Llegar a ser reina

LJ Maas



Descargo: Xena, Gabrielle, Argo, etc. son propiedad protegida por derechos de autor de MCA/Universal y Renaissance Pictures. Yo no soy su dueña, sólo juego con ellas un poco y, como una niña buena, las devuelvo a su sitio cuando termino... vale, se desgastan un poco, pero oye... ¡juego duro! No se ha pretendido infracción alguna de los derechos de autor al escribir esta obra de ficción. Se ha creado como halago a los creadores y los actores de los personajes. Todos los demás personajes que aparecen son propiedad de artist@busprod.com. Esta historia no se puede vender ni usar en modo alguno para obtener beneficio económico (a menos, claro está, que Lucy, Renee, Rob y demás quieran hacer mi sueño realidad y me contraten, ¡ja!). Se pueden hacer copias sólo para uso privado y agradecería que incluyerais todos los avisos de derechos de autor y esta renuncia.
Aviso de violencia: En esta historia hay cierta violencia (venga, que se trata de la Princesa Guerrera) y las consecuencias de un ataque sexual. Es sobre todo una historia tipo dolor/consuelo/anhelo, pero si esta clase de cosas os hace sufrir, pasad a otra más suave.
Sexo: ¡Sí, lo hay! A fin de cuentas, se trata de Xena y Gabrielle. No es gratuito, pero sí es explícito cuando ocurre. Esta historia muestra amor/sexo consentido entre dos mujeres adultas. Consideraos advertidos si esto os resulta ofensivo. Si sois unos románticos incurables... ¡esto es lo vuestro!
Minoría de edad: Eh, que el Tribunal Supremo dijo en Reno contra la Unión Americana de Libertades Civiles (1997) que las leyes que impiden poner a disposición de las personas menores de 18 años ciertos materiales "indecentes" a través de la red eran inconstitucionales... ¡consultadlo! Además, esto es absolutamente "decente". :-)
Sólo sé lo que otros piensan de mis historias por sus comentarios. Hacedme saber lo que os parece... sin embargo, los homófobos pueden abstenerse. Estoy en: ljmaas@yahoo.com

Título original: To Become a Queen. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


1


La guerrera tiró de las riendas de la yegua dorada, para hacer que avanzara más despacio. Xena estaba lo bastante cerca del campamento donde había dejado a Gabrielle como para relajarse un poco. Xena volvía de una aldea donde la guerrera había tenido la necesidad de convencer a unos cuantos gamberros locales de que lo que más les convenía era marcharse. No había hecho falta mucha cosa para convencerlos. Vosotros no atacáis esta aldea y yo no tendré que mataros a todos.

¿Por qué había tenido tanta prisa por volver? Una vez más, reflexionó sobre esta pregunta, mientras el ruido rítmico de los cascos de Argo hacía que su mente se volviera introspectiva.

Había tenido que dejar atrás a Gabrielle para este viaje, cosa que provocó el descontento de la bardo. Por supuesto, descontento era un eufemismo. Xena tardó medio día en convencerla de que la pequeña aldea que solicitaba ayuda estaba a un día de dura cabalgata hacia el sur. Si las dos iban encima de Argo, tardarían el doble y llegarían demasiado tarde para ayudar a los aldeanos. Cuando Gabrielle se dio cuenta de que esto era cierto, se sintió decepcionada, pero lo comprendió.

Gabrielle se quedó en silencio a un lado mientras Xena ensillaba a Argo, dándose la vuelta antes de que Xena la viera enjugarse las lágrimas silenciosas.

Si supiera cómo me siento al dejarla atrás, pensó Xena al tiempo que agarraba las riendas de Argo. Por supuesto, como nunca expresaba sus sentimientos claramente, se puso la máscara de guerrera y pasó a dar instrucciones a la bardo.

—Recuerda, si llueve procura que no te pille demasiado cerca del río... deberías tener suficiente leña... tienes bastante comida, ¿no?... no duermas tan profundamente que te olvides de dónde estás... Gabrielle... ¿me estás escuchando?

—Xena —dijo Gabrielle, colocando las manos en los brazos de la mujer más alta—, ya he hecho esto antes, ¿recuerdas?

Xena sonrió por su excesivo afán protector cuando se trataba de Gabrielle.

—Lo sé, Gabrielle... lo siento, pero ¿no preferirías quedarte en la posada de Pelios hasta que vuelva? Me sentiría mucho más a gusto si estuvieras allí en lugar de en medio de la nada a leguas de distancia de cualquier parte.

Gabrielle hizo su mejor imitación de la ceja enarcada de la Princesa Guerrera.

—Justo... estaría mucho mejor en la posada de un pueblo llena de soldados y borrachos... ¡no, gracias! Aquí me siento más segura.

Volvió a hacerse la pregunta en silencio. ¿Por qué había tenido tanta prisa por volver? Conocía la respuesta, pero últimamente su corazón y su cabeza tiraban en direcciones opuestas. La respuesta era sencilla. Gabrielle...

¿Cuándo has cambiado, Gabrielle? ¿Cuándo se convirtió en mujer la chiquilla campesina de Potedaia? No sólo en mujer, pensó la guerrera, sino en una mujer muy deseable. No eran sólo los cambios físicos de Gabrielle los que ablandaban la mirada de la guerrera. En algún momento de los últimos años, Gabrielle había pasado de ser una chiquilla tímida y candorosa a convertirse en una mujer bella, inteligente y compasiva. ¿Cómo no me he dado cuenta? ¿Cuándo has cambiado, Gabrielle? Y lo que es más importante... ¿cuándo has cambiado tú, guerrera?

Xena era totalmente capaz de inspeccionar sus propios motivos y temores del mismo modo que era capaz de aplicar ese intenso escrutinio a otras personas. Puede que no siempre le gustara lo que veía en sí misma, pero tampoco se escondía jamás de sí misma. Una cosa que era incapaz de hacer era mentirse a sí misma. Ahora, montada en su caballo, sumida en sus pensamientos, pudo responder a su propia pregunta, pero esa respuesta no sirvió para tranquilizarla. Gabrielle era lo que la azuzaba a llegar al campamento donde había dejado a la joven hacía tres días.

—¡Por Gea, no es posible que me esté pasando esto! —bufó entre dientes. ¿Cómo puedo estar enamorada de mi mejor amiga? Ya... por fin había puesto en palabras la idea que llevaba tantas lunas atormentándola día y noche. Últimamente parecía buscar cualquier tipo de excusa para tocar a Gabrielle. Una mano colocada suavemente en el codo, los dedos que rozaban los de la otra al caminar. Inocentes contactos físicos que le dejaban el estómago haciendo acrobacias. Últimamente sus días habían estado llenos de miradas furtivas a la hermosa y joven bardo... su bardo, mientras que sus noches se consumían en una pasión más fuerte. Sus sueños estaban poblados de visiones de penetrantes ojos verdes llenos de deseo. Además, en sus sueños, las pasiones de la bardo sólo podían ser saciadas por su guerrera.

Cada noche que se hundía en el reino de Morfeo, sus sueños se hacían más vívidos. La escena nunca era la misma, pero la intensidad sí. Una noche hacían el amor despacio y apasionadamente, a la noche siguiente se abalanzaban la una sobre la otra con un frenesí lascivo. Siempre empezaba igual. Xena contenía sus pasiones hasta el punto de sentir agotamiento físico, pues no quería que Gabrielle descubriera que quería algo más que amistad, con un miedo desesperado de que su joven amiga se sintiera asqueada por el afecto de la guerrera y, aún peor, que la dejara si lo sabía. Luego llegaba el momento en que Xena ya no podía seguir controlando sus emociones y un beso inocente duraba más de lo que exigía su sentido común. Siempre era Xena la que apartaba los labios horrorizada por sus propias acciones, mirando las verdes profundidades de los ojos de Gabrielle en busca de perdón.

Y siempre era Gabrielle la que susurraba:

—Por favor, Xena... no... no pares.

Xena sacudió la cabeza como para disipar la imagen de esos ojos verdes delante de ella. Oh, Gabrielle... ¿llegará algún día en que pueda decírtelo?

—No —musitó silenciosamente. Su amistad significa ya demasiado para mí... no puedo perder eso. Ella es lo que hace que la Luz siga encendida dentro de mí. Además, aunque sea reina de las amazonas, no creo que Gabrielle se dé cuenta siquiera de que las mujeres pueden amarse así. Guárdatelo, guerrera. Al menos de esta forma puedo tenerla cerca, aunque no sea todo lo que me gustaría que fuese. Vivir sumida en sus pasiones no correspondidas por su bardo tendría que bastarle.

Argo dejó el camino antes de que Xena tuviera que tirar de las riendas.

—Tú también sabes que está cerca, ¿verdad, chica? —Xena desmontó y pasó las riendas por encima de la cabeza del caballo, tirando de la yegua hacia el campamento. Xena caminó más despacio al acercarse al campamento. Parecía tranquilo, pero como era media mañana, supuso que Gabrielle acabaría de salir de su petate. La guerrera se permitió una sonrisa, recordando las creativas formas que había tenido que idear para despertar a la dormilona bardo. Probablemente está en el río, pensó al entrar en el campamento.

Xena se detuvo y se quedó inmóvil al tiempo que los pelos de la nuca se le ponían de punta. El zurrón de Gabrielle estaba tirado y abierto, con los pergaminos esparcidos por el campamento, y los restos carbonizados de un pescado colgaban de un asador encima de la fogata ahora apagada.

—¿Ga-bri-elle...? —dijo despacio Xena al arrodillarse junto a lo que quedaba del fuego y tocar las piedras frías. Sus ojos registraron el campamento y un estremecimiento de miedo le recorrió el cuerpo—. ¡Gabrielle! —gritó al tiempo que se levantaba, alargando la mano por encima del hombro y sacando la espada, girando el cuerpo para observar el bosque. Sus ojos detectaron la vara de la bardo tirada en el suelo, con un extremo manchado de sangre seca. El miedo fue sustituido por una emoción nueva para la guerrera: terror. Volvió a recorrer el campamento y se dirigió al río, a largas zancadas que devoraban la distancia que había entre medias. Gabrielle no aparecía.

Argo relinchó y pateó el suelo nerviosa desde un altozano que había justo pasado el campamento, y los movimientos de la yegua atrajeron a Xena hasta ese sitio, pero al llegar a lo alto del montículo no estaba preparada para lo que la esperaba. Con un grito desgarrador cayó de rodillas, golpeada por la incomprensión, y la furia la llenó hasta el último resquicio de su ser. Apoyó rápidamente los dedos en el cuello de la bardo inconsciente y sintió que su propio cuerpo temblaba al palpar el débil rastro de un pulso. La cara de Gabrielle era una masa de contusiones y tenía el brazo derecho torcido en un ángulo raro. Xena supo antes de tocar la extremidad que estaba rota. Le habían cortado los cordones del corpiño y tenía la corta falda de amazona subida hasta la cintura y la parte interna de los muslos manchada de sangre seca.

—Oh, Gabrielle —gimió Xena. No había palabras que pudieran aliviar el dolor de este momento, ningún tierno abrazo que pudiera consolar, ninguna poción capaz de evitar los recuerdos. Las lágrimas de Xena caían desatendidas mientras examinaba a Gabrielle, comprobando sus lesiones. Le entablilló el brazo roto inmediatamente y levantó cuidadosamente a la bardo en brazos. Después de instalar a Gabrielle en su petate en el campamento, Xena corrió al río para coger agua. Argo aguardaba paciente a un lado, pero la guerrera casi ni la vio. Cogió vendas y unas hierbas de una alforja y se puso a encender un fuego antes de oír un quejido suave.

Arrodillándose junto a la figura echada, le acarició el pelo y susurró su nombre.

—¿Gabrielle?

No hubo respuesta por parte de la bardo y Xena se obligó a no venirse abajo ahora. Cuando hubo calentado el agua que había recogido del río, se puso a limpiar y vendar las demás heridas de la joven. Mezcló una pasta con uno de los polvos sacados de una bolsita de cuero y aplicó una cataplasma a una contusión especialmente grande que la joven tenía en las costillas. Envolvió las costillas de Gabrielle con una venda, cosa que provocó un pequeño gemido de la bardo inconsciente. Quitó con cuidado los restos de la ropa destrozada de Gabrielle, lavando la sangre y la suciedad del pequeño cuerpo. Se esforzó desesperadamente por controlar su ira al separar los muslos de la bardo, tocando con mucha delicadeza para examinar y limpiar el daño que le habían hecho esos monstruos. Vistió a Gabrielle con una camisa limpia y envolvió su cuerpo inerte en mantas, acercándola más al calor del fuego.

Xena se puso en pie, estirando los músculos que se le habían quedado agarrotados de furia y agotamiento.

—Conseguiré que te pongas bien, Gabrielle... aunque sea lo último que haga antes de ir a los abismos del Tártaro... conseguiré que te pongas bien.

Luego Xena hizo algo que nunca había hecho hasta entonces. Cayendo de rodillas y abrazándose a sí misma con fuerza, sollozó abiertamente y dejó que le cayeran las lágrimas hasta que incluso los dioses del Olimpo sintieron la angustia de su corazón roto. Lloró por una reina amazona y el don que le habían arrebatado a esa reina, que ya no podría dárselo a su guerrera.


El hocico de Argo apretó la espalda de Xena al tiempo que la guerrera se daba cuenta de que la oscuridad había caído sobre ellas. Consiguió levantarse, sintiendo el dolor de los músculos agarrotados, y quitó en silencio la silla de Argo. La yegua se alejó, contenta de librarse de la carga por un rato, sabiendo que no iba a recibir atenciones especiales por parte de su dueña.

En los ojos de Xena había un dolor vacío al volver a arrodillarse junto a Gabrielle. Acarició una mejilla encendida, notando el calor de la fiebre. Iba a tener que llevarla a una sanadora y Amazonia estaba a dos días a caballo hacia el norte. Una vez decidido lo que iba a hacer, Xena estiró su cuerpo junto a la figura dormida, rodeando a la bardo con los brazos en un gesto protector, y durmió profundamente un rato, conectada por el tacto.

—Noooo —gritó Gabrielle, apartándose del abrazo dormido de Xena. Incluso con un brazo roto, la fuerza de la bardo sorprendió a la guerrera, que se sacudió los restos de sueño al tiempo que intentaba calmar a la mujer aterrorizada.

—¡Gabrielle! —gritó Xena para que se la oyera por encima de los alaridos de la joven, sujetando el brazo sano de la bardo contra su costado—. Gabrielle... soy yo...

—¡Quítame las manos de encima! —exclamó Gabrielle con vehemencia.

Xena reaccionó como si le hubiera dado una bofetada, apartando bruscamente las manos del cuerpo de la bardo y apoyándose en los talones. Lo único que se oía era a Gabrielle aspirando grandes bocanadas de aire como si se estuviera ahogando.

—¿Gabrielle? —preguntó Xena angustiada.

—¿Xena? —Los ojos de Gabrielle empezaron a perder la mirada demente y se fijaron en la guerrera que tenía delante. Guiñó los ojos y sacudió la cabeza como si luchara contra los restos de una pesadilla, mirándose el brazo entablillado. Entonces los recuerdos le estremecieron el cuerpo y, mirando a Xena a los ojos, exclamó—: Oh, Xenaaaa.

Los sollozos de la joven sacudían su pequeño cuerpo y sus pulmones se esforzaban por respirar entrecortadamente. Xena acudió a su lado inmediatamente, estrechando el cuerpo de la bardo contra el suyo. Gabrielle se quedó paralizada y se le puso todo el cuerpo tenso por el contacto.

—Por favor... —Gabrielle se apartó de la guerrera empujándola—. Por favor, Xena... no... no me toques.

Gabrielle se arrastró al otro extremo del petate, abrazándose a sí misma en busca de consuelo. Miró a Xena a la cara, sin poder o sin querer comprender el dolor que veía en los ojos de la guerrera.

—Lo siento... yo... yo... —murmuró en voz tan baja que sólo el agudo oído de la guerrera pudo captar las palabras.

—Gabrielle... ¿Gabrielle? —repitió, hasta que los ojos de la bardo se encontraron con los suyos—. No pasa nada, lo comprendo... Gabrielle, dime, ¿qué puedo hacer por ti?

El llanto de la bardo continuó al tiempo que hacía gestos negativos con la cabeza.

—Nada —lloró—, no se puede hacer nada.

Xena se quedó arrodillada junto al fuego largo rato, escuchando los sollozos torturados de Gabrielle. Su propio cuerpo temblaba de rabia y su mente descargaba su venganza una y otra vez sobre los monstruos responsables del dolor de la joven. Xena se limitó a quedarse ahí de rodillas, incapaz de reconfortar a su bardo, incapaz de ofrecerle el más mínimo consuelo. Era una guerrera, una mujer de acción, no de palabra. Las palabras nunca le resultaban fáciles y las emociones yacían bien encerradas en el fondo de su corazón sin poder salir a la superficie. Nunca había podido decirle a Gabrielle que la amaba, que ella era lo único que la mantenía firme en este mundo implacable. El abrazo de Xena siempre había hecho eso. Nunca había podido ofrecer consuelo explicando que su pasado a veces tocaba su presente y que una bardo inocente sufría con demasiada frecuencia la culpa y la vergüenza de la guerrera. Ésas eran las ocasiones en que Xena le acariciaba el pelo a la bardo y rezaba a cualquier dios que quisiera escuchar para que no permitiera que Gabrielle la dejara. Ahora, sus caricias, la única conexión que tenía con la mujer a la que amaba tan desesperadamente, habían quedado deshechas. Gabrielle sentía repugnancia por sus caricias.

Xena se volvió hacia el fuego, obligando a su cuerpo a entrar en acción, aunque se sentía como si hiciera las cosas por hacer algo. Escuchando los sollozos apagados de Gabrielle, preparó una taza de té, añadiendo un calmante para el dolor y un somnífero al líquido caliente.

Temiendo que su presencia sólo consiguiera aterrorizar más a la bardo, colocó la taza humeante delante de la joven y volvió a la hoguera.

—Por favor, Gabrielle... intenta beber un poco —la instó Xena.

Gabrielle se bebió lo que le ofrecía y se quedó dormida llorando, con el cuerpo acurrucado sobre una de las mantas en posición fetal. Xena se obligó a moverse y levantó a la bardo dormida, devolviéndola a su petate y cubriéndola con una manta. Gabrielle se agitaba inquieta en sueños, Xena no sabía si a causa de las pesadillas o la fiebre. Quedaban unas cuantas marcas hasta el amanecer y Xena colocó su petate de forma que Gabrielle pudiera verla al otro lado del fuego si volvía a despertarse. Se quedó tumbada contemplando la noche, esperando a que Morfeo la reclamara.


—Gabrielle... tienes que beberte esto —dijo Xena, llevando un tazón de caldo caliente a los labios de la joven. Xena estaba arrodillada detrás de la bardo, sosteniendo el cuerpo más menudo con el suyo. Gabrielle apenas estaba consciente, pero se encogió al sentir el contacto cuando Xena le pasó un brazo alrededor para sujetarla, mientras el otro sostenía el tazón de madera. Sólo pudo añadir una pequeña cantidad de calmante al líquido por miedo a que Gabrielle se sumiera aún más en el sueño febril que ahora la consumía. Por mucho que lo intentara, no conseguía que la joven bardo se despertara para farfullar más que unas cuantas frases. Su sueño seguía plagado de pesadillas, su cuerpo menudo temblaba y se estremecía violentamente, de su garganta se escapaban gritos torturados.

Mientras, Xena hacía todo lo que podía por cuidar de la bardo. La inconsciencia de Gabrielle permitía a la guerrera abrazar a la joven, algo que la bardo evitaba en sus momentos conscientes. Xena le volvió a vendar las heridas y a aplicarle cataplasmas, mirándola con ojos llenos de dolor y vacío. Sabía que algunas mujeres jamás conseguían superar las emociones asociadas a un ataque como éste. Pensando en Gabrielle, la joven cuyo carácter y sonrisa cariñosos podían derretirle el corazón, una mujer que encarnaba la bondad misma, al pensar que podía convertirse en una persona amargada y temerosa Xena se sentía destrozada por dentro.

Hacia mediodía, el empeoramiento del estado de Gabrielle hizo necesario correr el riesgo de viajar hasta la aldea amazona. Xena ya no podía controlar la fiebre que ardía dentro de la mujer más joven. Ni siquiera al llevar su cuerpo lánguido al río y sumergirla en el agua fría y poco profunda, hasta que su propio cuerpo se quedó entumecido de frío. Temía lo que podía pasarle a su bardo sin la ayuda de una sanadora. De modo que, después de envolver cuidadosamente con mantas a Gabrielle, que seguía inconsciente, y ponerle el brazo en un cabestrillo protector bien sujeto al cuerpo, Xena montó en Argo. Con Gabrielle cautamente sentada de lado en la silla delante de la guerrera, que rodeaba firmemente con los brazos a la mujer más menuda, Xena azuzó a Argo para que emprendiera un paso rápido.

La yegua parecía comprender lo urgente de la situación y corrió por el camino gastado. El sudor relucía en el ancho pecho de la yegua dorada mientras sus cascos tronaban por el camino y su respiración rugía como un fuelle. El orgulloso caballo de guerra percibía algo que no comprendía del todo y que emanaba de la dueña que sujetaba sus riendas. Algo que se movía en la guerrera como olas en el agua. Se parecía mucho... al miedo.

Apolo acababa de iniciar su ascenso por el cielo y Xena por fin redujo la velocidad al entrar en territorio de las amazonas, cuando los músculos de Argo temblaban de agotamiento. Los ollares de la yegua se abrían de par en par al soltar grandes ráfagas de aire. Xena se maldijo a sí misma por dentro por tener que forzar a Argo hasta tal extremo, pero el fuerte caballo había conseguido que un viaje de dos días durara sólo uno.

—Ya hemos llegado, Gabrielle —le susurró a la bardo inconsciente.

Al oír un trino agudo procedente de los árboles, Xena se detuvo. Sacando la espada de la vaina de cuero sujeta a su espalda, con un movimiento ágil tiró la hoja, clavándola en la tierra blanda a los pies de Argo. Cinco guerreras amazonas saltaron de los árboles por encima de ellas. Una de ellas se quitó la máscara, con la cara llena de preocupación.

—¿Xena? —preguntó la amazona, mirando fijamente la figura inmóvil en brazos de Xena.

—Eponin —saludó Xena a la guerrera morena—. Es Gabrielle... tengo que llevarla a una sanadora, ¡rápido!

—Sartori está en la aldea —contestó Eponin bruscamente. Agarró la empuñadura de la espada, que estaba en el suelo a sus pies, y se la lanzó a Xena—. ¡Ve! —gritó al tiempo que daba una palmada en la grupa de la yegua para ponerla en marcha. Xena se alejó al galope con su preciosa carga firmemente sujeta en sus brazos.

Eponin dio órdenes apresuradas a las camaradas que tenía detrás y dejó a tres de las amazonas para que guardaran la zona mientras ella y la joven Tarazon se dirigían corriendo a la aldea. Al pensar en su reina, a Eponin se le rompió el corazón ante la idea de que estuviera enferma o herida. Tanto ella como la mayoría de las mujeres de la aldea habían tonteado desvergonzadamente con la joven reina durante sus visitas, pero no hacía falta ser idiota para darse cuenta de que Gabrielle sólo tenía ojos para Xena.

—Ojalá pudiera ocupar tu lugar por un día, guerrera boba —masculló por lo bajo.


Sartori ayudó a Xena a depositar a Gabrielle en un camastro en la cabaña de la sanadora. Al apartar las mantas, se oyó una suave exclamación procedente de Ephiny, que acababa de entrar en la pequeña habitación. La reina regente nunca había visto a su menuda amiga tan enferma y al verla así se quedó sin aliento.

Sartori se apartó de la cara la capucha del manto y Xena advirtió la larga cicatriz desigual que salía de la sien de la mujer, le atravesaba la mejilla y le seguía por la mandíbula. Se puso a examinar con cuidado a la figura echada, interrumpiendo de vez en cuando el movimiento de sus manos para hacerle preguntas a Xena.

—¿Cuánto tiempo hace que tiene la fiebre?... ¿Ha estado bebiendo?... ¿Responde al dolor?... ¿Le has dado medicinas?... ¿Qué hierbas?

Xena se esforzó por concentrarse en las preguntas de la mujer de más edad, aunque su cuerpo cansado empezaba a notar los días que llevaba sin dormir y la agotadora cabalgata. Ahora Eponin se había reunido con Ephiny en la habitación y una serie de amazonas esperaba ansiosamente noticias de su reina fuera de la cabaña.

Un fuerte quejido se escapó de los labios de Gabrielle cuando Sartori apretó la palma de la mano contra el abdomen de la bardo, justo debajo del ombligo. Volviéndose a Xena de nuevo, la sanadora vio la expresión de dolor de la guerrera y obtuvo respuesta a su pregunta silenciosa. Cubriendo a Gabrielle con una sábana, la sanadora se levantó y se dirigió a la congregación de rostros preocupados.

—¡No puedo trabajar con todas vosotras aquí! —dijo, agitando los brazos hacia la puerta—. ¡Fuera! Todas... ahora mismo.

Ephiny le puso la mano en el brazo a Xena con suavidad, tratando de llevarse fuera a la guerrera. Quería oír lo que le había ocurrido a su joven amiga, pero también veía el dolor en los ojos de la guerrera. Confiaba en la habilidad de Sartori y sabía que Gabrielle estaba en buenas manos. También sabía que la alta guerrera de pelo negro daba la impresión de necesitar una amiga. Instando a Xena a que la siguiera, la detuvo la voz de Sartori.

—Xena. —La voz de la sanadora, que había sido tan dura hacía un instante, ahora era suave como una caricia—. ¿Puedo hablar un momento contigo... a solas? —Añadió esto último porque Ephiny también se había vuelto.

—Esperaré fuera —dijo Ephiny. Al ver el gesto silencioso de asentimiento de la sanadora, la regente cerró la puerta de la cabaña sin hacer ruido al salir.

—Xena —empezó la mujer de más edad—, ¿cómo ha sufrido estas heridas Gabrielle?

Xena daba la impresión de no haber oído a la sanadora mientras luchaba con la respuesta. En silencio, fue al lado del camastro y se arrodilló en el suelo y con dedos temblorosos apartó un mechón de pelo dorado de la frente de la bardo. Una lágrima silenciosa resbaló por la mejilla de la guerrera y cayó suavemente en el hombro desnudo de la bardo.

—Necesito saberlo... —La sanadora apoyó la mano en la espalda de la guerrera arrodillada—. Creo que ha sufrido daños... internos.

Xena siguió acariciando amorosamente la cara de Gabrielle y en un tono tan bajo que era menos que un susurro, dijo:

—La han... la han violado.

Fuera de la cabaña de la sanadora, situada ligeramente aparte del resto de la aldea, se oyó a una mujer que cantaba suavemente. No era una canción alegre y tampoco una canción de duelo, pero transmitía una tristeza atormentada. Algunas mujeres más se unieron a ella y empezó a sonar un tambor... despacio, como el latido de un corazón.

Xena se quedó arrodillada al lado de Gabrielle, sin oír a Sartori moviéndose por la cabaña, haciendo preparativos para tratar a su paciente. O tal vez debería decir pacientes. Sartori observó a Xena por el rabillo del ojo y no pudo evitar notar las tiernas caricias que la guerrera hacía a la joven reina, aunque la guerrera misma parecía estar a punto de desplomarse de agotamiento de un momento a otro.

—Xena, échate aquí. —La sanadora llevó con dificultad a la guerrera del lecho de la reina a un camastro situado en la zona más oscura de la habitación—. Bébete esto —dijo, obligando a los dedos de Xena a sujetar una taza de líquido humeante.

Xena captó el olor inconfundible que salía del té y alzó la mirada cansada hacia la sanadora.

—Necesito estar con Gabrielle... no necesito dormir.

—Sí, guerrera... sí que necesitas dormir —dijo Sartori tajantemente—. Con franqueza, tienes un aspecto del Tártaro y si quieres servirle de algo a esa joven de ahí —señaló hacia Gabrielle con la cabeza—, entonces vas a tener que descansar un poco.

—¿Y si se despierta? Quiero... —empezó Xena.

—Xena —la interrumpió Sartori, sentándose en la cama junto a la guerrera—. Necesito examinar a Gabrielle... por dentro. Creo que puede haber sufrido una laceración profunda que se ha infectado. Eso explicaría la fiebre. Si es cierto, tendré que sajar el absceso y luego mantener a Gabrielle sedada durante uno o dos días. Su cuerpo va a necesitar el descanso después de haber luchado con esta fiebre durante tanto tiempo y así el dolor le será más fácil de soportar.

Empujando de nuevo a Xena contra el camastro, Sartori continuó:

—Te avisaré si hay algún cambio.

Sartori ayudó a la guerrera a quitarse la armadura mientras se bebía el té caliente. Xena reclinó el cuerpo en los almohadones del camastro, volviendo la cara para poder ver a Gabrielle. Hizo algo que rara vez hacía: relajó la mente, liberándola de su vigilia constante. Para cuando Sartori había reunido todo lo que necesitaba y lo había colocado en una mesa pequeña cerca del camastro de Gabrielle, Xena ya tenía los párpados pesados. Sartori le quitó la taza vacía a la guerrera justo cuando empezaba a escurrírsele de la mano. Arropó con una manta a la guerrera ya dormida y cruzó la habitación, abriendo la puerta de la cabaña.

—Ephiny —le dijo a la regente, que había estado esperando en un banco frente a la entrada de la cabaña de la sanadora.

Ephiny vio el cuerpo dormido de Xena en un camastro del rincón cuando Sartori cerró la puerta.

—Le he dado algo para dormir —contestó la sanadora a la pregunta silenciosa de la regente—. Entre tú y yo, me asombra que fuera capaz de mantenerse en pie.

—No conoces muy bien a Xena —sonrió Ephiny—, especialmente cuando se trata de Gabrielle.

—Empiezo a percibirlo. —Sartori se permitió sonreír también ligeramente. Algo que rara vez hacía en estos tiempos.

—¿Qué ha ocurrido, Sartori? —preguntó Ephiny, señalando a Gabrielle. La regente apenas consiguió controlar la rabia al inclinarse sobre su joven amiga, examinando la masa de contusiones que le cubría la cara—. ¿Quién ha podido hacer esto? —dijo con los dientes apretados.

—Tal vez deberías hablar con Xena cuando se despierte —empezó a explicar Sartori.

Confusa por las palabras de la sanadora, Ephiny se volvió hacia Sartori.

—Como Xena haya tenido algo que ver con esto... —bufó.

Sartori alzó la mano, deteniendo en seco a la regente.

—Xena siente el dolor de nuestra reina como si fuese el suyo. Me refería a que la reina debe tener derecho a su intimidad. —Sartori se esforzó por no mentir a la regente, pero la joven reina ya iba a tener suficiente batalla con hacer frente a sus emociones, sin necesidad de que toda la aldea estuviera al tanto de su humillación.

Ephiny apretó los puños llena de frustración y rabia. No tenía que hablar con Xena para darse cuenta de que Gabrielle había sido atacada. Había visto los moratones de los muslos y el abdomen de la joven durante el reconocimiento de la sanadora. Volviéndose de nuevo hacia la figura inerte de Gabrielle, preguntó:

—¿Se va a poner bien, Sartori?

—El tiempo será el factor decisivo... creo que puede tener una lesión interna. Tengo que trabajar deprisa... así que, si no te importa, regente... —Sartori le señaló la puerta.

Volviéndose para mirar a la sanadora antes de salir por la puerta abierta, Ephiny preguntó:

—¿Puedo hacer algo, Sartori?

La sanadora se detuvo en medio de la habitación, dando la espalda a Ephiny.

—Ve al templo de Artemisa. Tal vez convenga hacer una ofrenda por la Elegida de la diosa.


Xena colocó a Gabrielle encima de ella y desató los cordones del corpiño verde de la mujer más menuda. Deslizando las manos bajo la prenda suelta, gimió en la boca de Gabrielle, mientras sus manos acariciaban la piel maravillosamente suave y los pezones que ya estaban rígidos.

Gabrielle le devolvió el gemido al tiempo que dirigía sus besos a lo largo de la mandíbula de la guerrera, metiéndose un lóbulo en la boca y acariciando la carne con la punta de la lengua.

—¡Dioses, Gabrielle! —gimió Xena, echando la cabeza hacia atrás cuando Gabrielle apretó un pezón endurecido entre el pulgar y el dedo índice.

La bardo apartó los labios del lóbulo de Xena, pero no sin antes atrapar la sensible carne entre los dientes y morderla suavemente. Xena gimió y empezó a agitarse bajo las caricias eléctricas de la bardo. La piel le ardía como fuego en cualquier punto donde la tocara la lengua de la bardo.

La lengua de Gabrielle empezó a bajar por el cuello de Xena, deteniéndose para cubrir la yugular de la guerrera con la boca, succionando con fuerza hasta que apareció una vívida marca roja en la piel bronceada de la guerrera. Continuó su descenso con la lengua, deteniéndose de vez en cuando para mordisquear la carne suave.

Su lengua trazó dibujos imaginarios por los pechos de Xena, sin tocar jamás el pezón, pero permitiendo que su cálido aliento besara la protuberancia endurecida.

—¡Por favor, Gabrielle! —gimoteó Xena, enredando las manos en el pelo de Gabrielle y tirando de la bardo hacia ella.

Gabrielle sonrió y lamió despacio el pezón y Xena arqueó el cuerpo hacia la fuente de ese delicioso placer. Gabrielle se puso a lamer el pezón cada vez más deprisa hasta que Xena sintió una sacudida eléctrica directamente desde el pezón hinchado hasta su centro, cuando Gabrielle cubrió el pezón entero con su boca caliente y húmeda.

—Ohhhh, dioses, síííí... —gimió Xena—. Gabrielle... Oh, Gabrielle...


Sartori terminó de recolocar el musgo empapado en hierbas y subió la sábana para tapar a Gabrielle. La fiebre de la joven había bajado y sus mejillas ya no tenían ese color encendido. Las fuertes manos de la sanadora sujetaron sentada a la joven y Gabrielle bebió inconscientemente el agua, mezclada con un sedante, que le llevaba a los labios.

Hoy sólo había tenido que cambiar el musgo una vez e incluso entonces salió cubierto del líquido claro que indicaba que se estaba curando. Se lavó las manos en un gran cuenco situado sobre la mesa y dirigió su atención a los suaves gemidos que salían del rincón de la habitación. Habían pasado dos días y la guerrera seguía durmiendo, tanto por tensión y miedo como por agotamiento físico.

Colocó una mano sobre la frente de Xena y volvió a taparla con la sábana que la guerrera parecía empeñada en quitarse a patadas en sueños.

—Gabrielle... Oh, Gabrielle —gimió Xena en sueños.

En la cara de Sartori se dibujó una sonrisa irónica mientras pasaba la mirada de la mujer de pelo negro a su reina.

—Apuesto a que no sabe que te reúnes con ella en el reino de Morfeo, ¿verdad, guerrera? —dijo, arrebujándose en su manto y saliendo de la cabaña para estirar las piernas.


—Oh, Gabrielle —gimió Xena por el contacto cuando deslizó su sexo por el muslo de Gabrielle y sus jugos dejaron un rastro húmedo.

Xena sonrió malévolamente cuando el cuerpo de Gabrielle se estremeció de deseo inexpresado al sentir el fuego líquido entre las piernas de la guerrera. Se debatió en vano, con las manos bien sujetas por la mano de hierro de la guerrera.

—Xena, por favor... no tiene que ser así —suplicó la bardo. ¿Cómo podía hacérselo entender a la morena guerrera? ¿Acaso no sabía que la bardo había pasado tantas lunas rezando para que Xena por fin la mirara sintiendo algo más que amistad? ¿Acaso no veía que Gabrielle anhelaba el tacto de Xena... sus caricias... sus besos?

Gabrielle miró a los ojos que habían sido de un azul hipnótico, esos ojos que la habían cautivado tantas veces, y sólo vio los ojos gélidos de una desconocida que le devolvían la mirada.

—Xena... por favor... no...

—No finjas, Gabrielle —ronroneó Xena—. ¿No es esto lo que querías? —La guerrera sujetaba con fuerza las manos de la bardo por encima de su cabeza con una de las suyas, mientras la otra tiraba de los cordones y le arrancaba el corpiño verde del cuerpo.

Xena pellizcó el pezón de la bardo y Gabrielle intentó sofocar un grito. La boca de Xena cubrió con ansia la protuberancia endurecida y sus dientes tiraron de ella dolorosamente al apartar los labios.

Gabrielle empezó a agitarse de un lado a otro, luchando por escapar de la guerrera que la sujetaba desde arriba. El cuerpo musculoso de la guerrera la tenía bien sujeta y sus intentos inútiles sólo servían para excitar más a Xena.

Xena arrancó la falda de la bardo con la mano libre y obligó a la joven a separar las piernas con las rodillas. Alargó los dedos y los deslizó por la humedad de la bardo.

—Tus labios dicen que no, pero tu cuerpo dice que sí —gruñó Xena.

—Xena... por favor, no... ¡Noooo! —gritó Gabrielle.


—¡No! —bufó Gabrielle entre dientes. Sus ojos se abrieron de par en par al despertarse de repente, intentando enfocar la vista con la poca luz de la cabaña.

—Sshhh... Tranquila —Una figura oscura se acercó a la adormilada bardo.

—¿Xena? —susurró Gabrielle quedamente.

—No, mi reina. Me llamo Sartori —contestó la sanadora, poniéndose a la luz y echándose hacia atrás el manto. Observó los ojos de Gabrielle en busca de cualquier señal de miedo o asco, cosa a la que se había acostumbrado desde que tenía la cicatriz irregular que le bajaba por la cara. En los ojos verdes de Gabrielle no vio nada de esto y se sintió genuinamente sorprendida.

—¿Dónde estoy? —dijo Gabrielle, tratando de que sus ojos se adaptaran a la poca luz que había dentro de la cabaña.

—Estás en la aldea amazona y yo soy tu sanadora, mi reina. —Sartori observó mientras los ojos de Gabrielle se despertaban poco a poco y se acostumbraban a la falta de luz dentro de la habitación. Hizo un gesto señalando el camastro que había en el rincón de la cabaña y Gabrielle vio la figura dormida de Xena. El alivio y el pavor la inundaron al mismo tiempo. Sartori vio la nube de tormento que pasaba por los ojos de la joven—. La presencia de la guerrera te produce alivio y tensión al mismo tiempo, mi reina. —No era una pregunta ni una acusación, sino una simple observación por parte de la sanadora.

—¿Está bien? —Gabrielle miró fijamente el cuerpo dormido de Xena. Estaba empezando a recuperar los recuerdos. Xena sujetándola y curándole las heridas, Xena dándole de comer, Xena soportando el agua helada del río para controlar la fiebre de la bardo, Xena lanzando maldiciones a los dioses, sollozando de rabia y frustración por el ataque contra Gabrielle. Por sus ojos pasaron escenas deslavazadas, como si las hubiera visto desde fuera de sí misma—. Creo... —dijo Gabrielle con voz ronca—, creo que la he tratado muy mal.

Sartori sirvió una taza de agua de manantial de una jarra que había en la mesa y se colocó ante Gabrielle.

—¿Quieres agua? —preguntó.

Gabrielle asintió en silencio y la sanadora la ayudó a incorporarse, colocando unas almohadas detrás de ella y elevándole el brazo entablillado. Cogió la taza que le ofrecía con la mano sana, haciendo una mueca de dolor por el esfuerzo, y dejó que el fresco líquido se deslizara por su garganta reseca. Cuando bebió todo lo que quería, dejó la taza en las manos a la espera de Sartori.

—¿Por qué crees que has tratado mal a tu amiga, alteza? —preguntó Sartori.

—Por favor, Sartori... llámame Gabrielle —rogó la joven reina. Gabrielle nunca se había sentido cómoda con la formalidad con que la gente se dirigía a ella. Siguió contemplando la figura dormida de Xena. La guerrera estaba de lado, de cara a la pared—. Las cosas que ha hecho por mí... si supieras todo lo que se esfuerza por mantenerme a salvo... las cosas que está dispuesta a hacer por mí. —Los ojos de la joven reina se llenaron de lágrimas que se derramaron por sus mejillas cuando cerró los ojos y pensó en el amor que nunca podría compartir con su guerrera. Ahora, el único sitio que tenía, sus sueños, donde vivían sus fantasías de una guerrera de pelo negro que le hacía el amor, había quedado destruido. Cada vez que Gabrielle cerraba los ojos para soñar, Xena se convertía en su atacante. Qué crueldad de los dioses, pensó Gabrielle.

—Su corazón está lleno de amor por ti —susurró Sartori.

—¿Cómo puede amarme ahora? —dijo Gabrielle con tono desvalido—. Después... después de lo que ha pasado. Ya ni siquiera puedo darle el regalo de mí misma.

—Gabrielle, ¿no estás olvidando que la víctima de este ataque has sido tú? —le preguntó Sartori a la joven a propósito. Al fin y al cabo, pensó la sanadora, ¿acaso no podía ella comprender el dolor de la reina mejor que la mayoría de la gente? Ya habría tiempo de explicarle a la joven lo de los ojos del amor, pero ahora no era el momento de racionalizar. Comprendía las sensaciones de vergüenza y falta de dignidad que ahora atormentaban a Gabrielle. Más adelante, cuando la joven estuviera más fuerte, le enseñaría la prueba de lo que decía la sanadora.

—Parece que no puedo controlar estas... estas imágenes que tengo en la mente... —Gabrielle se enjugó las lágrimas que seguían cayendo—. Cuando Xena me toca, quiero decir... no soporto que me toque —terminó, incapaz de admitir ante la sanadora lo que había en sus sueños.

Sartori asintió. También esto lo entendía mejor de lo que suponía la joven. Poniéndole a la bardo una mano bajo la barbilla con suavidad hasta que sus ojos se encontraron, dijo:

—Gabrielle, ¿sabes por qué se dice que la inocencia de una mujer es un don?

Un pequeño sollozo escapó de los labios de Gabrielle al tiempo que negaba con la cabeza y un nuevo torrente de lágrimas le nublaba la vista.

La sanadora no dejó ni un momento de mirar a la joven a los ojos y dijo:

—Porque es algo que nunca se puede arrebatar... sólo dar.

Estas palabras inesperadas de esperanza y compasión liberaron las últimas ataduras de la angustia de Gabrielle y se echó a llorar en brazos de la sanadora, que no era muchas estaciones mayor que ella, pero a quien la diosa Artemisa había seleccionado para ayudar a su Elegida en su momento de dolor.

El ruido del llanto de Gabrielle hizo que la sanadora y la joven reina no advirtieran ningún otro ruido en la habitación y Xena lo agradeció. Se quedó mirando en silencio la pared mientras sus propias lágrimas ardientes empapaban la piel que tenía bajo la cabeza. ¿Podría haberme amado? ¿Habría aceptado que yo la amara de esa forma? Ya qué más da... no quiere que la toque... jamás.

Las palabras de Gabrielle habían dejado en la guerrera un dolor vacío que nada en la vida podría aliviar.


El amanecer apenas había empezado a manchar el cielo de remolinos amarillos y rosáceos cuando Xena se despertó de nuevo. Escuchó el sonido de la respiración acompasada de Gabrielle, algo que tenía costumbre de hacer. Segura de que la joven seguía profundamente dormida, la guerrera se obligó a levantar del jergón las extremidades entumecidas. Descubrió sus alforjas y sus armas al pie del camastro y las recogió en silencio, saliendo de la cabaña.

Xena se dirigió a los baños termales. El vapor flotaba arremolinado por la amplia estancia. En el centro de la gran caverna había una poza grande y profunda. Más al fondo, había pozas más pequeñas a distintos niveles formando escaleras. Al fondo del todo, el agua de un manantial caliente caía en una pequeña cascada, desaguando en la poza de la reina. El sol de la mañana todavía no había subido lo suficiente como para ser visible por los numerosos agujeros redondos excavados en el techo de la caverna. Xena encendió algunas de las gruesas velas colocadas en los repechos de la caverna y su luz inundó la estancia de sombras extrañas que oscilaban y saltaban por las paredes y la superficie del agua.

Despojándose de la túnica de cuero que le cubría el cuerpo, bajó los escalones de piedra hasta el agua. Aspiró profundamente y se sumergió en el centro de la poza profunda, y su cuerpo atravesó el agua sin apenas crear una onda, emergiendo al otro lado. El calor del agua le penetró los músculos, liberando la rabia y la tensión que los agarrotaban. Xena se echó a un lado de la poza, flotando en la superficie del agua, con el corazón como un agujero vacío. Se quedó así un rato, ni despierta ni dormida.

Por fin salió del agua y rebuscó en su alforja para sacar una camisa limpia que ponerse. Recogió la túnica de cuero sucia y emprendió la tarea de limpiar la prenda. Este trabajo era otra de las muchas tareas que la guerrera solía utilizar al final del día para entrar en un estado próximo a la meditación. Le dejaba la mente libre para divagar y examinar las actividades del día. Para cuando estaba limpiando el último ojal ya había encontrado la paz que había estado buscando. Si no era paz, al menos, para su mente, era una tregua.

Aquí estoy llena de pena por mí misma... hecha polvo por lo que yo no tendré nunca. Cuando la que más ha sufrido es Gabrielle. ¿Qué le dijo Sartori? "Gabrielle, ¿no estás olvidando que la víctima de este ataque has sido tú?" Mi bardo está llena de dolor y vergüenza y yo sólo pienso en mí misma... ¡en lo desgraciada que va a ser mi vida! ¿¡¿Cómo puedo decir siquiera que la amo?!? ¡Por los dioses, qué egoísta he sido!

Voy a estar a tu lado, Gabrielle. Voy a ayudarte a superar esto. Aunque eso signifique que nunca tenga tu amor de esa manera... ¡voy a conseguir que lo superes!


Dos resplandores de luz trémula iluminaron las paredes de la cueva cuando Xena se marchó toda resuelta a la cabaña de la sanadora.

—Ha estado muy bien eso que has hecho por la nena guerrera —dijo la figura envuelta en velos diáfanos.

—¿A qué te refieres, Afrodita? —dijo la diosa Artemisa con una sonrisa suficiente al tiempo que tocaba la poza de agua con el dedo índice para quitar el encantamiento que había puesto en ella.

—Ya... y has venido aquí a limpiar la poza, ¿eh?

—No he interferido... sólo he ayudado a la guerrera a ver las cosas desde una perspectiva diferente —dijo Artemisa sin comprometerse—. ¿Has visto a Ares? —preguntó, estrechando los ojos.

—No, parece haber hecho mutis durante todo este mal rollo —contestó Afrodita con los brazos en jarras—. ¿Sabes? Estaba así de cerca con estas dos... pobre Gabrielle.

—Si descubro que el chulo ése ha tenido algo que ver con el ataque a mi Elegida... ¡le cortaré las pelotitas y dejaré que Gabrielle las cuelgue de su vara!

El ruido de unas mujeres que se acercaban interrumpió las conversación entre las dos diosas y lo único que dejó testimonio de su presencia fue el estallido de pequeñas chispas multicolores que quedaron tras su desaparición.


Xena abrió la puerta de la cabaña de la sanadora y vio que Gabrielle seguía descansando apaciblemente. Sartori se había ido y la guerrera depositó sus armas y alforjas en el suelo al lado de la puerta. Una vez al lado de Gabrielle, cayó sobre una rodilla, contemplando el rostro dormido de la joven. Algunas de las contusiones ya estaban empezando a desaparecer tras los pocos días que llevaban en la aldea amazona. Xena intentó controlar la sensación de culpa, que pendía sobre su cabeza a causa de su propia vergüenza. Si yo hubiera estado allí, Gabrielle...

—Hola —dijo una voz soñolienta.

Xena levantó la mirada, sobresaltada momentáneamente. Se encontró frente a la visión más bella del mundo conocido.

—¡Hola tú, dormilona! —No pudo reprimir la enorme sonrisa de oreja a oreja que le cubrió la cara.

—Espera un momento... recuerdo que ayer me desperté y cierta princesa guerrera estaba roncando.

—Yo no ronco —replicó Xena, enarcando una ceja con furia fingida. Le encantaban las burlas amables de la bardo, ahora más que nunca. Parecía un comienzo.

Gabrielle intentó incorporarse, estorbada por el brazo que tenía vendado y entablillado. Xena no sabía si ayudarla o no, sabiendo cómo reaccionaba la joven cuando la tocaba.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Xena tímidamente.

—No, supongo que más vale que me acostumbre a volar con una sola ala —contestó Gabrielle rápidamente, levantando los ojos a tiempo de captar la expresión de dolor que se le pasó a la guerrera por la cara—. ¿Pero me podrías dar un poco de agua?

A la guerrera se le animó el rostro ante la petición y se acercó a la mesa del centro de la habitación. Xena, deseosa de ayudar de alguna manera, volvió rápidamente con el agua solicitada y volvió a arrodillarse al lado de Gabrielle.

—¿Puedo hacer algo más, Gabrielle... tienes hambre? Podría... —Sin pensar, Xena apoyó los dedos en el muslo de Gabrielle. Incluso a través de la manta, la guerrera notó que los músculos de la pierna de Gabrielle se agarrotaban y apartó la mano de golpe, mirándose los dedos como si se los hubiera quemado. Sé que no lo haces a propósito, Gabrielle, pero tienes todo el derecho a odiarme por no haber podido protegerte.

Gabrielle no pudo evitar la reacción involuntaria provocada por el contacto con Xena. Sabía que sólo se debía a las vívidas imágenes de sus sueños. También sabía que tenía que conseguir controlarse a sí misma y sus emociones.

—Me... me resulta difícil que me... que me toquen ahora —susurró Gabrielle. A la bardo se le partió el corazón al ver la expresión de Xena y se le llenaron los ojos de lágrimas—. Xena... —Gabrielle alargó la mano y la colocó sobre la de la guerrera. Xena vio que los músculos de la mano de la joven se agitaban, pero la dejó sobre los dedos de la guerrera—. Sigues siendo mi mejor amiga... ¿verdad? —dijo Gabrielle suavemente, intentando mirar a la guerrera a los ojos.

—Por supuesto —dijo Xena sin dudarlo, echándole a la bardo una sonrisa de medio lado. Sé que lo estás intentando, Gabrielle.

—¿Entonces podría pedirte un favor?

—Lo que sea, Gabrielle... tú lo sabes —contestó Xena con seriedad.

—Quiero darme un buen baño caliente... y, bueno... yo... me da un poco de vergüenza, pero no creo que pueda hacerlo sola.

Xena se quedó mirando un momento a la joven sin comprender hasta que Gabrielle levantó un poco el brazo roto.

—¡Oh! —exclamó Xena, cayendo de repente en la cuenta del sentido del ruego—. ¡Claro!

Xena se levantó, pero no sabía por dónde empezar. Esto ya iba a ser difícil de por sí, pero sería aún más difícil si no podía tocar a la joven. Verte desnuda, Gabrielle... ¡Dioses, lo que me va a costar esto!

—Tranquila, Xena... no me voy a deshacer si me tocas. —Gabrielle intentó tranquilizar a la guerrera. Esto empezaba a parecer la cosa más difícil que había hecho la joven bardo en toda su vida, pero necesitaba demostrarle a Xena que su amistad seguía ahí. Que todavía necesitaba tenerla cerca, lo cual era muy cierto. Su mente le decía que todavía amaba a esta mujer con todo su ser. Era su cuerpo el que reaccionaba con violencia al entrar en contacto con la guerrera y el corazón de Gabrielle se sentía indigno de tal amor en estos momentos. Dejar que tú me desnudes, guerrera... ¡Dioses, lo que me va a costar esto!

—¿Qué tal si empezamos por sentarte en el borde de la cama, Gabrielle?

Una oleada de vértigo acometió a la bardo cuando plantó los pies en el suelo y apretó el antebrazo de Xena con la mano derecha hasta que se le pasó.

—¿Y dónde creéis que vais vosotras dos? —La voz de Sartori no sonaba muy contenta. Había entrado con tanto sigilo que ni siquiera Xena la había oído.

Gabrielle miró a la sanadora directamente a los ojos y dijo:

—Yo voy a darme un baño... y ella —Gabrielle señaló a Xena con el pulgar—, viene conmigo.

Xena miró a Sartori con una sonrisa que quería decir "lo que Gabrielle quiere, lo consigue". La joven reina, sin embargo, no había dado mucho pie a las discusiones y la joven sanadora se amoldó de inmediato.

—Al menos dejad que llame a un par de guardias para...

—No —contestó Gabrielle rápidamente—. Xena me va a ayudar —terminó, sonriendo ligerísimamente a la guerrera.

Los sentimientos que Xena llevaba en el corazón por esta joven bardo irradiaban literalmente de su rostro. La expresión de la guerrera estaba llena de amor y orgullo al mirar con satisfacción a Sartori.

Sartori captó el intercambio entre las dos mujeres y volvió a preguntarse en silencio por qué Gabrielle nunca había visto lo evidente. Ser tan amada, pensó la sanadora.

—Entonces no voy a discutir, mi reina —dijo Sartori con una ligera inclinación.


Sartori sacó una sencilla túnica envolvente para que se la pusiera Gabrielle y cuando Xena hubo recogido todas las cosas necesarias para el baño, la bardo y ella se encaminaron a los baños. Gabrielle caminaba despacio. No sólo tenía el cuerpo hecho un inmenso moratón, sino que además llevaba en cama casi una semana.

—Gabrielle, ¿quieres descansar un momento? —preguntó Xena. Rodeaba la cintura de la joven con el brazo derecho para que la bardo no corriera peligro de caerse, pero Xena veía la ligera capa de sudor en el labio superior de la bardo y las grandes bocanadas de aire que aspiraba.

—Sí... me parece... bien —contestó, jadeando ligeramente. A decir verdad, los músculos de Gabrielle estaban contraídos por algo más que el esfuerzo. Parte de ella estaba sin aliento, como siempre, por sentir el tacto de Xena, y la otra parte se encogía por las imágenes constantes y violentas que asaltaban su cerebro. Era como si las Furias estuvieran librando una guerra dentro de su mente y su cuerpo exhausto se debatía entre el dolor y el deseo.

Ephiny las vio dirigiéndose despacio a los baños cuando cruzaba por el centro de la aldea y dio gracias en silencio a Artemisa porque Gabrielle parecía haber recuperado la salud. Había hecho lo que le había pedido Sartori y se había mantenido alejada de la cabaña de la sanadora hasta que tanto Gabrielle como Xena hubieran tenido unos días para recuperarse. La regente se dio cuenta de que las contusiones tardarían un tiempo en desaparecer, pero su corazón se sintió bastante aliviado al ver a su joven amiga levantada.

—¡Gabrielle, tienes un aspecto estupendo! —dijo Ephiny sonriendo a las dos mujeres—. Ah, sí... Xena, tú tampoco estás mal —terminó, haciendo un gesto despreocupado a la guerrera morena.

—¡Sí, ya! —contestó Gabrielle mientras Xena se limitaba a enarcar la ceja y sonreír satisfecha a la regente—. Eph, si mi aspecto se aproxima a cómo me siento, debo de estar horrible.

—¿Cómo te sientes... de verdad? —preguntó Ephiny con preocupación.

—Como si me acabara de atropellar un carro de bueyes... y luego hubiera retrocedido y me hubiera vuelto a arrollar y luego otra vez para asegurarse —dijo Gabrielle abatida.

Ephiny se echó a reír y dijo algo sobre que las reinas hacían lo que fuera con tal de conseguir vacaciones y dejó a las dos mujeres con la promesa de reunirse con ellas para comer. La regente alcanzó a Eponin y le pidió a la guerrera que se asegurara de que su reina conseguía bañarse en privado.

—Y Ep... con tacto, ¿vale? O sea, que sea una sugerencia.

—Oye, que soy una guerrera... sólo sé hacer las cosas de una manera —dijo Eponin, guiñando un ojo.

Gabrielle y Xena siguieron caminando despacio hacia los baños y la guerrera no lograba dejar de pensar en el modo en que Gabrielle se había comportado al hablar con Ephiny. La joven bardo apenas había mirado a la regente a los ojos, bajando continuamente la mirada al suelo. Gabrielle había hablado como siempre, pero tenía la expresión fláccida y sin vida, como si no le quedara más remedio que hacer las cosas. Xena estuvo todo el tiempo tratando de ver los ojos de la bardo mientras hablaba con Ephiny y por fin vio la verdad. Simplemente no había luz en la mirada de la joven, no había chispa en esos ojos verdes normalmente risueños.


Bañarse sin tocarse resultó ser una experiencia angustiosa para las dos mujeres. Intentaron varias veces quitarle la camisa a Gabrielle y una de ellas siempre se movía mal en el último momento. La gota final fue cuando el brazo entablillado de Gabrielle giró y golpeó a Xena en la mandíbula.

La guerrera se frotó la mandíbula dolorida mientras la bardo miraba horrorizada a la mujer más alta. Sus ojos se encontraron y empezaron a sonreírse la una a la otra y luego sus sonrisas se convirtieron en carcajadas. Fue el primer momento de relajación que Gabrielle había experimentado desde que entró en esta pesadilla.

—Supongo que no me habrás dejado hacerlo a propósito —dijo Gabrielle, intentando disimular la sonrisa ante su vieja broma.

—Sí, ya —contestó la guerrera, fracasando en su intento de mostrarse indignada—. Gabrielle... ¿estarías más cómoda... si esto lo hiciera otra persona? —dijo la guerrera con seriedad.

—No sé... Quedaría mal que usara la cabeza de una de mis súbditas como ariete.

Xena sonrió y agradeció el intento de Gabrielle de quitar importancia a la situación.

—Gabrielle... ¿cuánto cariño le tienes a esa camisa? —dijo al tiempo que sacaba su daga de pecho de su escondrijo, con un brillo malévolo en los ojos.

—Ya me daba a mí la impresión de que ésa iba a ser nuestra única opción... vale —asintió Gabrielle.

Ambas mujeres sobrevivieron al trauma de cortarle la camisa a la joven bardo y meterla en la poza de agua caliente. Xena tuvo la prudencia de dejarse puesta su propia camisa al entrar en el agua para sujetar a Gabrielle. La joven bardo pasó por una ordalía de emociones mientras Xena la ayudaba frotándole la espalda, lavándole el pelo y manteniéndole el brazo derecho lo más seco posible.

Cuando se hizo el silencio entre las dos mujeres, Gabrielle apoyó la cabeza en el borde de piedra de la pequeña poza y absorbió el calor del agua. Xena se sentó en el borde liso de la poza y deslizó su daga contra una pequeña piedra de afilar en pequeños círculos. La guerrera miraba continuamente a Gabrielle, tomando aire con fuerza cada vez que la belleza de la bardo casi le cortaba la respiración.

—Gabrielle —dijo Xena rompiendo el silencio.

—Mmmm —respondió la bardo sin abrir los ojos.

—¿Quieres hablar de... ello? —preguntó Xena.

—No —contestó la bardo rápidamente, incorporándose. Las dos sabían de lo que estaban hablando sin decirlo.

—Pensaba que... —empezó Xena.

—No, Xena. Es que... es que me parece que me puede dar algo y todavía no estoy preparada para entrar en ello.

El talante meditabundo de ambas mujeres se había perdido, y Xena se maldijo por sacar el tema. Sólo había querido ayudar a Gabrielle, hacer que se sincerara y hablara del ataque, con la esperanza de que la bardo pudiera empezar a curarse. En cambio, ahora estaban sentadas en un silencio incómodo y el momento de apacible compañerismo había desaparecido.

—Creo que me estoy convirtiendo en una pasa —declaró Gabrielle, lo cual era su modo de volver a iniciar la conversación y cambiar de tema.

Xena llevaba lo que le parecía una eternidad temiéndose este momento. Cortarle la camisa a Gabrielle y meterla en el agua no había sido ni por asomo tan difícil como ayudar a una bardo desnuda a salir del agua, secarla y ayudarla a vestirse. Xena rodeó con cuidado la cintura de Gabrielle con un brazo, sujetándola mientras la joven salía de la poza. El agua cayó en pequeñas cascadas por el cuerpo de la bardo, goteando de sus firmes pechos, bajando por el musculoso abdomen y adentrándose en la mata de pelo rubio rojizo que tenía entre las piernas. Xena, entretanto, intentaba desesperadamente posar las manos y los ojos en cualquier parte menos donde realmente querían estar. ¿A qué dioses he ofendido hoy para merecer esta tortura?

Gabrielle tenía sus propios problemas. Todavía estaba húmeda por el baño, pero notaba que estaba empezando a sudar. Las manos de Xena eran como seda sobre su piel. La camisa de la guerrera estaba empapada en los sitios donde Gabrielle se había apoyado en ella y la tela se pegaba a su musculoso cuerpo. En un momento dado se imaginaba a Xena acariciándole todo el cuerpo y al siguiente sus sentidos quedaban inundados por una visión más violenta de la guerrera... más dolor mezclado con deseo. Artemisa, ¿cómo te he ofendido hoy para merecer esta tortura?

—¿Te encuentras mejor? —preguntó Xena al salir de los baños.

—Me encuentro más limpia, en cualquier caso —dijo Gabrielle sardónicamente—. Xena, no quiero volver a la cabaña de Sartori. Quiero quedarme en mi propia cabaña.

La cabaña de la reina estaba más cerca del centro de la aldea, y para entonces toda la aldea amazona se había levantado y estaba ocupada en sus tareas diarias. Gabrielle era una reina muy querida, y a Xena le dio la impresión de que todo el mundo de aquí a la aldea de los centauros las detenía a las dos para interesarse por la marcha de la joven reina. Xena se dio cuenta de que Gabrielle empezaba a estar cansada y que parecía que le flaqueaban un poco las rodillas, además, que la gente invadiera su "espacio" empezaba a irritar a la guerrera. Se inclinó, pasó el brazo libre por debajo de las rodillas de Gabrielle y la levantó en brazos.

—Necesita descansar —fue lo único que dijo Xena a las pocas preguntas boquiabiertas, al tiempo que emprendía la marcha hacia la cabaña con Gabrielle en brazos.

—Xena, puedo andar —dijo Gabrielle, de forma poco convincente.

Xena no dejó de caminar, mirando a la bardo con una ceja enarcada.

—He visto potrillos recién nacidos que se mantenían en pie con más firmeza.

A decir verdad, en el fondo a Gabrielle le había encantado el gesto. La joven reprimió los sentimientos y las imágenes que habían empezado a torturarla en todo momento y apoyó la cabeza en el hombro de la guerrera. Cerrando los ojos, Gabrielle aspiró el olor que distinguía a la guerrera: jazmín y cuero. Estaba profundamente dormida cuando la guerrera la depositó con ternura en la cama de su propio alojamiento.


Pasaron varias marcas antes de que Gabrielle se viera inmersa en la misma pesadilla que parecía tener tanto si estaba despierta como dormida. Sintió que la apartaban del abrazo onírico de la señora de la guerra Xena. Una mano delicada tiraba del hombro de la bardo y ésta abrió los ojos despacio. Sintiéndose como si hubiera salido de una tortura para entrar en otra, Gabrielle apartó violentamente el cuerpo de la penetrante mirada azul.

—Gabrielle, soy yo... Xena —dijo la guerrera morena, intentando evitar que la reacción de Gabrielle la afectara.

—Xena... lo siento. Tenía una pesadilla y, eeeh... aún no debía de estar despierta del todo —mintió Gabrielle.

—¿Estás segura de que ya estás bien?

—Sí, gracias —contestó Gabrielle pasándose los dedos por el pelo.

—Bueno, sólo quería asegurarme de que estabas bien. Será mejor que vaya a buscar a Eponin y le pregunte si le importa compartir su alojamiento durante un tiempo. —Xena se levantó y estiró la espalda.

Gabrielle miró a Xena mientras ésta estiraba los músculos y se preguntó cuánto tiempo había estado la guerrera arrodillada a su lado, observándola. Había escuchado las palabras de Xena, pero en realidad todavía no las había oído. Cuando lo comprendió no supo muy bien cómo reaccionar.

—¿Eponin? Pero... bueno, supongo que creía... —farfulló Gabrielle.

—¿Que creías... qué? —preguntó Xena.

Mientras Gabrielle dormía, Xena había decidido que la joven probablemente no querría que la guerrera durmiera en la misma cabaña. Parecía como si la mera presencia de Xena fuera especialmente difícil para la bardo. La guerrera lo atribuía a su fracaso a la hora de proteger a Gabrielle, como si la bardo no pudiera evitar echarle la culpa por no haber estado allí. Lo cierto era que la guerrera no podía condenar a Gabrielle por sentir tal cosa.

Gabrielle, entretanto, se esforzaba por contener las lágrimas que estaban a punto de derramarse. Por supuesto, Xena no querría estar aquí con ella, ahora ya no. Ahora estaba echada a perder, ¿no? Supongo que debe de estar muy harta de tener que salvarme todo el tiempo.

La autoestima de Gabrielle iba bajando a cada segundo que pasaba. Su imaginación bárdica empezaba a transformar la frase más simple en una montaña de aborrecimiento hacia sí misma. Xena observó mientras continuaba la lucha interna de Gabrielle. La guerrera recibía señales contradictorias por parte de la joven y ya no sabía qué hacer.

—Gabrielle, es que he pensado... que tal vez... querrías un poco de intimidad, eso es todo... —Xena se puso a buscar algo fascinante en el suelo, incapaz de mirar a Gabrielle a los ojos. Su corazón no podría soportarlo si la joven parecía contenta de que se marchara. Xena por fin dirigió una mirada de soslayo a su bardo. Lo que vio le sorprendió, y una Princesa Guerrera no se sorprende a menudo. Gabrielle estaba mirando al suelo, mientras de sus ojos empezaban a caer lágrimas silenciosas—. Gabrielle, ¿qué ocurre? —Xena se acercó rápidamente y se arrodilló delante de la joven bardo, con una clara expresión de preocupación.

—No es nada... no debería llorar... si te quieres ir... —empezó a decir Gabrielle a través de las lágrimas.

—Pero yo creía que querías que me fuera —dijo Xena, pasmada ante lo que acababa de admitir con toda franqueza.

—No —exclamó la bardo, con un poco más de vehemencia de lo que pretendía—. No quiero estar aquí sola... y no quiero estar aquí sin ti —terminó en un susurro.

—Te daría un abrazo, pero tengo la sensación de que eso sólo empeoraría las cosas, ¿eh? —dijo Xena con ternura, al tiempo que las comisuras de su boca se curvaban en una sonrisa.

Gabrielle hizo una pausa y respiró hondo varias veces, secándose las lágrimas con la palma de la mano.

—Lo siento, Xena... sé que no es ningún plato de gusto estar con alguien que no puede dejar de llorar la mitad del tiempo y no quiere que nadie la toque la otra mitad. Sólo necesito controlarme... entonces estaré mejor...

—Gabrielle. —Xena apoyó las manos en la cama a cada lado de la bardo, al tiempo que la guerrera seguía arrodillada delante de la mujer—. Tal vez sea justamente eso lo que ahora necesitas olvidar... parte de ese control. Escucha, yo soy una experta en enterrar el pasado, creyendo que si lo dejo encerrado dentro no me hará daño. Pero me lo sigue haciendo... cuando menos te lo esperes, te golpeará y te dejará sin sentido... a menos que te enfrentes a ello.

—Es que no sé si puedo hacerlo ahora mismo.

—Cuanto más esperes, más difícil va a ser. Créeme, sé de lo que hablo. Grita, llora, maldice a los dioses... pégame si necesitas golpear a alguien, pero no te lo quedes dentro, Gabrielle.

Entonces Gabrielle hizo algo en lo que Xena también era experta, pero que nunca se había imaginado a su bardo capaz de hacer. Gabrielle se colocó una máscara de guerrera. Su rostro se volvió impasible y tomó aire despacio y con calma para tranquilizarse.

—No puedo, Xena... todavía no. Por favor, compréndelo —rogó Gabrielle.

La guerrera miró a la joven bardo con todo el amor y la compasión de su corazón.

—Sólo recuerda que estaré aquí cuando me necesites, ¿de acuerdo? Ahora, ¿qué tal si voy a la cabaña de Sartori y le pido que me preste ese camastro de sobra que tenía?

Gabrielle sonrió débilmente, pero unos golpes en la puerta interrumpieron lo que iba a decir. Xena se levantó y abrió la puerta para descubrir a Ephiny luchando con una bandeja cargada de comida y una jarra en los brazos y un odre de vino colgado de un hombro.

—He pensado que os lo estabais tomando con calma. —Entró en la estancia con dificultad y depositó sus ofrendas en la mesa—. Y, cuando no os he visto en el comedor, se me ha ocurrido hacer un pequeño servicio a domicilio —terminó con una sonrisa.

La entrada y la sonriente satisfacción de la regente hicieron sonreír a las dos mujeres. La comida olía deliciosamente, decidió el estómago de Gabrielle, eligiendo ese momento para hacerse notar.

—Saber llegar en el momento justo lo es todo, Eph —dijo Xena, sacando una silla y haciendo un gesto a Gabrielle para que se sentara en ella—. Más vale que des de comer a ese monstruo —le dijo a la bardo con una sonrisa—. Tengo un par de cosas que hacer, vosotras disfrutad —dijo Xena al tiempo que cogía un par de aceitunas de la bandeja y se las metía en la boca.

—Xena, no pretendía que te fueras... —empezó Ephiny, pasando la mirada de Gabrielle a la alta guerrera.

—Tengo que ver cómo está Argo, de todas formas... seguro que está enfada por la forma en que la dejé cuando llegué aquí.

Xena recogió sus armas y se puso el chakram al cinto, acercándose a Gabrielle.

—¿Vas a estar bien? —preguntó la guerrera, bajando la voz de manera que Ephiny apenas pudiera oírla.

Gabrielle asintió y Xena se volvió hacia la puerta.

—Eh, guerrera —la llamó Gabrielle. Con la mano izquierda lanzó torpemente una manzana hacia Xena y la mujer más alta atrapó la fruta antes casi de darse la vuelta para mirar—. No dejes de decirle a Argo que es de mi parte —sonrió.

Xena lanzó la fruta roja al aire y volvió a cogerla sin mirar.

—Lo sabrá... ¡siempre has dicho que está dispuesta a seguir a la primera cara bonita que se le presente con una manzana! —Xena volvió a lanzar la manzana al aire y salió por la puerta.

—Vaya, parece que un par de días durmiendo han hecho maravillas con el humor de la Princesa Guerrera —comentó Ephiny mientras se sentaba frente a la joven reina—. Deberías haberla visto cuando te trajo aquí.

—Supongo que debemos de haber dado el espectáculo —dijo Gabrielle en voz baja—. Supongo que me vio toda la aldea...

—Gabrielle... por lo que respecta a la aldea amazona, Xena y tú os topasteis con unos tipos desagradables en el camino. Aparte de Sartori, Eponin y yo somos las únicas que sabemos... bueno, que sabemos lo que ha pasado.

Gabrielle se quedó mirando la mesa y se hizo un silencio incómodo entre las dos amigas. Por supuesto, el estómago de la joven reina rugió estruendosamente, lo cual hizo sonreír a las dos mujeres.

—Primero, a comer... —sonrió Ephiny, sirviendo un vaso de sidra para la reina—, ...hablaremos después.

La regente mantuvo la mente de Gabrielle ocupada durante dos marcas enteras, poniéndola al día de las últimas noticias y cotilleos de la aldea mientras comían. Apartando la bandeja, Ephiny llenó dos copas de vino con el odre que había traído y se acomodó en la silla.

—Bueno, ahora hablemos —dijo la regente.

—¡Creía que eso era lo que has estado haciendo! —rió Gabrielle.

—Así es... ahora te toca a ti —dijo Ephiny con seriedad.

La cara de Gabrielle se llenó de pánico.

—Xena y yo acabamos de pasar por esto, Eph... todavía no estoy preparada para entrar en ello. Por favor, no puedo... todavía no.

—¿Quieres decir que tampoco has hablado de esto con Xena? Yo creía que no había nada que no pudieras hablar con tu amante...

—No somos amantes —afirmó Gabrielle tajantemente.

—Ah. O sea... bueno, creo que... he dado por supuesto... —Ephiny no terminó de decir lo que pretendía. ¡No me lo puedo creer! No es posible con la forma en que la mira Xena.

—Como casi todo el mundo —comentó Gabrielle. La joven reina no pudo contener las lágrimas que arrasaron sus ojos de esmeralda.

—Recuérdame que alguna vez juegue a las cartas contigo —sonrió Ephiny con aire suficiente.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Gabrielle.

—Con eso quiero decir, mi querida amiga, que o mientes fatal... o llevas el corazón en la mano —terminó la regente, cogiendo con ternura la mano de Gabrielle y alargando la otra mano para secar unas cuantas lágrimas que habían resbalado por las mejillas de la joven—. Pero estás enamorada de ella, ¿verdad?

—¿Y ahora qué más da... después de lo que ha pasado? —dijo Gabrielle con aspereza al tiempo que se ponía en pie. Se acercó despacio a la ventana y aspiró una bocanada de aire fresco.

—¿Qué Tártaro quieres decir con eso? Gabrielle... —La regente cruzó la habitación para colocarse delante de la reina—. Si Xena estuviera enamorada de ti, ¿de verdad crees que lo que te ha pasado afectaría a lo que siente por ti?

Gabrielle se encogió de hombros, rehuyendo la mirada de Ephiny.

—¿Y si fuese al revés? Si esto le hubiera ocurrido a Xena... ¿cambiaría el amor que sientes por ella?

—¡Claro que no! —exclamó Gabrielle.

—Y sin embargo, ¿tan poco respetas su integridad... la de la mujer que dices amar, que estarías dispuesta a renunciar a la posible felicidad de las dos, sin darle siquiera una oportunidad?

Las palabras de Ephiny golpearon el muro que Gabrielle había erigido con tanto cuidado en torno a su psique y sintió que empezaba a perder el control.

—Hay algo más que no me estás contando, ¿verdad? —dijo Ephiny, colocando los dedos con delicadeza bajo la barbilla de la joven reina y obligándola a mirarla a los ojos.

Gabrielle asintió mientras las lágrimas resbalaban por su cara magullada. Ephiny estrechó a su amiga entre sus brazos y la llevó a la cama donde las dos podían sentarse. Gabrielle no había planeado revelar sus pesadillas sobre la señora de la guerra Xena, la terrorífica aprensión que sentía ante el contacto físico con Xena o las imágenes que ahora la atormentaban tanto despierta como dormida, pero el reconfortante abrazo de su amiga hizo que las palabras salieran atropelladas de la boca de la bardo. Ephiny sostuvo a la joven hasta que ya no le quedaron más lágrimas que derramar.

—Xena tenía razón... sí que me siento un poco mejor después de llorar —reconoció Gabrielle.

—Te quiere mucho, Gabrielle... deberías darle al menos la oportunidad de amarte.

—Eso es sólo un sueño, Eph. En serio, ¿qué podría ver en mí la gran Princesa Guerrera?

Ephiny sonrió y se puso a enumerar con los dedos.

—A ver... eres guapa, inteligente, cariñosa, guapa, compasiva, divertida, llena de talento y ¿he dicho guapa?

Gabrielle sonrió con tristeza y se llevó los dedos a la cara.

—Sí, ya... ¡Sé que parezco un mapache, aunque Xena no me lo diga! —dijo, refiriéndose a los moratones oscuros que tenía bajo los ojos.

—Sí, pero los mapaches son muy monos. Además, seguro que Xena te ve con los ojos del amor.

—Eres la segunda persona que me dice eso. Creo que Sartori dijo algo sobre los ojos del amor el otro día. —Gabrielle había dormido tanto desde entonces que no recordaba muy bien los detalles.

—Creo que deberías conocer a Sartori cuando tengas tiempo. Puede que descubras que las dos tenéis mucho en común.

Gabrielle percibió un destello en los ojos de la regente de algo que supuso que se debía a que ésta conocía un secreto, pero no hizo caso. Gabrielle reprimió un bostezo y sonrió un poco cohibida.

—No es la compañía, Eph, te lo juro.

—Ya me he quedado demasiado tiempo y necesitas descansar. ¿Vas a estar bien? —preguntó Ephiny, levantándose para marcharse.

—Parece que últimamente me lo preguntan mucho... sí, estaré bien. Las cosas no pueden ir mucho peor, ¿verdad? Quiero decir, estoy perdidamente enamorada de una mujer con la que toda la Nación Amazona se quiere acostar y ¿a dónde vamos? A Amazonia.

Ephiny soltó una carcajada y se inclinó hacia su amiga con aire conspirador.

—No toda la Nación Amazona, Gabrielle... sólo la mitad. ¡La otra mitad se quiere acostar contigo! —Regodeándose en el rubor que empezó a subir por el cuello de la reina, la regente le guiñó un ojo antes de cerrar la puerta tras ella.


Los días se convirtieron en semanas mientras Xena y Gabrielle participaban en la vida diaria de la aldea. Xena pasaba los días cumpliendo con sus turnos de patrulla o de caza. Cada mañana iba al campo de entrenamiento para hacer sus propios ejercicios, dedicando un tiempo a practicar con alumnas deseosas de aprender de la guerrera. Las tardes las solía pasar a solas con Gabrielle, escuchando a la bardo mientras ésta se inventaba nuevas historias.

Gabrielle pasaba la mayor parte del día cumpliendo con su cargo oficial como reina. Ephiny siempre estaba a su lado y Gabrielle daba gracias a Artemisa por tener tal regente. Las mañanas estaban llenas de reuniones del consejo, negociaciones de tratados y el gobierno general de todos los detalles de la vida de las amazonas. La reina había desarrollado la costumbre de levantarse temprano todos los días para ver a Xena en el campo de entrenamiento, cosa que sorprendía a la mujer morena. La bardo nunca se cansaba de observar a la guerrera realizando sus ejercicios. Las mañanas eran el único momento en que Xena dejaba sola a Gabrielle, aunque la bardo no se daba cuenta de ello. Fuera a donde fuese la joven reina, Xena la seguía en silencio, dispuesta a no volver a dejar a Gabrielle desprotegida. Xena sabía que la guardia real jamás dejaba sola a su reina hasta que volvía a quedar a salvo bajo la mirada de Xena por las tardes.

Gabrielle descubrió que podía mantener a raya las horribles imágenes de sus pesadillas manteniendo la mente ocupada. Había empezado contándole a Xena una historia para pasar el rato y pronto se dio cuenta de que ni una sola vez durante el relato se había estremecido por el contacto con Xena. De este modo, acabaron adquiriendo la costumbre de retirarse temprano a su cabaña, donde Gabrielle elaboraba una historia tras otra hasta que el sueño vencía a las dos mujeres.

Sin embargo, Gabrielle seguía teniendo las pesadillas. Cada noche eran un poco distintas, pero Xena era siempre su atacante. Cuando ya había pasado una luna completa, Sartori quitó las tablillas del brazo derecho de Gabrielle. Para entonces la joven reina había conseguido adiestrar su cuerpo de forma que ya no se despertaba gritando por las pesadillas. Cuando se despertaba en medio de la noche, empapada en sudor, salía a pasear bajo las estrellas. Una vez eliminadas las tablillas, Gabrielle aprovechaba este tiempo para realizar los ejercicios de fortalecimiento que le había enseñado Xena. Eponin le había dicho que empezara a entrenar con la vara para fortalecer el brazo y aumentar la movilidad de la muñeca. De modo que todas las noches, a veces dos y tres veces cada noche, Gabrielle se despertaba y salía para entrenar. A veces iba al establo para visitar a Argo, recibiendo un relincho cariñoso de bienvenida. Generalmente tardaba menos de una marca, pero Xena siempre sabía que se había ido. La guerrera seguía sigilosamente a la joven, para evitar que corriera peligro. Y al cabo de dos lunas de tanta actividad nocturna, la reina y la guerrera empezaron a tener ojeras por tanto sueño interrumpido.

Gabrielle había seguido el consejo de Ephiny y había empezado a conocer a Sartori. La joven sanadora tenía un humor agudo que Gabrielle sabía apreciar. Gabrielle averiguó que la sanadora tenía una esposa, pero que se encontraba en los territorios del norte y todavía tardaría un tiempo en volver. También era sanadora, pero lo único que decía Sartori era que Adia, su compañera, curaba "de forma distinta" a ella. Gabrielle notaba el amor que había entre las dos en los ojos de Sartori cuando hablaba de Adia. La reina se preguntaba si su rostro había tenido el mismo aspecto cuando hablaba de Xena.

La joven reina se había convertido en una mujer distinta de como había sido antes. Antes era abierta y franca y siempre dispuesta a sonreír, ahora era muy parecida a su guerrera... enterrando ciertas emociones, suprimiéndolas a base de pura fuerza de voluntad. Por supuesto, había tenido que pagar un precio. Gabrielle ya no sonreía tanto como antes, ni parloteaba sin parar sobre cualquier cosa. Ahora tenía que tener cuidado antes de hablar o pensar. Tenía que ser prudente para no revelar demasiado sobre sí misma, no fuera a perder el control que tanto le había costado conseguir.

Gabrielle había descubierto un sitio donde ir cuando parecía que todo presionaba sobre ella. Era un hermoso y pequeño estanque donde las libélulas de alas iridiscentes zumbaban por encima del agua. Había un pequeño afloramiento de rocas que colgaban por encima del borde del agua. Gabrielle se tumbaba boca abajo y veía nadar a los peces y luego se daba la vuelta e intentaba imaginarse formas en las nubes hasta que conseguía reprimir los demonios de la vergüenza y el aborrecimiento hacia sí misma lo suficiente como para controlarlos.

Gabrielle seguía torturada por sentimientos que no reconocía ni siquiera ante Ephiny o Sartori, y mucho menos ante Xena. La joven sentía que de algún modo había provocado el ataque contra ella. Se echaba en cara su ropa provocativa, no haber ido a alojarse en una aldea... mil cosas que repasaba una y otra vez sobre aquel día. Si se hubiera molestado en hablar con alguien de estos sentimientos, le podrían haber dicho lo muy equivocada que estaba y tal vez incluso se lo habrían hecho entender. Pero Gabrielle se sentía demasiado avergonzada y culpable para revelar estos pensamientos a nadie, de modo que acudía a este estanque cuando los sentimientos empezaban a arrastrarla al abismo. Aunque parecía que estaba sola, era la reina, al fin y al cabo. Siempre había una o dos integrantes de la guardia real ocultas entre las ramas dispuestas a proteger a su reina de ser necesario.


—Me parecía que te encontraría aquí —dijo Sartori, sentándose con las piernas cruzadas al lado de Gabrielle en las rocas.

—Me has pillado haciendo novillos. —Gabrielle se puso boca arriba y cruzó las manos debajo de la cabeza.

Sartori vio las sombras oscuras que pasaban por los ojos de Gabrielle, antes de que la joven los cerrara y suspirara profundamente. Pasaron tal vez dos segundos antes de que Gabrielle volviera a abrir los ojos y la sanadora se encontró con el conocido verde chispeante. Por los dioses, cada vez lo hacer mejor, esto de apartar sus sentimientos. Sartori rogó en silencio a Artemisa que estuviera a punto de hacer lo correcto... a fin de cuentas, ella no podía curar esta parte del cuerpo como podía Adia.

—A Eponin le gusta decir que estar en la cumbre es duro, mi reina. Si eso es cierto, supongo que te mereces hacer novillos de vez en cuando.

Gabrielle sonrió, no por lo que decía, sino porque Sartori había usado su título. Por muchas veces que le pidiera a su nueva amiga que la llamara Gabrielle, la sanadora seguía dirigiéndose a ella con formalidad. La reina había dejado por fin de pedírselo, pero seguía haciéndole sonreír. Era una especie de juego entre ellas, cuya razón no conocía.

—Hoy es el día —dijo Sartori con una sonrisa—. Adia vuelve hoy a casa... debería llegar hacia media mañana.

—Oh, Sartori, qué estupendo. —Gabrielle se incorporó y dobló una pierna debajo de ella—. Sé lo mucho que la debes de haber echado de menos.

—Me siento como si hubiera dejado el corazón en un estante esperando su regreso —musitó Sartori doblando las piernas hasta colocarlas debajo de la barbilla, rodeándolas con los brazos—. Incluso ahora me pregunto qué puede ver en mí... evidentemente es algo que yo no noto.

—Ah, los ojos del amor —dijo Gabrielle, recordando—. Me lo dijiste una vez, ¿recuerdas?

—Es un enigma que sólo se puede explicar con esa frase. —Sartori apoyó la barbilla en las rodillas y se echó hacia atrás la capucha del manto. Gabrielle observó mientras la joven sanadora se acariciaba distraída la feroz cicatriz que le cruzaba toda la cara—. Yo comprendo lo que has sufrido más de lo que crees, mi reina. Llegué a la aldea amazona cuando tenía once estaciones. Mi propia aldea había sido incendiada y arrasada, mi familia masacrada como ovejas en el campo. Fui violada por tres soldados.

Las lágrimas habían empezado a resbalar por las mejillas de Sartori, pero en sus ojos había una mirada distante, como si estuviera reviviendo la pesadilla de aquel día. Gabrielle ansiaba hacer o decir algo por alguien cuyo dolor era tan parecido al suyo, pero se quedó sentada en silencio y dejó que la sanadora continuase.

—El último soldado que me tomó, me hizo esto. —Volvió a tocarse la larga cicatriz—. Recuerdo sus palabras como si fuera ayer. Me dijo que nadie me querría ahora que ya había sido usada y luego, justo antes de cortarme, dijo que esto garantizaría que nadie me amase jamás.

Gabrielle bajó la cabeza y dejó que cayeran sus propias lágrimas. Pues el tormento de su nueva amiga era el suyo. Sabía cómo era ese miedo... saber que jamás conocerías el amor.

Las dos mujeres se quedaron sentadas así largo rato y lo único que se oía entre ellas eran los ruidos suaves de su llanto.

Sartori fue la primera en romper el silencio.

—Ni siquiera recuerdo cómo llegué aquí. Ramti, la sanadora de la aldea, me acogió. Así desarrollé mis habilidades para curar. Pero hasta las niñas amazonas pueden ser crueles. Me acostumbré a llevar un manto con capucha para no destacar tanto.

—¿Adia ya vivía en la aldea? —Gabrielle no pudo evitar intervenir.

—No. —Sartori sonrió ahora al llegar a esta parte de la historia—. Vino un verano con una lejana tribu del norte para una fiesta intertribal. Como siempre ocurre cuando se reúnen personas que no se conocen, las guerreras parecían juntarse con otras guerreras, la realeza con la realeza. Bueno, pues así nos conocimos Adia y yo. Ese verano yo tenía diecisiete estaciones. Había pasado seis estaciones creando muros a mi alrededor para que nadie me hiciera daño. Creo que el daño más grande fue que me había convencido de que lo que me había dicho aquel soldado era cierto. Que por el aspecto que tenía y por haber sido violada, nunca podría resultar lo suficientemente atractiva como para ser amada. Adia era la mujer más bella que había visto jamás. No conseguía entender por qué me seguía a todas partes, parecía que siempre se encontraba conmigo "por casualidad". Supongo que yo era bastante inocente. —Sonrió tímidamente a Gabrielle—. Una tarde yo estaba meditando en el bosque y, por supuesto, Adia dijo que daba la casualidad de que iba a dar un paseo. Creo que hasta ella se dio cuenta de lo pobre que sonaba esa excusa y se echó a reír, se sentó y empezó a decirme lo increíble que le parecía yo. Creo que yo tenía el corazón a punto de saltárseme del pecho. Entonces me quitó la capucha. Lo hizo con tanta dulzura y sus ojos eran tan cautivadores que apenas me di cuenta de lo que había hecho hasta que la tuve quitada. Creo que por un momento me entró el pánico y traté de apartarla, pero ella me sujetó, mirándome a los ojos. Sentí que podía ver hasta el fondo de mi alma, pero sabía que cuando viera lo que había ahí, se sentiría asqueada. Entonces, ¿sabes lo que me dijo esta mujer?

—Tori, tienes los ojos grises más preciosos que he visto jamás.

Sartori levantó la mano inconscientemente para tocarse la cicatriz, pero los dedos de Adia la apartaron y le acariciaron tiernamente la mandíbula, acercando la cara hasta que Sartori sintió el aliento de la otra mujer en los labios.

—Tendrás que hablarme de eso alguna vez... cuando estés preparada. —Entonces sus labios se juntaron en un beso que prometía toda una vida más de besos por venir.

—Nunca me habían besado hasta entonces, mi reina, pero aunque me hubieran besado mil veces habría seguido diciendo que, hasta ese beso, nunca me habían besado hasta entonces. Me sujetó en sus brazos y nos quedamos así todo el día y ella no paró de decirme lo enamorada que estaba de mí. Luego me besó en la frente y me dijo que me durmiera. Yo no le dije que apenas dormía porque tenía miedo, todavía tenía las pesadillas de aquel día. Pero echada en sus brazos, me dormí y tuve la pesadilla como siempre. Esta vez Adia estaba allí, en mi sueño. Me salvó... jamás fui violada... jamás me hicieron esto —dijo señalándose la cicatriz de la cara—. Fue la emoción más asombrosa que había tenido en toda mi vida, despertarme de aquel sueño con tal sensación de paz. Sabía, en mi cabeza, que mi pasado no había cambiado, pero mi corazón sentía que aquella experiencia no había ocurrido nunca. Intenté decírselo a Adia y ella sonrió, me besó y dijo que lo sabía. Fue entonces cuando me habló de su don. Era una sanadora de sueños. Me dijo que generalmente sólo creaba un entorno para que alguien a quien quisieras pudiera entrar en tu sueño y ayudarte a curarte. Esta vez, ella quiso ser quien me ayudara a mí. Adia me dijo que yo era bella y yo sentí que lo creía. Me veía no como me ven los demás, sino con los ojos del amor. Cuando la miré a los ojos, vi mi propio reflejo y allí, en su mirada, volví a ser inocente y limpia... en sus ojos yo era bella.

Gabrielle levantó la mirada y vio a esta joven sanadora como la veía su amante.

—Sartori... eres bella.

La sanadora miró a su reina por primera vez desde que había empezado a contar su historia y sonrió alegremente.

—Tú miraste más allá de mis cicatrices, la primera vez que nos vimos... tal vez ése es tu don.

—Los ojos del amor... —reflexionó Gabrielle en voz alta—. Me pregunto si siempre es así de fácil.

—Nada que merezca la pena tener en esta vida es fácil, mi reina. Yo tuve que dar un enorme salto de fe para creer en lo que veía reflejado en los ojos de Adia. Creer que podía amarme fue la prueba más difícil que he pasado en mi vida.

—Sartori... ¿Adia podría curar mis sueños? —susurró Gabrielle, sin permitir a su corazón sentir esperanza.

—Creo que estaría dispuesta a intentarlo, alteza. —Sartori soltó un suspiro de alivio. Vio lo que había tras los rasgos de Gabrielle y observó la lucha que se estaba librando desde dentro. Pidió fuerzas a Artemisa para la guerrera de su reina. Sentía que a Xena le iban a hacer falta para luchar contra los demonios que atormentaban a la reina.

—¿Tori?

Sartori volvió la cabeza de golpe al oír su nombre. Gabrielle supo de inmediato quién era la alta desconocida que estaba detrás de ellas por la expresión de la sanadora. El rostro de Sartori se iluminó y su sonrisa se extendió a sus ojos rápidamente. De un salto bajó de la roca y cayó en brazos de la alta desconocida.

Sartori no había mentido. Adia era realmente una de las mujeres más bellas que Gabrielle había visto en su vida. Vestida con pantalones y camisa y botas de montar hasta las rodillas, parecía más una guerrera que una sanadora. Su pelo era del mismo color que el de Xena y las lisas guedejas le llegaban justo por debajo de las orejas, algo revueltas de cabalgar. Irónicamente, también era tan alta como la guerrera de Gabrielle. Sus ojos eran de un verde profundo salpicado de oro.

Adia se acercó donde Gabrielle seguía sentada y cayó sobre una rodilla, llevándose la mano al corazón.

—Mi reina, perdona la interrupción. Soy Adia, esposa de Sartori... —dijo, alzándose y rodeando con el brazo la cintura de Sartori—. Llevo cinco lunas sin ver a esta hermosa criatura... y ya no podía esperar más.

—Por favor, Adia... llámame Gabrielle. Cinco lunas es mucho tiempo para estar separada de la persona que amas —asintió Gabrielle.

—Me parece como si hubiera sido la mitad de mi vida —contestó Adia, mirando a Sartori.

Gabrielle observó a la alta sanadora y las delicadas caricias que depositaba en la cara de Sartori. Empezó a sentirse de sobra y se levantó para marcharse.

—Bueno, tengo que volver para trabajar... ha sido un placer conocerte, Adia.

—Mi... digo, Gabrielle... por favor, no te vayas por mi causa —se disculpó Adia.

—No, ya he estado fuera demasiado tiempo, no tiene nada que ver contigo. Además, si no vuelvo a la aldea, seguro que la guardia se lo dice a Ephiny —dijo Gabrielle, señalando los árboles—. Se supone que no sé que están ahí —susurró, guiñando un ojo.

Las dos mujeres prometieron no revelar el secreto de la reina cuando se marchaba. Volviéndose para mirar a la pareja, Gabrielle vio que Adia estrechaba a Sartori en sus fuertes brazos y las dos intercambiaban un ardiente beso. La reina se dio la vuelta rápidamente y siguió caminando, sintiendo que se estaba entrometiendo en algo privado. Al ver la prueba de los ojos del amor, Gabrielle pensó en Xena y regresó a la aldea con cierta aprensión en el corazón. Había renunciado al concepto de la esperanza, pero en una sola mañana, dentro de su corazón maltrecho se encendió una pequeñísima chispa.

Y así cayó la primera barrera.


Gabrielle acababa de terminar uno de sus relatos más divertidos. Era una comedia de equívocos y siempre hacía reír a Xena, y esta vez no había sido una excepción.

—Creo que debería escribirla para que puedas sacarla y leerla siempre que necesites unas buenas risas —dijo Gabrielle mientras servía una copa de vino para las dos.

—No sería lo mismo si no lo cuentas tú. —La guerrera levantó la mirada, sonriendo. Había estado arreglando una hebilla de la armadura de la pierna y estaba sentada con las piernas cruzadas en su camastro.

Gabrielle le devolvió la sonrisa y cruzó la habitación, ofreciéndole a Xena una copa de vino.

—Gracias —dijo Xena, dejando a un lado la armadura y apoyándose en la pared.

Gabrielle no tenía ni idea de cómo empezar esta conversación, pero decidió lanzarse de todas formas.

—Xena —empezó Gabrielle—, ¿tú crees que soy bonita?

Xena casi escupió el sorbo de vino que tenía en la boca. Por Gea, ¿de dónde ha salido eso?

—Gabrielle... eso te lo ha dicho mucha gente, yo diría que a estas alturas ya deberías saberlo. —Xena intentó quitar importancia al tema, preguntándose a dónde quería ir a parar la bardo con esto.

Gabrielle se agachó para sentarse delante del camastro donde estaba reclinada Xena. Sentándose con las dos piernas dobladas debajo, apoyó los brazos en el camastro que tenía delante.

—Pero... ¿todavía soy bonita? —dijo en apenas un susurro, obligándose a mantener el contacto visual con la guerrera.

Xena sabía a qué se refería la bardo. Incluso después de haber sido violada... ¿todavía la desearía alguien? Oh, hay alguien que sí, Gabrielle. La guerrera no quería otra cosa más que estrechar a la bardo entre sus brazos, comérsela a besos y decirle exactamente lo bonita que le parecía. No tenía valor para hacerlo, no hasta que la guerrera pudiera tocar a Gabrielle sin hacer que ésta se encogiera o se apartara llena de miedo. Por mucho que Xena lo deseara. No, disfrutaría de lo que su bardo pudiera ofrecerle y se conformaría con eso.

Xena frunció el ceño y se quedó mirando fijamente a Gabrielle un buen rato, intentando transmitir a la joven con sus ojos azules los que no podía con la voz.

—Gabrielle... eres más que bonita... eres bella.

—Supongo que sólo...

—Lo sé —contestó Xena comprensivamente—. Gabrielle, no ha ocurrido nada en el pasado... ni ocurrirá nada jamás que a mis ojos pueda hacerte parecer otra cosa que no sea bella.

Los ojos de Xena no se apartaron de los de la bardo. Gabrielle se encontró atrapada en las profundidades azules, que se arremolinaban a su alrededor como un torbellino. Estaba desesperada por ver su reflejo allí y conocer la verdad. ¿Son los ojos del amor, Xena?

Gabrielle colocó una mano sobre la rodilla de Xena.

—Gracias —fue lo único que consiguió decir la bardo.


Gabrielle se sentó de golpe en la cama, temblando mientras el sudor chorreaba por su cuerpo ligero y musculoso. Echó un vistazo rápido a Xena, que estaba echada en el camastro al otro lado de la habitación. Cuando la bardo hubo calmado los latidos de su corazón, escuchó la respiración tranquila y acompasada que indicaba que la guerrera seguía dormida. Gabrielle se levantó y se puso las botas, deteniéndose para echarse agua en la cara. Agarró su vara y se deslizó por la puerta sin hacer el menor ruido.

Para Xena se había convertido en un sexto sentido ser capaz de mantenerse al tanto de su bardo. Supo el momento exacto en que comenzó la pesadilla. Las pesadillas de Gabrielle formaban ya parte de sus noches de tal forma que sabía exactamente cuándo iban a empezar. Oyó a la bardo tomar aire bruscamente, indicando el hecho de que se había liberado del sueño. Por los dioses, qué bien lo hace ya... apenas un ruido. Xena se obligó a respirar despacio, sin mover un solo músculo hasta que oyó salir a Gabrielle.

Xena se deslizó por las sombras mientras Gabrielle se encaminaba al establo. Al entrar, la bardo se colocó en el centro del edificio y empezó una serie de estiramientos antes de ponerse a dar vueltas a la vara en una serie de complicados ejercicios. Sin esfuerzo, Xena subió al pajar para mirar. La joven y los dibujos que trazaba en el aire con su vara dejaron hipnotizada a la guerrera. Xena no había visto nunca algunos de esos movimientos. Los músculos de Gabrielle saltaban y se agitaban en sus extremidades mientras se movía sin pausa durante una marca casi completa.

Por fin la joven se detuvo y se quedó inmóvil en medio del establo. Tenía el pecho jadeante por el esfuerzo, los músculos temblorosos y la camisa empapada de chorros de sudor. Gabrielle se quedó allí, con la cabeza echada hacia atrás, intentando recuperar el aliento.

Xena simplemente miraba a la joven como si estuviera hechizada. ¡Por los dioses! La guerrera agradecía la fuerte respiración de la bardo, pues tapaba el hecho de que ella estaba jadeando literalmente. A la tensión de su entrepierna le siguió un reguero de humedad que empezó a resbalarle por el muslo. Xena se tumbó de espaldas sólo por apartar los ojos de Gabrielle. Consiguió controlar la respiración, reprimiendo las imágenes carnales que se le pasaban por la mente.

Gabrielle estaba totalmente empapada, pero saciada de una forma extraña. Se acercó al fondo del establo y entró en la cuadra de Argo, donde la yegua saludó su llegada con un relincho.

—Lo siento, esta noche no hay manzana, amiga mía. —Palmeó el cuello de la yegua, alargando los brazos para abrazar al animal dorado.

La bardo cogió un cepillo y peinó suavemente el pelo de la yegua. Si Xena hubiera sabido que la bardo venía a hablar con Argo todas las noches, para contarle sus secretos al animal silencioso, la guerrera habría averiguado los miedos de Gabrielle varias lunas antes. Como tenía por costumbre, la joven le contaba a Argo lo que le parecía que no podía contar a nadie más, y esta noche no fue una excepción.

—Aunque fueran los ojos del amor, daría igual, ¿verdad, Argo? —Gabrielle cepillaba a la yegua y le hablaba en un susurro tan bajo que sólo gracias a su oído fuera de lo normal pudo Xena escuchar a la bardo—. ¿Qué dirían si supieran que fue culpa mía? ¿Ephiny... mi gente... Xena? ¿Podrían perdonarme... podría ella? ¡Oh, Argo, no debería haber estado allí! Si hubiera hecho lo que me dijo Xena... alojarme en una posada. ¿Por qué no lo hice? Ese corpiño, esa falda... ¿a cuántos borrachos se ha enfrentado Xena por culpa de mi aspecto? Tendría que haber empezado a luchar desde el principio...

La joven había dejado de cepillar y se echó a llorar contra el cuello de la yegua dorada. Xena luchó con sus propias lágrimas al escuchar a su bardo. La punzada que sentía en el pecho se convirtió en un dolor espantoso al escuchar la confesión de Gabrielle. ¿¡Cree que se lo merece... que fue culpa suya!?


Xena había conseguido saltar por la ventana de la cabaña y meterse bajo las sábanas momentos antes de que Gabrielle entrara en la habitación. La bardo se movió sin hacer ruido por la estancia, pero Xena entreabrió un ojo, observando mientras la joven se quitaba del cuerpo la camisa empapada. La luna caía por la parte delantera del torso de la bardo y Xena sintió que la humedad volvía a manar entre sus piernas. Cerró los ojos con fuerza para evitar la visión hasta que oyó el familiar ritmo del sueño en la respiración de Gabrielle.

Xena sabía que no podría dormir hasta que soltase la tensión que se le estaba acumulando entre las piernas. Mirando una vez hacia la bardo, se aseguró de que dormía, al tiempo que movía la mano bajo las sábanas. Subió por debajo de la camisa, deslizando los dedos entre los húmedos pliegues. Imágenes de Gabrielle, guiando la vara amazona con los miembros empapados en sudor, los músculos moviéndose bajo la camisa. Totalmente inmersa en esta fantasía, Xena colocó dos dedos contra su abertura, haciendo vibrar con fuerza el pulgar sobre la protuberancia hinchada. Los dedos de la mano que tenía libre subieron para pellizcar los pezones hinchados a través de la camisa de algodón, provocando un nuevo torrente de líquido entre sus piernas. Le empezaron a temblar los muslos al hundir dos dedos hasta el fondo dentro de sí misma. Tres embestidas más y sintió que su cuerpo se tensaba y contraía alrededor de sus dedos. Oh, dioses... Gabrielle. Sus caderas se arquearon con el orgasmo y el único sonido fue una exhalación entrecortada que se le escapó a la guerrera.

Cuando los temblores cesaron por completo, Xena pudo pensar con claridad. Había sido capaz de aguantar mucho tiempo, pero ver a Gabrielle esta noche le había hecho perder el control totalmente. Se acomodó en el camastro, escuchando el ruido de la respiración de su bardo, repasando en su mente las palabras que Gabrielle había susurrado en el establo. Xena sabía lo que tenía que hacer ahora, pero, tal y como lo veía, sólo había un fallo en su plan...

...Gabrielle probablemente no se lo perdonaría jamás.


Xena encontró a Gabrielle en el comedor esa mañana. La guerrera ya se había ido cuando Gabrielle se despertó, lo cual no era inusual. La reina desayunó y estaba disfrutando de una taza de té con Eponin y su nueva recluta, Tarazon, antes de dirigirse al campo de entrenamiento para ver practicar a Xena.

—Me alegro de pillarte —dijo Xena con cierto tono travieso antes de sentarse al lado de Gabrielle—. ¿Qué te parece si hoy me ayudas a entrenar a algunas de tus reclutas con la vara? He pensado que como casi eres mejor que yo con esa cosa a lo mejor querrías ayudarme con una demostración de combate.

Gabrielle no estuvo segura de que Xena le había dirigido a ella la propuesta hasta que la guerrera se levantó y dijo:

—Bueno, ¿qué te parece, Gabrielle? ¿Nos encontramos en el campo dentro de, digamos, dos marcas?

—Sí —dijo Gabrielle, asintiendo con la cabeza—. Sí, creo que me gustaría darte una paliza delante de mis súbditas —bromeó Gabrielle.

Xena se alejó sin dejar de reír en voz alta. Perdóname, Gabrielle.


Cuando se corrió la voz de que la reina se iba a enfrentar en un combate de entrenamiento con la Princesa Guerrera, ya no fueron sólo las alumnas las únicas en el campo, prácticamente la aldea entera apareció para mirar. Lo que había dicho Ephiny era cierto, la mitad de la nación babeaba por la guerrera morena, pero la otra mitad se moría por su joven reina.

Ambas mujeres habían hecho ejercicios de calentamiento y estaban la una frente a la otra dentro del círculo de combate. Xena con su habitual túnica de cuero y su armadura, mientras que Gabrielle llevaba su ropa de cuero de amazona. A Xena le resultaba un poco inquietante ver a Gabrielle con muñequeras y armadura para proteger los hombros, con unos bíceps que mostraban los resultados de sus ejercicios nocturnos. Las dos mujeres se acercaron al centro del círculo y juntaron las varas ligeramente. Las dos retrocedieron, adoptando una postura de combate y empezó el espectáculo.

Xena decidió hacer de agresora, atacando como era de prever hacia el lado derecho de la reina, sabiendo que ése había sido su brazo roto. Por supuesto, la guerrera sabía lo que no sabía el resto de la aldea... que los huesos rotos de Gabrielle eran probablemente el doble de fuertes ahora de lo que lo habían sido jamás. Xena se dio cuenta rápidamente de la verdad que encerraba lo que había dicho antes: Gabrielle era casi mejor que ella. La reina siguió el ritmo de Xena a través de una compleja serie de movimientos mano sobre mano y de repente la reina pasó a ser la agresora. La guerrera se encontró retrocediendo, empezando a cansarse de verdad, pues tenía que saltar por encima de los numerosos golpes de Gabrielle a las piernas. ¡Por los dioses, qué buena es Gabrielle!

Justo cuando la seguridad de Gabrielle estaba aumentando, resonó el grito de batalla de Xena cuando ésta saltó por el aire, volando por encima de la cabeza de la joven. Casi todos los enemigos se quedaban sorprendidos por esta maniobra, pero Gabrielle había luchado en cientos de batallas, grandes y pequeñas, con la guerrera. Cuando Xena estaba en el aire, Gabrielle agarró el extremo de su vara y giró en redondo. Justo cuando la guerrera estaba en el momento más vulnerable, cuando aterrizaba, la vara de Gabrielle enganchó los pies de la guerrera y la tiró al suelo. Sin embargo, la reina vio que en cuanto Xena dio en el suelo, aprovechó el impulso para dar una voltereta y ponerse de nuevo en pie. ¡Por los dioses, qué buena es Xena!

Por supuesto, esta maniobra había dejado a Gabrielle al descubierto y la guerrera aprovechó la oportunidad para decírselo.

—Podría haberte tenido a mi merced ahora mismo, mi reina... ¿es eso lo que hiciste para perder en el bosque a las afueras de Pelios?

Sólo por puro reflejo consiguió Gabrielle continuar sus movimientos, pues su mente se quedó paralizada. No es posible que haya dicho eso.

Xena continuó sus ataques, pero disminuyó la fuerza, sabiendo que Gabrielle todavía intentaba asimilar lo que había dicho la guerrera.

—¿Eso que llevas puesto es para distraerme o sólo para provocarme?

Gabrielle asestó un golpe a lo loco al oír eso y perdió el equilibrio. Casi se detuvo, pero Xena aminoró la velocidad con ella, lo suficiente para hacer que siguiera luchando.

—Xena, ¿qué intentas hacer? —suplicó Gabrielle.

—Ganar, mi reina... ¿o es que no crees que todos obtenemos lo que nos merecemos?

Xena creyó por un momento que se había pasado. Algunas de las amazonas situadas en el perímetro del círculo se miraron entre sí al oír lo que decía la guerrera, mientras que algunas de las guardias reales se movían nerviosas, sin saber si esto formaba parte del combate planeado o no.

—Vamos, Gabrielle... no irás a decirme que no fue culpa tuya, ¿verdad? Te encanta provocar y lo sabes —ronroneó Xena.

Gabrielle se detuvo por completo al oír eso, aferrando la vara con tal fuerza que se le pusieron los nudillos blancos mientras luchaba con sus emociones.

—Tienes que haber hecho algo...

Xena oyó el sonido de las espadas de las seis guardias reales al salir de sus vainas. Ahora ya sabían que algo iba mal.

Ephiny oyó el intercambio, pero no se percató inmediatamente de lo que estaba ocurriendo de verdad. Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo Xena, reconoció que la guerrera estaba jugando a algo muy peligroso. Con un gesto de la mano, Ephiny contuvo a la guardia y susurrando una frase, hizo que Solari empezara a dispersar a las espectadoras.

Gabrielle, sin embargo, no se dio cuenta de nada de esto. Sólo era consciente de dos cosas. La primera era la furia que en pocos segundos no iba a poder seguir controlando. La segunda era que Xena era la causa de esa furia.

—Venga, Gabrielle... tú y yo sabemos que es cierto... tienes que haber hecho algo.

—¡Noooo! —gritó Gabrielle.

Tan deprisa que Xena apenas tuvo tiempo de bloquearla, la vara de Gabrielle se lanzó contra su estómago. Izquierda, derecha, izquierda en rápida sucesión. Previó el siguiente ataque a la derecha contra sus costillas, pero se lanzó demasiado pronto y Gabrielle entró a matar. El golpe de derecha contra sus costillas que Xena había planeado bloquear subió en cambio hacia lo alto y golpeó de lado la cara de Xena con un crujido espantoso. La cabeza de la guerrera se echó hacia atrás bruscamente y, aunque la fuerza del golpe habría roto la mandíbula a un hombre, Xena cayó sobre una rodilla y la vara se le escurrió de las manos. El suelo subió dando vueltas hacia ella y pensó que iba a echar lo que tenía en el estómago. Al cerrar los ojos, controlando las náuseas, oyó a Gabrielle.

—¡No fue culpa mía! ¡Yo no hice nada malo! —gritó la joven reina histéricamente, alzando la vara para acabar con la guerrera.

Xena tragó con fuerza y subió los ojos para encontrarse con los de Gabrielle. La guerrera intentó transmitir todo el amor que sentía en el corazón por su bardo en esa sola mirada.

—Así es, Gabrielle... tú no hiciste nada malo —dijo suavemente.

Gabrielle tardó un momento en captar la afirmación, pero cuando lo hizo, recordó las palabras que Xena le había dicho hacía tanto tiempo.

...Cuando menos te lo esperes, te golpeará y te dejará sin sentido... a menos que te enfrentes a ello.

Y así había sido.

—Yo no hice nada malo... —susurró Gabrielle, más como afirmación que pregunta. Miró la vara alzada que tenía en las manos, dejándola caer al soltarla, y se desplomó de rodillas.

—No, Gabrielle... te aseguro que no lo hiciste.

Los gritos y los sollozos arrancados de la garganta de la joven reina sonaban inhumanos. Xena abrazó a la bardo mientras Gabrielle se aferraba a su amiga como para evitar caer a los abismos del Tártaro. Bastante tiempo después, sólo quedaban dos figuras en el campo de entrenamiento.

—Gabrielle —susurró Xena, acariciando el pelo de la joven.

Gabrielle miró a la guerrera con los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas.

Xena le echó a la bardo una sonrisa de medio lado.

—¿Quieres dejar de darme en la cabeza? Está empezando a dolerme.

Y así cayó la segunda barrera.


A la mañana siguiente la piel que cubría la parte derecha de la mandíbula de Xena estaba pintada de azul y morado, desde la oreja hasta la barbilla. Gabrielle se encogía al mirar a la guerrera, sabiendo que ella era la responsable de la fea contusión. Nunca se había sentido tan total y absolutamente descontrolada como en el campo. Se le había "ido" la cabeza, pero Xena no paraba de decirle que eso era bueno. Tenía que reconocer que se sentía algo más ligera. Pero las pesadillas no han parado.

Xena notó un cambio en Gabrielle inmediatamente. La joven había empezado a mirar de verdad a la gente a los ojos. Pero las pesadillas no han parado. En el fondo, Xena había tenido la esperanza de que las pesadillas y el insomnio cesaran al instante: se equivocaba. Recordó la noche anterior, cuando Xena había percibido la pesadilla de Gabrielle antes de oírla. Seguir a Gabrielle había sido más difícil, pues a cada paso Xena sufría ataques de vértigo. Sin embargo, lo consiguió, y no tardaron en sumirse las dos en el sueño de las personas realmente agotadas.

—Xena, no sé si puedo hacer esto —dudó Gabrielle justo a la entrada del comedor. Ésta iba a ser la primera vez que las habitantes de la aldea la iban a ver desde el incidente del día anterior.

—Eres la reina de la Nación Amazona, Gabrielle... no has hecho nada de lo debas avergonzarte. Además... —continuó la guerrera, estirándose la túnica de cuero y adoptando un aire regio—, ...si yo tengo que entrar ahí después de haber sido derrotada por una bardo rubia y bajita, ¡lo menos que puedes hacer es respaldarme!

Gabrielle se rió y miró a la guerrera con afecto producto de la admiración y el respeto.

Xena le ofreció el brazo y susurró:

—No tienes que tocarme si te molesta mucho.

Desechando el temor de la guerrera, la joven reina colocó la mano sobre la muñequera de la guerrera.

—Adelante, mi campeona —sonrió nerviosa.

La cabaña estaba casi totalmente llena y, cuando las dos mujeres avanzaron por el largo edificio, las conversaciones empezaron a apagarse hasta cesar. La sala se había quedado en un silencio casi total para cuando la reina y su campeona se hicieron con unas tazas de té caliente y se sentaron a la mesa de la reina. Ephiny se levantó de un salto del asiento de la reina en cuanto vio a Gabrielle entrar en el edificio y se trasladó al otro extremo de la mesa. Cuando Gabrielle estuvo sentada, Xena se movió a la izquierda de la reina y se quedó de pie en silencio detrás de Eponin, reclamando este primer asiento a la izquierda como el correspondiente a la campeona de la reina. Eponin se trasladó sin decir nada, incapaz de mirar a la guerrera a los ojos.

Parecía que la aldea estaba esperando para ver qué iba a pasar en la mesa de la reina antes de reanudar sus propias conversaciones. Ephiny, Eponin, Solari, Sartori y Adia estaban sentadas inmóviles a la pequeña mesa. Fue Adia la que puso las cosas en marcha. Nadie llegó a saber jamás si la sanadora decidió prescindir de toda cautela y jugarse la vida o si simplemente era así de inocente con respecto a la Princesa Guerrera.

—Guerrera... —Adia se inclinó hacia Xena, pero su voz se oyó fácilmente en toda la cabaña. Miraba a Xena con una mezcla de compasión e inocencia total—. Tal vez deberías aprender a agacharte —dijo con mucha seriedad.

Xena se quedó ahí sentada con una expresión de pasmo y asombro. De hecho, todo el edificio contuvo el aliento mientras la Princesa Guerrera clavaba una mirada gélida en la desconocida.

—¿Es que te quieres suicidar? —bufó Xena.

Entonces empezó. Gabrielle intentó fingir que estaba carraspeando, pero su risa por lo bajo era inconfundible a oídos de Xena. La guerrera volvió despacio la cabeza para intentar intimidar con la mirada a su compañera, pero no tuvo el menor efecto en la joven. Los ojos de Gabrielle se encontraron con los de Xena y la reina subió la mano rápidamente para tapar su sonrisa. Eponin fue la siguiente, al soltar un resoplido mientras bebía. Solari no tardó en seguirla. Ephiny se esforzó todo lo posible, pero ni siquiera mordiéndose el labio consiguió sofocar la risa. Sartori se limitó a taparse la cara con las manos. Mientras, Adia mantenía su mirada inocente e inexpresiva clavada en Xena. Para entonces, incluso Gabrielle se estaba riendo en voz alta.

—¿Quién Tártaro eres tú? —preguntó Xena entre dientes, incapaz de pensar en una forma airosa de salir de la situación.

Llegadas a este punto, a Eponin le dio tal ataque de risa que se cayó de la banqueta, lo cual provocó las carcajadas incontrolables del resto de la mesa. Era risa nerviosa, sin duda, pero Xena sólo tuvo que mirar bien a Gabrielle para darse cuenta de que estaría dispuesta a dejar que el mundo entero se riera de ella con tal de ver esa luz en los ojos de su bardo. Por Gabrielle, Xena estaba dispuesta a seguir el juego.

—No te rías, Ep... —dijo Xena sin mirar a la guerrera—. ¡Mañana te toca a ti luchar con ella!

La risa de Eponin se detuvo en seco. Xena bebió un sorbo de su taza, se volvió y guiñó el ojo a su bardo y volvieron a estallar las carcajadas ante la expresión temerosa de la guerrera amazona.

La gente de la cabaña no sabía qué había ocurrido exactamente en la mesa de la reina, ni siquiera lo que había pasado en el campo de entrenamiento el día anterior, pero sabían, o notaban, que volvían a ser una comunidad unida.


—Bueno... ¿has hablado ya con Xena? —preguntó Eponin.

—Hablamos todo el tiempo —contestó Gabrielle, sin dejar de mover los pergaminos que tenía en la mesa delante de ella.

—Sí, ¿pero escucháis alguna vez? —El tono de la guerrera estaba cargado de frustración.

—Ep, ¿pero qué más da? —Gabrielle tiró un pergamino con rabia—. Aunque Adia pudiera curar mis sueños, ¡Xena no piensa en mí de esa manera!

—¡Dime que no eres así de densa! Xena está tan enamorada de ti que su cuerpo prácticamente lo grita cada vez que está cerca de ti.

—Sí, me quiere, pero no del modo que tú crees. Ahora soy como algo que siente que debe proteger y cuidar —le contestó Gabrielle.

—¡Porque así es como trata una guerrera a la mujer que ama!

—Pues yo no lo veo —continuó Gabrielle—. Francamente, estoy empezando a pensar que ni siquiera le gustan las mujeres. Quiero decir, con todas las veces que hemos estado aquí, con todas estas amazonas tirándose literalmente a sus pies, ¿alguna vez has visto que Xena mire dos veces siquiera a alguna de ellas?

—¡Arrrggggg! —gimió Eponin, tapándose la cara con las manos—. Vale... imagina. ¿Alguna vez te has planteado que puede ser porque está-enamorada-de-ti?

—¡Me estás volviendo loca con todo esto! ¿Por qué estáis Ephiny y tú tan obsesionadas con mi vida amorosa... o la falta de ella? —Gabrielle se puso a dar vueltas por la cabaña de la reina.

—Porque tiene que ser así. Está bien... vamos a enfocarlo con lógica, entonces. Gabrielle, ¿alguna vez te ha hecho proposiciones alguna de las amazonas de la aldea? Ya sabes, ¿te han ofrecido un sitio acogedor para pasar la noche... la tarde, lo que sea?

—Sí —contestó Gabrielle despacio, no muy segura de a dónde quería ir a parar su amiga con esto.

—¿¿¿Y??? —Eponin la miró expectante.

—Y nada... nunca he aceptado.

—¿Por qué? —contraatacó la guerrera.

—Porque estoy enamorada... Oh, no... ¡ya veo por dónde vas!

Eponin impidió que Gabrielle se alejara de ella cayendo de rodillas ante la exasperada reina.

—¿Es que tengo que ponerme de rodillas y rogarte que abras los ojos?

Gabrielle no pudo evitar echarse a reír cuando la amazona le cogió la mano, llevándosela al pecho, y volvió a rogarle.

—¡Gabrielle, te lo pido por favor!

En ese momento se abrió la puerta y Xena entró en la cabaña. La guerrera se quedó paralizada al ver a Eponin de rodillas, con la mano de Gabrielle entre las suyas. Francamente, la única que parecía realmente inocente era Gabrielle. Eponin sabía lo que sentía Xena por la reina, por lo que se le puso cara de "ciervo atrapado en la mira del arco". Gabrielle no supo, más tarde, cómo describir exactamente la cara que se le puso a Xena. Era una mezcla de miedo, rabia y la típica expresión que se le pone a alguien cuando está a punto de vomitarte en las botas.

Por alguna razón, Gabrielle empezó a pensar que la situación no tenía muy buena pinta. Tuvo que tirar dos veces para soltarse la mano del sólido apretón de Eponin, mientras la guerrera seguía de rodillas, tragando con fuerza al ver un metro ochenta de Princesa Guerrera. Eponin juraría más tarde que Xena parece mucho más grande cuando estás de rodillas.

De repente, Gabrielle sintió la acuciante necesidad de explicarle la situación a Xena.

—Esto no es lo que parece —dijo, pegándole un puñetazo a Eponin en el hombro para que recuperara el sentido y se levantara.

—Parece que Eponin está de rodillas en tu cabaña —comentó Xena sarcásticamente.

—Bueno, entonces supongo que eso es exactamente lo que parece. —Gabrielle se rió nerviosa, sin dejar de pegar puñetazos a la guerrera amazona.

Eponin lo intentó. Envió un clarísimo mensaje a su cerebro para que les dijera a sus piernas que se movieran, pero lo único que pudo hacer fue mirar a Gabrielle y decir débilmente:

—Creo que no puedo moverme.

—Ah, pues deja que te ayude —bufó Xena con una sonrisa fiera. Cruzó la habitación, agarrando con una mano el cuello de la túnica de la guerrera, y sacó a Eponin a rastras literalmente por la puerta. Con un brazo lanzó a la petrificada guerrera al suelo por encima de la barandilla del porche.

—¡Xena! —gritó Gabrielle.

—Gabrielle, no dejes que me mate... —suplicó Eponin, atontada y tirada en el suelo.

Gabrielle corrió a interponerse entre las dos guerreras, colocando las manos en los brazos de Xena. Eponin, para entonces, por fin había conseguido levantarse y estaba retrocediendo.

—Gabrielle, quita de en medio. —Xena intentó rodear a la bardo, pero la joven no dejaba de colocarse entre Xena y Eponin.

—Ep, en una situación como ésta sólo cabe hacer una cosa... ¡corre! —gritó Gabrielle cuando se le escurrieron las manos de los brazos de Xena.

Ephiny era una de las testigos del pequeño espectáculo y no tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo.

—Gabrielle... ¿ésa que persigue a Eponin es Xena?

—Sí —dijo la reina regresando a su cabaña, sacudiendo la cabeza—. No me preguntes... es una larga historia.


PARTE 2


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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