Búsqueda de una reina

LJ Maas



Descargo: Xena, Gabrielle, Argo, etc. son propiedad de MCA/Universal y Renaissance Pictures. No son mías, me limito a jugar con ellas un rato y, como una niña buena, las vuelvo a dejar en su sitio cuando acabo... vale, un poco desgastadas, pero oye... ¡juego duro! No se ha pretendido infracción alguna de los derechos de autor al escribir esta obra. La intención es halagar a los creadores y actores de los personajes. Todos los demás personajes que aparecen son propiedad intelectual de ljmaas@yahoo.com. Esta historia no se puede vender ni usar en modo alguno para obtener beneficio económico (a menos, claro está, que Lucy, Renee, Rob, etc. quieran hacer mi sueño realidad y me contraten, ¡ja!). Se pueden hacer copias sólo para uso privado y agradecería que incluyerais todos los avisos de derechos de autor y esta renuncia.
Aviso de violencia: Hay algo de violencia (venga, que se trata de la Princesa Guerrera), tipo escenas de combates. Al final la cosa se pone bastante sangrienta, pero si aguantáis cosas para mayores de 13 años, con esto no tendréis mucho problema.
Sexo: ¡Sí, lo hay! A fin de cuentas, se trata de Xena y Gabrielle. No es gratuito, pero sí es explícito cuando ocurre. Esta historia muestra amor/sexo con consentimiento mutuo entre dos mujeres adultas. Consideraos advertidos si esto os resulta ofensivo.
Advertencia sobre minoría de edad: Eh, que el Tribunal Supremo dijo en Reno contra la Unión Americana de Libertades Civiles (1997) que las leyes que impiden poner a disposición de las personas menores de 18 años ciertos materiales "indecentes" a través de la red eran inconstitucionales... ¡consultadlo! Además, esto es absolutamente "decente". :-)
Otras renuncias: La letra de la canción que Xena le canta a Gabrielle es en realidad la letra de la canción No Place That Far, cantada por Sara Evans (letra y música de Sara Evans/Tom Shapiro/Tony Martin), y se utiliza aquí sin permiso ni ánimo de lucro.
Mensaje de la autora: Normalmente no "explico" un título: o se entiende o no se entiende, pero me debo de estar ablandando. El título de esta obra es muy adecuado y le doy las gracias a mi amiga Gloria por haber usado las células grises cuando se le ocurrió. No es sólo la búsqueda física de una mujer, sino también la propia búsqueda de Gabrielle para descubrir quién es como mujer, bardo, amante y amiga, y como reina amazona.
Sólo sé lo que piensan los demás de mis historias gracias a sus comentarios. Decidme lo que os parece o lo que os gustaría ver en un futuro... pero los homófobos se pueden abstener. Estoy en: ljmaas@yahoo.com.
Le prometí que lo haría... ¡así que aquí está! Una dedicatoria para Gloria por su ayuda al ocurrírsele un título que me pareciera adecuado para esta historia. Por cierto... a la salud de todas las musas que me han inspirado esta obra... The Xmas Misfits.
Ésta es la segunda historia de la Serie de la Reina. Aunque no es totalmente necesario, es posible que os convenga leer la primera, Llegar a ser reina, para estar al tanto.


Título original: Quest for a Queen. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


1


El comedor estaba casi desierto, pero empezaban a entrar amazonas para la comida de mediodía. Gabrielle llevaba un rato ahí sentada, contemplando el vacío, con un plato lleno de comida apenas tocado delante de ella. Su cuerpo esbelto y musculoso descansaba en una silla de madera a la cabecera de la mesa de la reina y tenía la mente donde solía tenerla en las dos últimas semanas, en cierta Princesa Guerrera.

Desde que se habían hecho amantes, sus noches transcurrían en una apasionada bruma tras la puerta cerrada de la cabaña de la reina. A decir verdad, más que sus noches, pensó la reina. De noche, de día, por la tarde, en cuanto los ojos azules como el zafiro capturaban a los ojos verdes como la esmeralda, se intercambiaban un mensaje tácito y las dos amantes empezaban a inventarse motivos para estar solas en la misma habitación. Habían bautizado casi todos los escondrijos disponibles en la aldea amazona y casi todo el territorio de alrededor.

—Hola —dijo Xena con una sonrisa, besando en la cabeza a la mujer sentada y sacándola de su ensueño.

Gabrielle echó los brazos hacia atrás para estrechar a la morena guerrera y se paró en seco, deteniendo de inmediato a la mujer más alta al poner la palma de la mano sobre el peto de la guerrera.

—Puuuuuh, guerrera... qué mal hueles —dijo con una mueca, sin dejar de mantenerla a distancia.

Xena se echó a reír suavemente y se irguió.

—Como debe ser, teniendo en cuenta que llevo toda la mañana entrenando con tus mejores guerreras. Venga, me sentaré a contracorriente... ¿mejor así? —terminó, sentándose en un banco justo a la izquierda de la reina.

—Apenas —sonrió Gabrielle. De repente, se inclinó sobre la mesa y capturó los labios de la guerrera con un beso suave que no tardó en volverse apasionado—. Mmmm —gimió Gabrielle—, eso sí que ha merecido la pena. —La joven reina volvió a acomodarse en su asiento, sin dejar de mirar a los ojos azules que ahora soltaban destellos de deseo tácito.

—Venga, cogeos una habitación —exclamó Eponin, al ver el apasionado intercambio—. ¿Este ejército es privado o se puede alistar cualquiera? —preguntó la guerrera amazona con una sonrisa pícara, señalando un asiento de la mesa de la reina.

—Siéntate —la invitaron las dos mujeres a la vez, sin interrumpir el contacto visual entre las dos.

Eponin se instaló en la mesa y se puso a comer, observando risueña el intercambio entre Xena y Gabrielle. ¡Se podrían caer las paredes a su alrededor y creo que ni se darían cuenta!

—¿Hola? —preguntó Eponin, agitando la mano entre las dos mujeres.

—¿Qué tal la espalda, Ep? —dijo Xena con una sonrisa burlona, apartando por fin la mirada de la reina.

—¡Muy bien, aunque no gracias a ti! —exclamó Eponin, intentando poner aire fiero. No lo consiguió, teniendo en cuenta que empezó a sonrojarse, y a una guerrera amazona le cuesta parecer dura cuando se le están poniendo las orejas coloradas.

—Qué bonito tono escarlata —sonrió Gabrielle con dulzura, mirando a Xena y señalando a Eponin con la cabeza.

Lo cual sólo logró que Eponin se pusiera aún más colorada. Desde el último incidente en el que se vieron implicadas tanto Eponin como Xena y Gabrielle, ambas bien desnudas, a la amazona le costaba mirar a su reina directamente a los ojos.

—Vaya, gracias, Gabrielle... únete a las bromas y echa más sal en la herida —terminó la guerrera con tono abatido.

—Oh, Ep —rió la reina—, ¡eres una monada!

—¡Gabrielle! —exclamó Eponin, bajando el tono de voz hasta hablar en un susurro—. Soy una guerrera... por favor, no me llames monada.

Sin dejar de reírse de la azorada amazona, Gabrielle se levantó de su asiento.

—Lamento tener que marcharme cuando nos estamos riendo tanto a tu costa, pero tengo trabajo. —Empujando su plato intacto de comida hacia Xena, le indicó a la guerrera que se lo terminara.

—Gabrielle, ni siquiera lo has tocado. —Agarró a la joven de la mano cuando pasó a su lado—. ¿Estás segura de que estás bien? —preguntó Xena preocupada.

—Sí, sólo que no tengo tanta hambre como pensaba. —Gabrielle sonrió a su amante—. Será mejor que te lo acabes —dijo, inclinándose para susurrarle a Xena al oído—. Te van a hacer falta fuerzas... para más tarde —terminó, besando a la guerrera dulcemente—. Hasta luego, Ep —dijo la joven reina con una sonrisa y luego se alejó por el laberinto de mesas del comedor. Deteniéndose para hablar con una de las guardias reales, Gabrielle dirigió una sonrisa seductora a Xena antes de salir del edificio.

—No te preocupes, Xena... está bien, sólo está enamorada, nada más —dijo Eponin entre bocado y bocado, señalando la comida intacta de Gabrielle—. Lo lleva escrito en la cara. Esa expresión tan patética que dice "Qué enamorada estoy". Créeme, lo noto a la legua.

—Ya, bueno, ¿y yo qué expresión tengo? —dijo Xena, volviéndose para mirar a la amazona.

—Absolutamente patética —contestó Eponin.

Xena se echó a reír a carcajadas al oír cómo la describía la amazona. Sí, seguro que tengo una expresión absolutamente patética, pensó, incapaz de dejar de sonreír como una boba. ¡Pero qué forma de morir! Con eso, la guerrera atacó la comida olvidada de Gabrielle, interpretando literalmente la promesa de la joven reina.

—¿Xena? —La guerrera se volvió y vio a Daria, la guardia real con la que había hablado Gabrielle antes de salir del comedor. Xena ya había terminado de comer y Eponin y ella estaban bebiendo un poco antes de dirigirse a los baños. La guardia se inclinó ligeramente hacia la guerrera, bajando la voz—. Su majestad ha pedido que te preparen un baño en tus aposentos y también ha dicho que se reunirá allí contigo más tarde. —Daria parecía un poco desconcertada al hacer de mensajera para lo que sin duda iba a acabar siendo un encuentro romántico entre la reina y su consorte. Sin embargo, la amazona se lo tomó con calma, se irguió y se alejó, sin ver el destello risueño, aunque lascivo, de los ojos de la Princesa Guerrera.


—Quieta ahí, guerrera —ordenó la voz en el momento en que Xena entró en la cabaña que compartía con Gabrielle. La guerrera se quedó inmóvil, dando la espalda a la voz, con el pelo de la nuca erizado como reacción.

Los ojos de Xena examinaron al instante el interior de la cabaña, incluso antes de pasar por la puerta. Las ventanas tenían los postigos echados y sólo estaban abiertas las rendijas de la parte alta de cada ventana, dejando pasar la cálida brisa veraniega. La habitación estaba llena de humedad: el agua caliente soltaba espirales de vapor que se disipaban en el aire. Las ventanas cerradas impedían que entrara la luz del día, pero la cabaña estaba llena de velas de distintos tamaños y la luz de sus llamas bailaba y se agitaba por las paredes. Cerró un momento los ojos, aspirando la fragancia del aceite de rosas caliente, la cera derretida y un olor que la guerrera había llegado a codiciar, un olor con el que sólo de imaginarlo se le hacía la boca agua...

...Gabrielle.

—No te vuelvas —exigió Gabrielle.

Xena se sintió absolutamente cautivada por el tono exigente de la joven reina. Dioses, ¿quién se habría imaginado que recibir órdenes de Gabrielle podría ser tan excitante? ¿Quién se habría imaginado que yo iba a dejar que alguien tuviera esa clase de poder sobre mí?

—Quítate la armadura.

Xena se apresuró a quitarse las armas y la armadura, empezando por el peto y terminando por las rodilleras y las espinilleras.

—Quieta.

Xena se irguió, dejándose las protecciones de las piernas y las botas como estaban.

—Más despacio... me gusta lo que veo.

¡Charco de metro ochenta!

A oídos de Xena las palabras eran prácticamente un ronroneo y creyó que se iba a derretir en un charco en medio del suelo, sólo de oír la voz de su amante. No sólo las palabras de la bardo sino también el tono y el timbre provocaron una reacción inmediata en el cuerpo ardiente de Xena. Notó la familiar tensión en el vientre, seguida de un aumento de líquido entre las piernas. La guerrera continuó, soltando despacio y laboriosamente las correas de las hebillas, controlando por la fuerza sus dedos ya temblorosos. Despojada de su armadura de combate, se irguió a la espera de la siguiente orden.

—Las bragas... quítatelas.

Xena metió los pulgares a cada lado de la prenda interior ya empapada y se la bajó por las piernas hasta desprenderse de ella. Le asombró que la tela se deslizara por su cuerpo sin un ruido de succión, de lo húmeda que estaba.

—Ahora date la vuelta.

Xena se volvió despacio y se le cortó la respiración. Dioses, qué bella es.

Gabrielle estaba apoyada en el respaldo de una bañera estrecha pero larga, de una longitud capaz de acoger sin problemas el tamaño de la guerrera. La joven tenía los brazos acomodados en el borde externo, con los dedos metidos en el agua. La joven reina estiró lánguidamente el cuerpo en el agua humeante, con la cara enrojecida por el calor o simplemente por deseo. La bardo se había recogido el pelo, apartándoselo de la cara y el cuello y sujetándolo con una delicada peineta de marfil. Xena se concentró en los ojos verdes de la joven, oscurecidos de deseo.

—Empieza con los cordones —dijo Gabrielle, sin apartar la mirada de los ojos de la guerrera y empezando a sentir una presión insistente entre las piernas que clamaba por liberarse.

Xena echó las manos hacia atrás y empezó a soltarse los cordones de la espalda. Se detuvo y dejó caer los brazos a los lados, bajando la mirada al suelo.

—Muy bien... al menos te tengo bien entrenada —la alabó Gabrielle.

Los ojos de Xena se alzaron de golpe y se clavaron en los de la bardo con una llama en sus profundidades azules, al tiempo que se le tensaban los músculos del cuello.

Gabrielle pensó que se había pasado al ver la expresión de los ojos de la guerrera, pero siguió adelante, obviando la guerra de voluntades que se desarrollaba en silencio.

—Continúa —la animó la bardo.

Xena estuvo a punto de detener toda la escena. A la guerrera le costaba mucho someterse a la voluntad de otra persona, aunque esa otra persona fuese tan bella como su bardo, pero por otro lado, sabía que esto era distinto. Xena sabía que aquí había amor y confianza y ésa era la única razón por la que esta fantasía de dominación la excitaba. Su sumisión nunca había... nunca podría producirse con nadie que no fuese Gabrielle. Había otra razón por la que le gustaba y era porque su reina amazona se excitaba tanto como la guerrera.

Xena se bajó por los hombros los tirantes de la túnica y dejó que el traje de cuero cayera deslizándose por su cuerpo.

Esta vez fue Gabrielle la que contuvo una exclamación. Intentó controlarse, pero al ver a la Princesa Guerrera, desnuda y dispuesta a someterse a la voluntad de la bardo, tomó aliento bruscamente y el dolor que sentía en el centro aumentó. El cuerpo de Xena era magnífico incluso manchado de mugre y sudor del campo de entrenamiento.

—Métete —dijo Gabrielle con voz ronca.

Xena se acercó y se metió en la bañera, sin dejar de mirar a la bardo a los ojos.

—Date la vuelta y siéntate —le ordenó Gabrielle, que empezaba a respirar con más dificultad ahora que su guerrera estaba tan cerca. La joven alcanzó un paño y el jabón y emprendió el lento proceso de enjabonar la piel de la guerrera. Empezó por el cuello, luego los hombros, la musculosa espalda y bajó por cada uno de los fuertes brazos. Cuando el agua cubrió las partes del cuerpo de la guerrera que Gabrielle quería alcanzar, se apoyó en la espalda de Xena y los pezones de la joven se clavaron maravillosamente en la carne de la guerrera.

—Levántate —le susurró Gabrielle al oído.

Xena se levantó y por su cuerpo de forma perfecta cayeron en cascada finos chorros de agua. Gabrielle siguió lavándola, con el paño en la mano, recorriendo cada larga pierna por fuera, regresando a la parte interna y deteniéndose justo antes de llegar a la masa oscura de rizos. Dejó el paño, pasó las manos jabonosas por detrás de los muslos de Xena y siguió hacia arriba para masajear las nalgas de la guerrera, disfrutando al notar cómo se contraían los músculos de la guerrera al sentir la suavidad de las manos de la bardo en lugar del paño.

—Date la vuelta y arrodíllate —volvió a ordenar Gabrielle.

Xena, una vez más, hizo lo que se le mandaba y se arrodilló en el agua caliente. Cogiendo el paño lleno de jabón, Gabrielle dedicó a la parte de delante de su cuerpo el mismo tratamiento que a la de detrás, empezando por el cuello. Cuando la bardo rozó un pezón endurecido con la tela, Xena consiguió contener un gemido, pero cerró los ojos, arqueando el cuerpo para sentir el placentero contacto.

—Ah, no, guerrera —le advirtió Gabrielle—. No quiero que te sumerjas todavía en las sensaciones. Abre los ojos o tendré que parar.

Los párpados de Xena se abrieron de golpe al oír la advertencia de la reina. Gabrielle dejó el paño en el agua y se pasó el jabón por los dedos para formar espuma. Siguió trabajando sobre el cuerpo de la guerrera, prescindiendo una vez más del paño para usar en cambio las manos. A la bardo le estaba costando muchísimo mantener la concentración. La piel de Xena era como tocar con los dedos húmedos la seda egipcia más suave. Notaba cada músculo y tendón del fuerte pecho de la guerrera, mientras sus pulgares acariciaban indolentes los pezones hasta ponerlos como piedras. Xena se mordió el labio para evitar gritar de placer, pero el siguiente movimiento de la bardo fue demasiado para la libido ya en llamas de la guerrera.

Gabrielle deslizó las manos por el abdomen liso de la guerrera, cuyos músculos se agarrotaron al pasar las manos por la carne. Pasó con cuidado los dedos jabonosos por los rizos oscuros entre las piernas de la guerrera. Despacio y con calma, la bardo mantuvo sus caricias alejadas del punto donde más las necesitaba Xena. De repente, la joven bajó más los dedos y su mano enjabonada se mezcló con la cálida humedad de la guerrera.

—Oh, dioses. —Xena echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, y gimió.

Gabrielle se apartó de golpe de la excitada guerrera, lo cual hizo que Xena se diera cuenta al instante de su indiscreción.

—Es evidente que no te has tomado en serio mi advertencia, guerrera... me parece que hemos terminado —soltó Gabrielle al tiempo que empezaba a apartarse.

—¡No! —Xena alargó la mano y agarró a la bardo por la muñeca.

Gabrielle se limitó a mirar la mano de Xena que aferraba la suya, enarcando una ceja, y la guerrera la soltó al instante. Jadeando, Xena se obligó a dejar los brazos a los costados y bajó la mirada.

—Por favor, perdóname, mi reina —rogó la guerrera. Por los dioses... ¿estoy suplicando?

Por los dioses, ¿está suplicando?

—Ésta es tu última oportunidad... no habrá más. No me obligues a atarte las manos —dijo Gabrielle suavemente. A Xena se le aceleró aún más el pulso al oír esto, pero guardó silencio y Gabrielle decidió reservarse esa pequeña fantasía para otro momento.

La joven reina le puso a la guerrera dos dedos debajo de la barbilla y le levantó la cara hasta que se miraron a los ojos. Inclinándose, empezó a depositar una serie de besos en la boca de Xena, a los que la guerrera no respondió.

—Muy bien —sonrió Gabrielle al ver el control de la guerrera—. Bésame —ordenó, inclinándose de nuevo para capturar los labios de Xena.

La guerrera respondió con fervor, debatiéndose con la idea de rodear a la bardo con los brazos y estrechar a la joven contra ella. De repente, Xena gimió mientras besaba a Gabrielle cuando, sin avisar, los dedos de la bardo reanudaron su exploración de los húmedos pliegues de Xena.

Interrumpiendo el beso, Gabrielle se movió para susurrarle a la guerrera al oído:

—¿Es esto lo que quieres sentir?

—¡Oh, sí! —respondió Xena apresuradamente.

—¿Ves lo que pasa cuando eres obediente? —preguntó Gabrielle, sin dejar de jugar con los dedos.

—Sí, mi reina. —La respiración entrecortada de Xena era prueba de su placer físico. El cuerpo bien entrenado de la guerrera no tardó en captar la idea. Haz lo que se te dice y serás recompensada. Y qué bien recompensada se sentía.

Demasiado pronto la bardo apartó los dedos, provocando un gemido de protesta de la mujer morena.

—Pronto, mi amor... muy pronto —dijo Gabrielle, cogiendo una esponja para aclarar el jabón del cuerpo de Xena.

Gabrielle le lavó el pelo a la guerrera y luego metió las manos en el cuenco de aceite de rosas caliente y masajeó los músculos estremecidos de la guerrera con el suave líquido. De vez en cuando, la bardo pasaba la lengua por un pezón endurecido, metía un dedo esbelto entre las piernas de la guerrera y le chupaba un sensible lóbulo hasta que el cuerpo de Xena empezó a temblar de forma constante por el deseo no satisfecho. Xena no sabía cuánto tiempo había pasado desde que había entrado en la cabaña: su cuerpo se veía constantemente recompensado y luego privado de las fogosas caricias de la bardo.

—Levántate —dijo Gabrielle con tono autoritario.

Xena estiró el cuerpo fuera del agua y se quedó de pie ante la reina arrodillada. La guerrera notó el aliento cálido de Gabrielle que le helaba la piel en el momento en que la bardo se inclinó para capturar con la lengua una gotita que resbalaba por el abdomen de la guerrera. Avanzando más con la lengua, metió la punta por la masa oscura de vello hasta el interior de la dulce humedad de la guerrera. Xena cerró los puños, apretándolos con fuerza para resistir la descarga de deseo al rojo vivo que le atravesó el cuerpo. Luchó contra la tentación de echar las caderas hacia delante, pues no quería ceder sólo para que la bardo se apartara como antes.

—Separa las piernas —murmuró Gabrielle en la carne de Xena.

Xena obedeció, separando los pies hasta las paredes de la estrecha bañera.

Gabrielle metió aún más la lengua y colocó dos dedos en la abertura de Xena, jugando con la carne con pequeños movimientos circulares. Una descarga de líquido inundó la lengua de la bardo cuando Xena se dio cuenta de lo que estaba a punto de ocurrir y su cuerpo respondió al estímulo de Gabrielle.

—¿Es esto lo que deseas, guerrera? —dijo Gabrielle, sustituyendo la lengua por el pulgar derecho, sin dejar de acariciar ligeramente los pliegues inflamados.

—Dioses, síííí —jadeó Xena.

—¿La lengua... o los dedos? —Gabrielle sonrió ante la súbita cara de indecisión de la guerrera—. Te recompensaré con las dos cosas, pero primero prométeme una cosa más, guerrera...

Xena miró a la bardo, que la miraba a su vez con expresión maliciosa.

—No puedes correrte hasta que yo te dé permiso.

Xena gimió al oír lo que acababa de decir la bardo. Estaba empezando a pensar que estaba ya tan cerca del límite que con tan sólo unas pocas caricias de la lengua de su amante, se pondría a chillar de éxtasis.

—Guerrera... ¿te gusta darme placer... disfrutas con mi sabor?

A Xena se le empezó a hacer la boca agua sólo de pensar en el sabor de Gabrielle, en esa dulzura especiada que manaba con tanta facilidad de la joven y que era tan característica de su bardo.

—Sí, mi reina —dijo Xena a duras penas entre jadeos entrecortados.

—Si te corres sin mi permiso, me daré placer a mí misma y esta velada habrá terminado. ¿Entendido?

—Sí, mi reina... entendido —contestó Xena.

Al oír el asentimiento de Xena, Gabrielle metió la lengua entre las piernas abiertas, acercando los dedos un poco más a su meta. Xena gimió en voz alta cuando una ola tras otra de placer hasta entonces denegado se apoderó de su cuerpo.

Gabrielle retiró la lengua y detuvo la mano, lamiendo la humedad que bañaba la parte interna de los muslos de la guerrera.

—Ahora dime, guerrera mía... qué es lo que deseas. —Gabrielle levantó la mirada para hacerle esta pregunta a la mujer delirante de placer.

Xena, que hasta entonces había tenido problemas para expresar sus necesidades y deseos a su joven amante, clavó en la joven una intensa mirada que ardía de necesidad.

—Fóllame, mi reina —bufó entre dientes.

La guerrera sofocó un grito cuando Gabrielle introdujo dos dedos en su interior, metiéndolos y sacándolos con lenta precisión.

—Más —rogó Xena hasta que tres y luego cuatro dedos penetraron su cuerpo. Apenas capaz de formar las palabras, Xena exclamó—: Más fuerte... dioses, más fuerte. —Empujó contra la mano de la bardo, apretando las caderas sobre el musculoso brazo de su amante.

—Recuerda, guerrera... sin mi permiso, no.

Xena gruñó de frustración, rogando a su cuerpo que fuera más despacio, y notó que estaba perdiendo la batalla bien deprisa cuando sus muslos empezaron a temblar sin control y una nueva descarga de humedad señaló su orgasmo inminente. Sus manos se aferraron al borde la bañera cuando sus rodillas amenazaron con ceder. Los ojos de Xena se encontraron con los de Gabrielle: ambas mujeres se encontraban peligrosamente cerca del límite.

—Por... favor... mi... reina —suplicó Xena.

—Ahora —fue todo lo que dijo la reina.

Xena echó la cabeza hacia atrás y aulló de alivio, al tiempo que sus piernas cedían por fin. Al caer de rodillas, sus manos, que seguían aferradas a los bordes de la bañera, temblaban sin control alguno. Su cuerpo siguió convulsionándose, palpitando rítmicamente alrededor de los dedos de la bardo, y cuando ésta continuó moviendo la mano dentro de ella, otro orgasmo atravesó el cuerpo de la guerrera.

Gabrielle estrechó a la guerrera entre sus brazos engañosamente fuertes y Xena hundió la cabeza en el hombro de la mujer más menuda.

—Yo te sostengo, amor... yo te sostengo —susurró Gabrielle.


—Oh, dioses... intentas vengarte, ¿verdad? —gimió Gabrielle, que yacía completamente agotada en la cama que ambas compartían.

Xena sonrió y subió por el cuerpo de la joven, besando suavemente la sensible carne, hasta que sus labios se unieron en un beso apasionado lleno de promesas de una vida entera por venir. Gabrielle gimió de nuevo, al notar su propio sabor en la lengua de la guerrera.

—¿Cómo lo has adivinado? —dijo Xena con una sonrisa aviesa cuando las dos se separaron por fin para respirar.

La guerrera se echó boca arriba y Gabrielle se vio envuelta en unos brazos fuertes y amorosos. La bardo olisqueó el cuello de Xena, besando ligeramente la marca que le había hecho ahí anteriormente.

—Xena... ¿tú crees que me pasa algo? —preguntó Gabrielle con tono inseguro.

—Claro que no, amor... Gabrielle, ¿por qué se te ocurre preguntar una cosa así? —contestó Xena, apartándose un poco para mirar a su amante.

—Es que... pues, esto. —Hizo un gesto con la mano indicándolas a las dos—. Me refiero, o sea... la forma en que estamos... me refiero...

—Gabrielle, no paras de decir "me refiero", pero no sé a qué te refieres —dijo Xena, confusa por la pregunta de su amante.

—Me refiero... —Gabrielle se calló al ver la sonrisa de Xena ante las mismas palabras—. ¡Xena, es que te deseo todo el tiempo! —soltó la bardo—. Al principio creía que era porque todo era muy nuevo, pero sólo va a peor, no sé si me entiendes. Es como si hacer el amor contigo fuese una especie de necesidad... es un impulso irrefrenable y sé que eso no puede ser normal —terminó la joven con lágrimas en los ojos.

—Gabrielle —dijo Xena, cogiendo delicadamente la cara de la bardo entre sus fuertes manos—. Es una necesidad... llevamos tanto tiempo enamoradas que claro que nos necesitamos y no hay nada de anormal en eso. En cuanto a la parte física de nuestra relación... yo me siento exactamente igual que tú. Últimamente, si no te estoy haciendo el amor, estoy pensando en hacerte el amor. Esto es nuevo... para las dos. Yo nunca he estado enamorada de esta forma, así que vamos a tener que escribir nuestras propias normas y vivir cada día como se presente. Pero sí sé una cosa, amor mío...

Xena hizo rodar a la bardo hasta colocarla boca arriba y se puso a darle suaves besos en el cuello, avanzando hacia la oreja de Gabrielle.

—Eres la mujer... más bella... más increíble... y más atractiva... que he conocido en toda mi vida. —La guerrera fue marcando cada palabra con un beso—. ¿Cómo no voy a desearte todo el tiempo? —terminó, capturando los labios de Gabrielle en un beso ardiente que ahuyentó de inmediato todas las dudas y temores de la joven.

—¿Xena? —Gabrielle intentaba desesperadamente no dejarse arrastrar por los besos de la guerrera.

—¿Mmmm? —fue la respuesta de Xena, que seguía bajando con sus besos por el cuello de la joven.

—Me gustaría contarle lo nuestro a mi familia —terminó Gabrielle, contando los segundos que pasaban, con los ojos cerrados con fuerza a la espera de la explosión.

—¿Que quieres qué? —dijo Xena, atónita—. Gabrielle, tus padres me odian... ¿estás segura de que estás preparada para la reacción que podrían tener?

Los ojos de esmeralda de la joven reina adoptaron una expresión seria.

—Me imagino más o menos el tipo de reacción que van a tener, pero es algo que necesito hacer... más por mí, o mejor dicho... por nosotras, que por nadie más. Xena, es que si nos ocurre algo, quiero que la gente... nuestras familias... sepan lo que sentíamos la una por la otra... lo que éramos la una para la otra. Quiero que sepan que por encima de todo, te quise hasta el día de mi muerte y que haría cualquier cosa... iría a cualquier parte... lucharía con cualquier persona con tal de estar a tu lado.

Los ojos azules de la guerrera se llenaron de lágrimas y se inclinó para rozar con los labios la frente de su amante, bajando de nuevo para atrapar los labios suaves y llenos de la bardo en un beso que las dejó sin aliento. Gabrielle no paraba de asombrarse por el hecho de que la antigua Destructora de Naciones pudiera ser tan dulce, que tuviera una caricia tan delicada y llena de amor.

—Oh, Gabrielle... ¿tú sabes cuánto te quiero? ¿Te das cuenta siquiera de lo que significas para mí? ¿De que mi corazón late sólo por ti... por tu causa? Mi corazón está de tal manera conectado al tuyo... para toda la eternidad, Gabrielle... tú eres mi alma gemela.

Secando las propias lágrimas de amor de la bardo, Xena continuó:

—Pero una cosa sólo, amor mío. Si estás decidida a hacer esto, hagámoslo como es debido. Las dos iremos a Potedaia y se lo diremos juntas a tu familia. Desde ahí podemos viajar a Anfípolis y decírselo a mi madre y a Toris. ¿Qué te parece?

—Xena, ¿estás segura de querer decírselo a tu familia también?

—Nunca he estado más segura de nada, bardo mía —dijo Xena con un beso y una sonrisa que reservaba sólo para su bardo.

Gabrielle le echó los brazos con fuerza a la guerrera alrededor del cuello.

—Te quiero, Xe —susurró.

Xena sonrió al oír a su amante usar la versión abreviada de su nombre.

—Yo también te quiero, Gabrielle.

La guerrera se apartó por fin del exquisito abrazo.

—Gabrielle, tengo una cosa para ti —dijo, levantándose de la cama para buscar en sus alforjas—. En realidad —continuó hablando mientras hurgaba en el fondo de la alforja—, encargué que lo hicieran hace ya bastante tiempo, pero nunca pensé que de verdad llegaría a dártelo.

Levantando la mirada con una sonrisa agridulce, miró a la bardo a los ojos.

—Creo que encargué que lo hicieran porque era algo que me habría gustado darte si alguna vez tenía el valor suficiente para decirte lo que sentía por ti.

Volviendo a la cama, se sentó al lado de la bardo y le entregó una pequeña caja de madera. Gabrielle alargó la mano con inseguridad para recibir el regalo, preguntándose qué podría haber encargado la guerrera, manteniéndolo en secreto tanto tiempo. Levantando la tapa, Gabrielle sofocó una exclamación al ver la elegancia del regalo. La caja estaba forrada de seda morada y en su interior había un colgante que no se parecía a ningún otro. Basándose en la forma y los adornos del peto de Xena se habían creado dos corazones y cada uno sujetaba una pequeña piedra, una de ellas de color azul zafiro y la otra verde esmeralda. Los corazones estaban unidos en la punta, creando la letra X.

—Oh, Xena... qué precioso —dijo Gabrielle sin aliento.

—A ver cómo te queda, ¿eh? —dijo Xena, sonriendo ante la expresión de amor absoluto que se veía en el rostro de su bardo. La guerrera se movió para sentarse detrás de la joven reina y sujetó la delicada cadena alrededor de su cuello.

Rodeando con los brazos a la mujer más menuda sentada delante de ella, Xena apretó su cuerpo con fuerza contra la bardo y le susurró al oído:

—Esto es algo más que un colgante. Nunca hasta ahora había entregado mi corazón de esta forma. Confío en que me lo protejas. También exige una promesa por tu parte, Gabrielle. Pone una X, mi marca, sobre tu corazón... mi corazón sobre tu corazón. Es la prueba de que me perteneces a mí y a nadie más, igual que yo te pertenezco a ti.

Gabrielle alzó la mano y la puso sobre el colgante, que reposaba sobre su corazón, y al mismo tiempo Xena puso su mano encima de la de la bardo. La guerrera bajó la cabeza y besó suavemente a la reina en el hombro, juntando más sus cuerpos. Sentadas en postura de yoga, cada una envuelta en la otra, con las manos sobre el colgante, era como si de verdad se hubieran hecho una sola persona.

—Jamás dejaré que nadie me lo quite —prometió Gabrielle.

—Ay de la persona que lo intente —dijo Xena con total seriedad.

Cuando Xena dijo esto, Gabrielle notó un cosquilleo en la piel justo donde entraba en contacto con el colgante. Vino y se fue tan deprisa que la bardo no supo si la sensación había sido real o imaginaria.

—Bueno, ¿y cuándo nos vamos? —preguntó Gabrielle.

—¿Pasado mañana te parece demasiado pronto? —respondió Xena.

—A mí me parece bien. Xena, ¿es que a ti te habría apetecido estar ya otra vez en el camino? —preguntó Gabrielle.

Xena estrechó con más fuerza a la reina amazona y le habló tan bajito al oído que apenas era un susurro:

—Yo voy donde tú vayas, mi reina... mi hogar está donde estés tú.

Deteniendo sus palabras con un beso y luego con una caricia, las dos mujeres volvieron a perderse una vez más en sus pasiones.


Dejar la aldea amazona nunca era fácil para Gabrielle, pero tras pasar tanto tiempo con sus amigas, la despedida fue triste. Gabrielle iba con la mejilla apoyada en la espalda de Xena mientras ambas cabalgaban a lomos de Argo, y daba gracias a Artemisa una vez más por tener una regente y amiga como Ephiny.

—Despierta, dormilona —le tomó el pelo Xena, poniendo una mano suavemente sobre el muslo de su amante.

—Mmmm... no estoy dormida, sólo estoy pensando —fue la respuesta indolente de la bardo.

—¿Pensando o preocupándote?

—Me conoces demasiado bien. —La bardo sonrió y besó a Xena en el cuello—. Aunque un poco de las dos cosas, creo. No sé si no deberíamos dejar a Argo ensillada y preparada para salir huyendo.

Xena aseguró con más firmeza los brazos de Gabrielle en torno a su cintura y puso encima su brazo libre con gesto protector.

—Recuerda, Brie... estamos juntas en esto. ¿Qué? —preguntó Xena, volviéndose para mirar a Gabrielle al no recibir respuesta de su bardo.

—Es que no creo que me hayas llamado nunca nada más que Gabrielle desde que nos conocemos. ¿Por qué Brie?

—No sé... —farfulló la guerrera, con un leve rubor que le empezaba a subir por el cuello—. Me ha salido sin más.

—Me gusta. Sobre todo me gusta que sea un nombre que sólo utilizas tú. —Gabrielle sonrió sobre la piel del cuello de la guerrera.

Gabrielle empezó a depositar una serie de besitos por la piel desnuda del cuello y los hombros de Xena, por cualquier punto al que llegaran sus labios que no estuviera cubierto por la armadura.

Los tiernos labios de su bardo le produjeron una sensación que se clavó directa en el centro de Xena, haciendo gemir a la guerrera.

—Gabrielle —dijo la guerrera casi sin aliento—. A este paso vamos a tardar una semana en llegar a Potedaia.

—¿Y eso por qué, mi amor? —preguntó Gabrielle, haciéndose la inocente y echando a un lado el pelo de Xena para acariciarle la nuca con la punta de la lengua.

—¡Porque vamos a acampar ahora mismo! —declaró Xena, sacando bruscamente a la yegua del camino y adentrándose en el bosque.


—¿Hay alguien en casa? —preguntó Gabrielle, agitando la mano ante los ojos de su amante.

—Oh, lo siento, Brie... estaba pensando. —Xena salió de su ensimismamiento mientras contemplaba las llamas de la hoguera.

—¿Pensando o preocupándote?

Xena sonrió fugazmente a su joven amante al oír cómo le devolvía las palabras que ella le había dicho anteriormente.

—Un poco de las dos cosas, creo —respondió con una sonrisa.

—¿Te puedo ayudar? —preguntó Gabrielle.

—Pues la verdad es que sí... tenemos que hablar, Brie —afirmó la guerrera con seriedad.

La expresión de la bardo le dijo a Xena que la joven había malinterpretado sus intenciones.

—Oh, no... no es nada malo, sólo unas cosas que he pensado que tenemos que hablar.

—Ah —dijo Gabrielle, sonriendo ante su propia preocupación—. Creía... bueno, supongo que siempre hay una pequeña parte de mí que todavía está esperándose que me dejes en Potedaia —dijo, avergonzada de sus propios temores.

—Jamás, bardo mía... —Xena se sentó a su amante en el regazo y estrechó a la mujer más menuda en un cálido abrazo—. Gabrielle, lo diré una y otra vez si necesitas oírlo, pero jamás te dejaré. Tengo intención de hacerte la vida imposible hasta que seamos viejas y decrépitas —terminó la guerrera con un brillo guasón en los ojos azules—. Es de eso más o menos de lo que quería hablarte... de estar juntas hasta que seamos viejas y decrépitas. No quiero que te lo tomes a mal, teniendo en cuenta, como puedes ver, que me cuesta mucho no tocarte todo el rato. Es que... bueno... en la aldea amazona teníamos mucha libertad para... pues, besarnos y... ya sabes, siempre que queríamos, pero ahora que volvemos a estar en el camino... con gente y ciudades desconocidas...

—Oh, Xe, tranquila, lo comprendo. Yo nunca te avergonzaría en público...

—No, amor... tus caricias jamás podrían avergonzarme. Podrías besarme a fondo delante de mi propia madre y no me sentiría avergonzada. —La guerrera sonrió con ternura.

—Algún día te voy a tomar la palabra, sabes —bromeó Gabrielle.

—Estaba pensando más bien en la concentración. No quiero que estemos tan pendientes la una de la otra que perdamos de vista lo que ocurre a nuestro alrededor. Sabes que podríamos tener problemas si nos olvidamos demasiado de lo que nos rodea. No es bueno que una guerrera esté tan distraída.

—¿Y yo soy una distracción? —preguntó Gabrielle, olisqueando el cuello de la guerrera.

—Tú, mi amor, eres una distracción agradabilísima —bromeó la guerrera, besando a su amante en la punta de la nariz.

Gabrielle sonrió y le devolvió el dulce beso.

—Así que, ¿no podemos dedicarnos tanto a esto? —Gabrielle señaló los petates revueltos que habían estirado y colocado en el campamento dos veces desde la cena—. ¿O tal vez sólo cuando nos alojemos en una posada o en una ciudad?

—Bueno, no te pases. —El cuerpo de la guerrera ya empezaba a sentir la carencia—. Sólo he pensado que tal vez deberíamos ser un poco más selectivas con respecto a cuándo y dónde... no necesariamente en cuanto a la frecuencia.

Gabrielle se echó a reír al ver la expresión abatida de su amante.

—Yo nunca te rechazaría, amor mío —susurró con tono seductor.

Xena gruñó cuando el tono provocativo de la bardo hizo reaccionar a su cuerpo.

—Te llevaría al petate ahora mismo, pero quiero comprobar la zona antes de que nos pongamos demasiado cómodas —dijo, apartándose un poco de la bardo antes de renunciar del todo a ese plan.

—Xena —la llamó Gabrielle cuando la guerrera se adentraba en la oscuridad—. Ahora que somos amantes eso de "comprobar el perímetro" tiene un significado muy distinto, ¿verdad? —Sonrió.

Xena se detuvo en seco y se volvió para mirar a la joven.

—¿Lo sabías?

—Xe... ¿qué creías que hacía yo aquí cuando te ibas a darte placer? —preguntó Gabrielle, sonriendo dulcemente.

La visión que se coló en la mente de la guerrera hizo que se le pusieran los ojos como platos. Se volvió rápidamente para dirigirse al límite del campamento, pero no sin que Gabrielle oyera el gemido grave de excitación que soltó la guerrera.


Cabalgando hacia la pequeña aldea de Potedaia, Xena notó que el lenguaje corporal de Gabrielle cambiaba y que la joven que iba en la silla detrás de ella se iba pegando cada vez más a la guerrera. A Xena siempre le había parecido que Gabrielle se alegraba de ver a su familia, sobre todo a su hermana Lila, pero siempre había algo imperceptible que cambiaba cuando la bardo regresaba a su aldea natal.

—¿Qué tal si hacemos un descanso? —propuso Xena—. Tengo algo de sed. Además, sólo faltan un par de marcas para llegar a Potedaia.

A Gabrielle le pareció buena idea hacer un pequeño descanso. En realidad, cuanto más cerca estaba de su casa, más nerviosa se iba poniendo, hasta el punto de agarrarse con tal fuerza a Xena que temía ahogar a la pobre guerrera.

Sentándose debajo de un árbol, las dos se relajaron a la sombra, dándose cuenta de que las cálidas brisas del verano estaban llegando poco a poco a su fin.

—¿Qué tal era vivir en Potedaia, Brie? —preguntó Xena con aire despreocupado.

Gabrielle miró a su guerrera, disimulando apenas una expresión de dolor con una leve sonrisa.

—No sé... supongo que como en cualquier otra comunidad agrícola de Grecia.

Xena continuó.

—Es que no hablas mucho de cómo fue tu infancia aquí. Es decir, yo siempre estoy hablándote de cuando Liceus y yo nos íbamos de pesca o a nadar, de cómo aprendí a montar a caballo o a usar una espada... la verdad es que nunca sabré cómo te las arreglas para sonsacarme esas historias —dijo, sonriendo a su bardo.

Gabrielle se encogió de hombros como para decir que no había gran cosa que contar.

—Ven aquí —la animó Xena, colocándose a la mujer más menuda en el regazo. Besándola en la sien, la guerrera se regodeó en el calor familiar de su compañera.

—Mi infancia no fue una época muy feliz para mí —dijo Gabrielle, apoyando la cabeza en el pecho de la guerrera.

—Eso me parecía... ¿no puedes hablar de ello? ¿Ni siquiera conmigo, Brie? —dijo Xena con ternura, acariciando la cara de su amante.

—Es que me sentía muy... fuera de lugar —dijo Gabrielle despacio—. Claro, que cualquiera que tuviera medio ingenio y un cerebro completo se sentiría así, pero era algo más que el pueblo. Xe, me sentía así con mi familia. Lila y yo hemos tenido la mejor relación que pueden tener dos hermanas, pero mi madre era siempre tan distante y... bueno, ya sabes cómo me trata mi padre. No era mucho mejor cuando era pequeña. Siempre me sentía como... como una extraña —terminó en voz baja.

—Tú y yo, amor mío, tenemos más en común de lo que crees —comentó la guerrera, abrazando a su amante con fuerza—. ¿Te puedo hacer una pregunta?

—¿Mmmm?

—¿Por qué es tan importante para ti venir aquí para comunicarles lo nuestro si eso es lo que crees que sienten por ti? —preguntó Xena.

Irguiéndose para mirar a su amante a los ojos, Gabrielle dijo con tono tajante:

—Porque quiero que sepan quién soy... quién soy de verdad.

Xena se quedó ahí sentada contemplando los rasgos orgullosos y bellos de su amante y notó que otro trozo de esa vieja muralla que rodeaba su corazón caía al suelo.

—Gabrielle... ¿qué he hecho yo para merecer a una mujer tan maravillosa como tú en mi vida? —Y recalcó el comentario con un beso lleno de amor.

—No lo sé, pero ahora te tienes que quedar conmigo —rió la bardo.

Xena se levantó de un salto sujetando a Gabrielle en sus brazos.

—Bueno, eres demasiado pequeñaja para volver a echarte al agua —bromeó la alta guerrera.

—Xena... ¡bájame! —chilló Gabrielle.

—Me lo vas a tener que pedir con más amabilidad —dijo la guerrera, meneando las cejas.

Gabrielle se puso a besar ligeramente el cuello de la guerrera.

—Por favor, amor mío... ¿te importaría bajarme? —Luego rodeó el cuello de Xena con los brazos y la besó apasionadamente.

Cuando el beso terminó por fin, las dos descubrieron que les costaba respirar un poco más que al empezar.

—Gabrielle... —dijo Xena, con la voz ronca de deseo. Los ojos de la guerrera se posaron en los de la bardo y luego se desviaron hacia el bosque, y la mujer que tenía en brazos comprendió el ruego silencioso.

—Mm-mm —asintió Gabrielle y la guerrera se la llevó a las sombras del bosque.


Xena subió a Gabrielle a la silla detrás de ella, con la sonrisa de una guerrera auténticamente satisfecha.

—Xe. —Gabrielle le dio un manotazo en el brazo—. ¡Si no te quitas esa sonrisa de boba de la cara todo el pueblo va a saber lo que hemos estado haciendo y no tendremos que decirle nada a mi familia!

—¿Qué sonrisa de boba? —Xena hizo un esfuerzo por dejar de sonreír, pero fracasó.

—Esa sonrisa de boba —dijo Gabrielle, volviendo ligeramente a la guerrera para mirarla.

—Bueno, tú me la has causado... a lo mejor deberías hacer algo para eliminarla.

—¡Xena! —exclamó Gabrielle.

—Ah, está bien... lo intentaré.

Pasaron unos segundos y Gabrielle se echó rápidamente hacia delante en la silla para mirar a la guerrera a la cara.

—¡Xena!

—¡Lo estoy intentando! —gritó a su vez la guerrera. Con un ceño falso, se volvió de nuevo hacia la bardo—. ¿Mejor?

—Sí. Gracias, amor.

Pasaron unos segundos más y la sonrisa volvió a apoderarse de la cara de la guerrera.

—¡Aaarrggh! —gimió Gabrielle, sacudiendo la cabeza en vano sobre la espalda de su amante.


Lila fue la primera en ver a la pareja cuando se acercaban cabalgando hacia la pequeña granja.

—¡Gabrielle! —gritó la chica más joven, agitando la mano—. Madre, ven, corre.

Para cuando las amantes se detuvieron ante la pequeña casa, Lila y Hécuba, la madre de Gabrielle, estaban esperando.

Xena se quedó a un lado y dejó que las mujeres se saludaran e intercambiaran palabras amables, sin poder apartar los ojos de su hermosa bardo. Hecho que no escapó a la atención de Hécuba.

—Hola, Xena —saludó Hécuba, sorprendiendo a la guerrera con su cordialidad.

—Hécuba. —Xena alargó la mano para estrechar la de la mujer de más edad.

—Bueno, vamos dentro, ¿no? Xena, si te vas a quedar para visitarnos, puedes acomodar a tu yegua en el establo —dijo Hécuba, alisando bruscamente con las manos los pliegues de su delantal—. Vamos, niñas... Gabrielle, ¿es que no comes nada cuando viajas por los caminos? Estás en los huesos.

Las tres mujeres se dirigieron a la casa mientras Xena llevaba a Argo al establo.

Lila se volvió hacia Gabrielle y dijo:

—Gabrielle, ¿por qué tiene Xena esa sonrisa tan boba?

Xena casi se atragantó cuando su oído sobrenatural captó las palabras de la hermana de su amante, le empezó a subir un rubor lento por el cuello, se paró en seco y tuvo que obligarse a mirar a Gabrielle.

La bardo la miró a los ojos y dijo, moviendo sólo los labios, "Te lo dije", antes de responder a Lila:

—Cosas de guerreras...

Gabrielle entró en la casa, sonriendo.


—Ahora ya sé de dónde ha sacado Gabrielle su talento culinario. —Xena sonrió cuando Hécuba le ofreció a la guerrera otro pastel relleno.

—Eso siempre fue lo único que esta chica sabía hacer bien... la comida —rió Hécuba.

Gabrielle advirtió que esta noche Xena se estaba esforzando de verdad con el encanto personal, pero no por ello las palabras de su madre le resultaron menos hirientes. Sí, lo único que hice bien fue aprender a cocinar.

—Pues lo bueno es que ahora tiene mucho talento... para muchas cosas —intervino Xena para salvar la situación, ganándose una mirada de Gabrielle tan llena de amor que su madre no pudo por menos de advertirla.

Mientras, el padre de Gabrielle, Herodoto, echaba miradas asesinas a la guerrera en silencio.

—Deja, ya me ocupo yo —dijo Xena, quitándole a Hécuba los platos y cuencos de las manos y despejando el resto de la mesa.

—Xena, tú eres una invitada... no tienes que hacer eso —dijo Hécuba, un poco pasmada, pues la gran guerrera parecía fuera de lugar en su cocina.

—No pasa nada... Gabrielle me tiene bien entrenada —dijo, guiñándole el ojo a la bardo, que acababa de entrar en la cocina en ese momento.

—Pero no le pidas que cocine... a menos que de verdad te guste la comida quemada —soltó a su vez Gabrielle.

—Ooooh, qué mala —respondió la guerrera.

Hécuba se quedó observando el intercambio y, en ese instante, supo que esta Gabrielle ya no era la niña que se había marchado de Potedaia en pos de la Princesa Guerrera. Era una compañera en igualdad de condiciones y para la mujer mayor era evidente que Gabrielle había encontrado una vida que la hacía feliz y de paso, posiblemente, a una guerrera cuyo corazón estaba completamente entregado a la joven bardo.

—Brie, ¿por qué no haces compañía a tu madre? Yo puedo terminar esto.

—No tienes por qué hacerlo sola —respondió Gabrielle.

Cuando Hécuba pasó a la otra estancia para recoger más platos, Xena le susurró a la bardo:

—Por favor, Brie... prefiero con diferencia quedarme aquí que estar sentada ahí aguantando las miradas de tu padre toda la noche.

Gabrielle sonrió con tristeza.

—Lamento todo esto, Xe.

—No lo lamentes... tú ve y pásalo bien con tu madre —susurró la guerrera, besando a su amante en la frente.


Xena limpió la cocina y pasó casi toda la velada dando cuidados muy merecidos a Argo y evitando con éxito al padre de Gabrielle. Se sentó en el establo a arreglar una parte del ronzal de la yegua dorada que se estaba deshaciendo, pensando en Gabrielle y preguntándose si debería estar a su lado en estos momentos. No, ella no lo soltaría sin más. Conociendo a Gabrielle, querrá planearlo con cuidado... paso a paso. Esa idea, por supuesto, la llevó a pensar en la cuidada seducción que Gabrielle había planeado para la guerrera en la aldea amazona y se perdió en sus propias fantasías.

Un grito de mujer fuera del establo devolvió a Xena al presente de forma inmediata. Espada en mano, estuvo a punto de arrollar a Lila al salir disparada por las puertas del establo.

Lila tenía sus propios problemas en ese momento, pues intentaba defenderse de las intenciones de un joven enardecido. El muchacho, apenas hombre, vio a Xena que salía disparada del establo, con la luz de la luna reflejada en la espada, y estuvo a punto de desmayarse del susto.

Para cuando Gabrielle y sus padres rodearon la casa, Xena tenía al joven agarrado por la garganta, con los pies colgando en el aire sin tocar el suelo.

—Cabroncete patético —gruñó la guerrera.

—¿Qué ocurre? —gritó Gabrielle para hacerse oír por encima de los sollozos de Lila.

—M-M-Malachus intentaba besarme... y-y yo no quería —dijo Lila entre hipidos. El joven jadeaba sin aire y daba la impresión de que Xena no tenía la menor intención de dejarlo respirar... nunca más.

—¡Xena! —le gritó Gabrielle a su amante—. Xe —repitió, suavemente, alzando la mano para agarrar a la guerrera por la barbilla y volver su cara hacia ella.

Los ojos de Xena se volvieron hacia los de su amante con una gélida mirada azul. Nada más ver a Gabrielle, la guerrera frunció el ceño y su gélida mirada azul empezó a derretirse con la expresión de adoración que Hécuba había visto antes.

—No es más que un niño, Xe... suéltalo —prácticamente susurró Gabrielle.

Los músculos del brazo de Xena se relajaron y el chico cayó al suelo, agarrándose la garganta y boqueando. Xena se agachó y bajó bruscamente la cabeza del chico para que la pusiera entre las rodillas como si se hubiera quedado sin aire por un golpe.

—Despacio, respira hondo... se te pasará dentro de nada —le aconsejó la guerrera.

—No pasa nada, padre... vuelve a la cama —dijo Gabrielle, intentando devolver la velada a la normalidad.

Herodoto escupió en el suelo, masculló algo sobre dar palizas a aldeanos inocentes y luego se dio la vuelta y regresó a la casa.

—Levántate —le ordenó Gabrielle al joven—. Malachus, ¿tú sabes quién soy yo?

—Sí... eres la hermana de Lila. Viajas con la Princesa Guerrera. —Al chico le temblaba la voz al hablar.

—Así es —contestó Gabrielle—. Me quiere mucho —continuó, mirando de nuevo a su guerrera con ojos en los que sólo había amor—. Haría cualquier cosa por mí... por tanto, haría cualquier cosa por mi familia. Sé cómo les gusta a los jóvenes hablar con sus amigos... No me gustaría nada pensar que te dedicas a contar a esos amigos tuyos mentiras o cotilleos sobre Lila y lo que ha pasado esta noche.

—Oh, no, señorita —tartamudeó él, pasando la mirada de Xena a Gabrielle.

—No quiero tener que volver aquí para buscarte, Malachus... —intervino Xena con una sonrisa feroz.

—Oh, no... nunca, jamás. —El joven parecía suficientemente aterrorizado ahora que la guerrera conocía su nombre.

—Entonces a lo mejor deberías empezar por pedirle disculpas a Lila —continuó Gabrielle.

Malachus se apresuró a pedir perdón, pero se trabucaba tanto con las palabras que al final resultó una disculpa de ló más patético.

—Lila... n-no quería hacerte daño... o sea, yo nunca... sólo quería, o sea, nunca... —No dejaba de mirar a Xena y Gabrielle, inclinándose cada vez más hacia Lila y bajando la voz hasta que apenas se lo oía—. N-n-nunca he besado a una chica... y eres tan guapa...

Xena y Gabrielle se miraron y trataron de disimular sus sonrisas ante el joven que había estado a punto de que lo mataran por simple falta de experiencia.

—Da las buenas noches, Malachus —dijo Xena, rodeando los hombros del chico con el brazo—. Tenemos que hablar —le dijo, llevándoselo en dirección al pueblo.

Hécuba se había quedado allí plantada, clavada en el sitio, mientras ocurría todo esto. Habría dos cosas que siempre recordaría sobre el episodio de esta noche. La primera era la fuerza bruta que tenía la guerrera. Cuando se encontraron a Xena sujetando a Malachus por la garganta, Hécuba vio los músculos abultados del brazo de la guerrera, el antebrazo y el bíceps doblados con fuerza sobre el hueso. La segunda cosa era lo enamorada que estaba su hija de la alta guerrera.


—¿Por qué no quieres quedarte en tu antigua habitación conmigo, Gab? —dijo Lila mientras ayudaba a Gabrielle a extender las mantas y un petate en el pajar.

—Porque mi sitio está con Xena —dijo Gabrielle suavemente.

Xena había regresado tras una larga charla con el joven Malachus, había entrado en el establo y había oído a las dos jóvenes en el pajar. No tenía intención de espiar, para la guerrera caminar sin hacer ruido era una habilidad natural, y tampoco tenía intención de ocultar el hecho de que estaba en la cuadra de Argo justo debajo de su amante y la hermana de ésta. Ahora, sin embargo, oyó las preguntas que se estaban planteando y no pudo evitar escuchar las respuestas de la bardo.

—¿De verdad crees que Xena haría cualquier cosa por ti? —preguntó Lila, un poco maravillada.

—Sé que lo haría... me lo demuestra cada día —sonrió Gabrielle.

—A mí también me caen bien mis amigos, pero yo no haría cualquier cosa por ellos.

—Xena y yo lo haríamos porque nos amamos.

—¿La amas como amabas a Pérdicas? —A Lila se le pusieron los ojos muy redondos al oír la confesión de su hermana.

A Xena casi se le paró el corazón al oír las palabras de Lila y tuvo que recordarse a sí misma que tenía que respirar. En el poco tiempo que las dos llevaban de amantes, Gabrielle y ella no habían hablado de nadie con quien hubieran estado anteriormente. Pensándolo ahora, Xena sabía el daño que debía de haberle hecho a la bardo con sus devaneos fortuitos con hombres como Ulises. Aunque las dos hubieran hablado, Xena no sabía si alguna vez tendría el valor de sacar el tema del matrimonio de Gabrielle con Pérdicas. Todavía le dolía demasiado, al saber que la única mujer que había capturado el corazón de la guerrera la había dejado para ser amada por otro. ¿Sabe cómo me partió el corazón?

Gabrielle dejó lo que estaba haciendo e hizo un gesto a su hermana para que se sentara a su lado.

—Lila... te voy a decir algo... algo que ni siquiera le he dicho a Xena. Te lo digo a ti porque quiero que comprendas ciertas cosas sobre el amor... sobre la toma de decisiones y estar con la persona adecuada. No quiero que tú tengas que sufrir el mismo dolor que he sufrido yo. —Los ojos de Gabrielle se llenaron de lágrimas y su hermana se arrodilló a su lado y le cogió la mano—. No amo en absoluto a Xena como amaba a Pérdicas —afirmó Gabrielle con tristeza.

Xena estaba convencida de que esta vez sí que se le había parado el corazón. Todo el dolor que alguna vez podría haber imaginado estaba contenido en esa sola declaración. No haber sido la primera era una desilusión, pero ir siempre en segundo lugar en el corazón de Gabrielle era como si le hubieran dado una patada en el estómago sin avisar.

—Yo no amaba a Pérdicas como se debería amar a un compañero, a la persona con la que deseas pasar el resto de tu vida. Lo quería porque era un chico con el que me había criado, porque me recordaba las cosas buenas de casa... lo quería como amigo, no como amante.

—Gabrielle, ¿por qué te casaste con él si sabías que eso era lo que sentías? —preguntó Lila.

Gabrielle tenía la cara bañada en lágrimas, pero sabía que tenía que contar toda la historia, experimentar la purga catártica que le pedía su corazón lleno de culpa.

—Me casé con él porque me lo pidió... porque dijo que me amaba... porque nunca pensé que pudiera tener algo mejor —terminó en un susurro—. Estaba enamoradísima de Xena y nunca pensé que ella pudiera amarme de la misma manera... de modo que me conformé con algo que no era lo que deseaba mi corazón. Lila, cuando Pérdicas me hizo el amor en nuestra noche de bodas, yo sólo podía pensar en Xena... en cuánto deseaba que hubiera sido ella. Había tomado la decisión e iba a tener que vivir de acuerdo con ella, pero aunque Pérdicas y yo hubiéramos tenido una larga vida juntos, nunca lo habría amado tanto, tan profundamente como amo a Xena. —La bardo y Lila siguieron sentadas la una al lado de la otra, cogidas de la mano, sintiendo el simple bienestar de ser hermanas. Gabrielle se enjugó las lágrimas de la cara y continuó—. He tardado mucho tiempo en superar el sentimiento de culpabilidad por la muerte de Pérdicas. Me volvía loca pensando que si hubiera sido sincera con todo el mundo... con Xena, con Pérdicas, incluso conmigo misma, nada de esto habría ocurrido... ese muchacho seguiría vivo. Acabé haciendo daño a mucha gente. Sé que hice daño a Xena... nunca hemos hablado de ello, pero Lila, tengo intención de pasarme el resto de mi vida demostrándole a Xena que quería que fuese ella... que quería que ella fuese la primera. No quiero que vuelva a dudar jamás de la profundidad de mi amor por ella.

Por las mejillas de la guerrera resbalaban lágrimas ardientes al escuchar las confesiones de pena y remordimientos de su bardo. Qué carga había decidido echarse encima su joven amante. Jamás, bardo mía... jamás dudaré de tu amor.


—Eh, ¿os habéis quedado dormidas ahí arriba o qué? —exclamó Xena mirando hacia el pajar. La guerrera había salido del establo hacía un rato, no sólo para calmarse, sino también para darle más tiempo a su amante para hablar con su hermana.

Las dos hermanas bajaron por la escalera, sonriendo a la guerrera. Xena esperaba que sus ojos no revelaran que había estado llorando, como se veía en los de Gabrielle.

—Bueno, es tarde... —dijo Lila vacilando. Se volvió y dio un beso de buenas noches a su hermana—. Buenas noches, Gab. —Dudando ante la imponente guerrera, Lila pareció tomar una decisión, se puso de puntillas y le dio un beso a la guerrera en la mejilla—. Buenas noches, Xena. —Cuando Lila llegó a la puerta, se volvió y miró a Xena de nuevo—. Gracias por lo que has hecho esta noche, Xena.

Todavía un poco desconcertada por el beso, Xena no supo qué responder a la joven.

—Por darle un susto del Tártaro a tu pretendiente... pues de nada —dijo con humor.

Lila soltó una risita y salió corriendo por la puerta, dejando a las amantes por fin solas.

—¿De qué iba todo eso? —preguntó Xena.

Riendo, Gabrielle rodeó con los brazos la cintura de la guerrera.

—Creo que te acabas de convertir en la heroína de una mujer más de la familia.

—Genial —dijo la guerrera con falso aire de desdén—. ¡Si apenas puedo con la primera!

—Muy graciosa —sonrió la bardo, estrechando a la guerrera con más fuerza.

—¿Te importaría que hiciera una cosa que llevo esperando toda la noche para hacer? —preguntó Xena.

—¿Me va a hacer feliz? —preguntó a su vez la bardo.

—Si no te hace feliz... es que no lo hago bien.

Xena cogió la cara de la bardo entre las manos y la besó delicadamente, dedicando largo rato a acariciar suavemente los labios y la lengua de la bardo con los suyos.

—Guau —dijo Gabrielle sin aliento.

Xena se echó a reír suavemente y abrazó a su amante.

—¿La mejor bardo de Grecia y lo único que se te ocurre es guau?

—Bueno —dijo Gabrielle, explicándose algo azorada—, es que cuando haces eso se me ablanda el cerebro.

—Ya, ¿pero te ha hecho feliz? —le sonrió la guerrera.

—Oh, sí —dijo Gabrielle, que todavía intentaba recuperar el aliento.


—Gabrielle... —susurró Xena.

Las dos mujeres estaban abrazadas la una a la otra en su cama improvisada sobre el heno del pajar. Ninguna de ellas tenía sueño, pero daba gusto relajarse sin que nadie las viera. Todavía hacía calor en el establo: las dos amantes, con camisas de algodón, no necesitaban mantas.

—Gabrielle, sé que probablemente no quieres... bueno, ya sabes, con eso de que tus padres están tan cerca, pero me estoy volviendo loca aquí tumbada contigo sin poder sentir tu piel sobre la mía. —Hala, ya lo he dicho y ahora piensa que soy un animal insaciable.

Gabrielle sonrió y besó a la guerrera en el hombro al que estaba pegada. Cogiendo el borde de su camisa de dormir, se quitó la tela del cuerpo con un rápido movimiento. Alargando las manos hacia su amante, ayudó a la guerrera a hacer lo mismo. Pegadas la una a la otra, Gabrielle tuvo que reconocer que esto estaba mucho mejor.

—No puedo evitarlo, Brie... eres una gozada —dijo Xena, acariciando la piel desnuda de la espalda y los hombros de su amante.

—Me gusta que te cueste tanto resistirte a mí, sabes —susurró la joven.

—La mayor parte de los días, tengo que hacer uso de todo mi control, amor mío —respondió la guerrera con una sonrisa.

—Xena... tengo que decirte una cosa. —Gabrielle se puso seria—. No quiero que vuelva a haber mentiras entre nosotras... ya hemos sufrido las dos bastante por eso. Cuando Lila y yo estábamos aquí preparando el petate, bueno... quiero que sepas...

—Gabrielle, yo también quiero ser sincera contigo...

Xena sabía a qué mentiras se refería Gabrielle... Esperanza... Ming T'ien... habían sufrido el Tártaro a causa de las mentiras y medias verdades que se habían dicho. La guerrera sabía que tenía que empezar esta relación con buen pie, aunque eso supusiera pasar por momentos difíciles. Al menos, a esos podrían enfrentarse juntas.

—...Brie, cuando estabas hablando con Lila, yo estaba...

—No, Xe... yo primero, ¿vale? —Gabrielle colocó sus dedos suaves sobre los labios de la guerrera.

Xena asintió en silencio y Gabrielle continuó.

—Cuando estaba aquí en el pajar, contándole esas cosas a Lila... sabía que tú estabas en la cuadra debajo de nosotras.

—Pero... cómo... todo el... ¿sabías que yo estaba ahí todo el tiempo? —Xena sintió que se le acaloraba la cara de vergüenza—. Eso es lo que estaba a punto de decirte... lo siento muchísimo, no quería...

—Lo sé... no pasa nada, Xe. Dije todo eso en parte porque quería que Lila comprendiera las consecuencias a las que nos enfrentamos cuando tomamos decisiones.

—¿En parte? —preguntó Xena.

—Sí —dijo Gabrielle, con lágrimas en los ojos—. La otra razón era porque quería que tú supieras lo llevaba en el corazón... por qué hice lo que hice... y cuánto lamento haberte hecho daño. No sabía si iba a tener el valor de decírtelo cara a cara.

—Oh, Brie... cada día te quiero más —confesó la guerrera, enjugando las lágrimas que no habían caído de los ojos de la bardo—. Por favor, por favor, mi amor... no tengamos nunca miedo de decirnos cualquier cosa.

—Siento haberte hecho daño... —se disculpó Gabrielle.

—Yo necesito tu perdón más que tú el mío. Si te hubiera dicho lo mucho que te quería hace mucho tiempo, nunca te habrías marchado para casarte con Pérdicas. Yo habría sido la primera para ti... él seguiría vivo. Dahak, Esperanza... todo aquello... Gabrielle, yo soy responsable de gran parte de tu dolor.

—Basta, Xe —dijo Gabrielle con más brusquedad de la que pretendía. Cogió la cara de Xena para poder mirarla a las profundidades azules—. Ya lo estás haciendo otra vez, mi amor. Echándote todo el peso del mundo sobre los hombros. No eres Atlas... no has sido condenada a eso para toda la eternidad.

Ahora le tocó a Gabrielle enjugar las lágrimas de la cara de su amante.

—Oh, Xe... las dos hemos cometido errores, pero forman parte de nuestro pasado. Entonces no nos teníamos la una a la otra, como nos tenemos ahora. Ya no tenemos que pasar por nada solas... siempre nos tendremos la una a la otra.

—Sigo deseando haber sido la primera —dijo la guerrera un poco triste.

—Yo quiero que seas algo mejor, amor mío —susurró Gabrielle, inclinándose sobre la guerrera y acariciándole la cara con ternura—. Quiero que seas la última.

Xena dejó que se le escaparan las lágrimas de los ojos al tiempo que estrechaba a su joven amante entre sus brazos y la besaba como si quisiera revelarle hasta el último secreto de su alma.


—Gab, voy a ayudar al tío Delos esta noche a servir cenas en la posada. ¿Qué tal si Xena y tú venís al pueblo y a lo mejor cuentas unas historias? —suplicó Lila.

Las cuatro mujeres estaban tomando una taza de té matutino: el padre de Gabrielle se había ido al amanecer a trabajar en los campos, para gran alivio de Xena.

—No sé, Lila... puede que el tío Delos ya tenga un bardo, además, Xena y yo nos pasamos la vida en las tabernas, seguro que no quiere hacerlo aquí también.

—Oh, apuesto a que a Xena le gusta oír tus historias, ¿a que sí, Xena? —insistió Lila.

—Por supuesto —dijo la guerrera sin dudar.

Gabrielle enarcó una ceja y echó a Xena la mirada que quería decir "gracias por la ayuda".

—La verdad es que preferiría quedarme en casa con madre.

—Pues es que, Gabrielle... yo también voy a ayudar a Delos. Va a llegar una gran caravana de paso y el pueblo entero está sobre ascuas. Tendrían que haber llegado esta mañana.

—Bueno, si toda la familia va... supongo que no hay más que hablar, ¿eh? —le dijo Xena a Gabrielle, dándose una palmada en las rodillas y sonriendo alegremente.

—No creas que no me voy a vengar, guerrera —le susurró Gabrielle a su amante al oído.

Xena se limitó a poner los ojos en blanco y silbar, con la cara más inocente que era capaz de poner una Princesa Guerrera.


—¿Qué es todo esto? —preguntó Gabrielle, reuniéndose con Xena en el establo en medio de sus alforjas. El atuendo de cuero propio de una amazona de la joven estaba desempaquetado, junto con los brazales, el cinturón de cuero y las joyas.

—He pensado que a lo mejor... bueno, has dicho que querías que tu familia supiera quién eres. He pensado que no estaría mal empezar por aquí.

—No sé yo, Xe...

La guerrera se puso detrás de la bardo y rodeó la figura más pequeña con sus fuertes brazos.

—Has dicho que querías que supieran quién eres de verdad, Brie. ¿Y si esta noche no cuentas una historia de la Princesa Guerrera y les cuentas algo original... como una historia sobre cómo una pequeña campesina asustada se convirtió en reina de la Nación Amazona?

—¿Tú crees que están preparados para oír una historia así?

—Seguro que más adelante no van a estar mejor preparados, mi amor —le susurró Xena a su amante al oído.


—¿Ep? —exclamó Gabrielle sin dar crédito, abrazando con fuerza a su amiga amazona. La caravana había llegado ese día, efectivamente, y la taberna estaba llena hasta los topes. Poco sospechaban Xena y Gabrielle que se trataba de una caravana de amazonas—. ¿Pero qué hacéis todas aquí? —preguntó Gabrielle, totalmente pasmada. Debía de haber entre veinte y veinticinco guerreras amazonas junto con la gente del pueblo en la posada de su tío.

—Habíamos llevado la cosecha sobrante al pueblo de Olintos y hace unos dos días, cuando regresábamos a Amazonia, perdimos el eje de uno de los carros. Así que mandamos aviso y decidimos visitar Potedaia.

—Cómo me alegro de ver una cara amiga —dijo Gabrielle, abrazando de nuevo a su amiga.

Xena se sacudió el polvo de las manos después de meter unos cuantos barriles más de oporto para Delos, el tío de Gabrielle. Mirando a su alrededor, buscó por la sala a su bardo y la vio hablando con Eponin. Pero, ¿y eso?

Al ver a su joven amante vestida con su atuendo de cuero de amazona, Xena se quedó sin aliento: un suave corpiño de cuero marrón que le quedaba a la bardo como una segunda piel y una falda enrollada que la joven se había acostumbrado a llevar. El cinturón de cuero le colgaba de las caderas, más como adorno que con un fin práctico. Gabrielle había decidido incluso ponerse los brazales para la ocasión.

La guerrera observó con orgullo que la joven reina había prescindido de los collares de cuentas a favor del colgante que le había dado Xena. La guerrera había notado que Gabrielle nunca se quitaba el colgante, ni siquiera para bañarse, y sonrió al saber que cualquiera que mirase su armadura reconocería al instante el diseño de los corazones del colgante. Dioses, espero que esta noche salga todo bien... si no, mi sorpresa no va a tener mucho éxito.

Cuando Gabrielle y Eponin intercambiaban un abrazo amistoso, la guerrera amazona levantó la mirada y vio a Xena que avanzaba entre la gente para reunirse con ellas. Eponin se dio cuenta de dónde tenía las manos y las apartó rápidamente de la cintura de la joven reina como si le quemaran.

—¿Quién dice que a las viejas guerreras no se les puede enseñar nada nuevo? —gruñó Xena al ver lo que hacía su vieja amiga.

—Xe —la reprendió Gabrielle con una sonrisa.

—En el nombre de Zeus, ¿qué te trae por aquí? —Xena agarró a su amiga por el cuello de la túnica y se inclinó hacia la mujer—. Si estás siguiendo a tu reina, ya está pedida —gruñó por lo bajo.

—Muy graciosa... ¿intentas que me entre complejo o es que te gusta tirarme desde grandes alturas?

Las dos guerreras se tomaron el pelo amistosamente y Eponin contó la historia de cómo habían acabado en Potedaia.

—Lila. —Gabrielle agarró a su hermana del brazo cuando pasaba a su lado de camino a la cocina para recoger más bandejas—. Eponin, quiero presentarte a mi hermana, Lila —dijo la joven reina con orgullo.

Lila se quedó con los ojos como platos al ver a la guapa guerrera, que le cogió delicadamente la mano que le ofrecía y le rozó ligeramente con los labios el dorso de los dedos.

—Buenas noches, princesa —dijo Eponin con encanto.

—¿Yo? ¿Princesa? —dijo Lila, poniéndose coloradísima.

—Bueno, tu hermana es nuestra reina. El derecho de nacimiento te otorga el título de princesa amazona —explicó Eponin.

De repente, Gabrielle advirtió que Eponin seguía sujetando la mano de Lila y se volvió para echar una mirada a su guerrera como diciendo "haz algo".

Xena captó de inmediato lo que en adelante sería conocido como "la mirada". En años siguientes, cada vez que Xena hiciera algo estúpido... beber demasiado o si Gabrielle pensaba que su amante estaba tonteando con otra mujer... cualquier tipo de metedura de pata social... Xena sería blanco de "la mirada". Y en este preciso momento quería decir, Haz algo, guerrera... ¡haz algo ya!

Xena se puso detrás de Eponin, clavándole la armadura en la espalda.

—Lila es la hermana mucho más pequeña de Gabrielle —dijo la guerrera, pronunciando cada sílaba con total claridad.

Eponin soltó la mano de Lila y se apartó de la joven como si tuviera la fiebre de los pantanos.

Lila se quedó algo confusa, pero se volvió hacia su hermana.

—Gabrielle... ¿de verdad soy una princesa?

—Venga, princesa —dijo Delos, el tío de las chicas, sonriendo y empujando a Lila hacia la cocina—. ¡Vuelve a la cocina ahora que todavía te cabe la cabeza por la puerta! Gabrielle... —Delos tenía las manos llenas de platos y jarras y su corpachón se cernía por encima de la figura más pequeña de su sobrina—. Ya sé que eres de la familia y que no debería pedírtelo, pero te pagaré todos los dinares que quieras si consigues domar a este gentío con unas cuantas historias.

—Claro —dijo la bardo con una sonrisa—. Espera que coja una copa de agua. Bueno, el deber me llama —dijo Gabrielle alegremente—. Voy a saludar a algunas de nuestras hermanas antes de ponerme a ello —terminó, señalando con la cabeza una mesa grande que había junto a un escenario improvisado.

—Píllame por banda antes de empezar, ¿vale? —dijo Xena.

Gabrielle se acercó a su amante y susurró:

—No voy ni a picar... es demasiado fácil —dijo con una sonrisa lasciva.

—Ga-bri-elle —advirtió Xena, notando que empezaba a sonrojarse.

La risa de Gabrielle resonó por la taberna mientras avanzaba hacia las demás amazonas. Sólo quería saludar a algunas de las guerreras a las que conocía personalmente y se olvidó del apego que sentían las amazonas por la ceremonia y el protocolo.

—Tarazon... cómo me alegro de volver a verte —empezó la joven reina.

Casi veinte amazonas se levantaron de un salto de sus asientos, reconociendo a su reina de inmediato, e hincaron la rodilla ante la pasmada Gabrielle.

—Mi reina —dijo la joven Tarazon, encantada de que la hermosa reina se acordara siquiera de ella.

La conversación se fue apagando y por fin se detuvo por completo en las mesas que rodeaban a las amazonas arrodilladas. Lila salía en ese momento de la cocina con una bandeja de platos llenos de comida.

—Caray —dijo la joven al ver el impresionante espectáculo que tenía delante.

—Chicas... chicas, ya podéis levantaros —dijo Gabrielle, más que cortada.


Xena todavía se estaba riendo cuando Gabrielle regresó con la guerrera.

—¿Problemillas, mi reina?

—Oh, calla —replicó Gabrielle, dándole un manotazo cariñoso a su amante en el brazo.

Xena miró por la taberna como si buscara algo. Al ver la puerta del almacén donde había metido antes los barriles de oporto, agarró a Gabrielle de la mano y se llevó a la joven al interior de la estancia a oscuras.

—Esto es para desearte buena suerte —susurró la voz seductora de la guerrera al oído de su amante.

Xena besó a la joven bardo con todas sus ganas, hasta que a las dos les entró vértigo y justo cuando la guerrera pasaba un brazo alrededor de la cintura de la bardo, a Gabrielle se le doblaron las rodillas.

—Guau... —dijo Gabrielle sin aliento.

Sonriendo a su joven amante, Xena sintió exactamente lo mismo.

—Vas a tener que inventarte algo mejor, sabes.

—No sé... creo que eso lo ha dicho todo —replicó Gabrielle, besando a su guerrera en el cuello.

—Bueno, pues si eres muy buena esta noche, te daré una sorpresa —dijo Xena crípticamente.

—¿Ah, sí? ¿Y esta sorpresa me hará feliz? —bromeó Gabrielle.

—Bueno, hacer muchas cosas.

—Lo sé... y a mí me gustan todas esas cosas —respondió Gabrielle al tiempo que se daba la vuelta para salir de la estancia.

Xena agarró rápidamente a su joven amante por detrás y pegó su cuerpo al de la bardo, acariciando la oreja de Gabrielle con su cálido aliento. Con un tono colmado de un hambre repentina, la guerrera contestó:

—Todavía no has probado ni la mitad de las cosas que sé hacer, amor mío.

Eso fue todo, y al instante las rodillas de Gabrielle se convirtieron en un cálido líquido. Si el brazo de la guerrera no la hubiera tenido sujeta con tanta fuerza, la joven reina estaba segura de que se habría caído al suelo como un fardo.


Xena disfrutó viendo el sonrojo del rostro de Gabrielle cuando ésta se dirigió hacia la silla situada en el escenario improvisado, sobre todo porque, pensó la guerrera, ella era la responsable del estado algo jadeante de la bardo. La guerrera se volvió hacia el bar para coger la jarra de oporto que Delos le puso delante y fue a poner una moneda en el mostrador como pago.

—Tu dinero aquí no vale, Xena... eres prácticamente de la familia —dijo el hombretón.

—No quiero aprovecharme —dijo Xena. Enarcando la ceja, continuó—: Además, soy capaz de beber mucho oporto en una sola noche —terminó con una sonrisa.

Delos se echó a reír a carcajadas.

—¡Bueno, lo has traído todo tú, así que deberías tú ser quien se lo beba! En cualquier caso... creo que ella lo merece —dijo, señalando a Gabrielle con la cabeza.

Ella se volvió para mirar a Gabrielle, que se estaba acomodando en la silla y bebiendo un poco de su jarra de agua. Xena descubrió que le caía bien el tío de su amante, este gigante de alma bondadosa.

—Eso es cierto —dijo la guerrera por lo bajo—, eso sí que es cierto.

Tras encontrar un asiento al fondo de la sala desde donde podía ver a su bardo, Xena se apoyó en la pared y estiró las largas piernas hacia delante. Gabrielle empezó despacio con unas cuantas historias cortas, pero emocionantes, para prender el interés de los clientes, y luego la bardo pasó a las historias bélicas. Cuidado con los griegos, una historia sobre la Guerra de Troya, siempre tenía éxito y Gabrielle la contaba bien. Un buen día narraba el intento de Xena y Gabrielle de engañar a las fuerzas de César y Pompeyo para que lucharan entre sí, aniquilando a casi veinte legiones de soldados romanos.

Xena se sintió atravesada por la culpa de aquel día. Su odio por César había vuelto a empujarla a meter a Gabrielle en una situación en la que la bardo había tenido que elegir entre Xena y su propio código ético personal. Incluso ahora, Xena recordaba los sollozos de Gabrielle mientras la guerrera sostenía a la joven en medio de un campo de batalla lleno de muertos y agonizantes.

Como siempre, las historias de guerra de Gabrielle no sonaban idealizadas como las de otros bardos. Su enfoque era la inutilidad de la guerra. Podía haber honor en morir por aquello en lo que se creía en el campo de batalla, pero ¿y las esposas y los hijos que quedaban atrás... qué iba a ser de ellos? Esto era lo que su bardo veía en la guerra. Un desesperado campo de destrucción donde los muertos sólo sabían una cosa: que era mejor estar vivo.

Como la gran bardo que era, Gabrielle siempre sabía calibrar la reacción de un público y sabía que sus historias de guerra, llenas de tristeza, podían deprimir a los oyentes. Tras una pausa de apenas unos segundos, emprendió uno de sus relatos más animados, que había titulado Estados alterados de la conciencia.

Xena observó que algunos de los clientes se enjugaban las lágrimas de los ojos tras las historias de la bardo sobre las consecuencias de la guerra. Aunque la guerrera no hubiera vivido la historia, la habilidad de Gabrielle con las palabras también la habría tenido a ella presa de la poderosa red que tejía. Sonrió por dentro cuando su bardo empezó a contar la historia de cómo Xena había intervenido para evitar el sacrificio de un niño a manos de su padre engañado. La sonrisa de Xena aumentó cuando la bardo se lanzó a contar las aventuras de la compañera de la Princesa Guerra y cómo dicha compañera había acabado drogada con beleño y había decidido que las rocas "hablaban" con ella.

Gabrielle nunca mencionaba durante sus historias que ella era la compañera de la gran Princesa Guerrera. A menudo contaba historias sobre el rescate de la compañera por parte de su amiga guerrera, pero jamás revelaba que la propia Gabrielle había ayudado y salvado a la guerrera innumerables veces. En cambio, la bardo hacía que la luz de su historia se reflejara en una señora de la guerra reformada, en la ex Destructora de Naciones que había dejado atrás un pasado malévolo y ahora viajaba por la tierra buscando la redención de su propia alma.

De modo que Xena cerró los ojos y se sumergió en las palabras de la bardo. Era la voz de su amante lo que embelesaba a la guerrera, lo mismo que sus historias. Xena recordó, al tiempo que la bardo decía las palabras en voz alta desde el escenario, la cueva donde la joven se apoderó por fin del corazón de la guerrera.

"¡Por los dioses! ¡Eres... preciosa!"

Xena se rió por lo bajo al recordarlo al tiempo que el público se reía de la pequeña compañera drogada que apenas se mantenía en pie, pero que en cuanto abrió los dos ojos, desnudó su corazón.

Los oyentes no sabían que esas palabras habían estado encerradas a cal y canto en el corazón de Gabrielle durante lo que a la joven le parecía una eternidad, hasta que la droga acabó con sus inhibiciones. La joven reina se fijó en su amante, sentada al fondo de la taberna con los ojos cerrados, pero riendo al recordar el "incidente del beleño". Gabrielle supo en ese instante que su vida con Xena había cambiado. La orgullosa guerrera solía abandonar la sala en cuanto empezaban las historias de la Princesa Guerrera, o se quedaba sentada, bebiendo su oporto, con el gesto torcido por haberse convertido en el centro de atención.

Los ojos de la guerrera se abrieron de golpe cuando un sexto sentido le hizo notar el calor de la mirada de su amante. Gabrielle casi se ahogó al ver el deseo azul que emanaba de los ojos de la belleza de pelo negro. Tras estar a punto de perder el hilo de la historia, Gabrielle continuó, pero su rostro se empezó a teñir de un rosa encendido.

La guerrera sonrió de nuevo, cerró los ojos y gozó de la reacción que le había provocado a su amante con una sola mirada. De repente, recordó cómo se había sentido al oír la declaración de Gabrielle sobre su belleza. Ahora sabía que ya en aquel entonces estaba enamorada de su amiga. Por supuesto, siempre se había dicho a sí misma que era amistad, pero ¿acaso no conocía la verdad... incluso entonces?

Dioses, recuerdo la sensación que me produjo cuando estaba agarrada a mí en ese pozo. ¿No me dije a mí misma en ese momento que sólo era porque hacía tanto tiempo que no disfrutaba de los placeres del lecho con un amante por lo que reaccioné con tanta intensidad?

Xena se permitió regodearse en las sensaciones de aquel incidente del pasado y de repente, la voz de la bardo se fue alejando y en la sala empezó a hacer algo de calor. Notó un lento goteo de humedad entre las piernas y la guerrera abrió los ojos de golpe. Oh, por Gea... ¡necesito aire!, se dijo a sí misma, y se apresuró a salir por la puerta al fresco aire nocturno.


Gabrielle encontró a su guerrera en el exterior, en la oscuridad de la parte de atrás de la taberna. Estaba sentada entre las sombras sobre un gran tocón de árbol que se usaba para cortar leña.

—Parece que no soy la única que está tomándose un descanso... ¿qué haces? —preguntó Gabrielle.

—Pensar... —dijo la guerrera despacio.

—Y por la cara que tienes, me parece que ya sé en qué has estado pensando —contestó Gabrielle con tono de guasa.

Xena levantó la mirada con una sonrisa seductora.

—El pozo...

—Ahhh, sí, al llegar a esa parte yo también he deseado no estar en un sitio público —susurró Gabrielle, al tiempo que se sentaba a horcajadas en el regazo de la guerrera, sobre los musculosos muslos.

Xena se apresuró a abrazar a la bardo, mirando nerviosa a su alrededor.

—Tranquila, amor... nadie viene por aquí detrás por la noche —susurró Gabrielle, usando la lengua para prender rápidamente una llama en la pasión ya humeante de la guerrera.

Habían pasado dos días desde la última vez que habían hecho el amor y eso era un récord desde que eran amantes. En el estado en el que se encontraban, sólo con los besos cualquiera de las dos mujeres podría haber caído por el precipicio muy deprisa. Gabrielle, sin embargo, tenía ganas de jugar con su guerrera. Deslizando una mano entre las dos, la metió por debajo de la falda de combate de la guerrera y no tardó en colarla por dentro de las bragas de cuero, que ya estaban empapadas.

Un gemido jadeante se escapó de la garganta de Xena, seguido de un lloriqueo de protesta cuando la bardo apartó los dedos, que se llevó a la boca.

—¿Toda esta humedad es por mí? —preguntó seductora, pasándose la lengua por cada dedo, que luego se metió en la boca, regodeándose en el sabor y el dulce olor almizclado de su amante.

—Oh, dioses... Gabrielle —suspiró Xena, incapaz de apartar la mirada de los ojos de la bardo.

La bardo volvió a deslizar los dedos en la humedad de Xena y los metió rápidamente dentro de la guerrera. Al instante se vio recompensada con gemidos de placer y la sensación de las caderas de su amante empujando contra la palma de su mano.

Xena intentó que su cuerpo aguantara un poco más, pero sus anteriores fantasías y las manipulaciones de la bardo hacían que su cuerpo estuviera demasiado dispuesto a sucumbir a un orgasmo que la dejó sin aliento. La guerrera gruñó su descarga en el oído de su amante, poniendo en práctica unas cuantas técnicas de control para acallar su pasión, cuando lo único que quería en realidad era gritar el nombre de Gabrielle en medio de la noche.

—Dioses, mujer... por favor, no empieces de nuevo —rogó la guerrera cuando Gabrielle se puso a limpiarse a lamentones la humedad de su amante que le cubría la mano—. Sabes... que me las vas a pagar... por esto más tarde... ¿verdad? —dijo Xena, tratando de recuperar el control de la respiración.

—Cuento con ello, guerrera —susurró la joven bardo al oído de la guerrera.


Las dos amantes se habían trasladado a la parte delantera de la taberna y estaban de pie en las sombras, cogidas de la mano.

—Bueno, ¿ya has decidido qué historia vas a contar ahora? —preguntó la guerrrera.

—Voy a seguir tu sugerencia... la de la reina amazona.

—¿Ya sabes lo que vas a decir?

—Creo que iré improvisando... aunque estoy nerviosa. Nunca pensé que me pudiera dar una sensación tan distinta contar una historia delante de gente que ha crecido conmigo, en lugar de unos completos desconocidos.

Xena echó una rápida mirada a su alrededor y luego estrechó a la mujer más menuda en un amoroso abrazo.

—Lo harás maravillosamente y contarás una historia maravillosa y la gente te querrá tanto como yo... bueno, puede que no tanto, pero casi.

Gabrielle se echó a reír y besó tiernamente a su amante en los labios, disfrutando del cariñoso abrazo.

—Tú prepárate para salir pitando si se vuelven en mi contra —terminó con una sonrisa.

Xena se echó a reír y le dio una ligera palmada a la bardo en el trasero mientras se dirigían a la taberna.

—Vete entrando... Yo necesito unos minutos para... mm, calmarme después de... —La guerrera sonrió e hizo un gesto señalando la parte trasera de la taberna—. Entraré antes de que empieces.

Gabrielle estrechó la mano de su amante y entró en la taberna.

—Xena —dijo una voz desde la oscuridad. La guerrera se quedó paralizada al oír la voz conocida, maldiciéndose por no darse cuenta de que podía haber alguien más allí fuera. Por las tetas de Hera... ¿cuánto habrá oído?

—Hécuba —dijo la guerrera, encaminándose hacia el banco donde estaba sentada la madre de Gabrielle.

—Hacía tanto calor en la cocina que he tenido que salir a tomar el fresco... parece que tú también lo necesitabas —dijo la mujer de más edad.

Xena se llevó la mano a la mejilla encendida y le pareció ver una sonrisa sardónica en la cara de Hécuba. Oh, dulce Afrodita... Por favor, ¡que no nos haya visto ahí detrás!

—¿Quieres responderme a una pregunta, guerrera? —preguntó Hécuba suavemente.

—Si puedo.

—¿Tú quieres a mi hija? —La voz de la mujer era ahora apenas un susurro.

—Hécuba, a lo mejor deberías esperar a hablar con Gabrielle...

—Ya sé lo que va a responder... quiero saber cuál es tu respuesta. ¿La quieres?

—Con todo mi ser —dijo la guerrera sin dudar más.

Hécuba sonrió.

—¿Y por qué Tártaro os habéis esforzado tanto por ocultarlo?

Las dos mujeres se echaron a reír y Hécuba le hizo un gesto a la guerrera para que se sentara a su lado.

—Has sido buena para ella. Sé que no oirás a mucha gente decir eso, pero yo lo veo... lo vi desde el principio. Ya no es una niña. Sobre todo, es algo que jamás habría sido si se hubiera quedado en Potedaia... es feliz.

Hécuba cogió la gran mano de la guerrera y se la apretó y Xena puso su otra mano sobre la de Hécuba. La mujer mayor vio algo que muy pocas personas, aparte de Gabrielle, lograban ver... el lado tierno de la Princesa Guerrera.

—¿Harías cualquier cosa por ella? —preguntó Hécuba.

—Moriría por ella —dijo la guerrera sin vacilar.

—Morir es fácil, guerrera... ¿vivirías por ella?

—¿Cómo dices? —dijo Xena, sin comprender a qué se refería la mujer.

—Si tuvieras que tomar una decisión... una decisión difícil... ¿La dejarías si pensaras que era lo mejor para ella?

Xena apenas distinguía la cara de Hécuba en la oscuridad, pero notaba la penetrante mirada. Buscando la verdad en su propia mente, contestó:

—Creo que si no quedara más remedio... si eso pudiera salvarle la vida a Gabrielle... o si eso pudiera evitar que sufriera algún daño... —Una brusca puñalada de dolor atenazó el corazón de Xena al decirlo—. Sí... creo que si con eso ella pudiera estar a salvo... la dejaría.

—¡No! ¡No lo hagas jamás! —dijo Hécuba con vehemencia, apretando con fuerza la mano de la guerrera—. Estás pensando sólo con el amor que sientes por Gabrielle. El amor es una emoción, Xena, y te puede engañar. Lo sé por experiencia —susurró y en sus ojos asomó la expresión distante de quien revive un recuerdo—. El amor se puede usar en tu contra, para engañarte y hacerte renunciar a todo lo que más quieres. Sólo acabarás haciéndote daño a ti misma, a la persona que amas e incluso a las demás personas que te rodean —dijo suavemente—. Busca siempre la verdad dentro de tu corazón, Xena. Tu corazón jamás te mentirá... si llega el día, recuerda que no debes fiarte de tus emociones. Mira en el interior de tu alma y allí descubrirás la verdad —terminó Hécuba.

—Hablas como una mujer que ya ha pasado por eso, y con creces —replicó Xena—. Hécuba... ¿lo que dices tiene algo que ver con el pasado de Gabrielle?

La mujer de más edad sonrió con tristeza y murmuró para sí misma:

—Tendré que decírselo algún día... pero ahora no es el momento.


—Me gustaría contaros la historia de una jovencita que dejó su hogar, a su familia y todo lo que era seguro, para viajar por el mundo con un guerrero oscuro y temible... —empezó la bardo.

Xena escuchaba la historia con la madre de Gabrielle sentada a su lado al fondo de la taberna. La bardo no mencionó ni una sola vez que la jovencita de la historia era ella, ni que el guerrero oscuro era Xena, la Princesa Guerrera. Ni siquiera había dicho que el guerrero oscuro era una mujer. Las únicas descripciones físicas que ofreció eran de una persona alta y morena de ojos y sonrisa intensos, que cuando el guerrero quería utilizar, eran capaces de seducir a Medusa.

Gabrielle dijo que la historia comenzaba como el relato de una sola persona. Habló primero de lo que buscaba la jovencita. Sólo quería librarse de una vida a la que nunca había estado destinada, de una gente con quien nunca había estado destinada a compartir su vida, de un marido con el que no estaba destinada a pasar la vida. La jovencita era inteligente y creativa, pero siempre se había considerado a sí misma diferente e impulsiva. Y, cuando otras chicas anunciaban sus compromisos de matrimonio, ella no se sentía a la altura y se veía fea.

Cuando la muchacha empezó a seguir al guerrero, fue simplemente como un medio para escapar de la vida opresiva de su aldea. No tardó en encontrar la amistad en el incomunicativo guerrero, aunque reconoció que, al principio, la idea de amistad era probablemente más por su parte que por la del guerrero. Pronto, sin embargo, la chica empezó a sentirse parte de la vida del guerrero, hasta que el guerrero acabó considerando hermana y amiga a esta alma hermosa y sincera.

Ésta era la historia de la jovencita y Gabrielle contó cómo había sido capturada como esposa para el dios Morfeo, cómo había liberado a los titanes y luego ayudó a volverlos a capturar. Cómo conoció a una tribu de amazonas y, tras estar a punto de sacrificar su propia vida para intentar sin éxito salvar a la princesa amazona Terreis, ella misma se convirtió en princesa amazona.

Y aunque era la historia de la jovencita, el guerrero oscuro siempre estaba allí. En momentos de crisis, el guerrero luchaba... en momentos de necesidad, el guerrero proveía. Una y otra vez, el guerrero oscuro se sacrificaba por la jovencita y la rescataba. Y, por fin, la historia pasó a ser no la de una chica convertida en princesa amazona, sino la de una princesa amazona y un guerrero oscuro, no un relato de una sola persona, sino de dos. Los hilos de su vida estaban tan estrechamente entrelazados que ni los dioses del Olimpo ni los mortales de la tierra tenían fuerza suficiente para separarlos.

Los dos eran como una familia y aunque sus enemigos intentaron separarlos y los dos sucumbieron a la muerte para protegerse mutuamente, siempre era la fuerza de esa amistad lo que los devolvía del mundo de los espíritus al plano mortal.

En algún momento a lo largo de este viaje, que había empezado con una sola persona y ahora era el de dos, la princesa amazona se convirtió en amada reina de la Nación Amazona. El guerrero oscuro, que había sido temido por sus fechorías del pasado, se convirtió en campeón del bien supremo. Los dos se hicieron inseparables, hasta que incluso los que escuchaban a la bardo lo supieron: era porque su amistad se estaba transformando en algo más.

Y, cuando los tonteos y los impulsos llevaban a sus corazones por otro camino, siempre era deseo de las Parcas que los dos volvieran a unirse y así sus vidas se juntaban de nuevo. Experimentaron la vida, el amor, la muerte... y por fin la traición y el odio. Se hicieron daño mutuamente por ignorancia al estar cegados por su propio dolor.

Y luego, llegó el momento de la curación.

Sin embargo, en medio de toda aquella angustia, estaba la promesa... incluso en la muerte... jamás te dejaré.

Xena sintió que se le saltaban las lágrimas al recordar aquella promesa. Después de todo el dolor y la tristeza que les habían causado sus metiras, después de la muerte de su hijo, después de que Gabrielle le quitara la vida a su propia hija y de que la guerrera intentara matar a Gabrielle... Xena lo revivió en su mente como si viera a otra persona arrastrando el cuerpo de su amada bardo a una muerte segura. Después de la curación que nos dio el tiempo que pasamos en Ilusia, Brie, ¿qué más quedaba por decir? Pero yo seguía sin cobrar valor para decirte que te quería... y por eso, la promesa...

"...Incluso en la muerte, Gabrielle... jamás te dejaré".

Xena escuchó mientras su bardo continuaba, contando la brutal violación de la reina amazona y el sufrimiento por el que pasaron su guerrero oscuro y ella. ¡Dioses, está contándolo todo!

Gabrielle se detuvo para beber un sorbo de agua y observó los rostros fascinados de su público. Había lágrimas en casi todos los ojos y cuando miró a su guerrera, vio las inusuales lágrimas que también caían de sus ojos. También advirtió que su madre estaba sentada al lado de su amante, pero la mujer mayor tenía los ojos clavados en el suelo.

La bardo prosiguió con su historia, pero ésta empezó a hacerse más animada e inspiradora al relatar la forma en que su guerrero oscuro luchó valientemente, dentro del mundo de sus sueños, por la reina amazona. Habló de la amistad que, como habían adivinado los oyentes, se había transformado en amor para los dos, sólo que ninguno de ellos lo confesaba, por temor a la reacción del otro. Entonces, un día, incapaces de seguir conteniéndose, los dos se declararon su amor, entregándose no sólo su cuerpo y su corazón, sino también su alma misma para toda la eternidad.

Y al hacerlo, el relato se convertía por fin no en el relato de dos personas, sino de nuevo en el de una.

Gabrielle terminó su historia envuelta en aplausos ensordecedores y varias amazonas sacaron las espadas y golpearon la mesa para indicar ruidosamente su aprobación del relato. La bardo sonrió y aceptó los agradecimientos, rechazando los dinares por su trabajo de esa noche. Al dejar el escenario, las guerreras amazonas que ocupaban varias mesas se levantaron y se pusieron la mano sobre el corazón como tributo silencioso a la reina que habían llegado a querer tanto. Esta vez la joven reina no se sonrojó ni se avergonzó. Pasó ante las amazonas tan orgullosa y regiamente como podría haberlo hecho la reina Melosa, asintiendo con la cabeza para dar las gracias a las nobles guerreras.

Si alguno de los clientes que había esa noche en la taberna se preguntaba si su propia Gabrielle era la reina amazona de la historia, la actitud de las guerreras acabó con las dudas de casi todos. Y, por si quedaba alguno que dudara, sólo tuvieron que ver a la reina avanzando a través de una multitud que se apartaba a su paso sin que ella dijera nada. Cuando llegó al fondo de la taberna, una guerrera alta y oscura se levantó, con los ojos azules como el Egeo y una sonrisa, reservada esta noche para su reina amazona, que sin duda podría haber seducido a Medusa.


Si Xena hubiera estado en cualquier otro lugar de la tierra, habría estrechado a su amante con el abrazo más fuerte del mundo y la habría besado hasta que ninguna de las dos pudiera respirar. Sin embargo, como estaba al lado de la madre de Gabrielle, no sabía qué hacer. ¡Por Gea, es maravillosa! Gabrielle, qué cosas me haces. Al no saber qué hacer, se quedó allí de pie y le dedicó un tipo de sonrisa que sólo estaba destinado a su bardo.

Gabrielle estaba volando tan alto que esta noche no pudo someterse a las limitaciones de la decencia ni a las ideologías de una pequeña aldea. Rodeó la cintura de Xena con un brazo y su cuello con el otro. Poniéndose de puntillas, besó a una guerrera absolutamente pasmada.

Xena se quedó allí plantada con los ojos abiertos de par en par, observando las sonrisas divertidas de los clientes que las rodeaban, y por el rabillo del ojo vio a Eponin, cuya mandíbula casi tocaba el suelo. Por supuesto, en cuanto su cerebro logró registrar el contacto de la boca suave de Gabrielle sobre la suya, cerró los ojos y sus labios participaron alegremente en el beso.

—Ejem...

Las dos amantes interrumpieron su beso, de muy mala gana, y se encontraron a Hécuba, que las miraba con aire risueño.

—Gabrielle... —dijo Hécuba.

—Sí, madre —contestó Gabrielle, rodeando aún con el brazo la cintura de la guerrera.

—¿Me das un abrazo al menos?

Gabrielle sonrió y rodeó a su madre con los brazos.

—No sabía nada —dijo Hécuba, con los ojos llenos de lágrimas.

—¿No sabías nada de qué, madre? —preguntó la joven reina.

—De ti —replicó Hécuba con silenciosa admiración.

Gabrielle sonrió y se echó a llorar al mismo tiempo. Abrazó más estrechamente a la mujer de más edad, agradeciendo su comprensión.

Xena se quedó allí un momento, mirando a la madre y la hija. La madre que poseía los secretos del pasado de su hija y la hija cuyo único deseo era contar con el amor incondicional de una madre. La guerrera decidió ausentarse a solas y se reunió con sus amigas amazonas, dejando que madre e hija empezaran a tender un puente.


—¿Gabrielle?

La reina se volvió al oír la voz de su hermana. Xena y ella se estaban escabullendo por las puertas de la taberna para pasar un rato a solas, cosa que necesitaban con creces.

—¿Qué ocurre, hermana? —contestó Gabrielle como hacía siempre cuando las dos chicas eran mucho más jóvenes.

Era evidente que Lila había estado llorando, pero esa noche también lo había hecho casi todo el mundo.

—Sólo quería decirte... que tus historias han sido... mm, tu historia... jo, guau...

Gabrielle sintió que se le escapaba una carcajada auténtica y abrazó estrechamente a su hermana.

—Gracias, Lila... creo.

—Eso de guau debe de ser de familia —susurró Xena al oído de la bardo.

Gabrielle miró a los ojos sonrientes de la guerrera y le dio un manotazo de broma en el brazo.

—Lila, dile a tu madre que no se preocupe... Gabrielle y yo no vamos a volver a la casa esta noche. Volveremos por la mañana —dijo Xena y las dos mujeres la miraron extrañadas.

—¿Dónde vais? —preguntó Lila.

—Eso, ¿dónde vamos? —intervino Gabrielle.

—A dormir bajo las estrellas —dijo Xena al tiempo que la reina cogía la mano que le ofrecía la guerrera, y salieron de la taberna.


Xena se montó en la silla de Argo sin esfuerzo y le ofreció la mano a Gabrielle para subirla.

—Delante, ¿vale? —La guerrera señaló el sitio delante de ella—. Me gustaría rodearte a ti con mis brazos mientras cabalgamos, por una vez —dijo la guerrera mientras acogía cómodamente a su amante entre sus brazos.

Cuando llevaban cabalgando casi una marca completa, Xena notó que la figura dormida de Gabrielle empezaba a moverse. La guerrera habría querido llegar al campamento que había preparado con antelación antes de que saliese la luna, pero Gabrielle se merecía dormir después de la noche que acababa de tener. Y de la que le voy a dar, pensó la guerrera con una sonrisa. De modo que fue poniendo a Argo al paso poco a poco y se adentraron despacio en las colinas.

Xena acabó canturreando distraída, una canción de amor que no le había dicho nada cuando la oyó por primera vez, pero ahora la melodía le tocaba una fibra sensible en el corazón.

—Mmmm, he oído música —dijo Gabrielle adormilada.

—Sí, efectivamente —fue lo único que dijo Xena.

—¿Eras tú? —preguntó Gabrielle, muy despierta de repente.

—Ya me has oído cantar otras veces, Brie.

—Sólo cuando estabas muy triste —dijo Gabrielle suavemente, pensando en las piras funerarias ante las que habían estado su amante y ella, mientras Xena entonaba un lamento funerario griego.

—O cuando estoy muy contenta —susurró Xena.

—¿Y estás muy contenta?

—Amor mío, estoy feliz —dijo la guerrera y siguió canturreando.

—¿Esa canción tiene letra? —preguntó Gabrielle.

—No sé si la recuerdo entera... ¿te gustaría oír lo que sí recuerdo? —preguntó la guerrera, incapaz de negarle nada a su bardo.

—Sí, por favor —contestó la bardo.

Gabrielle se acomodó apoyada en el pecho de la guerrera y cerró los ojos, escuchando los ricos tonos de la voz de su amante cuando se puso a cantar.

No imagino mayor temor
que despertar sin que tú estés.
Aunque el sol seguiría brillando
mi mundo entero habría desaparecido... pero no por mucho tiempo.
Aunque tuviera que correr... aunque tuviera que arrastrarme,
aunque tuviera que cruzar cien ríos nadando... o escalar mil muros,
siempre debes saber que encontraría una forma de llegar hasta ti.
No hay lugar que esté tan lejos.
Da igual por qué estemos separadas,
leguas solitarias o dos corazones tercos.
Nada, salvo los dioses en lo alto,
podría apartarme de tu amor... tanto te necesito.
Aunque tuviera que correr... aunque tuviera que arrastrarme,
aunque tuviera que cruzar cien ríos nadando... o escalar mil muros
siempre debes saber que encontraría una forma de llegar hasta ti.
No hay lugar que esté tan lejos... amor, no hay lugar que esté tan lejos.

—Qué bonito, Xe —dijo Gabrielle sin aliento.

—No lo he escrito yo, pero eso es lo que siento —contestó la guerrera, besando a su amante en el cuello—. Ya hemos llegado, Brie —dijo, sujetando a la bardo con más fuerza cuando Argo subió de un salto por un empinado terraplén y se adentró en un grupo de árboles—. Ésta es tu sorpresa. Bueno, al menos parte.

El campamento perfecto ya estaba preparado. Había leña dispuesta a la espera del fuego y su petate estaba extendido sobre un grueso colchón formado por dos mantas más. De una rama baja de un árbol colgaban un odre de agua y otro de vino y junto al fuego había una gran cesta, de la que salían aromas muy tentadores.

—Xe, esto es maravilloso... me encanta —exclamó Gabrielle.

Xena le quitó a Argo la silla y las alforjas y dejó libre a la yegua para que se paseara por la zona, sabiendo que el caballo era mejor que cualquier centinela.

Gabrielle fue a la orilla del pequeño lago y se lavó la cara.

—Xe —llamó por encima del hombro—. Esta agua está caliente... como el agua de una bañera.

—Sí, ya lo noté esta tarde al venir aquí. Debe de ser por un manantial caliente que haya bajo tierra —contestó la guerrera, hurgando en las alforjas en busca de su pedernal—. Me vendría bien darme un buen baño caliente... ¿me acompañas?

—Por supuesto. —Gabrielle sonrió al pensar en las posibilidades.

—Espera que encienda el fuego. Puede que el agua esté caliente, pero el aire estará bien frío cuando salgamos —replicó la guerrera.

Gabrielle ya se había empezado a quitar la ropa, pero aún no había notado que la guerrera que tenía detrás se estuviera moviendo. Se volvió justo cuando se estaba recogiendo el pelo con una tira blanda de cuero.

Xena estaba mirando a su joven amante, incapaz de reanudar su anterior tarea y, en realidad, incapaz de volver a moverse en absoluto. Si pensaba que la visión del cuerpo desnudo de Gabrielle era una maravilla por detrás, no estaba preparada para la visión de la mujer cuando se volvió, con los brazos en alto mientras se apartaba el pelo de la cara. Los labios de la bardo se movían, pero Xena no oía nada. Gabrielle le echó una mirada tan erótica y provocativa que se clavó en ella como un rayo de energía, despertando terminaciones nerviosas que la guerrera ni siquiera sabía que existían.

—Digo que si quieres que encienda yo el fuego —dijo Gabrielle, apabullada por los eléctricos ojos azules de su amante que devoraban despacio su cuerpo.

Xena regresó al presente cuando la voz de su bardo penetró por fin la fantasía que estaba creando en su imaginación. No tardó en darse cuenta de que tenía el pedernal y el puñal en la mano por una razón.

—¿Xena? ¿Quieres que encienda el fuego? —repitió Gabrielle.

Xena sonrió bastante cohibida, sabiendo que en su cara se debía de ver el sonrojo del deseo, y se volvió para prender la leña menuda.

—Ya lo has hecho, amor mío... ya lo has hecho —replicó la guerrera con tono hambriento.

Gabrielle se rió suavemente.

—Pues date prisa o tendré que empezar sin ti —dijo con una sonrisa seductora y se metió chapoteando en el agua cálida.

Los sentidos de la guerrera se vieron asaltados por la imagen visual de la bardo cumpliendo su amenaza y lo único que se oyó fue el golpeteo del pedernal al atacar con frenesí el acero, mientras la guerrera rezaba desesperada para que cayera un rayo del cielo.


PARTE 2


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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