrielle se llenó de los ecos de una furia vociferante cuando las mentiras de su sueño quedaron dominadas por la verdad de su guerrera.

De repente, Xena se encontró en el campamento donde había encontrado a Gabrielle aquel día...

Argo dejó el camino antes de que Xena tuviera que tirar de las riendas.

—Tú también sabes que está cerca, ¿verdad, chica? —Xena desmontó y pasó las riendas por encima de la cabeza del caballo, tirando de la yegua hacia el campamento. Xena caminó más despacio al acercarse al campamento. Parecía tranquilo, pero como era media mañana, supuso que Gabrielle acabaría de salir de su petate. La guerrera se permitió una sonrisa, recordando las creativas formas que había tenido que idear para despertar a la dormilona bardo. Probablemente está en el río, pensó al entrar en el campamento.

Xena se detuvo al ver a tres bandidos que se enfrentaban a Gabrielle, justo al borde del campamento. La bardo blandía su vara con aire amenazador. Xena soltó las riendas de Argo y se situó detrás de la bardo.

La joven bardo ardía en deseos de librarse de estos brutos. Tal vez podría salir de ésta hablando.

—Escuchad, sé que no queréis problemas y mi amiga estará de vuelta dentro de nada... ¿a lo mejor habéis oído hablar de ella... Xena?

—Síííí —casi ronroneó Xena al oír su nombre.

Gabrielle se giró en redondo para contemplar la visión más maravillosa del mundo.

—¡Xena! —Echó a correr y se abrazó a la cintura de la mujer más alta—. ¡No sabes cuánto me alegro de verte!

A Xena casi le estalló el corazón en el pecho por la dulce agonía del encuentro onírico.

—Y tú, bardo mía, no sabes cuánto me alegro yo de verte. —Regaló a la bardo una de sus sonrisas deslumbrantes—. Bueno, chicos... ¿qué puedo hacer por vosotros? —preguntó despacio la Princesa Guerrera a los bandidos. Fue como ver una obra de teatro cómica cuando los hombres se chocaron entre sí con la prisa de alejarse todo lo posible de la guerrera.

—¡Sí! —gritó Gabrielle a los pretendidos atacantes, asintiendo con la cabeza—. Parece que les hemos enseñado, ¿eh? —dijo volviéndose a su compañera.

—Sí... parece que les hemos enseñado —sonrió Xena, estrechando a la bardo en un abrazo de oso—. Te he echado de menos, Gabrielle —le susurró a la bardo.


Se acabó, ¿verdad? Xena me ha salvado... Sé que me ha salvado porque ya no tengo todas esas imágenes en la cabeza. Vale, ¿entonces dónde Tártaro estoy? Supongo que si no tengo ni idea de dónde estoy, esto debe de ser el sueño de Xena.

El bosque le resultaba conocido. Estaba oscuro, pero la zona se parecía a ese pequeño lago que había encontrado Xena una vez cuando intentaba buscar un atajo. Estaba a pocas leguas de Ambracia. Gabrielle se acercó despacio al mismo campamento que habían montado Xena y ella. Había una gran hoguera, pero lo que le llamó inmediatamente la atención a Gabrielle fue el ruido que hacía alguien... no, dos personas, al gemir y jadear.

Gabrielle sería capaz de reconocer los sonidos de Xena en cualquier parte, especialmente los claros sonidos que emitía la guerrera cuando recibía placer. En más de una ocasión casi se había puesto en vergüenza a sí misma y también a Xena al toparse con la guerrera "ocupándose personalmente del asunto", por así decir.

Gabrielle observó el campamento y, efectivamente, la guerrera yacía entrelazada con otra mujer en un petate no muy lejos de la fogata. A la bardo le costaba distinguir dónde terminaba una mujer y empezaba la otra, al estar tan estrechamente abrazadas. Xena estaba encima de la otra figura y su pelo negro oscurecía la cara y el torso de la otra. La guerrera estaba a horcajadas sobre el muslo de la mujer más menuda, meciendo las caderas hacia delante con un movimiento lento y sensual.

La bardo sofocó una pequeña exclamación al tiempo que retrocedía entre las sombras, incapaz de apartar los ojos de la visión del cuerpo de Xena, húmedo de sudor y sonrojado de deseo.

Gabrielle se topó de espaldas con un árbol y levantó la cara hacia las estrellas, apretando la coronilla contra la áspera corteza. Cerrando los ojos con fuerza, intentó reprimir el dolor que empezaba a sentir en la boca del estómago. Era la misma sensación que había tenido en el barco, rumbo a Ítaca, mientras yacía en su hamaca escuchando los sonidos de Xena compartiendo su pasión con otra persona. Era como si alguien le hubiera metido la mano en el pecho y le hubiera arrancado el corazón, dejando en su lugar un vacío desgarrado. El pecho le palpitaba de angustia.

¿Por qué no podía ser yo, Xena? La mirada de Gabrielle se posó de nuevo en las mujeres que yacían en las suaves sombras de la hoguera.

—Oh, síííí —gimió Xena, echando la cabeza hacia atrás.

Gabrielle sintió que se traicionaba al tomar aire bruscamente. La cabeza de Xena echada hacia atrás en el placer carnal reveló la figura que se retorcía de éxtasis debajo de la guerrera. La bardo contempló su propia imagen, rodeada por los fuertes brazos de Xena.

El siseo de una respiración advirtió a Xena de que las dos amantes no estaban solas. Levantó la cabeza y miró fijamente las sombras negras que las rodeaban. Sabía quién las estaba observando, invisible, desde las sombras. Era la mujer que tenía en sus brazos. No ésta realmente. Esta mujer que respondía a todos sus caprichos y deseos no era realmente su bardo. Igual que Gabrielle había creado a la señora de la guerra Xena en su sueño, la guerrera había creado a la bardo con quien compartía sus pasiones nocturnas. Ahora ya conoces todos mis secretos, ¿verdad, Gabrielle? ¿Todavía me considerarás tu campeona cuando te despiertes?

Adentrándose más en la oscuridad, Gabrielle estaba segura de que Xena la miraba directamente.

—¿Gabrielle? —susurró Xena a la oscuridad.

—Sí, mi amor. —La bardo que yacía debajo de Xena tiró de la guerrera para besarla con fuerza. Empujando a la guerrera hacia atrás, la bardo acabó encima del cuerpo de la fornida mujer, trazando delicados círculos con los dedos alrededor de los pezones doloridos de la guerrera. Por fin, la bardo permitió que sus dedos rozaran suavemente las protuberancias erectas.

—Dioses, síííí... Gabrielle.

Xena sabía que debía detener esto. Percibía a Gabrielle mirándola desde las sombras, pero aquí también estaba Gabrielle y Xena se sumergió en las sensaciones físicas. La guerrera empezaba a sentir el calor de su sangre, a ahogarse en la excitación, no sólo por la mujer que le hacía el amor, sino también por saber que la auténtica Gabrielle estaba a pocos metros de distancia, incapaz de marcharse.

Gabrielle había retrocedido todo lo posible en la oscuridad del bosque, pero no podía apartar los ojos de su guerrera. Observó mientras la Gabrielle onírica llevaba el cuerpo de la guerrera hasta un frenesí de excitación y los pezones de la propia bardo se endurecieron como respuesta a lo que veía. Vio que Xena respiraba profundamente, cerrando los ojos. La bardo onírica empezó a pellizcar y tirar de los pezones de Xena y la guerrera jadeó y arqueó el cuerpo para sentir mejor las rudas caricias.

¡Por los dioses, Xena! ¿Soy yo... soy yo con quien sueñas llena de pasión? ¿Es esto lo que deseas? ¿Soy yo lo que deseas?

—Te voy a tomar —dijo la gemela, mirando a la guerrera con los ojos verdes llenos de un deseo ardiente.

—Sí... por favor —gimió Xena.

Gabrielle notó que la ropa interior se le empapaba al ver a su gemela hundiendo tres dedos en Xena hasta el fondo.

Gabrielle se quedó allí, oculta y tapada por la oscuridad de los árboles mientras la bardo onírica tomaba a la guerrera con toda la fuerza y dominio que la bardo auténtica había tenido miedo de aplicar en sus propias fantasías. Gabrielle observó atentamente la cara de Xena cuando el último orgasmo recorrió su cuerpo saciado. La auténtica Gabrielle jamás olvidaría la expresión de éxtasis absoluto de su guerrera en ese momento y trató de memorizarlo, como si pudiera grabarlo en su alma para guardarlo para siempre.

Eran los ojos del amor, ¿verdad, Xena? Oh, ¿pero por qué, amor mío, no me lo has dicho nunca?


Por fin las hierbas de Adia empezaron a perder efecto y los sueños de las dos mujeres terminaron. Sus cuerpos físicos siguieron durmiendo toda la noche sin soñar nada, con la mente tranquila. La guerrera siguió sujetando a la bardo hasta que el carro de Apolo volvió a subir por el cielo.

Lo que le había dicho la sanadora a Xena era cierto.

Será la cosa más difícil que hayáis hecho en toda vuestra vida y ninguna de las dos será la misma después.

Xena llevaba un buen rato sentada mirando a Gabrielle. La bardo parecía tan tranquila que Xena supo que su sueño debía de haberse curado. La joven, cuyas pestañas oscuras se agitaban levemente, tenía las comisuras de los labios curvadas en una ligera sonrisa. La guerrera se obligó a apartarse, preguntándose qué explicaciones podría dar, qué podría decir para dar cuenta de sus actos ante Gabrielle.

Gabrielle se despertó echada de lado, envuelta en una suave piel. No tuvo que buscar mucho para encontrar a la guerrera. Xena estaba sentada cruzada de piernas al lado de la bardo, mordiéndose distraída el labio y mirándose las manos cruzadas sin fuerza en el regazo. La guerrera alzó los ojos cuando oyó a Gabrielle moverse.

Gabrielle captó los débiles vestigios de dolor en la atormentada mirada azul de su amiga. Oh, Xena, tu sueño no ha sido en absoluto una expresión de amor por mí, ¿verdad? No tenías más control que yo sobre el reino de Morfeo, por eso ahora parece como si se te estuviera rompiendo el corazón.

La bardo se sintió atravesada por un dolor tan intenso que apenas pudo evitar que se le notara. Casi lo consigo. Con todo, amaba a esta mujer con todo su corazón y estaba desesperada por calmar los temores de la guerrera. Conteniendo las lágrimas que amenazaban con salir a borbotones, Gabrielle se puso de rodillas y le echó los brazos al cuello a Xena.

—Gracias, Xena... Sabía que me salvarías.

A Xena le dio un vuelco el estómago al sentir los brazos de Gabrielle a su alrededor. Por un momento pensó que Gabrielle estaba a punto de besarla. En los ojos de Gabrielle se veía la dulce mirada del amor y Xena podría haber jurado que veía su propio reflejo en las verdes profundidades. Cuando Gabrielle habló y le dio las gracias, la guerrera supo la verdad. ¿Y mi sueño qué, Gabrielle? Supongo que ya tengo la respuesta, ¿verdad? Supongo que piensas que si no hablamos de ello, no habrá ocurrido.

Gabrielle no podía hacer otra cosa más que aferrarse a Xena y rezar para conseguir transmitir su mensaje a la guerrera. A pesar de todo, siempre podrían contar la una con la otra. Te quiero, Xena, y aceptaré lo que puedas ofrecerme. Si es sólo como amigas, que así sea.

Xena notó que el abrazo de la bardo se estrechaba y dio gracias en silencio a cualquier dios que estuviera escuchando por devolverle a Gabrielle, entera y sana, de modo que la guerrera estrechó con fuerza entre sus brazos a la mujer más menuda. Te quiero, Gabrielle, y aceptaré lo que puedas ofrecerme. Si es sólo como amigas, que así sea.

La bardo ya no daba muestra alguna de rechazar el contacto con Xena, de modo que la guerrera rodeó a Gabrielle con sus brazos, estrechando a la joven contra su pecho. Apoyó la barbilla en la cabeza de Gabrielle, meciéndola y dejando que eliminase de su mente las imágenes y sentimientos de su sueño.

Las dos mujeres disfrutaban de las caricias inocentes que se intercambiaban. Por dentro, a cada una se le estaba partiendo el corazón por el deseo de algo más. Pero el amor que sentían la una por la otra era inexplicable. Le daba a cada una la capacidad de reprimir sus propios deseos y necesidades con tal de formar parte de la vida de la otra.

Y así cayó la tercera barrera.


El cambio en la joven reina fue inmediato. La sonrisa de Gabrielle iluminaba la habitación al entrar, su don para la comunicación franca era una ventaja en la mesa de negociaciones, pero era Xena la que más se beneficiaba de todo ello. Las dos mujeres sonreían, reían y hablaban, sin cansarse jamás de bromear entre sí. El amor que compartían era absolutamente evidente para todos cuantos las rodeaban. Los matrimonios de amazonas de más edad meneaban la cabeza y se miraban entre sí, como diciendo, "¿Alguna vez fuimos tan jóvenes?"

Gabrielle seguía observando las sesiones matutinas de ejercicios y entrenamientos de Xena, participando incluso en algunos combates con vara con las jóvenes alumnas. Una de estas mañanas Ephiny decidió que las cosas ya habían ido demasiado lejos. Pensaba que si era suficientemente sutil, conseguiría que las dos mujeres acabaran en la cama antes de que terminara la semana.

Xena se acercó donde estaba Ephiny echada en la hierba y se tumbó al lado de la regente. Se había empezado a hacer cola en el campo de entrenamiento formada por las guerreras con la confianza suficiente como para poner a prueba su fuerza y habilidad en un encuentro de varas con la reina. Gabrielle había adoptado la costumbre de ponerse su ropa de cuero mientras estaba en la aldea y casi todas las amazonas estaban de acuerdo en que era algo digno de verse. Gabrielle se puso a hacer ejercicios de calentamiento y luego a competir seriamente con la primera aspirante.

—¡Es increíble! —comentó Ephiny, maravillada de verdad ante la joven.

—Sí que lo es —asintió Xena llena de orgullo.

—¡Mira qué cuerpo! Eres una guerrera con suerte.

—Eph, Gabrielle y yo no somos... —empezó a decir Xena, pero la regente le hizo un gesto desechando sus palabras—. Sólo somos amigas —terminó Xena.

—Sí, ya... cuando no miras, ¿sabes cómo te mira ella? Pues digamos que te mira como si estuviera pensando en bastante más que una amistad, es lo único que te digo.

Parecía que todos los días Ephiny encontraba la ocasión de comunicarle a Xena lo excitante que era la bardo y la mujer tan absolutamente deseable que era. Ephiny se daba cuenta de que empezaba a hacer mella en Xena y la regente disfrutaba con ello.

Xena, por otro lado, se iba sintiendo cada vez más incómoda a medida que transcurría la semana. ¿Es imaginación mía o las mujeres están empezando a mirar a Gabrielle descaradamente? Xena había tenido un éxito relativo a la hora de reprimir estos deseos después de que la bardo y ella superaran la curación de los sueños. Ahora, le costaba estar al lado de Gabrielle sin estremecerse. Y en cuanto la bardo la tocaba, simplemente se convertía en un charco de metro ochenta.

Las noches parecían ser lo peor. Ahora las dos compartían la misma cama, como lo habían hecho en todas partes al viajar antes del ataque de Gabrielle. La noche de su aventura en el mundo de los sueños Gabrielle le había pedido suavemente a Xena que la abrazara durante la noche y la guerrera lo hizo muy contenta. Si alguna de las dos quiso cambiar la situación después de eso, no lo mencionó. Si Xena sentía que sus deseos estaban a punto de brotar a la superficie, empleaba algunas de sus técnicas de meditación para ocultar esos sentimientos bien hondo. Si esto era lo único que podía tener la guerrera, estaba dispuesta a disfrutar del cariño y la amistad que le ofrecía la bardo. Aunque al llegar la mañana Gabrielle estuviera usando casi todo el cuerpo de Xena como almohada. Si alguna vez la guerrera había pensado que esto no era absolutamente maravilloso, ya no lo recordaba.

Por supuesto, ¡ahora era una agonía! Estaban en pleno verano y las noches eran calurosas. Esto, junto con el calor que emanaba del cuerpo de Xena, tenía a la guerrera casi sofocada. Para colmo, hacía dos noches Gabrielle se quejó de que tenía demasiado calor y se acostó desnuda, echándose encima una mera sábana para taparse. Lo único que pudo hacer Xena fue dormir encima de las sábanas con la camisa puesta, rezando para morir mientras dormía. Ésa sería la única manera de acabar de una vez por todas con su tortura.

Ephiny conocía otra forma de acabar con la tortura de la guerrera y en cuanto se alejó del campo de entrenamiento aquel día, se dirigió a la sala del consejo para aguardar la llegada de Gabrielle. Cuando Gabrielle se hubo bañado y vestido de nuevo, llegó y se encontró a Ephiny esperando para iniciar el día con una expresión más que divertida. La regente no perdió tiempo en empezar a trabajarse a su reina.

Aunque apelar al aspecto físico de su relación era bastante fácil para poner a Xena al límite, con Gabrielle hacía falta otra táctica. Ephiny sabía que Gabrielle era joven, inexperta y una romántica incurable. Para que a su reina le entrara la calentura por la Princesa Guerrera iba a necesitar jugar con las palabras. Mientras que Xena probablemente saldría corriendo antes que actuar de acuerdo con sus sentimientos, Ephiny tenía la sensación de que la bardo prometía más de lo que parecía y que si se la empujaba lo suficiente, durante el tiempo suficiente, sería la que se lanzaría sobre una guerrera muy desconcertada.

—Hoy has estado muy bien ahí fuera, mi reina —la halagó Ephiny.

—Gracias, Eph... bueno, ¿qué tenemos para hoy?

—No mucho —dijo la regente—. Sobre todo los preparativos para la Fiesta de la Cosecha, que es a finales de semana.

—Ah, sí... Estoy un poco nerviosa. Ya sabes, eso de presidir mi primera fiesta como reina "oficial" —contestó Gabrielle nerviosa.

—Lo harás muy bien, además es el tipo de fiesta donde no tienes que hacer gran cosa. Pero sí que tienes que ir vestida de reina.

—¿No puedo llevar lo que llevo normalmente?

—No... es la tradición —mintió Ephiny—. La costurera se está ocupando ya de tu atuendo... te lo traerá en algún momento de esta semana. —Como dos segundos antes de la fiesta para que no te eches atrás.

Ephiny sí que había pensado largo y tendido sobre lo siguiente durante bastante tiempo. La verdad era que no veía la forma de evitarlo, de modo que decidió seguir adelante y pedirle perdón a Gabrielle después por haber mentido. Ephiny trató de poner cara de preocupación y angustia.

—Eph, ¿te pasa algo? —preguntó Gabrielle.

—Pues sí. Tengo un problema y me da un poco de vergüenza. Tú eres la única persona con la que creo que puedo hablar y que no se va a reír de mí.

—Eph, tú has sufrido todos mis problemas conmigo... ¿para qué están las amigas? ¿Qué es esto que no puedes decirle a nadie más? —preguntó Gabrielle muy comprensiva.

—Estoy enamorada... de una guerrera. Sólo que no sé si ella siente lo mismo.

—¿Por qué no se lo preguntas sin más? Nunca me has parecido tímida a ese respecto. ¿Es alguien a quien conozco? —preguntó Gabrielle.

¡Mira quién fue a hablar!

—Todavía no quiero decir quién es... hasta que sepa seguro lo que siente. Podría gafarlo o algo y no quiero quedar como una idiota. Es que para mí es muy especial, Gabrielle, y me gustaría saber si siente al menos algo por mí antes de quedar en ridículo. Tú eres la bardo... ¿qué se te ocurre que puedo hacer que sea sutil y no me deje en evidencia demasiado pronto?

Ephiny juró a Artemisa que iría al templo y haría dos ofrendas al día si la perdonaba por mentir a su Elegida con tal desvergüenza. Ephiny sabía que al ser bardo y una romántica, a Gabrielle se le ocurrirían miles de formas delicadas de llegar al corazón de una guerrera poco dispuesta.

Gabrielle se quedó sentada frunciendo los labios, ensimismada. De repente, se animó.

—Vale, Eph... esto no puede fallar. Cuando estéis hablando, en un momento dado ponle la mano en el muslo. En un punto lo bastante bajo como para que no sospeche nada, pero lo bastante alto como para que preste clara atención. Si sólo siente amistad por ti, ni parpadeará, será un simple gesto de amistad, ¿sabes? Si está interesada en ti, bastará para ponerla caliente —terminó Gabrielle, con una sonrisa satisfecha.

—Nunca habría sospechado que eras tan retorcida, mi reina. —La regente sonrió malévolamente. Xena, ¿por qué de repente siento lástima por ti?


Por supuesto, cuando más pensaba Gabrielle en el consejo que le había dado a su amiga, más se preguntaba si funcionaría realmente. Lo que leía en los pergaminos a veces era tan distinto de la vida real. Por supuesto, cuando Gabrielle pensaba en poner en práctica su propio consejo con alguien, la única persona que se le ocurría era cierta Princesa Guerrera. Esto hasta podría funcionar. Al menos veré la reacción negativa y Ephiny puede decirme cómo ha funcionado con alguien que tiene interés en ella.

Xena estaba sentada a la mesa de su cabaña, con una serie de pergaminos de mapas extendidos ante ella. Estaba tomando nota de algunas adquisiciones nuevas que habían hecho las amazonas recientemente. Gabrielle ocupó una silla a su lado y se puso a hacerle a la guerrera preguntas sobre las ciudades estado de Grecia. A Xena le encantaba enseñar y parecía emocionada de que la bardo por fin mostrara interés por lo que la rodeaba. Gabrielle se lanzó a contar una historia sobre el último viaje que habían hecho a Atenas y de repente Xena notó la mano de la bardo en el muslo. La guerrera casi salió disparada por los aires, volcando la silla al saltar. Gabrielle se quedó sentada con la boca abierta.

—Tu... tu m-mano —farfulló Xena. ¡Santa madre de Zeus! ¡Piensa en algo, guerrera, y rápido!—. La tienes helada —dijo Xena con una sonrisa de medio lado.

Gabrielle se acercó a Xena, que temblaba ligeramente, y frotó suavemente los brazos de la guerrera, lo cual hizo que Xena temblara aún más.

—¿Estás segura de que no te estás pillando algo? Estás muy caliente —preguntó Gabrielle con preocupación.

Charco de metro ochenta, pensó Xena.

—Estoy bien, de verdad. Eeeh, Gabrielle... se me había olvidado... será mejor que vaya a ver a Argo, hoy no parecía estar muy allá. Volveré dentro de un rato.

—¿Quieres que vaya contigo? —preguntó Gabrielle, acercándose más a la guerrera.

—¡No! —dijo Xena con más fuerza de la que pretendía—. Quiero decir, no tiene sentido que las dos acabemos oliendo a establo, ¿verdad? —Sonrió a la bardo antes de salir prácticamente corriendo por la puerta.

Lo único que pudo hacer Gabrielle fue quedarse mirando la figura de Xena en veloz retirada, preguntándose qué había pasado.


Por supuesto, la regente sabía que Gabrielle pondría a prueba su teoría con Xena. Al ser bardo, Gabrielle no podía evitar sumergirse por completo en la acción de sus historias. La regente también sabía lo que ocurriría cuando la reina probase su truquito con la guerrera... no quedó defraudada. Al día siguiente Gabrielle apenas consiguió quitarse de encima los asuntos de la aldea antes de que Ephiny y ella se pusieran a hablar.

—Ha funcionado —fue lo único que dijo la regente.

—¿Cómo lo sabes? —Gabrielle intentó no parecer demasiado inquisitiva.

—Le puse la mano en el muslo, ya sabes... charlando, como quien no quiere la cosa. ¡Te juro que la mujer casi se tiró de un salto al lago! Parecía tener el cuerpo en llamas.

Mientras Ephiny hablaba, los ojos de Gabrielle se iban poniendo cada vez más redondos.

Y así empezó la semana. Cada día Gabrielle daba un consejo a Ephiny y cada noche dejaba a su guerrera al borde de un ataque. Ephiny casi perdió los papeles por completo cuando vio a Xena dirigiéndose de mal humor al campo de entrenamiento una mañana antes del amanecer, con unas grandes ojeras. La noche antes había sido cuando Gabrielle había propuesto medir la reacción de su posible compañera ante el cuerpo desnudo de Ephiny en los baños. Como nada de lo que Gabrielle decía conseguía atraer a Xena a los baños con ella, se le ocurrió lo de dormir desnuda.

Gabrielle sonrió por dentro aquella noche al dar la espalda a Xena para dormir. Empezaba a resultarle algo más que excitante lo de volver loca a Xena. La bardo, para quien aquello ya no era un juego, estaba cada día más segura de que su guerrera realmente sentía algo por ella. Lo que no conseguía entender era por qué Xena no le decía nada. La bardo se puso la sábana por encima del hombro, fingiendo dormir, y consiguió dejarse al aire el trasero ante los ojos de Xena. Sonrió ligeramente al oír el gemido de la guerrera.


—Ah, se me olvidaba decirte que tu traje nuevo está en el templo de Artemisa. He pensado que como la ceremonia empieza ahí, puedes vestirte allí. —Ephiny no podía esperar a ver la cara de la Princesa Guerrera cuando Gabrielle recorriera el trecho desde el templo a la entrada de la aldea—. Esta noche voy a por todas, Gabrielle —declaró Ephiny tajantemente.

—¿Estás segura de que no es demasiado pronto? —preguntó Gabrielle nerviosa.

—Gabrielle, ¡creo que si espero más la voy a matar!

Ephiny sonrió a su amiga. Habían terminado el trabajo del día y estaban sentadas en la sala del consejo compartiendo una copa de vino. Esta noche era la fiesta y dado cómo era el vino de las amazonas y el aspecto del traje de Gabrielle, Ephiny pensaba que si la guerrera y su bardo no conectaban esta noche, jamás lo harían.

—Ephiny... —Gabrielle miró a su regente con seriedad—. ¿Y si te dice que no siente lo mismo?

Ephiny sonrió a su joven amiga, que se estaba preparando para responder a la llamada de su corazón.

—Gabrielle, apostaría mi vida a que no lo va a decir, pero siempre existe esa posibilidad.

—¿Podríais seguir siendo amigas? Es decir, si te rechazara —preguntó la reina muy preocupada.

—Supongo que depende de lo fuerte que sea nuestra amistad para empezar —contestó la regente.

—¿Y si intenta ocultarte sus verdaderos sentimientos?

—Gabrielle, ¿sabías que para llegar a ser una gran dirigente tienes que poder leer entre las líneas del pergamino? —dijo la regente.

—Como distinguir si alguien está mintiendo —añadió Gabrielle.

—En cierto modo... pero se trata de algo más. Tú eres una gran negociadora, ¿te lo he dicho alguna vez? ¿Recuerdas esos tratados que hiciste con Terasia la estación pasada? Me refiero a que ya de partida cuentas con unas cuantas ventajas. Tu juventud y tu estatura tienden a crear en los demás una falsa sensación de seguridad. No creen que una chica tan dulce y encantadora como tú pudiera intentar jamás aprovecharse de ellos. Pero sobre todo... es porque pareces saber exactamente cómo sacarles una concesión más sin que abandonen la mesa de negociaciones. —Ephiny hizo una pausa para tomar un sorbo de su copa de vino—. Gabrielle, tienes el don de poder leer a la gente en situaciones así. Cuando se trata de personas que no conoces, pareces tener la capacidad innata de saber cuándo intentan ocultarte algo. Y ese don podría convertirte en la reina que eres por derecho de sucesión —terminó Ephiny, bebiéndose el resto del vino de un trago.

—¿Podría... hacerme reina? —preguntó Gabrielle en voz baja.

—Mi querida hermana —sonrió Ephiny, usando el término cariñoso de las amazonas—, cuando seas capaz de leer los pensamientos de tus amigos con la misma facilidad que los de tus enemigos... entonces serás reina.

—Supongo que la campesina inocente que hay en mí no cree que mis amigos pudieran mentirme —respondió Gabrielle con una sonrisa algo desalentada.

—No todas las mentiras son malas. —Ephiny sonrió a la joven que había llegado a ser tan importante para ella—. ¿Recuerdas cuando Eponin consiguió aquellas horrendas botas rojas... y luego te preguntó qué te parecían?

Gabrielle trató de controlar la risa sin conseguirlo.

—Bueno... es que parecía que le gustaban mucho... y... bueno... yo, eeeh... no quería herir sus sentimientos...

—Así que le mentiste.

—Vale, vale... ya entiendo lo que dices. A veces los amigos no te dicen toda la verdad para no herir tus sentimientos.

—Hay todo tipo de razones, Gabrielle. Deseamos proteger a las personas que queremos del dolor y el sufrimiento o tenemos un concepto erróneo del honor o simplemente lo hacemos por amor.

Ephiny observó la cara de Gabrielle y se preguntó si la joven reina captaba la idea de lo que realmente intentaba decir. La regente se esforzaba por no decir las cosas a las claras, era mejor que la joven se diese cuenta de la verdad de lo que decía por sí misma. Ojalá consiguiera que Gabrielle no sólo oyera lo que decía Xena, sino que escuchara lo que le decía la guerrera.

—Sobre todo lo hacemos por amor, pero sea cual sea la razón por la que lo hacemos, tendemos a quitarles a los demás su libertad de elección. No les damos toda la información ni confiamos en que tomen sus propias decisiones. Eso es lo injusto. Gabrielle, a veces lo que no te dice la gente es tan importante como lo que te dice.

Bueno, hasta ahí me atrevo a llegar. Eres una chica lista, Gabrielle, deduce tú el resto.

La reina regente se levantó y apretó el hombro de su amiga antes de salir de la cabaña, dejando que Gabrielle reflexionara sobre la inmensidad y el doble sentido de las palabras de la regente.


Xena se quedó a remojo un buen rato en el baño caliente. Por supuesto, la misma agua caliente que le había relajado los músculos doloridos era la misma humedad cálida que la llevó a pensar en Gabrielle. Pero claro, prácticamente cualquier cosa la llevaba a pensar en Gabrielle de esa forma últimamente. Si no conociera tan bien a Gabrielle, habría jurado que la bardo estaba jugando con ella.

Gabrielle había ido más temprano al templo para la parte ritual de la fiesta. La joven tendría que hacer un sacrificio de agradecimiento a Artemisa y luego también a Perséfone y a Deméter para dar las gracias por una buena cosecha. Un baño ceremonial y luego a vestirse. Dioses... ¡por qué he tenido que pensar en eso!

Xena dejó los baños y regresó a su cabaña. Limpió y sacó brillo a su túnica de cuero, sujetando el poco familiar manto a la armadura de los hombros. Más parecido a una capa, era del mismo azul que los ojos de Xena con el borde blanco. El color indicaba la posición de Xena como campeona de la reina.

¡Hace muchísimo calor para ir de cuero y con un manto! Se vistió con el atuendo completo por Gabrielle. Ésta era la primera ceremonia oficial de su bardo como reina y la joven se lo tomaba muy en serio.


—¡Ephiny, estás loca! No puedo ponerme esto... ¡pero míralo! —Gabrielle estaba atacada y daba vueltas por la estancia envuelta en una toalla.

—Gabrielle, es una tradición. Además, aquí somos todas mujeres —dijo Ephiny con una sonrisa.

—¡MUJERES AMAZONAS! —gritó la reina—. ¿Qué pensará Xena cuando me vea? —Gabrielle parecía horrorizada.

Yo te puedo decir exactamente lo que pensará. Ephiny apenas pudo controlarse para no soltar esto último en voz alta.

De repente, a Gabrielle se le ocurrió exactamente lo mismo que a su regente.


Xena iba por su tercera copa de cerveza cuando los tambores anunciaron que se acercaban la reina, su regente y la guardia real avanzando desde el templo de Artemisa hasta el centro de la aldea. Gabrielle transportaría una llama, regalo de Artemisa, prendería la hoguera y haría el primer brindis. Sería entonces cuando todo el mundo se olvidaría de la cerveza por el legendario vino de las amazonas. Ni siquiera Xena era capaz de resistir aquel vino. Dado que todavía faltaba un cuarto de marca para que llegara el grupo de la reina, Eponin y Xena decidieron disfrutar de otra cerveza.

Pensando que todavía tenían tiempo de tomar una copa rápida, las dos guerreras cogieron una jarra llena y Xena se dispuso a llenar las copas.

—Dime cuándo. —Xena empezó a servir mientras los tambores se acercaban. Xena daba la espalda al desfile que se acercaba, pero la expresión de Eponin hizo que se volviera para ver la procesión. La guerrera abrió la boca como si fuera a decir algo, pero no le salió el menor sonido.

—Basta... ¡Xena, basta, basta! —gritaba Eponin, apartándole la mano de la copa desbordada.

Xena volvió en sí, pero no antes de haber derramado la mitad de la jarra en la mesa. Xena simplemente no podía dar crédito. Estaba pasmada no sólo por la evidente falta de pudor de Gabrielle, sino también y sobre todo por la belleza de la reina.

Gabrielle iba al frente de la procesión con Ephiny a uno o dos pasos por detrás de ella. Seis miembros de la guardia real rodeaban a las dos mujeres y las músicas iban detrás. Todas las mujeres llevaban sus máscaras ceremoniales tradicionales, pero Xena reconocería el cuerpo de Gabrielle en cualquier parte, especialmente porque llevaba las dos últimas noches echándole buenas miradas. La joven reina llevaba el pelo trenzado y apartado de la cara y sus mejores joyas de amazona le adornaban el cuello y las muñecas, pero era la vestimenta, o más bien la falta de ella, lo que estaba provocando ataques de corazón por toda la aldea. La falda de Gabrielle consistía en nada más que dos larguísimos taparrabos, sujetos con tiras de cuero, atadas a cada cadera. Los taparrabos de delante y detrás llegaban hasta el suelo y eran de un bello cuero de color claro. La prenda interior no era más que una tira, atada a cada cadera con el taparrabos, lo cual daba totalmente la impresión de que la joven no llevaba nada debajo. La parte superior del atuendo de Gabrielle era poco más que una banda ancha del mismo tipo de cuero que el taparrabos. Apenas le tapaba los pechos y se ataba a la espalda, dejando poca cosa libre a la imaginación.

¡Ah, pero la imaginación de Xena funcionaba muy bien! Notó que le faltaba muy poco para volver a convertirse en ese famoso charco. Entonces, por supuesto, se puso a mirar a las demás mujeres que miraban a SU bardo.

—¡Deja de mirarla así! —le bufó a Eponin.

—Pero es que... mírala —farfulló la guerrera amazona.

Xena se dio cuenta de que le tocaba a ella, pero echó una mirada furibunda a Eponin al dirigirse al punto donde se había detenido la procesión delante de la hoguera. La guerrera cogió un arco y colocó una flecha. Inclinándose hacia Gabrielle, vio los centelleantes ojos de esmeralda de la bardo detrás de la máscara de la reina. Gabrielle prendió la flecha y Xena dejó que volara a la madera apilada ante ellas.

La guerrera apenas fue consciente del brindis que hizo la reina ni de ofrecerle el brazo para llevar a Gabrielle a la plataforma donde tendría que estar sentada en su trono, aceptando saludos por lo menos durante un rato antes de mezclarse con el resto de las amazonas. Sin embargo, volvió a ser sumamente consciente de lo que la rodeaba cuando Gabrielle le puso la mano en el brazo. Al contrario que la última vez que la guerrera la había conducido al comedor de esta manera, Gabrielle puso la mano no en la muñequera de Xena, sino rodeándole la cálida piel de la parte superior del brazo. Sí, un charco de metro ochenta.

Gabrielle se quitó la máscara una vez sentada y disfrutó profundamente del efecto que estaba teniendo en su guerrera. Aunque no había casi ninguna mujer en la aldea que no se hubiera visto igualmente afectada por la joven reina, Gabrielle no les prestaba la menor atención. La joven reina se quedó sentada, regia y bella, bebiendo una copa de vino.

Xena se quedó de pie ligeramente detrás y a la izquierda del trono como campeona de la reina. No era una ocasión formal y no era realmente preciso que Xena ocupara esta posición tradicional, pero por las miradas que estaba recibiendo Gabrielle por parte de algunas de las guerreras, Xena no se habría movido de esa plataforma ni aunque su vida dependiera de ello. Se quedó muy erguida e inmóvil, con los brazos cruzados por encima del pecho. A más de una mujer le habría encantado tener la compañía de su reina esa noche, pero pocas estaban dispuestas a desafiar a la Princesa Guerrera para conseguirlo. Una valiente guerrera fue la que más se acercó, pero hasta ella se rindió, al mirar detrás de la hermosa y joven reina y ver a Xena, que le estaba echando una mirada fulminante que le decía "atrás".

Xena estaba que no veía el final de la velada, pero por fin llegó. La guerrera no podía haberse sentido más orgullosa ni más enamorada de Gabrielle de lo que se había sentido aquella noche, pero maldición, últimamente la bardo la traía loca.

Si Xena creía que sus problemas se habían terminado por esa noche, estaba equivocada. Si en algo dependía de Gabrielle, los problemas de la guerrera estaban empezando.


—Deja que te ayude con eso. —Gabrielle apartó las manos de Xena y se puso a quitarle la armadura a la guerrera. Los dedos de la bardo podrían haber realizado muy deprisa la conocida tarea, pero decidió hacerlo despacio, apoyando los dedos de vez en cuando en la túnica de cuero de Xena. Las caricias de Gabrielle eran inocentes, pero advirtió el sonrojo que iba subiendo por el cuerpo bronceado de la guerrera. Cuando la bardo alzó las manos, se apoyó en Xena para quitarle los protectores superiores de los brazos. Gabrielle creyó detectar una débil exclamación sofocada por parte de la guerrera cuando sus pechos se juntaron.

Lo cierto era que a Xena le estaba costando acordarse siquiera de respirar. Para cuando Gabrielle terminó con su dulce seducción de los sentidos de la guerrera, Xena sabía que si no mantenía cierta distancia entre la bardo y ella, se tiraría sobre la joven allí mismo.

Gabrielle empezó a percibir que Xena se acercaba al límite y tan deprisa como había empezado, la joven reina se dio la vuelta y empezó a quitarse su propia ropa, la poca que llevaba. Para cuando el cerebro de Xena registró el hecho de que Gabrielle se había apartado de ella, la bardo se había quitado el taparrabos y daba la espalda a Xena.

—Xena, ¿me puedes desatar esto? No alcanzo el nudo. —La bardo señaló la banda que le envolvía el busto.

Xena, sin embargo, se había quedado embelesada con el exquisito espectáculo que se le estaba ofreciendo. La prenda interior de Gabrielle era efectivamente una tira. Un pequeño trozo de cuero tapaba la mata dorada de pelo entre sus piernas y la tira dejaba totalmente al aire el torneado trasero de la bardo.

La guerrera recuperó el sentido, al menos todo lo que pudo dadas las circunstancias, y alzó las manos temblorosas para deshacer el nudo. Gabrielle había levantado los brazos, sujetándose el pelo para quitarlo de en medio. Los músculos esbeltos y firmes de la espalda de la bardo se movieron al subir los brazos, lo cual hizo que la mujer más alta empezara a respirar con especial dificultad.

Gabrielle sintió el aliento cálido de Xena en el cuello y le dio un escalofrío, al tiempo que la sensación le producía una clara sacudida en el centro. Dioses, si esta mujer me desea, ¡por qué no me toma sin más!

Los dedos algo temblorosos de Xena se movían despacio: tenía un miedo terrible de que la banda cayera al suelo, revelando los tesoros ocultos debajo, y al mismo tiempo tenía un miedo terrible de que no cayera al suelo.

Cayó.

Gabrielle se inclinó para recoger la banda de cuero caída, totalmente consciente de que Xena seguía a pocos centímetros detrás de ella.

A Xena casi se le salieron los ojos de las órbitas y retrocedió tan deprisa que se chocó con la mesa. Gabrielle se volvió para ver lo que había pasado, hecha la imagen misma de la inocencia... la inocencia desnuda, pensó Xena.

La guerrera había seguido retrocediendo hasta que tropezó con la silla más cercana y se cayó.

—Xena, ¿estás bien? —preguntó Gabrielle preocupada.

—Creo que necesito aire... —Y con eso Xena salió huyendo de la cabaña.

Gabrielle sonrió a la puerta cerrada, sabiendo que Xena volvería. El comportamiento de la bardo esta noche había garantizado que, como un insecto atraído por la llama, la guerrera volviera a su cabaña esta noche. Gabrielle esperaba estar preparada.


Xena corrió al otro lado de la aldea, aumentando la velocidad cuando entró en el bosque. Se detuvo cuando le empezaron a arder los pulmones y se apoyó agotada en el árbol más cercano, descansando la frente en un antebrazo reluciente de sudor. Atenta a la presencia de centinelas, se metió la mano por debajo de las bragas ahora empapadas, a través de los rizos húmedos y empezó a acariciarse. Apenas había empezado a tocarse cuando tuvo un orgasmo, allí de pie contra el árbol.

¡Por todos los dioses!

Apenas habían pasado unos segundos y empezó a mover la mano de nuevo. Se embistió a sí misma con la mano, moviendo las caderas en el aire, hasta que otro orgasmo le atravesó el cuerpo. El alivio físico fue exactamente eso, pero no la sació gran cosa. Mientras se le calmaba la respiración supo la verdad del tema. Darse placer a sí misma le produciría un alivio temporal, pero no conseguiría saciar su sed, sólo había una cosa que pudiera hacerlo.

La necesidad de la guerrera era Gabrielle... su alivio total sería Gabrielle, lo único que podría mitigar sus pasiones era lo único que jamás se permitiría tener.


Xena se acercó en silencio a la cabaña de la reina y vio a Gabrielle todavía despierta. La joven estaba sentada a la mesa, bebiendo pensativa una copa de vino, con una mirada distante en los ojos.

La guerrera continuó hacia los baños. Tal vez si se daba un baño bien largo, Gabrielle estaría profundamente dormida cuando volviera.


Xena se sentó en el borde de la cama que compartían Gabrielle y ella. La bardo estaba echada boca arriba durmiendo apaciblemente y la guerrera apartó un mechón suelto de pelo del color de la miel de la cara de la joven. La guerrera estaba sentada con un pie en el suelo y el otro debajo de ella, se había cambiado la túnica de cuero por una camisa de lino y tenía el pelo todavía húmedo del reciente baño. La habitación se llenó del olor limpio y húmedo de la guerrera: jazmín, cuero y el preferido de Gabrielle... canela. La bardo nunca había sabido de dónde salía ese olor hasta que Xena le reveló que estaba en el espeso jabón líquido que la guerrera usaba para lavarse el pelo. Xena también le dijo a Gabrielle que la única razón de que a la bardo le gustara tanto era porque le recordaba a comida. Xena sonrió ligeramente al recordarlo.

Oh, Gabrielle, cuánto te quiero. Sé que nunca podrás corresponderme de la forma que yo sueño, pero también sé que me quieres, bardo mía, aunque sólo sea como amiga. Después de todo lo que sufriste, cuando si te tocaba sentías tanto dolor, todavía querías tenerme cerca, todavía querías mi amistad.

Xena meneó la cabeza más por asombro que por tristeza.

Jamás llegaré a comprender del todo la luz que llevas dentro, pero doy las gracias a cualquier dios que me esté escuchando por darme la oportunidad de formar parte del viaje de tu vida, por el cariño que consigues demostrarme. No puedo vivir sin ti, Gabrielle. Cueste lo que cueste, bardo mía, jamás cederé a mis deseos... jamás echaré a perder lo que tenemos con la lujuria egoísta de mi cuerpo.

A la guerrera se le llenaron los ojos de lágrimas y las contuvo rápidamente. No quería sentir tristeza por su decisión. Quería ser feliz y regocijarse en el cariño y el afecto que su bardo era capaz de darle. Juró renunciar a parte de sus ásperos modales de guerrera para asegurarse de que la felicidad de Gabrielle fuese siempre lo primero. La guerrera no se daba cuenta de que, en el fondo de su corazón, ya había empezado a hacer justamente eso.

La guerrera alzó la cabeza al instante, con los pelos de la nuca de punta. Ladeó la cabeza ligeramente, tratando de percibir cualquier ruido revelador por parte del intruso. ¿Ares? Últimamente estaba sospechosamente ausente. No, Xena conocía demasiado bien la sensación de hormigueo que la recorría cuando estaba cerca el dios de la guerra. Un dios sin duda, ¿pero quién? ¿Acaso importa?

—Gracias —susurró la guerrera en voz baja. Xena, la Princesa Guerrera, la mujer que, como mucho, sentía desprecio por los mezquinos dioses de Grecia, sabiendo que rara vez hacían nada en el reino de los mortales que no fuese para su propia diversión o satisfacción, estaba cumpliendo su promesa. Sabía que se hincaría de rodillas y se postraría ante cualquier dios con tal de conservar en su vida a la mujer que tenía al lado. Haría lo que fuera.


Dos relucientes imágenes espectrales estaban la una al lado de la otra en las sombras de la cabaña de la reina amazona. Artemisa puso los ojos en blanco al mirar a su hermana. A la diosa Afrodita le caían ríos de lágrimas de los ojos y tenía una sonrisa cursi en la cara. Artemisa se volvió para mirar a la guerrera, que a su vez miraba amorosamente a la Elegida de la diosa, dormida en la cama. La diosa patrona de las amazonas sintió que también a ella se le llenaban los ojos de lágrimas, al ver a dos mujeres tan enamoradas, tan dispuestas a renunciar a todo por la otra. Se le derramaron las lágrimas al oír el susurro de agradecimiento de la guerrera.

Afrodita alzó una mano y Artemisa notó que la energía aumentaba a su alrededor.

—No debes interferir —susurró.

—No interfiero... sólo estoy despertando a la Gabrielilla. ¡Esta chica tuya podría dormir en plena invasión del Monte Olimpo por las hordas del Tártaro! —exclamó la diosa del amor.

Las dos diosas desaparecieron sin el menor ruido.


Gabrielle sintió que la apartaban de un sueño que no conseguía recordar. No había querido quedarse dormida, pero un par de copas de vino le habían dificultado esperar despierta a su guerrera. Abrió los ojos rápidamente y se sobresaltó al ver una figura sentada a su lado. Al darse cuenta de que era Xena, le entró más preocupación que miedo.

—Xena, ¿estás bien?

A Xena la pilló desprevenida la rapidez con que se despertó Gabrielle. Estaba escuchando los sonidos de su bardo soñando y al segundo siguiente Gabrielle se estaba incorporando para sentarse frente a ella. La situación sólo tenía un fallo. Cuando Gabrielle se sentó, la sábana cayó de su cuerpo desnudo, mostrando a la Princesa Guerrera aquello contra lo que había estado luchando toda la noche. Los ojos azules de Xena se abrieron mucho instintivamente al verlo.

—Xena... ¿estás bien? ¿Estás enferma? —preguntó Gabrielle, con tono preocupado. A la reina le pareció ver un rubor en las mejillas de Xena a la luz de la luna que inundaba la cabaña. En cuanto Gabrielle sintió el fresco aire nocturno en el cuerpo, se dio cuenta de lo que había provocado la reacción de su hermosa guerrera.

Gabrielle notó que las pequeñas llamas del deseo empezaban a arder despacio por su cuerpo. Supo que ya no podía esperar más. Si Xena la deseaba de verdad y simplemente estaba luchando contra el instinto de proteger a la bardo, Gabrielle no tenía la menor intención de prolongar la situación ni un minuto más. Había visitado el sueño de su guerrera. Sabía lo que quería Xena, aunque la guerrera no quisiera reconocerlo, ni siquiera a sí misma.

Con ternura, Gabrielle alargó la mano y tocó la mejilla de Xena con dedos suaves, echando a un lado los mechones húmedos de pelo negro que la guerrera tenía pegados a la cara.

—No quería asustarte... —La guerrera perdió el hilo.

—No pasa nada. Sólo estoy un poco preocupada. ¿Estás segura de que estás bien? —Gabrielle no dejaba de acariciarle la cara a la guerrera. Caricias tiernas pero inocentes que no podían confundirse con ninguna otra cosa.

—Sí, estoy bien —dijo Xena, con la voz quebrada. Intentó hacer como que ese fallo de la voz había sido en realidad un carraspeo. Las caricias de Gabrielle eran tan suaves, tan encantadoramente inocentes, pero la guerrera se estaba poniendo nerviosa y la decisión que había tomado hacía un momento empezaba a desvanecerse—. Gabrielle, deberías parar... —susurró la guerrera roncamente.

Gabrielle empezó a hablar y Xena sólo pudo observar el movimiento de los labios sensuales de la mujer, mientras la guerrera apretaba las manos con fuerza a los lados. Oía lo que decía la bardo, pero Xena sólo conseguía concentrarse en la sensación de los dedos de Gabrielle sobre su piel. Era placer mezclado con dolor, la caricia de la bardo. La piel de Xena hormigueaba de deleite y al mismo tiempo ardía como fuego donde la acariciaba Gabrielle.

—No sé por qué quieres que pare... ¿me estás protegiendo otra vez?

Xena no podría haber contestado a la bardo ni aunque le fuese la vida en ello y Gabrielle no detuvo su ataque contra la piel acalorada de la guerrera. La bardo notó que su propio cuerpo la traicionaba cuando un cálido hilo de humedad le resbaló entre las piernas. Mantenía las caricias inocuas y ligerísimas, sabiendo que la sensación estaba provocando explosiones de deseo dentro de la guerrera. La mano de Gabrielle flotó delicadamente por la mandíbula y la barbilla de la guerrera, y los dedos subieron para rozar ligeramente los labios de Xena. Pasó la mano por las guedejas negras aún húmedas y dibujó con el dedo índice la oreja y el lóbulo de la guerrera.

—Ephiny y yo tuvimos una charla muy interesante esta tarde. ¿Te la cuento? —continuó Gabrielle.

Xena abrió los labios para hablar y se dio cuenta de que su voz sólo la iba a traicionar. Atrapada en el hechizo de la voz de Gabrielle y sus exquisitas caricias, la guerrera sólo pudo asentir con la cabeza.

—Estuvimos hablando de por qué las personas que nos quieren nos ocultan cosas; por qué ocultan sus verdaderos sentimientos y emociones. Ephiny decía que es porque intentan protegernos, por honor mal entendido... o por amor.

La mano de Gabrielle había continuado su viaje. La dejó un momento en la mandíbula de Xena, sosteniéndole la mejilla amorosamente. Una vez más esos dedos recorrieron la mandíbula de la guerrera hasta la barbilla y empezaron a bajar por el cuello, posándose dentro del escote donde empezaba la tela de la camisa de la guerrera.

El cuerpo de Xena empezó a temblar ligeramente, en guerra con sus pasiones. Gabrielle deslizó la mano entera hacia arriba y movió el dedo índice por la clavícula de la mujer más alta. Avanzando hacia el hombro de la guerrera, quitó hábilmente del hombro el tirante de la camisa de Xena, dejando que la tela cayera del cuerpo de la guerrera y dejando al aire la mayor parte de su pecho.

Xena respiraba ahora con dificultad y el frescor del aire nocturno tenía poco que ver con el pezón destapado que estaba totalmente erguido solicitando las caricias ardientes de la bardo. Sus manos apretaban y soltaban la sábana mientras rogaba a su cuerpo que luchara contra los efectos de las caricias de Gabrielle.

—Supongo que quiero saber cuál es tu razón, Xena —dijo Gabrielle, susurrando el nombre de la guerrera—. ¿Qué me ocultas... y por qué? —terminó Gabrielle, tocando ligeramente la parte superior del pecho expuesto de Xena, pero no más de lo que habría podido hacerlo si la camisa no hubiera caído.

Xena bajó la cabeza, incapaz de seguir mirando los labios de Gabrielle al hablar ni los centelleantes ojos verdes que soltaban chispas de algo que Xena nunca había visto en ellos hasta ese momento.

—Dioses, Gabrielle... no tienes ni idea de lo que me estás haciendo —murmuró Xena con un tono que sonaba a derrota total.

Gabrielle vio su oportunidad y se armó de valor para lo que iba a hacer continuación. La bardo puso la mano debajo de la barbilla de Xena y la echó hacia arriba al tiempo que los ojos de la bardo se clavaban en el azul de los de Xena. Gabrielle pretendía besar a la guerrera, pero su cuerpo volvió a traicionarla exigiendo más. La joven acercó su cuerpo al de Xena y se montó a horcajadas sobre el muslo de la guerrera, el que tenía la pierna doblada debajo. Los brazos de Gabrielle rodearon el cuello de la guerrera y se acercó más a la otra mujer, cubriendo el muslo de Xena con su deseo al deslizarse hacia la guerrera. Pegó los labios al oído de Xena y susurró.

—Oh, pero claro que sé lo que te estoy haciendo, amor mío... claro que lo sé —dijo, recorriendo la oreja de Xena con la lengua, metiéndose el lóbulo en la oreja y chupándolo delicadamente.

—¡Santos dioses! —gimió Xena, apartando a Gabrielle y sujetándola con los brazos estirados. Xena estuvo a punto de ahogarse en las profundidades verdes que tenía delante. Esta mujer, su mejor amiga, la mujer por la que daría la vida, por la que haría cualquier cosa. Xena vio algo nuevo en esos ojos. Vio deseo... necesidad... y por fin... amor—. Gabrielle, ¿es esto... es esto lo que quieres de verdad... soy yo lo que quieres de verdad? —susurró Xena titubeando, casi temerosa de oír la respuesta de su bardo.

Gabrielle dijo las únicas palabras que sabía que harían seguir adelante a la guerrera... las palabras que la Gabrielle onírica empleaba noche tras noche en los sueños de la guerrera.

—Por favor, Xena... no pares.

Gabrielle estaba en lo cierto con respecto a cómo afectarían a la guerrera.

Xena rodeó con sus fuertes brazos la cintura de la bardo y tiró de la joven hacia ella, juntando sus cuerpos estrechamente. Con un solo beso, la guerrera comunicó a la joven reina la profundidad de su amor. Sus labios se apretaron en un encuentro de carne suave contra carne suave, hasta que la pasión se llevó a las dos mujeres por delante en una inmensa ola. La lengua de Xena pasó a través de unos labios abiertos apresuradamente para ella, sintiendo que el intenso calor de Gabrielle subía tan deprisa como el de la propia guerrera. Xena se perdió en el beso de la bardo igual que lo había hecho todas aquellas veces en su sueño.

Gabrielle tenía los dedos hundidos en el pelo oscuro de Xena, tirando de la mujer hacia ella con una fuerza y una pasión que no sabía que poseía. Sus caderas emprendieron un lento movimiento meciéndose contra el muslo de la guerrera y gimió en la boca de Xena al notar la placentera fricción contra su centro. Las manos de Xena bajaron por la espalda de la bardo, animando a Gabrielle, agarrando las caderas de la joven, fomentando el movimiento.

Gabrielle fue la primera en apartarse del beso, apoyando la frente en la barbilla de la guerrera, mientras ambas jadeaban tratando de respirar. El corazón de la bardo empezó a palpitar con fuerza y Gabrielle creyó que se le iba a salir del pecho. Nunca hasta ahora había experimentado nada así de intenso... así de fuerte. Lo único en lo que conseguía concentrarse era en las increíbles sensaciones que el cuerpo de Xena provocaba en el suyo. En eso y en el abrumador deseo de tomar a Xena como lo había hecho la Gabrielle onírica.

—Tienes demasiada ropa encima —dijo Gabrielle con tono de mando.

Xena se quedó ligeramente pasmada al oír el tono de la bardo y se apartó para mirarla a los ojos. Xena percibió la necesidad en ellos, del mismo modo que sus propios ojos debían de reflejar la misma mirada apasionada. Xena también vio algo más. Ahora supo con certeza que Gabrielle había estado oculta en las sombras, observando el desarrollo del sueño de la guerrera. La mayor fantasía de Xena, su deseo más celosamente guardado, y ahora la bardo también lo conocía. Gabrielle tenía la misma mirada fiera en sus ojos ardientes que la Gabrielle onírica. Xena no sabía si podría hacer frente a esto en la realidad.

—Fuera —ordenó Gabrielle, señalando la camisa de la guerrera.

Xena notó que su cuerpo respondía de inmediato a la orden cuando de su sexo excitado empezó a manar un río ardiente. El cuerpo le vibraba como la cuerda de un arco excesivamente tensada al pasarse la camisa por encima de la cabeza de un solo movimiento rápido, exponiéndose por completo a la mirada hambrienta de la bardo. Tanto si estaba dispuesta a reconocerlo como si no, el dominio de Gabrielle sobre ella la excitaba sobremanera.

Gabrielle empujó de nuevo a Xena a la cama y la guerrera estiró la pierna que se le había quedado dormida. Ambas mujeres gimieron al sentir el peso de Gabrielle encima del cuerpo de Xena. La mano de la bardo se puso a explorar desesperada cada centímetro de piel que tenía al alcance, posándose en el pecho de Xena y apretando la carne llena. Sus dedos tiraron del pezón de la guerrera, provocando un suave gemido por parte de Xena. Gabrielle no tardó en descubrir que cuanto más tiraba de la carne erecta, más fuertes se volvían los gemidos de la guerrera.

Moviendo los labios para capturar los de Xena, la bardo metió la lengua por entre los labios de la guerrera, moviendo el músculo invasor al ritmo de los tirones de los doloridos pezones de la guerrera.

Xena tuvo que apartar la boca de la bardo, pero Gabrielle no cesó su ataque sobre el pecho de la guerrera. Los ojos devoradores de la bardo observaron mientras Xena se pasaba la lengua por los labios y luego los abría, aspirando el aire que tanto necesitaban sus pulmones, jadeando.

Gabrielle pasó al cuello de la guerrera, chupando y mordisqueando la suave carne. Gabrielle mordió la carne flexible de la garganta de Xena y empezó a succionar con más fuerza. Las manos de Xena se entrelazaron con el pelo de la bardo, acercándola más.

—Síííí, Gabrielle... más fuerte... —gimió Xena.

El ruego de la guerrera pareció llevar a Gabrielle a un frenesí de pasión. Perdió la conciencia del mundo exterior. En ese momento concreto, sólo existían Xena, el placer físico y la necesidad de la bardo de consumir por completo a la guerrera morena.

El muslo de Gabrielle se colocó entre las piernas de Xena y apretó su sexo empapado.

—Oh, dioses... —gimió Gabrielle en el hombro de la guerrera, al notar la humedad de Xena contra ella. Los labios de la bardo bajaron por el cuello de la guerrera y cruzaron por su hombro, provocando exclamaciones de placer de la figura que se agitaba debajo de ella con cada mordisco y caricia de su lengua.

—Por favor... —gimió Xena arqueando la espalda, tratando de atraer en silencio a Gabrielle hacia su pecho.

La boca de la bardo se acercó a su premio, rodeando de repente el dolorido pezón de Xena con su húmeda calidez. La lengua de Gabrielle jugó con la carne endurecida, lamiéndola ligeramente y luego succionándola y rozándola con los dientes.

Xena sintió que el tirón húmedo de su pezón le bajaba directo al centro y sus caderas empezaron a empujar contra el muslo de la bardo. La guerrera se dio cuenta rápidamente de que cada vez que comunicaba su placer con un gemido, se veía recompensada con una succión más fuerte de su pezón, ya hinchado. Los ruidos procedentes de la guerrera no tardaron en ser constantes.

Una vez más, Gabrielle capturó los labios de la guerrera en un beso lleno de fuego seductor.

Moviendo los labios hasta el oído de Xena, susurró:

—Dime lo que quieres, Xena... lo sé, lo vi en tus sueños... ahora quiero que me lo digas —susurró Gabrielle seductoramente.

Xena apenas podía respirar y mucho menos hablar. Debería haber sabido que Gabrielle sería una amante así, pero por apasionadamente que viviera la joven su vida, sólo era una fracción de la pasión que aplicaba al hacer el amor.

A la guerrera le entró el pánico inmediato al oír el susurro de Gabrielle en su oído. ¡Dioses, ésta es Gabrielle! Sé lo que quiero que haga, ¿pero puedo decirlo... a ella?

Gabrielle percibió el ligero cambio que se produjo en el cuerpo de la guerrera al luchar consigo misma. La joven reina sabía que esto sería difícil para Xena. ¿Podrá hacerlo? ¿Podrá dejarse ir lo suficiente como para rendirse del todo?

Gabrielle siguió lamiendo y besando la oreja de Xena, al tiempo que movía la mano despacio por el estómago de la guerrera, bajando por la parte superior de un musculoso muslo y volviendo a subir los dedos por la parte interior de la misma pierna. Dejó la mano posada ligeramente sobre los rizos húmedos, notando el calor que irradiaba del centro de Xena. La guerrera alzó las caderas hacia la mano de la bardo y Gabrielle deslizó los dedos por los pliegues húmedos, jugando, pero evitando la protuberancia de carne oculta.

Xena soltó un gemido largo y fuerte llena de frustración cuando la bardo apartó bruscamente la mano, acercándose de nuevo para susurrar al oído de la guerrera.

—Tú sabes lo que quiero... y sabes que tú también lo quieres. Dímelo, Xena... quiero oírte decirlo.

Xena rugió de frustración por su incapacidad de poner en palabras su pasión cuando era evidente que significaba tanto para su bardo. Gabrielle percibió la creciente decepción de la guerrera consigo misma y se apresuró a buscar una solución para la inhibición de la guerrera.

—Entonces enséñamelo... —susurró la bardo seductoramente.

Xena tiró de Gabrielle hasta que pudo mirar a la joven a los ojos y capturó sus labios con un beso demoledor que casi acabó con la decisión de la joven de seducir a la guerrera. Gabrielle nunca había sabido que se pudiera transmitir tanto amor y cariño con un solo beso.

—Enséñame, amor mío... —dijo Gabrielle sin aliento, apretando el sexo de Xena con la mano.

La guerrera bajó la mano por su propio cuerpo, colocándola sobre la mano más pequeña de Gabrielle. Envolviendo los dedos de la bardo con los suyos, deslizó las manos de las dos por su humedad, guiando la de la bardo hacia su abertura. Movió el pulgar de Gabrielle sobre la protuberancia de carne hinchada, gritando por el placer de las caricias. Xena levantó ligeramente las caderas y Gabrielle notó que se deslizaba dentro de la guerrera.

Xena miró a la bardo, esperando ver disgusto o asco en sus ojos. En cambio, los ojos de la joven ardían de necesidad contenida y un deseo todavía insatisfecho. A Xena se le cortó la respiración cuando de un solo movimiento, Gabrielle hundió tres dedos en la abertura de Xena. Ésta abrió las rodillas y con un pie todavía firmemente plantado en el suelo, empujó hacia arriba para encontrarse con las embestidas de la mano de Gabrielle.

—¿Así? —susurró Gabrielle, con una sonrisa cómplice.

—Sí... así... justo ahí... Oh, dioses, Gabrielle. —Xena perdió entonces la voz y renunció a hablar, pues los únicos sonidos que parecía capaz de hacer eran lánguidos gemidos de puro placer.

Gabrielle continuó empujando con fuerza dentro de Xena, sintiendo que el tiempo perdía todo significado, pues su mundo se convirtió en los sonidos de la pasión de Xena y el calor aterciopelado de la guerrera que le rodeaba los dedos en movimiento. Gabrielle seguía el ritmo marcado por las caderas de Xena, sin intentar siquiera reprimir un gemido cuando la guerrera levantó el muslo y lo apretó con firmeza contra el centro de la bardo.

Gabrielle empujó sus caderas contra la pierna de la guerrera y su propia humedad resbaló chorreando por los lados del muslo de la guerrera. Atrapada por un momento en su propio placer, la bardo abrió los ojos para mirar a su amante. Las caderas de Xena seguían empujando cada vez con más fuerza contra la mano de Gabrielle y el cuerpo entero de la guerrera empezaba a temblar sin control. Se le pusieron los ojos en blanco justo antes de cerrar los párpados con fuerza.

—Xena, mírame —consiguió jadear Gabrielle, cuyo propio cuerpo rogaba llegar al orgasmo.

Xena abrió los ojos y levantó la cabeza ligeramente, cogiendo la cara de Gabrielle entre sus manos. La guerrera notaba los temblores que le recorrían el cuerpo, estaba a punto de caer por el precipicio, pero le resultaba imposible comunicarle a Gabrielle el terror que sentía ante el control total que le exigía la bardo.

Gabrielle, sin embargo, conocía a esta guerrera demasiado bien. En la fracción de segundo que la bardo tardó en sentir el miedo de Xena, en mirar las profundidades azules oscurecidas de deseo, la bardo supo lo que tenía que hacer.

Gabrielle hizo más lento el movimiento de su mano dentro de la guerrera, transformándolo en caricias regulares y profundas, sin apartar la mirada de los ojos de su amante. La bardo también respiraba con dificultad, pero se concentró en las palabras que Xena necesitaba oír.

—No quiero que te rindas a mí... quiero que te rindas por mí. No a mi voluntad, amor mío... ríndete a mi amor —dijo la bardo con la voz ronca por su propio deseo—. Te amo, Xena...

El efecto fue inmediato, pues Xena atrapó los labios de la bardo con los suyos en un beso lleno de toda la libertad que sentía la guerrera al rendirse al amor de Gabrielle. El fuego que la guerrera sentía en el vientre no tardó en comunicarse a la bardo a través de ese beso. La guerrera empezó a emitir un rugido de puro placer desde lo hondo del pecho. Se sentía a punto de saltar del precipicio y el fuego líquido salía a borbotones de su sexo, cubriendo la mano imparable de la bardo.

—Gab... rielle... —jadeó Xena y un pequeño gemido fue el único sonido que emitió la guerrera para comunicar a la bardo su inminente orgasmo.

Gabrielle quería mucho más. La bardo había empezado a notar que su propio cuerpo se consumía en el calor intenso del cercano orgasmo de Xena, sentía que estaba ardiendo, que las llamas cubrían su cuerpo húmedo de sudor.

Embistiendo con sus propias caderas contra el muslo de Xena, la bardo exclamó:

—Santa madre de Zeus, mujer... ¡deja que te oiga!

La cabeza de Xena golpeó la cama al oír la orden de Gabrielle. El cuerpo de la guerrera se estremeció y tembló al atravesarlo una oleada tras otra de intenso placer. El rugido que había empezado como un gruñido grave surgió de la garganta de Xena como un alarido ensordecedor que se convirtió parte en un grito de guerra y parte en un grito incoherente del nombre de su amante.

El sonido fue suficiente para Gabrielle. Al oír el grito de su amante, se unió a la guerrera en el orgasmo, sintiendo que su cuerpo era pasto de las llamas, y luego la bardo empezó a derretirse.

Antes de que el último orgasmo de Xena hubiera recorrido todo su cuerpo, empezó otro al sentir la súbita liberación de Gabrielle de la exquisita tortura. Xena sonrió al oír el grito ininteligible de Gabrielle, que reproducía la potencia del de la guerrera.

Ninguna de ellas hizo el menor intento de moverse. La bardo quedó tumbada encima de Xena y la guerrera rodeó con los brazos a la mujer agotada. Las dos se esforzaron en vano por calmar la respiración, demasiado inseguras de su voz para hablar.


Llegados a este punto, Eponin vuelve a intervenir en nuestra historia. En realidad, nos reunimos con la guerrera amazona después de que ésta haya estado durmiendo en su cabaña unas cuantas marcas, al haber disfrutado de una considerable cantidad de vino durante los festejos de la noche.

Su nueva recluta, Tarazon, había venido a despertar a la guerrera de más edad para su turno de guardia. De parte de lo que iba a suceder a continuación Eponin le echó toda la culpa a Tarazon. La guerrera de más edad juraba que la recluta se debería haber dado cuenta de que una guerrera con resaca no es la persona más indicada para hacer guardia y la joven recluta debería haberse ofrecido voluntaria para ese turno.

Como no hubo tal oferta, Eponin se aguantó y se encaminó a relevar al primer turno. La noche de Eponin estaba a punto de cambiar, pero en este momento no tenía forma de saber hasta qué punto. Las cosas mejoraron bastante para la guerrera cuando apareció por allí Solari y se apiadó de su amiga.

Solari se dio cuenta de que Eponin no estaba muy en forma, de modo que se ofreció amablemente a hacer un intercambio con la guerrera. Solari se ocuparía de la vigilancia en los árboles en las afueras de la aldea, mientras Eponin se unía a los dos miembros de la guardia real en la cómoda tarea de vigilar la cabaña de la reina. Eponin dio las gracias a su amiga, dejándola con la promesa de que le debía una, y pensó para sus adentros... ¿qué dificultad puede haber?

Iba a ser tarea fácil, sin duda, y Eponin ya estaba planeando cómo echar una siestecita, dejando las cosas a cargo de las jóvenes pero capaces guardias reales. Se encontró con la pareja un poco más lejos de la cabaña de la reina de lo habitual y se preguntó de qué podían haber estado hablando las dos jóvenes, al verlas tan ruborizadas. Fue entonces cuando lo oyó.

Fue un grito terrorífico que le puso de punta los pelos de la nuca y los brazos. En el campo de batalla ni se habría inmutado, pero esto salía de la cabaña de la reina. Puede que Eponin fuera un poco densa en ocasiones, pero era una guerrera hasta la médula y además buena. Sin plantearse su propia seguridad, corrió hacia la puerta de la cabaña de la reina.

Las dos guardias reales se habían quedado tan atónitas por los gritos que salían de la cabaña de su reina como la guerrera de más edad, pero tenían una ventaja. En lugar de salir a la carga detrás de Eponin, se pusieron aún más coloradas. Pensaron en poner al tanto de todo a la guerrera, pero a las integrantes de la guardia real les gusta mantener las distancias y estas dos reconocieron de inmediato la posibilidad de bajarle un poco los humos a una guerrera.

Eponin se lanzó hacia la cabaña, subiendo los seis escalones de dos saltos. Sacó la espada al tiempo que abría la puerta de una patada, preparada para cualquier cosa.

Menos para aquello.

Para las dos amantes apenas habían pasado unos segundos, Gabrielle aún yacía en los brazos de una guerrera totalmente satisfecha y ambas mujeres seguían jadeando cuando la puerta de su cabaña se abrió de una patada. Xena se maldijo por su desliz mental: sus armas seguían en la mesa. La guerrera rodó hasta colocar a Gabrielle debajo de ella para proteger a la joven de su atacante.

Fue entonces cuando dio la impresión de que todas las cosas y todo el mundo empezaban a moverse a cámara lenta.

Las dos mujeres que estaban dentro de la cabaña se dieron cuenta de que la intrusa era Eponin dos o tres segundos antes de que la guerrera pudiera asimilar lo que pasaba.

—¡Eponin! —gritó Gabrielle indignada, tirando hacia arriba de la sábana en un intento inútil de tapar lo que la guerrera amazona ya estaba mirando fijamente.

Últimamente parecía que Eponin se estaba metiendo en muchas situaciones de este tipo. Situaciones en las que su cerebro no paraba de zarandearla para hacer que su cuerpo se moviera hacia atrás, pero la guerrera no conseguía en absoluto concentrarse en nada que no fuera la visión de las dos mujeres desnudas que tenía delante. Por supuesto, sus ojos errantes no tardaron en posarse en los de Xena. Ahora bien, Eponin había jurado, durante el anterior incidente con Xena, que un metro ochenta de Princesa Guerrera que se te venía encima parecía mucho más grande si estabas de rodillas. No tardó en descubrir que iba a tener que corregir dicha afirmación. Un metro ochenta de Princesa Guerrera desnuda parecía una cosa inmensa.

Efectivamente, la situación era bastante violenta y si Eponin se hubiera dado la vuelta inmediatamente, es posible que las cosas hubieran mejorado. Aunque la amazona hubiera pedido disculpas unos segundos después, la cosa habría quedado como un incidente horriblemente embarazoso y podrían haberse reído de todo ello más adelante... mucho más adelante, en opinión de Xena. El problema, según lo percibía la guerrera, era que Eponin no se marchaba. Estaba allí plantada sujetando la espada, sin dejar de mirarlas. No sólo a ellas, sino más concretamente a Gabrielle. De repente, Xena recordó las miradas libidinosas que horas antes Eponin había dirigido a la joven reina durante la fiesta. Entonces, con lentitud deliberada, la guerrera se levantó de la cama y avanzó hacia la amazona petrificada.

Gabrielle pudo por fin cubrirse con la sábana, consiguiendo que Eponin saliera de su estado de animación suspendida. Fue entonces cuando se dio cuenta de que la Princesa Guerrera se acercaba a ella.

—Xena —rogó Gabrielle por detrás de la guerrera—, recuerda... no la mates —terminó, sonriendo con suficiencia a la amazona.

—Oh, no la voy a matar —empezó Xena—. ¡Sólo le voy a hacer mucho daño! —bufó.

Eponin también daría fe más tarde de que vio unos hilillos de humo saliendo de las orejas de la guerrera. Mirando a Gabrielle, dijo débilmente:

—Supongo que ahora echo a correr, ¿no?

—¡Demasiado tarde! —dijo Xena, agarrando a la amazona inmóvil por el cuello de la túnica y sacándola fuera a rastras. Por segunda vez en otras tantas semanas, la guerrera amazona se encontró volando por encima de la barandilla del porche de la reina.

Xena simplemente volvió a entrar en la cabaña y cerró la puerta dando un portazo.

Eponin se quedó tirada boca arriba en el suelo junto a la cabaña de la reina. Soltando un gemido de dolor, miró a las dos guardias reales que se retorcían de risa.

—Si alguna vez consigo levantarme... vosotras dos estáis muertas —dijo la guerrera terminantemente.

La risa cesó de inmediato y las dos mujeres tragaron con fuerza, mirándose la una a la otra.


A Gabrielle le temblaba el cuerpo de risa cuando Xena entró en la cabaña, meneando la cabeza y echándole a su bardo una sonrisa tímida por las meteduras de pata de su amiga amazona. Xena nunca podía estar enfadada mucho tiempo con Eponin.

—Le vas a romper la espalda como sigas tirándola así desde el porche —dijo Gabrielle, secándose las lágrimas de risa de los ojos.

—Es una guerrera, es fuerte. Además, no me hacía mucha gracia cómo te miraba. Sin embargo, sí que me gusta cómo me miras tú... esa mirada que tienes en los ojos, mi reina, es muy halagadora —dijo Xena, enarcando una ceja provocativamente.

En el pasado, Gabrielle sólo había podido echar miradas de reojo al cuerpo de su guerrera y ahora se estaba aprovechando de su recién estrenada relación para devorar con los ojos abiertamente las admirables cualidades de su amante.

Xena disfrutó del rubor que encendió las mejillas de Gabrielle. La guerrera se apoyó con una rodilla en la cama, sosteniéndose con un fuerte brazo al tiempo que tiraba de la sábana que cubría a Gabrielle.

—Permíteme que te devuelva el favor —dijo Xena arrastrando las palabras, aprovechándose tanto como la bardo.

Echó su cuerpo cuan largo era al lado de su bardo y pasó una mano por el cuerpo entero de Gabrielle, deteniéndose para acariciar con dulzura la cara de la bardo. Gabrielle apoyó la cara en la mano, volviendo la cabeza para depositar un beso en la palma de la guerrera, encallecida por la espada.

—¿Por dónde íbamos...? —sonrió Xena, bajando para capturar los labios de la bardo.

Gabrielle jamás había pensado que las caricias de Xena pudieran ser tan tiernas. La joven gimió en la boca de Xena por la dulzura del beso, que pareció durar para siempre.

—¿Te gustan mis besos, amor mío? —preguntó la guerrera, moviendo los labios por la mandíbula de la joven, bajando por el cuello y subiendo de nuevo hasta la oreja, donde chupó el lóbulo de la bardo—. ¿Mis caricias? —Cogió la parte inferior del pecho de la bardo y acarició el pezón con el pulgar, haciendo que la carne se endureciera por la caricia.

—Ohhhh... —fue lo único que pudo decir Gabrielle.

—Mmmm... ¿sin habla, bardo mía? —susurró Xena, sin dejar de besar y acariciar a la joven que estaba a su lado—. Has sometido mi cuerpo a una tortura tan exquisita que he pensado que me corresponde devolverte el cumplido. Ah, y va a ser una tortura deliciosa, Gabrielle.

La bardo se estremeció al oír su nombre pronunciado despacio en un susurro seductor, al tiempo que notaba el cálido aliento de la guerrera acariciándole la oreja.

Xena colocó su cuerpo sobre el de Gabrielle, apoyando el peso en los brazos. Gabrielle gimió de placer al sentir el cuerpo de la guerrera. Xena bajó la cabeza hasta atrapar los labios de Gabrielle con los suyos, regodeándose en el sabor de la joven, mientras la lengua de la guerrera recorría el labio inferior de la bardo como una promesa del deleite que la lengua de la guerrera podía producirle. Cuando Xena hizo amago de apartarse, las manos de Gabrielle se entrelazaron en el pelo de la guerrera, arrastrándola a otro beso apasionado.

Xena pasó a acariciar con la nariz el cuello de la bardo, empleando los labios, la lengua y los dientes para bajar por el cuello de la mujer. La guerrera sonrió ante la velocidad del pulso acelerado que encontró allí. Gabrielle soltó una exclamación sofocada cuando Xena se metió la carne en la boca y se puso a succionar largo rato y con fuerza.

—Te estoy marcando... ahora eres mía, Gabrielle —gruñó Xena.

—¡Dioses, sí! —exclamó Gabrielle.

Los pezones de Gabrielle se endurecieron cuando la carne de Xena se deslizó por el cuerpo de la joven.

—Por favor —susurró Gabrielle, arqueando la espalda cuando los dedos de Xena rozaron sus pezones erectos.

Xena se metió despacio una de las protuberancias endurecidas en la boca y la chupó con avidez. Gabrielle se quejó de la pérdida cuando la boca de Xena abandonó su pecho, pero la guerrera acabó con la queja cubriendo la boca de la bardo con la suya. Separando los labios de la bardo con la lengua, el músculo firme empezó a explorar la boca de la joven con una intensidad que no tardó en producir vértigo a la bardo. Dejando que sus dedos volvieran a los pechos de la bardo, Xena trazó círculos alrededor de los pezones de Gabrielle antes de cogerlos entre el pulgar y el índice y apretarlos rítmicamente.

Xena empleó la rodilla para separar suavemente las piernas de Gabrielle y puso el muslo contra la cálida humedad.

—Dioses, Gabrielle... —gimió al oído de la bardo—. Qué mojada estás.

Xena descubrió que su pasión alcanzaba nuevas cotas y fue incapaz de evitar que su propia humedad empezara a empapar la pierna de la bardo. Apretó el centro de la bardo con el muslo, provocando una exclamación de placer, notando que Gabrielle empezaba a mover las caderas contra el muslo de la guerrera.

Xena no daba crédito a lo sensible que era la bardo. Tocara donde tocase a la joven, de la garganta de Gabrielle salía un sonido y cada gemido y exclamación sofocada de la bardo hacían que del sexo excitado de la guerrera manase un torrente de humedad.

Xena fue bajando despacio, deslizando la boca y la lengua por los firmes músculos del estómago de la bardo, y Gabrielle abrió más las piernas cuando la guerrera colocó los hombros entre ellas. Aspirando profundamente, a Xena se le hizo la boca agua al oler la pasión de Gabrielle y luego pasó jugando la lengua por el interior de los muslos de Gabrielle. El cuerpo de Xena se estremeció con una expectación deliciosa al pensar en saborear la dulce humedad de la bardo.

Haciendo un alarde de seducción pura, la guerrera deslizó los dedos entre los pliegues empapados de la bardo.

—Síííí... —gimió Gabrielle, apoyándose en un codo para mirar a la guerrera.

Xena clavó la mirada en Gabrielle y la joven observó con los ojos entornados mientras las guerrera apartaba los dedos de Gabrielle y se los llevaba a la boca, quitándose de la mano a lametones los jugos de la bardo.

—Santa Artemisa —gimió la bardo, dejando caer el cuerpo en la cama. La joven se sentía peligrosamente cerca de una explosión de pura necesidad—. Por favor, Xena... necesito... —rogó Gabrielle.

—Sé lo que necesitas, cariño... —ronroneó Xena y Gabrielle pensó que había muerto y estaba en los Campos Elíseos sólo de oír aquella voz.

Xena deslizó las manos bajo las caderas de la bardo, tirando de ella hasta acercarla a la boca impaciente de la guerrera. Pasó la lengua por todo el sexo de la bardo, notando que el cuerpo de Gabrielle se estremecía como respuesta. La bardo abrió aún más las piernas, animando a la guerrera, cuando Xena hundió la lengua en la dulzura de la bardo. Xena dejó que su lengua vagara y explorara a su amante, deleitándose en los gemidos de placer que emitía su bardo. Se regodeó en las texturas y el sabor de su joven amante, notando que las caderas de Gabrielle empezaban a empujar contra su lengua.

Xena subió la lengua y se puso a acariciar suavemente la protuberancia oculta, ahora hinchada de necesidad. Deslizó un dedo por la abertura de la bardo, luego dos, deslizándolos fácilmente una y otra vez en las profundidades empapadas de Gabrielle, sin dejar ni un momento de atender el centro de la bardo con la lengua.

Gabrielle apenas era capaz de formar un pensamiento racional, ya que su conciencia del mundo exterior se había reducido al centro de su ser, que estaba siendo tan amorosamente devorado por su guerrera. Enganchó con los dedos las guedejas negras de la guerrera, apretando con más fuerza la lengua de la guerrera contra ella.

—Oh, dioses, Xena... por favor... por favor, no pares —exclamó Gabrielle, levantando las caderas de la cama, empujando con más fuerza contra la lengua y los dedos que le prometían el orgasmo.

Xena abrazó las caderas de su amante, que no paraban de moverse, hundiendo aún más la cara, succionando con fuerza mientras movía la lengua rápidamente por la protuberancia hinchada.

Gabrielle gritó el nombre de su amante una y otra vez cuando las oleadas del orgasmo la atravesaron, contrayéndose sobre los dedos de la guerrera que tenía dentro, mientras el cuerpo de la joven se convulsionaba cuando en su interior estalló un segundo orgasmo y luego un tercero.

Cuando Gabrielle se quedó saciada, Xena subió despacio y la besó con ternura, estrechando a la joven entre sus fuertes brazos. La bardo se acurrucó contra el cuello de Xena, incapaz de hablar.

—Xena —empezó Gabrielle cuando hubo recuperado el aliento—. ¿Me quieres decir... que llevamos tantos años juntas... y podríamos haber estado haciendo esto?

Xena se echó a reír suavemente y besó a la bardo en la cabeza.

—Parece que tenemos que recuperar, ¿eh?

—¿Será siempre así? —preguntó Gabrielle maravillada.

—No lo sé, amor... nunca he tenido esta experiencia hasta ahora. He tenido muchos amantes, Gabrielle —dijo Xena con tono serio, respondiendo a la expresión desconcertada de su amante—. Incluso con los que creía amar... Marcus, Hércules... no creo que como señora de la guerra supiera lo que era el amor. No creo que entonces fuera capaz de amar. He tenido que volver a aprender este tipo de emociones y creo que empecé a hacerlo el día que entraste en mi vida.

Xena notó las lágrimas silenciosas de Gabrielle en su cuello mientras continuaba.

—Gabrielle, estoy tan enamorada de ti... tú eres mi corazón, lo que me mantiene viva. Te necesito tanto como el aire que respiro y el agua que bebo. Si dejaras de existir, creo que mi corazón simplemente dejaría de latir —susurró la guerrera, acariciando suavemente con los labios la sien de la bardo—. Gracias, bardo mía... gracias por salvarme.

Gabrielle levantó la vista para mirar a su guerrera, con la cara bañada en lágrimas.

—Xena, nunca te he oído hablar así.

—Lo siento, Gabrielle. Siento no decir siempre las cosas que necesitas oír y no ser siempre la clase de persona que te gustaría que fuese. Puede que no siempre lo consiga, pero te prometo que voy a hacer todo lo que pueda para no decepcionarte ni avergonzarte.

Gabrielle nunca había oído a Xena hablar tan abiertamente de sus sentimientos y la joven bardo estaba algo anonadada.

—Oh, Xena... tu amor jamás podría decepcionarme ni avergonzarme... ¿lo decías en serio... cuando has dicho que estabas enamorada de mí? —preguntó Gabrielle.

Xena se volvió para mirar a Gabrielle, estrechándola más entre sus brazos y apretando más a la bardo contra ella. Xena besó a Gabrielle en la frente y rozó con los labios sus mejillas llenas de lágrimas.

—Con todo mi corazón, amor mío... con todo mi corazón. —Xena se echó hacia atrás para mirar a Gabrielle a la cara, acariciándosela tiernamente con el dorso de los dedos—. Pero te mereces algo mejor, mi amor. Lo sé... —Xena puso un dedo sobre los labios de la bardo para acallar lo que sabía que iba a venir—. Eres una mujer adulta y eres libre de amar a quien quieras. Me has hecho tuya y mi corazón no podría ser más feliz, pero te aseguro que no consigo imaginarme qué ves en una vieja guerrera quemada como yo.

—Oh, Xena... ojalá te vieras a través de mis ojos —dijo Gabrielle antes de pasar una mano por el cuello de Xena y besarla más concienzudamente de lo que la guerrera había sido besada en su vida—. Eres tan bella y te quiero tanto. Te quiero entera, Xena... la mujer, la guerrera, la luz y la oscuridad y todo lo que hay entre medias —dijo entre beso y beso.

Fue el turno de las lágrimas de Xena y aunque la guerrera rara vez permitía que nadie la viera llorar, disfrutó de esta liberación agridulce y se deleitó en la sensación de ser abrazada, mientras los dedos de Gabrielle le acariciaban suavemente el pelo.

Ambas mujeres estaban a punto de quedarse dormidas, la una en los brazos de la otra, cuando Xena abrió perezosamente un ojo para mirar a la bardo.

—¿Gabrielle...?

—Mmm-mmm —contestó Gabrielle adormilada.

—Esta semana... todas esas cosas que estabas haciendo, o sea, cuando... Gabrielle, ¿me estabas seduciendo? —preguntó Xena.

Gabrielle abrió los ojos de par en par y se despabiló rápidamente.

—Mmm... ¿sí?

—¿Estás preguntándomelo o estás diciéndomelo? —Xena también estaba ahora totalmente despierta.

—¿Diciéndotelo? —Dioses, eso me suena patético hasta a mí.

Xena se apartó de los brazos de la bardo y colocó el cuerpo encima de la joven.

—¿Me estás diciendo que me has hecho todo eso a propósito? ¿Y te ha gustado ver lo desquiciada que estaba?

—Pues... yo... yo... en el momento me pareció una buena idea... y la verdad es que no lo he hecho a propósito... al principio. Pero, bueno, luego... pues me gustaba ver cómo te afectaba. —Gabrielle miró a la guerrera con su mejor expresión de inocencia.

—Mi amor, eres una provocadora —dijo Xena enarcando una ceja dirigida a la mujer que tenía debajo.

—Técnicamente no puedes decir que sea una provocadora —respondió la bardo con tono desafiante—. Al fin y al cabo, una persona provocadora es alguien que se comporta de forma incitante, sin la menor intención de cumplir lo que promete... yo, por mi parte, tenía toda la intención de cumplir lo que prometía —terminó Gabrielle con una sonrisa suficiente, sintiéndose como si acabara de salir bien librada de algo.

—Ga-bri-elle... —dijo Xena despacio—. ¿Sabes lo que les hacen los guerreros a las mujeres que los provocan... incluso a las que aman con todo su corazón? —Xena pronunció las palabras despacio, envolviendo a la joven entre sus brazos y olisqueando el cuello de la bardo, mordisqueándole la carne suave.

—¿Buscar revancha? —dijo Gabrielle débilmente, perdiendo la sonrisa de satisfacción al tiempo que se le aceleraba el pulso.

—Mmm-mmmm —murmuró Xena, mordiendo un lóbulo delicadamente.

Tengo la sensación de que esto de la "revancha" puede resultar muy agradable... si no acaba primero conmigo, fue el último pensamiento coherente de Gabrielle cuando Xena cubrió la boca de la bardo con un beso ardiente.


FIN


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