Acto 3. ¡No es culpa mía!


Escena: Habitación de invitados del alcalde de la ciudad sagrada de Hestia.
Plano exterior de la villa palaciega. Corte al interior de la habitación de invitados.


Gabrielle da vueltas furiosa por la habitación, lanzando puñaladas visuales de vez en cuando a Ares, que parece divertido. Afrodita está reclinada en el diván.

—Está bien. Lo prioritario es hacer que alguien hable con las amazonas y las convenza de que no están sujetas a una orden sagrada de... —Otra rápida mirada asesina dirigida al dios de la guerra—. Así que les voy a enviar un mensaje...

Ares carraspea, claramente entretenido.

—Odio tener que interrumpir tu plan, ya que parecía haber empezado tan bien... pero creo que te falta algo de información. —Se pone cómodo en una butaca—. ¿No crees que me habría adelantado a tu intento de enviar un mensaje para detener un ataque estupendo?

Gabrielle se lleva la mano a la cabeza un momento.

—De modo que, como "Artemisa", les dijiste...

—Que debían ignorar cualquier mensaje, aunque llevase tu sello. Te están torturando.

—Gracias.

Ares hace un gesto despreocupado con la mano.

—No hay de qué. Ah, y he tenido una charla con Autólicus...

—¡Genial! ¿Está aquí? Puede...

—Está aquí para robar la bandeja.

Gabrielle se desploma en la cama.

—¿Y sabes tu amiga Meg? Viaja con Meg...

Gabrielle se pone pálida.

—Oh, dioses. Entrará en la ciudad y... será... ¡Meg!

Ares continúa alegremente.

—Y por supuesto, está viajando con...

Gabrielle se echa en la cama, oliéndose lo que viene a continuación.

—...Joxer... —El ex dios hace una pausa—. Pero lo que creo que te resultará interesante es que de algún modo han acabado encontrándose con tus padres de verdad...

Gabrielle se tapa la cabeza con la sábana.

Alguien llama a la puerta. Se oye un gemido debajo de la sábana.

Ares sonríe.

—Ya voy yo.

La puerta se abre un centímetro y la voz de Horacio se cuela por ella.

—Mm, ¿amada? ¿Gabrielle? Ha venido a verte una persona... ¿Vestida de cuero?

Afrodita mira el bulto tamaño bardo que hay debajo de la sábana.

—Bueno, eso sí que limita las posibilidades...

Se oye a Horacio tragar saliva.

—¿Y creo que quiere matarme?

La manta se aparta de golpe y Gabrielle casi se levanta de un salto con esperanza renovada en los ojos.

—¡Xena!

Pausa.

La bardo mira al sonriente dios de la guerra y gime en silencio.

—¿Xena? —llama vacilante por la pequeña rendija—. ¿Crees que podrías decirle... que vuelva un poco más tarde...?

Se oye un grito y Horacio entrá volando por la puerta, abriéndola de golpe.

—¿Eso quiere decir que no? —adivina Ares haciéndose el gracioso.

Horacio rebota en una pared, corre a la puerta y la cierra. Se lleva la mano al cinto y saca un puñal. Mirando a Gabrielle amorosamente, exclama con fervor:

—¡Aparta, querida mía! ¡Yo te protejo!

Tanto Afrodita como Ares intentan azuzar a Horacio, pero cuando éste les da la espalda, Ares le susurra a su medio hermana:

—Era cuestión de tiempo...

Ella asiente y susurra:

—Yo sólo me preguntaba cómo, no cuándo en realidad...

Horacio capta algo de lo que dicen y Gabrielle, furiosa, los achanta a todos con la mirada, diciendo:

—No pasa nada, Horacio, es un chiste viejo que ni siquiera tiene gracia. Nadie va a morir.

—¿Morir? —dice Horacio soltando un gallo.

Ares y Afrodita asienten y sonríen, satisfechos de que por fin se haya enterado.

—Nadie va a morir, Horacio, porque Xena es... bueno, una especie de... proyecto mío...

Se oye un gruñido al otro lado de la puerta. Horacio se aparta rápidamente.

Gabrielle habla ahora más o menos con la puerta, más que con Horacio.

—Verás, es que estoy intentando ayudar a Xena con sus tendencias violentas...

El gruñido sólo se hace más sonoro y más amenazador.

—...Y si pudiera marcharse a algún sitio y calmarse un ratito...

La puerta cae de una patada, aplastando a Ares. Una Princesa Guerrera de rostro pétreo aparece entre los restos del marco.

Afrodita se queda mirando la figura con admiración.

—¿Eso también quiere decir que no?

Gabrielle se debate entre echarse a los brazos de su compañera y darle un puñetazo.

Horacio se adelanta corriendo para intentar quitar la puerta de encima de Ares.

—Por los dioses. —Mira a Xena agitando un puño—. Si le has hecho daño a su padre, ¡lo pagarás!

Esto afecta de lleno a la guerrera. Traga con dificultad y se queda mirando a la figura que está debajo de la puerta.

—¿Su padre...? —Se le ponen los ojos como platos.

Gabrielle señala rápidamente a Afrodita, diciendo:

—¿Te acuerdas de mi madre?

Afrodita interviene:

—¡Hola, princesa!

—¿Tu madre?

Afrodita se encoge, pero añade:

—Pero tienes que conocer a papá...

Todos se apresuran a levantar la pesada puerta de encima de Ares. Éste está un poco atontado, pero se recupera rápidamente al ver la expresión de Xena. Fingiendo ira, grita:

—Maldita seas, Xena. Sólo le has dado problemas a mi hija desde que la conoces...

Xena se vuelve a Gabrielle.

—¿Tu padre?

La bardo sonríe sin saber qué hacer. Se oye otro golpe detrás de ellos. Todos se vuelven para mirar las ruinas de la puerta, antes de volverse hacia el umbral destrozado. Allí se encuentran dos pasmados consejeros de la ciudad.

—Señorita Gabrielle, hemos venido para acompañarte durante el día... Es parte del fallo...

Gabrielle immediatamente sonríe como una boba y, cogiendo a Horacio de la mano, lo lleva al umbral.

—Horacio, caballeros, ha habido un horrible malentendido y creo que necesito hablar con Xena en privado un momento, darle su medicación, esas cosas...

Los ojos del consejero de más edad se vuelven severos.

—Lo lamento, pero tenemos que observar tu forma de relacionarte con todo el mundo. Se te ha explicado claramente.

Gabrielle masculla unas cuantas por lo bajo que terminan con:

—...por supuesto...

Se produce un momento de tensión mientras las criadas y los acompañantes del consejo de la ciudad observan a las infelices compañeras en el pasillo. Gabrielle intenta no tocar a su amante, que cada vez está más furiosa.

—Mmm, ¿Xena? —empieza Gabrielle—. Me preguntaba si me harías un favorcito. —La expresión de la guerrera no cambia. Animada, continúa—: Me sería de mucha ayuda si pudieras llevarles un mensaje a las amazonas acampadas fuera de la ciudad...

Xena interrumpe:

—¿Quieres que me marche? ¿Quieres que vaya con las amazonas y te deje con tu... "padre" y tu... "prometido"?

Gabrielle echa una mirada a los testigos y se ríe vacilante.

—¿Si no te importa?

Xena se queda mirando fijamente a su amante.

—Voy a ir a la taberna. Voy a ver si tienen un barril sin fondo. Lo voy a probar. Largo rato. Y luego voy a ver a cuánta gente puedo meter dentro. —Y sin mirar atrás, se aleja a grandes zancadas.

—O también podrías hacer eso —suspira Gabrielle.

La bardo respira hondo. Volviéndose a la gente del lugar, dice con firmeza, pero con su tono más amable:

—Horacio, seguro que comprendes lo desagradable que ha sido todo esto... Caballeros, lo siento, pero tengo que cambiarme y sólo puedo permitir a mis padres que estén presentes...

Horacio capta la indirecta y mirando con cautela a ambos lados del pasillo, sale. Gabrielle agarra a los ex dioses y juntos, mientras Afrodita protesta, levantan la puerta y la dejan apoyada bloqueando el umbral.

Gabrielle se vuelve a sus "padres" y soltando chispas por los ojos, sisea:

—Vale. Vamos a dejar unas cuantas cosas claras, ¿vale? Acabáis de echar a perder nuestra mejor oportunidad de arreglar las cosas. Así que ahora vamos a tener que trabajar todos juntos... porque si no, quiero que os imaginéis a miles de guerreros entrenados creando mantelillos adornados con piñas para el Solsticio, porque eso es lo que va a ocurrir si Marta gana este concurso. Y si por casualidad, a pesar de vosotros, resulta que gano yo, dado que sabemos que tiene que haber un dios de la guerra, después de dedicarme a bailar un rato encima de la bandeja, hasta puedo hacer que sea Joxer, ¡os enteráis!

Se calma un poco y vuelve a bajar la voz.

—Ahora os voy a dar unas instrucciones muy sencillas y quiero que las cumpláis, sin extras, sin jueguecitos, o más os vale a los dos que os acostumbréis a viajar a pie. ¡Está claro!

Ares se vuelve a su hermana.

—Siempre la he admirado, un poquito, ¿sabes?

¡Cállate! Ahora, Ares, tú vas a hablar con Xena y le vas a explicar la situación sin juegos mentales adicionales o vas a oír la canción de Joxer el Grande en todas partes de aquí a Roma.

Ares se estremece.

Con algo más de cortesía, la bardo se vuelve a Afrodita.

—Diosa, también necesitamos tu ayuda si alguna vez quieres volver a hacer... lo que haces tan bien. Necesito una Xena que vaya a hablar con las amazonas. Meg y Leah ya lo han hecho en otras ocasiones. Prueba primero con Leah, al menos ella conoce los riesgos. Búscala en el templo. Ahora ¡vamos allá!


Escena: Taberna de la ciudad de Hestia.

Panorámica interior de ciudadanos silenciosos, aterrorizados y paralizados sonriendo forzadamente a una amenazadora Princesa Guerrera que está bebiendo en un rincón.

Ares entra y se acerca a ella. Xena levanta la jarra.

—Hola, Ares.

—Me envía Gabrielle —dice, pronunciando cada palabra con esfuerzo.

Xena lo asimila en silencio.

—Ya. ¿Sabes que una vez me dijeron cuáles eran las señales del fin del mundo? Ésta es nueva. Ares diciéndome que lo envía Gabrielle. Tengo que apuntarlo.

Ares se repite tercamente, sin dejar de apretar los dientes y los puños.

—Me envía Gabrielle.

Xena se echa hacia atrás.

—Vale. Genial. ¿Se trata un juego?

—Tú ríete. Sólo quiero darte este mensaje y luego nunca más tendré que volver a decir "Me envía Gabrielle"...


Escena: Mercado de la ciudad de Hestia.

Gabrielle, seguida por su escolta, se encuentra con un grupo de niños que rodean una mesa donde una mujer de rostro severo está llevando a cabo una demostración con su ayuda poco interesada. Se parece mucho a Gabrielle, la misma figura, pelo corto y rubio, pero en su sonrisa falsa no hay calidez. Lleva un vestido que indica que es el ama de llaves del palacio. Los niños ven a Gabrielle y corren hasta ella chillando de alegría.

Los consejeros que la acompañan lo comentan entre sí.

—Mira, ¿ves esa respuesta? A los niños también les encanta de forma natural. Reconocen en ella su propia inocencia y bondad.

Mientras, los niños exigen más historias.

—Hola, niños —los saluda la bardo.

—Gabrielle, ¿nos cuentas la historia de las bacantes? ¿O la de cuando Xena se comió a las ratas...?

Gabrielle intenta ser justa.

—Creo que tenéis que ayudar a Marta...

—¡Que le den! ¡Es una zorra chiflada!

Los demás niños están de acuerdo.

—¡Sí! ¡Está haciendo tofú de sésamo con espárragos! ¡Menuda mariconada!

—¡Rómpele el culo, Gabrielle!

—Intentó que Kennit hablara con claridad y como no quiso, esos tipos que van con ella... ¡se lo llevaron a rastras y le dieron una paliza!

Gabrielle mira furiosa a Marta y sus secuaces.

—¡Por los dioses! ¡Qué cabrones!

—Eso es lo que dijimos nosotros.

—Vale, niños. Si voy a hacer esto, necesito vuestra ayuda. ¿Cuáles son sus puntos débiles?

—Pues es una zorra chiflada...

—Sí, eso ya lo sé...

—Y se pone de los nervios muy fácilmente...


Escena: Campamento de las amazonas a las afueras de la ciudad.

El plano se abre con la sacerdotisa Leah, de pie en la tienda de la reina y vestida de Xena, intentando convencer a las amazonas de que Gabrielle está bien. Mientras habla, la cámara se mueve por la tienda hasta fijarse en los rostros fríos e incrédulos de Eponin y Chilapa.

—Azí que como veiz, en dealidad no hay dazón pada ezta cdiziz, lo judo yo, Zena, Pdinceza Guededa...

Chilapa hace un gesto a las guardias, que se adelantan y agarran a Leah por los brazos y mientras protesta levemente, se la llevan a un banco donde se ve a Meg sentada, desconsolada y vestida de forma parecida.

Chilapa se vuelve hacia Eponin.

—¿Así que no son unas dementes ni unos seres creados por los dioses? —pregunta la regente.

Eponin suspira.

—No. Una es sacerdotisa de Hestia. Sacerdotisa virgen de Hestia. Y la otra es una ramera que se llama Meg. Creo que andan por ahí porque la vida de Xena no es ya lo bastante rara...

—¿Y por qué yo no sé nada sobre ellas? ¿Por qué Gabrielle no me cuenta a estas cosas?

Eponin le lanza una mirada.

—Bueno, te ha nombrado reina. A lo mejor pensaba que eso ya era suficiente favor por un tiempo...

A Chilapa no le hace gracia. Sin apartar la mirada furibunda de su segunda al mando, grita:

—¡La siguiente!

Xena, y está claro por su expresión que realmente se trata de ella, entrá echando chispas y se detiene ante las dos amazonas.

—Gabrielle está bien —declara sin más.

Chilapa señala a las otras dos Xenas del rincón.

—Parece que ya tenemos a alguien para el papel. Tal vez si mostraras un poco más de entusiasmo...

Xena frunce los labios al oír esto, luego salta por los aires, dando una voltereta, aterriza en la mesa y, levantando a Chilapa por la garganta, la sacude como a una muñeca. Luego dice, sin cambiar el tono:

—Gabrielle está bien.

Las cuatro mujeres gorjean:

—¡Hola, Xena!


Escena: Mercado.

La cámara enfoca la Bandeja de Zeus, luego retrocede hasta que se ve a Gabrielle y a Marta estudiándose la una a la otra. Ambas mujeres sonríen. La cámara pasa a los cuatro consejeros que las observan.

—Ya sabía yo que se iban a llevar bien —dice uno.

—Sí, las dos poseen esa bondad de la madre Gea que no podía por menos de encontrar respuesta en la otra. —Todos asienten con aprobación.

Marta mira a la mujer más joven con aire desdeñoso.

—Así que tú eres Gabrielle. Sabes tratar a los niños, pero claro, tú casi lo eres...

Gabrielle sonríe con benevolencia.

—Gracias. Tú también sabes. Lástima que sea tan mal.

Marta reacciona como si no hubiera oído bien.

—¿Cómo?

—Uno de ellos me ha contado que te vieron empezar a desencajar la mandíbula, para poder tragártelos enteros. —La sonrisa de Gabrielle no pierde su genuino brillo.

A Marta casi se le salen los ojos de las órbitas. Se recupera rápidamente y vuelve a poner expresión plácida.

—Qué sentido del humor tan estupendo tienes.

—Tú también —responde Gabrielle con una sonrisa—. Es una pena que ocupe el lugar del estilo o el gusto. Me refiero —la bardo hace un gesto señalando la mesa llena de objetos realizados a mano—, ¡mira todas estas chorradas! Por cierto, ¿qué edad tienes?

Marta ha alcanzado su posición a base de amenazar a jóvenes vírgenes excesivamente protegidas. Los ojos empiezan a saltársele literalmente. Sus secuaces se adelantan. Gabrielle le coge la mano a Marta con ternura y encuentra un punto de presión.

Los cuatro observadores del ayuntamiento ven cómo se abrazan las dos mujeres. A Marta se le saltan las lágrimas de los ojos.

—A las mujeres les resulta fácil establecer estas relaciones tan estrechas, ¿verdad? —comenta uno.

Marta hace un gesto a los matones para que se aparten al tiempo que sigue intentando sonreír en medio del dolor. Todo parece ir bien cuando de repente Gabrielle oye una voz conocida que la llama:

—Gabrielle... ¿querida?

Gabrielle suelta a Marta y deja caer la cabeza, antes de darse la vuelta.

—¡Hécuba! —exclama por fin.

Hécuba abraza a su hija. Gabrielle le susurra al oído:

—Mamá, no te lo puedo explicar, pero es muy, muy importante que no seas mi madre. —Mira a los matones y a Marta, que la observan pensativos—. Tu vida podría depender de esto. ¿Dónde está papá? ¿Podrías convencerlo...?

Entonces se oye la voz rasposa de Herodoto:

—¿Hija? ¿Qué Hades te crees que...?

Los consejeros se adelantan.

—¿Tu hija? Pero creíamos...

Herodoto se abre paso hasta ellos, sin hacer caso de las miradas que le están lanzando su mujer y su hija.

—Sí, mi hija. Y nunca me he sentido más avergonzado de ella. Tratándose con ladrones y prostitutas, tomando drogas, manteniendo relaciones antinaturales con otras mujeres...

Horacio, horrorizado, y el alcalde están ahora a su lado. Se miran espantados el uno al otro y luego a la bardo.

—¿Es cierto lo que dice, señorita Gabrielle?

Gabrielle traga con esfuerzo y declara con firmeza:

—Jamás había visto a este hombre hasta ahora.

Herodoto se queda sin habla por un momento. Uno de los guardias de la bandeja suspira y se quita el casco, con lo que se descubre que es Autólicus. Señala a Herodoto con un dedo acusador y proclama:

—Este hombre no sólo está claramente loco, sino que llevo días observándolo. ¡Es un conocido ladrón!

Herodoto se gira en redondo para mirar a su mujer. Ésta responde remilgadamente a la pregunta tácita.

—Conozco a Gabrielle desde que era niña y os puedo asegurar que este hombre no es su padre.

Para Hero esto es como si lo acabaran de golpear en el pecho. Empieza a hacer ruidos como si se ahogara. Hécuba mira suplicante a Gabrielle antes de salir con los soldados que se llevan a su marido a rastras, preguntando:

—¿Está bien la cárcel...? A lo mejor te la puedo limpiar un poco...

Gabrielle le susurra a Autólicus:

—Jo, si hubiéramos podido inscribirla a ella para este maldito concurso...

Otra voz interrumpe:

—¿Gabby? ¿Dónde se llevan a tus padres?

A la bardo se le queda la cara de piedra al reconocer la voz de Joxer. Autólicus le guiña el ojo a Gabrielle y dice:

—Por favor, deja que me ocupe yo de éste.

Ella asiente con alivio. Auto se acerca al capitán de la guardia y señala a Joxer.

—Puedo declarar con sinceridad que este hombre es un peligro para sí mismo y para los demás. Por el bien de la comunidad, encerradlo hasta que esté cuerdo... o... lo que tarde más en ocurrir.

El guardia mira a Gabrielle.

—¿Señorita...? —pregunta.

Gabrielle lo mira suplicante.

—¿Podrías...? ¿De verdad?

Se llevan a rastras a Joxer, que no para de gritar:

—No te preocupes, Gab. Ya averiguaré el plan. No te preocupes, estaré bien...

Autólicus vuelve con Gabrielle.

—Bueno. Me preguntaba si cuando hayas terminado con esta bandeja...

Marta, paralizada por el asombro, sacude la cabeza y por fin se mueve.

—¡Esperad un momento! ¡Alto todo el mundo! ¿Qué ha pasado aquí?

Gabrielle le susurra a Auto exageradamente:

—Fíjate qué pena. Pero al menos la cabeza no es lo primero que se le ha echado a perder...

Marta explota.

—¡Pedazo de zorra!

Se abalanza contra Gabrielle, tirándola al suelo, mientras Gabrielle se debate indefensa, gritando:

—¡Socorro, socorro!


Escena: El templo de Hestia.

Plano exterior del templo. Pasamos a un plano interior de un santuario rodeado de gráciles columnas. Dos soldados sujetan a Marta. Ares y Afrodita aguardan expectantes con Autólicus.

Gabrielle está de pie ante el altar. Mira a la multitud, pero no encuentra a quien espera ver. Levanta la bandeja y pregunta:

—¿No deberíamos esperar un poquito más...?

El alcalde hace un gesto negativo con la cabeza.

—Lo siento. Pero se nos echa el tiempo encima.

Ares sacude el puño, dice sin voz "¡Sí!" y sonríe como un gato hambriento a Autólicus. Éste se acerca más a Gabrielle.

—¿Y qué hago? —le pregunta la bardo al alcalde.

El alcalde contesta, no muy seguro:

—No lo sé muy bien. Pero sí sé que debería entrar un rayo de Zeus por esa ventana y alcanzar la bandeja justo en...

Gabrielle parpadea una vez.

—¿Mientras yo la sujeto? —pregunta sin dar crédito.

Ares vuelve a sacudir el puño y repite "¡Sí!"

El alcalde intenta tranquilizar a Gabrielle.

—Bueno, ahí es donde tu pureza innata te protegerá, ya lo verás.

Autólicus se dirige a Gabrielle:

—Gab, no te lo tomes a mal, no es que esté preocupado por ti ni nada, pero por si dentro de un momento te quedas como un carboncillo, ¿podrías poner las manos un poco más encima de este saco...?

Ella le echa una mirada asesina y toma aliento.

—Puedo hacerlo. Vale...

Se oye un estrépito y un rayo cruza la estancia y se estrella en la bandeja. El rostro de Gabrielle refleja su dolor y la bandeja empieza a brillar, cegándolos a todos. La doncella Katia, por razones que sólo conoce su peluquero/sanador, estalla en llamas y acaba incinerada. Surge una pequeña bola que golpea a Afrodita. Una segunda golpea a Ares y luego una tercera vuela por la estancia y por fin golpea a Marta.

Los efectos especiales se van apagando y todos se quedan allí plantados, jadeantes y atónitos. Gabrielle mira boquiabierta a la figura ahora regia de Marta.

—¿Hestia? —exclama sofocadamente.

—Sí, Gabrielle —replica la diosa—. No sé cómo darte las gracias. La forma de un ser mortal me volvió loca y me convertí en la persona que has conocido como Marta el ama de llaves. La encarnación de todo lo que había de malo en mi posición como diosa del hogar y la familia. ¿Me perdonas?

Gabrielle farfulla algo antes de que Hestia se disuelva, pero pilla a Ares doblando las manos y mirando fijamente a Autólicus. De un salto, se interpone entre los dos.

—Ares... —declara—. Me debes mucho y todavía no has cumplido la promesa que le hiciste a tu Elegida. Te pido que lo dejes en paz. —Luego se vuelve hacia Auto, sin dejar de hablar con Ares—. Pero sólo por lo que ya ha hecho. A partir de ahora, si la fastidia, la fastidia solo.

Autólicus lloriquea:

—¿Qué clase de protección es ésa?

Afrodita, ahora radiante de alegría, se acerca y pregunta:

—¿Oye, cielito? Lo tenías en tus manos. ¿Por qué no le has pedido algo como protección para ti misma o para tu amor?

Gabrielle resopla.

—Como que cumpliría esa promesa...

Ares se acerca.

—Hablando de amores... —Señala hacia la puerta, donde ahora hay tres Xenas—. Un poco exagerado, tal vez, pero me parece que mi trabajo ha terminado. —Y desaparece.

Afrodita le da un beso a Gabrielle, diciendo:

—Te ofrecería un regalo, pero ya veo que tienes todo lo que necesitas y repetido. —Espera un segundo. Ares vuelve a aparecer y gruñe:

—Las llaves las tienes tú.

Ella sonríe y los dos se desvanecen.

Gabrielle está preocupada por cómo distinguir a las tres Xenas.

—Ya sé que debería saber hacer esto mejor —dice. Una Xena se rasca el culo, la otra parece escandalizada cuando la mirada de Gabrielle se posa en sus pechos. La última está allí plantada, cruzada de brazos. Gabrielle corre hasta ella.

Horacio y el alcalde se quedan boquiabiertos. El alcalde le tapa los ojos a su hijo y le dice:

—No te preocupes, hijo, siempre tienes a esa poetisa tan agradable, Safo, a la que has estado escribiendo...


Escena: Fundido.

La cámara sube hacia el cielo, hay un fundido y la cámara baja a través de los árboles, deteniéndose por fin encima de un campamento.

Es de noche. Dos mujeres bajo las pieles, tumbadas boca arriba con la piel cubierta de sudor, contemplan satisfechas las estrellas. No se ve ningún cigarrillo y los que no son amantes del subtexto se imaginan que acaban de terminar una dura sesión de entrenamiento. Xena se vuelve hacia Gabrielle y sonríe.

—Bueno, ¿qué tal tus vacaciones de verano?

—Ya te lo he dicho. No quiero hablar de ello. —En la cara de Xena se advierte una sonrisa socarrona. Gabrielle parece algo preocupada—. ¿Xena? Ibas a pensar en algo que hacer con mi padre y Joxer.

—Mañana —sonríe Xena—. Tal vez mañana...

Gabrielle se relaja y apoya la cabeza en el hombro de la guerrera. Se oye una música suave mientras la grúa va subiendo poco a poco hasta que el fuego es un pequeño punto luminoso en el centro de los árboles.

Fundido en negro, pero por alguna extraña razón, no se superimpone ningún título de crédito.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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