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—¿Sabes que ese monstruo ruge incluso cuando estás dormida? —le dijo Xena a la bardo.

Las dos amantes yacían envueltas en las grandes y suaves toallas que la guerrera le había sacado a Hécuba. Xena se levantó de un salto para abrir la cesta de comida en cuanto oyó el rugido del estómago de Gabrielle, reprendiendo a su amante por no haber cenado.

—Es que estaba demasiado nerviosa para comer... Ya sé que parece raro, pero a veces me ocurre —dijo—. Caray, ¿de dónde has sacado tanta comida? ¿Y a quién has convencido para que te haga esto? —preguntó Gabrielle, abriendo el paño donde estaban los pastelillos redondos con el relleno rojo de fruta que tanto le gustaban a su guerrera.

—He ayudado a tu madre —dijo Xena, sin mirar a la bardo.

—¿Que has ayudado a hacerlos? —preguntó la bardo con desconfianza.

—Bueno, compré todos los ingredientes... eso es ayudar —dijo Xena, cogiendo uno de los pastelillos y metiéndoselo en la boca—. Y los hace casi tan bien como tú. No tanto, pero casi —terminó, ganándose un beso de su bardo.

Cuando ambas mujeres hubieron comido y Xena echó unos cuantos leños más al fuego, se quitaron las toallas y se tumbaron desnudas la una en brazos de la otra, dejando que el calor del fuego mantuviera a raya el frío de la noche.

—Esto es maravilloso, Xena... todo esto. Muchísimas gracias, amor —susurró Gabrielle.

—No hay de qué, pero esto es sólo parte de tu sorpresa —dijo la guerrera con un tono seductor que rezumaba deseo.

Xena abrazó a Gabrielle, pegando sus pechos a la carne lisa y musculosa de la espalda de la bardo. Notó que sus pezones se deslizaban por la piel de su amante y que esos pequeños montes de carne se endurecían de excitación. Agarrando las caderas de la joven, la guerrera movió su sexo sobre el firme trasero de la bardo, haciendo gemir a su amante desde lo más profundo de la garganta.

—¿No te dije que me las ibas a pagar? —susurró la guerrera, algo jadeante, en el oído de la bardo, recordando cómo la había tomado su bardo anteriormente.

Xena estrechó a la joven con más fuerza y se puso a explorar el cuerpo de la bardo por delante con manos fuertes y posesivas.

—¿Es esto lo que quieres, mi reina... que te tome tu guerrera?

—Oh, dioses... ¡sí! —exclamó Gabrielle.

—Dime, mi reina... ¿cómo te gustaría que te tomara? ¿Con fuerza y deprisa... te correrás para mí mientras mi mano se mueve dentro de ti?

Xena metió la mano en los rizos del color de la miel y movió los dedos en la humedad de su amante, al tiempo que Gabrielle gemía y empujaba hacia atrás con las caderas pegándose a la guerrera.

—¿O te gustaría que fuese lento y torturante, acariciándote apenas con la lengua hasta que me supliques el orgasmo? —Xena empujó a su vez a la joven con las caderas y su propia humedad causó una ligera fricción entre su centro y las nalgas de la bardo.

—Ohhh —gimió Gabrielle indecisa.

—¿Estás sin habla? —preguntó la guerrera—. Pues deja que te diga lo que te voy a hacer, mi reina. Te voy a tomar una y otra vez hasta que yo me quede satisfecha... como a me guste y como a me plazca. —Pegó con fuerza el cuerpo de la bardo al suyo—. Luego te tomaré hasta que grites mi nombre sin parar.

—Por los dioses. —El cuerpo entero de Gabrielle temblaba de placer mientras la guerrera continuaba pintando una imagen visual de lo que iba a traer la noche. Cuando Xena empezó a cumplir sus promesas, el último pensamiento coherente de la joven reina fue que la parte de su relación que tenía que ver con "desquitarse" estaba empezando a tener un gran éxito.


—Jamás olvidaré este sitio —dijo Gabrielle, volviéndose para mirar el campamento que la guerrera y ella iban dejando atrás mientras cabalgaban a lomos de la yegua dorada.

—Tendremos que venir a hacer una visita cada vez que pasemos por aquí —sonrió Xena, sintiendo el calor de los brazos de Gabrielle alrededor de su cintura.

—Gracias, Xena... por todo —añadió, enarcando una ceja con aire sugestivo.

—Creo que debería ser yo la que te diera a ti las gracias... además, no soy yo la que camina raro esta mañana —terminó con una ufana sonrisa de satisfacción.

—¡Sí, pero toda esa irritación ha merecido la pena hasta el final! —replicó apasionadamente, besando a la guerrera en el cuello.

Xena cerró los ojos un momento, reviviendo las pasiones de la noche. Ni en sus fantasías más eróticas había llegado a soñar siquiera que Gabrielle pudiera ser esta clase de amante: tan entusiasta y tan dispuesta a probar cualquier tipo nuevo de placer sensual. No había fantasía que Xena tuviera encerrada en la mente que su bardo no estuviera dispuesta a hacer realidad y no sólo por dar placer a su guerrera. Xena pensaba que tal vez lo más excitante de esta bella amante suya era el hecho de que, en el fondo, las fantasías y apetitos sexuales de la joven reina podían competir con los de la Princesa Guerrera.

Cabalgaron durante poco más de una marca y por fin llegaron a casa de los padres de Gabrielle. Lila estaba fuera del establo, con la cara bañada en lágrimas, abrazando estrechamente contra su cuerpo unas pequeñas bolsas y el estuche de pergaminos de Gabrielle.

Ambas mujeres desmontaron rápidamente y corrieron hasta la aterrorizada muchacha.

—He conseguido sacar todas tus cosas antes de que él pudiera cogerlas —dijo sollozando.

—¿A quién te refieres... a padre? —preguntó Gabrielle.

—Sí —contestó con voz trémula—. ¡Gabrielle, quería quemar tus pergaminos!

—Eso es, los iba a quemar —dijo Herodoto con desprecio, saliendo del establo.

—No pensé que el hecho de que nos fuéramos temprano anoche de la posada iba a causar problemas, padre —dijo Gabrielle con calma.

—Ha causado más que problemas... ¡ha causado habladurías! ¡Anoche todos los borrachos de la taberna tenían algo que decir sobre ti y esa, esa... ramera de ahí!

Los ojos de Gabrielle se transformaron en fuego verde y avanzó hacia su padre. Xena agarró a la joven por los hombros para impedir que se acercara más. Esa noche la guerrera vería los cardenales que sus dedos iban a dejar en los hombros de la bardo al agarrarla con tanta fuerza para evitar que se lanzara contra el hombre.

—No merece la pena, Brie —le susurró Xena al oído. En cuanto oyó el tono tranquilizador de la voz de su amante, el genio de Gabrielle se empezó a calmar.

—Nos marchamos ahora mismo —le dijo a su padre, que se alejaba.

Xena se puso a cargar sus pertenencias sobre Argo, descargando al mismo tiempo las cosas que le había pedido prestadas a Hécuba el día anterior. Gabrielle abrazó a Lila y le habló con tono apacible y bajo para tranquilizar a la asustada muchacha.

—Lila, no quiero que tengas miedo. Como siempre, padre está enfadado conmigo, no contigo. Pero si alguna vez necesitas marcharte de aquí... si alguna vez tienes demasiado miedo de quedarte, siempre puedes acudir a las amazonas, ellas te protegerán. Sólo tienes que llegar a la frontera del territorio de las amazonas y preguntar por Eponin, ¿recuerdas que la has conocido? Ephiny es la regente, que gobierna mientras yo estoy fuera. Si alguna vez ocurre algo... —Gabrielle no quería asustar a su hermana con lo que pensaba que podía ocurrir, pero ¿y si su padre se volvía contra Lila como lo había hecho con ella? La muchacha necesitaba una forma de encontrar a su hermana—. Si alguna vez ocurre algo, busca a Ephiny o a Eponin y ellas sabrán cómo encontrarnos, ¿de acuerdo? —terminó Gabrielle.

Lila asintió con la cabeza, sin saber qué circunstancias podrían darse para que ella tuviera que huir y buscar a las amazonas, pero sabía que ella no era ni por asomo tan valiente como su hermana y que se moriría de miedo si tuviera que huir de casa.

Justo entonces Hécuba salió por la puerta de la cabaña, con un fardo envuelto en un paño.

—Lo siento, Gabrielle... ya sabes cómo es —dijo la mujer mayor con tristeza, sin mencionar el nombre de Herodoto.

—Tranquila, madre. No quería avergonzarte...

—No, ni lo pienses siquiera. —La madre tocó con ternura la mejilla de su hija—. No has hecho nada de lo que tengas que avergonzarte. Los hombres de los que hablaba tu padre eran dos borrachos a los que Delos echó anoche de la taberna. —Hécuba agarró a la joven de los hombros—. Todos los que oyeron tu historia anoche están orgullosísimos de ti... orgullosos de la persona en la que te has convertido... sobre todo yo.

—¿Por qué siempre me ha odiado? —Gabrielle por fin dijo en voz alta lo que llevaba años atormentándola.

—No eres tú, niña... es a quién ve cuando te mira. Perdóname, Gabrielle, pero no puedo decirte más... lo haría si pudiera.

—No comprendo por qué eres tan críptica, madre. ¿Llegará alguna vez el momento en que me puedas decir de qué estás hablando? —preguntó Gabrielle.

—Sí... ya buscaré la manera —dijo la mujer mayor con ternura, besando a su hija en la frente.

Gabrielle acató los deseos de su madre, aunque un poco a regañadientes.

—Cuida de tu guerrera, nunca encontrarás a otra como ella —dijo Hécuba cuando Xena se acercó y se puso detrás de la bardo—. Y Xena... cuida de esta pequeña. Te podrá sacar de quicio, eso seguro...

Xena se echó a reír y Gabrielle se sonrojó al oír aquello.

—...Pero te servirá de entrenamiento para cuando tengáis vuestros propios hijos.

A Gabrielle le habría encantado tener un modo de preservar la expresión de Xena. A la guerrera se le pusieron los ojos como platos y una cara que era una mezcla de pánico y risa.

Los comentarios de Hécuba animaron el ambiente y luego se quedó mirando llorosa mientras su hija y su compañera se montaban en Argo y se alejaban cabalgando.

—Aunque no hagas nada más... protégela —murmuró Hécuba en voz alta mientras regresaba a la casa.


—¿Lista para hacer noche? —le preguntó Xena a la joven que caminaba a su lado.

Al principio se preocupó cuando Gabrielle dijo que quería caminar. El atípico silencio de su joven amante siempre tendía a preocupar a la guerrera, pero esta vez sabía que Gabrielle estaba intentando procesar todo lo que había ocurrido esa mañana, así como el críptico mensaje de su madre. De modo que avanzó a paso lento a lomos de la yegua mientras Gabrielle caminaba a su lado a su paso natural.

Gabrielle sabía que Xena se preocupaba cuando ella se quedaba callada, pero su guerrera parecía estar tomándoselo hoy con calma. La morena guerrera parecía un poco preocupada, por lo que de vez en cuando la bardo apoyaba la mano en la rodilla de la guerrera o le sonreía, para hacerle saber que agradecía el espacio que le estaba dando. Cuando Xena preguntó si estaba lista para acampar, sus pies le dijeron: "¡Por Gea, sí!" Hacía unas cuantas lunas que no viajaban así y la bardo pensaba que a su cuerpo le hacía falta un poco de tiempo para volver a ponerse en forma. Le dolía la espalda y le habría gustado estar otra vez en el manantial caliente que alimentaba el lago de Potedaia.

—Más que lista.

Xena advirtió que Gabrielle se estiraba y se frotaba los riñones y se dio cuenta con esa acción de cuál era el olor nuevo que percibía en Gabrielle. Sonrió porque seguramente la bardo misma todavía no lo sabía. Aparte de todo lo que había ocurrido esa mañana, probablemente el inusual silencio de la bardo también se debía a eso.

Xena desmontó y guió la marcha hacia el interior del bosque. Percibía la humedad fresca de un arroyo cercano y siguió sus instintos hasta que llegaron la cala de un ancho arroyo, cuya agua se recogía en un pequeño remanso rodeado de rocas y bosque.

Gabrielle fue a orinar y descubrió sangre en la parte interna de los muslos.

—¡Estupendo! Justo lo que me faltaba... supongo que eso explica los calambres y el dolor de espalda.

Para cuando la bardo regresó, Xena ya había recogido leña y prácticamente había terminado de instalar el campamento. Por el rabillo del ojo, la guerrera vio que Gabrielle hurgaba en su zurrón en busca de un paño y del pequeño cinturón de cuero que se ponía la bardo debajo de la ropa interior en esta época de la luna.

—Necesito un baño —dijo la bardo, sin invitar a la guerrera a unirse a ella. Xena no se ofendió y sonrió con cariño a su amante. Sentía un poco de compasión por la joven, cuyo ciclo era mucho peor de lo que había tenido que sufrir la guerrera en su vida.

—Yo voy a cazar algo para cenar... tómate tu tiempo, amor —dijo Xena con ternura.


Gabrielle estaba tumbada boca abajo sobre una gran roca plana, disfrutando de la sensación del sol del atardecer en la espalda. Sólo llevaba el delgado cinturón de cuero y el paño protector y su ropa y la vara estaban sobre las rocas a su lado.

No paraba de dar vueltas a las palabras de su madre. No eres tú, niña... es a quién ve cuando te mira.

¿A quién podría ver salvo a mí? Justo entonces, una leve sensación se abrió paso en su cerebro. ¿Era real o sólo se había imaginado este recuerdo?

—¡Te lo juro, Hécuba, un día le voy a partir el cuello!

—Delos, baja la voz, que las niñas están echando la siesta.

—Tiene dos hijas y ¡por los dioses, más vale que empiece a demostrarlo! Trata a la pequeña Gabrielle como yo no trataría ni a mi perro.

—Ya lo sé, hermano... no sé qué más quiere... Estoy con él, ¿no?

El fugaz recuerdo terminó tan bruscamente como había empezado y Gabrielle pensó que se debía de haber quedado dormida. Un sueño... sólo era eso. Se dio cuenta de que debía de estar haciéndose tarde y que Xena se preocuparía por ella, de modo que se vistió rápidamente y recorrió el corto trayecto de vuelta al campamento, mientras el extraño recuerdo le flotaba por la mente.

Al entrar en el claro, Gabrielle vio a Xena echando trozos pequeños de conejo en una olla junto con algunas verduras silvestres. Ya había encendido una pequeña hoguera y había agua hirviendo en la tetera que usaban para hacer infusiones.

—Me parece que me he entretenido... lo siento, Xe.

—No te preocupes —sonrió la guerrera—. He ido a ver cómo estabas un par de veces y parecías dormida, así que he empezado sin ti —terminó con una sonrisa encantadora que dejó tan hechizada a la joven bardo que su mal humor se disipó.

Vale, ¿por qué está siendo tan extraordinariamente amable?, se preguntó Gabrielle.

—Bueno, Brie... te toca. Lo he puesto todo en la olla como me has enseñado... ahora haz lo que tú sabes hacer y que yo nunca parezco capaz de aprender y que consigue que esto sea comestible —dijo la guerrera con humor.

Gabrielle se echó a reír, se puso a espolvorear el guiso con una serie de hierbas y luego lo dejó al fuego sobre unas piedras. El aroma que salía de la olla era prueba de lo que decía la guerrera. Levantándose y volviéndose hacia su amante, Gabrielle recibió una humeante taza de infusión que olía a menta y frambuesa.

—¿Cómo lo sabías? —preguntó, pues la indicación era que se trataba de la infusión que su amante le hacía siempre durante los ciclos dolorosos.

—Te conozco —contestó Xena, llevando a la joven al petate que había preparado. La silla de Argo estaba colocada apoyada en un tronco caído, con un par de mantas encima como cojín. Había echado el petate por encima para que Gabrielle tuviera un almohadón en el que apoyar la espalda.

Xena acomodó a la joven en el petate y dejó que la bardo se bebiera la infusión. La guerrera se levantó y fue rápidamente al fuego, donde echó agua caliente de la tetera en un odre de agua vacío. Asegurándose de que no estuviera demasiado caliente, llevó el objeto al petate y dejó que la bardo se acurrucara alrededor del calor. Se puso a frotar la espalda de la joven haciendo pequeños círculos, dejando que la bardo se apoyara en ella al mismo tiempo.

—Qué gusto me da eso... y esto sabe muy bien, gracias, Xe —terminó, indicando la taza caliente de infusión.

—Lleva algo para aliviarte la espalda y los dolores —contestó la guerrera.

—Pero me va a dar sueño, ¿verdad? —preguntó Gabrielle.

—Efectivamente —dijo Xena mientras arropaba la figura ya soñolienta de su amante con una manta—. Échate una siestecita y para cuando el guiso esté hecho, te encontrarás mucho mejor. ¿Quieres que me tumbe un ratito contigo?

Gabrielle asintió adormilada y se sintió envuelta en el reconfortante calor de su guerrera, cuya mano masajeaba ahora el dolorido abdomen de la bardo.

A Xena le encantaba en secreto la sensación de tener a la bardo en sus brazos de esta manera, y no pudo evitar sonreír al ver la cara de "niña pequeña" que tenía su amante. A veces Gabrielle intentaba soportar en silencio el dolor físico y Xena nunca se animaba a confesarle a la joven que de esta forma se sentía útil y necesitada. A la guerrera le costaba describir la sensación con palabras, incluso para sí misma. Tenía tan poco que ofrecer a la mujer que amaba, en términos físicos. Sin embargo, sí que sabía hacer cosas, y si esas cosas suponían la más mínima comodidad para Gabrielle, en eso era en lo que encontraba placer el corazón de la guerrera. Cuando Xena se encontraba enferma o molesta, quería hacer un agujero y escapar de la humanidad. Gabrielle había aprendido a no acercarse demasiado en esas ocasiones, porque la guerrera le ladraba a la menor señal de consuelo. Gabrielle, sin embargo, necesitaba mimos.

Xena se apoyó en la silla y se relajó con la agradable sensación de la espalda de Gabrielle pegada a su pecho. Hundió la cara en el pelo de la bardo y aspiró profundamente. Sus sentidos eran sobrenaturales comparados con los del común de los mortales. Tanto si se debían al entrenamiento, al igual que sus habilidades de guerrera, como si eran un regalo de los dioses al nacer, Xena los aprovechaba al máximo. Sintió que algo se agitaba en su corazón al aspirar el característico olor de su amante, junto con el olor dulce y metálico de la sangre que llevaría encima durante los próximos días. La bardo se quedó dormida rápidamente en los reconfortantes brazos de Xena, mientras la guerrera la mecía suavemente y le susurraba tiernas palabras de amor y consuelo.


—Hola, dormilona... ¿tienes hambre? —preguntó Xena cuando vio que Gabrielle se estiraba y bostezaba.

—Pues sí —asintió la bardo—. Qué bien huele eso —continuó cuando Xena depositó un pequeño cuenco de madera delante de ella, y Gabrielle acarició con cariño el brazo de la guerrera—. Me encuentro mucho mejor, gracias.

La guerrera sonrió como respuesta.

—Tu madre hasta nos ha dado el postre —dijo, desenvolviendo el pequeño fardo tapado con un paño que les había preparado Hécuba. Dentro había una hogaza de pan de nueces y los pequeños pastelillos redondos que tanto le gustaban a la guerrera.

La mención a su madre hizo fruncir el ceño a la bardo y recordó el sueño que había tenido antes. Cuando terminaron de comer en silencio, Xena limpió los platos, regresó para echar más leños al fuego y se sentó en el petate, al lado de Gabrielle.

—¿Un dinar por tus pensamientos? —bromeó la guerrera.

—He estado pensando en lo que me dijo hoy mi madre. —La bardo apartó la mirada de los ojos de Xena y se puso a jugar distraída con un mechón de su pelo.

—Eso me parecía a mí.

—Xe, ¿qué crees que quería decir? —preguntó Gabrielle.

Xena se había preparado para esta pregunta. No iba a mentir a su compañera, pero temía el desajuste emocional que podría acarrearle a la bardo si la intuición de Xena resultaba ser cierta. También sabía que Gabrielle era una mujer inteligente y que había aprendido a leer muy bien a las personas.

—¿Por qué no me dices tú primero lo que piensas sobre todo esto? —replicó la guerrera.

—No creo que Herodoto sea mi padre —afirmó la bardo tajantemente.

Xena se quedó atónita por un instante ante la declaración de la bardo. Había pensado que Gabrielle evitaría el tema o le daría muchas vueltas antes de llegar a esta conclusión. Era evidente que la bardo lo había estado pensando. Sin embargo, Xena tenía que reconocer que ésta era la misma conclusión a la que había llegado ella.

—Creo que eso explicaría unas cuantas cosas —dijo vacilante, poniendo la mano en la rodilla de Gabrielle, simplemente para darle consuelo con el contacto.

—Como por qué no me parezco nada ni a él ni a Lila... esa sensación de ser siempre distinta... por qué me odia tanto... —La bardo se quedó callada.

—O... —Xena alargó la palabra, colocando un dedo delicado bajo la barbilla de la bardo para levantarle la cabeza hasta que se miraron a los ojos—. Las dos nos podríamos estar dejando llevar por nuestra imaginación y nuestras emociones. Podríamos estar sacando todo esto de quicio. Herodoto podría ser tu padre y sólo está furioso porque ha perdido a su hija mayor por lo que él cree que es una señora de la guerra asesina. Brie, las dos hemos visto padres naturales que tratan a sus hijos aún peor. Sólo quiero que estés abierta a todas las posibilidades que expliquen su conducta.

—¿Y lo que dijo mi madre... que se trata de a quién ve cuando me mira? ¿A quién ve... a mi verdadero padre?

—Vale, ahora voy a hacer de defensora de Herodoto. A lo mejor se refiere a que me ve a mí... seguro que piensa que te tengo hechizada y que eres esclava mía y de mis deseos de señora de la guerra. Eso enfurecería a cualquier padre.

—Pero hay un fallo en esa teoría, Xe. Mi padre me ha tratado así toda la vida. —Unas lágrimas ardientes empezaron a resbalar por las mejillas de la bardo, cayendo silenciosas en su regazo.

—Oh, Brie. —La guerrera abrazó tiernamente a la llorosa bardo—. ¿Por qué nunca me has contado nada de esto?

—Supongo que me sentía demasiado avergonzada... no quería reconocérmelo ni siquiera a mí misma, pero ahora todas las piezas parecen encajar demasiado bien para que no sea la verdad.

—Comprendo cómo te sientes, amor. Pero no tienes motivos para sentirte avergonzada delante de mí... recuerda que mi padre intentó matarme cuando era niña.

Las dos mujeres se quedaron así sentadas hasta que un leño chisporroteó al romperse en el fuego y soltó chispas que salieron volando por la oscuridad del cielo nocturno.

—Esta tarde tuve un sueño rarísimo cuando estaba en el estanque, Xe —dijo Gabrielle iniciando de nuevo la conversación—. No sé si es algo que me he inventado o si era real. Yo tenía tal vez cinco o seis años y recordaba a mi madre y mi tío Delos discutiendo.

Gabrielle le contó a Xena el sueño, que la bardo estaba cada vez más convencida de que era un recuerdo, y de nuevo las dos se quedaron en silencio.

—No creo que sea una coincidencia, Xe... no creo que sea mi padre... y tú tampoco lo crees, ¿verdad?

—No, amor... no lo creo —dijo la guerrera suavemente, envolviendo a su amante en sus fuertes brazos y maldiciendo su incapacidad para evitarle este dolor a su bardo.

Y entonces, al abrazar a Gabrielle, se sintió atravesada por una punzada de posesividad y quiso que esta mujer que tenía en sus brazos supiera que siempre estaría allí, no sólo ahora, sino para siempre. Quería que la bardo supiera que no deseaba a otra... que jamás querría, jamás podría... estar con otra; que parte del corazón y el alma de la bardo había quedado plantada en el interior de la guerrera. Fue entonces cuando la guerrera se puso a pensar en una forma. ¿Cómo se le demuestra a la mujer que se ama todo lo que se lleva en el corazón? Cásate con ella.


—Ya veo que hoy te encuentras mejor —dijo la guerrera desde su caballo.

—Me encuentro genial —contestó Gabrielle, manteniendo el paso rápido que la guerrera había dejado que marcara su compañera—. ¿Qué le has puesto a esa infusión?

—Secreto profesional, mi amor. Podría decírtelo, pero luego tendría que matarte —comentó, bajando la voz una octava—. Pero tómatelo con calma, Brie... No quiero tener que llevarte en brazos hasta Anfípolis.

—Vale, intentaré no excederme. Por supuesto, calculo que estaremos en la posada hacia, bueno, creo que hacia la hora de cenar... y tal y como cocina tu madre... —Dejó la idea en suspenso.

Xena soltó una sonora carcajada y desmontó y cogió las riendas de Argo para caminar al lado de la bardo.

—Si alguna vez vuelves a acusarme de pensar únicamente con cierta parte de mi anatomía —enarcó las cejas con aire sugestivo—, te recordaré lo que acabas de decir —terminó la guerrera, clavando el dedo ligeramente en el estómago desnudo de su amante.

Ambas mujeres se echaron a reír y la guerrera observó el rostro de Gabrielle por si veía alguna señal de depresión. Con gran alegría por su parte, la bardo parecía haber asimilado las revelaciones de la noche anterior. La joven había reconocido por fin, antes de que el sueño se apoderara de ambas la noche antes, que casi se sentía mejor al saber que no era nada que ella hubiera hecho lo que hacía que Herodoto la tratara como lo había hecho durante tantos años.


—¿Gabrielle? —La mujer mayor sonrió a la joven bardo y se apresuró a darle un afectuoso abrazo—. ¿Dónde está Xena?

—Hola, Cirene. Tu hija está acomodando a Argo en la cuadra... no tardará en venir. —Gabrielle sonrió a su vez a la madre de su amante. Cirene era uno de los pocos parientes, entre los que tenía ella y los que tenía Xena, que la bardo se esperaba que recibiera bien su noticia. Además, Gabrielle quería de verdad a esta mujer que le recordaba tanto a su guerrera. Era fácil ver de dónde habían salido la ética del trabajo duro, el honor y la integridad de Xena.

Cirene dio un beso a la joven en la mejilla y un abrazo que normalmente reservaba para su hija, pero Gabrielle había llegado a ser una hija para ella y quería a esta joven que le había robado por completo el corazón a su hija. Ojalá Xena viera lo que ven otros y así sabría cuánto la quiere esta joven.

Había algo distinto en los ojos de la bardo, o tal vez era su porte, pero Cirene supo que algo había cambiado. Era como si Gabrielle pareciera mayor, sin haber envejecido de verdad. Más madura. Fue entonces cuando la posadera advirtió el colgante que rodeaba el cuello de la bardo. La forma de cada corazón era idéntica a la armadura del peto de Xena y al mirarlo más atentamente, los dos corazones se unían formando una X.

—Por fin te lo ha dicho —exclamó Cirene, sujetando el colgante entre los dedos.

La sonrisa de Gabrielle, unida a la luz que chispeaba en sus ojos, fue todo lo que necesitó la posadera.

Unos segundos después, cuando Xena entró por fin por la puerta, su madre estuvo a punto de tirarla al suelo con un fuerte abrazo. La guerrera, que en el pasado siempre se había sentido un poco incómoda con las muestras de afecto en público, sorprendió a su madre por completo al devolverle el abrazo.

Xena miró a su bardo por encima del hombro de su madre con ojos interrogantes. Gabrielle le devolvió la mirada, encogiéndose de hombros y levantando las manos como para decir, ¡Yo no he dicho nada y no tengo ni idea de por qué se comporta así!

—Bueno... yo también me alegro de verte, mamá —dijo la guerrera un poco titubeante, con media sonrisa.

—Por fin lo has hecho... ¡por fin le has dicho que la quieres! —dijo Cirene, sin dejar de abrazarla.

Los clientes que estaban en la taberna empezaron a volverse para ver por qué estaba tan contenta la posadera. Fue entonces cuando Xena advirtió que había gente mirando a la gran guerrera con los ojos desorbitados y echándole luego el ojo a la joven bardo. Cuanto más se entusiasmaba su madre, más coloradas se le ponían las mejillas a la guerrera.

—¿Tengo razón... se lo has dicho? —continuó Cirene de modo que todo el mundo la oyó.

—Sí, mamá... se lo he dicho —dijo Xena, bajando la voz y soltándose de la mujer mayor—. ¿Podemos no comunicárselo a toda la taberna?

—¿Entonces por qué te pones toda colorada? No me digas que te ha rechazado —preguntó Cirene con aire inocente.

Gabrielle estaba disfrutando de lo lindo del espectáculo. Nunca había visto a la Princesa Guerrera tan azorada o cohibida como lo estaba en esos precisos instantes. La bardo estuvo a punto de estallar en carcajadas al ver el apuro de su amante. Nadie es capaz de humillar a un hijo mejor que una madre, y aunque era una temible guerrera, Xena seguía siendo una niña para Cirene.

—No, no me ha rechazado —contestó Xena.

—¡Por los dioses, Xena, no me digas que todavía no habéis consumado la relación! —exclamó su madre, atónita.

—¡Madre!

Gabrielle estuvo a punto de tener un ataque de risa con ese comentario y porque ahora Xena tenía la cara como un tomate. A la joven le faltaba un segundo para echarse a reír a carcajadas por el apuro de su amante y en ese momento la morena guerrera se fijó en su bardo.

Xena se sentía muy incómoda en esos momentos. Ya lo estaba pasando bastante mal por el hecho de que su madre estuviera informando a toda la taberna de su recién estrenada relación y la verdad era que no tenía la menor gana de ponerse a hablar de su vida sexual con su propia madre, pero cuando Xena miró y vio a su bardo sonriendo de oreja a oreja ante su situación, supo que había llegado el momento de contraatacar.

—Ga-bri-elle... —dijo la guerrera alargando el nombre.

La bardo conocía esa expresión que había en los ojos de su amante y se tapó la boca con la mano para evitar estallar en carcajadas.

—Gabrielle, por la diosa te lo digo, como te rías... como estés aunque sólo sea sonriendo debajo de esa mano, ¡te cojo y te tiro al abrevadero de los caballos!

La bardo estaba librando una batalla perdida y lo sabía, aunque iba aguantando con valor, pero en ese momento un hombre gritó desde el mostrador:

—¿Qué se ha consumado?

Gabrielle estuvo a punto de caerse al suelo del ataque de risa que le dio.

—Vale, se acabó —dijo Xena, y agarró rápidamente a la joven, se la echó al hombro y se dirigió a la puerta.

—¡Xena! —gritó Gabrielle.

Un hombre muy grande entró en la posada justo cuando Xena llegaba a la puerta. Su pelo oscuro y sus ojos azules eran inconfundibles, y sonrió ampliamente a su hermana y al pequeño fardo que se debatía en sus garras.

—Xena... si has estado pescando, te has olvidado de echar a ésta otra vez al río... ¡es tan pequeña que no merece la pena quedársela!

—¡Toris! —vociferó Gabrielle.

El hermano de Xena siguió riéndose a carcajadas por el apuro de la joven bardo.

—Xena —suplicó Gabrielle—. Por favor, bájame.

—¿Ya has pasado suficiente vergüenza?

—¡Sí!

La guerrera se pasó a la mujer por encima del hombro y la atrapó en un abrazo antes de que sus pies tocaran el suelo.

—Bien... estamos en paz —terminó, besando a su amante en la punta de la nariz y sonriéndole.

Gabrielle le dio un manotazo en broma a la guerrera en el brazo y le hizo lo mismo a Toris, que seguía mirando a la pareja con un poco de envidia.

—A ver, niños... —dijo Cirene y los tres le sonrieron con aire culpable. Pero la mujer mayor no pudo seguir fingiendo severidad y les sonrió a su vez—. Sé que vosotras dos debéis de tener hambre... ahora mismo os traigo algo de comer —dijo, y su voz se perdió en la cocina.

Xena y Gabrielle habían llegado a la posada más tarde de lo que esperaban y sus sueños de disfrutar de una comida caliente murieron al ver a los pocos clientes que quedaban bebiendo en la taberna. Sin embargo, las dos mujeres sonrieron encantadas cuando Cirene les trajo unos platos llenos de comida humeante y jarras de cerveza.

—Ya he mandado a Mellie a que prepare tu habitación, Xena... Toris, ocúpate de las alforjas de las chicas, querido —dijo Cirene mientras las mujeres atacaban la comida.

—Lo podemos hacer nosotras, Toris... no te molestes —le dijo Xena a su hermano.

—No es molestia, yo ya me iba a la cama, así que aprovecho para subirlas. —Dio un abrazo a las tres mujeres y subió con las alforjas por las escaleras que llevaban a la parte trasera de la posada.


Xena estaba despatarrada en el banco con las piernas en alto y una jarra de oporto en la mano. Miraba con los ojos medio cerrados mientras su amante y su madre se dedicaban a esa clase de charla intrascendente que a la guerrera se le daba tan mal. Sentía un calor delicioso que le invadía el cuerpo y sabía que en parte se debía a que éste era su hogar. Le resultaba bastante reconfortante estar en la posada donde Liceus, Toris y ella habían crecido y jugado. Notó que sus reflejos empezaban a relajarse un poco.

—Bueno, ¿y cuándo puedo asistir a una boda? —preguntó Cirene sin andarse por las ramas.

Los ojos de Xena se abrieron de golpe y miró inmediatamente a Gabrielle para calibrar la reacción de su bardo ante la pregunta. La joven se sonrojó ligeramente, pero no dijo ni una palabra. Gabrielle bostezó profundamente y se levantó de la mesa con una dulce sonrisa.

—Me... mm, me voy a la cama. Espero que no os importe, pero estoy cansadísima —dijo, y la verdad de lo que decía era evidente por el cansancio que se advertía en su rostro.

La joven abrazó a Cirene y le deseó buenas noches y luego apretó el hombro de su guerrera al pasar. Xena alargó la mano para coger la de la joven y rozó ligeramente con los labios el dorso de los dedos de la bardo.

—Subo dentro de nada, amor —dijo Xena cuando su bardo sonrió y se agachó para besar a la guerrera en la sien. La guerrera cerró los ojos y en su cara apareció una expresión de deleite por la tierna caricia de la bardo.

Cirene se quedó atónita al ver la reacción de su hija ante el gesto cariñoso de Gabrielle. Le sorprendió que Xena permitiera a la joven tocarla delante de ella y se quedó aún más pasmada al ver la expresión de deleite absoluto de la guerrera.

Cuando Gabrielle se marchó, Cirene miró preocupada a su hija.

—He metido la pata, ¿verdad?

—Todavía no le he pedido a Gabrielle que se case conmigo, madre —dijo Xena sin levantar la mirada.

—Dulce Artemisa, jovencita, ¿pero a qué estás esperando? Las mujeres como esa muchacha de ahí arriba sólo aparecen una vez en la vida, Xena. Yo que tú...

Xena alzó una mano para interrumpir la arenga de su madre.

—He dicho todavía, mamá —sonrió—. En realidad, anoche decidí que se lo iba a pedir, pero es un poco más complicado de lo que te pueda parecer. Gabrielle es reina de la Nación Amazona. No puedo echármela al hombro sin más y llevármela. Tengo que pedir permiso a la tribu para casarme con su reina y luego tengo que hacerle a Gabrielle una petición formal. Todo ello tiene que ser presenciado por una ronda de amazonas. Y luego está el tema de que puede que Gabrielle ni siquiera desee casarse conmigo. —Esto último lo dijo sin querer plantearse la mera posibilidad, pero era algo a tener en cuenta. Gabrielle podía quererla, ¿pero realmente querría comprometerse de por vida con una guerrera?

—Y luego últimamente han ocurrido muchas cosas en la vida de Gabrielle y no sé si en estos momentos va a querer tomar una decisión como ésta. —Xena pasó a explicar con voz apagada todo lo que les había pasado en Potedaia, incluidas las sospechas sobre Herodoto.

—Qué chica tan increíble —dijo Cirene—. Me siento orgullosa de que forme parte de nuestra familia. —La mujer mayor puso una mano cariñosa sobre la mano grande y callosa de su única hija—. Bueno, ¿cuántas amazonas constituyen una ronda? —le preguntó Cirene a su hija con una sonrisa.

—Cuarenta —contestó la guerrera—. Pero tengo un plan. Voy a necesitar tu ayuda. Mañana le escribiré un mensaje a Ephiny explicándoselo todo. Deberían tardar una semana como mucho en llegar aquí. Si puedes enviar a alguien del pueblo para que entregue la carta por mí, todo arreglado —dijo con una sonrisa radiante.

—No sé quién tiene más suerte... tú o Gabrielle —contestó Cirene.


—Bienvenida a mi mundo. —Gabrielle sonrió sarcástica a Cirene cuando Xena cruzó bruscamente la cocina, pasando ante las dos mujeres, y salió por la puerta. La guerrera apenas le había gruñido unas palabras a Gabrielle antes de marcharse—. A veces se pone así —dijo la bardo, tratando de tranquilizar a la mujer de más edad, aunque ella misma estaba un poco extrañada por el humor de su amante, que en los últimos días había ido empeorando cada vez más.

La mujer mayor echó un puñado de harina en la tabla de madera donde estaba a punto de poner la masa. Gabrielle estaba a su lado, haciendo lo mismo. La bardo disfrutaba de los días que estaba pasando en la posada con la familia de Xena. Aceptaban y querían a la amante de su hija, y Gabrielle deseaba poder sentirse tan cómoda con su propia madre como con la mujer que ahora estaba a su lado.

Llevaban diez días en Anfípolis, y tanto Xena como Gabrielle estaban encantadas de ayudar a Cirene en la posada. Xena le había pedido prestados a su hermano una camisa y unos pantalones y se dedicaba a ayudar a su hermano a terminar de añadir más habitaciones para la posada. Gabrielle se sentía en su elemento y ayudaba a Cirene en la cocina durante el día, trasladándose a la taberna para contar historias por la noche.

El negocio de Cirene siempre se animaba cuando Gabrielle estaba en el pueblo. Era una bardo excepcional, y hasta la gente que normalmente no frecuentaba la taberna se pasaba por allí para oír sus historias. Cada noche los clientes le daban dinares como muestra de aprecio y cada noche ella intentaba dárselos a Cirene. Como la posadera se negaba a aceptarlos, la bardo sabía perfectamente en qué se iba a gastar el dinero extra. Buscó por el pueblo hasta que encontró a un platero y usó el dinero para un comprar su regalo.

—¿Cómo es posible que le aguantes eso, Gabrielle? —preguntó Cirene, trayendo a la bardo de vuelta al presente.

Gabrielle le dedicó una de sus habituales sonrisas de "con calma" y respondió:

—Algunos días son mejores que otros. Y ya casi nunca se comporta así: tendrías que haberla visto cuando empezamos a viajar juntas. En aquel entonces, si lograba que dijese una frase completa en un día, me sentía feliz.

Gabrielle se levantó soplando un mechón de pelo de la frente y se lo apartó con el brazo. Se dejó una pequeña mancha de harina en la mejilla y estiró los músculos que habían empezado a dolerle por las horas que llevaba amasando el pan. Examinó su propia alma y sonrió por el viaje que había emprendido su corazón hasta alcanzar el amor incondicional que ahora sentía por su guerrera.

Un golpe en la puerta de la cocina interrumpió la conversación por el momento. Cirene se limpió las manos y abrió la puerta de madera, esperándose encontrar a algún repartidor. En cambio vio a un chico del taller del platero con un pequeño paquete.

—Buenos días, señora. Calas me ha pedido que le traiga esto a la joven señora —dijo, indicando a Gabrielle y ofreciéndole el paquete.

—Oh, maravilloso —exclamó Gabrielle, sonriendo—. Cirene, ¿lo coges por mí? Tengo las manos pringosas.

La mujer mayor cogió el paquetito y le dio al chiquillo un pastel, despidiendo al encantado muchacho.

—¿Qué es? —preguntó Cirene.

—Un regalo para Xe... ¿lo abres, para que pueda verlo? —dijo la bardo, limpiándose los dedos de la masa pegajosa en un cubo de agua limpia.

Gabrielle se puso al lado de Cirene secándose las manos mientras la mujer mayor abría el envoltorio de cuero.

—Oh, Gabrielle... ¡es precioso! —reconoció Cirene.

El colgante tenía un diseño que se había inventado la bardo al intentar crear algo tan único y especial como lo que le había regalado Xena. Tenía que indicar que era literalmente parte de Gabrielle, pero también tenía que ser un símbolo de sus vidas compartidas. Por fin había dado con un artesano dispuesto a trabajar con ella y el producto final era más de lo que podría haber esperado.

El colgante era de plata y pendía de una cadena más gruesa que la que llevaba Gabrielle. La inicial de la bardo iba en el centro y dicha letra G estaba hecha imitando los adornos de la armadura de Xena. Encima de la inicial había una pluma, pero no la típica pluma de escribir que usaba Gabrielle todos los días. Esta pluma era casi igual: acababa en punta, pero en lugar de ser una punta para recoger tinta, era la empuñadura de una espada. Era una pluma que era una espada. Para la bardo, aquello indicaba que la guerrera y la bardo eran una sola persona.

—Cirene, ¿lo podrías guardar por mí? Si Xena intuye siquiera que le estoy ocultando algo, se va a poner como una niña en la víspera del Solsticio. La paciencia no es precisamente una de sus numerosas habilidades, ¿sabes?

La madre de la guerrera se echó a reír, comprendiendo que, en algunos sentidos, la edad adulta había cambiado muy poco a su hija. Se metió el paquete cuidadosamente envuelto en la faltriquera que llevaba en la cintura y le dio una palmadita.

—Aquí estará a salvo de ojos curiosos —dijo.


El mal humor de Xena se estaba manifestando de la peor manera posible. Había enviado un mensaje a Ephiny al día siguiente de llegar a Anfípolis, comunicándole su deseo de unirse a Gabrielle y solicitando la ayuda de la regente. Tres días después, llegó un jinete a la posada con un mensaje para Xena de parte de la Nación Amazona. Xena reconoció el sello de Ephiny y abrió el pergamino para encontrarse un mensaje corto, pero esperanzador.

¿Así que el viejo árbol que se alza solitario en el bosque ha caído por fin?

¡Llevo años esperando a que griten "leña va" por ti!

Puede que tarde un poco más de una semana en prepararlo todo aquí.

Voy a ir yo también... ¡no me perdería la cara de Gabrielle por nada del mundo!

Ephiny

Hacía ya casi siete días que había recibido el mensaje de Ephiny y todavía no había señales de las amazonas. Cuanto más tiempo pasaba, más nerviosa se ponía Xena, hasta que empezó a pagarlo con todo el que la rodeaba, incluida Gabrielle. Esto es genial. Para cuando lleguen y le pueda pedir que se case conmigo, ¡tendré suerte si aún me dirige la palabra!

Justo entonces sus oídos captaron un ruido como el roce de una bota en la tierra. La guerrera sonrió de oreja a oreja y se cruzó de brazos.

—¡Ya era hora de que llegarais!

—¿Sabes cuánto detesto que seas capaz de hacer eso? —bufó la voz de Ephiny.

Las dos mujeres se estrecharon el antebrazo como gesto de amistad.

—He entrado yo sola en el pueblo —susurró la regente—. He traído a cuarenta y cinco de las mejores guerreras de la Nación Amazona... unas cuantas de más para que nadie se ponga a chillar por el protocolo. Están acampadas en el siguiente valle... Bueno, ¿cuál es el plan, Princesa Guerrera?

—¿El plan? —preguntó Xena—. La verdad es que mi plan era sólo conseguir que vinierais... Pensaba que tú podrías... ya sabes, darme alguna idea cuando llegaras —terminó con una sonrisa algo tímida.

—Pues da la casualidad de que sí. —La regente sonrió y pasó a compartir su idea con la guerrera.


Cirene estaba enseñándole a Gabrielle cómo glasear los pasteles que había hecho justo cuando Xena entró en la cocina.

—Hola —dijo la guerrera nerviosa, empezando a perder un poco de valor.

—Hola —dijeron las dos mujeres a la vez, sin poder apartar la vista de su trabajo.

Xena fue hasta su madre, se detuvo al lado de Gabrielle y rápidamente le dio un beso a la mujer mayor en la cabeza.

Cirene miró a su hija y luego a Gabrielle, que había terminado el glaseado y estaba mirando a la guerrera.

—Eso quiere decir: "Lo siento, madre, ya no voy a estar tan gruñona". —Gabrielle le explicó el beso de Xena a Cirene.

Los ojos de Xena se movieron nerviosos por la estancia buscando una vía de escape, al tiempo que se le empezaban a poner las orejas coloradas bajo la mirada de su madre.

—Sí... eso mismo —reconoció la guerrera algo cortada—. Mm, mamá... me pregunto si podrías... quiero... —Xena miró a su madre, intentando comunicarle con los ojos su necesidad de estar a solas con Gabrielle.

—Oh... —dijo Cirene—. Acabo de recordar que tengo una cosa urgente que hacer —terminó con una sonrisa e inmediatamente salió por la puerta de la cocina.

—Oye, ¿estás haciendo pan o bañándote en harina? —bromeó la guerrera al ver la harina que manchaba la mejilla de la bardo.

Gabrielle sonrió y se puso de puntillas para rozar suavemente los labios de la alta guerrera con los suyos.

Xena cogió tiernamente la cara de la bella mujer entre las manos, limpiándole la mancha de harina.

—Brie, siento haber estado tan insoportable estos últimos días. Me gustaría compensarte si me dejas.

Gabrielle enarcó una ceja con aire sugestivo, pensando rápidamente en todas las formas en que le gustaría que la compensara su guerrera.

—Bueno, eso también —dijo la guerrera con voz seductora—, pero estaba pensando más bien en una merienda... ¿las dos solas? Me gustaría llevarte al lago... el que tiene esa cascada de la que te he hablado.

Los ojos de Gabrielle se iluminaron.

—Vaya, guerrera... ¿me estás pidiendo que salga contigo? —bromeó Gabrielle.

Xena cogió la mano de Gabrielle y se llevó los dedos a los labios, notando restos del dulce glaseado de miel en los dedos de la bardo. La guerrera se llevó el dedo índice de la bardo a los labios y sacó la punta de la lengua para lamer ligeramente el pegajoso dedo. Su boca cálida envolvió la punta del dedo y, moviendo la lengua delicadamente, se puso a chupar despacio, acto que la bardo sintió al instante entre las piernas. Xena cerró los ojos, respirando profundamente, con la boca llena de repente del sabor de su bardo y la dulce miel.

—Sí —susurró la guerrera al responder, aflojando de mala gana la lengua con que sujetaba el dedo de la bardo.

—¿Eh? —preguntó Gabrielle, confusa por un momento, con la cara acalorada de repentino deseo.

—La respuesta a tu pregunta... es que sí —repitió Xena.

—Oh, dioses —dijo Gabrielle sin aliento—. ¿Cuál era la pregunta?


—Es precioso, Xe... ¿de verdad que Liceus y tú os tirabais al agua desde ahí? —La bardo señaló, indicando la alta cascada que caía sobre las rocas y las plantas para derramarse en el lago de debajo.

—Sí. Pero entonces yo estaba mucho más en forma.

—¿Ah, sí? ¿Quieres decir...? —dijo Gabrielle con tono de guasa mientras Xena la bajaba con cuidado de Argo y el cuerpo de la bardo se pegaba al de la guerrera—. ¿Que este cuerpo realmente estaba mejor en otra época?

Las comisuras de los labios de la guerrera se curvaron hacia arriba y sus ojos se estrecharon ligeramente.

—Con la edad llega la experiencia y con la experiencia... una sabe hacer más cosas —dijo, pasando la lengua por la oreja de la bardo.

Gabrielle se estremeció al sentir la cálida humedad.

—Si aprendes a hacer más cosas, vas a acabar conmigo.

Ambas mujeres se rieron por lo bajo mientras se separaban de mala gana.

—Está empezando a hacer un poco de fresco, ¿qué te parece si tú vas a buscar leña y yo preparo la cena... y cualquier otra cosa que podamos necesitar? —terminó con una sonrisa incitadora.

Gabrielle se alejó entre los árboles y Xena se volvió hacia la yegua y se puso a descargar los paquetes que habían metido en las alforjas. La guerrera sabía que su bardo tenía hambre y que seguramente querría comer enseguida, pero Xena todavía estaba intentando que su estómago dejara de dar saltos.

La merienda, que era una forma de estar a solas con su bardo, era auténtica, pero también era un truco para sacarla del pueblo. Las amazonas entrarían en Anfípolis y se instalarían en el extremo norte del pueblo. Cuando Xena estuviera preparada para empezar la ceremonia, se solicitaría la presencia de Gabrielle, diciendo que alguien que acudía con una petición rogaba una audiencia con la reina de las amazonas. Ése era el momento en que la guerrera calculaba que seguramente le vomitaría a alguien en las botas. No era que no quisiera unirse a Gabrielle. Sabía que amaba profundamente a la bardo y que nunca encontraría a otra persona que pudiera ocupar el puesto de la joven en su corazón. Era simplemente que en todo esto estaban todos los elementos que le revolvían el estómago a Xena: un gentío, hablar delante de un gentío y, sobre todo, desnudar su alma ante un gentío.

La guerrera se quitó de encima las preocupaciones y se puso de nuevo a vaciar las alforjas de sus tesoros. Oyó unos roces detrás de ella.

—Qué rapidez —sonrió, sin volverse todavía hacia su bardo.

La bardo no dijo ni una palabra.

—¿Brie? —dijo Xena, volviéndose hacia su amante.

A Xena se le congeló la sangre al ver lo que tenía delante. Una guerrera alta, de rasgos angulosos enmarcados por el corto pelo rubio, le tapaba la boca a Gabrielle con la mano y los ojos de la bardo estaban desorbitados de miedo. Con la otra mano la guerrera tenía metida la punta de una daga tipo estilete justo dentro de la oreja de la bardo. Tanto la desconocida como Xena sabían que la bardo podría sobrevivir a un corte en la garganta, si su guerrera lograba alcanzarla a tiempo, pero la joven reina jamás sobreviviría si la daga se clavaba en su oído, destrozándole el cerebro.

El dedo de Xena se agitó ligeramente sobre el metal de su chakram y sus ojos recorrieron los alrededores y vieron hombres armados entre los árboles. Irguiéndose cuan alta era, con los ojos de un pálido azul, su voz sonó cortante y fría como el hielo al hablar.

—¡Suéltala o te arranco ese asco de corazón que tienes, zorra patética!

Gabrielle notó que la mujer que tenía detrás se encogía ligeramente al oír el tono de la guerrera y la propia bardo sintió un escalofrío por el cuerpo por el timbre de la voz de su guerrera.

—Vaya, Xena... ¿ni siquiera me vas a presentar a tu amiguita? ¿O es tu amante... esposa... esclava? —Escupió esta última palabra, sacudiendo a la mujer menuda que tenía entre los brazos y aferrando la daga con más fuerza—. Quítate las armas y la armadura, Xena —ordenó la rubia.

Xena siguió mirando fijamente a la mujer, sin hacer ademán de quitarse las armas.

—¡Hazlo! —gritó la rubia—. ¿Te crees que voy de coña? —La rubia pasó rápidamente la mano de la boca de Gabrielle a su garganta, rodeándole el cuello con la manaza, y se puso a apretar despacio para arrebatarle la vida a la joven.

Xena se soltó el chakram y luego las correas que le sujetaban la vaina de la espada a la espalda, tirando ambas armas al suelo a los pies de la rubia.

—Xena, no —susurró Gabrielle roncamente y la mujer que tenía detrás apretó más la garganta de la bardo para obligarla a callar.

—Suelta a Gabrielle, Kirren... esto es entre tú y yo —dijo Xena, fríamente, intentando hablar con voz firme y carente de emoción. Sabía que no podía dejar que Kirren se marchara de este claro con Gabrielle, pues había grandes posibilidades de que la bardo no viviera para volver a ver a su amante—. Suéltala... no te conviene luchar conmigo... es una lucha que no puedes ganar —afirmó Xena.

La rubia se echó a reír, con una carcajada grave y malévola, y entonces Gabrielle gritó:

—¡Xena, detrás de ti!

La guerrera estaba tan concentrada en observar a Gabrielle que se había olvidado de los hombres que había detrás de ella. Justo cuando Gabrielle gritó, Xena volvió la cabeza y sólo sintió el fuerte golpe de un mazo en la sien. La guerrera cayó de rodillas al suelo y volvió la cabeza de nuevo hacia su amante.

—Ga-bri-elle —gimió Xena cayendo hacia delante y su cuerpo se desplomó en la tierra con un sonoro golpe.

Gabrielle gritó el nombre de su amante y se debatió para soltarse de la que la tenía presa, sin importarle su propia seguridad.

La mujer alta a quien Xena había llamado Kirren tiró de repente a Gabrielle del pelo, rodeándola para encararse con la bardo. Sus largos dedos echaron hacia atrás la cabeza de la joven, dejándole el cuello al descubierto, y apretó la punta de la daga justo debajo de la barbilla de la bardo, hasta que Gabrielle notó una gota cálida de líquido que resbalaba por la piel de su cuello. Al darse cuenta de que era su propia sangre, la bardo dejó de luchar y escuchó a la mujer más alta.

—Me gustaría tenerte a mi lado un poco más, Gabrielle, para torturar a tu preciosa guerrera, pero no me agotes la paciencia. Te mataré si tengo que hacerlo y créeme, pequeña... a las mujeres no las mato deprisa. Lo hago muy, pero que muy despacio... de una forma muy, pero que muy dolorosa. Así que a menos que quieras que te abra en canal desde estos pelitos —agarró la entrepierna de la bardo—, hasta ese cuello flacucho que tienes, ¡yo que tú dejaría de intentar sacarme de quicio! Átale las manos y véndale los ojos. —Kirren empujó a la bardo a los brazos de un soldado a la espera que se puso a cumplir la orden de la guerrera rubia.

Acercándose a la figura inmóvil de la Princesa Guerrera, Kirren dio la vuelta a la guerrera con la punta de la bota y se puso en cuclillas sonriendo.

—Ah, cómo caen los poderosos, ¿eh, Xena? —susurró la guerrera—. Me parece que después de todo vamos a poder tener ese enfrentamiento. Ya ves, tengo lo único que me puede garantizar que aparecerás, ¿verdad? —Kirren se volvió para mirar a la bardo, a quien estaban subiendo a la silla de un caballo que esperaba, y se echó a reír—. Vámonos... atadla de pies y manos. —La guerrera señaló la figura inconsciente de Xena y se montó detrás de la bardo, que tenía los ojos vendados—. No vamos a ponérselo muy fácil.


La oscuridad empezaba a caer sobre Anfípolis y Ephiny se paseaba nerviosa alrededor de la posada.

—Aquí pasa algo. Xena me dijo que volvería antes del anochecer —le dijo la regente a Eponin—. Ep, sal a caballo con unas cuantas y ve hacia el lago... asegúrate de que todo va bien.

—¿Y si están ocupadas en otros asuntos? —contestó la guerrera.

—Pues intenta que Xena no te tire por la cascada —dijo la regente con una sonrisa sardónica.


Eponin se detuvo y cogió las riendas de la yegua dorada. Argo seguía con la silla puesta y las alforjas colgaban desordenadas de la grupa de la yegua.

—Tranquila, chica —dijo la guerrera con tono relajante al tiempo que miraba a su alrededor para orientarse. Azuzando a su propia montura, se dirigió rápidamente a la zona del bosque que rodeaba la cascada. En cuanto las amazonas cruzaron los árboles y salieron al claro, vieron el cuerpo inconsciente de Xena.

Palpando en busca del pulso, Eponin se sintió aliviada al notar los latidos regulares en el cuello de la guerrera. La sangre reseca que tenía la guerrera por un lado de la cara hacía que su herida pareciera peor de lo que era.

—Vosotras dos registrad la zona en busca de cualquier rastro de la reina. —Eponin señaló a dos de sus compañeras, pero ya sabía que era inútil. Si Xena estaba atada e inconsciente, había muy pocas probabilidades de que Gabrielle siguiera en la zona—. Tarazon. —Eponin indicó a la cuarta integrante de su grupo—. Vuelve con la regente y dile que venga aquí a toda velocidad... hay problemas.

Eponin dedicó la siguiente marca a limpiar la herida de Xena y tratar de revivir delicadamente a la morena guerrera. Los párpados de Xena empezaron a aletear despacio hasta abrirse y los ojos azules se estrecharon por el intento de controlar el dolor de cabeza y concentrarse.

—¡Gabrielle! —exclamó Xena, recordando de repente los acontecimientos que habían llevado a esta situación.

La guerrera y Eponin se levantaron a toda prisa al oír el trueno de unos cascos que se acercaban. Ephiny saltó de su caballo antes de que el animal se hubiera detenido siquiera.

—Xena, ¿estás bien? —preguntó al advertir la sangre que seguía manando de una raja de mal aspecto que tenía la guerrera en la sien, cuya piel empezaba a amoratarse—. ¿Qué le ha pasado a Gabrielle?

Antes de que Xena pudiera contestar, regresaron las dos amazonas a quienes Eponin había enviado a buscar el rastro de su reina.

—¿Regente? —Una de las guerreras le ofreció la vara de Gabrielle—. Hemos encontrado las huellas de unos jinetes... tal vez veinte. Se dirigen a las colinas del norte.

Xena le quitó la vara de las manos a la guerrera como para conectar con la bardo misma a través del contacto con la madera. Enrollada alrededor de la parte superior de la vara había una delgada tira de cuero atada alrededor de una gran pluma blanca. La pluma estaba manchada de sangre. Todas las amazonas del grupo reconocieron este gesto simbólico de venganza.

Xena estaba empezando a perder la capacidad de controlar sus procesos mentales. No lograba concentrar la mente en nada que no fuese la expresión aterrorizada de los ojos de Gabrielle antes de que la guerrera quedara inconsciente. Y en ese momento, ahora que la única mujer a la que amaba... a la que amaría jamás... le había sido arrebatada, una rabia profunda empezó a invadir su cuerpo. La oscuridad de su interior suplicaba ser liberada y la ira apenas contenida corría por sus venas junto con su sangre.

La guerrera dio la espalda a los ojos de las amazonas, con las extremidades temblorosas mientras luchaba por conservar su leve contacto con la realidad. De repente, sin importarle quién la estuviera mirando, se dejó caer de rodillas y soltó un aullido torturado.

—¡GA-BRI-EEEELLEEEE!

El grito de la guerrera salió de lo más profundo de su pecho y reverberó por las colinas. El solitario grito de angustia provocó un escalofrío en las guerreras que la rodeaban y los animales del bosque corrieron asustados a guarecerse en sus madrigueras. Los ecos se propagaron por el bosque y rebotaron en las montañas hasta que de nuevo sólo hubo silencio.


Gabrielle notó que el caballo en el que iba montada se paraba en seco justo cuando los últimos ecos del grito angustiado de su amante se desvanecían en el aire.

—Vaya... parece que Xena se ha despertado —dijo Kirren riendo—. Debe de haber encontrado el regalito que le hemos dejado —dijo sin dirigirse a nadie en concreto, sabiendo que a Xena no se le escaparía el significado de la pluma manchada de sangre.

—Necesito orinar —le pidió Gabrielle a la guerrera que tenía detrás.

—¡Aguántate! —dijo Kirren con desprecio.

—Por favor... —rogó Gabrielle.

Con un suspiro de exasperación, la guerrera se bajó de su montura y tiró bruscamente de la bardo para bajarla al suelo.

—Vamos a dejar claras unas cuantas normas ahora mismo, ¿te parece, majestad? No tengo la menor intención de matarte, Gabrielle, pero lo haré si no me queda más remedio... ¿me crees?

—Sí —contestó la bardo.

—Vas a seguir con los ojos vendados pase lo que pase. Si te quitas la venda, me obligarás a matarte. Si intentas escapar... te mataré, si me molestas en lo más mínimo... te mataré. Bueno, ¿hay algo de lo que he dicho que no entiendas?

—No —replicó Gabrielle. Intentas decirme que estás como una cabra... ya me he enterado.

Kirren se puso a arrastrar a la bardo fuera del camino y prácticamente la tiró al suelo. La mujer alta le desató una mano a la bardo y se echó hacia atrás.

—¿Te vas a quedar ahí mirándome? —preguntó Gabrielle, cuyo sentido del pudor se impuso a su buen juicio, llevándola a enfrentarse a la mujer. Aunque no veía, notaba que la mujer alta la estaba mirando.

—¡Si tantas ganas tienes, lo harás! —bufó.

La bardo hizo lo que tenía que hacer y se levantó. Antes de darse cuenta, ya estaba otra vez subida en la silla delante de la que la había capturado.

Gabrielle no estaba dispuesta a ceder ante esta mujer. Kirren podía tener todos los ases en la mano, pero la bardo sabía que Xena no pararía hasta encontrarla. La joven bardo tenía una vena muy terca y un genio muy fuerte cuando se la provocaba, pero controló todas estas emociones y las reprimió. Tenía que jugar sus cartas con inteligencia. No había necesidad de darle motivos a Kirren para que le hiciera daño en modo alguno. Gabrielle reflexionó y se dio cuenta de que lo que había dicho la mujer alta era probablemente cierto. Si se había molestado en vendarle los ojos a la bardo, debía de tener la intención de liberarla en algún momento.

Gabrielle también se tomó en serio las amenazas contra su vida. Esta Kirren, sea quien sea... oh, a ver si lo adivino... otra vieja camarada de armas de Xena... está claro que no está en su sano juicio. Dice que no me va a matar, pero esa expresión que tiene en los ojos... Creo que si le diera la más mínima excusa, lo haría.


La bardo notaba el paso al que se veían obligados a avanzar los caballos y sabía que ya debían de estar a leguas de distancia de Anfípolis. Notó los tirones y esfuerzos del caballo cuando el animal empezó a avanzar por terreno montañoso y le empezó a entrar la preocupación de que Xena no pudiera seguir el rastro al grupo que tanto corría. La joven reina no paraba de tocar la pulsera de cuentas que llevaba en la muñeca. Cuando se marcharon de la aldea de las amazonas, Ephiny dijo que era una pulsera de amistad y ató las tiras de cuero alrededor de la muñeca de la joven.

Gabrielle hurgó despacio en los extremos de la pulsera hasta que la desató. Tirando de las cuentas que formaban el adorno, arrancó con cuidado una de las cuentas de madera de la tira de cuero y la dejó caer, sin saber dónde aterrizaba. La bardo se puso a contar y cuando calculó que había pasado un cuarto de marca, quitó otra cuenta de la sarta. Lo único que podía esperar era que con eso bastara para que Xena la siguiera.

Kirren sonrió muy ufana. Xena no le había supuesto ni mucho menos el desafío que pensaba que iba a ser. Pero tengo que vigilar a ésta. Es más lista de lo que cree Ares, esta pequeña. ¿Por qué iba a viajar una reina amazona con la Princesa Guerrera? La alta guerrera sintió que el cuerpo de la amazona se vencía contra el suyo cuando el caballo emprendió el ascenso de una empinada pendiente. Notaba el calor de la mujer más menuda entre las piernas y en el pecho y sonrió con sorna al darse cuenta de por qué la ex Destructora de Naciones mantenía a su lado a la joven. La guerrera rubia se rió por dentro cuando la joven reina intentó apartar su cuerpo del suyo agarrándose al arzón de la silla. Ya sé que prometí no tocarla ahora, pero a lo mejor cuando derrote a Xena y me convierta en elegida de Ares, me quedo con esta pequeña para mí.

Kirren se echó a reír en voz alta al pensarlo. Una risa que le produjo escalofríos a Gabrielle por toda la piel.


El grito de agonía y pena inundó a las amazonas que estaban allí, escuchando los últimos ecos del aullido torturado de Xena. Eponin hizo ademán de ir a consolar a su amiga, pero Ephiny la detuvo agarrándola. La regente hizo un gesto negativo con la cabeza, esperando a ver qué iba a hacer la Princesa Guerrera con la ira que era evidente que se estaba acumulando en su interior.

La respiración de Xena se hizo fatigosa mientras luchaba por controlar su propia voluntad. Se aferró con fuerza e intentó hacer retroceder la oscuridad que amenazaba con apoderarse de su alma. Una increíble sensación de vacío llenaba a la guerrera. Su mundo acababa de deshacerse y el dolor que inundaba su alma era algo que nunca hasta entonces había sentido.

Los nudillos de Xena se pusieron blancos al seguir apretando con todas sus fuerzas la madera de la vara de su amante... la vara de Gabrielle.

De repente, Xena se puso a acariciar la vara con ternura y, en lugar de aferrar frenética la adorada madera, acarició su suavidad con el pulgar, casi distraída, mientras la sensación de su bardo volvía a colmarle los sentidos y la esperanza empezaba a llenar el vacío. Como si su oscuridad y su rabia fuesen entes visibles, Xena tomó aire profundamente y aspiró las emociones, que quedaron profundamente enterradas con su pasado una vez más.

Levantándose de un salto, la guerrera volvió sus ojos de zafiro, ahora repletos de claridad, hacia la regente.

—Tiene a Gabrielle, pero eso significa que sigue viva —dijo la guerrera, arrancando la pluma ensangrentada de la vara de Gabrielle—. ¡Pero tenemos que encontrar a Gabrielle antes de que esa bruja cambie de idea! —terminó Xena, echando a andar hacia Argo.

—Xena, espera un momento —dijo Ephiny, agarrando a la guerrera oscura del brazo—. Necesitamos un plan. ¿Quién se ha llevado a Gabrielle y por qué?

Xena se zafó de la mano de la regente, comprobó las riendas de Argo y se montó de un salto en la silla.

—No tenemos tiempo... te lo contaré por el camino. —Xena miró a Ephiny con aire suplicante.

La regente era una guerrera más que competente, pero el miedo que vio en los ojos de Xena bastó para convencerla de que era necesario pasar de inmediato a la acción si querían salvar a la reina. Una vez tomada la decisión, lanzó una serie de órdenes breves.

—Kesta y Tanti... vosotras dos id delante con Xena y conmigo y llevadnos donde empiezan los rastros. ¡Amazonas, a caballo!

Cuarenta guerreras amazonas a caballo eran un espectáculo imponente y se lanzaron al galope, contagiadas rápidamente de la sensación de urgencia de Xena. La Princesa Guerrera elevó una rápida oración a Artemisa para que con todas ellas fuese suficiente.


—Parece que se han dividido en tres grupos —informó Kesta a la regente. La joven era de constitución menuda para ser amazona, pero sabía usar la espada que llevaba al cinto y su habilidad en el rastreo sólo era igualada por la Princesa Guerrera—. No hay forma de saber qué grupo tiene a la reina y ni siquiera si se dirigen todos al mismo destino.

—¿Qué creéis que es esto? —Eponin mostró un pequeño objeto redondo que sostenía entre el índice y el pulgar.

Ephiny agarró con fuerza la muñeca de la guerrera y tiró de la mano de Eponin para ponerla bajo la luz de la antorcha. Xena se arrodilló al lado de las dos mujeres cuando la regente se apoderó de la pequeña cuenta y la sostuvo cerca de la luz.

—Es una cuenta. ¿Tal vez de un collar? —dijo Eponin mientras examinaban la pequeña cuenta tallada teñida de azul—. ¿Gabrielle llevaba...?

La guerrera amazona se calló de golpe cuando Xena negó con la cabeza.

—Sólo llevaba el colgante —dijo Xena, con la voz quebrada. La morena guerrera miraba fijamente el objeto redondo, tratando de recordar lo que llevaba Gabrielle cuando salieron ese día de la posada. Sacudiendo la cabeza con gesto derrotado, bajó los ojos al suelo y se quedó mirando el baile de la luz de la llama sobre el tobillo de Ephiny.

Ephiny siguió la mirada de Xena y se detuvo al llegar al brazalete que llevaba en el tobillo. Arrancándose la pulsera, la regente la alzó para que Xena la comparara con esa única cuenta.

—Yo le di una a Gabrielle como pulsera de amistad... —Ephiny se calló, maldiciendo su propia estupidez por no haber caído antes en la cuenta.

—Eso quiere decir que Gabrielle ha pasado por aquí —dijo Eponin con animación.

—Quiere decir más que eso —dijo Xena—. Quiere decir que está viva... ¡ésa es mi chica! —Por primera vez desde la captura de Gabrielle, en los ojos de la guerrera había un auténtico brillo de esperanza.

Ephiny hizo circular rápidamente la cuenta para que todo el mundo viera lo que estaban buscando y encendieran más antorchas. Faltaba más o menos una semana para la luna nueva y la oscuridad que caía al ponerse el sol hacía casi imposible seguir un rastro. Tenían que ir caminando, con sus monturas a cierta distancia por temor a que pisotearan alguna prueba. Estuvieron buscando una marca más, pero fue en vano. Iban a tener que retroceder y seguir otro de los rastros para buscar más señales de Gabrielle.

—Xena. —La regente se llevó discretamente a Xena a un lado—. Tenemos que parar por esta noche.

—¡No! Seguimos adelante. —Xena quiso apartarse, pero Ephiny la sujetó del brazo.

—Xena, comprendo cómo te sientes, pero esto no nos lleva a ningún lado. Me da miedo que con la oscuridad nos perdamos alguna señal que intente dejar Gabrielle. Además, estas colinas cada vez son más empinadas y no quiero que nadie se caiga por el borde de un precipicio en la oscuridad.

Xena se debatió consigo misma mientras escuchaba a la regente.

—Xena, nosotras somos amazonas y nos cuesta abrirnos paso a través de estas colinas. Si nosotras tenemos que dejarlo para hacer noche, seguro que ellos también.

Xena no pudo contradecir la lógica de Ephiny y aceptó acampar de mal grado.

Montaron un campamento sin hogueras para no delatar su posición a los que habían capturado a Gabrielle. El grupo estaba en silencio, pues todas pensaban en el alegre motivo por el que habían ido a Anfípolis y en cómo se había echado todo a perder de una forma tan horrible. Las amazonas estaban sentadas en pequeños grupos, hablando en voz baja o limpiando sus armas. Ephiny advirtió que Xena se mantenía un poco aparte de las demás. La guerrera estaba sentada en el suelo a cierta distancia, a la sombra de un árbol, afilando su espada.

Cuando Ephiny se acercó, oyó el ruido de la piedra de afilar de Xena al deslizarse por el metal de su hoja.

—Deberías comer algo —dijo la regente, ofreciéndole a la guerrera un trozo de carne seca.

Xena hizo un gesto negativo con la cabeza, sin perder el ritmo impuesto por sus manos al afilar la espada.

Ephiny no quería que Xena cayera en una depresión y había visto el estado terrible en que se quedó la morena guerrera cuando encontraron la vara de la reina, por lo que la regente se la jugó.

—Gabrielle no querría verte actuar de esta manera —dijo.

Xena detuvo el movimiento de sus manos sin levantar la mirada. Por fin alzó la cabeza y se apartó los mechones oscuros de los ojos. En su rostro apareció una sonrisa agridulce.

—Tienes razón... no querría —replicó la guerrera, alargando la mano para aceptar el trozo de carne seca.

Ephiny soltó un suspiro de alivio y se sentó al lado de su amiga.

—Me has dicho que Kirren estuvo en tu ejército... ¿era soldado? —preguntó Ephiny.

—Era una asesina —replicó Xena mientras masticaba—. La usaba para lo que la necesitaba... hacía bien su trabajo. Ya entonces a mí no me gustaba la expresión de sus ojos. No mataba a la gente por dinero, ni siquiera porque sí... mataba simplemente por el placer que le daba. Las cosas que hacía... —Xena se quedó callada y en sus ojos apareció la expresión lejana de quien revive un recuerdo—. Eph, en aquellos días yo era un monstruo despiadado y sádico y esta chica me daba miedo. La aguantaba porque la necesitaba, pero pronto supe que tenía que echarla de mi campamento. Pensé en matarla sin más... no tienes que guardarte tanto las espaldas cuando acabas así con un acuerdo. Debió de enterarse de lo que estaba pensando, porque un día fue y me retó delante de mis hombres... No me quedó más remedio que eliminarla.

—Deduzco que sobrevivió al combate —dijo Ephiny, en referencia a su actual problema.

—No fue para nada un gran combate —contestó Xena—. Era una chica a la que se le pagaba por asesinar. Conocía mil maneras de acercarse a ti por detrás y matarte sin hacer el menor ruido, pero era penosa como guerrera. La desarmé media docena de veces, pero seguía viniendo por más. Acabé haciéndole unos buenos cortes en las manos para que no pudiera seguir cogiendo la espada. Cuando por fin se rindió, me dijo que algún día volvería... un día en el que fuese mejor guerrera que yo, y me dijo que me vencería y se quedaría con todo lo que yo tenía. Parece que lo ha hecho —terminó Xena con una mueca cargada de amarga ironía.

—¿Por qué no la mataste? —preguntó Ephiny.

—No pude. —La guerrera miró directamente a la regente—. Sólo tenía catorce años, Eph —dijo Xena.

—Dulce Artemisa —respondió la regente, meneando entristecida la cabeza.

—De modo que mi pasado vuelve para morder de nuevo a Gabrielle. Cuando mato, alguien como Calisto da con ella. Cuando no mato... ya te haces una idea. ¿Cuándo dejaré de hacerle esto? —dijo Xena y se le empezaron a nublar los ojos.

—Todos querríamos tener un pasado nuevo si pudiéramos, Xena... tú no eras la mejor persona del mundo conocido, pero bien saben los dioses que tampoco eras la peor. Creo que las dos sabemos que Gabrielle siempre ha sido consciente de las posibles consecuencias de amar a un ex señora de la guerra.

—Tengo miedo, Eph —confesó por fin la guerrera en voz baja—. Tengo miedo de lo que puedo llegar a ser si le ocurre algo a Gabrielle. Ya noto cómo está empezando. No me dejes... no me permitas faltar a la promesa que le hice a Gabrielle.

Ephiny miró interrogante a la guerrera. Xena bajó los ojos y habló en un leve susurro.

—Le prometí que si alguna vez le ocurría algo, no me convertiría en un monstruo. ¿Y si no puedo controlarlo... qué hago entonces? —preguntó Xena al tiempo que, una vez más, volvía sus ojos azules, rebosantes de lágrimas, hacia la regente—. Prométeme que no me dejarás faltar a mi promesa. Antes prefiero sentir tu espada en mi corazón que hacerle daño a Gabrielle. Prométemelo, Eph.

—Te lo prometo —dijo la regente en voz baja.

Pasó un largo rato en silencio hasta que Ephiny oyó el ruido de la piedra de afilar de la guerrera al rozar el metal de su espada. Ninguna de las dos volvió a hablar, pero Xena se sentía curiosamente reconfortada al tener a la amazona sentada a su lado. Si no miraba, casi lograba imaginar que era Gabrielle.


—¡No me lo puedo creer! ¡Esa molesta mocosa la ha convertido en un desastre patético! Ahora tendría que estar arrasando el país y en cambio está ahí sentada lloriqueando por su pasado... qué rayado está ese disco.

El dios de la guerra se dejó caer en una silla y se acarició la mandíbula pensativo. Su plan era sencillo, o eso había pensado. Secuestrar a la bardo y ver cómo a Xena le daba un patatús. Asqueado, Ares había visto cómo las dos mujeres se hacían amantes, y sabía que tenía que actuar antes de que Xena se alejara de él más de lo que ya estaba. Pensaba que si Xena sabía que la maníaca que tenía a Gabrielle seguramente iba a torturar y matar a la mocosa, se volvería loca, y Ares estaría allí para recoger los pedazos y ofrecerle a su elegida un ejército con el que llevar a cabo su venganza.

—¡Está ahí sentada sin hacer nada! —vociferó—. ¿Qué es lo que tiene esa rubia molesta? —murmuró—. Todavía tengo tiempo. —Se sonrió—. Hay un largo camino hasta el castillo. Serás mía, Xena.


Gabrielle estaba toda dolorida por el duro trayecto que había soportado a caballo, por no hablar de cómo la habían empujado y arrastrado cada vez que la llevaban a algún sitio. Notó que le sujetaban una soga a las cuerdas que le ataban las muñecas y luego la empujaron al suelo sobre una manta.

Kirren ató una soga entre las muñecas de la amazona y se ató el otro extremo al cinturón. Empleó el menor número de palabras posible para explicarle a la joven que más le valía quedarse tumbada y no atreverse a tocarla.

—Pero... mm... ¿y si...? —balbuceó Gabrielle.

—¿Qué? —bufó Kirren.

—Es que... tiendo a moverme mucho y suelo acabar usando de almohada a la persona con la que esté durmiendo...

—Pues más te vale quedarte despierta, porque como note que me tocas, ¡te corto la mano! —le espetó Kirren.

—Escucha, no pretendo fastidiarte. Sólo intento ser sincera para que no me mates —dijo Gabrielle con voz temblorosa. Estaba cansada y sabía que no iba a poder mantenerse despierta durante el resto de la noche.

Kirren apartó el petate, bajó la mano y con un gruñido puso de pie a la bardo y luego empujó a la joven al suelo hasta que su espalda quedó pegada a un árbol. Gabrielle notó que la soga rodeaba el árbol y volvía a quedar atada a sus muñecas.

—Ahora cállate —dijo la mujer, echándose de nuevo en su petate.

—¿Ni siquiera me vas a dar una man...? —La pregunta de Gabrielle quedó interrumpida por la manta que le dio de lleno en la cara. Moviéndose con cuidado por las ataduras, consiguió taparse con la raída manta.

Pasó un rato y Gabrielle seguía sin poder quedarse dormida. Sabía que iba a necesitar las fuerzas, pero en lo único que lograba pensar era en lo mucho que su corazón anhelaba a su guerrera. Por primera vez desde que empezó esta tortura, Gabrielle se permitió ceder al llanto que llevaba toda la noche avecinándose. Rezó a cualquier dios que quisiera escucharla para que velara por su guerrera y la protegiera.

La joven reina se sentó con las piernas cruzadas y se metió los pies por debajo del cuerpo, emprendiendo una sencilla meditación, que en el pasado siempre la había ayudado a relajarse. Xena le había enseñado que el objetivo era liberar la mente de todo pensamiento, pero a medida que la bardo se iba acercando a ese estado esquivo y apacible, todos sus pensamientos... todo su ser, se volcaron hacia la mujer que poseía su corazón...


—Xena...

El susurro le llegó tan ligero como la más tierna de las caricias.

—¿Gabrielle? —preguntó la mente de la guerrera.

—Xena... no creo que pueda lograr esto mucho tiempo, para empezar ni siquiera sé cómo lo estoy haciendo. —La débil voz de la bardo le llegaba como en un sueño y Xena cerró los ojos con fuerza. Las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba al verse recompensada con la visión que esperaba.

Gabrielle estaba ante ella, una brisa invisible agitaba algunos mechones de su pelo de miel y el sol reflejaba su resplandor en sus ojos de esmeralda. Ésta era la imagen que siempre llenaba la mente de la guerrera cuando pensaba en su bardo. La parte de la visión que más le gustaba a Xena era el modo en que su propia imagen se reflejaba dentro de las profundidades verdes esmeralda.

—Gabrielle... —Xena avanzó.

—¡No, Xena! Si me tocas, sé que no podré sostener esto.

—Gabrielle, ¿dónde estás? ¿Te ha hecho daño? —La guerrera apretó los músculos de la mandíbula al imaginarse a su bardo sometida a la crueldad de Kirren. Una brutalidad cuyo objetivo era la guerrera.

—Xena... parece que llevamos una vida viajando... está obligando a los caballos a ir muy deprisa. No veo nada... me ha vendado los ojos, pero sé que estamos subiendo por unos montes muy empinados. —A la bardo le temblaban los labios mientras luchaba por controlar sus emociones.

—Gabrielle... —La voz fuerte de Xena la trajo de vuelta al momento—. Te encontraré... no hay lugar donde Kirren te pueda ocultar de mí —bufó, doblando los largos dedos hasta formar puños a los costados.

—Pero... me está llevando tan lejos, Xena... —Por fin perdió el control que se había estado esforzando por mantener y bajó la cabeza, con las mejillas acariciadas por lágrimas silenciosas. Levantó despacio la mirada y el verde esmeralda lleno de lágrimas se encontró con el azul zafiro.

Las mismas lágrimas brillaban en los ojos de Xena.

—Gabrielle...

La visión de Gabrielle empezó a hacerse desvaída y Xena cerró los ojos con más fuerza, dejando escapar lágrimas ardientes de los párpados cerrados, mientras intentaba que la bardo volviera a ella a base de fuerza de voluntad.

—No te rindas, Gabrielle, yo nunca lo haré... ¡te encontraré!

Gabrielle sofocó un sollozo.

—Xena... es como si nunca vayamos a poder estar juntas de nuevo...

Xena cruzó rápidamente la distancia que había entre ellas y cogió a la bardo entre sus brazos. La abrazó fieramente mientras los sollozos de la joven estremecían su pequeño cuerpo. Xena posó los labios sobre los cabellos dorados y aspiró el olor de Gabrielle, el aroma a sándalo y lluvia de verano. La guerrera puso una mano bajo la barbilla de Gabrielle y le levantó la cara hasta que se miraron a los ojos. Xena colocó la palma de la mano sobre el colgante.

—Brie, yo siempre estoy contigo... justo aquí.

Posando delicadamente los labios sobre los de su amante, suaves y llenos, Xena apoyó a continuación la mejilla en la frente de la bardo, acariciando con los dedos el suave pelo de su amante.

—No te hundas en la desesperación, amor, eso es lo que ella quiere.

El abrazo se interrumpió demasiado pronto cuando Gabrielle levantó los ojos para mirar a Xena a la cara. Como siempre, la belleza de la mujer más alta la dejó atónita y sintió que el estado onírico en el que había entrado se iba desvaneciendo. Retrocedió un paso para mirar bien a la bella guerrera y alargó despacio la mano hacia ella. Su voz sonaba llena de derrota:

—Te quiero, Xe, pero me temo que no vas a poder encontrarme... me ha llevado tan lejos...

—Gabrielle —dijo Xena con ternura al tiempo que alargaba la mano hacia la mujer más joven. Las puntas de sus dedos se tocaron y unas chispas multicolores flotaron por el aire, mientras la imagen de Gabrielle se desvanecía ante sus ojos—. Yo también te quiero, Brie... recuerda, no hay lugar que esté tan lejos, amor mío...


Gabrielle inició la mañana con renovadas esperanzas. Su encuentro en el mundo de los sueños con su amante la había vuelto a colmar de una sensación de paz. Cabalgaron al mismo ritmo que el día anterior hasta que la bardo supuso que llegó el atardecer. Los caballos se detuvieron y la joven fue tirada al suelo sin el menor miramiento. A Gabrielle cada vez se le daba mejor hacerse un ovillo y rodar en cuanto daba con el suelo. En cuanto el caballo que tenía debajo se detenía y notaba que la alta jinete que llevaba detrás desmontaba, se preparaba para una caída.

Mientras masticaba despacio el pan rancio que le pusieron en las manos, notó mucha actividad a su alrededor, pues parecía que unos jinetes acababan de llegar al campamento.

—Ya era hora de que llegaras —vociferó Kirren—. ¡Ahora te puedes ocupar tú de la mocosa!

Gabrielle se sobresaltó al verse puesta en pie de un tirón y lanzada contra un cuerpo muy sólido. Sus manos, que se habían preparado para un impacto, palparon el duro cuero y el metal de una armadura. Una mano enguantada le levantó la barbilla casi con delicadeza. Aunque Gabrielle seguía con los ojos vendados, el guerrero que llevaba la armadura debía de ser más alto que Xena, pues la bardo notó que su cuello se doblaba hacia arriba.

—¿Cómo te llamas? —preguntó la figura armada.

—G-Gabrielle —contestó ella. La joven reina se sorprendió al oír la voz delicada de una mujer procedente de la figura que se cernía sobre ella.

—Yo me llamo Devlin. Lamento que nos tengamos que conocer en estas circunstancias.

—Ni la mitad de lo que lo lamento yo —soltó Gabrielle sin pensar.

Devlin se rió suavemente al oír la afirmación de la pequeña rubia. Tan joven e inocente, pero sus rasgos revelaban un orgullo y una nobleza que Devlin ya había visto en las mujeres amazonas.

—Siéntate aquí. —La guerrera ayudó con cuidado a la bardo a sentarse en el suelo—. ¿Has comido?

—Tenía un trozo de pan en la mano, pero lo he perdido en el curso de nuestra presentación —dijo la bardo.

La guerrera se volvió a reír y colocó un fardo envuelto en un paño en el regazo de la mujer más menuda. Abriendo el paño con cuidado, Devlin cogió la mano más pequeña de Gabrielle y la puso sobre la comida que había dentro.

—Queso... carne... aceitunas —dijo, dejando que los dedos de Gabrielle tocaran los alimentos que tenía en el regazo—. ¿Tienes sed? —preguntó la guerrera.

Cuando Gabrielle asintió, notó que le ponían un odre de agua a los pies.

—Come y descansa un poco, a partir de ahora viajaremos toda la noche. Si necesitas cualquier cosa o si alguien te molesta, llámame.

—Devlin —dijo Gabrielle.

—¿Sí? —preguntó la guerrera.

—Sólo comprobaba —dijo la bardo, sintiendo que recuperaba el hambre con creces con el primer bocado de comida.


—No quería que me oyera nadie más porque, francamente, ¡tenía miedo de que pensaran que estoy chalada! —le dijo Xena a la regente en voz baja mientras subían con los caballos por el terreno empinado y abrupto.

Se habían levantado antes del amanecer y la Princesa Guerrera habría podido jurar que el carro de Apolo emprendía su viaje diario por el cielo bastante más temprano que cualquier otra mañana, pero podría ser sólo una impresión causada por sus deseos. Cuando los primeros rayos de luz alcanzaron el suelo del bosque, las guerreras amazonas se pusieron a registrar el terreno en busca de las escurridizas cuentas de Gabrielle.

—¿Quieres decir que Gabrielle te habló de verdad... te contestó? —preguntó Ephiny asombrada.

—No te puedo ofrecer pruebas, Eph, sólo que no era un sueño, era tan real como ahora lo eres tú para mí. Dijo que seguían adentrándose en los montes y que todavía no le habían hecho daño. La mejor noticia es que Kirren le había vendado los ojos.

La regente captó la idea rápidamente.

—¿Por qué le vas a vendar los ojos a alguien a quien vas a matar más tarde?

—¡Justo! —replicó Xena, muy animada—. Vendarle los ojos a alguien sólo tiene sentido si lo vas a dejar libre, para que no pueda regresar a tu escondrijo. Ahora mismo nuestro mayor problema es que nos llevan mucha ventaja y que ellos saben dónde van, nosotras no. Es posible que consigamos algo si Gabrielle nos deja algunas pistas más —terminó la guerrera.

Como si ésa fuese su señal, Kesta bajó corriendo por la cuesta situada más a su derecha. Al acercarse a Xena y a la regente, levantó la mano, mostrando su premio.

—Nos hemos equivocado de camino... ¡he encontrado una de las cuentas! —gritó la amazona.

Las guerreras se detuvieron y maldijeron el retraso, pero dieron gracias a Artemisa por su buena fortuna. Tras dar por fin con el camino por el que evidentemente se habían llevado a Gabrielle, empezaron a encontrar cuentas más o menos a cada cuarto de legua. Llegaron a una zona abierta y llana recogida entre los montes. El terreno pisoteado les dijo a las guerreras que era aquí donde los que habían capturado a Gabrielle habían pasado la noche. Siguieron subiendo por la ladera de la montaña y el grupo encontró dos cuentas más de la bardo.

El ritmo que llevaban Xena y las amazonas era despiadado. A medida que se acercaban a los secuestradores, Xena empezaba a estar cada vez más preocupada por Gabrielle. La guerrera sabía que si se lanzaban sobre ellos desde la maleza a caballo, lo primero que haría Kirren sería cortarle el cuello a Gabrielle... no tendría nada que perder por no hacerlo. Por favor, Artemisa... es tu elegida. Protege a Gabrielle.


—¿Necesitas algo más? —preguntó la cálida voz de Devlin a la joven reina.

—Mm... una visita a los arbustos me vendría bien —dijo Gabrielle, sin saber por qué de repente y a estas alturas se sentía avergonzada.

Devlin llevó a la mujer cogida del codo, guiándola con cuidado alrededor de cualquier tronco caído. Cuando estuvieron a suficiente distancia del campamento, la guerrera le desató ambas muñecas.

Gabrielle se recreó en la libertad y se frotó las articulaciones para hacer circular la sangre de nuevo. La guerrera no hizo ademán alguno de quitarle la venda de los ojos y Gabrielle supuso que esa norma todavía estaba en vigor. Sin embargo, se sorprendió cuando la guerrera la llevó al interior del bosque, en lugar de tirarla a la cuneta como había hecho Kirren.

—Me voy a dar la vuelta para que puedas estar en privado, Gabrielle. Sé que no es gran cosa y te pido disculpas, pero quiero que sepas dos cosas. Si te dejo escapar, Kirren me quitará la vida...

—¿Y la otra cosa? —preguntó Gabrielle, sorprendida por la aparente franqueza de la guerrera.

Notó que la alta guerrera se inclinaba hacia ella. Agarrando con su fuerte mano las de la bardo, Devlin tiró de ella hasta pegarla a su cuerpo y la joven sintió el aliento de la guerrera en la oreja.

—Tengo un oído buenísimo... no hagas ninguna tontería —contestó Devlin.

A Gabrielle se le puso la carne de gallina al oír el tono de la guerrera. Era casi un susurro, pero fuerte y exigente. Ésta no es una chiflada como Kirren, pero seguro que sería capaz de matarme en el sitio.

Gabrielle asintió indicando que lo comprendía y notó que la guerrera se daba la vuelta y luego oyó que los pasos de Devlin se detenían a corta distancia. No iba a desaprovechar la oportunidad que se le daba, pero sentía curiosidad por la mujer que era tan delicada con ella como su propia guerrera, pero que evidentemente trabajaba para una mujer sádica y cruel.


Cuando Gabrielle fue llevada de vuelta al campamento, oyó los ronquidos de los hombres dormidos. Habían cabalgado mucho y ahora se estaban echando una breve siesta antes de seguir viajando por la noche. Gabrielle misma estaba agotada y no tardó en quedarse dormida encima de la manta que le proporcionó Devlin.

Sintiéndose como si acabara de cerrar los ojos, la bardo se despertó al oír un ruido atronador y chirriante. Era como si el suelo estuviera temblando debajo de ella y se preguntó si estarían en medio de un terremoto.

—¿Devlin? —llamó.

—Estoy aquí, Gabrielle. No debes tener miedo, no te preocupes —contestó la guerrera.

—¿Qué es ese ruido? —preguntó la bardo.

—Gabrielle, lo mejor sería que a partir de ahora no hicieras preguntas. Vamos —dijo la guerrera, ayudando a levantarse a la bardo, y luego la ayudó a montar en un caballo que parecía mucho más alejado del suelo que la montura de Kirren.

El grupo se puso en marcha y Gabrielle notó un frío húmedo en la piel. El terreno por el que avanzaban parecía más llano que los empinados montes que habían estado recorriendo. La bardo se había empezado a acostumbrar a no ver. Ahora parecía oír mucho más. El ruido de los cascos de los caballos resonaba con ecos a su alrededor y un goteo lejano de agua le indicó a la bardo que estaban en una especie de cueva. Gabrielle oía incluso el crujido del cuero procedente de la armadura que llevaba la guerrera detrás de ella.

Había dormido tan poco en los dos últimos días que se le empezó a nublar la mente. Se empezó a preocupar porque ya no tenía medios para dejar un rastro para Xena, puesto que había usado todas las cuentas de la pulsera. Mientras sus pensamientos la llevaban a la reconfortante sensación de los fuertes brazos de su guerrera a su alrededor, se quedó dormida.


—No lo comprendo —dijo Ephiny por tal vez tercera vez.

La regente indicó el espacio pisoteado donde era evidente que habían acampado los secuestradores, junto con las numerosas huellas de caballos que llenaban la zona. Se estaban quedando rápidamente sin luz diurna, pero era como si todas las señales del grupo hubieran desaparecido sin más. Las exploradoras habían recorrido la zona una y otra vez, pero no conseguían encontrar nuevas huellas. Era como si el grupo hubiera desaparecido volando.

—Pues tiene que ser intervención de un dios —dijo Eponin—. Pero Gabrielle es la elegida de Artemisa... ¿qué dios sería tan necio de atentar contra ella?

A Xena le entró una sensación de grima en la piel, porque lo sabía.

—Sólo conozco a un dios que pudiera ser así de arrogante. Ares... —dijo la guerrera despacio.

Una chispa de luz llamó la atención de las amazonas y al instante se quedaron mirando al dios de la guerra en persona.

—Ah, Xena... ya sabía yo que tarde o temprano me llamarías —dijo Ares, mirando a la guerrera con admiración.

—No te estaba llamando en absoluto, Ares. ¿Qué has hecho con Gabrielle? —preguntó Xena.

—¿Yo? —preguntó el dios con aire inocente—. Yo no la he tocado —terminó muy ufano.

—Pues ha sido una de tus pequeñas seguidoras. Tú le has dado la idea a Kirren, ¿verdad? ¿Por qué?

—Xena... ¿es que no te acuerdas, querida? Kirren es una de tus pequeñas seguidoras, no mía.

En el rostro de Xena se advirtió un destello de dolor al pensar en lo que implicaban esas palabras.

—¿Dónde van, Ares? —preguntó Xena con voz firme y tranquila.

—Mmmm, veamos... la verdad es que no lo sé, pero supongo que podría hacer algunas indagaciones por esa rubita molesta. Pero te va a costar, Xena —le susurró por encima del hombro.

Ephiny vio que el dios de la guerra se colocaba detrás de Xena y le acariciaba el brazo con ternura. La regente también vio que los músculos de la guerrera se estremecían al contacto con el dios. Ares bajó la voz hasta convertirla en un susurro grave y seductor.

—Ya sabes lo que quiero a cambio, Xena. Quiero que vuelvas a estar a mi lado. Te daré tu propio ejército y puedes exigir la venganza que desees contra Kirren. Sabes que lo deseas. A fin de cuentas, tiene a tu amada Gabrielle, ¿no?

Una vez más, los rasgos de la guerrera se llenaron de visible dolor.

—Déjalo, Ares... eso no va a ocurrir jamás —dijo Xena con firmeza.

—¿Ah, no? ¿Aunque pudiera dejar a la pequeña Gabrielle entre tus brazos en este mismo instante... eso no merecería la pena? ¿No te unirías a mí por la mujer a la que dices amar? —ronroneó Ares al oído de Xena.

La guerrera frunció el ceño, librando una batalla en su cerebro. ¿No haría cualquier cosa por salvarle la vida a Gabrielle, incluso morir por ella?

"Morir es fácil, guerrera... ¿vivirías por ella?"

Recordó la advertencia de Hécuba.

"Creo que si no quedara más remedio... si eso pudiera salvarle la vida a Gabrielle... o si eso pudiera evitar que sufriese algún daño..." Una brusca puñalada de dolor atenazó el corazón de Xena al decirlo. "Sí... creo que si con eso ella pudiera estar a salvo... la dejaría."

Las palabras cruzaron por la mente de la guerrera y volvió a sentir el dolor que le atenazaba el corazón. ¿Amaba a Gabrielle lo suficiente para hacer esto por ella... ceder ante Ares?

"El amor es una emoción, Xena, y te puede engañar... El amor se puede usar en tu contra, para engañarte y hacerte renunciar a todo lo que más quieres. Sólo acabarás haciéndote daño a ti misma, a la persona que amas e incluso a las demás personas que te rodean."

Xena miró a Ephiny a los ojos. La regente estaba ahí plantada esperando a oír la respuesta de Xena al dios de la guerra y su mano se posó involuntariamente en la empuñadura de la espada que llevaba al cinto. Ephiny aguantó la respiración, rezando en silencio para no tener que cumplir la promesa que le había hecho a la guerrera la noche anterior.

Xena esbozó la misma sonrisa agridulce que había visto Ephiny en su cara la noche antes. No costaba darse cuenta de que la morena guerrera sólo pensaba en una cosa.

—No hay trato, Ares —dijo Xena, mirando a la regente a los ojos.

—¡¿Qué?! —gritó Ares—. ¿Sabes lo que estás rechazando?

—Sí, Ares, lo sé. Si te digo que no, es muy probable que Gabrielle muera, pero si me uno a ti, eso la matará igual que cualquier espada, tal vez no de golpe, pero sí un poquito cada día, hasta que ocurra lo inevitable.

El rostro de Ares empezó a enrojecer de rabia y se acercó a la Princesa Guerrera, pero habló en un tono suficientemente alto para que lo oyeran las demás amazonas.

—Recuerda esto, Xena... si me rechazas, ella morirá poco a poco de todas formas, eso te lo garantizo. Dejaré que esa zorra demente torture a tu preciosa Gabrielle, gotita a gotita de sangre, ¡hasta que ni siquiera reconozcas el cuerpo que quede!

Las lágrimas bañaban el rostro de Xena cuando Ares se marchó, dejando atrás un estallido de humo y llamas al desaparecer. Cayendo despacio sobre una rodilla, Xena sacudió la cabeza.

—Eph... ¿qué he hecho?

—Algo de lo que Gabrielle estaría orgullosa —contestó la regente.


Gabrielle sintió que su cuerpo se vencía hacia delante y la mano protectora de Devlin se apresuró a sujetarla. De repente, el suelo que había bajo los cascos del caballo cambió de sonido y pasó del ruido sólido de la tierra al golpeteo de las herraduras sobre ladrillo. Al poco, ayudaron a la bardo a desmontar del enorme caballo y la guiaron por una serie de escaleras y pasillos. Los ruidos que la rodeaban le recordaban a los castillos en los que había estado, pero no conocía ninguna fortaleza en los montes del norte.

—Ella es problema tuyo mientras esté aquí —oyó decir a Kirren—. Asegúrate de que no se mete en líos... o ya sabes quién va a pagar el precio, ¿verdad, Devlin?

—Sí, ama —contestó la voz tensa de Devlin.

Kirren se volvió hacia la guerrera.

—Devlin, ¿cómo es posible que seas la única persona que hay por aquí capaz de hacer que "sí, ama" suene como "vete a la mierda"? —preguntó Kirren.

—No lo sé, ama —contestó la guerrera, con un amago de risa en la voz.

—Tendrás que volver a salir inmediatamente... esa maldita guerrera nos ha seguido el rastro más deprisa de lo que pensaba —continuó la voz de Kirren, sin hacer caso del comentario de la guerrera.

Siempre se las arregla para parecer cabreada con alguien, pensó Gabrielle.

Devlin guió en silencio a Gabrielle por otra serie de pasillos y la hizo cruzar con cuidado una puerta que la guerrera cerró al pasar. Devlin desató las muñecas de la bardo y tiró la cuerda a un lado.

—Cierra los ojos y ábrelos muy despacio hasta que te acostumbres a la luz —le indicó Devlin.

Gabrielle notó que le quitaba la venda de los ojos e hizo lo que se le había indicado.

—Caray, mucho mejor, gracias —dijo, hablando con la espalda de la guerrera.

Devlin se volvió hacia la bardo y Gabrielle no pudo evitar quedarse mirándola. La guerrera era un poco más alta que Xena, de hombros anchos y brazos musculosos. Llevaba una espada sujeta a la espalda y el pecho, el abdomen, la espalda y los hombros cubiertos de cuero y bronce. Llevaba una capa de cota de malla sujeta a las hombreras, ambos antebrazos cubiertos con gruesos brazales y un guante de cuero, posiblemente en la mano con la que manejaba la espada. Llevaba una camisa blanca debajo de la armadura y pantalones marrones de cuero bruñido, metidos por dentro de unas botas que le llegaban hasta la rodilla.

La guerrera se pasó los dedos por el pelo blanqueado por el sol, un poco cohibida bajo la franca mirada de Gabrielle. No era el cortísimo pelo de la guerrera lo que Gabrielle miraba fijamente, sino sus ojos. El color azul de los acianos, el color de los ojos de su propia amante, miraba a su vez a la bardo.

Unos golpes en la puerta interrumpieron a las dos mujeres.

—Adelante —dijo la guerrera con cautela.

Una jovencita de unos quince veranos entró en la habitación.

—Bien, Lara... ésta es Gabrielle.

La chica sonrió vacilante a Gabrielle.

—Necesita un baño caliente y una buena cena. ¿Puedes hacer eso por mí?

La chica asintió con la cabeza.

Devlin estaba ocupada metiendo unas cosas en un pequeño zurrón de cuero mientras hablaba.

—Y dile a Attius que lo traiga todo él. No quiero que tú vengas a esta parte del castillo si yo no estoy aquí, ¿de acuerdo?

La chica volvió a asentir con la cabeza y salió apresuradamente por la puerta.

—¿Ésta es tu habitación? —preguntó Gabrielle, contemplando el cómodo espacio.

—Sí, pero será adecuada para tu estancia.

Llamaron de nuevo a la puerta y un soldado al que Gabrielle reconoció como miembro del grupo que la había secuestrado entró en la habitación.

—El ama quiere que lleves a la amazona a la sala de mapas —dijo, comunicando la orden de Kirren.

—Te seguimos —contestó Devlin.

Devlin y Gabrielle caminaron detrás del soldado y la guerrera se inclinó para susurrar al oído de la bardo:

—Recuerda, Gabrielle... Kirren no es una mujer con la que convenga jugar. Si quieres tener una vida larga, haz lo que diga inmediatamente y sin hacer preguntas. ¿Podrás hacerlo?

Gabrielle miró a los ojos azules que miraban intensamente a los suyos y asintió en silencio.

—Cuánto tiempo sin vernos... siéntate —ordenó Kirren en cuanto Gabrielle entró en la sala.

Kirren señaló una silla junto a una mesa donde estaban preparados un pergamino, tinta y una pluma. Gabrielle hizo lo que se le ordenaba y pasó la mirada de Kirren a Devlin, advirtiendo la forma en que la guerrera de ojos azules apretaba la mandíbula con rabia cuando pensaba que Kirren no la miraba.

—Vas a escribirle una notita a tu Princesa Guerrera. Como ves, ya he incluido los detalles sobre cómo nos vamos a encontrar en el campo de batalla, dentro de quince días a partir de hoy. Lo que va a hacer que acuda es el hecho de saber que estás viva y te encuentras bien. Así que aplica esas dotes de bardo y escribe un mensaje corto diciéndole que estás a salvo.

Gabrielle fue a coger la pluma y Kirren le aferró la muñeca con mano de hierro.

—¡Ni se te ocurra enviarle una especie de mensaje oculto, majestad, porque lo sabré! —susurró Kirren.

A Gabrielle le dieron ganas de escribir Querida madre, Atenas es bonito, ojalá estuvieras aquí, pero la bardo recordó la advertencia de Devlin y pensó que Kirren no captaría el chiste. Probablemente me clavaría la pluma en el corazón. Pero seguro que Devlin sí lo pillaba.

Al pensar eso, la bardo levantó la mirada y vio que Devlin la estaba observando con el rostro tan impasible como siempre, pero sus ojos azules sonreían como si pudiera leer los pensamientos de la bardo. La voz de Kirren sobresaltó a la bardo.

—¡No tiene que ser como el puto Sócrates, sólo dile que estás bien!

Gabrielle intentó ser lo más sucinta posible. Creía lo que le había dicho Kirren sobre un mensaje oculto, pero era bardo, al fin y al cabo, capaz de hacer que una lista de la compra sonara como un gran drama. La bardo sólo podía rezar a Artemisa para que Xena tuviera buena memoria. Le entregó el pergamino a Kirren y la mujer alta lo leyó una y otra vez.

—Parece bastante inocuo. ¿Llevas encima un anillo o un sello... algo con lo que poner tu marca? —preguntó Kirren.

Gabrielle se lo pensó un segundo y luego le mostró su colgante. Tras enrollar el pergamino, Kirren ladeó una vela hasta que la cera se derramó sobre el rollo. Ofreciéndoselo a la bardo, Gabrielle aplicó los corazones sobre la blanda cera.

—Firmado y sellado —dijo Kirren, entregándoselo a Devlin, quien cogió la nota y se la metió con cuidado dentro del cuero que le cubría el pecho.

—Vamos, Gabrielle... te llevo de vuelta abajo —dijo Devlin, haciéndole un gesto a la bardo para que se levantara.

—¡Guardia! —gritó Kirren—. Llévatela —le indicó al soldado, que miraba a Gabrielle con franca lascivia, y luego le dijo a Devlin—: Tengo que repasar unas cosas contigo.

La guerrera de ojos azules frunció el ceño al ver cómo se llevaban a Gabrielle.


Devlin avanzó rápidamente por los pasadizos secretos del castillo y llegó a la puerta abierta de su habitación justo a tiempo de ver a un soldado sujetando los brazos de Gabrielle por detrás mientras el otro se disponía a arrancarle el corpiño del cuerpo. Se fijó en el gran colgante y quiso hacerse con el premio. Un dolor abrasador emanó de la joya y se le clavó en la mano.

—Me ha quemado —aulló lleno de dolor.

El otro soldado dio la vuelta bruscamente a Gabrielle para ponérsela de cara e intentó agarrar la joya. Se echó hacia atrás con la misma reacción en cuanto tocó el colgante y en sus dedos se formaron ampollas.

—Creo que es bruja —dijo Devlin con indiferencia al entrar en la habitación.

Los tres se volvieron para mirar a la guerrera, Gabrielle todavía algo desconcertada por la reacción de los soldados con su colgante, y los soldados se colocaron detrás de Devlin como para que los protegiera. La guerrera se volvió hacia el primer soldado y le miró los dedos con aire preocupado.

—He visto cómo se consumen y se caen por este tipo de magia —dijo Devlin—. De hecho... no me extrañaría que hubiera otra cosa que puede acabar consumiéndose y cayéndose —terminó, mirando la entrepierna del soldado.

El terror asomó al rostro de los dos hombres, que corrieron a la puerta.

Devlin se rió entre dientes al verlos y le preguntó a Gabrielle si estaba bien.

—No eres bruja... ¿verdad? —dijo con una ligera sonrisa.

—¡No! No comprendo... o sea, no tengo ni idea de qué es lo que ha pasado. Este collar me lo dio Xena.

—¿A lo mejor lo ha hechizado? —dijo la guerrera pensativa.

Gabrielle sonrió ante la idea.

—¿Me dices cuál es la gracia? —dijo Devlin, agachándose un poco para mirar a la bardo a los ojos.

—A mí ya lo creo que me ha hechizado, pero no como podrías pensar —confesó Gabrielle algo ruborizada.

Devlin observó a la joven y sintió un ataque de envidia. Envidiaba a esta tal Xena, una guerrera a la que nunca había conocido, y su capacidad para obtener el corazón de una mujer como Gabrielle.

—Bueno, voy a conocer a esta guerrera tuya. —Devlin bajó la voz para hablar en un susurro—: ¿Tienes un mensaje para ella?

Por la mente de la bardo se cruzaron mil palabras, pero al tiempo que colocaba la palma de la mano sobre el colgante que llevaba en el pecho, eligió sólo cuatro:

—Ella posee mi corazón. Por favor, dile que ella posee mi corazón.

La guerrera sintió otra punzada de envidia, pero asintió y se sacó una llave de la faltriquera que llevaba a la cintura.

—Mantén esta puerta cerrada con llave, aunque no creo que te vayan a molestar más soldados —dijo con una sonrisa—. Por cierto, ¿qué aspecto tiene esta guerrera que posee tu corazón?

—Es alta, guapa, con penetrantes ojos azules —dijo Gabrielle, sonrojándose levemente al encontrarse con la mirada azul de los ojos de Devlin.

Abriendo la puerta al oír que llamaban, Devlin dejó pasar a la habitación a un hombre que cargaba con dos cubos de agua humeante. La guerrera fue al fondo de la estancia y abrió las cortinas que separaban una zona de baño del resto de la habitación. El anciano parecía poseer una fuerza invisible, pues echó sin dificultad el contenido de cada cubo en la gran bañera de madera.

—Gabrielle, éste es Attius... si necesitas cualquier cosa, pídeselo. Bajará varias veces al día para traerte comida y ver cómo estás. Attius, amigo mío... esto queda entre nosotros, ¿eh? No querríamos que el ama se enterara, ¿verdad?

La guerrera sonrió con encanto y Gabrielle se preguntó cuántos trabajadores del castillo desafiaban los deseos de Kirren por la oportunidad de ver la sonrisa de la guerrera de ojos azules.

—Estaré fuera prácticamente dos días, Gabrielle. Por favor, majestad —añadió Devlin con una leve sonrisa—, intenta no meterte en líos.

Gabrielle pensó en su propia guerrera de ojos azules y en la frecuencia con que Xena le había dicho esas mismas palabras y el corazón de la bardo se llenó del anhelo de verla en el momento en que Devlin cerró la puerta sin hacer ruido.


Las exploradoras amazonas habían pasado el último día y medio recorriendo leguas en todas direcciones. Xena incluso empezó a retroceder por donde habían venido, dudando de que las cuentas fuesen una pista de la joven reina como habían creído. Era mediodía y la Princesa Guerrera entró cabalgando en el campamento de las amazonas situado al pie del enorme acantilado. La base de la sólida pared de piedra era el último punto donde habían visto las huellas de los secuestradores de Gabrielle.

El resto del grupo argumentaba que como era evidente que Ares había participado en el secuestro de Gabrielle, podía haber transportado al grupo entero a un destino desconocido para ellas. Xena tuvo que explicar que el dios de la guerra no hacía así las cosas. Ni siquiera para recuperarla a ella. Transportar a individuos, sí, pero nunca había oído que transportara grupos enteros de personas de una sola vez.

Dos amazonas llegaron a caballo justo cuando Xena estaba desmontando, con un cansancio que se notaba en la forma de moverse de la guerrera. Le quitó la silla a Argo y dejó que la yegua pastara por la zona, pues se merecía un descanso.

—Vienen unos jinetes, guerrera —le gritaron las exploradoras a Xena—. Llevan bandera de paz.

Xena se levantó de un salto justo cuando una guerrera rubia, flanqueada por dos de los soldados de Kirren, entró cabalgando en su campamento. Ephiny vio la expresión de los ojos de Xena y corrió al lado de la guerrera.

—Xena, al menos oigamos lo que tienen que decir —dijo la regente.

Devlin habría reconocido a la Princesa Guerrera sin la descripción de Gabrielle. Xena era una cabeza más alta que cualquiera de las amazonas que la rodeaban y, efectivamente, era guapa. Sin embargo, si las historias que se contaban sobre ella eran ciertas, Devlin no pudo evitar preguntarse qué era lo que tenía esta mujer que la hacía capaz de poseer un corazón tan puro como el de Gabrielle.

—¿Tú eres la Princesa Guerrera? —preguntó Devlin. Ni se molestó en escuchar la respuesta y continuó, lo cual vino bien, teniendo en cuenta que Xena no contestó—. He aquí mi muestra de buena fe —terminó Devlin, lanzándole a la guerrera el pergamino sellado de Gabrielle.

Xena atrapó el pergamino, sin dejar de mirar a la mujer montada. La guerrera se preciaba de ser capaz de juzgar el corazón de cualquiera sólo con mirarlo a los ojos. Lo que Xena vio, la desconcertó. No vio la menor malicia ni maldad en esos ojos que eran del mismo color que los suyos.

Mirando por fin el pergamino que tenía en la mano, Xena acarició tiernamente el sello de cera con un dedo. Se había usado el colgante de Gabrielle y la marca miraba a su vez a la guerrera. Tras abrir el sello, Xena leyó las palabras de Kirren y una pequeña nota al final del puño y letra de Gabrielle.

Devlin se relajó ligeramente mientras Xena leía la nota. La guerrera rubia apenas volvió la cabeza cuando Xena le pasó el pergamino a una amazona que estaba a su lado. Demasiado veloz para que Devlin pudiera detenerla, Xena pegó un salto y clavó dos dedos en el cuello de la guerrera. Devlin sintió que se le aflojaban los músculos y se cayó del caballo, luchando por meter aire en sus pulmones.

—Acabo de cortar el flujo de sangre a tu cerebro... dentro de treinta segundos estarás muerta. Dime, ¿por qué no debería matarte aquí mismo?

Devlin cerró los ojos con fuerza e intentó concentrarse. Kirren le había hablado de esta habilidad concreta de la guerrera, pero nada podría haberla preparado para una sensación de muerte inminente como ésta.

—Si... no... vuelvo... Ga... bri... elle... morirá —jadeó Devlin.

Xena parecía indecisa, pero volvió a golpear a la guerrera en el cuello y Devlin aspiró una inmensa bocanada de aire. Limpiándose la sangre de la nariz, la guerrera cayó por fin de rodillas, intentando recuperarse.

—¿Por qué dentro de quince días? —le preguntó Ephiny a Devlin.

—Es lo que tardaréis en llegar al punto de encuentro acordado —dijo Devlin con voz ronca.

—¿Y cómo es que Kirren matará a Gabrielle si tú no regresas? —preguntó Xena sin mirar a la guerrera arrodillada.

—No he dicho que tengamos allí a Gabrielle... sólo que Kirren quiere luchar allí contigo.

—¿Y por qué allí? —preguntó Ephiny de nuevo.

Esta vez contestó Xena.

—Porque allí es donde la derroté la primera vez.

Devlin asintió con una sonrisa triste. Subiéndose de nuevo a su caballo, Devlin miró de nuevo a la guerrera.

—No me sigáis... si no obedecéis las instrucciones a rajatabla, vuestra reina acabará muriendo y creo que las dos sabemos, guerrera, que no será una muerte rápida.

Devlin dio la vuelta al caballo y ordenó a los soldados que avanzaran por delante de ella. Los dos hombres emprendieron la marcha y Devlin se inclinó muy deprisa en la silla y habló a Xena.

—Tengo un mensaje personal de Gabrielle... dice que tú posees su corazón, Xena. ¿Alguna respuesta?

Los ojos de Devlin se posaron en los dos soldados que cabalgaban delante de ella. Xena seguía sin ver señal alguna de traición en los brillantes ojos de la guerrera rubia. Por la mente de Xena pasó algo parecido a los celos al pensar que esta guerrera, de ojos tan azules como los suyos, iba a entregar su mensaje.

—Dile que si yo poseo su corazón, ella me pertenece... ¡y que no permitiré que nadie me arrebate lo que es mío! —Xena gruñó al enunciar la última parte del mensaje.

—Me da la impresión de que ella ya lo sabe, guerrera, pero no dejaré de decírselo. —Devlin sonrió y se alejó a caballo, segura de que nadie la iba a seguir.


PARTE 3


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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