3

Se estaban quedando rápidamente sin opciones. El grupo podía emprender la marcha hacia el interior, siguiendo las instrucciones de Kirren y Xena podía enfrentarse a Kirren en combate. Ephiny le recordó a Xena que la ex asesina no retaría a la Princesa Guerrera a menos que estuviera bastante segura de que podía derrotarla. Y todavía tenían que vérselas con Ares, por lo que estaban convencidas de que la lucha no sería justa. Dado cómo había dejado Xena las cosas con Ares, era seguro que éste no iba a dejar que la guerrera se marchara sin más con Gabrielle una vez derrotara a Kirren. Lo único que podían hacer era rezar para encontrar a Gabrielle antes del combate y rescatarla de donde estuviera la fortaleza de Kirren.

Xena estaba convencida de que Gabrielle habría ocultado una especie de mensaje sobre su paradero en el pergamino. Por supuesto, Kirren lo habría leído, por lo que tenía que formar parte del mensaje de la bardo.

—A Gabrielle se le dan bien estas cosas... habrá encontrado el medio —dijo Xena.

Eponin, Ephiny y Xena se pasaron casi dos marcas intentando descifrar lo que podía haber querido decir la bardo en su nota para Xena.

—Bueno, dice que está bien y que Kirren no le ha hecho daño... no hay mucho que sacar de ahí. Pero ¿y esta última línea... "No estaba tan nerviosa desde el día en que ingresé en la Academia de Atenas"? —preguntó Eponin.

—Debe de ser eso... es la única línea que significa algo para ti, pero para nadie más —añadió Ephiny.

Xena se quedó mirando el pergamino como si pudiera hacer acopio de los recuerdos a través de la caligrafía de la bardo.

—Debe de querer decir algo, porque no recuerdo que estuviera nerviosa. Es decir, estaba emocionada y las dos estábamos un poco tristes por tener que separarnos.

¿Sólo un poco tristes, guerrera? ¿Recuerdas la sensación que se te puso en la boca del estómago cuando dijo que estaría fuera cuatro o cinco años?

—Gabrielle me contó lo del concurso de la Academia. —Ephiny sonrió, recordando la ocasión en que Gabrielle le confesó que había tenido que mentir para poder matricularse—. Si no recuerdo mal, dijo que tú te fuiste a luchar contra un cíclope en un pueblo cercano y que ella se fue a la Academia.

Xena miró a las dos amazonas. La guerrera no estaba en absoluto acostumbrada a revelar sus sentimientos a nadie salvo a Gabrielle, sobre todo sus sentimientos sobre Gabrielle. Pero necesitaba sus ideas, si quería desentrañar el acertijo que le había dejado su bardo.

—Bueno, la verdad es que... supongo que me estaba costando un poco dejar que Gabrielle saliera de mi vida. No paraba de decirme a mí misma que tenía que dejar que persiguiera sus sueños, pero... En aquel entonces no le dije a Gabrielle que estaba enamorada de ella. No estaba segura de que lo que sentía fuese real. —Xena no se atrevía a mirar a ninguna de las dos mujeres a los ojos.

En cuanto a Ephiny y Eponin, ninguna de las dos amazonas había oído nunca a Xena decir tantas palabras seguidas de una sola vez en su presencia. Se sentían maravilladas y honradas al mismo tiempo.

—Xena —dijo Eponin, poniendo la mano en el hombro de la guerrera—. No estamos aquí para juzgar tu pasado. ¿Por qué no nos cuentas la historia para ver si recuerdas algo nuevo?

Xena se esforzó todo lo posible por sonreír, dadas las circunstancias, y pasó a relatar lo que recordaba.

—Ahora miro atrás y recuerdo que me comporté como una idiota. Quería decirle a Gabrielle cuánto la quería, pero lo único que conseguí decirle fue que la consideraba una hermana.

Eponin puso los ojos en blanco.

—Creía que no me ibas a juzgar —dijo Xena.

—Perdón —replicó Eponin.

—En fin, pensé que tenía que dejarle hacer lo que más le convenía, de modo que me ofrecí a acompañarla hasta Atenas. Lo estuvimos discutiendo un tiempo, creo, pero por fin la convencí para que me dejara viajar hasta la ciudad con ella. Creo que tardamos unos tres días en llegar y eso es todo.

—¿Ya está? Pero en el pergamino pone el día en que ingresó en la Academia. ¿Qué pasó el día en que llegasteis a Atenas? —intervino Ephiny.

—La verdad es que no entramos juntas en Atenas.

Gabrielle, cuando te lleve a casa, me case contigo y por fin te tenga en mis brazos sana y salva, me vas a deber una muy grande por esta humillación.

—¿Cómo, es que entrasteis en la ciudad por puntos distintos? —preguntó Eponin, que no seguía la lógica de Xena.

—Pues sí. —Xena empezó a moverse incómoda—. Gabrielle no sabe que entré en Atenas con ella —soltó por fin—. La dejé en la puerta, pero no... no pude hacerlo. Así que la seguí por toda Atenas hasta que ganó el concurso y decidió reunirse conmigo a las afueras de Karamos. Menos mal que yo tenía a Argo, porque si no habría llegado antes que yo. Casi lo echo todo a perder cuando un chalado atacó a uno de los instructores... al final resultó que era todo parte de la clase.

Olvidándose por completo de por qué estaban escuchando esta historia, Ephiny se echó a reír suavemente al oír el apuro por el que había pasado la guerrera.

—Xena, ¿qué ibas a hacer si se hubiera quedado en la Academia? ¿Seguirla a hurtadillas durante cinco años?

Xena también se había olvidado por un instante del motivo y se echó a reír con la otra mujer.

—A decir verdad, no tenía las cosas planeadas hasta ese punto.

—Vale, pues vamos a empezar por el día en que seguiste a Gabrielle hasta el interior de Atenas... empieza desde el principio de ese día, a ver si se nos ocurre qué es lo que nos puede estar indicando Gabrielle —dijo Ephiny.

—Está bien. —Xena empezó de nuevo, con cansancio. Cerró los ojos e intentó visualizar el último día que habían pasado juntas antes de que Gabrielle se marchara—. Yo pensaba que ésta iba a ser la última vez que la iba a ver durante un tiempo, así que le dediqué todo el día. Acampamos a las afueras de Atenas. Me desperté temprano y fui a pescar para el desayuno y, como de costumbre, Gabrielle, seguía dormida cuando regresé, de modo que clavé el pescado en un palo y me puse a hacer ejercicios con la espada. Gabrielle se despertó y desayunamos. Estuvimos toda la mañana sin hacer nada de especial y descubrimos un riachuelo donde había esos cangrejos de agua dulce que le encantan a Gabrielle. Hicimos una hoguera, cocinamos los cangrejos y comimos. Creo que después de comer nos fuimos a nadar... sí, porque nos echamos en unas rocas muy grandes y Gabrielle se quedó dormida. Yo fui y pesqué unas de esas anguilas asquerosas que le gustan y cenamos temprano. Esa noche ella entró en Atenas.

Había pasado casi medio día y las tres mujeres seguían intentando descifrar el mensaje.

—Una vez más, Xena —dijo Eponin.

—No recuerdo nada más. ¡Si sigo repitiéndolo, me temo que voy a empezar a imaginarme detalles que no ocurrieron! —Xena se frotó las sienes con los dedos, intentando controlar el dolor de cabeza que flotaba al borde de su percepción—. Es que no me acuerdo. A lo mejor la nota no quiere decir nada... a lo mejor estoy forzándolo porque quiero que haya algo que no hay —dijo, con un tono cargado de derrota.

Las dos amazonas vieron entonces una faceta de Xena que pocas personas habían visto jamás. Tenía la cabeza gacha y se le empezaron a llenar los ojos de lágrimas de frustración.

—Sabéis lo que estamos haciendo, ¿verdad? —dijo Eponin de repente, sacudiendo la cabeza—. Estamos intentando averiguar esto enfocando algo que nos ha dado Gabrielle desde nuestro propio punto de vista. Lo que deberíamos hacer es ponernos en el lugar de Gabrielle... pensar como piensa ella.

—Buena idea, Ep. ¿Sobre qué escribiría Gabrielle una pista? —preguntó Ephiny.

—Escribiría sobre lo que conoce —dijo Xena, animándose con este nuevo punto de vista—. ¿Con qué compara Gabrielle todo en la vida? —preguntó la guerrera en voz alta.

—¡Con comida! —contestaron las tres a la vez con humor. Se echaron a reír, pero Xena estrechó los ojos al pensar en este nuevo enfoque. Dio la impresión de que las otras dos mujeres tuvieron la misma idea al mismo tiempo.

—Pescado para desayunar —dijo Xena primero.

—Cangrejos para comer —añadió Ephiny.

—Anguilas para cenar —terminó Eponin—. ¿Está rodeada de pescado? —preguntó.

—No, huele pescado —contestó Ephiny.

Xena sonrió cuando todo encajó... ¡cómo podía haber estado tan ciega!

—Huele algo más que pescado... ¡huele el mar! —La guerrera dio una palmada—. ¡Así se hace! Eph, ¿qué hay al otro lado de esta montaña?

—El Egeo, ¿pero cómo han conseguido llegar allí tan rápido? Se tardaría diez días como poco en rodear esta montaña.

—Sería más rápido si se fuera a través de la montaña —dijo Xena, levantándose de un salto—. Ya sabía yo que esas huellas tenían algo que me escamaba. No es que hayan desaparecido. Estaban todas de cara al acantilado. ¡Había una abertura y pasaron por ella!

Xena y las amazonas se pasaron el resto de la tarde y el anochecer a cuatro patas, buscando cualquier ramita o piedra que fuese la palanca que abría la entrada del túnel.

—¿Cómo sabemos que se trata de una especie de puerta y no que Ares les haya abierto un agujero para que pasen? —preguntó Eponin.

—Porque Devlin dijo tajantemente que no la siguiéramos y que si no volvía al cabo de lo que parecía uno o dos días, Kirren mataría a Gabrielle. Creo que usó otra entrada de este túnel que atraviesa la montaña y baja hasta el mar. La verdad es que no me imagino a Ares esperando a que todo el mundo lo llame cuando le viene bien.

—¿Y esta tal Devlin? No parecía el tipo de persona que trabajaría para alguien como esta Kirren —continuó Ephiny.

Los ojos de Xena soltaron un destello de celos al oír el nombre de Devlin.

—No sé cuál es su historia en lo que se refiere a Kirren, pero sí que parecía que intentaba proteger a Gabrielle —dijo Xena a regañadientes.

Xena se cayó de repente de la roca por la que había gateado al agarrarse a una rama de árbol que parecía vieja y podrida. La rama era la palanca y el aire se llenó de un ruido atronador. Las amazonas se apartaron corriendo de la pared de roca y se quedaron mirando el enorme túnel que apareció ante ellas.

—¡Por todos los dioses! —exclamó Eponin.

Xena esbozó una sonrisa malévola y se volvió a la regente.

—Tenemos que hacer planes —dijo Xena, sin dejar de sonreír.


—Bueno, tengo que reconocer que aquí dais bien de comer a vuestros cautivos —le dijo Gabrielle a Devlin, con los ojos verdes chispeantes de risa.

La guerrera había regresado al castillo y descubrió que la bardo había seguido su consejo y no había llamado la atención. Acababan de terminar una comida inmensa y la alta guerrera estaba asombrada de la cantidad de alimentos que la joven era capaz de consumir.

Devlin miró debajo de la mesa, con un brillo de desconfianza en los ojos.

—¿Qué pasa? —dijo Gabrielle, recostándose por fin en su silla para relajarse.

—Me preguntaba si tenías un perro ahí debajo —soltó Devlin muy seria.

La rápida carcajada de Gabrielle atacó los sentidos de Devlin y fue algo que la guerrera nunca había experimentado hasta entonces. Una vez más, pensó en la guerrera morena y se preguntó qué magia podía practicar para conseguir que un corazón como el de Gabrielle se uniera al corazón de una guerrera con un pasado tan oscuro.

Gabrielle notó el peso de la mirada de Devlin y bebió otro trago de vino, al tiempo que se le sonrojaban las mejillas despacio. Sabía lo que era una mirada lasciva, pero la mirada azul que ahora se clavaba en ella se parecía muchísimo a la de su propia guerrera. Pensó en Xena y cerró los ojos, con las comisuras de los labios curvadas hacia arriba por una leve sonrisa.

—Un dinar por tus pensamientos —interrumpió la guerrera.

Gabrielle abrió los ojos de golpe y la guerrera vio que su rubor aumentaba.

—Ah, a ver si lo adivino —dijo Devlin, sirviendo otra copa de vino—. Tu Princesa Guerrera.

Cuando Gabrielle asintió, los ojos de la guerrera se pusieron serios. Apoyando los codos en la mesa para acercarse más a la joven sentada frente a ella, Devlin hizo por fin la pregunta en voz alta.

—¿Cómo es posible, Gabrielle? ¿Qué es lo que hace que una mujer como tú sea capaz de amar a una guerrera cuyo pasado es más negro que la pez?

Gabrielle no supo al principio si sentirse halagada u ofendida por la pregunta de la guerrera. Siempre se sentía halagada cuando alguien pensaba que era ella la persona especial en su relación con Xena. Sin embargo, sus defensas naturales se alzaban cuando alguien sacaba a relucir el pasado del que Xena intentaba redirmirse con tanto esfuerzo.

La joven reina miró a los ojos azules de Devlin y de repente cayó en el doble sentido de la pregunta. Había sentido una breve curiosidad por el propio pasado de la guerrera rubia, por la clase de recuerdos que atormentaban a la bondadosa guerrera. Ahora supo que la guerrera no preguntaba sólo por su relación con Xena, sino también qué clase de esperanza había para su propio corazón.

—Dos cuerpos, un alma —dijo Gabrielle, y se lanzó a contar la historia de Almas gemelas para su público de una sola persona.


—Tendremos que seguir a pie —explicó Xena—. No me gusta el tiempo que vamos a perder, pero será demasiado fácil que nos oigan si pasamos por ahí a caballo. —La guerrera, junto con las dirigentes amazonas, estaba mirando un mapa del territorio que había entre Anfípolis y el Egeo—. Si la fortaleza de Kirren está junto al agua, calculo que habrá de dos a tres días en línea recta desde este punto y el Egeo —terminó Xena, señalando desde donde estaban hasta el mar, atravesando la montaña—. Me preocupa más el estado físico de todo el mundo. Vamos a tener que avanzar a paso ligero ahí dentro. Eph, ¿crees que este grupo está suficientemente en forma? Llevamos varios días haciendo mucho esfuerzo —preguntó Xena, advirtiendo las oscuras ojeras que tenía la regente.

Ephiny levantó la mirada del mapa, con cara cansada, pero decidida. De repente, la regente sonrió.

—Bueno, si nosotras no lo estamos... ¡ellas seguro que sí!

Nada menos que treinta guerreras amazonas entraron en el claro, al mando de Solari. Ephiny advirtió la cara de pasmo de Xena.

—Envié a buscarlas cuando salimos de Anfípolis. No sabía cuándo iban a llegar, pero ya tenemos guerreras de refresco —terminó con una sonrisa.

—Pues entraremos en dos grupos —dijo Xena, sintiendo que su propio corazón se aligeraba al ver a las mujeres—. Primero las guerreras más descansadas, así avanzaremos más. Eph, quiero que tú dirijas al segundo grupo.

Ephiny vio la lógica de lo que decía la guerrera y asintió.

—Siempre y cuando te lleves a Eponin y a Solari en el primer grupo. Así me sentiré mejor.

Xena asintió y empezaron a formar los dos grupos. El primero emprendería la marcha a la carrera, y el grupo de Ephiny, formado por las guerreras de la partida original, seguiría a paso más lento, para tener tiempo de descansar. Xena advirtió a las amazonas de que no hicieran ruido y les enseñó cómo quería que se sujetaran las armas para no hacer ruidos metálicos al correr. Encendieron antorchas y el primer grupo se situó ante la enorme entrada del túnel.

—Bueno, Ep... ¿te has puesto las botas de correr? —dijo Xena con una sonrisa de determinación.

—¡Cinco dinares a que llego la primera! —contestó la guerrera mientras entraban en cabeza y a paso ligero en el oscuro pasadizo.


Devlin estaba embelesada por la capacidad de la joven reina para contar una historia. Había oído a bardos por todo el mundo conocido, pero ninguno se podía comparar con la mujer sentada frente a ella.

De repente, la puerta de la habitación de la guerrera se abrió de golpe y Kirren entró apresuradamente por ella. Sus ojos soltaban destellos de rabia y Devlin se levantó para interceptar a la mujer. Kirren se detuvo ante la guerrera más alta y echó el brazo hacia atrás. Le pegó un bofetón a Devlin en la cara que habría enviado volando a Gabrielle al otro lado de la estancia. Devlin, según advirtió la joven reina, apretó los puños, con los brazos temblorosos al intentar controlarse. Volvió la cabeza de nuevo hacia Kirren, pero no antes de que Gabrielle viese el eléctrico fuego azul que ardía en sus ojos. Con todo, la guerrera no le levantó la mano a la mujer enfurecida que tenía delante.

—Te han seguido —soltó Kirren.

—Eso es imposible —dijo la guerrera entre dientes.

—¡Pues los centinelas del túnel han sido atacados por una panda de amazonas! El único que ha conseguido volver con vida ha dicho que estaban en el túnel principal, a un día de distancia.

—No han llegado allí porque me hayan seguido —repitió la guerrera.

Impaciente, Kirren miró por la habitación y dio la impresión de ver a Gabrielle por primera vez. La joven reina pensó en mirarla a su vez con altivez, pero se lo pensó mejor, al tener en cuenta el humor de Kirren. Gabrielle bajó los ojos, pero siguió notando el peso del escrutinio de la mujer.

Volviéndose de nuevo hacia Devlin, Kirren dijo ásperamente:

—¡Ven conmigo!

Una vez fuera de la habitación de Devlin, Kirren cerró la puerta de golpe y se volvió hacia la guerrera.

—Esto acelera las cosas. Prepara al ejército para el amanecer: saldremos hacia el lugar de encuentro antes de que lleguen aquí. Quiero que todos los soldados disponibles vengan con nosotros. ¡No sólo voy a matar a Xena, sino también a sus queridas amigas amazonas!

—¿Entonces todavía piensas combatir en solitario contra Xena? —preguntó Devlin.

—Sí —contestó Kirren con aire ensimismado—. Salvo que me parece que le voy a dar un poco más de incentivo para que luche al máximo de sus posibilidades. Vamos a hacer que Xena entre en ese campo de batalla sola para intercambiarla por su pequeña bardo. Quiero que tú te sitúes en lo alto de la colina con la mocosa amazona, lo bastante lejos para que nadie pueda llegar a ti, pero lo bastante cerca para que Xena pueda veros a ti y a Gabrielle. Cuando te dé la señal... quiero que le cortes el cuello.

Al principio Devlin pensó que no había oído bien a Kirren, pero luego miró a la mujer a la cara. La sonrisa malévola de Kirren y la sed de sangre que había en sus ojos le dejaron el corazón helado a la guerrera. Gabrielle no... por favor, esto no.

—Pero... creía que habías dicho que sólo querías a la Princesa Guerrera... dijiste...

—¡He cambiado de idea! —soltó Kirren—. No necesito recordarte quién pagará el precio si me desobedeces, ¿verdad, Devlin?

—No, ama —contestó la guerrera con un suspiro derrotado.


Gabrielle se quedó mirando a la guerrera cuando ésta entró de nuevo en la habitación. Devlin fue directa a la mesa donde habían estado las dos sentadas anteriormente y se bebió la copa de vino de dos tragos. Se sentó con aire agotado y se pasó una mano cansada por el pelo corto.

Gabrielle sintió su futuro en las acciones de la guerrera. No tenía pensado comentar lo que acababa de pasar, pero la joven reina sentía que no tenía nada más que perder.

—Por lo que conozco de los guerreros, no se someten fácilmente a la voluntad de otras personas —comentó Gabrielle.

—No, en general no —dijo Devlin apesadumbrada.

Gabrielle decidió lanzarse.

—¿Entonces qué utiliza Kirren para controlarte?

Devlin estaba de repente demasiado cansada para andarse con juegos e insinuaciones. Su mente regresó al tranquilo pueblecito de pescadores donde había crecido.

—Tiene una guarnición de soldados fuera de Tarynth, mi aldea natal. A cambio de diez años de mi vida, deja que vivan. Si me niego o la desobedezco, matará al pueblo entero. A mi madre, a mis hermanas, a mis amigos... a la gente con la que crecí... —Devlin se quedó callada.

—Planea matarme, ¿verdad? —preguntó Gabrielle, temiéndose la respuesta.

Devlin miró a las profundidades verdes de los ojos de Gabrielle y se dio cuenta de que ahora ya no habría redención posible para ella: después de esto, no.

—Sí —contestó la guerrera.

—Y... ¿lo vas a hacer tú? —La joven reina parecía sorprendida.

—¿Qué quieres que haga, Gabrielle? Tú, una mujer cuyo corazón está colmado de una luz con la que los soldados como yo sólo podemos soñar, ¿qué quieres que haga? Tú hablas del bien supremo. ¿Te dejo libre a cambio de las cincuenta vidas de mi pueblo? ¿Acaso tu vida vale más que la de ellos? —preguntó la guerrera con un matiz de desesperación en el tono.

Gabrielle miró a la guerrera cuyas elecciones en la vida parecían superar a cualquier cosa con la que debería cargar un mortal. Una vez más, Devlin le recordó a la joven a su propia guerrera. ¿No hubo un tiempo en que Xena se cuestionó lo que había llegado a ser? ¿En que intentó liberarse del círculo de violencia y odio en el que se sentía atrapada? ¿Qué habría sido de Xena si la joven bardo no hubiera entrado en su vida? ¿Era justo condenar a Devlin cuando no tenía a nadie que confiara y creyera en ella... que la amara como Gabrielle lo había hecho con su morena guerrera?

—No, Devlin. —Gabrielle miró a la guerrera, con los ojos llenos de lágrimas ardientes—. No consentiré que gente inocente pierda la vida en mi lugar.

La guerrera siguió mirando a la joven largo rato después de eso, hasta que se levantó de la silla y salió de la habitación, sabiendo que lo que iba a hacer supondría una vida inocente más por la que tendría que pagar.


—Arrrgghhhh —jadeó el soldado mientras la vida empezaba a abandonar su cuerpo—. Se han ido...

Xena observó el delgado hilo de sangre que caía de la nariz del soldado. Otros veinte segundos.

—¿Cuándo y dónde? —preguntó Xena, sin creer que el castillo estuviera prácticamente vacío. Diez segundos.

—A-a-ayer por la mañana... amanecer... al viejo... campo de batalla... por favor, y-yo...

Xena golpeó el cuello del hombre, soltando el punto de presión. A falta de dos segundos.

Xena y las demás amazonas se dejaron caer agotadas al suelo. Habían estado corriendo durante dos días seguidos para llegar a la fortaleza escondida de Kirren y al final habían descubierto que los secuestradores de Gabrielle les llevaban de nuevo un día de ventaja.

—Esperaremos a que Ephiny nos alcance —fue lo único que dijo Xena en voz alta, apoyándose en el frescor de la pared de ladrillo y cerrando los ojos antes de que se le escaparan las lágrimas de rabia y frustración.


Al cruzar por el campo la bardo sintió escalofríos por la espalda, incluso a caballo. Las llanuras cubiertas de hierba seguían salpicadas de huesos de soldados muertos, cuyas armas y armaduras, en su mayoría, permanecían sin tocar por ningún mercenario. Cuando Xena empezó como señora de la guerra, su intención era proteger su tierra natal, y al cabo de casi diez años el campo de batalla se mantenía como un recordatorio de que la gente de Anfípolis no se dejaba conquistar fácilmente.

Gabrielle se había resignado a su destino y, con la elegancia y dignidad de una reina, simplemente solicitó algo para escribir a la guerrera rubia que seguía actuando como su protectora. La tienda de Devlin estaba situada ligeramente aparte del resto del campamento, otra señal de que jamás sería de verdad uno de ellos. En sus ojos ya no había esa chispa risueña al mirar a la bardo, sino más bien la triste determinación de una guerrera que avanzaba por un lento camino hacia el Tártaro. Gabrielle se quedó sola en la gran tienda cuando la guerrera se marchó, y pasó las horas llenando pergaminos que Devlin le había prometido encargarse de entregar tras la muerte de la reina.

Ahora se trataba de esperar, y el campamento entero vibraba de tensión nerviosa mientras aguardaban la llegada de la Princesa Guerrera y su ejército de amazonas.


Xena condujo a las amazonas a lo largo de la cresta de la colina que daba al antiguo campo de batalla. Lo único que perseguía este campo eran los recuerdos de la guerrera. Xena no deseaba caminar entre los huesos de los romanos a los que había matado, prefería mantener la vista al frente y concentrarse en Gabrielle. Sin embargo, esa tarea le resultó difícil cuando vio el ajado estandarte de combate que se agitaba con la brisa. Costaba no ver esa enseña, la enseña negra y morada de la Destructora de Naciones.

—Xena, esto es una locura... no puedes ir sola. —Ephiny daba vueltas por el interior de la tienda de mando.

—Si no lo hago todo exactamente como quiere Kirren, matará a Gabrielle. Creo que ahora mismo nos tenemos que concentrar en eso —dijo Xena, ajustándose la armadura al ponerse de pie.

—¿Y si Ares cumple su amenaza de dejar que mate a Gabrielle? —preguntó Ephiny.

Xena frunció el ceño y el azul de sus ojos se puso frío y pálido.

—Entonces no habrá lugar lo bastante seguro para que pueda esconderse de mí. ¡Le daré caza hasta que las salas del Monte Olimpo se tiñan del rojo de su sangre! —bufó la guerrera entre dientes.


No había otra forma de llegar hasta donde estaba Kirren montada a caballo, rodeada de soldados a cada lado. Xena avanzó a través de los huesos esparcidos de los hombres que había matado aquel día. La guerrera enarcó una ceja ante la táctica infantil de Kirren. Si Kirren creía que podía librar una guerra de nervios con la Princesa Guerrera, estaba equivocada.

—Vaya, Xena... me alegro de ver que has llegado. Pensaba que a lo mejor no querías mucho a tu pequeña amazona. ¿A que te llevaste una sorpresa cuando llegaste al castillo y no había nadie en casa? —dijo con una sonrisa sardónica.

Xena se limitó a mirar fijamente a la mujer hasta que ésta se movió incómoda en la silla.

Kirren hizo un gesto con la mano izquierda y señaló hacia la colina que había a unos sesenta metros a la izquierda de Xena.

Devlin y Gabrielle subieron por la colina a caballo. En cuanto Gabrielle miró hacia abajo y vio a Xena mirando, a la joven se le paró el corazón. Si ésta iba a ser la última vez que iba a ver a su guerrera, era muy apropiado. Así era como recordaría siempre a su amante.

Xena estaba montada en Argo, con la cabeza y la espalda erguidas mientras lanzaba miradas amenazadoras a todos los que la rodeaban, una figura poderosa vestida de cuero y armadura. Levantando la vista hacia la colina, la Princesa Guerrera echó una gélida mirada azul a la cumbre. Fue como si el poder que había entre las dos mujeres fuese un ente físico, cuando la mirada fría y amenazadora de la guerrera se clavó en su bardo. Entonces, durante un instante, el hielo de los ojos de la guerrera se empezó a derretir. Era como si un fuego de proporciones inmensas ardiera sin control y el pálido hielo azul se derritió en dos charcas de un azul profundo.

Gabrielle estaba inmersa en las sensaciones y ni notó el leve pinchazo en la parte de detrás del cuello.

—Ahí tienes a tu pequeña amazona, Xena —dijo Kirren, volviendo a llamar la atención de Xena.

—Lucharé contigo... suéltala —ordenó Xena.

—Bueno, es que hay un problema... Quiero luchar contigo mañana al amanecer y no creo que pueda fiarme de ti hasta entonces. Así que éste es el trato. Gabrielle baja caminando por esa colina hasta sus preciosas amazonas siempre y cuando tú entregues tus armas y te quedes aquí toda la noche.

—Eso no era parte del trato —soltó Xena.

—¡El trato es lo que yo diga! —contestó Kirren—. Bueno, ¿quieres recuperar a tu bardo o tengo que despellejarla viva ahora mismo?

Xena miró a su alrededor y sopesó sus posibilidades contra los soldados de alrededor, calculando la distancia entre ella misma y Gabrielle.

—Escucha, Xena... yo sólo quiero luchar contigo... sin trucos, un combate a muerte. Estoy segura de que voy a ganar, pero te doy mi palabra... yo no le voy a poner la mano encima a Gabrielle —dijo Kirren con sinceridad.

Xena se bajó de la silla de Argo y dio una fuerte palmada a la yegua en la grupa. La montura salió al galope rápidamente en la dirección por la que había venido. Sin apartar los ojos de Kirren, la guerrera entregó sus armas y dejó que los hombres la ataran firmemente a una columna de piedra que había en medio del campo.

Gabrielle había querido gritarle a Xena que todo aquello era una trampa. Devlin la mataría de todas formas, pero al menos Xena tendría una posibilidad de escapar. La bardo abrió la boca para intervenir, pero no sabía si se le había abierto la boca siquiera. Notaba la lengua hinchada y torpe. Se le empezaron a dormir los músculos, las piernas se le pusieron blandas y débiles y, de no haber sido por el brazo de Devlin alrededor de su cintura, se habría caído al suelo.

—Bueno, tampoco ha sido para tanto, ¿verdad? —Kirren empezó a dar la vuelta a su caballo para alejarse de la guerrera inmóvil.

—¿Y Gabrielle? —le recordó Xena.

—Ah, sí, tu juguetito. Casi nos olvidamos de ella, ¿verdad? —Kirren se inclinó desde la silla hacia la guerrera atada—. Aquí tienes mi forma de asegurarme de que realmente haces todo lo posible por matarme mañana y no remoloneas como la última vez.

Kirren terminó y la expresión de sus ojos hizo que a la guerrera le resbalara una gota de sudor por la espalda, dándole a Xena una sensación incomodísima de premonición. Kirren se llevó la mano al cuello, haciendo un gesto de corte imaginario. Xena apartó los ojos de Kirren y miró a Gabrielle en lo alto de la colina.

Devlin estaba detrás de Gabrielle, con el cuerpo de la mujer más menuda pegado al suyo. La guerrera rubia ya tenía el puñal en la mano y con la mano libre levantó la barbilla de la bardo para exponer su delicado cuello. Fue rápido, pero la guerrera atada a la columna lo vio muy despacio y hasta el último detalle, detalles que se repetirían una y otra vez en sus pesadillas durante muchos años. La mano de Devlin pasó el puñal por el cuello de Gabrielle y la sangre salió despedida de la hoja cuando la guerrera apartó la mano. El pecho de Gabrielle quedó rápidamente cubierto del líquido rojo y la bardo se desplomó en el suelo a los pies de Devlin.

Los gritos torturados que desgarraron el aire asustaron a los caballos, que se agitaron nerviosos. Xena deseó detener esos sonidos desoladores, hasta que se dio cuenta de que eran suyos. La guerrera flexionó los músculos y tiró de las cuerdas que la sujetaban con la fuerza de una docena de hombres. Algunas de las ataduras empezaron a deshacerse y los soldados corrieron alrededor de la loca para atarla con más cuerdas.

—Creo que eso garantizará que estés bien furiosa —dijo Kirren, retrocediendo en la silla cuando la guerrera intentó lanzarse contra ella, aunque las cuerdas sujetaban con firmeza el cuerpo de la mujer, que no paraba de retorcerse—. Sólo te prometí que yo no le pondría la mano encima —dijo Kirren al azuzar a su caballo.


Había caído la noche. La guerrera morena estaba derrumbada sobre las cuerdas que la sujetaban a la solitaria columna de piedra. No estaba inconsciente ni despierta: su mente se agitaba en una bruma de dolor que antes había pensado que jamás podría alcanzar tales cotas. Ni la luz ni la oscuridad eran capaces de llenar su alma... sólo había vacío.

Una fuerte bofetada lanzó la cabeza de la guerrera a un lado.

—Xena.

Los ojos ausentes se abrieron y enfocaron la vista, al tiempo que un gruñido de animal salía de lo más hondo del pecho de la guerrera.

Otra sonora bofetada, esta vez tan fuerte que la cabeza de la guerrera rebotó en la columna de piedra.

Xena luchó con sus ataduras para alcanzar a quien la atormentaba, la causa de todo su dolor.

—Bien, al menos me reconoces —le dijo Devlin a la guerrera—. Xena, escúchame. —La guerrera echó una rápida mirada a su alrededor y pasó por encima de los cuerpos muertos de los hombres responsables de vigilar a la Princesa Guerrera durante la noche—. Gabrielle no está muerta —dijo Devlin despacio, tratando de ver si la guerrera comprendía sus palabras—. Te voy a desatar como muestra de buena fe, Xena... preferiría que no me mataras inmediatamente. Lo que viste en la colina era un truco... Gabrielle está bien viva.

Devlin levantó la espada y cortó sin dificultad las cuerdas que ataban a la mujer. Retrocediendo para prepararse para un ataque de la guerrera medio enloquecida, se quedó mirando cuando Xena cayó sobre una rodilla, al parecer llena de dolor. Devlin fue a levantar a la guerrera caída y sintió que los dedos de Xena salían disparados y se cerraban alrededor de su garganta. La guerrera no tenía ninguna prisa: fue apretando despacio hasta que Devlin cayó de rodillas, agarrando a la guerrera con la mano libre.

—N-no... está... muerta —repitió Devlin—. Xe-Xena... todavía... tengo... la espada...

Xena miró hacia abajo y vio que la guerrera rubia tenía la espada en la mano, peligrosamente cerca del vientre de Xena, pero Devlin no había hecho ademán de usarla. Xena se levantó, lanzando hacia atrás la melena de pelo negro, que cayó como una cascada sobre sus hombros, y soltó a la guerrera que tenía debajo.

—Le... le di... emetia —tosió Devlin, levantándose despacio. En los ojos de Xena había dolor y desconfianza, pero Devlin siguió—. Yo misma sellé su cuerpo en una cesta y los soldados de Kirren deberían estar entregándola ya en el campamento de las amazonas.

Xena no necesitaba que la guerrera le explicara los efectos de la emetia, una especie de sustancia paralizadora que reducía el ritmo del corazón hasta el punto de sostener apenas la vida. Si alguien comprobaba el pulso de la bardo, parecería muerta.

Pocos segundos antes Xena había sentido que su vida estaba acabada, pero ahora esta guerrera le estaba diciendo que se trataba de un engaño. No quería creerlo, pero en el corazón de la guerrera prendió una pequeña chispa llena de esperanza.

Devlin se montó en el caballo negro y le ofreció una mano a la Princesa Guerrera. Xena dejó que la pequeña chispa se convirtiera en una llama al alargar la mano y subirse al lomo del caballo.


El cálculo había sido perfecto. Devlin y Xena entraron en el campamento de las amazonas justo después de que los dos soldados de Kirren hubieran depositado la cesta delante de la atónita regente. Los cuerpos de los soldados estaban acribillados de flechas amazonas, disparadas después de que le dijeran a la regente lo que contenía la cesta.

Las dos guerreras cabalgaron hasta Ephiny y Xena saltó del lomo del caballo antes de detenerse y se puso a arrancar frenética el sello de la cesta.

—Traed a una sanadora —gritó Xena a quien quisiera escucharla—, decidle que traiga raíz de valeriana. Gabrielle —gimió Xena, levantando con cuidado el cuerpo inerte de la cesta y acunando a su amante en los brazos.

Ephiny sofocó una exclamación que hizo intervenir a Devlin.

—Tranquila... no es su sangre —dijo, pasándole a la guerrera arrodillada un paño mojado.

Xena se puso a limpiar la sangre seca del cuello y el pecho de Gabrielle, acariciando amorosamente la garganta de la bardo, que en realidad no tenía ni un rasguño.

Una joven amazona a la que Xena no conocía se arrodilló en el suelo al lado de la guerrera, siguió las instrucciones de Xena y por fin le entregó una rodaja de la olorosa raíz. La guerrera se metió la rodaja de raíz en la boca, la masticó hasta hacerla una pasta fibrosa y escupió con cuidado la saliva que le llenaba la boca. Colocando la cabeza de la bardo en su regazo, le abrió la boca a Gabrielle y metió la raíz entre la mejilla y la encía de la joven y luego masajeó la garganta de Gabrielle para animarla a tragar.

Pasaron los segundos, pero a Xena le parecieron días. La emetia no era una sustancia a la que se le debiera restar importancia. Cada momento de más bajo su influencia suponía una posibilidad menos de recuperarse de esos efectos que alteraban el organismo.

—Vamos, Brie... traga por mí... vamos, cariño. —Xena notó que le caían lágrimas por la cara mientras sujetaba y acunaba a la joven reina entre sus brazos, sentada en el suelo en medio del campamento de las amazonas.

Una súbita inhalación convulsiva sacudió el cuerpo de la joven y sus ojos se abrieron de golpe, sin enfocar la vista aún en lo que la rodeaba. La guerrera se apresuró a sacar la raíz de valeriana de la boca de la bardo.

—Gabrielle... ¿Gabrielle? —Xena cogió la cara de la joven reina entre las manos, tratando de que la mirara a los ojos para asegurarse de que su amante había vuelto.

—¿Xena... Xe? —empezó Gabrielle y luego sofocó sin éxito un sollozo al reconocer a la mujer que la sostenía.

Gabrielle se echó a llorar mientras Xena la envolvía en sus fuertes brazos y la mecía suavemente, pegando su cuerpo con fuerza al de la joven, rezando para que esto no fuese un sueño. Xena miró hacia la luz del fuego y captó los ojos llorosos de Devlin.

—Gracias —le dijo Xena a la guerrera, con la voz ronca de emoción—, gracias...

Había sido un día cargado de emociones para la guerrera y la bardo y se tumbaron en un camastro dentro de la tienda de Xena, donde pasaron el resto de la noche intercambiando suaves caricias y promesas de amor hasta que Morfeo se apoderó de las dos. Ambas mujeres estaban agotadas físicamente y durmieron sin despertarse, echadas tan cerca del deseo de sus corazones. Incluso dormida, Xena seguía rodeando protectoramente con los brazos a su joven amante.


El carro de Apolo estaba comenzando su viaje y unos brillantes rayos de sol golpeaban la armadura de la mujer morena y volvían a reflejarse hacia el cielo. Xena estaba cruzada de brazos contemplando la escena que se desarrollaba en el valle de debajo. Kirren tenía más de doscientos soldados que se preparaban para la batalla en el campo donde la Destructora de Naciones había rechazado a los romanos tanto tiempo atrás. Esta vez, como entonces, el pueblo de Anfípolis iba a ser el premio.

A Kirren no le había hecho gracia descubrir que Devlin y Xena se habían ido. Al amanecer se oyeron sus gritos desde la colina donde ahora estaba la guerrera. Xena se había puesto en su "modalidad señora de la guerra", como lo llamaba Gabrielle, y calculaba las posibilidades y desarrollaba estrategias para una batalla donde tenía una seria desventaja numérica. Tenían unas setenta y cinco amazonas, sin contarse a sí misma y a Gabrielle. Estaba decidida a mantener a Gabrielle lejos del combate: esta vez había faltado muy poco.

Suponía, por la forma en que Kirren estaba disponiendo a sus tropas, que intentaría atacar el campamento de las amazonas a oleadas, en lugar de con una batalla prolongada. Los ataques cortos eran una ventaja para el ejército más numeroso. Les daba tiempo de reagruparse mientras otros seguían luchando. El ejército más pequeño no se podía permitir ese lujo. O todo el mundo luchaba o todo el mundo descansaba, no había suficientes guerreros para hacer las dos cosas a la vez.

Xena ladeó la cabeza ligeramente al oír desmontar a la alta guerrera.

—Buenas noticias por una vez. —Devlin sonrió con ironía—. Acaba de llegar un hombre al campamento, dice que es tu hermano Toris. Se ha traído a unos cuarenta hombres de las aldeas de alrededor de Anfípolis, todos medio decentes con una espada, por lo que parece.

—Ésa sí que es una buena noticia —dijo Xena bruscamente, pasando al lado de la guerrera para regresar al campamento. No sabía qué decirle a la mujer que les había salvado la vida, pero no había pedido nada a cambio. Le debía la vida a esta mujer, pero también notaba cómo miraba Devlin a Gabrielle y volvía a sentir los celos en su interior—. Será mejor que terminemos de prepararnos —dijo Xena secamente, volviéndose hacia Devlin—. Va a ser un día muy largo.


—Xena, estoy bien —protestó Gabrielle, como se esperaba la guerrera.

—Gabrielle, no es seguro y... —La guerrera puso los dedos sobre los labios de la bardo para evitar que contestara—. No me refiero sólo a ti, estoy pensando también en las guerreras que lucharán a tu lado. Necesitas un poco más de tiempo para asegurarte de que tu cuerpo ha superado los efectos de la emetia. Pones en peligro a todo el que te rodea si no estás al cien por cien.

Xena hizo uso del único argumento que sabía que podía detener a la bardo: la idea de poner a otros en peligro.

Gabrielle parecía enfadada, luego pensativa y por fin miró a su guerrera con los ojos llenos de amor.

—Eso no es juego limpio —dijo con media sonrisa.

Xena se relajó un poco y se permitió sonreír. Abrazando a la bardo, besó a la joven en la coronilla.

—Tengo que jugar sucio contigo, amor... eres demasiado rápida para mí... si no, perdería todas las discusiones —explicó la guerrera estrechando a la mujer con más fuerza—. Además, con todas estas jovencitas —dijo Xena, refiriéndose a las amazonas que las rodeaban—, de verdad que te necesito aquí detrás. Esa joven sanadora no es todavía más que la aprendiza de Sartori. Dudo de que alguna vez haya tratado nada más grave que un pellejo roto. Necesito que la ayudes, Brie.

—Detesto cuando lo que dices tiene tanto sentido, sabes. Me cuesta pensar en un buen argumento —dijo Gabrielle, besando los labios sonrientes de la guerrera.


La primera oleada de ataque duró unas tres marcas, pues era sobre todo una prueba de defensa y estrategias por parte de los líderes. No hubo bajas en el campamento de las amazonas, pero sí una serie de heridas leves, otra razón por la que los ataques breves y continuos daban la ventaja a un ejército grande.

Recorriendo de nuevo el campamento, Xena se dio cuenta de que tenía que proteger este campamento base por el bien de los heridos que iban a acabar llenando las tiendas que Ephiny había ordenado montar. Demostrando a una serie de guerreras lo que tenía en mente, Xena se echó a un lado y observó mientras iban entrelazando grandes picas para formar una especie de valla alrededor del campamento.

Xena entró en la enfermería improvisada y se detuvo en seco al ver a Devlin sentada con el brazo lleno de sangre y a Gabrielle intentando que la poco cooperativa guerrera se estuviera quieta.

—Gabrielle... no es tan grave —suplicó la guerrera.

—Puede que no, pero necesitas puntos y más te vale dejarme hacerlo ahora que todavía tengo tiempo —le ordenó Gabrielle.

Devlin se resignó a quedarse en la silla y miró a la bardo mientras ésta le limpiaba el largo corte que tenía en el antebrazo, justo encima del brazal. La joven la tocaba con delicadeza, pero al mismo tiempo con firmeza y la sensación de vértigo que le entró a la guerrera tenía, sospechaba ella, poco que ver con la pequeña pérdida de sangre.

—Nada mal —comentó Devlin, examinando los puntos pequeños y regulares.

—Practico mucho —dijo Gabrielle riendo y sujetando el brazo de la guerrera con ternura mientras vendaba la herida.

Xena las observó y volvió a tener esa sensación. Los ojos de Gabrielle chispeaban al reír con la guerrera y la mujer morena se preguntó qué había ocurrido de verdad entre las dos durante tantos días. ¡Esto es ridículo! Gabrielle nunca traicionaría nuestro amor. Sin embargo, la guerrera no conseguía quitarse la idea de la cabeza. La familiaridad con que la bardo tocaba a la guerrera herida hacía que el cerebro de Xena corriera más que su sentido común. ¿Se dejaría seducir Gabrielle por una guerrera de palabras suaves y ojos del mismo color que los de Xena? ¿Podría Gabrielle haber dejado que otra mujer convirtiera una pequeña chispa de deseo en una llama ardiente? ¿Lo haría... podría hacerlo... lo había hecho?

Gabrielle empezó a notar el peso de una mirada y sintió un calor familiar que le inundaba el rostro. Levantó despacio la vista y se topó de lleno con el ceño pensativo de su amante, que miraba fijamente a la bardo, pero al parecer estaba sumida en sus propios pensamientos. La joven reina sabía perfectamente lo que indicaba ese ceño en su guerrera. A fin de cuentas, ¿acaso no se le había puesto a ella la misma expresión cada vez que una camarera bonita dedicaba demasiado tiempo a servirle una bebida a la Princesa Guerrera? Gabrielle volvió a mirar rápidamente a Devlin, que la estaba mirando, y estuvo segura de que lo que aquejaba a su guerrera eran simples celos.

La mirada de Xena seguía clavada en la de la bardo y la joven le transmitió todo lo que sentía con sus ojos verdes. Xena lo vio todo entonces. No, Gabrielle nunca haría... nunca podría... nunca lo había hecho. Éste era el ingrediente que había faltado en todas las relaciones que había tenido la guerrera, antes de Gabrielle, la confianza. La confianza en su amor y de la una en la otra. Cuando Xena miró a la joven reina a los ojos vio todo esto... confianza, amor, anhelo, necesidad y deseo. Todo esto que era sólo para ella y para nadie más. Sonrió. Con esa sonrisa deslumbrante que reservaba sólo para esta hermosa joven. La sonrisa se clavó directa en el corazón de la bardo.

La sonrisa de Xena pilló desprevenida a Gabrielle y sintió un escalofrío por todo el cuerpo por la cantidad de emociones que le podía hacer sentir esta mujer con tan sólo una mirada y una sonrisa. Por los dioses, qué cosas me hace.

Xena se acercó a las dos mujeres y Gabrielle pasó con naturalidad un brazo alrededor de la cintura de la guerrera, mientras Xena colocaba el suyo alrededor de los hombros de su amante.

—Ya sé que es un poco tarde, pero vosotras dos todavía no habéis sido presentadas como es debido —dijo Gabrielle, estrechando ligeramente la cintura de Xena—. Xena de Anfípolis, te presento a Devlin de Tarynth —dijo con formalidad.

Las dos guerreras se estrecharon el brazo con cordialidad.

—Tengo una deuda contigo —dijo Xena—. Si alguna vez necesitas algo y está en mis manos poder dártelo, sólo tienes que pedirlo.

Devlin solto una carcajada alegre y relajada.

—Puede que algún día te tome la palabra, guerrera.

—Sabes, ahora que todo ha terminado, ¿qué tal si me cuentas cómo hiciste creer a todo el mundo que me habías cortado el cuello? —preguntó Gabrielle de repente.

—Pues fue muy fácil, la verdad. Te administré la emetia un poco antes, para que cayeras al suelo en el momento justo. La sangre no era más que una pequeña vejiga que había llenado de sangre de cerdo. La tenía entre el pulgar y la hoja de mi puñal y pluuuf —dijo Devlin, haciendo un movimiento de corte sobre su propio cuello.

—Sangre de cerdo... qué bonito —dijo Gabrielle con cara de pocos amigos—. ¡No me voy a poner ese corpiño nunca más!


Devlin y Xena habían terminado las últimas defensas para proteger el pequeño campamento y se estaban preparando para enfrentarse una vez más a las fuerzas de Kirren.

—¿Qué es? —preguntó Devlin.

—¿Qué es qué? —replicó Xena, siguiendo la mirada que Devlin dirigía detrás de ellas, donde estaba Gabrielle dando instrucciones y hablando con las guerreras.

—¿Qué es lo que hace que mujeres como ésa sean capaces de amar a guerreras como nosotras? —preguntó Devlin de nuevo.

Xena comprendía la pregunta que había hecho la alta guerrera. ¿Acaso ella misma no se había preguntado lo mismo? ¿Qué podía ver una mujer con el corazón tan puro como la bondad misma en una guerrera cuyo pasado era oscuro como la noche? Xena también comprendía que Devlin hiciera la pregunta, pensando si tal vez a ella podría ocurrirle lo mismo.

Xena se quedó mirando a Gabrielle, que seguía ayudando a enrollar vendas, contestando preguntas e intentando tranquilizar a la gente antes de la siguiente acometida de la batalla. Iba de una persona a otra y las tocaba ligeramente o les sonreía, y Xena supo que ni en un millón de años sería capaz de contestar a la pregunta de Devlin.

—Es un regalo de los dioses, amiga mía —dijo Xena, contemplando a la joven que poseía su alma misma—, es un regalo de los dioses.


—Gabrielle —dijo Xena con tono bajo y de advertencia.

—Xena —replicó Gabrielle. La joven reina llevaba brazales y hombreras y sujetaba su vara con una mano, con el extremo apoyado en el suelo—. Xe, no puedo quedarme aquí atrás cuando estoy sana y necesitamos a todas las personas que puedan luchar ahí fuera —dijo Gabrielle, sabiendo lo que iba a decir Xena—. Estas mujeres morirían por mí... tengo que demostrarles que yo haría lo mismo por ellas.

La guerrera frunció el ceño intentando pensar en algo que decir para contrarrestar la lógica de la bardo, pero no se le ocurría nada. Estas mujeres eran el pueblo de Gabrielle, súbditas que habían cruzado muchas leguas de buen grado, que se estaban preparando para enfrentarse a la muerte en el campo de batalla por amor a su reina. ¿Podía Xena pedirle a su bardo que fuese menos de lo que era? ¿Se lo pediría Gabrielle a ella?

Cogiendo la cara de su amante entre las manos, acarició las mejillas de la joven con los pulgares y la acercó para darle un beso que le mostrara a esta joven todo lo que la guerrera llevaba en el corazón.

—Es que temo por ti... no sé qué haría si te perdiera, Brie —susurró Xena al oído de la bardo.

—Lo sé, amor... yo siento lo mismo cada vez que acabas luchando. Esto es algo que tenemos que hacer, y recemos para que Artemisa nos proteja. Te prometo que no correré riesgos estúpidos y que no lucharé en primera línea —contestó Gabrielle.

Besando tiernamente a la joven reina en la frente, la guerrera susurró de nuevo:

—Te quiero, bardo mía.

—Y yo a ti, guerrera mía... cuídate —dijo Gabrielle y besó a la guerrera en la palma de la mano.

—¡Ya vienen! —gritaron las guerreras que estaban en cabeza cuando las primeras líneas cargaron corriendo en el campo de batalla.


—¡Ayah! —gruñó Xena cuando otro de los soldados de Kirren cayó delante de ella, con el vientre rajado a pesar de la armadura de cuero. La guerrera estaba inmersa en la refriega y no podía dedicar ni un instante a mirar por el campo en busca de su bardo.

—Ayiyiyiyiyiyiyi —Xena soltó su grito de combate, saltó por el aire y se volvió para aterrizar detrás de tres soldados que miraban a su alrededor como si hubiera salido volando y hubiera desaparecido. Fue entonces cuando Xena divisó a Gabrielle, en el momento en que su vara se agitaba en el aire al golpear a dos soldados a la vez en la cara. La guerrera soltó un suspiro de alivio, si tal cosa era posible en medio de una batalla, cuando vio a Devlin a la espalda de Gabrielle, con una espada larga y otra corta en las manos, cortando las extremidades de los soldados vociferantes en un frenesí sin pausa.

Xena acabó con dos soldados más de una sola estocada, lanzó su chakram y oyó cómo cortaba el mango de un hacha que estaba a punto de caer sobre la espalda de una guerrera amazona. La amazona hundió su espada en el vientre del soldado que tenía detrás sin mirar siquiera, echándole una sonrisa de agradecimiento a Xena.

Ephiny y dos miembros de la guardia real rodeaban a su reina, pero en el momento en que Xena miró, una de las guardias cayó muerta, con una flecha clavada en el corazón. Xena intentó avanzar hacia su bardo, pero por cada soldado que eliminaba, dos más ocupaban su lugar. Por fin el ritmo fue decayendo y Xena vio que los soldados que había en el valle de debajo empezaban a batirse en retirada arrastrando a sus heridos.

—¡Gabrielle! —gritó Ephiny, intentando apartar a la reina de la trayectoria de una flecha que parecía volar directa a la joven.

Ephiny tiró con fuerza del brazo de Gabrielle y se resbaló en la hierba cubierta de sangre. La amazona cayó al suelo, derribando a Gabrielle encima de ella. La flecha pasó justo por donde había estado la bardo en el momento en que Devlin volvía la cabeza para ayudar a la reina. La punta de la flecha se incrustó en el cuello de la guerrera, que cayó de rodillas.

Cuando Xena pudo volverse, lo único que vio fue a la alta guerrera aferrándose la garganta mientras su cuerpo se desplomaba en el suelo.

—¡NOOOOO! —gritó Gabrielle, arrastrándose hasta donde estaba la guerrera rubia, que tenía los ojos cerrados por el dolor.

Xena se dejó caer al suelo al lado de la guerrera caída y sus manos examinaron rápidamente la flecha clavada en el cuello de Devlin.

—Xe... ayúdala —sollozó Gabrielle.

Los ojos de Xena se encontraron con los de Devlin. Entre las dos hubo un entendimiento y Xena vio que la guerrera rubia asentía ligeramente. Tenía que asegurarse de que esto era lo que quería Devlin... tenía que hacérselo saber a Gabrielle.

—Dev, ¿comprendes lo que digo? —preguntó Xena.

—Sí —asintió la guerrera, con una mueca de dolor al tener que hablar. Devlin alzó una mano débil como para arrancarse la flecha del cuello. Agarró la mano de Xena y llevó la mano de la guerrera morena hasta la flecha.

—Dev, sabes dónde tienes la flecha... está en la yugular. —Xena respiró hondo y miró a Gabrielle, que tenía la cabeza de la guerrera en el regazo, antes de continuar—. Si te dejo la flecha, te desangrarás poco a poco... será lento... esto no puedo arreglarlo. —A Xena se le quebró la voz mientras se lo explicaba—. Si te la saco... serán unos pocos minutos como mucho —terminó Xena.

Devlin cerró los ojos y agarró con fuerza la mano de la guerrera, tirando de Xena hasta que su cara quedó a pocos centímetros de la de la guerrera herida. Con dolor, la guerrera rubia le susurró algo a Xena y la mujer morena miró a Gabrielle.

Xena tenía los ojos llenos de lágrimas al mirar a su bardo.

—Quiere que le pague la deuda que tengo con ella. —Xena le repitió a Gabrielle las palabras de Devlin—. Quiere que la sostengas mientras muere.

Los sollozos de Gabrielle se hicieron más intensos y miró a su propia guerrera con ojos interrogantes. Xena asintió y ayudó a colocar a la mujer caída entre los brazos de la bardo. Apoyando una mano en el hombro de Devlin, Xena se limpió con un paño que le pasó Ephiny. Colocando los dedos alrededor del astil de la flecha, Xena miró a los ojos a la mujer que tanto había dado por ella. Devlin sonrió de medio lado y en ese momento Xena tiró con todas sus fuerzas y de un solo movimiento rápido, la flecha se soltó.

La sangre brotó a chorros de la herida irregular, empapando a las personas y el suelo alrededor de la guerrera caída.

Xena dejó que las lágrimas cayeran por su propia cara al tiempo que sujetaba la mano de la guerrera. ¿Cómo podía rechazar esta última petición agonizante de una guerrera que lo había dado todo para devolverle a Xena la vida entera? Morir en brazos de Gabrielle, la joven reina amazona de quien Devlin estaba tan enamorada. ¿No habría sido ése el deseo de la propia Xena?

—Nooo —lloró Gabrielle, poniendo la mano sobre la herida y apretando con fuerza el cuello de la guerrera. La sangre siguió manando entre los dedos de la bardo.

Devlin alzó una mano débil y apartó la mano de Gabrielle de su cuello, haciéndole un gesto negativo a la bardo. La guerrera sonrió por última vez y cerró los ojos.


—¿Gabrielle? —Xena estaba justo en la entrada de la tienda que compartían Gabrielle y ella y la joven acababa de ponerse un corpiño de cuero.

Xena entró en la tienda, pasando ante el montón de ropa ensangrentada que la bardo se acababa de quitar.

—¿Brie? —Xena le había dado a Gabrielle el espacio que pensaba que necesitaba, pero ahora se estaba empezando a preocupar un poco por la joven.

—Lo sé... tengo que ir a la enfermería... —Gabrielle pasó al lado de la guerrera—. Y luego tengo que comprobar las provisiones y...

—Brie, para —ordenó Xena, cogiendo a la joven por la cintura con un brazo y estrechándola con fuerza contra su cuerpo—. Está bien desahogarse —dijo Xena suavemente.

Gabrielle se volvió entre los brazos de la guerrera, se aferró a su amante y se echó a llorar sin control. Xena no podía hacer nada salvo sostener a la joven y susurrarle al oído palabras tiernas de amor y consuelo. La guerrera no paraba de repetirse que el campo de batalla no era lugar para Gabrielle, que no contaba con las defensas de la guerrera para soportar la pérdida de amigos y familiares. Su bardo sentía cada pérdida sucesiva con tanta fuerza como la primera.

Xena se sentó en una silla y se puso a la joven en el regazo, dejándola llorar hasta que se quedó sin lágrimas.

—Gracias, Xe —susurró Gabrielle.

Eponin entró corriendo en la tienda.

—Perdóname, majestad... se han puesto otra vez en marcha y parece que Kirren va con ellos.

Gabrielle se levantó y miró a Xena mientras ésta se levantaba de la silla. A la guerrera se le ocurrió un millón de argumentos que utilizar para mantener a Gabrielle apartada de esta batalla, que seguramente sería la última. Sin embargo, al mirar a la mujer que estaba a su lado, vestida con el cuero y la armadura de una amazona, no vio a la chiquilla de Potedaia que necesitaba que la Princesa Guerrera la rescatara. Xena vio a una mujer fuerte, a una dirigente competente, a una persona dispuesta a vivir y morir para proteger a su pueblo, a sus amigos y su integridad. A una reina amazona.

La guerrera vio la vara de la joven reina apoyada en la pared de la tienda, cerca de la entrada. Cogió la vara y se la lanzó a su compañera.

—Cuídate —dijo Xena.

—Lo mismo te digo —contestó Gabrielle con decisión.


Habían cambiado las tornas y los soldados de Kirren que no estaban muertos o agonizando empezaron a huir. Quedaban unos cincuenta hombres que se negaban a rendirse y todos parecían concentrados en la Princesa Guerrera a la vez.

—¡Ayah... ayah! —Xena gruñía y gritaba con cada estocada y corte que hacía su espada al hundirse en la carne humana que la rodeaba. El campo estaba cubierto de la sangre de los hombres y las amazonas por igual. La guerrera se estaba cansando por el esfuerzo de agarrar la empuñadura de su espada empapada de sangre.

Al poco, dejó de ver... dejó de sentir... dejó de pensar... dejó de oír los ruidos de la batalla a su alrededor: sólo oía el ruido de su propia sangre palpitando en sus oídos. Sólo veía el movimiento rápido como el rayo de su espada al enviar un alma tras otra al juicio de Hades.

Estaba más allá del sentimiento o del interés, vacía de todo salvo de la habilidad que la impulsaba a conquistar. Sus ojos perdían parte de su color azul con cada golpe que daba, hasta que la bruma oscura de la sed de sangre le arrebató por completo el color de los iris. Cualquier hombre que aquel día luchó con ella y sobrevivió, juraba que ese día había mirado a la muerte a los ojos.


—¿Me recuerdas? —gritó Gabrielle por encima de los ruidos del combate. Kirren se volvió al oírla y la joven reina torció el cuerpo con fuerza, lanzando todo su peso con el golpe de derecha que le asestó con la vara.

Kirren aguantó bien el golpe, teniendo en cuenta que así había roto la mandíbula a más de un soldado durante el día. Se le escapó la espada por el aire y cayó de rodillas, pero rodó en cuanto dio en el suelo y se sacó un puñal de la bota, lanzándose contra la bardo con expresión atónita.

Gabrielle estaba demasiado agotada para parar todo el peso del cuerpo de la mujer: cayó debajo de Kirren y las dos forcejearon para controlar el puñal que tenía la guerrera en la mano.

—¡Lo habrás conseguido una vez, pero no se puede burlar a Hades una segunda! —gritó Kirren enloquecida, levantando el puñal por encima de la cabeza.

Gabrielle sabía que no tenía fuerzas suficientes para evitar que el puñal de la guerrera se clavara en su corazón y miró a los ojos vacíos y dementes de la mujer que tenía encima. La bardo aguantó la respiración y esperó lo inevitable.

De la garganta de Kirren brotó un gorgoteo al tiempo que en los labios se le formaban pompas rosáceas de sangre. Se le cayó el puñal de la mano y la guerrera miró primero a Gabrielle y luego su propio pecho, donde la punta de una hoja de metal asomaba por el esternón. Una gran mancha roja se fue extendiendo despacio por el pecho de Kirren, luego se oyó el roce del metal contra el hueso y la punta de la espada desapareció.

Ephiny le quitó de encima a Gabrielle el cuerpo de Kirren antes incluso de que la malvada guerrera supiera que estaba muerta. Se agarró débilmente a la muñeca de Gabrielle al caer de costado, luchando por respirar.

—Que te den —bufó Gabrielle, empujando a la mujer moribunda para echarla del todo en el suelo. Para cuando el cuerpo de Kirren cayó sobre la hierba manchada de sangre, Hades ya la estaba esperando.


El sudor se metía en los ojos de la guerrera y la sangre y la mugre cubrían su cuerpo mientras giraba para enfrentarse al siguiente atacante. Parpadeó con fuerza, moviendo los ojos de un lado a otro, con los pulmones en llamas al intentar hacer acopio del aire que tanto necesitaban. Xena se dio cuenta de que no había nadie más. Había vencido al enemigo y ahora cayó sobre una rodilla, intentando vencer al enemigo interior.

La guerrera apoyó la frente en el antebrazo, que descansaba sobre la empuñadura de su espada, cuya punta estaba clavada en la tierra teñida de rojo.

—¿Xena? —Eponin alargó una mano con cautela hacia su amiga.

—¡No me toques! —bufó Xena, apretando la mandíbula espasmódicamente.

—Xena, ¿estás herida? —preguntó la amazona.

—No es sangre mía —dijo Xena en voz baja—. ¿Gabrielle? —Xena miró a la guerrera, con los ojos llenos de pánico repentino.

—Está bien, está en el campamento atendiendo a los heridos en la enfermería. Kirren está muerta —añadió Eponin.

—No quiero que Gabrielle me vea así —dijo Xena, poniéndose en pie. La guerrera todavía tenía los ojos un poco desorbitados y el pelo pegado de sangre y el cuerpo cubierto de despojos—. Tengo que llegar a mi tienda... no dejes entrar a Gabrielle.

Eponin ayudó a la guerrera a entrar en el campamento y en su tienda y luego montó guardia con decisión ante la entrada de la tienda.

Gabrielle parecía más tranquila que unos momentos antes. Se enteró de que Xena había regresado ilesa al campamento y la joven reina dio gracias en silencio a Artemisa, dirigiéndose a su tienda.

—Dioses, ¿por qué yo? —murmuró Eponin por lo bajo al ver a Gabrielle caminando hacia ella.

Gabrielle intentó pasar al lado de la amazona, pero la guerrera colocó el cuerpo delante de la joven.

—Mi reina —dijo Eponin nerviosa—, sería mejor que no entraras.

—¿Xena está herida? —preguntó Gabrielle, temiéndose que no le habían dicho la verdad.

—En realidad, es orden de Xena... Gabrielle, no está precisamente... en su ser todavía —añadió Eponin en voz baja.

Gabrielle parecía herida por lo que había dicho la amazona. La joven reina intentó imaginar una razón, un motivo que explicara la actitud de Xena. No está precisamente en su ser.

Hacía mucho tiempo que la guerrera y ella no participaban en una batalla como ésta: era la primera desde que se habían hecho amantes. Gabrielle había ido desconfiando cada vez menos del tiempo que la guerrera pasaba a solas después de una gran batalla, suponiendo que buscaba algún tipo de descarga física o sexual. Pero ahora eran amantes y Gabrielle sabía que si no empezaban ahora, la próxima vez sería aún más difícil.

—Aparta, Eponin —ordenó Gabrielle.

—Gabrielle... —dudó Eponin.

—Eponin, tal vez deberías refrescarme la memoria... ¿es Xena la reina de la Nación Amazona? —preguntó Gabrielle, sorprendiendo a su amiga.

—No, mi reina.

—¿Necesito entonces recordarte a quién sirves?

—No, mi reina —contestó Eponin, echándose a un lado.

—¿Ep? —Gabrielle le puso una mano en el hombro a la guerrera—. Si parece que mi vida corre peligro... entonces puedes protegerme. Algunas cosas... incluso aquellas a las que no nos gusta enfrentarnos, son cosas que Xena y yo tenemos que solucionar por nuestra cuenta.

Eponin apartó el faldón de la tienda para que pasara Gabrielle, pensando que su amiga nunca se había parecido más a una reina como en este momento.


Gabrielle entró en la tienda y se vio rodeada de inmediato de una energía enigmática que manaba de la guerrera y hacía crepitar el aire del refugio de lona. Xena estaba al fondo de la tienda, con la armadura de combate todavía puesta, de pie en una pequeña bañera. A su lado había una bañera grande llena de agua humeante. La guerrera sostenía con los brazos un cubo de madera por encima de su cabeza y el agua caliente caía sobre su cara, su pelo y su cuerpo. Daba la espalda a Gabrielle y no pareció advertir que la joven reina había entrado en la tienda. Xena se agachó para llenar otro cubo de agua y repitió el proceso. La bardo vio trocitos de hueso, sangre y otros despojos que se soltaban del cuerpo y la armadura de la guerrera y caían a la bañera en la que estaba.

Cuando se hubo quitado del cuerpo la mayor parte de la batalla, Xena se irguió, sosteniendo el cubo vacío con brazos temblorosos. Levantó la cabeza y la ladeó ligeramente al tiempo que olfateaba el aire. Sus sentidos eran extraordinarios en circunstancias normales, pero atrapada como aún estaba en la pasión de su lujuria de combate, eran sobrenaturales.

—Ga-bri-elle —dijo con tono de advertencia—, sal de aquí.

La reina no se movió y Xena tiró el cubo al suelo y salió de la bañera, volviéndose para mirarla. El agua chorreaba por el cuerpo de la guerrera y seguía sangrando por una serie de cortes y rajas sin importancia y demasiado pequeños para cerrarlos con puntos. Gabrielle apenas los vio, pues estaba centrada en los ojos de la guerrera, que avanzaba despacio por la tienda hacia la reina.

Alargando la mano, Xena agarró bruscamente a la bardo del brazo y se la acercó, soltando un grave gruñido desde lo más hondo del pecho. Sus ojos se encontraron y Gabrielle vio que en los de la guerrera todavía había la bruma apasionada del campo de batalla. Esa lucha entre la vida y la muerte que, cuando vencía, le daba a la guerrera unos poderosos sentimientos y sensaciones de que podía, de que realmente necesitaba conquistar a todo el mundo y celebrar todos los aspectos físicos de estar viva. Esto era la lujuria de combate, y Gabrielle nunca hasta ahora había visto los ojos de su amante dirigiéndola hacia ella. Tal vez en una ocasión... con las Hordas, pero en aquel entonces no sabía en realidad qué era la lujuria de combate. Todos los guerreros usaban distintos métodos para dominar la lujuria de combate. Para la Princesa Guerrera siempre había sido el sexo. En los días en que el sexo para ella era un arma para conseguir poder, ambos acabaron unidos de modo inextricable.

Si alguna vez alguien le hubiera preguntado a la joven reina si pensaba que Xena le podría hacer daño de forma consciente, la respuesta habría sido siempre un no tajante. Ahora, la bardo tenía ante sí a una mujer que no era del todo consciente de quién era ella, ni siquiera de dónde estaba. La reina amazona tuvo que hacer acopio de hasta el último vestigio de valor que tenía para mirar a esos ojos, vidriosos de lujuria, y no comunicarle ese miedo a su amante.

El cuerpo entero de Xena se puso a temblar y a estremecerse al intentar reprimir las sensaciones que inundaban su cuerpo y su cerebro. Su esfuerzo por controlar sus deseos se fue imponiendo hasta que Gabrielle puso una mano tierna sobre el brazo de la guerrera.

Los relucientes ojos azules se aclararon por un instante, examinando las profundidades verdes de los de su amante.

—Por favor... Gabrielle... vete —dijo entre dientes.

Los ojos de Gabrielle brillaban con su propio fuego.

—Soy tu amante, Xena... No voy a dejarte para que te des alivio con tu propia mano. —Se quitó del brazo la mano férrea de la guerrera y colocó con ternura la palma de la mano de su amante sobre el colgante que llevaba alrededor del cuello—. Te pertenezco... yo soy la mujer, y ninguna otra, a cuya cama vas a acudir en busca de placer o alivio —dijo Gabrielle suavemente.

Xena apretó con la palma el colgante que reposaba sobre el corazón de su bardo, como para absorber cierto grado de calma a través de la joya. Al estar tan cerca del objeto de su deseo, Xena se apoyó en la bardo y aspiró el olor poderosamente excitante de Gabrielle. Nada habría satisfecho más a su libido nublada por el combate que asaltar sexualmente a su amante ahí mismo, pero se contuvo.

—Tengo miedo, Brie... —susurró al oído de la bardo—. Miedo... de hacerte daño. No sé si podré controlarme una vez empiece.

La respuesta de Gabrielle fue enredar los dedos en el pelo negro y húmedo de Xena y pegar con firmeza la boca de la guerrera a la suya, y cuando la lengua de Xena se deslizó vacilante en la boca abierta de la bardo, la guerrera estuvo segura. Cuando Xena metió la lengua entre los labios suaves de Gabrielle, la bardo gimió al sentir el familiar sabor de su amante que le llenaba la boca.

Apartándose para respirar, la bardo susurró las palabras que acabaron con el poco control que le quedaba a la guerrera.

—Necesito conocerte entera, Xena... ¡a la mujer y a la guerrera! —suplicó la reina amazona.

La actitud de Xena cambió ante los ojos de Gabrielle, pues el demonio de la guerrera llamó a la lujuria de combate que se alzaba y movía bajo la superficie. Con un profundo suspiro, la guerrera dio vida a la bestia y la dejó libre.

Xena se pegó a la mujer más joven, magullándole el cuerpo más menudo con su armadura mojada. Sus dedos se metieron por el pelo de Gabrielle y, agarrando agresivamente los mechones dorados con una mano, llevó bruscamente los labios de la bardo a los suyos. El beso fue frenético y lleno de necesidad, poderoso y urgente. La boca de la bardo atrapó el gruñido fiero que soltó la guerrera.

Gabrielle se puso a soltar las hebillas que sujetaban el peto y las hombreras de la guerrera. Xena tenía sus propias prioridades. La guerrera empujó a la joven contra la mesa, moviendo febrilmente las caderas sobre su amante y arrancando gemidos de placer a la bardo. Tras levantar a la mujer más menuda de forma que sus nalgas quedaran sentadas en el borde de la mesa, Xena se echó hacia atrás para quitarse el peto aflojado y prácticamente tiró la pesada armadura al otro extremo de la tienda. Se quitó sin miramientos sus propias bragas y agarró el cinturón de la bardo y le quitó de un tirón la falda de un solo movimiento. Tiró una vez y luego dos de la ropa interior de Gabrielle y le arrancó las bragas. La guerrera incrustó la rodilla en el caliente centro de la joven y se movió sobre la abundante humedad que había allí.

Una vez más, la guerrera agarró del pelo a Gabrielle y le echó la cabeza hacia atrás para dejarle el cuello expuesto. Besó y mordió todo el cuello de la bardo, succionando la carne hasta que sintió sabor a sangre. A horcajadas sobre el muslo de su amante, Xena no era consciente de nada salvo de su sexo húmedo que se frotaba en la pierna de la bardo. Subiendo las dos manos por la espalda de la bardo, Xena agarró con firmeza el corpiño de cuero y lo rompió, tras lo cual le quitó la prenda de los hombros casi con reverencia, comparado con la forma en que había desgarrado el cuero tostado.

Xena soltó los hombros de la bardo, se quitó las manos de su amante de alrededor del cuello y se las puso a la mujer más menuda a la espalda con firmeza. Mientras, las caderas de Xena no dejaban de moverse sobre el muslo de su amante. La guerrera notó que las caderas de la bardo se movían hacia arriba y contra ella, se pasó las muñecas de la bardo a la mano izquierda y susurró, dejando que sus labios acariciaran la oreja derecha de la bardo:

—¿Es esto lo que quieres? —Y metió los dedos en la humedad caliente que tenía Gabrielle entre las piernas.

Gabrielle soltó una exclamación con la voz ronca de pasión e intentó levantar las caderas de la mesa para meterse dentro la mano de la guerrera.

—Xena, por favor... —rogó la reina—, necesito sentirte... necesito conocerte entera.

Xena metió la mano dentro de la bardo, clavándose en ella con una fuerza que nunca hasta entonces había empleado. La respuesta de Gabrielle sorprendió a la guerrera, pues la joven se puso a empujar con frenesí contra la mano entera de la guerrera, que estaba empapada de la humedad de la bardo.

Los gruñidos de placer de Gabrielle atravesaron la niebla libidinosa de la guerrera y unas descargas abrasadoras de deseo empezaron a girar alrededor de su centro. Siguió moviendo la mano derecha dentro de su amante, soltó las muñecas de la joven y alzando la mano izquierda, cubrió con la palma el colgante que llevaba Gabrielle sobre el corazón.

—Mía —dijo la guerrera con un gruñido ronco—. Me perteneces, Gabrielle... sólo a mí...

—Sólo a ti, amor mío —gimió Gabrielle, al tiempo que su propio deseo la empujaba hacia el borde de un poderoso orgasmo.

Las palabras de su bardo se apoderaron de las pasiones de la guerrera y se clavaron en su alma. Se dejó caer en el torbellino que giraba enérgicamente a su alrededor y perdió la conciencia de todo salvo del fuego que tenía en el centro y del movimiento de su brazo que transportaba a Gabrielle con ella.

Ambas mujeres gritaron el nombre de la otra cuando cayeron al centro del vórtice juntas, sintiendo que el aire cobraba vida lleno de poder y luz.

Mientras se aferraban la una a la otra y jadeaban sin aliento, la guerrera volvió el cuerpo para apoyarse en la mesa, acunando a la bardo en sus fuertes brazos. Pasó un largo rato hasta que las dos consiguieron controlar la respiración y entonces Xena se puso a mover las manos ligeramente por la carne expuesta del pequeño cuerpo de la bardo, sin parar de darle besos cariñosos en la boca.

Gabrielle se dio cuenta de que los ojos de la guerrera todavía ardían con un fuego tácito.

—¿Qué ocurrre, amor? —preguntó la reina entre beso y beso.

—Gabrielle... necesito... —susurró Xena con la voz aún ronca de emoción.

—Lo que quieras, Xe... lo que quieras —replicó la bardo con ternura.

—Necesito sentirte... dentro de mí...

Gabrielle llevó despacio a la guerrera hacia la bañera y, colocándose detrás de ella, aflojó los cordones de la túnica de cuero de la guerrera. La joven reina le quitó las botas a la guerrera y luego bajó la túnica de cuero y se la quitó a Xena del cuerpo, la cogió de la mano y la llevó al agua todavía caliente. Pasó el jabón por sus cuerpos, eliminando los últimos vestigios de la batalla, y masajeó los músculos llenos de tensión hasta que la guerrera se sintió tan blánda como el agua que rodeaba a las dos amantes.

Xena se recostó en la pared de la bañera y Gabrielle se sentó a horcajadas sobre las caderas de la guerrera. Echándose hacia delante para atrapar los labios de la bardo, la guerrera gimió con el beso al notar el tronco de la joven pegado con firmeza al suyo, las fuertes piernas alrededor de su cintura y el cálido centro de la bardo pegado a su vientre, justo encima de sus propios rizos.

Deslizando una mano entre las dos, Gabrielle bajó por los rizos oscuros que tenía la guerrera entre las piernas. Xena echó la cabeza hacia atrás y gruñó apasionadamente cuando la bardo la penetró con dos dedos.

Xena se deleitó en la tranquila penetración de la bardo, ahora sin prisas y tierna. Pegando su propia mano con firmeza al sexo de la bardo, acarició con ternura la carne hinchada. Con delicadeza, la acarició entera, sin tocar la protuberancia endurecida que no tardó en solicitar su atención. Abrazadas estrechamente, la reina y su guerrera se llevaron mutuamente a un orgasmo simultáneo y apacible que las dejó a las dos no sólo saciadas, sino además contentas.

Mientras yacían satisfechas la una en brazos de la otra, la guerrera levantó con cuidado la barbilla de su bardo y depositó un beso bien merecido en los labios de Gabrielle.


Hubo muchas lágrimas cuando Cirene recibió a sus hijas, dando gracias a los dioses que habían escuchado sus plegarias. Al principio, la posada fue un lugar sombrío, mientras las amazonas heridas iban recuperando la salud y todos los que se habían visto implicados en la batalla se enfrentaban a sus demonios personales. Sin embargo, la alegría no tardó en volver a los ojos de todos.

Era como si todo el mundo se dejara influir por la guerrera y su bardo. Al principio, las dos estuvieron calladas y se mantuvieron aparte, cenando en su habitación y manteniendo largas conversaciones por la noche. Como todo en la vida, por fin consiguieron encajarlo todo en su sitio y ver las cosas desde una nueva perspectiva.

Estaban todas reunidas alrededor de una gran mesa de la taberna, después de haber escuchado una de las historias de Gabrielle.

—Sabes, Eph —empezó Gabrielle—, al final no he sabido cómo es que todas vosotras conseguisteis llegar aquí tan deprisa... ¿qué pasa?

Xena levantó la cabeza de golpe y echó una mirada fulminante por la mesa. Ephiny se puso a soltar ruidos incoherentes. Las miradas que le echaba la Princesa Guerrera estaban empezando a ponerla nerviosa. Entretanto, Gabrielle se echó hacia delante, esperando con inocencia a que la regente contestara, mientras el resto de la mesa descubría cosas interesantísimas en el fondo de sus jarras.

—Pues, mm... pues... aah... —Ephiny clavó la mirada en Xena, gritándole a la guerrera mentalmente, Haz algo, Xena... lo que sea... ¡pero ya, ya, ya!

Fue entonces cuando Xena hizo lo único que se le ocurrió en ese momento.

Derramó el contenido entero de su jarra sobre el pecho y el regazo de Gabrielle.

—Por los dioses —exclamó Gabrielle, levantándose de un salto cuando el oporto le empapó el corpiño y la falda.

—Cuánto lo siento, Brie. Será mejor que pongas eso a remojo ahora mismo... vamos, deja que te ayude —dijo Xena, tirando de la mano de la bardo para llevarla a su habitación.

—Xena, ¿estás segura de que te encuentras bien? —preguntó Gabrielle mientras se lavaba el oporto del cuerpo con un paño húmedo.

—Claro... es sólo que he estado un poco manazas, creo —contestó Xena mientras metía la ropa de la bardo en un cubo de agua para dejarla a remojo durante la noche.

La guerrera se volvió hacia la bardo, una bardo muy desnuda, y sintió un fuerte ataque de calor por todo el cuerpo. Colocándose detrás de la joven, Xena se puso a susurrar al oído de la bardo todas las razones que se le ocurrían para no volver abajo. Cuando la bardo le estaba quitando a la guerrera la túnica de cuero, Xena tuvo la impresión de que había un motivo por el que no quería que Gabrielle volviera abajo, pero aparte de lo evidente, en ese momento no lograba acordarse.


Tal y como había previsto, Xena vomitó.

No tenía el estómago tan atacado de nervios desde que era pequeña. La guerrera se enjuagó la boca y masticó un puñado de hojas de menta para calmarse el estómago. ¡Creo que no vomitaba desde que tenía cinco años! Xena se habría sentido mucho menos enferma si pudiera estar segura de que esto era lo que quería Gabrielle. ¿Y si me rechaza... delante de todo el mundo?

—Estás estupenda —mintió Eponin.

—Ya —contestó Xena—. Me sentiría mucho mejor si supiera cuál va a ser su respuesta —dijo Xena con voz temblorosa—. Ella habla contigo, Ep... ¿qué va a decir?

—Xena, no te puedo decir lo que Gabrielle y yo hablamos en privado... ¡aaah! ¡Shena... shuéldame la cada!

La guerrera había agarrado la cara de la amazona y se puso a apretar las mejillas de Eponin hasta que se le empezó a poner la cara azul.

—A ver si me entiendes, Ep... ¡o me lo dices o... te... mato! —bufó Xena.

—Shí... ¡la deshbueshda shedá shí! —Eponin se soltó y se estiró y masajeó los músculos faciales para aliviarse el dolor.

Xena miró a la amazona con ojos aterrorizados.

—Me quiere de verdad, ¿no, Ep? —preguntó Xena, aunque ya conocía la respuesta.

Eponin sonrió, meneando la cabeza al mirar a la guerrera normalmente estoica y reservada.

—Sí, Xena... te quiere de verdad.

Xena sonrió al oírlo y su lenguaje corporal indicó el cambio de sus emociones.

—Mm, por cierto, Ep... eso de "matarte"... bueno, era una broma. ¿Me perdonas?

—Ya —contestó la guerrera, frotándose la mandíbula dolorida.


—Majestad —le dijo Ephiny a Gabrielle con formalidad.

—¿Eph? —preguntó Gabrielle. Era mediodía y la bardo acababa de contarles unas historias a unos niños. Estaba sentada a una mesa pequeña, bebiendo una taza de té con Cirene y preguntándose por qué todavía no había empezado a llegar la gente para comer.

—Ha venido una persona con una petición para la Nación Amazona y una solicitud formal para la reina —declaró Ephiny crípticamente.

—Vale. —Gabrielle se levantó para seguir a la regente.

—Tendrás que ponerte ropa oficial —dijo Ephiny.

—Bueno, tardaré un momento en ponerme el cuero... —empezó a decir Gabrielle.

—En realidad, tienes unos dos marcas hasta que llegue. —Ephiny cogió a Gabrielle del brazo y tiró de la reina para llevársela arriba—. Yo te ayudo.

—Y yo —dijo Cirene, levantándose de la mesa—. Un buen baño caliente te vendría muy bien para relajarte —dijo, tirando del otro brazo de Gabrielle.

—Pero si ya estoy relajada —protestó Gabrielle mientras las dos mujeres se la llevaban arriba prácticamente a rastras.


Gabrielle tuvo que reconocer que se sentía mejor después del baño. Cirene la había ayudado a recogerse el pelo para apartárselo de los hombros y la regente estaba detrás de la joven reina ajustándole las hombreras.

—Eph, ¿quién trae esta petición? —preguntó Gabrielle.

—Mm... una princesa —contestó Ephiny con cautela.

—¿Y qué quiere?

—Aah... formar una alianza —sonrió Ephiny.

Gabrielle se ajustó las botas una última vez.

—¿Tú qué opinas... esta alianza te parece buena idea?

—Bueno, creo que eso realmente lo deberías decidir tú. Es decir, escucha la petición y piensa a ver si te convence.

—¿Pero no tienes una opinión? —preguntó Gabrielle.

—La verdad es que mi opinión personal es que podría ser una alianza muy beneficiosa para ambas partes. ¿Estás lista? —preguntó Ephiny, intentando eludir cualquier otra pregunta de su reina.


Ephiny llevó a Gabrielle al porche de entrada de la posada. Había cuatro escalones hasta lo alto del porche y habían acordado que sería un estrado perfecto. Cuando Gabrielle salió por la puerta de la posada vio que el camino estaba flanqueado de amazonas a cada lado y todas cayeron sobre una rodilla al ver a su reina. Gabrielle puso los ojos en blanco. ¡Dioses, cómo odio que hagan eso!

Empezaron a sonar unos tambores y las amazonas arrodilladas se levantaron y se cuadraron cuando una procesión empezó a subir por el camino. Eponin iba al frente de diez amazonas a caballo. Todas llevaban una pequeña tira de seda morada atada alrededor del brazo. La procesión llegó despacio y la guerrera desmontó. Eponin desenrolló un pergamino y se puso a leer.

—Pueblo de la Nación Amazona. Hoy se presenta una petición ante nuestra Nación. Por primera vez desde que Gabrielle se convirtió en nuestra reina, alguien de fuera de nuestra aldea se presenta con una propuesta de matrimonio. ¿Qué decís, amazonas? ¿Permitimos que la persona que lo solicita presente sus argumentos ante nuestra reina? —terminó Eponin.

—Sí —dijeron a la vez casi setenta amazonas.

Si Gabrielle se hubiera quedado más boquiabierta, se le habría caído la mandíbula al suelo. ¡¿Matrimonio?! ¿Pero están locas?

Eponin se situó delante de Gabrielle y cayó sobre una rodilla, dejando el pergamino a sus pies.

—Mi reina, la Nación Amazona ha dado su permiso para que una persona de fuera te pida que te unas a ella en una ceremonia de unión. ¿Permites que esta persona defienda sus argumentos?

Gabrielle observó los rostros de sus amigas y súbditas, preguntándose de repente dónde estaba Xena. Al principio ni se le había ocurrido pensar que su amante no estaba allí. ¡No puede ser! Ella no haría... no podría... Xena se tiraría sobre su propia espada antes que presentarse ante toda esta gente... ¡incluso por mí!

Con todo, la reina tenía que saberlo y cuando asintió automáticamente con la cabeza, una nueva procesión subió por el camino. Gabrielle se quedó sin aliento y tuvo que recordarse que debía respirar. Puedes hacerlo... respira, dentro... fuera.

Las veinte amazonas que rodeaban a la solicitante rompieron la formación al llegar cerca de la posada para dejar que Xena se situara a la cabeza del grupo. La morena guerrera llevaba el pelo suelto, que le enmarcaba suavemente la cara y se derramaba por su espalda y sus anchos hombros. En lugar de su armadura de siempre, llevaba ajustados pantalones negros, metidos por dentro de unas botas negras de cuero hasta las rodillas, con adornos de plata. En lugar de su habitual túnica de cuero, la guerrera llevaba una ondeante camisa de seda de manga larga, cuyo color morado quedaba algo oculto bajo el chaleco negro de cuero cerrado por delante con hebillas. La procesión se detuvo por fin y Xena desmontó.

Gabrielle tenía los sentidos absolutamente sobrecargados. Cuando Xena se quedó allí plantada, con la mirada azul clavada en la reina, sus pantalones ajustados y la forma en que le sentaba el chaleco de cuero no dejaban lugar a dudas de que se trataba de una mujer. De ser posible, en realidad parecía más femenina con este atuendo que con su reveladora túnica de cuero, pero exactamente igual de poderosa.

—Majestad. —Xena hizo una profunda reverencia. Al darse cuenta de que la guerrera estaba esperando a que ella hiciera algún gesto antes de continuar, Gabrielle asintió.

Xena se volvió hacia las amazonas y, respirando hondo, habló con voz alta y clara.

—Pueblo de la Nación Amazona, os doy las gracias por permitirme hacer esta petición. —Y la guerrera volvió a inclinarse.

Xena caminó hacia la reina, despacio, cada paso pleno de elegancia y poder. Dejándose caer sobre una rodilla, la guerrera se quitó el chakram del cinto y desenvainó la espada que llevaba enfundada a la espalda.

—Reina Gabrielle, soy Xena de Anfípolis. Sólo soy una guerrera. No tengo riquezas con las que tentarte ni reinos con los que aliarte. En realidad, tengo muy poco que ofrecerte.

Xena dejó sus armas a los pies de la reina.

—Lo poco que tengo te lo entrego de buen grado. Te ofrezco mi espada, para protegeros a ti y a tu pueblo hasta que no me quede aliento. Te ofrezco mi cuerpo, para darte consuelo, seguridad y placer hasta que dejemos de pertenecer a este plano mortal. Sin embargo, en este momento no puedo entregarte mi corazón.

Un murmullo grave corrió por la multitud y Gabrielle levantó una mano para acallarlo, sin dejar de mirar a la guerrera. Cuando volvió a hacerse el silencio, la guerrera continuó.

—Como he dicho, en este momento no puedo entregarte mi corazón, pues, a fin de cuentas, si te fijas bien, te darás cuenta de que ya lo posees. Has sido dueña de mi corazón desde el primer momento en que te vi.

Xena se alzó y subió los escalones de la posada. Arrodillándose ante la joven reina, cogió la mano de la joven con la suya.

—Gabrielle, eres la única mujer a la que he hecho y haré esta pregunta... ¿quieres casarte conmigo?

Gabrielle nunca en toda su vida se había sentido tan especial, tan querida. Había renunciado a la esperanza de que Xena quisiera alguna vez comprometerse de una forma tan completa y, ni en sus fantasías más calenturientas, había llegado a soñar que la guerrera pudiera montar tal espectáculo. Se sentía emocionada y asustada al mismo tiempo. Estaba sin habla. Sin embargo, Gabrielle era bardo, y la espectacular presentación y el amor que sentía por esta mujer la impulsaron a lucir su propia capacidad verbal.

—Dices que tienes muy poco que ofrecerme. Yo creo que subestimas tu propia valía —dijo Gabrielle, empezando a animarse con el tema—. Pero acepto lo que me ofreces, guerrera. Acepto tus armas y espero de ti que seas la campeona de mi trono y la defensora de mi honor. Acepto también tu cuerpo —continuó, enarcando una ceja con aire sugestivo—, y espero de ti que sirvas únicamente a mis necesidades y a las de nadie más. Y tu corazón... me quedo con tu corazón y te doy otro a cambio. Ahora te entrego mi corazón, que tú robaste hace ya tanto tiempo.

Gabrielle se volvió hacia la madre de Xena.

—Cirene, ¿todavía lo tienes?

Cirene sonrió y sacó el paquete de cuero de su faltriquera.

—Sí, Xena de Anfípolis, me quiero casar contigo —dijo, con los ojos tan llenos de lágrimas como los de la guerrera.

Gabrielle alzó el collar que había hecho para su guerrera, de modo que todos lo vieran.

—Xena, por favor, acepta este collar como prueba de mi buena fe, como voto de mi sinceridad y como símbolo de mi amor por ti.

Gabrielle se inclinó y depositó un cálido beso en los labios de la guerrera, tras lo cual pasó el collar por la cabeza de Xena.

El aire estalló de inmediato con aplausos y gritos mientras la reina amazona ponía de pie a la guerrera y hacía lo que la guerrera había pensado en hacer algún día: besarla a fondo, delante mismo de su madre.

—Guau —dijo Xena cuando las dos se separaron por fin.

—¿La mejor guerrera de Grecia y lo único que se te ocurre decir es guau? —le tomó el pelo Gabrielle.

—No sé... me parece que eso lo dice todo —dijo Xena con una sonrisa.


FIN


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